El Criticón

Opinión de cine y música

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Hellboy


Hellboy, 2004, EE.UU.
Género: Acción, fantasía, superhéroes.
Duración: 122 min (cines), 132 min (Director’s Cut).
Dirección: Guillermo del Toro.
Guion: Guillermo del Toro.
Actores: Ron Perlman, Doug Jones, Selma Blair, Rupert Evans, Karel Roden, Jeffrey Tambor, Biddy Hodson, Ladislav Beran.
Música: Marco Beltrami.

Valoración:
Lo mejor: El carisma de Ron Perlman, el vestuario, el maquillaje y los efectos especiales.
Lo peor: Guion lamentable y puesta en escena muy pobre. Potencial desaprovechadísimo.
Versión del director: Tiene diez minutos más, con un par de escenas de colegueo y ligoteo no esenciales, y tampoco aporta violencia extra.

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Los cómics de Hellboy, creados por Mark Mignola en 1993, combinan aventuras y humor negro, esoterismo (con predilección por el nazismo) y mitología, esta última con influencia de las mitologías nórdica y griega y el horror informe de Lovecraft. En la búsqueda de poderes místicos los nazis abren un portal hacia el infierno, y aunque el doctor Trevor Bruttenholm (alias Broom) los sigue de cerca e impide que logren sus objetivos, un demonio bebé acaba en la tierra. Criado por él bajo el nombre de Hellboy (chico o niño del infierno), servirá en la Agencia de Investigación y Defensa Paranormal, que analiza y contrarresta amenazas de complots paranormales y criaturas extrañas por todo el mundo.

La adaptación cinematográfica se fraguó justo antes del boom del cine de superhéroes que se dio con el Batman de Nolan (iniciada en 2005) y la serie Marvel de Los Vengadores (Iron Man vio la luz en 2008). En ese momento triunfaba X-Men (Bryan Singer, 2000), que se podría decir que abrió la veda, pero Hellboy llegaba menos para arrasar en taquilla aprovechando el tirón de aquella y más como rareza, pues partían de un personaje menos conocido, no era una superproducción ambiciosa y parecían apuntar a un público más adulto y alternativo.

Sin embargo, la cinta resultante no causó impresión alguna. Ni logró un tono distintivo y una personalidad llamativa, ni era tan adulta y original como se esperaba, sino que su pobre guion y su acabado visual poco enérgico ofrecieron una de acción genérica. Aunque la crítica fue bastante buena con ella a pesar de su escasa calidad, el público la recibió con gran tibieza, no pudiendo doblar su presupuesto en taquilla, necesario para empezar a ser rentable (hay que contar publicidad y distribución y la ganancia del cine). Pero tampoco fue un fracaso sonado, y tuvo que dar dinero en el mercado doméstico (dvd, bluray y venta de derechos a cadenas de televisión), porque hicieron una secuela cuatro años más tarde. Aunque tuvo mejor recorrido en taquilla tampoco fue un éxito y enseguida cayeron en el olvido, hasta que la llegada de una nueva versión en 2019 nos ha hecho mirar atrás.

Si en su momento fue poca cosa, el paso de los años no le hace ningún bien. La escasa inspiración y ambición del guion se hace más evidente cuantas más cintas de superhéroes hay, pero si os parece injusto ponerla en la balanza con el punto álgido del género, podemos compararla con cualquiera de acción, aventuras y fantasía de la época e incluso de décadas anteriores, y veremos cantidad de lugares comunes que el escritor y director Guillermo del Toro amontona con desgana.

El héroe solitario e incomprendido, la chica dulce, el nuevo compañero novato que cierra el trío amoroso y genera roces en el trabajo, el mentor que morirá para forzar la maduración de aquellos, el villano sin personalidad que quiere destruir el mundo porque sí y sus secuaces raritos dan tumbos sin ton ni son en la presentación, nudo y desenlace más sobados y anodinos que puedas imaginar. De hecho, recuerda mucho a los trabajos previos de Del Toro, Blade II (2002, aunque esta sólo la dirigió) y Mimic (1997), con escenas calcadísimas como los climax finales con esas previsibles explosiones que acaban con los bichos.

El recorrido de los personajes es predecible y aburrido, sabes en todo momento cuál es la escena siguiente, si una de camaradería, una de conflicto, una de conciliación, una explicativa o un lastimero momento de transición a modo de videoclip (por cierto, atención al destroce que hacen versionando la mítica Red Right Hand de Nick Cave). Los diálogos dan bastante vergüenza ajena, y eso que se ve un intento de dar rienda suelta al humor negro y gamberro que se esperaba, pero este resulta infantil y muchas veces desubicado, forzado: hay muchos intentos de chiste que rompen el ritmo en las escenas de acción. A veces se cae a unos niveles sonrojantes: el trío amoroso de ingenuo es hasta gracioso, y por el lado contrario, el director del FBI es un personaje que busca ser cómico pero resulta insoportable, y eso que Jeffrey Tambor (Arrested Development -2003-) le saca todo el jugo posible a semejante esperpento.

Sólo salva la función el carisma de Ron Perlman (En busca del fuego -1981-, La ciudad de los niños perdidos -1995-, Alien Resurrection -1997-, Hijos de la anarquía -2008-), que hace suyo al personaje, no sólo porque se adecúa al físico, sino por su estupenda combinación de mala hostia con candidez. Doug Jones como Abe, el anfibio, consigue resultar simpático a pesar del aparatoso maquillaje, pero el personaje está muy desaprovechado y para colmo a media proyección lo dejan de lado. Jones se ha convertido en todo un genio de la interpretación por gestos y movimientos; recientemente lo pudimos ver en La forma del agua (2017, también a las órdenes de Del Toro) y Star Trek: Discovery (2018). Del resto, hasta un veterano como John Hurt (Alien -1979-) parece estar desubicando en el típico personaje comodín explicativo, no digamos ya los jóvenes Selma Blair (Una rubia muy legal -2001- y otras comedias de bajo nivel) y Rupert Evans (Ágora -2009-, muchas series menores), que están pésimos hasta sacarte de la película haciéndote que te preguntes cómo han podido pasar el cásting.

La decepción se agrava por el potencial que ponía en bandeja la mezcolanza de mitologías del cómic, con unos villanos y monstruos cada cual más extravagante y sugerente. Nazis, ocultismo, Rasputín, demonios del infierno… nada llega a desarrollarse lo suficiente como para generar expectación por el devenir de acontecimientos. Si te quedas con el quién es quién de los malos es por el aspecto de cada uno, porque no se llega a vislumbrar ninguna personalidad. De hecho, el diseño de Kroenen es espectacular, así que apena mucho que no se trabajara lo más mínimo su historia y ambiciones. Este y sus compañeros (la típica rubia nazi, el cansino loco de la dominación mundial -Rasputin-) aparecen esporádicamente para justificar las escenas de acción y la confrontación final de rigor, pero apenas llegan a aportar un mínimo de intriga y espectáculo aceptable.

Una vez se intuye el escaso recorrido de la propuesta, que en mi caso fue desde el manido y tonto prólogo, las únicas esperanzas quedaban puestas en el aspecto audiovisual que pudieran lograr, pero ya desde esa introducción apunta bajo. La puesta en escena se queda muy corta y la imaginación escasea demasiado a pesar de las posibilidades.

La dirección de Del Toro es convencional y muy televisiva, ahogada en planos cerrados y escenificación básica de rostro en rostro. Donde más se nota la falta de ese talento que algunos se empeñan en ver en el realizador es en las escenas de acción, que con unas coreografías vulgares y un montaje tosco resultan más bien cutres. Todo son borrones en movimiento y gente lanzada por los aires, y se dejan ver unos trucos demasiado evidentes: cómo cantan los movimientos con cuerdas, llegando a dar momentos ridículos, como el derrumbe de la pasarela al final, donde Hellboy patalea en el aire. Tampoco ayuda el tono para mayores de 13 años que obligaron en una propuesta que pide a gritos ser para mayor de 18: los diálogos esquivan las palabrotas, o cuando por fin van a recurrir a ellas las dicen a medias (sólo les falta un pitido), a Kroenen sin traje lo esconden de mala manera tras objetos, y de sangre y violencia no se ve casi nada, ni si quiera en la versión extendida como suele ser habitual.

La banda sonora de Marco Beltrami es efectiva pero poco inspirada, ofreciendo típicas fanfarrias heroicas y demás motivos de acción rutinarios, cuando la premisa daba para explorar sonidos más originales; pero claro, lo más probable es que se mantuviera en lo que querían los productores.

Apenas aguanta el tipo porque el vestuario y maquillaje son muy llamativos y los efectos especiales bastante buenos. De hecho, pienso que Abe es aparcado a media película con la excusa de que está herido para ahorrar las horas de maquillaje en la parte más difícil de rodar, las escenas de acción del tramo final. Por otro lado, ya que tenemos tanto traje elaborado, bien le podían haber puesto un vestuario a Liz que soportara el fuego por alguna cualidad mágica, porque va lanzando llamas sin que se le queme la ropa.

Lo digital está bastante bien hecho y se mantiene con el paso del tiempo (más teniendo en cuenta que no era una gran superproducción), sobre todo porque no se abusa de ello y porque sabiamente cuando los monstruos copan el primer plano son muñecos o gente disfrazada. El perro-demonio está muy logrado y la criatura final está bien hecha, lástima que esta forme parte de un clímax tan soso. Eso sí, hay un par de extraños momentos en que recurren al ordenador para cosas que podían haber hecho con material real, como la cuerda con la que enganchan a Kroenen por el cuello o los coches al cruzar la calle, que dan un cante horroroso.

En resumen, Hellboy prometía pero acaba siendo un producto muy convencional y perecedero.

Ver también:
-> Hellboy (2004)
Hellboy II: El ejércido dorado (2008)

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Los Increíbles


The Incredibles, 2004, EE.UU.
Género: Aventuras, fantasía.
Duración: 115 min.
Dirección: Brad Bird.
Guion: Brad Bird.
Actores: Craig T. Nelson, Samuel L. Jackson, Holly Hunter, Samuel L. Jackson, Jason Lee, Spencer Fox, Sarah Vowell.
Música: Michael Giacchino.

Valoración:
Lo mejor: Trepidante y divertida.
Lo peor: Muy simplona y predecible, y a veces no parece para niños.

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Brad Bird llevaba desde Cuentos asombrosos (1985) escribiendo y dirigiendo, sin terminar de tener éxito ni tan siquiera una carrera estable, hasta que dirigió El gigante de hierro (1999) y llamó la atención de la industria. En Walt Disney y Pixar lo seleccionaron para que encabezara su próximo proyecto, Los Increíbles (2004), y luego repitieron con Ratatouille (2007) y la secuela de la anterior (2018). En imagen real ha corrido desigual suerte, pues Misión imposible: Procotolo fantasma (2011) funcionó pero Tomorroland (2015) fue un sonado fracaso.

Después del despliegue de imaginación de todas las producciones nacidas en Pixar hasta el momento (Toy Story -1995-, Bichos -1998-, Toy Story 2 -1999-, Monsters S.A. -2001- y Buscando a Nemo -2003-), Los Increíbles fue un gran paso atrás, y luego además dieron otro más con la insulsa Cars (2006). Quiero creer que se debió a la cada vez mayor implicación de Walt Disney en la producción, que terminó con la absorción de la compañía de la lámpara en 2006.

Estamos ante una parodia de los superhéroes y de James Bond, dos géneros que se asemejan mucho (supervillanos, superguaridas). La familia protagonista y su amigo Ozono beben evidentemente de Los 4 Fantásticos (Stan Lee, Jack Kirby, 1961), pero se juega con todo el género, combinando chistes y caricaturas básicas (las inútiles capas de los trajes) con un trasfondo que parece más trabajado. La responsabilidad con la sociedad y los líos legales chocando con las obligaciones en casa como punto de partida es atractivo, tanto que parece una premisa demasiado adulta, sobre todo con la de chistes sobre el matrimonio que vemos.

Sin embargo, se decanta rápido por derroteros más sencillos, por una fábula familiar de toda la vida. Todo se basa en trillados conflictos paterno filiales y de responsabilidad, pero nos ahogamos en chistes tontos, sin que hallemos giros ingeniosos que aporten algo de novedades. En la parodia de género donde se sumerge la odisea ocurre lo mismo, se ve cada vez más limitada en gracia e inteligencia. Una vez llegamos a la isla no hay más que rascar: el villano, la guarida, la unión de la familia y la confrontación final de vuelta en la ciudad dejan la sensación de que productores y guionista se han esforzado muy poco.

Pero dejando de lado la falta de ambición, funciona bien como entretenimiento. La familia resulta muy simpática, el humor y la acción danzan a la par en una aventura muy movidita que entra bien aunque se vea venir de lejos. Destaca a lo grande Michael Giacchino, cuya espectacular partitura realza hasta el escenario menos llamativo. La animación es buena, pero un poco irregular y menos espectacular que en los títulos anteriores: hay planos muy parcos en la ciudad en contraposición con el buen trabajo en la selva.

Por otro lado, en rango de edad queda una obra un tanto ambigua. Creo que querían llegar por igual a adultos que a niños, pero una cosa es que los críos no pillen todas las referencias a la cultura pop y otra que por momentos resulte asombrosamente macabra (armas de fuego, muertes en cantidad) o extrañamente erótica (los citados chistes del matrimonio se pasan mucho de rosca).

También se criticó en su momento que parece vender una perspectiva demasiado conservadora de la familia, la sociedad y la política. De hecho, fue elegida en 2009 como la segunda mejor película conservadora de los últimos 25 años por la revista National Review, dedicada a promocionar dichos valores. Encontramos que, tras luchar contra el trabajo monótono y corrupto del padre y el aburrimiento en el hogar de la madre, lo que aprenden es a quererse y a ser felices como familia, y así se supone que todo queda resuelto. ¿Ha encontrado otro trabajo el padre, por qué ella ahora está bien si sigue atada en casa? Ah, que pueden desquitarse saliendo a ajusticiar malvados, porque han vencido al estado y ahora gozan de privilegios que los pringados de abajo no. Que conste que todo esto me parecía hilar muy fino, pero después del segundo episodio lo veo con otros ojos, porque en él es muy evidente. Así que, al contrario que las producciones previas de Pixar, todas con gran sensibilidad a la hora de tratar temas medianamente serios (destacando Buscando a Nemo, que versa sobre un niño sin madre que acaba perdido en un mundo hostil y un padre desesperado por encontrarlo), Los Increíbles acaba resultando un tanto malograda en contenido y mensajes.

No arrasó como su predecesora, Buscando a Nemo, que rozó los mil millones de dólares mundiales, pero alcanzó la nada desdeñosa cifra de seiscientos millones, y la crítica y el público la valoraron con un entusiasmo desmedido. Algunos sostenían que era la mejor de Pixar hasta el momento, es decir, ¡superior a Toy Story 1 y 2, Bichos, Monsters S.A. y Buscando a Nemo! No sé que virus contagió a todo el mundo, pero me temo que se ha extendido prácticamente a cada estreno posterior de Pixar, devaluando el término “obra maestra” para ensalzar cualquier película indistintamente de su calidad real. Querría pensar que el tiempo la estaba poniendo en su lugar, o sea, en el olvido hasta que la pillas en la tele y la ves porque es agradable, pero el estreno de la segunda parte causó de nuevo sensación y superó su taquilla con creces, así que es otra de esas veces en que no entiendo cómo funciona el ser humano.

Ghost in the Shell 2: Innocence


Innocence , 2004, Japón.
Género: Ciencia-ficción, anime.
Duración: 83 min.
Dirección: Mamoru Oshii.
Guion: Mamoru Oshii, Masamune Shirow (manga).
Actores: Akio Ôtsuka, Kôichi Yamadera, Tamio Ôki, Yutaka Nakano, Atsuko Tanaka.
Música: Kenji Kawai.

Valoración:
Lo mejor: Sugerentes reflexiones, atractiva visión del futuro.
Lo peor: No innova nada y tiene algunos problemas narrativos.
Mejores momentos: Las visitas a la ciberforense, el lío en la tienda, el asalto final, el origen de los ginoides.
El dato: El poco habitual término “ginoide” puede ser desconocido para muchos. Son los androides de características femeninas.
La traducción: En la primera parte traducían firewall como barrera, pero aquí lo dejan en inglés, pues el término se fue imponiendo en la sociedad a pesar de tener una traducción clara.

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El gran éxito mundial que el primer largometraje de Ghost in the Shell fue consiguiendo con el boca a boca permitió que el manga tuviera adaptaciones más ambiciosas, es decir, con presupuestos y técnicas superiores a lo estandarizado. Mientras se desarrollaban dos series (o dos temporadas, pero el distinto nombre confunde), Ghost in the Shell: Stand Alone Complex (2002) y Ghost in the Shell: Stand Alone Complex 2nd GIG (2004), llegaba también otra película, Ghost in the Shell 2: Innocence (2004). No es necesario ver las series, que tienen su propia cronología, pero sí la primera cinta, pues la presente continúa poco después de aquellos eventos.

La historia no cuenta con diferencias sustanciales. Teniendo un universo imaginario con tantas posibilidades se podría criticar que las bases de la trama sean prácticamente las mismas a la del capítulo previo, que se arriesguen tan poco por ir más allá, que parezca que han puesto más énfasis en el aspecto visual, enriquecido con más dinero y más trucaje digital, que en ofrecer una aventura más novedosa. Tenemos otra figura misteriosa que altera el comportamiento de los androides, un nuevo complot de una organización poderosa (en este ocasión una empresa privada), y otra investigación policial que avanza según su autor (esta vez Mamoru Oshii escribe aparte de dirigir) quiere exponer un planteamiento filosófico u otro. También encontramos situaciones que oscilan entre la repetición y el homenaje, y cada uno decidirá si le sobran o le parecen bien incluidas, como la escena de buceo o la de la Kusanagi tirando hasta desgarrase los brazos.

Pero también es cierto que la clásica idea de hacer la secuela “más grande y mejor” no funciona mal a la hora de la verdad, más allá de la decepción que supone que no se atrevieran a innovar. Nunca da la impresión de ser una repetición facilona o una simple renovación visual. La investigación policial es más elaborada, se saca buen partido de los personajes, el ritmo es más intenso en líneas generales, y las reflexiones existencialistas aportan nuevas líneas de pensamiento. Ahora bien, siguen existiendo altibajos y la sensación de que se dejan algunos hilos importantes sin aclarar del todo.

Cabe destacar el mimo puesto en los protagonistas. Conocemos más de sus vidas, la relación entre los detectives protagonistas, Batou y Togusa, es muy interesante (encantador el lío con el perro), e incluso manejan con más tino a los secundarios, incluyendo los que menos presencia tienen. Por ejemplo, me encanta la escena del policía cabreado pegando una patada a la papelera, o la entrada de equipo forense en el escenario de un tipo descuartizado: le dan un toque de humanidad a la fauna que pulula por las comisarías, algo de lo que carecía su predecesora. Pero también resulta más tangible su conexión con el caso, tanto porque hay más trabajo real (analizan escenarios, buscan pistas con más ahínco) como porque la situación los afecta directamente.

Por estas mejoras evidentes sorprenden algunos errores no subsanados y algunos agujeros de guion realmente notables. De nuevo el caso avanza en algunos momentos clave por cosas poco consistentes. En esta ocasión no les caen del cielo, pero también llegan a alcanzar algunas conclusiones por factores que parecen demasiados externos a la investigación. Básicamente van hacia la matriz de la empresa sospechosa sin tener pistas claras ni un plan concreto, y resulta que Batou utiliza un par de contactos salidos de la nada que terminan de resolverlo todo. Pero es que además parece que se encuentra a uno de ellos por la calle por casualidad. ¿Lo estaba buscando? No se indica que sea así. Y el otro es demasiado conveniente, un hacker que todo lo sabe y que supone un deus ex machina bastante baratucho, y además genera algunas preguntas e incongruencias: ¿no podía haber buscado su ayuda antes?, y si este es tan poderoso, entonces Kusanagi podría haber solucionado las cosas en un abrir y cerrar de ojos. Pero en su caso también resulta muy conveniente su gradual participación, pues su nivel de acceso a la guarida de los malos se adapta al clímax de acción: sólo controla una muñeca, sólo se puede enchufar cuando ha habido una buena pelea…

Y para colmo, el villano al final no toma forma, no existe. Aunque dicen que han resuelto el caso en realidad dejan partes clave sin explicar. ¿La empresa no tiene un cuerpo directivo? No detienen a nadie. Tampoco se esclarece bien la implicación de aquel hacker en todo el asunto: ¿es un peón o formaba parte activa de la intriga? En el interrogatorio, entre tanta cháchara no queda claro qué averiguan, pero al final dicen no tener suficientes pruebas y pretenden atacar a lo bestia… y encima, a pesar del largo plano que nos presentaba la sede de Locus Solus como una gran catedral, asaltan un barco. ¿Esto lo ha sacado Batou del hacker? Pues podían haberlo comentado, que te lanzan al desenlace sin que sepas por qué. Tampoco se llega a explicar por qué intentaron desacreditar a Batou en vez de eliminarlo. Si se llega a aclarar alguna de estas dudas, desde luego se me ha pasado por alto en dos visionados y un análisis por escenas buscando respuestas (por ejemplo, hasta que me puse el final otra vez para intentar entender algo, creía que el robot que dirige la seguridad del barco era el objetivo).

El equilibrio narrativo, pese a la mejora general, también tiene sus achaques. Volvemos a encontrarnos con algún numerito musical metido con calzador que baja mucho el interés, por muy espectacular que sea (como el desfile incomprensible en aquella misteriosa ciudad), más una secuencia de acción aparatosa, el asalto a la guarida yakuza, que no aporta mucho. Y una escena importante previa al desenlace, el encuentro con el hacker, termina haciéndose eterna, no porque jueguen a repetir la situación en un engaño virtual para los protagonistas, pues ello permite otra reflexión jugosa en cuanto a la relación humanos y tecnología, sino por la parsimonia con que se hace: aquí sí da la sensación de que ponen más esfuerzo en lo audiovisual que en darle vidilla desde el guion, y más teniendo en cuenta que a estas alturas del metraje se requería algo más directo y contundente. ¿Es que Batou no podía haber empezado por enchufarse a su nuca nada más llegar?

Pero, como en la primera entrega, sus virtudes disimulan bastante sus carencias. Tenemos una descripción de un futuro más o menos cercano tan fascinante como inquietante. La recreación visual es excelente, y aunque se empeñaron en usar ordenador más de la cuenta y hay momentos en que no ha envejecido bien, por lo general resulta hipnótica. La banda sonora es parca en temas pero estos funcionan a las mil maravillas: el principal más que hermoso resulta sobrecogedor, el juego de realidad virtual en la mansión del hacker es muy certero, y la suite de acción en el tramo final es fantástica. Aunque la cinta es veinte minutos más larga y tiene sus bajones, también goza de un ritmo más intenso, destacando un clímax sencillo (es pegar tiros y avanzar) pero muy bien ejecutado que se cierra con una efectiva y trágica sorpresa respecto al origen de los ginoides. Y, sobre todo, tenemos otra serie de reflexiones existencialistas que te mantienen absorto (si no se te atraganta el pensar en una película) tratando de entender lo que dicen, aplicarlo al mundo real, asustarte por lo que podría hacerse realidad en pocos años… Los robots sexuales, la clonación de personalidades, los problemas derivados de la conectividad del cuerpo con redes globales (destacando la alteración de nuestra percepción de la realidad y el abuso de las grandes corporaciones), los problemas éticos que irían emergiendo con la frontera cada vez más difusa entre humanos y máquinas, y también los sentimentales (soledad, desarraigo). De nuevo, las citas y referencias a filósofos y pensadores son abundantes, para que quien sienta curiosidad pueda ir más allá.

Innocence es, como su predecesora, una obra subyugante, a ratos hermosa, a ratos perturbadora, que es capaz de hacernos pensar y dejar huella, pero también arrastra bastante el efecto decepción porque una obra tan cautivadora esté tan constreñida por una narrativa un tanto torpe. Y por si fuera poco, algunos de sus errores vienen de la primera parte, así que cuesta más perdonarlos.

Ver también:
Ghost in the Shell

Alejandro Magno (Final Cut)


Alexander, 2004, EE.UU.
Género: Histórico.
Duración: 214 min.
Dirección: Oliver Stone.
Guion: Oliver Stone, Christopher Kyle, Laeta Kalogridis.
Actores: Colin Farrell, Anthony Hopkins, Rosario Dawson, Val Kilmer, Jared Leto, Elliot Cowan, Joseph Morgan, Ian Beattie, Rory McCann, Francisco Bosch.
Música: Vangelis.

Valoración:
Lo mejor: Es una película completamente distinta a la chapuza estrenada en cines. Resulta una trabajada e interesante aproximación histórica a Alejandro Magno y su época.
Lo peor: Algunos pasajes tienen poco ritmo, y en general le falta fuerza y carisma como para dejar huella en la memoria.
Mejores momentos: Las dos batallas, Gaugamela e India.
La frase: Si estos mitos nos llevan a las grandes glorias… ¿por qué está mal seguir lo que queremos?
Las distintas ediciones: Cines (175 min.), Director’s Cut (167 min.), Final Cut (o Alexander Revisited, The Final Cut, 214 min.), Ultimate Cut (207 min.). Creo que ninguna de las buenas ha llegado a España, me temo.

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Alejandro Magno fue un proyecto personal al que Oliver Stone dedicó un montón de años hasta que consiguió que viera la luz… y otro montón después intentando arreglar el fallido montaje estrenado en cines. Según declaraciones del realizador, la chapucera versión inicial se debió a las prisas en el caos de la post-producción, donde es evidente que le exigían un largometraje por debajo de las tres horas, entre otras condiciones que lo obligaban a alejarse del guion original e improvisar de mala manera, como limitar las referencias homosexuales.

Empezó a arreglar el desaguisado con el Director’ Cut, pero me temo que esta versión todavía sigue parámetros (y seguramente también directrices) comerciales: su duración se reduce respecto al original y se siguen eliminando pasajes polémicos (la homosexualidad de nuevo). Era una versión destinada al alquiler y los pases por televisión, y más concreto en el mercado estadounidense. Pero aquí ya apuntaba a una estructura narrativa más meditada: muestra los hechos de forma no lineal (de hecho empieza con la gran batalla) para explicar mejor las motivaciones de Alejandro.

Parece ser que vendió muy bien, porque Stone tuvo carta blanca sacar la versión definitiva, la Final Cut, donde pudo mostrar su película sin limitación alguna. Tanto que años después pensó que se excedió en el metraje y sacó una un poco más corta, la Ultimate Cut. Yo he visto la primera y supone una película completamente distinta y muy superior a la estrenada en cines, pero es cierto que se podría recortar un poco, así que recomiendo la última y supuestamente ya la definitiva.

En el estreno en cines fue vapuleada por crítica y público, definida casi unánimemente como un coñazo. Yo la vi, me aburrí hasta la desesperación y la olvidé sin mucho esfuerzo durante años, hasta que leí sobre las mejoras de las últimas versiones. Por lo poco que puedo recordar, no lograba imprimir interés a la odisea de Alejandro, su personalidad no mostraba un buen dibujo, los secundarios resultaban anodinos y el ritmo era desastroso al no tener un objetivo narrativo claro ni unos protagonistas con densidad. Pero eso ha quedado atrás y sin duda conviene olvidarlo.

Ahora el acercamiento a la mente de Alejandro se trabaja con esmero. Sus miedos internos, sus anhelos, sus ambiciones, las decisiones y sus consecuencias, los mil y un problemas que enfrenta… Todo ello se va mostrando a través de saltos en el tiempo, alternando eventos de su infancia con su gran epopeya, de forma que se expone su crecimiento y su odisea con una coherencia y atractivo de la que careía la primera versión. Es decir, el viaje interno es paralelo al viaje externo, pues cada nueva aventura va acompañada de la maduración del personaje, eliminándose así la sensación de monotonía que despertaba ver anécdotas enlazadas en fila sin seguir un objetivo tangible. Las leyendas troyanas siembran la semilla por el deseo de aventura, conquista y fama eterna. Una madre ambiciosa hasta rozar la locura y algunos conflictos con su padre apuntalan su deseo de irse lejos y también sus problemas para formar una familia. Los recelos y traiciones de sus generales quedan mejor mostrados. En definitiva, Alejandro resulta un buen personaje, uno al que seguir con interés. Es cierto que el guion a veces se topa con la falta de textos históricos que expliquen algunas cosas, por ejemplo el extraño matrimonio con esa don nadie de las tribus de las montañas, pero los rodea bien gracias a la narración de Ptolomeo.

Siguiendo con la fidelidad histórica, aquí hay que hacer frente a algo muy complicado: la cantidad de material que se puede abarcar en una película, por larga que sea, está muy restringida por metraje y porque además hay que mantener el interés y profundidad necesarios para no aburrir y lograr un relato fluido e inteligible. En eso las novelas históricas parten con una gran ventaja. El filme reconstruye muy bien la epopeya de Alejandro, pero recorta algunas cosas del inicio de su viaje: pasamos de la adolescencia a la conquista de Persia, dejando en el camino sus primeros pasos como rey de Macedonia (donde afianza su posición ante los contrincantes que surgen tras la muerte del padre) y un capítulo tan importante como es la conquista de Egipto, su nombramiento como Faraón y la fundación de la Alejandría más conocida.

Pero hay que decir que incluso con estas notorias mejoras dista de ser una gran película. Sus limitaciones y aspectos mejorables son evidentes. Eso sí, fallos importantes no le veo, simplemente se queda corta en muchos elementos, el principal, su capacidad para dejar huella. Tres horas y media que no se hacen largas es indicativo de una buena película, pero le falta mucho para resultar recordable.

Los secundarios más importantes ganan en presencia y trascendencia, pero no me parece suficiente. Para el enorme metraje con el que cuenta la cinta, los generales de Alejandro deberían haberse desarrollado más. Algunos solo cobran vida cuando llega su momento de conflicto con él, otros quedan relegados a breves escenas. Por el lado contrario, el de no saber ir al grano, hay algún tramo donde se reincide demasiado en la influencia de la madre en él, y llega a resultar un poco cargante.

También se puede señalar un ligero exceso de metraje, algo que como indicaba se supone que corrige en la Ultimate Cut. Hay tramos que parecen perder algo de fuelle, otros se ven un tanto innecesarios o alargados; ninguno llega a causar estragos, excepto quizá el discurso final de Ptolomeo, que es demasiado largo y se va por las ramas cuando la película requería un final más contundente. También tenemos algún ejemplo inverso: a pesar del tiempo dedicado a cada paso del viaje hay alguno que se da de golpe y no se entiende bien. En esta línea destaca que la batalla en la India empieza y acaba sin que sepamos contra quiénes lucha y por qué. ¿No había realizado ya pactos con los hindúes, comido con ellos, etc.? La voz en off, que tan bien explica algunos pasajes complicados (como la persecución de Darío), aquí se echa de menos.

La puesta en escena es de muy buen nivel, pero dado el género cabría esperar bastante más. Sólo deslumbra en las batallas, gracias a la excelente planificación de las mismas: la estrategia, su desarrollo y los problemas de los generales quedan bien reflejados, y la lucha en sí resulta espectacular. Pero la película es en su mayor parte pausada, una combinación de aventura de descubrimiento terrenal (nuevos lugares y culturas, nuevos retos) y emocional (la evolución personal Alejandro), y aunque cumple de sobras no alcanza cotas que te dejen boquiabierto, la belleza de lugares exóticos (Babilonia, desiertos, India, etc.) no impresiona ni se graba en la retina; y en el lado intimista a veces peca de abusar de primeros planos cerradísimos sobre los rostros. Los efectos especiales (la recreación de ciudades antiguas, los ejércitos desde lejos) cumplen bien pero podrían ser mejores. Y es inevitable citar un recurso extraño que no me convence: el filtro rojo usado cuando la batalla de la India se tuerce molesta un poco y dura demasiado. Finalmente, la música de Vangelis también es muy correcta pero tampoco impresiona, le falta algo de expresividad, es bastante convencional.

El reparto fue polémico antes de ver las interpretaciones, porque el físico de algunos intérpretes principales no parecía pegar mucho y porque al parecer a mucha gente no le cae bien Colin Farrell. Y no lo entiendo, es un actor muy bueno, no hay más que ver sus papelón en Escondidos en Brujas y otras buenas interpretaciones (Tigerland, Dead Man Down… ). Será que se esperaba una estrella tipo Brad Pitt, como en Troya, al que el público acepta aunque su Aquiles fuera un pésimo papel. Farrell muestra bien las distintas etapas de la vida de Alejandro, y sobre todo las diversas emociones del mismo, pues es una cinta muy introspectiva. Sin embargo, es cierto que de cumplir sin fisuras a asombrar hay un trecho: no logra un papel que llegue con intensidad y cale en la memoria. La que sí falla es Angelina Jolie como Olympias, pues es la que cumple eso del físico inadecuado. Canta mucho que la madre parezca más joven que el hijo, que esté siempre demasiado bella según cánones actuales, incluso en su vejez (le ponen unas pocas canas y listo); y su limitada actuación lo empeora. En los demás intérpretes estamos en la misma situación que el resto de elementos del filme: todos son buenos profesionales, pero les falta la puntada de carisma que consiga que causen impacto.

Con este resultado que no alcanza el notable difícilmente Alejandro Magno podrá borrar la mala impresión global que causó con su fallida primera versión, porque sólo cinéfilos o amantes del cine histórico se arriesgarán a darle otra oportunidad sabiendo que, primero, requiere cierto esfuerzo, porque es muy larga y pausada, y segundo, probablemente no te va a dejar un gran recuerdo. Con todo, debo reivindicarla como una película más que digna, sin fallas notables, que se esfuerza en buscar rigor histórico y en contar bien las cosas.

Collateral


Collateral, 2004, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 120 min.
Dirección: Michael Mann.
Guion: Stuart Beattie.
Actores: Tom Cruise, Jamie Foxx, Jada Pinkett Smith, Mark Ruffalo, Peter Berg, Bruce McGill.
Música: James Newton Howard.

Valoración:
Lo mejor: La relación entre los dos protagonistas y la buena labor de ambos intérpretes. Excelente puesta en escena, buen uso de elementos clásicos del thriller.
Lo peor: Algo lenta, le cuesta bastante arrancar.

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Michael Mann se marca un thriller muy a lo Hitchcock, con un individuo normal metido en un embrollo de tres pares de cojones, giros y cambios de juego estresantes y clímax de acción y misterio varios. Y ciertamente eso implica que no va a sorprender en los puntos clave, pero a cambio maneja muy bien el camino entre medio y se apoya en un pilar que aporta mayor interés a la fórmula: la fantástica dinámica entre los protagonistas. Es imposible no implicarse en la odisea del taxista y sentir fascinación por el asesino, de forma que aunque veas venir algún giro o supongas que habrá final feliz, hasta entonces estás sufriendo de lo lindo.

Su mayor limitación es que le cuesta bastante entrar en materia y en general es algo lenta. Quizá podrían haber metido más aventuras y acción, pero eso implicaría inclinarse por el género de la acción, cuando es evidente que buscaban un thriller basado en el viaje emocional de sus protagonistas. Con un escenario tan reducido, el taxi, y tan pocos personajes centrales, dos, el ritmo difícilmente puede ser trepidante. La presentación de estos funciona porque nos describe individuos muy interesantes, pero no impacta porque la trama tarda mucho en tomar forma.

Hay que remarcar que si con el taxista no hubieran logrado un personaje tan cercano la cinta se hubiera hundido bien rápido. Ahí Jamie Foxx es esencial. El actor capta muy bien la esencia de Max, un ciudadano normal y corriente que se conforma con trabajo fácil que le dé para una vida sencilla, a quien el riesgo le aterra como a muchos otros: está tan apegado a la rutina, tan aferrado a la zona de confort y seguridad, que es incapaz de seguir sus sueños, aunque los desea tanto que incluso miente a su madre para sentirse algo más realizado. Por el contrario el asesino Vincent es despiadado y frío y no conoce límites, ni personales ni morales: su lema es que nada importa, haz lo que quieras sin pensar en el daño y las consecuencias que dejes. Muy bien caracterizado, Tom Cruise transmite acertadamente el tono gélido y peligroso de este implacable ejecutor, logrando una de sus pocas interpretaciones complejas y de calidad (aunque no llega al nivel de Magnolia).

Cuando este asesino muestra su verdadera cara y Max cae en su espiral de violencia el relato adquiere mayor intensidad, introduciéndonos en un juego de supervivencia agobiante. Cada nuevo paso en el viaje del desdichado taxista se va regando la semilla de la inquietud, la relación entre los dos dispares individuos ofrece un duelo interpretativo y de personalidades muy completo, y la magnífica puesta en escena perfila una atmósfera extraña que matiza muy bien el aislamiento y la intriga: la ciudad se difumina, se vuelve fría, oscura y lejana, parece que solo existe el taxi y el ahora.

El clima de tensión creciente sobre el destino de nuestro protagonista llega a puntos cumbres y a inflexiones muy potentes, como el desastre en que acaba la implicación de las fuerzas de la ley en la discoteca o el funesto giro final con la abogada del primer acto, que se esperaba con desazón (porque la trama se presenta de forma que sabes que ocurrirá tarde o temprano, es una pistola de Chéjov descarada) y llega en el peor momento y cuando sabemos de lo que es capaz el villano. Es una sabia elección no tratar de convertir el final en una sorpresa salida de la nada, porque dada la trama era muy difícil lograrlo sin hacer trampas evidentes; de esta forma juegan con la intriga de cuándo y cómo le llegará su turno y cuánto sufrirá Max para resolver la situación.

Solo una pega podría ponerle, y es que una parte resulta un tanto exagerada: desentona en un thriller de corte realista la escena de Max plantando cara al mafioso empleador del asesino. No me ha resultado creíble ninguna de las veces que he visto la película, el fortalecimiento gradual del personaje no necesitaba esa exageración. Por lo demás, el único problema serio de Collateral es la citada falta de ritmo, sobre todo en su primer acto, aunque no es tan grave como para restarle atractivo a un thriller que recupera muy bien la fórmula clásica en una época donde prima la acción directa sin nada detrás.

Alien vs. Predator


AVP: Alien vs. Predator, 2004, EE.UU.
Género: Acción, ciencia-ficción.
Duración: 101 min.
Dirección: Paul W. S. Anderson.
Guion: Paul W. S. Anderson.
Actores: Sanaa Lathan, Raoul Bova, Lance Henriksen, Ewen Bremner.
Música: Harald Kloser.

Valoración:
Lo mejor: Las criaturas son espectaculares y la cinta goza de un ritmo activo y entretenido.
Lo peor: El guion es una recopilación de tópicos, los personajes carnaza para los monstruos. Es una vergüenza que el cine caiga tan bajo mancillando dos sagas clásicas con una obra en la que es evidente que no se ha puesto esfuerzo alguno en buscar calidad.
Mejores momentos: Un depredador destrozando alienígenas con el arma de su hombro.

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En su momento renegué completamente de esta producción. El propio hecho de realizarla dejó claro que el interés era puramente comercial, y los tráileres indicaron aún con mayor claridad que su objetivo era la taquilla fácil, el público joven al que se ha acostumbrado a esperar la espectacularidad vacua por encima del arte, de la calidad. Pero la razón de mayor peso a favor de apartarme de ella es la traición que supone contra dos sagas fundamentales del cine. El hecho de que Alien ya fuera alargada innecesariamente con unas tercera y cuarta partes de dudosa calidad no supuso ningún freno a los productores.

Conseguí ignorar su existencia durante un tiempo, pero poco a poco, acrecentándose con la llegada de su secuela (no es broma, pronto habrá una segunda parte), fue picándome el gusanillo: ¿qué clase de bodrio han realizado?, ¿tendrá algo salvable?, ¿funcionará como entretenimiento? Finalmente, la curiosidad alimentó tanto mi vena fanática que me dispuse a ver de nuevo a los dos terroríficos e inimitables monstruos, eso sí, con pleno conocimiento de que me enfrentaba a otro monstruo muy conocido: el Hollywood más comercial.

El resultado ha sido ni más ni menos que el esperado, una obra más cercana a un videojuego que a una película, con un guion construido sobre lo más fácil y seguro posible, o sea, todos los tópicos que se pudieron reunir. Los personajes son jóvenes atractivos inadecuados casi todos a sus roles de expertos en distintas materias. Los diálogos, cortos, directos y en teoría cómicos, generalmente dan risa por lo ridículos que son. Se suceden y amontonan paridas (¿las paredes son de yeso o qué?), y cosas poco lógicas (no resulta creíble que la expedición lleve tanto armamento), las patadas a la Historia son bestiales (una pirámide mezcla culturas maya, egipcia y camboyana, qué descojone) y muchas partes evitan explicaciones porque no hay manera de colarlas (esos alienígenas que se reproducen y alcanzan su tamaño letal en diez minutos)… Sin embargo, a pesar de que todo queda supeditado al espectáculo, es de agradecer que la cinta nunca decae hasta el aburrimiento.

Pero claro, si no se arriesgan en la parte inteligente, ¿por qué van a esforzarse en que las escenas de acción tengan personalidad, sean algo más que tiros, hostias, destroces y ruido? Parece que solo Michael Bay merece la pena en este tipo de cine de acción sin contenido, porque los realizadores de Alien vs. Predator no sacan mucho jugo de esas criaturas tan bien caracterizadas. Hay acción, bastante, pero no llega a impresionar en ningún instante. Vamos, que si vas sin expecativa alguna la película se ve con tanta facilidad como se olvida. Pero si eres un amante de ambas sagas y esperas una obra que las respete y trate de ofrecer un mínimo de calidad aceptable, mejor pasa de largo y finge que no existe.

Spider-Man 2


Spider-Man 2, 2004, EE.UU.
Género: Acción, superhéroes.
Duración: 127 min.
Dirección: Sam Raimi.
Guion: Alvin Sargent.
Actores: Tobey McGuire, Kirsten Dunst, James Franco, Alfred Molina, Rosemary Harris, J. K. Simmons.
Música: Danny Elfman.

Valoración:
Lo mejor: Los personajes cobran fuerza y la cinta adquiere gran intensidad, teniendo muchos momentos magníficos: las escenas de acción, los toques de humor casi auto paródico…
Lo peor: Nada, excepto que sorprendentemente hay quien prefiere el bodrio de la primera entrega.
Mejores momentos: La escena del tren, de principio a fin.
La frase: La inteligencia no es un privilegio, es un don, y debe usarse por el bien de la humanidad.

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Tras una primera entrega con gran sabor a decepción por su guion simple y plano, por sus personajes aburridos y la nada lograda puesta en escena, Sam Raimi dio una grata sorpresa al sobreponerse de todos los errores que lastraron aquella adaptación y conseguir en el segundo intento una producción de superhéroes espectacular, rica en caracteres y con diálogos interesantes, llena de emoción y humor. Sumando una dirección eficaz y unos efectos digitales ya mejor trabajados, Spider-Man 2 se alza como una producción de superhéroes modélica y una de acción de no perderse.

La narración es fluida, muy equilibrada. El tiempo está bien administrado, repartiendo de maravilla las presentaciones de los caracteres (el villano sale muy bien parado en esta ocasión) y llevando la trama con un ritmo muy adecuado en cada momento. Así, las partes dramáticas y románticas tienen plena dedicación pero no aburren, la acción es intensa pero no se olvida de tener contenido y sentimientos, y el sentido del humor es brillante y está dosificado correctamente, aunque Spider-Man sigue sin ser muy dicharachero. No se observan tramos resueltos apresuradamente, aunque se podría indicar que la parte final, la presentación del nuevo Duende, queda un poco descolgada, pero sí hay varias escenas ejecutadas casi con maestría, como los cómicos intentos de Parker de dejar de lado su faceta heroica o la escena cumbre del filme, la impresionante lucha en el metro cuyo final es capaz de cortar la respiración y humedecer los ojos.

A pesar de ser un relato que sigue los pasos típicos de este tipo de producciones, éste llega al espectador de manera intensa al no caer en estereotipos simplones, pues el esquema predefinido del argumento solo es el esqueleto de una historia bien escrita y narrada con entusiasmo. Las vivencias de cada personaje resultan cercanas y no anodinas (como sí fueron en la anterior entrega), los amores y dilemas del héroe y la transición del villano y su caída se desarrollan a través de diálogos bien trabajados, sin sabor a artificialidad ni huecos. El reparto está centrado en su labor y cada intérprete proporciona los matices necesarios a sus personajes, hasta el punto de que ya me es imposible imaginar un Spider-Man que no sea el excelente Tobey McGuire o una Mary Jane que no tenga el rostro de la interesantísima y extraordinariamente bella Kirsten Dunst, aunque también es inevitable citar las inmejorables actuaciones de Alfred Molina (Octopus), Rosemary Harris (May Parker) y J. K. Simmons (Jonah Jameson).

Spider-Man 2 toma todo lo básico del género y lo mezcla en un cóctel de resultado fantástico, cuya degustación deja muy buena sensaciones incluso tras numerosos visionados. Como decía, como cine de superhéroes la considero imprescindible, y como cinta de acción, altamente recomendable.

Spider-Man:
Spider-Man (2002)
-> Spider-Man 2 (2004)
Spider-Man 3 (2007)