El Criticón

Opinión de cine y música

Archivos mensuales: marzo 2020

El faro


The Lighthouse, 2019, EE.UU., Canadá.
Género: Suspense.
Duración: 109 min.
Dirección: Robert Eggers.
Guion: Robert Eggers, Max Eggers.
Actores: Robert Pattinson, Willem Dafoe.
Música: Mark Korven.

Valoración:
Lo mejor: Fotografía estupenda y reparto entregado.
Lo peor: Es un experimento más que fallido ridículo y molesto, una sucesión de paridas y gilipolleces sin pies ni cabeza que resulta tiempo perdido.

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Tenía la vista puesta en Robert Eggers tras La bruja (2015). Sin ser una maravilla, mostraba personalidad y buen hacer, resultando una llamativa presentación de un autor con talento y potencial en un género ahogado en productos prefabricados. Pero el tropiezo de El faro deja su futuro en vilo. De un realizador inteligente, metódico, que mostró entender muy bien el lenguaje cinematográfico y la conexión emocional con el espectador, hemos pasado a un iluminado que rueda mezclando conceptos varios sin ton ni son.

¿De qué sirve que un elemento, o dos, o cinco… o todos sean brillantes si el conjunto no logra tener coherencia, equilibrio, y un significado superior? El faro tiene una fotografía valiente y asombrosa. Con un certero formato cuadrado, un estupendo blanco y negro y una iluminación muy cuidada Jarin Blaschke logra una serie de imágenes que van de lo hermoso a lo sobrecogedor. El reparto está imponente, se ve en los ojos de Robert Pattinson y Willem Dafoe la soledad, la desesperanza, la locura.

Pero esto no es suficiente para conseguir unos personajes sólidos, que ofrezcan unas vivencias apasionantes con las que conectar, para que el relato en su conjunto cobre significado y propósito y transmita las sensaciones pretendidas. No ocurre porque no hay guion y la dirección no atina una. Eggers parece haber rodado cada escena según le viniera la inspiración, y desde luego ha tenido bien poca.

Tenemos una amalgama de distintos recursos, ideas, escenarios… El galimatías resultante ni siquiera se puede tildar de pretencioso, porque para eso al menos debes mostrar inteligencia, pero el realizador mezcla vaguedades con tanta torpeza que resulta incomprensible cómo tal despropósito ha podido ver la luz.

Pajarracos intrigantes posándose en sitios intrigantes, como para decir que esta es una de miedo. Alegorías absurdas, como la luz de la vida o lo que coño quiera decir con la lámpara del faro. Mitología metida con calzador: la sirena. Surrealismo y onirismo totalmente salido de madre. Historias de soledad y roces vulgares, con repetitivos sufridos trabajos, peroratas y discusiones rebuscadas o poco justificadas. Todo se sucede, acumula y sobrepone de mala manera.

Hay momentos de auténtica vergüenza ajena, de gritarle a la pantalla “¿pero cómo has podido rodar semejante gilipollez?”, como cuando intenta producir alguna impresión (¿repulsa por grotesco e incómodo, comprensión por su soledad?) con las remarcadas escenas de masturbación. Los piques y las peleas aleatorias en cenas y comidas son penosos también. Y los recesos donde nada ocurre resultan exasperantes.

Y después de todo, de repente al final se acuerda de que debería contar algo, así que intenta ponerles a los protagonistas un pasado, unas experiencias y traumas que justifiquen acciones y permitan que nos interesemos por ellos… ¿Ahora, tras hora y media de bandazos sin rumbo? Por supuesto, no funciona, son historias que llegan tarde y se pierden rápido en un desenlace que no sorprende al ofrecer más artificio inconexo.

El trabajo de dirección a veces es difícil de describir, porque abarca, gestiona y delimita todo. Un buen director controla al milímetro cada elemento, o al menos lo deja en manos de alguien con quien se entiende muy bien. Uno mediocre no tiene tanta visión y descuida cosas aquí y allá, de forma que el relato se resiente. Como indicaba, por la sabiduría y contención mostrada en La bruja esperaba mucho más, pero aquí Eggers está bien perdido. Deja que los distintos elementos den forma a la cinta por su propia cuenta (que la fotografía te atrape, el sonido te inquiete, etc.), y el conglomerado resultante no es que se desmorone, es que no llega a tomar forma.

Además, si la fotografía y el reparto son estupendos, la música y los efectos sonoros son horrendos. El método y el resultado es el habitual en el cine de terror y suspense de baratillo: mucho ruido, poca sustancia. Llega a ser molesto lo que abusa de atmósferas forzadas con música estruendosa y efectos sonoros muy realzados para que al final la escena no lleve a ninguna parte, no transmita nada.

Así no se logra suspense, no digamos terror, ni tampoco emerge un drama que conmocione y haga reflexionar. La proyección sólo genera frustración, sensación de engaño y tiempo perdido.

Al menos es divertido ver la delirante oleada de adoración que ha tenido, leer las críticas que hacen malabares para justificar una supuesta obra maestra, con entendidillos cuando no iluminados rebuscando referencias y sentidos ocultos (pasó en Mandy -2018- también): si aparece un pájaro… ¡es una cita a Hitchcock!… blanco y negro… ¡bebe de Bergman!…

The Gentlemen


The Gentlemen, 2020, Reino Unido.
Género: Acción, suspense, comedia.
Duración: 113 min.
Dirección: Guy Ritchie
Guion: Ivan Atkinson, Marn Davies, Guy Ritchie.
Actores: Matthew McConaughey, Charlie Hunnam, Hugh Grant, Colin Farrell, Michelle Dockery, Jeremy Strong, Henry Golding, Tom Wu, Eddie Marsan.
Música: Christopher Benstead.

Valoración:
Lo mejor: Reparto. El humor negro, rebuscado e ingenioso de Guy Ritchie.
Lo peor: Los bandazos que da, al exceso de voz en off, sobre todo en el primer tercio, bastante aburrido.
El doblaje: Qué molesto resulta en la versión en castellano que Colin Farrell hable como Brad Pitt en vez de con la voz habitual que le suelen poner. Y el título llega como es demasiado habitual con una coletillla (Los señores de la mafia); o traduces o no, pero no hagas cosas a medias.

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Guy Ritchie deslumbró en 1998 y 2000 con Locke & Stock y Snatch, dos cintas de suspense, acción y humor negro muy alocadas y originales. Pero luego patinó a lo grande con una romántica hecha a medida de Madonna, su novia por entonces: Barridos por la marea (2002). A esta le siguió Revólver (2005), más en su línea aunque tampoco logró deslumbrar, pero en Rockanrolla (2008) volvió a mostrar su talento para el thriller gamberro. Tras ella dio un giro comercial a su carrera. En principio esta nueva línea prometía bastante, tanto por traer novedades a su filmografía como por aportarlas también a un ámbito, el cine de acción y aventuras de estudio, poco imaginativo. Sherlock Holmes (2009) fue muy interesante y un gran éxito, pero su secuela, Juego de sombras (2011), aun contando con el beneplácito del público en la taquilla, anduvo muy justa de calidad y desinfló demasiado rápido el entusiasmo en la imagen de marca recién creada.

Sin embargo, el estudio Warner Bros. mantuvo la confianza en Ritchie durante dos títulos más. Operación U.N.C.L.E. (2015) estuvo a medio camino de las dos tendencias, la de altas miras comerciales y la independiente, contando con actores en alza y una buena campaña publicitaria, y siendo un thriller desinhibido aunque no fuera en la onda pasada de rosca del realizador. Sin ser mala, no tenía mucha garra y la taquilla fue muy justa, probablemente provocó pérdidas. Pero Rey Arturo (2017) sí fue una debacle total. Aun con los flojos resultados de la anterior y de otras del género (Warcraft -2016-), por alguna razón misteriosa le dieron carta blanca y un presupuesto enorme. El batacazo fue de aúpa. Ni Ritchie supo combinar la fantasía histórica con su vena extravagante, ni el púbico, por lo general muy receptivo con el género, tragó esta vez.

Pero donde otros habrían visto truncada su carrera indefinidamente, Ritchie tuvo mucha suerte. Disney decidió contratar a un guionista y director con talento en otro de sus estúpidos remakes, Aladdin (2019), como es habitual poniéndole coto artístico, es decir, usando solo su capacidad técnica y experiencia, pero anulando su creatividad. Y cómo decir que no. Cheque en mano y puertas abiertas en el negocio otra vez. Su siguiente producción no ha tardado ni un año en llegar, y no se la ha jugado, ha optado por regresar a lo que conocía y mejores resultados le ha proporcionado.

The Gentlemen tiene su sello, su esencia, por todas partes. Suspense y acción ambientado en su Reino Unido natal, una enmarañada intriga criminal llena de personajes estrafalarios, situaciones variadas que mezclan acción y humor negro, una puesta en escena detallista y sobrecargada, y un reparto de lujo. Esta vez los protagonistas son mafiosos adinerados, unos caballeros en toda regla como dice el título, y no patanes varios (que también los hay), pero el relato es del estilo, una serie de caóticas y catastróficas meteduras de pata y giros inesperados llevan a los personajes de acá para allá, y a saber cómo de mal acabará la cosa.

Algunos encuentros entre mafiosos, sean tiroteos o disputas intelectuales, son espectaculares. Cuando se empiezan a torcer las cosas se acumulan escenarios inesperados y giros loquísimos. El humor combina brutalidad e ingenio, dejándote a veces tan asombrado que tardas unos segundos en empezar a reír. Y muchos de los actores hacen suyos a los personajes con entusiasmo. Matthew McConaughey es desde hace tiempo un valor seguro. Charlie Hunnam está más cómodo que en los papeles raros que eligió recientemente (Pacific Rim -2013-, Rey Arturo). Colin Farrell vuelve a dejarnos anonadados con su mimetismo. Hugh Grant está bastante resuelto, merecería tener mejor suerte de la que arrastra desde hace tiempo.

Pero el conjunto no termina de cuajar, Ritchie no encuentra la inspiración de sus mejores obras. El primer tercio deambula demasiado con la insistente y repetitiva voz en off del rol de Grant, se hace incluso pesado. No sé si quería jugar con la intriga, aportar algo que no había probado antes, pero no funciona. Para introducirnos en la historia criminal y el evento que desencadena todo habría sido mejor mostrarlo con hechos fluidos y conectados, no contarlo saturándote de diálogos confusos y flashes visuales sueltos que tienes que unir en tu cabeza. Una vez logra colocar todas las piezas en el tablero y lanzar el embrollo mejora muchísimo, pero ha tardado demasiado y todavía tiene algunos bajones. La falta de originalidad y ritmo pesa en algunos tramos con más enredos y artificios que diálogos virtuosos y situaciones sorprendentes.

En el reparto también hay carencias importantes. La mujer del mafioso protagonista, encarnada por Michelle Dockery (Downton Abbey -2010-), no funciona como personaje ni la actriz convence, y los enemigos asiáticos parecen estar por añadir más dificultades, no imponen ni hacen gracia. En el final hay momentos un tanto forzados aun tratándose de una historia poco seria: la amenaza del congelador y la libra de carne, donde además otro supuesto gran mafioso se convierte de golpe en un panoli, y el tiroteo a un coche, no hay por dónde cogerlos.

Ritchie ha vuelto a su terreno, pero no muestra el vigor de la juventud, parece que buscaba estar cómodo, sin correr riesgos que lo han tenido dando bandazos durante algunos años. De cara al espectador esto se traduce también en volver a un ambiente conocido y por tanto confortable, pero la falta de nervio y los bajones son importantes. Queda un título con personalidad y gracia que bien vale para echar el rato, pero no llena del todo ni llama para revisonarlo de vez en cuando como sus trabajos más emblemáticos.

Fallece Max Von Sydow

El domingo 8 de marzo nos ha dejado el actor sueco Max Von Sydow, con 90 años de edad.

La primera etapa de su carrera fue en su país natal bajo las órdenes del gran Ingmar Bergman en títulos tan notorios como El séptimo sello (1957), Fresas salvajes (ídem), El manantial de la doncella (1960)… A mediados de los sesenta probó suerte en Estados Unidos, aunque no fue hasta El exorcista (1973) cuando consiguió dejar huella. Alternó ambos países y producciones de todo tipo, incluyendo numerosas series y miniseries. Sus últimas apariciones llamativas fueron en La guerra de las galaxias: El despertar de la Fuerza (2015), Juego de tronos (sexta temporada) y Kursk (2018), y deja una producción griega pendiente de estreno, Ecos del pasado.

Filmografía, Biografía.

El hombre invisible


The Invisible Man, 2020, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 124 min.
Dirección: Leigh Whannell.
Guion: Leigh Whannell.
Actores: Elisabeth Moss, Aldis Hodge, Michael Dorman, Oliver Jackson-Cohen, Harriet Dyer.
Música: Benjamin Wallfisch.

Valoración:
Lo mejor: La siempre impresionante Elisabeth Moss. Algunos giros brutales y espectaculares.
Lo peor: La falta de rumbo y definición en el argumento y el desequilibrio en el suspense y los escenarios echan por tierra un potencial mayor.
La incongruencia: Estamos ante otra película donde como parte del doblaje sustituyen los textos en inglés de móviles y ordenadores por español, generando la incongruencia de que estadounidenses se escriban en castellano cuando evidentemente no lo están haciendo. Aparte, también está plagada de leísmo.

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Leigh Whannell inició su carrera colaborando en las sagas Saw e Insidious como actor, productor y guionista, y finalmente dio el paso a la dirección en Insidious 3 (2015), tras la que se lanzó a escribir y realizar sus propias obras, primero Upgrade (2018) y luego la presente.

Esta nueva versión de la premisa de El hombre invisible nada tiene que ver con el clásico de H. G. Wells escrito en 1897 y la adaptación al cine de 1933 de la mano de James Whale, tan llamativa y exitosa que tuvo numerosas secuelas e imitaciones. Se acerca algo más a la versión moderna de Paul Verhoeven del año 2000, titulada El hombre sin sombra, que entraba en el lado más oscuro y perverso del relato y no estuvo mal a pesar de que la crítica se cebó con ella. Whannell toma el relevo adentrándose aún más en la parte sórdida. Una mujer huye de los abusos de un novio controlador y maltratador, pero no termina de superar las secuelas psicológicas cuando este reaparece con un traje de invisibilidad para atormentarla.

Si la historia versa sobre la angustia de vivir con miedo a no encontrar salida, la persecución constante que te mantiene sometido y al borde del colapso psicológico… esto debe trasladarse al espectador con intensidad. Pero la obra resultante es muy irregular, con buenas intenciones dispersas es un conjunto muy desequilibrado y con algunas carencias bastante graves, con lo que la atmósfera desasosegante e imprevisible, efectiva en algunos momentos, falla demasiado en otros muchos.

El primer acto roza el desastre. El realizador se empeña en comenzar en medio de la acción, con la protagonista huyendo, sin haber introducido debidamente la relación tóxica, la forma de ser del novio y su trabajo con tecnologías avanzadas. Quizá pretendía generar intriga, en plan “qué chungo tenía que ser para hacer esa huida desesperada”, pero lo único que crea es confusión. No sabemos de qué es capaz este tipo y de su trabajo y habilidades no se menciona nada claro, reaparece siendo invisible y acosando y ya está, y tampoco se explica con quién se refugia la protagonista, ¿es el novio de la hermana, un amigo, de dónde sale esa relación tan cercana? Te tiras muchos minutos desubicado, esperando que te expliquen quién es quién y la situación y empiece a pasar algo interesante.

A todo ello hemos de sumar la falta de credibilidad de la premisa (un tipo se hace en casa un traje que ni el Pentágono soñaría) y las motivaciones del villano (qué quiere de ella realmente, pues parece cambiar a cada rato), más algunos giros finales forzados (el supuesto secuestro). Queda claro que a Whannell se le ha pegado más de la cuenta el estilo rebuscado y los argumentos poco trabajados de las sagas en las que creció.

Incluso en los mejores tramos se queda corto, y parece que el mismo director lo sabe y hace lo de siempre en este género cuando faltan ideas, tirar de sustos ruidosos y tratar de que la insistente música dé forma a las escenas. Y como siempre, no es suficiente. En el segundo acto, las escenas de acoso en la casa del amigo cumplen con lo justo, los cambios de rumbo, por llamativos que fueran en principio, se terminan desinflando más temprano que tarde. Y en el desenlace, después de tanto generar expectación, el encuentro final cara a cara con el novio es penoso, el actor Oliver Jackson-Cohen (La maldición de Hill House -2019-) da risa y los diálogos son muy justitos, no se ve en ningún momento a un psicópata manipulador, no da miedo alguno.

Es obvia la lectura sobre el maltrato a la mujer y la liberación de esta. Hay partes contundentes (la paliza que se lleva en la cocina), otras demasiado mascaditas (el desenlace se ve venir de lejos y el plano final sobraba), y unas pocas logran transmitir bastante suspense y mal rollo, dejando la integridad de la protagonista por los suelos. Pero el potencial latente es mucho mayor, y el conjunto la parte dramática queda más cerca de un honroso telefilme que de una cinta capaz de conmover y dejar huella.

Si no fuera porque Elisabeth Moss (El Ala Oeste -1999-, Mad Men -2007-, El cuento de la criada -2017-) es un talento que arrasa allá por donde pasa y que Whannell tiene algunos chispazos de inspiración que levantan considerablemente el interés aquí y allá y te mantienen en vilo durante unas cuantas escenas, sin duda habría sido una película bastante mediocre. La agresión a la hija del amigo y la cena con la hermana son brutales, de los momentos más inesperados e impactantes que he visto en bastante tiempo, te dejan durante un buen rato con mal cuerpo y con la sensación de que todo saldrá mal… Pero no es suficiente para hacer olvidar la falta de rumbo y constancia, los recesos tan aburridos, los recursos baratos…

El hombre invisible se queda en un quiero y no puedo sólo recomendable para amantes del género, que como no son pocos y la cinta ha tenido buena publicidad, está dando bastante dinero, más que nada porque ha costado cuatro duros.