El Criticón

Opinión de cine y música

La guerra de las galaxias: Episodio VIII – Los últimos Jedi


Star Wars: Episode VIII – The Last Jedi, 2017, EE.UU.
Género: Aventuras, fantasía.
Duración: 152 min.
Dirección: Rian Johnson.
Guion: Rian Johnson.
Actores: Daisy Ridley, Adam Driver, John Boyega, Oscar Isaac, Mark Hamill, Carrie Fisher, Domhnall Gleeson, Andy Serkis, Kelly Marie Tran, Laura Dern, Benicio del Toro, Gwendoline Christie, Anthony Daniels, Frank Oz, Lupita Nyong’o, Frank Oz, Joonas Suotamo, Jimmy Vee.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: Personajes excelentes y actores muy implicados. Algunos tramos muy intensos y emotivos: los centrados en Luke, Rey y Kylo. Aspecto visual como siempre impecable.
Lo peor: Un tramo central sin trascendencia ni garra, agravado por las intromisiones del estudio a modo de anuncios de muñecos y de panfletos ideológicos. Cierta falta de épica y fuerza dramática en global: quiere ser El Imperio contraataca y El retorno del Jedi y se queda más cerca de La venganza de los Sith: mucho potencial desaprovechado.
Mejores momentos: Poe distrayendo a Hux. Rey y Kylo Ren conectando sus mentes en varias ocasiones. La relación de Luke y Rey. Kylo abrazando su destino. La decisión de Luke, y el desenlace de la situación.
El plano: Un héroe solitario ante las máquinas de asedio. Los dos soles.
Las frases: El mejor profesor, el fracaso es -Yoda.

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Alerta de spoilers: Destripo a fondo.–

EL FANÁTICO: MUCHAS ESPERANZAS Y POCA OBJETIVIDAD

Llega el Episodio VIII – Los últimos Jedi con demasiados ojos puestos en él, demasiadas esperanzas y sentimientos a flor de piel, porque es una saga muy querida por millones y millones de seguidores. Y su confección deja entrever demasiada industria detrás, lo que genera también miedo. Antes, con George Lucas como principal artífice, teníamos claro que esto salía de una sola mente, y sabíamos a quién culpar de los fallos y agradecer los aciertos. Ahora hay demasiadas personas implicadas, directivos, productores, encargados de márketing incluso, y autores varios saliendo y entrando según desavenencias con los anteriores, con lo que si no se dirige bien el proyecto la posibilidad de que una de esas manos implicadas no acierte con su visión y perjudique al conjunto se hace mayor.

Por todo ello, vi casi como un milagro que El despertar de la Fuerza saliera tan redonda, aunque fuera evidente que dieron el primer paso yendo a lo básico, a recuperar a los fans perdidos con las más o menos fallidas precuelas, y que Rogue One apuntara tan alto y fuera tan arriesgada. Pero en esta última ya se iba mostrando durante su creación más abiertamente la lucha de egos y los cambios de última hora. Y ahora mismo, el rodaje de la entrega sobre la juventud de Han Solo está siendo otro caos inquietante. Así que no sorprende que este Episodio VIII empiece a mostrar en su narrativa los efectos inherentes a esta forma de producir la serie. Se aglutinan varias películas en una: la Disney sección merchandising, la división cinematográfica, productores varios, destacando a Kathleen Kennedy como directora de orquesta con poder de veto, y el director y guionista de turno. Y con este último no sé si es una bendición que haya conectado bien con los productores, porque eso nos ahorra cambios e improvisaciones de última hora, pero también parece señalar que para agradar se bajó los pantalones, como se suele decir. Ahí están como prueba los anuncios de muñequitos insertados con todo descaro en medio del metraje. Así que da la sensación de que Los últimos Jedi podía haber sido mucho más pero choca con demasiadas barreras, y se va haciendo cada vez más grande también la sensación de que esta serie puede descarrilar en cualquier momento.

Para muchos lo hace en cada nuevo capítulo que se estrena, porque, como decía, es una serie muy arraigada en el corazón y de la que se ansía mucho. Así se está viendo de nuevo la pugna entre el fan que tiene montada su propia obra maestra en su cabeza y chocará con prácticamente cualquier cosa que vea, y el fan dispuesto a abrir su mente y darle una oportunidad. Entre los primeros hay dos extremos igual de equivocados: unos se llevan las manos a la cabeza ante cualquier innovación, considerándola sacrilegio, otros critican cualquier lugar en común como falta de ideas. “¡El final es lo mismo que Hoth, el planeta de hielo, en El Imperio contraataca!”, señalan los segundos. “¡Pero de dónde saca Luke esos poderes, esto no es La guerra de las galaxias!”, dicen los otros. Hay que intentar ir sin ideas preconcebidas ni prejuicios y quedarse en una posición más neutral y objetiva. El escenario del ejemplo es espectacular y tiene elementos de la serie bien usados (los nuevos AT-AT son imponentes), ofrece nuevos giros y, sobre todo, los personajes son muy distintos. En cuanto a la mayor polémica, la sorpresa con la proyección de Luke, resulta una evolución muy acertada de nuestro conocimiento de la Fuerza, una idea bien sembrada a lo largo de la película (Kylo se moja al conectar con Rey), y un desenlace épico y hermoso.

Dice el propio Mark Hamill que se ha sentido defraudado por el camino que ha tomado el escritor y director Rian Johnson, por cómo ha desarrollado a Luke Skywalker. Como muchos fans, esperaba lo más simple y facilón, un retorno del Jedi en plan maestro avezado, soltando espadazos y salvando la situación como un héroe impoluto, y siente como una ofensa que otros hagan versiones distintas a la que ha soñado. A los espectadores que van con esta actitud, si cualquier cosa los descoloca se aferran a ello para tratar de hundir toda la proyección, sin esforzarse lo más mínimo en dar un paso atrás para ver la perspectiva global, para comprobar si un supuesto error puede ser perdonado por la suma de sus virtudes, o incluso para cerciorase de que a lo mejor no es tan grave, o quizá de hecho sea una gilipollez. Con Luke son son incapaces de ver los enriquecedores y profundos giros que han planteado con el personaje, pero es que también señalan minucias como si fueran grandes transgresiones. Sirva el ejemplo más sangrante: ¿Pero cómo puede haber gente asombrada y cabreada porque Leia haga uso de la Fuerza? ¿Tan inconcebible es que en treinta años no haya entrenado un poco? ¿Por qué ese inmovilismo, esa idea de mantenerla como princesita que debe ser rescatada? ¿Qué tiene de malo esa escena, si es impresionante y dramática como otras tantas de la serie?

Asumir que Los últimos Jedi quizá no es un gran capítulo de la saga, que no es una obra maestra al nivel de la trilogía original, no implica darle un suspenso estrepitoso y aderezarlo con aspavientos y llantos. ¿Es que hemos olvidado la infame La amenaza fantasma? ¿Y el mal recibimiento inicial de El ataque de los clones y La venganza de los Sith? Y ahí están estas dos últimas (el Episodio I mejor hacemos como que no existe), siendo cada vez más reivindicadas, recordadas ahora con agrado mientras se minimizan sus muchos fallos, revisionadas infinitas veces con pasión. Diantres, la propia El Imperio contraataca se llevó en su estreno un buen puñado de críticas negativas de medios y fans, tardó en asentarse. Si con el tiempo y la reflexión pudimos perdonar los puntos grises y las cagadas de los episodios II y III, que las hubo bien gordas, como los Yoda y Dooku saltimbanquis o el patético Hayden Christensen, ¿cómo vamos a tumbar tan rápido y tan tajantemente un nuevo episodio que esconde otros tantos buenos aciertos? Estoy convencido de que con Los últimos Jedi pasará lo mismo: se calmará la tormenta y se irá recibiendo mejor, creciendo con el paso de los años.

LA PELÍCULA: IRREGULAR PERO MUY DIGNA

El primer acto es el mejor. Centrado en desarrollar a Rey, Kylo, Luke, la relación entre ellos y la Fuerza, y recuperando el misticismo de esta, Rian Johnson logra el tramo más sugerente y emocionante sin necesidad de vistosos escenarios y acción aparatosa. Yendo despacito y con buena letra desglosa los encuentros, los posicionamientos, los sentimientos de cada personaje en su justa medida, permitiendo que el espectador los entienda a fondo y conecte plenamente con sus tribulaciones y se inquiete por sus porvenires. No se ven prisas, miedo a perder a los espectadores impacientes, ni a los niños incluso, porque el ambiente es melancólico, lóbrego. Luke está abatido, derrotado por su fracaso con Ben Solo. Rey está un tanto perdida y acumula sentimientos sin la necesaria contención, y Luke ve que puede patinar hacia el Lado Oscuro o simplemente tomar malas decisiones. Kylo Ren, el alter ego de Ben, ambiciona mucho y siente demasiado dolor.

Los saltos a la situación actual de la resistencia están bien colocados y sientan unas bases muy prometedoras. Nos encontramos ante una retirada abrupta y desorganizada con más enjundia que de costumbre, alejada de la clara dicotomía entre el bien y el mal de la trilogía original. Hay angustia, cobardes, héroes militares sin visión política que entran en conflicto con unos pocos líderes al borde del desfallecimiento pero obstinados con seguir adelante un día más, porque la esperanza nunca se debe perder. Finn quiere salir por patas de una vida que le sigue viniendo grande, y encontrar a Rey, la única luz que alumbra su existencia. Poe sólo ve la victoria del día, mientras Leia y otros generales trabajan mirando a largo plazo. La sensación de que todo se puede desmoronar y de que no sabes cómo podrán salir adelante esta muy lograda, y tenemos un punto álgido imponente: Kylo evitando disparar en el último momento y Leia siendo lanzada al espacio.

Pero conforme llegamos al nudo de esta sección, este no se tensa con la destreza necesaria y comienza a deshilacharse. Inesperadamente, la caótica huída pierde fuelle a marchas forzadas, diluyéndose el efecto de desasosiego y de impotencia ante una muerte inminente. Nos estancamos en un bucle con un tono de serie de mala calidad, donde nos vamos a otros capítulos mientras se trata de postergar el desenlace estirando los recursos de mala manera. Llega un punto en que se roza el bochorno, con las naves explotando y explotando sin acabarse nunca, para dar tiempo a que se junten todas las líneas narrativas. Y aun así estas no se unen adecuadamente, pues Rey aparece en la batalla final de sopetón: ¿nadie opone resistencia a su fuga, ni siquiera Kylo?

La causa de este bajón tiene un origen claro: por alguna razón han pensado que Finn necesitaba un arco propio por separado. Su odisea por el planeta de los millonarios (con el casino a lo James Bond, referencia cómica muy mal hilada) supone minutos tirados en una subtrama muy larga, poco trascendente, y que para colmo se desvía en aspectos que no pintan nada aquí. La encarcelación, el encuentro con el ladrón, la fuga (muy seguro conectar las cloacas de la prisión con las de los establos, sí señor) y las carreritas con animales resultan escenas de transición y acción sin sustancia ni un rumbo claro, recordando a los patinazos de Lucas en las precuelas.

La clave para el plan de infiltrarse en el destructor de Snoke es palabrería, ciencimagia, bien podía haberles dado la solución Maz Kanata en su videoconferencia directamente, sin mandarlos lejos. El rol de Benicio del Toro es muy conveniente y artificial, no resulta creíble; parece que tenía enchufe o alguien lo quería en la película. Así que da la impresión de que todo esto es tiempo perdido. ¿No hubiera mejor mantener a Finn a bordo del crucero y reforzar el escenario de la persecución con todos los personajes trabajando en distintos ángulos y chocando en intereses? La relación de Finn y Rose resulta bastante simpática, y el apunte sobre los vendedores de armas que negocian con la Primera Orden y la rebelión por igual apuntala bien el tono más adulto que están imprimiendo a la serie, pero son lo único que sostiene este desvío tan fallido.

Aquí es imposible no pensar en que los distintos egos implicados han metido mano. Algún productor querría acción ligera en el ecuador de la cinta, porque le parecería demasiado oscura y pausada, y la Disney deja ver la ideología del país de piruleta de la compañía y la obsesión con el merchandising. Los mensajitos con sobredosis de corrección política (con patrocinio de alguna asociación animalista) y los anuncios publicitarios provocan unos cuantos momentos de pura vergüenza ajena: los estúpidos pajaritos-peluche con que topa Chewbacca y los pseudocaballos con cara triste son para vomitar. Nos quejamos del humor infantil de Lucas, pero al menos era inocente, aquí nos taladran con un panfleto adoctrinante. Y en este tramo se hace bastante evidente también el estudiado tono feminista: sólo las mujueres tienen la brújula moral intacta y toman buenas decisiones, los hombres son unos patanes que estropean todo.

No ayuda en este segmento que con Poe también patinen un poco. Su carisma y determinación se mantienen bien, pero la aventura en que lo sumergen es un tanto endeble. Su disputa con la vicealmirante Estorbo, perdón, Holdo, apunta maneras, pero necesita a gritos un desarrollo más verosímil, porque acaba resultando una trama postiza y previsible. ¿Pero qué le costaba a ella decir que tiene un plan, de verdad esperan que nos creamos que un buen comandante deja en el limbo a sus mandos más cercanos? Su respuesta ante las preguntas de Poe es pasar de él con mala leche, así que, ¿cómo no iba a montarse un motín? Muy forzado también que Leia y Holdo lo tengan en buena estima, cuando desobedeciéndolas casi apaga el último rescoldo de la resistencia.

Por suerte, la evolución de Kylo y Rey en el acto central aguanta muy bien el tipo, salvo que afilemos mucho las uñas con los puntos en común con El retorno del Jedi, con Rey metiéndose en la boca del lobo para intentar salvar a Kylo como hizo Luke con Vader. Es entendible que, dadas las características de la saga, haya una limitación en cuando a los arcos argumentales posibles, de la misma manera que para mantener la esencia ha de haber una continuidad y coherencia en argumento y personajes, pero entiendo si alguno se queja de que se nota demasiado la mirada al pasado. Pero en el lado emocional funciona muy bien, y dentro de la idea central de este episodio, el relevo generacional, es también admisible construir un escenario semejante desde el que mostrar las diferencias. Los encuentros mentales entre Rey y Kylo han sido intensos y nos han puesto en una situación muy atractiva con diferentes posibles resultados. La reunión con Snoke mantiene un tono tétrico y anuncia un futuro poco halagüeño para cualquiera de los dos jóvenes. Y la lucha entre los tres es vibrante y bastante espectacular, aunque como es obvio es difícil innovar con los duelos a espada a estas alturas. Para rematar, Johnson es capaz de sorprender con los giros finales, y no una, sino dos veces: los destinos Snoke y de Kylo.

Eso sí, me temo que dejan algunas cuestiones importantes en el aire, y no parece muy lógico que las resuelvan en otros episodios, es aquí cuando había que darles respuesta, para que tuvieran mayor capacidad de impacto. Nos quedamos sin conocer quién es Snoke y sus orígenes, y qué ha pasado con los Caballeros de Ren, si son Jedis que Luke entrenaba o solamente acólitos de algún tipo, y qué ha sido de ellos, pues a pesar de su aparente importancia (unirse a Kylo y acabar con la nueva orden Jedi que estaba levantando Luke) no se los vuelve a mencionar. Siguiendo con otras faltas dignas de mención, igual que en El despertar de la Fuerza se echa de menos un poco más de desarrollo de la situación política de la galaxia. No queda nada claro cómo surge la Primera Orden con tanto poder y la resistencia aparece tan disminuida después de la gran derrota del Imperio. Hemos pasado de demasiada política en las precuelas a que haga falta exponer unas bases mínimas.

La batalla final remonta considerablemente el nivel de la sección de la resistencia desde la brutal embestida de Holdo contra el acorazado de Snoke, y aunque diría que no hasta alcanzar las cotas que los fans soñamos, como iba diciendo, eso no puede cegarnos ante lo que tenemos delante, y el clímax sin duda es bastante efectivo. Todos los personajes tienen su hueco, su conflicto, sea interno o con los demás, está muy bien desarrollado, y encontramos unos cuantos momentos asombrosos y épicos como se espera de la serie: la aparición de Luke y su redención es memorable, con algunos planos sobrecogedores (los AT-AT, los dos soles), y el renacimiento de la resistencia resulta bastante bonito, tanto por la maduración de cada protagonista y la reunión final, como por la semilla de nueva esperanza a lo largo de la galaxia.

LO MEJOR: GRANDES PERSONAJES Y ACTORES

Los cuatro protagonistas principales irradian un magnetismo irresistible, como los de la trilogía original, como se esperaba en las precuelas pero apenas se vio en Palpatine y en unos instantes poco aprovechados con Anakin. Ellos y la calidad de sus intérpretes realzan Los últimos Jedi por encima de sus carencias y problemas. Se conecta con intensidad con sus tragedias, con los miedos de Finn, el fuego descontrolado de Poe, la pasión y dolor de Rey y la tempestad interna de Kylo. Sus trayectorias se desgranan con inteligencia y llegan a sus puntos de inflexión adecuadamente, sin manidos clichés de última hora, y eso a pesar de que algunas de las etapas del argumento en que se ven metidos no son muy efectivas. Poe, carismático y capaz pero pendenciero e irreflexivo, va aprendiendo a analizar la visión global y pensar en el futuro. Finn, cobarde y egoísta, encuentra razones para luchar por otros dándolo todo, e incluso ahí descubre que no puede ir a ciegas en cada situación. Rey y Kylo van tanteándose mutuamente, explorando sus puntos en común y sus diferencias mientras intentan crecer en un mundo muy complejo dominado por los poderosos adultos.

Hay que destacar que Kylo Ren termina aún más alto del gran personaje que presentaron en El despertar de la Fuerza, haciendo recordar con lástima lo mal que expuso George Lucas la deseada presentación del joven Anakin Skywalker y su transformación paulatina en Darth Vader. ¡Kylo es el villano que nos merecíamos entonces! Pero mejor tarde que nunca, claro.

A ellos debemos sumar el retorno de Luke. Como a Hamill, duele verlo derrotado, huidizo, pero, como decía, esta perspectiva aporta un dramatismo muy certero, alejado de lo predecible que hubiera sido tenerlo en plena forma sin más dilemas. Su presentación no puede ser más elocuente: tirando el sable láser de malas maneras. (Por cierto, es una escena con un humor muy cabrón que contrasta con la ridícula cena de Chewbacca con los pajaritos de las narices, señalando muy bien los altibajos, la sensación de que hay demasiados autores metidos en la película). Luke no ha tenido un entrenamiento en condiciones, así que por mucho que lloren algunos, no cabía encontrarse un Maestro Jedi sin más. La única sabiduría que ha adquirido es la que enseña a Rey: deja claro que no hay más Jedi, que la arrogancia de la orden se acaba, y que ella es una niña egoísta como lo fue él. Que tenga una redención de último momento se podía intuir, pero la forma en que surge no se veía venir y supone un cierre para el personaje épico y dramático a partes iguales. También cabe señalar la fantástica aparición de Yoda, emotiva, divertida y con grandes dosis de sabiduría.

Leia queda un poco más en segundo plano, pero como faro de la rebelión brilla con luz propia. La pena es que nos quedaremos sin tener el Episodio IX centrado en ella como se planeaba, debido al inesperado fallecimiento de Carrie Fisher en diciembre de 2016, justo al terminar el rodaje. Queda por ver cómo apañan una despedida digna para el personaje que no parezca precipitada.

Los caracteres más secundarios no pasan desapercibidos. Rose es una chica sencilla en un puesto olvidado, la típica en la que nadie se fija, pero en cuanto la conoces se hace querer y su presencia parece indispensable; eso sí, si nos la presentaron siendo una mecánica, no pinta mucho pilotando una nave al final: convertirla en una heroína de acción es como desandar lo andado, despreciar el mensaje inicial de que todos cuentan. Con el General Hux consiguen que deje huella, a pesar de la aparente simpleza de su dibujo: un trepa psicópata, un perro rabioso pero fiel, como dice Snoke. Genial el momento “El Líder ha muerto. ¡Larga vida al Líder!”

Los actores están espléndidos, mostrando todos un entusiasmo y pasión que el director aprovecha al máximo. Imposible destacar a alguno entre John Boyega, Daisy Ridley y Adam Driver, todos bordan sus papeles, pero Mark Hamill merece una mención especial, por ser un regreso muy anhelado y que salda con maestría aun con las reticencias iniciales con su rol. Muestra todo el dolor que lo ahoga como si fuera un actor de primera, no uno de tercera que vive de las rentas de un éxito pasado. También hay que alabar a Domhnall Gleeson, capaz de conseguir un general temible a pesar de su juventud y cara de bueno.

Si El despertar de la Fuerza fue una introducción a los nuevos personajes, Los últimos Jedi lo es al conflicto global, abordándolo con una idea muy concreta: llega el fin de una época y el nacimiento de otra. Luke, aparte de evadirse por sus sentimientos de fracaso y remordimientos, empieza a ver que la Fuerza no es un asunto exclusivo de los Jedi, que el equilibrio entre luz y oscuridad se mantiene de forma natural y fueron unos egoístas al creerse el centro de todo lo relativo a esta energía. Por extensión, cree que ni los Jedi ni él pintan nada en un mundo que están construyendo los jóvenes. Kylo Ren está hastiado del control que ejercen sobre él los adultos, y se los quiere quitar de en medio para labrarse un camino en total libertad. Rey ofrece la otra cara de la moneda: el anhelo de unos padres y guías adultos le impide ver su propia fuerza. Con Leia, inicialmente se nota que estarían perdidos sin líderes como ella, lo que la abruma, aunque no por eso se rinda; y poco a poco ve la madurez de los jóvenes destinados a reemplazarla, encontrando esa nueva esperanza tan esperada.

De cara a extender la serie también se aporta savia nueva, llevando el legado Jedi más allá de unas pocas familias de sangre pura. Que Rey venga de la nada y nazcan otros Jedi sin más ha cabreado a algunos fans, pero yo lo veo una actualización lógica y muy bien aprovechada que enriquece el universo de La guerra de las galaxias. Los únicos puntos oscuros serían los citados más arriba sobre los orígenes de Snoke y los Caballeros de Ren.

ASPECTO AUDIOVISUAL CASI IMPECABLE

Rian Johnson, quien se dio a conocer con Looper, ha cumplido muy bien como director, sobre todo teniendo en cuenta las dificultades a la que se enfrentaba. Están las exigencias de los productores, las limitaciones argumentales, que esto es una serie con parámetros concretos, y las presiones de los seguidores, que no son pocas. Y con todo ello a cuestas debe lidiar con un rodaje de superproducción de alto nivel. El resultado es notable, sobresaliente en cuanto a dirección de actores, con los que logra algunas escenas memorables, como los encuentros entre Rey y Kylo, unos complicados por su contención y otros porque el espectáculo y las semejanzas con los capítulos antiguos podían minar su fuerza. Sólo podría criticársele que no viera que el guion en el tramo central no estaba a la altura y lo redujera en la mesa de edición para que no hiciera tanta mella. Con veinte o treinta minutos menos saldría una película muy superior.

En los aspectos técnicos sorprendería a estas alturas que fallaran, como mucho podríamos encontrarnos con un capítulo que por argumento no permitiera mostrar tantos lugares imaginativos. Y el presente precisamente tiene un poco ese problema: el casino no llama mucho la atención, es un lugar muy humano, mundano, cuando podían haber ideado cualquier cosa; a la nave de Snoke le falta imaginación y personalidad, que es un triángulo más grande y punto; incluir otra vez al Halcón Milenario volando por lugares estrechos mientras los persiguen los cazas enemigos ya cansa. Por lo demás, dirección artística, vestuario, decorados y efectos especiales son impecables y espectaculares.

La única limitación destacable, y esta sí es muy inesperada, viene de la banda sonora. La experiencia y maestría de John Williams se nota en cada nota, en su capacidad para llevar a un nuevo nivel las imágenes y dejar extasiado al espectador, pero al contrario que el magnífico Episodio VII, donde sorprendía con un trabajo mucho más sutil que el acostumbrado tono épico, aquí anda muy falto de inspiración. La partitura es una reutilización constante de todos los motivos ya conocidos, no hay renovación, expansión y adaptación a las nuevas situaciones. El ejemplo más evidente es que el conflicto creciente de Rey y Kylo y sus sentimientos en común eran caldo de cultivo para explorar versiones más dramáticas y oscuras de sus fantásticos temas, pero Williams no parece tan siquiera intentarlo.

CONCLUSIÓN

Analizada la cinta en conjunto, da la impresión de que sus autores tenían bien planeado el arco de cada protagonista, pero no los escenarios donde desarrollarlos. Y en esos falta imaginación y vitalidad, sobra algo de autocomplacencia (mirar demasiado al pasado) y sobre todo pesa la lucha por el control entre los productores de la serie. Anhela demasiado ser El Imperio contraataca y El retorno del Jedi y se queda más cerca de El ataque de los clones y La venganza de los Sith: es otro episodio más largo y descentrado de la cuenta, con mucho potencial desaprovechado. Pero, como esas entregas, resulta también un espectáculo vibrante, deslumbrante en numerosas ocasiones, pero además tiene algunas mejoras, como la gran calidad de sus personajes y, aun teniendo todavía alguna salida absurda, el estilo más serio y adulto.

DETALLES VARIOS

Listo aquí unos cuantos apuntes y detalles que no me cabían en el ya de por sí largo texto:

-El doblaje de El despertar de la Fuerza me sorprendió para bien con voces para los actores jóvenes poco conocidas y muy bien adaptadas. Pero aquí hay una cuestión chocante: Mark Hamill habla como Harrison Ford, porque comparten un actor de doblaje habitual. Así que Luke habla como Indiana Jones, lo que al menos a mí, que pillo rápido las voces, me descoloca un montón. Teniendo en cuenta que la voz del actor de doblaje no se parece en nada a la que tenía cuando era joven en la trilogía original, bien podrían haberlo cambiado. Aunque es cierto que entonces otros acusarían de poca fidelidad. Al final es lo de siempre: el doblaje es una lacra que deberíamos superar, excepciones de calidad como la presente son pocas y aun así son imperfectas.
-R2D2 y C3PO están muy olvidados, como si quisieran cumplir con ellos y ya está. Hemos pasado de sobreexplotación infantil en las precuelas a esto, y no me gusta. Al menos, el reencuentro de R2 con Luke es conmovedor.
-La visión de Rey en el pozo del Lado Oscuro es sugerente pero no da mucho de sí, cuando la de Luke en El Imperio contrataca era tenebrosa y se remataba señalando que podría convertirse en Vader.
-Vale que es fantasía, pero cagadas como el viento que hay en el espacio en el prólogo de La venganza de los Sith y la de las bombas de aquí, que caen en el espacio como en la atmósfera, son fácilmente evitables, que quedan fatal. Que no haya descompresión en la nave (abren las compuertas sin más) me lo puedo tomar como que tiene un campo de fuerza.
-Qué conveniente que desaparezca todo el ejército que rodea a Finn y Rose. ¿Y de dónde viene ahora Phasma, si estaba al lado? Bastaba con poner a aquellos dos corriendo entre el caos, no era tan complicado.
-Igualmente, pararse a luchar contra Phasma sobra, es una escena para contentar al espectador que quiere lo más fácil y directo. También tenemos críticas de lo contrario, en otro ejemplo de recepción dispar: algunos se quejan de lo desaprovechada que está Phasma. Por favor, es un personaje secundario, si le damos presencia más allá de ser parte de la fauna de la galaxia, aparte de ser totalmente innecesario, perdería su misterio.
-Se destruye el puente de mando cuando Leia sale despedida, pero luego trabajan desde otro puente perfectamente equipado sin explicar de dónde sale. Se supone que el hangar ha sido destruido, pero Finn y Rose despegan sin problemas con una nave.
-Según un fugaz plano en el epílogo, Rey ha cogido los vetustos libros Jedi, esos que se conservan de puta madre en un entorno de gran humedad. ¿Los toma para estudiar? Me cuesta creer que ella los coja sin preguntar. Además, si el mensaje es olvidar un pasado obtuso y caduco y abrazar los nuevos tiempos, ¿por qué esa escena?

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Saga La guerra de las galaxias:
Introducción: La guerra de las galaxias, de George Lucas.
Episodio IV – Una nueva esperanza (1977)
Episodio V – El Imperio contrataca (1980)
Episodio VI – El retorno del Jedi (1983)
Episodio I – La amenaza fantasma (1999)
Episodio II – El ataque de los clones (2002)
Episodio III – La venganza de los Sith (2005)
Episodio VII – El despertar de la Fuerza (2015)
Rogue One (2016)
-> Episodio VIII – Los últimos Jedi (2017)

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Detroit


Detroit, 2017, EE.UU.
Género: Drama, histórico.
Duración: 143 min.
Dirección: Kathryn Bigelow.
Guion: Mark Boal.
Actores: John Boyega, Algee Smith, Will Poulter, Jack Reynor, Ben O’Toole, Hannah Murray, Anthony Mackie, Jacob Latimore, Jason Mitchell, Kaitlyn Dever, John Krasinski.
Música: James Newton Howard.

Valoración:
Lo mejor: Buen reparto.
Lo peor: Un retrato superficial y descentrado de unos hechos muy graves y relevantes: tenía potencial para mucho más y resulta una película fría, previsible, sin miga alguna

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Pensaba que Detroit iba a ser una de las preferidas para encabezar la temporada de premios… aunque sí, eso por lo general no garantiza que sea buena película, pero al menos me mantengo al día. También me atraía por su aparente temática de análisis sociopolítico. Y, a pesar de que En tierra hostil fue un tanto floja y La noche más oscura podía haber sido mejor, Kathryn Bigelow me parece buena directora y todavía tengo la esperanza de que encuentre un guion con el que pegue un pelotazo… uno real, porque, de nuevo, las sobrevaloraciones de los Oscar pronto se ponen en su lugar: ¿alguien se acuerda a estas alturas de En tierra hostil, ha influido en el cine, en la sociedad, a pesar de sus churricientos galardones?

Pero para mi sorpresa, a pesar del caché de su autora y el éxito de sus obras, el estudio no la ha apoyado esta vez. Con su limitada distribución y la escasa campaña publicitaria, Detroit ha pasado completamente desapercibida: apenas se habla de ella y ha dejado unos ridículos 16 millones de dólares de recaudación mundial. Sería muy raro que la academia Oscar, que se apoya sobre todo en la presión de los medios y la insistencia de los estudios, la resucite de la nada. ¿La temática de policía racista ha asustado al estudio? Es posible, pues a pesar de los años pasados desde los hechos narrados, en Estados Unidos siguen más o menos igual, dando la sensación de que en cualquier momento podría ocurrir algo parecido otra vez.

Una vez vista, tampoco cumple como ensayo analítico, y aunque esto no debería sorprenderme tanto, algunas esperanzas me había hecho. Es de hecho combinación de La noche más oscura y En tierra hostil. Como la primera, es un resumen de los eventos que intenta ser neutral y acaba resultando frío y superficial, y como la segunda, intenta abarcar distintas etapas de una situación sin ser capaz de hacernos entrar en ella, es decir, resultando caótica y poco emocionante. En la caza de Bin Laden podía perdonarse, porque era una acción militar concreta y se narraba con ritmo y garra, pero hablando de unos disturbios sociales tan grandes no puedes quedarte tan al margen de los condicionantes, los conflictos latentes, las personalidades de los protagonistas, las respuestas y repercusiones…

Me puse con ella sin haber visto ni un solo avance, es decir, sin saber exactamente qué perspectiva del tema iban a abordar, y conforme avanza se observa que van cambiando el ángulo y el tono varias veces, quedando un relato incapaz de ir al grano y de sacar jugo de una situación que permitía muchos rangos de análisis y crítica. Los veinte primeros minutos se dedican a exponer anécdotas y situaciones varias de los disturbios, dando la impresión de que se pretende dibujar un panorama completo del asunto. Pero la frialdad con que los hechos son expuestos me impidió entrar en el ambiente: estaba aburriéndome bastante. De repente saltamos a un estilo completamente distinto: hay que soportar otros treinta minutos siguiendo a una pandilla que busca su oportunidad para triunfar como músicos, y a la vez conocemos a un policía sin preparación y racista. El drama es ahora demasiado localizado e intrascendente (qué cansina la escena de ligoteo), y la construcción de los personajes (en especial el estereotipado agente) no llaman como para interesarse por el esperable momento en que caerán en algún problema relacionado con las revueltas.

Está claro que querían ofrecer una introducción global a la situación y luego presentar a los personajes implicados en el caso que van a abordar, pero ninguno de los dos segmentos funciona, tanto por su poca pegada emocional y su escaso calado como porque son dos secciones demasiado separadas, incapaces de formar un todo superior. Así que se puede decir que la película de verdad tarda cincuenta eternos minutos en empezar. Y cuando lo hace, no ofrece nada arriesgado (por ejemplo, Perros de paja viene pronto a la memoria) ni tampoco provoca la necesaria sensación de desasosiego e imprevisibilidad. Los policías racistas asaltan un hotel lleno de negros y pierden los estribos y el control de la situación, los otros cuerpos de la ley (policía nacional, ejército) se desentienden, y se convierte en una pesadilla para los inocentes ahí atrapados. Es el mejor tramo, porque es más activo y concreto y por extensión entretenido. Pero aun así le falta componente emocional y crítico: seguimos ante una exposición sin sustancia alguna de los hechos, y, por mucho que fuera una situación real, no me he importaba mucho quién muriera.

El cuarto segmento, muy largo también, parece que por fin va a mojarse… pero las consecuencias (investigación, juicio, respuesta del público) siguen sin rascar en las muchas capas y caras de contenido que hay latente, se mantiene la línea entre desganada y gélida. Sinceramente, para esto me veo un documental. No entiendo la necesidad de tanto metraje y tanto detalle y las dosis de siempre de clichés y sensacionalismo si lo único que van a hacer es narrar en imágenes la entrada de la Wikipedia del caso. De hecho, parte de los acontecimientos los exponen en texto en pantalla al inicio y al final de la proyección, quizá porque vieron que faltaba contexto o claridad. Llegamos al desenlace y no ha dejado nada en que pensar, ni tan siquiera puedes hacerte una idea del ambiente social, político y económico que provocó los disturbios, ni si dejó secuelas, si se aprendió algo y se trató de solucionarlo de alguna manera.

Tampoco funciona en el drama: los personajes no han tenido una profundidad y una evolución con la que conectar. El policía era gilipollas entonces y lo es ahora, ni se ha tratado de entender su actitud ni analizar la situación que permite que gente tan descarriada llegue tan lejos y luego se salga con la suya; el negro indeciso y cobarde lo era antes del asalto y lo sigue siendo después, y me da completamente igual la siguiente etapa de su vida, a la que dedican muchos minutos; el resto de la banda me atraen menos, pero no ocupan tanto tiempo… aunque claro, eso significa que son tratados como meros figurantes; el vigilante privado, aunque parece estar triste por el resultado del juicio, no sirve para exponer ninguna reflexión, así que sus esporádicas apariciones no parecen haber servido para nada.

El reparto se lo toma en serio, eso sí, y salva bastante una narración tan poco emocionante. La mayor parte son desconocidos pero cumplen bastante bien con el repertorio de personajes-cliché: los policías dan miedo, los negros pena; John Boyega (el vigilante) es el más destacado, pues aunque su rol es de los menos llamativos deja un par de escenas muy intensas; por cierto, es clavadísimo a Denzel Washington en versión joven. Kathryn Bigelow es buena realizadora, y como tal es capaz de dotar de cierta tensión a los momentos clave del asalto al hotel, pero no hay más enjundia en el guion, así que el resto del metraje parecen minutos tirados en introducciones y epílogos fallidos.

Al final da la impresión de que estamos ante un incidente aislado de tres policías racistas, cuando fallaron la política, todos los cuerpos de la ley, e incluso la sociedad en general. Pero claro, esto no es The Wire, es una obra sin personalidad, sin coraje, sin contenido, con un poco de acción y una pizca drama de amarillista y superficial para que la masa de espectadores se indigne un poco pero no sepa realmente por qué y pueda aplicarlo a un cambio de pensar real, es decir, para que impacte sólo el tiempo suficiente para ganar dinero y premios; y lo gracioso es que, como decía, le han quitado esa posibilidad al no darle apoyo desde la industria; por suerte, no es un caso que lamentar.

En el mismo estilo semidocumental que narra una crisis (el atentado islamista del maratón de Boston) tenemos la reciente Día de patriotas de Peter Berg, que resulta mucho más recomendable: se lo toma como una de acción y aun así es capaz de dar una impresión global de los hechos más compacta y cercana, y sobre todo, es una cinta muy entretenida.

Valérian y la ciudad de los mil planetas


Valerian and the City of a Thousand Planets, 2017, EE.UU., Francia, China, Bélgica…
Género: Aventuras, fantasía.
Duración: 137 min.
Dirección: Luc Besson.
Guion: Luc Besson. Cómic por Pierre Christin, Jean-Claude Mézières, y Évelyne Tranlé.
Actores: Dane DeHaan, Cara Delevingne, Clive Owen, Sam Spruell, Rihanna, Ethan Hawke, Herbie Hancock.
Música: Alexandre Desplat.

Valoración:
Lo mejor: Dirección artística, decorados, vestuario y efectos especiales magníficos.
Lo peor: Luc Besson se pierde en un frenesí demencial, ridículo, inclasificable. ¿Dónde quedó el inspirado autor de la inolvidable El quinto elemento? Los actores principales dan grima.

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Valérian: agente espacio-temporal, o Valérian y Laureline, como es más conocido, es un cómic francés de finales de los años sesenta que, si bien no alcanzó gran popularidad global, gracias a su asombrosa imaginación sirvió de inspiración para muchos autores de género posteriores. De hecho, es uno de los referentes menos conocidos de La guerra de las galaxias: numerosas viñetas aparecen calcadas en la trilogía original. Aquí tenéis un artículo que habla de ello, por poner uno de los muchos que surgieron con la llegada de la película.

Que de la adaptación se ocupara Luc Besson, artífice de esa joya memorable que es El quinto elemento, fue toda una alegría para sus fans, pues con el potente material de origen y lo que se veía en los avances prometía una maravilla semejante. Esas impresiones también eliminaban un poco “el efecto John Carter“, eso de que pudiera perder la frescura que tuvo la obra en su momento al adaptarla tan tarde, cuando el género está tan sobado y ha habido tantas referencias a la misma que ya nos es conocida aunque ni siquiera conociéramos su nombre. Es decir, si mantenía el estilo imaginativo y vibrante de El quinto elemento no importaría que la premisa pareciera simple o anticuada.

Pero me temo que el resultado está precisamente en la onda del desastre de John Carter o de otro hostión monumental reciente, El destino de Júpiter. La originalidad deslumbrante, el ritmo excelente, las situaciones rocambolescas tan emocionantes y los personajes carismáticos de El quinto elemento brillan por su ausencia. El galimatías que tenemos aquí apenas deja entrever unos pocos estereotipos que ahogan a los pobres personajes, y el prometedor universo se presenta con torpeza en capítulos caóticos y mal hilvanados incapaces de conmover lo más mínimo.

El nivel es tan bajo que provoca mucha vergüenza ajena y supone una enorme decepción, no ya porque Besson esté perdiendo el norte (recordemos la parida de Lucy… ¡que tendrá secuela!), sino porque se haya desaprovechado un material tan atractivo y tantos recursos monetarios y artísticos en tal bazofia. A pesar de que estamos en una época en que cualquier historia imaginable es factible de cobrar vida en imágenes con suficiente credibilidad, resulta que apenas hay guionistas y directores con talento e imaginación como para lograr buenas películas. Por cada Denis Villeneuve (La llegada, Blade Runner 2046) y Christopher Nolan (Memento, Origen, El truco final, Interstellar) tenemos infinidad de morralla y productos prefabricados, pero también algunos batacazos de autores otrora admirados, como este caso o el de El destino de Júpiter.

La pareja protagonista es lo más grotesco en cuanto a personajes que ha dado el cine reciente, y mira que podemos poner ejemplos lamentables en cantidad, la quinta de Transformers a la cabeza. La elección de actores no sé cómo ha podido salir de un casting serio, vaya par de niñatos sin carisma, ni química, ni porte; son poco o nada agradables de ver, por decirlo suavemente… ¿se supone que ella es modelo? Dane DeHaan (Valérian) estuvo bastante bien en la serie En terapia en un papel exigente, y de Cara Delevigne (Laureline) sólo conocía su rol secundario en Escuadrón suicida, donde apuntaba pocas maneras. Ambos están horribles y parecen escupir sus diálogos como si su compañero no estuviera a su lado. En su defensa se puede decir que no ayuda que sus roles sean estereotipos cutres sin una sola arista a la que aferrarse, pero también es evidente no tienen el carisma necesario para salvarlos y el director no es capaz de sacarles la más mínima química. Están tan poco cuidados que incluso resultan inverosímiles en el universo y la historia propuestos. ¿Cómo estos niñatos inmaduros y sin experiencia visible en ningún campo pueden haber llegado a ser espías o mercenarios de tal fama que el gobierno los tiene los primeros en su lista? Él, el típico quinceañero salidorro, y ella la chica que va de madura y respetable pero es igual de idiota (“yo no me lío con niñitos”, aunque babea por él en todo momento). Como resultado, tenemos unos protagonistas principales que oscilan entre la aburrida indiferencia inicial y una creciente sensación de rechazo: acabas la proyección harto de ellos, de sus tonterías y de los penosos actores. Los fans de los cómics señalan que se parecen bien poco a los magnéticos personajes originales, así que la pena con lo que han hecho es mayor.

La trama… ¿Qué trama? Un doble prólogo intenta meternos en situación, pero si ya se hacen largos mientras los ves, el poco poso que dejan en la materialización del universo y la historia remarca la sensación de innecesarios. El primero narra el nacimiento de la ciudad de los mil planetas, algo que se podría resumir sin ocupar tantos minutos redundantes; ni la preciosa Space Oddity de David Bowie lo salva, me temo que está muy sobada ya. La segunda introducción resulta instantáneamente cursi y pesada, y se alarga hasta la desesperación para señalar un argumento muy simple: una raza alienígena muy especial está en peligro, y aunque parezca increíble no es porque pasen hambre (la película parace una oda a la anorexia). La hora siguiente la perdemos en aventuras caóticas con la parejita insoportable sin que se llegue a concretar nada. En El quinto elemento, aunque la premisa era tremendamente simple (vencer a un ente maligno sin definición), todo escenario mantenía la misión como objetivo, el efecto especial no se sobreponía a la aventura (la búsqueda de respuestas y la unión de los implicados), y los personajes tenían una presencia que levantaba cualquier situación. Aquí nos encontramos ante una exposición destartalada de una lluvia de ideas delirante vivida a través de dos individuos difíciles de querer.

El mercadillo en varias dimensiones, la especie retrógrada que secuestra a la chica, el trío de patos gilipollas, la pesca submarina con criaturas metidas con calzador en plan La amenaza fantasma, el numerito musical de Beyoncé… Todos los capítulos resultan largos, anodinos e inconexos, nunca hay sensación de que vamos hacia alguna parte, de que los personajes van cambiando. Para cuando Besson se decide a recuperar la trama principal ya es tarde, ha perdido la poca trascendencia e interés que pudiera tener. Los irritantes protagonistas y su descentrada odisea me han desesperado tanto que he tenido que ver la película repartida en varios días. Y todo para que al final apenas aborde otros pocos clichés cansinos: el militar genocida y sus secundarios peleles, la forzada maduración del crío, la penita que supuestamente debe darnos la raza desfavorecida, y la batallita final de rigor ponen un cierre sin garra alguna para un conjunto infame.

La pena es que en el aspecto audiovisual han derrochado a lo grande. Para una vez que tenemos una banda sonora de acción ajena a la factoría Hans Zimmer (clones sin alma), en manos del virtuoso Alexandre Desplat, esta pasa desapercibida entre tanto ruido. La labor de dirección artística es encomiable y se traslada a imágenes de forma deslumbrante gracias a un abultado presupuesto (180 millones de dólares). El universo es rico y vistoso hasta abrumar, pero, por culpa del penoso guion, en el mal sentido: no hay coherencia y verosimilitud como para que el bombardeo de imágenes cale hondo, todo queda infrautilizado como artificios vacuos. En El quinto elemento sentías que los personajes vivían en ese futuro imaginario, y los distintos escenarios cobraban vida propia. Aquí hay mucha lucecita, criatura, navecita y planeta exótico pero nada logra transmitir alguna emoción concreta más allá de una breve “molonidad” visual.

Lo peor de todo es que no llega a caer en el cine cutre. Si pudieras reírte de lo estúpida y chapucera que es al menos sacarías algo. Pero es aburrida y cargante hasta límites inclasificables. Corramos un tupido velo y hagamos como que no ha existido…

American Made (Barry Seal, el traficante)


American Made, 2017, EE.UU.
Género: Acción, suspense, biografía.
Duración: 115 min.
Dirección: Doug Liman.
Guion: Gary Spinelli.
Actores: Tom Cruise, Domhnall Gleeson, Sarah Wright, Mauricio Mejía, Fredy Yate Escobar, Alejandro Edda.
Música: Christophe Beck.

Valoración:
Lo mejor: Entretenida y curiosa.
Lo peor: La enorme falta de originalidad. Parece un capítulo de Narcos.

* * * * * * * * *

Se narra, con a saber cuántas licencias, la vida de Barry Seal, un piloto de aerolínea de pasajeros un tanto aburrido por la monotonía de su vida, hasta que esta da un vuelco cuando la CIA, en plena Guerra Fría, lo selecciona para hacer vuelos de espionaje a grupúsculos paramilitares con presuntos lazos con los soviéticos por Centroamérica y Sudamérica. Con la búsqueda de aventuras y otros giros inesperados acaba saltando al narcotráfico, trabajando para el cártel de Medellín que lidera Pablo Escobar, mientras sigue usando la fachada de la CIA para cubrir sus viajes. El tío se hace rico hasta el punto de no saber dónde meter el dinero.

El problema es que para condensar una epopeya de este tipo en dos horas hay un rango limitado fórmulas narrativas que faciliten una forma inteligible y entretenida, y han optado por una muy clásica, la de enlazar anécdotas a toda leche y pararse de vez en cuando en recesos más tranquilos que tratan de otorgar un poco de dimensión humana a los implicados. Si en palabras no te haces una idea de lo que quiero decir, con ejemplos conocidos seguro que sí. El lobo de Wall Street, Atrápame si puedes, Scarface, Uno de los nuestros… pero el mejor ejemplo sería la reciente serie Narcos, de hecho parece un capítulo anexo, porque estos acontecimientos forman parte de la misma gran historia (aunque Seal es citado en un solo capítulo, creo recordar) y el estilo es prácticamente el mismo.

Tenemos cantidad de voz en off y apariciones futuras del protagonista explicando situaciones, montajes a modo de resumen y citas históricas (periódicos, discursos presidenciales), y anécdotas breves de todo pelaje. En las secciones más largas y pausadas se aborda el drama familiar (mujer, hijos, fachada social), la adaptación a los nuevos giros (los métodos del narcotráfico y de la CIA) y a las secuelas (el dinero, vivir en alerta constante…).

Pero Barry Seal, el traficante no tiene la originalidad, personalidad y en general la brillantez de las obras citadas, sino que se aferra demasiado al esquema elegido y tira para adelante sin mucho esfuerzo. Las delirantes aventuras del protagonista tienen capacidad de impacto suficiente como para sobreponerse a una fórmula tan convencional, el ritmo es bastante activo y sin bajones, y también hay contexto histórico suficiente para sacar una correcta lectura crítica sobre los desmanes de EE.UU. (intervencionismo, hipocresía, individualismo y capitalismo extremo). Pero le pesa muchísimo el hecho de que se le aplica a una vida singular un filtro muy predecible, de manera que una vez presentada la historia se ve venir prácticamente todo, y las sorpresas y situaciones más peliagudas pierden fuelle, parecen ponerse al mismo nivel detalles insignificantes que su vivencia más peligrosa. Por ejemplo, las peleas familiares son harto predecibles, los autores no son capaces de salirse de los estereotipos a pesar del potencial de la historia; y cuando aparece el vago hermano de ella, ya tienes el final de la odisea bien explícito. También me parece evidente que, dado el título original (American Made, “Hecho en EE.UU.”), la crítica debería tener más protagonismo y agudeza, cuando parece emerger automáticamente por la situación más que por esfuerzo del guionista y del director. Había muchísimo material por donde meter humor negro y autocrítica ácida, pero lo desaprovechan bastante.

Es decir, le falta ingenio, fuerza dramática, sensación de imprevisibilidad. Una epopeya tan fascinante y prometedora acaba convertida en un simple entretenimiento pasajero, cuando más bien debería dejarte anonadado y pensando al terminar el visionado. A su falta de empaque contribuye también la elección de Tom Cruise como protagonista: un héroe de acción no pega en este papel, hacía falta un intérprete con más registro. No hay más personajes, porque el resto quedan como figurantes del repertorio de curiosidades, y claro, tener figuras como Escobar y no sacarles partido, pues apena bastante.

Eso sí, para pasar un rato ameno vale de sobras.

Atómica


Atomic Blonde, 2017, EE.UU.
Género: Acción, suspense.
Duración: 115 min.
Dirección: David Leitch.
Guion: Kurt Johnstad. Antony Johnston y Sam Hart (novela gráfica).
Actores: Charlize Theron, James McAvoy, Eddie Marsan, Toby Jones, James Faulkner, John Goodman, Sofia Boutella.
Música: Tyler Bates.

Valoración:
Lo mejor: La pelea principal, espectacular.
Lo peor: Mezcla de estilos y pretensiones caótica, chapucera, insoportable.

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Viendo los avances parecía que nos vendían una de acción loca en plan John Wick, de hecho, su director fue uno de sus principales artífices, aunque también esperaba que tuviera algo de Jason Bourne (antes de que la extendieran de mala manera), es decir, alma: un argumento más trabajado que el de aquella, algo garra y personalidad. Pero una vez enfrascado en el visionado me sorprenden con una de espionaje en la guerra fría con un tono serio y una estructura narrativa muy forzados y pretenciosos, donde meten a la fuerza esos enredos fantasiosos de la peor acción moderna. Y no creais que queda algo como James Bond, que suele combinar bien la elegancia y la acción exagerada sobre una base sencilla de espionaje clásico, o como Jason Bourne, más realista, ruda y dramática. La mezcla es burda, inconexa, delirante en algunos tramos.

También me pareció que Charlize Theron producía el proyecto (se supone que llevaba años trabajando en él) con la intención de dejar claro que las mujeres pueden protagonizar películas de acción, que son algo más que la secundaria atractiva que se lía con el protagonista… Pero va y casca un desnudo completamente gratuito en una de las primeras escenas (no hacía falta enseñar tanto para ver sus heridas), y a mitad de la cinta tenemos un poco de erotismo lésbico de baratillo sin venir a cuento también. Entre eso y el repertorio de modelitos que va mostrando, cabe pensar que más bien quería lucir físico, que me parece muy bien, pero luego que no se quejen de machismo.

En plena caída del muro de Berlín seguimos la declaración de una agente ante sus superiores, donde desgrana su última y difícil misión. Con una estructura narrativa fragmentada en idas y venidas en el tiempo los autores intentan maximizar una trama de suspense bastante predecible en un principio, pero van reliando las cosas y poniendo capas de enredos forzados hasta que no se entiende nada. Una de espionaje que se precie nos hace partícipe del miedo y desconcierto que viven sus protagonistas, llevándonos con ellos a su situación, compartiendo el esfuerzo por desentrañar los misterios. Una de calidad además sorprende al final con revelaciones verosímiles, de las que estaban ante tus narices y te faltaba sólo un dato para darles forma. Aquí nos embarcamos en mar de artificios, humo, requiebros y vaguedades que para colmo en todo momento parece ir diciendo “mirad qué película más inteligente estamos haciendo”, cuando el ridículo queda patente a las pocas escenas.

El suspense resulta impostado, el dibujo de personajes puesto a disposición total de la farsa (cambios de bando constantes, trampas molestas, como que la historia la veamos a través de los ojos de la protagonista y aun así que se nos oculten cosas que ha hecho), los diálogos resultan muy flojos y predecibles, y la acción es aparatosa y muy pasada de rosca. Ante este tal panorama me veía venir los típicos giros finales demenciales, y los tenemos a lo grande en un epílogo infumable que intenta darle la vuelta a todo, pero después de tanta mentira y engaño ya estaba del todo desconectado y ni me hizo ni la esperable gracia por cutre.

Para colmo, es aburrida hasta la desesperación. Porque, aparte de su nula inteligencia, el guion sigue un esquema harto repetitivo: receso explicativo en la sala de interrogatorios, posicionamiento de personajes en el terreno en Berlín, escena de acción estrafalaria acompañada de numerito musical. Y en vez de ofrecer una perspectiva global concreta, de avanzar hacia alguna parte generando expectación, la sensación es que damos vueltas en círculos sin saber cómo contar las cosas, como el amigo borracho que balbucea un chiste eterno.

El desastre termina de rematarse con una estética de videoclip o de anuncio publicitario (de marcas de bebida principalmente, menudo publirreportaje se llevan Jack Daniels y el vodka Stoli). El director se ahoga en los bucles, perdiendo el norte en artificios inmediatos pero sin ser capaz de generar una atmósfera creciente de intriga. La composición de cada escena resulta demasiado teatralizada, con lo que a pesar del exceso de colorido y ruido resultan frías, artificiales. Las peleas salen muy perjudicadas, porque están tan estudiadas que hay momentos en que el movimiento de la cámara te anuncia el siguiente golpe. La paleta de colores es muy básica y a la vez excesiva: saltamos del típico gris verdoso para la europa del Este a neones para referenciar los años ochenta, pero todo llevado a un extremo antinatural. Tampoco convence la selección musical de temas ochenteros, es demasiado obvia, todo grupos ingleses con sus temas más sobados (David Bowie, Depeche Mode y New Order en fila), a pesar de que la mayor parte sucede en Alemania; no tienen ni la decencia de poner aunque fuera a los cansinos Kraftwerk.

Como resultado, Berlín parece demasiado idílico (qué fiestas más molonas) o demasiado barriobajero (cemento y pintadas), pero nunca transmite realismo. Ningún escenario deja huella o parece crucial en los acontecimientos, son sólo escaparates donde los personajes escupen sus diálogos acartonados o pegan tortas exageradas. Es decir, se transmite una sensación de frialdad bastante grande, de que todo está milimétricamente estudiado, impidiendo que emerjan sensaciones indispensables en el cine de espías: un entorno que genere desconcierto y peligro, un retrato palpable de una época y escenario sombríos.

Las peleas merecen un análisis aparte. Se pone demasiado esfuerzo por hacer algo supuestamente alucinante y épico pero no se cuida nada la verosimilitud, la rudeza natural propia de una película que se presentaba como seria pero acaba pareciendo una parodia torpe del género. Los ramalazos de James Bond (Skyfall viene rápido a la mente en la escena tras la pantalla de cine), y Jason Bourne (largas peleas cuerpo a cuerpo rompiendo muebles) le restan personalidad, las exageraciones y fantasías tan forzadas ni pegan con el estilo inicial de la propuesta ni emocionan. Sólo funciona la gran pelea central, esa que se sucede principalmente en la escalera de un bloque. En ella ponen más esfuerzo en una coreografía más orgánica, impredecible, y su ritmo frenético que no pierde fuelle a pesar de su gran longitud garantizan el único rato entretenido.

Los actores son pesos pesados capaces de cumplir en cualquier papel: James McAvoy logra dotar de algo de vida a su penoso personajillo, Eddie Marsan, John Goodman, Toby Jones y James Faulkner imponen lo justo en tópicos andantes que entran y salen de pantalla sin que termines de saber a qué se dedican o qué pretenden; incluso Sofia Boutella está bien en un rol breve y con poca chicha. Pero la protagnista absoluta, Charlize Theron, no se hace a un personaje demasiado plano y robótico, quedando una interpretación forzada. Sabemos por Mad Max: Furia en la carretera que es capaz de lograr buenos papeles que oscial entre el drama y la acción, así que achaco el problema a las carencias, tanto de guion como de dirección.

Lo peor de todo no es que resulte un galímatías con ínfulas, sino el sopor absoluto que transmite al poco de empezar y va creciendo hasta convertirse en asco y rechazo. La acabé porque no soy de dejar películas a medias, pero cómo no, me arrepentí bastante: es uno de esos casos en que he terminado cabreado por las dos horas perdidas. No logro entender cómo tuvo una recepción crítica tirando hacia el notable, es uno de los peores filmes de los últimos años. El público la recibió con más tibieza y el boca a boca no la terminó de lanzar, si bien con su bajo coste (30 millones de dólares) los tímidos 95 millones de recaudación habrán dado bastante dinero.

La suerte de los Logan


Logan Lucky, 2017, EE.UU.
Género: Drama, suspense, comedia.
Duración: 118 min.
Dirección: Steven Soderbergh.
Guion: Rebecca Blunt.
Actores: Channing Tatum, Adam Driver, Daniel Craig, Katie Holmes, Riley Keough, David Denman, Jack Quaid, Brian Gleeson, Seth MacFarlane, Katherine Waterston, Hilary Swank.
Música: David Holmes.

Valoración:
Lo mejor: Reparto, dirección.
Lo peor: El guion, enormemente predecible en el drama, sin gracia en la comedia, sin garra en general.

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En el año 2011 Steven Soderbergh dijo a bombo y platillo que dejaba de dirigir cine porque quería dedicarse a su nueva vocación, la pintura. Poco después se topó con el guion de la serie The Knick y lo dejó todo por ella. Luego dijo que seguiría haciendo televisión (Detrás del candelabro) y teatro. Y al final encontró una película que supongo le devolvería la pasión por el cine, porque aquí lo tenemos de nuevo. Eso sí, como en sus últimas obras tras Contagio (Magic Mike -simpática-, Indomable -un buen e infravalorado thriller- y Efectos secundarios -un telefilme vulgar y corriente-), es un título menor, sin ambición ni gran repercusión.

No tenía esperanzas ni ideas de ningún tipo, no había visto tráileres ni leído nada sobre ella, es una cinta a la que me lancé en parte por su reparto (Tatum, Driver, Craig) y en parte por su director, porque aunque Soderbergh no tiene ningún peliculón de los que marcan una época sí posee algo que me llama la atención, un estilo y personalidad propios y afán por probar cosas e innovar. ¿Qué me encontré? Una combinación de drama rural y comedia de atracos poco inspirada y mal combinada.

En su inicio aborda una historia demasiado manida, y no tiene alicientes que la hagan especialmente atractiva. El protagonista divorciado, sus problemas para encontrar trabajo, y desventuras varias en esa vida de miseria y penas en el Estados Unidos rural. El guion va a lo más básico, resultando un drama propio de la televisión si no fuera porque no tiene giros culebronescos pasados de rosca. Pero, de la misma forma, no posee el germen del cine indie, que suele tener una personalidad y profundidad singulares. Por poner el mejor ejemplo reciente, esto no es Comanchería, sino un relato convencional y sin dobles lecturas.

Por suerte, a media que avanza va cambiando el género tornándose en una comedia de atracos, más en la onda de Ocean’s Eleven que de la citada Comanchería. Eso sí, tardé mucho en darme cuenta de que la idea era hacer reír, porque el sentido del humor es pésimo o no hay chistes hasta bien entrados en el meollo, más allá de la absurda pelea en el bar, que no supe muy bien cómo tomarme. Y bueno, ni en el tercer acto, cuando más loca se vuelve, hay momentos desternillantes, pero al menos conforme avanza se hace más imprevisible y alegre, o sea, más entretenida. Pero aun así mantiene más fallos que virtudes, y no termina de exprimir el nuevo potencial.

El primer problema es que no mejora el ritmo y la intensidad. La narrativa va como aletargada, sin sacar toda la gracia posible de las chocantes, a veces delirantes, situaciones. Se ve una comedia con gran potencial latente, quizá incluso sólo con remontarla con más ritmo y vitalidad. De hecho en los pases de prueba los invitados decían que era lenta y larga, así que Soderbergh redujo la duración en 18 minutos. Si el montaje final resulta largo y lento, no quiero saber cómo era entonces.

El otro punto gris es la inverosimilitud. Pasamos de un dramón anodino a un enredo de atracos fantasioso y con demasiado recursos tramposos. El protagonista habla mucho del plan pero en realidad no dice nada, porque los autores no quieren desvelarnos las fases del mismo para sorprendernos. Esta chapucera forma de hacer intriga no da muchos frutos, pues una vez en marcha no es que estemos ante una aventura trepidante e ingeniosa, sino una que apenas cumple por los pelos. Y ni eso a veces, porque los giros rebuscados del final, los típicos flashbacks cutres de las malas películas que pretenden darte una visión distinta de todo lo que hemos ido viendo, echan por tierra lo poco que iban haciendo bien y cierran la proyección dejando un regusto amargo.

Sin llegar a ser mala, me parece tiempo perdido, no ofrece nada llamativo en ninguno de los dos géneros que intenta abarcar con desgana y torpeza. Al final, hasta lo de inofensiva destruyen, porque terminas con la sensación de que te han intentado engañar con trucos muy malos.

La liga de la justicia


Justice League, 2017, EE.UU.
Género: Acción, superhéroes.
Duración: 120 min.
Dirección: Zack Snyder, Joss Whedon (acreditado como guionista).
Guion: Chris Terrio, Zack Snyder, Joss Whedon.
Actores: Ben Affleck, Henry Cavill, Gal Gadot, Jason Momoa, Ezra Miller, Ray Fisher, Jeremy Irons, Diane Lane, Amy Adams, Connie Nielsen, J. K. Simmons, Ciarán Hinds, Joe Morton.
Música: Danny Elfman.

Valoración:
Lo mejor: Duración comedida y va directo al grano, así que no aburre hasta la desesperación como Batman vs. Superman.
Lo peor: Flojísimo dibujo de personajes. Insustancial y anticuada en estilo y argumento. Mediocre en lo visual, que se torna pésimo en la batalla final. Que el estudio siga improvisando la serie sobre la marcha.
La pregunta: ¿A qué se refiere la “justicia” del título? Debería ser La Liga Defensora de la Tierra o algo parecido.
El título: Oficialmente es Liga de la justicia. Le han quitado el artículo “La”, como en Vengadores: La era de Ultrón con el “Los”. De verdad que no entiendo a las distribuidoras. Por supuesto, todo el mundo la conoce como La liga de la justicia.

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Alerta de spoilers: Comento algún detalle por encima, pero no creo que haya nada revelador. —

La liga de la justicia se veía venir como un Batman vs. Superman segunda parte, porque todo en ella se ha ido planteando y desarrollando más o menos igual. De nuevo estamos ante la discutible idea de saltar de golpe a un filme grupal sin haber presentado como es debido a sus protagonistas por separado, ante la difícil tesitura satisfacer con un capítulo muy ambicioso y esperado a un público bastante dispar, tanto a los exigentes fans de los cómics como a los que sólo quieren pasar el rato con las películas que están de moda. Otra vez nos encontramos con un rodaje caótico, con imposiciones del estudio y filmación de escenas adicionales, es decir, se mantiene la falta de rumbo y la improvisación. ¿Puede salir algo bueno teniendo el listón tan alto y una gestión del proyecto tan desorganizada? Todo apuntaba a que sería otra catástrofe artística… y el estreno así lo confirma.

La liga de la justicia no tiene aires de grandeza como El hombre de acero, ni es tan pretenciosa, aburrida y confusa como Batman vs. Superman. Al menos han intentado que sea más ligera y directa, como Wonder Woman. Pero en el proceso ha quedado otro batiburrillo de intenciones malogradas y apaños de última hora como Escuadrón suicida. Es simple y predecible, pero a la vez inconexa y precipitada. Es superficial y anodina, a pesar del empeño en abarcar varios superhéroes y una trama supuestamente épica. La proyección deja frío y se olvida nada más acabar si vas con la mente abierta, sin prejuicios. Pero si te pones a analizarla como fan y como cinéfilo es mejor reírse, porque no merece la pena apenarse de nuevo por el desastre en que ha caído el estudio Warner Bros. con la serie DC, en cómo han desaprovechado unos personajes con tanto potencial y tan admirados. El panorama resulta incluso desalentador, viendo que veníamos del gran Batman de Christopher Nolan y pensando que han agotado a este y los demás superhéroes para una década, porque nadie se atreverá a reiniciar estas figuras en muchos años, y más cuando está confirmado que van a extender la agonía durante unos cuantos episodios más. Así que lo único que queda es pasártelo bien poniéndolos a caldo y viendo a los fanáticos tirarse de los pelos o intentar darle la vuelta y decir que son buenas películas pero incomprendidas.

La taquilla ya va dejando ver el desgaste, con un estreno y primer fin de semana por debajo de los demás capítulos. Si hacemos caso a las estimaciones de que el presupuesto alcanzaría los 300 millones de dólares, a lo que hay que añadir unos 100 más en publicidad (que seguramente sean más, pero por poner una cifra), debería recaudar por encima de 800 millones para empezar a dar dinero, así que va a ir muy justa la cosa. La masa de espectadores es fácil de llevar a la tendencia de moda y tarda en cansarse, pero tarde o temprano tendrán que darle la espalda a una serie que apenas gusta. ¿Será por fin en esta entrega? Hasta ahora los episodios rondaban los 700-800 millones de taquilla, sí, pero con toda seguridad por el tirón de los personajes y del género, en pleno momento álgido, y por la insistente campaña publicitaria, que mueve a la gente indecisa en plan “esta es la peli del mes y hay que verla”.

De hecho, es imposible no pensar que le deben la mitad de la recaudación a Disney/Marvel y otro poco al Batman de Nolan, que hacen efecto arrastre y son quienes mantienen al género muy vivo. Si en Warner/DC tuvieran que depender sólo del boca a boca y las críticas, la hostia sería mayúscula. De ahí que los fanáticos que se empeñan en defender esta saga contra viento y marea despotriquen contra Rottentomatoes con conspiraciones absurdas de que está comprada por Disney, cuando lo único que hacen en esa web es recopilar las críticas de decenas de medios. Y luego estos mismos niñatos intentan reventar la media en la IMDb poniéndole miles de dieces antes del estreno, se dedican a perseguir por los foros a quien opine mal de estos bodrios, y tratan de machacar al estreno de Marvel más cercano, en este caso Thor: Ragnarok, con argumentos pueriles y mucha rabia. Pero dejemos de lado esta surrealista guerra, perdida por Warner/DC y sus mercenarios ya desde El hombre de acero, y centrémonos en la película…

Como en el resto de la serie, lo primero que se observa es que el tono oscuro y épico está hecho a brochazos y es una fachada que cae rápido. La estética es artificial pero gélida, con esa fotografía de colores apagados nada naturales y los planos teatrales pero vacíos y sin visión global (una postal aquí, otra allí, pero la narrativa descuidada). Sumado a los penosos efectos especiales, se conforma un aspecto visual poco llamativo, desagradable incluso, por deslucido y cutre. La trama va de grandiosa, sombría y grave, pero al final resulta bastante insípida e infantil. Y sobre todo, lo peor de todo, los protagonistas tienen una descripción somera y un desarrollo muy exiguo, no son capaces de hacerlos crecer tras varios capítulos muy largos.

No hay conflicto ético llamativo, ni una lectura intelectual con el más mínimo atractivo. Claro que, si no los ha habido hasta ahora, no debería sorprender, pero dadas las temáticas que se trataban en los cómics y las otras adaptaciones, se echa de menos que profundicen en temas como la responsabilidad, la moral, la esperanza, la superación personal, etc. Apenas se señalan los puntos básicos de cada superhéroe, y desde luego no se explora ninguna otra línea conocida, como la corrupción de la sociedad (habitual en Batman), el poder de los medios (recurrente en Superman, a través del aquí inexiste Daily Mirror), etc. Tenemos flojas menciones al aspecto de Superman como faro de la humanidad, Diana sólo suelta un par de clichés a los nuevos sobre que sus poderes deberían estar al servicio del bien, y con Batman se roza el tema del miedo como arma porque los bichos malos se alimentan de miedo (aunque esto se olvida en largos tramos de la cinta), pero no porque se profundice en el personaje.

También se sigue descuidando otro aspecto esencial: la humanidad parece no existir. Aparecen Lois y la madre de Clark de refilón, para cumplir con ellas porque están en los cómics, pero no aportan nada al desarrollo emocional de Superman (casi mejor, después del patético desenlace de la pelea con Batman), y desde luego no sirven para recordarnos que la humanidad está en peligro. Es más, no sabría si ha habido una extinción en la Tierra, pues apenas vemos a unos pocos secundarios y figurantes, y los únicos con presencia relevante están metidos con calzador y sensacionalismo: las citadas mujeres de Clark y esa familia que vive cerca de la planta nuclear resultan muy cargantes. Es decir, nunca da la sensación de que la Tierra está en verdadero peligro, no parece que el grupo luche realmente por el ser humano, tanto por la supervivencia global como por sueños de una sociedad mejor, sino que parecen solamente unos frikis que se juntan en un descampado para pegarse con un gamberro sideral.

El villano provoca indiferencia total. Se puede perdonar que no tenga un dibujo complejo, que sea una entidad destructora sin más, si su presencia es una excusa para presentar al grupo de superhéroes. Pero aun así debe causar alguna impresión, tener cierto atractivo (diseño, carisma) y transmitir algo de peligro, es decir, que no parezca un infantil monstruo final de videojuego… no, peor, otro monstruo de videojuego, porque es intercambiable con todos los villanos de la saga. Si es que ni el nombre recuerdo. Intenciones, planes, poderes (¿y ese teletransporte?)… nada llega a definirse, es un muñeco digital sin alma alguna. Y como la puesta en escena y los efectos especiales son mediocres, la batalla final provoca más sopor que emoción.

Así que todo el peso del relato recae en el grupo, en su unión, sus relaciones incipientes, los primeros pasos en la lucha, la aceptación gradual del destino y la responsabilidad, el encontrarse a sí mismos y sacar coraje, etc. Viene a ser lo mismo de siempre, pero como siempre también, se puede hacer bien y cumplir de sobras, se puede conseguir un nivel extraordinario que permita rememorar la película años después, o se puede hacer el ridículo. Marvel se mantiene en los dos primeros puntos, con algunos picos antológicos, Guardianes de la galaxia y Los Vengadores. La reciente Thor: Ragnarok es otro gran ejemplo de que con una premisa clásica se puede conseguir una obra desbordante de personalidad. Pero con La liga de la justicia seguimos ahogándonos en un mar de decepciones.

La presentación de Aquaman es breve e insustancial, no llegamos a vislumbrar quién es, dónde vive, de qué cultura viene. Sólo nos quedamos con un vago dato: es el típico heredero que pasa de todo. Y su desarrollo no aporta ninguna capa, salvo incongruencias: va de chulo pasota de toda la vida que no quiere inmiscuirse en los problemas del mundo… ¿y entonces por qué ayuda al pueblo de pescadores? Sin conocer sus motivaciones y poderes (¿puede volar o la escena es exageradísima?), su presencia es confusa. Sin mostrar un carácter bien definido, sus chascarrillos parecen forzados. A pesar del carisma nato de Jason Momoa (Stargate: Atlantis, Juego de tronos), termina la proyección y me cuesta recordar que ha estado en ella, sólo me viene a la memoria la escena del Lazo de la Verdad, clásico humor “made in” Joss Whedon. La entrega que liderará en solitario debería haber llegado antes y la presente ser una conclusión o un punto y aparte a su trayectoria, como han hecho sabiamente en Marvel con todos sus protagonistas principales. Sin ir más lejos, parece un soso clon de Thor.

El drama familiar de Flash es escupido de mala gana, pero el chico resulta simpático, más humano que los demás. Se ve a un joven novato en esto de ser héroe, madura y se hace un hueco poco a poco. No deslumbra, se queda en un estereotipo un tanto limitado, y parece una imitación del Spider-Man de Capitán América: Guerra Civil, pero resulta agradable y su presencia y acciones sí vienen a la mente cuando piensas en la película. El actor Ezra Miller cumple en el papel de secundario cómico, pero faltaría por ver un progreso dramático más elaborado y cómo se desenvuelve en él.

Con Cyborg parece que intentan trabajárselo más, quizá por ser el más desconocido. Pero el lío paternofilial está demasiado visto y se desarrolla con clichés muy rancios. Al final hasta le hace ganar puntos a Flash: con él van al grano sin extenderse innecesariamente. En la comparación también pierde el actor Ray Fisher, incapaz de transmitir el supuesto tormento que vive su rol. Como héroe queda un remedo chapucero de Iron Man, con un traje y tecnología que todo lo puede, y como persona resulta más bien irritante.

Superman, con menos presencia, pierde más definición y profundidad, y mira que tenía poca. No se intuye de qué va ni qué siente. Se supone que ha de estar abrumado, pero parece pasárselo bien. El conflicto con Batman desaparece sin más, porque claro, acabaron bien después de todo… Pero entonces, ¿por qué el grupo teme que al resucitarlo vaya a por el hombre murciélago? Por cierto, increíble que Wayne, tan afligido por matarlo, no ayudara a su madre con las deudas que la llevan a quedarse sin casa. Y como decía, no existe conexión alguna entre Superman y la humanidad, por más que repitan la frase de que es un faro para la misma varias veces. Lo único digno de su presencia es que en la resurrección los guionistas se esfuerzan un poco. Luego está claro que no saben qué hacer con él, que meterlo en juego demasiado pronto acabaría con el malo en un pis pas, así que lo reservan con todo descaro para que los otros sufran un poco, con gilipolleces como que se preocupe por unos cuantos civiles a la huida (y eso que en El hombre de acero le importaron bien poco), cuando dejar al enemigo seguir con su plan es lo que podría causar un auténtico apocalipsis. Así que Superman queda otra vez casi al nivel del villano: un tipo súper poderoso que pulula por ahí sin saber qué lo motiva y qué piensa y que sólo pasa a primer plano para soltar hostias.

Batman posee cierto carisma y determinación, pero en el lado de Wayne, porque el hombre murciélago no me dice nada. Ben Affleck ha perdido fuelle (y ganado peso) respecto al buen papel en Batman vs. Superman: no se lo ve agobiado y tenso como debería ante tal empresa. Es otro que al terminar el visionado no sabes muy bien qué ha hecho, aparte de un par de escenas típicas donde lidia con la unión de la pandilla. Wonder Woman también apunta maneras. Tiene las ideas claras, quitando el absurdo de pasarse cien años de vacaciones, y algún diálogo digno. Pero una vez entrados en acción los atisbos de personalidad de estos dos desaparecen, engullidos por el caos sin contenido de la larga y cansina confrontación.

Está claro que el esfuerzo de Joss Whedon, centrado en definir mejor las relaciones de la banda, se ha ido en el tramo central, y que el final es puro Zack Snyder: fuegos artificiales (poco vistosos además) y nada de contenido. Porque la forma de rodar de Snyder y el paupérrimo nivel de los efectos especiales son el otro gran lastre de la saga y del episodio.

Es alucinante que se hayan gastado tanto dinero (recordemos: unos estratosféricos 300 millones de dólares) y luzca tan mal… de nuevo, porque no se entiende tampoco que sigan recurriendo al mismo equipo técnico que tan malos resultados da. Las pantallas de fondo cantan un montón (atención a la conversación de Clark y Lois en el maizal), las criaturas y escenarios digitales son propios de una película de hace veinte años (sonrojante la batalla de las amazonas), y el tramo final, todo hecho por ordenador, es puro videojuego, da lástima verlo. Para rematar, tenemos a Snyder y su incapacidad para dotar de ritmo y garra a la narrativa, y sus tics exasperantes: aspecto visual sintético, atardeceres eternos, cámaras lentas sin justificación alguna… Y la pena es que ni habiendo finalizado la cinta un artesano tan competente como Whedon se arregla la cosa, porque con unas pocas escenas sueltas es complicado cambiar un todo fallido, y aparte el estudio ha metido mano exigiendo un metraje de dos horas, cuando sabemos que había mucho material rodado (y probablemente obligaran a otras cosas, como a meter esos videoclips musicales tontorrones -el remix de The Beatles es incluso ofensivo- o a quitarle ropa a las amazonas -¡!-). Y me temo que el metraje final es tan caótico como el de Batman vs. Superman, tanto por el montaje de las peleas cuerpo a cuerpo, que siguen siendo bastante chapuceras, como en la narrativa global, que va a toda leche pero tropezándose y dejando huecos enormes.

Algunos de esos agujeros cantan mucho. Cuando se quedan tirados en los túneles porque Cyborg se larga, de repente aparecen afuera sin que sepamos cómo han salido. La solución de Batman con los insectoides sale de la nada, aunque quizá es mejor, porque me imagino una investigación absurda como la de Batman vs. Superman y me da la risa. Otro aspecto del rodaje extra que está dando que hablar es el dichoso bigote que tenía Henry Cavill para su siguiente película y eliminaron digitalmente con resultados muy cómicos, porque parece que han pintado con acuarela de color carne encima del labio.

En el lío de la producción también cambiaron de compositor. A estas alturas quieren a alguien con carácter, dejando de lado la electrónica sin alma de Junkie XL y al imprevisible Hans Zimmer, que lo mismo te hace un mix repetitivo de sintetizador que pare una genialidad, pero ahora anda diciendo que no quiere más películas de superhéroes. Así que han fichado a Danny Elfman, autor de la mítica partitura del Batman de Tim Burton, entre otras muchas maravillas. Eso no justifica que metan el tema principal de aquel Batman aquí, pero es que ya de paso incluyen también un homenaje al Superman de John Williams, con lo que da la sensación de que el estudio quería tirar de los buenos recuerdos de los espectadores para levantar el nivel emocional. El resto de su labor no destaca, y menos con tanto ruido. Si bien se agradece una orquestación más trabajada, la composición es de acción rutinaria, no se esmera (o no lo dejan) en crear motivos concretos para personajes (sólo recupera brevemente el simplón de Wonder Woman) ni en una trayectoria temática sólida, quedando una obra impersonal y predecible. De hecho, en algunos momentos se lo ve bastante limitado, como esos forzados violines lacrimógenos de las partes más dramáticas e íntimas.

El argumento trillado, las situaciones tan vistas, la poca enjundia intelectual, los protagonistas estereotipados y de escaso recorrido, y el acabado visual de cine cutre, dan como resultado una película ingenua, torpe, fea, que parece anticuada, como de los tiempos del Superman de Richard Donner, impropia de esta época donde el género alcanzó su madurez hace unos años, precisamente con otro Batman, el de Nolan, y se mantiene en todo lo alto desde entonces gracias a la serie Los Vengadores y los giros adultos de la agonizante X-Men, Logan y Deadpool.

Y una vez vista y digerida es inevitable hacerse la gran pregunta: ¿El estudio ha apartado a Snyder y fichado a Whedon para tratar de encauzar un barco que se hunde? Ojo, no quiero frivolizar con la tragedia familiar que vivió Snyder, pero de haberse retirado para reponerse mentalmente lo lógico es que el estudio terminara el rodaje en la línea de este autor, la línea que le estaba imprimiendo a la serie. Inicialmente todos pensamos en lo más lógico: ficharon a Joss Whedon porque es uno de los mayores expertos en cómics de Hollywood y un notable guionista y director (de hecho, es un pilar fundamental en Los Vengadores). Pero en frío era imposible no razonar que el estilo (y el nivel cualitativo) de Whedon y el de Snyder son muy distintos, y que no pinta mucho para un trabajo tan poco gratificante como finalizar y editar la película de otro. Había muchos autores sin temperamento pero con experiencia que podrían haberlo hecho. Sólo se me ocurre que podría haber firmado para este mal trago a cambio de poder realizar la adaptación de Batgirl que persigue desde hace tiempo.

Siguiendo la labor de Whedon en el proyecto (por las noticias y declaraciones que ha habido) y analizando el resultado final, las dudas aumentan muchísimo. Sabiéndose que con él al frente el estudio buscó reforzar las relaciones entre personajes y un tono menos funesto y solemne, amén de reducir el metraje agilizando el ritmo y quitando morralla (Snyder nunca supo ir al grano), parece quedar claro que han mirado al éxito de Wonder Woman, con su estilo más luminoso y aventurero, y a la vena humorística que tan buenos resultados le da a Marvel. Es decir, todo apunta a que siguen improvisando y modificando la serie sobre la marcha, intentando encontrar un estilo y una personalidad según soplan las críticas, y han tratado a última hora de encauzar un filme que, finalmente, como Batman vs. Superman y Escuadrón suicida, se les ha ido de las manos. Para colmo, ahora andan algunos seguidores clamando por una versión del director editada por Snyder, como si de repente resultara que él no es el principal problema de la saga.

La liga de la justicia es otro fracaso (hasta el póster es horrendo) en una serie que deberían dejar morir (deberían haberlo hecho desde El hombre de acero) y reiniciar en unos años con buenos guionistas y directores y con la planificación adecuada.

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Serie La liga de la justicia:
El hombre de acero (2013)
Batman vs. Superman: El amanecer de la justicia (2016)
Escuadrón suicida (2016)
Wonder Woman (2017)
-> La liga de la justicia (2017)