El Criticón

Opinión de cine y música

Ha fallecido Paddy Moloney

Paddy Moloney nació en Dubín, Irlanda, en 1938. Se crio en una familia con amor a la música tradicional, y decidió ser músico. Se especializó en instrumentos de viento como la gaita y la flauta irlandesa. En 1964 formó el grupo The Chieftains, con el que publicó casi treinta discos y del que han formado parte algunos de los mejores músicos del país, como Seán Keane y Matt Moloy. Pronto se convirtió la banda celta más popular, sonando incluso fuera de las fronteras de Irlanda, y la fama de Moloney lo llevó a colaborar con artistas de proyección internacional, como Mike Oldfield (mítica su gaita en Ommadawn), Paul McCartney, Van Morrison, Mick Jagger y los españoles Kepa Junkera y Carlos Núñez, y apareció también en bandas sonoras de prestigio (Braveheart, Gangs of New York).

Falleció el 11 de octubre en Dublín, con 83 años. Pero su legado en la música folk irlandesa seguirá resonando eternamente por todo el mundo.

Discografía: Rateyourmusic (aunque está incompleta).

Dune de Jodorowsky (Jodorowsky’s Dune)


Jodorowsky’s Dune, 2013, EE.UU., Francia.
Género: Documental.
Duración: 83 min.
Dirección: Frank Pavich.
Actores: Alejandro Jodorowsky, Nicolas Winding Refn, H. R. Giger, Jean-Paul Gibon, Michel Seydoux, Chris Foss, Brontis Jodorowsky.

Valoración:
Lo mejor: Que por fin se haga un documental sobre una de las películas no rodadas más fascinantes de la historia. Conocer algo más a fondo qué habría hecho Alejandro Jodorowsky.
Lo peor: Que se haya tardado tanto en abordar el tema, habiendo ya autores fallecidos. Lo imperdonable en un documental: no ser neutral, mostrar sólo un punto de vista. Es un lavado de cara, una vanaglorificación excesiva. Y confirma lo que nadie se atrevía a decir: que esta versión de Dune sería un risorio.

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Ver también: Introducción a la novela de Frank Herbert y la odisea de adaptarla al cine a lo largo de los años.

No he encontrado información sobre si documental fue iniciativa de su director o un encargo de algún estudio o productor. Sea como sea, el realizador Frank Pavich sólo contaba en su haber con un documental y un largometraje, más alguna colaboración como productor, cuando abordó un documental sobre la película no rodada probablemente más famosa de la historia: la adaptación de la novela Dune de Frank Herbert (1965) por Alejandro Jodorowsky en 1975.

Eso sí, es inevitable pensar es que llega como poco un par de décadas tarde. El proyecto se gestó a mediados de los setenta, y casi diez años después quedó claro que más muerto no podía estar, porque otros dieron a luz la película que aquí quedó truncada: en 1984 se estrenó el Dune de Dino de Laurentiis y David Lynch. Por aquella época, con la expectación al máximo, con los autores más o menos recién salidos de esta empresa, es cuando se tendría que haber hecho. Ponerse a ello en 2011 (con estreno en 2013) parece estar fuera de tiempo. Tanto que Dan O’Bannon ya había muerto, Jean Giraud (alias Moebius) estaba terminal y no pudo aparecer, por poco no pierden a H. R. Giger, que falleció un año después… y el propio Jodorowsky contaba con más de ochenta años por entonces. Así que podemos aplicar por los pelos la máxima de “mejor tarde que nunca”.

Dune de Jodorowsky fue bastante bien recibido por la crítica profesional y premiado en festivales varios, como el Cannes, donde se proyectó por primera vez. Pero a mí me ha parecido un reportaje incompleto y no me convence nada la perspectiva que ofrece, porque opta por lo peor que se puede hacer en un documental: es demasiado partidista.

Con todo, aporta lo justo de información nueva como para dejar constancia prácticamente incontestable de que este proyecto no era viable, que Jodorowsky y su equipo artístico no estaban ni cerca de lograr una buena adaptación ni una gran película, y que el realizador se pasó de frenada con sus ambiciones y excentricidades. Así que, después de décadas de especulación, de leyendas, de cinéfilos que trataban de imaginar cómo habría salido la adaptación de Dune, por fin hemos confirmado que casi sin ninguna duda sería una parida sin viabilidad no ya comercial, sino también en lo artístico.

El guionista y director Alejandro Jodorowsky, los productores Jean-Paul Gibon y Michel Seydoux, los diseñadores de arte que quedaban vivos (H. R. Giger, Chris Foss) y otros pocos implicados e invitados hablan de lo que planeaban hacer, de lo que imaginaban, de lo que iban adelantando (gran parte del diseño artístico, apalabrar la participación de algún intérprete y músico), de lo que necesitaban (financiación y distribución internacional), cuentan anécdotas y problemas…

Pero prácticamente todo lo que dicen ya era conocido, son cuestiones que no sorprenden, que encontrarás en cualquier análisis o ensayo sobre esta fallida gesta. Las obsesiones de Jodorowsky con el reparto y la banda sonora, donde quería a figuras insignes varias como Orson Welles, Dalí o Pink Floyd, y para ello les vendía sueldazos y caprichos sin estar seguro de poder cumplirlos. La imaginación desbordante en el aspecto visual que sin duda iba a generar muchos quebraderos de cabeza a la hora de rodar, tanto en lo técnico como en lo monetario, sobre todo cuando querían hacer una saga de diez a catorce horas de duración. Y la nada sorprendente negativa de los grandes estudios a arriesgarse con un propósito tan absurdo y lleno de egos cada cual con una demanda desmesurada distinta.

Mientras narran todo ello cuentan muchas anécdotas personales irrelevantes, detalles triviales sobre las relaciones entre los autores e incluso sobre qué hacían en algunos encuentros. ¿Qué me importa qué estaban comiendo cuando se reunieron? ¿Por qué creen que me interesa que alguien se confundió de maleta? ¿Pero por qué pones toda una escena de Jodorowsky cogiendo a su gato? He leído algunas críticas diciendo que el documental es ágil y ameno… No, se hace bastante disperso y pesado con tanta cháchara vacía, tanto receso para pequeños relatos sin utilidad.

Sin embargo, mientras la línea de acontecimientos y algunas anécdotas son bien sabidas, y conocemos bastante del aspecto visual que buscaban gracias a que muchos diseños se publicaron a lo largo de los años, había un terreno muy importante del que poco o nada se sabía. El guion, la forma de abordar la trama y los personajes, la fidelidad a la novela y sobre todo la narrativa que aplicaría el director eran aspectos cruciales que no habían trascendido, que quedaban a la imaginación del cinéfilo. Y aquí tenemos un par de pasajes donde por fin aportan información muy jugosa.

Jodorowsky explica cómo adaptaría algunos capítulos importantes, los colaboradores añaden datos, y el realizador del documental nos muestra unas animaciones con imágenes del storyboard, de forma que podemos hacernos una idea bastante clara de cómo sería realmente la película.

Por si acaso el término os es desconocido, comento que un storyboard es el guion convertido a una serie de viñetas con bocetos para mostrar el aspecto de cada plano y escena según lo imagina el director. Se usa habitualmente, pero en superproducciones es muy importante, porque hay muchos equipos trabajando a la vez y tienen que estar en sintonía.

El storyboard de esta Dune arrastra veneración, Jodorowsky lo guarda como una obra de arte secreta y pocos habían visto algo de él. Pero curiosamente, poco se habla de lo más importante, del guion… Lo mismo ni hay y sólo bosquejó la película en ideas sueltas.

Esos pocos capítulos que podemos vislumbrar dan miedo, hacen pensar que el vanguardista y experimental Jodoroswky había entrado en un trance artístico más cercano al delirio que a una inspiración sin igual, y había contagiado a unos pocos genios para que lo siguieran en su travesía.

Los cambios respecto la novela son sustanciales, y no para simplificar nada, pues Jodorowsky tenía ante sí ese denso libro, lleno de intrigas políticas, de culturas chocando y aventuras en escenarios variados, y pretendía llevarlo hacia una exploración espiritual y surrealista indescriptible.

Por alguna razón que sólo su mente en otro plano astral entenderá, decide que el duque Leto Atreides esté castrado, cual sirviente esclavizado, y a la vez quiere mostrar como concibe a su heredero, Paul, que en la novela entra en acción directamente como adolescente. De alguna forma Leto resulta ser un mago, pues coge una gota de sangre de su amante Jessica y… ¡la convierte en semen! Pero aún es peor, porque se supone que mostraría en imágenes el viaje de la gota de semen por la vagina hacia el óvulo.

El final de la película se iría totalmente de madre con un viaje espiritual y divino sin pies ni cabeza. Tras la muerte de Paul (pues decide matarlo porque le da la gana, omitiendo las secuelas escritas), su fuerte espíritu se contagia a los Fremen y de alguna forma se amplifica y convierte Arrakis en un planeta verde…. ¡y el planeta se pone a viajar por la galaxia iluminando a todo el mundo, hasta que desaparece sin más!

También tenemos el problema de la falta de objetividad. Que Jodorowsky y sus colaborades defiendan en las entrevistas que la película estaba destinada a ser la mejor de la historia es entendible, pues pusieron mucha ilusión en el proyecto. Casi podría perdonarse que sólo viéramos su versión, porque fin de cuentas es un reportaje sobre su trabajo. Pero entonces no puedes buscarte opiniones ajenas y mostrar sólo las que defienden esa visión. La gratuita aparición del director Nicolas Winding Refn (Drive -2011-, The Neon Demon -2016-), otro iluminado que no sé qué pinta aquí, y la inclusión de varios críticos que tampoco sé qué relación tienen con el tema, todos defendiendo que estamos ante una obra maestra, más la propia narrativa del autor del documental dando demasiado pábulo e incluso ensalzando el inverosímil discurso de que esta obra fallida influyó en toda la ciencia-ficción posterior, echan por tierra la neutralidad del documento.

Que autores de aquí saltaron a otros proyectos y por tanto estos tendrían cosas en común es algo inevitable en cualquier trabajo de cualquier gremio. En la siguiente etapa de la adaptación se mantuvo a O’Bannon y Riger en nómina brevemente, y Ridley Scott, el siguiente director asignado, hizo buenas migas con ellos y decidieron colaborar en lo que sería Alien (1979). Igual de lógico fue que en la versión que finalmente vio la luz, a manos de David Lynch, también optaran por mirar a las tendencias europeas de moda. Que Jodorowsky y Moebius reutilizaron material en sus colaboraciones también es normal, y que con ello influyendo en otras obras, incuestionable: el cómic El Incal (1980) se convirtió en un referente en Europa. Porque sí, sin duda Jodorowsky reunió un equipo con gran imaginación y permitió que salieran de su limitado nicho y fueran reconocidos en todo el mundo.

Pero estos autores y sus defensores se han flipado a lo grande y nos intentan vender que toda, absolutamente toda la fantasía y la ciencia-ficción cambió por completo gracias a ellos. Y para defenderlo citan un buen puñado películas que nada tienen en común, denigrando e infravalorando así el trabajo de otras grandes mentes. La guerra de las galaxias es indudable que tiene parecidos importantes, como la Voz y la Fuerza, pero son influencia de la novela, mientras que las cosas que señalan aquí, como la bola flotante con la que entrena Luke y tener un vestuario extravagante para los personajes, no hay quien se las crea, pues George Lucas trabajó a su aire con su propio equipo y sus propias influencias, en especial Flash Gordon. Adjudicarse las ideas de James Cameron en Terminator tiene que ser una broma. Señalar que en Flash Gordon les copiaron es verdaderamente ridículo, pues se basa en un cómic de los años treinta. Y seguimos y seguimos hasta llegar a Contact (citada porque salen imagánes del espacio… sí, esa es la justificación que dan), Indiana Jones, Matrix… Todo de un ridículo indescriptible.

Sin tiempo para morir


No Time to Die, 2021, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 163 min.
Dirección: Cary Joji Fukunaga.
Guion: Neal Purvis, Robert Wade, Cary Joji Fukunaga, Phoebe Waller-Bridge.
Actores: Daniel Craig, Léa Seydoux, Rami Malek, Lashana Lynch, Ralph Fiennes, Naomie Harris, Christoph Waltz, Ben Whishaw, Ana de Armas, Jeffrey Wright, Rory Kinnear.
Música: Hans Zimmer.

Valoración:
Lo mejor: Ana de Armas. El intento de humanizar y dar continuidad a la saga.
Lo peor: Los mismos fallos que Spectre: dispersa, desganada, repetitiva… aburrida, tanto en la historia como en lo visual. Y comete otros nuevos: mostrar el trabajo en equipo en vez de seguir a Bond en solitario genera más lagunas que aciertos.

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RENOVARSE O MORIR

Los productores Michael G. Wilson y Barbara Broccoli, que guardan celosamente los derechos (heredados de sus padres) del personaje creado por Ian Flemming, decidieron buscar algo de renovación para la saga tras acabar la etapa de Pierce Brosnan y abordar la encarnada por Daniel Craig. En este periodo han mantenido a los mismos guionistas de las dos últimas entregas protagonizadas por Brosnan, Neal Purvis y Robert Wade, autores que han hecho poco o nada fuera de la serie y en la misma han ido dando traspiés muy grandes, así que no sé por qué han seguido depositando tanta confianza en ellos. También los colaboradores puntuales (los más famosos John Loganv y Paul Haggis) y los directores elegidos han estado más o menos atinados.

El primer episodio, Casino Royale, llegó con la intención de revolucionar una serie longeva y un tanto desgastada y estancada. El valiente y equilibrado guion y la sólida puesta en escena de Martin Campbell dieron a luz una cinta de suspense y acción más ambiciosa y sólida que la media del género en aquellos tiempos, no tanto como para hablar de una gran película, pero lo suficiente como para reavivar el interés de los fans y enganchar a nuevo público. Se alebaja bastante de las tramas repetitivas y cada vez más fantasiosas pero sin abandonar el gran sentido del espectáculo, y a la vez aportaba algo de humanidad al personaje, pero también sin traicionar su estilo de galán rudo.

En Quantum of Solace inesperadamente dieron un gran salto atrás, volviendo a la fórmula de las peores entregas, y el director Marc Forster cumplió con lo justo: villano estrafalario pero sin interés alguno, escenas de acción sin sustancia, todo muy predecible. Skyfall por suerte volvió a la buena senda, maximizando las virtudes de la serie (glamour, espectáculo) y las aportadas en esta estapa (algo más de seriedad y continuidad), aspectos que Sam Mendes explotó de maravilla con un acabado deslumbrante. Pero en Spectre, los mismos autores mostraron mucha fatiga, y a pesar de la prometedora idea de seguir manteniendo una continuidad y ambición mayor, todo en la cinta resultó desganado, anodino, siendo una entrega muy aburrida y frustrante después de tantas promeras.

Sin tiempo para morir llega para resarcirse de los bajones, para cerrar esta etapa a lo grande. ¿Lo ha conseguido? Desde mi punto de vista, ni se acerca. Me ha resultado una decepción mayor que la que causó Spectre, porque se esperaba que se recuperaran de los errores pero resulta un quiero y no puedo entre el intento de mantener los conceptos clásicos y el propósito de aportar novedades, dos líneas que quedan muy desaprovechadas en un guion apagado y superficial y una puesta en escena nada espectacular.

Sin embargo, parece que los añadidos de sentimentalismo facilón han encandilado al público y los medios, pues la están recibiendo con buena nota. Pero falta por ver si la taquilla, muy reducida en tiempos de pandemia, vale para salvar las cuentas, porque la producción costó demasiado y las pérdidas por el largo retraso en el estreno son cuantiosas. Y no todo son alabanzas, porque la idea de aportar cambios se ha llevado a extremos bastante cuestionados, y queda por ver cómo van calando en la audiencia conforme se vaya reposando con el tiempo. Sin duda los productores tomarán nota en un sentido u otro para la próxima etapa, pero en el caso que nos atañe, la intención iba bien encaminada, en consonancia con lo que han ido construyendo, pero la ejecución ha sido bastante torpe.

PERSONAJES DESDE IRREGULARES A FALLIDOS,
HISTORIA NADA ORIGINAL Y SIN GARRA

Es lógico que en el capítulo final de un personaje al que le han dado algo de trasfondo dramático y continuidad se trate su hartazgo con un trabajo lleno de traiciones de gobiernos volubles y que da poco margen para mantener amistades (remarcado por la relación con Felix y las peleas con M por su gestión), se muestren sus dudas sobre el legado que deja en el mundo (la moral de sus acciones, las conexiones personales), se incline por sentar la cabeza, piense en tener una familia… Con una personalidad y unas emociones más definidas, un competente Daniel Craig y estos nuevos conflictos que apuntan a un cierre más trascendental y emocionante, tenemos algo más que un héroe pegando tiros, tenemo un ser humano con el que conectar. Pero al final tampoco es para tanto, los autores desaprovechan bastante las buenas ideas y el potencial latente. Todo queda en una línea muy básica y previsible. Sus dramas, sus dilemas internos, los giros trágicos se sienten historias muy alargadas y con personajes secundarios bastante mejorables, sin lograr la emoción y el calado suficientes como para decir que estamos ante una buena obra de suspense y drama.

En el trabajo de espía han ido aportando algo más de sustancia en estos episodios, dándole más protagonismo a M, Q, Moneypenny, Félix y Tanner, reforzando las intrigas entre facciones y gobiernos para que no se limite todo al héroe contra el villano, y trabajando mejor los enemigos, sobre todo a la hora de hilar conexiones entre epidodios. El bajón de Quantum of Solace dejó claro lo enriquecedor que ha resultado en Casino Royale y Skyfall, pero Spectre mostró demasiado pronto mucho desgaste al no conseguir que los villanos y su plan resultaran atractivos, problema que se sigue arrastrando aquí y ahora se le añade que el grupo de los buenos también sufre una evidente erosión en interés y verosimilitud.

Que muestren brevemente a Q teniendo una vida real se agradece, no ocupa mucho tiempo, añade matices interesantes al personaje. Con Moneypenny hicieron lo mismo en la anterior entrega. Sin embargo, a Moneypenny ahora la relegan a dos frases humorísticas olvidables, y a Q le dan demasiado protagonismo. En su laboratorio del cuartel general veíamos gente trabajar, ahora está él solito haciéndolo todo: el otrora encargado de los cachivaches que llevan los agentes doble cero ahora es también analista de datos, investigador, operativo de misiones… y nada resulta creíble. Ocurre algo parecido con M, antes con una posición realista, siempre dependiente del gobierno y las reglas internacionales, pero ahora hace todo lo que le place desde su despacho como si fuera el tipo más poderoso del mundo. Felix tiene una aparición más digna hasta que en la fallida escena del barco llegan dos giros muy forzados, tanto que me parecen más propios de una película cutre.

También tenemos a la nueva 007, quien desde que se dejó entrever en los avances sembró temores y quejas sobre el lavado de cara no del doble cero sino por doble de corrección política: el macho alfa anglosajón ahora sería una mujer negra. En la película no se confirma si será el relevo de James Bond, pero está claro que ha sido una prueba por parte de los productores para ver la reacción del público. Su entrada en acción es desde luego una escena hecha a medida de la agenda feminista. En vez de presentarse a Bond en el pub o que lo espere en su coche, le estropea el motor para ofrecerse a llevarlo a su casa, hacer el amago con que vamos a tener la clásica escena de ligoteo fácil, y zas, darle al espectador una lección moral de saldo: Bond no acepta porque no es un mujeriego sino un hombre responsable, y ella no buscaba sexo ni se va a dejar engañar por un marichulo opresor porque es una mujer empoderada.

Sin embargo, una vez pasado el susto inicial, el personaje aporta tan poco que no llega a generar malestar, pero obviamente tampoco ninguna buena impresión. Da para rellenar con algunos chistes y escenas de acción, pero no transmite nada, la intérprete Lashana Lynch es sosa a más no poder (si hay algo de carisma y porte inglés en su voz original, se pierde con el doblaje), y hasta su nombre es insulso: Nomi.

Tampoco me parece que salga bien parada la principal protagonista femenina. Madeleine después de todo no tiene suficiente entidad propia como para que nos interesemos por su vida y destino, es un complemento de Bond que aparece y desaparece según convenga a los guionistas, y estos ni se esfuerzan en justificar su presencia: no hay quien se crea que trabaje en el MI6. Así que la belleza y el talento de Léa Seydoux están bastante desaprovechados. Inesperadamente, quién mejor impresión deja es la que menos tiempo aparece: Ana de Armas tiene un personaje muy secundario pero con buenas escenas, y logra un papel desbordante de simpatía y gracia. Y sorprende también que ahora sea cuando consiguen sacar algo más de partido de Blofeld: su hábil plan y el interrogatorio resultan más interesantes que su trillada cháchara de supervillano de Spectre. Pero aun así no es suficiente para un personaje tan relevante, del que se esperaba mucho más, y apena que no terminen de explotarlo bien antes de saltar al vulgar nuevo villano.

El archienemigo por supuesto es un ser deforme y resentido que tiene un plan de arrasar el mundo con una tecnología propia de una cinta de ciencia-ficción. Estas limitaciones podrían superarse si construyeran un rol atractivo, unos escenarios de suspense y acción que atrapen, y que todo fluyera adecuadamente con la parte más humana de la historia de Bond y sus allegados. Pero todo se queda en su mínima expresión o arrastra fallos importantes. Aparece tan tarde en la cinta y su plan es tan difuso que no puede imponer mucho temor, y está claro que los guionistas son conscientes de ello, porque se paran a intentar explicar sus motivaciones, a ponerle un par de escenas donde intentan mostrarlo como despiadado… pero es tarde y rompe el ritmo de un clímax final que ya venía muy ramplón. Lo interpreta Rami Malek, quien con su cara de loco en Mr. Robot (2015) catapultó su carrera, pero no tiene mucho que hacer ante un rol vacío y aburrido. Hasta su nombre es un mal chiste: Lyutsifer, una cutre variación de Lucifer.

ACABADO CONVENCIONAL, SIN GLAMOUR NI ESPECTÁCULO

Las escenas de persecuciones y tiroteos y el asalto a la guarida del malo son muy básicas en concepción, todo sabe a visto y a simplón, y en ejecución, pues nada es especialmente vistoso o sorprendente. El director Cary Fukunaga da forma a una puesta en escena profesional (cómo no va a conseguir unos buenos paisajes con tantos recursos) pero nada imaginativa y sin vigor. Apenas se salva el bonito bosque entre la niebla, que tiene un titoreo algo más elaborado, mientras que el asalto al cuartel enemigo es bastante malo, paseos y tiros de lo más vulgares y un enfrentamiento final con el villano que da más pena que otra cosa.

Y con tan poco contenido tras las imágenes, no hay manera de despertar el interés. El ritmo es tedioso, la historia anodina, los personajes muy irregulares, los escenarios ramplones… Así que, como en Spectre, tenemos una entrega de Bond sin el esperable sentido del glamour y el espectáculo, sino una apática hasta el aburrimiento. Al menos Quantum of Solace era lo suficientemente entretenida como para pasar un buen rato.

Otro aspecto habitual que comentar en la saga es la música y la canción de los créditos. Para la canción, como suele pasar, fichan a figuras de moda, Billie Eilish en este caso, y nos machacan con una composición genérica y que entra por un oído y sale por el otro pero que ayudará a vender bien el disco. En la banda sonora, la entrada de Hans Zimmer resultó extraña, pero los avances señalaban que tendríamos no sólo su vena más trabajada sino también un homenaje a John Barry, autor de las primeras y más recordadas partituras de la saga. Sin embargo, Zimmer se queda un poco en tierra de nadie, con un trabajo correcto pero sin mucha personalidad ni pegada, sin alcanzar el nivel de las orquestaciones tan elegantes de Barry y David Arnold y las incursiones más exóticas de Thomas Newman.

DESPEDIDA ABURRIDA, NO AMARGA

El final se ve venir de lejos, llegué con tal aburrimiento que ya había desconectado por lo menos cuarenta minutos antes. Acaba la película sin que sienta pena por enfrentar el cierre de una etapa, porque haya conexión con los protagonistas y por lo tanto sentimientos a flor de piel, sino con desgana y algo de rabia por ver cómo han desaprovechado una saga con potencial. Pero como decía, inesperadamente a la gente le está gustando.

El James Bond de Daniel Craig llega a un final agonizante, pero lo hace entre aplausos.

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Saga James Bond:
Casino Royale (2006)
Quantum of Solace (2008)
Skyfall (20012)
Spectre (2015)
-> Sin tiempo para morir (2021)

Dune (2021)


Dune, 2021, EE.UU.
Género: Ciencia-ficción, drama, suspense.
Duración: 155 min.
Dirección: Denis Villeneuve.
Guion: Denis Villeneuve, Eric Roth, Jon Spaihts. Frank Herbert (novela).
Actores: Timothée Chalamet, Rebecca Ferguson, Oscar Isaac, Josh Brolin, Jason Momoa, Stellan Skarsgård, Zendaya, Javier Bardem, Sharon Duncan-Brewster, Charlotte Rampling, Chang Chen, Dave Bautista, Stephen McKinley Henderson, Babs Olusanmokun, David Dastmalchian.
Música: Hans Zimmer.

Valoración:
Lo mejor: Acabado de calidad en fotografía, decorados, vestuario, efectos especiales, música. Un reparto imponente. Protagonistas bastante interesantes. Se agradece el intento de hacer ciencia-ficción seria.
Lo peor: Pero de seria acaba siendo un tanto pagada de sí misma para en el fondo no tener entre manos un relato realmente complejo y trascendental, aunque este problema viene de la propia novela. Le falta ritmo, y pierde mucho fuelle en la parte final. Hay cosas que no se explican bien. La música tiene un volumen demasiado alto. El diseño artístico es poco imaginativo.
La frase: ¿Cuándo un regalo no es un regalo? -Vladimir Harkonnen.

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Ver también: Introducción a la novela de Frank Herbert y la odisea de adaptarla al cine a lo largo de los años.

ES DUNE, PARA LO BUENO Y PARA LO MALO

Dune de Denis Villeneuve es una película entre sólida y notable en todos sus elementos, pero a la vez tiene leves carencias o mejoras evidentes en cada uno de ellos. Y el momento en que llega también genera otros problemas: el estilo de la novela hoy en día está muy visto, no ya por su antigüedad (fue publicada en 1965), sino porque en las últimas dos décadas el género ha sido sobreexplotado en literatura y en el cine y es difícil sorprender tanto en lo argumental como en lo visual.

En líneas generales se entiende mejor el universo, el marco histórico y la posición de cada personaje que en la versión de Dino de Laurentiis y David Lynch de 1984. Pero todavía no supera del todo de las dificultades y las carencias principales de la novela, para mí muy sobrevalorada. Es una clásica intriga palaciega y el típico viaje del héroe adornado con demasiado enredo artificial, y tanta pretenciosidad y tecnojerga no hace sino liar innecesariamente las cosas y lastrar el ritmo.

Esta nueva adaptación no se libra de una narrativa irregular con aspectos que pueden generar confusión, porque Villeneuve y sus colaboradores en el guion, Jon Spaihts y Eric Roth, tampoco logran discernir del todo qué es lo más relevante del libro y lo apto para la traslación a largometraje, teniendo sobre todo en cuenta que los no lectores deben entender lo que ven y entretenerse tanto como los que sí conocen el original.

Las riñas entre casas, el orden del universo y la situación de la cultura Fremen se describen adecuadamente, todo fluye con naturalidad y los personajes están bien ubicados en el entramado. Pero hay muchas cosas que no se explican adecuadamente y no sé cómo un espectador nuevo en la saga puede asimilarlas bien. Cuesta hacerse una idea de la relevancia de las Bene Gesserit: qué pretenden, qué poderes tienen, qué pintan Jessica y Paul en todo ello, y qué sentido tienen cosas como la absurda prueba de meter una mano en una caja y sufrir dolor. No consiguen materializar bien la importancia de la especia, apenas se menciona algo de pasada en las primeras escenas y no se profundiza más en ello, de forma que cabe preguntarse por qué tanto lío con una simple mercancía. También en el detalle se lía demasiado la cosa: resulta chocante tanto plano a figuras y cabezas disecadas de toro sin que se señale a qué viene, si tiene algo que ver con los Atreides o qué. Y para rematar, la inclusión de distintos idiomas tampoco parece necesaria.

Hay personajes bastante bien desarrollados, resultando lo suficientemente verosímiles, carismáticos, odiosos y entrañables y con relaciones se sienten naturales incluso en los estrafalarios choques culturales, de forma que enganchan para seguir con interés sus aventuras. Pero hay otros a los que les faltan unas cuantas puntadas o están muy desubicados y confunden más que aportan. Leto y Paul Atreides, Stylgar, Duncan Idaho y Liet Kynes son figuras magnéticas, y Chani promete a pesar de su breve presencia. Los villanos, los Harkonnen, imponen temor y asco, no vergüenza ajena como en la del 84, de hecho, el Barón resulta espeluznante; pero se deberían haber detallado mejor las motivaciones de este, su plan, la necesidad de Arrakis, y su rivalidad con los Atreides. El Emperador se menciona lo suficiente para que se note que las casas a fin de cuentas son vasallas y dependen de los caprichos de aquel, generando cierta intriga por sus intenciones y su presumible aparición en las secuelas; aquí la influencia de la novela en La guerra de las galaxia de George Lucas es obvia en lo relativo a la relación Darth Vader y Emperador Palpatine, así que por desgracia es uno de los instantes donde más se nota que la adaptación llega tarde. En las figuras importantes que se quedan bastante a medias destacan Gurney Halleck, quien parece redundante teniendo a Duncan, y Thufir Hawat, que no se sabe qué hace con los ojos, pues aquí lo de mentat no se explica (no usan ordenadores, sino gente seleccionada genéticamente y entrenada para tener un cerebro avanzado), ni se sabe qué es de él tras el ataque. Resulta irregular Jessica, cuyas motivaciones son opacas aunque como madre preocupada funciona. Y hay alguno muy fallido, como el doctor Yueh, del que se olvidan tanto que su momento de relevancia queda muy forzado, o la ama de llaves, a la que le dedican una presentación para luego no aportar nada… aunque estos dos son personajes que en la novela tampoco dejan buenas impresiones.

REPARTO MUY CARISMÁTICO

Villeneuve ha reunido un reparto de secundarios de lujo y un par de estrellas emergentes con gran potencial. Oscar Isaac, Jason Momoa, Stellan Skarsgard, Josh Brolin, Dave Bautista y Javier Bardem son actores que llenan la pantalla con su presencia, su arrollador carisma, algunos incluso con breves apariciones. Si me pedís destacar a uno sólo, el Barón resulta una figura grotesca por la estupenda caracterización, pero Skarsgard logra darle un punto de bestialismo escalofriante sólo con su timbre de voz (aquí muy bien el doblaje), la mirada, los silencios. Por el otro lado, la menos conocida Sharon Duncan-Brewster (la ecóloga y árbitro del Emperador) está muy bien elegida, logra que nos interesemos por un personaje muy secundario, tanto que a nadie le ha molestado el cambio de sexo y raza.

Timothée Chalamet (nació en Nueva York, pero el nombre le viene de su padre francés) se ha labrado una buena carrera en el cine indie juntando en muy pocos años bastantes papeles reconocibles en títulos de cierto éxito: Call Me by Your Name (2017), Lady Bird (2017), Hostiles (2017), Mujercitas (2019)… hasta causar bastante sensación en The King (2019). Cierto es que parece un poco encasillado en el rol de chico sombrío y reflexivo, pero es algo que para interpretar a Paul Atreides viene de perlas, y ofrece un buen papel en dicho registro: sus dudas y la tensión constante en que vive quedan bien reflejados.

Zendaya es una creación de Disney para su canal infantil y musical Disney Channel, pero ha tenido buena visión o sus padres y/o mánagers se han cuidado de que llegado el momento de virar hacia una carrera más seria no fuera engullida por la fama y las locuras de la adolescencia. Ya cuenta con 25 años (pensaba que eran al menos cinco menos) y está claro que lo ha conseguido. Copa portadas de medios de fama y moda pero sin escándalos (aunque podríamos discutir si es larguirucha o anoréxica), y va sumando títulos famosos (Spider-Man, 2017) y ganándose el favor de la crítica (la serie Euphoria, 2019). Cabría decir que Chani, la Fremen que aparece en las visiones de Paul, tiene tan poco tiempo en pantalla que no vale para hacerse una idea de su labor… pero lo cierto es que con unas pocas breves escenas y diálogos convence totalmente, ves una miembro de la tribu, con su forma de ser particular, no una actriz disfrazada. En las secuelas confirmaremos si es un espejismo o no.

De los personajes principales, sólo hay uno que desentone, y para mí lo hace bastante. Rebecca Ferguson, nacida en Suecia, empezó a hacerse notar en la miniserie inglesa La reina blanca (2013), de hecho, tanto que le valió para saltar de golpe al Hollywood más comercial: Misión Imposible Nación secreta (2015), Life (2017), El gran showman (2017), Men in Black: International (2019)… Lo cierto es que tiene buena presencia (frialdad y a la vez carisma), pero no le he visto ningún gran papel, y como Jessica, la concubina del duque Leto y miembro del extraño grupo de brujas de las Bene Gesserit, me descoloca mucho. El personaje no termina de tomar forma y tiene escenas poco claras, y Ferguson aporta una interpretación igual de bipolar, pasando de contención inextricable a sobreactuaciones excesivas. Hay un par de escenas donde se pone a llorar haciendo muecas y gestos absurdos con las manos que me sacaron totalmente de la película.

ASPECTO VISUAL IMPONENTE, PERO NO SORPRENDENTE

El apartado artístico y de efectos especiales ofrece un buen espectáculo en líneas generales, pero no resulta apasionante, en parte por ser demasiado conservador. A pesar de contar con las mejoras y facilidades en las técnicas y recursos respecto a la versión de 1984 y un presupuesto descomunal, le falta algo de valentía e imaginación. El vestuario es lo que mejor parado sale, es muy variado y vistoso, sólo cabría preguntarse por qué los Fremen usan respirador en la nariz y a la vez máscara, es redundante. Pero el palacio de Caladan, la ciudad Arrakeen (exteriores e interiores) y las naves (menos el llamativo tóptero) tienen diseños que de sencillos resultan aburridos, por no decir feos. Se echa de menos la desbordante creatividad de los equipos artísticos de Jodorowsky y Lynch, algo que le confiriera un estilo más característico en la recreación de cada lugar, casa y cultura. Estas limitaciones se sortean bastante bien por la habilidad de Villeneuve con la cámara y de Hans Zimmer con la expresiva música, que otorgan el toque de belleza y ostentación que le falta. En resumen, a pesar de las expectativas y por mucho dinero que hayan echado, Dune no alcanza la capacidad para sorprender y dejar huella que tienen los grandes títulos del género.

Volviendo al banda sonora de Zimmer, ocurre lo mismo que con todo. Se ha esforzado por buscar un sonido original y una variedad temática que abarque los distintos escenarios. El contraste de los toques tribales de los Fremen con la sobrecargada exhibición sonora de las poderosas casas es muy acertado, e incluso cabe destacar las atrevidas vetas de rock, quizá referenciando el empeño de Jodorowsky y Lynch por usar ese estilo. Pero a pesar de toda la cantidad de temas y de música que ha compuesto (tanto que va a publicar dos discos extra), al final recurre más de la cuenta a pasajes de relleno sacados de sus bibliotecas sonoras (o samplers) que ha usado ya muchas veces, habiendo momentos que recuerdan demasiado a cualquier título de acción reciente del autor y sus incontables acólitos. También cabe señalar que Villeneuve se contagió en Blade Runner 2049 (2017) la manía de Zimmer y de Christopher Nolan de usar el volumen y muros de sonido para enfatizar momentos de acción y drama en vez de dedicarle más tiempo a la partitura. Hay momentos en que tanto ruido resulta un poco molesto e incluso impide escuchar con claridad los diálogos.

SOBRIEDAD… O PRETENCIOSIDAD

Villeneuve mantiene su característico sello de atrapar los sentidos con una fotografía (en colaboración con Greig Fraser) muy trabajada en composición, color e iluminación, ir construyendo atmósferas pausadas pero tensas, llevar a los actores por el camino de la introspección y los silencios pensativos… Todo se presenta acorde a una novela con grandes contrastes entre escenarios, densas intrigas palaciegas y protagonistas con largos discursos internos. La proyección atrapa con interés y tiene pasajes bastante imponentes en el sentido del espectáculo y la tragedia dramática. Te interesas por los personajes, quieres conocer más de las culturas presentadas, de los lugares que visitan…

Pero como señalaba, la novela se pasa de pretenciosa para a la hora de la verdad no lograr una historia muy elaborada y con giros que sorprendan, y el realizador choca en el mismo problema tanto en el guion como en la puesta en escena. Hay demasiada pomposidad, contemplación incluso en detalles absurdos (esos cansinos planos de naves aterrizando o despegando), personajes en silencio o reflexionando sobre cosas que están claras, o todo lo contrario, momentos chocantes, como Jessica lloriqueando por los pasillos sin que se sepa qué la aflige. No es que sea grave hasta el bajón del final, pero da la impresión de que todo cabía en menos tiempo y que con más energía y ritmo, más sencillez y cercanía y menos enredos rebuscados en el subtexto histórico imaginario, el relato fluiría mejor, se conseguiría un mejor sentido de la aventura, una historia más asequible y amena. Se hace más notorio en la parte final, en el periplo por el desierto y la aparición de los Fremen, donde encontramos un importante bajón de ritmo y de sentido de la dirección. Villeneuve cansa con tanto plano intimista y visiones cuando debería acelerar y dar un cierre conciso y contundente, y se tropieza más que nunca en la jerga fantasiosa: casi nada del duelo se entiende, con lo que la unión al grupo además de alargarse demasiado no parece bien justificada.

Las carencias en el acabado se agravan también en las partes de acción, donde Villeneuve se queda lejos de dar la talla a pesar de las posibilidades que ofrecía el relato y el dineral disponible. Los planos generales de destrucción son buenos, pero la batalla podría haber dado mucho más de sí, sobre todo porque a ras de tierra, desde el punto de vista de los protagonistas, es un tanto decepcionante. Los combates cuerpo a cuerpo, con malas coreografías y el lío innecesario de los escudos, carecen de pegada y de tensión. Lo de los escudos es otro aspecto donde podían haber pasado de ser fieles al original, porque no aporta nada sustancial y resulta un artificio narrativo y visual que se les atraganta aquí casi tanto como en la de Lynch.

MARGEN PARA MEJORAR

En resumen, Dune es una película bastante sólida, entretenida y vistosa, con personajes atractivos, buen reparto, acabado de calidad… pero acumula muchos pequeños agujeros que van lastrando el ritmo, la comprensión, el sentido del espectáculo y en general la posibilidad de conseguir un título representativo del género. Con todo, Denis Villeneuve ha sentado una buena base para ir creciendo en las dos secuelas que querría hacer si las cuentas le salen al estudio, algo complicado dado que la ciencia-ficción seria no se vende bien si no va disfrazada de acción intensa (por ejemplo, Matrix), y es aún más difícil con la pandemia de coronavirus dando los últimos coletazos.

Dune, de Frank Herbert, y sus adaptaciones al cine

FRANK HERBERT

Frank Herbert nació en una pequeña ciudad del estado de Washington, Estados Unidos, en 1920. Como cualquiera en aquella época, le tocó vivir la Gran Depresión y la segunda Guerra Mundial, en la que participó brevemente. Pero a pesar de esos malos tiempos nada frenó su pasión por la lectura, logró sacar adelante sus estudios básicos, encontró trabajo en un periódico, y empezó a formar una familia. Cuando las cosas se calmaron en el convulso mundo pudo ir a la universidad, aunque no llegó a graduarse, pues lo dejó cuando estimó oportuno para dedicarse a escribir relatos de ciencia-ficción mientras mantenía a su prole con varios trabajos en periódicos. Tuvo una carrera bastante destacable, con editoriales muy aplaudidas y destinos por todo el mundo.

A mediados de los años cincuenta comenzó a publicar novelas, asentándose como un escritor bastante prolífico. Hasta su muerte en 1986, con 65 años, publicó incontables ensayos periodísticos y relatos y como una treintena de novelas. Su género predilecto fue la ciencia-ficción, donde dejó huella con una saga que se encuentra entre las más admiradas y vendidas del género: Dune.

La primera entrega, Dune (“duna”, aunque en España nunca se ha traducido), llegó en 1965 y causó bastante impacto. Fue una de esas situaciones donde el autor ofreció algo tan atípico que sufrió el rechazo de numerosos editores hasta que uno se atrevió a probar suerte, y entonces vendió millones de ejemplares y acaparó todos los premios del gremio. Es también uno de esos casos en los que el lector puede acabar odiando o amando el libro, pues no deja indiferente, no hay término medio.

La leyenda se asentó con El mesías de Dune (1969), y le siguieron otras cuatro entregas, Hijos de Dune (1976), Dios emperador de Dune (1981), Herejes de Dune (1984) y Casa capitular Dune (1985). Dejó sin acabar otras dos partes, a las que terminaron de dar forma su hijo Brian Herbert y Kevin J. Anderson tiempo después, en 2006. Brian además ha publicado otras pocas novelas ambientadas en este universo. Como era de esperar, con el éxito llegaron proyectos de adaptaciones al cine y televisión, así como juegos de mesa y de ordenador.

La odisea de la traslación al cine ha sido tan apasionante y ha dado tantos quebraderos de cabeza a estudios, productores, guionistas y directores que ha tenido a los cinéfilos muy entretenidos a los largo de los años. El primer intento por parte de Alejandro Jodorowsky quedó truncado, y su historia se recogió hace poco en el documental Jodorowsky’s Dune (Dune de Jodorowsky, 2013). La película atribuida a David Lynch en 1984 en realidad es una amalgama de su trabajo y las alteraciones de los productores, y fue un fracaso artístico y comercial muy sonado, pero hoy en día se considera una cinta de culto por todo lo que la rodea.

Podemos mencionar las miniseries televisivas del año 2000, que pasaron sin armar mucho revuelo por ser producciones menores de escaso calado, pero para la gran pantalla parecía una saga maldita, y pasaron décadas hasta que alguien se atrevió a volver a ella. Denis Villeneuve acaba de dar vida a otra versión muy ambiciosa, pero se respira el miedo a no conseguir realizar su plan de tres entregas (adaptando las dos primeras novelas) debido a que el coste de producción es alto, el retorno de la ciencia-ficción seria suele ser muy limitado y encima se ha visto mermado con la pandemia de coronavirus.

DUNE. ¿MARAVILLA O COÑAZO?

El planeta Arrakis sostiene el destino del universo, pues la especia, una materia extraída de sus inacabables desiertos, tiene propiedades sin igual (alarga la vida, permite el viaje espacial), por lo que define la economía del imperio. Las grandes casas Harkonnen y Atreides, regidas por el ladino Barón Vladimir y el noble Duque Leto respectivamente, se disputan su control mientras el pueblo autóctono de los Fremen sufre las consecuencias. En este conflicto, el joven heredero Paul Atreides emergerá como líder que cambiará la faz de la galaxia.

La primera y más famosa novela, la que han querido adaptar en numerosas ocasiones, ofrece una combinación del sempiterno relato del viaje del héroe con clásicas intrigas palaciegas de corte shakesperiano. Un joven destinado a cambiar el mundo vive aventuras variadas en distintos escenarios exóticos, entre las que hay capítulos inevitables como la salida abrupta de su entorno familiar, la caída del mentor que contribuye a su maduración, la unión al pueblo oprimido pero de moral intachable y la revolución contra un pueblo opresor dirigido por un tirano monstruoso. En los grandes palacios tenemos pugnas y traiciones constantes entre las grandes casas y los nobles. Y por supuesto, hay magia, objetos, leyendas y tradiciones ancestrales, animales fantásticos…

En resumen, tenemos el batiburrillo habitual de muchas obras de fantasía y ciencia-ficción. La diferencia entre las mediocres y las que dejan huella, aparte de llegar en el momento adecuado, está en que la combinación de sus elementos consiga ofrecer un todo superior y trascendental o no. Y se supone que Dune lo logra… pero desde mi punto de vista, no tanto como para merecer tantos halagos, y mucho menos como para contarla como una de las novelas más imprescindibles de la fantasía y ciencia-ficción. Por comparar con las elecciones más obvias, queda a años luz de obras maestras como El Señor de los Anillos (J R. R. Tolkien, 1954), las principales entregas de Fundación (Issac Asimov, 1951) e Hyperion (Dan Simmons, 1989).

Hay quien defiende que las intrigas de la corte son apasionantes, pero a mí me parecieron innecesariamente farragosas y pesadas, para luego no ofrecer ningún giro inesperado, y me pone de los nervios que partes importantes se resuelvan porque Paul tiene visiones o deduce cosas porque sí. Se supone que el mundo de Arrakis y la vida de los Fremen son deslumbrantes y dan pie a grandes mensajes. Los temas sobre ecologismo, colonialismo, racismo y clasismo están bien hilados, pero en la parte de descubrir mundos fantásticos sugerentes apenas llamó mi atención, tanto porque las descripciones de la vida en el desierto distan de resultar cautivadoras como porque el ritmo de la aventura de lento y disperso resulta soporífero. Los personajes, lo más importante, también me decepcionaron, porque hay potencial, pero ninguno termina de despegar, de ofrecer personalidades magnéticas, historias vívidas, y un progreso que atrape. Y lo peor es que todo se enfanga con la cháchara y jerga fantasiosa más rebuscada y cargante que he leído en mi vida, para que luego relevancia real en las vidas de estos personajes y el transcurso de los hechos no tengan tanta como se espera. Las Bene Gesserit, la Voz, la retahíla de palabras ininteligibles de los Fremen, no ayudan a formar un universo rico y verosímil, sino uno confuso y exasperante.

Quedaros con este comentario, porque aunque penséis que no estoy acertado, lo cierto es que las películas de Lynch y Villeneuve y el intento infructuoso de Jodorowsky verán reflejadas algunas de sus virtudes… pero sobre todo constatarán sus carencias, pues se atascan en los mismos problemas, incapaces de alcanzar tampoco el potencial latente. Todos estos autores se han tomado como obligación plasmar la impostada complejidad del trasfondo imaginario, del misticismo y la política, en vez de ofrecer una aventura más ligera y fluida, donde los personajes y sus conflictos respiren mejor y por lo tanto el relato llegue con más intensidad al espectador.

ALEJANDRO JODOROWSKY

El primer tímido paso para realizar una adaptación al cine llegó en 1971 de la mano de una pequeña productora dirigida por Arthur P. Jacobs. Este soñaba con que el gran David Lean, de Lawrence de Arabia (1962), dirigiera la película, pero lo rechazó. Mientras buscaba otro realizador, el guion estaba ya en proceso, había pasado por un par de manos. Esto no significa improvisación, es habitual hasta que crean encontrar el tono y las personas adecuadas para encargarse del trabajo. Pero no pasó de esta fase primaria, porque Jacobs falleció en 1974, y sin un líder todo quedó en el limbo.

Aprovechando que nadie se atrevía con una producción tan complicada pero atractiva, una asociación francesa de productores, encabezada por Jean-Paul Gibon y Michel Seydoux, no tardó en hacerse con los derechos. Como director eligieron a Alejandro Jodorowsky (nacido en Chile, 1929), una figura que no deja indiferente a nadie con su obra vanguardista y extravagante tanto en temática como en estética, donde destaca El topo (1970) y La montaña sagrada (1973) en cine y El Incal en cómics (en colaboración con Moebius, 1980), aunque ha tocado todo arte imaginado por el hombre.

Jodorowsky optó por ir a por todas con la supuesta complejidad y trascendencia de la novela, pretendiendo en una película de diez a catorce horas de duración, que supongo partirían en tres o cuatro capítulos para el estreno. Pensó también a lo grande en el casting, donde quería figuras tan famosas como Orson Welles, Geraldine Chaplin, David Carradine… e incluso Dalí. Eso sí, el papel principal, el joven Paul Atreides, se lo reservó para su hijo, Brontis Jodorowsky, que iba muy justo de experiencia. Los años ochenta también influyeron con su moda de meter rock, electrónico o sinfónico principalmente, donde no venía a cuento, pues quería a Mick Jagger para otro papel y una banda sonora donde tanteó a varias bandas, incluyendo Pink Floyd.

Los estudios se asustaron ante el ego y las demandas tan exigentes de Jodorowsky y del equipo que había formado, y no quisieron financiar y distribuir el filme, a pesar de que los productores ya habían gastado mucho y tenían la preproducción bastante avanzada.

Pero la relación que sí se concretó y dio sus frutos fue la de los artistas que reunió para dar forma al aspecto visual. Los europeos Jean Giraud (conocido como Moebius) y H R. Giger eran mentes tan inquietas como la suya, y junto a los técnicos de efectos especiales Chris Foss y Dan O’Bannon crearon una serie de bocetos y diseños artísticos que dejaron huella en el cine y el cómic de los siguientes años. Jodorowsky y Moebius continuaron su relación en el cómic El Incal, que bebió mucho de lo que aquí plantearon juntos y se convirtió en un referente en Europa. La película más destacada que nació a la sombra de la estética de estos genios es Alien de Ridley Scott (1979). Cuando los derechos saltaron a Hollywood, Scott fue el primer director asociado a la nueva adaptación, y en el tiempo que estuvo ahí conoció a Riger y O’Bannon. Entre los tres darían forma al espeluznante universo de Alien.

Las vicisitudes de esta alocada y apasionante empresa han estado en boca de los cinéfilos y los fans de Dune durante décadas, hasta que por fin, aunque ya un poco tarde, pues había varios implicados fallecidos, el desconocido cineasta Frank Pavich realizó un documental al respecto: Jodorowsky’s Dune, estrenado en 2013. Pero en este reportaje, lejos de dar más pábulo a la leyenda de que podría haber sido una película o saga asombrosa y revolucionaria, se termina de enterrar como un proyecto megalómano que con toda probabilidad habría sido un desastre.

El propio Jodorowsky afirma que su idea se alejaba bastante del original, que lo tomó como inspiración para montarse su propia historia. Los cambios que menciona son sustanciales… cuando no delirantes, pues tira por caminos religiosos y espirituales muy pasados de rosca. Por citar el ejemplo más llamativo, el final tendría una especie de intervención divina donde el fuerte espíritu de Paul se contagia tras su muerte (porque decide matarlo porque le da la gana) a los Fremen y de alguna forma se amplifica y convierte Arrakis en un planeta verde…. ¡que viaja por la galaxia iluminando a todo el mundo, hasta que desaparece sin más! En cuanto al aspecto visual, sólo tenemos su opinión y la de sus allegados, que se tiran flores por toneladas. Apenas se vislumbran algunos dibujos y bocetos que no tendrían porqué haber quedado bien en imágenes, sea por extravagantes o porque no fuera posible darles vida con las técnicas de efectos especiales, vestuario y decorados de la época.

Por si fuera poco, Jodorowsky se atribuye una influencia en el cine mucho más allá de la estética que imaginaron principalmente sus colaboradores, afirmando tajantemente que gracias a él existe toda la fantasía y ciencia-ficción moderna.

Así que mi impresión es que todo apunta a que en Hollywood hicieron lo que haría cualquiera, librarse de un ego desmedido y una visión disparatada y tratar de encauzar el proyecto… Algo que no lograron.

DINO DE LAURENTIIS Y DAVID LYNCH

Dino de Laurentiis, nacido en Italia en 1919 y fallecido en 2010, ha sido uno de los productores más importantes de la historia del séptimo arte. Su visión empresarial llevó el cine italiano a una nueva era de reconocimiento internacional, incluyendo numerosas coproducciones con Estados Unidos. Esto lo empujó a trasladarse allí en los años setenta, donde apadrinó incontables éxitos en Hollywood y acaparó dinero y reconocimientos por doquier. Con su gran poder pudo arriesgarse con algunas obras más atípicas o complicadas, donde destacaría sobre todo la odisea de adaptar Dune, cuyos derechos adquirió en 1976.

Su primer intento de dar vida a esta epopeya de ciencia-ficción se lo encargó en 1978 al propio Herbert como guionista, y al año siguiente eligió a Ridley Scott como director. Tras varias reescrituras y demoras en la preproducción, y con un coloso que implicaba aún varios años entre rodaje y postproducción, Scott se hartó de complicaciones y prefirió pasar a otros trabajos (que serían Alien -1979- y Blade Runner -1982-).

David Lynch, nacido en Montana, EE.UU., en 1946, se ha consagrado como un autor inclasificable, con obras que van de lo fascinante a lo indescifrable. Ya en sus primeros largometrajes a finales de los setenta, Cabeza borradora (1977) y El hombre elefante (1980), dejó ver sus capacidades y excentricidades, de forma que llamó la atención de Laurentiis. Un joven tan valiente y talentoso parecía adecuado para una empresa tan exigente. Pero pronto resultó que Lynch sería joven pero no le faltaba arrojo cuando no cabezonería, y empezaron las discrepancias sobre cómo abordar la novela. Los guionistas que colaboraban con él se largaron, y sólo quedó su visión contra la de Laurentiis.

El productor vio potencial para conseguir una saga exitosa al estilo de La guerra de las galaxias (George Lucas, 1977), para lo cual habría que hacer más asequible al gran público una novela y secuelas muy densas. Lynch, que se supone que aceptó el trabajo antes de leer la serie, se enamoró de la historia y se empeñó en ser lo más fiel posible. Y con estas dos partes enfrentadas empezó un rodaje costoso (40 millones de la época es una superproducción importante) y complicadísimo en logística (localizaciones, decorados, vestuario, extras), así que lo que era difícil de partida se convertiría en un auténtico infierno para todos los presentes.

En algunas cosas importantes se ve influencia del trabajo previo de Jodorowsky. El reparto es internacional, con algunos actores destacados del momento: Linda Hunt, Sean Young, Max von Sydow, el alemán Jürgen Prochnow, que venía de pegar fuerte con El submarino (Das Boot, 1981), y el estreno de Kyle MacLachlan, luego colaborador habitual de Lynch. Se mantuvo también la idea de explotar la moda del rock, con Sting en un papel secundario y una banda sonora de rock orquestal y electrónico encargada a la banda Toto. Pero destaca más la estética de corte europeo y vanguardista. Aun sin figuras tan insignes como las que reunió Jodorowsky, aquí también tuvieron un grupo de visionarios provenientes de todo el globo. Con Pier Luigi Basile y Benjamín Fernández al frente de la dirección artística, los equipos de decorados, maquetas, vestuario y efectos especiales lograron hacer realidad retos muy complicados, dando forma a una obra asombrosa en lo visual, sólo un peldaño por debajo de la saga que en esos años marcó una nueva era en estos campos, La guerra de las galaxias.

Lynch gestó un coloso de tres horas, algo poco viable comercialmente. En la pugna por ver quién mandaba más, como cabía esperar ganaron quienes ponían el dinero, tanto De Laurentiis como Universal Pictures, de forma que si Lynch no quería perder el control del montaje final tenía que reducirlo a poco más de dos horas. Para lograr eso tuvieron incluso que rodar nuevas escenas y grabar voz en off que simplificaran el argumento.

Se estrenó en 1984. De Laurentiis no obtuvo una de aventuras que encandilara al público como La guerra de las galaxias, ni tampoco una obra intelectual como 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1969). Y Lynch tuvo que soportar que se estrenara un tosco resumen. Las críticas fueron horribles y el batacazo en taquilla bastante sonado.

En 1988, bajo la batuta de Laurentiis se editó una versión de tres horas. Lynch se desentendió del todo, hasta el punto pedir que lo acreditaran bajo pseudónimo y de no responder desde entonces a preguntas sobre esta etapa de su vida. Aun así es lógico pensar que esta edición se acerca mucho a su visión, que está presente la mayor parte de su trabajo, con sus virtudes y sus fallos. Tiene un aspecto visual ostentoso, arrebatador, pero una narrativa totalmente fallida, con lo que el visionado resulta un galimatías muy pesado.

Dune, en su montaje extendido o no, quedó como una cinta fallida devenida en película de culto, sólo apta para cinéfilos a los que les gusta curiosear en la historia del cine y películas raras. Parecía constatarse que la novela era imposible de trasladar a la gran pantalla con fidelidad y a la vez consiguiendo una obra comprensible y amena.

LAS MINISERIES Y OTRO BREVE INTENTO

Cabe señalar que en el año 2000 se estrenó una miniserie producida para el canal Sci Fi Channel (luego pasó a llamarse Syfy), con su secuela, Los hijos de Dune, llegando en 2003. John Harrison escribió, codirigió junto a Greg Yaitanes, y contaron con un algunos actores conocidos, como William Hurt y Giancarlo Giannini.

No me llaman la atención como para verlas, así que no puedo comentarlas a fondo. Por longitud pueden explorar bien las tres novelas que abordan (Dune, El mesías de Dune, Los hijos de Dune), y las críticas no fueron malas… aunque tampoco han dejado huella alguna. Pero el aspecto visual es espantoso, con un acabado y sobre todo unos efectos especiales que ya eran malos en esos años, pero que ahora dan lástima. Para colmo, resulta que a España llegó recortada en formato de imagen y en longitud.

Sólo puedo destacar que la espléndida banda sonora de Brian Tyler para la segunda parte fue tan memorable que muchos aficionados al género la contamos entre las grandes del panorama contemporáneo.

En 2008, Paramount Pictures trató de llevarla al cine de nuevo, contando con los guionistas de estas miniseries y con el director de acción Peter Berg. Este estuvo un tiemplo implicado, pero finalmente no se atrevió. Luego probaron con un realizador mucho menos conocido, Pierre Morel. Pero tampoco lograron concretar nada y todo quedó en suspenso.

DENIS VILLENEUVE

Nacido en Canadá en 1967, Denis Villeneuve se ha consagrado como uno de los mejores directores de la actualidad, destacando su amor por la ciencia-ficción de corte serio. Títulos como Sicario (2015) afianzaron un potencial que se venía viendo desde sus primeras obras en su país de origen, pero deslumbró a medio mundo con maravillas como La llegada (2016) y Blade Runner 2049 (2017). La calidad y el respeto a la obra original de esta última lo puso inmediatamente como favorito para el nuevo intento que Hollywood estaba planeando para adaptar Dune.

En la producción tenemos a Legendary Entertainment, que adquirió los derechos en 2016, yendo a medias con Warner Bros., que también distribuye. La idea inicial es hacer dos entregas, dependiendo la segunda del éxito de la primera, pero Villeneuve ha afirmado que quiere una tercera película que adapte la segunda novela, El mesías de Dune. En esta primera parte ha contado con la ayuda de los guionistas Jon Spaihts y Eric Roth.

El rodaje se llevó a cabo en 2019, con vistas a estrenarse en noviembre de 2020. Pero la pandemia de coronavirus fue añadiendo un retraso tras otro hasta septiembre de 2021… lo que ayudó también a levantar bastante expectación y a no tener más competencia de estrenos, sólo las últimas restricciones de aforo y la habitual dificultad de la ciencia-ficción seria para llegar a todos los públicos. Las críticas son muy buenas, pero ¿logrará una buena taquilla y convencer a los productores como para que den el visto bueno a las secuelas? Asumo que tendría que ir muy mal para que dejen la obra incompleta, pues eso perjudicaría la imagen del estudio y las ventas en formato físico y en digital. Además, se ve interés en exprimir la fama de la saga, porque antes del estreno anunciaron una serie de televisión: Dune: The Sisterhood (La Hermandad) será una precuela protagonizada por las Bene Gesserit.

Villeneuve parte de la ventaja que da la distancia y las experiencias previas, y desde luego se ve un intento de no repetir los mismos errores así como algunas mejoras importantes, pero no tanto como para hablar de que ha logrado una adaptación perfectamente equilibrada y una película notable. Dista mucho de sus trabajos más potentes e imaginativos en argumento y en lo visual, La llegada y Blade Runner 2049.

A pesar de mis dudas, por ahora los aficionados al género y a la novela la han recibido con mucho entusiasmo. Pero veremos cómo la trata el tiempo, cuya primera prueba de fuego será en las secuelas, donde si crece adecuadamente sí podría dejar huella.

No respires 2


Don’t Breathe 2, 2021, EE.UU.
Género: Suspense, acción.
Duración: 98 min.
Dirección: Rodo Sayagues.
Guion: Rodo Sayagues.
Actores: Stephen Lang, Madelyn Grace, Brendan Sexton III, Bobby Schofield, Fiona O’Shaughnessy, Adam Young, Rocci Williams, Stephanie Arcila, Christian Zagia.
Música: Roque Baños.

Valoración:
Lo mejor: Los dos actores principales están bastante bien.
Lo peor: Los cambios de tono respecto a la original decepcionan: es acción, no terror, y el villano se intenta convertir en héroe. La dirección es anodina, no hay tensión ni mucho menos miedo, y tiene muchos fallos.
La pregunta: ¿Pretenden operar a pecho abierto sin anestesia general?

* * * * * * * * *

No respires fue todo un hallazgo. Partiendo de una premisa sencilla, Fede Álvarez estuvo muy inspirado con unos cuantos giros espectaculares en el argumento y sobre todo deslumbró con una puesta en escena desbordante de talento. En una casa de los barrios arruinados y medio abandonados de Detroit, unos jóvenes atracadores infravaloran al inquilino, un anciano ciego, y acaba convirtiéndose en su peor pesadilla. Cada rincón del domicilio da un juego espectacular, la atmósfera de suspense te mantiene tenso y agobiado en todo momento, y algunos sustos te hacen saltar en la butaca. El colaborador en el guion de aquella, Rodo Sayagues, toma el relevo en la segunda parte tanto en la escritura como en la dirección… y no está la altura.

El guion tiene lo justo de repetición para que la película resulte reconocible y suficiente novedades como para generar nueva expectación, pero también tiene unas elecciones bastante cuestionables que eclipsan esas nuevas ideas. No se entiende que no continuara con lo que insinuaba el final de la primera parte, el viejo recuperándose de sus heridas y montándose una venganza todo encabronado contra la adolescente que sobrevivió en el asalto a su hogar. Con todo, la nueva historia es prometedora y también ofrece algún giro inesperado, pero no es suficiente porque le acompaña un cambio de tono que frena sus posibilidades. El anciano ya no es un ser atormentado que acaba convertido en un monstruo, lo intentan transformar en un antihéroe, un tipo incomprendido que apalea a unos criminales miserables.

Cierto es que hay momentos en que Sayagues parece que va a salir airoso con el controvertido cambio de rumbo. La odisea de un nuevo protagonista, la niña que ha acogido, tiene partes enternecedoras y alguna sorpresa efectiva, y esto se ve realzado por el buen papel de Stephen Lang como el ciego y Madelyn Grace como la cría. Pero en conjunto el autor pierde el control sobre el ciego, un personaje que resultó fascinante a la par que terrorífico pero que aquí no sólo acaba siendo una pálida sombra de lo que fue, sino que genera un efecto bola de nieve que genera más problemas.

Este es uno de los muchos ejemplos donde para ensalzar a un protagonista los escritores sin talento sólo son capaces de conseguirlo rebajando a los demás. Y aparte del empeño en mostrar unos patanes sin moral, estos nuevos villanos tienen un dibujo muy pobre, unos diálogos cutres y unos actores muy sobreactuados, de forma que cada cual es más ridículo y acaban resultando unos malhechores propios de una comedia tipo Solo en casa (Chris Columbus, 1990), así que poco miedo y asco pueden dar. Y aun así, el ciego sale muy malparado. Este ya no se vale de su ventaja en la oscuridad, no resulta un ente cuasi paranormal, un animal espeluznante que acecha entre sombras y silencios, sino que ha sido transformado en un trilladísimo héroe de acción, con fuerza y habilidades sin igual con las que va tumbando a los delincuentes en aparatosas escenas de acción. Para rematar, el poco interés que pudiera despertar esta nueva fórmula se diluye rápido, porque no hay imaginación en los escenarios (ni siquiera salir de la casa en el tercer acto ayuda) y el acabado visual va muy justo.

Es el primer trabajo tras las cámaras de Sayagues, y el resultado es fallido si la contamos como una de acción cualquiera, pero en comparación con el portento de cinta de terror que nos ofreció Álvarez hay que hablar de un fracaso absoluto, de una decepción monumental.

No hay tensión en ningún momento, la construcción de atmósferas de suspense hace aguas por todas partes, primero, por el cambio hacia la acción, segundo, porque el realizador no tiene ni idea de qué está haciendo. La falta de conocimientos y visión es tal que hay fallos muy importantes: la mitad del tiempo no sabes cuántos están asaltando la casa ni dónde están; las distintas estancias de esta no se presentan adecuadamente, pasamos de un lugar a otro de sopetón generando más confusión que intriga (¿dónde sale ese invernadero tan grande, quién lo cuida?). El relato se ahoga en una sucesión de peleas a tortas sin sustancia real, algo de lo que Sayagues parece ser consciente, porque se esfuerza en enmascararlo con otro clásico de los malos autores, rizar el rizo continuamente. Así que tenemos una buena cantidad de situaciones muy rebuscadas y con gore gratuito que no resultan nada verosímiles. Y si no te crees lo que estás viendo, no puedes sufrir por los protagonistas.

Aparte hay que citar un par de referencias chocantes: son inesperados, innecesarios y mosqueantes los guiños a León, el profesional (Luc Besson, 1994), pues copia con descaro la mítica frase de “¡A todo el mundooo!” y el destino de la chiquilla.

No respires no es una de esas películas en las que se pueda decir que no hay justificación para secuelas, sino que incluso te dejaba con ganas de ver alguna. Pero en No respires 2 han desaprovechado a lo grande su potencial. Esta entrega resulta vulgar, aburrida, completamente prescindible.

Ver también:
No respires (2016)
-> No respires 2 (2021)

Shang-Chi y la leyenda de los Diez Anillos


Shang-Chi and the Legend of the Ten Rings, 2021, EE.UU.
Género: Comedia, acción, superhéroes.
Duración: 132 min.
Dirección: Destin Daniel Cretton.
Guion: Dave Callaham, Destin Cretton, Andrew Lanham. Steve Englehart y Jim Starlin (cómic).
Actores: Simu Liu, Awkwafina, Tony Leung Chiu-Wai, Meng’er Zhang, Florian Munteanu, Michelle Yeoh, Yuen Wah, Jayden Zhang, Fala Chen, Ben Kingsley.
Música: Joel P. West.

Valoración:
Lo mejor: El primer acto es ágil y ameno.
Lo peor: Una vez vamos a China se desinfla y no vuelve a remontar. Personajes planos, reparto irregular, historia harto predecible, acabado visual flojo, selección de canciones esperpéntica…
Mejores momentos: La pelea en el autobús.
La frase: Si no apuntas a nada no alcanzarás nada.

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Cuando se anunció película de Shang-Chi muchos torcimos el gesto. ¿Este quién es? No habrá superhéroes en la factoría Marvel, que tienen que recurrir a cómics tan secundarios y poco conocidos. O quizá es que el mercado asiático es muy jugoso y los productores quieren sacar tajada… Aunque al final se las han visto con su caprichoso y déspota gobierno y a saber si llega a estrenarse allí. De no hacerlo, entre la recaudación limitada por la pandemia y la falta de ese mercado, el batacazo puede ser de aúpa.

Por desgracia, a pesar del poco interés que despierte, si quieres estar al día con la saga estás obligado a verla. Pero tras el visionado me he quedado exactamente igual. ¿Este quién es y por qué existe esta entrega? El personaje y la película que nos ofrecen son tan ajenos a la línea de Los Vengadores, tan vulgares y olvidables, que yo creo que debería ocurrir como con el despropósito de El increíble Hulk: no tendríamos que contarla como parte de la serie, hay que barrerla bajo la alfombra como si no existiera. Sin embargo, parece que está teniendo buenas críticas, sobre todo desde los medios, siendo uno de esos casos donde por más vueltas que le doy no entiendo cómo puede justificarse que es una buena película.

Aparte de su escasa calidad y calado, los lectores del cómic dicen que como adaptación anda muy mal de fidelidad y respeto al original. Parece ser que los personajes son reinventados sin miramientos, y ni siquiera los anillos se asemejan un mínimo aceptable a los objetos originales: en los cómics son anillos, no brazaletes a los que llaman anillos (nadie parece haberse cuestionado esto), y cada uno tiene un poder (fuego, hielo, curación, control mental, etc.), mientras aquí parecen ser un amplificador de fuerza y resistencia sin más.

La historia es lo más predecible y repetitivo que he visto en esta época ya de por sí muy falta de ideas pero donde precisamente en Marvel han demostrado saber aportar algo más para poder destacar. Un buen acabado, por supuesto. Personajes y actores con carisma, inevitable. Continuidad entre episodios para engancharte. Y en los capítulos más importantes, buen nivel dramático e historias más originales y épicas. Ninguna de esas cualidades se ven en Shang-Chi y la leyenda de los Diez Anillos.

Nos vamos a la parte más exótica de China, las leyendas tradicionales, las artes marciales, los bajos fondos y las mafias… Cierto es que son elementos que hemos visto en muchas películas, pero en lo que respecta a esta saga, prometía traer un soplo de aire fresco. Sin embargo, nos encasquetan la historia fantástica y el culebrón familiar más típicos y anodinos posibles.

De la mitología del universo donde se desarrolla la aventura se explica bien poco. Un tirano, Xu Wenwu, domina la región con una serie de objetos mágicos, los Diez Anillos. Su ambición lo lleva a desear alcanzar los reinos místicos que se creían desaparecidos. Pero nada adquiere suficiente solidez y relevancia como para que entendamos los límites de los poderes, las formas de ser y las motivaciones de cada bando y personaje, etc. Mira que la película se para un montón de veces a detallar cosas en recesos y flashbacks, pero nada sustancial, todo son subrayados innecesarios del dramón familiar, obviedades y reiteración cansinas. El tirano se enamora y se ablanda momentáneamente, pero la tragedia lo alcanza y se vuelve chungo otra vez. Tony Chiu-Wai Leung hace un papel muy bueno, pero el rol no tiene solidez suficiente. Si bien hay que señalar que ya hemos tenido villanos simplones en la serie, en esos casos la idea era obviamente usarlos como personajes secundarios que sirvieran de catalizadores para el nacimiento del héroe, pero este se lleva demasiados minutos, demasiada trascendencia impostada, sin conseguir aportar nada útil y atractivo, no digamos ya novedoso.

Sus hijos, ya crecidos, huidos y renegando de su pasado, deben finalmente pasar al frente con ayuda de algunos amigos. Pero el drama no puede funcionar si estos personajes principales parecen secundarios cómicos, todos sin desarrollo, sin una personalidad tangible, apenas unos pobres recipientes para la retahíla de chistes que conforma la cinta. En el primer acto sobreviven a duras penas por su simpatía, donde Simu Liu como Shang-Chi y Awkwafina como Katy tienen la gracia y química suficientes para que sus disparatadas aventuras humorísticas por San Francisco sean agradables. Además, por entonces el sentido del humor todavía no desentona, encaja bien en la situación que viven los personajes, e incluso que se logra una buena crítica a la sociedad actual, alejada de la realidad, inmersa en las redes sociales, en vez de hacer algo útil con sus vidas.

Pero a medida que el relato debe crecer y los personajes madurar según llegan los conflictos, las decisiones y conclusiones, no hay nada digno que rescatar. Es una de esas películas donde los protagonistas son personas normales y aburridas a las que les cae todo encima sin más y se convierten en héroes simplemente porque estaban allí. Ni siquiera el encuentro con la hermana, Xialing (Meng’er Zhang), que podría aportar algo de oscuridad y enriquecer el lío familiar, mejora el panorama, porque resulta otro rol blandengue y sin un propósito claro. En el lado dramático, si los actores son competentes no podemos saberlo en esta obra, porque les cuesta mantener el tipo ante unos personajes que se van deshaciendo en una historia cada vez más estulta y monótona y donde el tono humorístico cada vez es más forzado y cutre.

Lo peor es que como es habitual en estos casos de protagonistas planos, sin cualidades ni capacidades concretas, los guionistas sólo saben rebajar a los demás personajes para que aquellos puedan sobresalir. Así, la tía con tantos poderes (Michelle Yeoh), el anciano (Wah Yuen) que lidera las tropas de la aldea, o el propio padre, quedan como unos imbéciles e inútiles de cuidado. El progenitor, sabiendo todo el mal que ha causado, deja a esposa e hijos sin vigilancia cuando se va de compras; si es que parece que en el fondo estaba deseando abandonar el hastío de esa vida familiar. Los del pueblo oculto, mil años custodiando la puerta, y no tienen unas defensas bien organizadas, son unos cuantos granjeros armados con palos que apenas aprovechan el poder mágico que los rodea. Dicen que los Diez Anillos son muy peligrosos, saben desde hace siglos que se acerca el portador, este se presenta por fin… y en vez de concentrar sus fuerzas contra él dejan que se pasee por toda la batalla como si no fuera con ellos. Además, no se puede pasar por alto la incongruencia de que en el primer encuentro del señor de los anillos con una del pueblo, la que se convertiría en su esposa, esta lo vapulea de lo lindo sin despeinarse, así que lo lógico es que los demás también puedan enfrentarlo. Y cabe preguntarse cómo se cuentan tantas historias y leyendas y ninguna menciona dragones como montañas de grande que cambian el destino del mundo en sus apariciones.

Y no me hagáis hablar del falso Mandarín, Trevor (Ben Kingsley). No tuve problemas en Iron Man 3 porque en el contexto de la película funcionó, aunque obviamente es una transgresión innecesaria hacia los cómics. Pero aquí en vez de pasar página reinciden sobre ello de la peor forma posible. El individuo y su perrillo mágico generan una inenarrable vergüenza ajena, que además empeora porque acaban siendo un penoso comodín que resuelve la trama para esos protagonistas que nada planean y nada hacen.

Shang-Chi resulta también muy decepcionante el acabado visual, tanto en dirección como en efectos especiales, donde el salto a oriente también promete novedades respecto a la saga que al final no son tantas ni tan interesantes. Las coreografías asiáticas, los diversos escenarios y las partes fantasiosas no dan nada de sí.

Solo cabe recordar la escena del autobús, donde parece haberse ido todo el esfuerzo. Es una coreografía imaginativa, y la dificultad de la puesta en escena se salda bastante bien con una planificación envidiable y un montaje ágil. Pero en adelante todas las coreografías parecen iguales, gente moviendo los brazos a lo loco como gallinas aleteando por el corral, mientras de por medio se incluyen a martillazos los recesos para diálogos y relaciones personales y los cada vez más infames chistes. El otro clímax de acción, la pelea en el andamio, se hace pronto repetitivo, y algunas secuencias secundarias, como la del aparcamiento subterráneo, resultan muy malas, hasta el punto de hacerte desear que acaben y pasen a algo más interesante.

Con todo ello se hace patente la poca imaginación y virtudes del director Destin Daniel Cretton. La técnica de Kevin Feige y demás productores de buscar talentos entre autores poco conocidos no siempre funciona del todo (Capitana Marvel tenía poco tirón en lo visual), pero aquí ha sido un rotundo fracaso. Su labor también supone un lastre extra en los tramos pausados: los flashbacks que reinciden en los conflictos familiares se ejecutan con tanta desgana que se hacen muy pesados.

La simpleza exasperante del tercer acto, sobre todo en la batalla final, termina de tirar por tierra el poco interés que pudiera quedar en pie. El argumento venía siendo poco imaginativo, pero aquí pesa demasiado el poco empeño por buscar no ya situaciones originales o buena carga dramática, sino simplemente darle un buen cierre a los personajes y mantener un mínimo de coherencia narrativa. Todo queda supeditado al estilo de videojuego, a la saturación de efectos especiales, y cuando se acuerdan de que hay personajes de por medio, de que tienen que contar algo con ellos, se cae en la auténtica vergüenza ajena. Destacan sobre todo los últimos coletazos del patrón de héroes de mercadillo: Katy se convierte por arte de magia en una arquera excepcional y el maestro y sus tropas no dan pie con bola, el padre se pasea por todos lados como si nada, su hijo sin poderes resiste cualquier ataque y aprende por arte de magia a manejar los anillos; de hecho, en el proceso de aprendizaje de Shang-Chi todo lo que encontramos es… el postureo de golpear con la mano abierta en vez de cerrada. Se remata todo con el indescriptiblemente patético momento en que se unen buenos y malos contra esa representación tan aparatosa pero insustancial del mal supremo. De ahí en adelante, dragones y bichos varios pululan por la pantalla entre ruido, borrones y rayos de colores sin que sepas qué demonios está pasando.

Y para empeorar las cosas, parece una película inacabada en cuanto a efectos especiales. Da la impresión de que con las limitaciones de aforo en las salas de cine debido a la pandemia vieron que lograrían menos recaudación y dejaron el trabajo a medias para ahorrar dinero, en vez de lo que sería más lógico, haber usado los retrasos del estreno para pulir el acabado tranquilamente. Las pantallas de fondo, el grotesco perrito con alas, el bosque (tronchante el plano del padre en el acantilado), los básicos rayos y demás magia… Solo los dragones parecen tener buenas texturas, pero la integración con lo demás es mala y se intenta emborronar con nieblas, humos y más rayos cansinos.

En cuanto al apartado musical, la banda sonora original del también desconocido Joel P. West es una obra de acción con toques asiáticos muy genérica, sin proyección temática ni conexión emocional alguna, pero la selección de canciones es algo inexplicable: ¿a santo de qué viene ese repertorio de canciones de rap, hip hop y reguetón electrónico tan horteras, horrendas y repetitivas? ¿Es eso lo que está de moda en China y las meten con calzador para sacar tajada también de la venta de cutres discos recopilatorios comerciales?

Cualquier título medio reconocible del cine asiático deja a esta cinta a la altura del betún, como los referentes obvios, Tigre y dragón (Ang Lee, 2000) o las de Jackie Chan. En cuanto a comparaciones con episodios del estilo en la saga, o sea, de orígenes de los superhéroes, también sale muy mal parada. Black Panther es otra que sufría de una trama demasiado predecible y lineal, pero lo suplen con creces con un ritmo y un acabo impecables, y sus personajes y sus tribulaciones tienen más tirón aunque sepas cómo se desarrollará todo. Capitana Marvel salió por el lado contrario, algo apagada en lo visual pero con personajes magníficos y una historia más elaborada que daba margen a la sorpresa y a disfrutar con los conflictos políticos y personales. El parecido con Viuda Negra es también notorio, pero incluso aunque resultó un tanto decepcionante saca más partido de los personajes y al menos tiene buenas escenas de acción, resultando un entretenimiento muy digno.

Shang-Chi y la leyenda de los Diez Anillos no tiene nada que ofrecer, es mediocre y aburrida. Para olvidar y hacer como que no existe.