El Criticón

Opinión de cine y música

El contable


The Accountant, 2016, EE.UU.
Género: Acción, thriller, drama.
Duración: 128 min.
Dirección: Gavin O’Connor.
Guion: Bill Dubuque.
Actores: Ben Affleck, Anna Kendrick, J. K. Simmons, Jon Bernthal, Cynthia Addai-Robinson, John Lithgow.
Música: Mark Isham.

Valoración:
Lo mejor: Bien rodada. Ben Affleck se esfuerza.
Lo peor: Mezcla de géneros sin coherencia. Ritmo apático. Un final muy rebuscado.

* * * * * * * * *

Warrior tuvo una distribución pésima y nulo apoyo publicitario a pesar de su potencial para ganar premios (épica historia de superación personal, drama familiar intenso, actores espléndidos), es decir, el estudio no se mojó por ella. Pero el boca a boca la mantiene muy viva, sobre todo en internet, y los cinéfilos la tenemos como una obra muy a destacar en los últimos años, y más teniendo en cuenta que en comparación con las tonterías que alaban los festivales de premios más importantes gana por goleada.

Por ello esperaba, y supongo que todos los que la vieron también, que el siguiente título de su realizador, Gavin O’Connor, mantuviera el nivel y de paso corriera mejor suerte. Pero aunque esta vez ha contado con más apoyo del estudio (el doble de salas en su estreno y más publicidad) y ha tenido mejor acogida en taquilla, la calidad es otro cantar. En esta ocasión no ha elegido un guion que dé la talla, de hecho cabe señalar que Bill Dubuque también escribió El juez, otro drama lleno de sensacionalismo barato. Y me temo que, a pesar de la buena labor con la cámara, O’Connor tampoco ha sabido darle la forma adecuada, es decir, potenciar sus virtudes, disimular sus carencias. De hecho me da la impresión de que intenta otorgarle seriedad, reforzar el drama, cuando el argumento tira más por el thriller de acción, lo que precisamente remarca más el desequilibrio.

Inicialmente nos muestra su cara seria, con una historia sobre la vida de un chico autista y cómo en su maduración consigue encajar en la sociedad. Pero de repente pasa a la acción en un giro más chocante que sorprendente, sumergiéndonos en una aventura tipo James Bond y Jason Bourne, con un héroe superdotado y peleas y tiroteos exagerados. En este género la cinta muestra sus carencias: primero, el protagonista no es creíble, segundo, la trama a desentrañar es muy floja, sin sustancia ni intriga.

Lo cierto es que Ben Affleck se esfuerza y consigue estar ranozablemente bien como autista, pero el personaje en sí es una fantasmada en la onda de El protector (The Ecualizer) y se mantiene entre inverosímil y cargante durante todo el metraje. También se remarca demasiado el dilema ético del agente del FBI (J. K. Simmons), otro rol que resulta un tanto artificial, mientras a la vez su ayudante (la desconocida Cynthia Addai-Robinson) queda totalmente desdibujada a pesar de tener mucha presencia. De hecho está claro que estos dos están puestos en el relato únicamente para remarcar el tono conservador tan rancio al estilo El protector: la loa al pistolero solitario, al vigilante nocturno que acaba con los maleantes y tumba las malvadas corporaciones sin un proceso justo y legal. En cuanto a los villanos… es como si no existieran, son meros trámites con los que cumplir y el único recuerdo que dejan es que Jon Bernthal (The Walking Dead, Daredevil) nos tortura con otro papel lamentable.

La historia se va desgranando con unos pocos momentos decentes que consiguen salvarla del abismo de la indiferencia, como la relación con los ancianos granjeros o con la becaria (Anna Kendrick), que aportan un poco de humanidad a un relato muy frío. Pero en el tramo final tratan de combinar un gran pero predecible colofón (típico asalto definitivo a la guarida del malo) con un retorno al drama, y aquí más que nunca la mezcla de ambos estilos falla, sobre todo porque el desenlace es una mala copia del de Warrior, cayendo en un cierre más cómico que emotivo.

Si O’Connor se hubiera decantado por el thriller desde un principio quizá hubiera conseguido una mejor película, una más natural, honesta y equilibrada. Las fallas de ritmo, los cambios de tono, lo previsible y a la vez impostado que resulta todo, lastran demasiado una cinta con potencial que se queda en otra más de acción de ver y olvidar.

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