El Criticón

Opinión de cine y música

The Zero Theorem


The Zero Theorem, 2013, EE.UU., Francia, Reino Unido.
Género: Drama, ciencia-ficción, distopía.
Duración: 107 min.
Dirección: Terry Gilliam
Guión: Pat Rushin
Actores: Christoph Waltz, Lucas Hedges, Mélanie Thierr, Matt Damon, Tilda Swinton, David Thewlis.
Música: George Fenton.

Valoración:
Lo mejor: Buen análisis social a través de personajes encantadores. Puesta en escena notable.
Lo peor: A pesar de tanto surrealismo, su temática no sorprende.

* * * * * * * * *

Terry Gilliam nunca ha dejado atrás el cine extraño y surrealista, pero desde Brazil (1985) no se embarcaba en una historia que mirara a un futuro imaginario para analizar nuestro inmediato porvenir, es decir, la fábula distópica. The Zero Theorem nos relata cómo las nuevas tecnologías (informática y telecomunicaciones) absorben nuestras vidas haciéndonos dependientes de ellas, suplantando las relaciones humanas reales, limitando nuestra capacidad para socializar. Apuntala el análisis con la crisis económica y laboral: la competencia por el trabajo es dura, la miseria ahoga el mundo a pesar de la fachada de bienestar y felicidad que genera la tecnología.

Todo esto lo vemos a través de los ojos de un ser antisocial, marginado y con principios de demencia al que seguimos en su odisea por encontrar respuestas a la existencia, por hallar un lugar en el mundo que le devuelva las ganas por vivir. Es un personaje complejo que Christoph Waltz capta a la perfección, sobre todo a la hora de dar pena por su aislamiento y soledad. Conocerá a una chica atractiva y extrovertida, de la que huye porque siente que es demasiado buena para él, o porque le asusta enfrentarse a alguien tan distinto. Pero pronto se verá que ella tiene sus propios problemas emocionales que harán que conecten. Otras relaciones terminan de definir a nuestro protagonista: el jefe de departamento al que no soporta pero que está siempre encima, controlando su tiempo y su vida, y el joven becario que le hará recuperar algunas cosas (placeres sencillos como la comida) que tenía olvidadas.

El estilo de la narración (en lo visual tanto como en el contenido) es histriónico, afilado y excesivo acorde al surrealismo que impregna la obra de Gilliam. Los personajes se llevan al límite, convirtiéndolos en caricaturas a veces funestas, otras lastimeras, pero siempre acertando en la intención de hacernos ver y pensar sobre problemas reales. Dicho de otra forma, el mensaje es claro y no resulta engullido por las partes más abstractas (como el trabajo o el teorema cero).

El exterior es vistoso, rebuscado pero crucial a la hora de describir el entorno, la escena y el personaje. Barroquismo mezclado con cyberpunk, y color y plástico combinados con roca y mugre, exponen muy bien la dualidad del futuro presentado, lo que se refuerza con simbología abierta a teorías (por ejemplo, el ordenador en el altar de la iglesia se puede tomar como símbolo de lo que domina la vida del hombre del futuro). Destaca sobre todo por lo que han logrado con unos escasos ocho o diez millones de dólares: luce como una superproducción. Y todo gana enteros con la hábil mano de Gilliam: los encuadres originales y la cámara inclinada no son caprichosos, sino esenciales en la atmósfera buscada.

Pero hay que decir que a estas alturas este estilo no sorprende, que Gilliam no logra algo tan distintivo o innovador como lo fueron Brazil y Doce monos. La combinación de elementos es sólida y se usa con sabiduría, pero en ningún momento causa gran impresión. Huellas de cualquier título de la ciencia-ficción se pueden ver en todo momento (la ciudad recuerda rápidamente a Blade Runner), pero destaca sobre todo la influencia del surrealismo francés de Jean-Pierre Jeunet. Y en lo argumental tampoco ofrece un análisis realmente novedoso: otros tantos títulos recientes han tratado la misma temática, aunque sea desde otros puntos de vista.

Pero las cosas bien hechas también tienen valor, y más si aportan una perspectiva valiente, inteligente y vistosa. Así, Gilliam no rompe esquemas, pero obtiene una obra rica en lo visual, inteligente en su contenido y con unos personajes que llegan e inspiran. Eso sí, huelga decir que su estilo no es apto para el espectador medio, amigo de la inmediatez, lo conocido y lo expuesto sin segundas lecturas. Solo los que busquen cine arriesgado o de autor podrán disfrutar el visionado.

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