El Criticón

Opinión de cine y música

Archivos mensuales: abril 2014

El hobbit: La desolación de Smaug


The Hobbit: The Desolation of Smaug, 2013, EE.UU.
Género: Aventuras, fantasía.
Duración: 161 min.
Dirección: Peter Jackson.
Guión: Peter Jackson, Fran Walsh, Philippa Boyens, J. R. R. Tolkien (novela).
Actores: Martin Freeman, Ian McKellen, Richard Armitage, Ken Stott, Luke Evans, Evangeline Lilly, Orlando Bloom, Lee Pace, Stephen Fry, Benedict Cumberbatch, Sylvester McCoy, Graham McTavish, William Kircher, James Nesbitt, Stephen Hunter, Dean O’Gorman, Aidan Turner, John Callen, Peter Hambleton, Jed Brophy, Mark Hadlow, Adam Browm.
Música: Howard Shore.

Valoración:
Lo mejor: Mejoras respecto a la anterior en ritmo y calidad. Buenos personajes. Algunos tramos llamativos. Todo el largo capítulo con Smaug.
Lo peor: Las salidas de tono de costumbre: recesos y subtramas intrascendentes y aburridas, escenas de acción ridículas…
Mejores momentos: El ataque de las arañas. Bardo. El duelo intelectual entre Smaug y Bilbo.
Peores momentos: La aparición de los elfos. El romance. Los barriles por el río. Las pelas de elfos y orcos en Ciudad Lago.
El plano: Smaug mirando el enano gigante de oro.
La frase:
1) Bueno… ladrón. Te huelo. Oigo tu respiración. Siento tu aire. ¿Dónde estás? -Smaug
2) ¿Venganza? ¿Venganza? ¡Yo te mostraré venganza! -Smaug.

* * * * * * * * *

La segunda entrega de El hobbit mejora considerablemente el despropósito visto en la primera, Un viaje inesperado. No era difícil, se podría pensar, pero no olvidemos que esto es como una película larga partida en tres partes, todo viene del mismo guión y del mismo rodaje. ¿Entonces cómo es posible que haya tanta diferencia de calidad? Pues a estas alturas no sorprende, ya vimos en El Señor de los Anillos los altibajos que puede ofrecer Peter Jackson, fruto de sus pobres dotes como director y guionista, de sus cambios respecto al original y sus improvisaciones hacia su propia obra.

La sorpresa que sí me he llevado es que el público y sobre todo la crítica muestran cierto cansancio en lo que llevamos de esta trilogía, empiezan a acusar la fórmula de Jackson de estirar y dar rodeos innecesarios y no de saber narrar sin desbarrar en lo visual. A mí la verdad es que me resulta incomprensible: no ha mejorado ni empeorado, sigue ofreciendo lo mismo que en la anterior saga, pero la trama y los personajes son lo suficientemente novedosos como para no saber a repetición descarada. No es objetivo decir ahora de repente son películas algo flojas, porque vienen siéndolo desde Las dos torres. Simple y llanamente, la moda está pasando.

En La desolación de Smaug volvemos a tener un guión superficial e incapaz de ir al grano, pero al contrario que en el capítulo precedente el ritmo es más fluido y el interés de la trama gana fuerza. Mostrar el objetivo del viaje al alcance de la mano es una buena ventaja, pero la mejora se debe sobre todo a que el camino ofrece aventuras con mayor cohesión y atractivo y los personajes son bastante sólidos. No nos libramos de recesos innecesarios, subtramas irrelevantes que ocupan mucho metraje y protagonismo mal repartido, pero las dos horas y cuarenta minutos ya no son insoportables, sólo excesivas: es inevitable pensar en lo que ganaría eliminando al menos cuarenta minutos y algunos secundarios cansinos.

Bilbo gana enteros al no abusarse de sus vaivenes con el grupo, al no estirarse su indecisión (tiene dudas y problemas, pero son consecuentes y no forzados) y mostrarse bien su maduración a través de su determinación y coraje (atención al enfrentamiento dialéctico con el dragón). Los efectos del anillo también se materializan correctamente, casi mejor que con Frodo de hecho. Pero seguimos con el problema de que Martin Freeman a veces sobreactúa más de la cuenta, rompiendo en ocasiones la buena conexión que establece con el espectador gracias a su simpatía y carisma. No sé si es porque el director lo exige o porque no sabe frenarlo, pero el gesto de vacilación o asombro acompañado de los cansinos tics con las manos se repite demasiado. Con Richard Armitage como Thorin no tengo quejas, está inmenso. Entre su interpretación y el sólido dibujo del personaje (esta vez no hay salidas de tono chocantes) tenemos un protagonista oscuro y caótico muy atractivo. Los momentos en que la tensión e impaciencia empujan sus acciones contrastan muy bien (y sin perder credibilidad) con los instantes donde muestra sus dotes de liderazgo. Recordad mis quejas con Aragorn: ¿por qué se apuntaba a todas las aventuras, si incluso decía varias veces que no quería estar ahí? ¡Ojalá hubiera tenido la mitad de carisma que Thorin! En cuanto a los secundarios, hablo ellos en el resto del análisis, pero resumo diciendo que hay algunos grandes aciertos y algunos deslices notables. Por los primeros en conjunción con los dos excelentes protagonistas, desde mi punto de vista La desolación de Smaug se alza como la película con mejores personajes desde La Comunidad del Anillo.

El diseño artístico, los decorados, el vestuario, el maquillaje y la música (mejor que en la primera parte) están como siempre en un nivel entre notable y extraordinario. Los efectos especiales vuelven a deslumbrar tras resultar algo flojos en Un viaje inesperado (las panorámicas de las ciudades y el dragón son alucinantes), pero arrastran todavía algunas deficiencias. El problema viene siendo el habitual: la irregularidad de Peter Jackson como director. ¿Por qué la recreación digital de Smaug es más que impecable, resultando de hecho sobrecogedora, y los orcos digitales son flojos aun estando escondidos siempre en la oscuridad? Porque improvisó sobre la marcha, eliminando orcos que eran actores disfrazadas y poniendo en el último momento unos creados por ordenador, y con las prisas no pueden acabarse con el cuidado esperable. Así, seguimos viendo que con este clásico enemigo hemos retrocedido en vez de avanzar: con lo magníficos que eran en la trilogía de los anillos aquí dejan bastante que desear, sobre todo en las peleas. Me temo que en éstas sólo los primeros planos son rodados con actores (y eso cuando los hay, claro), y en cuanto la cámara se aleja un poco todo se convierte en digital, y el cambio es horrible, texturas y movimientos no pasan por reales.

Además, como se veía venir en el primer episodio aparecen otras limitaciones si comparamos con El Señor de los Anillos. La extraña decisión de rodar algunas escenas de parajes naturales en decorados contrasta muy para mal con los excelentes paisajes elegidos. Por ejemplo, la escena que sigue al prólogo, con el grupo huyendo de los orcos, parece rodada en una cochera con cartón piedra y fondos falsos, resultando demasiado cutre. Y un nuevo tic explota por completo en esta entrega: el abuso de filigranas con la cámara para vacilar con el 3D aparece sólo en la recreación de algunos entornos (en Dol Guldur se ceba de lo lindo), pero en el resto del metraje parece que se olvida de que conoce esa técnica.

Fiel a su idea de tener un prólogo en cada película (todos efectivos menos el de Gollum en El retorno del rey), Jackson introduce la Piedra del Arca, que es esencial en los objetivos de los enanos, dando más peso e interés al viaje del grupo. Lo que no entiendo muy bien es el tema de Thrain, padre de Thorin: si está realmente vivo, si está actuando o se encuentra escondido acobardado… Si no explican más de este asunto en la tercera parte quedará como un dato innecesario y confuso. Pero lo que sobra sin duda es el cameo de turno del dichoso director, que se empeña en aparecer en todas sus películas de forma que veas claramente que es él. ¿Tanto ego arrastra?

Tras la persecución de los orcos con la que acababa Un viaje inesperado enlazamos con Beorn. Mantener este personaje totalmente innecesario sirve como excusa para librarse de la cacería, pero pensando en ello te das cuenta de que ésta fue sólo una excusa para acabar la anterior película con un clímax forzado. ¿No había suficiente con los trasgos de las cuevas y la salida por los pelos? Así, se van veinte minutos en la más absoluta nada. Resumir, sintetizar, ir al grano… para qué, si la idea es precisamente hacer una película innecesariamente larga. En fin, al menos este tramo no sale mal parado. Eso sí, tiene sus tonterías: Beorn es capaz de sobrevivir como el último de su especie pero es tan inútil que no logra quitarse un grillete de la muñeca después de tantos años. Más bien es que Jackson se empeña en recalcar visualmente algo obvio, cayendo en una inverosimilitud.

Llegamos al Bosque Negro y aunque la cosa empieza mal (con esa llamada telepática entre Gandalf y Galadriel) esta tenebrosa sección resulta estupenda. El ritmo es bueno, la atmósfera de suspense y agobio se logra sin problemas, la sensación de que están perdidos y sin salida es palpable, la escena de Bilbo asomándose por la cresta de los árboles es bonita y la lucha con las arañas resulta bastante espectacular y no abusa de gilipolleces exageradas. Pero llegan los elfos y lo estropean todo. Entonces volvemos a presenciar un videojuego, no una película. Piruetas ridículas, movimientos imposibles, exageración absurda sin límites… La falta de credibilidad y comedimiento echa por tierra toda la escena, hasta parecer una comedia cutre.

La elfa Tauriel resulta una protagonista secundaria prometedora, porque describe un conflicto entre los elfos abiertos al mundo y los conservadores, como el rey Thranduil, y es de suponer que en el tercer capítulo empujará al rey a actuar ayudando a hombres y enanos. Pero su dibujo abusa de viejos clichés (ooh, te gusta Legolas, pero no puedes estar con él porque es el príncipe, ¡qué original y profundo!) y la actriz Evangeline Lilly está bastante sobreactuada, realzando los gestos y reacciones de forma que queda todo vergonzosamente obvio. Además su historia nos muestra una parida sin nombre donde no logro discernir si se trata de humor malogrado o Jackson iba en serio: el romance con el enano Kili. ¿Esto es zoofilia o pederastia? Esta subtrama lastimera, con diálogos sonrojantes y excesivamente larga lastra la película entera: luego se va a buscarlo a Ciudad Lago, lo cura, se pelea por él con los orcos…

Y para colmo no viene sola, pues va acompañada por Legolas, al que también le ponen su ración de escenas innecesarias con las eternas y rebuscadas luchas con los orcos, incluido un anodino pique personal. ¿Para qué sirve todo esto? ¿Qué aporta a la película? Minutos y minutos desperdiciados. Otra gran pregunta es relativa al nuevo superpoder de Legolas: tiene ojos refulgentes, brillantes o fluorescentes, aunque no parecen tener utilidad y es algo que por lo visto pierde de aquí a los eventos de El Señor de los Anillos. También me pregunto cómo puede haber un destacamento de orcos corriendo y luchando por la ciudad y que nadie se entere.

La presentación del rey elfo tiene otra escenita surrealista: ese primerísimo plano a sus horribles cejas negras… ¿pero esto es serio o no? Y que me aspen si entiendo lo que le pasa en la cara. ¿El dragón le quemó y se lo oculta con un maquillaje holográfico? ¡Pobrecito, tiene heridas que nadie salvo él ve! Otra cuestión intrigante es por qué los elfos viven en una gran cueva, como los orcos y los enanos. Además, el diseño pretenderá ser espectacular, pero no parece muy útil: pasarelas, columnas… ¿pero hay zonas habitables?

Por suerte en el cautiverio de los enanos por parte de los elfos destacan algunos personajes. Bilbo actúa con determinación, una palabra que Jackson parecía desconocer, y la disputa entre Thorin y Thranduil describe dos roles ariscos, obstinados, cabezones e irreconciliables bastante interesantes. Balin vuelve a ser el único secundario del grupo con atractivo: su posición de viejo sabio es predecible pero efectiva. Resulta estupendo el gesto de lamentación cuando ve cómo Thorin echa por tierra las esperanzas de negociar con los elfos. Pero me temo que en seguida dejamos de lado los personajes para irnos en pos de otro aborto visual y narrativo. La escena de los barriles es del nivel de las andanzas por las cuevas de los trasgos. Inverosímil, exagerada, absurda, estúpida, larguísima… Esos barriles que flotan en una posición imposible, esas peleas con coreografías infantiles y dignas de un videojuego malo (el triple hit combo del enano gordo es de un ridículo que espanta), esas tonterías ilógicas (usar el arco como arma de corta distancia)… Toda la eterna escena resulta in-fu-ma-ble.

Menos mal que tras ese dislate enlazamos con otra buena sección. Bardo es otra gran sorpresa, y la estancia en Ciudad Lago está muy lograda. El casting ha acertado de lleno con un actor tremendamente carismático, pues Luke Evans está impecable en todo momento. Y el guión no anda mal encaminado en su dibujo. Rebelde, luchador, inteligente… todo eso se ve en cada una de sus acciones. No falla tampoco la aparición del Señor de la ciudad, un dirigente alejado del pueblo, pagado de sí mismo y cegado por la ambición que quizá no sorprenda pero que está bien construido. Su lugarteniente, una versión de Lengua de Serpiente, tampoco está mal: es un secundario cliché, el típico tío baboso que sólo sirve para poner en apuros a los protagonistas, pero no cae a límites vergonzosos. Así, este segmento central se sostiene bien en un grupo de caracteres sencillos pero sólidos y con atractivo suficiente para mantener la expectación. Le dan una somanta de palos al indeciso y hueco de Theoden, su comparación más obvia, quien tantos minutos ocupaba sin transmitir absolutamente nada.

La introducción a la historia de la lucha contra el dragón es efectiva, se entiende qué ocurrió y queda clara la influencia de esos hechos hasta llegar a la historia personal de Bardo. La salida de los enanos del lugar está bien trabajada: las disputas entre el Señor, Thorin y Bardo tienen diálogos de calidad impropios de Peter Jackson. Se enlaza rápido con la montaña, aunque la entrada a la misma podría haberse resumido un poco, que de tanto estirar la intriga termina perdiendo fuelle. También cabe señalar que hay un momento bastante fallido, uno de esos instantes forzados para dar protagonismo a algún personaje por encima de los demás, que como ya he comentado este realizador sólo sabe conseguirlo denigrando a los protagonistas. Bilbo encuentra el acceso a la puerta. “Tiene una vista aguda, señor Bolsón”, le felicitan. Resulta que nadie más ha sido capaz de ver el enano de piedra de cincuenta metros que tenían delante hasta que él lo ha señalado. Cutrísimo.

Pero antes de meternos con el dragón no hay que olvidar a Gandalf. No me parece mal incluir el tema del Nigromante, era la mejor forma de alargar la historia, porque a fin de cuentas también fue escrito por Tolkien, aunque fuese como anexo a la novela. El problema es que, aun sin ser una sección fallida, le falta algo de garra y definición. El mago se va no se sabe dónde a buscar pruebas del retorno de conocidos seres malvados. Empieza por el Rey Brujo, el líder de los Nueve Jinetes Negros que conocimos en El Señor de los Anillos, fieles sirvientes de Sauron. Como no está en su tumba deduce que ha sido llamado por su Señor. Aquí surgen preguntas obvias: dónde, cómo y por qué estaba enterrado, si sabían que no estaba muerto o podía resucitar, cómo ocurre y quién lo hace… Luego se va a Dol Guldur… Por qué no ha ido directamente si todas las sospechas apuntaban en esa dirección, cabe preguntarse también. Allí ve orcos y lucha con el Nigromante, y éste se revela como Sauron en una escena que tampoco se entiende muy bien qué pretende decir. Está claro que Jackson estaba atado con su estúpido “no tiene forma pero tiene forma de Ojo”, pozo que se cavó él solito en la trilogía de los anillos. Ahora tiene que salir un Nigromante, pero sale un humo… no, un ojo, no, Sauron… Bueno, todo a la vez. Da igual, el público no se cuestiona nada hoy en día. Y no es la única incongruencia de esta sección: Gandalf envía a Radagast y su nido con un mensaje para Galadriel. ¿Y por qué no se comunica telepáticamente como ha hecho antes en esta y la anterior películas? Porque Jackson tiene que incluir a Radagast pero a la vez quiere que Gandalf entre solo… Vamos, que se lía y lo apaña como puede. Finalmente Gandalf queda preso del enemigo, algo que no causa mucha desazón porque sabemos que saldrá airoso. Después de tantos minutos esta sección apenas deja huella, aunque que tampoco da asquito. Sólo espero que haya servido para sentar las bases de una buena trama de cara al último capítulo.

Por fin entramos a la Montaña Solitaria, y este tramo es lo mejor que ha dado la saga desde La Comunidad del Anillo. Aunque por desgracia cuenta con los fallos y excesos habituales, claro. La primera escena es para enmarcar. Los enanos ven su objetivo al alcance la mano, pero el miedo y la tensión están a flor de piel. Los gestos y diálogos, en especial los de Thorin y Balin al ver las inscripciones y el pasillo de entrada… Ufff, pone los pelos de punta ver tanta emoción contenida. No sé si es porque un material tan potente como el que tiene entre manos ha sido capaz cobrar vida y resistir e incluso superar la incompetencia habitual del realizador o porque es bipolar, pero el caso es que la escena es puro Tolkien. ¡Cuántos minutos y horas de películas sin que recordara a su obra! Cuando conocemos a Smaug tenemos a esos dos Peter Jackson en cruenta lucha por ver cuál emerge. A primera vista destaca el megalómano empeñado en poner montañas imposibles de monedas en un plano que se va abriendo hasta provocar carcajadas, el que desbarra con más pasarelas y columnas absurdamente grandes y disfruta derribándolas en una concepción desmedida e ilógica de las escenas de acción, abusando del estilo de videojuego de plataformas hasta provocar vergüenza ajena, rematándolo todo con tonterías inverosímiles (Thorin navegando por un río de oro sobre una carretilla) e incongruencias cantosas (el dragón que se hunde en una zona donde acabamos de ver que apenas le cubre una garra).

Pero también aparece el Jackson inesperadamente fiel a Tolkien e inspirado. Asistimos a un estupendo clímax que se ha trabajado con esmero desde el guión a través de diálogos, posicionamiento de personajes y paciencia para encontrar el tempo narrativo correcto, donde se mantiene la intriga y expectación sin recurrir a trucos visuales baratos y exagerados. En resumen, Smaug es una maravilla. El duelo intelectual con Bilbo está lleno de ingenio y grandes frases, la narración fluye con calma y seguridad, forjando una tensión e intensidad crecientes. Entran los enanos en acción, con Thorin casi cegado de ansias y deseos, y todo explota en una montaña rusa de acción donde el megalómano sigue obsesionado con forzar las cosas, pero donde todavía quedan retazos de sabiduría. La estrategia de reactivar la forja es excelente, y deja ver el plan de los enanos sin que por una ver el director remarque todo como si pensara que somos tan cortitos que no lo vamos a entender. La lucha pasa por diversas fases, y sí, algunas de videojuego, pero otras de gran espectacularidad. El enano de oro aparece ante Smaug regalando un plano fantástico con una pizca de humor genial: el careto del dragón es impagable. También está hábil Jackson encontrando una buena excusa para que el dragón salga a pagar su rabia con Ciudad Lago. La película acaba con un subidón de infarto y un desenlace abierto muy emocionante.

Esas grandes escenas sueltas, esos personajes con destellos de calidad y cierta profundidad y ese dragón inmejorable muestran que había en La desolación de Smaug una base más que suficiente para lograr una notable película de aventuras. Pero estamos en manos de Peter Jackson, y no sorprende que todo sea desvirtuado, desaprovechado, deformado en una narración tosca llena de memeces incomprensibles. Después de las nefastas El retorno del rey y Un viaje inesperado sólo podía echar pestes sobre su obra y fingir que no existía, pero esta entrega vuelve a recordarme las maravillas que podríamos haber visto en manos de un artífice inteligente, comedido, profesional, inspirado…

Ver también:
-> EL SEÑOR DE LOS ANILLOS
La Comunidad del Anillo.
Las dos torres.
El retorno del rey.
-> EL HOBBIT
Un viaje inesperado.
La desolación de Smaug.
La batalla de los cinco ejércitos.

La leyenda del samurái: 47 Ronin


47 Ronin, 2013, EE.UU.
Género: Acción, fantasía.
Duración: 118 min.
Dirección: Carl Rinsch.
Guión: Chris Morgan, Hossein Amini.
Actores: Keanu Reeves, Hiroyuki Sanada, Ko Shibasaki, Tadanobu Asano, Min Tanaka, Jin Akanishi.
Música: Ilan Eshkeri.

Valoración:
Lo mejor: Impresionante aspecto visual: dirección, fotografía, vestuario y decorados de notable o más.
Lo peor: El guión es ridículo. Keanu Reeves también.

* * * * * * * * *

El éxito de El Señor de los Anillos y Harry Potter y la evolución de las nuevas tecnologías lanzaron el género de la fantasía a límites nunca vistos… pero esto hablado de número de producciones, porque la calidad brilla por su casi total ausencia. Pocos títulos hay para recordar, y ninguno de ellos especialmente llamativo. El resto son películas de gran presupuesto destinadas a epatar con efectos especiales pero donde se pone muy poco énfasis en el guión. El patrón de muchas es el mismo: toman una premisa conocida y famosa, como películas previas, cuentos o novelas (tal es la dejadez que no buscan ni una puñetera idea original) y repiten un esquema narrativo bastante pobre: un héroe marginal, un viaje, unos cuantos monstruitos, algún ejército, la guarida del enemigo, un villano arquetípico… Y no me malinterpretéis: esta combinación tan básica puede dar una buena película (qué mejor ejemplo que La Guerra de las Galaxias, Episodio IV, Una nueva esperanza), pero como digo, para ello hay que buscar un guión con calidad y carisma. Conan el bárbaro (2011) , Furia de titanes y secuela, Las crónicas Narnia, Príncipe Caspian (la primera se salvaba, la tercera no la he visto), Hansel y Gretel, Last Airbender, las secuelas de Piratas del Caribe… la mayoría dejan las mismas sensaciones: la trama es una excusa para lucir efectos especiales. Y 47 Ronin está cómo no en la misma onda.

Tenemos el protagonista rechazado que luego probará su valía, la princesa florero con el hermano ultraconservador y cabezón y el padre conservador pero inteligente; y no falta el amigo gordo simpático, claro. En el lado de los malos más clichés: el villano sin motivación ni profundidad más allá de hacer cosas malas, la bruja, el ejército de inútiles… Llega un momento en que todo parece ridículo: el pueblo de los buenos es bonito y luminoso, el de los malos siempre oscuro y feo. Tanta simplificación da como resultado un tono bastante infantil en una epopeya que claramente debería ser para mayores de trece años. De hecho ni se debería haber limitado a esa edad, porque una aventura de luchas y venganzas como ésta requería ser para adultos, pero el mercado manda, así que rodaron esquivando la violencia y la sangre de forma que a veces queda realmente forzado, pues las batallas, los seppuku y los espadazos no sueltan ni una gota de sangre, dando la sensación de que las imágenes son a veces muy falsas.

Como es obligatorio seguir explotando los tópicos del género, en la paupérrima trama de alzamiento de los héroes del pueblo oprimido cuelan con calzador el monstruo de rigor (un animal gigante que pulula por ahí no se sabe por qué), la escena mística (el paseo por el bosque buscando las espadas es un pegote absurdo) y el consabido final en plan videojuego, donde los productores querían un dragón y lo tuvieron, y donde el protagonista de repente tiene superpoderes que no se han presentado antes.

Queda claro que la historia es lo más básico y trillado que ha parido el género entre un sinfín de títulos mediocres, y por extensión la profundidad y la emoción brillan por su ausencia. Pero por suerte no llega a caer en la cutrez risible. Será predecible, pero no vergonzosa. Conan 2011 era más sosa, The Last Airbender ni se entendía, y las dos últimas de Piratas del Caribe además de confusas eran un coñazo. En 47 Ronin la narración fluye bien, aun contando con ese largo y fallido receso en el bosque mágico, y no llega a aburrir. Tampoco despierta mucho interés, claro. Lo peor son los personajes, que de unidimensionales, previsibles y monótonos provocan hasta rechazo. El protagonista es tan soso y Keanu Reeves está tan mal que dan ganas de ponerse del lado del villano y ayudarle a torturarlo y matarlo. La princesa, como si la violan con un puercoespín. El malo, de risa. El gordito tarda demasiado en morir. Al menos Hiroyuki Sanada como el príncipe conservador que verá la luz es un actorazo con carisma sufiente para levantar cualquier rol. Otra cosa que nunca entenderé es cómo actores mediocres tienen éxito mientras otros grandes intérpretes capaces de deslumbrar en cualquier condición no logran la simpatía de las masas.

Pero 47 Ronin destaca de forma impresionante en otro aspecto donde este género también suele fallar. Tanto empeño que ponen los productores en parir películas de efectos visuales que atraigan al público y resulta que a la hora de la verdad no contratan buenos directores que sepan aprovechar bien los medios disponibles. Todos esos ejemplos que puse al principio se caracterizan por una labor de dirección entre normalita y mediocre (con honrosas excepciones como Gore Verbinski en Piratas del Caribe). Así de mal acabó la saga de Harry Potter, por ejemplo, cuando vimos lo alto que podía llegar con un realizador con talento (Alfonso Cuarón en El prisionero de Azkaban). Sin embargo da la casualidad de que 47 Ronin cayó en las manos de un buen artesano. Quién iba a esperar que el desconocido Carl Rinsch, con un par de cortos en su haber y contratado por ser barato, fuera a mostrarse tan profesional. Es más, quién pensaría que un novato fuera capaz de sobreponerse a un proyecto donde los productores son los que mandan, y cuyos egos de hecho provocaron que el rodaje resultara un caos. Es la historia de siempre: quiero que la estrella gane protagonismo, quiero un monstruito aquí, quiero más fuegos artificiales, quiero alterar el montaje como me dé la gana…

Como es de esperar la película no se benefició de esas imposiciones e improvisaciones. No queda en el guión calidad suficiente desde la que poder dotar de algo de vida o de alma al relato, por mucho que la labor de Rinsch tras las cámaras terminara siendo impecable, pero al menos visualmente cumple de sobras. Lo primero que llama la atención es que al contrario que en otras superproduciones maltrechas el dinero luce muy bien. Rinsch supo dirigir al equipo de dirección artística hasta obtener un trabajo de vestuario y decorados que resulta sobrecogedor. No ha habido este año mejor labor de vestuario que la aquí presente, pero como los premios se dan a la popularidad no se ha comido un rosco. Y en la fotografía estamos en las mismas condiciones. Con tal despliegue de medios y las excelentes localizaciones elegidas, el director de fotografía John Mathieson, uno de los grandes del gremio (El reino de los Cielos, Gladiator), tenía material para lucirse. Rinsch lo aprovecha a lo grande. Gloriosas panorámicas, buen dominio de las escenas de acción, búsqueda constante de composiciones bellas y ostentosas… Los bosques, el poblado, las complejas escenas llenas de extras… 47 Ronin es tan superficial, monótona y estulta que la hubiera enterrado de no ser por esta magnífica puesta en escena, que merece la pena admirarla. De todas formas hay que señalar algo extraño: los efectos digitales, aunque hay pocos y son buenos (la criatura, el dragón), tienen un bajón impresionante: ¿cómo pudo quedarles un zorro digital tan horrible cuando el resto luce tan bien?

En cuanto a la taquilla, fracasó a lo grande: con el enorme presupuesto que tuvo debido a la extensión improvisada del rodaje se ha convertido en uno de los mayores batacazos de la historia. Lo cierto es que películas igual de simples y algunas incluso más estúpidas han triunfado, pues las tendencias sociales son impredecibles. Por ejemplo Guerra Mundial Z es del estilo y tuvo un rodaje igual de caótico, pero fue un éxito tremendo, mientras que otro buen ejemplo, John Carter, también se hundió. Ahora queda por ver si con este fracaso la carrera de Rinsch queda truncada o alguien se fija en su gran nivel y le da otra oportunidad.

Y huelga decir que si queréis ver una buena película del género, Los siete samuráis de Akira Kurosawa es un título indispensable.

Out of the Furnace


Out of the Furnace, 2013, EE.UU.
Género: Thriller.
Duración: 116 min.
Dirección: Scott Cooper.
Guión: Scott Cooper, Brad Ingelsby.
Actores: Christian Bale, Casey Affleck, Zoe Saldana, Woody Harrelson, Sam Shepard, Willem Dafoe, Forest Whitaker.
Música: Dickon Hinchliffe.

Valoración:
Lo mejor: La solidez de los personajes, desde el guión a los actores.
Lo peor: Nada original. No deja huella alguna.

* * * * * * * * *

Out of the Furnace (que podría traducir como “salir del horno”) es una película independiente (22 millones de presupuesto) que ha logrado reunir a un buen reparto aprovechando esas ocasiones en que actores conocidos rebajan su sueldo comprometiéndose con una obra menor. Aun así, ninguna distribuidora los ha aprovechado con una campaña publicitaria y estreno decentes (de hecho a la hora de escribir esto sigue sin fecha en España), con lo que no ha tenido éxito alguno.

Como suele ocurrir con el cine independiente, destaca sobre las obras de grandes productoras en algo que cada vez se ve menos en las películas más comerciales: desde el guión se esmeran en construir unos personajes consistentes y un entorno verosímil que puede servir para analizar algún aspecto de la sociedad. La presentación de los protagonistas es efectiva, su descripción detallada y su evolución bastante correcta. La precaria situación de la región tiene a los Baze siempre en la cuerda floja. El padre está enfermo después de años trabajando en la fábrica. El hijo mayor, Russell (Christian Bale), se esfuerza por salir adelante con lo que tienen, enfrentándose con coraje y determinación a lo que la vida le echa encima (incluido el paso por la cárcel). El hermano menor, Rodney (Cassey Affleck), en cambio está más perdido, metiéndose en jaleos varios en la búsqueda de dinero rápido. La situación se desmadra cuando se implica demasiado con algunos criminales locales (Willem Dafoe, Woody Harrelson), y Russell, siendo como es, no se va a estar quietecito. Los actores están todos como siempre estupendos.

Se trabaja bien la intriga, de forma que hay peligro tangible sobre los protagonistas en todo momento, y en algunas escenas, sin acción aparatosa o sensacionalista, hay momentos donde la tensión produce una correcta sensación de agobio y miedo por el porvenir de estos. Pero aunque no se tira de clichés y el ambiente está bien conseguido, en líneas generales la trama no sorprende, con lo que algún episodio pierde algo de fuelle. Y a la larga esa falta de novedades limita bastante una propuesta con una base tan bien trabajada. No hay giros ni resoluciones que impacten, no se desvía de un camino que se ve venir de lejos. El guión es sólido, y la puesta en escena y los actores muy profesionales, pero sin novedades ni ambición alguna no es un relato que deje la más mínima huella. Además el final es facilón y sin garra, y se remata con el único momento en que intenta ofrecerse algo distinto… y no queda nada bien: el plano último es realmente confuso, tanto que el realizador Scott Cooper tuvo que explicar que es en plan metáfora y tú decides cómo acaba realmente la película. Pues después de contarnos algo tan básico, esa salida de tono no funciona.

El lobo de Wall Street


The Wolf of Wall Street, 2013, EE.UU.
Género: Aventuras, biografía.
Duración: 180 min.
Dirección: Martin Scorsese
Guión: Terence Winter, Jordan Belfort (novela).
Actores: Leonardo DiCaprio, Jonah Hill, Margot Robbie, Kyle Chandler, Jon Bernthal, Cristin Milioti.

Valoración:
Lo mejor: Buena factura, aventura entretenida y con tramos espectaculares.
Lo peor: No sorprende, no aporta nada nuevo, le sobra muchísimo metraje.

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El público se pregunta si es comedia o drama de denuncia, como si la comedia no sirivera para criticar. En realidad es más bien una de aventuras. No tienen estas por qué estar ambientadas en la antigüedad, en lugares exóticos o imaginarios. Hay tiempo para el humor, para la crítica irónica, para el espectáculo, el drama… El guión de Terence Winter (Los Soprano, Boardwalk Empire) es enorme, hablando de tamaño y detallismo. Abarca las distintas etapas del viaje de Jordan Belfort dedicándole un montón de tiempo a cada una, rodeándolas de mil anécdotas que muestran a fondo la vida de los protagonistas. La descripción de estos personajes, destacando a la figura central, es muy buena, con momentos brillantes. Leonardo DiCaprio está muy esforzado en su papel, aunque es un personaje más de gritar y cometer locuras que de evolución psicológica importante; es decir, que ha tenido mejores roles donde lucirse, como en Infiltrados. Jonah Hill se ha afianzado ya como secundario de calidad, y el resto cumple de sobras incluso con apariciones breves (como Matthew McConaughey).

Que Scorsese es un director magnífico no hace falta ni decirlo. El lobo de Wall Street es otra muestra de su experiencia y habilidad. Escena tras escena muestra un despliegue impresionante de dominio cinematográfico, incluyendo la adaptación a técnicas modernas (su edad no es impedimento para que haya abrazado las nuevas tecnologías como un recurso más, no hay más que ver La invención de Hugo). Las partes intimistas y pausadas se alternan muy bien con las más efectistas, teniendo cada una por separado la fuerza necesaria para resultar como mínimo atractiva, y en varios casos son bastante impactantes. La visita del agente al yate es tan intensa como la espectacular tormenta en alta mar, por ejemplo. Pero ni Winter ni Scorsese están libres de errores. Dos problemas importantes limitan el alcance (tanto emocional como cualitativo) de la película: trascendencia y longitud.

La odisea del joven triunfador, del empresario exitoso hecho a sí mismo abusando del sistema que sube a lo más alto para luego caer desde la cumbre, no es una historia novedosa, la hemos visto infinidad de veces. La propia Uno de los nuestros (Goodfellas) del mismo Scorsese narra más o menos lo mismo. Y El aviador, como biografía de un gran personaje, también tiene numerosos puntos en común, sobre todo el estilo de epopeya de grandes proporciones. Así pues, El lobo del Wall Street no sorprende, y en la carrera del director aún menos. Se afila y exagera el estilo a lo bestia, como buscando una película distinta, pero por muchas palabrotas, sexo y burradas que haya (hasta el punto de luchar por evitar la calificación de exclusiva para adultos), no se consigue romper la barrera de “esto ya lo he visto”. De hecho los excesos del protagonista también se convierten a veces en excesos de la narración.

Tres horas para una historia que no es original ni realmente compleja resulta a todas luces demasiado. No es que llegue a resentirse como para hablar de que se hace muy larga, pero le sobran minutos a muchas escenas e incluso pasajes completos resultan claramente innecesarios. Hay numerosas anécdotas que no aportan nada esencial (como el vuelo en helicóptero), los personajes secundarios a veces están mucho tiempo en pantalla para mostrar cosas obvias, y algunas salidas de madre aportan bien poco. Por ejemplo los efectos de las pastillas caducadas se alargan durante minutos y minutos cuando con un par de planos ya quedaría bien claro lo que ocurre. Y tampoco puedo dejar de pensar que con tanto metraje el agente del FBI merecía más protagonismo, que sus breves apariciones son jugosas pero en general queda muy descolgado. También podríamos preguntarnos: ¿qué aporta el padre del protagonista?

Ni Winter supo ir al grano ni Scorsese recortar morralla. Los tres actos de la narración (presentación, nudo y desenlace) se estiran y estiran, se difuminan y no parecen llegar nunca. Demasiado tiempo reincidiendo en que Jordan es un vividor que no piensa en las consecuencias de sus acciones, demasiado relegando la cacería del agente, demasiadas vueltas para lanzarnos de una vez a su batacazo final. Sí, estoy entretenido en el proceso… pero esos minutos sobrantes suponen la diferencia entre lo correcto y lo extraordinario. Con cuarenta, cincuenta o incluso sesenta minutos menos (seguiríamos teniendo dos largas horas) podría haber sido un filme mucho más directo, intenso, cohesionado, fluido… y por lo tanto más efectivo y memorable. Y además así sería atractiva para verla otra vez, porque hay que tener valor para ponerse de nuevo tres horas de una sucesión de gags de ricos cometiendo excesos sabiendo que en el fondo nos van a contar lo mismo de siempre.

De hecho el final cuando por fin llega no es muy potente. No sorprende la forma en que Jordan cae, ni cómo será el intento de redención. No conmueve como debería, no deja un personaje para el recuerdo ni una odisea que citar como inolvidable. Así pues, no veo en El lobo de Wall Street material para hablar de una gran película, esa que muchos han visto hasta encumbrarla como una de las diez mejores del año y una de las grandes del realizador. Es entretenimiento en estado puro que derrocha profesionalidad por los cuatro costados, pero no aporta nada con sustancia y originalidad suficiente como para dejar huella.