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La guerra de las galaxias: Episodio III – La venganza de los Sith


Star Wars: Episode III – Revenge of the Sith, 2005, EE.UU.
Género: Aventuras, fantasía.
Duración: 140 min.
Dirección: George Lucas.
Guion: George Lucas.
Actores: Hayden Christensen, Natalie Portman, Ewan McGregor, Ian McDiarmid, Samuel L. Jackson, Frank Oz, Jimmy Smits, Anthony Daniels, Christopher Lee, Temuera Morrison.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: Momentos puntuales de gran intensidad. Toda escena en la que sale Palpatine. Lo de siempre: el derroche de imaginación y recursos puestos en la recreación del universo. La banda sonora de John Williams, crucial en muchos instantes.
Lo peor: El potencial desaprovechado, las situaciones y escenas echadas a perder por una falta de garra en el guion y la dirección. Podría haber haber estado a la altura de la trilogía original, pero como las anteriores de esta trilogía termina decepcionando.
Mejores momentos: La batalla inicial. Palpatine tanteando y tentando a Anakin en varias ocasiones. Palpatine descubriendo sus cartas y luchando contra Windu y posteriormente contra Yoda. Amidala descubriendo el paso al Lado Oscuro de Anakin.
Los planos: El inicial, con la batalla sobre Coruscant. El picado a la máscara de Vader recién puesta.
Malaciencia: La batalla inicial está repleta de mala ciencia: capas que se mueven como si hubiera viento en el espacio, inercias imposibles (robots que se caen del casco de las naves), etc.
Las frases:
1) ¿Nunca has considerado que quizá estemos en el lado equivocado? -Padmé.
2) El Lado Oscuro de la Fuerza es un camino que puede aportar facultades y dones que muchos no dudan en calificar de antinaturales -Palpatine a Anakin.
3) -Anakin: ¿Es posible aprender ese poder?
-Palpatine: No de los Jedi.
4) ¡Tú eras el elegido! ¡Se suponía que ibas a destruir a los Sith, no convertirte en uno de ellos! ¡Se suponía que ibas a traer el equilibrio a la Fuerza, no dejarla en oscuridad! -Obi-Wan a Anakin.

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Y llegó el Episodio III. Al público y a la crítica les gustó, de hecho es el único de esta trilogía que consigue una media que ronda el notable, pero en mi caso tuvieron que pasar varios visionados hasta que conseguí apartar las malas sensaciones que me dejaban los instantes fallidos y los desaprovechados, que no son pocos, y consiguiera sacarle algo de jugo, porque tener tiene bastante. Mi opinión final está pues llena de sentimientos encontrados. Claro que me gusta, pero porque me apasiona el género, la saga y hablar de ello, pero no puedo decir que sea lo que esperaba de quien nos regaló la trilogía original, y más viendo el potencial que tenía la historia y los grandes momentos que se dejan entrever pero no terminan de asomar por completo. Por ello me cuesta ponerla por encima de El ataque de los clones como hacen muchos, pues si bien aquella se quedaba corta en su tramo inicial, cuando se lanza resulta épica, mientras que la aquí analizada pretende abarcar demasiado pero no le saca partido del todo a muchas cosas, y en varias escenas críticas se estrella tanto como la anterior en sus peores bajones.

El mejor logro del capítulo es que se desarrollan bastante bien las tramas personales. El personaje de Anakin sale bien parado, con una progresión clara e intensa de su caída al abismo, aunque como comentaré luego, Lucas entorpece bastante el alcance de algunas situaciones, como el enfrentamiento contra Obi-Wan. Y sobre todo, me temo que el actor Hayden Christensen no da la talla para un rol que requiere mostrar muchos sentimientos, con lo que el drama exigible de su tragedia se ve muy resentido. Parece que hasta Lucas debe ponerle unos ojos rojos de villano para mostrar la maldad que el actor es incapaz. Así, fases cruciales, como su lucha interna entre salvar a Palpatine y por extensión a Amidala o salvar a Windu y por lo tanto ser fiel a los Jedi, ven mermadas su fuerza. Por el efecto contrario Palpatine sí resulta un personaje memorable: el actor Ian McDiarmid no sólo da la talla, sino que está soberbio. Con su buen hacer, las apariciones del Canciller y luego Emperador resultan fascinantes, y de hecho termina robando protagonismo a todos los demás. Suyas son las mejores partes de la película: sus largas e inquietantes conversaciones con Anakin, donde lo tienta con sutileza y lo arrastra a su lado, su descubrimiento como el principal lord Sith, su enfrentamiento con Windu… Huelga decir que con el doblaje se pierde muchísimo de los fantásticos cambios de voz que imprime el intérprete entre los diálogos fingidamente afables y los tiránicos.

Sin embargo, al centrarse tanto en esta pareja los otros dos protagonistas pierden bastante. Obi-Wan tiene mucha presencia, pero poco recorrido, pues más o menos repite el esquema del Episodio II: ir de un lado para otro y soltar unas cuantas hostias. Y, por desgracia, cuando debemos ver su conflicto interno ante las desviaciones de su alumno y amigo, Lucas falla a lo grande, jodiendo el punto álgido del personaje (luego me extiendo sobre esto). Amidala aporta menos todavía: es un elemento más en la transformación de Anakin, y ya está. Podría haberla puesto iniciando la rebelión con Bail Organa, para darle más juego y enlazar mejor con la trilogía original, o sencillamente seguir con su lucha política como senadora, pero Lucas prefiere gastar tiempo en criaturitas y batallitas innecesarias. En este último caso entra el estrafalario Grievous, un personajillo sin duda creado para los espectadores más jóvenes, para vender muñequitos; ninguna de sus apariciones tiene relevancia real y de exagerado termina cargando.

Curiosamente, resulta que los Jedi secundarios tienen una historia más interesante. Las artimañas de Palpatine para desestabilizar a todos incluyen también a estos, usando a Anakin para meter cizaña en el Consejo, con lo que se da más vidilla a Windu y Yoda (sobre todo a este último, con la parte del exilio). Terminan de ganar interés cuando deben enfrentarse a la verdad, aunque de nuevo Lucas mete la zarpa en esa esperadísima confrontación contra el Emperador al tirar por la criticada elección de convertir a estas figuras tan poderosas en espadachines saltimbanquis de circo. Finalmente, Jar Jar Binks aparece sólo para un par de planos y la pareja R2-D2 y C-3PO ya no son un recurso cómico infantil, lo que es un claro punto a favor.

En cuanto al desarrollo de las tramas, se juntan demasiadas cosas y Lucas además mete otras innecesarias. Así, aunque es el capítulo de esta trilogía que va más al grano y mejor ritmo tiene, resulta a la vez demasiado apresurado y superficial. El problema surge de que en las dos entregas previas anduvo en círculos más de la cuenta, con lo que aquí se ve obligado a contar demasiadas cosas: el viaje interno de Anakin paralelo al ascenso de Palpatine, las complicadas intrigas de este manipulando la política internacional, los Jedis en la guerra militar y política, y la paulatina unión de todo: caída de la República, nacimiento del Imperio y escenas de enlace con la trilogía original. Y falta tiempo, pero sobre todo falta profundizar y sacar la fuerza que requería cada momento cumbre, que hay muchos y pocos funcionan como deberían.

El relato resultante es pues irregular. Sí, no hay segmentos donde el ritmo baje tanto como en el tramo inicial del Episodio II, pero básicamente ocurre lo contrario, hay bastante ruido y paja que llevan al mismo fallo, perder un tiempo que se habría empleado mejor en otras partes más relevantes. La secuencia inicial de batalla sobre Coruscant quita la respiración, pero luego se pierde con la tontería de los ascensores y el aterrizaje forzoso tan alargado. Y así durante toda la película. A pesar del atractivo de la guerra y el drama personal nos comemos más enredos (Grievous, todo el innecesario viaje al mundo de Chewbacca, el rebuscado planeta de lava) que una exposición más inteligente y metódica de acontecimientos, dando la sensación de que todos los protagonistas deambulan demasiado por la galaxia hasta que se consigue concretar algo, y de que Lucas busca meter acción para agilizar el ritmo, pero lo hace con anexos que no desarrollan personajes y tramas y termina siendo contraproducente. Por suerte, al centrarse tanto en Palpatine destaca mejor el trasfondo político, tan infrautilizado en las dos anteriores partes, de hecho la relación entre la caída de la República, la de los Jedis y el nacimiento del Imperio se expone de forma concisa y con mayor pegada (y con todo lo contrario cuando se necesita: el bajón emocional con el exterminio de los Jedi está muy logrado).

Pero a la película le pesan sobre todo unas carencias de George Lucas que no se veían en la trilogía original pero que en esta fueron clave a la hora de dejarla muy lejos de su nivel: la falta de tacto con los personajes y la falta de calidad en la narrativa le impiden desarrollar el enorme potencial latente en la historia. Es decir, el guion carece de naturalidad e ingenio en los diálogos, la dirección de actores es mediocre, y tampoco logra sacar la emotividad e intensidad esperables de muchas escenas. Así, a pesar del atractivo de la trayectoria de Anakin y Palpatine, se pasa de momentos con gran carga dramática a otros muy mal desarrollados, sea por el histrionismo visual o todo lo contrario, por la frialdad de la puesta en escena. Entre los aciertos tenemos cualquier aparición de Palpatine tentando a Anakin (en su despacho, en la ópera), su revelación como Sith, el sencillo pero sobrecogedor montaje donde Anakin y Padmé “se miran” en la distancia ahogando sus penas, el paso final de Anakin al Lado Oscuro matando a Windu, y lo que sufre Amidala al ver en qué se ha convertido. Y hay que señalar que es en gran medida el portento de banda sonora de John Williams, la mejor de esta etapa y otra de sus grandes obras maestras, lo que realza estas secuencias y salva muchas otras. La cantidad de temas épicos y trágicos y el empaque inenarrable de sus notas transmiten muchas más sensaciones que el esfuerzo de Lucas.

En lo negativo destaca una escena que, la primera vez que vi la película, me sacó por completo de la misma, y a estas alturas todavía me cuesta aguantar, por cutre, por tirar por tierra un instante decisivo: Obi-Wan descubriendo la maldad en Anakin al ver cómo mata a los niños resulta una escena tan fría y torpe que destroza la tensión y dolor que se debían mostrar en esa situación; Lucas estuvo desacertadísimo a la hora de conseguir el tono necesario y sacar el máximo partido de Ewan McGregor, un actor de sobras competente. Pero hay otro error difícilmente perdonable: las peleas principales resueltas con demasiado efectismo y poca emoción. No logro entender cómo puede Lucas perder tanto el norte en ocasiones tan importantes como el duelo entre Anakin y Obi-Wan, el momento quizá más ansiado de toda la trilogía, que termina convertido en una patética lucha a espadas en plan videojuego de plataformas, con una filigrana estúpida detrás de otra (pero qué manía con dar vueltecitas mostrando la espalda al contrincante, y telita eso de agitar las espadas sin chocarlas). Y al igual que en El ataque de los clones, se empeña en hacer de ancianos Jedis y Sith unos superhéroes de inusitada agilidad, convirtiendo a Yoda, Dooku y Palpatine en esperpentos. Además, los rostros de Christopher Lee e Ian McDiarmid superpuestos a los ágiles extras quedan fatal, muy falsos. ¿De verdad no tenía mejor forma de mostrar el poder de estas supuestamente temibles figuras que con esos recursos estrambóticos y pueriles? Al menos al final sí recurre a los rayos en un par de ataques alucinantes y hay alguna treta donde entra en juego la inteligencia, los diálogos y acciones destinados a posicionar a sus rivales y aliados de la forma que les conviene, como la espeluznante táctica de Palpatine medio dejándose vencer por Windu para que Anakin interceda. Así de impresionantes tenían que haber sido todas las peleas al completo.

Pero hay más fallos importantes, en concreto con las obligadas conexiones con la vieja trilogía. Con la obsesión por incluir a la pareja de androides crea incongruencias monumentales: han estado metido en todos los fregados con personajes que en Una nueva esperanza resulta que no los recuerdan (los Lars, Obi-Wan). Ahora nos muestran que Amidala muere en el parto, cuando Luke decía recordarla de joven, y Obi-Wan ve nacer a Leia cuando en la vieja trilogía no conoce su existencia; aunque es cierto que en esto Lucas estaba atado por tiempo y lenguaje cinematográfico, sigue siendo un agujero claro. Tampoco funciona la amistad entre Yoda y Chewaka, por inverosímil y forzada.

En cuanto a efectos especiales, el despliegue de mundos y escenarios es de nuevo insólito, siendo incluso más variado que en las anteriores partes, y el acabado esta vez es impecable, salvo por el fallo de los rostros superpuestos no se nota ninguna otra carencia en un trabajo extremadamente complejo: la integración de fondos mate, digitalizaciones, maquetas y actores es asombrosa. Algunas escenas son realmente impresionantes, como la batalla de naves inicial. Pero Hollywood no recompensó esta magnífica labor de dirección artística, efectos especiales y sonoros porque no se lleva bien con Lucas: esta trilogía no se llevó ningún Oscar en esos aspectos técnicos, cuando los merecía todos los tres años, de hecho el ridículo fue indescriptible cuando en esta ocasión sólo obtuvo la nominación al mejor maquillaje.

En conclusión, a pesar de sus numerosos buenos y muy buenos momentos y el gran partido que saca de los dos roles principales, en conjunto no termina de obtener un relato consistente, equilibrado y tan épico y demoledor como cabría esperar, resultando una película que oscila entre lo artificioso y lo gélido, perdiendo gran parte de la carga emocional que indudablemente guarda. De hecho tengo la clara impresión de que la historia tiene la suficiente fuerza como para conseguir hablar por sí sola a pesar de que George Lucas con su torpeza le pone mil trabas.

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Saga La guerra de las galaxias:
Introducción: La guerra de las galaxias, de George Lucas.
Episodio IV – Una nueva esperanza (1977)
Episodio V – El Imperio contrataca (1980)
Episodio VI – El retorno del Jedi (1983)
Episodio I – La amenaza fantasma (1999)
Episodio II – El ataque de los clones (2002)
-> Episodio III – La venganza de los Sith (2005)
Episodio VII – El despertar de la Fuerza (2015)
Rogue One (2016)
Episodio VIII – Los últimos Jedi (2017)
Han Solo (2018)

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The Descent


The Descent, 2005, EE.UU.
Género: Terror.
Duración: 99 min.
Dirección: Neil Marshall.
Guion: Neil Marshall.
Actores: Shauna Macdonald, Natalie Mendoza, Alex Reid, Saskia Mulder, MyAnnna Buring, Nora-Jane Noone, Molly Kayll.
Música: David Julyan.

Valoración:
Lo mejor: Miedo y asco en cantidad. La puesta en escena (dirección, música, fotografía).
Lo peor: Falta de fuerza en el tramo inicial. Un guión mejorable, sobre todo en el dibujo de personajes.

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En el ámbito de suspense y terror, como he comentado más de una vez (en Insidious James Wan, 2010- por ejemplo), por desgracia hay demasiada morralla simple y facilona dedicada exclusivamente al público juvenil y pocas obras esmeradas en ofrecer un producto sólido y lo que se espera del género: transmitir miedo. En los últimos años, salvo unas pocas propuestas de nivel, como la filmografía de M. Night Shyamalan antes de perder el rumbo (Señales -2002-, El sexto sentido -1999-, El bosque -2004-) o algún título suelto (El último escalónDavid Koepp, 1999-, Los otrosAlejandro Amenábar, 2001-), hay poco que salvar y mucho que enterrar (sagas tipo Saw o memeces como la citada Insidious). Por ello, propuestas no espectaculares pero sí muy dignas como Pandorum (Christian Alvart, 2009) o The Descent son recibidas con agrado aunque no tengan la calidad suficiente como para considerarlas un hito del género o simplemente una gran película.

The Descent narra como un grupo de amigas aficionadas a los deportes de riesgo se monta una reunión de reconciliación (una de ellas perdió a una hija y ha estado distante) en la que explorarán una cueva sencilla. O eso pensaban, porque una de ellas cambia la ruta para adentrarse en un sistema de cuevas recién descubierto con la idea de sorprender y dar más emoción al asunto. Y para su desgracia, a los problemas que surgen en el intento de salir de ahí con vida se le suma la presencia de un misterioso y mortífero depredador.

Su tramo inicial es su punto débil. Parece que a Neil Marshall le cuesta introducir un grupo bastante amplio de personajes (todos mujeres, por cierto) y alcanzar el punto álgido de la trama. La presentación de cada una de ellas, la definición de cada personalidad y la exposición de las relaciones resulta tan superficial que a la larga lastra incluso las mejores partes del relato: cuando empiezan a morir es difícil acordarse de quién era ésa, o cuántas quedan. De la misma forma, hasta que no se entra en la cueva no ocurre nada interesante (porque lo importante era definir los roles y ahí falla), por lo que se intenta recordar el género con algún susto forzado donde, a falta de recursos, se tira de clichés: los pájaros que salen volando a golpe de música o la amiga que aparece de golpe para acojone de la que andaba despistada, dejan bastante que desear y no prometen nada bueno.

Pero en cuanto nos adentramos en las entrañas de la tierra la cinta adquiere una nueva dimensión. La aventura de supervivencia funciona francamente bien, manejando la intriga, las sorpresas y sobre todo la atmósfera inquietante y claustrofóbica de maravilla. Aunque los personajes no ofrecen un dibujo complejo, se sufre siguiendo sus penurias, y por fin surgen conflictos interesantes. Poco a poco además se convierte en una historia de terror que rápidamente se inclina hacia el gore. La mezcla es explosiva: se mantiene un nivel de expectación e inquietud constante, los sustos son de primerísimo nivel, las situaciones difíciles ponen los nervios a flor de piel (escalofriante cuando algunas de las chicas esquivan en silencio a las criaturas) y el gore se usa magistralmente no sólo para dar asco, sino para forjar una equilibrada unión con el miedo que acrecienta la sensación de ambiente insano, grotesco, terrorífico. El diseño de las criaturas es espeluznante, las muertes son sangrientas e impresionantes.

El mérito de The Descent radica sin duda en la puesta en escena de Neil Marshall, quien apoyándose en una hábil fotografía (labores de iluminación muy adecuadas: se ve lo justo y necesario) y una música (David Julian) que subraya de forma excelente la atmósfera, se marca un festín de sustos y sangre digno de ver. Como decía, dista de ser una película perfecta, pero en su función de entretener, hacer pasar miedo y asco, cumple de sobra.

Hard Candy


Hard Candy, 2005, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 115 min.
Dirección: David Slade.
Guion: Brian Nelson.
Actores: Ellen Page, Patrick Wilson, Sandra Oh.
Música: Harry Escott, Molly Newman.

Valoración:
Lo mejor: Lo arriesgado de la propuesta. Los inmensos actores. Dirección y fotografía.
Lo peor: Es un tanto rebuscada y le faltan sorpresas con garra.
Mejores momentos: El instante en que vemos el cambio de la Haylye dulce y juguetona a la fría y calculadora. La cruel operación.

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La producción independiente Hard Candy ha ido recibiendo un correcto número de buenas críticas a su paso por los festivales, ganando en Sitges los premios de mejor película, mejor guión y el premio del público. En la taquilla mundial no fue un taquillazo, pero sí funcionó bien teniendo en cuenta sus orígenes, lo cual tiene mucho mérito no sólo teniendo en cuenta que es cine independiente (muchas veces sobrevalorado por culturetas varios), sino atendiendo a que es una producción muy arriesgada en contenido y forma, pues narra la venganza de una adolescente contra un supuesto pedófilo que atacó sexualmente a una de sus amigas y está realizada limitando la narración a dos personajes y a un par de escenarios minimalistas, con lo que que podría asemejarse a una obra de teatro si no se hiciera especial hincapié en una fotografía tan colorida y trabajada. El resultado, una obra muy original aunque de difícil digestión, no apta para todos los públicos pero una ocasión perfecta para el espectador con inquietudes.

Comienza con un prólogo en el que sólo vemos la pantalla de un ordenador y una conversación a través de un programa de mensajería instantánea donde un adulto queda con una joven de catorce años. La narración pasa entonces a una cafetería y de ahí a la casa del hombre pasando por una fugaz estancia en un parking. Son los únicos escenarios de esta peculiar historia, pero son más que suficientes, pues la fotografía de Jo Willems proporciona unos encuadres llenos de color (muy trabajado en la post-producción) y de vida, obteniendo magníficos planos del hogar del protagonista, una casa de decoración moderna tan sobria como bella muy bien elegida. Además, se limita a primerísimos planos de los actores funcionando con eficacia como catalizador de la narración hacia los elementos principales del relato, los personajes.

El ritmo otorgado por el director novel David Slade resulta correcto teniendo en cuenta la dificultad de mantener el interés en estas circunstancias, aunque en ningún momento atrapa con la intensidad que lo hacen otros elementos (actores y fotografía). La narración se desarrolla en continuas conversaciones rodadas sobre todo en secuencias largas, con un buen montaje que no se muestra ni precipitado ni estático, sino adecuado a las necesidades del momento. Sólo un par de momentos de estilo de video clip (con música ruidosa inclusive) resultan molestos, incluso sabiendo que las intenciones del autor eran destacar momentos de confusión (el protagonista drogado, por ejemplo). Slade mantiene la narración en cerrados encuadres de los rostros de los personajes, demostrando una dirección de actores magistral donde los intérpretes del reducido elenco se lucen consiguiendo interpretaciones inolvidables, de las mejores en años, ignoradas por los grandes premios (Globos de oro, Oscares…) y el público por la limitada distribución del filme. La actuación de Patrick Wilson es redonda, muestra con genial habilidad los diferentes estados de su personaje (contención ante el dulce, frustración, tensión, terror…), pero la de Ellen Page es antológica, quien con 18 años consiguió ofrecer un papel digno de ser recordado en la historia, pero que por desgracia es muy probable que se pierda en el olvido a pesar de que sólo con ver un par de planos ya se puede comprobar la increíble capacidad de expresión, la cantidad de matices que es capaz de mostrar en unos segundos… y eso por no hablar de la facilidad con que cambia de registro en uno de los momentos claves del filme. Sinceramente, sólo por ver a los actores merece la pena el esfuerzo de atreverse con este nada fácil visionado, pues el duelo interpretativo es sublime.

Las brevísimas apariciones de personajes secundarios como el del dependiente de la tienda de dulces, la ex-novia, la mujer que sale del baño o la única con algo de diálogo, la vecina (Sandra Oh, la feísima pero magnífica actriz conocida sobre todo por su papelón en la serie Anatomía de Grey), están muy bien incluidas, ya que ofrecen evidencias irrefutables de que la historia no es una falsa realidad, sea sueño, delirio mental o lucha interna contra la conciencia. Un aporte de guión muy significativo, última prueba de que Brian Nelson es buen escritor (a pesar de ser su primera obra en cine) y sabía que lo que estaba haciendo podría haber dado pie a teorías de diversa índole que apartaran las verdaderas intenciones de su obra hacia desvaríos fantasiosos (aunque he visto alguna crítica que evita estas pruebas en pro de sus delirantes búsquedas de significados ocultos –esos amantes de David Lynch…-). Su libreto juega con una de las peores perversiones del ser humano y sus consecuencias en las víctimas y sus allegados (secuelas mentales como la repetición del daño en otras personas… que aquí con un giro rebuscado aparece dirigido hacia el criminal) y los verdugos (remordimientos), así como la búsqueda de justicia y/o venganza, además de dejar en la mesa una pregunta que no tiene fácil respuesta: ¿es lícito moral y legalmente iniciar una relación de amor/sexo con una menor si ella lo consiente y demuestra plena madurez psicológica, como es el caso de la protagonista de Hard Candy?

En resumen, Brian Nelson ha creado una interesante aunque ligera (no conmoverá profundamente al espectador, le falta algo de garra) reflexión social desarrollada con diálogos que, si bien no son de un nivel que merezca un calificativo demasiado alabador (un inciso para recomendar Antes del amanecer y su secuela, muestras definitivas de cómo hacer una película únicamente con los diálogos de dos personajes), sustentan sin problemas la historia. Además, añade efectismo al relato incluyendo elementos de cine de suspense y en algunas ocasiones casi de terror psicológico, cuyo único error sería que quizá es algo forzado, sobre todo en su resolución propia de películas de asesinos en serie de giros rebuscados, instantes que no llegan a ser muy negativos para la valoración global y sin los que probablemente Hard Candy se hubiera quedad en una mera charla con algo de sustancia pero sin interés como película.

Batman Begins


Batman Begins, 2005 EE.UU.
Género: Acción, suspense, superhéroes.
Duración: 140 min.
Dirección: Christopher Nolan.
Guion: Christopher Nolan, David S. Goyer.
Actores: Christian Bale, Michael Caine, Liam Neeson, Gary Oldman, Katie Holmes, Cillian Murphy, Tom Wilkinson, Rugter Hauer, Ken Watanabe.
Música: Hans Zimmer, James Newton Howard.

Valoración:
Lo mejor: Un guion impresionante y un reparto de grandes actores, entre los que destaca un maravilloso Michael Caine.
Lo peor: Un montaje demasiado acelerado y alguna secuencia de acción mejorable; la aburrida interpretación de Katie Holmes y su aburrido personaje; y sobre todo, la insistente y poco adecuada banda sonora.
La frase:
1) ¿Para qué nos caemos? Para aprender a levantarnos.
2) Da igual lo que sea en el fondo. Uno se define por sus actos.
3) ¿No lo tiene en negro?

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Esta producción no tiene nada que ver con el Batman de Tim Burton, sino que es un nuevo acercamiento a la historia del oscuro superhéroe, y aunque carece del carisma arrollador que le imprimió Burton, en cambio es una propuesta seria, contundente, épica, que trasciende el propio género para intergrarse muy bien entre los mejores thrillers de los últimos tiempos. En cuanto a la temática de superhéroes, quizá no sea mejor que aquel Batman y Spider-Man 2, o quizá sí, pero lo que sí está claro es que es un título ejemplar difícilmente superable.

Christopher Nolan y David S. Goyer han construido un guion magnífico, casi redondo, con todos los elementos muy bien medidos: nos ofrecen una trama densa y con gran número de personajes con gran dimensión, y nos deleitan con multitud de detalles ingeniosos, frases muy inspiradas y secuencias memorables. Mantienen un ritmo que no decae en ningún momento pese a que hay más desarrollo de caracteres que escenas de acción. Consiguen dotar de historia y vida a la ciudad y enlazar todos los protagonistas en la trama, demorando la aparición de cada uno lo necesario para poder acercanos a ellos poco a poco y exponer la parte que les corresponde a cada uno en el elaborado conjunto. De hecho, como en los thrillers clásicos de los años cincuenta, tienes que esforzarte bastante por seguirlo todo.

El propio Batman no aparece hasta entrada la hora de metraje. Primero había que conocer el entorno, y luego Bruce Wayne tenía que caminar el tortuoso sendero que lo lleva a ponerse la máscara. Con el mimo que le ponen, la presentación y maduración del héroe es la mejor que se ha visto hasta la fecha. Los villanos no se quedan atrás a pesar de tener nada menos que tres figuras principales formando parte de una intriga global que va creciendo poco a poco; todos son intrigantes y suponen buenos retos iniciáticos para Batman. En el bando de los buenos hay un puñado largo de secundarios, y la mayor parte se hacen querer. El mayordomo Alfred, con una interpretación de Michael Caine memorable, es un apoyo fantástico, y de su boca oímos algunas frases magníficas; el policía asqueado de la corrupción (Gary Oldman) y el empleado olvidado (Morgan Freeman) muestran muy bien su situación de aburrida desesperación y reaccionan ante las nuevas posibilidades que les brinda la aparición del hombre murciélago; Falcone (Tom Wilkinson) es un gángster imponente que no resulta demasiado estereotipado; Espantapájaros es un carácter inquietante y la interpretación de Cillian Murphy muy correcta; Henri Ducard (Liam Nelson impecable como siempre), mentor de Batman y pronto oponente también, es el sabio e inquebrantable líder de una organización misteriosa con sugerente pasado; y mención especial para otros que cuentan con breves apariciones, como Ken Watanabe o Rugter Hauer, actores míticos en papeles cortos pero capaces de dejar huella en el relato.

Es difícil de creer la facilidad con la que meten tantas cosas en tan poco tiempo. Salvo excepciones como alguna inesperada joya, como L. A. Confidential, como señalaba prácticamente habíamos olvidado lo que es un thriller de gran calibre. Así que Batman Begins supone toda una lección para el cine moderno, demasiado acostumbrado al uso de argumentos simples y personajes construidos con cuatro frases y dos tópicos. Sin embargo, no todo son maravillas, pues hay algunos detalles bastante mejorables. El más notable es que el personaje femenino, Rachel Dawes, no tiene la misma fuerza que los masculinos. Parece un simple nexo de unión entre el hampa y la justicia, una justificación para exponer la corrupción, algo que ya quedaba además claro con Gordon y sus compañeros. Y, sobre todo,  su presencia como chica de la función resulta forzada y la interpretación de Katie Holmes deja mucho que desear.  Al contrario que con los demás personajes, no conocemos de dónde sale su determinación, ni la actriz transmite bien la lucha y las penurias que se supone que enfrenta. Al menos el giro final aporta algo más inteligente de lo que se suele ver, pero llega tarde.

Nolan ofrece un gran espectáculo, destacando el amor y esfuerzo por hacer las cosas bien: su apuesta por lo artesanal ofrece un aspecto visual sólido, verosísimil e impresionante, y sin duda perdurará en el tiempo. La combinación de efectos tradicionales y digitales es excelente: los planos cercanos de muchos edificios e incluso alguna carrera con el batmóvil han sido realizados con maquetas enormes, mientras los fondos se añaden con ordenador; aunque también hay algún plano general de la ciudad que es digital y no se nota nada. En cuanto a la dirección en general, el tono ominoso, sombrío, es muy acertado, conformando una narrativa ágil pero intensa, amena pero capaz de transmitir seriedad. Pero a algunas escenas de acción no les coge el punto. En las secuencias de tortas cara a cara tenemos una fotografía demasiado cerrada sobre los personajes, unas coreografías muy básicas, y un montaje caótico que no deja ver nada. Lo extraño es que en las persecuciones y carreras con el coche se enfrentaba a una difícil mezcla de maquetas y un cacharro enorme que apenas andaba, y aun así consigue transmitir la sensación de caos y velocidad a través de una planificación y una edición brillantes. No se entiende que algo tan complicado acertara tanto y en algo más común se quedara tan corto.

Y tenemos un aspecto que, al menos a mí, me ha decepcionado bastante. Será porque el Batman de Danny Elfman y el Superman de John Williams marcaron a lo grande el aspecto musical del género, pero desde entonces se da por sentado que cada nueva película del mismo tendrá una gran banda sonora. Desde luego, el tener una temática fantasiosa permite dejar volar la imaginación, y como suelen combinar drama humano, épica y acción, pues más posibilidades ponen en bandeja. Pero me temo que aquí no apuntaron muy alto. Fuera cosa del estudio o a propuesta de Nolan, contrataron a Hans Zimmer en una época de bajón, de obsesión por la electrónica. Y la banda sonora resultante es bastante limitada, con parches de Piratas del Caribe que taladran las escenas de acción sin mucha conexión con las imágenes, y un surruro forzadamente intenso pero repetitivo e impersonal para el resto. Lo curioso es que ficharon a otro autor con gran caché, James Newton-Howard, para colaborar en la composición. No sé si fue por temas de agenda, que Zimmer no daba abasto, o porque su trabajo no convenció. El caso es que se nota muchísimo que Newton-Howard compone las partes íntimas, el drama de personajes, y aunque son momentos breves funcionan mucho mejor: bien orquestados, sutiles en lo emocional. Sea como sea, queda una banda sonora ruidosa pero machachona, sin personalidad.

Aparte se pueden señalar detalles que afean el acabado aquí y allá. En el templo entiendo que exploten los barriles de pólvora, pero de ahí en adelante no se entiende qué pasa, todo explota poco a poco, las vigas incluso, hasta una explosión final absurda. Que los padres salgan de la ópera, que se supone que estará en la parte rica de la ciudad, al callejón más oscuro y mugriento, es demasiado artificial. En el final, Ra’s se pone la máscara cuando ya está inmerso en los vapores; si es inmune, por qué se la pone, si no, le habría afectado ya. Rachel se iba con un policía alejándose de todo el fregado, pero de repente aparece sola justo donde Ra’s está trabajando. El anciano que vemos en la central de las aguas de la ciudad me pone nervioso: ¿no había mejor forma de explicar qué ocurre y señalar la tragedia inminente? Ya es poco creíble que Gordon sea capaz de conducir el batmóvil, pero para rematar, cuando llega al punto clave las armas se activan solas y él sabe qué hay que hacer. Y finalmente, me molesta mucho un cliché habitual del cine de acción: el sonido de amartillar armas cada vez que una sale en pantalla, aunque los que las sostienen no estén realmente haciendo nada con ellas o incluso tengan automáticas que no requieren esa acción; también me mosquean los pinchazos (el antídoto o los sedantes) que suenan como grandes tuberías soltando gas.

En resumen,  estamos ante una de las películas más interesantes que ha dado el cine en los últimos años, no sólo de acción y superhéroes, sino en general, pero le falta una pizca para la perfección.

Memorias de una Geisha


Memoirs of a Geisha , 2005, EE.UU.
Género: Drama.
Duración: 145 min.
Dirección: Rob Marshall.
Guion: Robin Swicord, Arthur Golden (novela).
Actores: Ziyi Zhang, Ken Watanabe, Suzuka Ohgo, Michelle Yeoh, Youki Kudoh, Kaori Momoi.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: La hipnótica fotografía, la música de John Williams.
Lo peor: La sensación de que la historia está muy vista y sólo cambia el lugar por uno algo más exótico

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Publicitada y exitosa versión del exitoso libro homónimo, Memorias de una Geisha de Rob Marshall (lanzado a la fama tras el musical Chicago) es un relato que prometía mucho más de lo que al final ha dado. Sin duda la obra escrita será más rica y compleja, tendrá unos personajes con muchos más matices, una historia mejor desarrollada, una descripción de la época bastante más completa… Para la película obviamente había que sintetizar, adaptar, recortar… Lo que queda es un relato demasiado común, una historia de superación personal que no aporta nada nuevo excepto la ambientación en una sociedad menos conocida. Y es también decepcionante en ese aspecto, pues esperaba un acercamiento mucho más detallado a la cultura japonesa y a las Geishas, esperaba algo distinto y lo que se nos ofrece no es más que una relamida historia made in Hollywood: las penurias del personaje principal, la lucha ante la adversidad en una sociedad clasista, cerrada y dura, el esfuerzo por alcanzar una meta soñada… Todo es lo mismo de siempre. Está claro que el público recibe muy bien los relatos de superación personal que son predecibles y acaban bien.

El principal problema es que el personaje principal no me emocionó lo más mínimo, no viví con intensidad sus aventuras, algo imprescindible en este tipo de historias. Sus motivaciones (ver al presidente, estar con él) son demasiado endebles, su aceptación de lo que debe ser es demasiado limpia (la transición es demasiado sosa, y el apoyo de la voz en off no refuerza demasiado esa parte). Por otro lado, me dio la sensación de que el relato carece de una dirección fija en algunos aspectos, como la crítica (no se decide entre crítica o ensalzamiento de la sociedad de las geishas, ni de la posición de la mujer…), y se limita a un tratamiento y exposición superficial de la sociedad en cuestión, hasta el punto de que al final todo queda limitado a unas cuantas rencillas entre personajes, que encima están demasiado desperdigadas. También se producen muchos altibajos narrativos, es decir, hay cantidad de metraje donde no parece pasar nada.

Como en las últimas películas que he visto y comentado en el blog, al final lo que más valor tiene es la forma en que se ha rodado. Aunque Marshall no logre imprimir ritmo a una historia demasiado pesada y lenta, al menos no decae hasta lo negligentemente soporífero. Los actores, grandes intérpretes japoneses del momento, están convincentes, pero no destacables como para alabar su labor. Pero los aspectos llamados técnicos resultan notables, brillantes en ocasioes: la fotografía obtiene planos de un virtuosismo tal que ensalzan aún más las grandísimas labores de vestuario y los escenarios creados por una dirección artística que puso sumo cuidado en la recreación de Japón. Gracias a ella se consigue dotar al film de un aura de belleza constante, hipnótico en algunos pasajes, lo que se remata con el portento de banda sonora original del Maestro John Williams El tema de Sayuri, con Yo-Yo-Ma al violonchelo, es sublime.

En general, es una película recomendable por su belleza visual, pero podría haber dado mucho más de si, es un relato demasiado trillado y contado con muy poca pasión.