El Criticón

Opinión de cine y música

Operación U.N.C.L.E.


The Man from U.N.C.L.E., 2015, EE.UU., Reino Unido.
Género: Acción, comedia.
Duración: 116 min.
Dirección: Guy Ritchie.
Guion: Guy Ritchie, Lionel Wigram, Sam Rolfe (serie original).
Actores: Henry Cavill, Armie Hammer, Alicia Vikander, Jared Harris, Hugh Grant, Elizabeth Debicki.
Música: Daniel Pemberton.

Valoración:
Lo mejor: Ritmo vertiginoso, personajes y actores carismáticos.
Lo peor: La historia, demasiado trillada, sobre todo en el flojo tramo final.

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En los años sesenta, con la guerra fría en pleno auge, el cine y las series de espías pegaron fuerte, sobre todo en clave de acción y humor y con historias sencillas, porque si la idea era entretener, no podías tirar a la cara del espectador más drama y más miedo. En la pantalla grande triunfaba sobre todo James Bond (1962 en adelante), y en la pequeña Los vengadores (The Avengers, 1961), Cita con la muerte (Danger Man, 1960) o El agente CIPOL (The Man From U.N.C.L.E. , 1964).

El basarse en un género muy concreto y tratar de ser fiel a la fuente de la que proviene implica limitar mucho el mucho margen de maniobra. Si la actualizan demasiado puede perder la esencia original, si se mantienen demasiado fiel, resultar predecible y anticuada. Desde mi punto de vista, diría que Guy Ritchie se ha quedado en un término medio. No puedo dejar de pensar que al guion le ha faltado un poco de actualización y una pizca de inteligencia para conseguir un título que deje huella, pero también es evidente que resulta muy entretenida, sobre todo porque el director y los actores muestran mucho entusiasmo en su labor.

La dinámica entre los personajes y su ritmo alocado son sus puntos fuertes. Los espías ruso e inglés, eternos rivales, deben encontrar la forma de trabajar juntos, y con la chica de turno de por medio la cosa se complica. Tenemos garantizado infinidad de conflictos de todo tipo, la mayor parte con un tono humorístico ligero, unos pocos más elaborados, y los mejores los dejados a la química de los actores. Y Henry Cavill y Armie Hammer los explotan de maravilla, muestran un carisma arrollado y conexión de sobras para hacer verosímil una fantasía bastante pasada de rosca. Los secunda también con mucha gracia Alicia Vikander, que ya es un valor seguro allá por donde pase, y aunque sea breve se agradece la presencia del gran Jared Harris.

En el lado malo, la historia es tan predecible que no despierta ningún interés. Todo se ve venir tan de lejos que es imposible mantener la más mínima expectación por cómo saldrán airosos, y desde luego, aunque sea de espías, es más de aventuras que de intriga, así que tampoco hay suspense. Quizá era inevitable que aparecieran cacharritos varios y la base del enemigo, pero no por ello la trama tenía que pasar por todos los clichés y situaciones sin esforzarse lo más mínimo en darles algún giro ingenioso. Para agravar el problema, no hay villanos que dejen buena impresión.

Por suerte, Guy Ritchie es un realizador de muchos recursos, y pone buen empeño en narrar con ritmo y energía, dejándote sin respiro, sin tiempo a pensar en las carencias internas. El montaje es frenético pero efectivo, nunca caótico, pues sabe qué forma dar a cada escena. Por ejemplo, la persecución final, con cada uno por su lado, es decir, sin apenas contacto, es digna de elogiar: a base de zooms y movimiento constante de cámara es capaz de darle emoción. Eso sí, donde no hay no se puede rascar, por mucho que adornes. El tono predecible se agrava demasiado en el clímax final, pues al centrarse en la acción rutinaria (guarida del malo, salvación del mundo, etc.) termina perdiendo bastante fuelle.

Vale para pasar un buen rato, pero no deja huella alguna.

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La guerra del planeta de los simios


War for the Planet of the Apes, 2017, EE.UU.
Género: Acción, drama.
Duración: 140 min.
Dirección: Matt Reeves.
Guion: Mark Bomback, Matt Reeves.
Actores: Andy Serkis, Woody Harrelson, Steve Zahn, Karin Konoval, Amiah Miller, Terry Notary, Ty Olsson, Michael Adamthwaite.
Música: Michael Giacchino.

Valoración:
Lo mejor: Con la buena labor del director, los actores tras los simios y los efectos especiales, resulta entretenida y consigue incluso emocionar en algunos momentos
Lo peor: El guion es muy simple, sin ambición, sin profundidad, con muchos estereotipos y situaciones predecibles, sobre todo en el pobre tramo final.
La suma: Apocalypse Now + La gran evasión + Los diez mandamientos.

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Cuánto prometía esta saga y qué poco ha dado. Bueno, en realidad ha encandilado a millones de espectadores y la crítica la ha tratado muy bien, como si fuese cine de alta calidad y no una más de acción taquillera. Pero por más vueltas que le he dado, ni a la más que correcta primera parte le he visto grandes valores como para ensalzarla tanto. Esta tercera entrega sigue atascada en la misma simpleza narrativa, los personajes estereotipados, las situaciones previsibles, el drama de telefilme y la acción aparatosa a golpe de talonario pero con poca imaginación. Si funciona es por la profesionalidad de quienes han dado vida al libreto. El buen trabajo de Andy Serkis como Caesar (y eso que está irreconocible), la verosimilitud total de los simios recreados por ordenador y la contundente y vistosa dirección de Matt Reeves le confieren a la cinta un tono de seriedad y un empaque visual que garantizan un entretenimiento digno para pasar el rato. Pero por mucho que algunos se nieguen a verlo, ante cualquier análisis objetivo, por somero que sea, hace aguas: esa seriedad se nota artificial bien pronto, los clichés ahogan un argumento y unos personajes trilladísimos, y el relato termina resultando ruidoso pero superficial.

Caesar es un buen protagonista, llena la pantalla con su presencia, sus dilemas y problemas interesan. Con él enfrentamos momentos descarnados, un poco de lucha interna, pocas alegrías tras mucho sacrificio… pero en el fondo es lo mismo de siempre, y la falta de novedades y sobre todo de inteligencia frenan mucho su alcance: su odisea se ve venir muy de lejos, a veces ni resulta natural, con lo que aunque no dé vergüenza ajena como muchos héroes de acción, tampoco logra dejar huella. ¿Que un protagonista tenga cierta solidez implica alabarlo como un gran logro? El cine contemporáneo, sobre todo el de acción, está mal, pero tanto…

Los tópicos se extienden al grupo que lo acompaña, que no podía ser más facilón: los secundarios duros y fieles, el sabio, el graciosete… Este último, como viene siendo habitual, muestra el poco ingenio de los guiones actuales: el humor es tonto e infantil a más no poder y se mete con calzador para contentar a todo el rango posible de espectadores. En los malos el panorama no mejora: el villano principal no da miedo, es un “soy malo porque sí” al que no consiguen dotar de vida a pesar de que le dedican un par de escenas intentando darle un poso (al menos lo intentan, que por lo general se pasa demasiado de ello), y sus secundarios son más básicos aún: el que duda, el matón, el traidor… todos con sus escenas de rigor.

Pero sobre todo le pesa la carencia de profundidad, la inexistencia de dobles lecturas, de dilemas éticos de alcance, de análisis sociales, religiosos, morales, políticos… En resumen, todo lo que hizo grandiosa a la original El planeta de los simios (1968) aquí está ausente en su mayor parte, y lo que se quiere tratar se queda en su mínima expresión, en retazos poco excitantes. El argumento y los dramas personales se limitan a recalcar la pérdida de la ética en situaciones límite (venganza, violencia) y lo malvada que puede ser la humanidad. La adoración al líder (el coronel) valía para hablar sobre cómo surge un estado tiránico de las cenizas de otro, e incluso de cómo puede darse paso a la religión, pero su recorrido se limita al villano supuestamente chungo, al reto que debe solventar Caesar en el nuevo capítulo.

Los conflictos personales daban para historias más complejas de supervivencia tras un apocalipsis, pero nos quedamos con el dramón barato de separación familiar, reencuentros y tal, todo súper predecible. La chiquilla… desde su aparición pensaba que serviría para ahondar en las semejanzas entre simios y humanos, en lanzar a los protagonistas, sobre todo los malvados, hacia alguna reflexión… pero poco a poco va quedando claro que sólo está ahí para un par de momentos de lágrima fácil y para el giro final, y por supuesto, todo resulta previsible cuando no forzado: ni se dignan en trabajarse el apego con los simios, no hay quien se crea que llore por quienes mataron a su padre.

El lado bélico también permitía jugar con otras muchas situaciones, pero los autores se atascan en un par de estereotipos y se ahogan ahí siendo demasiado explícitos: la alineación moral, esos de tu bando, raza o pueblo que se van con los malos por cobardía y supervivencia, no podía tener un recorrido más manido; los remordimientos de los soldados se insinúan pero no lleva a ninguna parte; el tirano con justificación (como digo, se intenta explicar sus actos) no consigue que deje de parecer un maniquí mal interpretado (Woody Harrelson no da la talla ni por asomo); etc.

La sensación de poca imaginación, de cinta nada novedosa y predecible, explota a lo grande en el tramo final: es descarado cómo beben de Apocalypse Now y La gran evasión, con escenas calcadas sin rubor alguno. Y a todo hemos de sumar los giros extraños, los pequeños agujeros de guion o situaciones forzadas. No sé muy bien qué pretenden con lo del agua inundando los túneles, si no llega a pasar nada: inicialmente parece una excusa para dar más intriga a la fuga (que no llega a aparecer: con qué facilidad se hacen con una llave), y luego resulta que los siguen usando como si no hubiera pasado nada. Y vaya tela la vigilancia del campamento militar. Entran simios y humanos por la puerta y se plantan en medio del patio antes de que los vean, y tampoco se enteran de la fuga en grandes grupos. Para colmo, el desenlace aborda por fin la religión… convirtiendo la odisea en un remedo bíblico sonrojante: derrotan a sus enemigos por intervención divina y, a pesar de que se deduce entonces que ya no tienen que huir, aun así se empeñan en cruzar el desierto en plan Moisés. Pero lo hacen sin provisiones, sin agua, y sin pararse si quiera a curar a los heridos… todo para forzar que Caesar llegue moribundo a la tierra prometida, en el típico y cansino héroe o profeta que se sacrifica por su pueblo.

Así pues, la película iba siendo simple pero al menos entretenida (algo mejor que la segunda, que es demasiado tonta), pero el arco final (desde el inicio de la fuga en adelante) me provocó muchísima vergüenza ajena, lo que vuelve a poner en primer plano la sensación de decepción por el potencial desaprovechado y de incomprensión ante el reconocimiento tan entusiasta en una trilogía tan limitada.

PD: Al menos han encontrado una aceptable justificación para que los hombres no supieran hablar ni parecieran inteligentes en la saga madre: un virus, aparte de erradicar a gran parte de la población, los deja medio lelos, convirtiéndolos en poco más que animales.

Ver también:
El origen del planeta de los simios (2011).
El amanecer del planeta de los simios (2014).

Baby Driver


Baby Driver, 2017, Reino Unido, EE.UU.
Género: Acción.
Duración: 112 min.
Dirección: Edgar Wright.
Guion: Edgar Wright.
Actores: Ansel Elgort, Jon Hamm, Eiza González, Kevin Spacey, Jamie Foxx, Jon Bernthal.
Música: Steven Price.

Valoración:
Lo mejor: Buen reparto, destacando el descubrimiento de Angel Ensort.
Lo peor: La total falta de inspiración del guion, ahogado en clichés cansinos.

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Alerta de spoilers: Hay unos pocos, pero no creo que sean muy relevantes.–

Con qué ganas cogí Baby Driver, la nueva película de Edgar Wright, para mí el único talento actual en comedias y uno de los más notables en el cine de acción. Y qué gran decepción me he llevado…

Su estilo sólo se nota en el pulso frenético de la puesta en escena, donde se presenta como uno de los mejores hacedores de peleas cuerpo a cuerpo, de tiroteos y de persecuciones del momento, porque, aparte de eso y de unos cuantos actores competentes, la cinta no ofrece nada. Quien otrora reinventara géneros como el zombi (Shawn of the Dead), el policíaco de acción (Hot Fuzz), el de superhéroes (Scott Pilgrim contra el mundo) y la comedia de pandillas (Bienvenidos al fin del mundo) mediante unas historias muy originales, unos personajes magnéticos y muy humanos incluso dentro de las locuras tremendas en que sumergía cada aventura, ahora se ha mostrado inesperadamente falto de ideas. En la presente cinta los protagonistas se basan en estereotipos muy básicos y muestran personalidades cambiantes para adaptarse a una trama simplona, enormenente predecible, asfixiada en su limitada forma y en tópicos del cine de gángsteres muy gastados.

El chico rarito pero dotado que se ve arrastrado a una tormenta y sueña con salir de ahí, la chica guapa y simpática de la que se enamora, el criminal malvado que lo tiene entre sus garras, los compañeros de andanzas cada cual más desequilibrado… Por mucha filigrana visual y enredo narrativo que intente Wright (esos paseos del chaval, qué cansinos se hacen), no es capaz de salir de los muros que él mismo se ha levantado: todo se ve venir de lejos, no hay giros ingeniosos y sí muchas situaciones forzadas, el humor es flojo y repetitivo, los personajes no enganchan en ningún momento. Lo único que llega a sorprender es lo mal que maneja algunos protagonistas y como empuja situaciones inverísimiles porque está empeñado en cumplir con el cliché de turno: ese gángster y a la vez mentor que cambia de forma de ser en cada aparición es lamentable, y Kevin Spacey no puede hacer mucho más allá de intentar parecer serio; el chico que una vez librado del contrato que lo ata va a cenar donde está su anterior jefe es poco verosímil, pero la gilipollez innombrable de las cintas de audio es totalmente increíble en alguien tan inteligente y una burda justificación del lío final; no lejos se queda la ridícula carambola de que acaben en el restaurante de la chica; y menuda cursilada el juicio donde todos ponen de bueno al chaval que ha atracado varios bancos y puesto patas arriba la ciudad, que se remata con ese plano final de postal barata.

Aparte, había leído en varias críticas que Wright conseguía una obra que roza el musical, con las canciones formando parte íntima de la narrativa… Y no. Hay unos cuantos videoclips mal empalmados y por lo general la música no transmite mucho, principalmente porque son canciones bastante flojas, sin magia alguna.

Baby Driver queda como una de acción del montón, con pocas secuencias con chispa entre infinidad de dramas artificiales pero gélidos, acción bien rodada pero con poca o ninguna sustancia y menos gracia, y unos protagonistas tan planos que es difícil conectar con ellos. Son los actores quienes los dotan de vida. El desconocido Ansel Elgort está muy bien como chico con cara de bueno, hábil en su trabajo y abatido en la vida. Lily James tiene encanto de sobra para medio salvar el romance más forzado de los últimos años. Jon Hamm es un actor enorme que merece encontrar papeles que le den más visiblidad, y dota de gran carisma a un asesino demasiado clásico. Eiza González cumple como la chica del anterior. Jamie Foxx tiene también facilidad para caer bien y consigue hacer soportable a un matón de manual muy cargante. Y en un mundo aparte está el lastimero Jon Bernthal: sigo preguntándome como encuentra papeles un actor tan limitado.

Y desde luego no entiendo cómo esta cinta tan limitada consiguió recaudar 225 millones de dólares cuando con las magníficas Hot Fuzz, Bienvenidos al fin del mundo y Shaun of the Dead no hizo ni cincuenta con cada una. Sólo espero que en el futuro Wright recupere la inspiración y no se venda al dinero fácil.

Blade Runner (Final Cut)


Blade Runner, 1982, 2007 (Final Cut), EE.UU.
Género: Ciencia-ficción, policíaco.
Duración: 117 min.
Dirección: Ridley Scott.
Guion: Hampton Fancher, David Webb Peoples. Philip K. Dick (novela).
Actores: Harrison Ford, Rutger Hauer, Sean Young, Daryl Hannah, William Sanderson, Joe Turkel, Edward James Olmos, Brion James.
Música: Vangelis.

Valoración:
Lo mejor: Aspecto audiovisual arrebatador. Temática sugerente con reflexiones muy bien planteadas. El papel de Rugter Hauer.
Lo peor: La trama policíaca es muy endeble, el romance más, y Deckard un personaje bastante soso. Y todo ello eclipsa más de la cuenta la parte filosófica y ralentiza demasiado el ritmo.
Los planos: El inicial, con la ciudad hasta donde abarca la vista. El coche volador pasando al lado del anuncio. El edificio Tyrell.
Mejores momentos: Roy conociendo a su creador.
Versiones: Entre cambios obligados por el estudio y cambios que fueron sufriendo las versiones en vhs y dvd, acabó habiendo siete versiones distintas de la película. La más recomendada es la Final Cut de 2007, que fue la única controlada por Ridley Scott con total libertad.
La frase: La luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo. Y tú has brillado con mucha intensidad, Roy.

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Alerta de spoilers: Doy por hecho que se conoce a fondo.–

Blade Runner tuvo críticas desiguales en su estreno en 1982. Aquí hay un artículo que habla de ello, por ejemplo. Podríamos argumentar que con la ciencia-ficción de corte intelectual suele ocurrir que los conservadores no la entienden en su momento, pero también señalaban puntos grises evidentes, así que algo de razón tenían. Sin embargo, no tardó mucho en convertirse en una película de culto, es decir, una no del todo popular (generalmente por ser de una temática no atractiva para todos los públicos), imperfecta o incluso regulera, pero que consigue un grupo de fieles seguidores que alaban algún acierto destacable. Pero esa bola fue creciendo con los años y no tardó en considerarse una obra maestra incluso por los gremios más inmovilistas de la crítica cinematográfica, que pasaron del rechazo a la adoración ciega. Y con esa reputación ha acabado convirtiéndose en una de esas cintas en las que se ha olvidado todo fallo o limitación y es imperdonable no decir que es perfecta e irrepetible. Pero yo me voy a mantener firme. Blade Runner es una película de culto, pero dista mucho de ser una obra maestra del cine.

El primer aspecto digno de citar no se puede considerar un gran fallo, pero a mi modo de ver desluce un poco: el texto en pantalla que nos introduce en la historia. Un relato que necesita un resumen explicativo para empezar, que muestra ese miedo a no ser capaz de ser inteligible por sí mismo, no augura nada bueno, sus autores no parecen tener muy claro cómo contar las cosas. Además, la versión estrenada en su momento contaba con voz en off para ir aclarando aún más la historia, aunque es justo aclarar que esto fue imposición de los productores. La verdad es que queda todo bien claro en los primeros minutos con la entrevista al primer replicante y la presentación de Deckard y su misión. Hacía años que el cine y la televisión dejaron atrás la ingenuidad del cine clásico (había buenas excepciones, claro está), sobre todo en la ciencia-ficción y fantasía: 2001 sí era realmente difícil de entender, y Alien, Star Trek y La guerra de las galaxias habían abierto las puertas a imaginar cualquier cosa posible; además, ese año llegaron también E.T. y La cosa. Así que Blade Runner no me parece complicada, ni poniéndome en la época, como para necesitar esa introducción cutre.

Una vez entrados en materia es indudable que la proyección cautiva al instante con su arrebatador aspecto audiovisual, que además soporta el paso de los años con una solidez extraordinaria. Los temas principales de Vangelis (sobre todo el inicial y el de los créditos finales) ponen los pelos de punta. Incluso en los años ochenta, con el auge de la electrónica, suenan como de otro mundo, son potentes y hermosos. La visión de un futurista Los Ángeles impresiona: una ciudad inmensa, llena de grandes edificios y polución. Y pronto ponemos los pies en el suelo y la conocemos más a fondo: sobrepoblación de distintas culturas, calles abarrotadas de gente y suciedad, y avances tecnológicos de todo tipo, incluyendo los llamativos anuncios publicitarios, n+os ponen ante un futuro con un realismo y cercanía tangibles, ante un porvenir tan apasionante como inquietante.

Los guionistas Hampton Fancher y David Webb Peoples se inspiraron en Philip K. Dick, más concretamente en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), y Ridley Scott y el equipo técnico dieron vida al libreto con un resultado memorable. La combinación de escenarios, maquetas y matte paintings no por complicada frenó la imaginación de todos los implicados, que dio frutos dejando anonadados incluso a los que se les atragantó el argumento. Y aunque ya habíamos visto grandes ciudades futuras en Metrópolis y en cierta manera en La guerra de las galaxias (la Estrella de la Muerte), y la literatura nos dejara alguna otra (La fundación de Asimov a la cabeza), su capacidad para asombrar no se vio limitada gracias a esa visión pesimista y la calidad del acabado en todos los ámbitos. Sólo los matte paintings de algunos fondos se notan hoy en día, pero las maquetas, el bullicio de las calles, los coches voladores… siguen resultando verosímiles y espectaculares.

Pero no todo son alabanzas, porque llega un momento en que da la impresión de que Scott se obsesiona con exprimir los efectos especiales y remarcar el tono de la película, como forzando el factor asombro. Hay demasiados planos contemplativos de los edificios con demasiada musiquita pretendidamente conmovedora, y mucho enredo con la iluminación, que termina sobrecargando multitud de escenas con focos, sombras y oscuridad que en varias ocasiones resultan antinaturales, como en el piso de Deckard.

En el relato entramos con fuerza también. La entrevista al replicante Leon, como señalaba, nos pone muy bien en situación. Unos androides tienen problemas de comportamiento, dando pie a la eterna pregunta de qué nos hace humanos: los detectan comprobando sus reacciones ante preguntas que mezclan lógica y sentimientos. La aparición de Rachel, un modelo más avanzado, sube el nivel, porque añade a la ecuación los falsos recuerdos, haciendo más difusa la frontera entre humanos y máquinas. Roy y Pris aportan el otro pensamiento fundamental a la hora de distinguir entre seres sintientes e inteligencias artificiales: la percepción de la muerte, la necesidad de identidad y de conocer de dónde venimos y qué nos puede deparar el futuro. Este grupo de replicantes busca entender por qué su creador los hizo, eludir la muerte inminente (tienen fecha de caducidad), e intentar que los humanos no los cacen como a tostadoras rebeladas, porque se sienten vivos. El encuentro de Roy y Pris con sus creadores, primero con el ingeniero rarito, J. F. Sebastian, y luego con el ideólogo principal, Tyrell, es intenso, hermoso, y provocador: un anhelo primario del hombre es encontrarse con su hacedor (quien crea en esos conceptos, claro), exponerle las preguntas citadas, hallar respuestas a su existencia. Aparte de la fuerza del momento, queda también una sensación melancólica: como Roy, somos conscientes de que la vida es efímera, podemos preguntarnos si merece la pena gastarla en perseguir cuestiones sin respuesta o con unas que puedan no llenar nuestro vacío, etc. Por todo ello, acabamos este clímax de lado de quienes se habían presentado como los villanos: estos seres atormentados se merecen una segunda oportunidad.

Pero en un análisis en frío hay que decir que debemos hacer un salto de fe inicial para aceptar la premisa. Qué sentido tiene crear androides de servicio tan parecidos a los hombres, cuando queda claro que sólo traen complicaciones. Con robots sexuales obviamente se justifica el parecido, pero sólo en el físico, darles tanto libre albedrío es absurdo; y el resto se supone que son para trabajar en condiciones extremas, así que no convence.

Dejando de lado ese pequeño punto oscuro perfectamente perdonable, los problemas de Blade Runner son otros más claros y que, al menos a mí, me resultan imposibles de perdonar. Y es que este argumento tan jugoso se ve bastante limitado por la otra línea narrativa, el policíaco de corte futurista, neo noir o ciberpunk, que no da la talla y lastra la cinta con una serie de bajones de contenido e interés bastante importantes.

La odisea de Deckard no me entusiasma mucho, el ritmo peca de aletargado y el drama personal es muy básico, su fuerza reside únicamente en el aspecto visual. Es decir, no aporta ninguna perspectiva novedosa al género más allá del entorno futurista. Los pocos policías que lo secundan son irrelevantes: el jefe sólo sirve para darle el trabajo, el mejicano con vestuario extravagante no aporta nada, parece que le quieren dar una relevancia que no llega a tener, pues termina quedando como un simple recadero. Y el romance cumple con todos los clichés del noir paso por paso sin que parezcan ponerle mucho esfuerzo. La chica afligida que se encuentra en medio de todo sin control de nada, el agente rudo, el flechazo instantáneo, la fuga juntos… Pero la falta de novedades y de emoción impiden que me crea la relación. La escena del primer beso se alarga mucho y acaba siendo artificial, los encuentros aquí y allá son demasiado facilones y no cimentan la relación como para creerme la pasión y la decisión final de huir, y eso que los personajes dejan clara la necesidad de romper con sus vidas actuales.

Para empeorar las cosas, la investigación policial es poco o nada sustanciosa. Primero, no se entiende por qué Deckard acepta el trabajo si inicialmente pone tanto empeño en decir que no. No hay una amenaza clara a su estado actual como para resignarse. Y el caso da muy poco de sí. Hurgar en el hotel del replicante, analizar un par de pistas ahí encontradas, y ya está. Para colmo, algunas de estas ofrecen resoluciones muy rebuscadas: el análisis de la foto es ridículo, con esas ampliaciones y giros imposibles; y qué poco profesional eso de disparar entre la multitud a una mujer (aunque sea replicante) que corre desarmada, amén de que la escena se estira demasiado con un aura de trascendencia un tanto impostada. El único trabajo policial real y atractivo que realiza es seguir la pista de la escama, y tampoco es deslumbrante. Por lo demás, se sienta a esperar hasta que le cae encima la posible ubicación de los replicantes en la casa de Sebastian, una escena que debió parecerles demasiado corta, porque la alargan metiendo un relleno intrascendente: el coche patrulla que le da aviso de estar en zona restringida.

Así que Deckard es un personaje principal bastante rutinario, sin pegada, llegando a resultarme incluso aburrido. Si es que hay un momento en que tanto primer plano en silencio sin motivos claros me saca de quicio: la llegada al edificio Tyrell, con plano al edificio, plano a Deckard incesantemente sin venir a cuento, es buena muestra de esa sobreexposición innecesaria que señalaba. Sólo el carisma de Harrison Ford consigue que recuerde su presencia, pero me es inevitable pensar que cada minuto perdido con Deckard podía haberse utilizado para explorar más a fondo la trama de los replicantes. Siguiendo con los actores, Rutger Hauer es el único que me conmueve, y por extensión Roy es el único personaje que me llega con intensidad. Sean Young (Rachel) se limita a poner caras de pena, y William Sanderson (Sebastian), Daryl Hannah (Pris) y Joe Turkell (Tyrell) cumplen bien en sus contadas apariciones.

El problema se agrava porque en el tercer acto la combinación de ambas secciones es prácticamente inexistente. Se espera que se unan en un desenlace que motive cambios en ambos grupos de protagonistas, que culmine en una revelación capaz de dejar huella en ellos y en el espectador. Pero en cambio dejamos de lado toda la parte filosófica y nos lanzamos de lleno al noir, además en una línea muy facilona y predecible, pues es la misma película de acción policíaca de siempre, algo que se criticó bastante en su momento. El poli tras el criminal, el escenario final habitual donde se producirá un duelo que pretende ser intrigante pero se hace bastante predecible y largo, y los agujeros de guion de siempre: por qué Deckard va sin refuerzos, y que el otro agente llegue justito cuando se ha solucionado todo.

Para mí, la historia de Roy termina con su encuentro con Tyrell. Hubiera sido más poético que se suicidara tras eliminar a su creador, ya no tiene motivos para vivir, ha llegado al término de su viaje, ha obtenido algunas respuestas clave y conocido las limitaciones de su existencia. Hubiera sido también bonito que Pris acabara sus días con Sebastian en su pequeño paraíso ilusorio. Pero esa media hora extra de vulgar persecución termina de afear un filme que apuntaba mucho más alto. Y aquí incluyo el discurso de Roy: es puro humo, cháchara pretenciosa. Había formas más sutiles de recalcar que ha aceptado que ha tenido una vida fulgurante y llega su final. Y mientras, en Deckard no veo ninguna revelación que indique lo que parece querer indicarse: que ahora considera humanos a los replicantes. Estaba claro que se iba a ir con Rachel desde hace tiempo, y que perseguía a los otros por ser criminales en busca y captura, pero en ningún momento se exponen pensamientos más concretos sobre sobre todo el asunto de los replicantes.

Para terminar, es inevitable tratar la incógnita que trae de cabeza a los admiradores desde su estreno: ¿es Deckard un replicante? El sueño con el unicornio (aunque esta escena fue eliminada hasta que se recuperó en el Final Cut), el que el otro agente parezca conocer ese sueño, la pregunta de Rachel “¿Te han hecho el test a ti?” que queda en el aire… Todo parece apuntar que sí. Pero entonces se genera un agujero de guion importante: si es un replicante que han activado para atrapar a los otros, pues vaya mierda de modelo, no tiene habilidades llamativas, ni fuerza, es un patán que se deja atrapar cada dos por tres. Si fuese un modelo viejo que tenían por ahí, tampoco tendría mucho sentido usarlo a él en vez de a policías más hábiles.

Curiosamente, los mismos problemas que le achaco a Blade Runner los tuvo otro título que abordó temáticas semejantes, Ghost in the Shell: se atascaba en el ritmo, sobre todo porque el caso no se desarrollaba con mucho entusiasmo. También podría mencionar el tenue intento de Ridley Scott de volver a estas preguntas en las fallidas secuelas de Alien, Prometheus y Covenant, donde repite los dilemas de Roy y demás replicantes a través del androide David, de hecho las escenas de David con Wayland y este con el ingeniero son muy parecidas al encuentro de Roy y Tyrell.

Piratas del Caribe: La venganza de Salazar


Pirates of the Caribbean: Dead Men Tell No Tales, 2017, EE.UU.
Género: Aventuras, fantasía.
Duración: 129 min.
Dirección: Joachim Rønning, Espen Sandberg.
Guion: Jeff Nathanson, Terry Rossio.
Actores: Brenton Thwaites, Kaya Scodelario, Johnny Depp, Geoffrey Rush, Javier Bardem, Kevin McNally, David Wenham, Stephen Graham, Martin Klebba.
Música: Geoff Zanelli.

Valoración:
Lo mejor: Buen aspecto visual. Algunos buenos actores.
Lo peor: Guion trilladísimo y poco esforzado. Entretiene por los pelos.
El título: En prácticamente todo el mundo se han empeñado en pasar del original Los muertos no cuentan historias.

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Me apena lo poco que ha dado de sí esta saga. La primera entrega era evidentemente un producto comercial, con limitaciones intelectuales y artísticas (empezando por tomar demasiado de El temible burlón), pero desbordaba simpatía, tanto por el potente protagonista central como por las divertidas aventuras que se realzaban tan bien con el vistoso aspecto visual que lograron Gore Verbinski y el equipo de efectos especiales, vestuario y decorados. Además dejaba en el aire la sensación de que podía animar al cine de aventuras y fantasía a recuperar un tono menos artificial, pues dejaba un poco de lado de la acción sobresaturada de efectos digitales y perseguía un tono más clásico modernizado sólo ligeramente con bastante acierto.

Las dos siguientes entregas se rodaron juntas con la intención de hacer algo grande ahorrando un poco de dinero, y aun así el presupuesto fue descomunal… y prácticamente lo único que lució. Conforme avanzaban en su abultadísimo metraje se veía una deriva importante en el trabajo con los personajes y la trama, y también en las sensaciones, porque se apoyaron demasiado en el ordenador. El gran Sparrow empezó a mostrar síntomas de agotamiento, sus compañeros principales (Orlando, Keyra) no dieron más de sí, en especial por sus limitadísimos actores, y sólo la fauna de secundarios extravagantes y las potentes secuencias de acción (aunque a veces pecaban de grandilocuencia) consiguieron que resultaran entretenimientos aceptables, y en la tercera solo a ratos, porque entera resulta un galimatías interminable.

La cuarta parte se hizo esperar cuatro años pesar del dinero que amasaron las anteriores. Problemas con el calendario supongo, que es muy complicado levantar un proyecto tan grande, sobre todo cuando sus principales activos tienen las agendas muy apretadas. Al final se hizo sin Verbinski tras las cámaras, y quedó claro que fue su toque el que mantuvo los capítulos segundo y tercero medio a flote, porque en el guion no había mucha diferencia. A pesar de que el realizador elegido, Rob Marshall, tenía cierto prestigio por Memorias de una Geisha y Chicago, ofreció una película sin atractivo visual, un relato sin vida ahogado en clichés y personajes vacíos. Aun así logró alcanzar el hito de recaudación de las dos anteriores: mil millones de dólares. Así que estaba claro que tendríamos más…

Y llegamos a la quinta en la misma situación. Años después, y con un director distinto (un dúo en esta ocasión). ¿Estarán las expectativas del público animadas todavía, o el tiempo y el desgaste habrían hecho olvidar una serie que evidentemente ha triunfado por moda más que por calidad? ¿Recuperarán los nuevos realizadores el nivel de Verbinski? No sé si quedarse en ochocientos millones se puede considerar pérdida de interés, pero en lo artístico volvemos al tono de la segunda y tercera entregas: un espectáculo vistoso y simpático pero prácticamente vacío, donde de nuevo da la sensación de que desaprovechan un potencial mayor, y todo porque se aferran a lo más básico sin atreverse a explorar caminos más originales y sobre todo inteligentes.

Los diálogos son graciosetes sin provocar vergüenza ajena, y los personajes son simplones pero resultan agradables, sobre todo los que tienen actores que saben exprimir sus peculiaridades, destacando a Sparrow (Johnny Depp) y Barbossa (Geoffrey Rush). El problema es que Sparrow cada vez entusiasma menos, ya no parece un personaje original y carismático a su manera, sino un chiste con patas que sólo sirve para canalizar las tramas. Los jóvenes que lo acompañan son desiguales. El chaval va con la gracia justa, y aunque Brenton Thwaites (Dioses de Egipto) es mejor actor que Orlando Bloom, le falta mucho para dejar huella. Kaya Scodelario (Skins, El corredor del laberinto) en cambio es un gran paso adelante. ¿Qué costaba cuidar los casting desde el principio? Su interpretación llena la pantalla de vida, expresa distintos sentimientos en cada nueva situación. Así que es una pena que el personaje tuviera un recorrido tan limitado, tan predecible. Y el nuevo villano queda como la excusa de la aventura, el macguffin, no muestra una personalidad elaborada y Javier Bardem se limita a poner su físico para que diseñen un fantasmita molón.

En cuanto a la trama, como digo, los productores no han querido arriesgarse y han pedido a los guionistas lo mínimo. No pierden el tiempo ideando ingeniosas situaciones donde se pueda aprovechar un poco más a los personajes, ni buscan una historia más arriesgada y compleja que permita la posibilidad de sorprender y emocionar un poco. De hecho resulta cargante que la premisa sea tan simple pero reincidan tanto en recordarte y explicarte todo cada dos por tres. Con los quince minutos de prólogos ya tienen toda la película contada, el resto es buscar la solución… pero nada, nos vamos a recesos y rellenos a cada rato. Así que, como en las anteriores, la historia avanza entre aparatosas secuencias de acción cuya justificación es endeble y una caótica sobreexposición de maldiciones, objetos mágicos, búsqueda de personajes clave y resoluciones de enigmas poco o nadas llamativos. De nuevo todo se deja al dinero, a lo que dé de sí la capacidad del equipo técnico y del director.

Por suerte, al contrario que con el sosísimo cuarto episodio, la cinta luce bastante espectacular en manos del tándem Joachim Rønning y Espen Sandberg (Bandidas, Marco Polo), con lo que, tal y como ocurrió con el segundo y tercero, como entretenimiento tiene un pase si de dejas el cerebro fuera de la sala. Los decorados de pueblos y navíos son asombrosos, las recreaciones de fantasmas muy logradas, las secuencias de acción desmedidas… Tanto que alguna resulta demasiado larga y aparatosa para lo poco que llega a contar: la carrera con la casa a cuestas se me hizo eterna, y al clímax final le falta algo de imaginación y tensión. Mucho mejor funciona el resto: la búsqueda de Sparrow y la unión del grupo tiene ritmo, incluso los saltos a la vida actual de Barbossa son interesantes, y las escenas de acción más terrenales resultan más excitantes, como el rescate a los que están a punto de ser ejecutados.

Ver también:
La maldición de la Perla Negra (2003).
El cofre del hombre muerto (2006).
En el fin del mundo (2007).
En mareas misteriosas (2011).

Transformers: El último caballero


Transformers: The Last Knight, 2017, EE.UU.
Género: Acción, fantasía.
Duración: 149 min.
Dirección: Michael Bay.
Guion: Art Marcum, Matt Holloway, Ken Nolan, Akiva Godlsman.
Actores: Mark Wahlberg, Anthony Hopkins, Laura Haddock, Isabela Moner, Josh Duhamel, Santiago Cabrera, John Goodman, Ken Watanabe, Frank Welker, Peter Cullen, Jim Carter.
Música: Steve Jablonsky.

Valoración:
Lo mejor: Parece que cada vez cogen actores más competentes.
Lo peor: El guion es incluso peor que en las anteriores. La puesta en escena muestra desgana. La parte del submarino, ridícula e infumable en una cinta ya de por sí penosa.

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Las dos primeras entregas tuvieron su aquel porque eran locas y espectaculares, aunque el exceso de idioteces y los tics de Michael Bay lastraban más de la cuenta entretenimientos que podían haber salido mejor parados. La tercera pecó de repetir la fórmula otra vez y con la simple idea de maximizarlo todo, resultando una cinta demasiado irregular y larga, aunque en el tramo final la más asombrosa de todas. La cuarta era otra vez lo mismo, pero ya no tenía nada con lo que emocionar, no digamos impactar, y resultó soporífera. Esta quinta es más de lo mismo, pero el desgaste se agrava, y su visionado resulta incluso insoportable.

La taquilla por fin empieza a resentirse. Han hecho falta cinco películas clónicas y estúpidas para agotar a la masa de espectadores. Ha recaudado unos potentes 600 millones de dólares en todo el mundo… pero es que eso es la mitad que las anteriores. Pero por ahora no hay señal de que este aviso haya llegado a Michael Bay, que sigue anunciando muchas secuelas más: al menos tres están prácticamente confirmadas, incluyendo una centrada en Bumblebee. Eso sí, parece que empezará a relegar las labores de dirección. No sé qué opinar respecto a eso último: Bay era el mejor aliciente y a la vez un gran lastre… Pero el mayor problema siempre ha sido el guion, y dudo que cambien el estilo a estas alturas, como mucho quizá se atrevan por fin a contar cosas distintas, y ya veremos si es suficiente para recuperar al público.

El último caballero desde luego no aporta nada nuevo. Lo de meter al Rey Arturo es anecdótico, sólo sirve para canalizar la misma historia de siempre: robots malos vienen a destruir la Tierra porque les apetece y alguien guarda el secreto de un arma que los puede frenar. Un paria acaba metido en todo el meollo, una chica atractiva se ve arrastrada con él, tenemos unas pocas apariciones anecdóticas de militares y de algún secundario tonto, y todo se desarrolla con el caos y las subtramas irrelevantes de siempre que retrasan y enmarañan una trama simplísima hasta el punto de que parece que estamos ante varias películas mal mezcladas y resumidas. Demasiada sobre explicación de las mismas cosas, demasiado intento de fingir investigación cuando no están haciendo nada llamativo (el mayor esfuerzo es registrar una habitación), transiciones entre escenarios malamente justificadas, decepticons que aparecen aleatoriamente para reforzar las escenas de acción de relleno, y agujeros de guion en cantidad (que ella aparezca con distinta ropa cada rato es lo de menos), a lo que hay que añadir el tono rancio de siempre: machismo cutre y mensajes anti-ciencia; al menos ya no hay ramalazos xenófobos.

La definición de los protagonistas sigue anclada en estereotipos, con mucho diálogo y chiste vulgar y esas subtramas absurdas que todavía Bay no se entera que debería ahorrarse. Se recupera levemente porque la chica, aparte de ser un clon de Megan Fox, esta vez es una mujer capaz, inteligente, y la actriz, Laura Haddock, muy competente. Pero claro, como es de esperar acaba en la aventura por casualidad y la conexión con la trama es una parida, sólo sirve para lucir cuerpo y correr. Eso sí, su contrapartida masculina igual. De nuevo tenemos a Mark Wahlberg como el paquete que no quiere ser un héroe pero acaba metido en todo y lo resuelve todo porque sí. Y el romance forzado entre ambos sorprende para mal a pesar del bajo nivel que ha mostrado la serie: la de chistes adolescentes y escenas estultas que tenemos que soportar. La cena en el submarino (y bueno, todo lo de alrededor) llega a un nivel alucinante.

El único esfuerzo que se notó en los últimos capítulos fue mejorar el nivel de los personajes secundarios, reduciendo los payasetes supuestamente cómicos y tratando de otorgarles más personalidad. La presencia de Anthony Hopkins, aunque sorprenda ver a semejante actor en esta mierda, es enriquecedora, y Bay le intenta dar todo el protagonismo que puede, aunque la mitad de las veces no pinte mucho más allá de ser un comodín para explicar las cosas. Hopkins se come la pantalla y saca buen partido de los únicos chistes y situaciones graciosetes de la cinta: la dinámica absurda con su empleado robótico, a quien le pone voz el estirado jefe de mayordomos de Downton Abbey, Jim Carter, lo que es un gran chiste en sí mismo. Pero, como siempre, Bay lo estira tanto que termina agotando. También mantiene a unos pocos robots con el suficiente carisma como para que puedas acordarte de ellos (intenta citar alguno de los primeros capítulos aparte de los tres protagonistas…), el veterano guerrillero Hound (John Goodman) y el ninja (Ken Watanabe), a los que se suman otros pocos que cumplen en su cometido de pulular por el fondo siendo medio identificables.

Pero esto no es suficiente, porque sigue pesando la sensación de que se desaprovechan otros muchos personajes que se presentaban cruciales en las tramas pero acaban siendo meros objetos de las mismas. Megatron y Optimus siempre han sido unos sosos de cuidado, lo que aquí se lleva al extremo, porque apenas tienen presencia y la justificación de sus motivaciones es lastimera. Después de cinco episodios seguimos sin conocer la personalidad del militar, Lennox (Josh Duhamel), que aparece porque sí de nuevo. Pero para incomprensible la reaparición del agente Simmons (John Turturro), que no estuvo en el anterior y aquí sólo suelta unos pocos intentos de chiste por teléfono. Aunque el peor de todos te da en la cara bien pronto: Merlín (Stanley Tucci) representado como un patán borracho puede acabar con la paciencia de cualquiera nada más empezar la película. Viendo el panorama, es de agradecer que la presencia de los caballeros de la mesa redonda sea tan breve.

En un mundo aparte está la adolescente. No sé por qué Bay no repitió con la hija del protagonista, encarnada por Nicola Peltz, pero, siguiendo la escala decreciente de edad, esta vez es incluso menor: Isabela Moner tendría quince años durante el rodaje. En la historia pinta menos que todos los demás, pero ahí está, metida en casi todo sin venir a cuento, luciendo palmito. Aunque es justo decir que como actriz muestra maneras, es obvio que no está aquí por sus dotes interpretativas, sino para enganchar a la generación más joven; el robot infantil que la acompaña es buena prueba de ello.

En cuanto a la puesta en escena, a la falta de novedades también se le añade la sensación de cansancio, de que Michael Bay va con el piloto automático puesto. Los efectos especiales dan la talla, hay unas cuantas buenas explosiones, ofrece espectaculares panorámicas… pero en general la dirección se muestra ahogada en unos pocos recursos muy básicos y en una asombrosa falta de ambición. La fotografía tira de nuevo de la penosa regla del naranja, eso de saturar la imagen al verde y al naranja, colores cálidos que se supone resultan agradables y engañan al espectador con que está viendo algo bonito cuando es un efecto barato. Pero sobre todo abusa del movimiento constante con objetos de por medio, para dar la sensación de ritmo y de profundidad (sobre todo de cara al 3D), y del montaje rápido que potencie aún más el ritmo. Sin trabajo real detrás, sin planificar y componer escenas con un sentido global, sin pensar en que de un tráveling hacia la izquierda no podemos pasar de golpe a otro hacia la derecha, pues te deja descolocado, la narrativa resulta caótica, se hace cargante a los pocos minutos.

Y las secuencias de acción son todas iguales. Vale, en las anteriores no eran el colmo de la novedad, pues repetía con la destrucción de grandes ciudades, pero se trabajaba cada escenario a fondo, recorriendo calles y edificios de distinta manera, mostrando una guerra de grandes proporciones como pocos directores son capaces; de hecho en la tercera entrega dejó momentos memorables. Pero aquí apenas tenemos unas par de persecuciones en coche y unos monótonos escenarios bélicos, incluyendo el final, pues aunque sea en el aire, en plan cacho tierra enorme arrancado como en Los Vengadores: La era de Ultrón, en su desarrollo no sorprende lo más mínimo. Las persecuciones van a cachos, parecen resúmenes en plan videoclip acelerado. Las batallas son tremendamente monótonas, un plano amplio del escenario y añadir las explosiones y efectos digitales de rigor, para luego pasar a los personajes y sus diálogos llenos de chistes primarios y explicaciones redundantes.

Como resultado, El último caballero es el peor episodio en una serie que ya agonizaba, un título de acción infame que trae lo peor de Michael Bay, un autor al que he defendido a veces por su capacidad de lograr grandes cintas de acción cuando tiene un guion de más calidad (La roca, Dolor y dinero). La película es mareante, pero a la vez no es capaz de impedir que el sopor te abrace pronto. He tenido que verla en dos partes para acabarla. Sí, seré un masoquista, pero qué queréis que os diga, me gusta la acción, la ciencia-ficción y la fantasía, y termino dándole una oportunidad a casi todo. La curiosidad me puede.

Ver también:
Transformers (2007).
Transformers: La venganza de los caídos (2009).
Transformers: El lado oscuro de la Luna (2011).
Transformers: La era de la extinción (2014).

Ha fallecido Harry Dean Stanton

Un gran secundario, sello de calidad allí por donde aparecía, nos ha dejado. Murió el día 15 de septiembre con 91 años por causas naturales. Su carrera a primera vista no es de las exitosas, pero en nada que ahondas empiezas a recordar títulos donde dejó su huella, destacando Alien (1979) y París, Texas (1984) en cine y Big Love (2006) y Twin Peaks (2017) en televisión. Su papel en Big Love me pareció enorme, un villano de los que ponen los pelos de punta.

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