El Criticón

Opinión de cine y música

Archivos mensuales: diciembre 2018

Milla 22


Mile 22, 2018, EE.UU.
Género: Acción.
Duración: 94 min.
Dirección: Peter Berg.
Guion: Lea Carpenter, Graham Roland.
Actores: Mark Wahlberg, Lauren Cohan, Iko Uwais, John Malkovich, Ronda Rousey, Sam Medina.
Música: Jeff Russo.

Valoración:
Lo mejor: Ritmo vertiginoso, tiroteos espectaculares, protagonistas carismáticos.
Lo peor: En escenas pausadas el director abusa del montaje rápido, resultando caóticas. Le faltan villanos de peso. El giro final es bastante fallido.

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Un comando especial se dedica a neutralizar amenazas terroristas en todo el globo. Por un lado, están los mercenarios, curtidos en cualquier escenario bélico, y por el otro, el jefe con los analistas y técnicos controlan las operaciones desde la sombra.

Viendo las últimas obras del realizador Peter Berg, El único superviviente (2013), Marea negra (2016) y Día de patriotas (2016), pensaba que Milla 22 también se basaba en hechos reales, pero no es el caso, aunque sí es muy parecida en argumento, personajes y estilo narrativo. Como en las citadas, intenta mostrar realismo dramático mezclado con acción aparatosa, esforzándose con los personajes más de lo habitual en el cine de acción contemporáneo, otorgándoles conflictos y características destacables, lo cual es muy de agradecer aunque no termine de alcanzar los niveles de grandes del género, como La jungla de cristal (John McTiernan, 1988).

En este caso se puede achacar que por mucho drama y tics que ponga sobre el rol encarnado por Mark Walhberg termina siendo Mark Walhberg, y aunque ofrece bastante simpatía y carisma, es evidente que un actor con mayor registro le vendría mejor; pero claro, es también uno de los productores principales, así que se aseguraría el puesto. Lauren Cohan (The Walking Dead, 2010) me convence más precisamente porque su papel es bueno y te crees su estrés en el trabajo y sus problemas en casa. Los secundarios cumplen con lo justo: escenas de camaradería, peleas y muertes que no dan vergüenza ajena son también poco habituales hoy en día. Donde anda más corta es en los malos, pues no tenemos un enemigo que dé la talla, que suponga un rival digno para los héroes: el líder de los comandos a pie de calle es muy soso, y los misteriosos individuos del avión resultan un pegote artificial.

El reto de los protagonistas no es gran cosa, simplemente avanzar disparando por las calles hasta llegar al destino seguro. No hay mucho más en la función, porque la intriga de política y espionaje es una excusa para justificar el lío, y además acaba en un giro surrealista que le hace perder la poca consistencia que tenía. Pero en su propósito funciona bastante bien porque Berg se centra en exprimir la acción frenética, el terreno donde mejor se mueve.

Con ello se perdonan bastante los excesos, como la cámara en mano a veces demasiado agitada, salvo en un par de instantes que deberían ser más tranquilos pero te marea igual, como la conversación de los dos protagonistas en la azotea. Y con ello se notan menos las carencias, como esos malos que llegan en oleadas cual videojuego. Calles, coches, tiendas, bloques, pasillos, pisos… escenario tras escenario encontramos tiroteos de impresión, carreras para salvar la vida, y alguna situación tensa muy lograda, como la protagonista atrapada en un piso.

La pena es que los guionistas meten con calzador una idea que supone el mayor fallo de la propuesta, y ni Berg ni Walhberg ni otros productores han sabido verlo. Quizá pensando en que el argumento no dejaría huella y no daba para llegar al metraje mínimo (al final se queda en una hora y media, nada común en estos tiempos), intentan estirar como pueden y aportar un giro que cause sensación. Pero la narración paralela del protagonistas patina bastante. La cháchara metida entre medio de la aventura no genera intriga sino reiteración (te cuenta lo que vemos) y salidas tangenciales innecesarias (aporta datos irrelevantes), y al final resulta que está para justificar la revelación forzada que supuestamente cambiará nuestra percepción de todo lo que hemos visto. Pero me temo que es tan rebuscada y tramposa y a la vez tan intrascendente que produce el efecto contrario, hace que acabes con cierto mal gusto una proyección que iba siendo la mar de entretenida.

Aunque Día de patriotas tuvo buena recepción crítica no se transmitió a la taquilla, y esta, que se ha recibido con tibieza, difícilmente podría tener mejor suerte. Al menos en cines, porque son cintas que aguantan muy bien los revisionados en televisión y dvd/bluray. No sé por qué no les dan distribución y publicidad suficientes, pues Berg arrasó con Hanckok (2008) y Walhberg es un rostro conocido, así que ambos tienen tirón de sobras para atraer gente, y más con títulos más que decentes en un género saturado de fantasías y sagas clónicas.

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Mandy


Mandy, 2018, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 121 min.
Dirección: Panos Cosmatos.
Guion: Panos Cosmatos.
Actores: Nicolas Cage, Andrea Riseborough, Linus Roache, Ned Dennehy, Olwen Fouéré, Line Pillet.
Música: Jóhann Jóhannsson.

Valoración:
Lo mejor: Nicolas Cage.
Lo peor: No es que sea un experimento fallido, es que no tiene ni un ápice de inteligencia o buen hacer, resultando insoportable.

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Mandy se ha ido estrenando en festivales varios, algunos relevantes como Sundance y Sitges, y acumulando bastantes buenas críticas de los medios que los siguen, pero no tanta del público, que anda divido entre “experimento fallido” y “cinta de culto”. La curiosidad me atrajo… y he salido escaldado, es una de las peores y más soporíferas películas que he visto en mi vida.

El guionista y director Panos Cosmatos anda perdidísimo acumulando ideas y recursos narrativos sin ton ni son. Asesinos en serie y venganzas estilo años ochenta y ocultismo y sectas danzan en un relato sin cohesión ni dirección. Salta entre escenarios con una torpeza inenarrable, siendo difícil pensar que se pueda enlazar peor situaciones tan básicas y un argumento tan trillado, que se pueda poner menos ganas en los personajes y en su evolución, en dotar a los enemigos de algo de entidad y capacidad para causar inquietud.

Se podría suponer que lo que pretendía era narrar con las imágenes, establecer la conexión emocional con la pareja y provocar pavor con los lunáticos a través de un estilo audiovisual elaborado que oscile entre lo conmovedor y lo espeluznante… Pero la cinta resultante es un sindiós por muchas ínfulas que le ponga. Para ser pretencioso al menos tienes que mostrar algo de inteligencia, y aunque Cosmatos parece creerse que está rodando algo serio se estrella como el mítico rey del cine cutre, Uwe Boll, dando una vergüenza ajena inclasificable. Los que señalan una supuesta originalidad, algún subtexto profundo o cualquier otro malabar que hagan para defender este despropósito no sé qué se habrán fumado o si es simplemente ese afán de “he visto algo raro y voy de guay defendiéndolo”. El delirio ha llegado tan lejos que se ha llevado premio a mejor director en Sitges.

En la fotografía e iluminación pasamos de inescrutable oscuridad a saturaciones con focos evidentes y filtros demenciales cuando no a abstractas composiciones pseudoartísticas. La orgía entre onírica y lisérgica no tiene ni pies ni cabeza y hace pensar inicialmente en que la copia está mal, y cuando asumes que no, cuesta aceptar como algo serio. En el audio, el exceso de estímulos sonoros quizá pretendiera lo mismo, provocar sensaciones concretas, pero la música se funde con los efectos de sonido y cae en otro caos, en ruido y efectismo sin lógica alguna. La pena es que la partitura Jóhann Jóhannsson (que falleció poco después del estreno en Sundance), escuchada en disco, aunque no resulta especialmente destacable dentro de su versátil discografía, se intuye como un correcto trabajo de suspense minimalista que habría apoyado adecuadamente atmósferas bien trabajadas, pero en esta situación termina siendo otro problema: su presencia llena demasiados vacíos cuando debería ser un complemento sutil, por lo que pronto resulta cargante.

La premisa queda en un segundo plano ante el galimatías audiovisual, pero para terminar de diluir su interés pronto se ve que es lo mismo de siempre en el género: familia que vive feliz, psicópatas de aspecto inquietante, asesinato cruel, venganza desmadrada. La pareja protagonista no tiene entidad alguna, son dos tipos que aparecen en pantalla sin hacer nada durante cuarenta minutos mientras cambian los filtros de colores y se suceden escenas cada cual más desatinada: la mujer saliendo del lago a cámara lenta, el cervatillo muerto… Cosmatos confunde contención con letargo, idilio con “aquí no pasa nada”, y espera que mágicamente entremos en la vida de esos dos entes sin alma y su aburrida casa. Hilando con eso, por no saber, no sé ni dónde viven, dónde está el lago que mencionan y cuál es la distribución del hogar, para entender al menos dónde se encuentran en cada escena, de dónde pueden venir los peligros, etc. Interesarse por ellos en esta situación es imposible, más bien pronto estarás deseando que los ataquen para que pase algo de una vez. La secta de dementes suelta mucha cháchara pero nada trascendental o impactante, ergo el miedo nunca llega a hacer acto de presencia. De hecho, cuando presenta a los moteros zumbados con sus estrafalarios disfraces el realizador tiene que recurrir a forzados rugidos animalescos para intentar que asusten en vez de provocar risa, pero el efecto conseguido es el de asco por ver algo tan ridículo.

El asalto a la pareja, cuando por fin llega, es un trámite alargado eternamente. No sufro lo más mínimo, y eso a pesar de que Nicolas Cage inesperadamente está bastante bien en un papel de darlo todo con el gesto y la mirada. Pero claro, sabiendo que desde entonces todo va a ser perseguir y matar a los malos con cada muerte más violenta y rebuscada, pues no hay por dónde agarrar al personaje. Y con el nivel del director, no hay ni una muerte ni un escenario salvable. Como mucho, puedes reírte en alguna de las paridas más grandes, como el coche que se estrella contra la nada (el montaje es tan malo que no se ve nada), la forja del arma chunga (¿no era leñador, ahora sabe herrería también?), los malos embutidos en cuero hasta en su casa, el típico individuo enigmático que explica la trama a media película… Pero yo no he sido capaz de tomármelo a risa, el desastre es tan grande que en el atropello recién citado se cuela un plano de lluvia en una escena que no la tiene.

The Predator


The Predator, 2018, EE.UU.
Género: Acción, comedia, ciencia-ficción.
Duración: 107 min.
Dirección: Shane Black.
Guion: Shane Black.
Actores: Boyd Holbrook, Olivia Munn, Trevante Rhodes, Jacob Tremblay, Keegan-Michael Key, Sterling K. Brown, Thomas Jane, Augusto Aguilera, Alfie Allen, Yvonne Strahovski.
Música: Henry Jackman.

Valoración:
Lo mejor: Reparto carismático. Sabía lo que iba a ver y me lo he tomado con humor.
Lo peor: Es un desastre en todos los ámbitos, ni puedo considerarlo una película acabada.
La curiosidad: El guionista y director interpretó a uno de los soldados musculosos en la primera entrega, Hawkins (el de las gafas).

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No olía nada bien la nueva entrega de la saga Depredador, rematada a conciencia sin respeto alguno ya desde la primera Alien vs. Predator (Paul W. S. Anderson, 2004) y que no fueron capaces de resucitar con el intento de volver a un cine de corte más serio en Predators (Nimród Antal, 2010). Cuando el productor principal de la serie, John Davis, puso en marcha este proyecto anunciando que quería buscar un camino diferente era difícil no pensar en que venían más traiciones a la saga, y terminó por confirmarse durante el rodaje, pues mientras el guionista y director Shane Black afirmaba que sería la más terrorífica de todas, las declaraciones que iban saliendo de actores y equipo técnico señalaban que estaba rodando una comedia. Para rematar, llegaron las temidas imposiciones a última hora del estudio: el estreno en marzo de 2018 se fue retrasando en varias ocasiones hasta septiembre debido a que obligaron a alterar todo el tercer acto por las tibias reacciones en pases de prueba.

Sólo quedaba un resquicio de esperanza, y es que Black había demostrado hasta entonces ser un buen guionista y director. Toda producción que ha escrito y a veces dirigido (estas las señalo con asterisco) es llamativa cuando no una obra de culto en la acción o el thriller: Arma letal (1987) y Arma letal 2 (1989), El último boy scout (1991), Kiss Kiss Bang Bang* (2005) y la estupenda Dos tipos buenos* (2016); incluso cintas menores como Iron Man 3* y Memoria letal (1996) son la mar de entretenidas. Además, siempre hace gala de un sentido del humor entre ingenioso y negro muy efectivo. Así que me he puesto a verla queriendo exculpar a Black por el anunciado despropósito, queriendo creer que le quitaron el montaje final de las manos o no fue capaz construir algo coherente con los cambios exigidos.

No es que quede una película mala, sino más bien una de cine cutre, tan mala que te puedes reír de ella. Pero también parece sin terminar, como apañada con prisas a partir de escenas incompletas. Se notan demasiados huecos, no se trabajada ningún tipo de atmósfera (intriga, asombro, inquietud por el porvenir de los protagonistas…), casi no se entiende lo que está ocurriendo o se trata tan por encima que no logra deja la más mínima huella. No se llega a vislumbrar un relato cohesionado y con un mínimo de atractivo, queda un endeble armazón con lo más básico de cada escenario y diálogo, hasta el punto de parecer un resumen, una tráiler o muestra de una película que está por llegar. Además, tal simpleza garantiza que ves venir todo de lejos, resultando una de las cintas más predecibles y facilonas de los últimos años. Lo único bueno es que el ir al grano sin rodeos también implica avanzar a toda leche, con lo que se puede ver sin atragantarte demasiado.

Los actores se lo toman en serio y algunos como Boyd Holbrook (Narcos -2015-, Logan -2017-), Olivia Munn (The Newsroom -2012-, Magic Mike -2012-) y Keegan-Michael Key (Key and Peele, 2012) están muy bien, mientras que el resto se sostiene con su carisma, salvo alguno que queda tan recortado que ni te das cuenta de que está ahí, como Alfie Allen (Juego de tronos, 2011), o que directamente se eliminó con los cambios, como Edward James Olmos (Battlestar Galactica, 2003). Se adivina un esfuerzo con los personajes, pero la profundidad que pudieran tener en el guion original se pierde por completo en la caótica sucesión de imágenes que ha llegado a las salas. Están expuestos a brochazos mal dados, de forma no hay quien congenie con ellos, algunos quedan tan limitados a un detalle concreto que parecen caricaturas estúpidas, y otros ni resultan verosímiles, como la doctora tan capaz en todo ámbito sin que se explique por qué (atención a cuando sale arma en mano tras el bicho haciendo parkour mientras los militares no se enteran de nada o mueren como peleles inútiles).

La conversión hacia la acción gamberra se podría aceptar si fuera bruta y con humor negro. De hecho, las dos primeras entregas tenían bastante mala baba e incluso daba la sensación de que sus autores no se lo tomaban en serio, sino como un divertimento violento y macabro, por mucho suspense y momentos espeluznantes que hubiera; por ejemplo, en el comienzo de la primera parte, el asalto al poblado se puede tomar como una parodia del cine de acción de los años ochenta. Si de verdad el guion de Black apuntaba a ese camino desde luego ha tenido que perder mucho el foco durante el rodaje y las posteriores modificaciones. Ciertamente, en principio me dio la impresión de que con la tosquedad del montaje hay situaciones y chistes que quedan en su mínima expresión, en una frase soltada de mala manera, sin lograr el factor rudeza o la incomodidad que hubieran tenido en un relato más oscuro y consistente. Pero en líneas generales terminan predominando diálogos burdos cuando no infantiles y soluciones argumentales lastimeras, así que al final hay que admitir que Black realmente no encontró el tono ni la inspiración en ningún momento.

Sin ir más lejos, las bases del argumento dan más asco que pena: el depredador más grande como nuevo enemigo muestra la poca inspiración y esfuerzo, las improvisaciones en la ampliación del universo del depredador no convencen, el niño autista con tanta habilidad y tan sociable y su destino tan rebuscado dan vergüenza ajena, y cuando pensabas que no podían caer más bajo llega el epílogo de videojuego con la armadura “molona” con el que el productor John Davis anuncia sus intenciones de hacer una trilogía.

Es inevitable comprobar si otros sellos característicos de la serie mantienen el nivel: la cantidad de vísceras y violencia, el diseño del depredador y la música. Hay algunos destripamientos y sangre en cantidad (mucha de ella parece que digital, aunque no canta como para molestar), pero las escenas tienen tan poca emoción que no importa, no se consigue una atmósfera de asombro y desagrado efectiva. Los efectos especiales y el disfraz del depredador (o lo digital, si hay escenas así) mantienen el tipo, pero estamos en las mismas, el bicho no acojona, y como señalaba, agrandar su tamaño parece un recurso demasiado facilón. La banda sonora de Henry Jackman es un refrito cansino de la portentosa partitura de Alan Silvestri; querría creer también que es debido a las exigencias y prisas de la productora, pero desde luego podía haberse esmerado más en aportar unas mínimas variaciones.

Con un montaje tan desastroso es difícil catalogar adecuadamente el trabajo de Black tras las cámaras, pero la impresión es también que no apuntaba maneras. Demasiado primer plano, escenarios de acción nada inspirados y en los que no puedes ver dónde está cada personaje ni el progreso de la situación, y un sentido del espectáculo inmaduro y poco acorde a la serie es lo que encontramos, lo cual difícilmente pudiera mejorarse en postproducción. Parece un capítulo del Equipo A (Stephen J. Cannell, Frank Lupo, 1983) o una cinta de terror y comedia adolescente en vez de la épica sobrecogedora que se espera de la saga.

El galimatías que queda no se puede entender cómo ha sido estrenado. Puestos a retrasar, retrasa unos cuantos meses más, contrata a un nuevo equipo de guionista, director y montador, y que le peguen un repaso a ver si son capaces de recuperar algo decente. Pero ha primado la imagen mediática del momento (más retrasos es igual a pérdida de confianza) y el ahorro de cuatro perras a la visión a largo plazo: ¿de verdad no pensaron que este bodrio daría un resultado desastroso en taquilla, sería peor para la imagen de la serie y de los implicados, y hundiría durante años cualquier intento de recuperar la saga? Sin embargo, han tenido la inmensa suerte de que el horrible boca a boca del público y las malas críticas de los medios no la han hundido del todo, pues costando unos noventa millones de dólares ha recaudado casi ciento sesenta, con lo que de haber dado pérdidas no habrán sido estratosféricas.

The Predator parece la versión de The Asylum, esa empresa de dudosa moral que se dedica a hacer plagios baratos de películas taquilleras, en vez de la auténtica superproducción que anunciaban. Hasta Alien vs. Predator tenía cierta dignidad, sabían que estaban rodando una serie b comercial sin más ambición.