El Criticón

Opinión de cine y música

Joker


Joker, 2019, EE.UU.
Género: Drama, superhéroes.
Duración: 122 min.
Dirección: Todd Phillips.
Guion: Todd Phillips, Scott Silver. Bob Kane, Bill Finger y Jerry Robinson (cómic).
Actores: Joaquin Phoenix, Robert De Niro, Zazie Beetz, Frances Conroy, Brett Cullen.
Música: Hildur Guðnadóttir.

Valoración:
Lo mejor: Arthur es un personaje con el que conectas con intensidad y Joaquin Phoenix consigue que resulte conmovedor.
Lo peor: Nada tiene que ver con Joker y Batman, versa sobre un loco cualquiera. El potencial del personaje se desaprovecha porque el conjunto es un telefilme con un desarrollo vulgar, abusa de las clásicas fórmulas de estos para forzar el melodrama, copia la mayor parte de películas mucho mejores, y la historia no lleva a nada.
Mejores momentos: Poniendo buena cara mientras el jefe le echa la bronca.
La pregunta: ¿Por qué Arthur escribe su diario en castellano y entrega tarjetas en el mismo idioma? El sinsentido de sustituir el idoma de textos como parte del doblaje parece estar imponiéndose, me temo. Es más, si me compro el bluray para verla en VOS… ¿me encontraré esta aberración?

* * * * * * * * *

Alerta de spoilers: Comento unos cuantos detalles, pero son bastante vagos o cosas que no creo que fastidien la experiencia del visionado.–

WARNER BROS. SIGUE DANDO PALOS DE CIEGO

En Warner Bros. tiraron la toalla con la serie de superhéroes unidos de DC Comics, La liga de la justicia, tras varios fracasos artísticos sonados y algunos resultados de taquilla no malos pero que no cumplían sus expectativas, y han optado por hacer películas sueltas de distinto tipo y con autores diferentes a ver si así encarrilan la cosa. Aunque claro, es de esperar que en cuanto crean haber atinado con un tono o personaje lo exprimirán al máximo… Y Joker ha sido un pelotazo instantáneo, así que sin duda tendremos más títulos en esta línea.

Pero el éxito de taquilla y el aplauso de la masa de espectadores es una cosa y la calidad y el legado artístico otra. El tiempo suele poner las cosas en su sitio, y no creo que pase mucho hasta que la insólita ola de adoración que ha elevado a Joker tan por encima de sus méritos se diluya y la realidad vaya asentándose. Se agradece el intento de aportar novedades, de ir por otros caminos en un género saturado de estrenos, pero para lograr algo rompedor hay que tener unas ideas y una determinación por encima de la media. En esta nueva aproximación al universo de Gotham y su villano más famoso apuntan alto, pero se han vuelto a estrellar. El Batman de Christopher Nolan (2005, 2008, 2012) continúa imbatible y su Joker interpretado por Heath Ledger sigue sin ser superado.

JOAQUIN PHOENIX POR ENCIMA DE TODO

El dibujo Arthur Fleck es sencillo, con unas bases poco originales, pero como punto de partida debería ser suficiente. El relato de su vida promete, desde luego. El pobre lo tiene todo en su contra, resultando un paria entre entrañable y grotesco, una hábil combinación para que sientas simpatía por él y repulsa por como es dejado de lado o incluso maltratado. Es un tipo con claras disfunciones mentales que le impiden desenvolverse en la sociedad sin ayuda, pero esa sociedad falla estrepitosamente desde el ciudadano, que va de indiferente a abusón, al estado, en crisis económica y política y cuya corrupción implica proteger a los más favorecidos y abandonar o incluso pisotear al resto.

De primeras se observa que el director y principal guionista Todd Phillips trata de cuidar tanto la perspectiva global como el detalle. Me gusta como describe la situación de degradación de la ciudad mediante las noticias que se oyen de fondo hablando de huelgas de basura y con las sirenas sonando constantemente para reflejar el caos y la violencia en las calles, todo muy al estilo de Paul Verhoeven en Robocop (1987) y Desafío total (1990). De esta forma, tenemos el foco en un Arthur distante e incapaz de integrarse, pero aun así el mundo en que vive cobra vida e influye en su desarrollo como persona. Él no lo ve, a veces incluso cree que él mismo no existe, pero todo termina afectándolo.

La arrolladora presencia de Joaquin Phoenix termina de construir un personaje que llama mucho la atención y está a punto de resultar conmovedor, aunque como explicaré en breve, su desarrollo emocional no llega a dar tanto como prometía. Phoenix, quien ya demostrara su grandeza en títulos como Gladiator (2000), Señales (2002) y La noche es nuestra (2007), se sumerge por completo en su forma de ser, se mimetiza hasta desaparecer el intérprete y quedar un maltrecho desecho de la sociedad que deambula sin levantar cabeza hasta que explota. Hay algunos momentos muy potentes, como cuando pone buena cara mientras recibe la bronca de su jefe, o la mirada de “ya está, ya la he liado gorda” cuando da el paso final en el programa de televisión; y el humor que surge de sus desventuras es negrísimo y bastante efectivo: tienes que reírte de tanta miseria.

En cuanto a los otros pocos actores con algo de presencia, Robert De Niro cumple sin esforzarse en su breve aparición, como lleva años haciendo, así que no entiendo por qué se lleva tantas alabanzas, y Frances Conroy tampoco convence, pero será cosa del director, porque es una actriz de gran nivel (A dos metros bajo tierra -2001- a la cabeza): no transmite la más mínima emoción, ni pena cuando sufre ni rabia cuando falla a su hijo.

NUEVOS AIRES… QUE HUELEN A RANCIO

Sin embargo, a pesar del buen punto de partida con el protagonista y el esfuerzo por construir el entorno adecuado, el potencial latente en él nunca llega a despegar y la historia a la que debería dar forma su vida no llega a materializarse. Se esperaba una película de gran inteligencia y calado, pero se queda en unas pocas ideas bastante buenas en un envoltorio fallido, porque falta talento para explorarlo todo como es debido. Da la sensación de que no termina de arrancar nunca, de que es un primer acto interminable, de que Phillips no sabe qué contar una vez está todo en marcha, y se empiezan a acumular simplificaciones excesivas, reiteración (¿pero cuántas veces va a hacer el bailecito?), obviedades y el constante apoyo en otros autores. La mayor parte de la cinta es una combinación de Taxi Driver (1976) y El rey de la comedia (1982) de Martin Scorsese: el antisocial buscando su lugar en el mundo e intentando ser cómico, la cuidad convertida en un estercolero, la campaña del político, la incapacidad para ligar con la chica que le gusta, la rabia acumulada… Y varios de estos elementos los comparte también con Un día de furia (Joel Schumacher, 1993).

La evolución de Arthur se torna pronto muy previsible y se estira más de la cuenta (da tumbos, se atasca, retrocede), y sus vivencias no terminan de servir como el ensayo sobre el ser humano que Phillips parecía buscar, sobre cómo podemos rompernos como personas y como sociedad. Se queda en un boceto de psicología básica: mala infancia, poca ayuda, locura emergiendo. No ofrece giros inesperados, no aporta matices y anécdotas ingeniosas y originales que vayan perfilando la trayectoria de Arthur, que la aparten de lo más predecible y facilón. Tenemos paliza, bronca, desilusión, repetir el bucle, y así hasta el despertar o caída, resultando un camino demasiado dirigido, con lo que el personaje va perdiendo la naturalidad y complejidad con que era presentado.

El desequilibrio es tal que de una escena a otra pasa de un tono serio y sutil a uno demasiado tontorrón y obvio; el ejemplo más claro y que más me ha molestado es que en la intrusión a la casa de la vecina todo queda claro con la frase “Eres el que vive al final del pasillo, ¿verdad?” (cito de memoria), no hacía falta una serie de flashbacks recalcando algo tan jodidamente evidente. Encontramos transiciones entre lugares y tiempos sin imaginación alguna, o sea, que no mantienen el interés, partes alargadas sin rumbo ni intenciones claras, y escenas de relleno sin más motivo que postergar el renacimiento o darle un toque más exótico (como el asesinato en su piso). Algunas secuencias se caen a pedazos, como la visita al psiquiátrico: entra sin más, pide información privada y se la dan, corre como un loco por los pasillos… y no hay personal de seguridad y administrativo que se cuestione nada. Un par de buenos momentos en el arco final (en el programa de televisión) apenas salvan un desenlace que llega ya sin ilusión por esperar algo innovador e impactante como anunciaban tantas buenas críticas, sino que consigue decepcionar un poco más, porque el clímax es artificial pero hueco y enlaza un par de epílogos anodinos.

¿JOKER? ¿QUÉ JOKER?

Para añadir más problemas al flojo conjunto, acabas el visionado y te quedas con cara de que te han timado, que esto no es una cinta sobre Joker, sino sobre un loco cualquiera. Llamarlo Joker y meter el origen de Batman de refilón es un sin sentido, y por mucho que mencionen el nombre de Gotham no hay nada que te haga ver una ciudad imaginaria con su idiosincrasia propia, se ve New York y sus gentes en todo momento. El realizador parece querer decir que Joker provoca el nacimiento del hombre murciélago, pero a Arthur le cae todo encima, no hace nada, su primer crimen es casual y la gente lo toma como detonante como podría haber usado cualquier otro evento, y en el final ni incita ni planea el asesinato de los padres de Bruce Wayne.

Así, no vemos la gestación de un villano, la evolución de un desequilibrado mental hasta convertirse en un maestro del mal, sino que es un loco del montón que deambula sin enterarse de casi nada ni planificar nada, más allá de ir al programa de televisión con ganas de matarse o matar. O quizá Phillips tratara de contar que la malograda y podrida sociedad es la que siembra el germen que da lugar a Joker y Batman y posteriormente alimentará su existencia, pero al quitar toda capacidad de decisión a los personajes les hace perder muchísima fuerza e interés, y el conjunto no brilla tampoco como una historia sobre la decadencia de la sociedad, especialmente por su falta de originalidad y rumbo.

TAMPOCO DESTACA EN EL ASPECTO VISUAL

Si fuera una película cualquiera habría despachado el apartado de puesta en escena sin buscarle las cosquillas. Phillips y su equipo tiran de recursos básicos pero son suficientes para cumplir con lo justo en el objetivo de mostrar un ambiente lúgubre y centrar el foco en un único personaje. Pero la cadena de adoración que se ha montado a su alrededor exige algo más de detallismo y sobre todo objetividad que ponga las cosas en su sitio. Para hablar de hito del cine o incluso de obra maestra hay que hacerlo con conocimiento e imparcialidad. ¿Ha inventado algo Todd Phillips, ha deslumbrado con un portento visual digno de Fritz Lang, Akira Kurosawa, David Lean o Alfred Hitchcock? O por comparar con realizadores actuales, ¿posee la inventiva de David Fincher, Christopher Nolan, Steven Soderbergh y los hermanos Coen, la técnica impecable de Dennis Villeneuve, Ridley Scott y Martin Scorsese? No me hagáis reír, por favor.

Philips viene de algunas de las comedias más exitosas de los últimos tiempos. Recuerdo haber visto las Resacón en Las Vegas (2009, 2011, 2013) y Salidos de cuentas (2010), haberme reído algo más de la media de lo habitual con las comedias de Hollywood, pero no encontrar suficiente calidad como para que calaran en mi memoria, así que no sé si su labor como director realzó guiones (la mayor parte suyos) mejorables o si estos taparon carencias en la dirección. En su salto al drama desde luego no ha mostrado tener la experiencia necesaria para un título que ambicionaba tanto.

El mimo inicial puesto en describir la vida de Arthur y el cuidado al detalle es un espejismo, muy convincente, pero que igualmente termina desapareciendo, y no tarda en hacerlo. Es entendible que al centrarse en un solo personaje, y más tratando de adentrarnos en su mente, la dirección se base bastante en primeros planos, pero es un estilo que necesita virtuosismo para no aburrir y dejar que el relato respire. Philips empalma de mala manera una amplia gama de recursos, pero ninguno original ni mucho menos deslumbrante. Los pocos llamativos precisamente provienen de artistas con más visión, y cantan mucho y abusa de ellos más de la cuenta. Otros son propios de primerizos: repite situaciones, escenas y planos por doquier sin objetivos ni resultados claros. El conjunto no llega a la meta que persigue, resultando una narrativa caótica y sin identidad propia, sin gran capacidad emocional a pesar de tener un rol central tan potente. Los momentos que mejor funcionan son aquellos en los que la simpatía y penurias del protagonista emergen con mayor naturalidad, pero más numerosos son los que te machacan con un aura melodramática muy forzada.

Igual que en lo argumental, en lo visual el ambiente de la ciudad y los delirios de Arthur en su casa (gestos del personaje y maneras de enfocar sus pensamientos) traen a la memoria en demasiadas ocasiones a la citada Taxi Driver. Y lo más alucinante, los ecos de El Caballero Oscuro resuenan en muchos instantes: los andares del Joker, sobre todo enfocado de espaldas, y los planos laterales a través de una ventanilla recuerdan demasiado a Nolan y Ledger. Es como si Phillips dijera “veis, es Joker y es una ciudad muy chunga”, pero con miedo y falta de aptitudes, apoyándose en el trabajo de otros para lograr llegar a donde quiere. Una cosa es un homenaje bien hilado, y otra beber con descaro de una fuente muy superior.

La fotografía de Lawrence Sher se basa en un clásico juego de luces y sombras, efectivo sin duda, pero abusa de la gama azul-verde, una forma muy facilona de transmitir un ambiente melancólico y resaltar los colores de payaso cuando Arthur se va transformando en Joker. Hacía falta algo menos evidente y más versátil. Con la música de Hildur Guðnadóttir lo mismo. Hay demasiada para realzar sensaciones y generar la atmósfera que no se obtiene por la falta de fuerza de las imágenes. Se abusa tanto del volumen en varios momentos que termina opacando toda la narrativa y queda sólo la música: sí, me estoy sintiendo mal, pero es porque el ruido me molesta.

Como le ocurre a su propio personaje, Joker no termina de encontrar su propia personalidad y levantar cabeza. A pesar del interés que despierta el protagonista se hace larga y pesada, sus pretensiones no llegan a cuajar, y la proyección finaliza dejando un regusto amargo, el de oportunidad desaprovechada y sobre todo de engaño: han usado nombres conocidos para vendernos un telefilme de dramones y crímenes.

EL MUNDO SE HA VUELTO LOCO

Aun con todo ello, su estreno ha provocado una conmoción espectacular y tiene toda la pinta de convertirse en el fenómeno de la temporada… Un fenómeno con todas las de ser efímero, como otros muchos productos artísticos (series, películas, cine, música) en estos tiempos. Vivimos en una época extraña en que obras de escasa calidad alcanzan una trascendencia insólita, se consideran la última revolución y obra maestra de su ámbito… y este reconocimiento muere tan rápido como surgió y no deja huella real en la historia. Mi impresión es que hay tanto que asimilar que el público se deja llevar e influenciar, y se aferra la moda del momento para tener algo de lo que hablar, y claro, eso implica un seguimiento ciego, porque si criticas negativamente quedas fuera de la conversación.

El caso de Joker es un ejemplo que me sirve para enlazarlo con otros. Uno es Chernobyl (Craig Mazin, 2019), un caso reciente pero en forma de serie. Si no decías que es la última obra maestra de la televisión, a pesar de ser una serie normalucha, te quedabas fuera de juego. Con la música de ambas producciones, que es de la misma autora, ha ocurrido igual, un ensalzamiento obsesivo sin argumentos objetivos detrás. Y en este caso me molesta más, porque llevo al menos una década siguiendo con pasión la corriente de minimalismo experimental, mitad sinfónico mitad electrónico, que ha ido surgiendo por los países nórdicos, años indagando por nuevos discos y recomendando músicos, y apenas unos pocos apasionados a la música parecían apreciar este movimiento: Max Richter, Jóhann Jóhannsson, Colin Stetson, Nils Frahm, Ólafur Arnalds

Y de repente llega una segundona (ayudante de Jóhannsson, de hecho), pasa por suerte por esa serie de éxito desmedido, y pega un pelotazo y todo el mundo que no ha escuchado géneros parecidos en su vida alaba ahora su música y se las da de haber descubierto nuevas tendencias. Y la realidad es que el talento de Hildur Guðnadóttir, de tener alguno destacable latente en ella, está por madurar todavía. Hasta ahora no ha destacado con algún álbum llamativo como sí han hecho los artistas referenciados, y este Joker podría cambiarlo por varios de ellos y pocos lo notarían (enlazo a temas en YouTube): Mount A (2006), Pan Tone (2007), Without Sinking (2009), Chernobyl (2019)… Joker. A pesar de las típicas declaraciones publicitarias que cuentan milongas varias vendiendo maravillas, es un remedo de sus composiciones anteriores, un susurro minimalista poco inspirado y sin progresión dramática (utiliza el volumen para cambiar el tono emocional) que además el director sobre utiliza sin control.

Pero, como decía, estoy convencido de que el tiempo, y no necesariamente mucho, pondrá las cosas en su sitio. Las redes de internet fomentan burbujas de gustos y corrientes y estas hacen tanto ruido que parecen reflejar una tendencia global, pero en realidad son minorías con gran exposición mediática. Por cada diez de nota que un espectador emocionado por el éxtasis del momento pone en IMDb.com o Filmaffinity.com hay miles que han salido decepcionados, aburridos o medio dormidos del cine.

La misma premisa de la película sirve para explicar un poco toda esta absurda situación. Es un caso claro de exaltación de lo mediocre. En vez de destacar por el ingenio, el esfuerzo y resultados de alta calidad, se destaca por abajo, lo fácil, lo raro (por exótico y risible, no por innovador), lo que no requiere conocimientos técnicos e históricos del arte ni un esfuerzo intelectual y emocional para conectar y entenderlo a fondo, sino lo que da para aportar unas anécdotas a conversaciones vacías hasta que llegue un nuevo evento que lo sustituya.

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