El Criticón

Opinión de cine y música

Riddick


Riddick, 2013, EE.UU.
Género: Acción, aventuras, ciencia-ficción.
Duración: 119 min.
Dirección: David Twohy
Guión: David Twohy.
Actores: Vin Diesel, Katee Sackhoff, Jordi Mollá, Matt Nable, Dave Bautista, Bokeem Woodbine, Raoul Trujillo, Nolan Gerard Funk, Karl Urban.
Música: Graeme Revell.

Valoración:
Lo mejor: Aspecto visual, con efectos especiales bien usados a pesar del escaso presupuesto. Personajes, diálogos y situaciones emocionantes y divertidas en cantidad: es una aventura muy entretenida.
Lo peor: Algún altibajo en el ritmo, sobre todo los forzados por la inclusión de la trama Necromonger.
El gazapo: Vaako dice haber conocido gente del pueblo de Riddick con los mismos ojos, cuando sabemos que él se los puso así por voluntad propia.
La frase:
-No me gusta esta tendencia. Dos muertos, un desaparecido.
-Exacto. Tres muertos.
-Pues mírenlo así, muchachos: ahora cabemos todos en una nave.

* * * * * * * * *

Alerta de spoilers: Puede haber ligeros spoilers relativos al argumento, pero no revelo sorpresas y muertes clave.–

David Twohy vuelve a los orígenes, a la esencia de Pitch Black, tras el desastroso universo que se inventó en la secuela Las crónicas de Riddick, donde nos mostraba una historia que nada tenía que ver con la inicial, ni en estilo (cambia la aventura de supervivencia por una intriga palaciega), ni en alcance (era bastante ambiciosa, aunque fallara estrepitosamente), ni en aspecto visual (surrealista orgía gótica la de los Necromongers). Riddick es la que debería haber sido la segunda parte, porque era el movimiento más lógico, lo que todo el mundo esperaba, lo que ponía el personaje de Riddick en bandeja: una aventura de supervivencia en clave de ciencia-ficción (planetas hostiles, criaturas terroríficas) y con peleas entre mercenarios.

El relato se divide en tres capítulos (la parte Necromonger la dejo aparte): la adaptación de Riddick al planeta, la lucha contra los mercenarios y el cambio de juego que fuerza la llegada de las criaturas. El primer segmento es lento, pero la odisea de Riddick por mantenerse con vida en un entorno desconocido mantiene el interés constante. El paisaje árido está muy logrado, la aparición de criaturas inesperadas mantiene la expectación e intriga, y el cómo responderá el personaje a cada situación ofrece una aventura de supervivencia sencilla pero atractiva. Y el alien-perro que se agencia como mascota es un puntazo, además de un gran guiño a la segunda entrega. Lo más cercano que recuerdo en estilo sería Enemigo mío (Wolfgang Petersen, 1985), porque After Earth es un truñete, así que se agradece que los fans de la ciencia-ficción tengamos por fin una película decentilla de aventuras espaciales.

El segundo tramo es el más largo e importante. Riddick atrae a los mercenarios como único método que ve para salir del planeta, ahora que estima que la amenaza de las lluvias promete despertar a los monstruos que yacen latentes bajo tierra. Sí, es descarado que se cambia la aparición de criaturas en la oscuridad vista en Pitch Black por la aparición con las lluvias (que además también traen oscuridad), pero es un punto de partida en común, el resto se parece bien poco. La llegada de los cazarrecompensas cambia la situación del protagonista: ahora el enemigo son los hombres. O más bien lo es él mismo para ellos, porque su objetivo es matarlos para hacerse con una de las naves. Aquí brilla de nuevo uno de los aspectos que destacó en la primera película: un grupo de personajes sólido y atractivo. Cada mercenario, aun los muy secundarios, tiene su forma de ser definida hábilmente en pocos minutos, y la dinámica que mantienen entre ellos es excelente.

Jordi Mollá es Santana, el líder del grupo más pendenciero, una serie de brutos y despojos de la sociedad. Como suele pasar, esconde tras su fachada de matón inseguridad y miedos en cantidad, y si se mantiene en el mando es porque sus hombres son aún menos inteligentes que él. Mollá está correcto como patán desalmado, sobre todo cuando empieza a hundirse y perder liderazgo, porque cuando llega un grupo bien organizado, unos mercenarios que podríamos llamar profesionales, y ven el panorama, no tardan en imponer su autoridad. Matt Nable como Johns muestra bien ese aire de hombre curtido y seguro de sí mismo que va cambiando la situación sutil y ágilmente para su beneficio. Le secunda una dura pero también espabilada Dahl, que hace de Santana su mascota de forma tronchante. Su intérprete, Kate Shackoff, me ha sorprendido gratamente, pues en Battlestar Galactica haciendo de Starbuck me pareció una actriz limitadísima, mientras que aquí está pletórica, mostrando un cinismo genial: suyas son las mejores frases y algunas de las escenas más divertidas.

Hablando diversión, ésta abunda en este tramo intermedio, que hace gala de un humor gamberro excelente. Entre las escenas de acción y los cazarrecompensas cayendo poco a poco ante los envites de Riddick hay no pocas escenas, instantes y diálogos muy graciosos: la incompetencia, las puñaladas, las bromas o las situaciones donde Riddick acojona al personal provocan una grata sonrisa cada dos por tres. El único desliz es que hay una escena donde este tono se lleva al extremo y cae directamente en la auto parodia fallida, casi en el cine cutre: la muerte “en cinco segundos” es irrisoria, por rebuscada y exagerada.

En el segmento final aparecen las criaturas para hostigar y eliminar a los supervivientes. Lo de un grupo aislado muriendo en fila no es nuevo, ni lo era en Pitch Black, pero es una parte breve y bien usada. Las últimas pugnas de lealtad y las últimas traiciones realizadas por desesperación para sobrevivir mantienen el interés alto a pesar de tener algún momento tremendamente previsible; por ejemplo es obvio que Riddick será rescatado en los momentos finales.

En la puesta en escena Twohy también recupera la esencia de Pitch Black. Con poco presupuesto se monta una película sencilla pero donde aprovecha al máximo lo que tiene. El planeta está recreado magistralmente, trasladándonos muy bien a un entorno original e inquietante: el escenario elegido se transforma en alienígena gracias al uso de filtros y pantallas de fondo sabiamente utilizados. Las criaturas digitales cumplen de sobra. Las naves ya no son esperpentos ni cantan a efecto barato (salvo las de los necros que vuelven a aparecer, que obviamente siguen siendo feísimas). Y sobre todo, la dirección es más comedida, pues Twohy no fuerza una fotografía llena de malabares absurdos como en Las crónicas de Riddick y también controla mucho mejor las escenas de acción. Además, la música de Graeme Revell, aparte de recuperar el tema original, apoya a las imágenes muy bien en todo momento. No me olvido de citar a Vin Diesel, cuya presencia y voz son la esencia de Riddick, porque todo sea dicho, no es un personaje que requiera un papel complejo. Lo que sí puedo criticar es que se exagera de nuevo con sus capacidades: tanto la fuerza como la resistencia a heridas graves (se lleva unas pocas) roza lo inverosímil en más ocasiones de las debidas: ¿pero con cuántos agujeros en el torso acaba este hombre?

El único problema de Riddick, y es importante, es que la sombra de Las crónicas de Riddick la alcanza. Su nefasta existencia mancha esta entrega, porque Twohy no se arriesga a hacer un reset que la relegue al olvido, algo que, justo es decir, sería arriesgado, porque dejaría cuestiones abiertas. Está obligado a enlazar con esa segunda parte, y aunque lo reduce al máximo tenemos que aguantar un prólogo (sabiamente insertado mediante un flashback después de mostrarnos brevemente que volvemos a los orígenes de la saga) y un epilogo dedicados a exponer como Riddick deja a los necros primero y vuelve a por venganza al final. Como la trama del subuniverso era incomprensible y las disputas por el trono simplonas, estos recesos aportan bien poco salvo confusión y desinterés, dejando muchas preguntas en el aire. Por qué Riddick, un tipo solitario, se queda dirigiendo a una raza que no le gusta y rodeado de gente de la que desconfía, expuesto a conspiraciones que ponen su vida en peligro; nadie lo quiere ahí, lo tiene fácil para hacer un pacto con Vaako (Karl Urban en una brevísima aparición) para cederle su puesto a cambio de una pequeña nave. Con esa lógica, el intento de asesinato está un poco cogido por los pelos: ¿por qué arriesgarse a tenerlo en contra con lo fácil que es dejarlo ir? Lo justifican medio de pasada diciendo que el tipo de la cara marcada lo hace por su cuenta por ser un fanático religioso, pero no queda muy bien. Y el retorno en busca de retribución por esa traición es realmente anticlimático: ¿Vaako se ha ido al subuniverso? Pues vale… ¿y qué es, qué busca allí, dónde está, cómo ha ido, etc.? Casi dan ganas de editar uno mismo el filme eliminando esos veinte minutos innecesarios.

Ante este panorama me ha costado elegir qué nota darle, porque exceptuando ese lastre Riddick cumple de sobras con su propósito. Es una serie b entretenida y vistosa que conoce sus limitaciones y objetivos. Tenemos un puñado de personajes muy atractivos, encabezados por el fascinante Riddick, frases fantásticas por doquier, escenas de aventura y acción más que correctas, un ritmo bastante bueno, una gran ambientación lograda con pocos recursos… Pero esas dos escenas desvían el interés y el ritmo demasiado, y alargan el final bastante más de la cuenta. Aun así, la he visto dos veces y la he disfrutado un montón, así que he optado perdonar bastante ese notable fallo.

Costó menos de la mitad que Las crónicas de Riddick (38 contra 105 millones de dólares) y recaudó prácticamente lo mismo… y cabe pensar que si no hubiera arrastrado el efecto rechazo forzado por aquélla probablemente habría conseguido causar mayor impacto. Con un poco de suerte tendremos otra entrega… pero me temo que viendo el final de esta, los malditos Necromongers seguirán frenando su potencial.

Ver también:
Pitchblack.
Las crónicas de Riddick.

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