El Criticón

Opinión de cine y música

Fallece Ennio Morricone

Ennio Morricone nació en Roma en noviembre de 1928, se aficionó a la trompeta de niño, estudió en el conservatorio, y empezó a trabajar en cine con tan solo 18 años. Desde entonces ha llegado a componer unas cuatrocientas bandas sonoras, algunas de ellas de enorme impacto musical y social, como las colaboraciones con Sergio Leone, La misión y Cinema paradiso, obras tan originales y hermosas que se labró la reputación mundial de maestro de la música del cine… menos en los sinsentidos de los premios Oscar y Globos de oro, donde sufrió un niguneo vergonzoso. En 2019 dio una breve gira mundial a modo de despedida. Este seis de julio ha fallecido en su Roma natal, a los 91 años de edad.

Biografía: Wikipedia. Discografía: Rateyourmusic.

Dejo una selección de algunos de sus mejores trabajos:
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Ha fallecido Joel Schumacher

Nacido en New York en 1939, el director Joel Schumacher ha fallecido de cáncer este 22 de junio, con ochenta años de edad.

Su carrera, principalmente como director, aunque también escribió unos cuantos guiones, ha sido extraña. Empezó con algunos títulos no redondos pero llamativos (St. Elmo, punto de encuentro -1985-, Jóvenes ocultos -1987-, Línea mortal -1990-) y fue mostrado madurez en obras de suspense que hacían pensar en un realizador con gran futuro (Un día de furia -1993-, El cliente -1994-, Tiempo de matar -1996-). Pero en adelante deaumbuló entre muchos trabajos menores que hacían añorar sus muestras de talento (Asesinato en 8mm -1999-, Tigerland -2000-, Última llamada -2002-, El número 23 -2007-) y algunos altibajos sonoros en cintas comerciales: del éxito popular de Batman Forever (1995) pasó a convertirse en objeto de risas y rechazo tras la infame Batman y Robin (1997), una de las peores películas de la historia que enterró la saga durante una década y casi acaba con la carrera de sus protagonistas. Tras la gradual decadencia en su retorno al suspense hubo un amago con recuperar el prestigio perdido en El fantasma de la ópera (2004), con mejores críticas y nominaciones a premios, pero no llegó a hacerse realidad y fue siendo olvidado poco a poco. Su último trabajo fue en dos capítulos de la serie House of Cards en 2013.

Filmotrafía: IMDb. Biofrafía: Wikipedia.

Ha fallecido Ian Holm

El británico Ian Holm es un actor con una larga carrera e infinidad de registros, pero siempre ha quedado en un plano muy secundario, pasando casi sin dejar huella. Si no fuera por la fama adquirida interpretando a Bilbo Boslón en El Señor de los Anillos (2001) quizá ni nos acordaríamos de que fue el androide Ash en Alien y el monje Cornelius de El quinto elemento. Pero Bilbo llegó a los corazones de millones de personas, de forma que su fallecimiento deja un gran vacío.

Nació en un distrito en la órbita de Londres, en 1931, de padres escoceses. La interpretación le atrajo en su adolescencia, estudió para ello, y en los años cincuenta logró trabajar en la famosa Royal Shakespeare Company. No tardó en saltar a Broadway, donde ganó un premio Tony por actor secundario en Retorno al hogar (1967).

Fue alternanto el teatro con el cine y la televisión constantemente, participando en los sesenta y setenta en numerosas miniseries históricas. Pero no fue un rostro reconocible por el público hasta Alien (1979) y por la crítica hasta Carros de fuego (1981), obteniendo en esta última una nominación por secundario en los Óscar. Se pueden citar otros personajes llamativos en Brazil (1985) y El quinto elemento (1997), pero como decía, será recordado eternamente por el entrañable Bilbo Bolsón que interpretó ya con setenta años. Desde 2006 estaba medio retirado, trabajando sólo como voz, destacando Ratatouille (2007), hasta que volvió a encarnar a Bilbo brevemente en El hobbit (2012 y 2014).

Sufría párkinson desde hace tiempo. Ha muerto a los 88 años de edad, rodeado de su familia.

Filmografía: IMDb. Biografía: Wikipedia.

Hulk


Hulk, 2003, EE.UU.
Género: Superhéroes.
Duración: 138 min.
Dirección: Ang Lee.
Guion: John Turman, Michael France, James Schamus. Jack Kirby y Stan Lee (cómic).
Actores: Eric Bana, Jennifer Connelly, Sam Elliott, Josh Lucas, Nick Nolte.
Música: Danny Elfman.

Valoración:
Lo mejor: El atrevido tono serio y trágico, adelantado a su tiempo en el género. La versátil puesta en escena, destacando la magnífica dirección y los impecales efectos especiales.
Lo peor: Tiene muchos excesos y algún agujero, y concretamente el final es muy mejorable.
Mejores momentos: La lucha en el desierto contra tanques, helicópteros…

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Es de suponer que los productores principales buscaban una película del estilo que se entiende como comercial, con el público adolescente en la mira, protagonistas arquetípicos fácilmenete identificables, un esquema habitual en la aventura, y aderezando todo con una puesta en escena ostentosa llena de efectos especiales. De hecho, en los primeros pasos del proyecto (como es habitual, estuvo como una década dando vueltas por los estudios) se tanteó una comedia al estilo de las de Adam Sandler y Jim Carrey, probablemente porque la perspectiva seria del personaje implica un tono demasiado oscuro para cumplir con aquellos objetivos. Pero la entrada de Ang Lee definió finalmente el curso de acción, y por extraño que parezca no le pusieran pegas a su visión y no hubo roces durante el rodaje, el único lío conocido fue qué guionistas acreditar después de tantos años de reescrituras.

Lee parte de los pilares clásicos del género de superhéroes, con los temas de traumas familiares, superación personal y aceptación de sí mismo que dirigen la vida del héroe, y pasa por muchos de sus lugares comunes, el romance con la chica, la rivalidad con quienes se erigirán más o menos como villanos, las escenas de nacimiento del héroe y las batallas de rigor. Pero deja la épica y maniquea lucha del bien contra el mal para inclinarse por la tragedia personal y una odisea más terrenal y ambigua. El protagonista irá evolucionando entre constantes escenas de acción que dejan la lectura dramática y ética en unos mínimos que muchas veces resultan simplones o repetitivos, sino a través de constantes pensamientos, reflexiones y penas. En la puesta en escena prioriza un ritmo contenido y una atmósfera melancólica, y aunque cuando llega la acción está es impresionante, sin duda termina de alejar la película de los cánones comerciales, más aún cuando juega con atrevidos experimentos narrativos.

Aunque en la nueva era dorada del cine de superhéroes que llegó a partir del año 2000 con la implantación de los efectos especiales por ordenador ya se empezaba a ver una línea algo más seria en el tratamiento de los personajes y la historia en X-Men (Bryan Singer, 2000) contra el simplismo todavía dominante (el éxito de la ingenua y aburridísima primera parte de Spider-ManSam Raimi, 2002- lo atestigua), Ang Lee miró mucho más allá, dándole al género una seriedad y madurez para la que el público dejó claro que no estaba preparado todavía. Es decir, se adelantó lo justo a su tiempo como para resultar incomprendido. Más atinado estuvo Christopher Nolan, pues su Batman Begins (2005) llegó poco después pero justo cuando el género estaba más asentado, el esquema arquetípico más visto, y por extensión la gente más dispuesta a nuevas perspectivas. Cabría pensar que el tiempo pondría a Hulk en un lugar mejor, al menos el de cinta de culto, pero se machacó tanto en su momento que parece haber quedado maldita.

He dicho de culto y no una revolucionaria cinta de superhéroes porque una cosa es la gran inspiración y determinación que tuvo Ang Lee y otra que el resultado final sea perfecto. Hulk es un experimento muy interesante, una propuesta valiente bastante bien ejecutada en líneas generales, pero arrastra importantes fallos que limitan mucho el gran potencial que guardaba.

Estamos ante un drama que versa sobre el amor y la familia, sobre nuestro lugar en el mundo y nuestra parte de responsabilidad en él, sobre cómo los conflictos que surgen de todo ello dirigen y limitan nuestro desarrollo como personas y nos atormentan con desdichas varias. El relato se desarrolla a través de largos diálogos y secuencias lentas e intimistas donde la narración es llevada muchas veces por las imágenes (con muchos flashbacks y montajes visuales) y las miradas más que por las palabras.

La relación entre Bruce Banner y Betty Ross se materializa muy bien, las fricciones, la torpeza, los sentimientos ocultos o incomprendidos se muestran sin cursiladas ni estereotipos, sino con naturalidad y encanto. La gestación del héroe, que en esta representación más fiel a los cómics que los tontorrones seriales de los años setenta y ochenta resulta un monstruo atormentado en la onda de El fantasma de la ópera (Gastón Leroux, 1910), se lleva su tiempo, pues debe exponerse la infuencia del pasado en su personalidad, con el padre ausente y recuerdos y sentimientos reprimidos. La rivalidad que surge con otras facciones está bastante lograda, el general Ross es un rol con matices, no un archivillano monocromático, cuya posición va cambiando según las circunstancias calan en él. De esta forma, no tenemos personajes buenos y malos sin más complejidad, mensajes claritos y heroicidades facilonas, sino que estamos ante una aproximación realista, donde las situaciones se escapan a nuestro control, los infurtunios nos llevan por el mal camino, plantar cara y salir adelante es complicado y deja secuelas.

En la puesta en escena Lee está pletórico. Apoyándose en unos apartados de fotografía, montaje, sonido y sobre todo efectos especiales espléndidos, combina con habilidad técnicas dispares, algunas muy viejas, otras novedosas, da forma a un aspecto visual versátil y deslumbrante, sobre todo en unas escenas de acción memorables. Sólo la banda sonora de Danny Elfman se queda muy atrás; una música más original y enérgica habría venido muy bien, sobre todo en partes cruciales: esas percusiones y coros con estilo árabe en las intensas escenas del desierto resultan totalmente anacrónicas.

Para el romance el realizador se acerca al cine clásico, con primeros planos, susurros y miradas llenas de significado. Eric Bana y Jennifer Connelly se adaptan muy bien a esa contención, sin pecar de fríos cuando la situación se desmadra y los problemas los llevan al límite. Sam Elliot se suelta más desde el principio dando vida a un general irascible y carismático. Cuando aparece el padre de Banner, Nick Nolte cumple con su buen hacer habitual en un registro donde se siente muy cómodo, el de ser torturado y afligido.

En trancisiones y escenas más activas Lee nos sorprende con un juego de viñetas y montajes cruzados que homenajea el origen del relato a la vez que resulta novedoso en el cine y proporciona agilidad, tanto por resumir muchos datos como por el enérgico ritmo que imprime. En las escenas de acción abre el foco de la fotografía muchísimo, captando paisajes imponentes con grandes angulares y mostrando los hechos con nitidez y gran sentido del espectáculo.

Y estas se ven ensalzadas por el sublime trabajo con los efectos especiales. La creación del Hulk digital es increíble, se le ven poros y pelillos, el movimiento, la interacción y la expresividad son perfectos cuando apenas llevábamos dos intentos de personajes enteramente digitales notables pero todavía no perfectos, Gollum (El Señor de los Anillos -2001-) y Jar Jar Binks (La guerra de las galaxias, trilogía de precuelas -1999-). Los helicópteros y tanques resultan totalmente verosímiles, no sé cuándo es maqueta, cuándo ordenador y si en algún momento usan vehículos reales. Las explosiones y destrucciones de escenarios también son insólitas, parece que disparan de verdad, arrasando el paisaje natural. El conjunto es tan impecable y asombroso que la cinta envejece muy bien, de hecho, resultan inmensamente superiores a los de la nueva versión que llegó cinco años después. No me cabe duda de que es una de las películas con mejores efectos especiales de la historia.

Pero en todo momento tanto el guion como la dirección arrastran excesos que van lastrando el ritmo y la progresión dramática negligentemente, con fallos notables en algunos momentos clave del tercer acto. Tenemos otro contrincante de Banner que acaba resultando un villano estúpido e histriónico propio de una de género mala o directamente de cine cutre. Todas las apariciones de Talbot son horribles, totalmente pasadas de rosca y rematadas por la grotesca sobreactuación de Josh Lucas. ¿Cómo pudo colarse un elemento de estas características en un conjunto tan sobrio? ¿El estudio o algún productor metió mano? ¿El director y los guionistas no supieron verlo? Porque precisamente en el lado de drama trascendental terminan patinando un poco también, remarcando más de la cuenta la tragedia del protagonista: hay demasiados flashbacks que repiten lo obvio, y en muchos casos llegan en momentos en que no son necesarios, como en plena batalla. También pesa la sobrecarga de enredos visuales en algunos instantes: esos planos y más planos a ramas y musgos sacarán de quicio a cualquiera.

Y lo peor, en el desenlace los autores no están a la altura de las pretensiones, se ahogan en el escenario típico de confrontación final sin lograr aportar ni novedades ni sustancia suficientes. El duelo ético entre padre e hijo es un tanto forzado y anticlimático. No terminan de quedar claras las motivaciones del padre, que de repente pasa de preocuparse por su hijo a querer explotarlo y a convertirse en un villano megalómano. Que el general los ponga juntos no sé muy bien tampoco a qué viene, si precisamente lo que quieren es tenerlos tranquilos; supongo que esperaba que cerraran heridas, pero no sé, no convence. Y la pelea final no resulta ni la mitad de de espectacular que la de los perros o las carreras por el desierto, esa lucha de energías que acaba con una bomba salida de la nada casi ni se entiende.

Un cierre que acabara por todo lo alto en espectáculo, reflexiones y conflictos personales podría haber olvidar su ritmo evidentemente mejorable en algunos tramos, pero lo único que consigue es remarcar las carencias y la sensación de que no lograron llegar al listón que se pusieron tan alto. Pero la valentía de la propuesta y la solidez en general del conjunto, sobre todo en el espléndido acabado visual, es muy de agradecer, de vez en cuando la revisiono y disfruto mucho con ella a pesar de los problemas de ritmo.

La reinvención posterior llamada El increíble Hulk (Louis Leterrier, 2008) en cambio es un retroceso brutal, da vergüenza a su lado en todo, absolutamente todo. Viendo que una apuesta seria y personal y realizada con mucho mimo no funcionó, los estudios tiraron por la vena comercial más básica, resultando un esperpento de los que hacen época. Su existencia debería ensalzan aún más el Hulk de Ang Lee, pero sorprendemente no parece hacerlo. Que a quince años de Batman de Tim Burton (1989) se mirara mal una aproximación al género trágica y oscura y con gran personalidad en lo visual es difícil de entender. El público, en vez de aplaudir una obra que señalaba la maduración del género, que ofrecía nuevos caminos a seguir, se quejó que no había suficiente estereotipos y acción, que era demasiado solemne y emocional, pero hoy en día se tiran a cualquier melodrama aunque sea tan obvio y chapucero como Joker (Todd Phillips, 2019). Al menos, cabría esperar que una propuesta tan arriesgada en contenido y sólida en su acabado visual encontrara un hueco entre los cinéfilos del mundo, pero tampoco. Hulk ha sido enterrada con tal esmero que nadie parece acordarse de ella.

Blade Runner 2049


Blade Runner 2049, 2017, EE.UU.
Género: Suspense, ciencia-ficción.
Duración: 164 min.
Dirección: Denis Villeneuve.
Guion: Hampton Fancher, Michael Green, Philip K. Dick (novela).
Actores: Ryan Gosling, Robin Wright, Sylvia Hoeks, Jared Leto, Ana de Armas, Harrison Ford, Mackenzie Davis, Dave Bautista, Lennie James, David Dastmalchian, Tómas Lemarquis, Hiam Abbass.
Música: Hans Zimmer, Benjamin Wallfisch.

Valoración:
Lo mejor: Guion inteligente y acabado deslumbrante. Es respetuosa con la original y en algunos aspectos la supera: explora muy bien la temática, la historia es intrigante y absorbente, y los personajes inolvidables. El reparto está muy implicado. El aspecto visual es impecable: dirección, fotografía, y efectos especiales magníficos.
Lo peor: Repite los fallos más graves de la primera parte, hay un exceso de pretensiones y metraje: se podrían eliminar pasajes completos y agilizar otros, y el tramo final no está a la altura del resto del relato. Y por supuesto, al ser ciencia-ficción no se tuvo en cuenta entre los certámenes de premios más famosos en un año en que fue una de las mejores películas.
La frase:
1) La civilización ha dado saltos con trabajadores desechables. Perdimos estómago para esclavizar, excepto a seres diseñados.
2) Más humanos que los humanos.

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EL RIESGO DE CONTINUAR UNA OBRA DE CULTO

Terror generó el anuncio de una nueva versión o secuela de Blade Runner (Ridley Scott, 1982) en una época en que se mancillan cintas de culto y clásicos sin pudor por arañar cuatro dólares en la taquilla. Todo apuntaba a desastre, tanto por las experiencias previas con otras continuaciones tardías como porque han pasado treinta y cinco años y el cine y la gente han cambiado y por tanto el factor asombro ya no puede funcionar igual, y menos con una cinta tan idealizada, hasta el punto de ser una de las más sobrevaloradas de la historia.

Pero contra todo pronóstico, salió una gran película. Los motivos son obvios, pero todavía los directivos de las majors y otros muchos productores siguen sin enterarse, a tenor de que se siguen haciendo secuelas y remakes basura en cantidad. Cuántas nuevas reinvenciones abominables de Terminator, Alien y Depredador tendremos que tragarnos hasta que se den cuenta de ello. Hay que tener respeto por la obra original, la seguridad de haber encontrado motivos válidos para continuarla, elegir autores con talento para desarrollarla, y no meter mano en el proceso cambiando de ideas sobre la marcha. ¿Que puede salir algo que no convenza a todos? Es probable, dado que el factor nostalgia e idealización pone barreras muy altas. Pero desde luego la posibilidad de tener un producto desalmado, torpe cuando no cutre hasta resultar insultante para el espectador, se reduce casi a cero.

Poner en marcha el proyecto fue complicado. Durante los noventa ya se planteó, pero se atascaron con la adquisición de los derechos de adaptación de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, la novela de Philip K. Dick en que se basaron para la primera película. Estaban en manos de uno de los productores de aquella, Bud Yorkin, y no soltaba prenda hasta que en 2011 cedió ante Andrew Kosoveque y Broderick Johnson, no muy conocidos pero con una trayectoria lo suficientemente sólida como para fundar su propia productora, Alcon Enterntainment, con la que habían desarrollado un buen número de obras de suspense y acción de presupuesto moderado, algunas con bastante éxito como Insomnio (2002), El libro de Eli (2010), Prisioneros (2013)… No sé cómo llegaron a un acuerdo, pero por suerte incluyó la cláusula de no hacer remakes, sólo secuelas. También tuvo que ser complicado encontrar grandes estudios que apoyaran un título tan arriesgado. Compartieron la producción con Columbia Pictures, la distribución nacional (en Estados Unidos) corrió a cargo de Warner Bros. y la internacional fue a través de Sony Pictures.

Como prueba de sus intenciones de hacerlo bien, contrataron a uno de los guionistas originales, Hampton Fletcher, y tantearon a un director con gran inventiva, Christopher Nolan. Pero este tenía sus propios planes, así que intentaron traer de nuevo a Ridley Scott. Este también estaba ocupado, con Alien: Covenant (2017), y sólo aportó algunas ideas a la historia. Viendo el resultado de sus últimas aproximaciones al género, Prometheus (2012) y Covenant, que además son de una saga iniciada en parte por él, cabe pensar que fue una suerte que no estuviera al frente, pues no parece tener la inspiración de la juventud. Mientras tanto, al guion se unió Michael Green, capaz de lo peor y lo mejor: de Linterna Verde a Logan, de Covenant a Blade Runner 2049, estas tres últimas además en el mismo año.

Si los temores iniciales se fueron aplacando al ver que se tomaban en serio el proyecto, la llegada del director Denis Villeneuve despertó un gran interés entre los cinéfilos. Ya apuntaba maneras rematando con un acabado muy sólido algunos thrillers y telefilmes con en apariencia poco alcance, como Prisioneros, pero dejó gran huella con Sicario (2015), tampoco muy consistente en guion pero con un acabado espléndido, y terminó de mostrar su gran talento y visión en la maravillosa La llegada (2016).

Blade Runner 2049 se rodó en Hungría para abaratar costes, aunque hay otras pocas localizaciones, como Islandia y España, para algunos exteriores. El Ejido y Sevilla sirvieron para el prólogo, por ejemplo.

MÁS HUMANOS QUE LOS HUMANOS, MÁS PELÍCULA QUE MUCHAS SECUELAS

Recuerdo la experiencia en el cine como si fuera ayer mismo. Quedé hipnotizado desde el prólogo, la historia que se abre ante los ojos invita a implicarse de lleno en lo intelectual tanto como en lo emocional, uniendo pistas en el intrigante caso que investiga el protagonista, dejándote llevar por los sugerentes pensamientos, quedando embelesado ante las poderosas imágenes. Supongo que así se sentirían los que vieron la original en su momento. Pocas veces en el cine reciente he encontrado obras tan absorbentes, con guiones tan inteligentes y acabados tan exquisitos. Y casi siempre ha sido en ciencia-ficción: la citada La llegada, Interstellar (Christopher Nolan, 2014), Mad Max (George Miller, 2015), e incluso algunos capítulos de Los Vengadores.

Blade Runner 2049 mantiene la esencia de la primera parte, su aspecto visual arrebatador, el futuro inquietante pero a la vez fascinante, el análisis filosófico sobre qué nos hace humanos y adónde llegaremos con las inteligencias artificiales, el cine negro en clave de ciberpunk… Pero en algunos amplía horizontes, halla un mejor equilibrio, o directamente se presenta bastante superior.

La investigación policíaca, tan fallida en aquella, aquí es impecable. Combina a la perfección la descripción del futuro imaginario, que es aún más desolador, la odisea de los replicantes por librarse del yugo de sus creadores y tener una vida propia (lo que incluye también los pensamientos existencialistas), la melancólica historia del protagonista, y da espacio a personajes secundarios bastante más complejos y atractivos.

La investigación se desgrana poco a poco, atrapando con la intriga de las indagaciones y los dramas de K (Ryan Gosling), el agente replicante que obedece al sistema pero se lamenta de no tener una vida plena. Las pistas llegan tras un gran esfuerzo personal y laboral, sin chorradas (la magia que hacían con una foto en la primera entrega) ni cosas que le caen encima entre escenas de acción, algo demasiado habitual en el cine en las últimas dos décadas. Se pueden ir uniendo los datos para dar forma al caso, de manera que te vuelcas de lleno y puedes deducir cosas por tu cuenta. Cada cierto tiempo alguna revelación crucial cambia el panorama por completo, llevándote hacia nuevos y enigmáticos caminos. Cuando creías tener ya construido el puzle, como el propio protagonista, te llevas un shock tremendo al desvelarse la realidad en un giro fantástico.

Gosling está espléndido. Es un actor que se ha hecho un maestro de la contención y lo sutil, y aquí la lleva la límites asombrosos. El replicante que debe mostrar una fachada de equilibrado y obediente está cada vez más roto por dentro, algo que se observa en cada silencio y mirada. La imagen de soso y empanado que ofrecía cuando empezó a darse a conocer en Drive (2011 y Los idus de marzo (ídem) ha quedado atrás. Entre Blade Runner 2049 y Dos buenos tipos (2016) debería haberse llevado alabanzas y premios por doquier.

Algunos secundarios llaman la atención incluso con apariciones breves: el replicante del prólogo (Dave Bautista) resulta trágico, la prostituta interpretada por Mackenzie Davis es llamativa a pesar de su escasa relevancia real, Lennie James da vida a un personajillo interesante también, el chatarrero esclavista, la doctora aislada, Ana Stelline (interpretada por la suiza Carla Juri) es enternecedora y su encuentro con K es memorable, y Joi (Ana de Armas) es un encanto, inicialmente una acompañante modélica para el torturado protagonista, luego cada vez más humana.

Pero los más relevantes logran dejar una profunda huella. La jefa de policía (Robin Wright) es atractiva de por sí, pero además aporta muy bien la perspectiva de los humanos que quieren mantener el statu quo. De la sorpresa que dio la neerlandesa Sylvia Hoeks todavía no me he repuesto, cada vez que vuelvo a ver la película alucino por el papelón que se marcó y lo que pasó desapercibido. Ya el personaje es potente, una replicante entre perrita faldera y perra de ataque con unas motivaciones que se van exponiendo de maravilla: la pobre sólo es capaz de sentirse viva y realizada obedeciendo fielmente y triunfando en los objetivos que le han marcado, aunque sea a costa de destruir vidas. Pero el torrente de miedos y rabia con que le da vida Hoeks es impresionante y redondea el personaje hasta que se sobrepone a los demás con los que comparte escena.

La esperada aparición de Harrison Ford como Deckard tenía la dificultad de ser uno de esos casos en que entra en juego la nostalgia y es difícil contentar a todos, pero no parece haber decepcionado a nadie. La vida que se intuye entre capítulos es sugerente, sin artificios ni más explicaciones de la cuenta, la posición actual como secundario funciona en bien el lado emocional, aunque en lo argumental sí se puede decir que podría haber hecho algo más relevante, sobre todo en el tramo en que está capturado. Las apariciones estelares de Gaff (Edward James Olmos y Rachael (Sean Young rejuvenecida por ordenador) también son emotivas.

En un escalón inferior queda Niander Wallace, el heredero Tyrell como principal fabricante de replicantes. No sé qué empeño hubo con poner a Jared Leto en papeles atípicos y exigentes (este y el fallido Joker de Escuadrón suicida -2016-), no ha mostrado ni carisma ni talento durante su carrera como para merecerlo. Su pose marcada es forzada tanto por el guion como por el actor, y si bien sus discursos son muy jugosos, se exceden con la cháchara un poco más de la cuenta. Sin duda se pretendía un individuo estrafalario, con una visión entre idealista y perturbadora, pero no cumple lo suficiente en ello ni termina siendo un villano que transmita verdadera sensación de peligro.

La puesta en escena es un portento asombroso. La recreación del futuro es impecable, una magnífica combinación de maquetas y ordenador. La fotografía de Roger Deakins con unos virtuosos juegos de luces y nieblas es bellísima. Y Denis Villeneuve une todo consiguiendo una obra que de hermosa y emocionante resulta sobrecogedora, te tiene tramos casi sin poder respirar, complemenente absorto. Sólo se queda corta, bastante corta, la banda sonora de Hans Zimmer y Benjamin Wallfish, que apenas funciona como un efecto sonoro de acompañamiento más que como una partitura bien implicada y con temas con la fuerza de los que nos dejó Vangelis.

EXCESOS AQUÍ Y ALLÁ DESLUCEN EL CONJUNTO

Con tanto talento y esfuerzo, con un resultado tan excelso, hasta el punto de aportar notorias mejoras a la obra original, es aún más inesperado que arrastrara también los mismos fallos de aquella. A veces peca de irse por las ramas, de pagada de sí misma y de sobre exposición de algunas ideas. En el tramo final da la sensación, aunque desde luego no es tan grave como en la primera parte, de que se desvía de algunas propuestas planteadas por el camino. Sumado a eso, la longitud excesiva y un desenlace anticlimático hacen que pierda fuerza y ritmo en el tercer acto.

Todo ello lastra una obra que, viendo sus puntos fuertes, debería haber sido de sobresaliente, quizá incluso una obra maestra. La capacidad de abstraerte de lleno en las poryección en los primeros dos o tres visionados se resiente en los siguientes, una vez sus fallas empiezan a hacerse más evidentes, y si ya era un poco densa, puede hacerse pesada. Como en la cinta original, la sensación de que se quedan a las puertas de algo grandioso es un tanto decepcionante.

Villeneuve afirma que tenía un montaje previo de cuatro horas y recortó hasta dos horas cuarenta. Si lo consideró demasiado grandilocuente y largo, cómo sería, porque en la versión final queda claro que el realizador y el principal guionista están tan enamorados de su trabajo que acaban resultando un tanto pretenciosos, forzando en algunos momentos un tono solemne innecesario e incapaces ver lo que sobra o resulta reiterativo.

Como en la original, hay demasiadas letras iniciales agobiándote con una información que luego resulta que está muy bien explicada en los primeros escenarios. Hay planos y escenas contemplativas un tanto forzadas. La relación con Joi se alarga demasiado sobre cosas que ya están claras. La llegada a Las Vegas tiene minutos perdidos en enseñar el paisaje apocalíptico y la chorrada de las abejas. Y en general hay bastantes situaciones que se podrían haber agilizado.

También tenemos un breve pero molesto salto hacia el lado contrario, hacia la simplificación excesiva. Tras la investigación y otras situaciones donde iba siendo un relato inteligente y enrevesado, de repente se empeñan en darte la resolución bien mascadita: sobra completamente decir quién es la doctora aislada con flashbacks y diálogos explicativos, la deducción es evidente ya antes de que el protagonista lo asimile.

Hay algunos agujeros de guion llamativos y un giro muy forzado en el final. Cómo sabe K que el tipo que encuentra en Las Vegas es el que busca, podría ser otro fugitivo o superviviente cualquiera. Y sobre todo, cómo averigua al final adónde van a llevar al preso y cuándo es el traslado. Aunque ese mismo hecho es absurdo de por sí: no me creo que el todo poderoso Wallace no tenga recursos para interrogarlo en la Tierra y tenga que llevárselo a planetas lejanos, es una excusa muy torpe para justificar el rescate. ¿No hubiera sido mejor una incursión en su guarida, vencerlo en su propio terreno? Eso implicaría también que el villano no deje de aparecer en el desenlace y no se sepa más de él. También me pregunto por qué el viejo edificio Tyrell está abandonado, con los problemas obvios de espacio que hay en la ciudad. No hubiera sido tampoco mala idea jugar con la nostalgia y los orígenes de los replicantes llevando al preso a ese lugar y desarrollar el final ahí.

El desenlace elegido, aparte de poco meditado y mal justificado, también resulta bastante anticlimático. El encuentro entre K y Deckard (con Sinatra y Elvis de fondo) y la pelea contra Luv se eternizan sin aportar nada concreto en el arco dramático de los personajes y en los pensamientos planteados, son tortas sin más. Y la cosa empeora porque justo antes de lanzarlo se habla de una rebelión de los replicantes contra sus creadores… algo que se deja totalmente de lado. Así, cabe preguntarse para qué sirve la misteriosa replicante con un ojo, (Hiam Abbass): K podría haber cerrado el caso de muchas otras formas.

GÉNERO MENOSPRECIADO, OBRA DE CULTO

Pero aun con sus fallas el conjunto resulta tan fascinante que se ha convertido en cinta de culto, y esta vez, al ser una saga ya asentada, ha ocurrido al instante. Eso implica que pocos la vimos y pocos la adoramos, pero suficientes como para que su nombre suene constantemente. El riesgo corrido por los productores y autores les ha dado prestigio entre los espectadores y medios más cinéfilos, pero en reconocimiento del público anduvo algo justa y los premios más populares como es habitual no la tuvieron en cuenta, al considerar la ciencia-ficción como cine de segunda categoría.

El presupuesto fue muy abultado, de 150 millones de dólares, aunque se rumorea que llegó a 185. En taquilla dio unos decentes 260 millones, pero claro, tenía hacer unos 350 para empezar a dar dinero. Aquí hay que decir que los productores se columpiaron bastante. Siendo ciencia-ficción seria e inteligente y para mayores de 18, no sé cómo esperaban arrasar como si fuera una saga tipo Los Vengadores o La guerra de las galaxias. Villeneuve y Scott afirman que desearían hacer más películas, pero con sus ocupadas agendas y tanto dinero en juego no parece que vaya a ocurrir. Por suerte, el renombre que se ha ganado Villeneuve le ha permitido volver a obtener financiación para otro título difícil del género, Dune de Frank Herbert.

No sorprende que los Óscar y Globos de Oro de nuevo se volcaran en cintas melodramáticas e históricas prefabricadas (La forma del aguaGuillermo del Toro-, Los archivos del PentágonoSteven Spielberg-, El instante más oscuroJoe Wright-) cuando había obras de superhéroes, fantasía y ciencia-ficción muy superiores: Logan (James Mangold), Guardianes de la galaxia Vol. 2 (James Gunn), Thor Ragnarok (Taika Waititi), It: Capítulo 1 (Andy Muschietti) y la presente deberían haber rivalizado en el top del año junto a Dunkerque (Christopher Nolan) y Tres anuncios a las afueras (Martin McDonagh), las únicas notables que se contaron en esos obtusos certámenes. Al menos, en los aspectos técnicos sí obtuvo algunas distinciones.

Saga Blade Runner:
Blade Runner (1981)
-> Blade Runner 2049 (2017)

Shakespeare enamorado


Shakespeare in Love, 1998, EE.UU., Reino Unido.
Género: Romance, comedia.
Duración: 123 min.
Dirección: John Madden.
Guion: Marc Norman, Tom Stoppard.
Actores: Gwyneth Paltrow, Joseph Fiennes, Geoffrey Rush, Tom Wilkinson, Colin Firth, Imelda Staunton, Judi Dench, Simon Callow, Jim Carter, Martin Culnes, Ben Affleck.
Música: Stephen Warbeck.

Valoración:
Lo mejor: Deslumbrante combinación de talento e inspiración en guion, dirección, interpretaciones, diseño artístico y música.
Lo peor: Excepto Joseph Fiennes, quien va algo justo. El final, tras un clímax glorioso, no funciona del todo. La incomprensible campaña de odio que todavía arrastra.
La frase: Yo he de tener poesía en mi vida… y aventura… y amor. Amor por sobre todo. (…) No las artificiosas posturas del amor, sino el amor que avasalla la vida. Indisciplinado, ingobernable, como un motín en el corazón, que nada puede detener, ni la ruina ni el éxtasis. Amor como el que nunca ha existido en una obra.

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EL PROYECTO Y LA POLÉMICA

El primer guion fue desarrollado por un autor poco conocido, Marc Norman, a finales de los ochenta, y estuvo a punto de ver la luz en 1991 de la mano de Edward Zwick, quien había adquirido bastante fama con Tiempos de gloria (1989). Este pidió una reescritura al prestigioso Tom Stoppard (Brazil -1985-, El imperio del Sol -1987-, La casa Rusia -1990-…) mientras se empezaban a construir los decorados y a preparar el vestuario. Pero la actriz protagonista elegida, Julia Roberts, se empeñó en compartir cartel con Daniel Day Lewis, y cuando este pasó del tema ella no quiso seguir, y la producción quedó en suspenso porque los estudios también se desinteresaron.

En el 98 entraron el todopoderoso estudio Miramax de Harvey Weinstein y el proyecto se movió con gran rapidez, encontrando pocos baches en el camino (sólo la dificultad de hallar un final llamativo). El realizador elegido, John Madden, venía de unas pocas series de televisión en Reino Unido y apenas se acababa de dar a conocer en Hollywood con un drama histórico sencillo, Su majestad Mrs. Brown (1997).

El estreno fue un gran éxito de taquilla, entusiasmó a la crítica, obtuvo premios por doquier y el reconocimiento de la industria, manteniéndose desde entonces presente en cada actualización que hace la WGA, el gremio de guionistas, de su lista de los 101 mejores guiones de la historia.

Pero a pesar del entusiasmo inicial con que el público recibió otra cinta romántica conmovedora tras las cercanas El paciente inglés (Anthony Minghella, 1996) y Titanic (James Cameron, 1997), un ruidoso sector, fanático de Salvar al soldado Ryan de Steven Spielberg, fue haciéndose notar más de la cuenta hasta que la burbuja explotó con los Óscar y los Globos de Oro y lograron tomar el control del relato. No importa que Shakespeare enamorado destile ingenio y elegancia en un guion brillante y un acabado sublime, que Salvar al soldado Ryan sea una historia llena de estereotipos y sensacionalismo que sólo destaque por su efectivo pero hipertrofiado acabado visual, estos iluminados consideran que la primera es una obra cursi que no merece tanto halago y la segunda no sólo un buen drama, sino una de las mejores películas de la historia…

Lo cierto es que ese año hubo una competencia espectacular donde es bastante difícil elegir, quedando claro únicamente que todas ellas son superiores a la cinta de Spielberg: La delgada línea roja (Terrence Malick), El show de Truman (Peter Weir), Lock & Stock (Guy Ritchie), American History X (Tony Kaye), Bichos (John Lasseter, Andrew Stanton)… Pero esa oleada consiguió tanta influencia que todavía hay gente (internet mantiene vivos estos movimientos absurdos) diciendo que no fueron justos y denostando Shakespeare enamorado probablemente sin haberla visto siquiera. De hecho, el tumulto que armaron fue tal que también da la impresión de que, si a lo largo de su historia estos premios no tenían mucho criterio y acertaban poco, desde entonces empezaron a mirar más las tendencias sociales y mediáticas, como intentando complacer y huir de polémicas, perdiendo así más credibilidad todavía.

TALENTO E INSPIRACIÓN SIN IGUAL

Shakespeare enamorado es una conjunción de astros, suerte, destino o como queráis llamarlo. La combinación de inspiración y talento dio una obra singular, hermosa e inolvidable. El brillante guion ofrece capas y más capas de ideas, géneros, estilos, personajes y tramas hasta formar un todo superior sin resquicio alguno, tan perfecto y asombroso que sin duda hay que considerarlo como uno de los mejores de la historia. Los deslumbrantes apartados técnicos garantizan un deleite audiovisual sin igual, y la dirección es muy compleja y virtuosa, pero el conjunto resulta tan equilibrado que se siente como una obra ligera y cercana. Te lleva por una montaña rusa de emociones: es divertida, entrañable, bellísima. Se puede disfrutar desde muchas perspectivas: como retrato histórico del mundo del teatro en una época apasionante, como comedia inteligente como no se veía desde hacía décadas, como un romance de cuento de los que tocan la fibra sensible, como una de aventuras, con personajes sobreviviendo el día a día en las calles del Londres del siglo XVI…

La ambientación en la época está muy cuidada en todos los niveles. Que sea una recreación ficticia de la vida de William Shakespeare no llega a molestar, o al menos yo no creo que incomode ni siquiera a eruditos del autor y la época, en parte por lo poco que se sabe su vida, pero sobre todo por el fantástico retrato que hace del gremio, de la figura y su entorno. Se muestran las rivalidades entre artistas, los problemas sociales, políticos y económicos, y los temas habituales de las obras de teatro se incorporan a la propia trama con gran naturalidad (la reaparición de personajes muertos, los disfraces, las peleas a espada…). En el detalle está llena de guiños y referencias, donde no importa si algunas sólo pueden pillarlas los más puestos en historia y literatura, porque se hilan muy bien con el desarrollo de personajes, destacando que se juega con la teoría de Christopher Marlowe como autor de las obras de Shakespeare y se bromea con otros artistas (alucinante el chiste recurrente con el niño de la rata, John Webster). En la historia principal se maneja de maravilla la premisa de explorar la posible creación de Romeo y Julieta con experiencias propias del escritor. El amor imposible, la diferencia de clases, momentos clave como la escena del balcón… y en general los citados giros clásicos del género se funden con la aventura romántica, con la nueva obra que escribe ahora que vuelve a estar inspirado, con los líos en el teatro para intentar sacar adelante el proyecto y con los conflictos con otros personajes.

La odisea romántica es cautivadora, desbordante de personajes entrañables y aventuras embelesadoras. Todos los implicados saben que están ante una fábula, una historia idealizada y arquetípica, empezando por los guionistas, y se esfuerzan por dotarla de vida, de energía y encanto. De esta forma, aunque pase por muchos lugares comunes de este ámbito fluye con naturalidad, transmitiendo con intensidad un gran repertorio de sentimientos. Tenemos infinidad de situaciones ingeniosas, hermosas, dramáticas… y muchas que lo combinan todo: la conversación en la barca cuando se descubre que Thomas es Viola, el lío del balcón, la escena en que se desnudan quitándole a ella el disfraz, los besos entre bambalinas, la huida de la carreta dejando plantado al esposo forzado para ir al teatro…

El único punto débil es Joseph Fiennes. Su cara de panoli superado por las circunstancias ayuda a disimular un tanto las carencias dramáticas del intérprete, pero da la sensación de que con un actor más resuelto hubiera sido una cinta aún más extraordinaria, algo que se nota más al lado del colosal torrente de emociones que ofrece su compañera Gwyneth Paltrow, donde aunque la química entre ambos no falla, podría haber tenido mucha más chispa. Además de su belleza y simpatía, Paltrow pone gran pasión en la tormentosa vida de Viola: de afligida por la apatía de una vida que no controla y asustada cuando le imponen el matrimonio, a risueña y resuelta cuando el amor le infiere coraje.

El noble del enlace obligado, Lord Wessex, tiene la difícil tarea de ser el típico villano de cuento y no parecer demasiado encorsetado o una mala parodia, pero los escritores y el certero papel de Colin Firth logran hallar el equilibrio perfecto. Es desagradable sin resultar grotesco, se pueden entender sus motivaciones y frustración, de forma que resulta verosímil, y tiene momentos geniales, como la memorable escena en que cree estar ante el fantasma de Shakespeare.

El repertorio de tramas y personajes secundarios es modélico, hasta el rol en apariencia más irrelevante consigue dejar huella, como el bruto disfrazado de mujer, el presentador tartamudo… Tenemos empresarios, escritores, actores, nobles… todos roles muy bien definidos que hacen desbordar cada escena con su carisma y chistes recurrentes tan rápidos e ingeniosos que si parpadeas te los puedes perder. Destacan con luz propia Geoffrey Rush y su talante esperanzador tronchante: (“Todo saldrá bien.” “¿Cómo?”, “No sé, es un misterio.”) y Tom Wilkinson como el usurero distante que acaba implicado (“¡Un perro!”). La veterana Imelda Staunton está estupenda como la criada personal de Viola; mítica es la escena en que hace ruido con la butaca para disimular los sonidos de la alcoba. Judi Dench está inmensa como reina, imponente y temible en sus pocas apariciones, callando así a los bocazas que decían que con tan pocos minutos no merecía nominaciones a premios. Demonios, hasta Ben Affleck deja buenas impresiones.

El guion desde luego allanó el camino, y los recursos técnicos deslumbraron a pesar de no ser una gran superproducción, pero la dirección de John Madden unió todo dando forma a un portento narrativo asombroso. La cámara vuela con trávelings enérgicos o se apoya en un montaje impecable para transmitir la sensación de estar en las calles y escenarios de la época y lograr un ritmo enérgico que te mantiene pegado a la butaca. Decorados, vestuario y maquillaje, aparte de espectaculares, mantienen una fidelidad enorme, logrando una inmersión plena en aquellos tiempos. Destaca para bien un aspecto que se suele descuidar, la mala higiene de las gentes y de las ciudades y calles de aquellos tiempos. Aunque también hay un aspecto negativo, y es que mantiene el miedo atroz generalizado en Hollywood a mostrar el calzado medieval real, zapatos bajos de cuero basto y burdamente cosido en el pueblo llano y mallas de diversas lanas con sencillos zapatos de puntas alargadas en los nobles, y se opta casi siempre por usar grandes y vistosas botas de cuero bien tratado; el calzado realista sólo se ve en algunos extras de fondo, en los protagonistas, hasta el casi indigente Shakespeare calza como un motero moderno.

Y para rematarlo todo, llegó el desconocido músico Stephen Warbeck y nos regaló una banda sonora de las que hacen época, versátil y exquisita, capaz de realzar la sensibilidad de las imágenes hasta límites indescriptibles.

Aparte de la falta de empaque de Joseph Fiennes, sólo se le puede poner la pega de que no encontraron un buen final a pesar de que probaron varios en pases de prueba con público. Tras el magnífico colofón en el teatro había que abrir más que cerrar historias, porque no cabe un final feliz que ate todos los cabos sin faltar a la Historia. Hicieron lo más lógico, despedidas varias y que Shakespeare siguiera escribiendo, pero la ruptura de la pareja no llega con tanta intensidad como el resto de la relación, el varapalo a Lord Wessex es un tanto predecible y simplón, las escenas con la reina serán necesarias, pero resultan anticlimáticas, y la narración tan larga sobre la nueva obra y las imágenes mostrándola sin venir a cuento despistan un poco, es como desviar el tema.

Con un final redondo que te dejara conmocionado, flotando entre las nubes durante un buen rato, probablemente hablaríamos de una obra maestra, pero tal y como está, Shakespeare enamorado es una maravilla digna de estudiarse en escuelas de cine.

Ha fallecido Little Richad, uno de los pioneros del rock & roll

Richard Wayne Penniman, conocido como Little Richard, nació en 1932 en Georgia, Estados Unidos. A pesar de la pobreza y tener que mantener doce hijos, su madre se las apañó para que estudiara piano. Entre la música moderna en la que se movía y sus tendencias sexuales, su padre lo echó de casa cuando contaba con 13 años. Desde entonces sobrevivió tocando en bares, ganando experiencia y demostrando su talento, hasta que una pareja de blancos con algo de dinero lo apadrinan y le dan espacio en su club musical. Firmó con un sello discográfico en 1950, pero la colaboración no fue muy fructífera. Intentando cambiar de aires grabando con otra banda, durante un descanso tocó una de sus canciones propias, locas, medio improvisadas y llenas de referencias sexuales. Rechazada en principio por inadecuada moralmente, al final los productores terminaron publicándola suavizando la letra.

Era Tutti Frutti, y Little Richard se hizo rico y famoso de golpe. Su peculiar visión del rythm and blues causó tal conmoción que muchos, incluyendo músicos blancos, lo copiaron. Con el tiempo, su fama limó un poco el racismo imperante, pero sobre todo empezó a considerarse uno de los fundadores de un nuevo género, el rock and roll.

Como otros muchos artistas archifamosos, pasó por etapas de drogas, iluminación religiosa, sobriedad de ambas… pero siguió publicando discos, eso sí, de corte gospel, realizando colaboraciones y conciertos hasta que se retiró en 2013.

Falleció el 9 de mayo a los 87 años de edad, en Tennessee, Estados Unidos.

Discografía: Rateyourmusic.com, Biografía: Wikipedia.org.