El Criticón

Opinión de cine y música

Archivos mensuales: marzo 2011

The Fighter

The Fighter, 2010, EE.UU.
Género: Drama.
Duración: 115 min.
Director: David O. Russell.
Escritores: Scott Silver, Paul Tamasy, Eric Johnson.
Actores: Mark Walhberg, Christian Bale, Melissa Leo, Amy Adams, Jack McGee.
Música: Michael Brook.

Valoración:
Lo mejor: El inmenso reparto (en especial Christian Bale) y la calidad de los personajes.
Lo peor: Relato previsible, sin fuerza; realización bastante flojita.
Mejores momentos: La desmedida actuación de la policía. La familia viendo el documental terminado.

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The Fighter narra la carrera de un boxeador que vive casi sin darse cuenta absorbido por su familia, sin tener capacidad de decisión ni libertad pues su madre, su padre y su entrenador dirigen su vida según sus propios términos. La tensión constante en que se mantiene y las continuas disputas de su resquebrajada familia nublan su juicio y obstaculizan su independencia a pesar de sus intentos de levantar cabeza. No es hasta que se echa novia y su hermano, boxeador acabado y metido en las drogas, acaba en la cárcel, cuando por fin se encarrila y llega a tener serias posibilidades de convertirse en una leyenda del boxeo.

Un reparto muy ajustado a las circunstancias da vida a una serie de personajes de certera definición, de composición extremadamente realista. Christian Bale se mete de lleno en el papel, tanto físicamente (es la tercera vez que adelgaza más de lo que cualquier médico recomendaría –El maquinista y Rescue Dawn fueron las otras-) como en su esforzada y acertadísima labor de interpretación, construyendo un fracasado y drogadicto espléndido. Melissa Leo como la controladora madre y Amy Adams como la novia fuerte e independiente están muy comprometidas con sus roles, aunque la primera ha sido aclamada quizá más de lo merecido (sin ir más lejos su presencia en la serie Treme me convence más). El menos inspirado es Mark Walhberg, pero cumple de sobra en la confección de un carácter agobiado y deprimido.

Sin embargo, a pesar de estos protagonistas tan bien descritos resulta una narración demasiado lineal, cuyos giros, desarrollo y resolución se ve venir muy de lejos. O en otras palabras, no hay tras esta historia real un guión lo suficientemente sólido, arriesgado y en definitiva llamativo como para sacar un buen partido más allá de una correcta descripción de personajes. Sus vivencias interesan, sí, pero no impactan, no te agarran y sacuden, de hecho en muchos tramos, sea por la falta de intensidad o el rumbo poco definido, no parece pasar nada digno de mención. Hay algunos buenos instantes, como la dramática intervención policial, la disputa que acaba con las hermanas y la novia a tortas o lo dura que se hace la emisión del documental sobre el hermano drogadicto, pero son anécdotas en un drama de superación personal demasiado clásico y con poca garra. Además en la parte final la irregularidad narrativa comete un fallo importante: no hay proyección tangible de la carrera del protagonista una vez decide volver. No se lo ve entrenando en serio después de un tiempo sin hacer nada y la lesión, sencillamente aparece ganando un montón de combates. Y luego de repente se entera de rebote que está a un combate de ganar el título… ¿pero qué demonios? ¿quién se cree que un deportista profesional no está al tanto de la clasificación de la liga donde compite?

Otro problema notable es su floja puesta en escena, su apática e impersonal impronta visual. La fotografía simplona y la dirección (David O. Russell) sin fuerza llevan el relato con desgana, sin entusiasmo. Asombrosamente mediocres resultan los combates de boxeo, en especial el último, que se presenta como el instante más importante de la película y aburre considerablemente. Esta falta de recursos de hecho descoloca: por qué pone los combates con filtros, como si estuviéramos viendo la tele de la época, pero el sonido es de película. Queda muy falso, como si quisiera dar un toque distintivo y un efecto llamativo a lo que no sabe lograr dirigiendo bien.

Así pues, desfilan ante nuestros ojos enormes personajes retratados con maestría por un reparto de primerísimo nivel, pero en una narración demasiado sencilla en la que no parece haberse puesto énfasis alguno en darle un envoltorio que le otorgara más categoría e interés. No puedo dejar de citar la espléndida El discurso del rey como perfecto ejemplo de cómo hacer una buena cinta de conflictos personales: su guión es impecable en todo momento y su puesta en escena resulta arrebatadora. Si The Fighter ha llegado tan alto en la temporada de premios es porque a Hollywood le chiflan los dramas de superación personal, sobre todo si están bien interpretados.

Winter’s Bone

Winter’s Bone, 2010, EE.UU.
Género: Drama.
Duración: 100 min.
Director: Debra Granik.
Escritores: Debra Granik, Anne Rosellini, Daniel Woodrell (novela).
Actores: Jennifer Lawrence, John Hawkes, Garret Dillahunt, Shelley Wagner, Ashlee Thompson, Valerie Richards, Lauren Sweetser, Kevin Breznahan, Dale Dickey, Sheryl Tate Taylor.
Música: Dickon Hinchliffe.

Valoración:
Lo mejor: La atmósfera, la tensión que transmite, la inolvidable interpretación de Jennifer Lawrence.
Lo peor: Algo lenta, con algunas escenas bastante innecesarias.

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La atmósfera de Winter’s Bone es tensa, asfixiante, tenebrosa; el peligro se palpa en cada escena, la miseria en que viven los lugareños da pena en ocasiones (la familia protagonista, víctima de las circunstancias) y asco en otras (los que conscientemente o empujados por las circunstancias utilizan el crimen como método de vida). En ese panorama tan desolador que ofrece escasas esperanzas por el futuro una joven de diecisiete años debe cuidar de sus dos hermanos y su madre enferma, sobreviviendo como bien puede el día a día. Para colmo, su ausente padre anduvo metido en asuntos de drogas y los problemas legales consecuentes (podrían quitarle la casa) llevarán a la joven a enfrentarse al reguero de mierda que él ha dejado.

El reparto plasma de forma magistral a los habitantes de este sórdido ambiente, destacando especialmente a los protagonistas de mayor peso, Jennifer Lawrence y John Hawkes. Hawkes representa con entusiasmo a uno de esos desdichados que hacen de la violencia su forma de vida; resulta una presencia acojonante en sus primeras apariciones, pero la estupenda evolución del personaje nos llevará por caminos inesperados. Conocí a este actor en Deadwood, donde hacía de tipo bueno y tranquilo, y buena muestra de su talento es que aquí me costó reconocerlo porque solamente con la mirada parece una persona completamente distinta.

La arrolladora Lawrence retrata a la joven que se arrastra hacia delante probablemente más por desesperación que por valentía, tragando una cantidad de basura impresionante (atención a la brutal paliza que recibe); la actriz, ahora obviamente solicitadísima, obtiene uno de esos papeles que nunca olvidas: muestra con una resolución impresionante como la miseria hace mella en su personaje, y transmite plenamente los miedos que sufre en su tortuosa aventura. Muchas veces es su presencia, su interpretación, la que describe toda una escena, como ese momento cumbre en el bote, donde sin ver casi nada, sólo las reacciones del personaje, se está contando muchísimo.

Pero no sólo Jennifer Lawrence se presenta aquí como un prodigio a seguir, sino también la artífice del filme, la escritora y guionista Debra Granik, quien hace de esta su segunda película un visionado que deja huella. El guión desgrana un relato lleno de personajes que sólo miran por sí mismos, donde rige la ley del silencio y donde los secretos que va revelando la protagonista ofrecen un buen misterio pero también un certero retrato de una sociedad podrida. El ritmo de la cinta es pausado pero de gran fuerza, capaz de atrapar de tal manera que vivimos con intensidad este descenso a los infiernos. Pero es cierto que hay algunos instantes en los que la sobriedad se torna en pasividad, pues unas pocas escenas claramente se podrían haber ahorrado o resumido. Es sin embargo un desliz menor en una obra que destaca por resultar terriblemente subyugante en una época de manifiesta superficialidad. No será la cinta del año, ni acumulará muchos premios, pero sí es claramente superior a muchas de las mimadas en esta temporada.

Y hablando de premios, el reparto de Winter’s Bone tiene la mala suerte de que haya sido un año prolífico en grandes interpretaciones: el reparto de The Fighter o la figura de Natalie Portman son bien merecedores de múltiples alabanzas, pero sería una pena si por estas presencias más conocidas y en filmes de mayor impacto la sublime labor de Lawrence y la no menos llamativa de Hawkes se menospreciasen u olvidasen.