El Criticón

Opinión de cine y música

El ritual


The Ritual, 2017, Reino Unido.
Género: Suspense, terror.
Duración: 94 min.
Dirección: David Bruckner.
Guion: Joe Barton, Adam Nevill (novela).
Actores: Rafe Spall, Arsher Ali, Robert James-Collier, Sam Troughton, Paul Reid.
Música: Ben Lovett.

Valoración:
Lo mejor: Ambiente tenso, malsano y agobiante durante casi todo el metraje.
Lo peor: En los minutos finales no consigue mantener el nivel (aunque dista de fallar). Infravalorada mientras otras del género muy inferiores son aclamadas.

* * * * * * * * *

En el cine, odio cuando como prólogo meten con calzador una historia que no pinta nada en el resto de la película, sólo porque no saben describir al protagonista principal sin tirar de un episodio dramático que deje un conflicto no cerrado con el que intentar conectar con el espectador y apoyar una evolución interna que suele ser innecesaria. Hay cantidad de títulos, principalmente de acción y terror, que usan este pobre recurso en vez de centrarse en la aventura y que el personaje sufra por lo que está ocurriendo y no por traumas anexos y sensacionalistas. Rara vez consiguen una relación orgánica con los eventos de la trama y las vivencias personales de forma que se realcen sus problemas y sus muertes o victorias impacten algo más.

Precisamente El ritual empieza con una introducción que parece de esta clase, y entre eso y que los géneros de suspense y terror dan pocas cintas originales, empecé el visionado con bastantes dudas. Pero al poco de entrar en materia se va perfilando una buena conexión entre los personajes y el trágico suceso, tanto por sus dilemas internos y los roces entre ellos como por la paranoia en que el mal que acecha en el bosque va sumiéndolos, jugando con los remordimientos y los miedos.

El realizador David Bruckner y el guionista Joe Barton le cogen el pulso al relato a la primera y lo van moldeando ante tus narices sin que se vean los trucos, pues, aunque no sea el no va más, no encontramos clichés rancios del género ni en lo argumental ni en lo visual. La historia, quizá por estar basada en una novela (de Adam Nevill publicada 2011), es más original y algo más sustanciosa de lo habitual. Aunque es evidente que estamos ante lo de siempre, gente aislada muriendo en fila, no sabes por dónde va a salir, ni cómo podría acabar, alejándose así de la infinidad de cintas clónicas que saturan el mercado. Aunque inicialmente pueda recordar a ese fenómeno absurdo que fue El proyecto de la bruja de Blair (Daniel Myrick, Eduardo Sánchez, 1999), el recorrido y su calidad son muy distintos. Algunos han querido hilar un parecido con La bruja (Robert Eggers, 2015), pero más allá de la temática de brujería no hay nada en común. Lo más cercano que se me ocurre sería el videojuego Outlast 2 (2017), y no sé si este bebió del libro o son parecidos casuales.

Juegan con lo desconocido con inteligencia, dejando con cuentagotas pistas que activan tu imaginación. El bosque pasa en un visto y no visto de ser un paisaje natural hermoso a un entorno amenazador, y conforme avanza la proyección cada vez resulta más agobiante, con picos perturbadores. La sensación de indefensión, el miedo a la oscuridad y la claustrofobia te mantienen nervioso en casi toda la proyección, sobre todo desde la noche en la cabaña, que ofrece unas cuantas escenas espeluznantes. Los personajes aguantan el tipo bastante bien, desgranando sus problemas personales con habilidad a lo largo del reto ante el que se encuentran. Y conforme se acerca la misteriosa entidad aumenta el nivel de desasosiego, con unos cuantos sustos bastante efectivos y en general un ambiente perfecto para pasar un mal rato.

El uso del sonido es inteligente, exprimiendo adecuadamente los ruidos naturales del bosque y sin abusar de los sustos sonoros. La fotografía capta muy bien la oscuridad y las sombras de forma que inquieten pero se vea algo, lo que no es nada fácil de conseguir. La música es sencilla pero efectiva, realzando sin sobreponerse y también sin subidones innecesarios. Los actores son muy competentes, en especial el protagonista principal, Rafe Spall (Prometheus -2012-, La gran apuesta -2015-).

El tercer acto parecía que no iba a perder fuelle al mostrar algunas respuestas, tanto el anunciado ritual como la criatura, sobre todo porque el diseño de esta es espectacular, algo también difícil de lograr hoy en día, pero lo cierto es que una vez puestas todas las cartas sobre la mesa la imaginación del espectador ya no puede desbocarse potenciando los temores, y el enfrentamiento final no logra ser muy impactante en sus últimos minutos. Quizá si hubieran logando un giro más ingenioso podríamos estar hablando de una cinta de culto. También, por suerte, no se extiende más de la cuenta (sólo dura una hora y media) ni intenta forzar un giro rebuscado, uno de los males del género.

Lo que me sorprende es que no esté teniendo el éxito que merece mientras otras del género muy inferiores se sobrevaloran con una locura incomprensible, como It Follows (David Robert Mitchell, 2014), Sinister (Scott Derrickson, 2012), Insidious (James Wan, 2010) o sobre todo la reciente e infame Déjame salir (Jordan Peele, 2017).

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