El Criticón

Opinión de cine y música

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En la línea de fuego


In the Line of Fire, 1993, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 128 min.
Dirección: Wolfgang Petersen.
Guion: Jeff Maguire.
Actores: Clint Eastwood, John Malkovich, Rene Russo, Dylan McDermott, Gary Cole, John Mahoney, Fred Dalton Thompson, Gregory Alan Williams.
Música: Ennio Morricone.

Valoración:
Lo mejor: Reparto y personajes carismáticos, buena puesta en escena.
Lo peor: El guion es un coladero, la historia harto predecible.
El casting: Se tantearon infinidad de nombres de primera categoría: Ed Harris, Robert de Niro, Robert Duvall, Jack Nicholson, Gene Hackman, Sean Connery, Robert Redford, Dustin Hoffman, Glenn Close, Sharon Stone

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Llevaba tiempo queriendo ver En la línea de fuego (no recuerdo si lo hice alguna vez en mi juventud e infancia), convencido no sé por qué de que era un thriller fundamental de los años 90. Llama la atención y termina siendo un correcto entretenimiento por los personajes que mejor funcionan (hay otros bastante fallidos), el estupendo reparto y el temple de Wolfgang Petersen en la dirección, porque la apariencia de película de suspense seria, que fue realzada aún más porque recibió buenas críticas e incluso alguna nominación a premios importantes, se va cayendo a pedazos durante la proyección, para al final quedar como un título comercial más, con demasiados lugares comunes con el género y estereotipos cansinos en un guion un tanto pagado de sí mismo pero muy débil, lleno de agujeros.

Una vez presentada la premisa se adivina instantáneamente cómo serán los pasos principales e incluso la resolución. La vuelta al juego de la vieja gloria, las persecuciones de rigor por calles y tejados, el momento en que lo apartan del trabajo, la revelación casual, el final donde sabes que saldrá airoso pase lo que pase, y la consabida muerte del villano.

El prólogo no sirve para nada, sólo está para señalar algo tan simple como que los protagonistas son agentes secretos, no asienta nada sobre su pasado y su relación más allá de la obvia descripción de perro viejo y novato torpón. La historia parece que va a comenzar como si esta introducción no hubiera existido, además con un salto espacio temporal alucinante: inician un diálogo en el páramo donde estaban y lo acaban entrando en su cuartel, como si se hubieran tele transportado. Pero resulta que esa siguiente escena tampoco tiene sentido, entran en su sede, pero ahí no hacen nada, saltamos otra vez, ahora a un bar… donde el compañero se acuerda de decir que les han asignado un caso, porque parece ser en la oficina no han tenido tiempo de hablar de ello.

Por suerte, una vez entrados en materia la cosa mejora bastante. Frank Harrigan es un agente venido a menos que enfrenta su últimos años de trabajo con apatía, pero en un nuevo caso encuentra la posibilidad de redimirse y volver a demostrar lo que vale. No hay novedades y sorpresas, todo se ve venir de lejos, pero su psicología está algo mejor trabajada de lo habitual, en parte porque al ponerle un antagonista tan llamativo se forma una dinámica enriquecedora.

Aunque debo señalar un tropiezo en los primeros pasos del caso. Sin duda la idea es mostrar cómo la propia obsesión de Harrigan y no admitir sus limitaciones va minando la investigación en la que tanto empeño dice poner, pero el primer escenario que tenemos resulta bastante absurdo: ve la inquietante escena en el piso del sospechoso y no se queda vigilando mientras consigue una orden, se va a casa a dormir y ya volverá otro día.

Clint Eastwood ofrece un gran papel. Lejos del semblante serio cuando no gélido de muchas películas del oeste y la línea más socarrona de la saga Harry el Sucio, Harrigan es un tanto descarado y carismático, pero sus dudas y conflictos internos se reflejan sutilmente en el día a día y explotan a lo grande cuando está en crisis.

Quizá influenciados por el éxito de la adaptación El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991) y su escalofriante Hannibal Lecter, los estudios y autores potenciaron por esas fechas villanos de ese estilo, siendo la presente una versión bastante efectiva. Alejándonos del tópico de asesino (generalmente extranjero) de mentalidad cuadriculada, sin motivaciones claras más allá de ser malo, tenemos un perturbado de cuidado pero capaz de urdir planes que ponen en verdaderos apuros a los héroes en el aspecto psicológico, de resistencia y cordura, en vez basar el choque únicamente en pegar tiros. Con su personalidad extrema, la experiencia en el campo de los asesinatos, el juego macabro que se trae con Harrigan y la mirada de loco que tan bien se le ha dado siempre a John Malkovich, este enemigo es tan inquietante como magnético. Ofrece algunas escenas bastante potentes, como cuando no deja que Harrigan muera al quedar colgado de una cornisa, momento que además remató Malkovich improvisando el instante en que se mete la pistola en la boca.

Pero este villano también arrastra bajones e incongruencias salidas del guion tan irregular, lastrando las posibilidades de la relación simbiótica que forman. Mientras Harrigan investiga y sufre sus envites vemos algunas situaciones del asesino planificando y probando cosas… pero saben a poco, son como escenas para recordar que está ahí y es un criminal sin escrúpulos: los asesinatos de la cajera del banco y de los cazadores son totalmente gratuitos y quedan bastante forzados. No se llega a desarrollar una exposición más compleja de su historia, no potencian precisamente lo que esta haciendo en el banco y con la brevísima escena de construcción del arma: trabajarse su tapadera, estudiar la forma de llegar al presidente, algún flashback o algo que aporte más de sustancia que la pobre entrevista de los agentes a un par de tipos que dicen haberlo conocido. En resumen, mostrar sus capacidades, exprimir su atractiva personalidad, tenerlo siempre un paso por delante del héroe. En este último aspecto, es evidente también que deberían haber sacado más partido de las escenas de acoso a Harrigan, limitadas todas a provocar con llamadas telefónicas y acechar desde lejos. A la larga parece que se centran sólo en cómo hace la puñeta a su contrincante, cuando mostrar los dos cursos de acción con más detalle tenía tantas posibilidades. Por extensión, lo de nominar en los Globos de Oro y los Oscar a Malkovich como secundario me parece surrealista, lo hace bien, pero no como para enmarcar entre las mejores interpretaciones del año.

El repertorio de secundarios es efectivo, salvo dos notables excepciones. El ambiente de trabajo tampoco trae sorpresas, pero las situaciones son variadas y emocionantes. Las disputas entre jefes que le tienen manía (Gary Cole) y los que lo respetan (John Mahoney) y el día a día en la oficina (desternillante la broma del infarto) se combinan bien con el desarrollo del caso. Pero curiosamente fallan las dos figuras más importantes. René Russo queda como la chica de turno; el romance de simplón resulta aburrido, pero además tiene momentos incómodos: un viejo diciéndole guarradas y haciéndole muecas a una compañera de trabajo… y esta cayendo rendida ante esos envites de machote. Y el más desconocido por entonces, Dylan McDermott, también es el menos interesante: es el típico compañero que lleva el letrero de muerte inminente en la frente.

Wolfgang Petersen había causado sensación en todo el mundo con El submarino (Das Boot, 1981) y entró pegando fuerte en Estados Unidos con La historia interminable (1984). Ofrece un ritmo bastante bueno y escenas de masas y persecuciones a pie típicas pero muy bien rodadas, aunque donde mejor se mueve es en las secuencias más complicadas, las conversaciones tensas en habitaciones y despachos, donde con escenarios pequeños y sombríos remarca la soledad e impotencia del protagonista a la vez que genera intriga.

Destaca también el trabajo del equipo técnico, tanto por la buena fotografía y montaje como por la composición de imágenes de archivo, que costó mucho dinero y esfuerzo por el empeño en usar grabaciones de mítines y presidentes reales y meter a los personajes ahí, usando además planos de Eastwood de joven sacados de otras películas. Por otro lado, cabe mencionar que la música corrió a cargo de Ennio Morricone, pero porque fue una aportación a un género poco habitual en su carrera, pues es un trabajo bastante rutinario, efectivo en general, pero sin logros destacables.

Sin embargo, a pesar de sus buenas maneras e intenciones Petersen termina chocando con las limitaciones del guion de Jeff Maguire (quien sólo había aportado ideas a dos cintas previas) y no tuvo libertad para meter mano en el montaje final o no vio las carencias más notorias. Sobran bastantes minutos en escenas inútiles o repetitivas, siendo evidente que los roles de Russo y McDermott son minutos perdidos en clichés que no llevan a ninguna parte. Y a pesar del talento de actores y director, algunos momentos cumbre resultan muy obvios, siendo el más claro el desenlace, tan básico que roza lo vulgar, con la previsible escena de redención y el duelo final y la típica caída desde las alturas del villano.

Pero lo peor es que los agujeros son numerosos, algunos asombrosos por sus dimensiones. La investigación arrastra una cagada monumental: tienen un piso entero lleno de huellas que por alguna razón (no se da ninguna) no toman, pero luego se emocionan confiscando un coche por la calle porque el sospechoso lo ha tocado. Este además a veces deja de ser tan listo como parecía, por culpa de escenas de relleno de acción y tensión: resulta verdaderamente ridículo cuando se para a mirar cómo lo buscan por el parque, justo en frente del edificio del servicio secreto, pero consiguen que empeore con la parida que, de todo el personal a mano, solo salgan a correr tras él los dos protagonistas, con los otros pocos agentes que han salido quedándose a mirar las palomas o yo qué sé, y para rematar, además los protagonistas no piden refuerzos (agentes, coches, helicópteros) ni plantean hacer un barrido por la zona cuando lo pierden de vista. La revelación casual es delirante: el número de teléfono escondido en código en la nota encontrada en el piso podría convencer… si no fuera porque es una prueba del caso que lleva Harrigan en su bolsillo como si nada. La entrada final del héroe en la cena donde asiste el presidente carece de verosimilitud: un viejo loco sin autorización alguna se cuela corriendo al salón sin ser parado en ningún control, ni siquiera en la calle, donde aparca el taxi derrapando entre coches oficiales como si nada. Y así se van acumulando un montón de deslices, cosas poco meditadas y errores flagrantes, hasta dejarte a cuadros cuanto te enteras de que fue nominada a mejor guion en los Óscar.

En la línea de fuego aparenta más de lo que llega a ofrecer. Los nombres tan llamativos delante y tras la cámara apenas logran rascar unas décimas por encima de la media, pero no suficiente como para destacar y aguantar bien el paso de los años. Es inevitable y necesaria la comparación con otro estreno de su año, El fugitivo (Andrew Davis), que sí sorprendió al aportar acertadas novedades, mezclando muy bien el thriller con la acción trepidante, cuidando la historia y los personajes mejor, y teniendo un reparto también muy entusiasta.

Parque Jurásico


Jurassic Park, 1993, EE.UU.
Género: Aventuras, suspense.
Duración: 127 min.
Dirección: Steven Spielberg.
Guion: David Koepp, Michael Crichton (también autor de la novela).
Actores: Sam Neill, Laura Dern, Jeff Goldblum, Richard Attenborough, Joseph Mazzello, Ariana Richards, Samuel L. Jackson, Wayne Knight.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: Atrapa de principio a fin, asombra y emociona como pocas películas consiguen hacerlo. Dirección excelente, efectos especiales y sonoros rompedores, música magistral, grandes personajes, escenas y planos míticos por doquier…
Lo peor: Nada grave. Alguna conversación parece innecesaria o alargada, y hay unos pocos gazapos notables que pueden afear los revisionados.
Mejores momentos: La llegada a la isla con la música. El ataque del tiranosaurio al coche. Los velocirraptores dentro del complejo persiguiendo a los niños.
La frase: No hemos reparado en gastos– Hammond.

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Una de las producciones más recordadas, aclamadas y exitosas de los noventa así como una de las obras más reconocidas de Steven Spielberg (y esto es como decir que está entre por lo menos diez títulos memorables) fue Parque Jurásico. El fenómeno social que supuso fue impresionante. Rompió el récord de película más taquillera mantenido por E.T. desde 1982, rozando los mil millones de dólares mundiales (de los que 250 fueron para Spielberg), y duró hasta el estreno de Titanic (James Cameron, 1997). Creó una moda de dinosaurios que hinchó las arcas del estudio a base merchandising, y seguramente llenó carreras universitarias de paleontolgía al estilo Indiana Jones (1981-1989) con la arqueología.

Michael Crichton era por aquel entonces un escritor de best-sellers bien asentado en su gremio y bastante en el cine, porque casi todas sus novelas solían ser tanteadas los estudios y algunas adaptaciones llegaron a ver la luz (la primera, La amenaza de andrómedaRobert Wise, 1971-), pero, sobre todo, él mismo hizo sus pinitos como guionista e incluso director (por ejemplo, Westworld, Almas de metal -1973-, o El primer gran asalto al tren -1978-). En 1990 estaba ultimando su nuevo libro, Parque Jurásico, cuya atractiva temática atrajo la puja de las majors por los derechos antes si quiera de editarlo, con Steven Spielberg, Tim Burton, Joe Dante, Richard Donner y James Cameron en cabeza de lista de cada uno. Cameron afirmó que planeaba una versión más adulta y oscura, tipo Aliens (1986), pero lo cierto es que los noventa eran otros tiempos y la versión de Spielberg fue inquietante y sangrienta en su justa medida.

Universal Studios se hizo con el premio gordo, y Amblin Enterntainment, la productora fundada por Spielberg, Kathleen Kennedy y Frank Marshall, desarrolló el proyecto. El guion le fue encargado al mismo Crichton, pero el director decidió pulirlo, para lo que trajo a David Koepp, quien hay que decir que no tenía nada llamativo en su currículo. Como adaptación es notable, pues captura lo mejor de la novela y resume o elimina lo innecesario (algunas cosas que no cabían aquí se recuperaron en las siguientes entregas) o lo que no concuerda con el lenguaje cinematográfico, y todo ello sin perder fidelidad. Este uno de esos pocos casos donde se puede decir que se supera a la obra original, pues resulta mucho más intensa e impactante. El único cambio notable es el abuelo, representado por Chrichton como un empresario capitalista que sólo piensa en el dinero y en esta versión como un abuelito simpático que quiere traer felicidad a los niños del mundo. Pero lo cierto es que resulta entrañable aunque sea claramente una treta comercial para atraer al público joven.

La única licencia notable viene de la propia novela, que modifica a su antojo la anatomía de los velocirraptores para hacerlos más peligrosos y temibles. En realidad no eran así, sino que medían medio metro de altura y con toda probabilidad estaban cubiertos de plumas. Está claro que ver a los protagonistas luchando contra unas gallinas, por muy carnívoras que fueran, hubiera sido más bien un chiste, pero también es cierto que si pretende ser una ficción científica resulta una decisión muy cuestionable: ¿no hubiera sido mejor elegir otra especie? Así, atados a la continuidad, todas las entregas mantienen esta fantasía. Por no decir que casi todos los dinosaurios que aparecen son del cretácico…

La visión comercial y narrativa de Spielberg dio sus frutos en una aventura deslumbrante en todos los sentidos. Cabe señalar que fue uno de los trabajos más difíciles y agotadores a los que se enfrentó, principalmente porque estaba ante retos técnicos nuevos y un rodaje muy complicado, pero también porque compaginó la postproducción con la grabación de La lista de Schindler (1993). La sensación de asombro, maximizada por unos efectos especiales extraordinarios, el ritmo excelente con picos de tensión y acción sublimes, y la simpatía que despiertan los personajes conforman una película que rompió moldes y cautivó a toda una generación, y además aguanta el paso de las décadas sin problemas.

El director exprime cada pasaje al máximo. Mediante una metódica construcción de la atmósfera de intriga y tensión garantiza un visionado absorbente de principio a fin. Se trabaja las partes acción logrando unas secuencias insólitas, lo que, unido al paso previo, la creación del ambiente adecuado, garantiza que llegas ya con los nervios a flor de piel, con lo que acabas aturdido más que asombrado. Entre medio dibuja los personajes sin prisas, con presentaciones llamativas, relaciones que se modelan incluso en los momentos más aparatosos, y detalles por todas partes que van provocando un cambio gradual; además, los actores están todos estupendos. Vemos gente real, por muy exagerado que sea el escenario, con lo que conectas con la odisea con fuerza; incluso los niños caen muy bien, algo que rara vez ocurre en el cine. Sientes estar en el parque con ellos, descubriendo los fascinantes logros que han dado vida a los dinosaurios, embargándote la sensación de apremio y de peligro cuando se tuercen las cosas, y manteniéndote en vilo, incluso aguantando la respiración, en los momentos más difíciles.

Esta producción es el ejemplo perfecto de algo que repito muchas veces. Hay dos factores clave a la hora de conseguir una buena escena de acción. Primero, hay que tener unos personajes atractivos y que estos sean el centro de los acontecimientos, porque sin establecer una conexión la situación es muy probable que se reduzca a simple caos y ruido. Segundo y no menos importante, los efectos especiales deben ser un medio narrativo y no un protagonista forzado.

No se veían escenas de acción tan contundentes y asombrosas desde las obras maestras de James Cameron, Terminator II (1990) y Aliens. El ataque del T-Rex ha pasado merecidamente a los anales del cine como una de las escenas más impactantes y recordadas. La huella, el rugido, los chavales gritando mientras sujetan el cristal, el coche aplastado, la caída por el árbol… Y no se queda atrás el tramo final en las cocinas, con la persecución de los velocirraptores: el raptor levantando a la chiquilla al golpear la rejilla, la treta con el reflejo…

Spielberg dirige la mezcla de técnicas de efectos especiales con gran control y visión, sacando adelante escenas y criaturas que parecen imposibles, más cuando piensas que requerían procedimientos apenas desarrollados o muy complejos. El avance en estos campos marcó un hito, y de hecho ha envejecido bastante mejor que superproducciones que han ido llegando muchos años después. En principio todo iba a ser con animatronics (muñecos mecanizados), pero tras ver unas pruebas de cómo resultaría por ordenador decidieron repartir esfuerzos. La combinación se usa con sabiduría, manteniendo en primer plano los animatronics y gente disfrazada (los velocirraptores), y en los lejanos, donde se requería movimiento completo, se usaba el ordenador; en la página www.stanwistonschool.com se pueden ver algunos videos del proceso. Cruciales fueron también los efectos sonoros, con rugidos que te hielan los huesos. Los dinosaurios resultan tan realistas que cada vez que aparecen te olvidas de que estás ante un truco.

Aparte de que la composición de numerosos planos es crucial para forjar la sensación adecuada en cada instante (por ejemplo, la aparición del T-Rex la vemos desde dentro del coche, al lado de los protagonistas), Spielberg también nos deleita con un detallismo muy cuidado que termina de formar ese aura de película única y con gran personalidad. Algunos planos son muy cinematográficos y otros incluso juegan con la ironía, es decir, podrían resultar poco naturales, pero lo cierto es que ninguno desentona, o refuerzan la épica o son detalles curiosos. Cito mis favoritos: el logotipo del parque en la puerta del coche flamante al llegar pero lleno de barro al irse, el frasco de material genético robado perdido en el barro (fosilizándose), el velocirraptor con las secuencias genéticas de la pantalla del ordenador (ATGC) reflejándose en su piel, el T-Rex suplantando a su esqueleto…

El aderezo final lo pone la seductora y épica banda sonora del maestro John Williams, quien se marcó otro hito a través tanto de un tema inolvidable como de una serie de motivos que realzan todas las emociones de la cinta de forma magistral. Sus notas son inseparables en el imaginario popular de escenas como la llegada a la isla o la apertura de las puertas, de hecho en cuatro secuelas que llevamos nadie ha estado a esa altura… ni siquiera él mismo en la segunda parte.

Hay muy pocos momentos en que se pueda romper el hechizo que provoca esta colosal película… pero los hay. No deifiquemos, como hacen muchos con algunas que marcaron nuestra infancia o del cine clásico, hay que ser objetivos. El equilibrio narrativo, el ritmo y la fuerza de cada escena es magnífico, pero no tanto como para alcanzar el apelativo de obra maestra, hay algunos deslices (en tono y en contenido) que pueden empañar algunos tramos, sobre todo en los revisionados.

En el tono, está claro que Spielberg y demás productores querían un estilo familiar con mensajes sencillos, pero en una propuesta tan seria, trágica y terrorífica en muchos instantes, desentonan bastante algunas ideas propias de títulos intantiles llenos de estereotipos. Sólo los avariciosos sin posibilidad de redención mueren (el abuelo no, porque tenía buenas intenciones y aprende), además con una mezcla de crueldad y humor que no me convence, como el abogado en el váter o Nedry tras una serie de calamidades dignas de una comedia tontorrona. También hay algunos discursos un tanto anticientíficos que chocan con otras partes donde se muestra amor por descubrir y comprender el mundo que nos rodea, incluyendo el fascinante pasado; sí, se podría decir que muestran distintas visiones del asunto, y que además es raro ver debates intelectuales en cintas comerciales, pero mi sensación es que pretende sentarse cátedra en un único sentido: principalmente en boca Malcolm, a veces de otros, parecen querer meter miedo con que la naturaleza es como dios la hizo, o es dios, y si la cabreas te castiga, de forma que el más que respetable mensaje ecológico de cuidar nuestro entorno se pervierte con un giro religioso que no me gusta nada; esto se puede enlazar con las muertes absurdas: pórtate bien porque dios te vigila. Aparte de la moral, también se refuerzan las capacidades de los protagonistas de mala manera: el veterinario del parque lleva meses tratando a una triceratops pero tiene que venir una invitada a darse cuenta de síntomas que ha pasado por alto (por cierto, el misterio de qué la enferma no tiene solución, es una escena para fardar de dinosaurios).

En cuanto al contenido en sí, el primer aspecto es un tanto ambiguo, es decir, no me parece un fallo grave, sino una posible mejora, y entiendo que alguien no lo comparta. Si no fuera porque es una película muy querida que he visto muchas veces seguramente no haría un análisis tan profundo y detallista y habría pasado por alto este punto.

Los prólogos encadenados combinando la chispa del misterio con pequeños datos argumentales son un sello clásico del realizador, eficaces unas veces (Indiana Jones, En busca del arca perdida -1981-) y bastante mejorables otras (Encuentros en la tercera fase -1977-). Aquí diría que están en un término medio. Vistos ahora, a veinticinco años del estreno, me parecen fácilmente sacrificables, el primero (el caos con la jaula) por innecesario, y el segundo (el hallazgo de un mosquito) por redundante, pues lo que en él se dice está fuera de contexto (información de personajes que no han aparecido todavía, es difícil asimilarla toda) y se explicará mejor luego. Al menos el segundo lo quitaría, porque el inicial funciona bien en el factor suspense, siendo amenazador e intrigante a partes iguales. Incluso la siguiente escena, ya entrando en materia, se me antoja un poco cursi (el niño respondón) y tiene un fallo importante por culpa de buscar un efectismo innecesario: el aterrizaje del helicóptero sólo sirve para poner un énfasis artificial en la presentación de Hammond, pues él ya está en la caravana.

Pero como iba apuntando, estas cosas son difíciles de ver a la primera, porque Spielberg puede optar más de la cuenta en muchas de sus obras por lo emocional antes que por la concreción y la lógica, pero en la mayor de las veces parte lo hace tan bien, te embauca con tanta facilidad, que te dejas llevar. La atmósfera de misterio y descubrimiento te envuelve desde los primeros rugidos y sorpresas (la grúa apareciendo cual animal entre los árboles), y en seguida pasamos a la presentación de los personajes con una exposición que también tiene buenos aciertos. El niño repelente y la historia de Allan definen en un visto y uno visto a la pareja protagonista y su dinámica, y lo del helicóptero muestra bien la grandilocuencia alternada con cercanía de Hammond. Aun así, es evidente que todo lo que se cuenta en estas escenas se expone suficientemente bien en el viaje hacia la isla y los primeros pasos por ella: quién es quién, el parque y sus problemas, el comité evaluador, el divorcio de los padres de los niños… Puedes empezar a verla en el vuelo y no perderte nada… pero claro, quizá entonces no se hubiera creado tanta expectación por la llegada.

Otros aspectos sí son claramente un pequeño lastre. Hay unas pocas conversaciones que se alargan más de la cuenta para decir bien poco. La del caos es puro relleno, no aporta novedades a ninguno de los personajes, y la cena donde critican a Hammond (donde por cierto no llegan a comer nada) rompe el ritmo demasiado para ser una pequeña ampliación de lo que ya discutían en el helicóptero y otros momentos (amén del citado tono del discurso). También hay una situación que podría haberse resumido pero en cambio intentan realzarla más de la cuenta: el salto a la valla del perímetro (donde Tim se da el calambrazo) paralelo a la reactivación de la energía se exagera demasiado, con tensión forzada para alargar el clímax (tan forzada que incluso Ellie pasa dos veces la misma palmera, se ve que les faltaba metraje para estirarlo como querían). No puedo dejar de pensar que esa parte era para el cazador y los velocirraptores, un escenario más interesante que saltar una valla y pulsar unos botones y un personaje infrautilizado, pero se olvidan de él y lo recuperan más tarde para darle una muerte muy rápida.

Es indudable que con el paso del tiempo Parque Jurásico no ha perdido nada de su capacidad para entretener e incluso asombrar, pero sí puede ocurrir que de tanto verla encuentres algún gazapo que le quite algo de gracia a alguna escena, y lo cierto es que hay unos cuantos bastante gordos. Ya he citado la cuestión de por qué aterriza el helicóptero si el Hammond ya está en tierra. Por mucho que lo digan los personajes, se ve en todo momento que los coches no van sujetos al rail (podían haberse inventado que son magnéticos o algo así), y además en algún plano se ve a los conductores. Qué conveniente que aparezcan unos vasos de agua justo antes del ataque del T-Rex. Hay un baño público en el recorrido del T-Rex a pesar de que se supone que los visitantes no bajarán de los coches. También, si indagas un poco, encontrarás cagadas que eran fácilmente evitables, como por ejemplo que pongan San José, Costa Rica, con playa a pesar de ser una ciudad de interior.

Pero lo más notable es la gran trampa que esconde la escena del T-Rex. El coche de los niños está a la vista de la cabra cebo, por donde entra el tiranosaurio, y en toda la secuencia del ataque se ven plantas y árboles, ergo ese lado de la valla está al mismo nivel que el camino… Pero cuando tienen que huir saltando el muro bajo de la valla resulta que el suelo se ha convertido en un desnivel de diez o veinte metros, y los árboles se ven abajo a lo lejos. Una vez descubierto el engaño resulta muy descarado y difícilmente justificable, pero lo cierto es que esa parte es tan absorbente que es difícil darse cuenta. Es la magia del cine, depende de cada uno perdonar y aceptar el truco o no.

Parque Jurásico, como obra que marca una generación, es tan buena y tan querida que puso complicado que una secuela pudiera llegar a su nivel, y desde luego no lo hacen las dos entregas tan poco trabajadas que la siguieron El mundo perdido: Parque Jurásico, del propio Spielberg en 1997, y Parque Jurásico III de la mano de Joe Johnston en 2001. Pero tampoco da la talla la resurrección reciente, por ahora con otras dos partes, Jurassic World (Colin Trevorrow, 2015) y Jurassic World: El reíno caído (2018, J. A. Bayona), más entretenidas que las anteriores pero también muy mejorables.

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Saga Parque Jurásico:
-> Parque Jurásico (1993)
El mundo perdido (1997)
Parque Jurásico III (2001)
Jurassic World (2015)
Jurassic World 2: El reino caído (2018)