El Criticón

Opinión de cine y música

Archivos mensuales: marzo 2007

300

300, 2006, EE.UU.
Género: Drama, acción.
Duración: 117 min.
Director: Zack Snyder.
Escritores: Zack Snyder, Kurt Johnstad, Michael Gordon, Frank Miller y Lynn Varley (cómic).
Actores: Gerard Butler, Dominic West, David Wehnham, Rodrigo Santoro, Lena Headey.
Música: Tyler Bates.

Valoración:
Lo mejor: El riesgo artístico, el intento de innovar.
Lo peor: El resultado, un videoclip sin contenido.
Mejores momentos: La negociación entre Jerjes y Leónidas y la lucha contra el trol.
La frase: -Leónidas a Jerjes: Llevamos toda la mañana conviviendo con la cultura persa.

* * * * * * * * *

No cabe duda de que 300 es el estreno de la temporada, una de estas películas que levantan grandes movimientos de seguidores, los cuales se concentran Internet y se unen rápidamente a la moda junto a los viejos lectores de la obra original y van en manadas al cine esperando ver saciado su más o menos exigente nivel de impresionabilidad friki. Pero 300 parte además con el aliciente que los medios se empeñan en otorgarle de producción revolucionaria en el arte cinematográfico, con lo que el revuelo es mayor y se extiende a la crítica y a aquellos que esperan buen cine y no sólo entretenimientos de encefalograma plano. Pero el resultado, para el que esto escribe, es pobre en lo visual, paupérrimo en el contenido y considerablemente aburrido a pesar de ser un supuesto espectáculo visceral.

El dicho de que estamos ante una producción revolucionaria se me antoja exagerado por la propia campaña publicitaria, pues 300 no aporta nada nuevo en su realización y el resultado de su estilo visual innovador dista de ser perfecto. Para derrumbar las ingenuas habladurías de que la producción ha reinventado el cine basta citar que rodar con pantallas verdes o azules se lleva haciendo como una década, y hay películas realizadas enteramente así como Sky Captain, o que la alteración de colores y el añadido de grano es aún más viejo, o que el aspecto de cómic ya se empleó en la muy superior Sin City. Eso sí, se le ha otorgado un colorido y una fotografía que imitan muy bien al formato del cómic y consiguen una estética tan peculiar que proporciona una apariencia muy característica a las imágenes.

Sin embargo, el conjunto de factores que conforman este estilo, la fotografía, el colorido, y los decorados, muestran un agotamiento de recursos bastante llamativo, propiciando que el acabado visual global, aparte de original y curioso, peque de simple, apagado, poco virtuoso y mal aprovechado. La fotografía es bastante buena, pero no puede dar mucho de si al estar tan limitada a primeros planos y tomas de decorados simplísimos en los que el cartón-piedra o plásticos utilizados son demasiado evidentes. El uso del color con gran contenido de grano consigue esa aura artificial tan cautivadora en primera instancia, pero pronto los constantes tonos tan anaranjados terminan saturando las imágenes. Sumando todos estos intentos más o menos logrados de crear una atmósfera sin igual, me encuentro con que a planos de indudable belleza e impacto visual se le suman muchos momentos en los que la pantalla aparece casi vacía o con contenido sin definición, resultando imágenes asépticas poco atractivas. Además los tonos naranjas sobre ciudades y campos de trigo, y la escena de la mujer en dicho campo, degraciadamente son muy parecidos a los de Gladiator.

El guión no existe, faceta que sería perdonable si el espectáculo valiera la pena, pero como 300 no ofrece nada más allá de una fachada de videojuego o videoclip ralentizado hasta resultar agotador se echa mucho más de menos una historia y unos personajes que sustenten el endeble entretenimiento. Salvo Leónidas y la reina, bien caracterizados por un inmenso Gerard Butler y una eficaz Lena Headey, la ausencia de personajes es total, y no es que estos dos tengan mucha dimensión. Algunos de los caracteres, como los dos traidores o el soldado que lucha junto a su hijo, están dibujados de manera tan simplista y resultan tan infantiles que, desde mi punto de vista, resultan insultantes para la inteligencia del espectador. La trama es sencilla, tanto por venir del cómic como por centrarse únicamente en una batalla, pero se muestra endeble e insustancial, con muchos aspectos mejorables. En ocasiones la credibilidad desaparece: cuanto más avanza la batalla, más salen del desfiladero que supuestamente les iba a proteger, mientras los increíblemente estúpidos persas se lanzan en grupos de tres o cuatro contra ellos en vez de arrasar con su número superior de fuerzas. También es curioso que los 300 no lleven carros o bolsas con provisiones a su odisea. La parte de la esposa y reina es un añadido sobre el cómic, y a pesar de ser un buen intento de dotar al conjunto de mayor solidez y de describir la parte de Esparta que se queda sin combatir, termina por resultar cargante, monótona y previsible, y el hallazgo del traidor, que es tan necio como para llevar las monedas persas encima, es vergonzoso. En cuanto a los diálogos, algunos tienen chispa (genial la conversación entre Jerjes, con su polémica caracterización de drag queen, y Leónidas), pero en general carecen de fuerza, entusiasmo y emotividad, y por si fuera poco la narración es redundante y muy pedante.

Pero el peor error de la película son los juegos de cámara. Fallando el contenido, la estructura de la narración es lo que queda para que la apariencia final se alce como digna… pero las cámaras lentas ofrecen un desarrollo sin vigor, cansino, y en consecuencia un metraje inflado; además, hay fantasmadas como la bailarina de los oráculos o el harén de Jerjes que no vienen a cuento, y las escenas con fugaces pero numerosas cámaras aceleradas destrozan secuencias en las que se vislumbran prometedoras coreografías, con lo que las batallas están desvirtuadas, perdiendo todo el sensacionalismo que podrían haber destilado con tanta lucha, sangre y monstruos.

Otro elemento importante y del que se habla con frecuencia es la música. La partitura de Tyler Bates es otro elemento irregular, ineficaz a ratos pero con algún breve momento emocionante. Eso sí, bebe descaradamente de muchísimas otras obras (Titus, Gladiator…) y la mezcla de elementos étnicos y modernos a veces desentona, con mucho guitarreo en algunas partes sin motivos claros.

Ha habido controversia política alrededor de la película, los típicos personajillos incendiarios que ven insultos y atentados en todas partes e intentan censurarlo todo para mostrar su punto de vista generalmente de índole totalitaria… y lo cierto es que esta vez sus quejas tienen al menos una base, pues el mensaje de 300 es descarado: los valerosos (y dementes sanguinarios educados por una cultura que venera la muerte en combate) espartanos defienden el nacimiento de la democracia griega ante la invasión persa que aniquila la cultura y la libertad para imponer su religión, su dictadura. Más o menos como ocurre ahora con EE.UU. y los países islamistas, situación en la que también es difícil ver quién es menos malo y quién comete menos atrocidades y queda claro que ambos bandos defienden su modelo de vida a costa de muchas vidas humanas.

En resumen, a pesar del estusiasmo del público iba con la sensación de que vería algo como Sin City, o sea, una obra donde el guión no es lo más fuerte pero la forma y el carisma presumiblemenete proporcionarían una película muy interesante, y a pesar de la buena recepción (apenas hay gente descontenta), me he topado con un experimento fallido de contenido nulo, una producción incapaz de hallar el equilibrio entre cine innovador, cine de calidad y cine de entretenimiento, resultando un esperpento de proporciones alucinantes.

La terminal

 

The Terminal, 2004, EE.UU.
Género: Comedia, drama.
Duración: 128 min.
Director: Steven Spielberg.
Escritores: Sacha Gervasi, Jeff Nathanson.
Actores: Tom Hanks, Stanley Tucci, Catherine Zeta-Jones, Diego Luna, Kumar Pallana, Zoe Saldana, Chi McBride, Barry Shabaka Henley.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: Un inmenso Tom Hanks y la originalidad de la historia.
Lo peor: Algún personaje no muy logrado, pequeños altibajos en el ritmo y un par de momentos surrealistas, como la cena con Amelia.
Mejores momentos: Navorksy en sus primeros pasos por el aeropuerto, intentando averiguar qué dicen las noticias sobre su país.

Entre el drama y la comedia, a veces sin una frontera clara y con altibajos en el ritmo, se mueve La terminal, otro trabajo interesante del siempre interesante Steven Spielberg, quien se mantiene constantemente entre productos de calidad y otros que son puro entretenimiento pero gracias a sus manos ofrecen buena factura y resultan más destacables de lo que podrían haber sido. En el caso de La terminal su buen hacer proporciona en líneas generales una producción bastante amena y atractiva, sobre todo gracias a su original trama (basada más o menos en hechos reales), aunque tiene numerosos aspectos considerablemente mejorables que impiden que sea un trabajo redondo.

Entre dichos errores cabe citar algún desliz en el ritmo y seriedad de la película, pues algunas escenas aportan muy poco o quedan forzadas, como esa cena increíble con Amelia en el falso restaurante, o este mismo personaje femenino, muy curioso y bien interpretado pero enlazado en el relato de manera casi aleatoria y fugaz. Otro personaje, el de Dixon, está muy bien interpretado por Stanley Tucci pero presenta motivaciones previsibles y un final muy manido, y en consecuencia limita las posibilidades de la situación, cejando la originalidad de la historia al formar una relación muy vista entre el protagonista y su némesis.

Pero en conjunto ofrece un entretenimiento digno con buenas secuencias y un protagonista digno de ser recordado, sobre todo gracias a otra magnífica interpretación de Tom Hanks. Spielberg aprovecha el escenario (construido para la ocasión ante la imposibilidad de rodar en un aeropuerto real) con su habitual despliegue de recursos, confeccionado algunos planos muy buenos, como cuando la cámara se aleja mostrando la soledad de Navorsky, o el momento en que se prueba los trajes mediante su reflejo en el escaparate, que adornan con eficacia una película cuyas pretensiones no van más allá de ser un entretenimiento de calidad, cosa que cumple aun con sus fallas.

La terminal tampoco está exenta de cierta crítica al sistema, algo inocentona (expuesta con cierta vena cómica, aunque nada molesta) y algo opacada por la simpáticas relaciones amorosas, pero reconocible con facilidad. El papeleo interminable y demasiado complejo, los agujeros legales, los administradores que prefieren dejarle los problemas a otros en vez de enfrentarlos… Pero en cambio le sobra el mensaje de lo solidario y bueno que es Estados Unidos con los muchos extranjeros que buscan oportunidades allí, tan trillado y empalagoso como siempre.

Hijos de los hombres

Children of Men, 2006, EE.UU.
Género: Drama, Ciencia-Ficción.
Duración: 109 min.
Director: Alfonso Cuarón.
Escritores: Alfonso Cuarón, Timothy J. Sexton, David Arata, Mark Fergus, Hawk Ostby, P. D. James (novela).
Actores: Clive Owen, Julianne Moore, Michael Caine, Chiwetel Ejiofor, Claire-Hope Ashitey, Pam Ferris.
Música: John Tavener, varios.

Valoración:
Lo mejor: La sublime dirección de Cuarón, la fotografía, los actores, los detalles que salpican el relato, la visión del futuro, la banda sonora… todo.
Lo peor: Que la etiqueta de Ciencia-Ficción la haya relegado a película de poca importancia.
Mejores momentos: La escena del coche y todo lo que sucede desde Bexhill hasta el final.
La frase: Todo se fue a la mierda antes de lo de la infertilidad.

Hay muchas cosas sorprendentes en Hijos de los hombres hablando de su calidad cinematográfica, pero también resulta estremecedora por lo pausible de su contenido, ese futuro negro donde exprimimos la Tierra hasta sus límites, donde el odio racial provoca guerras en todo el mundo, incluso en la comodidad de nuestros hogares del primer mundo, donde los humanos han perdido la esperanza en sí mismos. Omitiendo el elemento más ficticio de la función, el problema de la infertilidad, la película de Cuarón no es sino una advertencia de nuestro porvenir, un estudio que casi podría definirse como documental sobre lo que nos espera de aquí a muy pocos años si seguimos por este camino de autodestrucción y esta manera en que estamos fomentando el odio entre pueblos.

Hijos de los hombres funciona pues como estupendo drama de denuncia, capaz de tocar la fibra sensible al presentar al espectador un panorama desolador tan logrado y perturbador que logra sumergirnos en dos horas de desasosiego y congoja. Es una de las mejores películas de 2006 y una de las propuestas más maduras e inteligentes que ha dado la Ciencia-Ficción en muchísimo tiempo, pero lamentablemente su etiquetado bajo dicho género produce un efecto disuasivo en gran parte del público y sobre todo en la crítica, quienes se empeñan en denostar el género, en verlo como algo de baja categoría, cuando no debería importar el tema de la película, sino su auténtica calidad. Así, la sublime producción de Alfonso Cuarón, aunque bien recibida en general en la taquilla y alabada por unos pocos críticos más abiertos de mente, ha tenido una presencia mínima en los grandes medios y en los premios de cine más importantes, siendo olvidada, barrida entre las producciones menores y nominada a premios de baja repercusión, en vez de optar entre las mejores películas del año, lugar donde sin duda destacaría en una temporada donde la gran calidad ha asomado en poquísimas ocasiones. No me cabe duda de que en un mundo justo habría luchado codo con codo con Infiltrados por ser la mejor producción del año y por el mejor guión adaptado, y en lo que a mí respecta hubiera merecido indudablemente la condecoración de mejor director para el genial Cuarón.

En Hijos de los hombres se huye de artificios y de recursos fáciles de impacto directo, basando la fuerza del relato en la solidez del guión y la puesta en escena metódica, en la creación de escenas bien planificadas y resueltas con habilidad pasmosa. Es cine de calidad que no hace concesiones comerciales y simplistas, cine donde se presupone que el espectador es inteligente y paciente para disfrutar de una película que va creciendo poco a poco y cuyo resultado se basa en la calidad del conjunto, no en esporádicas escenas lustrosas, en renombradas estrellas o en clichés argumentales de emotividad asegurada. Un tipo de arte que cada vez llega con menos frecuencia a las salas y que por tanto cuando sucede brilla con especial intensidad aunque no sea una obra maestra.

El libreto, desarrollado por cinco autores (entre ellos Cuarón) a partir de la novela de mismo nombre de P. D. James está confeccionado articulando los elementos descriptivos del universo fictio (no tan ficticio, como mencioné antes) con la presentación de personajes y la construcción de la trama de forma muy efectiva, sin saturar de información, sin recurrir a tópicos, acertando sobre todo en el manejo del tiempo, pues va erigiendo la historia de manera que la tensión crece paulatinamente, la atmósfera se vuelve opresiva mientras el anti-heroe protagonista (descrito y desarrollado de manera magistral) se va hundiendo cada vez más en una misión que le viene grande a él y a todo el mundo, pero donde cada individuo aporta lo que puede según su propio criterio (este crisol de personajes ambiguos y con objetivos propios es otro logro lleno de dolorosas huellas humanas). Destacar también el asombroso nivel de detalles que salpican el relato, que terminan de redondear una historia excepcional y ensalzan las virtudes unos personajes ya de por sí muy interesantes: el nombre de bebé, los problemas de calzado del protagonista, los diálogos tan descriptivos sobre la personalidad de cada carácter…

Hay gran cantidad de sorpresas y debido a lo original de la propuesta uno no sabe cómo van a desarrollarse los acontecimientos, así que el primer visionado atrapa de forma irremediable, y dada su calidad las revisiones no hacen sino engrandecerla. Tan sólo se podrían indicar pequeños aspectos como mejorables, como la necesaria pero rebuscada forma en que el protagonista descubre la traición, donde el traidor comete la sorprendente negligencia de ponerse a hablar del tema en la misma casa en la que cobija a sus invitados, poniendo en bandeja la revelación al protagonista (eso sí, la huída, sin un solo alarde ni acción descontrolada, es estupenda).

En cambio la dirección de Alfonso Cuarón no presenta fisura alguna, encumbrándose definitivamente (ya apuntaba alto con La princesita y Harry Potter y el prisionero de Azkaban) como un autor muy personal, de amplios recursos y sobre todo innovador, arriesgado. Aborda la dirección desde un estilo poco común, lleno de planos larguísimos que requieren gran planificación y, en algunos casos, una increíble técnica, como la alucinante escena del coche, grabada de un tirón desde una sóla cámara dando vueltas dentro y fuera del vehículo, mucho más eficaz que el también genial plano de Spielberg en La guerra de los mundos y en apariencia más difícil de hacer, porque, ¿dónde demonios mete la cámara y cuántas veces han ensayado dicha escena? La sensacional fotografía de Emmanuel Lubezki con la cámara en mano más las largas secuencias donde casi no hay edición proporcionan una visión casi documental absorbente, con momentos sobrecogedores como toda la parte final, cuando el ejército y los inmigrantes se enzarzan en una lucha mientras los personajes corren por en medio.

Si a todas las virtudes mencionadas sumamos una gran labor del reparto, en especial un Clive Owen que ofrece el mejor papel de su vida, una banda sonora que conjuga temas de John Tavener con una selección musical elegida con esmero y cuidado en la que, aunque sobran un par de canciones incluidas sin mucho sentido, la parte sinfónica es sumamente eficaz, con algunos instantes espeluznantes (el Threnody for the Victims of Hiroshisma de Krzysztof Penderecki, por ejemplo), tenemos una película magistral, pero sobre todo original y estremecedora. Imprescindible.

Hans Zimmer – The Last Samurai

Hans Zimmer – The Last Samurai
Género: Banda sonora original
Año: 2003
Valoración:

El último samurai de Hans Zimmer es una partitura que se ajusta de forma magnífica a la muy recomendable película de Edward Zwick, sirviendo como complemento muy expresivo para realzar esta narración sobre la vida de Nathan Algren. El estilo de la composición es lineal, no hay grandes exposiciones de temas variados, resaltando así la melancólica soledad del personaje principal. Es una música de lenguaje intimista, que funciona a las mil maravillas como oda a la sencilla vida del samurai, pero el músico alemán también resuelve muy bien los momentos de acción, con cortes enérgicos sensacionales.

Zimmer centra la fuerza de la composición en la electrónica y las cuerdas (violines y violonchelos), obteniendo sus características atmósferas de gran intensidad, y aunque la aportación de la cultura japonesa no es amplia, está eficazmente aprovechada. La presencia de los tambores taiko (ejecutados por Emil Richards) es impresionante, sustentándose algunos cortes con atino en ellos, y las inclusiones de flautas japonesas (shakuhachi, en manos de Bill Shultz) y el koto (instrumento de cuerda parecido al salterio, interpretado por June Kuramoto) proporcionan tanto exotismo como dulzura en los instantes más poéticos de la película.

Las sonoridades son muy originales, con pocos segundos que recuerden a otros trabajos más allá del propio estilo del autor (el final de Red Warrior es muy típico –recuerda a Gladiator-, The Way of the Sword es una versión de uno de los cortes más grandes de la historia del cine, Journey to the Line de The Thin Red Line, del propio Zimmer). La ejecución es notable y la plasmación en disco es correcta, aunque se pierden como siempre varios minutos (para los muy fanáticos, hay versión no oficial –conocidos como bootleg– con más música). Pero lo que brilla por encima de todo es la impresionante fuerza de la música, que se muestra asombrosamente arrebatadora, espectacular, capaz de imbuir al oyente en un profundo éxtasis en casi la totalidad de los cortes. Sin embargo, a la vez resulta delicada y poética en los pasajes de mayor lirismo y sencillez, con lo que tenemos un disco completo en registros y de gran belleza, por lo que no resulta extraño que fuera recibida con muchísimo entusiasmo por el público y la crítica. El último samurai es una de esas grandes bandas sonoras que Zimmer crea de vez en cuando entre más o menos mediocres trabajos comerciales.

El disco se abre con un corte largo que expone algunos de los segmentos más calmados. A Way of Life desarrolla melodías sencillas que encierran cierto pesar y soledad; la música se extiende de forma sosegada, pausada, con bonitas construcciones sobre cuerdas. En el tramo final los sintetizadores adquieren mayor fuerza, mientras unas cuerdas maravillosas pasan casi desapercibidas en segundo plano.

Iniciado sobre shakuhachi, Spectres in the Fog va ganando paulatinamente fuerza con las sobrecogedoras percusiones japonesas, empleadas por Zimmer con maestría tras largos periodos de pruebas, y que se apoyan en el firme envoltorio de sintetizadores. En su ecuador el registro se torna caótico, con algún instante que puede resultar algo difícil de oír, pero cuya finalidad no es otra que resaltar un pasaje de la cinta donde la batalla lleva a la muerte y a la desesperación.

Taken desglosa otro instante de tensión creciente, mucho más sobrio que el corte anterior. Es uno de los grandes momentos del disco, pues su fuerza es fascinante, y podría ser definido como el tema central de la partitura. La sensibilidad es la que predomina en A Hard Teacher, de sonoridades parsimoniosas. To Know My Enemy parece ir por el mismo camino, pero cuando las percusiones se declaran protagonistas el registro cambia por completo, adquiriendo gran dramatismo en su tramo final.

Idyll’s End es otro pasaje donde se recurre a una música casi minimalista, de tonos sensibles con reminiscencias a paisajes de naturaleza tranquila. La soledad se ve quebrada pasado su ecuador, donde se retoma el tema general con una cadencia que se desarrolla sin prisas.

Similar a Taken, Safe Passage es una apoteosis de sintetizador y cuerda, una impetuosa explosión de sonidos llenos de aliento dramático con algunas características muy notables, como la poderosa expresividad de las cuerdas o las preciosas melodías saltarinas de shakuhachi en su conclusión.

Ronin expone con brevedad los motivos de teclados electrónicos con los contundentes taikos, y a continuación Red Warrior incorpora sobre el tema predominante de la partitura unos sensacionales coros masculinos a modo de valientes gritos de guerra. Destaca como otro de los grandes momentos, aunque algo afeado en sus últimas notas porque se recurre a sonidos demasiado repetidos por Zimmer en otras composiciones. Si bien, es un desliz ínfimo en un gran corte.

The Way of the Sword nos ofrece un tema de acción con gran sentido dramático, otra eficaz simbiosis de sintetizador, percusión y cuerdas. Estas últimas sacan las notas más conmovedoras, con un clímax imponente, si bien, a pesar de su extraordinaria calidad y sobrecogedora carga dramática, el sabor dejado no está a la altura de otros momentos del álbum, pues como he mencionado es demasiado parecido a un tema de La delgada línea roja, y lo cierto es que volver a utilizar una composición que podría citar como perfecta no me parece una elección acertada artísticamente. Pero la banda sonora en general denota una esforzada y magnífica originalidad, así que la decisión no se la tengo muy en cuenta; después de todo, hay pocos autores que no repitan sus éxitos, y Zimmer desde luego es de los que lo hacen con frecuencia.

A Small Measure of Peace, de duración exacta al corte anterior, desarrolla de nuevo la parte más melancólica de la partitura, con largas melodías grises que evocan sensaciones de desamparo. Un final tranquilo en cuanto a sonoridades, pero cargado de pesadumbre.

 

1. A Way of Life – 8:04
2. Spectres in the Fog – 4:07
3. Taken – 3:36
4. A Hard Teacher – 5:44
5. To Know My Enemy – 4:49
6. Idyll’s End – 6:41
7. Safe Passage – 4:57
8. R
onin – 1:53
9. Red Warrior – 3:56
10. The Way of the Sword – 7:59
11. A Small Measure of Peace – 7:59
Total: 59:45

El caso Slevin

 

Lucky Number Slevin, 2006, EE.UU.
Género: Thriller.
Duración: 109 min.
Director: Paul McGuigan.
Escritor: Jason Smilovic.
Actores: Josh Hartnett, Morgan Freeman, Ben Kinglsey, Lucy Liu, Stanley Tucci.
Música: Joshua Ralph.

Valoración:
Lo mejor: Los pintorescos decorados.
Lo peor: Todo lo demás.

Jason Smilovic intenta construir una intriga de engaños argumentales, diálogos ágiles, cínicos y cómicos, personajes estrafalarios y situaciones casi surrealistas, intentando imitar el formato de Snatch, cerdos y diamantes u Ocean’s Eleven que tanto éxito y producciones semejantes ha generado, pero no consigue orquestar una película dinámica, no sorprende en ningún momento y no es capaz de dotar a la estructura de sentido y atractivo. El gravísimo principal error radica en que omite constantemente la información necesaria para que la historia tome forma y se haga comprensible, mostrando todo lo importante al final en un apresurado resumen con ínfulas de grandiosa revelación, con lo que la proyección se hace eterna al no tener rumbo hasta los últimos momentos del metraje. No ayuda que los personajes sean insulsos y los diálogos no sólo no resulten creíbles, sino que la mayoría de las veces suenan forzadísimos. Se suceden situaciones inconexas, entran y salen personajes ridículos, chistes presuntamente ingeniosos saturan las muecas del infame Josh Hartnett mientras la película aburre cada vez más, mientras se espera infructuosamente que la narración lleve a alguna parte.

Es una pena ver cómo se echa a perder un reparto estelar, pues Morgan Freeman y Ben Kingsley tienen entre manos caracteres inertes y con pocas apariciones, y Bruce Willis, el enigmático asesino, apenas aparece un par de veces. Lucy Liu es la única que aporta algo de carisma, otorgando a su exagerado y mal ubicado personaje un toque picaresco y sexy muy atractivo.

La labor de Paul McGuigan en la dirección es eficaz, pero no salva la función de ser un bodrio eterno. Lo más llamativo es la cuidada ambientación, donde se ha buscado expresamente unos decorados extravagantes llenos de figuras enrevesadas, paredes de dibujos mareantes y edificios de arquitecturas peculiares para otorgar un aspecto visual original y casi cómico.

Una película infumable, de las de no recomendar ni al peor enemigo.

Chris Spheeris – Desires of the Heart / Desires

Chris Spheeris – Desires of the Heart / Desires
Género: Nuevas músicas
Año: 1990 Sony, 1994 Essence
Valoración:

Chris Spheeris, músico de orígenes griegos pero cuya infancia transcurrió en Estados Unidos sobre todo, debe sus primeros acercamientos a la música a su familia, pues su hermana tocaba el piano y sus padres le transmitieron las raíces folclóricas griegas. Pero sus principales pasos los dio a partir de los veinte años de edad con la influencia de Vangelis y a través de la colaboración con su amigo Paul Voudouris, quien le enseñó a manejar los sintetizadores. La relación con este músico es amplia pero muy difícil de localizar, extendiéndose desde finales de los setenta con álbumes como Spheeris & Voudouris (1978), Points of View (1980) o Primal Tech (1982). Los trabajos más conocidos son Passage (1982) y sobre todo auténticas joyas de las Nuevas músicas como Europa (1995) y el grandioso Enchantment (1991), uno de los discos cumbres de este género y que tuvo bastante repercusión mediática. Pero su carrera solitario es también prolífica, y ha creado varias maravillas de escucha obligada como Desires of the Heart (1990), Culture (1993), Dancing With the Muse (1999)…

La música de Spheeris tiene dos ramas bien diferenciadas, la electrónica deudora de Voudouris, caracterizada por su belleza inagotable y centrada principalmente en piano, guitarra y sintetizadores, y la fusión de músicas mediterraneas (española, griega) y otras etnias (Culture, Eros…). Su estilo es muy característico, reconocible con facilidad. El disco con el que he decidido empezar a hablar de este artista, uno de mis músicos favoritos ya desde antes de que eligiera por voluntad propia lo que escuchar, es uno de los grandes entre los grandes de las Nuevas músicas, un álbum del que podemos encontrar dos versiones que ofrecen tenues cambios entre ellas. Desires of the Heart se publicó en 1990, pero debido a problemas con la discográfica fue regrabado y se volvió a editar en 1994 con el nombre de Desires y con algunos temas ligeramente alterados.

La belleza de Desires es tan sublime que conmueve el alma; ofrece unas sonoridades inspiradas por alguna gloriosa divinidad y manejadas con gran delicadeza por el notable dominio de Spheeris sobre los instrumentos. Un sonido angelical emerge de los teclados electrónicos y se ve rodeado por las singulares notas del piano y la guitarra española de Spheeris, quien se ve complementado de manera muy eficaz por las colaboraciones de David Peterson al oboe, Christopher Bock en las percusiones y Darryl Wright con el bajo eléctrico.

Spheeris alterna temas de melodías directas de instrumentos de sonidos muy definidos como el piano o la guitarra (Lovers and Friends, Andalu) con instantes mucho más suaves, dulces, donde los teclados envolventes y deliciosos forman preciosas atmósferas de paz y armonía (Stars, Remember Me…). Otras veces se mueve entre la frontera de ambas tendencias, como el relajante Field of Tears, dirigido por un oboe brillante y secundado por teclados y guitarras.

Esta música, esculpida con profundo amor por Chris Spheeris, se mueve entre la belleza melancólica y serena de un atardecer (Desires of the Heart…) y la cautivadora delicadeza de una noche estrellada (Liquid Dream, Afterimage…), pero también muestra destellos de gran alegría (Midflight, Playtime…). Todos los temas son perfectos, admirables, de inusitada expresividad. Basta una escucha para que enamore y conmueva profundamente. Este disco es uno de los mejores reflejos de lo lejos que puede llegar la sensibilidad del ser humano, una composición prodigiosa, sublime, de una elegancia infinita, un trabajo precioso de principio a fin que debería trascender las fronteras de los géneros para llegar a los corazones de cualquiera con un mínimo interés en el verdadero arte.

 

Desires of the Heart (1990)
1. Midflight – 5:24
2. Lovers and Friends – 3:50
3. Field Of Tears – 3:11
4. Andalu – 5:31
5. Desires of the Heart – 6:04
6. Playtime – 5:00
7. Stars – 3:51
8. Remember Me – 4:05
9. Liquid Dream – 4:28
10. Afterimage – 4:36
Total: 46:02
Desires (1994)
1. Playtime – 5:04
2. Viva – 4:06
3. Andalu – 7:06
4. Desires of the Heart – 5:53
5. Lovers and Friends – 3:43
6. Stars – 3:55
7. Fields of Tears – 3:05
8. Remember Me – 4:39
9. Afterimage – 4:48
Total: 42:25

Los Oscar y las bandas sonoras originales del 2006

La comunidad de fans de bandas sonoras originales se muestra tan sorprendida como indignada ante el nuevo y vergonzoso fiasco llevado a cabo en la entrega de los Oscar de la Academia. Como sucedió el año pasado, la estatuilla de mejor composición original fue entregada a una partitura que de ninguna manera merecía tan siquiera estar nominada. Mientras Gustavo Santaolalla se llevaba así su segundo premio de rebote, pues es evidente que fue entregado para darle algo a Babel, uno de los grandes de la historia, Ennio Morricone, recibía el premio honorífico como consolación a una carrera magistral e inolvidable pero totalmente ninguneada por la Academia a lo largo de los años. Con este anacronismo se pone de manifiesto de nuevo, y esta vez más claramente, que esta vilipendiada categoría es utilizada como premios de despojo o complemento, y casi nunca como algo merecido por la calidad de la composición.

El problema y la sorpresa van en aumento cuando se observa que otros premios de gran repercusión también se empeñan en reconocer la nada destacable labor de Santaolalla, como los BAFTA o los Globos de Oro. ¿Cómo se ha perdido tanto el sentido común a la hora de hablar de música de cine?

En cuanto a las películas, ha pasado como el año pasado. Parecía que no iba a haber objetividad, pero finalmente ha ganado la gran película del año, Infiltrados. Eso sí, tremenda la injusticia de dejar fuera de todo premio importante a la otra joya de la temporada, Hijos de los hombres de Alfonso Cuarón, a quien le habría entregado sin dudar la estatuilla de mejor director, por más que Scorsesse llevara años y años sin conseguirlo. Pero claro, la etiqueta de Ciencia-Ficción es satánica para el conservadurismo patético de los académicos.

Volviendo a la música, dejando a un lado este despropósito habitual que no merece más comentarios, estamos ante un año ligeramente flojo. Hay composiciones muy buenas, sí, pero ninguna extraordinaria o merecedora de un claro sobresaliente, y su número es más bien escaso cuando este género acostumbra a ofrecer varios discos sublimes al año (el año pasado fue prolífico en genialidades, por ejemplo). La ausencia de John Williams, quien en esta temporada se ha alejado del cine, ha dejado un vacío notable, y su retorno el próximo año con Indiana Jones, el proyecto de Lincoln y otras es muy esperado.

Entre las grandes obras que se deben citar despuntan dos de los autores más frescos y dinámicos del momento, el ya consolidado James Newton Howard, quien volvió a deleitarnos con una nueva partitura para el gran Shyamalan y mostró su solvencia en la completísima Blood Diamond (Diamante de sangre), y un eficaz Alexandre Desplat, quien destacaría como compositor revelación gracias a dos trabajos notables, The Painted Veil (El velo pintado) y The Queen (La reina), de las que cabe decir que ambas han estado entre las favoritas en muchas entregas de premios. Y no me olvido de citar a un sorprendente Thomas Newman, quien por fin ha salido de su estancamiento narrativo para crear una música que ha llenado de alegría los oídos de los amantes del cine clásico, pues The Good German (El buen alemán) es una partitura que toma todo lo bueno de viejas glorias como Bernard Herrman o Alfred Newman.

La mejor composición del año tendría que elegirla entre Lady in the Water (La joven del agua) y El Laberinto del Fauno, inclinándome casi sin dudas por la segunda por la excelente complejidad y desbordante belleza de la obra de Javier Navarrete.

Presento la lista de las composiciones más importantes del 2006, las que pienso que se recordarán o deben ser recordadas como las grandes de la temporada, tanto por su calidad como por su repercusión:

Babel, de Gustavo Santaolalla (ganadora del Oscar).
De nuevo Santaolalla se cuela en los Oscar por la importancia de la película. Su música funciona mejor que en Brockeback Mountain, pero son cuatro temas repetitivos de relleno, nada de música muy elaborada, entre una amplia selección de música de otros autores (o de sí mismo, como el tema Iguazú). Ha ganado el Oscar, por ridículo que sea.

The Good German, de Thomas Newman (El buen alemán, nominada).
De las nominadas, la menos llamativa a primera vista, pero un disco muy interesante por su fantástico clasicismo, expuesto con pulso firme por Newman.

El Laberinto del Fauno, de Javier Navarrete (nominada).
Javier Navarrete entra por la puerta grande en Hollywood gracias a su magnífica composición, para mí la mejor del año.

Notes on a Scandal, de Philip Glass (Diario de un escándalo, nominada).
Philip Glass sigue gustando a pesar de que no aporta nada nuevo desde sus primeras obras. Aunque aquí huye algo de su tediosa repetitividad, no es una obra destacable.

The Queen, de Alexandre Desplat (La reina, nominada).
Preciosa composición de Desplat, destaca sobre todo por su originalidad. Un autor que apunta muy alto.

The Painted Veil, de Alexandre Desplat (El velo pintado).
El segundo gran disco de Desplat, donde muestra solvencia para moverse entre registros y gran inspiración y delicadeza.

Lady in Water, de James Newton Howard (La joven del agua).
Otra colaboración entre Newton Howard y Shyamalan, esta vez con una película no del todo redonda pero con una BSO de nuevo magnífica.

The Nativity Story, de Mychael Danna (Natividad). Me h
a sorprendido ver este músico al que tanta estima tengo citado en foros y webs como autor de uno de los grandes discos del año.

The Da Vinci Code, de Hanz Zimmer (El código Da Vinci).
Con una partitura muy eficaz y bastante original, Zimmer se alza como lo único bueno de la comercial adaptación del comercial libro de Dan Brown.

Blood Diamond, de James Newton Howard (Diamante de sangre).
Impresionante mezcla de estilos y ritmos tribales africanos, otra muestra de las grandes habilidades de Newton Howard, compositor que va camino de ser el sustituto de John Williams como “el grande entre los grandes”.

All the King’s Men, de James Horner (Todos los hombres del rey).
El disco de Horner del año, que pese a no resultar ninguna maravilla, como siempre da mucho que hablar.