El Criticón

Opinión de cine y música

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Elizabeth: La Edad de Oro


Elizabeth: The Golden Age, 2007, EE.UU. Reino Unido, Francia, Alemania.
Género: Drama, histórico.
Duración: 114 min.
Dirección: Shekhar Kapur.
Guion: Michael Hirst, William Nicholson.
Actores: Cate Blanchett, Clive Owen, Geoffrey Rush, Jordi Mollà, Samantha Morton, Abbie Cornish, Eddie Redmayne.
Música: Craig Armstrong.

Valoración:
Lo mejor: Mejoras en la ambientación, un tramo final bastante espectacular. Cate Blanchett de nuevo dando un recital inolvidable.
Lo peor: Le cuesta bastante arrancar, no parece tener un argumento bien definido.
Mejores momentos: La correcta recreación de la batalla naval.

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Si bien el tener el doble de presupuesto que Elizabeth (unos cincuenta millones) le permite una mejor recreación de la época y mostrar eventos más llamativos (la famosa batalla contra la armada española), lo cierto es que ni desde el guion ni desde la puesta en escena Michael Hirst y Shekhar Kapur corren riesgo alguno. El esquema narrativo de hecho se asemeja demasiado, habiendo cambiado muy poca cosa aparte de nombres de personajes, así que acabamos teniendo la misma historia de la monarca enfrentada a enemigos lejanos y ausentes gran parte del relato, conflicto que Hirst no es capaz de materializar con la fuerza necesaria. Felipe II sustituye a Norfolk, pero a pesar del poder de su armada como personaje dice más bien poco. La pretendiente al trono María Stuart tiene la misma escasa presencia que Marie de Guise. Encontramos también la misma dinámica en la corte: los intentos de matrimonios con pretendientes que aportan algo de humor, el amigo fiel con quien parece que va a mantener una relación amorosa y los consejeros principales poco interesantes.

Como en el capítulo previo, unos personajes son aceptables y otros quedan bastante desdibujados y desaprovechados. Jordi Mollá como Felipe está rarísimo, habla como un telegrama, como si tuviera algún problema mental, dando la sensación de que el personaje se caricaturiza. No llega al destroce que hicieron con María Tudor, eso sí. María Stuart deja mejor impresión por el entusiasta papel de Samantha Morton, porque también es una amenaza demasiado lejana como para causar desazón por el porvenir de la protagonista. Clive Owen como Walter Raleigh, el pirata del que Elizabeth se encapricha, resulta mucho más interesante como amigo y casi amante que el soso de Joseph Fiennes. El asesino interpretado por Eddie Redmayne causa tan poca impresión como el de Daniel Craig. Francis Walsingham (Geoffrey Rush) está bastante desaparecido y del resto de consejeros no recuerdo a ninguno a los pocos días de terminar el visionado. No se expone mal la madurez de Elizabeth, aunque tampoco brilla de manera destacable y de nuevo es Cate Blanchett quien realza el personaje, mostrando magistralmente todo el tormento interno que vive ante la amenaza de la guerra y durante los líos de romances y amistades malogrados.

La intriga, tanto los intentos de derrocarla asesinándola como mediante la guerra, navega a medio gas sin mostrar muchas veces un rumbo claro, con lo que el relato resulta poco intenso, se resiente en varias partes y no da la sensación de sepa muy bien hacia dónde se dirige. Aun así, no decae como para hablar de un mal relato, y por suerte una parte clave de la historia luce medianamente bien: la batalla naval no es grande o extraordinaria, pero sí bastante espectacular. Por ese tramo final más ambicioso deja mejor recuerdo que su predecesora, pero echando la vista atrás tampoco se ve ninguna trama realmente llamativa y los personajes no dan mucho de sí a pesar del potencial. La crítica en cambio fue más tibia, y el resultado en taquilla también empeoró a pesar de que aprovechando el tirón de la primera se estrenó en tres veces más cines.

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La niebla


The Mist, 2007, EE.UU.
Género: Suspense, terror.
Duración: 126 min.
Dirección: Frank Darabont.
Guion: Frank Darabont, Stephen King (novela).
Actores: Thomas Jane, Marcia Gay Harden, Laurie Holden, Andre Braugher, Toby Jones, William Sadler, Jeffery DeMunn, Frances Sternhagen, Nathan Gamble, Alexa Davalos, Chris Owen, Sam Witwer, Melissa McBride.
Música: Mark Isham.

Valoración:
Lo mejor: Cuanto más avanza la proyección más atrapa. Y el final es antológico.
Lo peor: Al principio puede aparentar ser una obra muy típica. Que no tenga el éxito y reconocimiento que merece.
Mejores momentos: El tramo final con la música de Dead Can Dance.
Mejores momentos: Al parecer en algunas ediciones en DVD se incluirán dos versiones, una en color y otra en blanco y negro. Parece ser que la idea de Darabont fue hacerla en blanco y negro y la productora se negó a estrenarla así porque eso mataría sus ya de por si limitadas posibilidades comerciales.
La frase: Mete a dos seres humanos en una habitación, y pronto empezarán a pensar en razones para matarse el uno al otro ¿Por qué crees que se inventó la política y la religión?

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Alerta de spoilers: No revelo directamente datos importantes, pero describo a fondo el desarrollo de la historia y hablo por encima del destino de algunos personajes.–

La niebla comienza aparentando ser poca cosa, una producción de serie B con los elementos habituales del género: grupo de personajes bastante amplio con una presentación clásica, monstruitos varios, muertes más o menos truculentas, etc. No promete ofrecer mucho más que espectáculo y entretenimiento, pero para mis sorpresa poco a poco empieza a crecer de forma impresionante. Los personajes han captado mi atención mucho más de lo que esperaba, y casi sin que me diera cuenta los monstruos han pasado a un segundo plano. Ahora hay otras criaturas peligrosas: el miedo, el fanatismo religioso y los instintos primitivos que surgen cuando los humanos son puestos a prueba en condiciones extremas. La loca religiosa, que en principio parecía una caricatura de personaje, se ha convertido en una parte sumamente importante del relato. Divide a los supervivientes y pone las cosas aún más feas, y confirma que la cinta es mucho más de lo que aparentaba. Ahora me doy cuenta de que estamos ante un maduro análisis del pueblo estadounidense y del ser humano en general, con una inteligente crítica a la sin razón de las religiones y a la ignorancia e irracionalidad del populacho.

Cuando ya estoy sumergido completamente en una historia más fascinante de lo que cabría esperar el tramo final supera de nuevo todas mis espectativas, dejándome pasmado, hipnotizado. Los últimos minutos de la historia adquieren un tono apocalíptico sobrecogedor, y el final, ese final insólito, tan lógico y doloroso en un principio como desgarrador cuando se descubre el error, es sin duda la mejor resolución que he visto en una película en toda mi vida.

Es también una cinta que puede tener varias lecturas según los ideales del espectador. Hay quien se pregunta si lo que pretende mostrar el autor es que el hombre recibe su castigo por desatender a la fe y Dios, que la mujer que se va al principio sobrevive por su pureza y los que mueren reciben su merecido por sus pecados y por perder la esperanza. Como decía, yo pienso que la presencia de la religión es tanto una forma de dotar de más realismo a la historia como de realizar un análisis crítico de la naturaleza del hombre, y que si los personajes sobreviven o mueren es simplemente porque en ese caos puede pasar de todo. Además, es más que evidente que los que abandonan el supermercado son los que más lejos llegan, indistintamente de si sobreviven o no, por su superior inteligencia y por su moral más humana y madura que la de los fanáticos irracionales que se agrupan en torno a la loca religiosa.

Con un presupuesto minúsculo (18 millones de dólares hoy en día es ridículo) y unos efectos especiales nada sorprendentes (pero bien usados), Frank Darabont levanta la película con una realización sencilla pero muy correcta, ofreciendo un ritmo muy estable (en muchas escenas se nota una excelente planificación), no abusando del gore ni del terror si no es necesario ni recurriendo a escenas y tópicos habituales del género para buscar la conexión fácil con el espectador. De hecho debo alabar algunos detalles inteligentes, como lo de que las muertes no obedezcan a los clichés habituales como dejar a los caracteres tontainas en mal lugar para ensalzar al héroe. De hecho no llegamos a conocer el destino de algunos personajes importantes, evitándose así información innecesaria y acrecentando el tono de misterio y de futuro incierto. Destaca también el uso de la música, limitada a poquísimas escenas y cobrando protagonismo sólo al final (sublime utilización del sublime The Host of Seraphim de Dead Can Dance), y el sólido reparto compuesto por rostros bastante habituales (sobre todo en televisión) pero nada famosos. Por cierto, el protagonista, Thomas Jane, parece un clon de Christopher Lambert, sólo que es infinitamente más expresivo y carismático.

La niebla nace directamente como obra de culto del cine de suspense y terror, una que aunque está pasando bastante desapercibida aguantará el paso de los años y se tomará como una referencia del género.

El ultimátum de Bourne


The Bourne Ultimatum , 2007, EE.UU.
Género: Acción, suspense.
Duración: 115 min.
Dirección: Paul Greengrass.
Guion: Tony Gilroy, Scott Z. Burns, George Nolfi, Robert Ludlum (novela).
Actores: Matt Damon, Joan Allen, Julia Stiles, David Strathairn, Scott Glenn, Albert Finney.
Música: John Powell.

Valoración:
Lo mejor: Es una cinta de acción superior a la media, intensa, trepidante, y no se olvida de contar una historia y de dotar a los protagonistas de algo de personalidad.
Lo peor: No aporta nada nuevo a la saga, deja la sensación de que repite demasiado el esquema. Y la cámara sigue moviéndose demasiado.
Mejores momentos: El encuentro entre Bourne y el periodista en el aeropuerto, la persecución a pie por calles y tejados de Tánger.

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Jason Bourne sigue tras la pista de su pasado, buscando sus orígenes y las razones que le forzaron a convertirse en un despiadado asesino. Tras las cámaras repite el efectivo Paul Greengrass, quien sabe dotar a sus cintas de un ritmo vertiginoso gracias a la cámara en mano y al montaje de Christopher Rouse. Es sin embargo excesivo el movimiento que imprime a las imágenes, resultando demasiado caótico y confuso en algunas ocasiones. Las intenciones son buenas, pero agradecería algo más de comedimiento, que es dificilísimo observar todos los detalles de las excelentemente planificadas escenas de acción, tanto las persecuciones asombrosas como las peleas entre personajes.

Salvando ese ligero error, la cinta es más que correcta a la hora de contar la historia. Las tramas de espionaje están muy bien entremezcladas con las aspiraciones personales, los problemas burocráticos de las agencias, las disputas entre los altos cargos… Si por un lado asistimos a la búsqueda de Bourne, por el otro tenemos la particular odisea de Pamela Langry (Joan Allen) contra el oscurantismo y la dudosa moral de las labores de sus compañeros y superiores. Los juegos de lealtades, las filigranas tecnológicas, los escenarios bien aprovechados (Greengrass sabe ubicar al espectador de maravilla en cualquier país y cuidad del mundo) y las explosivas escenas de acción hacen de El ultimátum de Bourne una buena cinta de acción que, sin embargo, pierde algunos enteros al apostar demasiado por repetir la fórmula de las dos entregas anteriores. Hacía falta algo nuevo para mantener despierto el interés, y si se hacen más películas espero que se den cuenta de ello.

Entre las numerosas y espectaculares escenas de acción merecen mención especial por su buen sentido de la intriga y su buena confección algunos momentos como el encuentro entre Bourne y un periodista en el aeropuerto, o la intensa persecución por las calles y tejados de Tánger, donde está en juego la vida de una de las pocas personas en quien Bourne confía. Destacan también la efectiva música de John Powell y la estupenda labor de Matt Damon, un actor que se me antoja bastante desaprovechado por Hollywood.

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Serie Jason Bourne:
El caso Bourne (2002)
El mito de Bourne (2004)
-> El ultimátum de Bourne (2007)
El legado de Bourne (2012)
Jason Bourne (2016)

Soy leyenda


I Am Legend, 2007, EE.UU.
Género: Suspense, ciencia-ficción.
Duración: 101 min.
Dirección: Francis Lawrence.
Guion: Mark Protosevich, Akiva Goldsman, Richard Matheson (novela).
Actores: Will Smith, Alice Braga, Charlie Tahan.
Música: James Newton Howard.

Valoración:
Lo mejor: La dirección de Francis Lawrence, eficaz en todo momento, la sobria interpretación de Will Smith.
Lo peor: El forzado tono católico en la parte final. Y sobre todo, la equivocada elección de crear los zombis/vampiros con efectos digitales (de resultados muy mediocres) en vez de con personas maquilladas.
La pregunta: ¿Por qué los perros se pueden contagiar y el resto de los animales no parece hacerlo?
Mejores momentos: El protagonista en pos de su perra en un edificio a oscuras.

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En Soy leyenda asistimos a las difíciles aventuras del último superviviente de una plaga que ha acabado con toda la humanidad exceptuando a una pequeña parte que ha sido convertida en algo parecido a animales que no soportan la luz de Sol. De forma parecia al Náufrago de Robert Zemeckis (2000) el eje de la narración es este único personaje cuya integridad psíquica se ve cada vez más afectada por la situación extrema de soledad y peligro en que se encuentra. No trato de comparar a Will Smith con Tom Hanks, pero lo cierto es que su papel en esta cinta es exquisito. Los miedos del protagonista, la tensión constante sobre sus hombros y la desesperación y locura en las que va cayendo son mostrados a través de una interpretación digna de ser recordada, sobre todo teniendo en cuenta durante casi toda su carrera Will Smith ha estado anclado en insulsos personajes de comerciales cintas de acción (hay pocas excepciones, como Seis grados de separación -1993-) hasta que nos sorprendió con el reciente giro hacia del drama de En busca de la felicidad (2006).

El otro gran hallazgo de la función es la correcta labor de Francis Lawrence, quien dirigió anteriormente la simplona pero entretenida Constantine (2005). El guion es sencillo, nada sorprendente y quizá con algún desliz (¿los perros se pueden contagiar pero el resto de animales no?, y no queda claro cómo llega la superviviente si se supone que Manhattan ha sido aislada derribando los puentes), pero Lawrence lo exprime al máximo y consigue que la cinta mantenga expectación y tensión a pesar de su ritmo pausado y de su único personaje. Los escasos cien minutos que dura (algo nada común hoy día) están aprovechados con sabiduría y se hacen cortísimos, y hay varios clímax fantásticos, ya sean en el drama, la intriga o la acción: los impresionantes planos de la ciudad desierta, que son numerosos y muy realistas; el protagonista buscando a su perra en un edificio a oscuras en el que en cualquier esquina puede encontrarse un grupo de los sanguinarios monstruos, escena donde el uso del sonido y la iluminación es muy acertado; la trampa en la que cae y de la que tiene que librarse antes del anochecer; y sobre todo, alguna tragedia y sorpresa que prefiero no destripar.

El gran error de la cinta es una elección que me resulta incomprensible (y veo que en Internet está siendo muy comentada por los espectadores), la de crear a los humanos mutados de forma digital en vez de con actores maquillados cuando claramente no era necesario recurrir a la informática. Tendrían que haber sido efectos especiales muy buenos para resultar creíbles, y no es el caso, pues son prácticamente ridículos. El enfrentamiento entre el protagonista y un líder vampiro que muestra algunos vestigios de inteligencia queda desvirtuado por culpa de lo cutre que resulta visualmente dicho enemigo.

Otro aspecto que me molestó ligeramente es su descarado tono católico. Empieza de forma disimulada, dándole importancia a la familia tradicional a través de los relamidos pero eficaces recuerdos del protagonista, pero en el último tramo adquiere un tono mesiánico excesivo y bastante forzado con el tema de la cura y los demás supervivientes. El impactante final (semejante al de la versión con Charlton HestonBoris Sagal, 1971-) y el bonito epílogo (nada que ver con la novela, por lo que algunos lo critican dura e injustamente) se bastaban solos para hablar del sacrificio y la esperanza, todo el rollo místico de visiones y revelaciones sobraba por completo. Es una pena que todos los dilemas éticos y los grandes discursos que podrían haberse incluido se limiten a ser una burda oda por la Fe en el Dios cristiano.

Quitando este mensaje algo tontorrón Soy leyenda funciona muy bien como un entretenimiento intrascendente, que es lo mínimo que espero de una película, pero tiene una factura muy buena y una interpretación estupenda, con lo que gana varios puntos extras. Está suponiendo una gran decepción porque mucha gente va con la idea de ver un clásico de la ciencia-ficción literaria adaptado al cine sin perder una gota de calidad, cuando no es más que una versión muy, muy libre de la obra de Richard Matheson. Otros van esperando una cinta de acción (los tráileres engañan bastante, como suele ser demasiado habitual) y les ocurre más o menos lo mismo. En cambio, quien vaya con la mente abierta dispuesto a disfrutar de un entretenimiento pasajero y sin intenciones de fulminarlo por no ser lo que esperaba quizá se lleve una sorpresa tan grata como la que ha obtenido un servidor.

Zodiac


Zodiac, 2007, EE.UU.
Género: Suspense, drama.
Duración: 158 min.
Dirección: David Fincher.
Guion: James Vanderbilt, Robert Graysmith (novela).
Actores: Jake Gyllenhaal, Robert Downey Jr., Mark Ruffalo, Anthony Edwards, Brian Cox, Chloë Sevigny, John Carrol Lynch.
Música: David Shire.

Valoración:
Lo mejor: La gran labor de Fincher en la dirección, el buen provecho que saca de un guion muy cuidado y con grandes personajes, y lo eficaces que son los actores.
Lo peor: Algún bajón no muy grave en el ritmo.
Mejores momentos: Zodiac secuestrando en su coche a una madre con su bebé. Robert mirando a los ojos a Arthur, el principal sospechoso.
La frase: Voy a tirar a tu bebé por la ventanilla y luego voy a matarte.

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Drama de personajes y thriller con dosis de documental histórico nos ofrece David Fincher en este intenso e inquietante relato sobre uno de los asesinos en serie más perturbadores y extraños que se recuerdan. En dos horas y media somos testigos de una persecución que durante décadas trajo de cabeza a la sociedad estadounidense, años y años de investigación policial y periodística que no dieron frutos tangibles, pues el famoso Zodiac nunca fue apresado.

Aunque las desviaciones hacia otras persectivas son habituales, la historia nos es mostrada principalmente desde dos frentes, el diario donde trabajaron dos de los periodistas que dieron más dedicación al caso y los principales agentes de la ley encargados del mismo. La diversidad de líneas narrativas, la cantidad de cambios de lugar y fecha, los considerables datos que van surgiendo en la trama y la longitud de la cinta no son impedimento para que funcione como entretenimiento además de como producto sesudo y denso. El guion de James Vanderbilt sobre la novela de Robert Graysmith (el protagonista, interpretado por Jake Gyllenhaal) es metódico y detallista, profundiza en los entresijos de la investigación y reconstruye los sucesos a través de numerosos personajes y diálogos que no parecen acabar nunca, pero no cae en excesos, todas las piezas están muy bien articuladas y gracias a las historias personales consigue ser un relato humano y cercano. Si a esto último sumamos la buena labor de los actores y la acertada elección de que sean rostros no demasiado conocidos, resulta fácil identificarse con los protagonistas e interesarse por sus andanzas a través de una aventura que prácticamente recorre toda su vida.

David Fincher dota al filme de una personalidad arrebatadora y demuestra un dominio de la técnica impecable. La fotografía sombría pero llena de vida y la sorprendente realización de algunas escenas, con ese tono casi artificial (excelente inclusión de efectos especiales), proporcionan a las imágenes un aspecto provocativo y en muchos casos brillante que no deja impasible al espectador: seduce y atrapa en casi todo momento. Los recursos de los que el director hace gala son muchos y de gran calidad, y además de la peculiar escenificación y los episodios pasajeros donde se emociona haciendo florituras varias destacan algunos toques de humor colocado donde menos se espera (impagables conversaciones entre los periodistas Robert Graysmith y Paul Avery) o que presenta un tono macabro delicioso (la escena de Robert en el sótano de un testigo que repentinamente se convierte en sospechoso). Sin embargo, también se toma su tiempo en algunas secuencias, a veces demasiado, sobre todo en varios asesinatos, y si le sumamos que hay algún tramo en el que debido al cambio en el estado de la investigación la intensidad de los acontecimientos decae (falta de crímenes, caso en punto muerto, personajes reajustándose a esta situación), nos encontramos con que el ritmo de la narración zozobra ligeramente en el último tramo. El final abierto tampoco ayuda a eliminar la sensación de que la función empieza muy fuerte y luego pierde algo de fuelle, pero es necesario decir que no se desinfla lo suficiente como para hacer del conjunto algo menos que una obra impresionante, otra muestra del poderío visual y narrativo de un director con grandes dotes.

Entre lo espectacular del caso (casi increíble) y la exquisita y atrevida puesta en escena de Fincher, Zodiac se presenta como una producción singular rebosante de carácter, pero precisamente el estar tan alejada de los cánones habituales del cine puede jugar en su contra a la hora de luchar en las entregas de premios e incluso para seguir siendo conocida popularmente de aquí a unos años (no es una cinta simple de fácil visionado), sin embargo no me extrañaría nada que termine convirtiéndose en una obra de culto.

Promesas del este


Eastern Promises, 2007, EE.UU., Canadá, Reino Unido.
Género: Suspense, drama.
Duración: 100 min.
Dirección: David Cronenberg.
Guion: Steven Knight.
Actores: Naomi Watts, Viggo Mortensen, Armin Mueller-Stahl, Vincent Cassel, Sinéad Cusack, Jerzy Skolimowski.
Música: Howard Shore.

Valoración:
Lo mejor: Guion, dirección, actores, música.
Lo peor: El final es algo apresurado y sobra el beso.
Mejores momentos: La pelea en los baños, casi toda lectura del diario.
La frase: Las ventanas están cerradas, así que no puedo tirarme al vacío.

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Tras el éxito cosechado ante la crítica mundial con Una historia de violencia, que no me pareció excelente pero sí buena aunque irregular y algo pretenciosa, David Cronenberg vuelve a obtener el beneplácito de los medios con esta Promesas del este, de temática muy similar a su anterior trabajo pero más redonda en forma y contenido. De nuevo la violencia es el eje de la narración, de nuevo Cronenberg se sirve de ella para retratar tanto a los que hacen de la misma un modo de vida como para mostrar la forma en que afecta a la vida cotidiana de personas normales. Más oscura y sórdida que su predecesora y con mayor presencia del lado criminal, en esencia sigue los mismos pasos: el evento que da pie al cambio en los quehaceres diarios de los protagonistas, la familia honrada siendo perturbada por situaciones que los superan, los delincuentes organizados enfrentando también un inesperado revés en sus planes… Pero no esperen por ello una película que transmita la sensación de que no es más que una repetición o secuela, pues tiene alma propia a pesar de las similitudes citadas. De hecho, es una obra de gran calidad y con mucha más personalidad que la mayor parte del cine actual, alzándose como el primer gran estreno tras la etapa veraniega. Cabe además la posibilidad de que esté presente en venideras entregas de premios importantes.

Promesas del este es una cinta pausada, pero su ritmo moderado está lejos de resultar lento, pues atrapa con facilidad durante casi todo su metraje. La cámara de Cronenberg se pasea entre escenarios y personajes con la naturalidad justa para dejar que la historia hable por sí sola (en gran medida a través de la fuerza de sus personajes) sin interferir con virtuosismos y alardes innecesarios, y con la madurez suficiente para dotar a la misma de solidez y estabilidad de forma que el relato no se diluya en su propia sencillez hasta perder interés.

El guion no destaca por su complejidad, sino por su sinceridad, por saber ir al grano sin artificios. Con templanza teje las situaciones donde se moverán los caracteres, iniciando la narración en secuencias que parecen inconexas pero poco a poco van confluyendo hasta que todos los protagonistas terminan con sus destinos más o menos atados entre sí. Los diálogos son concisos pero intensos, creíbles y con una sorprendente carga irónica que produce algunos instantes de humor tan inesperado como eficaz; los personajes son sólidos y resultan muy humanos; el espectador se encontrará con sorpresas que proporcionan giros impresionantes (incluso aunque se vean venir, porque no se ocultan para resultar manipuladoramente impactantes). Hay grandes instantes, como la visita que hace el inquietante Semyon (que viene a ser como el Padrino de la mafia rusa) a la protagonista y al bebé en el hospital, llena de advertencias y amenazas sutiles; como la cruenta pelea en los baños, donde se muestra toda la violencia tal y como es: dolorosa, sangrienta, rápida y contundente; y algunas lecturas del diario de la fallecida son desgarradoras por su durísima descripción de la vida como prostituta esclava y por si fuera poco adolescente. Pero también se cometen algunos deslices, como ese tramo final un poco apresurado, incluido un poco de sopetón (¿cómo es tan fácil robar un bebé?) y con una resolución algo convencional y con menos garra que el resto de la cinta, o ese forzado beso entre dos personajes incompatibles, que apenas resulta creíble. El que la cinta se desinfle levemente en su resolución no es un desliz grave, pero no me cabe duda de que con un cierre al nivel del resto o incluso superior podría haber sido una película memorable.

Uno de los mejores aspectos de la cinta, la efectividad de esos inmensos personajes, se debe en gran parte a interpretaciones de gran nivel, a actores que se sumergen en sus papeles hasta resultar irreconocibles. La siempre competente Naomi Watts resulta creíble como mujer sencilla que lucha contra la adversidad tanto con miedo como con entereza; el interesante y bastante desaprovechado por el cine Vincent Cassel aporta lo justo a su personaje para que este resulte un borrachín más creíble que típico; Armin Mueller-Stahl está inmenso como líder de la familia mafiosa, manteniendo en todo momento un equilibrio formidable entre la candidez de un padre, la amistad de un anfitrión y la perturbadora y amenazante sensación de que en cualquier momento ordenará a sus sicarios que te descuarticen. Pero la sorpresa más notoria de este agraciado reparto es precisamente el que menos esperaba que diera algo de sí a estas alturas de su carrera. El hasta ahora siempre torpe y limitadísimo Viggo Mortensen (mediocre hasta en sus papeles más conocidos, como El Señor de los Anillos o Una historia de violencia) se ha introducido hasta la médula en este fantástico retrato de un criminal en ascenso. Inquietante y terrorífico a ratos, amable y extrañamente delicado a veces, la interpretación de Mortensen, eficazmente apoyada por una excelente labor de maquillaje, sustenta y engrandece un personaje muy bien descrito y en el que hasta la estupenda sorpresa que guarda encaja a la perfección con lo mostrado hasta ese momento. Y no puedo dejar de citar la valentía de este actor a la hora de rodar esa impresionante pelea en los baños públicos, donde está completamente desnudo.

Sunshine


Sunshine, 2007, EE.UU.
Género: Acción, suspense, ciencia-ficción.
Duración: 107 min.
Dirección: Danny Boyle.
Guion: Alex Garland.
Actores: Cliff Curtis, Cillian Murphy, Michelle Yeoh, Rose Byrne, Chris Evans, Chipo Chung, Hiroyuki Sanada, Benedict Wrong, Troy Garity, Mark Strong.
Música: John Murphy, Underworld.

Valoración:
Lo mejor: El primer tramo de la cinta, el más comedido e interesante.
Lo peor: El delirante final. La mediocre puesta en escena de Danny Boyle, el guion lleno de agujeros e incongruencias e incapaz de definir buenos personajes y ofrecer una trama que equilibre las distintas y casi incompatibles líneas narrativas (mezcla poco homogénea de cine de catástrofes, de ciencia-ficción, de terror…).

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Trainspotting (1996) fue notable e influyente, pero desde entonces Danny Boyle no da pie con bola. La playa (2000) y 28 días después (2002) mantienen el éxito pero de calidad andan bien escasas. El caso de Sunshine ha ido por el mismo camino: ha tenido en general críticas decentes, pero el producto final me ha parecido casi desastroso, y en gran medida por culpa del director.

Sunshine es una malograda mezcla de géneros. Comienza como cine de catástrofes, con la poco creíble misión de detonar una bomba en el Sol para reactivarlo, continúa como cinta de ciencia-ficción, con las aburridas aventuras de la tripulación intentando llegar a su objetivo mientras lidian con irrelevantes problemas técnicos, y en el tramo final se decanta sorprendentemente por el terror de zombis (que incluye leves toques de gore). La simbiosis entre estos tres estilos es irregular, ineficaz. La cinta va dando traspiés sin que quede claro de qué va (con la bomba como macguffin chapucero), sin decantarse de una vez por un rumbo y género concreto, con lo que dificulta la atención del espectador, quien tiene que afrontar los cambios de estilo y dirección.

El otro gran problema que su base resulta bastante endeble: los personajes carecen definición, entran y salen aleatoriamente porque su único cometido es morir en uno u otro instante. Se trabajan tan poco desde el guion al casting que ni alcanzan el mínimo exigible en la verosimilitud. No hay quien se crea a estos jóvenes casi imberbes como científicos y astronautas de gran nivel, de hecho, aparte de comportarse como adolescentes inmaduros cada cual es más incompetente y patético; el segundo al mando llega a ser una caricatura vergonzosa.

Se acumulan diálogos vacíos, situaciones poco trabajadas cuando no incongruencias enormes, te asaltan preguntas cada dos por tres… Por ejemplo, ¿qué sentido tiene que el escudo tenga paneles que se abren?, ¿cómo pueden los restos de piel humana de siete tripulantes dejar una capa de polvo de varios centímetros en una nave tan grande?, ¿por qué ese personaje se comporta tan irracional e infantilmente?, ¿por qué justo ahora se olvidan de la radio o de poner el filtro solar?, ¿cómo pueden respetar tan poco la cadena de mando? A veces dan ganas de gritarle ¡estúpido! a los personajes.

Las virtudes del libreto son casi inexistentes, pero es más lamentable que el poco jugo que se le podría sacar Danny Boyle no lo aprovecha. Su puesta en escena carece de originalidad (¿por qué cuando se está en una nave espacial la cámara tiene que girarse?), abusa de primeros planos y enfoques cortados (reflejos, reflejos borrosos, objetos de por medio) que lejos de imprimir el tono de claustrofobia propio de la situación limitan completamente la narración a los rostros de unos personajes muy aburridos, con lo que no se ve nada y se echa a perder aún más la poca intensidad que posee la historia. El abuso de escenas que pasan por encima de la nave o muestran su escudo también resulta cansino, por no hablar de las repetidas e innecesarias visitas a la sala de observación. Pero la cosa va a peor a medida que avanza la función, pues cuando la nave perdida aparece, Boyle pierde el juicio completamente. La absurda y ridícula locura a la que asistimos a partir de entonces comienza con unos flashes repentinos diseminados entre fotogramas. No se acierta a ver qué es, no se comprende su presencia, sólo distrae y hace pensar en un fallo de la proyección. El montaje se acelera, se hace caótico, la fotografía empieza a agitarse descontroladamente… Pero todavía no ha llegado lo peor, pues contra toda lógica Boyle se empeña en emborronar la pantalla ante la presencia del zombi, así que los últimos minutos se limitan a ruido, borrones, personajes corriendo… y uno ya no sabe qué pasa.

Arreglando el tramo final podría haber sido una serie b decentilla; bastante típica y con muchos baches, pero pasable. El conjunto da lástima, y por si fuera poco se acumulan los instantes que recuerdan a producciones clásicas del género, desde 2001, una odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968), Solaris (Andrei Tarkovsky, 1972) y Alien (Ridley Scott, 1979) a cintas menores recientes, como Horizonte Final (Paul W.S. Anderson, 1997), dejando una sensación constante de falta de originalidad, de personalidad.