El Criticón

Opinión de cine y música

Doce hombres sin piedad

 

12 Angry Men, 1957, EE.UU.
Género: Drama.
Duración: 96 min.
Director: Sidney Lumet.
Escritor: Reginald Rose.
Actores: Henry Fonda, Jack Warden, Lee J. Cobb, E. G. Marshall, Jack Klugman.
Música: Kenyon Hopkins.

Valoración:
Lo mejor: El guión es sublime, los personajes exquisitos y profundo el análisis de la sociedad, de sus valores y prejuicios.
Lo peor: Alguna escena algo forzada o exagerada, propiciada por la elección de condensar caracteres y motivaciones que representen todos los tipos posibles de personajes.
La frase: Difícil elegir, pero van un par:
1) -¡Suéltenme! ¡Le mataré! ¡Le mataré!
-No dirá en serio lo de matarme, ¿verdad?

2) -Si piensa demasiado se hace un lío.

Tras un único plano sobre el acusado, un adolescente cuyo rostro deja entrever únicamente que la situación lo tiene abrumado pero no dos indica nada sobre su vida y su relación con el crimen imputado, la acción pasa a la habitación donde los doce miembros del jurado realizarán sus deliberaciones para decidir si el joven presunto asesino es culpable, con lo que será irremediablemente condenado a muerte, o inocente. Un escenario limitado a dicha habitación y al baño de la misma es el único emplazamiento donde transcurre una narración supeditada al diálogo profundo, reflexivo, crítico y moralista puesto en boca de un grupo de actores poco conocidos en la época, guiados por la presencia de una única estrella, Henry Fonda, al mando de un personaje que, a pesar de ser el que siembra la semilla de la duda y la discordia, en ningún momento se alza como carácter principal o héroe del relato, sino que es uno más en un reparto elegido con un casi prodigioso atino, donde cada intérprete se mete en la piel de su personaje de manera tan eficiente que a los pocos planos ya logran dotar de total credibilidad a estos individuos tan dispares.

Doce hombres sin piedad nos introduce en una crítica sin concesiones a la reprobable pena de muerte y en un análisis exhaustivo de la sociedad estadounidense de la época (que no ha variado mucho en cuanto a la justicia) en un momento en que se le pide a sus ciudadanos que se comprometan y decidan por sí mismos el veredicto de un crimen en el que está en juego la vida de, en teoría, uno de sus iguales. Y digo en teoría porque el relato ofrece una visión tan realista que salen a la luz todo tipo de prejuicios e ideas preconcebidas, moldeadas tan en el fondo de la mente de personas poco dadas a reflexionar que prácticamente pecan de extremistas. Entre tanta miseria moral se vislumbran pocas virtudes, y estas no florecen hasta que la meditación (tras ser empujados a ello por mentes más maduras) y el sentido de culpa van haciendo aparición en los protagonistas.

El sentido crítico tan exquisito está desarrollado de forma magistral en un guión muy bien moldeado por un inspiradísimo Reginald Rose (que lo adaptó de su propia obra de teatro), eficaz tanto en la creación de caracteres como en su presentación y evolución. A pesar de la naturaleza del relato (escenario y personajes fijos) en ningún momento se va por las ramas con tramos de relleno inadecuados a lo que se quiere contar, sino que va siempre al grano, con diálogos constantes y directos en los que cada frase está muy bien escrita y colocada en el lugar preciso. Sólo se pueden destacar unos deslices casi inevitables, pues hay algunas revelaciones clave en el caso que suceden justamentente en el momento oportuno, lo que se traduce en que algunas escenas quedan un poco forzadas, siendo esto producto de la propia concepción de la historia, de la enorme dificultad de mantener caracteres y motivaciones que representen todos los tipos posibles de personajes, y más aún, de la increíble tarea de ordenar y exponer claramente cada ideología sin que se mezclen y por tanto se enturbien unas a otras.

Sidney Lumet (Tarde de perros, Serpico) dirige la función sin virtuosismos innecesarios, otorgando a la cinta un ritmo fluido en el que no se notan baches o transiciones que podrían haberse dejado ver al estar la narración limitada a semejante ubicación y erigida a base de diálogos. La película se desarrolla pues con un dominio total del tiempo, manteniendo siempre la sensación de que transcurre en directo, aquí y ahora, y somos un miembro más de ese jurado sin nombres.

Tuvo un remake televisivo en 1997 protagonizado por un anciano Jack Lemmon y unos eficaces secundarios como Edwad James Olmos, James Gandolfini y William Petersen, y estuvo dirigida por William Friedkin, cuya única obra destacable es El Exorcista. A pesar de no tener malas críticas y de estar acreditada al escritor de la original no me da muy buena espina, pues su concepción como producción televisiva no es buen indicativo; pero sin haberla visto no es justo emitir juicio, por supuesto. A parte de ésta, es raro que nadie se haya atrevido a hacer una nueva versión para el cine, algo que, por un lado estaría bien por la posibilidad de actualizar la historia, y por el otro temo que hoy día se inclinaría por una fórmula más comercial y directa, menos inteligente y seria.

Doce hombres sin piedad es un auténtico clásico, un visionado imprescindible por su conmovedora carga moral y por su profunda descripción de la sociedad y sus prejuicios y valores. Una cinta que impele a pensar e incluso es capaz de hacer tambalear nuestra propia concepción de la justicia, y lo hace atrapando de principio a fin con sus diálogos inteligentes y sus personajes tan cercanos y creíbles.

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