El Criticón

Opinión de cine y música

Shakespeare enamorado


Shakespeare in Love, 1998, EE.UU., Reino Unido.
Género: Romance, comedia.
Duración: 123 min.
Dirección: John Madden.
Guion: Marc Norman, Tom Stoppard.
Actores: Gwyneth Paltrow, Joseph Fiennes, Geoffrey Rush, Tom Wilkinson, Colin Firth, Imelda Staunton, Judi Dench, Simon Callow, Jim Carter, Martin Culnes, Ben Affleck.
Música: Stephen Warbeck.

Valoración:
Lo mejor: Deslumbrante combinación de talento e inspiración en guion, dirección, interpretaciones, diseño artístico y música.
Lo peor: Excepto Joseph Fiennes, quien va algo justo. El final, tras un clímax glorioso, no funciona del todo. La incomprensible campaña de odio que todavía arrastra.
La frase: Yo he de tener poesía en mi vida… y aventura… y amor. Amor por sobre todo. (…) No las artificiosas posturas del amor, sino el amor que avasalla la vida. Indisciplinado, ingobernable, como un motín en el corazón, que nada puede detener, ni la ruina ni el éxtasis. Amor como el que nunca ha existido en una obra.

* * * * * * * * *

EL PROYECTO Y LA POLÉMICA

El primer guion fue desarrollado por un autor poco conocido, Marc Norman, a finales de los ochenta, y estuvo a punto de ver la luz en 1991 de la mano de Edward Zwick, quien había adquirido bastante fama con Tiempos de gloria (1989). Este pidió una reescritura al prestigioso Tom Stoppard (Brazil -1985-, El imperio del Sol -1987-, La casa Rusia -1990-…) mientras se empezaban a construir los decorados y a preparar el vestuario. Pero la actriz protagonista elegida, Julia Roberts, se empeñó en compartir cartel con Daniel Day Lewis, y cuando este pasó del tema ella no quiso seguir, y la producción quedó en suspenso porque los estudios también se desinteresaron.

En el 98 entraron el todopoderoso estudio Miramax de Harvey Weinstein y el proyecto se movió con gran rapidez, encontrando pocos baches en el camino (sólo la dificultad de hallar un final llamativo). El realizador elegido, John Madden, venía de unas pocas series de televisión en Reino Unido y apenas se acababa de dar a conocer en Hollywood con un drama histórico sencillo, Su majestad Mrs. Brown (1997).

El estreno fue un gran éxito de taquilla, entusiasmó a la crítica, obtuvo premios por doquier y el reconocimiento de la industria, manteniéndose desde entonces presente en cada actualización que hace la WGA, el gremio de guionistas, de su lista de los 101 mejores guiones de la historia.

Pero a pesar del entusiasmo inicial con que el público recibió otra cinta romántica conmovedora tras las cercanas El paciente inglés (Anthony Minghella, 1996) y Titanic (James Cameron, 1997), un ruidoso sector, fanático de Salvar al soldado Ryan de Steven Spielberg, fue haciéndose notar más de la cuenta hasta que la burbuja explotó con los Óscar y los Globos de Oro y lograron tomar el control del relato. No importa que Shakespeare enamorado destile ingenio y elegancia en un guion brillante y un acabado sublime, que Salvar al soldado Ryan sea una historia llena de estereotipos y sensacionalismo que sólo destaque por su efectivo pero hipertrofiado acabado visual, estos iluminados consideran que la primera es una obra cursi que no merece tanto halago y la segunda no sólo un buen drama, sino una de las mejores películas de la historia…

Lo cierto es que ese año hubo una competencia espectacular donde es bastante difícil elegir, quedando claro únicamente que todas ellas son superiores a la cinta de Spielberg: La delgada línea roja (Terrence Malick), El show de Truman (Peter Weir), Lock & Stock (Guy Ritchie), American History X (Tony Kaye), Bichos (John Lasseter, Andrew Stanton)… Pero esa oleada consiguió tanta influencia que todavía hay gente (internet mantiene vivos estos movimientos absurdos) diciendo que no fueron justos y denostando Shakespeare enamorado probablemente sin haberla visto siquiera. De hecho, el tumulto que armaron fue tal que también da la impresión de que, si a lo largo de su historia estos premios no tenían mucho criterio y acertaban poco, desde entonces empezaron a mirar más las tendencias sociales y mediáticas, como intentando complacer y huir de polémicas, perdiendo así más credibilidad todavía.

TALENTO E INSPIRACIÓN SIN IGUAL

Shakespeare enamorado es una conjunción de astros, suerte, destino o como queráis llamarlo. La combinación de inspiración y talento dio una obra singular, hermosa e inolvidable. El brillante guion ofrece capas y más capas de ideas, géneros, estilos, personajes y tramas hasta formar un todo superior sin resquicio alguno, tan perfecto y asombroso que sin duda hay que considerarlo como uno de los mejores de la historia. Los deslumbrantes apartados técnicos garantizan un deleite audiovisual sin igual, y la dirección es muy compleja y virtuosa, pero el conjunto resulta tan equilibrado que se siente como una obra ligera y cercana. Te lleva por una montaña rusa de emociones: es divertida, entrañable, bellísima. Se puede disfrutar desde muchas perspectivas: como retrato histórico del mundo del teatro en una época apasionante, como comedia inteligente como no se veía desde hacía décadas, como un romance de cuento de los que tocan la fibra sensible, como una de aventuras, con personajes sobreviviendo el día a día en las calles del Londres del siglo XVI…

La ambientación en la época está muy cuidada en todos los niveles. Que sea una recreación ficticia de la vida de William Shakespeare no llega a molestar, o al menos yo no creo que incomode ni siquiera a eruditos del autor y la época, en parte por lo poco que se sabe su vida, pero sobre todo por el fantástico retrato que hace del gremio, de la figura y su entorno. Se muestran las rivalidades entre artistas, los problemas sociales, políticos y económicos, y los temas habituales de las obras de teatro se incorporan a la propia trama con gran naturalidad (la reaparición de personajes muertos, los disfraces, las peleas a espada…). En el detalle está llena de guiños y referencias, donde no importa si algunas sólo pueden pillarlas los más puestos en historia y literatura, porque se hilan muy bien con el desarrollo de personajes, destacando que se juega con la teoría de Christopher Marlowe como autor de las obras de Shakespeare y se bromea con otros artistas (alucinante el chiste recurrente con el niño de la rata, John Webster). En la historia principal se maneja de maravilla la premisa de explorar la posible creación de Romeo y Julieta con experiencias propias del escritor. El amor imposible, la diferencia de clases, momentos clave como la escena del balcón… y en general los citados giros clásicos del género se funden con la aventura romántica, con la nueva obra que escribe ahora que vuelve a estar inspirado, con los líos en el teatro para intentar sacar adelante el proyecto y con los conflictos con otros personajes.

La odisea romántica es cautivadora, desbordante de personajes entrañables y aventuras embelesadoras. Todos los implicados saben que están ante una fábula, una historia idealizada y arquetípica, empezando por los guionistas, y se esfuerzan por dotarla de vida, de energía y encanto. De esta forma, aunque pase por muchos lugares comunes de este ámbito fluye con naturalidad, transmitiendo con intensidad un gran repertorio de sentimientos. Tenemos infinidad de situaciones ingeniosas, hermosas, dramáticas… y muchas que lo combinan todo: la conversación en la barca cuando se descubre que Thomas es Viola, el lío del balcón, la escena en que se desnudan quitándole a ella el disfraz, los besos entre bambalinas, la huida de la carreta dejando plantado al esposo forzado para ir al teatro…

El único punto débil es Joseph Fiennes. Su cara de panoli superado por las circunstancias ayuda a disimular un tanto las carencias dramáticas del intérprete, pero da la sensación de que con un actor más resuelto hubiera sido una cinta aún más extraordinaria, algo que se nota más al lado del colosal torrente de emociones que ofrece su compañera Gwyneth Paltrow, donde aunque la química entre ambos no falla, podría haber tenido mucha más chispa. Además de su belleza y simpatía, Paltrow pone gran pasión en la tormentosa vida de Viola: de afligida por la apatía de una vida que no controla y asustada cuando le imponen el matrimonio, a risueña y resuelta cuando el amor le infiere coraje.

El noble del enlace obligado, Lord Wessex, tiene la difícil tarea de ser el típico villano de cuento y no parecer demasiado encorsetado o una mala parodia, pero los escritores y el certero papel de Colin Firth logran hallar el equilibrio perfecto. Es desagradable sin resultar grotesco, se pueden entender sus motivaciones y frustración, de forma que resulta verosímil, y tiene momentos geniales, como la memorable escena en que cree estar ante el fantasma de Shakespeare.

El repertorio de tramas y personajes secundarios es modélico, hasta el rol en apariencia más irrelevante consigue dejar huella, como el bruto disfrazado de mujer, el presentador tartamudo… Tenemos empresarios, escritores, actores, nobles… todos roles muy bien definidos que hacen desbordar cada escena con su carisma y chistes recurrentes tan rápidos e ingeniosos que si parpadeas te los puedes perder. Destacan con luz propia Geoffrey Rush y su talante esperanzador tronchante: (“Todo saldrá bien.” “¿Cómo?”, “No sé, es un misterio.”) y Tom Wilkinson como el usurero distante que acaba implicado (“¡Un perro!”). La veterana Imelda Staunton está estupenda como la criada personal de Viola; mítica es la escena en que hace ruido con la butaca para disimular los sonidos de la alcoba. Judi Dench está inmensa como reina, imponente y temible en sus pocas apariciones, callando así a los bocazas que decían que con tan pocos minutos no merecía nominaciones a premios. Demonios, hasta Ben Affleck deja buenas impresiones.

El guion desde luego allanó el camino, y los recursos técnicos deslumbraron a pesar de no ser una gran superproducción, pero la dirección de John Madden unió todo dando forma a un portento narrativo asombroso. La cámara vuela con trávelings enérgicos o se apoya en un montaje impecable para transmitir la sensación de estar en las calles y escenarios de la época y lograr un ritmo enérgico que te mantiene pegado a la butaca. Decorados, vestuario y maquillaje, aparte de espectaculares, mantienen una fidelidad enorme, logrando una inmersión plena en aquellos tiempos. Destaca para bien un aspecto que se suele descuidar, la mala higiene de las gentes y de las ciudades y calles de aquellos tiempos. Aunque también hay un aspecto negativo, y es que mantiene el miedo atroz generalizado en Hollywood a mostrar el calzado medieval real, zapatos bajos de cuero basto y burdamente cosido en el pueblo llano y mallas de diversas lanas con sencillos zapatos de puntas alargadas en los nobles, y se opta casi siempre por usar grandes y vistosas botas de cuero bien tratado; el calzado realista sólo se ve en algunos extras de fondo, en los protagonistas, hasta el casi indigente Shakespeare calza como un motero moderno.

Y para rematarlo todo, llegó el desconocido músico Stephen Warbeck y nos regaló una banda sonora de las que hacen época, versátil y exquisita, capaz de realzar la sensibilidad de las imágenes hasta límites indescriptibles.

Aparte de la falta de empaque de Joseph Fiennes, sólo se le puede poner la pega de que no encontraron un buen final a pesar de que probaron varios en pases de prueba con público. Tras el magnífico colofón en el teatro había que abrir más que cerrar historias, porque no cabe un final feliz que ate todos los cabos sin faltar a la Historia. Hicieron lo más lógico, despedidas varias y que Shakespeare siguiera escribiendo, pero la ruptura de la pareja no llega con tanta intensidad como el resto de la relación, el varapalo a Lord Wessex es un tanto predecible y simplón, las escenas con la reina serán necesarias, pero resultan anticlimáticas, y la narración tan larga sobre la nueva obra y las imágenes mostrándola sin venir a cuento despistan un poco, es como desviar el tema.

Con un final redondo que te dejara conmocionado, flotando entre las nubes durante un buen rato, probablemente hablaríamos de una obra maestra, pero tal y como está, Shakespeare enamorado es una maravilla digna de estudiarse en escuelas de cine.

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