El Criticón

Opinión de cine y música

Cartas desde Iwo Jima

Letters from Iwo Jima, 2004, EE.UU.
Género: Drama, bélico.
Duración: 141 min.
Director: Clint Eastwood.
Escritor: Iris Yasamita.
Actores: Ken Watanabe, Kazunari Ninomiya, Tsuyoshi Ihara, Ryo Kase.
Música: Kyle Eastwood, Michael Stevens.

Valoración:
Lo mejor: La fotografía y la iluminación.
Lo peor: Un guión sin contenido, sin personajes ni narración, que hace de la película un auténtico aburrimiento, un sinsentido.
Mejores momentos: Cuando todavía no la has visto y no has tirado a la basura más de dos horas de tu vida.
La frase: Ni uno de vosotros puede morir hasta haber matado a diez soldados enemigos.

Una decepción notable me supuso la fallida Banderas de nuestros padres. Como comenté en su momento, pecaba de tener una narración morosa que empeoraba a medida que la proyección avanzaba, hasta el punto de merecer el adjetivo de negligente, y unos personajes que rondaban entre la vulgaridad y el aburrimiento insoportable. La buena labor tras la cámara de un director tan experimentado como Eastwood no fue suficiente para salvar una historia tan mal escrita que seguramente no podría ofrecer mucho más ni con un montaje más acertado. A tenor de la buena recepción de la crítica esperaba todo lo contrario en el caso de Cartas desde Iwo Jima, pero lamentablemente ésta sigue por el mismo sendero de mediocridad, siendo además bastante más aburrida por su ritmo pausado y casi sin escenas de acción.

A través de unos personajes sin carisma que no logran despertar simpatía ni interés en ningún momento, Eastwood nos muestra la resistencia nipona en la minúscula pero crucial isla de Iwo Jima. El relato pretende ser una visión melancólica de unos individuos que tienen los días contados; unos son altos mandos que tienen idea de lo que está ocurriendo, otros soldados rasos empujados a una espiral de violencia que casi no comprenden, pero todos son personas que han dejado una vida atrás y ahora empiezan a comprender que su fin está cerca. Sin embargo, la historia está narrada sin pasión, con considerable apatía, con lo que las dos horas veinte minutos se hacen insoportablemente interminables. No sirve de nada que la fotografía sea sublime, que Clint Eastwood sepa dónde poner la cámara en cada momento y que su forma de manejar la iluminación sea prodigiosa si no es capaz de sacar contenido y emoción del paupérrimo guión que tienen entre manos. El director no ha aprendido la lección y comete los mismos errores que en la primera entrega, si es que se le puede llamar así. Los parches a modo de flashback pretenden reforzar las vivencias del personaje en ese momento, pero resultan adiciones cargantes, mal ubicadas y sin sentido narrativo lógico (la interminable y predecible escena del perro es el mejor ejemplo). Sucede lo mismo con las constantes lecturas de las cartas que dan título al filme, las que escriben los protagonistas: no aportan casi nada, resultando casi siempre discursos aburridos que no consiguen ligarse completamente con el contexto. Estas insulsas e infructuosas escenas desvían la atención de la ya de por sí poco lograda historia y engordan innecesariamente el metraje. También el reparto repite el mismo patrón que la visión del bando americano: los rostros jóvenes son inexpresivos, mientras que los adultos, que recaen en actores más conocidos, están correctos pero tanto no como para destacar sus labores (ni siquiera el renombrado Ken Watanabe es digno de mención). Y el último error grave es de nuevo la música, que aunque esta vez no está realizada por el propio director, sí mantiene su sello clásico y tampoco logra el tono necesario para complementar la narración, con lo que suena discordante además de ser pesada.

Quería citar también la sensación que durante el visionado me abordó en múltiples ocasiones de que Eastwood retrata a los japoneses como unos paletos inútiles, sin resistencia psicológica, sin preparación militar (motines y falta total de respeto a los superiores, suicidios absurdos…), con costumbres que sólo los que han convivido con los buenos, avanzados e inteligentes americanos comprenderán que son absurdas, estúpidas. Sin embargo, a la vez es capaz de lograr un instante bonito con la lectura de la carta del soldado americano, que sorprende a los japoneses por mostrar una vida tan parecida a las suyas, y uno brutal, con el previsible pero eficaz asesinato de rehenes japoneses. Es la marca de esta saga que tanto prometía y tan poco ha dado: la irregularidad, la falta de consistencia y fuerza en un relato insulso.

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