El Criticón

Opinión de cine y música

Ex Machina


Ex Machina, 2015, EE.UU.
Género: Suspense, ciencia-ficción.
Duración: 115 min.
Dirección: Alex Garland.
Guion: Alex Garland.
Actores: Alicia Vikander, Domhnall Gleeson, Oscar Isaac.
Música: Geoff Barrow, Ben Salisbury.

Valoración:
Lo mejor: Temática jugosa bien tratada. Puesta en escena sobria pero efectiva.
Lo peor: La sensación de que con este argumento podrían contar cualquier cosa y no termina de explotar todo el potencial: unas veces se va por las ramas, otras se queda muy corto. Por ello, según lo que imagines y esperes, puede que no te llene, sobre todo en su flojo final.
El Óscar: Premio a mejores efectos especiales… ¿En serio? ¿Ante Mad Max y El despertar de la Fuerza? Si solo tiene un pequeño trucaje con la tira de años de antigüedad; por ejemplo se vio en Inteligencia Artificial en el 2001.
El título: ¿Por qué le han puesto un guion bajo en España: Ex_Machina?

* * * * * * * * *

Un programador que trabaja en la empresa más grande y popular de internet (un trasunto de Google) es seleccionado para pasar una semana en compañía del fundador y presidente de la misma, sobre el que existe una admiración rayana la adoración fanática, como ocurría con Steve Jobs por ejemplo. Pero no serán unas vacaciones al uso, porque este dirigente sigue siendo un visionario y tiene un proyecto revolucionario que requiere una evaluación externa: el elegido deberá relacionarse con la inteligencia artificial que ha creado para estimar si es completa, es decir, consciente y emocional cual persona.

Lo que Ex Machina propone es un ensayo, un análisis de lo que esta situación podría implicar y en lo que podría derivar: cómo se comportaría una IA y cómo reaccionaría el ser humano ante ella, y a la inversa, y qué implicaciones morales y repercusiones sociales tendría. No es una premisa nueva, 2001, una odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968), Blade Runner (Ridley Scott, 1982) y Terminator (James Cameron, 1984) ya lo trataron hace décadas y coinciden en algún punto. Recientemente hemos tenido otras con más semejanzas, Transcendence (Wally Pfister, 2014) y Her (Spike Jonze, 2013), si bien estas dos se quedaron muy cortas, en la superficie de temas que prometían mucho más: la primera fue un intento de cinta comercial que resultó un despropósito, la segunda mostraba potencial pero la obsesión por lo pretencioso también la hundió. Supongo que también podría citarse Inteligencia Artificial (Steven Spielberg, 2001), pero no se parece en nada, amén de que era irregular y demasiado melodramática (parecía un telefilme de alto presupuesto), en contraste con esta, más equilibrada, sutil y natural.

Alex Garland intenta el acercamiento más serio sobre el asunto hasta la fecha, eligiendo el escenario y las primeras implicaciones y reacciones más plausibles y combinando reflexiones éticas, filosóficas y sentimentales primarias. Pero, a pesar del entusiasmo con que la ha recibido mucha gente, lo cierto es que no termina de llegar hasta donde podría. Hay muchas buenas ideas, pero no todas tiene una exposición adecuada, algunas incluso patinan, y hay otras elecciones poco entendibles, por artificiales o ineficaces. Es cierto que el realizador entra en terrenos inexplorados, pues los títulos citados se quedaban en conceptos básicos (IA maligna rebelándose) y más allá las opciones narrativas son casi infinitas… Pero precisamente por ello decepciona que apunte muy alto inicialmente y luego no se atreva a ir a por todas y se quede a medio camino.

Eso sí, se agradece mucho una película inteligente sobre un tema complicado, algo cada vez menos común hoy en día. Apuesta además por un relato sin grandilocuencia visual, sin acción aparatosa o un muestrario de tecnología moderna cobrando vida a través de llamativos efectos especiales, y por un drama intimista que se centre en el objetivo sin salirse por la tangente con historias innecesarias. Inteligencia Artificial de Spielberg se perdía de lleno en esos dos aspectos, por ejemplo.

El prólogo es una estupenda muestra de síntesis narrativa, de introducir al espectador en la trama sin farragosas explicaciones. Los primeros pasos de Caleb (Domhnall Gleeson) en los dominios y la investigación de Nathan (Oscar Isaac) mantienen esa tónica. Diálogos sencillos, mundanos, pero con más contenido del que parece, desgranan poco a poco la historia. La aparición de Ava (Alicia Vikander) es sugerente, y sin rodeos vamos a los pensamientos que se quieren abordar.

En estos Garland haya un buen equilibrio. No se corta a la hora de mencionar conceptos técnicos (el Test de Turing, algunos datos de programación y aprendizaje de máquinas) que otros eludirían torpemente por miedo a que muchos espectadores no entendieran nada, y trata de tocar los temas principales sin sentar cátedra, sino exponiendo cada concepto y dejando que tú pienses en sus ramificaciones. Además ofrece algún apunte poco explorado, como la pulsión sexual como motor del ser humano, sea por amor o por lujuria (bueno, se insinuó en HHerer y en Blade Runner, pero en ambas se desarrollaró como un romance cursi), yendo así más allá de los deseos de vivir y los conflictos cognitivos y sensitivos habituales en las máquinas que toman conciencia.

Los personajes también apuntan maneras. Caleb es experto en su materia pero sencillo en las relaciones humanas (tímido, bueno), con lo que resulta simpático y se sufre un poco cuando se pone la cosa fea. Además, siendo tan neutro funciona como un caparazón en el que introducirnos para ir descubriendo las cosas con nuestra propia perspectiva. Eso sí, todo esto implica también que sea bastante soso, que le falte personalidad y garra y no llegue a ser un personaje principal que deje huella. Nathan es hosco y huraño, rasgos clásicos de genios visionarios, y poco a poco nos adentramos en sus demonios internos. Y Ava es una chiquilla con cerebro privilegiado, e inquieta que no se sabe muy bien por dónde puede salir.

Los actores corren desigual suerte. Alicia Vikander como está estupenda en un papel difícil, el de las reacciones e intenciones veladas. Aunque ya tenía un montón de papeles, sobre todo en Suecia, aquí es donde empezó a sonar su nombre, y luego deslumbró con La chica Danesa (Tom Hooper, 2015). Oscar Isaac (A propósito de Llewyn DavisEthan Coen, Joel Coen, 2013-, El año más violentoJ.C. Chandor, 2014-, Show Me a HeroDavid Simon, 2015-) cumple bien como el genio críptico, pero no como para impresionar. Domhnall Gleeson me parece bastante limitado, le falta registro y nervio. Curiosamente, entre 2014 y 2015 estrenó nada más y nada menos que cinco películas (incluyendo la presente) de bastante éxito y que acapararon numerosas nominaciones a premios, lanzando su nombre en la industria a lo grande: El despertar de la Fuerza (J. J. Abrams, 2015), donde coincidió con Isaac, El renacido (Alejandro G. Iñárritu, 2015), dos cintas donde se lo vio mucho más implicado que aquí, y Brooklyn (John Crowley, 2015) e Invencible (Angelina Jolie, 2014); su agente estuvo bien inspirado.

Uno de los mejores aciertos de la propuesta es que se juega muy bien con el velo, la máscara que nos ponemos, las posturas fingidas para agradar e integrarnos. Los tres protagonistas van analizándose mutuamente, tanteando el terreno, y cada uno tiene sus fallas y sus pensamientos y sentimientos contenidos. Dicho de otra forma, al analizar si Ava es una conciencia real nos terminamos analizando a nosotros mismos. Así, surge una gran pregunta: ¿si no nos entendemos a fondo cómo vamos a construir una IA auténtica?

Otra dificultad bien solventada es que estamos ante un relato muy teatral, con escenario cerrado y pocos personajes hablando, pero Garland consigue mantener el interés mediante una puesta en escena elegante que exprime al máximo cada rincón de la casa. De hecho, el escenario elegido es un acierto, tanto por su belleza como por la comunión de exuberante naturaleza con la frialdad humana, que le va de perlas al argumento. Y cabe señalar algunos recursos efectivos, que parecen sencillos pero quizá a otros no se les habrían ocurrido, como la escena de baile, una situación incómoda que pone una gotita más de inquietud.

De esta forma, en su primera mitad Ex Machina atrapa con fuerza, nos hace pensar bastante, y la intriga va aumentando poco a poco. La figura del genio informático que va pasando de admiración a inquietud, la fascinante IA que empieza a mostrar posibles intenciones ocultas, la dinámica de la relación entre los tres y los secretos que van saliendo a la luz apuntan a que va a haber un conflicto ético y personal jugoso.

Pero por desgracia a Garland se le van agotando las ideas, los escenarios y las soluciones, y empieza a pesar una obsesión: terminar la película con visos de cine comercial. Tras las primeras sesiones con Ava hay un largo receso donde no se sigue explorando los planteamientos iniciados, limitándose a vaguedades o a reincidir en lo ya mostrado (las cenas y desayunos por ejemplo se hacen harto repetitivos), y los siguientes encuentros lo dejan todo de lado para pasar a servir como trucos narrativos muy trillados: sembrar la semilla del misterio de forma forzada (la frasecita de “No es lo que parece” me dio vergüenza ajena) y asentar las bases para el endeble final (el acercamiento, el alcohol, la tarjeta). De hecho, no me convence nada que Nathan sea alcohólico; que se descubra como un inadaptado y un salido es más convincente, sobre todo porque tiene buena relación con la trama, pero no da el perfil de bebedor, es algo que parece muy conveniente para permitir partes del desenlace.

El giro que revela la naturaleza real del experimento, que estupendo y vuelve a traer al frente las cuestiones intelectuales, prometía encauzar las cosas de nuevo, pero a partir de entonces se abandona todo lo andado por un tramo final de suspense básico lleno de clichés más propio de un título menor como Transcendence que de una propuesta que apuntaba más alto. Además, el tempo contemplativo, pausado, también deja de funcionar: debería haber subido el ritmo para darle más intensidad, pero la larga escena de Ava vistiéndose para sentirse más humana rompe del todo el clímax cuando es algo que ya hemos visto antes (se viste ante Caleb) en un momento más adecuado.

Ex Machina no resulta la obra redonda que hay latente en ella, pero es entretenida y deja unos cuantos pensamientos rondando en la cabeza, amén de que destila delicadeza y buen hacer en su mayor parte.

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