El Criticón

Opinión de cine y música

La leyenda del samurái: 47 Ronin


47 Ronin, 2013, EE.UU.
Género: Acción, fantasía.
Duración: 118 min.
Dirección: Carl Rinsch.
Guión: Chris Morgan, Hossein Amini.
Actores: Keanu Reeves, Hiroyuki Sanada, Ko Shibasaki, Tadanobu Asano, Min Tanaka, Jin Akanishi.
Música: Ilan Eshkeri.

Valoración:
Lo mejor: Impresionante aspecto visual: dirección, fotografía, vestuario y decorados de notable o más.
Lo peor: El guión es ridículo. Keanu Reeves también.

* * * * * * * * *

El éxito de El Señor de los Anillos y Harry Potter y la evolución de las nuevas tecnologías lanzaron el género de la fantasía a límites nunca vistos… pero esto hablado de número de producciones, porque la calidad brilla por su casi total ausencia. Pocos títulos hay para recordar, y ninguno de ellos especialmente llamativo. El resto son películas de gran presupuesto destinadas a epatar con efectos especiales pero donde se pone muy poco énfasis en el guión. El patrón de muchas es el mismo: toman una premisa conocida y famosa, como películas previas, cuentos o novelas (tal es la dejadez que no buscan ni una puñetera idea original) y repiten un esquema narrativo bastante pobre: un héroe marginal, un viaje, unos cuantos monstruitos, algún ejército, la guarida del enemigo, un villano arquetípico… Y no me malinterpretéis: esta combinación tan básica puede dar una buena película (qué mejor ejemplo que La Guerra de las Galaxias, Episodio IV, Una nueva esperanza), pero como digo, para ello hay que buscar un guión con calidad y carisma. Conan el bárbaro (2011) , Furia de titanes y secuela, Las crónicas Narnia, Príncipe Caspian (la primera se salvaba, la tercera no la he visto), Hansel y Gretel, Last Airbender, las secuelas de Piratas del Caribe… la mayoría dejan las mismas sensaciones: la trama es una excusa para lucir efectos especiales. Y 47 Ronin está cómo no en la misma onda.

Tenemos el protagonista rechazado que luego probará su valía, la princesa florero con el hermano ultraconservador y cabezón y el padre conservador pero inteligente; y no falta el amigo gordo simpático, claro. En el lado de los malos más clichés: el villano sin motivación ni profundidad más allá de hacer cosas malas, la bruja, el ejército de inútiles… Llega un momento en que todo parece ridículo: el pueblo de los buenos es bonito y luminoso, el de los malos siempre oscuro y feo. Tanta simplificación da como resultado un tono bastante infantil en una epopeya que claramente debería ser para mayores de trece años. De hecho ni se debería haber limitado a esa edad, porque una aventura de luchas y venganzas como ésta requería ser para adultos, pero el mercado manda, así que rodaron esquivando la violencia y la sangre de forma que a veces queda realmente forzado, pues las batallas, los seppuku y los espadazos no sueltan ni una gota de sangre, dando la sensación de que las imágenes son a veces muy falsas.

Como es obligatorio seguir explotando los tópicos del género, en la paupérrima trama de alzamiento de los héroes del pueblo oprimido cuelan con calzador el monstruo de rigor (un animal gigante que pulula por ahí no se sabe por qué), la escena mística (el paseo por el bosque buscando las espadas es un pegote absurdo) y el consabido final en plan videojuego, donde los productores querían un dragón y lo tuvieron, y donde el protagonista de repente tiene superpoderes que no se han presentado antes.

Queda claro que la historia es lo más básico y trillado que ha parido el género entre un sinfín de títulos mediocres, y por extensión la profundidad y la emoción brillan por su ausencia. Pero por suerte no llega a caer en la cutrez risible. Será predecible, pero no vergonzosa. Conan 2011 era más sosa, The Last Airbender ni se entendía, y las dos últimas de Piratas del Caribe además de confusas eran un coñazo. En 47 Ronin la narración fluye bien, aun contando con ese largo y fallido receso en el bosque mágico, y no llega a aburrir. Tampoco despierta mucho interés, claro. Lo peor son los personajes, que de unidimensionales, previsibles y monótonos provocan hasta rechazo. El protagonista es tan soso y Keanu Reeves está tan mal que dan ganas de ponerse del lado del villano y ayudarle a torturarlo y matarlo. La princesa, como si la violan con un puercoespín. El malo, de risa. El gordito tarda demasiado en morir. Al menos Hiroyuki Sanada como el príncipe conservador que verá la luz es un actorazo con carisma sufiente para levantar cualquier rol. Otra cosa que nunca entenderé es cómo actores mediocres tienen éxito mientras otros grandes intérpretes capaces de deslumbrar en cualquier condición no logran la simpatía de las masas.

Pero 47 Ronin destaca de forma impresionante en otro aspecto donde este género también suele fallar. Tanto empeño que ponen los productores en parir películas de efectos visuales que atraigan al público y resulta que a la hora de la verdad no contratan buenos directores que sepan aprovechar bien los medios disponibles. Todos esos ejemplos que puse al principio se caracterizan por una labor de dirección entre normalita y mediocre (con honrosas excepciones como Gore Verbinski en Piratas del Caribe). Así de mal acabó la saga de Harry Potter, por ejemplo, cuando vimos lo alto que podía llegar con un realizador con talento (Alfonso Cuarón en El prisionero de Azkaban). Sin embargo da la casualidad de que 47 Ronin cayó en las manos de un buen artesano. Quién iba a esperar que el desconocido Carl Rinsch, con un par de cortos en su haber y contratado por ser barato, fuera a mostrarse tan profesional. Es más, quién pensaría que un novato fuera capaz de sobreponerse a un proyecto donde los productores son los que mandan, y cuyos egos de hecho provocaron que el rodaje resultara un caos. Es la historia de siempre: quiero que la estrella gane protagonismo, quiero un monstruito aquí, quiero más fuegos artificiales, quiero alterar el montaje como me dé la gana…

Como es de esperar la película no se benefició de esas imposiciones e improvisaciones. No queda en el guión calidad suficiente desde la que poder dotar de algo de vida o de alma al relato, por mucho que la labor de Rinsch tras las cámaras terminara siendo impecable, pero al menos visualmente cumple de sobras. Lo primero que llama la atención es que al contrario que en otras superproduciones maltrechas el dinero luce muy bien. Rinsch supo dirigir al equipo de dirección artística hasta obtener un trabajo de vestuario y decorados que resulta sobrecogedor. No ha habido este año mejor labor de vestuario que la aquí presente, pero como los premios se dan a la popularidad no se ha comido un rosco. Y en la fotografía estamos en las mismas condiciones. Con tal despliegue de medios y las excelentes localizaciones elegidas, el director de fotografía John Mathieson, uno de los grandes del gremio (El reino de los Cielos, Gladiator), tenía material para lucirse. Rinsch lo aprovecha a lo grande. Gloriosas panorámicas, buen dominio de las escenas de acción, búsqueda constante de composiciones bellas y ostentosas… Los bosques, el poblado, las complejas escenas llenas de extras… 47 Ronin es tan superficial, monótona y estulta que la hubiera enterrado de no ser por esta magnífica puesta en escena, que merece la pena admirarla. De todas formas hay que señalar algo extraño: los efectos digitales, aunque hay pocos y son buenos (la criatura, el dragón), tienen un bajón impresionante: ¿cómo pudo quedarles un zorro digital tan horrible cuando el resto luce tan bien?

En cuanto a la taquilla, fracasó a lo grande: con el enorme presupuesto que tuvo debido a la extensión improvisada del rodaje se ha convertido en uno de los mayores batacazos de la historia. Lo cierto es que películas igual de simples y algunas incluso más estúpidas han triunfado, pues las tendencias sociales son impredecibles. Por ejemplo Guerra Mundial Z es del estilo y tuvo un rodaje igual de caótico, pero fue un éxito tremendo, mientras que otro buen ejemplo, John Carter, también se hundió. Ahora queda por ver si con este fracaso la carrera de Rinsch queda truncada o alguien se fija en su gran nivel y le da otra oportunidad.

Y huelga decir que si queréis ver una buena película del género, Los siete samuráis de Akira Kurosawa es un título indispensable.

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