El Criticón

Opinión de cine y música

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Un lugar tranquilo


A Quiet Place, 2018, EE.UU.
Género: Suspense, drama.
Duración: 90 min.
Dirección: John Krasinski.
Guion: Bryan Woods, Scott Beck, John Krasinski.
Actores: Emily Blunt, John Krasinski, Millicent Simmonds, Noah Jupe.
Música: Marco Beltrami.

Valoración:
Lo mejor: Va al grano sin rodeos. Premisa clásica pero con buenos momentos. Estupendo reparto.
Lo peor: Demasiado susto sonoro, traicionando a la premisa del silencio. Demasiados lugares comunes con el género y por tanto demasiado previsible. Demasiados pequeños agujeros de guion que rompen la conexión más de la cuenta. Demasiado sobrevalorada, mientras otras del género más redondas pasan injustamente desapercibidas.
El título: Muchísima mejor traducción sería Un hogar en silencio. Se lo han tomado demasiado literal.

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Alerta de spoilers: Comento algunos detalles del argumento. No creo que destripe nada, pero es mejor verla en blanco.–

Como suele pasar, la idea y el guion de Un lugar tranquilo dio bastantes vueltas por los estudios hasta que tomó la forma final. Propuestas iniciales eran más extremas (una versión era completamente muda, aquí hay bastantes diálogos), y otras absurdas, como la idea del típico productor imbécil, que quería formara parte de la pseudo serie Cloverfield. John Krasinski, quien se dio a conocer en The Office (2005) como un gran actor y empezó a hacer sus pinitos como director, tampoco era el primer candidato, ni quería hacer una de terror, pero entre que tenía tiempo libre antes de meterse en la serie Jack Ryan (que es una pérdida de su talento), vio que el guion trataba más sobre la familia, y su mujer Emily Blunt, que la protagoniza, lo presionó, la acabó dirigiendo e interpretando y teniendo tanto éxito que podrá hacer las secuelas como quiera, aunque inicialmente también andaba diciendo que no participaría.

La premisa es muy clásica pero muestra potencial. Entramos en el relato ganando rápidamente interés por la familia e inquietándonos por el ambiente de peligros constantes en que viven. Los problemas del día a día en un mundo postapocalíptico tocan cosas sencillas, pero lo hacen con un cariño que se contagia. El amor entre los miembros de la familia, los baches y remordimientos debidos a tragedias, la pena por la pérdida, el esfuerzo por superar la adversidad… Con poco consiguen atrapar lo suficiente para seguir sus aventuras.

Los actores jóvenes cumplen y los adultos están estupendos: Krasinski y Blunt componen un retrato hermoso y a la vez doloroso de lo que supone formar una familia en momentos adversos. Está bien dirigida, con buen uso de los puntos de vista de cada personaje, de forma que en todo momento sabemos qué sienten y sufren sin que tengan que hablar, y un sabio manejo de los silencios, las pausas tensas, las carreras desesperadas…

El problema es que guionistas y director se atascan en una idea que creen más novedosa de lo que es, y pronto empiezan a apoyarse en ideas y soluciones muy usadas en el género y a descuidar las formas. El concepto de unas criaturas que oyen todo y tienes que vivir en silencio va como anillo al dedo para crear una historia de terror distintiva en contenido y narrativa, y aunque parece apuntar a ello en su primer acto, en adelante en vez de explorar a fondo las opciones los autores acumulan escenas muy vistas y por tanto predecibles y pequeños agujeros de guion que terminan de echar por tierra sus posibilidades. La cinta se va diluyendo tanto en el drama como en el suspense hasta desembocar en un tramo final muy convencional, y sólo en algunas situaciones la dirección y los actores levantan el nivel.

La historia familiar no crece, se queda en lo básico sin avanzar hacia algo más trascendental y emocionante. En el subidón final de acción la falta de calado pesa mucho, las anécdotas que iban perfilando sus vidas parecen nimiedades ante la gravedad de la realidad, y el desequilibrio hace que te cuestiones cosas hasta el punto de que termina chirriando el desenlace de los dos arcos principales de los personajes.

Primero, es un suicidio de tener un bebé en esas condiciones, no resulta verosímil que estén tan felices por ello en vez de asustados. Esta parte se salva por las buenas escenas angustiosas, como el clavo, el parto, el sótano… pero también por los pelos, porque tienen demasiados agujeros de guion y no son nada originales. Segundo, comentaba en A ciegas (Susanne Bier, 2018) que este género sufre mucho el abuso de traumas artificiales para intentar que los personajes enganchen, en vez de contar con ellos algo que enganche, y este caso roza esa categoría. Como se centran en la supervivencia de la familia, los detalles del día a día eran enriquecedores, pero al no aportar en la parte final algo más pierde mucha fuerza. Sabemos de sobras que el padre se desvive en todo momento por su hija, que la quiere muchísimo aunque haya cierto distanciamiento desde la tragedia. En otras condiciones (antes del clímax, en un epílogo donde hayan superado la crisis externa) no hubiera molestado que cerraran ese conflicto personal, pero basar toda la pelea final con las criaturas en ello no funciona, el contraste entre la relevancia de una situación y la de la otra es muy grande y resulta forzadísimo. La cutre y tonta reconciliación, con giros absurdos (para qué sueltas el hacha, idiota), hunde el interés por los suelos, y ya había perdido bastante.

También pesa que se va descuidando cada vez más la coherencia, y eso que de primeras ya había cosas forzadas. Por qué la niña va siempre con el aparato si este no funciona… es decir, lo presentas de forma evidente como “el arma de Chéjov”, así que en las primeras escenas ya me has contado el final. Y sorprendido leo que hay espectadores no sólo sorprendidos, sino que no lo han entendido bien. Tienen electricidad, aunque no he visto placas solares, y se montan un buen sistema de vigilancia por cámaras, pero no se les ocurre poner altavoces para espantar a los bichos con interruptores colocados en lugares estratégicos. Es más, porqué no ponen lejos trampas con sonido, algo tan simple como una jaula que se cierre al entrar la criatura. Se ven otras hogueras de otros supervivientes: ¿por qué no se ayudan? Qué hace un clavo enorme clavado de abajo arriba en la parte del escalón que tienen pintada para pisar porque es supuestamente seguro y no hace ruido. En el silo de maíz te hundes unas veces sí y otras no. Y en ocasiones no son ni agujeros de guion, sino burdas trampas para dar forma a la escena como quieren. El bebé está encerrado en un baúl insonorizado y con una máscara con oxígeno para que no llore… pero aparece abierto y sin máscara, para ponerlo en peligro ante una criatura que ha entrado no se sabe cómo en el sótano que también está cerrado y aislado.

En la dirección también flojea la cosa después de sentar unas bases tan llamativas. Sea porque Krasinski patina o porque el estudio lo obliga, se empeñan en convertir el suspense con sobresaltos en terror de acojonarse, pero lo hacen abusando de sustos sonoros por todas partes, y vaya cagada inclinarse por esa fórmula en una película que empieza apuntando a todo lo contrario. Que aparece un anciano sospechoso de fondo, buuum golpe sonoro a todo volumen; que el papá agarra al niño en el último momento, buum; que pasa una criatura lejos y los personajes aguantan la respiración para no hacer ruido, buuum, atronador golpe sonoro… Y así todo el rato. Acaba siendo molesto, porque los respingos que puedas dar por sorpresas y temores crecientes se rompen, cambiados por la molestia del subidón incómodo. La pena es que la banda sonora de Marco Beltrami es bastante buena, pero la sobreutilizan sin mesura. En ocasiones también la construcción de la escena es demasiado evidente; por ejemplo, enfocar al cristal del coche ya me revela que la criatura golpeará por ahí. Al final, tanta publicidad y entusiasmo por su estilo, y hay otra reciente que maneja bastante mejor los silencios y las pausas tensas: No respires (Fede Álvarez, 2016). Es más, ¿tengo que recordarle al mundo la existencia del episodio Hush de la cuarta temporada de Buffy, la Cazavampiros (Joss Whedon, 1997), con casi veinte años a cuestas ya?

Y siguiendo con las comparativas, el guion es tan poco original que ni con Krasinski dando lo mejor de sí se salvan escenas cogidas directamente de clásicos del género, es decir, es una cinta que se ve venir en cuanto presenta la trama, que te intuyes cada escena en cuanto se pone en marcha.

Lo alucinante y triste es que la gente se ha vuelto loca, como si estuviera ante algo único y novedoso, cuando no es así. No voy a recriminarle que se pueda pensar en Alien (Ridley Scott, 1979) y La noche de los muertos vivientes (George A. Romero, 1968), porque es inevitable, ya que son el nacimiento de muchos subgéneros que impliquen enfrentarse a monstruos en lugares aislados, sino que tome tanto del cine y la literatura del género, sobre todo clásicos de los años cincuenta y alrededores. Vienen pronto a la mente demasiadas semejanzas con Soy leyenda (Richard Matheson, 1954) y sus adaptaciones (El último hombre… vivoBoris Sagal, 1971-, Soy leyendaFrancis Lawrence, 2007-), hay mucho también de La guerra de los mundos (Herbert George Wells, 1898), al menos de sus versiones en pantalla grande (Byron Haskin, 1953, Steven Spielberg, 2005). Pero no hay que irse tan lejos. La memoria de la masa de espectadores es muy, muy corta, porque también toma con descaro de clásicos modernos. La escena del coche está sacada de Parque Jurásico (Steven Spielberg, 1953), y la del maizal y el sótano de Señales (M. Night Shyamalan, 2002).

Esta última me lleva decir que se puede realizar una escena, o incluso una película entera, como homenaje a otras, y ser respetuoso a la vez que aportas tu propia historia y estilo. En Señales, Shymalan lo hizo de maravilla, pero aunque tuvo muy buena taquilla por el efecto arrastre de El sexto sentido (1999) la gente no la entendió e incluso se metió con su final, considerado estúpido (luego se aceptan sin problemas tonterías de fantasmas con cosas pendientes y asesinos en serie que parecen inmortales). En cambio, Un lugar tranquilo copia aportando poco y con torpeza de su cosecha, destacando el final, y arrasa y se aprecia como si hubiera inventado algo nuevo.

Y por seguir con las injusticias, hay películas mejores a las que les cuesta no ya alcanzar su abrumador éxito de taquilla (400 millones de dólares mundiales contra 17 de presupuesto), sino una recepción tan entusiasta. Otras de Shymalan como El bosque (2004) y La visita (2015) (El incidente -2008- también se parece, pero fue muy floja), Hereditary (Ari Aster, 2018), The Descent (Neil Marshall, 2005), La carretera (John Hillcoat, 2009)… Y la comparación más obvia, por fecha y semejanzas, A ciegas, que ofrece una historia más sólida e impredecible pero no ha tenido tan buenas críticas.

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A ciegas (Bird Box)


Bird Box, 2018, EE.UU.
Género: Suspense, drama.
Duración: 124 min.
Dirección: Susanne Bier.
Guion: Eric Heisserer, Josh Malerman (novela).
Actores: Sandra Bullock, Trevante Rhodes, John Malkovich, Sarah Paulson, Jacki Weaver, Rosa Salazar, Danielle MacDonald, Tom Hollander, Lil Rel Howey, BD Wong.
Música: Trent Reznor, Atticus Ross.

Valoración:
Lo mejor: Es capaz de cumplir de sobras en un género y estilo muy gastados. La solidez de sus personajes. Clásica pero efectiva puesta en escena.
Lo peor: La narración fragmentada me parece contraproducente. Quizá falta algo en la parte de supervivencia en el exterior.
El título: La traducción fiel es Pajarera. A ciegas pega, pero si los autores querían el otro, más original y sutil, por qué lo cambias.

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Cuántas películas de suspense o terror hemos visto con personajes planos y aburridos a los que les colocan de mala manera un drama impostado para intentar que conectemos con ellos. Que si un divorcio en ciernes, una pelea entre familiares o amigos, y al final vuelven a unirse; que si un trauma reciente (el abuso de hijos muertos es penoso) a superar con un par de escenas llenas de clichés al final; etc. Cuántas hemos soportado con tramas encasilladas en los mismos escenarios, desarrollo y soluciones. Espacios aislados, locos asesinos o monstruos acosando, los secundarios estereotipados muriendo de forma previsibles, y giros finales rebuscados para intentar sorprender. A ciegas tiene un poco de todo eso… pero todo con la vuelca de tuerca y la inteligencia justas para que te olvides en seguida de los lugares comunes y acabes embaucado por el misterio y sintiendo empatía por los personajes.

La presentación nos pone ante dos hermanas con una vida normal y unos conflictos verosímiles. Puede que la obsesión de la protagonista principal con el embarazo no parezca especialmente trascendental, pero en nada que empieza la acción pasa a formar parte de su adaptación y evolución, para en el tramo final ir cobrando importancia con escenas muy efectivas, algunas sutiles, otras muy bien conectadas con los nuevos eventos que enfrenta. Así, el arco dramático resulta muy interesante, crucial para el personaje y emocionante para el espectador. Los niños llamado Niño y Niña por temor a coger demasiado apego, las dudas sobre cuál debe correr un riesgo enorme para que puedan salvarse otros y otros instantes resultan bastante duros e inquietantes.

La llegada del fin del mundo pone todo patas arriba con buenas dosis de intriga y una pizca de acción agobiante. No se ve mucho, sólo que todo se ha ido al infierno por la presencia de criaturas misteriosas, lo que fuerza a unos pocos desconocidos a sobrevivir improvisadamente encerrados en una casa. Como en las buenas obras de géneros afines, lo importante es el cómo se enfrenta la humanidad a situaciones extremas, no el dinero que se hayan gastado en la recreación del bicho de turno ni los sustos forzados. Hay momentos que beben de La noche de los muertos vivientes (George A. Romero, 1968) y El amanecer de los muertos (ídem, 1978), otros de La niebla (Frank Darabont, 2007) y otras tantas parecidas, pero sus autores se centran en lo mismo que hizo destacar a esas obras: construir personajes con suficiente profundidad como para que cuando se tuercen las cosas, y lo hacen a menudo, no parezcan carnaza que irá muriendo en fila sin que te importen un bledo sus destinos.

Para el tercer acto tenemos un cambio de lugar inesperado, es decir, salimos de la casa y enfrentamos lo desconocido. Mantiene la incertidumbre por cómo sobrevivirán los pocos que quedan, y el giro final es también ingenioso y efectivo, al contrario de las chapuzas que suelen verse. Pero aquí termina de hacerse notar el único fallo notable de la película, una narración no lineal que juega en contra de las posibilidades latentes. A lo largo del relato nos han ido soltando pequeñas escenas a modo de adelanto, sin duda con la intención de hilar paralelismos que enfaticen la evolución de la protagonista, pero no parece necesario, ya estaba yendo bien la cosa en ese sentido, y a cambio se resiente el factor intriga. Estoy convencido de que enfrentar cada nueva dificultad y huida por los pelos sin saber qué viene hubiera resultado más emocionante. E incluso ya puestos, podrían haber ofrecido un par de aventuras más antes de entrar en el río, para enriquecer la parte de supervivencia.

En lo visual en cambio evitan por completo artificios demasiado habituales en el género y que también suelen fallar: las puestas en escena rebuscadas para intentar sorprender y disimular las carencias del guion, como en Cloverfield, (Matt Reeves, 2008), 28 días después (Danny Boyle, 2002) y muchas más. La directora Susanne Bier (dada a conocer con la aclamada El infiltrado, 2016) apuesta por un acabado formal muy clásico y sobrio, y funciona muy bien, salvo por un par de planos en el río donde cantan las pantallas de fondo y por la ausencia de una banda sonora de calidad que realzara mejor cada situación. El reparto también está bastante bien, destacando a Sandra Bullock, que muestra con intensidad la constante desesperación y el agobio que viven, y los siempre competentes John Malkovich y Tom Hollander; sólo Trevante Rhodes queda un poco por debajo del resto.

A ciegas no llega a resultar tan impactante y original como para marcar un hito en el género, pero no hace falta más para tener un buen entretenimiento, como ha demostrado también otro estreno del mismo año bastante parecido en concepto, Un lugar tranquilo (John Krasinski). Según los pocos datos que da Netflix, ha sido su película más exitosa hasta la fecha.

Alerta de spoilers: Destripo el final a fondo, no leas más si piensas verla.–

La ubicación de la salvación final da la impresión de estar en medio bosque inaccesible. Para que no parezca exagerado bastaba con señalar que hay una ciudad cerca y debido al caos era mejor ir por el río. Lo que no trago es que aparezca la doctora de maternidad ahí tan campante; no hacía falta para remarcar el desenlace feliz. Me alegro de que no enseñen al monstruo. No era necesario, el temor a que hay algo es suficiente. Además, si la idea es que te salvas no mirando, no tiene sentido que lo veamos a no sea que la protagonista lo hiciera.

Ártico


Arctic, 2018, EE.UU., Islandia.
Género: Aventuras.
Duración: 98 min.
Dirección: Joe Penna.
Guion: Joe Penna, Ryan Morrison.
Actores: Mads Mikkelsen, Maria Thelma Smáradóttir.
Música: Joseph Trapanese.

Valoración:
Lo mejor: Una de aventuras clásica, sencilla pero efectiva. El carisma de Mad Mikkelsen.
Lo peor: De clásica resulta demasiado predecible, y el final un tanto manipulador.

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El danés Mad Mikkelsen es uno de esos actores por los que me lanzo a ver casi cualquier cosa que haga. Ya lo conocía de antes, pero en la serie Hannibal (Bryan Fuller, 2013) se convirtió en uno de mis favoritos. Y sin encima me ofrecen una de aventuras con sabor a clásico, más tienen mi atención.

El director y guionista brasileño Joe Penna empezó en Youtube con un canal de humor y música, pasó a hacer algunos anuncios, luego cortos y series, y finalmente ha saltado al cine con esta Ártico. Es una coproducción entre EE.UU. e Islandia, y se estrenó en Cannes en 2018, avanzando lentamente por el resto del mundo. En España tiene previsto estrenarse el 31 de mayo, pero dudo que lo haga en muchas salas.

Un piloto estrellado con su avioneta en el ártico intenta sobrevivir en la hostil naturaleza mientras espera el rescate. El rodaje duró 19 días, pero son suficientes para que Mikkelsen se refiera a él como el más duro de su carrera. Desde luego, lo da todo en la representación de un aventurero (pronto descubrimos que no es la primera vez que enfrenta una odisea semejante) que no pierde el valor ni las ganas de vivir le caiga lo que le caiga encima. Poco diálogo, hermosos e inhóspitos paisajes, lucha constante en distintos escenarios, un par de giros inesperados que ponen las cosas más difíciles… La cinta mantiene buen ritmo y la expectación bastante alta en su primera mitad.

La pena es que no es capaz de ir creciendo, e incluso se diluye en el tramo final. Para empezar, me hubiera gustado que la chica con la que carga interactuara con él al menos un tiempo, en vez de estar inconsciente todo el tiempo. Habría dado más juego a la parte central y reforzado la conexión con el espectador en las penurias de la pareja, porque una vez inmerso en el viaje en busca de salvación ya no hay novedades. Conocidos el personaje y sus habilidades y pasados los primeros retos, Penna no es capaz de mantener la tensión, cada nuevo problema llega sin aportar algo más que subir el listón de las dificultades gradual y previsiblemente.

El desenlace no podía sorprender, pero lo hace para mal. Sabiendo que no había mucho margen debería haber ido al grano, pero en vez de eso el realizador intenta forzar el drama con sensacionalismo barato, amagando con si hay rescate o no de forma burda.

Con todo, resulta bastante entretenida si te gusta el género.

Infiltrado en el KKKlan


BlacKkKlansman, 2018, EE.UU.
Género: Comedia.
Duración: 135 min.
Dirección: Spike Lee.
Guion: Charlie Wachtel, David Rabinowitz, Kevin Willmott, Spike Lee. Ron Stallworth (libro).
Actores: John David Washington, Adam Driver, Laura Harrier, Topher Grace, Robert John Burke, Frederick Weller, Jasper Pääkkönen, Ashlie Atkinson.
Música: Terence Blanchard.

Valoración:
Lo mejor: Notable reparto y unos personajes simpáticos.
Lo peor: No hace gracia, es lenta y aburrida. Desprovecha un gran potencial.

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Infiltrado en el KKKlan es un quiero y no puedo que termina casi desesperando de aburrimiento. Sólo con la premisa me llamaba la atención, y por los avances y las buenas críticas esperaba una comedia ingeniosa, irreverente, alocada… Pero en el visionado las expectativas se hunden rápido y no remontan a pesar del potencial latente.

Aunque sin ofrecer una perspectiva original y ácida como prometía, consigue una correcta representación del tema: las asociaciones de blancos racistas, lideradas por empresarios y politicos con poder y contactos que les permiten obrar con manga ancha, los seguidores paletos que engañan con cuatro lemas tontos, la lucha negra, con los Panteras Negras, los líderes intelectuales, la gente de a pie sufriendo el racismo…

Entre medio, los guionistas enquistan de mala manera una propuesta llamativa pero que nunca llega a nada: un detective negro dirige una fuerza especial para investigar la organización criminal Ku Klux Klan. La ironía y el absurdo de la situación no da mucho de sí. El ingenio brilla por su ausencia en un sentido del humor pobre, adormecido, de forma que las escenas y diálogos se alargan y pierden en obviedades en vez de ser tronchantes. El lío que se va gestando no llega a dar la comedia de enredo esperable, sino que es previsible y se desarrolla con demasiada parsimonia. Y el director Spike Lee no es capaz de otorgar el ritmo enérgio y la mala baba que exige el relato, yéndose de madre con la longitud. Se basan en un libro que narra los hechos reales, pero o no es gran cosa o se han quedado muy cortos en la adaptación.

La cinta se puede salvar por los pelos porque un estupendo reparto da vida a los personajes con mucha verosimilitud y la evolución de sus relaciones tiene algo de garra. El negro que quiere ser policía en un pueblo pequeño y enfrenta mil trabas pero no se rinde cae bien desde sus primeros choques con los superiores. Con los pocos blancos decentes que hay a su alrededor forma una pandilla encantadora. El romance con la activista no está mal. Y los miembros del KKK representan bien los dos niveles, los “rednecks” y los ricos con aires de grandeza.

Pero no es suficiente para lograr un conjunto que entretenga y deje algún poso que te haga reflexionar, algo que sin duda es lo que el director pretendía. Al final, incluso parece como si creyera que no ha sido capaz de exponer bien la inmundicia del racismo y lo enquistado que está todavía en la sociedad estadounidense, porque mete con calzador un torpe y demagógico epílogo en plan documental sobre crímenes actuales. Ni la forma ni el tono son adecuados. Si pretendías hacer reflexionar a través de la risa, no termines convirtiendo la película en un burdo panfleto político, y menos con escenas tan violentas.

Lo único que me hizo reír y me descolocó fue algo ajeno a la película, el chiste sobre The Wire (David Simon, 2002) que cuelan sin venir a cuento: Isiah Whitlock, que interpretó en la serie al corrupto senador que estaba siempre con la coletilla “Shiiiiiiit” (“Mieeeerda”), la suelta, y otro personaje lo interrumpe como diciendo que eso no es de aquí.

PD: Esta tontería se llevó el Óscar a mejor guion adaptado, y nominaciones en estos y los Globo de Oro a mejor película y director… Pero mejor no intento analizarlo, porque cada vez tienen menos sentido y su decadencia es mayor.

El vicio del poder


Vice, 2018, EE.UU.
Género: Drama, comedia, histórico.
Duración: 132 min.
Dirección: Adam McKay.
Guion: Adam McKay.
Actores: Christian Bale, Amy Adams, Steve Carell, Sam Rockwell, Alison Pill, Eddie Marsan, Jesse Plemons.
Música: Nicholas Britell.

Valoración:
Lo mejor: Hay que agradecer tanto el tocar un tema que pocos se atreven como el ofrecernos una buena visión global y crítica de hechos muy complejos.
Lo peor: Irregular, sin garra. El personaje principal es superficial y no engancha.

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Al guionista y director Adam McKay le salió una jugada bastante buena con La gran apuesta (2015), que tuvo bastante éxito y acaparó bastante nominaciones y premios. No fue una cinta redonda pero sí bastante valiente, por tocar un tema muy complicado, la crisis económica mundial de 2008, y, lo más importante para triunfar, muy entretenida, sobre todo gracias a un reparto estupendo.

El vicio del poder aborda otra historia de gran envergadura con la misma fórmula, buscando un ritmo ágil a través de numerosos recursos narrativos: voz en off, flashbacks, recesos explicativos cómicos, anécdotas que pulen detalles, mezcla de escenas variadas que construyen una idea en conjunto… Es descarado intenta exprimir los réditos de La gran apuesta, pero si en aquella no terminaba de deslumbrar, en esta se queda aún más corto. Aun así, el realizador ya estaba en la órbita de los Óscar y los Globos de Oro, y ya se sabe que si caes bien en este gremio vas a estar mimado unos cuantos años más aunque hagas basuras, y se llevó incluso más nominaciones que su anterior trabajo. Pero en general la crítica y el público la recibieron con tibieza.

El empeño en repetir lo que fue útil en otro caso impide que la historia respire con vida propia, y queda una cinta bastante desequilibrada que desaprovecha un gran potencial. El individuo que explica cosas, sea interrumpiendo con una aparición o mediante voz en off, funcionó en La gran apuesta porque era un protagonista, sabíamos qué pintaba en el relato. Aquí es completamente ajeno a él, a pesar del intento de sorpresa final de relacionarlo con la historia, que encima es demagogia barata. El humor no tiene tanto ingenio, a veces entorpece más que ayuda, sobre todo en los momentos surrealistas, de romper la cuarta pared: llegan de sopetón y no terminan de encajar. El ritmo no es tan enérgico, y aunque la perspectiva global se sigue bien y hay partes impactantes, hay muchos tramos de poca trascendencia e interés por la dispersión y la poca garra de una narrativa más caótica que inteligente. ¿Es una biografía seria, una comedia alocada, un documental?

Y, lo más importante, no hay personajes que te enganchen e inviten a seguir con interés lo narrado. A pesar de estar centrado en una sola figura, al contrario del reparto coral de La gran apuesta, no consigue un rol central complejo, humano, con el que conectar. El político ultraconservador Dick Cheney, que llegó a ser el videpresidente más poderoso de la historia de EE.UU., copa el foco del relato… pero nunca sabemos qué lo mueve. McKay da unos cuantos brochazos sobre su vida que no son suficientes para hacerse una idea de su mentalidad, esperanzas y ambiciones. Parece que intenta mantener cierta distancia para no abandonar la neutralidad, algo que no lo entiendo muy bien, pues es una cinta muy crítica. Si esa era su idea, debería haber optado por tener otro punto de vista (como un periodista o un político reconstruyendo su trayectoria), o por inclinarse totalmente por el documental. Si el protagonista es este, debemos empatizar, seguir su vida con pasión o, lo que iría mejor en este caso, con resquemor e incluso odio, en vez de que nos resulte un ente vacío y a ratos cargante. A veces parece un inútil empujado por una esposa que quiere un marido con un buen trabajo (la escena de la riña me dio vergüenza ajena), otras un hábil jugador político, otras que le cae todo encima y sobrevive improvisando… Pero nunca llegamos a saber si lo que busca es ascender en el curro, o poder por sentirse superior, o transformar el mundo a su visión fascista. Ni en los momentos clave, como los problemas con la hija, quedan claras sus posturas.

Los secundarios tampoco aportan gran cosa, siendo recordables sólo por las buenas imitaciones de Steve Carell, Sam Rockwell y Amy Adams de sus respectivas figuras reales, Donald Rumsfeld, George Bush y Lynne Cheney. Christian Bale como Cheney también se mimetiza de forma impresionante, pero la verdad, tiene menos valor una imitación que construir un personaje original.

Con todo, McKay obtiene un híbrido entre documental y película instructivo, que te hace pensar y probablemente informarte mejor sobre los temas tratados, y aunque no sea un visionado muy emocionante, sí entretiene y tiene tramos que consiguen sacudirte un poco. La historia política reciente de EEUU queda bien resumida, viéndose con facilidad el panorama global de décadas de cambios y sus consecuencias. El domino de los conservadores sobre los medios de información, su habilidad para deformar la opinión pública y manejar la maraña de leyes sobre política para imponer su visión ultraconservadora, antisocial, belicista… llega a ser escalofriante. Por desgracia, este es un tipo de cine que ni con éxito llega a la gran masa de espectadores como para provocar algún cambio digno de mención, y en este caso desde luego no ha dejado huella alguna.

Aquaman


Aquaman, 2018, EE.UU.
Género: Superhéroes.
Duración: 143 min.
Dirección: James Wan.
Guion: David Leslie Johnson-McGoldrick, Will Beall, James Wan, Geoff Johns.
Actores: Jason Momoa, Amber Heard, Willem Dafoe, Patrick Wilson, Nicole Kidman, Dolph Lundgren, Temuera Morrison, Yahya Abdul-Mateen.
Música: Rubert Gregson-Williams.

Valoración:
Lo mejor: Algunas mejoras respecto al resto de la serie: estilo y escritura, efectos especiales y, sobre todo, dirección. Un reparto bien elegido. Vestuario impresionante.
Lo peor: Con todo, es un poco tontorrona y demasiado previsible, y los efectos especiales tienen todavía momentos muy cantosos. La banda sonora es horrible, y la selección de canciones peor.
Mejores momentos: Las peleas en el submarino y en el pueblo italiano.

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La gestión de la saga DC o La liga de la justicia, como prefiráis, ha sido caótica, por no decir desastrosa. La idea de una serie de películas que combinara diversos personajes de DC Comics estuvo dando vueltas en el estudio Warner Bros. desde finales de los noventa, pero nunca terminaba de ponerse en marcha. Hay muchas historias que contar ahí (Superman escrito por Kevin Smith y dirigido por Tim Burton con Nicolas Cage de protagonista, Batman vs Superman dirigido por Wolfgang Petersen y escrito por Akiva Goldsman, La liga de la justicia dirigida por George Miller…), pero no lograban sacar la serie adelante, y menos con el fracaso de cintas que se lanzaron a hacer con prisas y sin tener ideas claras, ya por desesperación de estrenar algo, como Superman Returns de Bryan Singer (2006) y Linterna Verde de Martin Campbell (2011). Pero el éxito del Batman de Christopher Nolan (2006), que se gestó aparte de este concepto de héroes unidos o universo cinematográfico, dio el empujón final.

Los directivos del proyecto, Geoff Johns y Jon Berg, idearon un plan de al menos diez películas, pero han ido dando traspiés uno detrás de otro. Tras la tibia recepción de El hombre de acero de Zack Snyder en 2013 y viendo que Marvel les comía terreno, echaron un órdago de forma improvisada y apresurada, saltando a la unión de varios personajes con Batman vs. Superman: El amanecer de la justicia sin haber tenido las películas de presentación de Batman y otros secundarios y manteniendo al frente creativo a Snyder a pesar de que todos los problemas de la cinta inicial eran debidos a su estilo fallido y su nula visión cinematográfica. Pero seguían sin tener claro lo que hacer, pues dicha producción, iniciada a finales de 2013, se alargó con constantes cambios, retrasándose el estreno hasta marzo de 2016. Para rematar las malas decisiones, enlazaron ese proyecto con la siguiente fase, Escuadrón suicida y Wonder Woman, sin esperar a ver el resultado artístico y comercial. Pero tras el fracaso sonado de Escuadrón suicida (David Ayer, agosto de 2016), a Wonder Woman (Patty Jenkins, junio de 2017) le metieron cambios a contrarreloj (incluso tuvieron que eliminar digitalmente el embarazo de la actriz) para intentar alejarse del tono Snyder. Y este a la vez estaba ya inmerso en la siguiente unión de los héroes, La liga de la justicia. El estreno de Wonder Woman empezó a mostrar tibias mejoras en calidad y recepción del público y por fin tomaron nota de que lo que fallaba era la obstusa visión del incompetente de Snyder y la de esos productores que le habían permitido tener demasiado control creativo y continuar pese a los fiascos nada menos que durante tres películas. Pero la cosa estaba clara ya, y prescindieron de él en pleno rodaje. Demasiado tarde, porque por mucho que contrataran al gran Joss Whedon (Los Vengadores 1 y 2), poco pudo hacer para arreglar el desaguisado. Tras el estreno en noviembre de 2017, los directivos también fueron despedidos, tomando las riendas Walter Hamada. Para la siguiente entrega de un héroe en solitario, Aquaman, desde el principio han buscado a un realizador con experiencia demostrada y han tratado de cuidar más el guion. Y falta mencionar el dinero, la cantidad de billetes que tiraron en esos caóticos rodajes: Aquaman habrá costado cien o incluso doscientos millones menos que Batman vs. Superman y La liga de la justicia y luce infinitamente mejor.

La mejoría se nota, pero también está claro que todavía falta mucho que recorrer. Eso sí, no creo que podamos decir que el inicio de la remontada (esperemos que sea eso y no sólo un caso aislado) llegue tarde. El público es poco exigente, y si fue en masa a las anteriores a pesar de echar pestes sobre ellas, esta, con un boca a boca decente, ha hecho caja a lo grande, superando los mil millones de dólares de recaudación mundial. Si es que no hace falta mucho para funcionar con una temática de moda, sólo que sea entretenida.

James Wan inició su carrera en el terror serie b con Saw (2004). A pesar de su nula calidad tuvo un éxito abrumador y le permitió optar a proyectos más ambiciosos con mayor libertad, donde fue cogiendo experiencia hasta llegar a The Conjuring (2013), esta sí, una de terror tradicional pero muy sólida que se puede considerar un referente moderno del género. Por si fuera poco, demostró también su valía en el cine de acción con Fast & Furious 7 (2015), que terminó de asentar una saga que iba madurando con el tiempo. Teniendo ya una fama que le permitiría hacer lo que quisiera, es extraño que elija franquicias, pero mejor para nosotros: su llegada a DC prometía traer un soplo de aire fresco.

El visionado confirma una narrativa muy superior a la de Zack Snyder y la de David Ayer (el de Escuadrón suicida, un director y escritor regulero con más fama de la que merece: nadie se acuerda ya de Día de entrenamiento, Corazones de acero y Sin tregua a pesar de que las pusieron por las nubes, y en cambio su único trabajo original y de calidad, Sabotaje, pasó sin pena ni gloria). Y también muestra más personalidad y valentía que la labor de Patty Jenkins en Wonder Woman, bastante profesional pero sin garra alguna. La imagen tiene color y vida, no está tratada de forma artificial para… no sé cuáles eran las intenciones de Snyder, nadie lo sabe, pero todo quedaba oscuro, falso y feo. La historia posee ritmo y coherencia, no es una sucesión de postales rebuscadas sin visión global del desarrollo argumental y emocional. Cabe destacar sobre todo su habilidad para unir distintas secuencias con movimientos de cámara y fundidos, de forma que agiliza las numerosas transiciones entre escenarios y flashbacks; por el contrario, Snyder es de apelotonar todo sin ton ni son, incluso dejando huecos enormes. Wan también se atreve a mantener los intentos de darle un toque distintivo a las escenas de acción con cámaras lentas y trávellings circulares complicados, pero los resuelve con un dominio de la cámara y un montaje soberbios al lado de la tosquedad de Snyder y los fallos puntuales de Jenkins, que iba bien hasta que se atascaba en estos enredos.

Desde las peleas en el submarino, un escenario interior muy limitado, Aquaman impresiona como debería hacerlo cualquier título decente de acción o superhéroes. Y con la ayuda de un vestuario muy elaborado y unos efectos especiales de buen nivel, el acabado es digno de ver en cine (o en IMAX, pues rodaron casi toda la película en ese formato). Eso sí, hay que matizar que en cuestión de efectos especiales todavía está muy por debajo del nivelón de las sagas de referencia, Los Vengadores y Transformers, con algunos momentos donde la integración de fondos y actores canta bastante; pero ya no hablamos de un aspecto de cine cutre como en el resto de la serie. Lo único que falla realmente es la banda sonora original de Rupert Gregson-Williams, muy limitada y un tanto ruidosa, y la selección de canciones, tan malograda que parecen haber elegido temas comerciales rematadamente malos para hacer alguna clase de chiste.

El guion, escrito a varias manos, incluyendo al propio Wan, pretende dejar de lado la fallida pretenciosidad en la que Snyder había enquistado la serie, derivando hacia un tono más aventurero y relajado, y trabajar mejor la trayectoria de los protagonistas, que antes no sabías qué motivaba a Superman y Batman, no digamos ya a los secundarios. En cierta manera lo consigue, pero estábamos atascados en un nivel tan bajo que ahora aplaudimos un guion de aprobado por los pelos. No tiene nada que ofrecer a un género muy gastado, y más cuando la propia premisa bebe tanto de clásicos de la cultura: mitos griegos, trama “shakesperiana”, nacimiento del héroe y aceptación de su destino… Así, una vez presentado el argumento se ve venir toda la película, y los escritores no ofrecen ningún momento de inspiración que aporte alguna novedad. De hecho, hay partes (como ese prólogo que repite la misma frase una y otra vez, incapaz de ir al grano) que piden a gritos una última reescritura que otorgue algo más de originalidad y solidez. Donde aciertan es a la hora dotar a la aventura de simpatía además de claridad, y a los personajes de carisma además de unas motivaciones concretas, lo que basta para ofrecer un entretenimiento digno.

Aquaman es el típico individuo con capacidades superiores a la media pero que rechaza la difícil responsabilidad que los demás intentan ponerle encima; Mera es la mujer madura y decidida que trata de ponerlo en camino (aquí no se les acusa de feminismo forzado, eso solo pasa en la competencia); Orm el rey ambicioso; Nereus el político prudente que se deja llevar por la corriente; y así con todos. Pero de todos sacan bastante entre guionistas y un reparto muy bien elegido, de forma que Aquaman (Jason Momoa) tiene una personalidad magnética, Mera (Amber Heard) es más encantadora que rígida, y juntos tienen gran química (más que la pareja protagonista de Wonder Woman, Diana y Steve Trevor). Orm (Patrick Wilson) funciona aceptablemente bien como villano, y Nereus (Willem Dafoe) y otros secundarios aportan su granito de arena a unas relaciones y confrontaciones facilonas pero lo justo de emocionantes.

La odisea que induce la maduración del héroe y la intriga de la corte se desgranan con un ritmo enérgico, más teniendo en cuenta que hay mucho que explicar y que una vez las cartas están sobre la mesa todo resulta predecible. Se acumulan escenarios vistosos sin grandes baches de ritmo e interés, los protagonistas aprenden unos de otros o de sí mismos en un sinfín de aventuras muy moviditas. Hay partes espectaculares, como la citada secuencia del submarino, la pelea por los tejados y calles de la ciudad italiana, los planos de la Atlántida y sus gentes…

Pero imperfecciones todavía quedan muchas, aparte de su falta de novedades y calado. Tenemos algunos diálogos épicos forzados, algún chiste más tonto de la cuenta, un par de tramos de transición mejorables (por ejemplo, la escena de la fuente de Italia es un tanto cursi y a la revelación posterior le falta trascendencia), y algún instante de vergüenza ajena (el tipo que se va andando cuando Aquaman levanta la tonelada de piedras que aplastan sus piernas). Pero más grave son dos factores clave. Primero, el villano secundario, Manta Negra, no convence y parece ajeno al resto de la trama, añadiendo demasiado metraje extra innecesario, y el diseño de su traje parece más propio de una producción japonesa de baratillo. Segundo, en el acto final (desde la llegada a la Fosa) optan demasiado por los fuegos artificiales, de forma que parece que estás viendo una batallita de un videojuego en vez de una historia que pueda conmoverte. Deberían haber potenciado el conflicto político y personal entre las escenas de acción, y con situaciones más originales, pero la batalla global y el enfrentamiento entre los protagonistas van por separado, alargando un desenlace muy facilón con muchos más minutos de la cuenta.

Una película como esta (obviamente si es superior, mejor todavía) tenía que haber sido el comienzo de la serie, y a partir de ahí ir madurando y creciendo en complejidad hasta que estuviera lista para saltar a la unión de todos los personajes en una entrega más grande. Como reza el dicho, no se puede empezar la casa por el tejado. Quizá deberían hacer borrón y cuenta nueva, es decir, continuar la saga como si no existieran las tres grupales que llevamos (Batman vs. Superman, La liga de la justicia y Escuadrón suicida) y trabajarse mejor las venideras cintas en solitario (Cyborg, Flash y la segunda de Wonder Woman y Joker están en proceso, queda por ver qué pasa con la de Batman y la secuela de El hombre de acero, y si se atreven con otros). Y si estas dan buenos resultados podrían plantearse entonces hacer una unión de los héroes como es debido, con la experiencia adquirida, la mayor profundidad de los protagonistas y su universo. Inesperadamente, todo apunta a que van a probar esta idea con la segunda parte de Escuadrón suicida, que prácticamente será un reinicio de la mano de un autor que también ha demostrado su valía, James Gunn. Este es el realizador de la subserie Guardianes de la galaxia de Marvel, así que entre esto y que ficharon a Joss Whedon para tratar de salvar La liga de la justicia, parece que los productores de DC han admitido la derrota y tratan de levantar cabeza.

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Serie La liga de la justicia:
El hombre de acero (2013)
Batman vs. Superman: El amanecer de la justicia (2016)
Escuadrón suicida (2016)
Wonder Woman (2017)
La liga de la justicia (2017)
-> Aquaman (2018)

El libro verde (Green Book)


Green Book, 2018, EE.UU.
Género: Drama, comedia.
Duración: 130 min.
Dirección: Peter Farrelly.
Guion: Nick Vallelonga, Brian Hayes Currie, Peter Farrelly.
Actores: Viggo Mortensen, Mahershala Ali, Linda Cardellini, Sebastian Maniscalco, Dimiter D. Marinov.
Música: Kris Bowers.

Valoración:
Lo mejor: El carisma de los protagonistas y los temas sobre amistad, visión de la vida, familia…
Lo peor: Usa unas fórmulas narrativas enormemente previsibles y manipuladoras, se empeña en recalcar los sentimientos que pretende transmitir aunque sean obvios.
El título: El oficial va sin traducir. A ver si se deciden de una vez: o se traducen todos o ninguno.
La frase: El mundo está lleno de gente solitaria que teme dar el primer paso.

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Es indudable que una película tiene que ofrecer un relato concreto y coherente, pero también transmitir algo en el lado emocional. Una buena película tendrá muchas capas y lecturas y producirá muchas sensaciones. En el caso que nos atañe, es evidente que no va sólo de unos músicos que hacen una gira. Pero, dependiendo de las intenciones y habilidades de los autores, la narración puede tomar muchas formas. Puede ser directa y contundente, velada y profunda, simplona y previsible, o machacona y manipuladora.

El libro verde olía desde lejos a que iba a estar en el rango de las últimas opciones. Es una cinta confeccionada con el manual de encandilar al público y ganar premios, todo en ella está construido milimétricamente para transmitir tal o cual emoción y moraleja, resultando exasperante en vez de emotiva en demasiadas ocasiones.

El primer problema de esta fórmula narrativa es que de tanto forzar las situaciones termina siendo previsible en cuanto muestra sus intenciones. Tenemos demasiados lugares comunes y estereotipos, sobre todo en los insufribles personajes secundarios. Sabrás perfectamente cuándo viene una pelea entre la pareja, o un lío racial, o un momento de revelación y maduración, cuál es la función del nuevo personajillo tonto que acaba de aparecer, y si eres un espectador medio avispado, hasta te olerás los trucos más hábiles, como el de la piedra de jade.

El otro problema es que todo está demasiado subrayado, resultando un relato maniqueo, pasteloso, melodramático en exceso. Por ejemplo, la asistencia a la fiesta al final… ¿de verdad había que alargarlo, amagar y engañar de esa manera tan burda, cuando bastaba que se bajaran juntos del coche? Se van acumulando escenas remarcadas por musiquita insistente y planos que se ceban en lo que ya está bien claro, conversaciones mascaditas, redenciones y reconciliaciones de lo más facilonas… Los momentos bochornosos son incontables, como la llamada telefónica a la comisaría, o la escena con el policía que los para al final, y no pocos son también muy tramposos: resulta que sí lleva pistola todo el tiempo, ¿es que la policía no lo cacheó cuando lo detuvieron?

Por suerte, la falta de naturalidad se disimula bastante bien con la simpatía de la pareja protagonista, cuya relación y vivencias tocan muchos palos con cierto encanto cuando no se patina con el endulzamiento. De hecho, mi impresión es que el desequilibrio es tal que parece haber una lucha constante entre dos visiones de la historia, como si los varios autores (guionistas y productores) quisieran cosas distintas. Por ejemplo, la escena del protagonista mirando con asco sus vasos cuando beben de ellos los fontaneros negros, que define en un plano su racismo, es demasiado inteligente comparada con el resto. También cabe señalar que el director Peter Farrelly, fuera de esos momentos tan guiados, mantiene una impronta muy elegante en la puesta en escena.

Aunque la road movie con pareja de opuestos no es algo nuevo, funciona aceptablemente bien. El italiano paleto y el negro culto chocan en su perspectiva de las cosas, tanteándose, conociéndose el uno al otro y aprendiendo del mundo y de sí mismos con estas nuevas vivencias. La amistad, la familia, la cultura, las esperanzas, cómo enfrentamos los problemas… se toca de todo un poco con la suficiente simpatía como para perdonar algunos de los momentos más forzados. Se sabe de sobras que uno llegará a casa con una visión más abierta y menos racista, y el otro se hará más sociable y bajará de su pedestal, pero la transición es bastante verosímil y amena. Viggo Mortensen como el bonachón bruto y Mahershala Ali como el estirado antisocial convencen muy bien. Por otro lado, la esposa es una mujer florero, y me apena que no saquen partido alguno de los otros dos componentes del trío, más cuando se supone que están haciendo el viaje juntos.

Con ellos se hace también un retrato de una época muy tratada en títulos muy superiores, como el clásico En el calor de la noche (Norman Jewison, 1967), o la más reciente Criadas y señoras (Tate Taylor, 2011), muchísimo más inteligente y original que la presente y con un grupo de personajes mucho mejor trabajado. Pero también hay que decir que son unos tiempos que no conviene olvidar, y aunque sea con demasiado maniqueísmo, El libro verde pone varios buenos ejemplos de aquellas injusticias raciales.

La pareja nos ofrece un sinfín de escenarios, anécdotas y lecciones divertidas y emotivas, y por lo general el viaje lleva buen ritmo a pesar de su estructura por capítulos, así que se si no se te atraganta el tono, es una cinta bastante entretenida. Eso sí, de ahí a considerarla entre las diez mejores del año hay un trecho insalvable con la objetividad en la mano… y ya sabemos que eso en los Óscar y los Globos de Oro no existe y por el contrario tienden a ensalzar estas producciones maniqueas, así que sus numerosos premios no me sorprenden.