El Criticón

Opinión de cine y música

Ha fallecido Vangelis

Evángelos Odysséas Papathanassíou, más conocido como Vangelis, nació en Grecia en 1943. Desde pequeño le apasionó la música, y su familia lo alentó. No tardó en inclinarse por el teclado electrónico, donde se convirtió en un pionero de fama mundial. Su carrera se inició como teclista en grupos como The Forminx y Aphrodite’s Child en los años 60, pero no tardó en poner música a películas varias, donde haría el grueso de su trabajo y lograría sus obras más reconocidas.

Los temas principales de Blade Runner (1982), Carros de fuego (1981) y 1492 (1992) son de los más icónicos de la historia de la música de cine, aunque tiene muchas otras muy llamativas como Missing (1989) o Alexander (2004). En solitario, destacan proyectos como Spiral (1977) o Voices (1995). Pero su estilo vanguardista e inclasificable en un género concreto está presente en toda su carrera, de forma que su legado es único.

Falleció en París, el 17 de mayo, contando 79 años.

Biografía: Wikipedia. Discografía: Rateyourmusic.

The Batman


The Batman, 2022, EE.UU.
Género: Superhéroes, suspense, drama.
Duración: 176 min.
Dirección: Matt Reeves.
Guion: Matt Reeves, Peter Crai. Bill Finger y Bob Kane (cómic).
Actores: Robert Pattinson, Zöe Kravitz, Jeffrey Wright, John Turturro, Paul Dano, Colin Farrell, Andy Serkis, Peter Sarsgaard, Jayme Lawson, Con O’Neill,Gil Perez-Abraham, Peter McDonald, Barry Keoghan, Luke Roberts.
Música: Michael Giacchino.

Valoración:
Lo mejor: Sienta unas buenas bases con los personajes y la trama…
Lo peor: …pero lo deja todo de lado en busca de una épica y pretenciosidad fallidas. Demasiada longitud y sobrecarga audiovisual para ofrecer al final poca cosa.
Mejores momentos: La investigación de los asesinatos, la química con Gordon y Catwoman, algunas visitas al pub, el encuentro entre Enigma y Batman.
La frase:
-Ándate con cuidado. ¿No conoces mi reputación?
-Sí. ¿Y tú la mía?

* * * * * * * * *

Alerta de spoilers: Entro bastante a fondo.–

MÁS CAMBIOS DE RUMBO IMPROVISADOS

En Warner Bros./DC, después de los desastres de El hombre de acero, Batman vs. Superman, La liga de la justicia, Escuadrón suicida, Wonder Woman y Aves de presa, parece que por fin han aprendido la lección de no ir improvisando la saga sobre la marcha, metiendo mano en los rodajes a designio de los caprichos de tal o cual directivo y según vean la recepción del público a los distintos estrenos del género. Pero los nuevos cambios son sólo un pequeño parche a la chapuza en la que siguen inmersos. Pasaron a los reinicios disimulados, con la segunda versión de El escuadrón suicida, y de ahí no han tardado en entrar de lleno en los reinicios totales, con Joker y ahora otra vez con The Batman. Planificar la saga a largo plazo, estableciendo una fórmula determinada, contratando a unos autores con talento y dándoles cierta libertad, y dejando que madure poco a poco, parece no estar todavía en sus planes.

Ya me dirás qué sentido tiene presentar a un Joker (Jared Leto) para en la siguiente entrega cambiarlo por completo (Joaquin Phoenix). Y ahora le toca al hombre murciélago. El encarnado por Ben Affleck era de lo poco restacable que había en Batman vs. Superman y La liga de la justicia, y de repente nos cambian el actor. Bueno, será una versión joven del personaje, cabría pensar. Pero te encuentras con que el comisario Gordon y el mayordomo Alfred también han cambiado. Y para rematar, lo aquí visto tampoco encaja en la línea de Joker: aquella presentaba a un Wayne de niño, en esta hay un cameo de otro Joker completamente distinto (encarnado por Barry Keoghan). ¡Qué absurdo todo!

Así no sorprende que no saquen ni una película buena, pero también que el público siga cediendo tan fácilmente a este maltrato de los personajes y del propio espectador, y más aún que ahora incluso les dé por perdonar toda ofensa y destroce artístico y aplaudir los últimos refritos (La liga de la justicia versión Snyder) y los últimos reinicios sin pies ni cabeza, como el fallido Joker y ahora también este pretencioso pero torpe y caótico The Batman.

POCA IMAGINACIÓN, POCO QUE SALVAR

Parece que intentan dejar atrás la fórmula Snyder, que pecaba de artista iluminado pero ni oficio ni arte demostró. Ahora intentan tirar hacia lo fácil, emular éxitos pasados. Joker fue un burdo remedo de Taxi Driver (1976) y El rey de la comedia (1982) de Martin Scorsese, esta The Batman es más obvia aún, mirando con descaro a El Caballero Oscuro de Chistopher Nolan (2008) y a Seven de David Fincher (1995).

La visión de Snyder adaptaba la parte más fantástica, superhéroes contra supervillanos galácticos, pero aquí miran más a la de Nolan, que siguió los cómics del hombre murciélago que tratan más la combinación de thriller policíaco y drama social, con villanos que emergen de la podredumbre de Gothan. Pero ninguna de sus grandes virtudes son capaces de alcanzar en esta imitación. Su ritmo ejemplar, el fantástico dibujo de los personajes, los actores espléndidos, la atmósfera absorbente, la trama compleja y fascinante, la puesta en escena deslumbrante… Y tampoco logran el tono sórdido pero hipnótico de Seven. Aquí está todo a medio gas o forzado de manera que no termina de cuajar en un conjunto bien equilibrado.

Salta a la vista que los directivos y productores de Warner Bros. continúan con la obsesión de parir mágicamente la película más épica y trascendental del cine de superhéroes. Esta ambición desmedida no cabe en una sola entrega, y menos sin un guion a la altura y una dirección impecable. Matt Reeves muestra potencial, pero por las directrices que minan la creatividad o por sus propias limitaciones no germina adecuadamente.

Tenemos más personajes y tramas de la cuenta apretados como bien pueden en un relato grandilocuente y pretencioso pero al que se le ven mucho las costuras. Como resultado, la cinta tiene una duración desmedida y unos altibajos de calidad, ritmo e interés muy marcados.

Apenas queda un poco por encima de otros episodios de esta errática saga y de la comparación más obvia, el truño de Batman vs. Superman, por la solvencia de Reeves en la dirección, aunque termine sobrecargando demasiado la narrativa, y porque en el guion consigue que los personajes principales, aun quedándose a medio cocer, sean bastante atractivos y tengan escenas muy dignas aquí y allá que recuerdan lo alto que podría haber llegado la película si no arrastrara tantos fallos de planteamiento y ejecución.

Con esas tibias mejoras, después de todo, a pesar de su difícil digestión, todavía puedes acabar con ganas de dejarte engañar otra vez con la siguiente entrega, a ver si en el enésimo intento por fin atinan a explotar como es debido las enormes posibilidades que tiene la franquicia.

PERSONAJES PRINCIPALES BASTANTE INTERESANTES

Esta versión del Batman más detectivesco intentando salir adelante en una Gotham putefracta hasta la médula tiene varios puntos fuertes llamativos y algunos aspectos muy mejorables.

Algunos dudaron con el fichaje del actor Robert Pattinson, escandalizándose por considerarlo «el niñato de la cutre saga juvenil de Crepúsculo«. Pero cualquiera que haya viso trabajos posteriores habrá comprobado que lleva años demostrando ser un buen actor (aunque eligiendo peliculas no atine mucho): Cosmópolis (2012), >Z, la ciudad perdida (2016), El faro (2019), Tenet (2020)… El héroe oscuro y violento que representa Batman lo capta adecuadamente con una interpretación contenida en su mayor parte, explosiva cuando toca, y en líneas generales resulta misterioso y atractivo.

En vez de entrar en acción con un prólogo que nos exponga el nacimiento del hombre murciélago, aunque para los que conocen al personaje no ofreciera novedades, los autores prefieren adentrarnos en su psique paulatinamente, mediante sus encuentros con diversas situaciones y personajes. Su reacción ante el hijo del alcalde asesinado nos muestra con concisión y elegancia que viene de un escenario semejante, por ejemplo.

Pero no tarda en verse que se complican más de la cuenta sin conseguir dar siempre en el clavo. Los dos prólogos aninados que presentan el primer asesinato de Enigma y cómo Batman persigue criminales son muy obvios y poco sustanciosos para todo lo que duran, así que no puedo evitar pensar que al final sí que habríamos ahorrado dificultades y tiempo con algo menos rebuscado y que fuera más al grano.

Esta falta de capacidad de síntesis se va haciendo muy evidente cuando entramos en materia, porque se lían demasiado a la hora de dar forma a la situación de la familia Wayne, lo que estos significan para la ciudad y lo que desencadena la muerte de los padres. Me temo que su presencia se debe más para justificar la historia de mafias y corrupción que para ahondar en la psicología y trayectoria de Bruce y su alter ego Batman. El que peor parado sale es su lado de millonario esquivo, tan esquivo que apenas tiene dos escenas metidas con calzador para señalar que existe.

Así que a la larga, a pesar del intento de salirse de las líneas conocidas y realizar una construcción metódica y sutil, no terminamos de tener un Batman perfecto, con una personalidad y motivaciones bien definidas y un arco dramático que resulte apasionante. Por suerte, se disimula muy bien porque es un rol carismático, con buena química con los secundarios, y muy activo, llevándonos por un trama detectivesca intrigante.

Batman se trabaja bien el caso, no es una de esas odiosas películas donde a los personajes les cae del cielo todo hecho. A base de análisis, deducciones, espiar a sospechosos, patearse locales y patear gente, va desgranando una investigación intrincada que mantiene bastante bien el interés. Aunque como luego explicaré, empieza a acumular deslices hasta llegar a un desenlace muy poco satisfactorio.

La dinámica con los otros personajes es bastante jugosa, aunque por sí solos estos también se quedan a medio gas. La pareja Batman y Gordon (aquí empieza como teniente) funciona bien como arquetipo de tipos solitarios expulsados de una vida considerada normal y que trabajan juntos a pesar de sus diferencias porque no les queda otra. Algunos diálogos son ingeniosos, otros, los puestos para simplificar la trama, no tanto, pero en general, la buena química salta a la vista y fortalece la investigación.

Pero Gordon es un rol contradictorio, confuso, decepcionante. Queda demasiado como complemento de Batman, donde funciona bien, pero a partir de algún momento te das cuenta de que no tiene personalidad ni sentido por sí solo. Mientras el Gordon de Nolan era un personaje vivo, con una trayectoria excitante y capaz de dejar huella, este no termina de tomar una forma concreta. No se sabe por qué confía en Batman, quizá porque le hace su trabajo (creo ni una cosa deduce él solo), no parece luchar contra la corrupción del cuerpo de policía, ni siquiera se menciona si es consciente de ella o si le importa. Jeffrey Wright está como en Westworld (2016) y prácticamente todo papel en que lo he visto: como un zombi, deambulando sin ganas.

Catwoman es otra que aparece ya en marcha sin explicar qué le ha llevado a tomar esas medidas extremas, pero también se va desgranando poco a poco con tacto: una historia clásica pero bien trabajada de víctima de trata convertida en ladrona vengativa. La relación con Batman es estupenda desde el primer encuentro, tanto en complicidad en el mundo de las sombras como en romance, así que sus escenas juntos son bastante estimulantes. Sin embargo, ella no pinta nada en el tramo final, está metida por la fuerza en escenas muy simplonas y convenientes que no le hacen justicia. La menuda Zoë Kravitz (que empezó a darse a conocer en Mad Max -2015- y Animales fantásticos y dónde encontrarlos -2016-) está bastante bien en su papel, confiriéndole el toque justo de fatalismo y sensualidad.

Carmine Falcone no sorprende en ningún momento, pero es un villano más que aceptable tanto como catalizador de la historia del héroe y el conflicto ético como por sí solo, y termina de ganar puntos extra por la excelente interpretación de John Turturro, sorprendentemente inquietante después de tantos papeles cómicos absurdos. Oz (Pingüino) es interesante de primeras, tanto por la caracterización como por la enérgica presencia de Colin Farrell, pero aparte de no ahondarse en sus motivaciones termina quedando cada vez más relegado a secundario de relleno, destacando esa escena de persecución tan gratuita y malograda. Se intuye que cobraría protagonismo en una posible secuela, pero vaya, para una vez que van a ir poco a poco tampoco le cogen el tono adecuado.

Enigma parece bien ubicado en el escenario y el la historia global: con él se expone la situación de Gotham, mueve toda la trama desde las sombras, promete un duelo épico… Pero como explicaré luego, nada de esto llega a madurar como es debido, así que terminan desaprovechando de mala manera el personaje. Paul Dano (Guerra y paz, 2016) se enfrenta a un papel difícil, con una pose muy marcada que parece pasada de rosca en algunos momentos y acertadamente histriónica a otros.

SECUNDARIOS SIN INTERÉS, RÁPIDAMENTE OLVIDADOS

Si con los roles más importantes no terminan de atinar, con los secundarios las carencias son más graves. No hay ni uno digno, todos son inanes objetos de la trama.

El mayordomo Alfred, enternecedor y con buenas aportaciones en las de Nolan, en las de Tim Burton e incluso en las de Joel Schumacher y las de Snyder, aquí no me dice nada. Parece que los guionistas son conscientes de que es lo único lo que tienen para mantener la humanidad de Wayne, pero lo potencian por el lado sensacionalista en vez de trabajárselo mejor, y eso que tiempo había de sobra. Dos tontas escenas de colegueo, el melodramático giro y las revelaciones no tan relevantes no son suficientes. Andy Serkis está como siempre, más sobreactuado de la cuenta.

Los distintos figurantes (agentes y mandos de la policía, políticos, matones) se tratan con demasiada desgana para la trascendencia que pretenden otorgarles en la trayectoria de los protagonistas y la perspectiva general de Gotham. Aquí de nuevo se ve muchísima diferencia en la escritura y la ejecución frente a El Caballero Oscuro, donde cada personaje de fondo se sentía relevante y vivo. Hay momentos en que se patina bastante (la alcaldesa, de buena, aburre, los policías son estereotipos vulgares), hasta caer en la vergüenza ajena incluso: la aportación del agente que vigila la guarida de Enigma es de risa.

HISTORIA CON POTENCIAL PERO MAL PLANTEADA Y EJECUTADA

The Batman tiene partes muy diferenciadas y mal combinadas. Una detectivesca en clave de cine negro, otra de acción de superhéroes con sus clásicos dilemas éticos. Según cómo te pille el visionado, te gustará más una u otra. Pero las dos juntas no logran el equilibrio adecuado, se pisan negligentemente, se quedan a medias a pesar de que los autores intentan apabullar y saturar los sentidos para imponer la noción de que estás ante esa gran película que anuncian. Así que nos llevan hasta tres injustificadas horas de metraje con un tono pretencioso bastante cargante. Pero por razones que se me escapan, ha funcionado bastante bien, porque la mayor parte del público ha salido exultante del cine. Pero objetivamente no aguanta el análisis más superficial. El intento de emular a El Caballero Oscuro fracasa y The Batman acaba más cerca de Batman vs. Superman.

Es indudable que este episodio debería haberse centrado sólo en la parte de las mafias y haber relegado el encuentro con Enigma al siguiente. Con cada historia por separado quizá hubiera habido margen para que guionistas y director trabajaran con más libertad y menos agobios, para que las tramas fluyeran y se asentaran mejor. O quién sabe, quizá hubieran cometido los mismos errores. Pero al menos la cinta no sería tan innecesariamente larga y caótica.

La premisa de la cuidad corrupta y la mafia haciéndose con el poder no es original, pero se presenta con dedicación y resulta atractiva. Gothan se siente herida de muerte, dando pie a la pobreza, siendo asaltada por la corrupción, y pariendo personajes extremos. La investigación de Batman, como indicaba, se desarrolla con bastantes buenas formas. Destacan la mencionada dinámica entre los personajes y las visitas al bar del hampa, con espectaculares entradas humorísticas y violentas. E inesperadamente acaba tomando un cariz más humano con la relación entre Selina y Carmine, un giro trágico no por típico menos efectivo.

Pero conforme se va acercando al desenlace se va viniendo abajo. El choque entre Batman y Pingüino es decepcionante, el duelo no tiene garra y las escenas de acción son chapuceras. Y en el clímax con Carmine Falcone se termina de desinflar del todo, no deja un conflicto personal, ético, político y heroico digno de todo lo que habían asentado. Los autores tiran por las soluciones más obvias, por salidas anticlimáticas. Por ejemplo, eso de que Carmine lo engañe sobre su relación con sus padres y dos segundos después Alfred lo desmienta no aporta nada a Batman ni a la trama. Y además todo viene salpicado con un montón de agujeros de guion.

Selina se pasea por el pub como si nada (¿cuándo y cómo consigue el pase vip?), los corruptos hablan sin tapujos de sus fechorías ante desconocidos, y la tecnología de Batman es ridícula: no puede ni hacer una captura de pantalla para tener fotos con las que identificarlos. Es increíble que a una de sus mujeres desechables a la que van a interrogar y asesinar no le registren el bolso. Lo mismo con Selina, que es llevada al despacho del jefe sin comprobación alguna. No se están décadas en el poder del crimen organizado con esa dejadez.

La entrada en acción de Enigma sin duda debería haber quedado en un final abierto para ser desarrollado en el siguiente episodio, porque está demasiado de fondo, como un problema creciente mientras Batman lidia con la mafia, y de repente para a primer plano como un mal resumen de una nueva película.

La historia de la degradación de la sociedad se canaliza adecuadamente a través de esta figura, pero conforme toma protagonismo pega unos altibajos alucinantes. De presentarse como un elemento misterioso que tiene a la ciudad en sus manos con su crueldad e inteligencia, acaba pareciendo más bien un niñato cabreado, un trol de internet cualquiera con cuatro seguidores antisociales. Así que deja de resultar creíble como genio del mal y cuesta tomarlo en serio como villano principal. Y por extensión, el rango moral acaba siendo tan maniqueo como el visto en Joker: todos los ricos son todos malvados corruptos, las clases bajas peleles inútiles hasta que alguno explota como terrorista. Nolan jugaba bien con la ambigüedad, poniendo a prueba a cada personaje, a las propias gentes de la ciudad (mítica la escena del barco), pero en esta nueva línea es todo queda en una glorificació de baratillo de la lucha antisistema y la anarquía.

El potencial vuelve a aparecer en una apoteósica escena que redime a Enigma: la confrontación con Batman en el psiquiátrico. El duelo dialéctico desborda tensión, resulta espeluznante, y te deja con ganas de más… Pero no tarda en volver a patinar, pues la cinta se tira de cabeza a un fallido clímax de acción.

No tiene sentido que Enigma desvele y explique su plan en el último momento, porque su idea es arrasar con todo, no poner un reto a Batman para que lo resuelva. Y todo salta de una situación ridícula a otra: la escena de la moqueta, con ese policía deus ex machina que da vergüenza ajena, los diques que no habíamos visto en ningún momento, la purga evidentemente copiada de Batman Begins (2006), la aparición absurda de los francotiradores (sorteando toda seguridad sin problemas) como si con el agua arrasando no bastara para purificar la ciudad…

Y para acabar, como suele pasar en las obras en que ni los propios autores saben muy bien qué están contando, tienen que recurrir a unos discursitos a través de voz en off para explicar con pelos y señales las moralejas, lo aprendido por los personajes… Pues yo hubiera preferido que se desarrollara un buen arco personal y ético, algo que por desgracia han abandonado después de plantar tantas buenas semillas para ello.

Como extra, tenemos el breve cameo del Joker, ese otro Joker nuevo, que genera más frustración y carcajadas que expectación.

PUESTA EN ESCENA CON PERSONALIDAD PERO CARGANTE

La puesta en escena persigue una atmósfera barroca, oscura, opresiva, y resulta llamativa de primeras, pero no tarda en empezar a sentirse artificial, demasiado estudiada, saturada y con poca versatilidad.

Matt Reeves ha mostrado más nivel en la dirección que en los guiones con los que ha trabajado (Déjame entrar -2010-, La guerra del planeta de los simios -2017-), pero no tanto como para hablar de un autor con gran talento y visión. Su labor en la presente muestra muy buena técnica, con lo que ya gana por goleada a los inútiles que se han ido empeñando en contratar en la saga, Zack Snyder, David Ayer, Patty Jenkins y Cathy Yan, pero queda por detrás del virtuoso e imaginativo James Wan (Aquaman).

Reeves, por cuenta propia o designio de los directivos, termina haciendo como Snyder, pone más empeño en el cuadro que en la narrativa global. Las escenas por sí solas pueden considerarse deslumbrantes postales, pero no respiran con naturalidad, no se unen al resto con agilidad, y la película termina resultando una amalgama de pretensiones artísticas que no termina de cobrar sentido.

En la fotografía e iluminación de Greig Fraser ocurre como en Joker, todo demasiado plástico, falso, siempre hay un foco naranja al fondo convenientemente dando la gradación deseada al plano. El tono oscuro se va de madre, no se ve la mitad de la pantalla. Y toda composición es igual: un objeto desenfocado en primer plano, la acción en el medio, y el fondo anaranjado. También falla cuando aporta otras ideas, como esas cámara al hombro del personaje u objeto en movimiento, de lo que abusa demasiado aunque sea contraproducente, como en la persecución.

Otro problema importante es que andamos siempre por los mismos limitados escenarios, donde por mucho que lo adornen con esos enredos visuales (la mansión Wayne, de barroca acaba siendo surrealista), esto parece más bien una serie de televisión, sin sentido del asombro, del espectáculo, sin vitalidad.

Sumamos también la falta de escenas de acción impactantes. Las peleas a puñetazos están bien rodadas, los golpes son contundentes, pero de imaginación andan muy escasas. Los poquísimos tiroteos y persecuciones son más bien lamentables. La batalla en el polígono es horrible, no se entiende nada, no se sabe dónde está cada personaje, Batman se habría cruzado por delante de todos para llegar a su coche, y se queda acelerando, amagando con arrancar, esperando que los demás se larguen, porque de lo contrario no habría persecución. Esta es esperpéntica, un cutre compendio de primeros planos a modo de viñeta que rompen cualquier opción a logar una secuencia trepidante, y fondos digitales cutres emborronados para que no cante la mala calidad de los efectos especiales. La batalla final tampoco ofrece gran cosa: Batman colgado de una viga a otra y los locos atacando de uno en uno, y como el traje es indestrucible y se ve venir de lejos toda la situación y el desenlace, da igual lo que pase, porque no se puede generar tensión alguna.

Así que acaba como con todas las de DC, dejando la pregunta de adónde coño han ido los 200 millones de presupuesto. Es alucinante lo poco que lucen estas supuestas superproducciones.

Este ambiente arrastra también al músico Michael Giacchino. Es uno de los compositores más dotados de las últimas dos décadas, pero ofrece uno de sus trabajos más limitados. No entiendo que la crítica se haya volcado con él ahora, cuando han denostando auténticas joyas como La guerra del planeta de los simios (2017), Rogue One (2016), El destino de Júpiter (2015), John Carter (2012)… Construye también una atmósfera sórdida, opresiva… pero falta de imaginación, repetitiva y omnipresente sin justificación: no hay ni una sola escena en que no esté el cansino tema de Batman dando la paliza.

HABÍA UNA BUENA BASE, PERO LO ECHAN AL TRASTE

En conclusión, The Batman nace marcada y limitada por las ambiciones del estudio y la imposición de imitar unos referentes concretos: se nota demasiado que empalman un poco de todo lo que creen que hizo buenas a El Caballero Oscuro y Seven, en vez de buscar una identidad propia. De nuevo supone un lastre enorme el intentar abarcar demasiado, sin aprender de los errores pasados. El potencial del personaje, el género y los autores se ve eclipsado por el aura pretenciosa tan forzada. No hay manera de entender dónde van en la cronología de la saga. Así que resulta otra decepción más de Warner Bros./DC. Pero me temo que ha tenido tan buena recepción que habrán entendido que lo están haciendo bien y seguirán con esta fórmula. Si es que no se les va la pinza y nos cuelan otro reinicio más.

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Saga La liga de la justicia:
El hombre de acero (2013)
Batman vs. Superman: El amanecer de la justicia (2016)
Escuadrón suicida (2016)
Wonder Woman (2017)
La liga de la justicia (2017)
Aquaman (2018)
Joker (2019)
Aves de presa (2020)
Wonder Woman 1984 (2020)
La Liga de la Justicia de Zack Snyder (2021)
El escuadrón suicida (2021)
-> The Batman (2022)

Cangrejo negro


Svart krabba, 2022, Suecia.
Género: Suspense, acción, drama, bélico.
Duración: 114 min.
Dirección: Adam Berg.
Guion: Adam Berg, Pelle Rådström, Jerker Virdborg (novela).
Actores: Noomi Rapace, Jakob Oftebro, Dar Salim, Ardalan Esmaili, Erik Enge, David Dencik, Aliett Opheim, Susan Taslimi, Stella Marcimain Klintberg.

Valoración:
Lo mejor: Atmósfera angustiosa, personajes interesantes, buenas dosis de suspense y acción, lecturas éticas jugosas.
Lo peor: Los flashbacks con la hija son poco sustanciosos. La personalidad del teniente podría haber estado mejor trabajada.

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La producción sueca Cangrejo negro es una pequeña sorpresa en el ya de por sí interesante catálogo de títulos de acción y ciencia-ficción entre la serie b y el presupuesto moderado en que se ha especializado Netflix. Antes del año 2000, este tipo de cine abundaba por los videoclubs, a veces incluso llegaban al cine, pero con el cambio de modelo de negocio en la era de internet fueron desapareciendo. Ahora las plataformas de streaming lo están recuperando.

Es el primer lagrometraje del escritor y director Adam Berg, que venía de cortos y videoclips y colaborar como productor ejecutivo en la miniserie Cuentos del bucle (2020) de Amazon Prime Video. El rostro más internacional del reparto es la sueca Noomi Rapace, quien se dio a conocer en todo el globo con la primera adaptación la saga de novelas Millenium (2009) y tuvo su pico álgido de popularidad en Prometheus (2012). Desde entonces alterna producciones internacionales y otras menores en su tierra natal.

Tenemos una hábil combinación de géneros. En primer lugar es una aventura bélica de comandos, en la estela de referentes como Los violentos de Kelly (Brian G. Hutton, 1970) o Doce del patíbulo (Robert Aldrich, 1967), donde un grupo reducido de soldados, que son más bien desechos del ejército, encaran una misión probablemente suicida. Cada uno tiene su personalidad, con sus motivaciones marcando constantemente las decisiones durante el viaje. Algunos conflictos serán muy duros, no ya por la amenaza de la muerte inminente, sino por los dilemas éticos y personales ante los que se encuentran.

Es también ciencia-ficción, con la que nos muestran un futuro apocalíptico y distópico donde Suecia acaba en ruinas en una misteriosa guerra en la que el ejército a duras penas mantiene las líneas ante el enemigo. En menor medida también tenemos un drama de supervivencia, con la población luchando contra la hambruna y las tragedias personales mientras sufre los distintos envites militares.

Todo ello está aderezado con lecturas éticas sencillas pero efectivas: la futilidad de la guerra, la población abandonada por los delirios de líderes a los que ni ven, la responsabilidad del soldado ante las injusticias, la unión contra la adversidad en vez del egoísta sálvese quien pueda… Esto además cobra inesperada relevancia con la invasión de Ucracia, con la que guarda bastante paralelismo.

La protagonista principal es Caroline Edh, una mujer corriente convertida a la fuerza en soldado. La meta de encontrar a su hija la mantiene con vida y le da fuerzas para seguir adelante en el sinsentido de la guerra. Noomi Rapace cumple sin problemas, pero empieza a estar demasiado encasillada en este rol prototipo a lo Ellen Ripley, la protagonista de la saga Alien, que de hecho ya protagonizó en su imitación más descarada, Prometheus. El único el problema es el horrendo e incomprensible trabajo de peluquería, con esa permanente de rizos que le han puesto.

El comando en cierta manera cumple con varios estereotipos, pero todos consiguen ser personajes interesantes entre el correcto guion y los competentes actores: el veterano carismático que pasa de todo, el teniente cobarde, el joven capaz, el tipo ladino del que desconfían… Todos muestran una evolución interesante o como poco tienen alguna escena llamativa. Sin embargo, al ir tan justo a los tópicos del género, cuando se exige algo más se ven las carencias: al cobrar el teniente mucho protagonismo en la parte final, se resiente la falta de un dibujo más elaborado y un actor más completo, y los flashback de Edh con su hija son un tanto simplones, les falta algo de garra.

En la puesta en escena, Adam Berg construye un futuro más que sombrío desolador, la misión mantiene siempre un aura funesta, con picos de tensión brutales. Destaca la buena fotografía nocturna, un campo donde muchos autores con más renombre se estrellan, y una banda sonora muy efectiva. En algún momento se nota bastante alguna pantalla de fondo, y los helicópteros hechos por ordenador cantan, pero por lo general el realizador exprime al máximo el presupuesto, logrando una inmersión total en los gélidos paisajes nórdicos y haciendo muy verosímil las escenas en el hielo.

Con la certera unión de géneros y el buen acabado, la cinta trasciente algo más allá de la falta de originalidad de cada sección por sí sola, consiguiendo una de acción, suspense, aventuras de supervivencia apocalíptica y drama bastante completa en escenarios, con un ritmo excelente y sobre todo con una atmósfera opresiva muy lograda. Hay pasajes espeluznantes, como los muertos en el hielo, en cada tiroteo y cualquier otra dificultad (hielo que se rompe) sientes la presión sobre los protagonistas y la cercanía de la muerte, y esta se mantiene presente incluso en los momentos más vistos y predecibles, como la comida con unos civiles o la batalla final en la base.

Cangrejo negro no será rompedora, pero es un estupendo ejemplo de que se puede hacer buen cine de acción de apariencia intrascendente que no se ahoga en los tópicos ni toma por tonto al espectador. Merece mejor recepción de la que está teniendo.

Otra ronda


Druk, 2020, Dinamarca, Suecia, Países Bajos.
Género: Suspense.
Duración: 117 min.
Dirección: Thomas Vinterberg.
Guion: Thomas Vinterberg, Tobias Lindholm.
Actores: Mads Mikkelsen, Thomas Bo Larsen, Magnus Millang, Lars Ranthe, Martin Greis-Rosenthal, Magnus Sjørup, Maria Bonnevie, Susse Wold, Dorte Højsted, Helene Reingaard Neumann, Albert Rudbeck Lindhardt.

Valoración:
Lo mejor: Original, divertida, emotiva, con buenas lecturas sobre la vida.
Lo peor: Una elección absurda: mostrar la resolución de uno de los conflictos principales por mensajes de móvil en vez de con una buena escena.
Mejores momentos: Las nuevas clases de historia.
La frase: Debes aceptarte a ti mismo como falible para amar a los demás en la vida.

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Tras el monumental éxito internacional de La caza (2012), el danés Thomas Vinterberg rodó un par de colaboraciones internacionales, el drama inglés Lejos del mundanal ruido (2015) y una más comercial, Kursk (2018), sobre la tragedia del submarino ruso. Pero no ha dejado de lado su tierra natal, donde estrenó La comuna (2016) y Otra ronda (2021). Esta última ha tenido, como La caza, mucho recorrido por todo el globo, acaparando reverencias, nominaciones y premios.

Un grupo de amigos, profesores de instituto, decide hacer el experimento de beber con autocontrol para mantener el puntillo alegre. La excusa es hacer un estudio, pero la realidad es que están hartos de sus aburridas y estancadas vidas y buscan una válvula de escape. Vinterberg navega entre la comedia ligera, el drama social con calado, y el Dogma 95 que impulsó junto a Lars Von Trier a mediados de los noventa, donde defendían una versión más sencilla, pura y tradicional del cine.

La comedia se centra en las situaciones que vive la pandilla cuando están medio trompas, los tropiezos hilarantes, los momentos de subidón, y el contraste con sus mundanas vidas recientes. Resulta memorable y tronchante el giro a las clases de historia, por ejemplo. El drama aborda tanto sus conflictos familiares como los de los alumnos, ofreciendo así una perspectiva de varios conflictos sociales, que se pueden resumir en la dificultades para prosperar en lo personal, lo laboral y lo emocional. Hay historias sobre matrimonios rotos, líos en el trabajo, depresión y alcoholismo…

Los protagonistas están muy bien descritos, con una evolución gradual magnífica. Son figuras con las que es muy fácil conectar e identificarse, todos vulnerables, mostrando lo mejor y lo peor de sí mismos según se arrastran por sus vidas. El reparto se desenvuelve con soltura tanto en la comedia y como en el drama, y mantiene una química estupenda. Destacan los colaboradores habituales de Vinterberg, Mads Mikkelsen y Thomas Bo Larsen, y también Maria Bonnevie, que no tiene un papel muy largo pero consigue sacarle gran partido.

El estilo dogma está siempre presente, tanto por abordar temas de la vida cotidiana como por el aspecto visual, que evita reforzar el melodrama con recursos que según sus preceptos serían artificiales: fotografía, montaje, música se limitan a lo mínimo necesario, con una cámara en mano sencilla pero efectiva. El único enredo sería la divisón por capítulos, con texto en pantalla, pero también es una forma de concretar muy hábil.

Tiene evidentes puntos en común con La caza, sobre todo en lo relativo a mostrar la vida en Dinamarca: el comienzo, con la gente de fiesta en el lago, las reuniones de familia y amigos, alguna escena parecida, como el paso por la iglesia como momento de transición importante en sus vidas… Pero resulta una cinta más ágil, más compleja, que juega en un rango moral más ambiguo. Aquella iba un poco dirigida, la presente está abierta a que interpretes y juzgues como quieras, sobre todo el aspecto más importante, las drogas: no pontifica a favor o en contra, sino que las muestra como una parte más de las sociedades humanas. Y hay que recalcar que este tema es delicado en los países nórdicos, donde el alcoholismo causa graves problemas, así que Vinterberg se mete en un terreno complicado pero sale muy bien parado.

Sólo se puede señalar un aspecto cuestionable, algo que emerge inevitablemente al buscar el autor una visión bastante global: el relato podría seguir muchas ramificaciones distintas, y al elegir unas concretas habrá alguna que no te convenza del todo, sobre todo si te resulta predecible. Sin embargo, el único momento que puedo reprochar desde un punto de vista más objetivo es la absurda decisión de mostrar la reconciliación de una de las parejas con breves y fríos mensajes por teléfono, cuando merecía una escena tan apasionante como las peleas previas.

Es indudable que la idea de Vinterberg es mostrar una cara alegre de las dificultades de la vida, y lo consigue muy bien: Otra ronda es un canto a la amistad, a la superación personal, a enfrentar lo que te venga con la cabeza alta. Te mantiene todo el visionado con una sonrisa y deja buenas lecciones.

La caza


Jagten, 2012, Dinamarca, Suecia.
Género: Drama.
Duración: 115 min.
Dirección: Thomas Vinterberg.
Guion: Tobias Lindholm, Thomas Vinterberg.
Actores: Mads Mikkelsen, Thomas Bo Larsen, Anne Louise Hassing, Annika Wedderkopp, Alexandra Rapaport, Lars Ranthe, Lasse Fogelstrøm, Susse Wold, Ole Dupont, Sebastian Bull Sarning.
Música: Nikolaj Egelund.

Valoración:
Lo mejor: Temática valiente, cierta contención a la hora de tratar el aspecto dramático, reparto implicado.
Lo peor: Muy sobrevalorada, a medio camino entre un telefilme básico y una película con calado.
El título: Sería más adecuado la versión latinoamericana: La cacería.

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El guionista y director danés Thomas Vinterberg ya se había labrado una buena reputación en su país con títulos como Celebración (1998), pero para 2012 logró reconocimiento mundial con esta La caza. Pasó por todos los festivales de cine independiente obteniendo muchas nominaciones y algunos premios, llegó incluso a los Bafta, Globos de Oro y Óscar como favorita en lengua no inglesa. Aunque al final casi todos se decantaron por la italiana La gran belleza (Paolo Sorrentino).

Si quitamos de la ecuación el giro que da pie a la historia, La caza ofrece un relato bastante visto y de un rango dramático muy cercano al estilo de los telefilmes. Un tipo solitario pero respetado, sobre todo por su trabajo en la guardería, sufre un vuelco en su vida que pone al pueblo, a sus amigos y familiares, en su contra. Su odisea pasa por todos los lugares comunes de este ámbito, con algunos momentos claves viéndose venir muy de lejos, como el perro, la paliza, etc., y otros tantos que se quedan a medio gas. Tampoco me gustó el epílogo tan forzado: había formas más elegantes de mostrar que todavía queda algo de resentimiento, y canta a la legua que los autores han elegido ese golpe de efecto al azar entre muchas posibilidades, aspecto que se confirma al leer que rodaron varias opciones distintas. Entre la falta de novedades, los bajones de interés y su ritmo tan pausado, hay tramos en que el aburrimiento puede hacer mella, sobre todo en el primer acto.

La sobriedad con que trata el realizador la propuesta permite que quede un peldaño por encima de esos dramones cutres con los que las cadenas en abierto llenan las tardes de los fines de semana. Vinterberg esquiva bastante bien el subrayado del melodrama tanto desde el guion como desde la puesta en escena, las vivencias del protagonista tienen suficientes conflictos emocionales y personales como para necesitar reforzar la lágrima fácil. En la escritura hay soluciones simpáticas, como las escenas de los niños asaltando cuando llega a la guardería, y en general acierta cuidándose mostrar unas vidas mundanas, realistas, aunque sea con tópicos como las fiestas entre amigos que hacen de contraste con las tragedias posteriores (donde recuera mucho a El cazadorMichael Cimino, 1978-). En la dirección usa una sencilla cámara en mano, deudora del cine dogma con el que se inició en su carrera, que permite dejar que los personajes respiren y que el espectador entre bien en el relato, el ambiente de pueblo, las reuniones alegres y los encuentros hostiles.

En esa misma línea se mantiene el competente reparto, todos ofreciendo interpretaciones contenidas, sin histrionismos. Destaca obviamente Mads Mikkelsen, el más conocido internacionalmente (Casino Royale -2006-, Hannibal -2013-), pero Thomas Bo Larsen (habitual colaborador del realizador) está estupendo también.

Pero lo que llevó a la cinta a llegar más lejos de lo que en apariencia debería es la valentía de la premisa, que le otorga mayor alcance y también la aleja de los puntos de partida tan vistos del género. En vez de clásicas disputas familiares (divorcios, infidelidades) o sensacionalistas crímenes (asesinatos que ocultar y semejantes), Vinterberg apunta a un tema mucho más peliagudo que pocos se atreven a tocar: el protagonista es acusado de pederasta.

Sin embargo, la novedad y la aparente trascendencia del suceso no son suficientes para justificar tanta alabanza, para entender la recepción tan entusiasta que tuvo la película en todo el globo. Como señalaba, una vez en marcha, el viaje al infierno del protagonista tiene un recorrido demasiado convencional, no ofrece una lectura muy elaborada ni escenarios originales. Se dejan demasiado de lado partes muy importantes de la historia: la investigación queda en prácticamente nada, tanto por el sistema escolar como por la policía, que apenas aparece de refilón, los traumas emocionales de los críos y sus familias sólo se oyen de pasada, la familia del profesor está demasiado tiempo ausente…

Da la sensación de que estamos ante una premisa que requería un punto de vista más amplio, no centrado sólo en el protagonista, y más novedades, pues Vinterberg se aferra a un armazón muy básico, quedando a medio camino entre un convencional telefilme dramático y una película que ambiciona ser rompedora y conmovedora y dejar huella.

Perdidos en el Ártico


Against the Ice, 2022, Dinamarca, Islandia.
Género: Aventuras, histórico.
Duración: 102 min.
Dirección: Peter Flinth.
Guion: Nikolaj Coster-Waldau, Joe Derrick, Ejnar Mikkelsen (novela).
Actores: Nikolaj Coster-Waldau, Joe Cole, Charles Dance, Heida Reed, Þorsteinn Bachmann, Gísli Örn Garðarsson, Ed Speleers
Música: Volker Bertelmann.

Valoración:
Lo mejor: Correcta aventura de supervivencia con base histórica.
Lo peor: Se queda a medio gas en todo, sin conseguir explorar a fondo el drama y la épica que hay latentes.

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El actor danés Nikolaj Coster-Waldau, conocido por Juego de tronos (2011), ya había hecho sus pinitos como guionista y productor en algunas obras menores en su país. Aquí se embarca en una producción algo más ambiciosa (colaboración internacional, rodada en inglés), la adaptación de los escritos del explorador danés Ejnar Mikkelsen, que hizo varios viajes por el Ártico, en especial Groenlandia, a finales del siglo XIX y principios del XX. Dirige el también danés Peter Flinth, y la ha apadrinado Netflix.

Waldau interpreta al propio Mikkelsen, y Joe Cole (visto en Peaky Blinders, 2013) al mecánico Iver Iversen, que se ofrece como voluntario para acompañarlo en la odisea de intentar hallar pistas sobre una expedición anterior. En los pocos secundarios que hay destaca Charles Dance (también de Juego de tronos) como uno de los políticos.

Perdidos en el Ártico refleja bien la era de los exploradores, tanto los retos de las expediciones como las motivaciones personales y políticas. Los protagonistas no son héroes modernos de acción, como suele pasar más de la cuenta, sino que Waldau cuida bien el contexto histórico. La inocencia cuando no ignorancia de la época, el orgullo personal, el patriotismo… Cada uno se metía en esto por sus propias razones. En el lado político también se explican bien los motivos de estas empresas, las reclamaciones y disputas territoriales, la búsqueda de rutas navales y mercancías valiosas…

El día a día en la expedición expone técnicas, retos logísticos y personales y anécdotas variados, con lo que siempre hay sensación de movimiento y problemas que te mantienen entretenido. Sin embargo, la sensación es que tendríamos que vivir en nuestras carnes la dificultad extrema de la expedición: el frío, la soledad, la impotencia ante la naturaleza inhóspita, los sacrificios y privaciones… Pero lo cierto es que carece del calado emocional en el drama y de la épica en la aventura necesarios para lograr impactar, conmover, dejar huella.

Estos variados desafíos que enfrentan los protagonistas son amenos, pero se sienten todos muy mundanos y están narrados de manera un tanto lineal, sin tensión ni giros que te dejen en vilo. Llega un problema, y lo resuelven o dejan atrás sin que haya un cambio notable en el devenir de acontecimientos y en sus personalidades. Ni siquiera la dejadez de los políticos se percibe como algo que ponga sus vidas en verdadero peligro.

En el acabado también da la impresión de que han desaprovechado más de la cuenta las posibilidades del rodaje en parajes naturales tan asombrosos como Islandia y Groenlandia. Flinth se atasca en la sencillez del guion, no tiene visión para aportar algo más. Los paisajes no deslumbran, no resultan hermosos ni causan pavor como podrían. El tempo del relato es mejorable, ni siquiera los escenarios más complicados y aparatosos poseen el ritmo y la tensión suficientes como para dejarte sin aliento o inquieto por el porvenir de los protagonistas. Por ejemplo, el tramo más sombrío, la caída a la locura por el aislamiento, resulta predecible y alargado en exceso. La banda sonora de Volker Bertelmann pasa sin pena ni gloria. Y los actores cumplen, pero no ofrecen interpretaciones apasionantes; Joe Cole sería el mejor, con un buen retrato del tripulante de bajo nivel cultural pero de buen corazón.

Perdidos en el Ártico resulta bastante entretenida, sobre todo si te gusta el género, pero también deja un regusto amargo por quedarse a medio camino de ninguna parte. El referente de estos años es para mí la miniserie El Terror (2018), que viene también de una novela magnífica de Dan Simmons (2007), si bien también hay que decir que la fallida expedición de John Franklin (1945) es probablemente la más apasionantes de todas.

Ha fallecido William Hurt

Nacido en 1950 en la ciudad de Washington, EE.UU., William Hurt es uno de esos actores siempre en segunda línea, tanto en papeles como en fama, pero de los que siempre han dado un extra de calidad a sus roles. Falleció el 13 de marzo, con 71 años, en su hogar en Portland, Oregón. Llevaba varios años sufriendo cáncer.

La primera etapa de su carrera se centró en el teatro, entrando muy poco a poco en el cine. Empezó a darse a conocer a mediados de los ochenta, ya con treinta y tantos años, en títulos como Gorky Park (1983), El beso de la mujer araña (1985), Hijos de un dios menor (1986), Turista accidental (1988)… algunos de los cuales le trajeron varios premios.

En los noventa pasó por un periodo de cierto estancamiento y con una sonora cagada, el rechazo de ser Alan Grant en Parque Jurásico (1993), papel que recayó en Sam Neill. En esa época destacaría apenas las rarezas de Dark City (1998) y Perdidos en el espacio (1998), desiguales aproximaciones a la ciencia-ficción.

Pero en los dos mil fue participando en cintas de mayor éxito y volviendo a atraer la mirada de los críticos. A.I. Inteligencia Artificial (2001), El bosque (2004), Una historia de violencia (2005), Syriana (2005), El buen pastor (2006), Hacia rutas salvajes (2007), Robin Hood (2010)… Y abacó siendo un personaje recurrente en la saga Los Vengadores de Marvel, el general Ross.

Tras probar suerte en televisión con la miniserie Dune (2000), volvió a repetir cada vez más asiduamente: Daños y prejuicios (2009), Beowulf (2016), Cóndor (2018), Goliat (2016)…

Ha dejado algunos títulos en posproducción.

Biografía: Wikipedia. Filmografía: IMDb.