El Criticón

Opinión de cine y música

Archivos mensuales: septiembre 2014

Mil maneras de morder el polvo


A Million Ways to Die in the West, 2014, EE.UU.
Género: Tortura.
Duración: 135 min.
Dirección: Seth MacFarlane.
Guión: Seth MacFarlane, Alec Sulkin, Wellesley Wild.
Actores: Seth MacFarlane, Charlize Theron, Giovanni Ribisi, Sarah Silverma, Amanda Seyfried, Liam Neeson, Neil Patrick Harris.
Música: Joel McNeely.

Valoración:
Lo mejor: Con tanto chiste acumulado habrá algún momento en que te rías.
Lo peor: Aburrida, estúpida, insoportable. Seth MacFarlane hace el ridículo como guionista y como actor.

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Es indudable que con tanto chiste acumulado habrá alguno que cale en el espectador. Pero el cometido de una comedia es tenerte siempre con la sonrisa y cuantas más veces te lleve a la carcajada mejor. Si el argumento es además bueno y deja algún poso, más alabanzas merecerá la película. Mil maneras de morder el polvo se queda muy lejos de lo considerable aceptable para una obra del género, por muy bajo que pongamos el listón. Produce más aburrimiento y distanciamiento que entretenimiento y risa. El nivel que alcanza en el segundo punto es de hecho asombroso: bastan pocos minutos para que la sensación de que va a ser imposible introducirse en el relato se asiente con fuerza. Y no se aleja, sino que aumenta hasta provocar vergüenza ajena y asco. ¡Es una de las peores películas de los últimos años!

No basta poner chistes en fila. Hay que dar una coherencia, tanto estilística como argumental. La exitosa Padre de familia acusa mucho este problema. ¿Cuántos capítulos flojos hay por cada uno decente, y cuántos por cada uno bueno? Pero en un formato de veinte minutos tener unos cuantos chistes sin argumento detrás puede colar si son aceptables. Quizá ahí radica su éxito: se ve sin pensar, no da tiempo a que aparezca el aburrimiento. Pero dos horas así resulta insoportable, más si no tienes una conexión previa con los personajes y su entorno. Mil maneras de morder el polvo apenas deja entrever una premisa en todo el galimatías, ese infantil romance entre protagonistas, y entre que ocupa muy poco metraje real y lo mal que encaja en el todo no basta. Cada escena es una mezcla de todo lo que le pasaba a MacFarlane por la cabeza, sin pararse a meditar en si da sentido a la narración, si el chiste encaja, si la atmósfera es la adecuada para el cambio de estilo en el humor. Comedia romántica, parodia del Oeste, homenaje al cine (referencias cinéfilas en cantidad), comedia gamberra, comedia absurda… No se decanta por ninguno concreto, sino que mete todos a la fuerza, y además sin una pizca de ingenio u originalidad. Y como es esperable explota por todas partes, en ocasiones salpicando con enormes cantidades de vergüenza ajena: el humor escatológico, las salidas de tono infantiles, los golpes forzados tan ineficaces… Es imposible adaptarse a tal caos. No sabes de qué va ni cómo pretende hacerte reír.

Hay que seguir hablando de MacFarlane, por es inevitable mencionar su papel como protagonista. Infame y lamentable como pocos se han visto. Que no vuelva a ponerse delante de una cámara, por favor. El resto de actores cumplen en personajes cutres que requieren más esfuerzo del que parece, porque hacer de ingenuo o directamente imbécil de manera creíble no es fácil. Destacaría a Charlize Theron y Giovanni Ribisi, aunque Sarah Silverman no está mal tampoco.

Ted es ejemplo de que MacFarlane puede hacer bien las cosas. Argumento claro (la maduración del protagonista), personajes bien definidos (y muy atractivos), un estilo concreto (comedia gamberra alocada) del que no se sale tangencialmente sin venir a cuento. El resultado fue un éxito de calidad (aunque sin llevarnos las manos a la cabeza) y público (éste sí fue inesperado: ¡550 millones de dólares de recaudación!). Y a pesar de esa fama adquirida Mil maneras de morder el polvo no llega a los noventa millones, pues el boca a boca la ha hundido bien rápido.

PD: por lo visto hay una versión unrated con casi veinte minutos más. La verdad es que no lo entiendo. Ni le hace falta más metraje, ni más guarradas, que ya es R (menores acompañados).

Transformers: La era de la extinción


Transformers: Age of Extinction, 2014, EE.UU.
Género: Acción.
Duración: 165 min.
Dirección: Michael Bay.
Guión: Ehren Kruger.
Actores: Mark Wahlberg, Nicola Peltz, Jack Reynor, Stanley Tucci, Kelsey Grammer, Titus Welliver, Sophia Myles.
Música: Steve Jablonsky.

Valoración:
Lo mejor: Elimina o pule algunos errores de la saga (las subtramas irrelevantes alargadas hasta el infinito).
Lo peor: Pero estira el resto de elementos hasta resultar repetitiva, insustancial y muy aburrida.

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La fórmula no podía estar más gastada, y eso que evita algunos de los peores fallos de las dos entregas anteriores. Las subtramas con exceso de humor inmaduro que no tienen relación con las líneas principales se han eliminado. Ya no tenemos las largas y cansinas tontadas tipo el viaje universitario o la búsqueda de trabajo de Sam Witwicky; recordad cómo se fue de madre esta última. Pero eso implica rellenar el metraje que ocupaban estirando lo demás, porque Michael Bay sigue empeñado en llegar a las dos horas y cuarenta minutos. Además cabría esperar que con actores nuevos el relato fuera más atractivo y novedoso, pero el hechizo dura poco, porque los personajes son prácticamente los mismos. Y en la trama Bay y el guionista Ehren Kruger ponen cero esfuerzo. Tenemos otra vez el grupo de invasores, el gobierno molestando más que ayudando y los héroes casuales salvando el planeta, todo siguiendo los mismos pasos de siempre: corretear en busca del objeto de rigor (maletín, anillo, arma, sustancia… el que toque) para salvar el mundo mientras los robots se hostian alrededor.

La línea principal es la del ciudadano del montón, torpe y tontorrón (Mark Wahlberg), acompañado de la chica (en este caso su hija) que será la mujer florero (más barely legal que nunca: 18 añitos tenía Nicola Peltz durante el rodaje) y algún otro guaperas para meter más carne (el novio que pretende ser simpático pero resulta intrascendente), quienes se verán cómo no metidos en el entuerto, de hecho hagan lo que hagan siempre les cae un robot encima, y terminarán siendo los héroes de la función. Por otro lado está la sección del empresario ambicioso (Stanley Tucci) que por sus pecados pondrá a la humanidad en bandeja para la invasión de los robots malvados. Como para intentar diferenciarlo algo de los villanos previos (es igualito al de Transformers 3), en el tramo final se vuelve bueno, pero no cuela, porque el cambio es tan brusco que resulta incongruente: de malvado capitalista a secundario cómico estúpido en un abrir y cerrar de ojos. También va acompañado de un par de mujeres metidas con calzador: ¿qué aportan Sophia Myles y Bingbing Li a la trama? Y finalmente está el plan enemigo, que no es otro que ser malo porque sí. En este caso hay dos frentes, la conspiración del gobierno (la facción dirigida por un tirano –Kelsey Grammer– que quiere imponer su propio orden mundial) y el robot invasor alienígena de turno. Este último como figura enemiga tiene algo de fuerza, pero en motivaciones anda tan seco como los anteriores: matar y conquistar porque puede. Megatrón está en segundo plano, algo que se agradece porque está muy exprimido, pero me temo que al final renace para prometer aburrirnos en otra secuela.

Las tres líneas tardan muchísimo en unirse, demasiado, y cuando lo hacen no es que la película adquiera un nuevo nivel de trascendencia o mísero interés, porque todo se mantiene igual. El tono como cabía esperar es el habitual de Bay: mensajes conservadores (penoso el discurso anticientífico), vicios infectos (machismo, patriotismo, xenofobia -atención al chino del ascensor: cómo no sabe artes marciales-), mucho colorido (con predilección por el naranja), explosiones exageradas, coches deportivos, destrucción por doquier… La narración es una sucesión de piezas de acción alternadas con una paupérrima exposición de personajes y tramas. Cuánto metraje para decir cosas tan obvias, cuánto tarda en lanzar el grueso de la trama y hacer avanzar el conflicto y la evolución de personajes. Vamos, en eso tampoco sorprende. El problema es que como espectáculo palomitero no cumple. Es imposible causar la misma impresión que en las dos primeras entregas si no pone el esfuerzo por aportar algo más que puso en la tercera, donde las escenas de acción eran inconmensurables y aunque no bastaran para salvar la cinta al menos ofrecían algo de entretenimiento. Aquí Bay anda muy desgastado, acomodado a la rutina. Por mucho que los efectos especiales y sonoros sean impecables ninguna de las secuencias importantes aporta algo nuevo, ninguna resulta impactante porque ya hemos visto exactamente lo mismo en numerosas ocasiones: robots enormes dándose puñetazos, persecuciones a tiros, guerra en ciudades, edificios rompiéndose, naves sobre rascacielos… Ningún escenario es original, la trama no aporta una base desde donde ofrecer algo novedoso, y ahora más que nunca los humanos son un pegote injustificado en plena batalla. Lo único digno de mención es la estancia en la nave, que ofrece una atmósfera algo distintiva; pero como siempre, el guión lo hecha a perder con su vena cómica infantil.

Además se repiten otros errores previos. Cansa ver que Optimus esté en todo momento al borde de la muerte, hecho pedazos, y siempre encuentre energías nuevas para levantarse y derrotar al enemigo en el último momento. Nunca han logrado con él el gran personaje que los fans esperaban, pero aquí queda muy relegado a objeto de la trama. De hecho hay un par de instantes de vergüenza ajena: cuando de camión destrozado se transforma y cura por arte de magia, o cuando después de tanta batalla sale volando sin más. Por el lado contrario puedo decir que al menos este capítulo tiene secundarios robots con algo más de presencia y atractivo. Los personajillos tontos han desaparecido (difícil olvidar a los gemelos macarras) y han sido sustituidos por figuras con algo más de carisma y gracia: el gordo militar y el samurái son tópicos andantes, pero valen como secundarios sencillos. El villano igual: quizá sus motivaciones no convenzan, pero algo de impresión si causa, más que el anodino Megatrón de entregas anteriores; el imponente diseño sin duda tiene algo que ver.

Es entendible que el público no le esté dando buenas notas… pero lo que falta ahora es que le den la espalda en la taquilla, que ha vuelto a recaudar más de mil millones de dólares. Mientras tenga éxito, por mucho que lloriquee luego la gente Bay seguirá con el mismo infame guionista y rodando con el mismo estilo y tics.

Ver también:
El lado oscuro de la luna.
La venganza de los caídos.
Transformers.