El Criticón

Opinión de cine y música

Archivos mensuales: abril 2020

Ha fallecido Irrfan Khan

Irrfan Khan ha sido probablemente el actor indio contemporáneo más reconocido en todo el globo, desde que Viaje a Darjeeling (2007) de Wes Anderson empezó a darlo a conocer en Hollywood. Nos ha dejado el 29 de abril con 53 años, por la secuelas de un cáncer que sufría desde hacía tiempo.

Yo me fijé en él en En terapia (2008), un escaparate de grandes actores que por lo general no han tenido mucha fama. Ha dejado huella en unas pocas cintas populares, como Jurassic World (2015) y The Amazing Spider-Man (2012), y tuvo más protagonismo en las aclamadas Slumdog Millionaire (2008) y La vida de Pi (2012). En su país natal no dejó de tabajar, acumulando incontables títulos.

Filmografía: IMDb. Biografía: Wikipedia.

La delgada línea roja


The Thin Red Line, 1998, EE.UU.
Género: Bélico, drama.
Duración: 170 min.
Dirección: Terrence Malick.
Guion: Terrence Malick, James Jones (novela).
Actores: Jim Caviezel, Sean Penn, Nick Nolte, Ben Chaplin, Elias Koteas, John Cusack, Woody Harrelson, Dash Mihok, John C. Reilly, Adrian Brody, John Travolta, Jared Leto, John Savage, Larry Romano, Arie Verveen, George Clooney.
Música: Hans Zimmer.

Valoración:
Lo mejor: La combinación de drama humano intimista, reflexiones filosóficas y cine bélico de grandes proporciones es hipnótica, tan bella como dura. La puesta en escena de Terrence Malick, la fotografía de John Toll y la música de Hans Zimmer son sublimes. El reparto está muy implicado.
Lo peor: En el último acto pierde un poco el norte, Malick no supo condensar bien las muchas horas de metraje que tenía grabadas.
La adaptación: Es la segunda película que parte de la novela de James Jones, la primera fue El ataque duró siete días (Andrew Marton, 1964).
El gazapo: En una toma se ve claramente una cámara y varios técnicos.
La frase: Esta gran maldad. ¿De dónde viene? ¿Cómo se infiltró en el mundo? ¿De qué semilla, de qué raíz creció? ¿Quién es el autor? ¿Quién nos está matando? Robándonos vida y luz. Burlándose de nosotros con visiones de lo que podríamos haber conocido.

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UN AUTOR DESCONCERTANTE

Tras colaborar en unos pocos guiones, Terrence Malick inició su carrera en solitario como escritor y director con Malas tierras (1973) y Días del cielo (1978). No tuvieron gran repercusión en taquilla, pero el gremio del cine sintió un escalofrío ante un talento insólito. El lirismo desbordante en la puesta en escena y el calado emocional de ambas historias mostraban una sensibilidad única en el drama y una determinación y pasión sin igual en la técnica. Pero entonces desapareció completamente del panorama durante diecisiete años, tiempo durante el cual fue creciendo un aura de reverencia alrededor de su nombre.

Cuando anunció que volvía en 1995, Hollywood entró en modo euforia, numerosos actores famosos colapsaron el proceso de casting, suplicaban trabajar con él, reduciéndose el sueldo si hacía falta, incluso gratis. La situación unos años después, cuando consiguió acabar su nueva película, fue muy distinta, con medio reparto hastiado por el rodaje tan complicado y decepcionado por los cambios en sus papeles, que en algunos casos implicó incluso quedarse fuera del metraje final. Aunque al parecer, también unos pocos siguieron en el set cuando acabaron su parte, sólo por el placer de verlo trabajar.

Malick abordó una episodio bélico, la batalla de Guadalcanal (en las islas Solomon en el Pacífico), de grandes proporciones en cuanto necesidades técnicas y humanas. El rodaje en exteriores (en las islas y sobre todo en Australia) superó los cien días, que no es tan raro en superproducciones, pero se les haría cuesta arriba tanto por las dificultades esperables (enfermedades tropicales, traslados) como por las exigencias artísticas del realizador en cuanto a composición e iluminación de cada plano, lo que implicaba repetir muchas tomas. Y sobre todo, porque en algún momento empezó a improvisar y a dejar de lado el guion original.

Cuando entró en post-producción seguía dándole vueltas a una obra para la que tenía una cantidad ingente de material grabado. El montaje en bruto (la versión preliminar de una película) llevó siete meses y según los rumores era un mastodonte de cuatro o cinco horas, pero no le convenció, cambió de editor, y trabajaron de nuevo en ello durante más de un año. La narración que grabó Billy Bob Thornton abarcando todo el metraje fue desechada y los actores principales aportaron cada uno su parte. El protagonismo pasó de Adrien Brody, que interpretaba al protagonista de la novela pero quedó casi como un extra, a Jim Caviezel; por lo visto se enteró cuando asistió al estreno esperando ser la estrella. George Clooney también tenía bastante presencia y se vio limitado a una aparición breve, aunque su nombre figuró destacado en el póster. Otros muchos se quedaron sin un solo minuto en pantalla: Bill Pullman, Lukas Haas, Mickey Rourke

La cercanía del estreno generó mucha expectación, pero después de todo no causó una repercusión tan grande como se preveía. Inesperadamente tuvo una dura competencia en el género, pues Salvar al soldado Ryan partió con todas las ventajas (el tirón popular de Steven Spielberg, el apoyo de la industria) y público y medios entraron en una de esas olas de sobrevaloración ciega que ocurren a veces, hasta el punto de que se trató de denostar el logro creativo a todas luces superior de cintas como esta o Shakespeare enamorado (John Madden). Pero también su estilo fuera de registros convencionales y de corte introspectivo desconcertó a mucha gente, que no logró asimilar lo que estaba viendo. El tiempo debería haberla puesto en su sitio, si no como obra maestra sí como una de las películas más hermosas y a la vez perturbadoras de la historia del cine, pero parece que se ha quedado en obra de culto, de esas sólo comprendidas y alabadas por una minoría.

EL SINSENTIDO DE LA GUERRA

Un soldado raso, Witt (Jim Caviezel), ha desertado y disfruta de la sencilla vida entre nativos en una paradisíaca isla perdida. Cuando el ejército da con él, el diálogo con el sargento Welsh (Sean Penn), que entiende su rebeldía, independencia y resentimiento con los mandos e intenta que cambie, es sencillo pero con tanto sentido que duele:

-En este mundo, un hombre por sí solo no es nada. Y no hay más mundo que este.
-Ahí te equivocas. Yo he visto otro mundo.

¿Qué sentido tiene la guerra? ¿Por qué perturbar la vida normal? ¿Qué ambiciones absurdas llevan a ella, quiénes las orquestan? En las siguientes escenas vemos precisamente a quienes viven del conflicto bélico, quienes no conocen otro mundo. Dos altos mandos veteranos, un general engreído (John Travolta) y el anciano teniente coronel Tall (Nick Nolte). Este último anhela una gran victoria para poder ascender por fin, pero en la batalla se topa con el capitán Staros (Elias Koteas), que de primeras parece un blandengue, pero quien en realidad pretende defender a sus hombres ante sus despiadadas órdenes.

Las tropas son dispares. Capitanes y sargentos competentes, como Gaff (John Cusack) o Storm (John C. Reilly), otros que se rompen pronto, McCron (John Savage), o se que topan con el injusto caos de la guerra, Keck (Woody Harreslon). Soldados que echan de menos a sus mujeres pero aguantan el tipo como bien pueden, como Bell (Ben Chaplin), o que parecían cobardes pero van superando sus miedos, como Doll (Dash Mihok). Y muchos jóvenes a los que el conflicto endurecerá, quebrará, o llevará a la tumba (Adrien Brody, Jared Leto, Arie Verveen, Nick Stahl, Kirk Acebedo…).

Todos ellos alternan el protagonismo, pasando a primer o segundo plano según el curso de acción. En los roles principales no sólo compartimos sus vivencias, sino que Malick nos introduce de lleno en su mente a través de sus pensamientos, narrados con largas reflexiones o simplemente con recuerdos de una vida mejor. Esta es la característica más llamativa y la que sin duda echa para atrás a espectadores poco abiertos de miras. No es una cinta de acción, sino de introspección con toques filosóficos y poéticos.

Y eso no impide que tenga una atmósfera de tensión y unas escenas bélicas de contar entre las mejores de la historia. Con esas vidas combinadas se va dando forma al impacto psicológico de la guerra, y con la batalla queda patente su capacidad destructora. Ser humano y naturaleza son arrasados sin importar sus orígenes: el inocente pajarillo, el paisaje verde, el nativo ajeno a esas ambiciones políticas, los soldados empujados por banderas y patrias tiñen de marrón y rojo las colinas de Guadalcanal… Aunque como es obvio, las reflexiones valen para cualquier época y lugar.

Malick plasma esta transición de la paz inicial al infierno con una puesta en escena magistral en los diversos campos por donde se mueve. Con apoyo John Toll (Braveheart -1995-, Leyendas de pasión -1996-) en la deslumbrante fotografía y con las impecables labores de montaje y sonido, la cámara sigue las carreras y batallas de los soldados por las lomas en un ballet preciso y fascinante. Nunca escenas de guerra han sido tan nítidas, tan bellas y perturbadoras a la vez. Pero todo se vio realzado a un nivel superior por la inspiradísima composición de Hans Zimmer (La fuerza de uno -1992-, Marea roja -1995-, La roca -1996-, El pacificador -1997-), una obra maestra inclasificable en forma y resultado. El sonido que consigue es único, la progresión dramática escalofriante, la fusión con las imágenes es sublime. No soprende que este estilo haya sido imitado en incontables ocasiones, aunque Zimmer y su escuela también han reutilizado estos motivos más de la cuenta.

El reparto es enorme en número y calidad. Es una de esas ocasiones donde acertadamente prescindieron de estrellas (y eso que, como decía, había decenas deseando participar) y se centraron en buscar talentos no tan conocidos (actores secundarios de probada eficacia) y nuevos nombres que pasen el casting por demostrar valía en vez de por enchufe o fama. Todos están impecables, no hay ninguno que no convenza en su viaje al abismo, enfoque donde enfoque la cámara ves miedo y desconcierto, con algunos momentos puntuales de valentía y furia. Pero sí destacaría la inconmensurable interpretación de Nick Nolte, la facilidad con que Jim Caviezel te gana sin esfuerzo, y la capacidad de Dash Mihok para transmitirlo todo con la mirada.

OBRA MAESTRA IMPERFECTA

Pero Malick no fue capaz de rematar el tramo final al mismo nivel que el resto. La difícil tarea de condensar una película partiendo de tantísimo metraje, parte adaptado de la novela homónima de James Jones, parte (muchos de los pensamientos de los personajes) tomada de otra suya famosa, De aquí a la eternidad (que también tuvo dos adaptaciones al cine), parte improvisado libremente según le venían ideas, fue demasiado como para mantener no ya semejante nivel de brillantez, sino la propia coherencia.

En los últimos cuarenta minutos aproximadamente, tras la exposición de las secuelas de la batalla que sufren las tropas (cambios en el mando, estrés postraumático, remordimientos, malas noticias de casa…), empieza a pesar la sensación de que no hay un rumbo determinado. La toma de la colina mantenía todo bien unido, historia global, dramas personales, ideas filosóficas… pero ahora pasamos de etapas de descanso a escaramuzas varias sin conexión clara, con algún momento confuso, como un repentino bombardeo donde no se sabe qué ha pasado, de manera que la combinación entre las distintas intervenciones de cada protagonista no parecen seguir un orden y no hay una progresión concreta de los hechos.

También tenemos unas pocas escenas sobrantes aquí y allá: alguna de las visiones de la mujer de Bell podría eliminarse, por reiterativas; no sé qué aporta el encuentro de Witt con un soldado herido que espera rescate pacientemente (Thomas Jane); y aunque muy poéticos y en consonancia con la destrucción de la naturaleza, algunos planos a animalitos se estiran demasiado, como la absurda captura de un cocodrilo.

Pero en la cinta en conjunto da la impresión de que, aunque sea un relato coral de protagonismo cambiante, hay roles secundarios que quedan con sus historias a medias por los recortes. Juraría que el soldado que deserta con Witt en el prólogo (Will Wallace) no vuelve a aparecer o al menos no aporta nada más (aparte de que es fácil confundirlo con quien lo acompaña mucho luego, Doll –Dash Mihok-). Cabe pensar que falta falta alguna escena para desarrollar mejor la trayectoria del soldado Dale (Arie Verveen), el que maltrata a los japoneses y luego se arrepiente, pues queda algo descolgado del resto. Y Gaff (Cusack) desaparece tras la batalla a pesar de su relevancia. En otros casos sólo podemos echar en falta más presencia si sabemos que fueron drásticamente reducidos en el montaje estrenado, como Fife (Adrien Brody) y el capitán Bosche (George Clooney).

Con todo, a pesar de la notable dispersión, en el arco final se mantiene muy bien su capacidad para dejarte absorto con las imágenes y enganchado a la descripción tan intimista de la guerra. El problema es que parece inacabada, que con poco podría haber sido más completa y equilibrada. Pero ello hace anhelar una versión extendida que tape los huecos y explore el potencial latente en los roles secundarios que no terminan de ser redondos. Que dure cuatro horas si hace falta, pues como en Lawrence de Arabia (David Lean, 1968), no importa la longitud porque es una experiencia inolvidable. Si el siguiente trabajo de Malick, El nuevo mundo (2005), tuvo ampliación de 37 minutos, todavía podemos soñar con que lleguemos a verla.

Desde mi punto de vista, La delgada línea roja se debe catalogar como obra maestra, aunque sea imperfecta. La inmersión dramática es abrumadora: las aventuras de cada personaje llegan hondo, el clímax creciente de tensión es sobrecogedor, los picos álgidos de la batalla ponen los pelos de punta. Las reflexiones son conmovedoras y te dejan pensando horas después de la proyección. La fuerza y belleza de las imágenes se te clavan en la retina y en el corazón. Y más concretamente, las dos horas que dura la batalla son tan sublimes e incomparables a ninguna otra obra de arte que se podría decir, si me perdonáis el atrevimiento, que es lo mejor que ha dado el cine en toda su historia.

COMPARACIONES Y POLÉMICAS

La única película cercana, por el tono introspectivo y melancólico, podría ser Apocalyspe Now (Francis Ford Coppola, 1979), y quizá se podría mencionar El cazador (Michael Cimino, 1978), por la perspectiva psicológica.

En cuanto a la inevitable mención a Salvar al soldado Ryan y otras importantes del año, está claro que es imposible evitar la polémica, pues el fervor de la masa ha encumbrado a aquella mucho más lejos de lo que merece. Pero con la objetividad por delante, Salvar al soldado Ryan es un notable espectáculo de acción… y ya está. Las labores de dirección de Spielberg y de su equipo técnico (fotografía, montaje, efectos sonoros) son ejemplares, pero sin duda, pese a que les moleste a sus fanáticos seguidores, en esa temporada Shakespeare enamorado y El show de Truman (Peter Weir) fueron superiores en conjunto por la inventiva sin igual de sus brillantes guiones, el acabado tan equilibrado (visualmente también son una gozada, sobre todo la primera) y el sentimiento puesto por sus actores y directores.

Pero si los Óscar y Globos de Oro y otros que bailan a su son se guiaran realmente por la calidad y tuvieran coraje en vez de ser un complaciente escaparate promocional de amiguetes, La delgada línea roja se habría llevado los premios a mejor película y banda sonora del año, y podríamos discutir también sobre mejor dirección, fotografía y actor secundario (Nick Nolte).

Black Hawk derribado


Black Hawk Down, 2001, EE.UU.
Género: Bélico.
Duración: 144/152 min.
Dirección: Ridley Scott.
Guion: Ken Nolan, Mark Bowden (libro).
Actores: Josh Hartnett, Ewan McGregor, Eric Bana, Tom Sizemore, William Fichtner, Ewen Bremner, Sam Shepard, Jason Isaacs, Zeljki Ivanek, Glenn Morshower, Kim Coates, Ron Eldard, Tom Hardy, Gabriel Casseus, Hugh Dancy, Danny Hoch, Nikolaj Coster-Waldau.
Música: Hans Zimmer.

Valoración:
Lo mejor: Dirección, montaje, sonido, fotografía, actores, música. El ritmo frenético garantiza un espectáculo memorable, y el gran realismo hará las delicias de los aficionados al género.
Lo peor: Es muy difícil quedarse con los nombres de muchos personajes. No tuvo el éxito de público, crítica y premios que merecía.
Mejores momentos: Tantos… las caídas de sendos helicópteros, los vehículos siendo masacrados por las calles, el ataque final realizado al amparo de la noche…
La frase: La cita inicial de Platón realmente no la dijo él, es una leyenda urbana, un dicho mal atribuido.
El doblaje: Hay un fallo muy notable y ciertamente molesto: utilizan máquina en vez de ametralladora (machine gun), un falso amigo típico.
La frase: Se ha editado una versión con ocho minutos más con escenas muy breves que añaden pequeños detalles no especialmente relevantes. Al menos en dvd en la edición que yo tengo, lamentablemente no se han doblado y sólo se ha subtitulado la película al completo, no hay subtítulo únicamente para esas parte. No sé si existe en bluray y si se ha arreglado. Netflix tiene la versión de cines.

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En una de esas intervenciones bélicas donde la ONU aplica su buenismo insuficiente y los EE.UU. justifican el uso de su desmedido presupuesto bélico, las cosas se torcieron y lo que se suponía una misión de colaboración internacional para ayudar a los civiles dio un vuelco con una batalla aparatosa. Por suerte, sólo murieron 20 soldados estadounidenses, pero la ciudad somalí de Mogadiscio sufrió un escenario bélico demencial donde la ya de por sí jodida población se encontró con más muerte y destrucción, todo para que al final no cambiara nada ahí ni en otros sitios semejantes, porque sigue habiendo caudillos, corrupción política, explotación del tercer mundo, campañas militares para salvar la imagen de occidente, y campañas mediáticas por parte de EE.UU. cuando meten la pata y dejan un reguero de muertos.

El director Ridley Scott y el guionista Ken Nolan se basan en el libro de Mark Bowden, que al parecer relató los hechos con gran detalle, tanto que tuvieron que reducir drásticamente el numero de personajes y maquinaria bélica implicados. Y aun así queda una película algo complicada de seguir de primeras. Hay decenas de protagonistas cuyos nombres no serás capaz de recordar, y si bien los autores hacen un trabajo magnífico a la hora de mostrar la situación, ubicándote muy bien en cada momento y lugar, el estilo resultante está claro que no es apto para todos los públicos.

Quien busque un melodrama facilón, de esos que ofrecen una historia simplona llena de tópicos y que te dicen cómo debes sentirte, se puede llevar un buen chasco. Scott no es el Steven Spielberg de Salvar al soldado Ryan (1998) ni el Clint Eastwood de El francotirador (2014), no ha intentado conmover con estereotipos ni un ensalzamiento patriótico insultante. Ofrece una versión de los hechos sin implicaciones políticas, mostrando el escenario bélico con un tono de documental, y no se va por las ramas con dramones personales, sino que se centra únicamente en la misión. El homenaje a los soldados caídos es un breve texto listando los nombres en los créditos finales.

Eso sí, aunque quisieran mantener un enfoque neutral, la simple exposición de este evento deja clara la peligrosa situación que ofrecen los países inmersos en conflicto eterno así como lo lejos que estamos de poder solucionar nada metiendo militares de por medio sin más, y también es inevitable mostrar que la mayor parte de los soldados son niños que no saben nada del mundo y creen que serán héroes.

Lo que pretendía ser la captura de un alto mando de las guerrillas somalíes acabó en una imprecedible batalla por toda la ciudad. Conocemos la operación a fondo con todo lujo de detalles, desde que los planes son mostrados a las tropas hasta que el caos es dejado atrás (porque resolver no se resuelve nada). Vemos en acción a toda la cadena de mando, desde el soldado raso hasta el general al mando de la base. Observamos como trabaja el ejército, los problemas que conllevan despliegues humanos y materiales tan complejo. Entendemos cómo se tuerce todo y qué dificultades van surgiendo: la difícil respuesta a eventos inesperados, las órdenes que tardan en llegar, la falta de coordinación… La presentación de los numerosos personajes es somera pero certera. En las primeras escenas saltamos de uno a otro sin perder el tiempo más de lo debido con tópicos ni historias personales innecesarias, el día a día en la base y unas cuantas anécdotas bastan para mostrar que son seres humanos, y el desarrollo de la acción irá mostrando sus cualidades en lo único que importa aquí, el trabajo militar. Mediante el cuidado guion y la inmejorable puesta en escena viviremos la situación como si fuéramos un soldado más, sintiendo el frenesí de la guerra, sufriendo la cercanía de la muerte, y también contagiándonos del compañerismo y el afán de supervivencia.

El reparto está muy bien elegido, todos con capaces de dotar de vida a personajes que no tienen detrás una historia elaborada. Hay pocas figuras populares pero casi todos son secundarios de lujo que hasta el espectador menos curtido habrá visto aquí y allá, de forma que aunque no sepas sus nombres ni el de sus personajes puedes identificar rostros sin problemas. Cabe destacar que fue el primer papel de Tom Hardy y la curiosidad de que Tom Sizemore prácticamente hace lo mismo que en Salvar al soldado Ryan.

Desde Gladiator (2000), Ridley Scott le cogió el gusto a superproducciones de gran complejidad (luego vinieron El reino de los cielos -2005-, Robin Hood -2010-, Prometheus -2012-…), y si ya era un director notable, en todas ellas demostró una visión y un talento asombrosos, ofreciendo un acabado al alcance de muy, muy pocos.

Prácticamente cada minuto de Black Hawk derribado te deja anonadado por el trabajo técnico y humano que hay detrás de cada plano. La aportación del ejército prestando helicópteros y otros vehículos, las localizaciones en Marruecos que tan bien dan el pego, la estupenda fotografía, el magistral montaje, que tuvo que ser complicadísimo pero resultó impecable, la inspirada banda sonora de Hans Zimmer, que vuelve a sus orígenes tribales e incluye grandes canciones de otros artistas (como de Lisa Gerrard y Denez Prigent)… El acabado más que espectacular resulta abrumador, durante dos horas y veinte minutos estás pegado al asiento, tenso, agobiado, fascinado, disfrutando la intensidad de uno de los espectáculos más grandes que ha dado el cine. Toda la ciudad es un escenario bélico de gigantes proporciones, los tiroteos son constantes, y cuando creías que era imposible ver algo más épico y realista, llega la batalla nocturna, con secuencias colosales como el helicóptero arrasando una azotea.

Con este descomunal y memorable trabajo, Ridley Scott se marcó una cinta bélica única y memorable, un hito cinematográfico asombroso… que pasó generando más bien indiferencia. La taquilla fue muy justa (por los pelos no perdió dinero), y en la crítica no tuvo el consenso que merecía. Pero lo más destacable es que, como siempre, la cobardía de los Óscar y Globos de Oro se tradujo en unas pocas nominaciones por cumplir, pero estaba claro que apoyarían obras más fáciles y comerciales, que premiarían a la niña popular, Una mente maravillosa (Ron Howard), aunque fuera más bien un telefilme con un gran reparto, en un año precisamente repleto de grandes títulos, sobre todo en cuanto a originalidad: Amelie (Jean-Pierre Jeunet), Monsters S.A. (Pete Docter), La Comunidad del Anillo (Peter Jackson), El viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki), Donnie Darko (Richard Kelly), Gosford Park (Robert Altman)…

Salvar al soldado Ryan


Saving Private Ryan, 1998, EE.UU.
Género: Bélico, drama.
Duración: 169 min.
Dirección: Steven Spielberg.
Guion: Robert Rodat.
Actores: Tom Hanks, Tom Sizemore, Edward Burns, Barry Pepper, Adam Goldberg, Vin Diesel, Giovanni Ribisi, Jeremy Davies, Matt Damon, Paul Giamattie, Ted Danson, Joerg Stadler.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: Fotografía, sonido, montaje, decorados, vestuario y dirección dan pie a una obra bélica asombrosa, tan descarnada como apasionante.
Lo peor: El guion es bastante endeble, el subrayado del drama con recursos narrativos simplones es exasperante y limita su potencial, aunque desde luego ayudó a venderla al gran público. Esta popularidad también implica que se sobrevalora demasiado.
Mejores momentos: El desembarco, el dilema de si ejecutar un prisionero.
La confusión: Hay que aclarar una confusión común dado el parecido de los actores: en la batalla final, el soldado aleman que apuñala a un protagonista y deja indemne al asustado novato no es el mismo soldado cuya vida defendió aquel cuando sus compañeros querían ejecutarlo en una escaramuza anterior; pero este sí reaparece pegando tiros en las últimas escenas en el puente. También es lioso que al poco de presentar al capitán enfocan directamente a sus ojos justo como un rato antes hicieron con el anciano que visita el cementario en el futuro… es decir, parecen decir que son la misma persona, pero al final el anciano resulta ser el soldado Ryan.

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LA GUERRA EN TUS CARNES

El cine bélico más duro, el de corte histórico o simplemente más serio que otras aventuras sencillas ambientadas en épocas de guerra, no es un nicho tan exclusivo como otros (por ejemplo, la ciencia-ficción intelectual), pero aun así su público potencial se ve limitado bastante al sector adulto más cinéfilo y a aficionados a la Historia. Además, en los años noventa no había muchas cintas de este estilo, quizá porque, como con el western, hubo muchas y muy notorias en su momento y se considerada pasado de moda, por lo que invertir tanto esfuerzo y dinero como necesitan estas obras se veía como una temeridad. Pero eso también implica que quien se propone abordar de nuevo el género es porque tiene muchas ganas y las ideas claras.

En 1998 llegaron dos obras ambientadas en la segunda guerra mundial que conmocionaron a medio mundo, cada una por razones prácticamente opuestas. La delgada línea roja de Terrence Malick, aparte de estar ambientada en el Pacífico, ofrece una perspectiva filosófica e intimista, centrada en las emociones y reflexiones de los soldados durante una difícil batalla. Salvar al soldado Ryan de Steven Spielberg, partiendo del desembarco de Nombardía propone en un drama más sencillo pero con una espectacular descripción de la violencia de la guerra.

La introducción que muestra el desembarco dejó en shock a millones espectadores, incluso a muchos directores y otros artistas del gremio, que fliparon con el logro, y a veteranos de la guerra e historiadores, que vieron imágenes muy cercanas a la realidad. La representación de un ejemplo (además uno de los más famosos) de lo que sería un escenario bélico frenético y sangriento no se había realizado nunca antes con semejante verosimilitud y visceralidad, y el despliegue técnico orquestado para rodarlo fue asombroso.

La visión y determinación de Spielberg y su implicado equipo permitieron que este insólito reto llegara a buen puerto. La agitada cámara en mano, de apariencia anárquica pero que en realidad no descuida la narrativa, pues te deja seguir la acción con claridad y además es capaz saltar de un encuadre deslumbrante a otro, te sumerge de lleno en la acción, te hace correr, agacharte, sufrir y asustarte como a los anónimos soldados. En la fotografía del gran Janusz Kaminski, el color apagado, recordando a las imágenes de la guerra que vemos los que no estuvimos en ella, fomenta aún más la sensación de estar en esa época, pero también contribuye a generar un entorno opresivo, sin belleza ni casi vida. El trabajo de ambientación en vestuario, explosiones y amputaciones es muy certero. Y el increíble sonido te envuelve por completo, agobiándote, haciendo que sientas en el pecho cada explosión, en la carne cada impacto de bala (se acabaron los chiuuu cutres, esto es la realidad); sin duda estamos ante uno de los mejores trabajos de efectos sonoros de la historia del cine.

DOS VISIONES ENFRENTADAS

Pero un abrupto cambio de lugar y tono te saca de golpe de la abrumadora inmersión, rompe el hechizo, y te lleva al otro lado del espectro narrativo y emocional. Spielberg y el guionista Robert Rodat se empeñaron en unir dos estilos diametralmente opuestos, y la mezcla estuvo lejos de resultar homogénea. De la contundencia sobrecogedora, de la verosimilitud sin concesiones que te sumerge en la carnicería y el sinsentido de la guerra, pasamos a un drama de construcción demasiado rígida y dirigida, autoimpuesta por el convencimiento de que sólo se puede llenar salas de cine hay con una fórmula melodramática muy básica y estudiada, es decir, complaciente y llena de recursos simplones y muy sobados.

Ya el breve prólogo con el anciano visitando el cementerio parecía demasiado innecesario y endulzado, pero la escena de las cartas resulta vomitiva. Los tonos naranja cálidos para marcar el contraste con las trincheras son demasiado evidentes, las caras de congoja de secretarias y generales demasiado sobreactuadas, los discursos pretendidamente conmovedores casi rastreros, porque la historia de los hermanos de la carta de Lincoln se sabe que es falsa desde hace siglos, había desertores y prisioneros, no murieron todos heroicamente, y tratar de seguir la farsa a estas alturas es ridículo y ofensivo. Y la premisa que se presenta como hilo conductor es débil y poco atractiva: salvar a un pringado para que su mamaíta deje de sufrir.

En resumen, de una visión neutra del conflicto bélico pasamos a un drama de telefilme. Hubiera sido más lógico que siguieran centrándose en la descripción de la guerra y dejar otros dramones paralelos para otra historia que pueda tratarlos con más detenimiento y tacto. La misión podría haber sido simplemente ir al pueblo a defender el puente, como fue el objetivo real del pelotón en que se inspira, y como finalmente acaba ocurriendo después de tanto marearnos con el culebrón de Ryan.

GRAN ESPECTÁCULO, MELODRAMA BÁSICO

Durante el viaje tenemos una correcta variedad de escenarios de compañerismo y guerra, con una combinación de drama, intriga y acción lo suficientemente efectiva como para mantener el interés bastante alto. El periplo por campos y pueblos muestra distintas situaciones del conflicto sin que parezcan malamente justificadas, hay momentos bastante inspirados, como el póquer de fichas identificadoras de muertos, y la relación entre soldados, los miedos y disputas, tienen un buen momento álgido con el asalto a un nido de ametralladoras y el dilema de si ejecutar a un prisionero alemán. Sumando la virtuosa puesta en escena, con infinidad de planos magníficos y en general un ritmo impecable que mantiene bastante bien el ambiente bélico opresivo y realista, la aventura es muy entretenida.

Pero nunca llega a librarse de esa dualidad. La narrativa de ganchos sentimentales fáciles se extiende a la odisea del pelotón que busca al soldado, y aunque por suerte no caemos en la manipulación burda de las escenas en el futuro, sí mantiene ese tono dramático tan básico. Así pues, tenemos una decepcionante simpleza en el tratamiento de una historia que apuntaba a un tono más serio. En La lista de Schindler (1993), por comparar con una de Spielberg cercana en género e intenciones, los personajes eran complejos e iban cambiando con los hechos, aquí los estereotipos no dejan respirar a un grupo con un potencial mayor. Tienen lo suficiente para que cada uno sea identificable y agradable y te intereses por sus desventuras, pero sus descripciones se basan demasiado en un tic o característica que cada uno repite en cada aparición sin llegar a desarrollar una personalidad compleja ni una evolución que logren aportar algo más de atractivo y trascendencia.

Los únicos que ofrecen un poco de movimiento resultan desde luego interesantes, pero ofrecen historias muy tontorronas: el chulito pasota y el novato inocente tendrán su momento de maduración y redención más previsible y conveniente que cabía esperar, y por supuesto, estos llegan de golpe, no hay una transición bien trabajada, y el capitán pasa de frío y distante a algo más cercano también justo cuando se esperaba. Lo alucinante es que al capitán le ponen encima un problema físico que va y viene según quieran dar pena o suspense, cuando precisamente tenían en bandeja un buen arco dramático que parece que les da miedo abordar: la capacidad de mando en una misión de dudosa utilidad y ética solo queda en entredicho en una escena, y no deja secuelas.

De esta forma, cuando muere alguno, muere “el judío”, o “el francotirador”, y por mucho que su final se realce con otros tantos clichés (heroicidades maniqueas, cámaras lentas, etc.), no sientes la pérdida, no son personajes capaces de dejar un vacío. Ni siquiera el porvenir del capitán me inquieta, de hecho, con tanto forzar el drama, su caída acaba siendo empalagosa.

Y para colmo, después de tanto enredo, el soldado Ryan resulta ser un macguffin de baratillo, la excusa para mover la trama, y no se lo trabajan lo más mínimo. Parece que la muerte de sus hermanos le importa bien poco. Cuando sí se requería enfatizar la tragedia para intentar que el encuentro fuera más convincente, los autores no parecen esforzarse, como si quieran despachar el personaje-excusa y centrarse de nuevo en la acción. Aunque sea muy previsible, su decisión de no irse a casa y quedarse a luchar con sus compañeros parece encauzar la cosa… pero al final no llega a hacer nada, no participa activamente, no tiene ninguna escena que justifique y dignifique su presencia.

Sin embargo, esto no pareció molestar al público, y eso que una carambola inesperada generó expectación sobre su aparición. Eligieron al desconocido Matt Damon para potenciar que el soldado a rescatar no motivara una impresión previa en ningún sentido, pero inesperadamente arrasó justo antes con El indomable Will Hunting, que escribió y protagonizó acaparando muchos premios, así que se creó el efecto contrario, se generó mucho interés por su papel.

Con personajes tan simplones y un arco dramático tan limitado, gran parte de su potencial carisma reposaba sobre los hombros de los actores, y sin bien no tenemos un reparto brillante, todos cumplen adecuadamente, empezando por Tom Hanks en un papel contenido, de expresar con miraras y silencios, muy correcto. Cabe destacar que la película sirvió de presentación de varios actores jóvenes: Vin Diesel como el grandote simpático, Giovanni Ribisi como el enfermero preocupado, Jeremy Davis como el novato inocente, Nathan Fillion como el que confunden con Ryan… Y también relanzó o dio más categoría a algunos veteranos: Ted Danson demostró ser algo más que un comediante con su breve aparición, Tom Sizemore tuvo la oportunidad de ser algo más que el típico secundario del cine de acción… aunque por desgracia, sus líos con las drogas volvieron a frenar su carrera. También pienso que debería haber asentado mejor la trayectoria de Edward Burns, el soldado respondón, quien es capaz de dotar de vida a un rol muy trillado, pero parece que no supo aprovecharlo.

Por otro lado, la banda sonora del gran John Williams fue muy justita, y más conociendo sus capacidades. El tono de corte patriótico es bastante empalagoso, con un tema principal muy cargante, y los motivos de acción y suspense están poco inspirados y se ven lastrados por esa fórmula tan subrayada y repetitiva. La cinta funciona mejor cuando Spielberg prescinde de la música y deja que los sonidos de la guerra te arropen y zarandeen.

EL DÉBIL EQUILIBRIO SE VA VINIENDO ABAJO

Es difícil acabar un relato de este tipo, donde el argumento es el viaje y la experiencia y no hay una trama elaborada. Y los autores no atinan del todo, la batalla final se resiente bastante. Primero, pesa aquello de que ahora resulta que Ryan no importa, la misión es proteger el puente, de forma que este último acto parece un anexo improvisado para alargar la película y forzar el clímax heroico-lacrimógeno. Lo dicho: esta misión tendría que haber sido el objetivo, no la chorrada del soldadito. Segundo, la mezcla de estilos se desequilibra demasiado. En lugar de ser conscientes de que una vez expuesta la situación esta resulta muy predecible (el típico sacrificio en una misión suicida recuerda demasiado a cintas como Doce del patíbuloRobert Aldrich, 1967-) e intenten disimularlo yendo al grano y explotando el lado épico, se empeñan en reforzar el melodrama, en abusar de esos recursos obvios.

La crudeza de las escenas bélicas de nuevo realza el conjunto muy por encima de lo que las fallidas intenciones y el flojo guion llegan a alcanzar. El escenario, con el magnífico decorado del pueblo, se aprovecha en imágenes espectaculares, la tensión es palpable, la acción trepidante y por momentos agobiante. Pero poco a poco empieza a pesar su excesiva longitud, sobre todo conforme va dejando de lado la descripción puramente bélica de la batalla para centrarse en la tragedia tan artificial de los protagonistas. Como decía, mueren de típicas formas melodramáticas sin llegar a conmover lo más mínimo, pero además dejan algunos momentos de vergüenza ajena, como el capitán con la pistola disparando al tanque y este explotando de repente… porque han llegado refuerzos. ¿En serio pretendes que funcione este cliché a medio camino de la heroicidad cutre y el chiste estúpido en un clímax pretendidamente serio?

Y si el desenlace iba perdiendo fuelle, el epílogo con el viejo lacrimógeno, el cementario y las banderas termina de romper la conexión, llevándote de nuevo a pensar que hay dos visiones prácticamente opuestas muy mal combinadas. Por lo general no queda claro si querían hacer una representación fiel de la sinrazón y la crueldad de la guerra o si buscaban un drama simplón y patriótico, pero este final tan obvio y remarcado te deja con la visión maniquea y patriótica de la realidad que tienen en los Estados Unidos: las guerras son duras, pero tranquilos, que nosotros nos encargamos de salvar al mundo con nuestra superioridad moral, militar, humana… ¡y pobrecitos que somos, mira lo que sufrimos por esa carga!

PERO COLÓ BIEN COLADO

Salvar al soldado Ryan un espectáculo de primera, no por duro y espeluznante menos gratificante, que envejece bien y se puede ver una y otra vez… si esos momentos melodramáticos y la constante sensación de simplificación en el tratamiento de una historia y unos personajes con mayor potencial no te estropean la experiencia. Sin embargo, ese desequilibrio sí es suficiente colocar al conjunto bastante lejos de esa categoría de obra maestra que se empeñan muchos en darle.

Como suele ocurrir, el éxito popular implica también la adulación y sobrevaloración poco objetiva. El que poco sabe de cine se suma a modas y valora sin tener en cuenta hitos ya superados, cintas del estilo superiores pero que no va a ver porque son antiguas o no se mencionan por su zona de confort. Y si bien la dirección de Spielberg, la fotografía de Kaminski, el montaje y el sonido merecían premios en cantidad, pese a quien le pese, pues en su momento fueron incluso atacadas para realzar esta, Shakespeare enamorado (John Madden), El show de Truman (Peter Weir), Lock & Stock (Guy Ritchie), American History X (Tony Kaye), Bichos (John Lasseter, Andrew Stanton) y sobre todo La delgada línea roja (Terrence Malick) fueron y son mejores películas.

De hecho, con La delgada línea roja la diferencia es brutal. Los protagonistas están magistralmente descritos, entras de lleno en la mente de cada uno, sientes sus temores y esperanzas con gran intensidad. Se logra una inmersión en la guerra y un drama humano bastante superior sin recurrir a tantas florituras técnicas, más allá de la increíble fuerza dramática de la banda sonora de Hans Zimmer. Pero también cabe citar otras muchas aventuras de grupos, sean bélicas o de otros ámbitos, que desarrollan mucho mejor los personajes y la trama: Un puente lejano (Richard Attenborough, 1977), Los violentos de Kelly (Brian G. Hutton, 1970), Los siete samuráis (Akira Kurosawa, 1954) y Los siete magníficos (John Sturges, 1960), Grupo salvaje (Sam Peckinpah, 1969)… Y sin irnos tan lejos, poco después Ridley Scott nos trajo la impecable e impresionante Black Hawk derribado (2001), pero inesperadamente no causó el impacto que merecía. Tampoco puedo dejar de recomendar El último superviviente (Peter Berg, 2013), otra aproximación realista rodada con maestría que tampoco tuvo la repercusión que debería.

Sin embargo, no quiero restarle méritos, sino simplemente traer un poco de cordura y poner las cosas en su sitio. Aparte de ser un gran espectáculo y una aventura muy amena, el logro técnico es inconmensurable y marcó una época. Con 70 millones de dólares de presupuesto muy bien usados logró 480 de recaudación, solo superada ese año por Armaggedon (Michael Bay). En el género fue la más taquillera durante años, hasta las recientes El francotirador (Clint Eastwood, 2014) y Dunkerque (Christopher Nolan, 2017). Y la influencia que ha dejado es indudable y notoria. La cámara en mano como recurso para introducirte en la acción como si estuvieras ahí es algo que desde entonces se ha usado mucho, y pocas veces bien. Multitud de películas imitan sin disimulo su estructura (aunque no fuera nada original, la volvió a popularizar), como Corazones de acero (David Ayer, 2014), con la visión combinada de un joven inexperto y un veterano curtido, las escenas sangrientas mezcladas con dramones básicos, y el final de sacrificio. Y no sé yo si asentó también la idea de empezar con un prólogo de acción de altos vuelos para engancharte. Además, antes de que su influencia saltara a otros ámbitos, el propio Spielberg lo alentó, ideando y produciendo el videojuego Medal of Honor (1999) y la miniserie Hermanos de sangre (2001). Ambas obras fueron de las más revolucionarias e influyentes en sus campos.

Enemigo mío


Enemy Mine, 1985, EE.UU.
Género: Aventuras, drama, ciencia-ficción.
Duración: 118 min.
Dirección: Wolfgang Petersen.
Guion: Edward Khmara, Barry Longyear (novela).
Actores: Dennis Quaid, Louis Gossett Jr., Bumper Robinson, Brion James, Jim Mapp, Richard Marcus, Carolyn McCormick, Lance Kerwin.
Música: Maurice Jarre.

Valoración:
Lo mejor: Las vivencias de los protagonistas llegan con intensidad y tienen algunas buenas sorpresas. Acabado visual espectacular.
Lo peor: Le falta algo de originalidad en cada escenario, va un poco a lo básico.
Lo peor: Los productores forzaron que el final fuera en una mina porque pensaban que el público creería que el título (Enemy Mine) referencia a una.

* * * * * * * * *

Dos razas en guerra, humanos y dracs. Dos pilotos, uno de cada una de ellas, estrellados en un planeta hostil. ¿Se matarán entre ellos o aprenderán a convivir? Partiendo de una premisa tomada descaradamente de Infierno en el Pacífico (1968), dirigida por John Boorman y protagonizada por Lee Marvin y Toshirô Mifune, y quizá también de Fugitivos (1958), de Stanley Kramer con Tony Curtis y Sidney Poitier, esta vez vamos un poco más allá, no por llevar la acción al espacio, sino porque la historia es algo más ambiciosa.

Basándose en la novela homónima de Barry B. Longyear (1979), que arrasó en algunos de los premios principales del gremio (Hugo y Nébula), el guionista Edward Khmara, que ese mismo año nos trajo Lady Halcón, y el director Wolfgang Petersen, que se dio a conocer al mundo con El submarino (Das Boot, 1981) y se asentó en Estados Unidos con La historia interminable (1984), combinan varios géneros, bélico, aventuras, drama y acción, desde una perspectiva intimista en la historia y grandilocuente en la puesta en escena. Dennis Quaid, muy famoso por entonces, es el humano, y el drac lo encarna Louis Gossett Jr., un actor muy reconocible en televisión, aquí oculto tras un elaborado y asombroso maquillaje.

A través de los ojos del humano somos testigos de su pequeña porción del universo. No nos paramos en las complejidades del conflicto político y militar, sino que seguimos sus propias vivencias, observando cómo estas modifican poco a poco su limitada visión, abriéndole el horizonte. Del guerrero fanático al amigo, de ahí al padre adoptivo abnegado, y finalmente dando el paso hacia la lucha contra las injusticias del sistema. La transición está muy bien desarrollada. Tiene partes previsibles al principio, pero conforme avanza encontramos más sorpresas, cambiando la diversión y la emoción de ver como la pareja sale airosa de sus peleíllas y de la supervivencia en un entorno extraño, al suspense y el drama con la aparición de los mercenarios, para en el desenlace volver a dejarte intrigado (qué le deparará la vuelta a la normalidad), pero esta vez con toques de acción (la confrontación final).

Acusa algo de irregularidad, a veces es algo lenta (hoy en día se nota más) y otras precipitada, y al tener los actos tan delimitados, si uno no te convence del todo se puede hacer algo pesado. La sensación constante es la de que no explora todo el potencial latente, y más cuando apuntaron tan alto en la puesta en imágenes. Podrían haber materializado con más detalle la relación entre los dos náufragos, que se hacen amigos muy rápido, y el drac aprende inglés más rápido aún. Podría haber más escenarios de aventuras, más criaturas alienígenas, porque la atmósfera de peligro ante lo desconocido desaparece rápido, destacando lo poco creíble que resulta que esa cabaña de troncos tan cutre pueda aguantar una lluvia de meteoritos. Faltan novedades en el desenlace también, pues aunque el alzamiento drac es conmovedor, la pelea a tortas con el matón de turno resulta muy típica.

Pero los puntos fuertes también son muchos. Se forja con rapidez una férrea conexión ue con los protagonistas, de forma que cada situación llega con intensidad aunque parezcan minucias, pues guionista y director son muy hábiles tanto a la hora de tocar la fibra sensible como soltando sutilmente ideas que parecen crecer solas. El ejemplo más notable es genial: la disputa donde la pareja insulta sus respectivos dioses, con el humano diciendo que el suyo se llama Mickey Mouse, no es sólo un chiste, sino un punto de inflexión crucial en su relación personal y cultural.

A ello hemos de sumar buenas sorpresas que cambian la situación y ponen todo patas arriba. El embarazo, los mercenarios con esclavos drac y el secuestro del niño son bastante impactantes. Y la lectura ética es obvia pero muy efectiva. El conservador cerrado de miras descubre que el universo es más complejo y gris de lo que asumía, mucho más cruel y difícil de asimilar, pero aun así le echa coraje para adaptarse y luchar por un mundo mejor. El carismático Dennis Quaid logra uno de sus mejores papeles, mostrando con gran verosimilitud la transición de soldado impetuoso a hombre con muchas cargas encima.

Manteniendo el punto de vista en el protagonista, en el final vemos sólo lo que está a su alcance, de forma que el progreso de la guerra con el cambio que ha provocado queda abierto a la imaginación. Se puede intuir que ha dejado huella en el discurrir de la historia ya con el alzamiento de los dracs y el que sea aceptada su presentación en el consejo, pero aún te deja con la duda, pensando si su logro es suficiente para plantar cara a la sinrazón y estupidez de las sociedades. Hoy en día te hubieran dado un final feliz bien mascadito.

Aun así, hay un detalle bastante chocante. En el epílogo aparece una extraña voz en off explicando lo que estamos viendo, como si no estuviera claro. Por descarte no puede ser otro que el drac anciano de la mina, pero en el momento confunde un montón. Hasta entonces era el propio protagonista quien contaba su historia (y ya aportaba lo justo), así que no entiendo el cambio ni la necesidad de sobre exponer algo tan evidente.

Sorprende que para un relato sencillo e intimista optaran por un acabado de alto nivel, aunque al estar en una era dorada de la ciencia-ficción se puede entender un poco. Pero el proyecto, que iba a ser medianamente costoso de por sí, se complicó bastante, y el presupuesto inicial de 17 millones (al nivel de Regreso al futuroRobert Zemeckis-) acabó siendo de 40 y pico (hoy en sería sobre 100 millones), comparable al de la entrega de James Bond de ese año, Panorama para matar (John Glen), o por centrarme en el género, igual al derroche un año antes de Dune (de David Lynch, que por cierto casi dirige esta pero prefirió aquella). Así que no sabe con cuánto dinero pudo trabajar Wolfgang Petersen, pues aunque luce muy bien, gran parte se perdió en los decorados y lo que llegó a rodar el director Richard Loncraine, despedido por desavenencias con el estudio, mientras que también se dedicó mucho a la campaña publicitaria para intentar recuperar la inversión.

El resultado es espectacular. Se permitieron unos decorados muy vistosos y variados tanto en exteriores, donde los paisajes volcánicos de las islas Canarias resultan inquietantes a la par que espectaculares, como en interiores (en estudios alemanes), con la cuidada recreación del exótico planeta. La dirección de Petersen explora de maravilla esa naturaleza insólita, y la estupenda y sombría fotografía ayuda a potenciar el entorno extraño. La música corrió a cargo del afamado Maurice Jarre, pero es flojilla, no aprovechó el potencial del género.

Cabría pensar que la fascinación por la ciencia-ficción y la fantasía atraería más gente, que el tono asequible para todos los públicos (quitando un par de muertes muy gore que no sé a qué vienen) y el tirón de Dennis Quaid darían pie a un éxito seguro, pero se la pegó a lo grande en taquilla y la crítica la recibió con tibieza. Al menos no afectó a la trayectoria de Quaid, que lo pilló en la etapa más exitosa de su carrera, entre Elegidos para la gloria (1983) y El chip prodigioso (1987). Probablemente en el mercado doméstico nacional e internacional (alquiler y venta de derechos para televisión) dio mejores resultados, porque con el boca a boca se convirtió pronto en una obra de culto.

En la línea de fuego


In the Line of Fire, 1993, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 128 min.
Dirección: Wolfgang Petersen.
Guion: Jeff Maguire.
Actores: Clint Eastwood, John Malkovich, Rene Russo, Dylan McDermott, Gary Cole, John Mahoney, Fred Dalton Thompson, Gregory Alan Williams.
Música: Ennio Morricone.

Valoración:
Lo mejor: Reparto y personajes carismáticos, buena puesta en escena.
Lo peor: El guion es un coladero, la historia harto predecible.
El casting: Se tantearon infinidad de nombres de primera categoría: Ed Harris, Robert de Niro, Robert Duvall, Jack Nicholson, Gene Hackman, Sean Connery, Robert Redford, Dustin Hoffman, Glenn Close, Sharon Stone

* * * * * * * * *

Llevaba tiempo queriendo ver En la línea de fuego (no recuerdo si lo hice alguna vez en mi juventud e infancia), convencido no sé por qué de que era un thriller fundamental de los años 90. Llama la atención y termina siendo un correcto entretenimiento por los personajes que mejor funcionan (hay otros bastante fallidos), el estupendo reparto y el temple de Wolfgang Petersen en la dirección, porque la apariencia de película de suspense seria, que fue realzada aún más porque recibió buenas críticas e incluso alguna nominación a premios importantes, se va cayendo a pedazos durante la proyección, para al final quedar como un título comercial más, con demasiados lugares comunes con el género y estereotipos cansinos en un guion un tanto pagado de sí mismo pero muy débil, lleno de agujeros.

Una vez presentada la premisa se adivina instantáneamente cómo serán los pasos principales e incluso la resolución. La vuelta al juego de la vieja gloria, las persecuciones de rigor por calles y tejados, el momento en que lo apartan del trabajo, la revelación casual, el final donde sabes que saldrá airoso pase lo que pase, y la consabida muerte del villano.

El prólogo no sirve para nada, sólo está para señalar algo tan simple como que los protagonistas son agentes secretos, no asienta nada sobre su pasado y su relación más allá de la obvia descripción de perro viejo y novato torpón. La historia parece que va a comenzar como si esta introducción no hubiera existido, además con un salto espacio temporal alucinante: inician un diálogo en el páramo donde estaban y lo acaban entrando en su cuartel, como si se hubieran tele transportado. Pero resulta que esa siguiente escena tampoco tiene sentido, entran en su sede, pero ahí no hacen nada, saltamos otra vez, ahora a un bar… donde el compañero se acuerda de decir que les han asignado un caso, porque parece ser en la oficina no han tenido tiempo de hablar de ello.

Por suerte, una vez entrados en materia la cosa mejora bastante. Frank Harrigan es un agente venido a menos que enfrenta su últimos años de trabajo con apatía, pero en un nuevo caso encuentra la posibilidad de redimirse y volver a demostrar lo que vale. No hay novedades y sorpresas, todo se ve venir de lejos, pero su psicología está algo mejor trabajada de lo habitual, en parte porque al ponerle un antagonista tan llamativo se forma una dinámica enriquecedora.

Aunque debo señalar un tropiezo en los primeros pasos del caso. Sin duda la idea es mostrar cómo la propia obsesión de Harrigan y no admitir sus limitaciones va minando la investigación en la que tanto empeño dice poner, pero el primer escenario que tenemos resulta bastante absurdo: ve la inquietante escena en el piso del sospechoso y no se queda vigilando mientras consigue una orden, se va a casa a dormir y ya volverá otro día.

Clint Eastwood ofrece un gran papel. Lejos del semblante serio cuando no gélido de muchas películas del oeste y la línea más socarrona de la saga Harry el Sucio, Harrigan es un tanto descarado y carismático, pero sus dudas y conflictos internos se reflejan sutilmente en el día a día y explotan a lo grande cuando está en crisis.

Quizá influenciados por el éxito de la adaptación El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991) y su escalofriante Hannibal Lecter, los estudios y autores potenciaron por esas fechas villanos de ese estilo, siendo la presente una versión bastante efectiva. Alejándonos del tópico de asesino (generalmente extranjero) de mentalidad cuadriculada, sin motivaciones claras más allá de ser malo, tenemos un perturbado de cuidado pero capaz de urdir planes que ponen en verdaderos apuros a los héroes en el aspecto psicológico, de resistencia y cordura, en vez basar el choque únicamente en pegar tiros. Con su personalidad extrema, la experiencia en el campo de los asesinatos, el juego macabro que se trae con Harrigan y la mirada de loco que tan bien se le ha dado siempre a John Malkovich, este enemigo es tan inquietante como magnético. Ofrece algunas escenas bastante potentes, como cuando no deja que Harrigan muera al quedar colgado de una cornisa, momento que además remató Malkovich improvisando el instante en que se mete la pistola en la boca.

Pero este villano también arrastra bajones e incongruencias salidas del guion tan irregular, lastrando las posibilidades de la relación simbiótica que forman. Mientras Harrigan investiga y sufre sus envites vemos algunas situaciones del asesino planificando y probando cosas… pero saben a poco, son como escenas para recordar que está ahí y es un criminal sin escrúpulos: los asesinatos de la cajera del banco y de los cazadores son totalmente gratuitos y quedan bastante forzados. No se llega a desarrollar una exposición más compleja de su historia, no potencian precisamente lo que esta haciendo en el banco y con la brevísima escena de construcción del arma: trabajarse su tapadera, estudiar la forma de llegar al presidente, algún flashback o algo que aporte más de sustancia que la pobre entrevista de los agentes a un par de tipos que dicen haberlo conocido. En resumen, mostrar sus capacidades, exprimir su atractiva personalidad, tenerlo siempre un paso por delante del héroe. En este último aspecto, es evidente también que deberían haber sacado más partido de las escenas de acoso a Harrigan, limitadas todas a provocar con llamadas telefónicas y acechar desde lejos. A la larga parece que se centran sólo en cómo hace la puñeta a su contrincante, cuando mostrar los dos cursos de acción con más detalle tenía tantas posibilidades. Por extensión, lo de nominar en los Globos de Oro y los Oscar a Malkovich como secundario me parece surrealista, lo hace bien, pero no como para enmarcar entre las mejores interpretaciones del año.

El repertorio de secundarios es efectivo, salvo dos notables excepciones. El ambiente de trabajo tampoco trae sorpresas, pero las situaciones son variadas y emocionantes. Las disputas entre jefes que le tienen manía (Gary Cole) y los que lo respetan (John Mahoney) y el día a día en la oficina (desternillante la broma del infarto) se combinan bien con el desarrollo del caso. Pero curiosamente fallan las dos figuras más importantes. René Russo queda como la chica de turno; el romance de simplón resulta aburrido, pero además tiene momentos incómodos: un viejo diciéndole guarradas y haciéndole muecas a una compañera de trabajo… y esta cayendo rendida ante esos envites de machote. Y el más desconocido por entonces, Dylan McDermott, también es el menos interesante: es el típico compañero que lleva el letrero de muerte inminente en la frente.

Wolfgang Petersen había causado sensación en todo el mundo con El submarino (Das Boot, 1981) y entró pegando fuerte en Estados Unidos con La historia interminable (1984). Ofrece un ritmo bastante bueno y escenas de masas y persecuciones a pie típicas pero muy bien rodadas, aunque donde mejor se mueve es en las secuencias más complicadas, las conversaciones tensas en habitaciones y despachos, donde con escenarios pequeños y sombríos remarca la soledad e impotencia del protagonista a la vez que genera intriga.

Destaca también el trabajo del equipo técnico, tanto por la buena fotografía y montaje como por la composición de imágenes de archivo, que costó mucho dinero y esfuerzo por el empeño en usar grabaciones de mítines y presidentes reales y meter a los personajes ahí, usando además planos de Eastwood de joven sacados de otras películas. Por otro lado, cabe mencionar que la música corrió a cargo de Ennio Morricone, pero porque fue una aportación a un género poco habitual en su carrera, pues es un trabajo bastante rutinario, efectivo en general, pero sin logros destacables.

Sin embargo, a pesar de sus buenas maneras e intenciones Petersen termina chocando con las limitaciones del guion de Jeff Maguire (quien sólo había aportado ideas a dos cintas previas) y no tuvo libertad para meter mano en el montaje final o no vio las carencias más notorias. Sobran bastantes minutos en escenas inútiles o repetitivas, siendo evidente que los roles de Russo y McDermott son minutos perdidos en clichés que no llevan a ninguna parte. Y a pesar del talento de actores y director, algunos momentos cumbre resultan muy obvios, siendo el más claro el desenlace, tan básico que roza lo vulgar, con la previsible escena de redención y el duelo final y la típica caída desde las alturas del villano.

Pero lo peor es que los agujeros son numerosos, algunos asombrosos por sus dimensiones. La investigación arrastra una cagada monumental: tienen un piso entero lleno de huellas que por alguna razón (no se da ninguna) no toman, pero luego se emocionan confiscando un coche por la calle porque el sospechoso lo ha tocado. Este además a veces deja de ser tan listo como parecía, por culpa de escenas de relleno de acción y tensión: resulta verdaderamente ridículo cuando se para a mirar cómo lo buscan por el parque, justo en frente del edificio del servicio secreto, pero consiguen que empeore con la parida que, de todo el personal a mano, solo salgan a correr tras él los dos protagonistas, con los otros pocos agentes que han salido quedándose a mirar las palomas o yo qué sé, y para rematar, además los protagonistas no piden refuerzos (agentes, coches, helicópteros) ni plantean hacer un barrido por la zona cuando lo pierden de vista. La revelación casual es delirante: el número de teléfono escondido en código en la nota encontrada en el piso podría convencer… si no fuera porque es una prueba del caso que lleva Harrigan en su bolsillo como si nada. La entrada final del héroe en la cena donde asiste el presidente carece de verosimilitud: un viejo loco sin autorización alguna se cuela corriendo al salón sin ser parado en ningún control, ni siquiera en la calle, donde aparca el taxi derrapando entre coches oficiales como si nada. Y así se van acumulando un montón de deslices, cosas poco meditadas y errores flagrantes, hasta dejarte a cuadros cuanto te enteras de que fue nominada a mejor guion en los Óscar.

En la línea de fuego aparenta más de lo que llega a ofrecer. Los nombres tan llamativos delante y tras la cámara apenas logran rascar unas décimas por encima de la media, pero no suficiente como para destacar y aguantar bien el paso de los años. Es inevitable y necesaria la comparación con otro estreno de su año, El fugitivo (Andrew Davis), que sí sorprendió al aportar acertadas novedades, mezclando muy bien el thriller con la acción trepidante, cuidando la historia y los personajes mejor, y teniendo un reparto también muy entusiasta.

Minority Report


Minority Report, 2002, EE.UU.
Género: Acción, suspense, ciencia-ficción.
Duración: 145 min.
Dirección: Steven Spielberg.
Guion: Scott Frank, Philip K. Dick (relato).
Actores: Tom Cruise, Colin Farrell, Samantha Morton, Max von Sydow, Tim Blake Nelson, Kathryn Morris, Peter Stormare, Steve Harris, Neal McDonough, Patrick Kilpatrick, Meredith Monroe.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: Muy entretenida. Buen misterio, con giros sorprendentes. Buen ritmo, con escenas espectaculares. Correctos pesonajes y certero reparto.
Lo peor: En el fondo es un thriller muy básico, lo que se hace evidente en el flojo desenlace y los fallidos villanos.
Mejores momentos: La introducción de los precogs, la policía voladora, las arañas, la huída con Agatha.

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Como ocurre muchas veces, el proyecto dio vueltas durante años y sufrió muchos cambios hasta que logró ver la luz. El productor y guionista Gary Goldman se hizo en 1992 con los derechos del relato El informe de la minoría de Philip K. Dick (1956). Trabajó con otros escritores en una dirección bastante sorprendente: iba a ser una secuela de Desafío total (Paul Verhoeven, 1990), que también se inspiró en Dick, con Arnold Schwarzenegger repitiendo protagonismo, la acción trasladada a Marte, y los precogs siendo los mutantes que allí habitaban. Estuvo a punto de dirigirla Jan de Bont (Speed -1994-, Twister -1996-) a finales de la década. Pero finalmente cayó en manos de Tom Cruise y Steven Spielberg, y la versión de estos escrita por Scott Frank, quien venía de pegar fuerte con Un romance muy peligroso (1998, dirigida por Steve Soderbergh), fue la que tuvimos.

La ciencia-ficción seria es un género arriesgado, porque cuesta más dinero cuanto más ambiciones, de hecho, Spielberg y Cruise tuvieron que recortar sus salarios (a cambio de un pico de la taquilla, eso sí), y también es difícil de vender al gran público si ofreces una historia muy compleja. Pero encontraron un buen término medio, combinando el thriller de acción comercial con una visión del futuro sugerente pero no demasiado complicada, y fue un éxito de taquilla y tuvo buenas críticas. Un año antes, Spielberg causó menos impacto con una obra más pretenciosa y muy publicitada, A.I., Inteligencia Artificial, pero se marcó un buen 2002 con la presente y otro thriller muy llamativo, Atrápame si puedes.

El tirón de Cruise y la marca Spielberg desde luego ayudaron mucho, pero su buen hacer también queda patente. Cruise mantiene su carisma nato y lo cierto es que se esfuerza y convence lo suficiente en un personaje, John Anderton, sencillo pero efectivo. Como en un buen título de cine negro, no tenemos un héroe impoluto e inquebrantable arquetípico, sino que estamos ante un policía bastante capaz pero con traumas serios y que se ve superado por un complot inesperado, de forma que cada paso que da es una lucha constante contra sus problemas personales y los que le caen encima. Cabe destacar que en algunas situaciones sale adelante por ayuda de otros, consiguiendo así giros bastante imprevisibles: un médico que perdió la licencia cuando lo detuvo y la ex esposa que no quería saber nada de él lo salvan en momentos cruciales. Y las dudas de cuánto margen le darán sus colegas del cuerpo generan buenos momentos de incertidumbre.

El misterio central es muy atractivo. Ya resultaba fascinante la premisa de los precogs, esos humanos, mutantes esclavizados, capaces de predecir crímenes capitales, pero la sorpresa de que el propio protagonista aparezca matando a alguien que ni conoce te deja anonadado. El destino incierto se torna inquietante cuando sale por los pelos una y otra vez de cada persecución y huída. Las secuencias con los policías voladores, las arañas y la carrera con Agatha son espectaculares. El esperado encuentro con ese tipo enigmático ofrece un subidón de aupa después de las ya de por sí frenéticas aventuras, y para rematar, te lanza otra gran sorpresa a la cara: era todo parte de la intriga y todavía quedan cosas por resolver.

Spielberg imprime un buen ritmo, sacando gran partido de los momentos cumbre de acción y tensión, y como es habitual nos deleita con algunos planos estupendos. Rodar la pelea con policías voladores tuvo que ser un quebradero de cabeza enorme, pero el resultado es impresionante. La de las arañas parece prescindible en el fondo, pero con los travellings por encima del escenario mostrando todo lo que ocurre se marca un vacile muy efectivo.

El reparto de secundarios está muy bien elegido. Max von Sydow (recientemente fallecido), Colin Farrell y Neal McDonough son valores seguros, la por entonces desconocida Samantha Morton dejó buena impresión ese año con esta cinta y la hermosa En américa (Jim Sheridan), y atención a la surrealista aparición de Peter Stormare. Quien no estuvo tan atinado fue el gran John Williams. Quizá porque trabajó con muchas prisas por problemas de agenda, ofrece un tema central interesante pero del que abusa demasiado, siendo incapaz de aportar el toque de suspense necesario.

Pero esas virtudes, destacando los giros sorprendentes y las partes tan bien trabajadas, se echan en falta en otros instantes clave, y una vez resuelto el caso miras atrás y empiezas a notar bastantes agujeros. Siempre me pasa lo mismo cuando la veo. Las dos horas y veinte que dura se pasan volando, termino con las buenas impresiones de haber disfrutado de un grato espectáculo… pero reposándola empiezan a salir a la luz carencias importantes, y termina pesando la sensación de que desaprovecharon un potencial mucho mayor.

Quizá con un final más elaborado que nos hubiera dejado absortos no te haría replantearte cosas, pero el desenlace supone un bajón que te hace pensar qué ha podido fallar, y la cadena de errores te lleva hacia atrás. Después de ponerte ante un futuro muy sugerente y tener el momento álgido de si el crimen vaticinado se cumple o no, el tramo final tira por clichés muy sobados de los thriller, con el traidor desenmascarado en unas situaciones muy predecibles.

Spielberg es un narrador bastante inspirado por lo general, pero en ocasiones se empeña en remarcar demasiado algunas cosas, a veces acertando de lleno (E.T. tiene escenas dramáticas un tanto forzadas, pero sin duda llegan hondo) y otras resultando demasiado manipulador (Salvar al soldado Ryan es toda ella un melodrama insoportable, y sus últimos trabajos demasiado pretenciosos). En este caso el efecto es contraproducente, porque realza las debilidades del guion de Scott Frank. En vez de mantener neutralidad con los personajes, de forma que sea más difícil intuir quién será el traidor y que una vez aparecido entre los pocos candidatos no parezca facilón, Spielberg y Frank intentan engañarnos. El rol de Colin Farrell, Witwer, entra en acción siendo un falso villano con el que distraerte, mientras que el director del proyecto Precrimen (Sydow) es un vejete entrañable. Y patinan bastante con ello, Witwer resula un trepa chulesco muy pasado de rosca, masticando el chicle con la boca abierta y todo, para que luego, cuando acaba la farsa, intenten de repente ponerlo de competente, serio y amigable, de forma que sintamos pena por su destino… Pero más bien resulta mosqueanto el ardid y su cutre final, porque si era tan capaz, cómo resulta a la vez tan idiota como para reunirse con el superior contra el que estaba trabajando y contarle todo lo que sabe, justo además cuando se presenta como el sospechoso más obvio.

Pero hay muchos más agujeros y deslices. El principal es que ni tan siquiera intentan tapar la paradoja tan importante que da pie a la trama y que requería una explicación para que la película no parezca al final una farsa o cagada bastante grande. Los precogs perciben la planificación de un crimen o la inmediatez de uno si es pasional… pero el asesinato que “cometerá” el protagonista se pone en marcha únicamente por la visión de estos, es decir, los precogs se lo imaginan por arte de magia, pues no había crimen en marcha, de forma que si no es por ellos el personaje no hubiera entrado en ese juego, no hubiera conocido al tipo al que podría asesinar. Los autores se habrían ahorrado este bucle absurdo haciendo que entrara en contacto con el individuo de otra forma, con una pista casual o un chivatazo de un posible sospechoso en la zona, o que el director interfiriera en la visión para lanzar la conspiración. En el relato de Dick se resuelve con ingenio y lógica: la primera visión condicionaría a Anderton en sus siguientes acciones (al ver el furuto él tiene la opción de elegir), así que las dos siguientes son versiones de lo que haría una vez sabido, pero al ser dos de ellas bastante parecidas a simple vista se genera el informe de la mayoría que lo pone como sospechoso.

Siguiendo la comparativa con el original, el complot es más algo más complejo, un golpe de estado militar, aunque en el fondo es lo mismo, un viejo aferrándose al cargo, y la esposa no es una mujer florero, sino una agente más que además pone en duda su lealtad. Eso sí, dicho relato me parece bastante flojo y también desaprovecha mucho el potencial que guardaba.

Otro aspecto decepcionante es que no se resuelva la desaparición del hijo del protagonista. Tan crucial como parecía en su historia y en la propia intriga, al final se destapa como un cliché melodramático para forzar el final feliz, la reconciciliación con la esposa; si la historia es sobre el complot, no me cueles cursiladas innecesarias. Y hay otros momentos que rechinan bastante. La pelea en la fábrica de coches es demasiado rebuscada y descabellada. Podían habernos dado alguna indicación de adónde quiere ir Anderton cuando se ve obligado a huir, porque se tira un buen tramo de la cinta corriendo para aparecer en la casa de la creadora de los precogs, de la que nada sabíamos y quien le da pistas clave sin que tenga que hacer un trabajo de investigación real, algo que se echa de menos; aunque eso sí, la mujer le da información después de marear la perdiz con diálogos más enredados de la cuenta, hasta el punto de parecer la oráculo de Matrix (hermanas Wachowski, 1999); y esto te lleva a preguntarte que si ella está tan preocupada por qué no ha hecho nada hasta ahora. Parece que falta una escena antes de encontrarse con el cirujano clandestino, cabe pensar que precisamente una donde el tipo sin ojos que le vendía droga los pone en contacto; quizá la eliminaron porque obviamente es predecible y ya había un metraje muy abultado, pero se nota un hueco, de estar sin saber qué hacer pasa a tener la solución en marcha, así que deberían haberla incluido. Pero lo más llamativo es una situación muy conveniente para agilizar las cosas: que a pesar de ser Anderton el fugitivo más buscado pueda volver a entrar en la comisaría con su ojo en la mano y no salten las alarmas ni hayan bloqueado su acceso no hay por dónde cogerlo.

Que dejen de lado el potencial que pone en bandeja el universo imaginado también le resta bastantes puntos. Los dilemas éticos subyacentes con el uso de los precogs, como el determinismo versus la capacidad de elección propia y el conflicto legal y ético con la falibilidad de las leyes y la severidad del castigo, no llegan a explorarse lo más mínimo. La mala imagen que da el caso tumba el proyecto, y aquí no ha pasado nada. Sólo deja una digna reflexión, la de que los ciudadanos estemos fichados en todo momento, sacrificando libertad e intimidad por comodidades (pagar el metro) y seguridad. Otros detalles en los que se pone bastante énfasis no funcionan en el lado argumental, son únicamente enredos visuales, como las autovías, o cosas muy vistas, como las realidades virtuales recreativas.

Por extensión, la recreación del futuro planteado es bastante impresionante en las escenas cumbre, pero siento que se queda corta en otros muchos momentos. Casi todos los escenarios son en sitios muy cerrados, incluso cuando estamos en una calle o parque se empeñan en enfocar un entorno mínimo y el horizonte queda como un fondo indeterminado por los filtros al color. El director de fotografía Janusz Kamiński trató el negativo en exceso, quedando un tono muy saturado y brillante con el que Spielberg estuvo de acuerdo. No fue un efecto que sorprendiera en su momento, si bien tampoco molestó, pero el paso de los años no le hace bien, parece una película más vieja de lo que es; y probablemente esto complique las cosas a la hora de hacer una remasterización. En resumen, no me parece que luzca como una superproducción de 100 millones de dólares (a principios de la década del 2000, hoy equivaldría a más de 150), sino como una de presupuesto medio, de 50 ó 60.

Con todos los pros y contras puestos en la balanza, Minority Report resulta una buena película, con elementos distintivos suficientes para estar por encima de la media y aguantar bien los revisionados, pero encuentro que el equilibrio al final no resulta tan efectivo como prometía, los autores sacrifican demasiado el tono de thriller de ciencia-ficción sólido y con calado por buscar una de acción comercial mediante tretas emocionales y argumentales básicas, de forma que le falta ese toque de grandeza como para poder dejar una huella imborrable.

Por comparar con otras del estilo, con mucho menos dinero y menos enredos visuales Días estraños (Kathryn Bigelow, 1995) te sumergue muchísimo mejor en el ambiente del futuro planteado y deja reflexiones muy potentes, pero no supieron venderla bien y acabó siendo una cinta de culto, conocida pocos pocos, y Desafío total mostró una inventiva sin igual en lo argumental tanto como en lo visual, teniendo gran éxito comercial y marcando un hito inolvidable en el cine.