El Criticón

Opinión de cine y música

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Operación U.N.C.L.E.


The Man from U.N.C.L.E., 2015, EE.UU., Reino Unido.
Género: Acción, comedia.
Duración: 116 min.
Dirección: Guy Ritchie.
Guion: Guy Ritchie, Lionel Wigram, Sam Rolfe (serie original).
Actores: Henry Cavill, Armie Hammer, Alicia Vikander, Jared Harris, Hugh Grant, Elizabeth Debicki.
Música: Daniel Pemberton.

Valoración:
Lo mejor: Ritmo vertiginoso, personajes y actores carismáticos.
Lo peor: La historia, demasiado trillada, sobre todo en el flojo tramo final.

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En los años sesenta, con la guerra fría en pleno auge, el cine y las series de espías pegaron fuerte, sobre todo en clave de acción y humor y con historias sencillas, porque si la idea era entretener, no podías tirar a la cara del espectador más drama y más miedo. En la pantalla grande triunfaba sobre todo James Bond (1962 en adelante), y en la pequeña Los vengadores (The Avengers, 1961), Cita con la muerte (Danger Man, 1960) o El agente CIPOL (The Man From U.N.C.L.E. , 1964).

El basarse en un género muy concreto y tratar de ser fiel a la fuente de la que proviene implica limitar mucho el mucho margen de maniobra. Si la actualizan demasiado puede perder la esencia original, si se mantienen demasiado fiel, resultar predecible y anticuada. Desde mi punto de vista, diría que Guy Ritchie se ha quedado en un término medio. No puedo dejar de pensar que al guion le ha faltado un poco de actualización y una pizca de inteligencia para conseguir un título que deje huella, pero también es evidente que resulta muy entretenida, sobre todo porque el director y los actores muestran mucho entusiasmo en su labor.

La dinámica entre los personajes y su ritmo alocado son sus puntos fuertes. Los espías ruso e inglés, eternos rivales, deben encontrar la forma de trabajar juntos, y con la chica de turno de por medio la cosa se complica. Tenemos garantizado infinidad de conflictos de todo tipo, la mayor parte con un tono humorístico ligero, unos pocos más elaborados, y los mejores los dejados a la química de los actores. Y Henry Cavill y Armie Hammer los explotan de maravilla, muestran un carisma arrollado y conexión de sobras para hacer verosímil una fantasía bastante pasada de rosca. Los secunda también con mucha gracia Alicia Vikander, que ya es un valor seguro allá por donde pase, y aunque sea breve se agradece la presencia del gran Jared Harris.

En el lado malo, la historia es tan predecible que no despierta ningún interés. Todo se ve venir tan de lejos que es imposible mantener la más mínima expectación por cómo saldrán airosos, y desde luego, aunque sea de espías, es más de aventuras que de intriga, así que tampoco hay suspense. Quizá era inevitable que aparecieran cacharritos varios y la base del enemigo, pero no por ello la trama tenía que pasar por todos los clichés y situaciones sin esforzarse lo más mínimo en darles algún giro ingenioso. Para agravar el problema, no hay villanos que dejen buena impresión.

Por suerte, Guy Ritchie es un realizador de muchos recursos, y pone buen empeño en narrar con ritmo y energía, dejándote sin respiro, sin tiempo a pensar en las carencias internas. El montaje es frenético pero efectivo, nunca caótico, pues sabe qué forma dar a cada escena. Por ejemplo, la persecución final, con cada uno por su lado, es decir, sin apenas contacto, es digna de elogiar: a base de zooms y movimiento constante de cámara es capaz de darle emoción. Eso sí, donde no hay no se puede rascar, por mucho que adornes. El tono predecible se agrava demasiado en el clímax final, pues al centrarse en la acción rutinaria (guarida del malo, salvación del mundo, etc.) termina perdiendo bastante fuelle.

Vale para pasar un buen rato, pero no deja huella alguna.

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La visita




The Visit, 2015, EE.UU.
Género: Suspense, terror, drama.
Duración: 94 min.
Dirección: M. Night Shyamalan.
Guion: M. Night Shyamalan.
Actores: Olivia DeJonge, Ed Oxenbould, Deanna Dunagan, Peter McRobbie, Kathryn Hahn.

Valoración:
Lo mejor: Una atmósfera inquietante con tramos perturbadores. Una combinación de géneros (sólido drama, inesperada comedia negra) que ofrece un filme con bastante personalidad y originalidad.
Lo peor: No ha alcanzado la fama merecida, mientras infinidad de títulos de escasa calidad han tenido más éxito.
Mejores momentos: Los bajos de la casa. La última noche juntos: juegos, sótano, revelaciones…
Versiones: Al parecer Shyamalan rodó dos versiones opuestas de la película, una en plan comedia, otra de terror puro. Al final optó por un término intermedio.

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Después de las numerosas mediocridades que ha dado el cine de “metraje encontrado”, eso de que vemos la película como si hubiéramos hallado una grabación amateur e improvisada de los hechos, y de lo bajo que estaba cayendo la carrera de M. Night Shyamalan después de empezar tan, tan alto, no tenía esperanzas en La visita. Pero me he llevado una grata sorpresa. Alejándose de las limitaciones artísticas que implica trabajar para un gran estudio (te obligan a seguir una línea –como él dice, le gusta experimentar, como es obvio viendo cómo jugó aquí con el terror y la comedia para ver qué le gustaba más-, te imponen ideas sobre la marcha, te quitan el montaje final, te publicitan la película como algo que no es –El bosque no era de terror, mucha gente fue engañada y no la entendió-), volviendo a sus raíces de cine de autor, recuperamos a la mente inspirada y al hábil artesano de misterio y horror que es capaz de llevar el género a nuevas fronteras, de sorprender con ideas y argumentos tremendamente originales.

La narrativa a lo grabación casera fluye de forma más verosímil y efectiva que de costumbre, logrando alejar la cinta de todos esos engendros que van de originales pero resultan forzados y llenos de viejos clichés mal disimulados. Sí, hay algún momento donde parece que el chaval consigue planos muy artísticos a pesar de estar en situaciones de tensión, o donde aparece un efecto sonoro de la nada para terminar de meter miedo (debajo de la casa suena un murmullo de origen desconocido), pero por lo general el relato se desarrolla de forma más espontánea, verosímil, hasta en los instantes de mayor caos. De hecho va incluso más allá, porque también logra distanciarse de los problemas que arrastra el terror en general: historias repetitivas, personajes planos, y abuso de sustos básicos.

El suspense y el terror se manifiestan a través de situaciones más o menos cotidianas y terrenales, pero realzadas en su versión más perturbadora, es decir, mantiene una conexión con la realidad, no hay entes fantasiosos cuyas reglas tienes que definir si no quieres que resulte confuso (por ejemplo It Follows e Insidious no tenían ni pies ni cabeza), sino una sensación desagradable de “eso podría pasarme a mí”. Los entrañables abuelos se convierten poco a poco en la peor pesadilla de los chavales: un rasgo de demencia por aquí, una situación incómoda por allá (los pañales), y Shyamalan te empieza a poner nervioso. Cuando la cosa comienza a irse de madre, con la abuela sonámbula y el abuelo haciendo otras cosas raras, acabas sumergido en un ambiente de terror psicológico de muy buen nivel: desasosegante, desagradable a veces, imprevisible en muchos momentos, y con sustos bastante efectivos. Sólo con un cuento relatado por la abuela es capaz de dejarte mal cuerpo, así que las escenas más explícitas dan bastante canguelo. En estas condiciones no se puede criticar negativamente que termine recurriendo a algún cliché del género: la visión nocturna no parece forzada, sino que llega en el momento justo en que permite rematar la escena pasando de la congoja a las ganas de salir corriendo. Y no falta el giro final que pone patas arriba todo lo que llevamos visto y te deja, como se suele decir, con el culo torcido.

A través de los protagonistas construye un drama con la suficiente profundidad e interés como para llegar con fuerza al espectador. Los chicos sufren las secuelas de la separación familiar, con sentimientos como ansiedad y culpabilidad que explotan en forma de tics y limitaciones de funcionamiento social (ella no se mira al espejo, él está obsesionado con los gérmenes). La madre no está mejor, porque arrastra la lejana y dolorosa separación con los padres. Es decir, se habla, más o menos sutilmente, de problemas de relaciones: familias rotas, soledad, perdones, orgullo mal entendido… Así pues, el terror psicológico sale muy reforzado al tener unos roles con los que identificarse férreamente, mientras que en el subgénero de “metraje encontrado” se alza como la única propuesta seria y sólida, lejos de los artificios vacuos habituales. No hay más que comparar con Cloverfield (Monstruoso), incomprensiblemente una de las más exitosas de este estilo, cuyos caracteres oscilaban entre lo insustancial y lo cargante y se convertían pronto en una barrera a la hora de sumergirte en una historia que al final también se quedaba en dos topicazos cutres a pesar de tanto enredo visual. Y cabe destacar el impecable papel de los ancianos Deanna Dunagan y Peter McRobbie y la asombrosa naturalidad de los dos jóvenes intérpretes, Olivia DeJonge y Ed Oxenbould. Es una vergüenza que no hayan tenido en cuenta a los últimos en la temporada de premios.

Además Shyamalan también se atreve con la comedia, alegrando pasajes de transición, tirando hacia un humor negro que descoloca (el chiste del crío justo después de uno de los sustos más gordos, el de la abuela desnuda: “¡Me he quedado ciego!”), e incluso soltando algunos destellos de auto parodia extraños pero efectivos (el típico trueno que llega en el momento justo para rematar un susto consigue, en una de las apariciones más locas del abuelo, terminar de formar una escena desconcertante). Por último, también se podría señalar alguna referencia a cuentos clásicos (de esos inicialmente de miedo pero de los que han ido calando más las versiones infantiles, por Disney principalmente), sobre todo Hansel y Gretel de los Hermanos Grimm. La escena de la abuela (bruja) y el horno es el mejor ejemplo, y no está excenta del tono de recochineo tan peculiar.

Lo único que acusa La visita es la maldición propia del cine de terror: en siguientes visionados obviamente los sustos no te acojonarán tanto. Pero, al contrario de lo que suele ser también habitual, al abordar con inteligencia y gran originalidad otros géneros permite que se pueda disfrutar una y otra vez. Shyamalan añade a su currículo otra de suspense y terror original y con personalidad bastante superior a la media… pero que también ha sido bastante incomprendida, como las magistrales Señales y El bosque. Al menos costó poquísimo (cinco millones de dólares) y casi llega a los cien, así que rentable ha sido. Espero que el tiempo la vaya poniendo en su lugar.

La habitación


Room, 2015, EE.UU.
Género: Drama.
Duración: 115 min.
Dirección: Lenny Abrahamson.
Guion: Emma Donoghue adaptando su novela.
Actores: Brie Larson, Jacob Tremblay, Sean Bridgers, Joan Allen, Cas Anvar, William H. Macy, Tom McCamus.
Música: Stephen Rennicks.

Valoración:
Lo mejor: Dirección, reparto y sobre todo guion. La imaginación, profundidad y fuerza que desprende.
Lo peor: Nada de la película. El tráiler, que te revienta todo sin miramientos, mostrando mucha cobardía a la hora de venderla.

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Un niño de cinco años y su madre viven aislados en una sola habitación. Lejos de lo que pueda pensarse, como que promete un relato muy limitado y probablemente aburrido, la historia es muy sugerente y la proyección te atrapa con rapidez para no soltarte. La pequeña familia resulta adorable y su futuro nos atrae muchísimo. Con el chaval vamos descubriendo lo que es su mundo, tanto lo que ve como lo que sentiría alguien criado así. Y con la madre lo mismo: el aislamiento (no expongo los motivos, hay que dejarse llevar por la trama y sus muchas sorpresas: ¡no se te ocurra ver los tráileres!) supone replantearse su concepto de la vida y de las esperanzas. Así, esta primera parte ya está sobrada de profundos e inteligentes análisis sobre nuestra formación como personas (entorno, educación, familia), pero lejos de resultar farragoso o demasiado filosófico todo fluye de forma natural y emotiva.

El segundo acto nos lleva a los momentos más sombríos. En sus primeros pasos en el mundo adulto las fantasías infantiles dan paso a las primeras pesadillas reales: el chico vive sus primeras tragedias y la madre sufre los cambios y ha de luchar por los dos. Escenas tensas, alguna situación dramática que llega a resultar angustiosa, y unas pocas esperanzas nos lanzan a un torbellino de emociones que nos mantienen el corazón en un puño.

Pero no hay lugar al descanso. En el tercer segmento, la adaptación a una nueva situación, también es muy completo en argumento y sentimientos. Los nuevos paradigmas a los que se debe enfrentar el niño dejan sutilmente otros muchos mensajes: la relevancia de cosas que hemos perdido en la obsesión con placeres superficiales, las distintas visiones del concepto de familia (cuando surge el planteamiento de por qué no dio al crío en adopción llorará hasta el más duro), más otras tantas reflexiones sobre cómo la educación y el entorno nos forman como personas: la zona de confort, la adaptación a cambios bruscos, cómo puede surgir la depresión incluso cuando todo parece ir bien…

La labor de dirección de Lenny Abrahamson es brillante, se adapta a cada escenario físico y emocional con maestría. La habitación, como al chico, nos parece enorme, todo un mundo, y los cambios de tono, sutiles (la iluminación) o evidentes (de la tranquilidad al caos) son esenciales para mostrar qué sienten y sufren los protagonistas. Y la evolución de estos la borda, sacando lo máximo de los actores: Jacob Tremblay muestra un registro impresionante para su corta edad, y Brie Larson está espléndida, logrando una interpretación de las que no se olvidan. En cuanto al doblaje, sorprendentemente al crío le han puesto un actor de una edad cercana, pero la voz de la madre está demasiado vista, parece que sólo hay y tres voces femeninas en todas las películas y series de los últimos veinte años. Y obviamente el papelón de Larson merece ser visto sin alteraciones.

Imaginativa y aun así muy realista y humana. Inteligente y profunda pero amena y conmovedora. Hermosa sin tirar de presupuesto en la ambientación. La habitación es una de las mejores películas de los últimos años.

Ex Machina


Ex Machina, 2015, EE.UU.
Género: Suspense, ciencia-ficción.
Duración: 115 min.
Dirección: Alex Garland.
Guion: Alex Garland.
Actores: Alicia Vikander, Domhnall Gleeson, Oscar Isaac.
Música: Geoff Barrow, Ben Salisbury.

Valoración:
Lo mejor: Temática jugosa bien tratada. Puesta en escena sobria pero efectiva.
Lo peor: La sensación de que con este argumento podrían contar cualquier cosa y no termina de explotar todo el potencial: unas veces se va por las ramas, otras se queda muy corto. Por ello, según lo que imagines y esperes, puede que no te llene, sobre todo en su flojo final.
El Óscar: Premio a mejores efectos especiales… ¿En serio? ¿Ante Mad Max y El despertar de la Fuerza? Si solo tiene un pequeño trucaje con la tira de años de antigüedad; por ejemplo se vio en Inteligencia Artificial en el 2001.
El título: ¿Por qué le han puesto un guion bajo en España: Ex_Machina?

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Un programador que trabaja en la empresa más grande y popular de internet (un trasunto de Google) es seleccionado para pasar una semana en compañía del fundador y presidente de la misma, sobre el que existe una admiración rayana la adoración fanática, como ocurría con Steve Jobs por ejemplo. Pero no serán unas vacaciones al uso, porque este dirigente sigue siendo un visionario y tiene un proyecto revolucionario que requiere una evaluación externa: el elegido deberá relacionarse con la inteligencia artificial que ha creado para estimar si es completa, es decir, consciente y emocional cual persona.

Lo que Ex Machina propone es un ensayo, un análisis de lo que esta situación podría implicar y en lo que podría derivar: cómo se comportaría una IA y cómo reaccionaría el ser humano ante ella, y a la inversa, y qué implicaciones morales y repercusiones sociales tendría. No es una premisa nueva, 2001, una odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968), Blade Runner (Ridley Scott, 1982) y Terminator (James Cameron, 1984) ya lo trataron hace décadas y coinciden en algún punto. Recientemente hemos tenido otras con más semejanzas, Transcendence (Wally Pfister, 2014) y Her (Spike Jonze, 2013), si bien estas dos se quedaron muy cortas, en la superficie de temas que prometían mucho más: la primera fue un intento de cinta comercial que resultó un despropósito, la segunda mostraba potencial pero la obsesión por lo pretencioso también la hundió. Supongo que también podría citarse Inteligencia Artificial (Steven Spielberg, 2001), pero no se parece en nada, amén de que era irregular y demasiado melodramática (parecía un telefilme de alto presupuesto), en contraste con esta, más equilibrada, sutil y natural.

Alex Garland intenta el acercamiento más serio sobre el asunto hasta la fecha, eligiendo el escenario y las primeras implicaciones y reacciones más plausibles y combinando reflexiones éticas, filosóficas y sentimentales primarias. Pero, a pesar del entusiasmo con que la ha recibido mucha gente, lo cierto es que no termina de llegar hasta donde podría. Hay muchas buenas ideas, pero no todas tiene una exposición adecuada, algunas incluso patinan, y hay otras elecciones poco entendibles, por artificiales o ineficaces. Es cierto que el realizador entra en terrenos inexplorados, pues los títulos citados se quedaban en conceptos básicos (IA maligna rebelándose) y más allá las opciones narrativas son casi infinitas… Pero precisamente por ello decepciona que apunte muy alto inicialmente y luego no se atreva a ir a por todas y se quede a medio camino.

Eso sí, se agradece mucho una película inteligente sobre un tema complicado, algo cada vez menos común hoy en día. Apuesta además por un relato sin grandilocuencia visual, sin acción aparatosa o un muestrario de tecnología moderna cobrando vida a través de llamativos efectos especiales, y por un drama intimista que se centre en el objetivo sin salirse por la tangente con historias innecesarias. Inteligencia Artificial de Spielberg se perdía de lleno en esos dos aspectos, por ejemplo.

El prólogo es una estupenda muestra de síntesis narrativa, de introducir al espectador en la trama sin farragosas explicaciones. Los primeros pasos de Caleb (Domhnall Gleeson) en los dominios y la investigación de Nathan (Oscar Isaac) mantienen esa tónica. Diálogos sencillos, mundanos, pero con más contenido del que parece, desgranan poco a poco la historia. La aparición de Ava (Alicia Vikander) es sugerente, y sin rodeos vamos a los pensamientos que se quieren abordar.

En estos Garland haya un buen equilibrio. No se corta a la hora de mencionar conceptos técnicos (el Test de Turing, algunos datos de programación y aprendizaje de máquinas) que otros eludirían torpemente por miedo a que muchos espectadores no entendieran nada, y trata de tocar los temas principales sin sentar cátedra, sino exponiendo cada concepto y dejando que tú pienses en sus ramificaciones. Además ofrece algún apunte poco explorado, como la pulsión sexual como motor del ser humano, sea por amor o por lujuria (bueno, se insinuó en HHerer y en Blade Runner, pero en ambas se desarrollaró como un romance cursi), yendo así más allá de los deseos de vivir y los conflictos cognitivos y sensitivos habituales en las máquinas que toman conciencia.

Los personajes también apuntan maneras. Caleb es experto en su materia pero sencillo en las relaciones humanas (tímido, bueno), con lo que resulta simpático y se sufre un poco cuando se pone la cosa fea. Además, siendo tan neutro funciona como un caparazón en el que introducirnos para ir descubriendo las cosas con nuestra propia perspectiva. Eso sí, todo esto implica también que sea bastante soso, que le falte personalidad y garra y no llegue a ser un personaje principal que deje huella. Nathan es hosco y huraño, rasgos clásicos de genios visionarios, y poco a poco nos adentramos en sus demonios internos. Y Ava es una chiquilla con cerebro privilegiado, e inquieta que no se sabe muy bien por dónde puede salir.

Los actores corren desigual suerte. Alicia Vikander como está estupenda en un papel difícil, el de las reacciones e intenciones veladas. Aunque ya tenía un montón de papeles, sobre todo en Suecia, aquí es donde empezó a sonar su nombre, y luego deslumbró con La chica Danesa (Tom Hooper, 2015). Oscar Isaac (A propósito de Llewyn DavisEthan Coen, Joel Coen, 2013-, El año más violentoJ.C. Chandor, 2014-, Show Me a HeroDavid Simon, 2015-) cumple bien como el genio críptico, pero no como para impresionar. Domhnall Gleeson me parece bastante limitado, le falta registro y nervio. Curiosamente, entre 2014 y 2015 estrenó nada más y nada menos que cinco películas (incluyendo la presente) de bastante éxito y que acapararon numerosas nominaciones a premios, lanzando su nombre en la industria a lo grande: El despertar de la Fuerza (J. J. Abrams, 2015), donde coincidió con Isaac, El renacido (Alejandro G. Iñárritu, 2015), dos cintas donde se lo vio mucho más implicado que aquí, y Brooklyn (John Crowley, 2015) e Invencible (Angelina Jolie, 2014); su agente estuvo bien inspirado.

Uno de los mejores aciertos de la propuesta es que se juega muy bien con el velo, la máscara que nos ponemos, las posturas fingidas para agradar e integrarnos. Los tres protagonistas van analizándose mutuamente, tanteando el terreno, y cada uno tiene sus fallas y sus pensamientos y sentimientos contenidos. Dicho de otra forma, al analizar si Ava es una conciencia real nos terminamos analizando a nosotros mismos. Así, surge una gran pregunta: ¿si no nos entendemos a fondo cómo vamos a construir una IA auténtica?

Otra dificultad bien solventada es que estamos ante un relato muy teatral, con escenario cerrado y pocos personajes hablando, pero Garland consigue mantener el interés mediante una puesta en escena elegante que exprime al máximo cada rincón de la casa. De hecho, el escenario elegido es un acierto, tanto por su belleza como por la comunión de exuberante naturaleza con la frialdad humana, que le va de perlas al argumento. Y cabe señalar algunos recursos efectivos, que parecen sencillos pero quizá a otros no se les habrían ocurrido, como la escena de baile, una situación incómoda que pone una gotita más de inquietud.

De esta forma, en su primera mitad Ex Machina atrapa con fuerza, nos hace pensar bastante, y la intriga va aumentando poco a poco. La figura del genio informático que va pasando de admiración a inquietud, la fascinante IA que empieza a mostrar posibles intenciones ocultas, la dinámica de la relación entre los tres y los secretos que van saliendo a la luz apuntan a que va a haber un conflicto ético y personal jugoso.

Pero por desgracia a Garland se le van agotando las ideas, los escenarios y las soluciones, y empieza a pesar una obsesión: terminar la película con visos de cine comercial. Tras las primeras sesiones con Ava hay un largo receso donde no se sigue explorando los planteamientos iniciados, limitándose a vaguedades o a reincidir en lo ya mostrado (las cenas y desayunos por ejemplo se hacen harto repetitivos), y los siguientes encuentros lo dejan todo de lado para pasar a servir como trucos narrativos muy trillados: sembrar la semilla del misterio de forma forzada (la frasecita de “No es lo que parece” me dio vergüenza ajena) y asentar las bases para el endeble final (el acercamiento, el alcohol, la tarjeta). De hecho, no me convence nada que Nathan sea alcohólico; que se descubra como un inadaptado y un salido es más convincente, sobre todo porque tiene buena relación con la trama, pero no da el perfil de bebedor, es algo que parece muy conveniente para permitir partes del desenlace.

El giro que revela la naturaleza real del experimento, que estupendo y vuelve a traer al frente las cuestiones intelectuales, prometía encauzar las cosas de nuevo, pero a partir de entonces se abandona todo lo andado por un tramo final de suspense básico lleno de clichés más propio de un título menor como Transcendence que de una propuesta que apuntaba más alto. Además, el tempo contemplativo, pausado, también deja de funcionar: debería haber subido el ritmo para darle más intensidad, pero la larga escena de Ava vistiéndose para sentirse más humana rompe del todo el clímax cuando es algo que ya hemos visto antes (se viste ante Caleb) en un momento más adecuado.

Ex Machina no resulta la obra redonda que hay latente en ella, pero es entretenida y deja unos cuantos pensamientos rondando en la cabeza, amén de que destila delicadeza y buen hacer en su mayor parte.

La chica danesa


The Danish Girl, 2015, Reino Unido, EE.UU. Alemania, Bélgica, Dinamarca.
Género: Drama.
Duración: 119 min.
Dirección: Tom Hooper.
Guion: Lucinda Coxon, David Ebershoff (novela).
Actores: Eddie Redmayne, Alicia Vikander, Amber Heard, Matthias Schoenaerts, Ben Whishaw, Sebastian Koch.
Música: Alexandre Desplat.

Valoración:
Lo mejor: Dirección, fotografía, música y vestuario impresionantes. Reparto muy entusiasta.
Lo peor: Le falta algo de valentía, ritmo y pegada, y le sobra obsesión por ganar premios.

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Está claro que es una película confeccionada para ganar premios, los Óscar a la cabeza, que Eddie Redmayne y Tom Hooper quieren repetir sus éxitos recientes, La teoría del todo y El discurso del rey respectivamente. El patrón es el mismo de siempre: melodrama de superación personal de unos seres desamparados contra el resto del mundo. Un matrimonio de pintores daneses (inspirados vagamente en figuras reales) ve rota su felicidad y armonía cuando el hombre sale del armario como transgénero. El mundo que conocían cambia por completo, el choque con la sociedad está garantizado, y deberán luchar por darle forma a una nueva vida.

La perspectiva es más luminosa de la cuenta viendo el argumento, pues esta situación, si en nuestros días está rodeada de tabúes y problemas, en esa época supondría un escándalo social enorme, vejaciones personales constantes, una difícil lucha contra las imposiciones morales, y en definitiva un horroroso suplicio para quien lo viviera. Pero como debe ajustarse a los cánones de Hollywood lo edulcoran hasta convertirlo en relato blandengue, que finge ser crítico y trágico pero sólo vende emociones baratas. El protagonista casi no sufre traspiés (un capítulo de acoso metido con calzador, unas visitas a médicos que no suponen demasiados problemas), los amigos son imposiblemente tolerantes y fieles, se topa con buena gente allá por donde va, la esposa está abierta a todo y no se hunde nunca y el matrimonio pasa de puntillas por las crisis esperables. El simple hecho de elegir una pareja de artistas que se mueven por los fueros más abiertos y progresistas de la sociedad facilita mucho las cosas. Habría sido más valiente e interesante ambientar la historia en una paleta familia obrera o en unos nobles ultraconservadores, pero elegir artistas bohemios parece hacer trampa.

Eso sí, hay que decir que la idea de conmover con un tono amable la dominan bastante bien, sin caer en la manipulación y el exceso de sensacionalismo. Logran de cuento de hadas semitrágico con buenas dosis de ilusión y mensajes de superación facilones pero no retorcidos; que todavía recuerdo con asco Dallas Buyers Club, Descifrando enigma y Whiplash, tres detestables monstruos de la manipulación emocional que triunfaron recientemente. La comparación más cercana sería precisamente La teoría del todo, un drama comercial sencillo pero hecho con bastante cariño, con lo que disimula bien su estilo prefabricado y almidonado.

El matrimonio resulta encantador, en parte por su relación tan abierta, en parte por las formas de ser (la vitalidad de la esposa se contagia rápido), y también por el entorno rutilante (arte, fiestas, vida en lugares hermosos). Y los pocos amigos (el belga Matthias Schoenaerts, que se dio a conocer en la recomendable Rundskop, la bailarina –Amber Heard-) se hacen querer también a la primera. El factor clave de la fuerza de estos personajes son los actores. Redmayne ya demostró su vena camaleónica en la encarnación de Stephen Hawking, y aquí está estupendo en un registro más emocional que físico, aunque este también cuenta mucho (la adaptación a los movimientos y gestos femeninos). Como él ya era conocido, la que terminó deslumbrando fue su compañera, Alicia Vikander, que se presentó a lo grande en el año 2015 con Ex Machina y la presente. En aquel título jugaba con la contención, y aquí todo lo contrario: una mujer vivaz y enérgica que repentinamente se encuentra con una tormenta de acontecimientos y dramas que amenazan con destruir su idilio.

En cuanto a la historia, con esa limitación narrativa autoimpuesta resulta muy predecible. Deben cumplir con los patrones básicos, las escenas de rigor, y no salirse mucho en tono; el escritor no parece esforzarse en tratar de sorprender, de buscar soluciones más ingeniosas, y cada capítulo y giro se ve venir de lejos. Además, con eso de abarcar muchos años se le notan algunos saltos un poco bruscos, como si faltara una transición más adecuada de eventos y maduración de personajes. Pero nada es especialmente grave, de hecho resulta bastante entretenida. Aunque si termina siendo un título de buena calidad es sobre todo por su acabado, primero por los imponentes actores, segundo por la arrebatadora puesta en escena.

El exotismo que ofrece la ambientación en la Europa menos conocida de la época lo aprovechan muy bien. El vestuario es excelente, las localizaciones muy acertadas, la fotografía maravillosa (Danny Cohen) y la música (Alexandre Desplat) delicada y hermosa. Cada plano es un cuadro: composición compleja y colores equilibrados cautivan e hipnotizan. Tom Hooper se acerca más a la calidad con que asombró al mundo en El discurso del rey que a la poco inspirada labor de Los miserables, conformando una película más sólida y atractiva de lo que su simplón guion parecía que podía ofrecer.

En cuanto a los Óscar, no voy a criticar que faltara esta brillante fotografía, porque la competencia en este campo el año pasado fue brutal: Mad Max, El renacido, Los odiosos ocho, Sicario y Carol. Pero sí me falta la nominación a banda sonora (probablemente la mejor del año tras El despertar de la fuerza), y sobre todo me sorprende su ausencia como mejor película, dado que es de la onda de la Academia y además bastante correcta, pero prefirieron tonterías como El marciano y Broolkyn o productos fallidos como El puente de los espías. O quizá me equivoco y no entra en los gustos de la academia, pues a lo mejor a pesar de los años que han pasado desde Brokeback Mountain todavía están muy viva la homofobia, transfobia y demás mierdas.

Brooklyn


Brooklyn, 2015, Reino Unido, Canadá, Irlanda.
Género: Drama.
Duración: 111 min.
Dirección: John Crowley.
Guion: Nick Hornby, Colm Tóibín (novela).
Actores: Saoirse Ronan, Emory Cohen, Eileen O’Higgins, Emily Bett Rickards, Julie Walters, Samantha Munro, Jim Broadbent, Emory Cohen, Domhnall Gleeson.
Música: Michael Brook.

Valoración:
Lo mejor: Saoirse Ronan. Cierta elegancia y naturalidad…
Lo peor: …aunque no impide que el resultado sea predecible y en ocasiones almidonado.

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Seguro que has visto esta película varias veces, con otros títulos y actores. Es la clásica historia de maduración a través de un viaje. Un joven algo más listo y despierto que los demás de su entorno decide dejar atrás lo conocido para explorar nuevos horizontes. Tendrá algunos desencuentros, sufrirá algunas penurias, pero irá adaptándose al mundo, aprendiendo de sus gentes y culturas, y volverá más sabio y con un poso que le permitirá enfrentar lo viejo con soluciones que en ese lugar estancado parecen nuevas. En algunos casos, como en este, el retorno puede ofrecer la disyuntiva de si quedarse o seguir donde tenía una nueva vida.

En esta categoría hay obras originales e inteligentes, como El indomable Will Hunting, las hay que combinan tragedia y aventuras, como El rey león (aunque en esta el viaje es obligado), otras se centran en un aspecto concreto, como La vida de Adèle con el despertar sexual, y alguna trata de aportar un estilo novedoso pero realmente no ofrece nada nuevo, como Boyhood (de ahí que su éxito me resulte incomprensible)… Pero por lo general la mayoría son melodramas sencillos (Tracks, El viaje de tu vida), y muchos no pasan de tener un guion de telefilme, es decir, poco imaginativo, anclado en clichés. Y aun así algunas de estas cintas triunfan porque explotan algunos elementos que gustan en los Óscar: la superación personal, el yo contra el mundo, el ambiente de época y, este sí suele ser merecido, los esfuerzos interpretativos. Por ejemplo recientemente tenemos An Education, amable y certera en la descripción de los personajes, pero poco sustanciosa en conjunto, y tuvo un puñado de nominaciones. O esta Broolkyn, que también optó a muchos premios a pesar de no aportar nada genuino.

No hay capítulo que sorprenda y cada personaje responde a un estereotipo del género. Además es demasiado luminosa. Todos los chicos son perfectos (románticos, serios…), la jefa es cariñosa, el cura un encanto, la madre muy permisiva, y realmente a la protagonista no le pasa nada grave más allá de la dolorosa lejanía con el hogar y los seres queridos. La única figura algo más oscura está para cumplir con otro tópico: la vieja repelente que será puesta en su sitio en la escena de rigor cuando la protagonista vuelva más fuerte. Por suerte no resulta pastelosa y manipuladora, es decir, no se exceden con el factor Óscar, resultando más natural y verosímil que bodrios infumables como Descifrando enigma, Whiplash, Dallas Buyers Club… La perspectiva sencilla pero cercana (lo vemos todo a través de una chica de pueblo) logra suficiente simpatía y dosis de humanidad como para provocar sentimientos sin forzar la cosa. No llega a deslumbrar, es algo predecible (la inmigración hacia américa de los irlandeses es bien conocida), y alguna vez cae en lo ñoño (la escena final en el barco es tan forzada, tan cliché, tan innecesaria), pero es emotiva en su justa medida, ofrece una correcta representación de la época, de los anhelos y fallos de los seres humanos, del crecimiento como personas.

Se nota una falta de ambición, o la imposibilidad de haber conseguido un buen presupuesto, en la inexistencia de grandes exteriores (el barco ni se ve desde fuera) y algún efecto cutre (el plano desde la barandilla al océano canta mucho), cumpliendo únicamente en el vestuario. Pero como la historia es intimista no se echa de menos la ampulosidad habitual de estas obras, y el director se esfuerza bastante, ofreciendo un aspecto visual de buen nivel. Además Saoirse Ronan llena la pantalla ella sola, tanto por su hermoso rostro con rasgos tan de la época como por la estupenda interpretación a través de la que muestra un amplio rango de sentimientos con sutileza y contención.

Macbeth


Macbeth, 2015, EE.UU., Francia, Reino Unido.
Género: Drama.
Duración: 113 min.
Dirección: Justin Kurzel.
Guion: Jacob Koskoff, Michael Lesslie, Todd Louiso. William Shakespeare (obra).
Actores: Michael Fassbender, Marion Cotillard, Paddy Considine, David Thewlis, Jack Reynor, Sean Harris.
Música: Jed Kurzel.

Valoración:
Lo mejor: Fotografía y música bellísimas.
Lo peor: El guion no expone personajes ni trama, la dirección es pretenciosa pero inerte.

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Vi los avances y me dije: no me la puedo perder, menuda belleza y fuerza transmiten las imágenes. Me puse con la película y ahí estaba esa fotografía de Adam Arkapaw (dado a conocer en la primera temporada de True Detective) tan elaborada que combina de forma fascinante el encuadre y la iluminación, pero también se le suma una banda sonora (Jed Kurzel, hermano del director) minimalista, tétrica, subyugante. El argumento no será original (difícil basándose en un texto tan antiguo), pero con ese arrebatador aspecto audiovisual prometía una cinta épica y hermosa de intrigas de la corte y batallas. Pero me aburrí soberanamente con un relato fallido e inerte en su interior. Si miro atrás, lo único que consigo deducir sobre lo que me han contado es gracias a que el relato me era conocido por la cultura popular aunque no haya leído directamente a Shakespeare. Y es que el guion y la dirección no atinan a formar un filme consistente y fluido, y como es obvio, en esas condiciones causar sopor es más probable que lograr emoción alguna.

Una película no son frases recitadas sin más, hay mucho, mucho más. El guion debe presentar y desarrollar un entorno, unos personajes y una historia concretos, y el director debe darle forma con todos los elementos técnicos y artísticos disponibles de manera que la narrativa cobre un sentido global. Aquí sólo tenemos fotografía y música. La escenificación, obcecada en la belleza visual exterior hasta tener unos cuantos momentos muy pretenciosos (cámaras lentas y composiciones rebuscadas), se olvida del contenido, así que el ritmo es negligente y la historia apenas cobra forma, mucho menos una atractiva. Los intérpretes, por mucho renombre y currículo que tengan, sólo recitan frases (la mayoría susurradas) con cara de intensidad, o sea, de tener problemas para ir al baño, pero a los protagonistas no se les reconocen sentimientos y motivaciones concretos, no se sabe por qué toman una decisión u otra, qué los aflige en cada momento. Ni siquiera al principio, cuando se atina a ver un argumento (y porque es presentado con texto en pantalla), se puede conocer a fondo qué planea cada individuo, qué espera de la situación y cómo se mueve por ella. Pero hay partes verdaderamente opacas. El tramo final ya ha perdido todo rastro de rumbo y sentido, sólo vemos a los actores con la eterna cara de compungidos que no se sabe de dónde sale. ¿Por qué Macbeth está en su habitación lamentándose? ¿Qué hay del reino y los contrincantes? ¿Adónde va la mujer y qué trama? Nada se entiende, nada produce un efecto y una respuesta clara en el devenir de acontecimientos y la evolución de los personajes.

La fascinación inicial se diluye rápido, y conforme avanza la proyección esta se va haciendo más y más larga y pesada. La belleza que alcanza ojos y oídos no llega a más sentidos.