El Criticón

Opinión de cine y música

Baby Driver


Baby Driver, 2017, Reino Unido, EE.UU.
Género: Acción.
Duración: 112 min.
Dirección: Edgar Wright.
Guion: Edgar Wright.
Actores: Ansel Elgort, Jon Hamm, Eiza González, Kevin Spacey, Jamie Foxx, Jon Bernthal.
Música: Steven Price.

Valoración:
Lo mejor: Buen reparto, destacando el descubrimiento de Angel Ensort.
Lo peor: La total falta de inspiración del guion, ahogado en clichés cansinos.

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Alerta de spoilers: Hay unos pocos, pero no creo que sean muy relevantes.–

Con qué ganas cogí Baby Driver, la nueva película de Edgar Wright, para mí el único talento actual en comedias y uno de los más notables en el cine de acción. Y qué gran decepción me he llevado…

Su estilo sólo se nota en el pulso frenético de la puesta en escena, donde se presenta como uno de los mejores hacedores de peleas cuerpo a cuerpo, de tiroteos y de persecuciones del momento, porque, aparte de eso y de unos cuantos actores competentes, la cinta no ofrece nada. Quien otrora reinventara géneros como el zombi (Shawn of the Dead), el policíaco de acción (Hot Fuzz), el de superhéroes (Scott Pilgrim contra el mundo) y la comedia de pandillas (Bienvenidos al fin del mundo) mediante unas historias muy originales, unos personajes magnéticos y muy humanos incluso dentro de las locuras tremendas en que sumergía cada aventura, ahora se ha mostrado inesperadamente falto de ideas. En la presente cinta los protagonistas se basan en estereotipos muy básicos y muestran personalidades cambiantes para adaptarse a una trama simplona, enormenente predecible, asfixiada en su limitada forma y en tópicos del cine de gángsteres muy gastados.

El chico rarito pero dotado que se ve arrastrado a una tormenta y sueña con salir de ahí, la chica guapa y simpática de la que se enamora, el criminal malvado que lo tiene entre sus garras, los compañeros de andanzas cada cual más desequilibrado… Por mucha filigrana visual y enredo narrativo que intente Wright (esos paseos del chaval, qué cansinos se hacen), no es capaz de salir de los muros que él mismo se ha levantado: todo se ve venir de lejos, no hay giros ingeniosos y sí muchas situaciones forzadas, el humor es flojo y repetitivo, los personajes no enganchan en ningún momento. Lo único que llega a sorprender es lo mal que maneja algunos protagonistas y como empuja situaciones inverísimiles porque está empeñado en cumplir con el cliché de turno: ese gángster y a la vez mentor que cambia de forma de ser en cada aparición es lamentable, y Kevin Spacey no puede hacer mucho más allá de intentar parecer serio; el chico que una vez librado del contrato que lo ata va a cenar donde está su anterior jefe es poco verosímil, pero la gilipollez innombrable de las cintas de audio es totalmente increíble en alguien tan inteligente y una burda justificación del lío final; no lejos se queda la ridícula carambola de que acaben en el restaurante de la chica; y menuda cursilada el juicio donde todos ponen de bueno al chaval que ha atracado varios bancos y puesto patas arriba la ciudad, que se remata con ese plano final de postal barata.

Aparte, había leído en varias críticas que Wright conseguía una obra que roza el musical, con las canciones formando parte íntima de la narrativa… Y no. Hay unos cuantos videoclips mal empalmados y por lo general la música no transmite mucho, principalmente porque son canciones bastante flojas, sin magia alguna.

Baby Driver queda como una de acción del montón, con pocas secuencias con chispa entre infinidad de dramas artificiales pero gélidos, acción bien rodada pero con poca o ninguna sustancia y menos gracia, y unos protagonistas tan planos que es difícil conectar con ellos. Son los actores quienes los dotan de vida. El desconocido Ansel Elgort está muy bien como chico con cara de bueno, hábil en su trabajo y abatido en la vida. Lily James tiene encanto de sobra para medio salvar el romance más forzado de los últimos años. Jon Hamm es un actor enorme que merece encontrar papeles que le den más visiblidad, y dota de gran carisma a un asesino demasiado clásico. Eiza González cumple como la chica del anterior. Jamie Foxx tiene también facilidad para caer bien y consigue hacer soportable a un matón de manual muy cargante. Y en un mundo aparte está el lastimero Jon Bernthal: sigo preguntándome como encuentra papeles un actor tan limitado.

Y desde luego no entiendo cómo esta cinta tan limitada consiguió recaudar 225 millones de dólares cuando con las magníficas Hot Fuzz, Bienvenidos al fin del mundo y Shaun of the Dead no hizo ni cincuenta con cada una. Sólo espero que en el futuro Wright recupere la inspiración y no se venda al dinero fácil.

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Blade Runner (Final Cut)


Blade Runner, 1982, 2007 (Final Cut), EE.UU.
Género: Ciencia-ficción, policíaco.
Duración: 117 min.
Dirección: Ridley Scott.
Guion: Hampton Fancher, David Webb Peoples. Philip K. Dick (novela).
Actores: Harrison Ford, Rutger Hauer, Sean Young, Daryl Hannah, William Sanderson, Joe Turkel, Edward James Olmos, Brion James.
Música: Vangelis.

Valoración:
Lo mejor: Aspecto audiovisual arrebatador. Temática sugerente con reflexiones muy bien planteadas. El papel de Rugter Hauer.
Lo peor: La trama policíaca es muy endeble, el romance más, y Deckard un personaje bastante soso. Y todo ello eclipsa más de la cuenta la parte filosófica y ralentiza demasiado el ritmo.
Los planos: El inicial, con la ciudad hasta donde abarca la vista. El coche volador pasando al lado del anuncio. El edificio Tyrell.
Mejores momentos: Roy conociendo a su creador.
Versiones: Entre cambios obligados por el estudio, cambios que fueron sufriendo las versiones en vhs y dvd, acabó habiendo siete versiones distintas de la película. La más recomendada es la Final Cut de 2007, que fue la única controlada por Ridley Scott con total libertad.
La frase: La luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo. Y tú has brillado con mucha intensidad, Roy.

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Alerta de spoilers: Doy por hecho que se conoce a fondo.–

Blade Runner tuvo críticas desiguales en su estreno en 1982. Aquí hay un artículo que habla de ello, por ejemplo. Podríamos argumentar que con la ciencia-ficción de corte intelectual suele ocurrir que los conservadores no la entienden en su momento, pero también señalaban puntos grises evidentes, así que algo de razón tenían. Sin embargo, no tardó mucho en convertirse en una película de culto, es decir, una no del todo popular (generalmente por ser de una temática no atractiva para todos los públicos), imperfecta o incluso regulera, pero que consigue un grupo de fieles seguidores que alaban algún acierto destacable. Pero esa bola fue creciendo con los años y no tardó en considerarse una obra maestra incluso por los gremios más inmovilistas de la crítica cinematográfica, que pasaron del rechazo a la adoración ciega. Y con esa reputación ha acabado convirtiéndose en una de esas cintas en las que se ha olvidado todo fallo o limitación y es imperdonable no decir que es perfecta e irrepetible. Pero yo me voy a mantener firme. Blade Runner es una película de culto, pero dista mucho de ser una obra maestra del cine.

El primer aspecto digno de citar no se puede considerar un gran fallo, pero a mi modo de ver desluce un poco: el texto en pantalla que nos introduce en la historia. Un relato que necesita un resumen explicativo para empezar, que muestra ese miedo a no ser capaz de ser inteligible por sí mismo, no augura nada bueno, sus autores no parecen tener muy claro cómo contar las cosas. Además, la versión estrenada en su momento contaba con voz en off para ir aclarando aún más la historia, aunque es justo aclarar que esto fue imposición de los productores. La verdad es que queda todo bien claro en los primeros minutos con la entrevista al primer replicante y la presentación de Deckard y su misión. Hacía años que el cine y la televisión dejaron atrás la ingenuidad del cine clásico (había buenas excepciones, claro está), sobre todo en la ciencia-ficción y fantasía: 2001 sí era realmente difícil de entender, y Alien, Star Trek y La guerra de las galaxias habían abierto las puertas a imaginar cualquier cosa posible; además, ese año llegaron también E.T. y La cosa. Así que Blade Runner no me parece complicada, ni poniéndome en la época, como para necesitar esa introducción cutre.

Una vez entrados en materia es indudable que la proyección cautiva al instante con su arrebatador aspecto audiovisual, que además soporta el paso de los años con una solidez extraordinaria. Los temas principales de Vangelis (sobre todo el inicial y el de los créditos finales) ponen los pelos de punta. Incluso en los años ochenta, con el auge de la electrónica, suenan como de otro mundo, son potentes y hermosos. La visión de un futurista Los Ángeles impresiona: una ciudad inmensa, llena de grandes edificios y polución. Y pronto ponemos los pies en el suelo y la conocemos más a fondo: sobrepoblación de distintas culturas, calles abarrotadas de gente y suciedad, y avances tecnológicos de todo tipo, incluyendo los llamativos anuncios publicitarios. Nos ponen ante un futuro con un realismo y cercanía tangibles, ante un porvenir tan apasionante como inquietante.

Los guionistas Hampton Fancher y David Webb Peoples se inspiraron en Philip K. Dick, más concretamente en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), y Ridley Scott y el equipo técnico dieron vida al libreto con un resultado memorable. La combinación de escenarios, maquetas y matte paintings no por complicada frenó la imaginación de todos los implicados, que dio frutos dejando anonadados incluso a los que se les atragantó el argumento. Y aunque ya habíamos visto grandes ciudades futuras en Metrópolis y en cierta manera en La guerra de las galaxias (la Estrella de la Muerte), y la literatura nos dejara alguna otra (La fundación de Asimov a la cabeza), su capacidad para asombrar no se vio limitada gracias a esa visión pesimista y la calidad del acabado en todos los ámbitos. Sólo los matte paintings de algunos fondos se notan hoy en día, pero las maquetas, el bullicio de las calles, los coches voladores… siguen resultando verosímiles y espectaculares.

Pero no todo son alabanzas, porque llega un momento en que da la impresión de que Scott se obsesiona con exprimir los efectos especiales y remarcar el tono de la película, como forzando el factor asombro. Hay demasiado planos contemplativos de los edificios, con demasiada musiquita pretendidamente conmovedora, y mucho enredo con la iluminación, que termina sobrecargando multitud de escenas con focos, sombras y oscuridad que en varias ocasiones resultan antinaturales, como en el piso de Deckard.

En el relato entramos con fuerza también. La entrevista al replicante Leon, como señalaba, nos pone muy bien en situación. Unos androides tienen problemas de comportamiento, dando pie a la eterna pregunta de qué nos hace humanos: los detectan comprobando sus reacciones ante preguntas que mezclan lógica y sentimientos. La aparición de Rachel, un modelo más avanzado, sube el nivel, porque añade a la ecuación los falsos recuerdos, haciendo más difusa la frontera entre humanos y máquinas. Roy y Pris aportan el otro pensamiento fundamental a la hora de distinguir entre seres sintientes e inteligencias artificiales: la percepción de la muerte, la necesidad de identidad y de conocer de dónde venimos y qué nos puede deparar el futuro. Este grupo de replicantes busca entender por qué su creador los hizo, eludir la muerte inminente (tienen fecha de caducidad), e intentar que los humanos no los cacen como a tostadoras rebeladas, porque se sienten vivos. El encuentro de Roy y Pris con sus creadores, primero con el ingeniero rarito, J. F. Sebastian, y luego con el ideólogo principal, Tyrell, es intenso, hermoso, y provocador: un anhelo primario del hombre es encontrarse con su hacedor (quien crea en esos conceptos, claro), exponerle las preguntas citadas, hallar respuestas a su existencia. Aparte de la fuerza del momento, queda también una sensación melancólica: como Roy, somos conscientes de que la vida es efímera, podemos preguntarnos si merece la pena gastarla en perseguir cuestiones sin respuesta o con unas que puedan no llenar nuestro vacío, etc. Por todo ello, acabamos este clímax de lado de quienes se habían presentado como los villanos: estos seres atormentados se merecen una segunda oportunidad.

Pero en un análisis en frío hay que decir que debemos hacer un salto de fe inicial para aceptar la premisa. Qué sentido tiene crear androides de servicio tan parecidos a los hombres, cuando queda claro que sólo traen complicaciones. Con robots sexuales obviamente se justifica el parecido, pero sólo en el físico, darles tanto libre albedrío es absurdo; y el resto se supone que son para trabajar en condiciones extremas, así que no convence.

Dejando de lado ese pequeño punto oscuro perfectamente perdonable, los problemas de Blade Runner son otros más claros y que, al menos a mí, me resultan imposibles de perdonar. Y es que este argumento tan jugoso se ve bastante limitado por la otra línea narrativa, el policíaco de corte futurista, neo noir o ciberpunk, que no da la talla y lastra la cinta con una serie de bajones de contenido e interés bastante importantes.

La odisea de Deckard no me entusiasma mucho, el ritmo peca de aletargado y el drama personal es muy básico, su fuerza reside únicamente en el aspecto visual. Es decir, no aporta ninguna perspectiva novedosa al género más allá del entorno futurista. Los pocos policías que lo secundan son irrelevantes: el jefe sólo sirve para darle el trabajo, el mejicano con vestuario extravagante no aporta nada, parece que le quieren dar una relevancia que no llega a tener, pues termina quedando como un simple recadero. Y el romance cumple con todos los clichés del noir paso por paso sin que parezcan ponerle mucho esfuerzo. La chica afligida que se encuentra en medio de todo sin control de nada, el agente rudo, el flechazo instantáneo, la fuga juntos… Pero la falta de novedades y de emoción impiden que me crea la relación. La escena del primer beso se alarga mucho y acaba siendo artificial, los encuentros aquí y allá son demasiado facilones y no cimentan la relación como para creerme la pasión y la decisión final de huir, y eso que los personajes dejan clara la necesidad de romper con sus vidas actuales.

Para empeorar las cosas, la investigación policial es poco o nada sustanciosa. Primero, no se entiende por qué Deckard acepta el trabajo si inicialmente pone tanto empeño en decir que no. No hay una amenaza clara a su estado actual como para resignarse. Y el caso da muy poco de sí. Hurgar en el hotel del replicante, analizar un par de pistas ahí encontradas, y ya está. Para colmo, algunas de estas ofrecen resoluciones muy rebuscadas: el análisis de la foto es ridículo, con esas ampliaciones y giros imposibles; y qué poco profesional eso de disparar entre la multitud a una mujer (aunque sea replicante) que corre desarmada, amén de que la escena se estira demasiado con un aura de trascendencia un tanto impostada. El único trabajo policial real y atractivo que realiza es seguir la pista de la escama, y tampoco es deslumbrante. Por lo demás, se sienta a esperar hasta que le cae encima la posible ubicación de los replicantes en la casa de Sebastian, una escena que debió parecerles demasiado corta, porque la alargan metiendo un relleno intrascendente: el coche patrulla que le da aviso de estar en zona restringida.

Así que Deckard es un personaje principal bastante rutinario, sin pegada, llegando a resultarme incluso aburrido. Si es que hay un momento en que tanto primer plano en silencio sin motivos claros me saca de quicio: la llegada al edificio Tyrell, con plano al edificio, plano a Deckard incesantemente sin venir a cuento, es buena muestra de esa sobreexposición innecesaria que señalaba. Sólo el carisma de Harrison Ford consigue que recuerde su presencia, pero me es inevitable pensar que cada minuto perdido con Deckard podía haberse utilizado para explorar más a fondo la trama de los replicantes. Siguiendo con los actores, Rutger Hauer es el único que me conmueve, y por extensión Roy es el único personaje que me llega con intensidad. Sean Young (Rachel) se limita a poner caras de pena, y William Sanderson (Sebastian), Daryl Hannah (Pris) y Joe Turkell (Tyrell) cumplen bien en sus contadas apariciones.

El problema se agrava porque en el tercer acto la combinación de ambas secciones es prácticamente inexistente. Se espera que se unan en un desenlace que motive cambios en ambos grupos de protagonistas, que culmine en una revelación capaz de dejar huella en ellos y en el espectador. Pero en cambio dejamos de lado toda la parte filosófica y nos lanzamos de lleno al noir, además en una línea muy facilona y predecible, pues es la misma película de acción policíaca de siempre, algo que se criticó bastante en su momento. El poli tras el criminal, el escenario final habitual donde se producirá un duelo que pretende ser intrigante pero se hace bastante predecible y largo, y los agujeros de guion de siempre: por qué Deckard va sin refuerzos, y que el otro agente llegue justito cuando se ha solucionado todo.

Para mí, la historia de Roy termina con su encuentro con Tyrell. Hubiera sido más poético que se suicidara tras eliminar a su creador, ya no tiene motivos para vivir, ha llegado al término de su viaje, ha obtenido algunas respuestas clave y conocido las limitaciones de su existencia. Hubiera sido también bonito que Pris acabara sus días con Sebastian en su pequeño paraíso ilusorio. Pero esa media hora extra de vulgar persecución termina de afear un filme que apuntaba mucho más alto. Y aquí incluyo el discurso de Roy: es puro humo, cháchara pretenciosa. Había formas más sutiles de recalcar que ha aceptado que ha tenido una vida fulgurante y llega su final. Y mientras, en Deckard no veo ninguna revelación que indique lo que parece querer indicarse: que ahora considera humanos a los replicantes. Estaba claro que se iba a ir con Rachel desde hace tiempo, y que perseguía a los otros por ser criminales en busca y captura, pero en ningún momento se exponen pensamientos más concretos sobre sobre todo el asunto de los replicantes.

Para terminar, es inevitable tratar la incógnita que trae de cabeza a los admiradores desde su estreno: ¿es Deckard un replicante? El sueño con el unicornio (aunque esta escena fue eliminada hasta que se recuperó en el Final Cut), el que el otro agente parezca conocer ese sueño, la pregunta de Rachel “¿Te han hecho el test a ti?” que queda en el aire… Todo parece apuntar que sí. Pero entonces se genera un agujero de guion importante: si es un replicante que han activado para atrapar a los otros, pues vaya mierda de modelo, no tiene habilidades llamativas, ni fuerza, es un patán que se deja atrapar cada dos por tres. Si fuese un modelo viejo que tenían por ahí, tampoco tendría mucho sentido usarlo a él en vez de a policías más hábiles.

Curiosamente, los mismos problemas que le achaco a Blade Runner los tuvo otro título que abordó temáticas semejantes, Ghost in the Shell: se atascaba en el ritmo, sobre todo porque el caso no se desarrollaba con mucho entusiasmo. También podría mencionar el tenue intento de Ridley Scott de volver a estas preguntas en las fallidas secuelas de Alien, Prometheus y Covenant, donde repite los dilemas de Roy y demás replicantes a través del androide David, de hecho las escenas de David con Wayland y este con el ingeniero son muy parecidas al encuentro de Roy y Tyrell.

Piratas del Caribe: La venganza de Salazar


Pirates of the Caribbean: Dead Men Tell No Tales, 2017, EE.UU.
Género: Aventuras, fantasía.
Duración: 129 min.
Dirección: Joachim Rønning, Espen Sandberg.
Guion: Jeff Nathanson, Terry Rossio.
Actores: Brenton Thwaites, Kaya Scodelario, Johnny Depp, Geoffrey Rush, Javier Bardem, Kevin McNally, David Wenham, Stephen Graham, Martin Klebba.
Música: Geoff Zanelli.

Valoración:
Lo mejor: Buen aspecto visual. Algunos buenos actores.
Lo peor: Guion trilladísimo y poco esforzado. Entretiene por los pelos.
El título: En prácticamente todo el mundo se han empeñado en pasar del original Los muertos no cuentan historias.

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Me apena lo poco que ha dado de sí esta saga. La primera entrega era evidentemente un producto comercial, con limitaciones intelectuales y artísticas (empezando por tomar demasiado de El temible burlón), pero desbordaba simpatía, tanto por el potente protagonista central como por las divertidas aventuras que se realzaban tan bien con el vistoso aspecto visual que lograron Gore Verbinski y el equipo de efectos especiales, vestuario y decorados. Además dejaba en el aire la sensación de que podía animar al cine de aventuras y fantasía a recuperar un tono menos artificial, pues dejaba un poco de lado de la acción sobresaturada de efectos digitales y perseguía un tono más clásico modernizado sólo ligeramente con bastante acierto.

Las dos siguientes entregas se rodaron juntas con la intención de hacer algo grande ahorrando un poco de dinero, y aun así el presupuesto fue descomunal… y prácticamente lo único que lució. Conforme avanzaban en su abultadísimo metraje se veía una deriva importante en el trabajo con los personajes y la trama, y también en las sensaciones, porque se apoyaron demasiado en el ordenador. El gran Sparrow empezó a mostrar síntomas de agotamiento, sus compañeros principales (Orlando, Keyra) no dieron más de sí, en especial por sus limitadísimos actores, y sólo la fauna de secundarios extravagantes y las potentes secuencias de acción (aunque a veces pecaban de grandilocuencia) consiguieron que resultaran entretenimientos aceptables, y en la tercera solo a ratos, porque entera resulta un galimatías interminable.

La cuarta parte se hizo esperar cuatro años pesar del dinero que amasaron las anteriores. Problemas con el calendario supongo, que es muy complicado levantar un proyecto tan grande, sobre todo cuando sus principales activos tienen las agendas muy apretadas. Al final se hizo sin Verbinski tras las cámaras, y quedó claro que fue su toque el que mantuvo los capítulos segundo y tercero medio a flote, porque en el guion no había mucha diferencia. A pesar de que el realizador elegido, Rob Marshall, tenía cierto prestigio por Memorias de una Geisha y Chicago, ofreció una película sin atractivo visual, un relato sin vida ahogado en clichés y personajes vacíos. Aun así logró alcanzar el hito de recaudación de las dos anteriores: mil millones de dólares. Así que estaba claro que tendríamos más…

Y llegamos a la quinta en la misma situación. Años después, y con un director distinto (un dúo en esta ocasión). ¿Estarán las expectativas del público animadas todavía, o el tiempo y el desgaste habrían hecho olvidar una serie que evidentemente ha triunfado por moda más que por calidad? ¿Recuperarán los nuevos realizadores el nivel de Verbinski? No sé si quedarse en ochocientos millones se puede considerar pérdida de interés, pero en lo artístico volvemos al tono de la segunda y tercera entregas: un espectáculo vistoso y simpático pero prácticamente vacío, donde de nuevo da la sensación de que desaprovechan un potencial mayor, y todo porque se aferran a lo más básico sin atreverse a explotar caminos más originales y sobre todo inteligentes.

Los diálogos son graciosetes sin provocar vergüenza ajena, y los personajes son simplones pero resultan agradables, sobre todo los que tienen actores que saben exprimir sus peculiaridades, destacando a Sparrow (Johnny Depp) y Barbossa (Geoffrey Rush). El problema es que Sparrow cada vez entusiasma menos, ya no parece un personaje original y carismático a su manera, sino un chiste con patas que sólo sirve para canalizar las tramas. Los jóvenes que lo acompañan son desiguales. El chaval va con la gracia justa, y aunque Brenton Thwaites (Dioses de Egipto) es mejor actor que Orlando Bloom, le falta mucho para dejar huella. Kaya Scodelario (Skins, El corredor del laberinto) en cambio es un gran paso adelante. ¿Qué costaba cuidar los casting desde el principio? Su interpretación llena la pantalla de vida, expresa distintos sentimientos en cada nueva situación. Así que es una pena que el personaje tuviera un recorrido tan limitado, tan predecible. Y el nuevo villano queda como la excusa de la aventura, el macguffin, no muestra una personalidad elaborada y Javier Bardem se limita a poner su físico para que diseñen un fantasmita molón.

En cuanto a la trama, como digo, los productores no han querido arriesgarse y han pedido a los guionistas lo mínimo. No pierden el tiempo ideando ingeniosas situaciones donde se pueda aprovechar un poco más a los personajes, ni buscan una historia más arriesgada y compleja que permita la posibilidad de sorprender y emocionar un poco. De hecho resulta cargante que la premisa sea tan simple pero reincidan tanto en recordarte y explicarte todo cada dos por tres. Con los quince minutos de prólogos ya tienen toda la película contada, el resto es buscar la solución… pero nada, nos vamos a recesos y rellenos a cada rato. Así que, como en las anteriores, la historia avanza entre aparatosas secuencias de acción cuya justificación es endeble y una caótica sobreexposición de maldiciones, objetos mágicos, búsqueda de personajes clave y resoluciones de enigmas poco o nadas llamativos. De nuevo todo se deja al dinero, a lo que dé de sí la capacidad del equipo técnico y del director.

Por suerte, al contrario que con el sosísimo cuarto episodio, la cinta luce bastante espectacular en manos del tándem Joachim Rønning y Espen Sandberg (Bandidas, Marco Polo), con lo que, tal y como ocurrió con el segundo y tercero, como entretenimiento tiene un pase si de dejas el cerebro fuera de la sala. Los decorados de pueblos y navíos son asombrosos, las recreaciones de fantasmas muy logradas, las secuencias de acción desmedidas… Tanto que alguna resulta demasiado larga y aparatosa para lo poco que llega a contar: la carrera con la casa a cuestas se me hizo eterna, y al clímax final le falta algo de imaginación y tensión. Mucho mejor funciona el resto: la búsqueda de Sparrow y la unión del grupo tiene ritmo, incluso los saltos a la vida actual de Barbossa son interesantes, y las escenas de acción más terrenales resultan más excitantes, como el rescate a los que están a punto de ser ejecutados.

Ver también:
La maldición de la Perla Negra (2003).
El cofre del hombre muerto (2006).
En el fin del mundo (2007).
En mareas misteriosas (2011).

Transformers: El último caballero


Transformers: The Last Knight, 2017, EE.UU.
Género: Acción, fantasía.
Duración: 149 min.
Dirección: Michael Bay.
Guion: Art Marcum, Matt Holloway, Ken Nolan, Akiva Godlsman.
Actores: Mark Wahlberg, Anthony Hopkins, Laura Haddock, Isabela Moner, Josh Duhamel, Santiago Cabrera, John Goodman, Ken Watanabe, Frank Welker, Peter Cullen, Jim Carter.
Música: Steve Jablonsky.

Valoración:
Lo mejor: Parece que cada vez cogen actores más competentes.
Lo peor: El guion es incluso peor que en las anteriores. La puesta en escena muestra desgana. La parte del submarino, ridícula e infumable en una cinta ya de por sí penosa.

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Las dos primeras entregas tuvieron su aquel porque eran locas y espectaculares, aunque el exceso de idioteces y los tics de Michael Bay lastraban más de la cuenta entretenimientos que podían haber salido mejor parados. La tercera pecó de repetir la fórmula otra vez y con la simple idea de maximizarlo todo, resultando una cinta demasiado irregular y larga, aunque en el tramo final la más asombrosa de todas. La cuarta era otra vez lo mismo, pero ya no tenía nada con lo que emocionar, no digamos impactar, y resultó soporífera. Esta quinta es más de lo mismo, pero el desgaste se agrava, y su visionado resulta incluso insoportable.

La taquilla por fin empieza a resentirse. Han hecho falta cinco películas clónicas y estúpidas para agotar a la masa de espectadores. Ha recaudado unos potentes 600 millones de dólares en todo el mundo… pero es que eso es la mitad que las anteriores. Pero por ahora no hay señal de que este aviso haya llegado a Michael Bay, que sigue anunciando muchas secuelas más: al menos tres están prácticamente confirmadas, incluyendo una centrada en Bumblebee. Eso sí, parece que empezará a relegar las labores de dirección. No sé qué opinar respecto a eso último: Bay era el mejor aliciente y a la vez un gran lastre… Pero el mayor problema siempre ha sido el guion, y dudo que cambien el estilo a estas alturas, como mucho quizá se atrevan por fin a contar cosas distintas, y ya veremos si es suficiente para recuperar al público.

El último caballero desde luego no aporta nada nuevo. Lo de meter al Rey Arturo es anecdótico, sólo sirve para canalizar la misma historia de siempre: robots malos vienen a destruir la Tierra porque les apetece y alguien guarda el secreto de un arma que los puede frenar. Un paria acaba metido en todo el meollo, una chica atractiva se ve arrastrada con él, tenemos unas pocas apariciones anecdóticas de militares y de algún secundario tonto, y todo se desarrolla con el caos y las subtramas irrelevantes de siempre que retrasan y enmarañan una trama simplísima hasta el punto de que parece que estamos ante varias películas mal mezcladas y resumidas. Demasiada sobre explicación de las mismas cosas, demasiado intento de fingir investigación cuando están no están haciendo nada llamativo (el mayor esfuerzo es registrar una habitación), transiciones entre escenarios malamente justificadas, decepticons que aparecen aleatoriamente para reforzar las escenas de acción de relleno, y agujeros de guion en cantidad (que ella aparezca con distinta ropa cada rato es lo de menos), a lo que hay que añadir el tono rancio de siempre: machismo cutre y mensajes anti-ciencia; al menos ya no hay ramalazos xenófobos.

La definición de los protagonistas sigue anclada en estereotipos, con mucho diálogo y chiste vulgar y esas subtramas absurdas que todavía Bay no se entera que debería ahorrarse. Se recupera levemente porque la chica, aparte de ser un clon de Megan Fox, esta vez es una mujer capaz, inteligente, y la actriz, Laura Haddock, muy competente. Pero claro, como es de esperar acaba en la aventura por casualidad y la conexión con la trama es una parida, sólo sirve para lucir cuerpo y correr. Eso sí, su contrapartida masculina igual. De nuevo tenemos a Mark Wahlberg como el paquete que no quiere ser un héroe pero acaba metido en todo y lo resuelve todo porque sí. Y el romance forzado entre ambos sorprende para mal a pesar del bajo nivel que ha mostrado la serie: la de chistes adolescentes y escenas estultas que tenemos que soportar. La cena en el submarino (y bueno, todo lo de alrededor) llega a un nivel alucinante.

El único esfuerzo que se notó en los últimos capítulos fue mejorar el nivel de los personajes secundarios, reduciendo los payasetes supuestamente cómicos y tratando de otorgarles más personalidad. La presencia de Anthony Hopkins, aunque sorprenda ver a semejante actor en esta mierda, es enriquecedora, y Bay le intenta dar todo el protagonismo que puede, aunque la mitad de las veces no pinte mucho más allá de ser un comodín para explicar las cosas. Hopkins se come la pantalla y saca buen partido de los únicos chistes y situaciones graciosetes de la cinta: la dinámica absurda con su empleado robótico, a quien le pone voz el estirado jefe de mayordomos de Downton Abbey, Jim Carter, lo que es un gran chiste en sí mismo. Pero, como siempre, Bay lo estira tanto que termina agotando. También mantiene a unos pocos robots con el suficiente carisma como para que puedas acordarte de ellos (intenta citar alguno de los primeros capítulos aparte de los tres protagonistas…), el veterano guerrillero Hound (John Goodman) y el ninja (Ken Watanabe), a los que se suman otros pocos que cumplen en su cometido de pulular por el fondo siendo medio identificables.

Pero esto no es suficiente, porque sigue pesando la sensación de que se desaprovechan otros muchos personajes que se presentaban cruciales en las tramas pero acaban siendo meros objetos de las mismas. Megatron y Optimus siempre han sido unos sosos de cuidado, lo que aquí se lleva al extremo, porque apenas tienen presencia y la justificación de sus motivaciones es lastimera. Después de cinco episodios seguimos sin conocer la personalidad del militar, Lennox (Josh Duhamel), que aparece porque sí de nuevo. Pero para incomprensible la reaparición del agente Simmons (John Turturro), que no estuvo en la anterior y aquí sólo suelta unos pocos intentos de chiste por teléfono. Aunque el peor de todos te da en la cara bien pronto: Merlín (Stanley Tucci) representado como un patán borracho puede acabar con la paciencia de cualquiera nada más empezar la película. Viendo el panorama, es de agradecer que la presencia de los caballeros de la mesa redonda sea tan breve.

En un mundo aparte está la adolescente. No sé por qué Bay no repitió con la hija del protagonista, encarnada por Nicola Peltz, pero, siguiendo la escala decreciente de edad, esta vez es incluso menor: Isabela Moner tendría quince años durante el rodaje. En la historia pinta menos que todos los demás, pero ahí está, metida en casi todo sin venir a cuento, luciendo palmito. Aunque es justo decir que como actriz muestra maneras, es obvio que no está aquí por sus dotes interpretativas, sino para enganchar a la generación más joven; el robot infantil que la acompaña es buena prueba de ello.

En cuanto a la puesta en escena, a la falta de novedades también se le añade la sensación de cansancio, de que Michael Bay va con el piloto automático puesto. Los efectos especiales dan la talla, hay unas cuantas buenas explosiones, ofrece espectaculares panorámicas… pero en general la dirección se muestra ahogada en unos pocos recursos muy básicos y en una asombrosa falta de ambición. La fotografía tira de nuevo de la penosa regla del naranja, eso de saturar la imagen al verde y al naranja, colores cálidos que se supone resultan agradables y engañan al espectador con que está viendo algo bonito cuando es un efecto barato. Pero sobre todo abusa del movimiento constante con objetos de por medio, para dar la sensación de ritmo y de profundidad (sobre todo de cara al 3D), y del montaje rápido que potencie aún más el ritmo. Sin trabajo real detrás, sin planificar y componer escenas con un sentido global, sin pensar en que de un tráveling hacia la izquierda no podemos pasar de golpe a otro hacia la derecha, pues te deja descolocado, la narrativa resulta caótica, se hace cargante a los pocos minutos.

Y las secuencias de acción son todas iguales. Vale, en las anteriores no eran el colmo de la novedad, pues repetía con la destrucción de grandes ciudades, pero se trabajaba cada escenario a fondo, recorriendo calles y edificios de distinta manera, mostrando una guerra de grandes proporciones como pocos directores son capaces; de hecho en la tercera entrega dejó momentos memorables. Pero aquí apenas tenemos unas par de persecuciones en coche y unos monótonos escenarios bélicos, incluyendo el final, pues aunque sea en el aire, en plan cacho tierra enorme arrancado como en Los Vengadores: La era de Ultrón, en su desarrollo no sorprende lo más mínimo. Las persecuciones van a cachos, parecen resúmenes en plan videoclip acelerado. Las batallas son tremendamente monótonas, un plano amplio del escenario y añadir las explosiones y efectos digitales de rigor, para luego pasar a los personajes y sus diálogos llenos de chistes primarios y explicaciones redundantes.

Como resultado, El último caballero es el peor episodio en una serie que ya agonizaba, un título de acción infame que trae lo peor de Michael Bay, un autor al que he defendido a veces por su capacidad de lograr grandes cintas de acción cuando tiene un guion de más calidad (La roca, Dolor y dinero). La película es mareante, pero a la vez no es capaz de impedir que el sopor te abrace pronto. He tenido que verla en dos partes para acabarla. Sí, seré un masoquista, pero qué queréis que os diga, me gusta la acción, la ciencia-ficción y la fantasía, y termino dándole una oportunidad a casi todo. La curiosidad me puede.

Ver también:
Transformers (2007).
Transformers: La venganza de los caídos (2009).
Transformers: El lado oscuro de la Luna (2011).
Transformers: La era de la extinción (2014).

Ha fallecido Harry Dean Stanton

Un gran secundario, sello de calidad allí por donde aparecía, nos ha dejado. Murió el día 15 de septiembre con 91 años por causas naturales. Su carrera a primera vista no es de las exitosas, pero en nada que ahondas empiezas a recordar títulos donde dejó su huella, destacando Alien (1979) y París, Texas (1984) en cine y Big Love (2006) y Twin Peaks (2017) en televisión. Su papel en Big Love me pareció enorme, un villano de los que ponen los pelos de punta.

Filmografía. Biografía.

Spider-Man: Homecoming


Spider-Man: Homecoming, 2017, EE.UU.
Género: Acción, comedia, superhéroes.
Duración: 133 min.
Dirección: Jon Watts.
Guion: Jonathan Goldstein, John Francis Daley, Jon Watts, Christopher Ford, Chris McKenna, Erik Sommers.
Actores: Tom Holland, Jacob Batalon, Michael Keaton, Robert Downey, Jon Fabreau, Laura Harrier, Tony Revolori, Marisa Tomei, Zendaya.
Música: Michael Giacchino.

Valoración:
Lo mejor: Ingeniosa, divertidísima. Capaz de darle la vuelca de tuerca justa para pasar como fresco a un personaje muy exprimido.
Lo peor: Aunque todavía se nota cierta cobardía, y hay pequeños cambios que no serán del agrado de todos. La confrontación final peca de ruidosa pero poco emocionante.
El anuncio: Descarada la promoción de Lego Star Wars…
La frase: Si no eres nada sin el traje, entonces no deberías tenerlo.

* * * * * * * * *

No iba con muchas esperanzas. Empezar la tercera serie de Spider-Man en tan pocos años no auguraba nada bueno. Dolió que no fueran capaces de continuar la etapa dirigida por Sam Raimi (2002-2007), pues a pesar de haber nacido con un capítulo inicial bastante mediocre pegó un subidón enorme en el segundo y tercero, por no decir que contaba ya con una historia y unos personajes ya bien maduros y unos actores muy implicados. Hurgó más en la herida que reiniciaran al arácnido apresuradamente en dos nuevas entregas (encargadas a Marc Webb en 2012 y 2014) en las que los productores no habían aprendido nada de errores ya superados en un género que entraba ese año en su punto álgido con Los Vengadores: las injerencias del estudio en la labor creativa de guionistas y directores, la obsesión por cumplir con todos los clichés del género y el personaje sin buscar una solidez y una personalidad concretas, no planificar la serie a largo plazo y no cuidar la elección de los actores, pues los nuevos rostros resultaron bastante lamentables. Al menos en Sony, poseedores de los derechos del superhéroe, se dieron cuenta por fin de lo mal que lo hicieron y cedieron la parte creativa a Disney/Marvel.

Pero no sirvió para levantarme las expectativas. Las últimas entregas de la saga Marvel destinadas a presentar nuevos personajes fueron un tanto conservadoras. Ant-Man y Doctor Strange cumplían muy justitas, y si funcionaban era porque lograban que cada protagonista tuviera cierto magnetismo. De hecho en Doctor Strange fue decepcionante que se aferraran tanto a la fórmula cuando tenía tantas posibilidades. Pero claro, qué iba a hacer, ¿saltarme un capítulo a estas alturas? Aparte de quedarme al margen en temas de conversación me arriesgo a perder parte de información de la serie. Así que al final caí… Y me ha sorprendido muy gratamente. No será la mejor entrega de Spider-Man, pues Spider-Man 2 dejó el listón muy alto, pero como episodio inicial cumple muy bien a pesar de las dificultades que enfrentaban y abre las puertas a la confianza en que en las secuelas lleguen más lejos.

Lo primero que salta a la vista es la actualización de la historia a los tiempos actuales, teniendo como objetivo además un público incluso más juvenil que el habitual en Marvel, pues el tono y el contenido se dirige claramente a críos de diez años para arriba. Y por ello sorprende que en EE.UU. tenga calificación +13 en vez de PG, donde a partir de los diez años pueden entrar con los padres. Y mientras, Guardianes de la galaxia Vol. 2 tiene escenas inquietantes, palabrotas gordas y referencias sexuales y es +13 también. En España Spider-Man: Homecoming se ha considerado para mayores de 7 años y Guardianes de la galaxia Vol. 2 +12. Lo único malo de esto es que quizá hay que aguantar demasiadas canciones, aunque aquí me ponen ante una disyuntiva: ¿qué es preferible, escuchar otra vez los temas más sobados de los Ramones y The Rolling Stones, o que hubieran metido Justin Biever y “requetón”?

Las generaciones de preadolescentes y adolescentes actuales están muy bien representadas y el mensaje clásico del cómic se maneja con inteligencia. Peter Parker juega a ser youtuber, se obsesiona con imitar a los famosos (Los Vengadores), deja de lado sus responsabilidades por seguir los deseos inmediatos, y espera que todo se arregle solo mientras no se preocupa de lo que tiene delante. Bajo la batuta de Iron Man y los encontronazos de la vida deberá ir madurando y aceptando la responsabilidad. Por ello resulta realmente ridículo que haya críticas diciendo que esto no es Spider-Man porque “no se habla sobre responsabilidad”. Toda la película lo hace, todas las situaciones en que se ve metido el protagonista lo empujan hacia la maduración: enfrenta dilemas, mete la pata, se lleva no pocas lecciones, y crece poco a poco. Y el eslogan ineludible, “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”, se incluye con tacto después del ridículo que hicieron en The Amazing Spider-Man con que si lo decían o no: “Si no eres nada sin el traje, entonces no deberías tenerlo”.

El conflicto interno de Peter queda muy bien materializado, la relación con Tony Stark y Happy y con los demás chavales se trata con naturalidad y sin cursiladas, con lo que estamos ante una anomalía muy de agradecer, una cinta juvenil, una de institutos, sin tonterías ni estereotipos vulgares. El drama es sencillo y obviamente centrado en la acción de superhéroes, con lo que es inevitable imaginar por dónde irá la aventura. Pero con el tirón de los personajes engancha muy bien, y el ritmo enérgico y el sentido del humor ingenioso e inagotable terminan de perfilar una película muy divertida.

Se despacha rápido el origen. Parker dice “Me picó una araña”, y a otra cosa, que ya lo conocemos bien. El tío Ben no nos tortura con su drama, sacrilegio para unos, una liberación para otros por no atarse a lo mismo de nuevo. Pero estamos hablando de un capítulo en la vida de Peter donde es crucial. O dices a las claras que en esta adaptación no existe el tío, o lo muestras de pasada (un diálogo, una foto) para que sepamos que sí, porque como es de esperar no indicar nada está confundiendo y decepcionando a muchos. Igualmente, la queja de que Tony Stark le hace el traje la entiendo, pero esta no me parece una transgresión grave, lo raro sería que Stark lo coja como pupilo y no le ofrezca nada de ayuda; y mientras, Peter se hace las telas de araña y se describe bien como un genio.

En cuanto a la presencia de Iron Man, pues sí, se la podían haber ahorrado, se nota el miedo a que no funcionara y que lo han usado para darle un empujón a la confianza del público. Pero una vez vista sólo puedo ponerle pegas al innecesario epílogo dedicado a Tony sin venir a cuento, mientras que en el resto de la cinta su presencia es concisa, destinada por completo a servir en la maduración de Peter sin robarle protagonismo alguno. Además, da a la película una entidad como capítulo que no han tenido otras, donde se unían con escenas postcréditos fugaces. Por ejemplo, era inevitable preguntarse por qué Los Vengadores no aparecieron en Thor: El mundo oscuro, cuando una nave amenaza Reino Unido, y se los echó de menos cuando el envite de Ego en Guardianes de la Galaxia Vol. 2 alcanza a la Tierra. Por otro lado, hilando fino se podría señalar una falta de continuidad con la aparición de Spider-Man en Capitán América: Guerra Civil. Allí parecía un luchador entrenado, resuelto, sin miedo… aquí vemos que es bastante patán, que está en sus primeros intentos de implicarse en luchas más grandes; pero supongo que también se puede justificar con que allí fue muy entusiasmado y no había civiles en peligro que lo pusieran nervioso.

El trabajo de los actores es excelente. Con la elección de Tom Holland (quien se dio a conocer en Lo imposible) han acertado de lleno, muestra espontaneidad y recursos de sobras para cumplir en la inocencia juvenil, en el drama y en el romance (por fin escenas de ligoteos torpes que resultan verosímiles… todavía recuerdo la vergüenza ajena que dieron las de The Amazing Spider-Man). Los demás compañeros tienen también la simpatía y carisma necesarios, aunque es justo decir que el guion hace gran parte del trabajo describiendo con realismo el entorno del instituto. La tía May sale muy poco, pero lo suficiente para que quede claro que han fichado a una actriz más joven y sexy de lo que requiere el papel, la todavía muy atractiva Marisa Tomei, para atraer más público. Otro pequeño cambio sin necesidad, pero una vez superado el shock, pues cumple en sus breves apariciones y ya está. Veremos cuando le den más protagonismo qué tal resulta. Jon Fabreau (Happy) y Robert Downey (Tony) han demostrado de sobras su valía, y se emplean como buenos profesionales, sin dar la sensación de estar por obligación. Y Michael Keaton como el Buitre compone un villano bastante completo, en parte también porque el guion le ha dado cierto margen, pero es indudable que está muy efectivo en la creciente frustración y desesperación del personaje.

En la banda sonora tenemos al pluriempleado Michael Giacchino, que ha pasado por todas las sagas exitosas del momento: Star Trek, La guerra de las galaxias, El planeta de los simios, Parque Jurásico, Misión Imposible y varias películas de Pixar. Y el tío no muestra cansancio o desgaste. Nos ofrece otra partitura vibrante y orquestada con maestría a la que sólo le falta un poco de personalidad y recordabilidad, algo común en la serie Marvel, donde apenas Alan Silvestri ha conseguido algún tema que cale y al que los productores le hayan dado algo de proyección entre los distintos capítulos.

El director Jon Watts apenas era conocido, su único trabajo destacable es Coche policía, un thriller protagonizado por Kevin Bacon, así que sorprende que confiaran tanto en él para una superproducción. Pero se desenvuelve con soltura , combinando adecuadamente los momentos intimistas con la acción aparatosa. Destaca para bien el ritmo impecable, lo bien que capta la vitalidad del guion. Y en lo malo, la confrontación final es poco vistosa: entre la oscuridad, el caos y la falta de imaginación, no luce como otras peleas de la propia película y de la serie. Lo que queda por saber es si ese escenario es imposición de los productores o fue idea suya. Sea como sea, señala el único problema de una cinta que iba apuntando bastante alto: al final sí acaba un poco encorsetada por algunos clichés del género que no son capaces de quitarse de encima.

Con el villano parecía que iban a acertar de lleno también, pero el camino andado se deshace bastante en un arco final muy facilón. A lo largo de las vivencias de Peter Parker colocan unas pocas pero efectivas escenas donde presentan al contrincante de turno, trabajándose bien su situación y su personalidad, y cómo los cambios en la primera influyen en la segunda. Y para rematar las buenas sensaciones, a la hora de hacerlo chocar con Spider-Man incluso tenemos un giro inesperado que maneja bien la sorpresa y la tensión. Por todo ello decepciona que al final deshagan lo construido y se apoyen por completo en una batalla de efectos especiales. ¿Es que nadie es capaz de ofrecer desenlaces más originales? En Doctor Strange al menos lo intentaron. Así pues, mientras todas las aventurillas de Parker (incluso las más pasadas de rosca, como el aprendizaje sobre la marcha de las opciones del traje) mantienen una buena conexión con el espectador, pues es fácil sentir empatía por el joven y sus amigos, cuando llega el momento cumbre la emoción se disipa bastante. A la larga incluso acabé un saturado de tanta hostia en el clímax, sabiendo de sobras cómo iba a acabar. Y para colmo, el paso final en la maduración de Spider-Man es un poco confuso: Stark ahora lo aplaude, cuando ha hecho lo mismo que por lo que antes le riñó en el ferry, ir en solitario y liarla parda (abajo en spoilers me extiendo).

Otro ligero lastre es que tampoco saben darle un buen cierre. Las escenas de rigor para terminar de posicionar cada personaje son obviedades que no tienen mucha garra, sólo destacan por un par de chistes (como el último de tía May). Pero sobre todo le pesa que se salen por la tangente dándole toda una escena a Tony Star que por primera vez le quita protagonismo a Peter Parker. No parece necesaria y añade minutos inútiles.

Alerta de spoilers: Ahondo en los detalles finales.–
Como digo, Spider-Man, tras la traca final, es bien considerado por Tony a pesar de que la única diferencia respecto al lío del ferry es que lo ha hecho sin el traje súper avanzado que le dio y que esta vez ha capturado al malo, pero en el fondo es la misma situación, ha ido solo, sin avistar a nadie (algo que le criticó Tony en aquel entonces), y el desastre en que podía haber acabado su implicación es bien patente, pues esquiva la ciudad por los pelos. Es decir, al final, tras tanto hablar de maduración, parecen encauzarlo más de la cuenta hacia su habilidad como superhéroe. Se recupera un poco con el rechazo de Peter de plantarse ante los periodistas, es decir, con que su ego está aplacado. También se recupera brevemente el nivel del villano en su escena post-créditos, otorgándole de nuevo un poco de humanidad.

Por último, tenemos una decisión de adaptación, con sorpresa final incluida, un poco extraña. Igual que con lo de omitir al tío Ben, ¿por qué ese empeño en poner una chica nueva como objetivo sentimental de Peter? ¿Qué problema había con empezar cimentando la relación con MJ, y más cuando está claro que abordarán este acercamiento en siguientes entregas? Han perdido un tiempo precioso sin razones que lo justifiquen. No queda nada mal, la película funciona bien así, pero estás adaptando una obra que sigue mucha gente, no tiene sentido dejarlos de lado sin necesidad.

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Rey Arturo: La leyenda de Excálibur


King Arthur: Legend of the Sword, 2017, EE.UU.
Género: Acción, fantasía.
Duración: 126 min.
Dirección: Guy Ritchie.
Guion: Guy Ritchie, Lionel Wigram, Joby Harold, David Dobkin.
Actores: Charlie Hunnam, Astrid Bergès-Frisbey, Jude Law, Djimon Hounsoy, Aidan Gillen, Freddie Fox, Neil Maskell, Annabelle Wallis, Kingsley Ben-Adir, Craig McGinlay, Eric Bana.
Música: Daniel Pemberton.

Valoración:
Lo mejor: El dinero luce: vestuario, decorados y escenarios digitales impresionantes.
Lo peor: El guion es un torpe recopilatorio de los clichés del género. El director imprime mucho frenesí pero poca coherencia.
Mejores momentos: El intento de asesinato y la posterior persecución.

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Si las leyendas sobre el Rey Arturo no estaban lo suficientemente vistas, no digamos lo predecible y aburrida que puede resultar si volvemos a ella pero dejándola sólo en el armazón, una historia fundacional de la fantasía que ha sido exprimida durante años y años. El príncipe perdido pero con un destino que lo traerá de vuelta a la acción, el villano malvado porque sí y sus secuaces oscuros, el grupo de amigotes supuestamente simpáticos, el viaje, los objetos mágicos, la aceptación del destino, la guarida del enemigo, la lucha final. Desde el año 2000, con la explosión de las nuevas tecnologías, el género fantástico ha proliferado como setas, sobre todo tras los éxitos de El Señor de los Anillos y Harry Potter. Obras rescatables más bien pocas: La Comunidad del Anillo, pues en adelante esa saga patinó a lo grande, y quizá un par de capítulos del niño mago (tercero y cuarto: El prisionero de Azkaban y El cáliz de fuego). En la línea mediocre de este nuevo Rey Arturo, un montón, las más recientes y parecidas, La leyenda del samurái: 47 Ronin, John Carter y Warcraft, aunque podría citar también El destino de Júpiter, que lleva el escenario al espacio pero cumple con todos los estereotipos.

El Guy Ritchie tan original y virtuoso de Lock & Stock, Snatch: Cerdos y diamantes y RocknRolla parece estar diluyéndose en la deriva comercial de su carrera iniciada con Sherlock Holmes. Ese episodio inicial de otra historia muy reutilizada se sostenía aceptablemente bien por su enérgico aspecto visual, pero en el segundo el desgaste ya era bien patente. En Operación U.N.C.L.E. su vitalidad realzaba bien un guion también muy pobre y anticuado, pero se seguía notando una deriva, menos pasión y recursos que antes. En Rey Arturo entramos ya en una triste debacle de la que espero que se recupere.

Da la sensación de que Ritchie sabía que el libreto que tenía entre manos no valía un pimiento, así que no se corta a la hora de intentar darle un giro con su narrativa de estilo diferente, atrevido. Pero sin la mágica conexión entre la puesta en escena excéntrica y el desarrollo de la trama y los personajes que mostraba en sus primeros trabajos, un guion de escasa calidad y calado puesto en imágenes en plan loco tiene todas las de resultar un desastre. No logra una cohesión y personalidad suficientes para conseguir una película sólida y vistosa, de hecho ocurre lo contrario, salvo unos pocos enredos que se pueden considerar útiles lo que queda es un experimento hiperactivo, descentrado, incapaz de disimular las carencias de base y que añade más problemas.

El caos se apropia de un relato en principio simple pero que termina siendo incluso confuso. Esas explicaciones que reserva para exponer en algún flashback supuestamente molón, como por qué acaba la espada en la piedra, lastran capítulos que requerían ese conocimiento para resultar inteligibles, para no desconcertar arrastrando preguntas. Los recursos modernos quedan anacrónicos en la mayor parte de las situaciones, alguno incluso resulta delirante, como esos planos de los edificios que parecen dibujados por un arquitecto técnico, y sobre los que no hay forma de creerse que los protagonistas, todos del pueblo llano, pudieran entenderlos. Y para rematar, preparan las distintas fases del plan hablando de minutos. Que usen pólvora como si fuera habitual en esos tiempos, tengan unas armaduras alucinantes y muchos vistan como moteros (cuero negro, botas de impresión) se puede justificar con que es fantasía, pero los más puristas se quejarán con razón de que podían haber representado mejor la época. Se macera todo con música percusiva machacona, con ritmos rock pero sin ser rock; por suerte al menos no se han atrevido a meter guitarras metaleras en primer plano, un riesgo que tiene todas las de salir mal.

Hasta los recursos que funcionan medio bien son cuestionables. El resumen de la juventud de Arturo parece de primeras que ahorra muchos minutos… pero una vez pensado en frío resulta muy obvio: no hacía falta tanto enredo para decir que ha crecido aprendiendo a sobrevivir en las calles, bastaba con demostrarlo con su comportamiento, con las relaciones con sus amigos y enemigos y con sus recursos. Lo mismo le ocurre al viaje por el otro mundo para mostrar su valía: incluso resumido en plan veloz resulta poco emocionante y muy trillado.

Cuando mejor resulta la cinta es precisamente cuando Ritchie se contiene un poco y piensa mejor en qué recursos son necesarios. La larga persecución posterior al intento de asesinato es la mejor parte de acción: grandes panorámicas y carreras por las calles exprimen el presupuesto a lo grande, y el realizador imprime ritmo y energía sin pasarse de rosca con los enredos visuales. Pero sólo este acto central funciona. El inicial es demasiado previsible, no engancha con fuerza. Y conforme nos lanzamos al desenlace vuelve ese tono predecible sobrecargado de excesos, la fantasía explota en un videojuego vergonzoso. Arturo matando gente a toda velocidad con la espada, en plan “le he dado al botón de hacer magia”, y el enfrentamiento final tan artificial pero inerte, con Vortigern transformándose en el monstruo de final de fase, carecen de la más mínima emoción y en lo visual resultan esperpénticos.

La falta de carisma de Arturo es otro gran lastre. El intento de mostrar sus penurias y que se ha hecho fuerte a base de los palos que da la vida no llega a funcionar, a eliminar la sensación de que es el mismo personaje de siempre, sobre todo porque una vez el destino lo alcanza todos los clichés explotan en fila sin trabajar lo más mínimo su psique. Estamos ante otro personaje que dice que no reiteradamente pero al final se apunta a todo. No quiere saber nada de la rebelión, no le importa el mundo más allá de su supervivencia, pero termina aceptando porque tiene pesadillas, y en cuanto dice que sí, de repente le importa todo eso y se hace amigo instantáneamente de los que lo han secuestrado. Y cómo no, de ahí en adelante todo le cae encima sin que se plantee mucho las cosas, y todo se resuelve con magia. Finalmente, me temo que mi apreciado Charlie Hunnam, al que sigo desde que lo conocí en su gran papel en Hijos de la anarquía, es parte del problema, aunque Ritchie tendrá también bastante culpa al no dirigirlo bien: no parece poner esfuerzo en la composición del personaje, se limita a repetir el papel del motero criminal, un chulo pasota con gestos de matón de barrio; sólo le ha faltado la cadena colgando del pantalón. Los secundarios están en manos de buenos actores ingleses la mayoría, pero los personajes no tienen valor alguno, cada uno cumple el estereotipo de rigor: en el grupo de amigos tenemos al tipo ingenioso, al duro, al simpático… ni falta el de las artes marciales metido con calzador; en los villanos encontramos los típicos generales sin alma y un líder que es malo porque sí; este último lo interpreta Jude Law con cierto esfuerzo por poner caras de demente, pero no hay donde rascar y termina resultando caricaturesco.

En cierta manera es una cinta entretenida, pero sólo si te ríes por sus clichés tan tontos y su estilo sin mesura. Entiendo que quienes fueron esperando una película seria (porque fantasía no tiene por qué significar gilipollez infantil) salieran defraudados. Lo peor es lo decepcionante que resulta que para una vez que intentan darle una vuelta de tuerca a la misma historia de siempre no lo hagan nada bien y el resultado sea el mismo: Rey Arturo: La leyenda de Excálibur es otra más de acción y fantasía del montón. Con los pésimos resultados de crítica y taquilla (dejará bastante pérdidas) con toda seguridad nos hemos librado de tener otra serie mediocre copando las carteleras.