El Criticón

Opinión de cine y música

En el calor de la noche

 

In the Heat of the Night, 1967, EE.UU.
Género: Drama, policiaco.
Duración: 109 min.
Director: Norman Jewison.
Escritores: Stirling Silliphant, John Ball (novela).
Actores: Rod Steiger, Sidney Poitier, Warren Oates, Lee Grant, Larry Gates, James Paterson.
Música: Quincy Jones.

Valoración:
Lo mejor: Inmensos personajes e interpretaciones, y un guión muy bueno: diálogos, trama detectivesca, análisis social…
Lo peor: Por decir algo, tarda en arrancar.
Mejores momentos: El encuentro entre Virgil y el terrateniente que termina a bofetadas, y la posterior sentencia del jefe de policía:
La frase: Muchacho, es usted igualito que todos nosotros.

Muy valiente fue Norman Jewison al realizar esta magnífica cinta sobre el sinsentido del racismo, sobre todo por su crítico análisis de los individuos que forman parte de este odio y lo fomentan, donde no se corta un pelo al poner patas arriba un amplio sector de la sociedad de su país, cebándose especialmente en los paletos sureños, sean oficiales de policía o no. Obtuvo buena recompensa con la crítica y la multitud de premios que le otorgaron, y el paso del tiempo no le ha hecho el más mínimo daño a la película, siendo un visionado muy recomendable.

En un pequeño pueblo del sur de los Estados Unidos un rico empresario que prometía traer industria y empleo aparece muerto. Los policías locales hallan a un negro por la zona y rápidamente se convierte en su principal sospechoso. Para sorpresa de todos resulta ser también un oficial, uno de prestigio en su comisaría que sólo estaba de paso por la zona, pero eso no evita que todo el pueblo muestre su visceral odio a los negros. Para colmo del jefe de policía del lugar, ha de compartir la investigación con él.

En el calor de la noche nos sumerge en una cuidadísima trama detectivesca con un sorprendente trasfondo social donde un rico crisol de personajes lleva el peso de la narración. El conflicto entre el sheriff y el policía de color choca en lo laboral (uno chapucero y pasota, el otro con formación modélica y detallista y minucioso en su labor) pero sobre todo supone un enfrentamiento racial que hace tambalear una población entera. El detective Virgil se topa una y otra vez con la reticencia de los pueblerinos a colaborar con él (aunque su inteligencia le hace ganarse a algunos) y debe hacer frente a una situación cada vez más hostil, hasta el punto de que su vida llega a correr peligro de linchamiento. Por su parte, el jefe de policía Gillespie ve cómo un individuo que no es bienvenido en la zona no sólo toma parte activa de su investigación, sino que constantemente le hace quedar mal al ejemplificar al oficial perfecto. La tensión no se limita a una historia de roces raciales, pues el guión de Stirling Silliphant ofrece un desarrollo de personajes sublime, donde Gillespie, al verse obligado a colaborar e incluso a proteger a Virgil, va aceptando y comprendiendo al intruso, mientras Virgil por su parte demuestra que no sirve de nada ser una víctima si al final el odio también se convierte en parte de tu vida. Hay un punto de inflexión magistral donde el jefe de policía hace notar que Virgil es igual de racista que los habitantes del pueblo, en esa escena antológica que tiene lugar en la casa de un rico terrateniente que refleja a los esclavistas que hubo en aquél país (con criado negro inclusive), donde da lugar el impresionante duelo dialéctico entre dicho terrateniente y Virgil que termina a bofetadas ante la pasividad de Gillespie, quien ya ha visto en el negro algo más que un color.

Pero el muestrario de personajes no acaba en los dos principales, ya que hay una serie de secundarios muy logrados que sustentan el relato, sin los que no habría sido posible la exhaustiva descripción de las gentes del lugar. Gran parte de la fuerza de los caracteres radica en buenos actores, entre los que destacan un inmenso Rod Steiger, que ofrece un papelón digno de recordar, y un comedido Sidney Poitier, capaz de expresarlo todo con una sola mirada.

La narración adolece de ser algo morosa al principio en comparación con el resto, donde la tensión palpable y los grandes diálogos conforman una atmósfera de intensidad creciente en la que Norman Jewison no se pierde en espectacularidad innecesaria (las peleas tienen la violencia y duración justa). La trama detectivesca está construida con firmeza, lo que da pie a una investigación sólida y de resoluciones sorprendentes y nada rebuscadas, bien enlazadas con los personajes presentados. El calor de la noche es un gran filme policiaco a la vez que una feroz crónica de la América más conservadora y racista, y contiene algunas escenas en las que uno ha de luchar contra la sensación de que tiene que aplaudir acaloradamente.

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