El Criticón

Opinión de cine y música

Archivos mensuales: marzo 2017

Ghost in the Shell 2: Innocence


Innocence , 2004, Japón.
Género: Ciencia-ficción, thriller, anime.
Duración: 83 min.
Dirección: Mamoru Oshii.
Guion: Mamoru Oshii, Masamune Shirow (manga).
Actores: Akio Ôtsuka, Kôichi Yamadera, Tamio Ôki, Yutaka Nakano, Atsuko Tanaka.
Música: Kenji Kawai.

Valoración:
Lo mejor: Sugerentes reflexiones, atractiva visión del futuro.
Lo peor: No innova nada y tiene algunos problemas narrativos.
Mejores momentos: Las visitas a la ciberforense, el lío en la tienda, el asalto final, el origen de los ginoides.
El dato: El poco habitual término “ginoide” puede ser desconocido para muchos. Son los androides de características femeninas.
La traducción: En la primera parte traducían firewall como barrera, pero aquí lo dejan en inglés, pues el término se fue imponiendo en la sociedad a pesar de tener una traducción clara.

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El gran éxito mundial que el primer largometraje de Ghost in the Shell fue consiguiendo con el boca a boca permitió que el manga tuviera adaptaciones más ambiciosas, es decir, con presupuestos y técnicas superiores a lo estandarizado. Mientras se desarrollaban dos series (o dos temporadas, pero el distinto nombre confunde), Ghost in the Shell: Stand Alone Complex (2002) y Ghost in the Shell: Stand Alone Complex 2nd GIG (2004), llegaba también otra película, Ghost in the Shell 2: Innocence (2004). No es necesario ver las series, que tienen su propia cronología, pero sí la primera cinta, pues la presente continúa poco después de aquellos eventos.

La historia no cuenta con diferencias sustanciales. Teniendo un universo imaginario con tantas posibilidades se podría criticar que las bases de la trama sean prácticamente las mismas a la del capítulo previo, que se arriesguen tan poco por ir más allá, que parezca que han puesto más énfasis en el aspecto visual, enriquecido con más dinero y más trucaje digital, que en ofrecer una aventura más novedosa. Tenemos otra figura misteriosa que altera el comportamiento de los androides, un nuevo complot de una organización poderosa (en este ocasión una empresa privada), y otra investigación policial que avanza según su autor (esta vez Mamoru Oshii escribe aparte de dirigir) quiere exponer un planteamiento filosófico u otro. También encontramos situaciones que oscilan entre la repetición y el homenaje, y cada uno decidirá si le sobran o le parecen bien incluidas, como la escena de buceo o la de la Kusanagi tirando hasta desgarrase los brazos.

Pero también es cierto que la clásica idea de hacer la secuela “más grande y mejor” no funciona mal a la hora de la verdad, más allá de la decepción que supone que no se atrevieran a innovar. Nunca da la impresión de ser una repetición facilona o una simple renovación visual. La investigación policial es más elaborada, se saca buen partido de los personajes, el ritmo es más intenso en líneas generales, y las reflexiones existencialistas aportan nuevas líneas de pensamiento. Ahora bien, siguen existiendo altibajos y la sensación de que se dejan algunos hilos importantes sin aclarar del todo.

Cabe destacar el mimo puesto en los protagonistas. Conocemos más de sus vidas, la relación entre los detectives protagonistas, Batou y Togusa, es muy interesante (encantador el lío con el perro), e incluso manejan con más tino a los secundarios, incluyendo los que menos presencia tienen. Por ejemplo, me encanta la escena del policía cabreado pegando una patada a la papelera, o la entrada de equipo forense en el escenario de un tipo descuartizado: le dan un toque de humanidad a la fauna que pulula por las comisarías, algo de lo que carecía su predecesora. Pero también resulta más tangible su conexión con el caso, tanto porque hay más trabajo real (analizan escenarios, buscan pistas con más ahínco) como porque la situación los afecta directamente.

Por estas mejoras evidentes sorprenden algunos errores no subsanados y algunos agujeros de guion realmente notables. De nuevo el caso avanza en algunos momentos clave por cosas poco consistentes. En esta ocasión no les caen del cielo, pero también llegan a alcanzar algunas conclusiones por factores que parecen demasiados externos a la investigación. Básicamente van hacia la matriz de la empresa sospechosa sin tener pistas claras ni un plan concreto, y resulta que Batou utiliza un par de contactos salidos de la nada que terminan de resolverlo todo. Pero es que además parece que se encuentra a uno de ellos por la calle por casualidad. ¿Lo estaba buscando? No se indica que sea así. Y el otro es demasiado conveniente, un hacker que todo lo sabe y que supone un deus ex machina bastante baratucho, y además genera algunas preguntas e incongruencias: ¿no podía haber buscado su ayuda antes?, y si este es tan poderoso, entonces Kusanagi podría haber solucionado las cosas en un abrir y cerrar de ojos. Pero en su caso también resulta muy conveniente su gradual participación, pues su nivel de acceso a la guarida de los malos se adapta al clímax de acción: sólo controla una muñeca, sólo se puede enchufar cuando ha habido una buena pelea…

Y para colmo, el villano al final no toma forma, no existe. Aunque dicen que han resuelto el caso en realidad dejan partes clave sin explicar. ¿La empresa no tiene un cuerpo directivo? No detienen a nadie. Tampoco se esclarece bien la implicación de aquel hacker en todo el asunto: ¿es un peón o formaba parte activa de la intriga? En el interrogatorio, entre tanta cháchara no queda claro qué averiguan, pero al final dicen no tener suficientes pruebas y pretenden atacar a lo bestia… y encima, a pesar del largo plano que nos presentaba la sede de Locus Solus como una gran catedral, asaltan un barco. ¿Esto lo ha sacado Batou del hacker? Pues podían haberlo comentado, que te lanzan al desenlace sin que sepas por qué. Tampoco se llega a explicar por qué intentaron desacreditar a Batou en vez de eliminarlo. Si se llega a aclarar alguna de estas dudas, desde luego se me ha pasado por alto en dos visionados y un análisis por escenas buscando respuestas (por ejemplo, hasta que me puse el final otra vez para intentar entender algo, creía que el robot que dirige la seguridad del barco era el objetivo).

El equilibrio narrativo, pese a la mejora general, también tiene sus achaques. Volvemos a encontrarnos con algún numerito musical metido con calzador que baja mucho el interés, por muy espectacular que sea (como el desfile incomprensible en aquella misteriosa ciudad), más una secuencia de acción aparatosa, el asalto a la guarida yakuza, que no aporta mucho. Y una escena importante previa al desenlace, el encuentro con el hacker, termina haciéndose eterna, no porque jueguen a repetir la situación en un engaño virtual para los protagonistas, pues ello permite otra reflexión jugosa en cuanto a la relación humanos y tecnología, sino por la parsimonia con que se hace: aquí sí da la sensación de que ponen más esfuerzo en lo audiovisual que en darle vidilla desde el guion, y más teniendo en cuenta que a estas alturas del metraje se requería algo más directo y contundente. ¿Es que Batou no podía haber empezado por enchufarse a su nuca nada más llegar?

Pero, como en la primera entrega, sus virtudes disimulan bastante sus carencias. Tenemos una descripción de un futuro más o menos cercano tan fascinante como inquietante. La recreación visual es excelente, y aunque se empeñaron en usar ordenador más de la cuenta y hay momentos en que no ha envejecido bien, por lo general resulta hipnótica. La banda sonora es parca en temas pero estos funcionan a las mil maravillas: el principal más que hermoso resulta sobrecogedor, el juego de realidad virtual en la mansión del hacker es muy certero, y la suite de acción en el tramo final es fantástica. Aunque la cinta es veinte minutos más larga y tiene sus bajones, también goza de un ritmo más intenso, destacando un clímax sencillo (es pegar tiros y avanzar) pero muy bien ejecutado que se cierra con una efectiva y trágica sorpresa respecto al origen de los ginoides. Y, sobre todo, tenemos otra serie de reflexiones existencialistas que te mantienen absorto (si no se te atraganta el pensar en una película) tratando de entender lo que dicen, aplicarlo al mundo real, asustarte por lo que podría hacerse realidad en pocos años… Los robots sexuales, la clonación de personalidades, los problemas derivados de la conectividad del cuerpo con redes globales (destacando la alteración de nuestra percepción de la realidad y el abuso de las grandes corporaciones), los problemas éticos que irían emergiendo con la frontera cada vez más difusa entre humanos y máquinas, y también los sentimentales (soledad, desarraigo). De nuevo, las citas y referencias a filósofos y pensadores son abundantes, para que quien sienta curiosidad pueda ir más allá.

Innocence es, como su predecesora, una obra subyugante, a ratos hermosa, a ratos perturbadora, que es capaz de hacernos pensar y dejar huella, pero también arrastra bastante el efecto decepción porque una obra tan cautivadora esté tan constreñida por una narrativa un tanto torpe. Y por si fuera poco, algunos de sus errores vienen de la primera parte, así que cuesta más perdonarlos.

Ver también:
Ghost in the Shell

Ghost in the Shell


Kōkaku Kidōtai, 1995, Japón.
Género: Ciencia-ficción, thriller, anime.
Duración: 100 min.
Dirección: Mamoru Oshii.
Guion: Kazunori Itô, Masamune Shirow (manga).
Actores: Atsuko Tanaka, Akio Ôtsuka, Tamio Ôki, Kôichi Yamadera, Yutaka Nakano, Tesshô Genda, Iemasa Kayumi,
Música: Kenji Kawai.

Valoración:
Lo mejor: Premisa muy potente: el universo y las ideas planteadas dejan huella, invitan a la reflexión. El acabado visual y sonoro tiene mucha pegada y ofrece algunos tramos espectaculares.
Lo peor: No se logra el ritmo adecuado, tiene pasajes de relleno y exceso de diálogo (con algo de pedantería) que terminan haciéndola pesada.
Mejores momentos: El prólogo, la persecución, la lucha contra el tanque.
El plano: El árbol evolutivo destruido por una máquina.
El detalle: Los protagonistas beben cerveza San Miguel, pues en realidad es originaria de Filipinas y tenía cierto éxito en Asia antes de que la trajeran a España.
La pregunta: ¿Cómo funciona el camuflage de Kusanagi? Parece que se pone un velo para cubrir su cara, que por alguna razón no se camufla sola… pero el pelo, el arma que lleva al muslo, los guantes y medias sí se vuelven invisibles.
El título: “Ghost in the shell” es el alma o espíritu de la máquina, el rastro de humanidad que las distingue de las inteligencias artificiales.
El autor: Masamune Shirow es en realidad un pseudónimo de Masanori Ota, a quien le gusta el anonimato y se sabe bien poco de su vida.
La frase: Si el hombre ve que la tecnología está a su alcance, la aprovecha. Es algo instintivo.

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La Sección 9 persigue los crímenes cibernéticos que atañen a la seguridad nacional. Su principal activo es la Mayor Motoko Kusanagi, una mujer con un cuerpo completo de cíborg, y su fiel Batou, también bastante alterado, entre otros detectives, como Togusa, quien no cuenta con añadidos tecnológicos. Su misión actual es ir tras un hacker misterioso y peligroso al que llaman el Titiritero. El guion de Kazunori Itô se basa en el manga creado por Masamune Shirow en 1989, aunque con una historia propia, menos centrada en las aventuras policiales de la sección y más en el aspecto existencialista derivado de la combinación de humanos, máquinas y redes de información.

Siempre me ha costado enfrentarme a esta película y a su análisis posterior, tanto a finales de los noventa, cuando empezó a conocerse por España, como al recuperarla años más tarde, pensando que con la madurez le sacaría más partido, como ahora que me he puesto en serio con la saga gracias al empuje de la esperada versión en imagen real. Podría resumir la experiencia de la siguiente manera: es un experimento digno de destacar e incluso alabar por su originalidad y sus profundas reflexiones, pero su plasmación en imágenes arrastra serios problemas de equilibrio en el ritmo y en sus pretensiones.

El problema principal es que la sobreexposición dialogada resulta cargante y confusa. No logran el tono más adecuado en el desarrollo de la intriga política y la investigación policial. De un tramo farragoso donde cuesta entender algo pasamos a un diálogo explicativo sonrojante (No olvides que nosotros somos la Sección 9 (…) ¿Qué trae al jefe de la Sección 9 a…? ¿Pero quién habla así?). Nos embarcamos en una maraña ininteligible de organizaciones y nombres de personajes que apenas han tenido unos segundos en pantalla, dando la sensación de que se potencia demasiado una intriga política que debería estar de trasfondo pero a la hora de la verdad eclipsa un tanto a unos protagonistas que no realizan un trabajo tangible en el caso. De hecho este avanza en sus momentos clave por situaciones que les caen encima. Por ejemplo, la figura inquietante que buscan, el Titiritero, acaba en sus manos por pura suerte, con lo que no llegamos a ver un desarrollo complejo de la investigación; de hecho la gran escena de persecución a un simple peón (la del recogedor de basura que acaba a tortas en un canal) a la postre parece puro efectismo: ¿por qué no reservarla para ir tras el enemigo real? Y al final es un agente secundario, Ishikawa (uno que apenas sale de refilón en algún momento y probablemente ni te fijes en él), quien resuelve también la conspiración, en esa escena en que los llama y explica todo. Es cierto que hay alguna situación donde se los ve trabajar, como la de Togusa analizando la llegada del comité de la Sección 6 a su edificio (comprobando las cámaras de seguridad y el peso de los coches), pero no parece esencial comparado con el resto. Y hablando de momentos innecesarios, se nota mucho que inflan el metraje con numeritos musicales de relleno porque no llegaban a una duración estándar de largometraje.

Así pues, aunque se presentaba inicialmente como un thriller policíaco, esta línea narrativa no llega a ofrecer nada especialmente llamativo más allá de la atmósfera tan efectiva de ciencia-ficción de corte ciberpunk. Se puede argumentar que el verdadero argumento resulta ser otro, el análisis sobre qué nos hace robots y qué humanos, la frontera difusa que plantea nuestro inmediato futuro. Pero precisamente por ello puede mosquear que te pases buena parte del metraje esforzándote en una trama que es cháchara de adorno, y en siguientes visionados, cuando sabes que no es tan relevante, deja la sensación de que la trama avanza exclusivamente para permitir una nueva reflexión en el momento en que se les antoja al guionista.

En cuanto la línea existencialista, hay bastante más enjundia, pero tampoco alcanza una armonía perfecta. Las reflexiones filosóficas resultan algunas veces un tanto pretenciosas, rebuscadas. ¿De verdad no había forma más clara y fluida de exponerlas? Así, la proyección, ya de por si lenta y difícil, se torna un tanto más farragosa, resultando sólo apta para quienes tienen paciencia y se abren por completo a propuestas atípicas y exigentes. Porque lo cierto es que al final, a pesar de sus limitaciones, es innegable el atractivo que posee, hasta el punto de que despertó admiración entre los espectadores que la fueron viendo poco a poco con el paso de los años gracias al boca a boca, convirtiéndola en una obra de culto. La originalidad del planteamiento, el sorprendente microuniverso que ponen ante nuestros ojos, lleno de tecnología, personajes e ideas que oscilan entre lo sugerente y lo fascinante, tienen el potencial de secudir e incluso conmover a los que no se atraganten con su ritmo pesado y su pedantería descarada.

A pesar de estar ya rozando el nuevo milenio, apenas unos pocos adeptos de estos géneros y ciencias dominábamos las nuevas tecnologías y podíamos intuir vagamente su impacto futuro, sobre todo gracias a que seguíamos a algunos escritores muy inspirados que atinaban a imaginar situaciones que nacían en la ciencia-ficción pero años después parecían más reales o incluso se han ido dando de manera aproximada. Desde Isaac Asimov y Arthur C. Clarke a William Gibson y Dan Simmons, el imaginario de estos talentos ha cimentado las bases de lo que explotaría Masamune Shirow en el manga Ghost in the Shell y Mamoru Oshii en su adaptación a pantalla grande. A los que llegaron a verla sin conocer los conceptos planteados por estos autores tuvo que dejarlos verdaderamente anonadados. Los más curtidos pudieron disfrutar igualmente de una actualización muy certera de esas ideas, pues aunque el guion no sea perfecto, el factor asombro y la huella que deja son notables.

El avance de las redes de información y las tecnologías y la conexión de la sociedad con ellas (destacando el trabajo de las fuerzas de la ley), más un aspecto visual arrebatador, nos trasladan muy bien a este particular universo. La visión del futuro atrapa desde el impactante prólogo y la posterior persecución, gracias a la combinación de diseño artístico (en parte obviamente deudor del manga), animación de gran calidad y una banda sonora hipnótica. Las secuencias más importantes, como la lucha cuerpo a cuerpo en el canal y la batalla final contra el tanque, resultan entre espectaculares y sobrecogedoras.

A través de este cuidado escenario futurista y de unos protagonistas crípticos e intrigantes pero bastante carismáticos nos introducen en un ensayo sobre la mismísima definición del ser humano, del yo, de la percepción, y cómo se transformará todo con la llegada de las inteligencias artificiales, las redes de información globales, las mejoras biotecnológicas, etc. ¿Cuándo dejamos de considerarnos un ser humano? Si alteramos los recuerdos y experiencias, ¿ya no somos la misma persona? ¿Y si modificamos el cerebro y la percepción? ¿Y si volcamos nuestro cerebro en una red informática sin cuerpo? Y finalmente, ¿una inteligencia artificial consciente podría considerarse un ser humano? Pero las ramificaciones éticas no se quedan atrás, con los dilemas sobre cómo una sociedad enfrentaría la gradual desaparición de la frontera entre robots y humanos. La moral, las leyes y las desigualdades sociales enfrentarán nuevos paradigmas. Además, todas estas disertaciones contienen innumerables citas y referencias a filósofos conocidos, con lo que quien quiera estudiar más el tema puede buscarlas y seguirlas.

No mucho después se dejó ver algo su influencia en algunos elementos de Matrix, como algunos recursos visuales (las letras verdes, las columnas destrozadas, las máquinas con forma de insectos) y las conexiones entre humanos y redes de información a través de la nuca. Pero lo cierto es que la obra de las hermanas Wachowski fue mucho más allá, logrando en un filme mucho más sólido y sobre todo entretenido, y por ello también su impacto fue mayor. Curiosamente, el legado de estas y otras del género (como Blade Runner), a pesar de su éxito, por lo general se limita a la reutilización de las técnicas de efectos especiales, mientras que la temática de ciencia-ficción con ciberpunk y tintes distópicos y/o apocalípticos no termina de adquirir la popularidad de otros géneros, ya sea porque se sigue considerando un gueto para frikis o porque no hay muchos escritores que se arriesguen con universos complicados que, si no salen bien, pueden caer en lo cutre con mucha facilidad.

Con el éxito del manga y de la primera película no tardaron en realizar nuevas adaptaciones, hasta el punto de que resulta un caos para el que llega virgen. Mi recomendación es ver las dos películas (tienen cierta continuación entre sí) y luego lanzarse a las dos series originales si tienes ganas de más. Películas: Ghost in the Shell (1995), Ghost in the Shell 2: Innocence (2004). Series: Ghost in the Shell: Stand Alone Complex (2002), Ghost in the Shell: S.A.C. 2nd GIG (2004), más un capítulo largo extra, Solid State Society (2006). El resto es rizar el rizo y no me resulta atractivo, no sé si habrá algo rescatable: Arise (2013-2014) es una nueva adaptación del manga con varias entregas, algunas remezclando capítulos (Alternative Architecture, 2015), aunque la última parte llegó a cines japoneses (The Rising, 2015). Para más información mira la Wikipedia.

Finalmente, tras años de rumores se ha realizado una versión occidental en imagen real, dirigida por Rupert Sanders (Blancanieves y la leyenda del cazador es lo único que ha hecho antes) y protagonizada por Scarlett Johansson, con lo que la saga sigue muy viva y llega cada vez a más espectadores. De tener éxito sin duda resucitarán otro proyecto que deambula desde hace años por Hollywood: Akira.

Kong: La Isla Calavera


Kong: Skull Island, 2017, EE.UU.
Género: Acción, fantasía.
Duración: 118 min.
Dirección: Jordan Vogt-Roberts.
Guion: Dan Gilroy, Max Borenstein, Derek Connolly, John Gatins.
Actores: Tom Hiddleston, Samuel L. Jackson, Brie Larson, John C. Reilly, John Goodman, Corey Hawkins, Jason Mitchell, Shea Whigham, Toby Kebbell, Eugene Cordero, Thomas Mann.
Música: Henry Jackman.

Valoración:
Lo mejor: Es una obra con personalidad, tiene consciencia de que es un entretenimiento, una factura impecable y unos personajes carismáticos.
Lo peor: En la pelea principal de los helicópteros contra King Kong la verosimilitud cae por los suelos, y al menos a mí me fastidió la experiencia. El prólogo es completamente innecesario.
Mejores momentos: No sé por qué le han quitado el King. Por eso andará tan cabreado el mono.
La frase: Reconozco a un enemigo en cuanto lo veo -Coronel Packard.

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Godzilla me resultó bastante entretenida, aunque se atascaba un poco en los clichés típicos del género, pero lo cierto es que esta nueva versión de King Kong, destinada a formar una serie con ese otro monstruo, no me llamaba mucho, ni siquiera contando con que los avances prometían al menos un aspecto visual potente. Pero como suele pasar, he acabado viéndola… y me ha sorprendido gratamente, he encontrado una superproducción que define a la perfección lo que debería ser el cine de acción comercial: con personalidad, consciencia de que es un entretenimiento, factura impecable y actores carismáticos en unos protagonistas más que decentes. Un par de semanas antes vi La gran muralla… y no hay color.

La introducción del misterio de la isla y los personajes que quieren resolverlo, más la unión del resto del equipo, la despachan rápido, que ya conocemos la historia y para colmo en los tráileres para variar nos han reventado más de la cuenta. Y aun así no sabe a precipitado, de hecho consiguen concretar las características de cada rol sin dejar la sensación de que cumplen con desgana con los estereotipos. Llegamos a la isla en un visto y no visto y entramos en materia sin rodeos innecesarios. Muchas películas hubieran perdido el tiempo posicionando personajes y relaciones, pero esta ha caído en manos de unos guionistas más hábiles, y las van desgranando poco a poco incluso entre las escenas de acción.

El grupo no es deslumbrante pero sí la mar de interesante. Reconoces quién es quién, más o menos intuyes cómo reaccionará cada uno, y siempre sabes dónde se encuentran, a pesar de estar muchas veces separados. Es cierto que su recorrido emocional es tirando a nulo, pero tampoco hacía falta que vivan un proceso de aprendizaje o que superen un drama psicológico, algo a lo que se aferran sin justificación clara en demasiadas cintas de acción. Como mucho se puede criticar que de algunos podrían haber sacado un poco más, en plan que sufrieran y se esforzaran más, pues a veces parece que tiran para adelante sin sudar mucho. Pero con el carisma logrado con la combinación de unos diálogos muy inspirados, llenos de humor, y unos actores de calidad, se perdona bastante.

Queda claro que el explorador (un estupendo Tom Hiddleston) está bien curtido en su trabajo y sin él se aburre, igual que el militar (Samuel L. Jackson), que además arrastra la obsesión con una guerra no acabada. Es evidente que el antibelicismo mueve a la fotógrafa, y esto resulta esencial en algún momento, aunque se podría decir que con un talento como Brie Larson podrían haber reforzado un poco más la parte dramática. El tesón y entusiasmo de los que dirigen la investigación (John Goodman, Corey Hawkins) es palpable, y Goodman como siempre se come la pantalla, aunque su destino es un tanto extraño. Hasta los secundarios tienen una personalidad tangible, no son maniquíes destinados a morir… Bueno, en realidad con estos hay dos excepciones, dos individuos que no aportan nada: la cuota-asiática encarnada por Tian Jing (vista recientemente también en La gran muralla) y la cuota de empresario cargante a la que da vida John Ortiz; por suerte su presencia es anecdótica y no molestan. Pero el que termina resultando más interesante es el menos esperado, el náufrago encarnado con entusiasmo por John C. Reilly, cuyo punto de locura, sin excesos tontos como cabría esperar en el cine comercial contemporáneo, es tronchante y no impide que resulte una figura muy humana.

Debo matizar que la entrada en la isla tropieza un poco, pues la primera gran escena es bastante espectacular pero lo cierto es que me dejó frío. La aparición de King Kong derribando helicópteros es imponente en lo visual, con una orgía de destrucción bastante intensa, pero en la verosimilitud hace agua por todas partes. Para empezar, tenemos los helicópteros que se multiplican (se cuentan seis despegando del barco, pero en el aire se materializan trece), luego te tiras un rato preguntándote para qué llevan tantos… Al final está claro que es para usar como carnaza para tratar de lograr una secuencia de proporciones épicas, pero podían haber disimulado un poco, que no hay personajes y currantes del proyecto para llenar tantos. Y, sobre todo, no hay quien se crea tanta incompetencia en unos militares veteranos, cuya estrategia de ataque es acercarse en línea recta al simio y disparar, lo cual hacen sucesivamente a pesar de que ven a sus compañeros caer uno detrás de otro.

Por suerte, a partir de ahí no hay ningún momento que rechine, sino todo lo contrario, se saca gran partido del escenario incluso teniendo en cuenta que hay bastantes situaciones nada novedosas, pues ya hemos visto muchos filmes de monstruos. El director Jordan Vogt-Roberts obtiene un espectáculo de primer nivel, y todo ello sin abusar del efecto especial en una película que, por narices, los tiene en casi cada plano. La puesta en escena deja ver muy bien los golpes y la reacción de los personajes, y a la vez transmite la sensación de caos y destrucción, todo ello sin borrones, sin agitar la cámara más de la cuenta, y como digo sin abusar de las digitalizaciones o logrando que estas no se noten. Cualquier otro en estas circunstancias habría volado con la cámara sin ton ni son por todas partes, pero este realizador sabe siempre dónde poner el objetivo para transmitir la impresión de que estamos viendo una situación real incluso cuando sólo los colosos se zurran. Pero además tiene tiempo de esforzarse buscando la belleza, y de paso también el homenaje, pues Apocalypse Now viene a la mente en varias ocasiones. Sí, hay algún plano-vacile descarado (esos protagonistas posando con el horizonte al fondo), pero en general, para ser una cinta de acción, resulta asombrosamente delicada y hermosa en su fotografía.

No sé cómo Vogt-Roberts llamó la atención del estudio para encabezar un proyecto de este tamaño, pues en su haber no tiene ninguna obra de gran calibre, sólo unas pocas series desconocidas. Pero el acierto ha sido muy llamativo. Como Gareth Edwards con Godzilla, ha deslumbrado como hacedor de grandes espectáculos, y su carrera habrá que seguirla con atención.

Por supuesto, hay que alabar también el titánico esfuerzo del equipo técnico. Los efectos digitales son abrumadores, estamos en la liga que sólo unas pocas series con enorme apoyo detrás (presupuestario y empresarial) alcanzan, como Los Vengadores, Transformers y las nuevas entregas Las guerra de las galaxias. Impecable es decir poco. Seguro que hay infinidad de planos de la isla que son falsos, pero no se nota nada. Los animales son impresionantes, parecerían reales si no fuera porque su diseño fantasioso los delata. Los momentos más difíciles, como la batalla de Kong con algún otro monstruo en zonas de agua, son alucinantes, la conjunción de paisajes, actores, agua y criaturas es perfecta. Vuelvo a comparar con el otro taquillazo de la temporada: qué cutre resultaron los efectos especiales de La gran muralla y qué mal estuvo su director aunque tenía muchísima experiencia.

Eso sí, le faltan algunas puntadas para el notable. Se echa de menos algún escenario más original y sacar más provecho de unos personajes con potencial, y se podían haber resuelto mejor algunas partes. El prólogo sobra por completo, es anticlimático y evidente. Encontrarse al piloto sin más hubiera sido una buena sorpresa (o no, viendo que en los avances te cuentan todo hoy en día). La batalla principal con los helicópteros ya la he mencionado: podría haber sido mejor sin forzar tanto la cosa. Por otro lado, la selección musical está muy trillada, y aunque funcione porque son buenas canciones, podían esmerarse en sorprender un poco; aparte, hay demasiadas, un par de numeritos musicales sobran. En cuanto a la banda sonora original, tampoco se han esforzado mucho, al contrario de lo visto en Godzilla, donde eligieron a uno de los mejores compositores del momento, Alexandre Desplat, y dejaron que trabajara a gusto. La labor de Henry Jackman es bastante básica, rudimentaria, cumple con lo que le piden y ya está.

En resumen, Kong: La Isla Calavera tiene personalidad, estilo y calidad suficientes para considerarla una buena película, algo que en el cine comercial actual, lleno de títulos mediocres, es bastante sorprendente. Sin embargo, creo que su tono de aventura desenfadada está siendo tomado por algunos espectadores como “es tonta y cutre”. Eso se le puede aplicar a La gran muralla, que resultaba irrisoria por la cantidad de estulticia que emanaba de su guion y la puesta en escena fallida, pero no aquí, donde son conscientes de la fantasía excesiva que tienen entre manos y exprimen el factor entretenimiento con sabiduría. Quizá es que han sido demasiado sutiles. Por ejemplo, el rol de Samuel L. Jackson es criticado como acartonado, simple o estúpido, cuando a mí me parece evidente que buscan una hipérbole, una vuelta de tuerca al estereotipo: es tan exagerado como toda la aventura, y su decisión final deja claro que lo sabían y se están riendo de ello.

Ver también:
Godzilla.

Logan


2017, EE.UU.
Género: Acción, drama, fantasía.
Duración: 137 min.
Dirección: James Mangold.
Guion: James Mangold, Scott Frank, Michael Green.
Actores: Hugh Jackman, Patrick Stewart, Dafne Keen, Boyd Holbrook, Stephen Merchan, Richard E. Grant, Elizabeth Rodriguez, Eriq La Salle.
Música: Marco Beltrami.

Valoración:
Lo mejor: El tono adulto, descarnado y trágico. Los actores. La puesta en escena.
Lo peor: Altibajos en el ritmo, villanos pobretones. Había potencial para más.
Mejores momentos: Las primeras escenas de la niña en el escondite de Logan. La escapatoria. El giro en la granja.
La frase:
1) ¿Pero qué cojones? -Logan.
2) -Xavier: Necesitan nuestra ayuda.
-Logan: Alguien vendrá.
-Xavier: Alguien ha venido ya.

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Alerta de spoilers: Presento la premisa, que supongo sale en los tráileres, y sólo menciono un detalle concreto: revelo el contrincante que se guarda en la manga el villano, pero no me parece especialmente relevante ni revelador.–

Después del éxito de Deadpool, que se atrevió en los tiempos que corren a ser una película comercial medio adulta, decidieron darle un tratamiento semejante a la siguiente entrega de Lobezno, a ver si así conseguían atraer más al público después de los dos flojos intentos anteriores. ¿Trabajarse el guion y la continuidad de la serie? Noooo, mejor tirar de una triquiñuela comercial. Pero está claro que funciona, porque la expectación creada, a pesar de los bandazos de la saga (el último con la aburrida X-Men: Apocalipsis) y de la baja calidad de los capítulos centrados en este personaje (X-Men Orígenes: Lobezno y Lobezno: Inmortal), todo el mundo se ha vuelto a dejar llevar por la expectación y las esperanzas. Pero mira tú por donde, esta vez ha habido sorpresa, y bastante grande.

Para empezar, el tratamiento adulto ya no es a medias. En Deadpool cumplían con cuatro tacos y cuatro tiros con algo de sangre, no había más violencia ni asomaba una trama especialmente seria y dura. En Logan recuperamos por fin la esencia del cine de acción y ciencia-ficción de los ochenta: las historias de peleas, tiros y supervivencia al límite requieren visceralidad y un drama impactante, no la simplificación que obliga la restricción autoimpuesta en estos tiempos debido a que la franja de público de 13 a 18 años es muy golosa. Logan es un relato sucio, agresivo, trágico e incluso obsceno, hasta el punto de llegar a ser desagradable en algunos momentos. Y no en el sentido de quejarse por ello, sino en el positivo: te remueve por dentro, estás casi toda la proyección sumido en una tensión angustiosa, te recuerda que el cine puede transmitir emociones muy intensas más allá de la diversión pasajera. Aparte, el despliegue de palabrotas y maldiciones aporta un humor bruto que también se echaba de menos (hoy en día encontramos rarísimas excepciones, como la obra de Quentin Tarantino, en especial Los odiosos ocho).

El ambiente inicial es melancólico. Se siente la pérdida de los amigos, de una vida mejor, y además se logra mediante un trasfondo sugerente, no se da todo mascado como suele ser habitual (me cansan esos típicos prólogos ñoños y flashbacks reiterativos). El pasado más o menos reciente de Logan y Xavier se señala sutilmente, sin llegar de hecho a concretar del todo. No hace falta más para exponer su pesadumbre y remordimientos. Y la llegada de problemas nos regala muchos tramos donde se sufre mucho con ellos y con la niña, Laura: te duele cada herida física y psicológica. Así, la intriga por su porvenir, el interés por ver si escapan de su miseria y tormento, te mantiene absorto y con el corazón en un puño.

Más que el guion, es la puesta en escena la que consigue esta excelente aura malsana y aciaga. Las luchas cuerpo a cuerpo recuperan esa intensidad y violencia ochentera a lo grande, todo golpe es contundente y deja marca, las heridas sangrientas reflejan la desagradable realidad, de forma que cada pelea resulta más impredecible y amenazadora: esta podría ser la última. Corramos un tupido velo sobre los ejércitos de peleles que caen como moscas mientras aplaudimos los efectos especiales. Aquí sudas, te encoges, y respiras de alivio. Y esto último no siempre, porque anunciaban el capítulo final en la historia de Logan, y aunque sabemos que siempre pueden hacer más entregas yendo al pasado, por más que los intérpretes de Xavier y Lobezno digan que aquí terminan sus participaciones, el fatalismo, la sensación constante de tragedia inminente, está muy logrado.

James Mangold no se prodiga mucho pero tiene algunos títulos muy interesantes donde muestra un buen talante como director, como Copland o El tren de las 3:10. Lo que me sorprende es que optaran por él a pesar de la tibia recepción de su aportación a esta serie, Lobezno: Inmortal. Quizá es porque, como señalé en su crítica, la sobriedad de su puesta en escena es lo poco que salvaba a la película. El resultado es digno de alabar, desde las intenciones de huir de un apartado visual con un despliegue de fantasiosos efectos especiales, al pulso que le imprime a la acción terrenal (peleas cuerpo a cuerpo y persecuciones). Pero sobre todo sobresale el tempo contenido (serio, sin artificios) a la hora dar forma al resto de la cinta, una combinación de western moderno (referencia a Raíces profundas incluida) y road movie estupenda. Cabe mencionar el inteligente uso de los escenarios: empezamos en los desiertos sureños, rodeados de la miseria y soledad de la zona, pero conforme avanzamos va apareciendo la naturaleza y la conexión humana (el capítulo de la familia granjera). El propio Xavier lo matiza innecesariamente, porque la bonita escena de la cena lo estaba dejando bien clarito: así tenía que ser la vida, no la mierda que vivimos. Hay bajones de ritmo, pero vienen del guion y eran difícilmente evitables. Unas veces no lo logra, como el receso explicativo del móvil y la pausa en el hotel, y otras sí sortea el problema: el clímax final se ve venir de lejos, pero lo exprime al máximo y logra gran fuerza dramática.

La música de Marco Beltrami potencia la idea del western, matizando muy bien la melancolía y puntualmente la rudeza de los momentos de acción. Y en estos últimos no se vende al estilo esperable de coros y orquesta que trata de saturar los sentidos con supuesta épica, sino que es fiel a la línea moderada y sombría, con un tono roquero muy acertado. Los efectos especiales destacan precisamente por no destacar: aunque como señalaba no sea una obra de elaboradas situaciones fantasiosas, sí hay bastante trabajo con lo digital, en especial a la hora de poner los rostros de los actores sobre dobles de acción. La perfección del truco está en que no se nota nada, de hecho he visto algún reportaje (mismo aviso de spoilers que he aplicado aquí) y sorprenden la de ocasiones en que recurren a ello sin que te des cuenta; recordemos los torpes inicios (por abuso innecesario cuando estaba claro lo mal que quedaba) de esta técnica en El Señor de los Anillos y las precuelas de La guerra de las galaxias. Sólo en un momento noté efectos digitales: en un par de planos del coche enganchado a la valla.

El trabajo actoral de los tres protagonistas principales es de primer orden. Patrick Stewart está estupendo como anciano desvalido y con la cabeza medio ida pero que se aferra a la esperanza. Hugh Jackman da todo de sí en una interpretación muy completa, pues combina lo físico y la contención: su sufrimiento interno se hace muy tangible. Y la chiquilla, Dafne Keen, es un portento de cuidado. Sólo tenía un papel en su currículo, una serie coproducida entre Espala y Reino Unido, Refugiados. Quizá con ella llamó la atención de alguien relacionado con la película, o quizá su agente estuvo atento y la envió al casting. El caso es que hay que celebrar que llegara a tener esta oportunidad… y la aprovechara tan bien. Igual que Jackman, tiene un papel exigente en el que se ha implicado con entusiasmo, y ofrece un registro asombroso, sobre todo a la hora de transmitir emociones únicamente a través de la mirada. Pero los secundarios no están tan efectivos. Boyd Holbrook (Narcos) no me parece mal actor, pero no pega en el rol de líder mercenario, es demasiado joven y guapo, y por más que se esfuerce no logra imprimir el talante cruel y temible necesario; si es que parece el becario del grupo. Stephen Merchant (Extras, Life’s Too Short, como guionista y actor) está bien como compañero de fatigas y secundario destinado a ser simpático, pero no logra impresionar, seguramente porque se podría haber sacado más del personaje. Y prácticamente no hay más, porque Richard E. Grant como el doctor misterioso cumple, pero su rol es puramente un objeto de la trama.

Y así llego a los problemas de la propuesta. En el factor emocional han logrado un peliculón y una rara avis en el género muy de agradecer, pero una vez analizada en frío se le ven algunas mejoras evidentes que le impiden alcanzar notas más altas y sin duda lastrarán un poco los revisionados. Hay ratos donde la férrea conexión se pierde, tramos donde el ritmo decae bastante o aparecen lagunas narrativas dignas de mención.

El argumento de que Logan pasa de todo y le cae esto encima es una clásica historia de aceptación, maduración y redención. Como siempre en estos casos, sabemos de sobras que acabará tomando partido y luchando, así que lo esperable es que el viaje sorprenda y el personaje llegue hondo. En esta ocasión han acertado de lleno, casi de sobresaliente, con la fuerza que desprenden los buenos, pero la conspiración y los villanos se quedan bastante atrás. En ninguno de los dos casos hablo de estar ante un guion mediocre, sino de cumplir con lo justo en una obra que funciona tan bien en otros aspectos que sabe a ligera decepción, deja la sensación de que había mucho más potencial que explorar. Se podría justificar con que no se puede tener todo, supongo, pero no lo comparto, ha habido películas de sobra que cuentan con villanos y/o monstruos enemigos que dejan huella en la memoria, y eso incluso teniendo muchos más protagonistas. Mad Max es el mejor ejemplo en estos tiempos. Si vamos a centrarnos en momentos clave de la vida del héroe, qué menos que ponerle una réplica de su nivel. Pero el militar privado o mercenario que va tras él no da el tipo, es un cliché que parece sacado de El equipo A: aparece en todas partes, molesta un poco, y lo reservamos para el siguiente capítulo de la cinta; el doctor que lidera el proyecto es otro un cliché, pero este más insustancial, sólo justifica la trama; y el monstruo final funciona porque las escenas de acción son imponentes, pero es también un objeto inanimado e intrascendente. Además, este último parece indicar que los realizadores saben que no llegan con el rival, sea porque han pasado de currárselo o porque no han sido capaces, y optan por un recurso muy facilón, el de usar un clon de Lobezno para que transmita una sensación de familiaridad y de tensión simple y directa: como conocemos sus poderes, sabemos que el Lobezno real, viejo, herido y agotado, se ve superado. Se podría decir que su entrada en escena provoca un buen shock, pero también que es sensacionalismo barato, y que en general hubiera funcionado mil veces mejor unos enemigos mejor dibujados, cuya personalidad resultara a la vez irresistible e inquietante.

En cuanto a la trama, la conspiración va con la serie, que siempre ha tratado la manipulación de facciones y gobiernos sobre la población (aparte de otros temas, como la integración y demás), así que le puedo perdonar inicialmente que mantenga un nexo en común aunque sea algo muy trillado. El problema es que a pesar de ser un pilar fundamental no da mucho de sí, primero, porque sus líderes son estereotipos muy vistos, segundo, porque se desarrolla con menos pegada de lo deseable. De nuevo, si la aventura versa sobre Xavier, Logan y Laura tratando de sobrevivir a estas gentes y este complot, qué menos que lograr una conexión más sólida. Pero resulta que cumplen con la intriga con desgana, acordándose de ella sólo cuando necesitan un motor que empuje el viaje de los protagonistas. Algunos recursos narrativos un tanto torpes magnifican esa impresión, como ese móvil que explica el asunto poco a poco y con el vergonzoso el momento en que se agota la batería para forzar la intriga y cambiar de registro para no aburrir. ¿De verdad no había mejor forma de explicar los orígenes de los chavales y de justificar la historia de supervivencia que un relato tan sobado y de tan escasa profundidad?

Por suerte, esas carencias no son extremadamente graves, y en su equilibrio global sus virtudes deslumbran tanto que Logan no es sólo una gran experiencia, sino una película que hacía mucha falta y que con suerte reescribirá un poco tendencia del cine comercial actual.

PD: Los temas de continuidad, después del desastre que se ha ido generando y explotó del todo con Días del futuro pasado, como el cómo recupera las garras de adamantium después de Lobezno: Inmortal y las discrepancias de edades (Caliban aparece en los años ochenta –Apocalipsis– y aquí sin envejecer), mejor pasarlos por alto.

Ver también:
X-Men.
X-Men 2.
X-Men: La decisión final.
X-Men Orígenes: Lobezno.
Lobezno: Inmortal.
X-Men: Primera generación.
X-Men: Días del futuro pasado.
Deadpool.
X-Men: Apocalipsis.

La gran muralla


The Great Wall, 2017, EE.UU., China.
Género: Aventuras, fantasía, cine cutre.
Duración: 103 min.
Dirección: Yimou Zhang.
Guion: Carlo Bernard, Doug Miro, Tony Gilroy, Edward Zwick, Max Brooks.
Actores: Matt Damon, Pedro Pascal, Tian Jing, Andy Lau, Hanyu Zhang, Willem Dafoe, Lu Han, Kenny Lin, Eddie Peng.
Música: Ramin Djawadi.

Valoración:
Lo mejor: El vestuario es alucinante. El carisma de Pedro Pascal.
Lo peor: El guion es vergonzoso, la puesta en escena horrenda, los actores se encuentran evidentemente incómodos, excepto el recién citado.
“Mejores momentos”: El tipo trabajando en la cocina con la armadura puesta. El protagonista que no quiere saltar desde las alturas… y salta desde las alturas.
La traducción: Se pasan toda la película diciendo “pólvora negra”, y me da que lo correcto sería “polvo negro”.

* * * * * * * * *

Alerta de spoilers: Supongo que hay spoilers, pero es que, como indico en la crítica, en cuanto se expone cada elemento sabes cómo se va a desarrollar todo.–

Ni con las expectativas al mínimo esperaba algo tan espantoso. Iba con la idea de ver una de acción tonta pero divertida, deseando que estuviera más en la onda de Independence Day (1 y 2), Hércules o Furia de titanes, es decir, un entretenimiento consciente de sus limitaciones y que va al grano explotando el divertimento, que en la de cagadas como El destino de Júpiter, Warcraft o John Carter, desastrosas por su narrativa caótica y torpe y lastradas un poco más por su obtusas pretensiones. Hasta obras hipertrofiadas e infumables como algunas entregas de El Señor de los Anillos, El hobbit y Piratas del Caribe (aunque sigo intentando entender su éxito entre el público), como El retorno del rey, Un viaje inesperado, La batalla de los cinco ejércitos y En el fin del mundo, casi parecen buenas épicas de aventuras al lado de esta. Sólo En mareas misteriosas se le acerca, y por aburrida y plana más que por ser ridícula; tengo que remontarme hasta Eragon para encontrar un nivel de vergüenza ajena semejante en el cine comercial de alto presupuesto, y sólo aberraciones como 10.000 la superan. Lo único bueno que puedo decir es que me han entrado ganas de recuperar El guerrero nº 13 y Master and Commander, las últimas grandes películas de aventuras.

En La gran muralla no parecen haber rodado con un guion detrás… pero tampoco con un director. Da la impresión de que a los pobres currantes les han contado el argumento y los han dejado a su aire para grabar como pudieran las escenas que encajaban en él; que hay que comer, oye. Sólo así me puedo explicar la chapuza narrativa, la nula progresión dramática, la trama sencilla pero destartalada y los personajes totalmente huecos. Sólo así se entiende que el repertorio de clichés y estereotipos, incluso en una época de escasez de originalidad e intelecto, sea tan abrumador, y en el mal sentido, porque acabé hastiado de tanta necedad en sólo un par de escenas.

Y mira que si comprobamos los créditos vemos escritores conocidos: Edward Zwick (El último samurái, Resistencia), Carlo Bernard y Doug Miro (Narcos… aunque también Prince of Persia), y Tony Gilroy (serie Bourne, Rogue One). Pero el panorama ante el que nos encontramos es desolador. Es como si hubieran pasado los Tauntaun, no perdón, los Taotie, y hubiera dejado solo los restos de una película y no hubiera sido posible recomponerla entera, quedando sólo un endeble armazón, un resumen tosco. La historia del héroe que se encuentra ante un pueblo oprimido y decide ayudar es un relato primigenio en la imaginación del hombre. La lógica dice que, si vas a tomar un argumento tan trillado, aportes algo distintivo o al menos hagas un esfuerzo para que el conjunto resulte lo suficientemente sólido como para aguantar el tipo. Usar a los monstruos como azote de estas gentes no es especialmente novedoso, pero con el tema de la muralla y la compleja organización del ejército y sus métodos de lucha desde luego parecía haber una margen para más. Pero, como digo, se limitan a lo más básico y lo empalman todo de mala manera. Apenas hay coherencia en un conjunto en precario equilibrio sobre unos pocos tópicos, y desde luego no hallamos ni una pizca de identidad propia o personalidad, de inteligencia y originalidad en toda la aventura, sus habitantes y sus diálogos. La simplificación y banalización de cada elemento llega a niveles inclasificables.

Tenemos el héroe responsable y el colega simpático y alocado más predecibles que puedas imaginarte. Soportamos a generales serios y rígidos… en el sentido de que son puro aburrimiento. Nos dicen que debemos enamorarnos de la chica dulce y atractiva… y aunque por suerte la ponen luchando, no siendo objeto de la misión del hombre, es insustancial también. Y aparece Willem Dafoe como recurso de la historia de la fuga, porque ni llega para denominarlo personaje. Si su definición y posición inicial es realmente vulgar, no esperes que vayan a remontar. Con todos sabes lo que va a ocurrir, lo que van a hacer, en cuanto empieza su nueva escena o nuevo tramo de la historia. Cuando el protagonista dice “Yo llevaré el imán”, ya intuí todo lo que iba a pasar.

Pero además, cada situación llega de sopetón, todo se desarrolla a trompicones, con explicaciones metidas con calzador. Ahora toca un ataque para exponer algo sobre la muralla o la naturaleza de los bichos, ahora un receso para romanticismo, ahora otro ataque sin sentido para que la heroína ocupe su lugar, ahora otra pausa para que el héroe se integre, ahora otro ataque para que el colega intente escaparse… Pero por todos los demonios, ¿es que no sois capaces de narrar algo que no sea de forma lineal, no sois capaces de unir dos capítulos mediante una transición tangible y atractiva? Y que conste que dejo de lado asuntos como por qué no usan las cuchillas de la muralla desde el principio en vez de descolgar gente que sólo sirve para carnaza, porque bueno, es efectismo barato sin más, una nimiedad comparada con el resto.

Esta catástrofe de estructura narrativa llega a límites inauditos con el cachondeo que hay con el héroe: en cada episodio enfrenta el dilema de si unirse a la lucha o no, y en cada uno de ellos pasa de rehuir de todo a unirse a ciegas sin más, para en el siguiente habérsele olvidado por completo su determinación. Aunque lo lógico es que el protagonista decida o madure al final, tras una evolución escalonada, una transformación según los eventos calen en él, todo ello expuesto con más o menos acierto (en el cine contemporáneo prima lo segundo), aquí estamos hablando de un nivel tan bajo de calidad que el estereotipo es lo único que tienen para ofrecer, y el pobre Matt Damon enfrenta el dilema como siete veces, en algunos casos con una dejadez vergonzosa, como cuando se enfrenta a la persecución y batalla final (al montar en el globo), donde se da la vuelta porque no quiere ir, pero entrecierra los ojos por la razón que sea y… zas, ve la luz y decide participar, o cuando, tras decir claramente que no va a saltar la muralla para luchar porque no confía en nadie, lo hace en modo suicida sin plan alguno y, atención, esperando que los demás respondan a sus acciones con plena confianza.

Los diálogos son entre sonrojantes y delirantes. Para empezar… ¿Que los distintos idiomas nos molestan porque tendríamos que trabajar un poco más en el guion y el rodaje? Pues hacemos que todos hablen inglés con todo el descaro del mundo. Y a partir de ahí el repertorio de sentencias cortas tan superficiales y evidentes como anodinas es asombroso, como si estuviera hecho a propósito para dar risa.

-¡Ahí está la reina!
-¡Ella los dirige!

Ovación en la sala.

Estoy convencido de que los tres o cuatro chistes medianamente graciosos que salen de boca de Pedro Pascal son improvisados, porque están a un nivel muy superior al resto de sandeces que vomitan los demás actores sin creérselo. En esto empezamos por Matt Damon, inerte, inexpresivo, aburrido, como si no estuviera a gusto; es engullido por Pascal de principio a fin, y eso que en la campaña publicitaria no parece existir. Los chinos, ninguno con carisma, en especial la chica, que para variar no pega en el personaje: demasiado joven, bella y limpia para ser verosímil en un escuadrón de élite de un ejército.

Para rematar, me temo que en lo visual no está a la altura tampoco. Salvo por el extraordinario vestuario, con unas armaduras y armas deslumbrantes, nada luce como se espera en una superproducción de 150 millones de dólares. Los decorados son muy parcos, un escueto cacho de muralla, un par de habitaciones y un salón; el único escenario destacable llega al final con la sala del emperador en el palacio, pero aparece brevemente, así que no sé para qué gastan el dinero donde no deben. Los efectos digitales son de serie b: la muralla y los ejércitos de monstruos cantan un montón; las criaturas vistas desde cerca son bastante mejores, pero tampoco impresionan. Y no lo entiendo, había recursos de sobra, estaba implicada la veterana ILM (Industrial Light & Magic), y la industria del cine china no es novata en grandes despliegues de decorados. Por ello, el contraste con el sobresaliente vestuario es muy llamativo (y por cierto, no podía dejar de pensar en una adaptación a imagen real de Los caballeros del zodíaco). En cuanto a la música, Ramin Djawadi ofrece una partitura en su línea: ritmos simples y repetitivos que parecen sacados de una lista de temas pregrabados; quizá no da más de sí… aunque viendo el estado musical del cine comercial, me da que es lo que le piden, y es otro que se gana su jornal y ya está.

Resulta que al final sí había un director tras las cámaras: Yimou Zhang. Por todos lados vendían que era un gran realizador, un destacado artesano a la hora de lograr películas épicas y hermosas. Desde luego, Hero, La casa de las dagas voladoras, La linterna roja y otras tantas de su currículo tienen mucha fama. Pero se largaría antes de empezar a rodar, digo yo. Lo que se ve aquí es torpeza, nula visión de conjunto, mala escenificación, fallida relación entre lo manual y lo digital, y pésimo trabajo en postproducción. De hecho el montaje es de lo peor que he visto en el gremio, así que las batallas, hipertrofiadas y absurdas fantasías (atención a las cuerdas elásticas), resultan un galimatías de planos mal cortados y unidos. El director no sabe dónde poner la cámara, las escenas son todas iguales, y cuando hay jaleo se pierde por completo. Si el grueso de la aventura se va a desarrollar en una parte de la muralla, qué menos que recrearla bien… Pero el decorado es pequeñísimo y se combina fatal con lo digital; cuando salimos de un limitadísimo plano fijo de frente parece que estamos ante un videojuego. En serio, ¿a dónde fue el presupuesto? ¿A pagar el centenar de traductores que tuvieron que mantener para llevar el día a día del equipo mixto de chinos y estadounidenses (no me invento la cifra)?

Hablando de dinero, las primeras estimaciones del estreno daban 75 millones de dólares en pérdidas, aunque por suerte repartidos entre varias productoras. Esto supone un gran varapalo para las intenciones de unir ambos mercados, aunque claro, si esas intenciones implicaban únicamente películas de este tipo, pues más bien hay que alegrarse.

No respires


Don’t Breathe, 2016, EE.UU.
Género: Suspente, terror.
Duración: 88 min.
Dirección: Fede Álvarez.
Guion: Fede Álvarez, Rodo Sayagues.
Actores: Stephen Lang, Jane Levy, Dylan Minnette, Daniel Zovatto.
Música: Roque Baños.

Valoración:
Lo mejor: La atmósfera de suspense es fantástica, los sustos son numerosos y bastante efectivos.
Lo peor: Quizá su falta de trascendencia le impide dejar huella.

* * * * * * * * *

Alerta de spoilers: Sólo presento el argumento. —

Este es uno de esos casos atípicos que nos recuerdan que no tiene por qué ser un problema el que todo parezca estar inventado (en cualquier ámbito y arte, pero aquí obviamente me refiero al séptimo arte), pues una historia clásica e incluso predecible puede funcionar muy bien si se pone esfuerzo y pasión en ello, y, por supuesto, si sus autores están a la altura. El uruguayo Fede Álvarez demostró ser un gran artesano del cine de suspense con el remake de Posesión infernal, pero incluso con esas No respires ha sorprendido bastante. Su aspecto entre la serie b (en plan Saw) y lo comercial (como Insidious) echaba para atrás, pero por suerte el boca a boca ha ido transmitiendo sus virtudes y está ganando un poco más de fama; en taquilla ha llegado a 160 millones de dólares partiendo de un presupuesto de 10, y supongo que en dvd/bluray tendrá gran tirón. Veremos si la segunda parte, ya en marcha, lanza la saga al mundo entero o se queda con la etiqueta de “película de culto”.

La premisa es tan básica y poco prometedora… Unos adolescentes, un escenario cerrado, un loco asesino. Parece que no hay mucho margen para generar tensión por sus destinos y forjar una atmósfera que logre transmitir terror. El breve primer acto desde luego no apunta muy alto. Tras un prólogo fugaz e innecesario (dos minutos después te olvidas de qué era, y mejor, porque es un spoiler absurdo) nos presentan a un trío de jóvenes que asaltan casas. Unos pocos clichés tratan de dibujar una personalidad concreta antes de meterlos en faena, y si funciona es básicamente porque los actores, los tres jóvenes pero con bastante experiencia, resultan muy competentes, y porque se no consume mucho tiempo en el proceso. Sin duda podría haberse conseguido un guion que ofreciera una introducción más inteligente y original, pero viendo la celeridad con que acabamos dentro de la pesadilla se perdona: no importa mucho de dónde vengan, y no le prestas mucha atención a sus esperanzas sobre el futuro, lo relevante es el atraco que acaba convirtiéndose en una pesadilla y la intriga por cómo saldrán de esa situación.

Hay que decir que, una vez dentro de la pequeña casa, de nuevo parece que esto no va bien encaminado, pues tenemos una escena muy típica y tontorrona, la de la alarma que ofrece un momento de tensión forzado: se supone que sonará a los treinta segundos, pero puedes contar unos cuarenta y cinco… Pero de ahí en adelante el suspense emerge de golpe para no desvanecerse en ningún momento. El anciano propietario, un veterano ciego y afligido por la pérdida de su hija, se despierta… La presencia imponente e inquietante que logra Stephen Lang (Avatar) es digna de recordar. Sus movimientos, con unas poses animalescas espeluznantes, la gutural, áspera, y resquebrajada voz que se mete en los huesos (el doblaje es bastante bueno, pero aun así pierde bastante), la habilidad de Fede para hacer que llegue de improviso o que pase por el pasillo como un monstruo imparable mientras los protagonistas tratan de esconderse… Es increíble cómo con tan poco se puede conseguirse un villano de género tan memorable. Sin casquería (no es gore, como Posesión infernal), sin excesos, sino con sutileza y buen hacer. Incluso los giros más locos son muy eficaces, llegan en el momento justo, encajan en el argumento (todavía tengo atragantadas las paridas que metía Saw cada dos por tres) y aumentan el nivel de desconcierto y acojone de forma impresionante.

Fede exprime al máximo cada habitación, cada pasillo, cada precario escondite. Hace gala de una dirección sobria, metódica, con una visión de conjunto ejemplar donde pasa completamente del artificio facilón (no existen los cansinos sustos sonoros ni otros recursos baratos). Utiliza planos secuencia tan logrados como necesarios, hace un uso del silencio y la espera magistral, recurriendo lo justo y necesario a la correcta música de Roque Baños, y efectúa cambios de tono muy sabios que mantienen la angustia siempre a flor de piel (si repite una habitación, es en un estilo muy distinto: alucinante cómo exprime el sótano). Cada escena tiene su fórmula, y aunque algunas sean muy clásicas (el sótano a oscuras), el juego del escondite, la caza interminable, los subidones de estrés y miedo y los giros inesperados garantizan que no haya un minuto de descanso, un rincón seguro donde recuperar la cordura y buscar una salida. El factor previsibilidad lo sortea con destreza, en cantidad de ocasiones te coge desprevenido, crees que se está acabando todo y te lanza a otro clímax monumental (¡el puto perro!); y si no da igual, porque el ambiente sofocante te tiene atrapado y te engañará.

No respires es una experiencia tan inesperada como gratificante, si es que te gusta sufrir con una película. Quizá le pesa algo su falta de trascendencia, destacando el escaso recorrido emocional de los personajes, pero aun así se puede ver varias veces sin que pierda capacidad de entretener y de dejarte un mal cuerpo durante hora y media (por suerte no meten relleno para llegar a las dos horas, algo habitual hoy en día). Y desde luego, el primer visionado garantiza sudores, agobio y sustos en cantidad.