El Criticón

Opinión de cine y música

Fallece Robert Forster

Robert Forster era un talento siempre deseado por estudios y directores por ser un valor seguro con el que redondear una película. Sin embargo, nadie le dio la oportunidad de tomar un papel principal hasta que llegó Quentin Tarantino y su Jackie Brown en 1997, donde demostró su valía mejor que nunca, obteniendo veneración y premios en cantidad.

Ha fallecido el viernes 11 a los 78 años de edad por un cáncer en el cerebro, justo cuando Netflix ha estrenado su último papel en El Camino, una película basada en la serie Breaking Bad.

Filmografía: IMBd, Biografía: Wikipedia.

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Joker


Joker, 2019, EE.UU.
Género: Drama, superhéroes.
Duración: 122 min.
Dirección: Todd Phillips
Guion: Todd Phillips, Scott Silver. Bob Kane, Bill Finger y Jerry Robinson (cómic).
Actores: Joaquin Phoenix, Robert De Niro, Zazie Beetz, Frances Conroy, Brett Cullen.
Música: Hildur Guðnadóttir.

Valoración:
Lo mejor: Arthur es un personaje con el que conectas con intensidad y Joaquin Phoenix consigue que resulte conmovedor.
Lo peor: Nada tiene que ver con Joker y Batman, versa sobre un loco cualquiera. El potencial del personaje se desaprovecha bastante porque el conjunto es un telefilme con un desarrollo vulgar, abusa de las clásicas fórmulas de estos para forzar el melodrama, y la historia no lleva a nada.
Mejores momentos: Poniendo buena cara mientras el jefe le echa la bronca.
La pregunta: ¿Por qué Arthur escribe su diario en castellano y entrega tarjetas en el mismo idioma? El sinsentido de sustituir el idoma de textos como parte del doblaje parece estar imponiéndose, me temo. Es más, si me compro el bluray para verla en VOS… ¿me encontraré esta aberración?

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Alerta de spoilers: Comento unos cuantos detalles, pero son bastante vagos o cosas que no creo que fastidien la experiencia del visionado.–

WARNER BROS. SIGUE DANDO PALOS DE CIEGO

En Warner Bros. tiraron la toalla con la serie de superhéroes unidos de DC Comics, La liga de la justicia, tras varios fracasos artísticos sonados y algunos resultados de taquilla no malos pero que no cumplían sus expectativas, y han optado por hacer películas sueltas de distinto tipo y con autores diferentes a ver si así encarrilan la cosa. Aunque claro, es de esperar que en cuanto crean haber atinado con un tono o personaje lo exprimirán al máximo… Y Joker ha sido un pelotazo instantáneo, así que sin duda tendremos más títulos en esta línea.

Pero el éxito de taquilla y el aplauso de la masa de espectadores es una cosa y la calidad y el legado artístico otra. El tiempo suele poner las cosas en su sitio, y no creo que pase mucho hasta que la insólita ola de adoración que ha elevado a Joker tan por encima de sus méritos se diluya y la realidad vaya asentándose. Se agradece el intento de aportar novedades, de ir por otros caminos en un género saturado de estrenos, pero para lograr algo rompedor hay que tener unas ideas y una determinación por encima de la media. En esta nueva aproximación al villano más famoso de Batman apuntan alto, pero se han vuelto a estrellar. El Batman de Christopher Nolan (2005, 2008, 2012) continúa imbatible y su Joker interpretado por Heath Ledger sigue sin ser superado.

JOAQUIN PHOENIX POR ENCIMA DE TODO

El dibujo Arthur Fleck es sencillo, con unas bases poco originales, pero como punto de partida debería ser suficiente. El relato de su vida promete, desde luego. El pobre lo tiene todo en su contra, resultando un paria entre entrañable y grotesco, una hábil combinación para que sientas simpatía por él y repulsa por como es dejado de lado o incluso maltratado. Es un tipo con claras disfunciones mentales que le impiden desenvolverse en la sociedad sin ayuda, pero esa sociedad falla estrepitosamente desde el ciudadano, que va de indiferente a abusón, al estado, en crisis económica y política y cuya corrupción implica proteger a los más favorecidos y abandonar o incluso pisotear al resto.

De primeras se observa que el director y principal guionista Todd Phillips trata de cuidar tanto la perspectiva global como el detalle. Me gusta como describe la situación de degradación de la ciudad mediante las noticias que se oyen de fondo hablando de huelgas de basura y con las sirenas sonando constantemente para reflejar el caos y la violencia en las calles, todo muy al estilo de Paul Verhoeven en Robocop (1987) y Desafío total (1990). De esta forma, tenemos el foco en un Arthur distante e incapaz de integrarse, pero aun así el mundo en que vive cobra vida e influye en su desarrollo como persona. Él no lo ve, a veces incluso cree que él mismo no existe, pero todo termina afectándolo.

La arrolladora presencia de Joaquin Phoenix termina de conseguir un personaje conmovedor, al que le falta poco para resultar fascinante y memorable. Se sumerge por completo en su forma de ser, se mimetiza hasta desaparecer el actor y quedar un maltrecho desecho de la sociedad que deambula sin levantar cabeza hasta que explota. Hay algunos momentos muy potentes, como cuando pone buena cara mientras recibe la bronca de su jefe, o la mirada de “ya está, ya la he liado gorda” cuando da el paso final en el programa de televisión; y el humor que surge de sus desventuras es negrísimo y bastante efectivo: tienes que reírte de tanta miseria.

En cuanto a los otros pocos actores con algo de presencia, Robert De Niro cumple sin esforzarse en su breve aparición, como lleva años haciendo, así que no entiendo por qué se lleva tantas alabanzas, y Frances Conroy tampoco convence, pero será cosa del director, porque es una actriz de gran nivel (A dos metros bajo tierra -2001- a la cabeza): no transmite la más mínima emoción, ni pena cuando sufre ni rabia cuando falla a su hijo.

NUEVOS AIRES… QUE HUELEN A RANCIO

Sin embargo, a pesar del buen punto de partida con el protagonista y el esfuerzo por construir el entorno adecuado, el potencial latente en él nunca llega a despegar y la historia a la que debería dar forma su vida no llega a materializarse. Se esperaba una película de gran inteligencia y calado, pero se queda en unas pocas ideas bastante buenas en un envoltorio fallido, porque falta talento para explorarlo todo como es debido. Da la sensación de que no termina de arrancar nunca, de que es un primer acto interminable, de que Phillips no sabe qué contar una vez está todo en marcha, y se empiezan a acumular simplificaciones excesivas, reiteración (¿pero cuántas veces va a hacer el bailecito?), obviedades y el constante apoyo en otros autores. La mayor parte de la cinta es una combinación de Taxi Driver (1976) y El rey de la comedia (1982) de Martin Scorsese: el antisocial buscando su lugar en el mundo e intentando ser cómico, la cuidad convertida en un estercolero, la campaña del político, la incapacidad para ligar con la chica que le gusta, la rabia acumulada…

La evolución de Arthur se torna pronto muy previsible y se estira más de la cuenta (da tumbos, se atasca, retrocede), y sus vivencias no terminan de servir como el ensayo sobre el ser humano que Phillips parecía buscar, sobre cómo podemos rompernos como personas y como sociedad. Se queda en un boceto de psicología básica: mala infancia, poca ayuda, locura emergiendo. No ofrece giros inesperados, no aporta matices y anécdotas ingeniosas y originales que vayan perfilando la trayectoria de Arthur, que la aparten de lo más predecible y facilón. Tenemos paliza, bronca, desilusión, repetir el bucle, y así hasta el despertar o caída, resultando un camino demasiado dirigido, con lo que el personaje va perdiendo la naturalidad y complejidad con que era presentado.

El desequilibrio es tal que de una escena a otra pasa de un tono serio y sutil a uno demasiado tontorrón y obvio; el ejemplo más claro y que más me ha molestado es que en la intrusión a la casa de la vecina todo queda claro con la frase “Eres el que vive al final del pasillo, ¿verdad?” (cito de memoria), no hacía falta una serie de flashbacks recalcando algo tan jodidamente evidente. Encontramos transiciones entre lugares y tiempos sin imaginación alguna, o sea, que no mantienen el interés, partes alargadas sin rumbo ni intenciones claras, y escenas de relleno sin más motivo que postergar el renacimiento o darle un toque más exótico (como el asesinato en su piso). Algunas secuencias se caen a pedazos, como la visita al psiquiátrico: entra sin más, pide información privada y se la dan, corre como un loco por los pasillos… y no hay personal de seguridad y administrativo que se cuestione nada. Un par de buenos momentos en el arco final (en el programa de televisión) apenas salvan un desenlace que llega ya sin ilusión por esperar algo innovador y capaz de conmocionar como anunciaban tantas buenas críticas, sino que consigue decepcionar un poco más, porque el clímax es artificial pero hueco y enlaza un par de epílogos anodinos.

¿JOKER? ¿QUÉ JOKER?

Para añadir más problemas al flojo conjunto, acabas el visionado y te quedas con cara de que te han timado, que esto no es una cinta sobre Joker, sino sobre un loco cualquiera. Llamarlo Joker y meter el origen de Batman de refilón es un sin sentido, y por mucho que mencionen el nombre de Gotham no hay nada que te haga ver una ciudad imaginaria con su idiosincrasia propia, se ve New York y sus gentes en todo momento. El realizador parece querer decir que Joker provoca el nacimiento del hombre murciélago, pero a Arthur le cae todo encima, no hace nada, su primer crimen es casual y la gente lo toma como detonante como podría haber usado cualquier otro evento, y en el final ni incita ni planea el asesinato de los padres de Bruce Wayne.

Así, no vemos la gestación de un villano, la evolución de un desequilibrado mental hasta convertirse en un maestro del mal, sino que es un loco del montón que deambula sin enterarse de casi nada ni planificar nada, más allá de ir al programa de televisión con ganas de matarse o matar. O quizá Phillips tratara de contar que la malograda y podrida sociedad es la que siembra el germen que da lugar a Joker y Batman y posteriormente alimentará su existencia, pero al quitar toda capacidad de decisión a los personajes les hace perder muchísima fuerza e interés, y el conjunto no brilla tampoco como una historia sobre la decadencia de la sociedad, especialmente por su falta de originalidad y rumbo.

TAMPOCO BRILLA EL ASPECTO VISUAL

Si fuera una película cualquiera habría despachado el apartado de puesta en escena sin buscarle las cosquillas. Phillips y su equipo tiran de recursos básicos pero son suficientes para cumplir con lo justo en el objetivo de mostrar un ambiente lúgubre y centrar el foco en un único personaje. Pero la cadena de adoración que se ha montado a su alrededor exige algo más de detallismo y sobre todo objetividad que ponga las cosas en su sitio. Para hablar de hito del cine o incluso de obra maestra hay que hacerlo con conocimiento e imparcialidad. ¿Ha inventado algo Todd Phillips, ha deslumbrado con un portento visual digno de Fritz Lang, Akira Kurosawa, David Lean o Alfred Hitchcock? O por comparar con realizadores actuales, ¿posee la inventiva de David Fincher, Christopher Nolan, Steven Soderbergh y los hermanos Coen, la técnica impecable de Dennis Villeneuve, Ridley Scott y Martin Scorsese? No me hagáis reír, por favor.

Philips viene de algunas de las comedias más exitosas de los últimos tiempos. Recuerdo haber visto las Resacón en Las Vegas (2009, 2011, 2013) y Salidos de cuentas (2010), haberme reído algo más de la media de lo habitual con las comedias de Hollywood, pero no encontrar suficiente calidad como para que calaran en mi memoria, así que no sé si su labor como director realzó guiones (la mayor parte suyos) mejorables o si estos taparon carencias en la dirección. En su salto al drama desde luego no ha mostrado tener la experiencia necesaria para un título que ambicionaba tanto.

El mimo inicial puesto en describir la vida de Arthur y el cuidado al detalle es un espejismo, muy convincente, pero que igualmente termina desapareciendo, y no tarda en hacerlo. Es entendible que al centrarse en un solo personaje, y más tratando de adentrarnos en su mente, la dirección se base bastante en primeros planos, pero es un estilo que necesita virtuosismo para no aburrir y dejar que el relato respire. Philips empalma de mala manera una amplia gama de recursos, pero ninguno original ni mucho menos deslumbrante. Los pocos llamativos precisamente provienen de artistas con más visión, y cantan mucho y abusa de ellos más de la cuenta. Otros son propios de primerizos: repite situaciones, escenas y planos por doquier sin objetivos ni resultados claros. El conjunto no llega a la meta que persigue, resultando una narrativa caótica y sin identidad propia, sin gran capacidad emocional a pesar de tener un rol central tan potente. Los momentos que mejor funcionan son aquellos en los que la simpatía y penurias del protagonista emergen con mayor naturalidad, pero más numerosos son los que te machacan con un aura melodramática muy forzada.

Igual que en lo argumental, en lo visual el ambiente de la ciudad y los delirios de Arthur en su casa (gestos del personaje y maneras de enfocar sus pensamientos) traen a la memoria en demasiadas ocasiones a la citada Taxi Driver. Y lo más alucinante, los ecos de El Caballero Oscuro resuenan en muchos instantes: los andares del Joker, sobre todo enfocado de espaldas, y los planos laterales a través de una ventanilla recuerdan demasiado a Nolan y Ledger. Es como si Phillips dijera “veis, es Joker y es una ciudad muy chunga”, pero con miedo y falta de aptitudes, apoyándose en el trabajo de otros para lograr llegar a donde quiere. Una cosa es un homenaje bien hilado, y otra beber con descaro de una fuente muy superior.

La fotografía de Lawrence Sher se basa en un clásico juego de luces y sombras, efectivo sin duda, pero abusa de la gama azul-verde, una forma muy facilona de transmitir un ambiente melancólico y resaltar los colores de payaso cuando Arthur se va transformando en Joker. Hacía falta algo menos evidente y más versátil. Con la música de Hildur Guðnadóttir lo mismo. Hay demasiada para realzar sensaciones y generar la atmósfera que no se obtiene por la falta de fuerza de las imágenes. Se abusa tanto del volumen en varios momentos que termina opacando toda la narrativa y queda sólo la música: sí, me estoy sintiendo mal, pero es porque el ruido me molesta.

Como le ocurre a su propio personaje, Joker no termina de encontrar su propia personalidad y levantar cabeza. A pesar del interés que despierta el protagonista se hace larga y pesada, sus pretensiones no llegan a cuajar, y la proyección finaliza dejando un regusto amargo, el de oportunidad desaprovechada y sobre todo de engaño: han usado nombres conocidos para vendernos un telefilme de dramones y crímenes.

EL MUNDO SE HA VUELTO LOCO

Aun con todo ello, su estreno ha provocado una conmoción espectacular y tiene toda la pinta de convertirse en el fenómeno de la temporada… Un fenómeno con todas las de ser efímero, como otros muchos productos artísticos (series, películas, cine, música) en estos tiempos. Vivimos en una época extraña en que obras de escasa calidad alcanzan una trascendencia insólita, se consideran la última revolución y obra maestra de su ámbito… y este reconocimiento muere tan rápido como surgió y no deja huella real en la historia. Mi impresión es que hay tanto que asimilar que el público se deja llevar e influenciar, y se aferra la moda del momento para tener algo de lo que hablar, y claro, eso implica un seguimiento ciego, porque si criticas negativamente quedas fuera de la conversación.

El caso de Joker es un ejemplo que me sirve para enlazarlo con otros. Uno es Chernobyl (Craig Mazin, 2019), un caso reciente pero en forma de serie. Si no decías que es la última obra maestra de la televisión, a pesar de ser una serie normalucha, te quedabas fuera de juego. Con la música de ambas producciones, que es de la misma autora, ha ocurrido igual, un ensalzamiento obsesivo sin argumentos objetivos detrás. Y en este caso me molesta más, porque llevo al menos una década siguiendo con pasión la corriente de minimalismo experimental, mitad sinfónico mitad electrónico, que ha ido surgiendo por los países nórdicos, años indagando por nuevos discos y recomendando músicos, y apenas unos pocos apasionados a la música parecían apreciar este movimiento: Max Richter, Jóhann Jóhannsson, Colin Stetson, Nils Frahm, Ólafur Arnalds

Y de repente llega una segundona (ayudante de Jóhannsson, de hecho), pasa por suerte por esa serie de éxito desmedido, y pega un pelotazo y todo el mundo que no ha escuchado géneros parecidos en su vida alaba ahora su música y se las da de haber descubierto nuevas tendencias. Y la realidad es que el talento de Hildur Guðnadóttir, de tener alguno destacable latente en ella, está por madurar todavía. Hasta ahora no ha destacado con algún álbum llamativo como sí han hecho los artistas referenciados, y este Joker podría cambiarlo por varios de ellos y pocos lo notarían (enlazo a temas en YouTube): Mount A (2006), Pan Tone (2007), Without Sinking (2009), Chernobyl (2019)… Joker. A pesar de las típicas declaraciones publicitarias que cuentan milongas varias vendiendo maravillas, es un remedo de sus composiciones anteriores, un susurro minimalista poco inspirado y sin progresión dramática (utiliza el volumen para cambiar el tono emocional) que además el director sobre utiliza sin control.

Pero, como decía, estoy convencido de que el tiempo, y no necesariamente mucho, pondrá las cosas en su sitio. Las redes de internet fomentan burbujas de gustos y corrientes y estas hacen tanto ruido que parecen reflejar una tendencia global, pero en realidad son minorías con gran exposición mediática. Por cada diez de nota que un espectador emocionado por el éxtasis del momento pone en IMDb.com o Filmaffinity.com hay miles que han salido decepcionados, aburridos o medio dormidos del cine.

La misma premisa de la película sirve para explicar un poco toda esta absurda situación. Es un caso claro de exaltación de lo mediocre. En vez de destacar por el ingenio, el esfuerzo y resultados de alta calidad, se destaca por abajo, lo fácil, lo raro (por exótico y risible, no por innovador), lo que no requiere conocimientos técnicos e históricos del arte ni un esfuerzo intelectual y emocional para conectar y entenderlo a fondo, sino lo que da para aportar unas anécdotas a conversaciones vacías hasta que llegue un nuevo evento que lo sustituya.

Horizonte final


Event Horizon, 1997, EE.UU.
Género: Ciencia-ficción, terror, gore.
Duración: 96 min.
Dirección: Paul W. S. Anderson.
Guion: Philip Eisner.
Actores: Laurence Fishburne, Sam Neill, Joely Richardson, Sean Pertwee, Jason Isaacs, Kathleen Quinlan, Jack Noseworthy, Richard T. Jones.
Música: Michael Kamen, Orbital.

Valoración:
Lo mejor: Aspecto visual de calidad, con decorados espectaculares, maquetas impresionantes y una fotografía y dirección que los exprime muy bien. Es bastante entretenida.
Lo peor: El guion es ridículo, resultando una cinta de cine cutre, tan mala que te ríes de ella. Además, no es nada original, bebe con descaro de clásicos del género.
EL título: El correcto sería Horizonte de sucesos. Viene a ser el límite entre el agujero negro y el espacio normal, justo donde ya nada puede escapar a él, ni la luz. En España el traductor decidió pasar de la referencia científica que define todo el argumento e inventarse una traducción sin sentido claro.

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Mortal Kombat (1995) fue un éxito, así que a su director Paul W. S. Anderson le llovieron ofertas para continuar esa serie y empezar otra, nada más y nada menos que X-Men. Pero él aprovechó el tirón para buscar algo que le gustaba más, el cine de terror y gore, y no tardó en recibir una propuesta acorde. Un guion de Philip Eisner para Paramount Pictures sobre una criatura que atacaba una nave espacial lo atrajo, pero a cambio de reescribirlo para alejarlo un poco de la fórmula Alien (Ridley Scott, 1979) y combinarlo con elementos de casas encantadas, en plan La casa encantada (Robert Wise, 1963) y El resplandor (Stanley Kubrick, 1980). En lo visual incluyó también referencias obvias a 2001, una odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968).

El rodaje fue relativamente bien (aparte de problemas habituales como las prisas), pero el montaje no tanto. En los pases de prueba el público se quejaba de su longitud y sobre todo salía asqueado de la orgía gore que había parido Anderson, y el estudio se acojonó y acabó recortando más de media hora, en especial de escenas sangrientas.

En EE.UU. hizo unos escasos 26 millones de dólares contra 60 de presupuesto, pero no hay datos de la recaudación en la taquilla mundial, aunque yo recuerdo que en España llegó a mi pueblo de mala muerte, así que no conseguiría una mala distribución. Sin embargo, tuvo un buen boca a boca y en dvd debió de vender muy bien, tanto que le dieron el visto bueno a una versión extendida. Pero resulta que el material original se había estropeado, y tras una búsqueda por todo el mundo no pudieron encontrar copias decentes, y la idea quedó en suspenso.

Horizonte final oscila entre la serie b y el cine cutre. Entra en la primera categoría porque es una obra de género sin gran ambición pero que destaca por algunos elementos, en concreto un acabado visual muy potente. En la segunda, porque de estúpida y cutre resulta hilarante. Así pues, es un título solo apto para adeptos al terror y la ciencia-ficción descerebrada, y da la casualidad de que somos muchos, así que a pesar de su escasa calidad no termina de pasar al olvido.

Aunque desde las primeras escenas canta a Alien a distancia, o quizá gracias a ello, ya que nos introduce en terreno conocido, la proyección llama la atención. Un viaje a lo desconocido y el hombre contra sus peores pesadillas son premisas básicas de ambos géneros, pero parecen sentar unas bases lo suficientemente sólidas como para que su falta de originalidad y algunos diálogos explicativos un poco tontorrones no echen a perder las buenas sensaciones. La llegada a la nave perdida, ahora con Aliens en mente en muchos momentos, es también muy sugerente…

Pero también se hace evidente que aporta tan poco de su cosecha, o más bien nada, que el notable acabado visual es lo que sostiene el relato. Las maquetas de las naves son de primera calidad, el diseño muy característico, la construcción detallada. Los interiores, aunque la inspiración en H. G. Giger y por extensión en la saga Alien sea descarada, resultan entre asombrosos y espeluznantes. La iluminación es magnífica en un género exigente: el ambiente es tétrico sin pecar de oscuro. Y Paul Anderson nos pasea por estos escenarios con un ritmo estable y un tono de suspense que sin duda haría de la proyección algo tenso e inquietante si el guion estuviera a la altura, pero aquí sólo vale para disimular durante un tiempo sus carencias. El aspecto sonoro es otro cantar: la banda sonora de Michael Kamen y el grupo de música electrónica Orbital es histriónica, y los sustos sonoros tan forzados y subidos de tono que tuve que poner un limitador a los picos del volumen en el reproductor.

Una vez dentro de la Event Horizon los débiles pilares que sostienen la propuesta se vienen abajo y entramos en una espiral de gilipolleces interminables. Agujeros de guion, situaciones sin pies ni cabeza, clichés cansinos, diálogos muy pobres, personajes que pierden definición y pasan a formar parte de la típica lista de morir de uno en uno, se acumulan en una cinta informe, sin dirección clara, incapaz de ofrecer secuencias con lógica suficiente como para que te intereses por lo que está ocurriendo o tan siquiera lo entiendas. Ante este panorama sólo queda disfrutar del buen hacer del director en secuencias y filigranas visuales varias (como el clímax del tripulante que pretende suicidarse saltando al espacio) y los momentos gore en el lado del suspense, y reírte con las situaciones estúpidas en el lado del humor involuntario.

Resulta que los profesionales en rescate abordan una nave varada donde se sospecha que algo horrible ha sucedido y lo primero que hacen es separarse, y además eligen destinos al revés de sus rangos y especialidades: ¡el capitán va a la enfermería y la doctora al puente de mando! Alguna vez los personajes están hablando en un lugar y de repente aparecen en otro siguiendo la misma conversación como si nada. En estos dos casos se le puede echar culpas también al director, porque si ves que el guion tiene un aguejo enorme, arréglalo. En Houston pasan mil filtros y análisis a la grabación y nadie se da cuenta de que es latín, tiene que hacerlo un psiquiatra de poca monta, quien recuerda cuarenta años después una asignatura opcional del instituto o la universidad. Las bombonas de oxígeno de reserva están en la sala de la puerta dimensional, esa que un rato antes dicen que pusieron bien apartada y aislada por seguridad. En el acabado también tiene algunas cosas que chocan con un trabajo por lo general tan logrado: usan radios antiguas e incluso CDs, resultando un futuro muy anacrónico; cuando se abre la puerta o agujero negro vemos un efecto digital igualito al de la puerta de Stargate (Roland Emmerich, 1994), pero mucho peor hecho, parece que se gastaron todo el dinero en los decorados y maquetas. Y sólo cito de memoria, podría hacerse una lista interminable de detalles entre mosqueantes y ridículos.

Pero lo más grave es que no hay personajes con los que conectar, a pesar de contar con un buen reparto, y el misterio central resulta ser un sin dios, las pocas promesas se diluyen en cuanto entramos en el juego de quién morirá. El doctor Weir (Sam Neill) pasa de ser un tipo interesante e intrigante, sobre todo porque parece ocultar información, a una especie de posesión indeterminada que se dedica a matar sin que se entienda qué lo lleva a ello; es más, ¿por qué tiene visiones al principio si no ha estado en el experimento? El serio y también prometedor capitán (Laurence Fishburne) acaba deambulando por todas lados haciendo muchas cosas pero nada concreto y con algo de proyección de cara al futuro, esto es, no lo llevan por una aventura que genere suspense por su porvenir y el de sus compañeros. La segunda al mando (Joely Richardson) está desaparecida en casi todo el segundo acto no sé sabe por qué. Del resto sólo te acuerdas de quiénes son algunos cuando aparecen porque están en manos de actores secundarios bastante conocidos (Jason Isaacs, Sean Pertwee), pero en cuanto mueren te olvidas de ellos… de todos menos del negro secundario cómico (Richard T. Jones), tan insoportable que se clava en la memoria como una cancioncilla repetitiva.

La intriga de qué han encontrado al abrir un agujero negro no lleva a nada. No hay una criatura determinada que temer, sino una caótica locura que contagia a todos según le viene bien al guionista. La justificación no podía ser más absurda y decepcionante: una especie de visión del infierno te hace hablar latín y te empuja a mutilar y matar gente, pero no se explica nada con un mínimo de coherencia como para que no parezca una parida enorme. ¿Es que han viajado a un ritual satánico del medievo? Así, la combinación de géneros que pretendía el realizador no llega a integrarse adecuadamente: si no te preguntas por qué la maquinaria de la nave tiene un diseño de cuento de terror, sí te cuestionarás por qué abrir un agujero negro te hace ver el infierno o lo que sea eso, te tortura con visiones chungas y te posee con aviesas intenciones.

Paul W. S. Anderson parece que intentó seguir su carrera con la misma estrategia, alternando un título comercial con uno más personal, y no le ha ido mal, pues Alien Vs. Predator (2004) y Resident Evil (2002) han dado muy buenos resultados de taquilla, tanto que de la última lleva cuatro entregas hasta el momento. La pena es que por ahora no ha conseguido un guion, sea suyo o de otro, más ambicioso e inteligente que permita que su potencial como director llegue más lejos. Ni siquiera Soldier (1998), con algunas ideas potentes, cuajó. El escritor Philip Eisner enlazó Horizonte final con otra aún peor y que por alguna razón misteriosa también vi, Crónicas mutantes (2008), y desde entonces nadie se ha atrevido a comprarle nuevos guiones.

Ad astra


Ad Astra, 2019, EE.UU.
Género: Drama, ciencia-ficción.
Duración: 123 min.
Dirección: James Gray.
Guion: James Gray, Ethan Gross.
Actores: Brad Pitt, Tommy Lee Jones, Ruth Negga, Donnie Keshawarz, John Ortiz, Loren Dean.
Música: Varios.

Valoración:
Lo mejor: Por decir algo, ver a la gente salir del cine tan dormida y cabreada como tú, compartiendo así la sensación de engaño.
Lo peor: Hecha a trozos de otras películas. Pretenciosa pero informe y fallida hasta el ridículo. Aburrida hasta la desesperación. Ni cumple en el acabado a pesar del abultado presupuesto.

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Conocí al guionista y director James Gray por La noche es nuestra (2007), un thriller de policía y mafias estupendo que no tuvo la recepción que merecía y pasó muy desapercibido. No me llamaron sus siguientes trabajos, los dramas románticos Dos amantes (2008) y El sueño de Ellis (2013), pero volví a él cuando encaró un género que me resulta más atractivo, el cine de aventuras. Pero Z, la ciudad perdida (2016) fue una gran decepción, no vi en ella ninguna de las cualidades que mostró en aquella. No fue capaz de hacer que conectara con tanta intensidad con los personajes, que la historia cobrara vida con garra y los giros y finales impactaran, sino que fue un título vulgar, superficial, plomizo, y sin pegada en lo visual a pesar del potencial del escenario. Aun con esas malas impresiones no he podido evitar ver Ad astra, pues la ciencia-ficción me llama aún más. Pero Grey sigue en la misma deriva, construyendo otra película torpe y soporífera, y esta vez se estrella más al apuntar mucho más alto.

Inexplicablemente, la crítica se ha volcado con la obra, con lo denostada que suele estar la ciencia-ficción, pero el recibimiento del público es más tibio, no tanto como yo esperaba, pero hay muchos espectadores que salen medio dormidos del cine y con cara de haber sido timados, porque los tráileres anuncian un drama con acción y aventuras pero lo que nos ofrece es un pretencioso pero fallido intento de relato introspectivo y reflexivo en la onda de 2001, una odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968), Solaris (Andrei Tarkovsky -1972-, Steven Soderbergh -2002-), Interstellar (Christopher Nolan, 2014) y, saliendo del género, Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979). Y también bebe más o menos descaradamente de Horizonte final (Paul W. S. Anderson, 1997), Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017), Mad Max (George Miller, 2015), Gravity (Alfonso Cuarón, 2013)… Pero Grey está tan poco inspirado que los referentes en los que se apoya resultan demasiado evidentes, de forma que Ad astra resulta un burdo conglomerado de ideas de otros mezcladas con sus propias y vagas ambiciones.

Alerta de spoilers: A partir de aquí debo entrar bastante a fondo para sacar todas sus carencias a relucir.–

En estilo pega saltos sin ton ni son, sin tener claro hacia dónde se dirige, y lo que es peor, mareándote con promesas que no llevan a nada. El prólogo y partes del final tienen acción que parecen tomas descartadas de Gravity, tan exageradas que no encajan en una historia pausada e intimista. El viaje en busca de un familiar y héroe cuyo destino se desconoce recuerda demasiado a Interstellar y Apocalypse Now, y aunque hay que señalar que esta premisa bebe de la Odisea de Homero, la falta total de aportes propios pesa mucho. El protagonista (encarnado por Brad Pitt) serio, frío y desubicado que busca respuestas recuerda bastante a Blade Runner 2049, sobre todo cuando pasea con la misma seriedad que Ryan Gosling por escenarios demasiado semejantes. El dibujo del héroe abnegado y deshumanizado también me recordó a El primer hombre (Damian Chazelle, 2018), que ya era bastante floja de por sí. En la luna hace pensar en Mad Max, con una persecución de forajidos que sería efectiva si la película siguiera por ese camino, pero es un relleno sin justificación. Igual resulta el mono rabioso, un receso de suspense a lo Alien totalmente salido de madre que pone más misterios en la mesa que luego no vuelven a tratarse. También me acordé de Desafío total (Paul Verhoueven, 1990) en el segmento de la Luna, por eso de tener información constante de fondo que va describiendo el entorno (aunque luego no sirve para nada concreto). Los típicos y cansinos flashbacks de la mujer en casa, en plan ensoñación etérea a lo Terence Malick, intentan aportar romance y drama, pero es un toque demasiado artificial que sólo consigue generar distanciamiento. Las constantes menciones a la búsqueda de vida inteligente fuera del sistema solar apuntan a que en cualquier momento se convertirá en Contact (Robert Zemeckis, 1997) o La llegada (Denis Villeneuve, 2016), o que tendrá un final a lo Abyss (James Cameron, 1989) o Misión a Marte (Brian De Palma, 2000)… pero son todo vaciles y engaños insultantes o una torpeza insólita.

En resumen, te tiras toda la proyección creyendo que van a pasar cosas en un sentido u otro, que por fin está tomando rumbo, y de repente abandona esa dirección para irse por otros caminos y otras fórmulas narrativas empalmadas de mala manera.

Por extensión, no sorprende que haya numerosos giros según le convenga hacer avanzar la historia y realzar al héroe, lo que aumenta la sensación de que la progresión de los hechos no es nada natural, sino forzada e inverosímil. El general que lo acompaña un rato está para dar explicaciones, luego se lo quitan de en medio porque se pone malito el pobre. Los diversos extras para las partes de acción mueren con una facilidad pasmosa justo antes de saltar al siguiente escenario. Si Grey se mete en un callejón de salida se saca de la manga otro personaje que resuelve el entuerto, como la marciana, figura que además genera una de muchas incongruencias: afecta al protagonista, que en el planeta rojo queda un poco como un patán sin coraje después de tanto esfuerzo en ponerlo como un superhéroe. Algunas soluciones son delirantes, como esa tapa de alcantarilla en Marte que da a un lago y este tiene una cuerda sumergida para cruzarlo buceando y salir justo al sitio “seguro” donde despega el cohete de la mega corporación más poderosa del sistema solar; que se pueda abrir la escotilla en pleno lanzamiento es una minucia a lado de esto, de hecho, es creíble que un alto rango militar en una misión secreta tenga un código de anulación de protocolos varios. En cuanto al ejército, queda como un organismo bastante débil: apenas consiguen defenderse de los piratas, sus misiles tienen un alcance cortísimo, no son capaces de montar una misión secreta con naves propias…

En contenido es dispersa y vaga y a la vez repetitiva. No se centra durante un rato, y al siguiente se atasca en bucles de los que parece que no va a salir, con diálogos entre personajes o voz en off recalcando lo obvio, lo que estamos viendo. Por extensión, los diálogos explicativos son sonrojantes, casi en plan “vamos a ir en cohete a Marte, porque para llegar allí hay que ir en cohete”. La introspección la convierte en vacío narrativo. El protagonista susurra infinitos pensamientos supuestamente serios y conmovedores, pero en realidad mundanos y aburridos: debo distanciarme de mi esposa para no mostrar debilidad en el trabajo (¡no te hubieras casado!), sufro porque papá no está, etc. Lo sutil se le atraganta sobremanera al realizador, construyendo situaciones con unas obviedades que provocan vergüenza ajena; por ejemplo, el segundo al mando de la nave que transporta al protagonista queda como un inútil y un gilipollas imposible de creer, todo para ensalzarlo a aquel. Pretende ser seria y con rigor científico y da unos bandazos espectaculares, destacando ese salto espacial imposible con un escudo que al chocar con el polvo y los pequeños asteroides del anillo de Neptuno hace que estos exploten y el personaje parezca acelerar en vez de frenar y desviarse de su ya de por sí increíble trayectoria; y no se queda atrás lo de usar la explosión nuclear de una nave para coger impulso con otra, como si a esta la onda expansiva no la afectase.

Lo único que amaga con concretar algo inteligible e inteligente es con los temas sobre la corrupción del ser humano, el capitalismo esclavizando al ciudadano incluso en la conquista del sistema solar. Pero al final salta al otro espectro y suelta un mensaje que se me antoja profundamente anti científico, anti superación de la humanidad. No vayamos al espacio, no exploremos, no busquemos conocimiento, y rehuyamos de la ciencia, que sólo traen problemas. Quédate en casa y forma una familia, que es la única forma que tiene el ser humano para realizarse y encontrar la felicidad. No puedo evitar pensar en la delicadeza y maestría con que Interstellar combinaba pensamientos de esta índole.

Si al menos tuviera un aspecto visual potente, hipnótico, que engañara los sentidos y te impidiera ver que no te están contando nada sólido o útil, como 2001 en gran parte del metraje (en otras partes el delirio era tal que también se hacía insoportable), Gravity, que con una historia sencilla ofrecía una de acción memorable, Interstellar, que hacía de las numerosas transiciones y explicaciones algo que admirar y no se resentía en su abultado metraje… Pero la labor de Gray es muy pobre y la dirección artística tirando a mala, algo incomprensible teniendo un presupuesto de casi 90 millones de dólares.

Hay un par interiores de naves bastante detallados, pero no les saca provecho con una puesta en escena muy básica, ahogada más de la cuenta en primeros planos; acabarás harto del careto de Brad Pitt. Pero fuera de eso no ofrece nada de nada. Las estaciones espaciales parecen rodadas en aparcamientos subterráneos, todo columnas de hormigón. Llegas a Marte esperando que te deslumbren con la colonia… y es lo más feo e inerte que puedas imaginar… y cutre, porque ponen iluminación roja en esos bastos interiores para decirte que estamos en Marte. Entonces es también cuando más recuerda a Blade Runner 2049, con los tonos anaranjados, los juegos de luces y sombras, los edificios extraños… pero todo parece una imitación barata. Las escenas del espacio, nada originales, como he indicado, pero tampoco hermosas e inquietantes como se espera. Las situaciones donde el personaje reflexiona sobre sí mismo y su entorno carecen de imaginación en la composición del plano, con lo que resultan aún más anodinas y aburridas: soportamos innumerables planos del tipo flotando en la nave, sentado mirando pantallas, el eterno paseo por el lago…

Brad Pitt, prácticamente la única figura relevante, tiene un papel difícil en el que no se lo ve cómodo, así que no conmueve. No creo que sea cosa del actor, al que no le falta talento y experiencia, sino del director, que anda muy perdido. La banda sonora, que cuenta con temas de Max Ritcher y Nils Frahm, dos de los compositores más destacados en cuanto a minimalismo se trata, tampoco da la talla, es un susurro continuo incapaz de transmitir las emociones necesarias, pero apuesto también a que es el director el que no ha sabido qué pedirles y cómo usar la música.

Con tanto cambio de tono y rumbo pesa cada vez más la sensación de que te están timando una y otra vez. Es imposible conectar con un relato que aspira a tanto pero tropieza continuamente, para que al final obtengas unas reflexiones tan pobres sobre padres e hijos y un cierre tan fallido, con la muerte más estúpida que recuerdo fuera del cine cutre. Y es imposible conectar con un personaje tan frío, tan irreal y forzado, cuyo destino no llega a importante y cuyo cambio final parece sacado de un panfleto conservador.

Ad astra es un desastre de proporciones épicas en el que sólo queda ver si se salva del fracaso en taquilla gracias al tirón de Brad Pitt, la notoria campaña publicitaria, y el asombroso tirón que ha obtenido en los medios.

Spider-Man: Lejos de casa


Spider-Man: Far from Home, 2019, EE.UU.
Género: Superhéroes.
Duración: 129 min.
Dirección: Jon Watts.
Guion: Chris McKenna, Erik Sommers. Stan Lee, Steve Ditko (cómic).
Actores: Tom Holland, Samuel L. Jackson, Jake Gyllenhaal, Zendaya, Jon Favreau, Marisa Tomei, Jacob Batalon, Angourie Rice, Cobie Smulders, Martin Starr, Tony Revolori, Remy Hii, J. B. Smoove.
Música: Michael Giacchino.

Valoración:
Lo mejor: Personajes y actores magníficos. Aspecto visual estupendo, con una dirección impecable y unos efectos especiales asombrosos.
Lo peor: Bastante irregular en ritmo. Intenta abarcar demasiado y, aun sin fallar, no cuaja del todo.
Mejores momentos: Misterio haciéndose amigo de Peter en la cornisa y luego en el bar, y su revelación posterior.

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Salí del cine un poco confuso tras ver Spider-Man: Lejos de casa, sintiendo que no se centraba y daba muchos palos de ciego intentando innecesariamente abarcar demasiado, lo que limitó su puntos fuertes más de la cuenta. Estuve entre esa pequeña parte del público que chocó con una barrera que me impidió disfrutar del todo. Pero una vez vista en casa y reposada mejor le he sacado mucho más partido. Cambiar tanto el envoltorio del universo Spider-Man, tanto el escenario geográfico como los escenarios psicológicos en los que el héroe va madurando, descoloca bastante y parece que van a traicionar por completo al personaje, pero analizada en frío se observa que, aunque la irregularidad en ritmo e intenciones sigue presente y afectando a su potencial, sus bases no sólo no se resienten, sino que a pesar de todo es una adaptación muy buena que sería una cinta también redonda si no patinara de vez en cuando.

El primer lastre es el empeño en alejar a Peter Parker y su alter ego Spider-Man de su lugar de acción habitual, Nueva York, para lanzarlo por un caótico y precipitado tour por Europa. Venecia se reconoce bien, pero una vez salen de ahí es difícil enterarse de dónde está, y algunas transiciones se rellenan con demasiados chistes, de los que no todos funcionan (el de los holandeses sí, me moría de risa). No sé si tenían miedo a que esta ciudad estuviera sobre utilizada en el género y diera sensación de desgaste, pero si es una parte indisoluble del personaje no queda otra que esforzarse por mantenerla.

La cosa se agrava porque intentan alejarse de la descripción de Spider-Man como el buen vecino, el chico de barrio con historias más mundanas, y lo intentan convertir en un Vengador itinerante lidiando con un conflicto global. Es decir, se fuerza más de la cuenta que sea una secuela de Los Vengadores. Y no me mal interpretéis, esto es una serie y los episodios pueden tener más o menos continuidad, pero se puede hacer bien, como en Thor: Ragnarok, que pegaba un cambio estilístico notable pero muy acertado, y se puede hacer con cierta torpeza, como en la presente, donde las conexiones consumen tiempo y generan distracciones o incluso confusión.

En el primer acto alternan la historia de Spider-Man con el tema del lapso, los cinco años vividos con el universo diezmado por Thanos, algo quizá necesario para ubicar el relato, pero que de primeras despista un poco (¿esto es Spider-Man o una nueva unión de Los Vengadores?) y a la hora de la verdad no parece que tenga tanta importancia en la trama. El drama de la situación ya se desarrolló como es debido en su capítulo, Los Vengadores: Fin del juego. Y en la parte final, escondido entre los créditos, tenemos el rebuscado giro con los skrull, los alienígenas verdes cambia formas presentados en Capitana Marvel. Te obliga a replantearte lo ocurrido con un personaje crucial durante la proyección, pero igualmente resulta ser un esfuerzo inútil, porque en realidad no hay diferencias notables, una lectura nueva que dé un sentido distinto a los hechos. Bastaba con que ese personaje dijera al final que se va a una misión y no esperen ayuda de él próximamente. También descoloca la aparición de Johan Jameson en manos del mismo intérprete de la trilogía de Sam Raimi, J. K. Simmons. ¿A qué viene esto?

Pero lo más destacado es que pretenden que Spider-Man sea heredero de Iron Man. La relación de tutor-pupilo, casi devenida en padre-hijo, funcionó muy bien por su fuerza dramática, el extra de humanidad que le otorgaba a los personajes, pero ya cantaba un tanto que Spider-Man llevara trajes de tecnología Stark en vez de currárselo él, y dar un paso tan grande e injustificado como para ahora intentar convertirlo en Iron Man Junior no hace sino remarcar lo absurdo de esta decisión narrativa. El personaje no pega en ese puesto y la serie no necesita un sustituto, sino seguir por nuevos caminos.

La escena en el avión de Happy, con este mirando a Parker convertirse en el sucesor de Tony Stark, me parece completamente fuera de lugar y muy forzada en lo emocional; funcionaba de sobras ver a Peter vapuleado pero asumiendo que tiene que levantarse como Spider-Man una vez más, sobra la conversión en un héroe que no es. Y el mejor ejemplo de tiempo perdido es el capítulo del autobús y el drone, que me sacó completamente de la película y luego me costó volver a entrar porque le siguen dando vueltas un rato. Como situación cómica y de acción está totalmente pasada de rosca, es muy estúpida y exagerada; como parte de la progresión de la trama y el personaje es redundante, lo de las gafas queda explicado en dos frases, y la existencia de los drones y su potencial se podría haber presentado de muchas formas más eficaces.

Pero entre todas estas desviaciones, entre los vaivenes en las localizaciones y alguna escena secundaria de enlace con la serie Los Vengadores que no encaje del todo, son capaces de mostrar un Spider-Man que es una representación impecable del ideado por Stan Lee y Steve Ditko, un personaje con gran profundidad y una evolución muy bien hilada con los acontecimientos, sin giros previsibles ni estereotipos de los que se suele abusar en el género, y sin dejar la impresión de que se repite después de cinco adaptaciones recientes sobre él. En las inevitables comparaciones, no diré que es ni mejor ni peor que el encarnado por Tobey Maguire y dirigido por Sam Raimi, pues aquel representaba una etapa más adulta muy bien a pesar del torpe capítulo inicial, pero desde luego vapulea a la pobre versión de Andrew Garfield y Mark Webb.

Peter Parker es un joven muy inteligente y resolutivo, y cómo no, todo se ve potenciado por los superpoderes, pero también es un adolescente corriente en cuanto a maduración y sentimientos se refiere. Choca contra sus propios defectos más que con los villanos, y aunque pone buena cara con su retahíla de chistes, sufre y aprende de toda vivencia. Si en la primera entrega se abordó su crecimiento como superhéroe, con los dilemas de la responsabilidad y la ética muy bien tratados, ahora toca entrar a fondo en su lado humano. Desbordado como héroe, quiere volver a ser normal, huir de aquella vida tan sacrificada, jugar con sus amigos, ligar con chicas. Pero conforme las cosas se tuercen debe aprender a mantener esa doble vida, a marcar distancias, a no correr riesgos innecesarios por caprichos y a sacrificar la normalidad cuando es necesario.

Tenemos un reto de gran nivel con un enfrentamiento final espectacular, dos aspectos que se echaron de menos en otros títulos recientes de la serie (Doctor Strange, Capitana Marvel, Ant-Man y la Avispa -y eso que con esta última comparte guionistas-), y unos secundarios encantadores, algo que falló estrepitosamente en The Amazing-Spiderman tanto en guion como en casting. El ambiente adolescente está muy bien conseguido, cada diálogo desborda ingenio y simpatía, mil detalles perfilan aquí y allá las formas de ser de cada rol y las relaciones (tía May y Happy, Ned y Betty), y los actores transmiten con gran naturalidad toda la gama de emociones por la que pasan, y son muchas. Misterio es intrigante, guarda una gran sorpresa inesperada si no conoces los cómics, y si lo haces, no importa, porque su personalidad está muy bien trabajada y conectas de lleno con la dinámica que establece con Peter. Jake Gyllenhaal está inmenso, desborda carisma en la cercanía y clava el punto de locura y frialdad cuando deja ver su verdadera cara.

Los guionistas ofrecen un clímax final bastante inspirado, tanto por la sabia mezcla de humor, acción y drama como por el genial giro final con la última bala, pero si termina de resultar la mar de efectivo es por el acabado visual. Estaba convencido de que ya no podrían sorprendernos, que La guerra del infinito y Fin del juego habían dejado el listón demasiado alto, pero entre la estupenda labor del director Jon Watts y los impecables efectos especiales son capaces de deslumbrar aprovechando los escenarios y recursos al máximo. Las escenas de avatares destruyendo ciudades a plena luz del día son espectaculares, todo parece completamente real, y los juegos de cámara en el puente de Londres siguiendo las andanzas del arácnido son alucinantes. Aparte, las visiones de Misterio, aunque breves, están muy bien resueltas. El versátil Michael Giacchino pone la puntilla con una banda sonora vibrante en la acción y muy juguetona en las partes más cómicas.

PD: Ahora se complica más la cosa en cuanto a la continuidad dentro de Los Vengadores, pues la falta de independencia del personaje puede volverse en su contra más de lo esperado por culpa de las guerras de entre los estudios. Spider-Man estaba aquí por cesión de Sony, dueña de sus derechos, a cambio de llevarse prácticamente toda la recaudación de taquilla, y cuando Disney/Marvel dijeron con toda la razón del mundo que merecían al menos la mitad de las ganancias, pues han hecho todo el esfuerzo creativo, han dicho que la siguiente cinta la harán ellos… Pero en Sony no tienen los derechos de Los Vengadores, así que todo apunta a que de haber una Spider-Man 3 sería sin mención alguna a todo lo ocurrido en las dos previas. El tiempo dirá cómo sale la cosa, pero cualquier conflicto de despachos siempre afecta a la creatividad, y Sony no da buenas vibraciones, pues ya patinó bastante con The Amazing-Spiderman y Venom era un truño también a pesar de su inexplicable y abrumador éxito de público… aunque esto probablemente haya propiciado el intento de recuperar al arácnido.

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Serie Los Vengadores:
Iron Man (2008)
Iron Man 2 (2010)
Thor (2011).
Capitán América: El primer Vengador (2011)
Los Vengadores (2012)
Iron Man 3 (2013)
Thor: El mundo oscuro (2013)
Capitán América: El Soldado de Invierno (2014)
Guardianes de la galaxia (2014)
Los Vengadores: La era de Ultrón (2015)
Ant-Man (2015)
Capitán América: Guerra Civil (2016)
Doctor Strange (2016)
Guardianes de la galaxia, Vol. 2 (2017)
Spider-Man: Homecoming (2017)
Thor: Ragnarok (2017)
Black Panther (2018)
Los Vengadores: La guerra del infinito (2018)
Ant-Man y la Avispa (2018)
Capitana Marvel (2019)
Los Vengadores: Fin del juego (2019) (versión sin spoilers)
-> Spider-Man: Lejos de casa (2019)
Viuda negra (2020)
Los Eternos (2020)

Hombres de negro: Internacional


Men in Black: International, 2019, EE.UU.
Género: Acción, comedia, ciencia-ficción.
Duración: 115 min.
Dirección: F. Gary Gray.
Guion: Matt Holloway, Art Marcum. Lowell Cunningham (cómic).
Actores: Chris Hemsworth, Tessa Thompson, Liam Neeson, Rafe Spall, Emma Thompson, Kumail Nanjiani.
Música: Dany Elfman, Chris Bacon.

Valoración:
Lo mejor: Tiene ritmo, con lo que no se hace insoportable, y es tan ridícula que te puedes reír de ella. Los actores son simpáticos, aunque no se esfuercen mucho.
Lo peor: Tan desganada, anodina y por momentos estúpida que parece hecha por aficionados sobre la marcha, tanto en guion como en puesta en escena.
El formato: Las anteriores se rodaron en 1.85, esta en 2.00.
La continuidad: La reinventan con todo descaro. En la primera dicen que los MIB se fundaron en los años 50 y el primer contacto con alienígenas fue en 1961 en New York, con K de joven. En esta afirman que a finales de 1800 ya existían en París, con cuartel en la torre Eiffel.

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En las tres entregas previas hubo buen entendimiento entre los productores principales, los guionistas de cada una, el director y la pareja protagonista, pero si con esa situación las secuelas flojearos, rompiéndose el equilibrio el patinazo está garantizado. A la hora de un cuarto episodio que renueve personajes y amplíe horizontes las cosas se han torcido. Ha primado el hacer caja tirando del renombre de una saga conocida y unos actores de moda, Chris Hemsworth y Tessa Thompson, que venían de petarlo en Thor Ragnarok (2017), sobre el correcto desarrollo de una película: contratar guionistas, directores y algún productor con talento, dejarles cierta libertad creativa, y tener un guion y un estilo visual concretado antes de lanzarse a rodar. Con los conflictos que hubo durante el proyecto es difícil achacar culpas, así que sólo puedo especular comparando con la trayectoria previa de los implicados.

Con el guion se entiende que no saliera gran cosa. Matt Holloway y Art Marcum poseen un escaso currículo y de nula calidad: Punisher: War Zone (2008) es cine cutre y Transformer: El último caballero (2017) un esperpento de cuidado; Iron Man (2008) la pongo aparte, porque la saga Marvel se moldeó precisamente con cuidado y ganas entre diversos productores, destacando en este caso a Jon Favreau, quien también dirigió. Lo que me cuesta más entender es que un director como F. Gary Gray, con experiencia más que demostrada en el cine de acción, esté tan perdido con una puesta en escena muy pobre. Tiene cintas muy sólidas, como Negociador (1998) y The Italian Job (2003), y otras que no he visto pero están bien valoradas, Un ciudadano ejemplar (2009), Straight Outta Compton (2015) y la octava de The Fast and the Furious (2017).

Podemos achacar que el productor principal, Walter Parkes, se presentaba en el set reescribiendo sobre la marcha muchas partes y se impuso al realizador en la sala de montaje, en teoría por no estar conforme con el guion y el desarrollo del rodaje. Bien podría ser que hubiera perdido el norte, pero lo cierto es que el aspecto visual general es cosa del director por mucho que al relato le des otra forma en la sala de montaje, y la base del guion ya apuntaban bien bajo y según se dice Parkes lo que hizo fue principalmente eliminar un tono de crítica sociopolítica (concretamente temas de inmigración) para dejar una película como las anteriores, más neutral y familiar. Sea como sea, sin una cadena de mando clara y un rodaje estable, tiene todas las de salir un desastre… y así ha ocurrido.

La historia plagia con descaro y torpeza la premisa y las escenas claves de la primera parte, exprimidas ya demasiado en las otras dos entregas sin aportar savia nueva. El ente destructor de planetas, la clave en un objeto minúsculo que resulta tener mucho poder, los alienígenas secundarios de rigor, destacando el pequeñajo supuestamente graciosete, y los clímax más sobados se acumulan sin que el pegamento que los une sea capaz de aguantar unas bases tan poco consistentes. Los diálogos son lastimeros, no hay gracia alguna en los constante pero penosos intentos de hacer gracia, ni garra en las partes serias. El director no le coge el tono a la combinación de humor y acción, y cada chiste corta el ritmo negligentemente en vez de fluir con naturalidad, como si hubiera pausas para incluir risas enlatadas que al final no han puesto. Y vaguedades y agujeros de guion hay un puñado. Mención especial para los alienígenas gemelos que se arriesgan a acercarse al objetivo para envenenarlo a pesar de que le han puesto una bomba en su coche, y la escena en que los protagonistas se estrellan en lo más profundo del desierto y en un cambio de plano aparecen con una hoguera de leña.

Los personajes son muy ramplones y la trama los lleva por caminos muy vistos y encima mal escritos, con lo que dejan todo a la desenvoltura de los intérpretes. Los actores principales y los secundarios de lujo (Liam Neeson, Rafe Spall, Emma Thompson), por mucho carisma que tengan, se ven muy encorsetados, incluso incómodos, ante tal retahíla de sandeces. La intriga sobre traidores, de forzada y explicita es insultante, parece una película para niños de cinco años. La relación personal y laboral de la pareja protagonista es todo tópicos vulgares, incluyendo los cargantes toques feministas tan de moda (por qué el productor no eliminó esto también). El conflicto galáctico es intrascendental, una excusa para mostrar escenarios y personajes secundarios supuestamente asombrosos, todos puestos en fila sin ton ni son; cómo se echa de menos la trama tan bien hilada del primer episodio. Ni una secuencia consigue despertar el más mínimo interés, ni siquiera la aparición de Rebecca Ferguson, la única situación anticipada por el guion pero que resulta ser una decepción, pues el personaje que tiene entre manos es más bien ridículo (vaya esperpento de peluca), la pelea es tan vulgar como las demás (qué mal hecho el tercer brazo), y el giro con el matón se ve venir de lejos y te lo vuelven a explicar como si fueras un crío.

Si ya anda escasa de originalidad en el libreto, se remata con una puesta en escena chapucera. Con 150 millones de dólares los efectos especiales deberían impresionar, pero F. Gary Gray parece empeñado en rodar de forma que estos desluzcan. Ofrece mucho frenesí visual sin control, lo que se traduce en que la proyección resulta agobiante. La persecución en moto parece sacada de una serie de televisión de hace diez años, es inexplicablemente cutre y vergonzosa. Las peleas a tortas y los tiroteos tienen unas coreografías muy flojas y el montaje es bastante malo, con lo que resultan caóticos y se ven mucho los trucos (cuerdas evidentes, mesas que parece que se rompen justo antes de caer el personaje encima).

La banda sonora de Danny Elfman cumple, pero no aporta novedades a pesar de contar con un colaborador, Chris Bacon. Aparte, el director, afroamericano y con una carrera larga en videoclips, mete cada dos por tres y sin venir a cuento temas rap que le molan, así como el absurdo baile de los alienígenas gemelos.

A pesar del poco riesgo de los episodios segundo y tercero estos tenían cierta cohesión narrativa, algunas cuantas escenas muy dignas, y sobre todo personajes muy simpáticos. Con el sinsentido ruidoso que tenemos entre manos se explica cómo el boca a boca la ha hundido rápidamente a pesar de que aquellos rondaron los 500 y 600 millones de dólares de recaudación mundial: esta se ha quedado en 250 y unas notas de crítica y público malísimas. Con un poco de suerte, no seguirán extendiendo la agonía.

Ver también:
Hombres de negro (1997)
Hombres de negro 2 (2002)
Hombres de negro 3 (2012)
-> Hombres de negro: Internacional (2019)

Hombres de negro 3


Men in Black 3, 2012, EE.UU.
Género: Acción, comedia, ciencia-ficción.
Duración: 106 min.
Dirección: Barry Sonnenfeld.
Guion: Etan Cohen, Lowell Cunningham (cómic).
Actores: Will Smith, Tommy Lee Jones, Josh Brolin, Michael Stuhlbarg, Emma Thompson, Michael Chernus, Alice Eve, Jemaine Clement, Mike Colter.
Música: Danny Elfman.

Valoración:
Lo mejor: Mejoras en la historia, con unas pocas nuevas ideas y situaciones más variadas.
Lo peor: Aunque el fondo se ve el mismo esquema y sigue faltando inspiración.
El título: Fijaos si se esfuerzan poco por mantener la concordancia que en la segunda parte tradujeron en el título y usaron números romanos para el número de episodio y ahora no mantienen ni una de las dos cosas, pues la dejaron como Men in Black 3. Como siempre, intento mantener la traducción más lógica y más conocida por el público.
Mejores momentos: La revelación final.
La frase: Sólo porque vean a un hombre negro conduciendo un buen coche no significa que sea robado… Este lo robé, pero no porque soy negro -J.

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Aunque la segunda parte hizo dinero de sobras se notó que se recibió con tibieza, tanto por las pobres críticas como porque el público no salía entusiasmado como en la primera. Los dos productores de la serie, Laurie MacDonald y Walter F. Parkes, el director Barry Sonnenfeld y el actor Will Smith tenían ganas de una tercera, pero entre el bajón y que Sonnenfeld tenía problemas legales con el estudio, Sony, como siempre por temas de dinero, la cosa se fue retrasando y retrasando. En otros casos en que la franquicia es propietaria del estudio no pestañean cambiando directores, pero los productores querían a este realizador. La cosa empezó a cuajar en 2009, y para 2012 llegó el estreno, eso sí, con el 11-S de por medio afectando, como en otras películas del momento, a varias escenas que implicaban a las Torres Gemelas y tuvieron que rodar de nuevo.

Tomaron nota de lo que falló en aquella entrega, la fala de novedades, y la premisa que encargaron desarrollar al guionista Etan Cohen (El rey de la colina -1997-, Tropic Thunder -2008-) intenta tirar por un camino menos trillado. El resultado fue mejor recibido por la crítica y el público, y llegó a recaudar 624 millones de dólares en todo el mundo. Sin duda es más original y entretenida que la segunda, pero lo cierto es que no como para deslumbrar, todavía se ve cierta cobardía a la hora de ir a por todas hacia una nueva dirección.

Parece que por fin van a apartar a K y darle a J el nuevo compañero que anunciaron en el final del primer episodio, pero se quedan a medias, pues lo que hacen es rejuvenecerlo. Al menos, es un placer ver el buen papel que hace Josh Brolin, quien además de tener un carisma arrollador e imitar a la perfección a Tommy Lee Jones también tiene una química estupenda con Will Smith. El cambio de jefe también apuntaba a que tendría más desarrollo, pero al final O (Emma Thompson) hace lo mismo que Z, da unas cuantas órdenes y poco más. Así que en los personajes, sin fallar, sí pesa la sensación de que podían haberse esforzado más, aunque desde luego, con el estupendo final pega un subidón que deja muy buen recuerdo.

El problema principal vuelve a ser que utilizan al villano como el macguffin, la excusa para mover la trama, en vez de hacer que forme realmente parte de la historia dramática de los personajes (una cutre venganza es todo lo que hay) y el misterio y el conflicto se desarrollen con mayor complejidad. Ya cansa que un bicho feo traiga la amenaza de destrucción de la Tierra y aparezca y reaparezca a conveniencia del guion sin disimulo alguno. Si tan poderoso y temible es, por qué huye más veces de las que ataca, por qué lanza cuatro dardos y se esconde, por qué los protagonistas lo persiguen un rato pero luego desisten…. Todas las escenas así, reservando, retrasando la confrontación y las respuestas para el final. También lo hacen con el extraterrestre que ve todas las líneas temporales a la vez, aparece, desaparece, no se digna a hablar hasta que los autores lo creen oportuno.

En el capítulo inicial hilaron mucho mejor la investigación, con averiguaciones bien dosificadas entre las escenas de acción y humor, de forma que había un hilo conductor que mantenía el interés bastante alto. En los siguientes todo ha quedado supeditado a la gracia de la situación y al carisma de los actores. Con el amago de cambiar la premisa y el desconcierto que vive J engañan aceptablemente bien al menos durante media película (atención al chiste del coche robado), pero poco a poco empieza a hacerse evidente que estamos revisitando la relación J y K sin aportar gran cosa y que el villano es otra chapuza y el choque con él repite prácticamente los mismos pasos. A partir de la fiesta de Andy Warhol pega un bajón considerable (qué persecuciones más sosas), y aunque el clímax final es más vistoso que el del segundo capítulo, no impresiona mucho.

En lo visual tampoco alcanza al episodio inicial, más esforzado en combinar mejor las distintas técnicas de efectos especiales y otorgarle una solidez y personalidad de buen nivel. Sonnenfeld cumple, pero va un poco con el piloto automático puesto y abusa de los efectos por ordenador: los dobles digitales y algunas escenas de persecución cantan más de la cuenta. Ahora más que nunca cabe pensar que costó más de lo que luce: de los 225 millones supongo que un buen pico se iría en los sueldos de las estrellas. En la banda sonora Danny Elfman se puso un poco las pilas y aportó un toque roquero muy certero.

Ver también:
Hombres de negro (1997)
Hombres de negro 2 (2002)
-> Hombres de negro 3 (2012)
Hombres de negro: Internacional (2019)