El Criticón

Opinión de cine y música

El puente de los espías


Bridge of Spies, 2015, EE.UU.
Género: Drama, panfleto político.
Duración: 142 min.
Dirección: Steven Spielberg.
Guión: Ethan Coen, Joel Coen, Matt Charman.
Actores: Tom Hanks, Mark Rylance, Alan Alda, Amy Ryan.
Música: Thomas Newman.

Valoración:
Lo mejor: Se ve profesionalidad delante y tras las cámaras.
Lo peor: Pero también se ve cómo Spielberg tira de recursos muy facilones para tratar de llegar hondo por la fuerza, y además tiene un tono adoctrinante descarado.

* * * * * * * * *

Como en sus últimos títulos, Lincoln y Caballo de batalla, tenemos al Steven Spielberg autocomplaciente y acomodado a los manidos parámetros de lo que se puede denominar como “cine de la academia”. Me refiero obviamente a la academia de los Oscar, el sector dominante del gremio en Hollywood, un amplio grupo de cineastas conservadores que se premian entre ellos siguiendo directrices muy claras de narrativa y temática. Los dramas sensibleros, las biografías manipuladoras, el patriotismo rancio, la puesta en escena obsesionada con realzar determinados aspectos de su gusto… El puente de los espías grita a la desesperada “mirad que bueno soy, quiero un Oscar” mientras a la vez vende el cansino mensaje de “somos el mejor país del mundo”.

Debo decir que de primeras no parecía un panfleto tan obvio. El tramo inicial del filme es más comedido, pues aunque narra con el esperable patriotismo hortera algún aspecto de los EE.UU. (su supuesta superioridad democrática, moral y judicial), lo hace con bastante fluidez y cierta naturalidad, quizá más que Lincoln, que pretendía ser tan hermosa y grande que quedaba muy encorsetada. Y en la carga política podría haber sido peor, porque la pugna capitalismo-comunismo prometía un tono mucho más partidista. Pero en principio el retrato de la época y los personajes parece realista: es lo que había en esos tiempos, fobia y fanatismo alentados por gobiernos opuestos y que sólo entendían el mundo en términos de blanco o negro. El juicio no sorprende pero entretiene, y la dinámica entre el abogado y el espía defendido ofrece dos personajes sencillos pero con cierto encanto, con lo que es fácil congeniar con ellos. Además los actores están bastante bien en papeles difíciles, pues son de emociones contenidas. Eso sí, el asombro que hay con Mark Rylance me parece excesivo, aquí y en la serie donde también le han dado mil premios, Wolf Hall.

Pero el velo va cayendo, y cuando empieza la segunda parte, la historia de intercambiar rehenes, se hace evidente que es un drama prefabricado y con propaganda política descarada. Se puede aceptar que haya cierto contraste entre EE.UU. y Alemania, pues un país acaba de sufrir los envites de la guerra en sus carnes y está cayendo en un caos político que trae una etapa oscura, mientras que el otro empezaba a vivir una época dorada, pero de ahí al maniqueísmo que se monta Spielberg hay un trecho muy, muy grande. EE.UU. se retrata con luz y color, ambiente de trabajo maravilloso, gente amable y cándida, fuerzas de la ley simpáticas y cercanas… Alemania es el infierno, un lugar frío y desolado donde todos son monstruos desalmados (atención a la absurda escena del robo del abrigo).

A partir de aquí no esperes inteligencia y sutilezas. Todo está bien mascadito, se recalca en exceso, o se expone con trucos demasiado evidentes. Las escenas con paralelismos son las más grotescas, donde más se notan las trampas: los malvados comunistas torturando al preso en contraposición con el exquisito trato dado por los estadounidenses al suyo, los chavales saltando el muro de Berlín para acabar a tiros, contra los que saltan vallas entre casas en EE.UU. jugando, la mujer que mira al protagonista en el metro con mala cara por defender a un enemigo, contra esa misma mujer tiempo más tarde (¡pero qué casualidad, oye!) que lo mira exultante de admiración cuando el prota vuelve como un héroe… Pero las escenas torticeras más que sensibleras también cantan a distancia. Tenemos la loa a la familia tradicional de rigor, con la mamá en casa, los niños santos y el padre trabajador, donde soportaremos la peleílla artificial de turno para terminar con la reconciliación de cuento de hadas: el clásico el plano final de los niños y la mujer dándose la vuelta a cámara lenta, abriendo los ojos como platos al ver al papi en la tele puesto como un héroe. Toma dos cucharadas de azúcar, por si no tenías suficiente. Y hay muchos más clichés metidos a la fuerza, como la llamada que no parece llegar en el puente, la puerta del despacho del jefe cerrada cuando siempre la encontraba abierta, etc., etc.

A esto se le suma que Spielberg pierde el control del relato. El lío de la negociación a dos bandas, sumado a la intriga de si el protagonista podrá sobrevivir en el caos de Berlín en pleno alzamiento del muro de la vergüenza, debería haber aumentado considerablemente el interés de la proyección, ofreciendo una trama más compleja e intensa. Pero ocurre lo contrario, se diluye la fuerza y profundidad de la historia, y además tiene fallos imperdonables. No entiendo cómo puede presentar tan bien al piloto y tan mal al estudiante, si al final son igual de importantes. Es como si quisiera poner a uno por encima del otro: el piloto paleto que va a la guerra por su país es mejor que el universitario intelectual pacifista. Por lo demás, los personajes implicados en las negociaciones hablan y hablan, pero en escenas carentes de empaque alguno, con lo que queda un thriller bastante soso y superficial.

En el acabado formal es indudable que la mano de grandes profesionales se ve en cada plano. La ambientación es buena y Spielberg y el gran director de fotografía de Janusz Kaminski edifican una puesta en escena muy cuidada y con sabor a clásico del cine negro, de hecho hay varios planos de gran fuerza visual (como el protagonista pensando que está siendo seguido bajo la lluvia). Los actores realzan con aparente facilidad (Hanks no parece esforzarse desde hace años y sigue logrando grandes papeles) unos personajes algo sencillos pero lo suficientemente atractivos como para interesarnos por su odisea. Y en conjunto, aunque el ritmo sea mejorable en algunos tramos y los eventos muy previsibles, la cinta dura más de dos horas y no se hace larga. Pero la técnica no lo es todo, y con el tono elegido queda una película tan ahogada en su pretenciosidad y maniqueísmo que dificulta enormemente que el talento nato de sus autores fluya con naturalidad, y termina pareciendo un telefilme de alto presupuesto.

Lo sorprendente es que el guión es de los hermanos Cohen, muy dados a lo sutil y con más recursos narrativos de lo que aquí se ve. No hay forma de saber a ciencia cierta si la mano Spielberg altera mucho el guión o los escritores esta vez no estuvieron a la altura, pero comparando la trayectorias de ambos parece estar claro quién cojea. Hubo un tiempo en que Spielberg nos ofrecía cine innovador, genuino y apasionado con el que nos deslumbraba y hacía soñar. La lista de Schindler, por citar la más equiparable con la aquí analizada, es un buen ejemplo de aquella gran época. Pero desde hace años está obsesionado con un clasicismo mal entendido, empeñado con recordar que es un grande de Hollywood. Y además da la impresión de que la edad lo está llevando al espectro conservador de EE.UU. (a pesar de autoproclamarse demócrata), con el patriotismo ciego y la concepción del mundo tan simplista y retorcida de los que hacen gala. Lo triste es que, como se ve todos los años en las nominadas a los Oscar, este estilo es el más admirado por la academia y tiene bastante éxito entre el público.

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