El Criticón

Opinión de cine y música

Frances Ha


Frances Ha, 2012, EE.UU.
Género: Comedia, drama.
Duración: 86 min.
Dirección: Noah Baumbach.
Guion: Noah Baumbach, Greta Gerwig.
Actores: Greta Gerwig, Mickey Sumner, Adam Driver, Grace Gummer, Michael Zegen, Michael Esper, Charlotte d’Amboise.

Valoración:
Lo mejor: Guion capaz de tocar la fibra sensible con una encantadora y verosímil descripción de la entrada en la edad adulta. Dirección también muy hábil. El papel de Greta Gerwig ofrece un torrente de emociones.
Lo peor: ¿Qué sentido tiene el rodar en blanco y negro? Entre eso y algunas referencias rebuscadas, se les ve el plumero cultureta o hípster a sus autores.
Mejores momentos: La patética ruptura con el novio, la carrera al cajero, la cena con nuevos amigos, la revelación de dónde sale lo de Ha.

* * * * * * * * *

¿Harto de películas de crecimiento y superación personal prefabricadas, de dramas humanos llenos de clichés y sensacionalismo que intentan obstinadamente decirte cómo debes sentirte, del estilo El libro verde (Peter Farrelly, 2018), Captain Fantastic (Matt Ross, 2016), Dallas Buyers Clubs (Jean-Marc Vallé, 2013), Descifrando enigma (Morten Tyldum, 2014)…? ¿O de otras mejor intencionadas pero que no terminan de alejarse lo más mínimo de todos los tópicos, como An Education (Lone Scherfig, 2009) y Brooklyn (John Crowley, 2015)? ¿O de las que tiran de artificios para fingir que traen novedades, como Boyhood (Richard Linklater, 2014) o Las ventajas de ser un marginado (Stephen Chbosky, 2012)?

Pues te recomiendo a la nueva ola del cine independiente neoyorkino que viene a relevar a Woody Allen con autores jóvenes muy inspirados que nos ofrecen relatos por lo general más originales e ingeniosos, con un trasfondo más culto y versátil, y sobre todo mostrando la realidad de forma más natural y muchas veces también con cierto toque crítico. En la cresta están Noah Baumbach y Greta Gerwig, quienes han conseguido hacerse un hueco en una industria cada vez más restrictiva copando nominaciones y premios y llegando a más público de lo que sus limitadas distribuciones iniciales hubieran permitido, gracias a títulos tan llamativos como Una historia de Brooklyn (2005), Frances Ha (2012), Lady Bird (2017) e Historia de un matrimonio (2019).

Frances Ha es una estupenda descripción de la entrada en la edad adulta, pero también un entretenimiento de primera si su fachada hípster no te echa para atrás. Si el cine comercial peca demasiado de intentar complacer, en el indie a veces se nota el intento de demostrar cuánto sabes y lo alternativo que eres. La fotografía en blanco y negro no aporta nada, es más, es contraproducente si quieres mostrar la vida en Nueva York de forma natural. Y la multitud de referencias culturales a veces parece un tanto rebuscada, como si sus autores quisieran demostrar que viven entre una élite selecta; aunque otas veces lo cierto es que se agradece: la selección musical huye de las típicas canciones románticas y emotivas de siempre. A mí este estilo propio tan marcado no me ha molestado, lo considero un desliz menor en una cinta en realidad muy cercana a cualquier tipo de espectador. Por poner un ejemplo bien conocido, no hablamos de la pretenciosidad insultante de Roma de Alfonso Cuarón (2018). Pero cierto es que si quieres vivir de tu cine, que llegue a mucha gente, los aires de grandeza no son una buena idea. Para la masa de espectadores, cada vez menos dada a obras que parezcan mínimamente inteligentes, es poner de repente una barrera muy alta, aunque a la hora de la verdad sea una fachada y el contenido sea no sólo apto para todos los públicos, sino que tiene todas las de calar hondo.

Seguimos la vida de una veinteañera que ve llegar los treinta con unos amigos que pasan a la etapa adulta, con la responsabilidad del trabajo y la familia, y otros que viven felices en la fase de estudiantes con trabajillos fáciles, mientras ella se va quedando en tierra de nadie, sin lograr encajar del todo en una fase que su subconsciente le dice que debería dejar atrás ni superar los miedos para aceptar que tiene que entrar en otra. Amores, familias, amistades y fiestas. Trabajo y esperanzas. Baches emocionales, problemas diversos, contradicciones, miedos. La historia resulta muy cercana introspectiva, funciona como un verosímil y conmovedor reflejo de la vida real, hasta el punto de que muchos se identificarán a fondo con la protagonista.

La cinta es ingeniosa y divertida en la comedia, con diálogos ágiles, humor sutil y unos toques de mala leche muy bien puestos: el egoísmo de Frances se lleva buenos palos, la indecisión y mentirijillas de algunos amigos otros tantos. Es muy entretenida en las diversas aventuras que tienen sus encantadores protagonistas, con situaciones variadas y por lo general impredecibles o al menos con un toque distintivito. Es emotiva en el drama, sin parecer forzada o guiada en ningún instante. Entre el guion tan inteligente y certero de Baumbagh y Gerwig y la interpretación de la propia Gerwig tan espontánea y enérgica consiguen un personaje deslumbrante. Sus vivencias y las de sus amigos cobran vida ante nuestros ojos con tal naturalidad que a veces quieres abrazarlos, otras te ríes con sus meteduras de pata, otras querrías abofetearlos, y otras te sentirás identificado y reflexionarás sobre tu propia existencia.

También hay que alabar la sobria y efectiva labor de dirección de Baumbagh y la fotografía de Sam Levy. Más allá del enredo del blanco y negro, entre ambos logran dotar de belleza, ritmo y energía a un relato que por naturaleza podría haber resultado muy teatral, incluso televisivo, pues gran parte de las situaciones ocurren en pisos y habitaciones. Cada escena está llena de movimiento, la fotografía juega con habilidad con la profundidad de campo, y hay no pocos instantes muy ingeniosos a la hora de rematar la situación emocional de la protagonista. Dos ejemplos claros: cuando está en el trabajo de informadora en una mesa en la universidad se siente atrapada, y el plano lo potencia al no apartarse del rincón de la mesa; cuando está eufórica corre por las calles y la cámara la sigue en un ágil ballet.

No tuvo mucha suerte con la distribución y la campaña publicitaria a pesar de que sus autores ya eran conocidos tanto en el circuito independiente como en los certámenes de premios grandes de la industria, pues Una historia de Brooklyn tuvo nominaciones a mejor guion en los Oscar y en los Globos de oro a mejor comedia (siendo mucho más un drama…) y mejores actores principales; solo arañó una nominación de Gerwig a mejor actriz en los Globos de oro, y además tardío, en la ceremonia del 2014, que para mí sin duda merecía ganar aunque Amy Adams estuviera espectacular también en La gran estafa americana (David O. Russell, 2013). Fue el boca a boca lo que hizo que se ganara poco a poco las alabanzas y el renombre que merece y que se mirara con más respeto a sus autores. Pero, como suele pasar, los Oscar y Globos intentaron enmendar su error más adelante nominando a cantidad de premios a Lady Bird de Gerwig, una cinta mucho menor que no merecía tanta repercusión, y desde entonces, parece que cualquier cosa que hagan ambos es suceptible de ser colmada de nominaciones (este 2019, Mujercitas de Gerwig e Historia de un matriomonio de Baumbagh), aunque luego repartan los premios con su criterio tan absurdo.

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