El Criticón

Opinión de cine y música

El contador de cartas


The Card Counter, 2021, EE.UU.
Género: Drama, suspense.
Duración: 111 min.
Dirección: Paul Schrader.
Guion: Paul Schrader.
Actores: Oscar Isaac, Tiffany Haddish, Tye Sheridan, Willem Dafoe.
Música: Robert Levon Been, Giancarlo Vulcano.

Valoración:
Lo mejor: El primer acto, con una atmósfera absorbente y un Oscar Isaac pletórico, te atrapa con fuerza.
Lo peor: Una vez en marcha la historia, se desinfla demasiado, resultando muy predecible, con un desenlace insípido.

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Paul Schrader es uno de los grandes guionistas del séptimo arte. De su mano nacieron numerosas películas de renombre de los años setenta y ochenta, como Yakuza (1974), Taxi Driver (1976) o Toro Salvaje (1980). También ha dirigido otras bastante notables, generalmente escritas por él, destacando Mishima (1985) y Aflicción (1997). Fuera de esa época dorada ha seguido en activo en ambos campos con numerosos títulos, habitualmente de suspense, de menor calado, pero parece haber vuelto un poco a primer plano con El contador de cartas. Al menos en el ámbito más cinéfilo, porque no parece estar teniendo mucho éxito.

Salta a la vista que es una película un poco fuera de tiempo, muy setentera. Todos los intereses y tics de Schrader están presentes. El ambiente melancólico, la descripción de la sociedad como inmoral, sucia, perdida, los personajes marginales, afligidos por traumas, y un caótico y sórdido viaje redentor que trae de la mano más tragedias y violencia y rara vez un final feliz. El aspecto visual es muy de aquellos tiempos también, de formas sobrias, colores apagados, tempo pausado…

En el primer acto, el cinéfilo se embargará de nostalgia, rememorando esas películas que marcaron una época. El espectador casual y más acostumbrado a las superficiales fórmulas modernas probablemente se aburra ante una exposición de sentimientos que se apoya en los silencios y miradas y en la construcción de la escena. Es decir, es un tanto sutil, de sensaciones que tienes que ir interpretando. Aunque también hay algún recurso muy obvio y un tanto sensacionalista, como la obsesión del protagonista de tapar toda la habitación con sábanas.

William Tell es un solitario jugador de cartas (blackjack, póquer) que va arrastrándose por la vida con lo mínimo, intentando no destacar ni tener sobresaltos que afecten a su rutina. El giro en que se presenta su trauma es impactante, demoledor. Yo no lo conocía, no había visto avances, a sabiendas de que con director y actor me valía, y menos mal, porque como viene siendo habitual desde hace ya demasiados años, te destripan la película entera. Una vez conocemos su situación, su vida dando vueltas en círculos sin salida, se encuentra con un joven que ha sufrido algo semejante, y parece que juntos podrían intentar salir del bache, quizá incluso volver a una vida medio normal.

Oscar Isaac es un actor con un carisma y un talento de impresión, aunque no está obteniendo el reconocimiento que merece, quizá porque no suele hacer películas de premios, de esas prefabricadas para contentar a una industria que también está olvidando cada vez más el cine de calidad. Acumula thrillers de buen nivel como El año más violento (2014) y Triple frontera (2019), obras comerciales como La guerra de las galaxias, rarezas de ciencia-ficción como Ex Machina (2014) y Aniquilación (2018), cine independiente e intelectual como A propósito de Llewyn Davis (2013)… No hay registro en el que no esté impecable. Aquí repite un poco el papel de Llewyn Davis, pero en otro tono, no en el de tontorrón deprimido, sino uno más en la onda de Robert de Niro en Taxi Driver. Su desafección de la realidad, su pesar, la sensación de que o remonta o estalla en cualquier momento, se contagian al espectador.

El joven pupilo también resulta entrañable a su manera: sus vaivenes, su cabezonería juvenil, nos llevan también a querer ayudarlo. Tye Sheridan, dado a conocer en los últimos capítulos fallidos de la saga X-Men y en Ready Player One (2018), no es un actor que haya demostrado nada todavía, pero con su aspecto de despistado cumple de sobras. Tiffany Haddish, con bastantes series y películas en su currículo, aunque nada destacable, encarna a La Linda, la avalista de jugadores que es el contacto de estos dos con la realidad. Derrocha simpatía y elegancia por los cuatro costados, haciendo muy verosímil la atracción que sienten por ella.

Con todas las cartas sobre la mesa, por hacer un símil tonto, la propuesta resulta muy sugerente. La odisea de los personajes y el tono taciturno tan conseguido te atrapa y asfixia, quieres verlos remontar sus vidas, pero no sabes si una situación tan tétrica podría traer algo de luz. O sí puedes. Porque una vez vamos entrando en materia, Schrader expone dichas cartas demasiado, dejándote ver claramente un camino muy andado.

A partir de cierto momento empecé a desear que Schrader no tirase por una historia tan predecible, tan simplona, como a la que empieza a apuntar. Pero vaya si lo hace. Lo de la nostalgia con los años setenta se lo toma al pie de la letra. Conforme el relato avanza se va atando más y más al recorrido más trillado y las soluciones más predecibles. En el acabado visual también se queda sin ganas. Los recursos empiezan a repetirse, todos los escenarios resultan demasiado parecidos, con poca progresión. Los numeritos musicales para rellenar huecos o lanzar transiciones son trucos muy torpes y que añaden minutos inertes. Incluso los momentos que todavía muestran algo de lucidez y trascendencia resultan muy obvios, como la visita al parque iluminado donde William parece que va a entrar de nuevo el mundo de los vivos.

En el clímax final no se redime, va a lo más fácil sin aportar ningún giro sustancioso, no digamos ya original, y con una desgana en la ejecución que termina de quitarle cualquier posibilidad de dejar huella. Puestos a no ofrecer nada nuevo, se echa de menos la cruda violencia de Taxi Driver, que tampoco me ha parecido nunca redonda a pesar de su fama, pero al menos sí más impactante.

Unos personajes tan fascinantes y una historia tan conmovedora merecían un tercer acto y un desenlace más elaborados. Pero en conjunto se agradece su existencia en una época con contados estrenos de drama y suspense serios, adultos. Es una cinta con sabor a clásico, madura, inteligente a pesar de su falta de originalidad, y que no deja indiferente.

Fallece Sidney Poitier

Sidney Poitier nació en Miami, EE.UU., en 1927.

Aparte de ser de raza nega, su familia era de las Bahamas, lo que llevaba la etiqueta de inmigrante. No tardó en ver el problema racial de Estados Unidos y en luchar contra él, destacando en su juventud en teatro y poco a poco en el cine en papeles que criticaban los conflictos sociales de la época.

Su porte carismático, su versatilidad como actor y su simpatía y entereza como persona lo llevaron a ser un referente de la lucha racial, influenciando a millones, llegando a traspasar numerosas barreras, obteniendo incluso reconocimientos propios «del hombre blanco», como los Oscar, Globos de oro y otros muchos premios, así como títulos políticos, como embajador de las Bahamas.

Como actor, deslumbró en las aclamadas y rompedoras Fugitivos (1958), Los lirios del valle (1963), En el calor de la noche (1967), y Adivina quién viene a cenar esta noche (1967), entre otras muchas obras famosas. Como director, también dejó huella con Sucedió un sábado (1974), Dos tramposos con suerte (1975), Locos de remate (1980)…

Ha fallecido este 7 de enero cuando contaba con 94 años.

Biografía: Wikipedia. Filmografía: IMDb.

Ha fallecido Peter Bogdanovich

Peter Bogdanovich nació en Nueva York, EE.UU. en 1939, en el seno de una familia de judíos ortodoxos que huía del régimen nazi.

Su pasión por el cine lo llevó a ser un gran estudioso del mismo y dominar varios campos, de forma que en su juventud destacó como una estrella en ascenso en la ya de por sí rica generación de George Lucas, Martin Scorsese, Brian de Palma

Como director, se ganó la etiqueta de visionario con títulos como La última película (1971), ¿Qué me pasa, doctor? (1973) y Luna de papel (1973). Muchos autores contemporáneos lo citan como referente en sus influencias. Y como analista y crítico de cine se lo considera un gran erudito.

Pero su carrera tras la cámara se estancó, sumando obras de escaso calado, quedando en segundo plano. Y mientras tanto fue pasando a la interpretación con cada vez con mayor asiduidad. Por ello su rostro será bastante conocido por muchos: era el psiquiatra de la psiquiatra de Tony Soprano en Los Soprano (1999).

Falleció el 6 de enero con 82 años debido a complicaciones de párkinson que sufría.

Biografía: Wikipedia. Filmografía: IMDb.

Ha fallecido Stephen Sondheim

Stephen Sondheim (New York, 1930) es el compositor y letrista más reverenciado e influyente de la historia del teatro y el musical estadounidenses. Desde que dejó asombrado al mundo con tan solo 27 años con West Side Story (1957), sus obras fueron aplaudidas y algunas consideradas revolucionarias: Company (1970), Sweeney Todd (1979), Into the Woods (1987)… También colaboró en algunas películas, aportando sobre todo las letras en la también famosísima adaptación de West Side Story (con música de Leonard Bernstein, 1961) y Gypsy (La reina del vaudeville, 1962).

Ha fallecido en su residencia en Roxbury, Connecticut (Estados Unidos), contando con 91 años de edad.

Se da la casualidad de que Steven Spielberg ha rodado una nueva versión de West Side Story y se estrena apenas unas semanas después de su deceso, el 10 de diciembre, así que servirá como un gran y merecido homenaje.

Biografía: Wikipedia. Discografía (parcial): IMDb.

Finch


Finch, 2021, EE.UU.
Género: Aventuras, ciencia-ficción, comedia, drama, suspense.
Duración: 115 min.
Dirección: Miguel Sapochnik.
Guion: Craig Luck, Ivor Powell.
Actores: Tom Hanks, Caleb Landry Jones.
Música: Gustavo Santaolalla.

Valoración:
Lo mejor: El buen papel de Tom Hanks, el acabado visual, con buenos efectos especiales, llamativos paisajes y correcta dirección.
Lo peor: Tan estúpida y predecible que se hace bastante difícil de digerir.

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Existe un desconocimiento brutal con las Inteligencias Artificiales, alentado además por la cantidad de medios que caen en la misma trampa, o peor, la usan para lanzar titulares sensacionalistas. Una IA es una hipótesis en la que un programa informático muy avanzado podría cobrar consciencia de su propia existencia. Cuando ves titulares en plan «Una IA ayuda a diferenciar fotos de perritos calientes de fotos de penes» (referenciando el genial chiste recurrente de la serie Silicon Valley que parodia esta situación), es pura mentira o como poco ignorancia. Estas noticias hablan en realidad de programas que han sido diseñados para reunir muchos datos y establecer relaciones y diferencias de forma automatizada. Pero fíjate si está limitado, que no puedes decirle «ahora dame la receta de un perrito caliente», porque no ha sido programado para ello. Inteligencia por ninguna parte, y consciencia menos aún.

El protagonista de esta película, un ingeniero llamado Finch, aislado en un mundo postapocalíptico, se crea un robot IA para que le haga compañía. Pero lo programa en el modo cutre de las obras que no se esfuerzan lo mínimo para mostrar algo de informática real: pulsa teclas al tuntún hasta que «nace» una IA, y como está recién nacida, no sabe casi nada y tiene que ir aprendiendo. Y tenemos durante toda la película al robot por ahí corriendo como un bebé, tropezándose, lloriqueando, pataleando, diciendo tonterías… Vamos, que en vez de programarse un robot útil se crea uno mongólico para que suelte gracietas que le hagan reír. Y para rematar, también tenemos un perrito mono. Menos mal que no copa muchos minutos.

El intento de cinta para toda la familia con tintes de comedia, aventura y enseñanzas está bastante pasado de rosca, resulta demasiado ingenua, machacona, sensiblera, incluso grotesca por momentos. Los guionistas distorsionan la realidad de forma absurda y nos empujan por unas historias demasiado dirigidas y por tanto predecibles, pues ubican en perfecto orden una sucesión de escenarios descaradamente convenientes para que el robotico se confunda y aprenda las cosas de la vida, dejando así facilonas moralejas. Si yo tuviera niños, no les pondría algo así. Hay muchas obras juveniles e infantiles con al menos un mínimo inteligencia y delicadeza.

Esto conlleva además muchas situaciones ejecutadas con dejadez cuando no agujeros de guion bien llamativos. Resulta ridículo que un científico curtido como el protagonista, que lleva aparatos y detectores para sobrevivir en el entorno hostil del futuro, le dé por comprobar si el sol y sus rayos uva siguen siendo altamente peligrosos… sacando la mano al exterior… y luego se lamente de haberse quemado. Cuando la caravana se atasca con el techo en un puente y se va rompiendo debería hacer un ruido atroz que el coche que se acerca en plena y silenciosa noche oiría a un kilómetro por lo menos. Y hay muchas más soluciones y paridas que te hacer torcer el gesto, pero no he perdido el tiempo apuntándolas.

Si en el ámbito del robot y su aprendizaje recuerda a Chappie (Neill Blomkamp, 2015), en la descripción del futuro apocalíptico se acerca bastante a Soy leyenda (novela: Richard Matheson, 1956; películas: Vincent Price, 1964, Boris Sagal, 1971, Francis Lawrence, 2007). Pero en esta parte es otra notable decepción. No es tan simplona, pero sí igual de simple y dirigida.

Los escenarios de supervivencia prácticamente se limitan a tormentas. Una tormenta hace que el protagonista se ponga en movimiento, otra que el robot aprenda cosas clave. Se amaga con mostrar otras situaciones, como un encuentro con seres humanos peligrosos… pero se queda en eso, una anécdota sin más recorrido, una excusa que se usa para la nueva lección de robot, y cuando ya no es útil se descarta en mitad de su desarrollo. El flashback en que sí aparecen por fin otros humanos es más convincente, una forma sencilla pero digna de exponer un trauma en Finch, pero tampoco tiene mucho recorrido, resulta otro giro impostado para realzar el drama sin que llegue a aportar ningún matiz apasionante a su personalidad ni dirigirnos hacia ninguna conclusión emocionante. Los autores querían meter otro momento sensiblero, y pasar al siguiente sin perder el tiempo hilando un buen desarrollo dramático.

El misterio con qué deparará el viaje a los protagonistas mantiene cierto nivel de expectación durante un tiempo. Pero según tu paciencia y esperanzas, a partir de algún momento te darás cuenta de que toda la odisea son ganchos que no llevan a nada, excusas para exponer chistes con el robot mongólico y moralejas de baratillo. En cuanto te hagas a la idea que de no hay más que engaños, no volverás a conectar. Y como era de esperar, el final es harto predecible y almidonado.

El siempre excelente Tom Hanks es capaz de dotar de sentimiento al personaje, disimulando un poco el tono tan artificial del relato. Apple TV+ se ha gastado dinero, de forma que el acabado es de producción de alto nivel, con buenos efectos especiales y localizaciones espectaculares, lo que permite a Miguel Sapochnik (Juego de tronos, 2011) rodar un futuro apocalíptico bastante creíble y atractivo en lo visual, aunque luego en contenido agonice.

El ejército de los ladrones


Army of Thieves, 2021, EE.UU.
Género: Suspense, acción, comedia.
Duración: 127 min.
Dirección: Matthias Schweighöfer.
Guion: Shay Hatten, Zack Snyder.
Actores: Matthias Schweighöfer, Nathalie Emmanuel, Ruby O. Fee, Stuart Martin, Guz Khan, Jonathan Cohen, Noémie Nakai.
Música: Steve Mazzaro, Hans Zimmer.

Valoración:
Lo mejor: El trío protagonista (la jefa, la hacker, el de las cajas fuertes) es bastante simpático y los actores competentes.
Lo peor: Aun así no son personajes creíbles, y los secundarios son peores, con unas relaciones muy básicas e infantiles; en concreto, el agente de la interpol es un verdadero tormento. Historia de atracos muy trillada e inverosímil y cada vez más estúpida, algo que no logra enmascarar el tono de comedia. ¿Dónde están los zombis?

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El ejército de los muertos de Zack Snyder fue puesta a parir, pero la ha visto todo el mundo, con lo que Netflix ha salido muy bien parada en su proyecto de crear un universo zombi gestionado por el propio Snyder, de hecho, la segunda entrega estaba en marcha antes del estreno. No me preguntéis cómo hay gente que le da otra saga después del desastre con DC, y menos con libertad creativa total. Shay Hatten repite como guionista, con historia de Snyder, y Matthias Schweighöfer toma el relevo en la dirección y repite su personaje, el especialista en cajas fuertes, con una historia ambientada poco antes de la aventura de Las Vegas.

¿Puede ser El ejército de los ladrones la secuela/precuela más forzada y absurda de la historia? Qué sentido tiene hacer una entrega a lo Ocean’s Eleven (Steve Soderbergh, 2001), The Italian Job (F. Gary Gray, 2003) o Le llaman Bodhi (Kathryn Bigelow, 1991) y semejantes cuando la original y la intención para la serie es el mundo zombi. Tienen en común los atracos, diréis, pero en aquella todo estaba condicionado por los zombis, aquí los mencionan un par de veces, meten un sueño para al menos tener la aparición de algún muerto viviente, y listo. Ni el título tiene sentido: no hay un ejército de ladrones ni nada que haga pensar en ello.

El ejército de los muertos se deja ver porque la presentación de los personajes es buena, la idea engancha, y te tragas el flojo acto central y el lastimero final esperando que remontara. Eso sí, por ello también no hay alicientes para volver a verla. La presente empieza más abajo y va cuesta abajo sin frenos. El intento de hacer una comedia alocada que se ríe conscientemente de su género y limitaciones no puede disfrazar las carencias, los agujeros, la vagancia de los autores.

Los protagonistas tienen una descripción muy básica, pero además con el tono inadecuado. Son demasiado inmaduros, las relaciones, sean románticas, amistosas o conflictivas, son ingenuas y obvias, y su forma de enfrentar el trabajo no hay quien se la crea. Son roles propios de una comedia de adolescentes, no encajan en ningún momento como criminales con experiencia o en proceso de serlos.

Puede decirse que el rubito especialista en cajas fuertes, Matthias Schweighöfer, la jefa del equipo, con una Nathaniel Emmanuel bellísima en cada plano (Juego de tronos -2011-) y la choni hacker (Ruby O. FeePolar, 2019-) son simpáticos y casi entrañables en bastantes ocasiones, sobre todo gracias a la buena labor de los actores, aunque estén encajados de mala manera en la trama. Pero el resto de personajes son vomitivos, provocan auténtica vergüenza ajena. El matón Brad Cage (Stuart Martin) es el mejor ejemplo del tono de comedia de institutos, tan basto y pasado de rosca que cuesta creer lo que tienes ante tus ojos; su personalidad es tan predecible que ves venir todo su comportamiento en cada nuevo escenario. Y todavía hay otro peor: el agente de la interpol (Jonathan Cohen) es el personaje más oligofrénico, bufonesco y cargante que he visto desde Jar Jar Binks de La guerra de las galaxias, el payaso de Alfrid de El Hobbit (Ryan Cage) y el científico loco de Pacific Rim (Burn Gorman). Al menos el conductor (Guz Khan) no molesta, pero claro, eso significa que aporta tan poco que te olvidas de su existencia en cuanto deja de aparecer en el plano.

Los atracos son todos iguales en forma y en sensaciones, resultando tan insípidos como inverosímiles, y de nuevo el estilo humorístico es un gran laste, no es capaz de hallar un buen equilibrio entre los momentos distendidos, el trabajo serio, y la tensión de las misiones.

Nos presentan una historia elaborada de cajas fuertes míticas y de gran dificultad para reventarlas, y luego todas se abren poniendo la oreja y moviendo la cerradura hasta escuchar un clic, no hay más investigación, tecnología, recursos ingeniosos… Imposible no pensar en The Score (Frank Oz, 2001) y The Italian Job y cómo sorprendían con inesperadas formas de enfrentarse a cada reto. Y precisamente parece que los autores ven que estos escenarios no generan tensión y tratan de añadir capas encima con nuevas dificultades… como que van en un camión con la caja… ¡y tiene que abrirla ahí, en movimiento, no puede esperar a llegar a destino, y si falla se cierra para siempre!

Los asaltos a bancos y casinos tiene algo más de movimiento… pero nada que sorprenda, y también prima el efectismo barato sobre la credibilidad. Los guionistas no encuentran otra forma de generar intriga que haciendo que los personajes improvisen todo de mala manera en el último momento y pongan a los compañeros a trabajar sin haberles explicado el plan. Así, los momentos cumbre se basan en si la hacker abrirá una puerta a distancia con el ordenador, la enclenque jefa tumbará a un guardia con sus inesperadas artes marciales, el musculoso distraerá a tiros a la muchedumbre… Y el patán de la interpol no supone ningún extra de incertidumbre, porque pronto se ve que su historia es de relleno para retrasar el encuentro hasta el final; y vaya historia: su momento álgido es… ¡que se confunde de banco!

El poco interés que pudiera despertar la unión del grupo, con el salto de un tipo aburrido con su vida a un mundo de crímenes y aventuras, se diluye rápido conforme entramos en ese juego de atracos sin pies ni cabeza y piques personales pueriles. A medida que avanza, la cinta se va volviendo cada vez más estúpida y forzada, tanto que no puedo decir que sea de esas en que te ríes por lo descabellada y cutre que resulta, sino de las que resultan tan grotescas que incomoda.

Aparte de la solvente interpretación del trío protagonista, sólo cabe destacar que Matthias Schweighöfer rueda con cierta profesionalidad, sin enredos rebuscados, no como Zack Snyder y sus aires de grandeza que emponzoñan con un aspecto visual disparatado cada película que toca. Pero es tan poco ambiciosa en este campo que tampoco hay nada que destacar, y también tiene algún fallo: la persecución en bici no está bien rodada, parece que en la acción intensa todavía le falta experiencia.

También me ha gustado la perspectiva europea que imprimen Hatten y Schweighöfer al relato. Al contrario que la mayor parte de cintas de Hollywood cuando se ambientan en el viejo continente, donde muestran un plano aéreo de alguna zona famosa y luego no se siente el alma la ciudad (de hecho, muchas veces ni ruedan en el sitio representado), aquí sí se siente muy real la idiosincrasia europea: el comportamiento de la gente, las localizaciones, detalles como dejar las armas para momentos de gran tensión y no tenerlas aireándolas en cada plano… Una pena que el guion no acompañara a la hora de aportar un soplo de aire fresco al género.

El ejército de los muertos


Army of the Dead, 2021, EE.UU.
Género: Suspense, drama, acción.
Duración: 148 min.
Dirección: Zack Snyder.
Guion: Zack Snyder, Shay Hatten, Joby Harold.
Actores: Dave Bautista, Ella Purnell, Ana de la Reguera, Matthias Schweighöfer, Omari Hardwick, Nora Arnezeder, Garret Dillahunt, Hiroyuki Sanada, Theo Rossi, Tig Notaro, Raúl Castillo, Samantha Jo.
Música: Junkie XL.

Valoración:
Lo mejor: La premisa y la presentación de los personajes tienen fuerza y originalidad, generando bastante interés.
Lo peor: Conforme avanza, se va desinflando y convirtiéndose en la típica película de muertes en fila de lo más tonta y cada vez más predecible y aburrida. La dirección de Zack Snyder es negligente, saturando con enredos visuales absurdos. El prólogo y el epílogo, innecesarios, tiempo completamente perdido.
El cambio: Tig Notaro sustituyó a al actor Chris D’Elia, despedido por acoso sexual, pero la cinta estaba ya rodada, así que se grabó su papel aparte y se introdujo digitalmente. Yo no he notado nada raro en ninguna escena.
El título: Parece que se va imponiendo la moda de eliminar los determinantes. Yo se lo he vuelto a poner.

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El remake de El amanecer de los muertos (George A. Romero, 1978) que Zack Snyder dirigió en 2004 fue toda una sorpresa, convirtiéndose en uno de los referentes del género y una buena presentación del director. Debido a su éxito, algunos productores y el propio director han intentado desde entonces expandir ese universo zombi, pero no lograron concretar nada hasta que Netflix ha tomado las riendas del proyecto. Le han dado carta blanca total a Snyder y proyectado varias obras relacionadas.

No voy a decir que es una película asombrosamente original. De robos en situaciones de crisis hay varias, en el género fantástico por ejemplo desataca la divertidísima Deep Rising (Stephen Sommers, 1998). Pero sin duda presenta una premisa atractiva y con giros enriquecedores.

En plena pandemia zombi contenida en la exótica ciudad de Las Vegas, una banda de criminales trata de realizar un asalto a un casino y su caja fuerte repleta de billetes, para lo cual deberán sortear tanto la vigilancia del gobierno como las hordas zombis.

La introducción de cada miembro del equipo es bastante simpática y emocionante. Con unas pocas escenas, que no parecen ni apresuradas ni facilonas, se describen sus personalidades, sus manías y, en el caso de las figuras principales, algún trauma sencillo y bastante visto pero que añade algo de interés humano al convertir la misión también en un viaje redentor. El reparto internacional se ajusta bien a cada rol, ninguno queda por debajo del resto, aunque sí destaca la potente figura central: el otrora campeón de lucha libre Dave Bautista vuelve a demostrar, tras Guardianes de la Galaxia (2014) y Blade Runner 2049 (2017), ser no sólo músculo, sino también un buen actor dramático.

El escenario de apocalipsis zombi tiene unas cuantas novedades interesantes. Que no sea una catástrofe global, sino algo focalizado, permite este atractivo punto de partida con la unión de la banda, el plan del atraco y las dificultades para entrar en el perímetro en cuarentena, y además, en todo ello subyacen críticas interesantes sobre inmigración y gobiernos abusivos. Una vez en marcha, detalles como que los zombis tengan algo de inteligencia y una cultura propia, y una miembro del grupo conozca sus costumbres y haga de guía, son aspectos enriquecedores en el género y prometen dar más vidilla a la odisea.

Con ello tenemos un primer acto muy completo y sugerente, que atrapa y hace pensar en que estaremos ante una película de calidad. Aunque hay que citar el extraño prólogo. Esa introducción resulta tan ajena al resto de la historia y su ejecución es tan torpe, con una escena de acción y suspense muy tontorrona, que no logra justificar su existencia ni dejar huella. Por suerte, se olvida bien pronto cuando pasamos a la presentación de la banda y la misión.

Sin embargo, una vez entramos en el caos de Las Vegas, en vez se seguir creciendo en interés, aprovechando esas bases tan bien asentadas, la propuesta empieza a patinar, el guion se va deshaciendo y la puesta en escena se torna cada vez más torpe. Cuando quieres darte cuenta, estás asistiendo con asombro y pesar a la típica película cutre de monstruos donde los protagonistas mueren en fila entre escenarios poco trabajados, clichés cansinos, giros absurdos, e incontables agujeros de guion. La lista de desatinos es tal que comento las paridas más asombrosas abajo, en el apartado de spoilers.

El trabajo en presentar unos personajes de calidad se tira por tierra por completo. A partir de cierto momento te da igual lo que les pase, porque el desarrollo de los conflictos internos y sus relaciones se atascan en tópicos vulgares, de forma que las pausas para intentar contar algo con ellos son muy insustanciales cuando no cansinas, y por ende anticlimáticas. Acaban quedando únicamente para cumplir con su turno de brillar con su característica (algunos ni eso) y tener la muerte truculenta o graciosa que les haya tocado, y no puedo decir que estas sean ingeniosas y asombrosas, sino muy rutinarias y predecibles dentro de lo que es este subgénero.

La aventura también va olvidando las promesas iniciales, obstinada cada vez más en empalmar diversos escenarios de acción o suspense donde ubicar cada muerte absurda y giro de baratillo. Sólo puedo rescatar la injustificada pero tensa escena de pasar entre zombis dormidos, pero en adelante no hay nada llamativo. Las distintas fases del atraco se reducen a un mínimo decepcionante en número y en la poca calidad y verosimilitud de cada situación. La historia de la jerarquía zombi y la tregua con estos deja de tener relevancia, los personajes se olvidan de ello y se ponen a pegar tiros y liarla por ahí y luego sorprenderse de que los zombis vayan a por ellos. La batalla principal no impresiona. El rey o macho alfa zombi se convierte en un villano sin más trascendencia y todo el argumento se queda en esperar cuándo se hostiará con los héroes, algo que llega con la patética excusa de rescatar gente que torpemente ha caído en sus manos.

En el tercer acto no queda nada que salvar, y con el aburrimiento ya haciendo mucha mella, me tiré media hora deseando que acabara. Todo confluye en un previsible y manido rescate a tortas, los esperados perdones, y la típica pelea final, donde nada consigue resultar no ya emocionante, sino que a duras penas la narración aguanta en pie con un mínimo de coherencia e interés.

Después de la ágil presentación, la puesta en escena también se queda sin imaginación, ritmo e incluso sentido. El iluminado de Zack Snyder vuelve a torturarnos con un aspecto visual rebuscado y pretencioso pero que resulta más incoherente y confuso que virtuoso. La sucesión de planos forzados, filtros artificiales y desenfoques de imagen dan pie un aspecto visual informe, que se impone tanto que impide que la narración fluya bien. Destacan para mal algunas escenas intimistas donde tanta filigrana resulta bastante cargante (como la del padre y la hija en el generador diésel) y la manía de ralentizar las peleas buscando hermosas postales en vez de intentar construir una situación trepidante.

No tengo problemas con estar ante una cinta de escaso presupuesto siempre que el ingenio y el talento brille por encima de las limitaciones. Pero aquí el acabado es demasiado parco para haber costado según rumores entre 70 y 90 millones de dólares. La cinta no los luce en ningún momento, de hecho, hay pantallas de fondo y planos generales de la ciudad destruida que cantan bastante, y la recreación de zombis, con maquillaje o digitalmente, es normalita. Además, el abuso de la sangre digital y el aspecto tan falso de la fotografía, con tanto filtro, limita el sentido del espectáculo gore.

El ejército de los muertos queda a años luz de El amanecer de los muertos. Ahí el guion era del siempre inspirado James Gunn, y Snyder todavía no había perdido la cabeza y se dedicó a cuidar a los personajes y el ritmo de cada escena. Aquí Snyder contaba con libertad creativa total, y aun contando con ayuda en el guion (Shay Hatten y Joby Harold) se ha vuelto a estrellar contra su ego como lleva haciendo desde 300 (2006). Es uno de esos autores con los que cuesta entender por qué siguen dándole vía libre a nuevas obras, pero que le den otra saga más después del desastre de DC es alucinante.

Sin las otras hordas, las de los fanáticos de DC haciendo campañas para inflar las notas, la cinta se ha llevado un buen varapalo en sitios como IMDb y Filmaffinity. Sin embargo, con lo llamativo de la propuesta y la fama de Snyder y Bautista, en pocas semanas se ha convertido en una de las diez más vistas en Netflix hasta el momento.

Así que por ahora al canal le ha salido redonda, al menos en cuestión de números, la idea de crear un universo zombi propio, porque antes del estreno ya tenían en marcha otro episodio y apalabrado otro más. El primero al final ha sido una precuela: El ejército de los ladrones cuenta una aventura previa del especialista en cajas fuertes. El propio actor, Matthias Schweighöfer, dirige, y en el guion repite Hatten. Es incluso peor que esta.

Alerta de spoilers: En adelante destripo a fondo.–

-El trato con los reyes zombis para tener salvoconducto por sus dominios deja de tener sentido en la siguiente escena, porque se apartan del camino para meterse en edificios a escondidas.
-Otras pocas escenas después se anula también esta idea de pasar desapercibidos, porque la experta en zombis se compincha con el mercenario cabrón en un plan descabellado (y lo hace fuera de pantalla, en el típico intento cutre de sorprender de los guionistas sin talento alguno).
-Que la misión real sea conseguir la cabeza de la reina podría ser interesante si se hubiera revelado antes, no se hiciera a escondidas y tan malamente. Por qué el señor Tanaka miente en la naturaleza de la misión, vaya forma de complicarse y alejarse del objetivo. Y vaya forma de arriesgarse dando vueltas hacia el casino, cuando podrían haber conseguido su cabeza nada más entrar en Las Vegas, cuando les ponen un cebo para contentarlos, y largarse antes de agitar a las hordas zombis. Es tan incongruente todo que cuando lo hacen se dejan el cuerpo de la reina ahí tirado para dar pistas y encabronar al rey.
-La escena en que este mercenario chungo se confirma como malo porque mata gratuitamente a un compañero es estúpida a más no poder.
-En la cámara acorazada hay un montón de ciudadanos escondidos, cuando se supone que es de acceso muy restringido.
-Por mucho que la cinta sea medio cómica, las trampas de la sala de la caja fuerte son ridículas.
-A pesar de esas complicadas medidas de seguridad, hay también una trampilla de mierda que cualquiera puede cortar con un soplete o sierra.
-Una caja fuerte de ese calibre, cuesta creer que se pueda abrir por el sonido de la cerradura.
-El zombi malote se quita el casco protector para pelear cuerpo a cuerpo… pues pum, tiro a la cabeza y a otra cosa.
-Por qué los zombis listos convierten a sus rehenes es zombis listos poco a poco; nada lo justifica, que lo hagan de golpe; y encima se saltan la cola convenientemente para que muera antes el secundario tonto que las mujeres a rescatar.
-En el final imitando a Aliens (James Cameron, 1984) no oyen el helicóptero que está a diez metros, cuando en realidad se oiría a kilómetros de distancia. También la idea de la bomba nuclear metiendo prisas recuerda mucho a esa cinta.
-El prólogo era innecesario, pero los cansinos epílogos tampoco aportan nada.