El Criticón

Opinión de cine y música

Archivos mensuales: enero 2007

Hard Candy

 

Hard Candy, 2005, EE.UU.
Género: Drama, thriller.
Duración: 103 min.
Director: David Slade.
Escritor: Brian Nelson.
Actores: Ellen Page, Patrick Wilson, Sandra Oh.
Música: Harry Escott, Molly Newman.

Valoración:
Lo mejor: Los inmensos actores y la fotografía, además de lo arriesgado de la propuesta.
Lo peor: Es un tanto rebuscada y le faltan sorpresas con garra.
Mejores momentos: El instante en que vemos el cambio de la Haylye dulce y juguetona a la fría y calculadora. Y la cruel operación.

La producción independiente Hard Candy ha ido recibiendo un correcto número de buenas críticas a su paso por los festivales, ganando en Sitges los premios de mejor película, mejor guión y el premio del público. En la taquilla mundial no fue un taquillazo, pero sí funcionó bien teniendo en cuenta sus orígenes, lo cual tiene mucho mérito no sólo teniendo en cuenta que es cine independiente (muchas veces sobrevalorado por culturetas varios), sino atendiendo a que es una producción muy arriesgada en contenido y forma, pues narra la venganza de una adolescente contra un supuesto pedófilo que atacó sexualmente a una de sus amigas y está realizada limitando la narración a dos personajes y a un par de escenarios minimalistas, con lo que que podría asemejarse a una obra de teatro si no se hiciera especial hincapié en una fotografía tan colorida y trabajada. El resultado, una obra muy original aunque de difícil digestión, no apta para todos los públicos pero una ocasión perfecta para el espectador con inquietudes.

Comienza con un prólogo en el que sólo vemos la pantalla de un ordenador y una conversación a través de un programa de mensajería instantánea donde un adulto queda con una joven de catorce años. La narración pasa entonces a una cafetería y de ahí a la casa del hombre pasando por una fugaz estancia en un parking. Son los únicos escenarios de esta peculiar historia, pero son más que suficientes, pues la fotografía de Jo Willems proporciona unos encuadres llenos de color (muy trabajado en la post-producción) y de vida, obteniendo magníficos planos del hogar del protagonista, una casa de decoración moderna tan sobria como bella muy bien elegida. Además, se limita a primerísimos planos de los actores funcionando con eficacia como catalizador de la narración hacia los elementos principales del relato, los personajes.

El ritmo otorgado por el director novel David Slade resulta correcto teniendo en cuenta la dificultad de mantener el interés en estas circunstancias, aunque en ningún momento atrapa con la intensidad que lo hacen otros elementos (actores y fotografía). La narración se desarrolla en continuas conversaciones rodadas sobre todo en secuencias largas, con un buen montaje que no se muestra ni precipitado ni estático, sino adecuado a las necesidades del momento. Sólo un par de momentos de estilo de video clip (con música ruidosa inclusive) resultan molestos, incluso sabiendo que las intenciones del autor eran destacar momentos de confusión (el protagonista drogado, por ejemplo). Slade centra constantemente la narración en cerrados encuadres de los rostros de los personajes, demostrando una dirección de actores magistral donde los intérpretes del reducido elenco se lucen consiguiendo interpretaciones inolvidables, de las mejores en años, ignoradas por los grandes premios (Globos de oro, Oscares…) y el público por la limitada distribución del filme. La actuación de Patrick Wilson es redonda, muestra con genial habilidad los diferentes estados de su personaje (contención ante el dulce, frustración, tensión, terror…), pero la de Ellen Page es antológica, quien con 18 años consiguió ofrecer un papel digno de ser recordado en la historia, pero que por desgracia es muy probable que se pierda en el olvido a pesar de que sólo con ver un par de planos ya se puede comprobar la increíble capacidad de expresión, la cantidad de matices que es capaz de mostrar en unos segundos… y eso por no hablar de la facilidad con que cambia de registro en uno de los momentos claves del filme. Sinceramente, sólo por ver a los actores merece la pena el esfuerzo de atreverse con este nada fácil visionado, pues el duelo interpretativo es sublime.

Las brevísimas apariciones de personajes secundarios como el del dependiente de la tienda de dulces, la ex-novia, la mujer que sale del baño o la única con algo de diálogo, la vecina (Sandra Oh, la feísima pero magnífica actriz conocida sobre todo por su papelón en la serie Anatomía de Grey), están muy bien incluidas, ya que ofrecen evidencias irrefutables de que la historia no es una falsa realidad, sea sueño, delirio mental o lucha interna contra la conciencia. Un aporte de guión muy significativo, última prueba de que Brian Nelson es buen escritor (a pesar de ser su primera obra en cine) y sabía que lo que estaba haciendo podría haber dado pie a teorías de diversa índole que apartaran las verdaderas intenciones de su obra hacia desvaríos fantasiosos (aunque he visto alguna crítica que evita estas pruebas en pro de sus delirantes búsquedas de significados ocultos –esos amantes de David Lynch…-). Su libreto juega con una de las peores perversiones del ser humano y sus consecuencias en las víctimas y sus allegados (secuelas mentales como la repetición del daño en otras personas… que aquí con un giro rebuscado aparece dirigido hacia el criminal) y los verdugos (remordimientos), así como la búsqueda de justicia y/o venganza, además de dejar en la mesa una pregunta que no tiene fácil respuesta: ¿es lícito moral y legalmente iniciar una relación de amor/sexo con una menor si ella lo consiente y demuestra plena madurez psicológica, como es el caso de la protagonista de Hard Candy?

En resumen, Brian Nelson ha creado una interesante aunque ligera (no conmoverá profundamente al espectador, le falta algo de garra) reflexión social desarrollada con diálogos que, si bien no son de un nivel que merezca un calificativo demasiado alabador (un inciso para recomendar Antes del amanecer y su secuela, muestras definitivas de cómo hacer una película únicamente con los diálogos de dos personajes), sustentan sin problemas la historia. Además, añade efectismo al relato incluyendo elementos de cine de suspense y en algunas ocasiones casi de terror psicológico, cuyo único error sería que quizá es algo forzado, sobre todo en su resolución propia de películas de asesinos en serie de giros rebuscados, instantes que no llegan a ser muy negativos para la valoración global y sin los que probablemente Hard Can
dy
se hubiera quedad en una mera charla con algo de sustancia pero sin interés como película.

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En el calor de la noche

 

In the Heat of the Night, 1967, EE.UU.
Género: Drama, policiaco.
Duración: 109 min.
Director: Norman Jewison.
Escritores: Stirling Silliphant, John Ball (novela).
Actores: Rod Steiger, Sidney Poitier, Warren Oates, Lee Grant, Larry Gates, James Paterson.
Música: Quincy Jones.

Valoración:
Lo mejor: Inmensos personajes e interpretaciones, y un guión muy bueno: diálogos, trama detectivesca, análisis social…
Lo peor: Por decir algo, tarda en arrancar.
Mejores momentos: El encuentro entre Virgil y el terrateniente que termina a bofetadas, y la posterior sentencia del jefe de policía:
La frase: Muchacho, es usted igualito que todos nosotros.

Muy valiente fue Norman Jewison al realizar esta magnífica cinta sobre el sinsentido del racismo, sobre todo por su crítico análisis de los individuos que forman parte de este odio y lo fomentan, donde no se corta un pelo al poner patas arriba un amplio sector de la sociedad de su país, cebándose especialmente en los paletos sureños, sean oficiales de policía o no. Obtuvo buena recompensa con la crítica y la multitud de premios que le otorgaron, y el paso del tiempo no le ha hecho el más mínimo daño a la película, siendo un visionado muy recomendable.

En un pequeño pueblo del sur de los Estados Unidos un rico empresario que prometía traer industria y empleo aparece muerto. Los policías locales hallan a un negro por la zona y rápidamente se convierte en su principal sospechoso. Para sorpresa de todos resulta ser también un oficial, uno de prestigio en su comisaría que sólo estaba de paso por la zona, pero eso no evita que todo el pueblo muestre su visceral odio a los negros. Para colmo del jefe de policía del lugar, ha de compartir la investigación con él.

En el calor de la noche nos sumerge en una cuidadísima trama detectivesca con un sorprendente trasfondo social donde un rico crisol de personajes lleva el peso de la narración. El conflicto entre el sheriff y el policía de color choca en lo laboral (uno chapucero y pasota, el otro con formación modélica y detallista y minucioso en su labor) pero sobre todo supone un enfrentamiento racial que hace tambalear una población entera. El detective Virgil se topa una y otra vez con la reticencia de los pueblerinos a colaborar con él (aunque su inteligencia le hace ganarse a algunos) y debe hacer frente a una situación cada vez más hostil, hasta el punto de que su vida llega a correr peligro de linchamiento. Por su parte, el jefe de policía Gillespie ve cómo un individuo que no es bienvenido en la zona no sólo toma parte activa de su investigación, sino que constantemente le hace quedar mal al ejemplificar al oficial perfecto. La tensión no se limita a una historia de roces raciales, pues el guión de Stirling Silliphant ofrece un desarrollo de personajes sublime, donde Gillespie, al verse obligado a colaborar e incluso a proteger a Virgil, va aceptando y comprendiendo al intruso, mientras Virgil por su parte demuestra que no sirve de nada ser una víctima si al final el odio también se convierte en parte de tu vida. Hay un punto de inflexión magistral donde el jefe de policía hace notar que Virgil es igual de racista que los habitantes del pueblo, en esa escena antológica que tiene lugar en la casa de un rico terrateniente que refleja a los esclavistas que hubo en aquél país (con criado negro inclusive), donde da lugar el impresionante duelo dialéctico entre dicho terrateniente y Virgil que termina a bofetadas ante la pasividad de Gillespie, quien ya ha visto en el negro algo más que un color.

Pero el muestrario de personajes no acaba en los dos principales, ya que hay una serie de secundarios muy logrados que sustentan el relato, sin los que no habría sido posible la exhaustiva descripción de las gentes del lugar. Gran parte de la fuerza de los caracteres radica en buenos actores, entre los que destacan un inmenso Rod Steiger, que ofrece un papelón digno de recordar, y un comedido Sidney Poitier, capaz de expresarlo todo con una sola mirada.

La narración adolece de ser algo morosa al principio en comparación con el resto, donde la tensión palpable y los grandes diálogos conforman una atmósfera de intensidad creciente en la que Norman Jewison no se pierde en espectacularidad innecesaria (las peleas tienen la violencia y duración justa). La trama detectivesca está construida con firmeza, lo que da pie a una investigación sólida y de resoluciones sorprendentes y nada rebuscadas, bien enlazadas con los personajes presentados. El calor de la noche es un gran filme policiaco a la vez que una feroz crónica de la América más conservadora y racista, y contiene algunas escenas en las que uno ha de luchar contra la sensación de que tiene que aplaudir acaloradamente.

El código Da Vinci

 

The Da Vinci Code, 2006, EE.UU.
Género: Misterio, acción.
Duración: 149 min.
Director: Ron Howard.
Escritores: Akiva Goldsman, Dan Brown (novela).
Actores: Tom Hanks, Audrey Tautou, Jean Reno, Alfred Molina, Ian McKellen, Paul Bettany.
Música: Hans Zimmer.

Valoración:
Lo mejor: Algunos de los actores: brillante Ian McKellen, terrorífico Paul Bettany. Y la música de Hans Zimmer.
Lo peor: Audrey Tautou no da un buen papel. Los personajes son penosos y sobre todo es muy pretenciosa y larga, con un gran bajón de interés en el tramo final.

Con tantas críticas negativas y tanta repercusión mediática me negué a ver El código Da Vinci en el momento de su estreno, hasta que un día alguien de la familia la alquiló y, no teniendo nada mejor que hacer y pensando en que tendría que verla con mis propios ojos para unirme a las innumerables quejas, decidí proceder a su visionado. Tan bajas eran las expectativas que el producto no sólo acabó gustándome, sino que me pareció una película de acción comercial entretenida que hubiera recibido por mi parte un aprobado arreglando poquitas cosas. Errores típicos y otros nuevos, pero al fin y al cabo, una película del montón que ni mucho menos es una producción nefasta. Pero no nos engañemos, de buena tiene poco, o más bien nada.

Akiva Goldsman sigue fielmente al libro (no lo he leído, pero no ha habido quejas a este respecto) en la construcción de una trama detectivesca de secretos de importancia histórica encabezada por un especialista en símbolos (sea lo que sea eso) y una policía cuya familia estuvo relacionada con las organizaciones religiosas que ahora son motivo de la investigación. La narración es morosa pero no llega a aburrir, hasta que el tramo final se alarga de forma innecesaria y con escaso contenido. Las pistas que van siguiendo los protagonistas son algo simples en relación con la extraordinaria importancia del caso, pero aunque también les falte sorpresa mantienen dignamente la tensión y llevan el relato de manera que resulta ligero en contenido (algo soso a veces) pero activo en ritmo.

Los personajes no dan mucho de sí, siendo tan planos que sólo se sustentan por la buena labor de la mayoría del reparto, destacando a un magnífico (como siempre) Ian McKellen, que da vida con maestría a un personaje tan exagerado como increíble. Paul Bettany produce auténtico pavor en algunos instantes, secundarios como Jean Reno y Alfred Molina están en su línea habitual de calidad y el famoso Tom Hanks ofrece una interpretación no muy entusiasta pero acorde con su vulgar personaje. Sin embargo, la menuda fémina del reparto (Audrey Tautou) sale malparada, ofreciendo una interpretación apagada, insípida.

La mayor pega que se le puede hacer, aparte de los personajes, es el ridículo montaje de conspiraciones y secretos que idea Dan Brown. Cualquiera con dos dedos de frente es consciente de que es pura e insostenible ficción, aunque lamentablemente el libro se convirtió en best-seller y ha llegado a mucha gente que, en su ignorancia, se ha tragado todas o casi todas las mentiras, cuando, al menos viéndolas en la película, ni siquiera soy capaz de explicarme cómo pueden funcionar en el libro sin que el argumento se caiga por su propio peso (así de malo debe de ser). El cúmulo de asociaciones ocultas y tesoros perseguidos por la Iglesia podría dar para mucho juego, pero Brown es incapaz de entretejer una buena trama de misterio y aventura que enlace bien con los hechos históricos que se conocen, llegando hasta el punto de caer en lo ridículo en algunos instantes. En consecuencia, la película llega a ser sorprendentemente pretenciosa y manipuladora, con momentos que producen auténtica risa, como el personaje de Ian McKellen explicando sus absurdas teorías y convenciendo a los demás al instante de forma precipitada y cutre.

Ron Howard, conocido por ser el director marioneta al que le encargan todos estos proyectos que podríamos definir como productos comerciales prefabricados, otorga a la película una gama de colores demasiados oscuros que obligan a dar brillo para poder ver algo, pero salvo los continuos flashbacks (alguno insufrible, como el del aeropuerto) y montajes a lo C.S.I que adornan el metraje explicando todo lo que hacen y dicen los personajes, como si el espectador fuese incapaz de visualizarlo por su cuenta, no se le puede criticar demasiado, ya que lo que tenía entre manos no podía dar mucho de sí. Eso sí, podría haber puesto más énfasis en la conclusión del filme recortándole digamos que por lo menos media hora… aunque peor es saber que para el DVD han sacado una versión extendida de tres horas (¡¡!!).

Lo más destacable, la banda sonora original de Hanz Zimmer, que sorprende por su originalidad y eficacia con las imágenes. Un placer recuperar a un autor que estaba empezando a desilusionarme.

Ah, y como era de esperar, la segunda parte ya está anunciada. Y el público, como es voluble, se verá presionado por la campaña publicitaria y acudirá en masa a verla, tal y como ha pasado con la segunda novela.

Banderas de nuestros padres

 

Flags of Our Fathers, 2006, EE.UU.
Género: Drama, acción.
Duración: 132 min.
Director: Clint Eastwood.
Escritores: William Broyles, Paul Haggis, James Bradley (novela).
Actores: Ryan Phillippe, Jesse Bradford, Adam Beach, John Benjamin Hickey, John Slattery, Barry Pepper, Jamie Bell, Robert Patrick, Neal McDonough.
Música: Clint Eastwood.

Valoración:
Lo mejor: Las escenas de guerra, el manejo de la cámara que posee Eastwood.
Lo peor: Es demasiado irregular en forma y contenido, y cuanto más avanza la cosa empeora. Casi todos los actores principales.
Mejores momentos: El desembarco.

No logro entender cómo Clint Eastwood ha perdido tanto el rumbo con esta película. Se caracteriza por ser un autor de narraciones sobrias y maduras, de grandes personajes y que acostumbra a obtener magníficas interpretaciones de sus actores. Sin embargo, todo esto le ha salido mal en esta esperada producción bélica sobre la toma de la isla de Iwo Jima en la Segunda Guerra Mundial.

Banderas de nuestros padres es un relato que conjuga la visión de la guerra desde la perspectiva de un grupo de soldados, mostrando toda su crueldad y las heridas que deja en los hombres que participan en ella y en los miembros de la familia que dejan atrás, a la vez que analiza con ojo crítico la descarada manipulación mediática que se desarrolla en su país, donde se desvirtúan y edulcoran los hechos creando falsos héroes con fines monetarios y políticos. Eastwood ha intentado abordar esta narración paralela construyendo pequeños capítulos que fueran confeccionando el relato a la vez que se desarrolla la evolución de los personajes desde su entusiasmo inicial a su situación estable o desesperada (según el carácter) cuando su fama de héroes empieza a pasarse de moda, pasando por la dolorosa transformación que les produce el conflicto bélico. Pero, para sorpresa de casi todo crítico y espectador, el conocido como último autor clásico ha estado sumamente torpe e ineficaz.

Algunos de sus puntos fuertes siguen estando en vigor, pero en ocasiones muy desplazados a segundo plano por los continuos y crecientes errores. Maneja la cámara que da gusto verlo, tanto en momentos intimistas como cuando la acción estalla en todo su esplendor. Hace gala de un virtuosismo elegante y lleno de recursos, sacando un provecho magnífico del conflicto bélico, ya sea en escenas nocturnas en espacios limitados por la oscuridad o en grandes planos del impresionante desembarco, donde demuestra su gran experiencia al incluir con maestría los grandes despliegues de extras, decorados y efectos especiales. Pero rodar bien no hace grande a una película si el guión no es capaz de construir bien la historia y el propio director no sabe editarla de manera que arregle los problemas.

A pesar de la inmejorable labor de Paul Haggis en Crash y de los buenos resultados que cosechó de la crítica en su anterior trabajo con Eastwood (Million Dollar Baby), no se entiende cómo esta vez estos dos grandes artistas han podido confeccionar una narración tan irregular, a veces desastrosa a veces casi excelente. La estructura narrativa salpicada de continuas idas y venidas en el tiempo (de la guerra a la campaña publicitaria) no solo no imprime un ritmo adecuado, sino que lo rompe constantemente, y mientras avanza la proyección la torpeza llega a convertirse en negligencia, con repentinos flashbacks ubicados sin motivo alguno o extensiones inadecuadas de algunos tramos. En medio de la película asistimos a una escena donde el indio mata a un japonés, momento incorporado de forma repentina y que no atiende a ninguna lógica; el tramo final se centra en el autor del libro y en los últimos días del indio, pero acaba siendo un capítulo insípido y cansino y que incrementa las malas sensaciones que deja la película al no ofrecer un final atractivo.

A lo largo de las dos horas tampoco hay manera de que consigan hilar una correcta exposición de caracteres, quedando personajes vulgares, planos, aburridos, aspecto empeorado por un casting horrible, donde cuanto más importante es el carácter, peor es el actor (con la honrosa excepción del indio Adam Beach): Ryan Phillippe tiene el mismo registro interpretativo que una pared, Jesse Bradford está un poco mejor pero tampoco da la talla, y parece estar siempre excesivamente feliz; se cuenta con secundarios algo más profesionales (Robert Patrick, John Slattery, Barry Pepper…), pero sus apariciones están muy limitadas y tampoco se encargan de personajes que aporten mucho interés. Huelga decir también que la falta de carisma de estos personajes, las interpretaciones anodinas y los cambios de tiempo y lugar son caldo de cultivo para la distracción, para que el espectador se pierda varias veces intentando averiguar quién es el polvoriento soldado casi clónico que hay en ese momento en pantalla.

No puedo más que lamentar que Clint Eastwood haya echado a perder las posibilidades de crear otra película de gran calidad, sensación agravada por los buenos momentos que alcanza la cinta en comparación con los sorprendentes fallos. Y, aunque sé que no me va a leer, quiero suplicarle que se busque un compositor y deje de dar la paliza con sus partituras monotemáticas: siempre crea músicas repetitivas y además no sabe emplearlas, llegando a desentonar su música con su propia narración en varias ocasiones.

Ahora, a esperar Cartas desde Iwo Jima, que a tenor de la recepción mediática, promete al menos ser más redonda.

Apocalypto

 

Apocalypto, 2006.
Género: Drama, acción.
Duración: 139 min.
Director: Mel Gibson.
Escritores: Mel Gibson, Farhad Safinia.
Actores: Rudy Youngblood, Dalia Hernández, Jonathan Brewer, Morris Birdyellowhead, Carlos Emilio Baez.
Música: James Horner.

Valoración:
Lo mejor: Los actores, la cantidad de sentimientos que transmite casi sin diálogos.
Lo peor: ¡Subtítulos blancos que se confunden con el fondo! Y la sensación de que es una película muy simple en contenido y forma.
Mejores momentos: Toda la estancia en las pirámides. La tensión palpable cuando empieza a llover y se inunda el agujero.

Fui a ver Apocalypto esperando un gran relato sobre la cultura Maya, y fui empujado por el gran número de críticas entusiastas que la alaban como una película imprescindible. Lo que me encontré fue una producción de aventuras simpática, sencilla, sin alardes técnicos y artísticos, entretenida pero muy lejos de ser una película que vaya a retener en mi memoria más de unos días. En mi humilde opinión, estamos ante uno de esos casos en el que la fama de su autor y la campaña publicitaria rodean a la cinta de una importancia y expectación desmedida que en cualquier otra situación no tendría y seguramente pasaría bastante desapercibida. Ni es una obra maestra de un supuesto genio egocéntrico y excéntrico, ni es una cosa extraña y mediocre de un loco millonario. Con sus pros y sus contras más o menos importantes, es una superproducción de entretenimiento que no toma por tonto al espectador adulto, y con eso me basta para recomendarla.

Como es habitual en su filmografía y en su carácter de ultra católico, Mel Gibson otorga suma importancia a la unión familiar y a la amistad, centrando los conflictos internos de los personajes y el devenir del relato en las rupturas de estas relaciones. Precisamente ése es el único argumento de Apocalypto, donde lleva al extremo tal idea limpiando la trama de casi toda interferencia ajena, simplificando el guión hasta el punto de que sobre los Mayas en concreto apenas hay algunas referencias relegadas a segundo plano, eso sí, bien introducidas. Esta simplificación tiene su lado bueno, pero también el malo.

Ofrece un relato universal en el que no importa que sean desaparecidos Mayas o Norteamericanos del siglo veintiuno, porque la trama sería prácticamente la misma en cualquier lugar y época. Aunque el exotismo de la selva y los aborígenes le otorga mayor atractivo y espectacularidad, da la sensación de que la historia no trata nada nuevo, haciéndola tan simple que a veces le resta interés (la sucesión de chistes tontos sobre sexo, el excesivo alargamiento del viaje a las pirámides). Pero al evitar adornos y complejidades también gana en pureza, consiguiendo muchos momentos de gran emotividad, con algunas secuencias muy logradas que calan muy hondo, como ver a los amigos en principio enfrentados luego unidos ante la adversidad, juntos en el viaje al infierno, o la lucha incansable del protagonista en busca de su familia.

Respecto a la recreación del pueblo Maya, en la impresionante estancia en las pirámides, el momento visualmente más impactante de la proyección, Gibson deja entrever algunas de las teorías sobre su desaparición que más peso tienen entre los historiadores: largas sequías y conflictos entre aldeas; y ya en el final incluye, en segundo plano, la llegada de los conquistadores españoles. Por lo demás, se centra en una pequeña aldea que vive como cualquier pueblo aborigen, cazando y cuidando de la familia, eludiendo así profundas descripciones sobre dicha cultura.

Lo más destacable de la cinta es la magnífica interpretación de todos y cada uno de los miembros del reparto, una labor extraordinaria si tenemos en cuenta la dificultad de realizar un casting exclusivamente de indios y que la mayoría de ellos no eran actores profesionales. Cabría destacar a los que más minutos tienen precisamente por tener mayor papel, pero es ineludible decir que hasta el más insignificante secundario demuestra una naturalidad y expresividad tan inesperada como eficaz.

Rodar en la selva tampoco sería tarea fácil, y Mel Gibson sale bien parado con una realización correcta que se adecua según las necesidades de la película, pero que sin embargo no ofrece nada destacable. La zona donde se enmarca el relato presentaba muchas posibilidades, y Gibson se ha limitado a una dirección algo convencional que, si bien denota gran profesionalidad, no impresiona como podría haberlo hecho. Quizá esta limitación formaba parte de la idea del autor de expresarse con naturalidad y sencillez, pero eso mismo, al igual que en el guión, juega en parte en contra: sí, hay algunos planos bonitos de la jungla y algunas secuencias con cierta espectacularidad, pero nada notable que haga de Apocalypto una película digna de ser recordada más allá de un disfrute temporal bien realizado.

Marco Beltrami – Terminator 3: Rise of the Machines

Marco Beltrami – Terminator 3: Rise of the Machines
Género: Banda sonora original
Año: 2003
Valoración:

La saga de Terminator se ha caracterizado por tener una música electrónica muy atmosférica que fuera de las películas no han funcionado entre el público por su falta de melodías y temas realmente característicos (al contrario que la trilogía de Matrix, que cuenta con elaboradas composiciones), aunque hay que decir que no fueron grandes partituras más allá de funcionar bastante bien con las imágenes. Marco Beltrami, el autor contratado para la tercera entrega, se mantiene en esa línea de sonidos eléctricos y metálicos, pero aporta algo de carisma y riqueza sonora. De todas formas, este estilo de sonidos arrítmicos y casi ruidosos no la hacen una obra apta para todos los paladares.

Al igual que en anteriores entregas, Beltrami otorga a la música el aspecto de frialdad electrónica que se adapta tan bien a la historia del implacable monstruo robótico. Crea una atmósfera de características inquietantes, con temas de sonidos rápidos y estridentes que acompañan a la persecución a la que son sometidos los protagonistas sin dar descanso, manteniendo los nervios siempre a flor de piel y llegando a ser desquiciante en algunas partes. Desarrolla una serie de cortes breves y concisos que exponen con acierto las distintas atmósferas del filme, aunque el tono en general se mantiene en sonoridades de acción constante. Los momentos más destacados son los siguientes: A Day in the Life ofrece un prólogo oscuro, un mundo sin alma, hostil; muy conseguido el efecto de coros que da el aspecto gélido y amenazador de las máquinas. Un ritmo impecable de percusiones y un sugerente golpeteo metálico hacen de Hooked On Multiphonics un tema extraño pero excelente. Caótico y arrítmico es Blonde Behind The Wheel, de los momentos más difíciles; conjuga las cuerdas con percusiones y teclados y saca buen provecho de los vientos, ofreciendo un instante desquiciante, seguramente insoportable para algunos oyentes. Se aporta algo de humanidad con el tema de JC (JC Theme), un instante que se aleja de las estridencias para ofrecer una melodía de aspecto más sinfónico y cargada de melancolía y soledad. Este corte, que resulta sin duda el mejor momento del disco, se emplea en otras breves ocasiones, donde aparece subyugado por el tema empleado para la TX mostrando así con acierto la situación de peligro del protagonista. En Hearse Rent a Car y Kicked In The Can tenemos otros dos momentos de acción de sonidos agobiantes e insistentes con efectos perturbadores. En el apocalipsis final, Radio desglosa las notas más dolorosas: el fin del dominio de la Humanidad. A continuación se versiona el tema clásico de Terminator de Brad Fiedel (T3), orquestado resaltando las percusiones y envolviéndolo con la parte más dramática creada por Beltrami, para en el siguiente corte ofrecer el original sin retoque alguno.

Cerrando el disco encontramos la demasiado habitual inclusión de molestas canciones que no encajan con la composición original y que ni siquiera se utilizan como complemento de la película, sino como relleno en los créditos únicamente para dar al álbum un toque comercial de cara al gran público; el oyente que tenga buenas inquietudes musicales ni las escuchará.

 

1. A Day in the Life – 3:41
2. Hooked on Multiphonics – 1:48
3. Blonde Behind the Wheel – 2:08
4. JC Theme – 3:35
5. Starting T1 – 1:51
6. Hearse Rent a Car – 1:49
7. TX’s Hot Tail – 3:40
8. Graveyard Shootout – 1:32
9. More Deep Thoughts – 0:59
10. Dual Terminator – 0:51
11. Kicked in the Can – 2:03
12. Magnetic Personality – 4:36
13. Termina-Tricks – 2:13
14. Flying Lessons – 0:57
15. What Do You Want on Your Tombstone? – 1:20
16. Terminator Tangle – 3:21
17. Radio – 2:21
18. T3 – 3:15
19. The Terminator – Brad Fiedel – 2:17
20. Open to Me – Dillon Dixon – 3:48
21. I Told You – Mia Julia 3:12
Total: 51:17

Jarhead

 

Jarhead, 2005, EE.UU.
Género: Drama, bélico.
Duración: 123 min.
Director: Sam Mendes.
Escritores: William Broyles, Anthony Swofford (novela).
Actores: Jack Gyllenhall, Peter Sarsgaard, Jamie Foxx.
Música: Thomas Newman.

Valoración:
Lo mejor: La impecable y en muchas ocasiones bellísima fotografía.
Lo peor: Es una película sin fuerza, vacía, aburrida.
Mejores momentos: La lluvia de petróleo, en especial la aparición del caballo.

Sam Mendes es un autor con un estilo muy personal y poético: sus películas son bellas en forma pero también están muy bien dotadas de contenido emocional y crítico. Se ganó la fama con la impresionante American Beauty, un retrato mordaz de las familias en apariencia típicas del modo de vida estadounidense, aunque luego tropezó ligeramente con Camino a la Perdición, no por su trabajo de dirección, sino porque el guión pecaba de ser demasiado sencillo y predecible. En Jarhead es de agradecer el esfuerzo que ha puesto en buscar una mirada distinta de las habituales aproximaciones al cine bélico, pero los resultados son entristecedores por su simplismo y monotonía.

Jarhead se centra en las motivaciones y penurias de los soldados estadounidenses en las formas modernas de la guerra. Estos hombres, gente sencilla, de pueblo, con ideales simples y con mucha energía, se alistan para combatir por su país y se encuentran con entrenamientos agotadores y en muchos casos lleno de vejaciones, para luego ir a guerras que no comprenden y en las que, o mueren indignamente o, como acierta Mendes en describir, no hacen nada debido a que con las técnicas modernas la lucha ya no se centra en el cuerpo a cuerpo. El guión se basa en el relato real del soldado Anthony Swofford (interpretado por Jack Gyllenhaal), quien con sus compañeros pasó una larga temporada en los desiertos de Arabia Saudí sin llegar a ver acción alguna. Desglosa sus pensamientos desde el entrenamiento hasta la vuelta al hogar y el reajuste a la vida posterior (esto último de forma resumida), centrándose sobre todo en aquella estadía en la que sufrieron la monotonía de la inactividad en pleno desierto.

La mano de Mendes ofrece una visión preciosa de los vastos e inhóspitos paisajes desérticos donde transcurre la mayor parte del relato, consiguiendo momentos de un lirismo desbordante, como todo el tramo de la caminata que desemboca en la lluvia de petróleo, donde dota a las imágenes de una belleza cautivadora gracias a una hábil mezcla de perfecta fotografía y efectos digitales. La dirección de actores es como siempre notable, exprimiendo principales (Jack Gyllenhaal, Peter Sarsgaard) y secundarios hasta ofrecer interpretaciones de gran naturalidad y, en el caso de Gyllenhaal, hay que decir que el joven realiza un buen retrato del soldado puteado.

Pero Jarhead tiene un desarrollo plano que no parece llevar a ningún sitio. El principal problema es este argumento de guerra sin guerra donde el guión no proporciona apenas momentos de interés. Si la dirección de Mendes es muy personal, el guión con el que cuenta aquí es todo lo contrario, mostrándose anodino en historia y vago en ideas. Vemos a los soldados aburrirse en un panorama desolado, pero lo hacemos en escenas también aburridas de cara al espectador, ya que apenas aportan instantes con algo de interés: los momentos en el entrenamiento están faltos de carisma y originalidad, y las situaciones en el desierto son simplonas exceptuando los logros visuales del director. Mendes se concentra mucho en los personajes, que son el foco de sus relatos y desde donde desglosa todo el contenido, pues generalmente ellos y sus pensamientos son los que dan vida a sus filmes, no sólo las situaciones que viven. En este aspecto la película no sale demasiado mal parada, pero no sirve de mucho tener un par de buenos caracteres si hablan sin decir nada y caminan sin llegar a ninguna parte. Las posibilidades de ofrecer crítica militarista y profundidad moral están fatalmente desaprovechadas, limitándose a algunas preguntas sobre por qué luchan, muestras vagas sobre la adaptación de los hombres al medio y a sus compañeros y poco más. Llega el final de la proyección y uno tiene la sensación de que no ha pasado absolutamente nada.

Una película visualmente impecable, pero por más que me pese, Mendes está desperdiciando su talento y haciendo que pierda mi tiempo. Espero que para la próxima producción ponga más cuidado en la elección del guión.