El Criticón

Opinión de cine y música

Misión imposible: Fallout


Mission: Impossible – Fallout, 2018, EE.UU.
Género: Acción, suspense.
Duración: 147 min.
Dirección: Christopher McQuarrie.
Guion: Christopher McQuarrie.
Actores: Tom Cruise, Henry Cavill, Ving Rhames, Simon Peg, Rebecca Ferguson, Alec Baldwin, Angela Bassett, Sean Harris, Michelle Monaghan, Vanessa Kirby.
Música: Lorne Balfe.

Valoración:
Lo mejor: Un portento visual con escenas de acción memorables. Mayor recorrido dramático de los protagonistas.
Lo peor: Se termina de dejar de lado el género de espionaje y suspense. Alguna situación menor un poco cogida por los pelos.
Mejores momentos: La persecución en moto, la pelea de helicópteros, la confrontación final en la montaña.
La frase: Su misión, si decide aceptarla…

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No esperaba novedades y subidones de calidad en la saga Misión imposible, parecía que sus productores, Tom Cruise a la cabeza, habían dado con la clave para amasar dinero y se aferrarían al esquema mientras pudieran. Dejar de lado el thriller de espionaje, simplificar las tramas a una somera exposición de los giros traiciones y escenarios de siempre, llevar a los personajes más hacia el género de superhéroes que al del drama serio y limitar su progresión a que cada uno tenga su momento de lucimiento pero sin cambio real, y centrarse en narrar a toda leche para que no se noten las carencias, colocando con calzador unas cuantas secuencias de acción poco inspiradas pero al menos bien rodadas. El equilibrio entre el desgaste y la simpatía del producto final mantuvo las dos últimas entregas en el limbo de películas muy entretenidas pero que no calan lo más mínimo en la memoria, así que yo ya daba por muerta a la serie. Pero por una vez la máxima de “más grande es igual a mejor” se cumple con creces en este nuevo episodio, y eso a pesar de estar escrito y dirigido por el encargado de la anterior, Christopher McQuarrie.

En realidad debería quejarme, pues han terminado abandonando del todo el cine de espías serio que tan buenos resultados dio en la primera y tercera entregas, al menos en calidad, porque en recepción el capítulo orquestado por J. J. Abrams se resintió un poco. Por si fuera poco, todavía se nota un poco que las secuencias de principales acción son versiones de las que han funcionado previamente en la saga: no falta la persecución en moto y un final de infarto con helicópteros. Pero lo cierto es que echando toda la carne en el asador esta vez disimulan muy bien la tendencia a la simplificación y la falta de imaginación. Tanto en el desarrollo de personajes como sobre todo en lo visual han puesto mucho esfuerzo, consiguiendo una cinta de acción emocionante y espectacular a niveles inesperados, hasta el punto de tener que citarla entre las mejores del género de los últimos años.

También puedo mencionar algún pequeño punto gris, como la tonta presentación del nuevo personaje (el agente de la CIA interpretado por Henry Cavill), en plan chaval de instituto haciendo bromas inverosímiles como quitarle el oxígeno al compañero en un salto en paracaídas, y cabe preguntarse qué hace el secretario de estado (Alec Baldwin) apareciendo a solas en un lugar de reunión de espías en media misión. Pero son cosas que se olvidan pronto; la primera, en la contundente pelea en el baño en la discoteca, la segunda, porque la escena de engaños y traiciones de turno es muy efectiva.

Se maneja mejor la continuidad, algo que echaba en falta en episodios previos. Aunque sea en parte a costa de repetir con un villano a lo James Bond (el encarnado de nuevo por Sean Harris), lo de luchar contra los restos de su organización da una correcta sensación de continuidad y familiaridad. Además, la confrontación pasa factura a los protagonistas, encontrándose Ethan Hunt y sus compañeros ante el reto más difícil hasta el momento. Se los ve sufrir en cada tramo de la misión, pero también asistimos a una lucha interna que sorprende muy para bien a estas alturas. El equipo duda en algunas situaciones, e incluso de las capacidades de Ethan, y este se enfrenta a unos dilemas éticos muy complicados. La escena en que se imagina matando policías para poder salvar a cientos de miles potenciales víctimas es sorprendentemente dura y cruel. Toda la película gira alrededor de ese tipo de decisiones, jugando con la sensación de que Ethan puede convertirse en un agente capaz de justificarlo todo por la misión, acercándose así a la máquina de matar sin brújula moral que son los villanos a los que se enfrenta. Por supuesto, esto es una de acción y héroes, así que el discurso es un tanto simple, con el bien y el mal en dos extremos muy claros, pero lo que vemos vale para dotar de mayor densidad a una premisa que parecía agotada.

Siguiendo con los personajes, cabe pensar que ya que han recuperado a Michelle Monaghan podían haber traído a Maggie Q y otros compañeros del episodio tercero, que resultaron muy simpáticos pero han sido olvidados por completo. En cambio, no aparece Jeremy Renner (por problemas de agenda)… y no me había dado cuenta hasta que lo he leído por internet después de verla, así de poco que aportaba su personaje, un comodín en la lucha de despachos en Nación secreta y un cero a la izquierda en Protocolo fantasma.

En cuanto a la acción, McQuarrie supera con creces lo visto en el capítulo precedente, tanto a la hora de imaginar situaciones grandilocuentes pero con algo de carga dramática como a la hora de plasmarlas en imágenes. Critiqué en aquel que la persecución, bien encaminada, acababa tirando más de la cuenta los por efectos digitales, y que el asalto al servidor de datos no era sino una versión del visto en la primera película. Aquí tenemos otra confrontación con coches y motos, así que cabría preguntarse a qué viene teniendo aquella tan fresca, pero la verdad es que resulta memorable, no se ha visto nada semejante en persecuciones desde Ronin (John Frankenheimer, 1998), aunque las de Jason Bourne no estaban mal tampoco. Nos recorremos París a toda leche con infinidad de momentos alucinantes y giros imaginativos que enriquecen el escenario, y todo ello sin sensación de que hay efectos especiales, sino personajes pasándolas putas por escapar y sobrevivir, chocándose incluso de vez en cuando. Y a eso le sumamos el desconcierto (en quién pueden confiar) y los conflictos morales (improvisar para salvar vidas y no reventar la tapadera en el proceso), con lo que además de asombroso resulta muy emocionante.

Como señalaba, tampoco es nuevo un clímax con helicópteros, pero que me aspen si esperaba algo la mitad de impresionante. De nuevo tenemos a Tom Cruise dándolo todo, colgando de la carga, cayéndose, agarrándose como puede, pegándose hostias alucinantes por la montaña… ¿Cuánto hizo él y cuánto es efecto especial? No quiero saberlo, el engaño es perfecto, parece una situación real grabada por un testigo, sobrecogedora como pocas del género a pesar de que a estas alturas es muy difícil sorprender. Atención además a las deslumbrantes imágenes de la naturaleza, el director aprovecha al máximo las localizaciones.

La cinta sólo se podría mejorar con una banda sonora más trabajada. Se echa de menos a Danny Elfman, Michael Giacchino y Joe Kraemer, pues Lorne Balfe es un alumno de la factoría Hans Zimmer, todo sintetizador y jugar con el ritmo y el volumen más que con la composición, convirtiéndose en un efecto sonoro más que una música que refuerce sensaciones concretas.

Ahora queda la duda de si realmente es necesaria otra entrega tras este sensacional hito. ¿Tienen algo más que contar, hay forma de superar el nivel visual? Sería hora de darle un giro, pero no creo que se atrevan.

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Serie Misión Imposible:
Misión imposible (1996)
Misión imposible 2 (2000)
Misión imposible 3 (2006)
Misión imposible: Protocolo fantasma (2011)
Misión imposible: Nación secreta (2015)
-> Misión imposible: Fallout (2018)

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Héroes en el infierno


Only the Brave, 2017, EE.UU.
Género: Drama.
Duración: 134 min.
Dirección: Joseph Kosinski.
Guion: Ken Nolan, Eric Warren Singer, Sean Flynn (artículo).
Actores: Josh Brolin, Miles Teller, Jeff Bridges, Jennifer Connelly, James Bagde Dale, Tyalor Kitsch, Andie MacDowell.
Música: Joseph Trapanese.

Valoración:
Lo mejor: La seriedad y contención en contra del sensacionalismo y el ensalzamiento habitual del género.
Lo peor: Se podría haber agilizado el ritmo. A la catástrofe le falta algo más de tensión y espectáculo.

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Héroes en el infierno es una pequeña y grata sorpresa. Lo habitual en el género son melodramas de ensalzamiento de héroes con hazañas aderezadas con mucho sensacionalismo. Pero estamos ante una representación de un suceso trágico y heróico que no se limita a dibujar los personajes con cuatro arquetipos vistosos y a meterlos en una situación que se resuelve por su superioridad nata, sino que sus autores han buscado un acercamiento más serio, mostrando los hechos y sus protagonistas con naturalidad y objetividad. Es un riesgo, dado que el público está acostumbrado al espectáculo vacuo y también porque un drama tan mundano puede resultar aburrido, pero salen airosos con un relato ameno y emotivo en su justa medida para pasar un buen rato.

Básicamente seguimos la vida de un grupo de currantes ante un reto, así que predominan las anécdotas del trabajo, los conflictos personales, y los líos diarios en casa. Los bomberos nuevos tienen que integrarse, los problemas en casa los afectan y pueden superarlos o no… Las historias quizá no sorprendentes pero son efectivas, componiendo un retrato de los implicados muy verosímil. No ves a novato torpe, al jefe duro, al compañero graciosete de tantas otras películas de esta índole, sino a gente real, con aristas y cambios de humor, con problemas, fallas y virtudes.

Y mientras, se va sembrando la semilla de la tragedia. La falta de recursos, el peligro potencial y la catástrofe que nunca esperan que llegue pero lo hace en su máxima expresión. Pero me temo que, después de todo, la gesta final de los bomberos no tiene tanta épica como se espera. El fuego los alcanza y poco más. Ahí sí podrían haber dejado un poco de lado sobriedad y trabajado más el clímax de tensión y el sentido del espectáculo. El primer aspecto se ve que lo busca el director Joseph Kosinski (Tron: Legacy, 2010, y Oblivion, 2013), intentando generar desazón con numerosos planos que muestran el avance del fuego, pero no es suficiente para transmitir la sensación de peligro necesaria para ponernos los pelos de punta y sufrir por el inminente destino de unos personajes que hasta entonces nos estaban interesando bastante. La floja música de Joseph Trapanese también influye en la falta de pegada de las escenas clave. En pocas palabras, el desenlace se ve venir como un trámite y ya está.

La otra única carencia notable sería la interpretación tan desganada de Miles Teller (ya estuvo muy flojo en la sobrevalorada WhiplashDamian Chazelle, 2014-), que se queda a años luz de un reparto estupendo encabezado por Josh Brolin, Jeff Bridges, Jennifer Connelly y Taylor Kitsch.

12 valientes


12 Strong, 2018, EE.UU.
Género: Acción, bélico.
Duración: 130 min.
Dirección: Nicolai Fuglsig,
Guion: Ted Tally, Peter Craig, Doug Stanton (novela).
Actores: Chris Hemsworth, Michael Shannon, Michael Peña, William Fichtner, Navid Negahban.
Música: Lorne Balfe.

Valoración:
Lo mejor: Unos pocos secundarios de nivel, el carisma de Chris Hemsworth.
Lo peor: Puesta en escena limitada, no da el espectáculo que se espera. Guion mediocre, lleno de clichés, diálogos cutres y propaganda “made in USA”.

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Con este tipo de películas te la juegas a que sea un típico panfleto yanqui, pero es difícil no caer cuando el género bélico te resulta atractivo, y más si, como en mi caso, se tiene fresca en la memoria la magnífica El único superviviente (Peter Berg, 2013). Así que alguna expectativa tenía, al menos con que fuera un buen espectáculo. Pero 12 valientes no llega ni a la correcta 13 horas: Los soldados secretos de Bengasi (Michael Bay, 2016); hasta El francotirador (Clint Eastwood, 2014), de la que me quejé bastante por su sesgo, tenía una consistencia dramática y un nivel visual suficiente como para entretener bastante. Aquí estamos ante un ejemplo de lo peor que puede dar la propaganda ideológica, un título que por su escaso calado y calidad debería haber ido directamente al videoclub y la televisión. Pero de alguna forma consiguieron reunir un reparto de rostros conocidos con el que probar suerte en cines… aunque finalmente el boca a boca dejó su recaudación bajo mínimos: 67 millones de dólares mundiales apenas cubrirá el presupuesto (35 millones) más la distribución y publicidad.

Cabe preguntarse cómo un actor con la vida resuelta como Chris Hemsworth elige una obra con potencial de polémica o como poco con una ideología tan forzada. Tened en cuenta que nació en Australia con ascendencia europea y que el grueso de su carrera se basa en sagas de fantasía, así que me extraña que se meta en un trabajo que podría dar mala imagen fuera de EE.UU. Allí en cambio este retrato de héroes y de la historia del país tan manipulador se suele recibir muy bien, aunque en esta ocasión inesperadamente ha pasado sin pena ni gloria.

La cinta es un descarado anuncio de las fuerzas armadas, una reescritura de la política internacional, del intervencionismo y las guerras que va montando Estados Unidos por todas partes. No cabía esperar una elaborada visión global del conflicto con el terrorismo islámico, ni autocrítica, pero de ahí a la simplificación y exaltación que hacen hay un trecho muy grande.

El protagonista es un héroe hecho a sí mismo por arte de magia, la enésima representación infantil que tienen muchos estadounidenses de sí mismos. Sin experiencia real ni esfuerzo visible es un ser perfecto que logra todo sin despeinarse y sin dudar en el apartado ético. Su entereza y capacidades sacan lo mejor de sus compañeros, gente corriente, incluso algo tonta, pone en su sitio a generales ligeramente obtusos si hablamos del ejército norteamericano y paletos e incompetentes cuando se retrata a los aliados, y resuelve él solito la guerra (prácticamente eso dice la película) masacrando a las hordas de terroristas.

Si ya producía algo de recelo que este don nadie respondón dé lecciones a sus superiores con cuatro frases estúpidas, lo del general afgano alcanza cotas de vergüenza ajena e incluso de insulto a la inteligencia del espectador. El veterano que lleva décadas en guerra contra los talibanes, que se conoce el país y sus gentes al dedillo, es representado como un paleto descerebrado al que nuestro flamante héroe salva y rescata en los primeros combates y va educando con sus estrategias superiores y su moral intachable.

Pero claro, qué se puede esperar de un panfleto manipulador que expone la misión del comando como la liberación de Afganistán y la victoria en la guerra. El que EE.UU. armara a los afganos y a otros tantos en los años setenta para fastidiar a la URSS y que ese conflicto y esas armas hayan propiciado el alzamiento de Al Qaeda ni se menciona. Obviamente, tampoco se va a señalar que el ataque contra Afganistán fue una represalia, una invasión en toda regla sin garantías de que estuvieran ahí los altos mandos de Al Qaeda, y que fue justificada luego de mala manera con las mentiras de las armas de destrucción masiva. Tampoco se va a señalar que la farsa ha durado años dejando un reguero de muertos incontable, incluyendo miles de soldados propios (imágenes que se cuidan de ocultar), ni que estas acciones sumadas a las retenciones y torturas de cualquiera que señalaran como terrorista ha creado nuevos enemigos (el ISIS) y azuzado las guerras en la zona, que ahora está más desestabilizada que nunca y ha provocado un aumento brutal de atentados en occidente. Hay que ensalzar al héroe y al país, y para eso no se puede contar la verdad. Sin ir más lejos, la misión real del comando era básicamente de infiltrarse y localizar blancos en el terreno para los bombardeos, pero eso no es suficientemente épico, así que casualmente el avión se queda sin combustible o los aliados afganos tienen rencillas entre ellos para que nuestros héroes lideren las batallas contra miles de enemigos.

Si la descripción de personajes es superficial y la de los hechos deliberadamente limitada, los diálogos no se quedan atrás. Infinidad de clichés, frases legendarias forzadas y sandeces pseudo heroicas salpican cada escena, convirtiendo la proyección en algunos momentos en una comedia involuntaria. El lema “No seas un soldado, sé un guerrero”, me sacó una carcajada bien grande.

El acabado es mejorable, pero al menos cumple sin muchas carencias. Rodando en Méjico y añadiendo unos pocos efectos digitales (montañas, pueblos) consiguen un Afganistán realista y vistoso, pero al final la promesa de tener una buena aventura en esos parajes (la misión de infiltración del personaje de Michael Peña por la parte más dura del desierto ni la vemos) y de tener una gesta militar de impresión no da tanto como se podría exigir. El desconocido director Nicolai Fuglsig llega con lo justo para conseguir un producto decente, con un ritmo correcto y unas escenas de acción entretenidas, pero de ahí a impresionar hay un gran trecho. Se limita a cuatro planos de cada bando disparando sin más escenificación, y muchas veces, a pesar de luchar frente a frente, no sabes dónde está cada grupo y protagonista, en qué dificultades se encuentra y qué salidas tiene.

Lo único bueno de la propuesta son algunos actores. El carisma de Chris Hemsworth, la valía de Michael Shannon (Boardwalk EmpireTerence Winter, 2010-) y la simpatía de Michael Peña (aunque sea encarnando al eterno latino gracioso) son capaces de levantar sus pésimos personajes y dar un aspecto de seriedad. Pero con el poco esfuerzo que ponen los guionistas, el resto del grupo queda limitado a extras sin nombre, así que poco puedes interesarte por su odisea.

12 valientes sólo logra entretener si eres capaz de hacer caso omiso a su tono propagandístico, y aun así no causa mucha impresión. Así que no puedo dejar de volver a recomendar El único superviviente. Esa sí que es correcta en el guion (sencillo pero más neutral) y deslumbrante en la gesta militar.

Misión imposible


Mission: Impossible, 1996, EE.UU.
Género: Suspense, acción.
Duración: 110 min.
Dirección: Brian De Palma.
Guion: Robert Towne, David Koepp, Steven Zaillian.
Actores: Tom Cruise, Jon Voight, Ving Rhames, Jean Reno, Emmanuelle Béart, Henry Czerny, Kristin Scott Thomas, Vanessa Redgrave.
Música: Danny Elfman.

Valoración:
Lo mejor: La mar de emocionante: intrigante, agobiante, espectacular.
Lo peor: El papel de Tom Cruise es muy flojo. El personaje de Emmanuelle Béart no tiene garra.
Mejores momentos: La incursión en el servidor. El tren entrando en el túnel.
La frase: Este mensaje se autodestruirá en cinco segundos…

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Auspiciado por el gran conflicto político de la época, la Guerra Fría, el género de espionaje vivió en los años cincuenta y sesenta una época dorada, eso sí, desde una perspectiva de entretenimiento ligero, sobre todo en cine y televisión. Ya había bastante penurias en el mundo real, las excepciones trascendentales como Siete días de mayo (John Frankenheimer, 1964) no eran lo habitual, sino la evasión estilo las adaptaciones de James Bond (Ian Fleming, 1953). En la caja tonta más aún, pues primaba el mantener a las familias entretenidas. El principal referente en este ámbito en Estados Unidos fue la serie Misión imposible de la CBS. Iniciada en 1966 por Bruce Geller, supuso un importante éxito que llegó a durar siete temporadas y fue una notable influencia para el género.

Mucho tardaron en llevarla a la pantalla grande. En Paramount Pictures, poseedora de los derechos, no encontraban enfoque y autores que la sacaran adelante hasta que llegó Tom Cruise, al que le gustaba la serie, con ganas de encabezar la adaptación. Con su fama no le fue difícil liderar el proyecto, imponiendo su protagonismo y eligiendo al director entre varios candidatos de renombre. En cambio, el guion pasó por muchas manos hasta que fue tomando forma, siendo el libreto final una combinación de lo desarrollado por distintos autores.

Raro es que con ese proceso no saliera una amalgama de poca calidad, pero la cinta resultante fue compleja y densa de narices y aun así no se le pueden encontrar carencias importantes. Eso sí, dejó a muchos espectadores más confusos que intrigados, aunque con las magníficas escenas de acción finales todo el mundo salió contento. No ocurrió así con la crítica, que no conectó con una recuperación seria de un género muy en desuso (salvo por la infatigable saga de James Bond) precisamente acusándola de ser demasiado grave y farragosa. Quizá los medios esperaban más fidelidad al original, pero los 500 millones de dólares que recaudó, siendo la tercera en taquilla en 1996, señalan sin lugar a dudas que al espectador medio le convenció la renovación. Partimos de un relevo del protagonista Jim Phelps (Peter Graves en la serie, Jon Voight aquí), que pasa a ser el mentor de un nuevo personaje, Ethan Hunt, encarnado por Tom Cruise. La aventura grupal pasa a una odisea en solitario, y el tono de espionaje se torna más oscuro.

No conocemos nada de la vida personal de Hunt, no es necesario. La historia se centra en su equipo y su trabajo, y cómo trata de salir de un apuro enorme. Cualquier otro autor habría metido flashbacks o como poco alguna llamada telefónica a su familia, con algún niño mono de por medio, para forzar un drama innecesario y tratar de conectar con el espectador con clichés en vez de como logran hacer aquí, contando únicamente lo relevante en esta etapa de su vida. La escena que resume la dinámica de la banda, con el colegueo y la forma de trabajar de cada uno, es muy efectiva para ponernos en situación y conocer qué pierde Ethan cuando empiezan los problemas. Eso sí, aquí puedo citar uno de los pocos puntos grises de la propuesta: el matrimonio entre el viejo líder del equipo y la joven espía no resulta muy verosímil; deberían haber omitido ese dato y optar porque están compinchados por alguna razón relacionada con el espionaje, como dinero o librarse de algún problema.

Desde la primera misión la proyección mantiene el tono de intriga muy alto. ¿Qué está pasando, logrará Ethan salir airoso, en quiénes puede confiar? Vivimos codo con codo su desconcierto y el esfuerzo por desentrañar el complot, y si bien la trama es densa y complicada de seguir a veces, eso mismo garantiza atención máxima, compartir ese empeño por darle sentido a todo. Las sorpresas y las traiciones mantienen la tensión también en un punto álgido casi constante: en cualquier momento puede deshacerse lo andado.

Entre esa conexión y el trabajo físico al que se somete Tom Cruise en las secuencias más importantes, se eclipsa bastante el flojísimo papel que ofreció, lejos del carisma de otros títulos recientes (Entrevista con el vampiroNeil Jordan, 1994-, Nacido el cuatro de julioOliver Stone, 1989-) y de la buena interpretación de algunos inmediatamente posteriores (Jerry MaguireCameron Crowe, 1996-, MagnoliaPaul Thomas Anderson, 1999-). En cambio no se trabajan lo suficiente a la compañera, Claire, que podía haber dado mucho más juego con la sospecha de si es de fiar o no, pero apenas deja huella a pesar de aparecer en muchas escenas; además, Emmanuelle Béart está muy sosa. Por suerte, el resto de secundarios es muy efectivo. La ambigüedad moral de Jean Reno (Krieger) y el carisma Ving Rhames (Luther) quedan patentes desde su primera aparición, y pronto su presencia interesa más que la de Béart. Voigh resulta muy intrigante y Henry Czerny construye un jefe tocapelotas efectivo.

Esencial a la hora de dar forma a esta atmósfera absorbente, sofocante a veces, es la dirección de Brian De Palma, que combina de maravilla los distintos tempos de cada escena, y las hay muy variadas. Las partes pausadas resultan tan intensas como otras más activas, por ejemplo, la misión inicial lleva un crescendo que consigue una acertada sensación de que se va perdiendo el control, y la parte de Ethan en los foros de internet transmite muy bien su agotamiento y tensión. Además, como el guion dosifica muy bien cambios de escenario y la introducción de nuevos personajes, la cinta nunca pierde fuelle. El nivel sube inesperadamente en la larga y pausada secuencia de la incursión en el servidor, que toma lo mejor del género (silencios, el peligro a ser descubiertos) y de la serie (el asombro de las tecnologías modernas, con esa alucinante sala) y De Palma remata con un pulso envidiable. Las salas de cine aguantaban la respiración cuando Tom Cruise se cuelga de los cables.

Para el tramo final llega otro cambio brutal, llevándonos a unas secuencias de acción que nos dejaron aún más anonadados. Lejos de las explosiones a lo Jerry Bruckheimer y Michael Bay (La roca -1996- y demás) que triunfaba en la acción más terrenal o de los grandes despliegues de efectos especiales de superproducciones más fantasiosas (Independence DayRoland Emmerich, 1996-, TwisterJan de Bont, 1996-), Cruise y De Palma querían algo espectacular pero más por sorprendente y complicado, y no sin pocas dificultades lo lograron. Ante la imposibilidad de rodar en trenes reales (falta de permisos y seguridad) mezclaron decorados con pantallas de fondo, y el resultado fue impecable, te crees la situación incluso veinte años después, no hay limitación alguna en los trucajes que te saque de las imágenes. La intriga por la resolución de la misión combinada con la peripecia de Ethan por los techos del tren fue asombrosa y sigue manteniéndose como una de las escenas de acción más impresionantes que se recuerdan.

Cabe destacar que mantuvieron muy bien un sello crucial de la original: la música de Lalo Schifrin que mezclaba orquesta con jazz de ritmos modernos es recuperada por Danny Elfman con bastante inspiración, teniendo muchos momentos estupendos, aunque también hay algún otro instante donde satura un poco por sobreutilización.

La segunda entrega, parida por John Woo en el año 2000, nadie entiende cómo pudo salir tan desastrosa (¿no lo vieron venir durante el rodaje?), y aunque es cierto que inicialmente la crítica fue incomprensiblemente muy suave, el público la puso a caldo y da la sensación de que muchos iban al cine para reírse del desastre. El paso del tiempo la ha ido poniendo en su lugar: como una de las peores películas de gran presupuesto de la historia. Aunque por el tirón de la primera amasó más de 500 millones, siendo la más taquillera del año, por encima incluso del pelotazo de Gladiator (Ridley Scott), hundió la serie hasta el punto de que parecía no iba a haber más.

Pero ni Cruise ni los estudios podían dejar morir una saga que sólo con el título daría dinero, y para 2006 se montaron una especie de reinicio. El trabajo de J. J. Abrams fue muy sólido, una buena mezcla de espionaje y acción con nuevos secundarios atractivos, aunque las críticas fueron irregulares y le costó llegar a los 400 millones de dólares, que quizá no fueron suficientes viendo su alto presupuesto y la excesiva campaña publicitaria. El siguiente episodio, Protocolo fantasma, llegó en 2011 de la mano de Brad Bird, y ofreció otro enfoque nuevo. Este por fin dio las ingentes cantidad de dinero deseadas (casi 700 millones), y la saga desde entonces sigue sus parámetros, esto es, una vuelta al entretenimiento más ligero con el que nació la serie en los sesenta, con historias más sencillas, más acción, y reutilización poco disimulada de los mejores momentos de la primera entrega.

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Serie Misión Imposible:
-> Misión imposible (1996)
Misión imposible 2 (2000)
Misión imposible 3 (2006)
Misión imposible: Protocolo fantasma (2011)
Misión imposible: Nación secreta (2015)
Misión imposible: Fallout (2018)

Ant-Man y la Avispa


Ant-Man and the Wasp, 2018, EE.UU.
Género: Superhéroes, comedia.
Duración: 118 min.
Dirección: Peyton Reed.
Guion: Chris McKenna, Erik Sommers, Andrew Barrer, Gabriel Ferrari, Paul Rudd.
Actores: Paul Rudd, Evangeline Lilly, Michael Douglas, Michael Peña, Laurence Fishburne, Walton Goggins, Michelle Pfeiffer, Bobby Cannavale, Judy Greer, T. I., David Dastmalchian, Hannah John-Kamen, Abby Ryder Fortson, Randall Park.
Música: Christophe Beck.

Valoración:
Lo mejor: La mar de entretenida. Buena en la comedia, correcta en el drama familiar, protagonistas carismáticos.
Lo peor: Incapaz de profundizar en los temas latentes. Tramas dispersas, villanos flojos, falta de rumbo y nada impresionante en lo visual. El grupo de secundarios graciosos se sobreutiliza demasiado.
El título: Ale, otro traducido a medias, menudo ridículo.
Mejores momentos: Cogiendo un camión como si fuera un monopatín. La visita al colegio.

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Como en la primera entrega, los autores esquivan temáticas de gran calado (el thriller político de Capitán América: El Soldado de Invierno), épicas gestas de dioses (Thor: El mundo oscuro, Thor: Ragnarok), dilemas éticos de altos vuelos (Los Vengadores: La era de Ultrón), lo místico y paranormal (Doctor Strange), etc., para buscar un divertimento sencillo, un héroe pequeño, con sus problemas personales y familiares e historias de superación más mundanas. Pero, como en la primera parte, se pasan un poco de frenada, porque todo ello no significa que no se pudiera ahondar algo más en reflexiones como la alienación moral del individuo, las elecciones propias y los condicionantes externos que te llevan por un camino u otro, las responsabilidad, la redención, etc., todos latentes con los problemas con la ley de Scott Lang y los Pym (agravados por los eventos de la Capitán América: Guerra Civil) y con los villanos elegidos, Fantasma y su cuidador.

La relación de padre e hija versus la necesidad de aventuras y el tira y afloja con la ley generan situaciones variadas y divertidas. Y la responsabilidad del héroe aparece pronto, con la disyuntiva de elegir ayudar a los Pym saltándose las normas o centrarse en los suyos y complacer al sistema. La dinámica entre Scott, Hank y Hope es mejor aún, se materializan otras relaciones normales y corrientes pero atractivas con las que es fácil conectar y a veces sentirse reflejado. La aparición de Fantasma pone más dificultades en su misión y un buen toque de intriga. Cuando conocemos su situación se presentan otros conflictos morales interesantes: no es un villano acartonado, sino un ser humano que ha sido empujado al mal camino y la desesperación lo lleva a cometer actos con consecuencias poco meditadas.

El mafioso en cambio sí supone un enemigo de cartón piedra sin interés alguno que simplemente aparece aquí y allá para poner las cosas más difíciles cuando los guionistas quieren una nueva pieza de acción. Walton Goggins se ganó merecidamente con sus grandes interpretaciones y personajes en The Shield (Shawn Ryan, 2002) y Justified (Graham Yost, 2010) el ser considerado para cualquier papel de villano o tipo de dudosas tendencias, pero una cosa es tener un rol bien escrito, como aquellas o ya en cine Los odiosos ocho (Quentin Tarantino, 2015), y otra monocromáticos y sin carisma como el de Tomb Raider (Roar Uthaug, 2017) o el presente. Así que, con sus dientes postizos tan llamativos (tuvo un par de accidentes donde perdió los naturales), el pelo largo tan feo, los trajes estrafalarios y la nula personalidad que le confiere el guion, su personajillo da más bien pena, nunca supone un peligro real. A media película también cobran protagonismo los amigos de Scott, un grupo de secundarios cómicos efectivo en pequeñas dosis, pero a los que se empeñan de nuevo en sacar demasiado y únicamente como chistes andantes. Poca empatía puedes sentir por ellos con tan corto desarrollo, y también acaban lastrando algunas escenas.

La proyección entra en una dinámica de vueltas en círculos con todos estos frentes abiertos sin avanzar con determinación en una dirección clara. Sí, pasan tantas cosas que mantiene un ritmo trepidante, el sentido del humor es variado y bastante efectivo, los protagonistas principales resultan muy simpáticos y las escenas de acción son sencillas pero con la combinación de todo funcionan correctamente. Hay que destacar como comedia es bastante buena, tiene infinidad de chistes locos, diálogos chispeantes y situaciones caóticas que mantienen el nivel en casi todo momento, sólo algunos excesos con el grupito graciosete parecen pasados de rosca. Momentos como el camión usado como monopatín o la entrada en el colegio pueden hacerte llorar de risa, y en toda la proyección mantienes la sonrisa.

Pero el drama pasa poco a poco de simpático a previsible, y la aventura no le confiere nuevos giros y lecturas que lo realcen. No se llega a explorar el potencial de los temas jugosos que hay latentes, pues termina inclinándose del todo por la comedia y la acción. Fantasma y el científico pasan sin dejar huella alguna, sin abordar los discursos éticos que ponían en bandeja. Con Scott y los Pym se centran únicamente en la acción, dejando de lado las reflexiones que había latentes, de hecho, tan si quiera llega a materializarse ningún cambio notable en sus formas de ser. Así que la cinta no logra adquirir la trascendencia necesaria para que te impliques de lleno con la historia y te mantengas al lado de los personajes, pues se va perdiendo la conexión cuando las cosas se tuercen y para el tramo final te ves venir todo y no sufres con sus problemas ni temes por sus destinos. Ser una comedia no obliga a dejar de lado la profundidad y el drama, como bien han demostrado Guardianes de la galaxia y Vol. 2 y Thor: Ragnarok.

En el sentido del espectáculo tampoco son capaces de lanzarse a por todas. La historia de la búsqueda de la mujer de Pym en el mundo cuántico podía haberse desarrollado de muchas formas, pero al final queda como un macguffin simplón, el reto objetivo mientras tienen otras aventuras, y no llega a producir tensión real, sabes perfectamente cómo acabará. Por ello mismo tenían que habérselo trabajado más, tanto buscando problemas más elaborados durante el viaje por el mundo cuántico como sobre todo en el aspecto visual, de forma que la situación asombrara, ofreciera un escenario único y un acabado deslumbrante. Pero a pesar de las posibilidades infinitas pasa lo mismo que en Doctor Extraño pero agravado: no ponen mucho esfuerzo, recurren a unos pocos enredos visuales básicos y ya está. Peyton Reed dirige con el piloto automático puesto, repitiendo encogimientos y agrandamientos sin aportar soluciones narrativas y visuales novedosas. La persecución en coche termina haciéndole un poco larga y el clímax en el puerto cumple por los pelos. Entrando en el mundo cuántico es donde más se echa de menos algo más imaginativo, todo se limita a lucecitas y enredos digitales que a veces ni se entienden (dónde flotan esos tardígrados, dónde están los átomos, qué son esos bulbos lleno de colorines del destino final), hasta el punto de dejar cuestiones importantes sin resolver: ¿de qué ha vivido Janet durante treinta años, cómo se ha hecho ropas y armas, qué poderes ha adquirido?

Ant-Man y la Avispa es una película bastante disfrutable si no se espera de ella nada más que divertirse, pero si se desea que Marvel dé un giro y explore otras opciones, pues a estas alturas se puede exigir más ambición, o que tan siquiera ahonde un poco más en un potencial mayor, puede decepcionar más de la cuenta.

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Serie Los Vengadores:
Iron Man (2008)
Iron Man 2 (2010)
Thor (2011).
Capitán América: El primer Vengador (2011)
Los Vengadores (2012)
Iron Man 3 (2013)
Thor: El mundo oscuro (2013)
Capitán América: El Soldado de Invierno (2014)
Guardianes de la galaxia (2014)
Los Vengadores: La era de Ultrón (2015)
Ant-Man (2015)
Capitán América: Guerra Civil (2016)
Doctor Strange (2016)
Guardianes de la galaxia Vol. 2 (2017)
Spider-Man: Homecoming (2017)
Thor: Ragnarok (2017)
Black Panther (2018)
Los Vengadores: La guerra del infinito (2018)
-> Ant-Man y la Avispa (2018)
Capitana Marvel (2019)
Los Vengadores 4 (2019)
Spider-Man 2 (2019)
Guardianes de la galaxia Vol. 3 (2020)

Ready Player One


Ready Player One, 2018, EE.UU.
Género: Aventuras, ciencia-ficción.
Duración: 140 min.
Dirección: Steven Spielberg.
Guion: Zak Penn, Ernest Cline (también autor de la novela).
Actores: Tye Sheridan, Olivia Cooke, Ben Mendelsohn, Mark Rylance, T. J. Miller, Win Morisaki, Philip Zhao, Lena Waithe.
Música: Alan Silvestri.

Valoración:
Lo mejor: Alegrarte por reconocer alguna referencia a la cultura popular. La chica resulta simpática y la actriz Olivia Cooke competente. Ben Mendelsohn es capaz de deslumbrar incluso en una basura de personaje.
Lo peor: Historia muy vista y tontorrona, personajes planos tirando a cargantes (en especial el protagonista tan mal interpretado por Tye Sheridan), aburrida en lo visual a pesar del potencial.

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Es evidente que el Steven Spielberg de los años ochenta y principios de los noventa hace mucho que quedó atrás, que su talento no ha madurado y envejecido tan bien como desearíamos y se observa desgaste, falta de pasión o inspiración, y un giro conservador. Sus últimas obras que pueden considerarse realmente originales y vibrantes serían Atrápame si puedes y Minority Report (2002 ambas), el resto queda más bien en tierra de nadie o rozando la mediocridad. Cabe destacar el intento de revivir éxitos pasados con Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (2008), que sí bien a mí me pareció notable se llevó tal varapalo que frenó durante una década cualquier otro acercamiento a su mejor época y prefirió migrar hacia los clichés conservadores del lado más rancio del gremio, el modelo de cine de la academia de los Oscar, en busca de un reconocimiento que el público ya no le daba. Pero con Ready Player One inesperadamente vuelve a mirar atrás, y muchos de los que crecieron con Tiburón (1975), E.T. (1982), Indiana Jones (1981), Parque Jurásico (1993) y otras que no dirigió pero produjo con mucha implicación, como Los Gremlins (1984), Los Goonies (1985) y Regreso al futuro (1985), vieron revividas sus esperanzas de encontrar esa magia que nos llevó a lugares nunca vistos. Pero estos olvidan que el realizador no está en sus mejores momentos y nada apuntaba a remontada, y sobre todo que ya no somos niños y que en el cine está todo inventado y es muy difícil sorprender.

Menos mal que yo no he ido con esperanzas de ningún tipo. Sólo así no me he llevado las manos a la cabeza ante una cinta tan floja, tontorrona, desganada, muy propia de nuestros tiempos (estereotipos y artificios y nada más), que si no supiera que firma Spielberg hubiera achacado a cualquier don nadie trabajando por encargo sobre la enésima adaptación de novelas para adolescentes con la que el estudio de turno trata de sacar tajada con poco esfuerzo. Estamos ante otra aproximación al eterno viaje del héroe en plan La guerra de las galaxias (1977), pero en su versión moderna y comercial en la onda de Harry Potter (2001). Todos los tópicos de este tipo de aventuras están puestos en orden sin que parezca que intenten disimularlos. El dibujo de los personajes no podía ser más simplón, la historia es predecible hasta provocar rechazo y se apoya demasiado en enredos visuales sin alma que saturan bien pronto.

Tenemos al chico resuelto pero solitario, la chica madura y comprometida, los amigos de adorno y para cumplir cupos (la negra graciosa, el asiático -esta vez por partida doble- para vender en China y Japón), el genio reservado que sirve de guía y el villano que es malo porque sí. Un protagonista tan facilón tiene todas las de aburrir, pero con una interpretación tan sosa como la de Tye Sheridan resulta incluso cargante: no me importa nada su vida y lo que pueda pasarle. La compañera es mucho más simpática y Olivia Cooke una actriz más competente, de hecho es lo prácticamente lo único que salvo de la película, pero cabe preguntarse a qué viene esa gilipollez de la mancha en la cara. Parece que quieren ponerle encima un problema, pero una vez mencionado ya no se vuelve a tener en cuenta, ella es guapa y decicida como siempre, y la mancha incluso se va aclarando, así que este recurso queda un tanto hipócrita. Y hablando de conflictos, los dos viven tragedias recientes (la de él de hace horas) que se supone dirigen sus vidas, pero no muestran dolor alguno. Aparte, él parece rondar los treinta años (aunque tiene veintiuno), y ella no está muy lejos tampoco, con lo que el romance de corte tan adolescente resulta un tanto incómodo.

Los otros miembros del grupo son tan intrascendentes que a dos días del visionado no recuerdo nada de lo que han hecho. ¿Dónde quedaron esos secundarios brillantes que había en casi cualquier película de los años ochenta, por qué ahora los reducen a chistes andantes y cuotas de corrección política, incluso en esta, que trata de rememorar aquella época? El villano que dirige una corporación todopoderosa de soldados de cartón no podía ser un estereotipo más manido, si no fuera por el colosal Ben Mendelson podría haber resultado ridículo; la escena en que tienta sutilmente al protagonista es el único amago de llegar a tener un personaje sólido y verosímil, en el resto del metraje se queda en el psicópata de siempre, tan cabezón y estúpido que no te crees que pueda haber llegado tan lejos ni provoca miedo. Por último, el tipo sabio, el maestro que señala el camino a los jóvenes rebeldes, es anodino también, no se dibuja una figura atractiva cuyos secretos vayan redefiniendo lo que sabemos de él. Y Mark Rylance empieza a cansar. Parecía un gran descubrimiento cuando empezó a virar del teatro al cine (El puente de los espías, 2015) y la televisión (Wolf Hall, 2015), pero hace siempre el mismo papel de tipo serio y reservado, y aquí no funciona, no transmite la timidez y ansiedad necesarias, por no decir que disfrazarlo de joven provoca vergüenza ajena.

El citado viaje del héroe no podía estar más trillado, cumple todos los preceptos del género. Despertar, salida forzosa de su mundo, formación del grupo, confrontación contra el todopoderoso enemigo, maduración personal y cambio en la sociedad. Y por alguna razón, a pesar de que la historia es simple y evidente, se empeñan en sobre explicarla una y otra vez con voz en off. Falla principalmente el factor intriga, y no sólo porque resulte tan predecible que a los pocos minutos ya me la imaginé entera y desconecté. El chaval es una enciclopedia andante, así que cabe preguntarse cómo no resuelve las cosas antes… Supongo que lo hacen así para justificar que necesite el consabido empujón de la chica, pero el resultado es que no hay tensión por cómo saldrán las cosas, ni puedes implicarte pensando en posibles soluciones, pues desde el principio queda claro que se las sacarán de la manga cuando más convenga. Por no desarrollar, no se describe ni el escenario planteado adecuadamente. ¿El dinero del juego vale para el mundo real? Porque nadie parece trabajar, más allá de los que ficha la compañía, y tampoco se sabe cómo esta saca dinero con ellos.

No hay un solo atisbo de que sus realizadores traten de darle una vuelta de tuerca que disimule la falta de ambición e inteligencia del guion, y parece que Spielberg se lanzó al rodaje como esperando que el festín de referencias y efectos especiales le otorgaran al relato una personalidad llamativa, porque la falta de pasión que mostraba en sus últimas cintas se ve acrecentada aquí. Incluso en ellas, a pesar del tono conservador y maniqueo con que buscaba a toda costa un melodrama oscarizable, se veía profesionalidad, experiencia. En Ready Player One, cuando precisamente puede soltarse e imaginar cualquier cosa, le pasa como en Las aventuras de Tintín: El secreto del unicornio (2011), se deja llevar por el ordenador y pare una amalgama con los peores vicios del cine contemporáneo. Mucho movimiento de cámara y un montaje precipitado, todo aderezado con música aparatosa, efectos especiales y sonoros en cantidad, pero sin planificar y desarrollar secuencias que narren algo más tangible y logren transmitir emociones más allá del hastío creciente que tanto caos puede provocar. Sin duda es algo difícil ya de por sí con la pobre trama y los insulsos personajes, pero si algo se podía decir de Spielberg es que era un narrador muy emocional, capaz de conmover con un par de planos y buena música. Por ejemplo, en Minority Report había bastante acción, pero se esforzaba en elaborar escenarios originales que sorprendieran y en que el sufrimiento del protagonista resultara creíble, manteniendo así la expectación. Aquí son todo son tortas exageradas pero sin garra, y en el mundo real incluso bastante inverosímiles: los niños son capaces de tumbar a una abogada-asesina (literal) bien entrenada.

Con este panorama, sólo en tramos más tranquilos y algunos homenajes puede lucirse Alan Silvestri, un compositor que apuntaba a dominar la música de cine de tú a tú con John Williams tras deslumbrar con partituras tan memorables como Regreso al futuro (1985), Depredador (1987) y Abyss (1989), pero por alguna razón no logró contratos que lo mantuvieran en primera línea. Para rematar, los efectos especiales son normalitos, no traen novedades ni nada que pueda causar el más mínimo impacto. En el juego virtual, cada lugar imaginario y cada batalla sólo llaman la atención por pillar qué referencia hay de fondo, y en el mundo real apenas vemos cuatro callejones, sólo la torre donde vive el protagonista es más elaborada, pero nada original.

Acabamos la larguísima proyección (he tenido que verla en tres intentos) con un bajón bien grave en la ruidosa pero inane batalla final y el desenlace anticlimático con el creador del juego, que lo único que deja es un simplón y demasiado subrayado mensaje de que debes salir al mundo real y no encerrarte en casa y en ti mismo… y ni eso, porque lo dejan a medias, de lo blanda y cobarde que es la cinta. La decepción por la falta de calado se agrava al pensar que el futuro que vemos daba para explorar muchos temas, pero aparte de las obviedades sobre el capitalismo extremo no se mojan con nada.

Por mucho Steven Spielberg que lleve en el cartel, Ready Player One es otro ejemplo de las peores modas que inundan el cine actual: las distopías inmaduras y superficiales en plan Los juegos del hambre (Gary Ross, 2012), Divergente (Neil Burger, 2014) y demás, las adaptaciones prefabricadas de novelas juveniles (algunas también prefabricadas) en la estela de los éxitos que han marcado estas tendencias, El Señor de los Anillos (Peter Jackson, 2001) y Harry Potter (Chris Columbus, 2001), y la obsesión con vivir de réditos antiguos, de atraer al espectador con miradas al pasado en vez de buscar nuevas historias y poner cariño en ellas.

Parque Jurásico III


Jurassic Park III, 2001, EE.UU.
Género: Acción, aventuras.
Duración: 92 min.
Dirección: Joe Johnston
Guion: Peter Buchman, Alexander Payne, Jim Taylor.
Actores: Sam Neill, William H. Macy, Téa Leoni, Alessandro Nivola, Trevor Morgan, Michael Jeter.
Música: Don Davis.

Valoración:
Lo mejor: Va al grano sin rodeos ni ambición innecesaria, ofreciendo un buen rato de diversión.
Lo peor: Se ve y se olvida. El listón dejado por la primera parte quedó muy alto y está lejos de acercarse.

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A pesar de su escaso calado en el corazón del espectador El mundo perdido fue un indiscutible éxito de taquilla, y como es de esperar en Hollywood lo aprovecharon con otro episodio. Esta vez el guion no se basa directamente en una novela de Michael Crichton, pero quien leyera Parque Jurásico verá que un par de escenas importantes se inspiran en partes que no fueron utilizadas en la adaptación de la primera entrega, como la jaula de los dinosaurios voladores o los problemas en el río. Está escrito a varias manos a toda prisa, de hecho, empezaron a rodar antes de terminarlo. Destaca la presencia de Alexander Payne, quien luego se hiciera un buen nombre en el circuito independiente como escritor y director de títulos como Entre copas (2004), Los descendientes (2011) o Nebraska (2013), entre otras. Steven Spielberg produce pero no dirige, siendo el elegido Joe Johnston, quien pegó fuerte poco antes con la divertida Jumanji (1995). Ni siquiera John Williams compone la música, pues le encargan la ingrata labor de versionar sus temas a Don Davis (quien se dio a conocer con Matrix -las hermanas Wachowski, 1999-).

Viendo que repetir la fórmula con el clásico más grande y más ruidoso no funcionó nada bien en El mundo perdido aquí se apostó por una aventura menos ambiciosa. La idea me parece buena y por momentos parece ir bien encaminada. La presentación de los personajes y la trama, dilatada hasta resultar cansina en el anterior capítulo, aquí se despacha rápido, pues no necesita más: varios protagonistas y la premisa son conocidos ya de sobra, y los nuevos personajes se describen aceptablemente bien a lo largo del relato. Por ello llegamos a la isla sin dar vueltas de más y la aventura empieza pronto. Además, la entrada en el juego de la supervivencia es contundente: el accidente de la avioneta es espectacular.

Pero en adelante faltan novedades y sorpresas, volvemos a la simple premisa de vagar por la isla mientras los dinosaurios entran y salen de pantalla según los guionistas quieran un receso o acción. Además, la falta de pegada de los escenarios no permite que estos produzcan inquietud, no digamos temor, y el espectáculo tampoco termina de llegar al nivel de Parque Jurásico. No acertar de lleno no significa un desastre, pues la selva es atractiva, Johnston dirige con solidez, y el ritmo es bueno, pudiéndosele achacar solamente que en algunos momentos los efectos especiales no dan la talla: los matte paintings (fondos pintados) en la escena de los pteranodones son horribles, y el spinosaurio parece un poco rígido a veces. Sin embargo, la falta de visión también supone que el potencial narrativo y el asombro del público se ven frenados por la falta de novedades, de riesgo.

Repetimos con los velocirraptores. Esta vez su inteligencia se exagera demasiado (prácticamente hablan), pero en general no ofrecen ningún instante original o impactante. Por cierto, los diseñan con un amago de plumas y colorines en la piel, como tratando de contentar a las críticas de que no se parecen en nada a los dinosaurios reales… Para eso no les pongas nada y los mantienes en el estilo original de la saga. También intentan lograr un monstruo más temible que el tiranosaurio con la presencia del spinosaurio, que tiene una buena introducción (la avioneta) y un final bastante espectacular (el clímax en el río), pero entre medio sigue ese patrón de aparecer y desaparecer a conveniencia, perdiendo rápidamente fuelle en el factor suspense, en la sensación de peligro latente. Si es que se escapan correteando un poco en cada envite, y a discutir entre ellos hasta el siguiente ataque. ¿Qué hay de trabajarse escenarios jugando con la intriga y la sorpresa? Eso lo intentan con los pteranodones, con la entrada en la jaula entre la niebla sin saber dónde se están metiendo. Pero aunque no está mal tampoco deslumbra, le falta algo de pegada y sobre todo temor real por los implicados.

Los protagonistas están más elaborados que en el episodio precedente y el reparto está bien elegido. La idea de traer rostros conocidos se quedó a medias, pues Johnston no pensara que la pareja Alan y Ellie fuera a funcionar, a pesar de que todos esperábamos verlos de nuevo. Inicialmente el guion incluía a ambos (en un proceso de separación, el eterno cliché de la serie), pero al final decidieron dejar la aparición de aquella en un simple homenaje. Al menos Alan, con ayuda del papel de Sam Neill, mantiene y mejora su carisma, logrando un personaje magnético que gusta seguir en cualquier situación. El niño de turno es mucho más simpático y da más juego que la cargante chiquilla de El mundo perdido, y el joven Trevor Morgan está estupendo. Paul (William H. Macy) y Amanda Kirby (Téa Leoni) son una gran pareja de gente normal metida en un embrollo que los supera: son creíbles, sobre todo gracias al buen trabajo de los intérpretes, bastante simpáticos (el humor funciona, no como en la segunda parte), y se podría haber sufrido mucho con ellos si el viaje estuviera más trabajado.

Los asuntos matrimoniales, porque al final tuvieron que incluirlos con dicha pareja, esta vez están mejor hilados, pues definen las acciones de los personajes y la relación va evolucionando alrededor del problema mientras tienen los propios problemas con los monstruos. Pero esto significa también que tenemos un melodrama muy de telefilme, previsible, sensacionalista, algo fuera de lugar en una película de la que se espera algo menos de drama tontorrón y más lucha por la supervivencia. Tampoco me convence el patinazo que dan con el ayudante de Alan (Alessandro Nivola), que pasa de competente a niñato avaricioso en un visto y no visto, como para cumplir con el otro estereotipo de la saga: los que ponen el beneficio propio por encima de la naturaleza y el bien común acaban comidos por los dinosaurios. Eso sí, esta cinta es la más blanda y al final sigue vivo para aprender de sus errores.

En resumen, la falta de ambición funciona a la hora de conseguir un capítulo más entretenido y sólido que el anterior, pero ello mismo implica seguir lejos de la grandeza de la primera entrega. Después de contentar tan poco con El mundo perdido el público fue incluso más exigente, llevándose un varapalo mayor de lo que merece.