El Criticón

Opinión de cine y música

El faro


The Lighthouse, 2019, EE.UU., Canadá.
Género: Suspense.
Duración: 109 min.
Dirección: Robert Eggers.
Guion: Robert Eggers, Max Eggers.
Actores: Robert Pattinson, Willem Dafoe.
Música: Mark Korven.

Valoración:
Lo mejor: Fotografía estupenda y reparto entregado.
Lo peor: Es un experimento más que fallido ridículo y molesto, una sucesión de paridas y gilipolleces sin pies ni cabeza que resulta tiempo perdido.

* * * * * * * * *

Tenía la vista puesta en Robert Eggers tras La bruja (2015). Sin ser una maravilla, mostraba personalidad y buen hacer, resultando una llamativa presentación de un autor con talento y potencial en un género ahogado en productos prefabricados. Pero el tropiezo de El faro deja su futuro en vilo. De un realizador inteligente, metódico, que mostró entender muy bien el lenguaje cinematográfico y la conexión emocional con el espectador, hemos pasado a un iluminado que rueda mezclando conceptos varios sin ton ni son.

¿De qué sirve que un elemento, o dos, o cinco… o todos sean brillantes si el conjunto no logra tener coherencia, equilibrio, y un significado superior? El faro tiene una fotografía valiente y asombrosa. Con un certero formato cuadrado, un estupendo blanco y negro y una iluminación muy cuidada Jarin Blaschke logra una serie de imágenes que van de lo hermoso a lo sobrecogedor. El reparto está imponente, se ve en los ojos de Robert Pattinson y Willem Dafoe la soledad, la desesperanza, la locura.

Pero esto no es suficiente para conseguir unos personajes sólidos, que ofrezcan unas vivencias apasionantes con las que conectar, para que el relato en su conjunto cobre significado y propósito y transmita las sensaciones pretendidas. No ocurre porque no hay guion y la dirección no atina una. Eggers parece haber rodado cada escena según le viniera la inspiración, y desde luego ha tenido bien poca.

Tenemos una amalgama de distintos recursos, ideas, escenarios… El galimatías resultante ni siquiera se puede tildar de pretencioso, porque para eso al menos debes mostrar inteligencia, pero el realizador mezcla vaguedades con tanta torpeza que resulta incomprensible cómo tal despropósito ha podido ver la luz.

Pajarracos intrigantes posándose en sitios intrigantes, como para decir que esta es una de miedo. Alegorías absurdas, como la luz de la vida o lo que coño quiera decir con la lámpara del faro. Mitología metida con calzador: la sirena. Surrealismo y onirismo totalmente salido de madre. Historias de soledad y roces vulgares, con repetitivos sufridos trabajos, peroratas y discusiones rebuscadas o poco justificadas. Todo se sucede, acumula y sobrepone de mala manera.

Hay momentos de auténtica vergüenza ajena, de gritarle a la pantalla “¿pero cómo has podido rodar semejante gilipollez?”, como cuando intenta producir alguna impresión (¿repulsa por grotesco e incómodo, comprensión por su soledad?) con las remarcadas escenas de masturbación. Los piques y las peleas aleatorias en cenas y comidas son penosos también. Y los recesos donde nada ocurre resultan exasperantes.

Y después de todo, de repente al final se acuerda de que debería contar algo, así que intenta ponerles a los protagonistas un pasado, unas experiencias y traumas que justifiquen acciones y permitan que nos interesemos por ellos… ¿Ahora, tras hora y media de bandazos sin rumbo? Por supuesto, no funciona, son historias que llegan tarde y se pierden rápido en un desenlace que no sorprende al ofrecer más artificio inconexo.

El trabajo de dirección a veces es difícil de describir, porque abarca, gestiona y delimita todo. Un buen director controla al milímetro cada elemento, o al menos lo deja en manos de alguien con quien se entiende muy bien. Uno mediocre no tiene tanta visión y descuida cosas aquí y allá, de forma que el relato se resiente. Como indicaba, por la sabiduría y contención mostrada en La bruja esperaba mucho más, pero aquí Eggers está bien perdido. Deja que los distintos elementos den forma a la cinta por su propia cuenta (que la fotografía te atrape, el sonido te inquiete, etc.), y el conglomerado resultante no es que se desmorone, es que no llega a tomar forma.

Además, si la fotografía y el reparto son estupendos, la música y los efectos sonoros son horrendos. El método y el resultado es el habitual en el cine de terror y suspense de baratillo: mucho ruido, poca sustancia. Llega a ser molesto lo que abusa de atmósferas forzadas con música estruendosa y efectos sonoros muy realzados para que al final la escena no lleve a ninguna parte, no transmita nada.

Así no se logra suspense, no digamos terror, ni tampoco emerge un drama que conmocione y haga reflexionar. La proyección sólo genera frustración, sensación de engaño y tiempo perdido.

Al menos es divertido ver la delirante oleada de adoración que ha tenido, leer las críticas que hacen malabares para justificar una supuesta obra maestra, con entendidillos cuando no iluminados rebuscando referencias y sentidos ocultos (pasó en Mandy -2018- también): si aparece un pájaro… ¡es una cita a Hitchcock!… blanco y negro… ¡bebe de Bergman!…

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