El Criticón

Opinión de cine y música

Archivos por Etiqueta: 2019

El faro


The Lighthouse, 2019, EE.UU., Canadá.
Género: Suspense.
Duración: 109 min.
Dirección: Robert Eggers.
Guion: Robert Eggers, Max Eggers.
Actores: Robert Pattinson, Willem Dafoe.
Música: Mark Korven.

Valoración:
Lo mejor: Fotografía estupenda y reparto entregado.
Lo peor: Es un experimento más que fallido ridículo y molesto, una sucesión de paridas y gilipolleces sin pies ni cabeza que resulta tiempo perdido.

* * * * * * * * *

Tenía la vista puesta en Robert Eggers tras La bruja (2015). Sin ser una maravilla, mostraba personalidad y buen hacer, resultando una llamativa presentación de un autor con talento y potencial en un género ahogado en productos prefabricados. Pero el tropiezo de El faro deja su futuro en vilo. De un realizador inteligente, metódico, que mostró entender muy bien el lenguaje cinematográfico y la conexión emocional con el espectador, hemos pasado a un iluminado que rueda mezclando conceptos varios sin ton ni son.

¿De qué sirve que un elemento, o dos, o cinco… o todos sean brillantes si el conjunto no logra tener coherencia, equilibrio, y un significado superior? El faro tiene una fotografía valiente y asombrosa. Con un certero formato cuadrado, un estupendo blanco y negro y una iluminación muy cuidada Jarin Blaschke logra una serie de imágenes que van de lo hermoso a lo sobrecogedor. El reparto está imponente, se ve en los ojos de Robert Pattinson y Willem Dafoe la soledad, la desesperanza, la locura.

Pero esto no es suficiente para conseguir unos personajes sólidos, que ofrezcan unas vivencias apasionantes con las que conectar, para que el relato en su conjunto cobre significado y propósito y transmita las sensaciones pretendidas. No ocurre porque no hay guion y la dirección no atina una. Eggers parece haber rodado cada escena según le viniera la inspiración, y desde luego ha tenido bien poca.

Tenemos una amalgama de distintos recursos, ideas, escenarios… El galimatías resultante ni siquiera se puede tildar de pretencioso, porque para eso al menos debes mostrar inteligencia, pero el realizador mezcla vaguedades con tanta torpeza que resulta incomprensible cómo tal despropósito ha podido ver la luz.

Pajarracos intrigantes posándose en sitios intrigantes, como para decir que esta es una de miedo. Alegorías absurdas, como la luz de la vida o lo que coño quiera decir con la lámpara del faro. Mitología metida con calzador: la sirena. Surrealismo y onirismo totalmente salido de madre. Historias de soledad y roces vulgares, con repetitivos sufridos trabajos, peroratas y discusiones rebuscadas o poco justificadas. Todo se sucede, acumula y sobrepone de mala manera.

Hay momentos de auténtica vergüenza ajena, de gritarle a la pantalla “¿pero cómo has podido rodar semejante gilipollez?”, como cuando intenta producir alguna impresión (¿repulsa por grotesco e incómodo, comprensión por su soledad?) con las remarcadas escenas de masturbación. Los piques y las peleas aleatorias en cenas y comidas son penosos también. Y los recesos donde nada ocurre resultan exasperantes.

Y después de todo, de repente al final se acuerda de que debería contar algo, así que intenta ponerles a los protagonistas un pasado, unas experiencias y traumas que justifiquen acciones y permitan que nos interesemos por ellos… ¿Ahora, tras hora y media de bandazos sin rumbo? Por supuesto, no funciona, son historias que llegan tarde y se pierden rápido en un desenlace que no sorprende al ofrecer más artificio inconexo.

El trabajo de dirección a veces es difícil de describir, porque abarca, gestiona y delimita todo. Un buen director controla al milímetro cada elemento, o al menos lo deja en manos de alguien con quien se entiende muy bien. Uno mediocre no tiene tanta visión y descuida cosas aquí y allá, de forma que el relato se resiente. Como indicaba, por la sabiduría y contención mostrada en La bruja esperaba mucho más, pero aquí Eggers está bien perdido. Deja que los distintos elementos den forma a la cinta por su propia cuenta (que la fotografía te atrape, el sonido te inquiete, etc.), y el conglomerado resultante no es que se desmorone, es que no llega a tomar forma.

Además, si la fotografía y el reparto son estupendos, la música y los efectos sonoros son horrendos. El método y el resultado es el habitual en el cine de terror y suspense de baratillo: mucho ruido, poca sustancia. Llega a ser molesto lo que abusa de atmósferas forzadas con música estruendosa y efectos sonoros muy realzados para que al final la escena no lleve a ninguna parte, no transmita nada.

Así no se logra suspense, no digamos terror, ni tampoco emerge un drama que conmocione y haga reflexionar. La proyección sólo genera frustración, sensación de engaño y tiempo perdido.

Al menos es divertido ver la delirante oleada de adoración que ha tenido, leer las críticas que hacen malabares para justificar una supuesta obra maestra, con entendidillos cuando no iluminados rebuscando referencias y sentidos ocultos (pasó en Mandy -2018- también): si aparece un pájaro… ¡es una cita a Hitchcock!… blanco y negro… ¡bebe de Bergman!…

Puñales por la espalda


Knives Out, 2019, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 131 min.
Dirección: Rian Johnson.
Guion: Rian Johnson.
Actores: Daniel Craig, Ana de Armas, Michael Shannon, Jamie Lee Curtis, Toni Collette, Christopher Plummer, Katherine Lagford, Jaede Martell, Don Johnson, Chris Evans, Lakeith Stanfield, Riki Lindhome, Noah Segan.
Música: Nathan Johnson.

Valoración:
Lo mejor: Ana de Armas y su rol.
Lo peor: Una historia obsoleta y totalmente desganada, sin intriga que atrape, sin personajes que conmuevan, y con un reparto llamativo dando interpretaciones bastante aburridas.

* * * * * * * * *

Alerta de spoilers: Sin datos reveladores hasta el próximo aviso en el último párrafo.–

Otra película que abordo entusiasmado por sus estupendas críticas que la ponen como un oasis de cine original e inteligente entre la mediocridad contemporánea (aunque esto con matices, que llevamos unos pocos años bastante buenos), y otra película que me decepciona a lo grande. La misma historia de siempre en su género, contada con más desgana y tropiezos que inspiración y buen hacer. Da la impresión de que ya no es sólo el público el que no tiene memoria ni criterio y es fácil de complacer con títulos corrientes cuando no vulgares hechos a trozos de obras muy superiores, sino que los medios y críticos profesionales se dejan llevar por las modas que tanto amplifican internet y alaban mediocridades una tras otra.

Puñales por la espalda es una pobre imitación o un homenaje fallido a un estilo muy anticuado. El policíaco y suspense a lo Arthur Conan Doyle y Agatha Christie iniciado a finales del siglo XIX y principios del XX ha tenido en cine todas las adaptaciones y versiones habidas y por haber, si a estas alturas quieres revisitarlo, y más aún, revivirlo, tienes que aportar algo, sea un clasicismo formal tan virtuoso que la falta de novedades no importe, o actualizaciones suficientes que le otorguen un toque original. Por ejemplo, el Sherlock Holmes (2009) de Guy Ritchie tenía un estilo de acción y aventuras en plan steampunk muy llamativo, mientras que la serie Sherlock (2010) de Mark Gatiss y Steven Moffat ha encandilado a medio mundo con su narrativa muy fiel pero enérgica y su aspecto interpretativo y visual de primera (aunque a mí no me entusiasmó tanto, me pareció apenas correcta). Eso sí, también debo que señalar que numerosos clones con ideas y guiones agotados han tenido gran éxito a lo largo de la historia, destacando recientemente las series House (David Shore, 2004) y Monk (Andy Breckman, 2002).

La visión de Rian Johnson se ahoga en las bases del género, en todos los recursos y clichés más gastados, el vago intento de aportar algo nuevo está lejos de funcionar, no ofrece tampoco un estilo propio marcado, sino que acumula muchas carencias y falta de vigor. No llega a caer en lo catastrófico, pues puede valer como entretenimiento pasajero si no vas con expectativas, pero no cumple con lo mínimo exigible para considerarla una buena película. Muy pocos personajes interesan, los actores van casi todos con la inercia, pocos tramos son llamativos, pocos misterios mantienen expectación, el aspecto visual es correcto pero no como para cautivar los sentidos…

En la presentación, los protagonistas generan indiferencia y la trama no tiene lo suficiente como para que el misterio atrape con entusiasmo y te impliques pensando en qué ha podido pasar. Las descripción inicial de cada rol y sus motivaciones son las más trilladas de este ámbito: ricachones envidiosos ávidos del dinero del cabeza de familia. Cualquiera ha podido ser, al principio incluso pensaba que todos, en la onda de Asesinato en el Orient Express (Agatha Christie, 1934), pero por suerte Johnson no cae tan bajo. Sin embargo, la narrativa no da mucho de sí, no genera suspense como para mantenerte en vilo ni da margen para pensar por ti mismo, te machaca constantemente con explicaciones, deja ver sus trucos, los misterios secundarios se resuelven muy rápido, los protagonistas no se mueven de su limitado dibujo inicial, el desenlace es caótico…

No puede ser que nada más empezar la proyección, con el detective interrogando a la familia y el servicio, Johnson ya nos enseñe en flashbacks cuáles son las mentiras de cada uno. El autor yerra al correr tanto, en vez de ir saltando con la sombra de la sospecha de uno a otro y siguiendo al detalle la investigación policíaca del detective de forma que todo, las motivaciones aparentes y las intenciones ocultas, el misterio y las posibles pistas, vayan tomando forma poco a poco.

Al avanzar un poco más se manifiesta un motivo para seguir este camino, pero es una idea que frena el potencial de la propuesta y que evidentemente el realizador no maneja bien. Mostrar con tanta premura quién lo hizo y entrar el juego de si saldrá airoso o no, en vez de aportar una nueva perspectiva resulta contraproducente, porque implica que el resto de personajes y la investigación dejan de ser útiles demasiado pronto, es decir, que el primer acto ha resultado ser prácticamente tiempo perdido.

El nudo levanta el interés, pero sin lograr rizar el rizo como se espera. En la nueva dirección hay algunos buenos pasajes de tensión, las mentiras agobian al personaje, la sensación de que será cazado en cualquier momento genera un mínimo aceptable de suspense. Pero como digo, los otros protagonistas pierden atractivo y utilidad, a lo que hay que sumar que los diálogos no son muy ingeniosos (muchas veces se puede intuir lo que va a decir cada uno), la crítica a las clases sociales, los ricos parásitos y los pobres pisoteados, es obvia y tontorrona, con unos muy malos y viciosos y otros demasiado inocentes y virtuosos (y no hablemos del penoso receso para meter a Donald Trump). Por extensión, el humor negro es torpe y cutre, el detective y los dos agentes tontainas que lo acompañan y la ridiculez del personaje que vomita al mentir son una mala parodia que no encaja en un todo más serio.

Centrándome en los personajes, prácticamente sólo destacan el hijo editor (Michael Shannon), el detective en plan sobrado (Daniel Craig), y la enfermera latina (Ana de Armas). Shannon es un secundario de lujo y cumple como siempre. Craig está muy fuera de su zona de confort y en un personaje fuera de tono, así que no funciona en general y tiene partes donde parece estar en otra película. Ana de Armas está muy bien en el personaje que más recorrido tiene, con momentos de estrés y drama que explota de maravilla. La joven y su rol terminan destacando con luz propia en un relato malogrado.

El tercer acto es demasiado previsible a pesar de algunos artificios, y por tanto poco impactante. Si antes había decisiones narrativas muy cuestionables, ahora da la sensación de que Johnson es consciente de que no ha estado a la altura del reto que se ha marcado y busca salidas fáciles. A última hora añade complicaciones y personajes, pero claro, hay que ser muy hábil para meter información nueva estando ya en el desenlace y que no parezca una trampa, un recurso sacado de la manga, una solución muy conveniente… y el autor no hila nada fino. La entrada de Chris Evans no convence lo más mínimo, es un comodín para darle las últimas puntadas a una historia que no terminaba de llevar a nada… y esto significa que otros muchos personajes son finalmente dejados de lado por completo, que han sido tiempo perdido. A pesar de los enredos, las conclusiones y supuestas sorpresas finales se ven venir muy, muy de lejos. He intuido la solución principal y el giro que le da forma in extremis ya desde que se menciona o enfoca cada pista por primera vez (y en algunas reincide de forma descarada), la posición final de cada implicado estaba clara desde que termina su presentación, pues como se intuía no hay movimiento alguno en sus personalidades ni sorpresas en sus historias, y he previsto hasta los giros secundarios en teoría más rebuscados (en spoilers me extiendo).

Grandes obras del género serían La huella (Joseph L. Mankiewicz, 1972) y Gosford Park (Robert Altman, 2001). Puñales por la espalda es del montón y se olvida nada más verla.

Alerta de spoilers: Revelo aspectos clave.–

-Lo del imán de la nevera para borrar una cinta vhs resulta una forma ridícula de destrozar la escena más tensa hasta el momento.
-Penoso también que la protagonista explique el crimen que ha cometido mientras come en un restaurante y luego mientras conduce, como si no fuera un trauma que te pone nervioso o incluso bloquea, sino una charla banal mientras haces otras cosas que requieren más atención.
-El cuchillo de atrezo, el alijo, el cambio en las medicinas… todo resulta demasiado obvio y llega justo cuando se espera.
-Lo único que me ha pillado por sorpresa es que el detective sospechara desde el principio por una pista difícil de ver, la gota de sangre en el zapato… pero claro, si piensas en lo torpe que parecía este tipo, pues no termina de funcionar.

Parásitos


Gisaengchung, 2019, Corea del Sur.
Género: Drama, comedia, suspense.
Duración: 132 min.
Dirección: Bong Joon Ho.
Guion: Bong Joon Ho, Jin Won Han.
Actores: Kang-ho Song, Sun-kyun Lee, Yeo-jeong Jo, Woo-sik Choi, So-dam Park, Jeong-eun Lee, Hye-jin Jang, Ji-so Jung, Hyun-jun Jung.
Música: Jaeil Jung.

Valoración:
Lo mejor: Ingeniosa crítica social, con humor ácido y negro y algunos buenos giros. Excelente puesta en escena y buen reparto.
Lo peor: Muy desequilibrada en ritmo e interés, el guion parece sin terminar. El primer tramo es lentísimo, el final caótico y el epílogo totalmente fallido. La campaña mediática encumbrándola como obra maestra se ha ido totalmente de madre.

* * * * * * * * *

Alerta de spoilers: Describo bastante de la premisa, el tono y algunas escenas sueltas, pero creo que no revelo nada crucial. —

Parásitos ofrece un retrato costumbrista verosímil y delicado unas veces, otras lo retuerce con humor negro y giros con mala leche, con lo que consigue mostrar lo mejor y lo peor del panorama, conmovernos, hacernos reír y a la vez dejarnos mal cuerpo.

Los miembros de una familia pobre, los Kim, empalman trabajos de mala muerte (eso cuando los encuentran) para sobrevivir el día a día mientras anhelan salir de la miseria y tener una vida de ensueño. La posibilidad se la encuentran cuando una familia rica, los Park, contrata a uno de ellos para unas clases particulares a su hija, y deciden montarse una serie de engaños para que terminen contratándolos a todos en diversos puestos del servicio.

La descripción de ambas familias, de los estratos sociales tan diferenciados, está muy cuidada, y los personajes son bastante encantadores cada uno a su manera. Dan algo de pena, se ve ligeramente alguno de sus defectos, lo justo para hacerlos humanos y conectar con ellos antes de empezar a desbaratar las cosas. El cruce entre los dos grupos abre la caja de pandora, muestra los vicios, las vilezas, la estrechez de miras, el clasismo… Los pobres se convierten en parásitos de los ricos, chupando de su dinero y lugar acomodado, pero es evidente también que los ricos han sido hasta ahora los parásitos de los pobres, logrando su posición a través de la explotación de estos.

Con gran ingenio el autor va urdiendo los engaños para conseguir los puestos y mantener la posición de rémoras en la casa, pasando poco a poco del drama social a la comedia de enredos. Pero también empieza a aportar inesperadamente un humor negro donde no deja títere con cabeza, pues todos los protagonistas quedan fatal, egoístas, cabrones, irresponsables, y la crítica se torna despiadada y casi surrealista. Y cuando ya te habías hecho al nuevo tono le da un giro insólito hacia el suspense, con un tramo de subidón donde todo se torna muy impredecible, para en el tramo final desbarrar en una orgía esta vez sí surrealista del todo.

Siendo el director Bong Joon Ho el principal artífice del guion (en colaboración con Jin Won Han), tenía muy claro cómo darle forma en imágenes. Esta historia bien podría adaptarse al teatro, pero el realizador no desaprovecha las posibilidades del lenguaje cinematográfico, y aparte de lograr un acabado versátil y por momentos deslumbrante también aporta buenas dosis de inteligencia.

Algunas cosas puede parecer obviedades, como que unos vivan en una zona fea y otros en una bonita, pero lo enriquece con detalles muy bien pensados. Los Kim tienen su morada en un semisótano, como siendo pisados por el resto de la ciudad y casi convertidos en una parte más de las alcantarillas (la gente les mea casi encima, las lluvias los inundan), los Park viven en la parte alta, aislados en una mansión de apariencia impenetrable por fuera pero acogedora por dentro. Hay escenas que lo exprimen muy bien: unos cruzan arcenes de autovías, puentes, callejones… hasta llegar a sus casas, los otros unos van cómodamente en coches de lujo con chófer; la lluvia purifica a los de arriba, y se lleva la mierda hacia los de abajo. La casa de los adinerados, escenario principal, aparte de resultar impresionante en su diseño se aprovecha bien en el acabado visual. El director juega hábilmente con el entorno mediante buena planificación y grandes angulares, obteniendo algunos planos hipnóticos y sin dejar lugar al estancamiento, pues cada habitación y rincón tiene su presencia justa.

El reparto está estupendo, destacando Yeo-jeong Jo como la inocente tirando a boba esposa Park, y el rostro más conocido, Kang-ho Song, colaborador habitual del realizador, que muestra muy bien la evolución del personaje y en general de la historia: la desgana inicial, el entusiasmo cuando las cosas van bien, y la frustración y rabia cuando la realidad explota en sus caras.

Pero la brillantez de los buenos momentos contrasta con unas carencias muy graves. Me faltan por ver Crónica de un asesino en serie (2003), en teoría su mejor trabajo, Ojka (2017) y Mother (2009), pero en The Host (2006) y Rompenieves (2013) yo he encontrado en Bong Joon Ho un autor muy irregular, con potentes ideas que se quedan a medio camino (la del monstruo que asola Seúl) o se estrellan en su ejecución (la torpe distopía en tren). Y aquí siguen muy presente estos problemas.

He de remarcar bien este notable desequilibrio, porque la cinta ha entrado en este juego de adoración ciega que se lleva ahora, donde una serie de factores se acumulan, y de repente algo se convierte en intocable, una irrebatible una obra maestra. Sobre todo pesa la imposición de internet y las redes sociales, donde o estás totalmente a favor de algo o totalmente en contra, no hay términos medios, mesura, razón y objetividad. No sé si os habéis fijado, pero en la red ya no hay críticos serios de arte, casi no quedan blogs de divulgación de cultura y ciencia, son todos youtubers y webs de clicbaits, generadores de tendencia que funcionan sin argumentos sólidos y veraces, sólo con contenido facilón, complaciente, con ganchos y fórmulas de interacción que atrapan a la masa y la mueven en una dirección sin pensar por sí mismos, y todo acaba arrastrando también a supuestos medios serios, que no se juegan las visitas por ir a contracorriente de la moda. Es más, estoy convencido de que mucha gente la ve por la inercia impuesta pero no le gusta… y no se atreve a decirlo.

¿Cuántas obras maestras en cine y series llevamos estos últimos años, según dictan estas fórmulas? Van camino de ser incontables. Pero obras tan sobrevaloradas sin razones objetivas son pronto olvidadas mientras los títulos de mayor calidad que han sido más o menos dejados de lado se asientan y son recordados en la posteridad. Parásitos quizá quede como una rareza o cinta de culto, porque no está nada mal y el toque coreano le da exclusividad, pero otras que se han ensalzado este año, como Joker (Todd Philips), 1917 (Sam Mendes) y El irlandés (Martin Scorsese) se las llevará el viento, mientras Historias de un matrimonio (Noah Baumbach), Jojo Rabbit (Taika Waititi) y sobre todo Los Vengadores: Fin del juego (hermanos Russo) no tengo dudas de que tienen lo que hay que tener para recordarlas durante mucho tiempo.

Primero, tenemos algo obvio y que precisamente en una valoración que pretende ser seria no se debería olvidar: lo pue propone Bong Joon Ho no es nuevo, es un género tan antiguo como el teatro mismo, y si bien aporta algunas novedades llamativas, no tantas como para subvertirlo y reinventarlo del todo, requisito imprescindible para hablar de un hito del cine. No es American Beauty (Sam Mendes, 1999), por poner un referente de crítica social que sí rompió esquemas, ni hace la mitad de gracia que la magnífica La cena de los idiotas (Francis Veber, 1998), a la que recuerda bastante por su fórmula teatral y el clasismo que se sale de madre.

Segundo, su propia fórmula, tan prometedora y que ofrece buenos tramos de diversión y drama inteligente, otras veces hace aguas, lastrando el ritmo, el potencial latente, y dejando la sensación de que el guion está inacabado, de que rodaron partes improvisándolas. Para empezar, hay muchas cosas cogidas por los pelos que te tienes que creer porque sí, como el selfie tan conveniente, que se traguen lo de la enfermedad sin preguntar si quiera ni pedir pruebas médicas, que se escondan debajo de una mesa sin ser vistos (y más cuando al pasar por escalera y tumbarse en el sofá pone la vista a ras del suelo), etc. Hay que hacer demasiados actos de fe para entrar en el juego.

Pero los problemas serios son de ritmo, tono e intenciones. El primer acto es muy disperso, Bong Joon Ho no consigue presentar la situación de los personajes con celeridad y fuerza, tarda demasiado en generar expectación y en entrar en lo importante. Para mostrar los intereses del hijo adolescente y conseguir el primer trabajo tiene que quedar con su amigo y hablar de cosas irrelevantes en la trama durante largo rato hasta conseguir concretar algo útil. Había mil formas mejores de introducir la historia, de mostrar las motivaciones de los protagonistas en menos tiempo, y para colmo, el colega no vuelve a tener presencia alguna.

El acto central concentra demasiado las buenas ideas, sin tiempo a veces para que estas respiren o se aprovechen del todo, aunque no llega a ser grave, el problema es el desequilibrio con los otros segmentos. El tercer acto peca de no saber muy bien por cuál de los diversos caminos posibles debe tirar, y el relato se torna demasiado caótico, un festín de giros y muertes excesivo en violencia y que abandona la crítica dura pero sutil y opta por fuegos artificiales absurdos.

Para terminar de romper el hechizo, tiene una serie de epílogos aburridos y que no aportan nada. Tampoco es capaz de cerrar la trayectoria de los personajes sin torpes transiciones, una repentina voz en off, y largas dosis de información innecesaria. Bastaba con dejar las cosas abiertas (a ser posible tras un desenlace más inspirado), en plan la vida sigue, las diferencias sociales también, pero a la larga se nota que tiene preferencia por unos personajes sobre otros: es un tanto complaciente con los Kim.

Que los pobres sean astutos y cultos y los ricos ingenuos e incultos no convence. Es ley de vida que lo más probable es lo contrario, unos tienen tiempo y recursos para el ocio y la cultura de alto nivel, los otros apenas tienen acceso a la wifi (literal, es una escena de la película). Pero aunque pasemos este detalle por alto no se puede olvidar otro más claro: estira un relato ya terminado para añadir una especie de victoria que no viene a cuento con los Kim, y a la vez se olvida de los Park, que tenían una historia abierta, la del hijo pequeño, donde el fantasma y el morse apuntaban a un encuentro final en el que plantara cara o algo así.

En el acabado también tiene sus irregularidades. La tensión de algunas escenas podría estar mejor trabajada (el escondite debajo de la mesa no funciona), la parte de acción deja de lado la puesta en escena templada y patina en un caos ininteligible, y además se torna gore sin estar nada justificado. También hay algún gazapo muy cantoso: corren sin zapatos hacia la calle… y en ella aparecen con ellos.

Parásitos resulta un buen divertimento. Tiene tanto aciertos gratificantes como fallos que te sacan un poco de la proyección, pero resulta recomendable en general si te gusta la tragicomedia social. Y como es obvio, no hay manera alguna de justificar lo de obra maestra, es decir, tanto ensalzamiento y tanta exposición puede jugar mucho en su contra al predisponerte a esperar algo que no es.

1917


1917, 2019, EE.UU., Reino Unido.
Género: Bélico.
Duración: 119 min.
Dirección: Sam Mendes.
Guion: Krysty Wilson-Cairns, Sam Mendes.
Actores: Dean-Charles Chapman, George MacKay, Colin Firth, Mark Strong, Benedict Cumberbatch, Richard Madden, Andrew Scott.
Música: Thomas Newman.

Valoración:
Lo mejor: Algunos instantes espectaculares gracias a la fotografía, los escenarios y la dirección.
Lo peor: Relato predecible, superficial y sensacionalista, asfixiado por los enredos técnicos.
Mejores momentos: El derrumbe, las ruinas.

* * * * * * * * *

Alerta de spoilers: Comento algunos detalles menores, nada importante. —

Anunciada como un plano secuencia de dos horas, avalada por críticas que la ponen de obra maestra, multitud de nominaciones y galardones en todos los premios habidos y por haber, y por ahora con una entusiasta recepción del público, llega 1917… otra obra llevada a los altares por un incomprensible furor mediático que no representa su calidad real.

Unas pocas veces la fórmula narrativa de Sam Mendes ofrece una experiencia apasionante, pero en muchas otras resulta su principal limitación. Quizá con un guion más cuidado no se notaría, pero cuando te obsesionas por un único aspecto sueles descuidar los demás y perder la visión de conjunto. Un argumento predecible y simplón se desarrolla con torpeza porque el esfuerzo está centrado en otra parte. Además, en una donde Mendes no ha ido a por todas, porque evidentemente hay cortes en el plano cada quince o veinte minutos, lo cual no sería un problema (en otras del estilo no lo fue, como Birdman) si no tomara cada plano secuencia real como un episodio cerrado, lo que limita la progresión dramática, o sea, el ritmo y el calado emocional.

Una vez queda claro el poco alcance de la historia, que es bien pronto, cada capítulo se ve venir entero en cuanto comienza, y muchas veces puedes intuir el siguiente. A partir de cierto momento incluso sabía perfectamente cómo iba a actuar cada personaje secundario… antes de que estos aparecieran, porque Mendes va poniendo ante el protagonista los desafíos y conflictos más típicos y gastados del género.

Es una oda al héroe bastante pobretona, sin épica ni emoción. Los protagonistas van de A a B siendo héroes en todo momento, a pesar de sus puntuales dudas humanas no cometen fallos, son factores externos y gente malvada los que causan sus problemas. En otras palabras, dos jóvenes íntegros y capaces luchan imbatibles contra lo peor de la condición humana y la naturaleza y en el proceso no cambian ni un ápice porque ya nacieron perfectos; bueno, no tanto, porque uno de ellos corre varias veces en línea recta mientras le disparan, pero como es el héroe no lo alcanzan. Las anécdotas, acciones y contratiempos no dejan secuelas, lo que ocurre en un segmento no se extiende a otro. La mano herida parece que va a dar guerra, pero se olvida; el francotirador se ha superado, ya no vuelven a aparecer otros en todo el pueblo; el pelotón que ayuda en un capítulo se marcha al acabar sin que ningún mando ofrezca refuerzos, para que en la siguiente aventura se mantenga todo como antes; etc.

Como consecuencia, no sorprende que algunos episodios sean totalmente gratuitos, pues la idea es cumplir cupos. Así, tenemos el francotirador, la mujer solitaria (al menos no nos cuelan la escena de sexo de turno), los roces con los mandos (todos muy parcos y nada emocionantes) y otros momentos metidos con calzador, mientras que el resto de situaciones tampoco es que deslumbren: las carreras por trincheras lucen por el acabado visual, no porque narren algo impactante. Una vez visto el tono, tampoco coge desprevenido que abunde el sensacionalismo, pues a falta de contenido original y complejo Mendes trata de tirar de sentimientos muy mascaditos y golpes de efecto que rara vez funcionan (como el susto con el primer disparo del francotirador). Por extensión, se acumula demasiado giro y salto muy conveniente, las transiciones entre algunas partes están muy poco trabajadas. Y como consecuencia, tampoco extraña la presencia de numerosos agujeros.

La zona de conflicto es un revoltijo que cuesta creer aunque la lucha de trincheras fuera metro a metro. De una zona dominada por ingleses pasamos a otra en manos de alemanes, en la siguiente hay un grupo de ingleses sentados escuchando a un compañero cantar sin que haya vigilancia alguna, y a dos pasos está la trinchera en pleno combate cuyos disparos y bombas no se oyen hasta que toca entrar en ese episodio. Tienen una misión prioritaria y de pasar sin ser vistos y se entretienen yendo de frente a todo escenario que encuentran y curioseando por todas partes. Y por qué envían una sola batida de dos míseros soldados con un mensaje tan importante y no varias… o mejor, palomas mensajeras y aviones.

La efectiva inmersión en algunas escenas es puramente técnica, de forma que en ocasiones atrapa con bastante fuerza (el derrumbe, los peligros entre las ruinas del pueblo), pero en otras no logra su objetivo, y por acumulación de falta de contenido a la larga las primeras empiezan a perder verosimilitud en tu cabeza: era todo fuegos artificiales que no llevan a nada, en la siguiente fase está todo olvidado y vuelven a intentar otra artimaña del estilo. La música, también aclamada sin mesura, es un triste efecto sonoro, Thomas Newman (American Beauty -1999-, ¿Conoces a Joe Black? -1998-) vale para mucho más. La fotografía de Roger Deakins es muy buena, aunque no al nivel de otros trabajos suyos (Blade Runner 2049 -2017-, Skyfall -2012-). Vestuario, localizaciones y decorados cumplen bien.

Los actores principales no están a la altura del reto y desentonan mucho ante la veteranía y buen hacer de los pocos y breves secundarios. Las caras de pena y sufrimiento de Dean-Charles Chapman (Captain Fantastic, 2016) y George MacKay (Juego de tronos, 2011) no conmueven. Si es que Mark Strong con una sola escena se pone muy por encima, y Colin Firth y Benedict Cumberbatch también imponen bastante.

En conjunto resulta una película a ratos forzada, artificial y tediosa, y si bien en otros sin duda es espectacular y emocionante, con tanto desequilibrio no llama para revisionarla, y desde luego no hay manera objetiva de ponerla como obra maestra. Debería haberse tomado como lo que es, un experimento, una curiosidad para echar el rato, pero se ha encumbrado con la locura febril y volátil que se ve demasiadas veces estos tiempos.

En lo bélico, no hace ni la más mínima sombra a cualquiera representativa del género, sea en la onda introspectiva de La delgada línea roja (Terence Malick, 1998) o la histórica de Un puente lejano (Richard Attenborough, 1977), está más en la línea ultra comercial de Salvar al soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998) y Corazones de acero (David Ayer, 2014). De hecho, con esta última guarda muchos parecidos en recursos básicos: un protagonista joven y silencioso, sin gran personalidad, para que puedas meterte en su piel, y aventuras varias facilitas y con trucos sentimentales baratos. En cuanto a epopeya de aventuras con pocos personajes, recuerda bastante a El renacido (Alejandro González Iñárritu, 2015), pero está por debajo en el dibujo de personajes y el factor entretenimiento y espectáculo. En lo experimental, la gente se ha flipado como si estuviéramos ante algo único, pero obras con grandes planos secuencias, o incluso que los empalman hasta hacer uno virtual durante todo su metraje, hay bastantes. Por comparar con algunos referentes conocidos, se queda lejos de la ingeniosa y encantadora Birdman (Alejandro González Iñárritu, 2014) y de la intrigante La soga (Alfred Hitchcock, 1948), e incluso El renacido, con planos secuencia puntuales, le da una buena tunda en riesgo y complejidad visual. En un año estará completamente olvidada.

El irlandés


The Irishman, 2019, EE.UU.
Género: Drama, suspense, histórico.
Duración: 209 min.
Dirección: Martin Scorsese.
Guion: Steven Zaillian, Charles Brandt (novela).
Actores: Robert De Niro, Al Pacino, Joe Pesci, Harvey Keitel, Ray Romano, Stephen Graham, Bobby Cannavale, Kathrine Narducci, Anna Paquin, Stephanie Kurtzuba.

Valoración:
Lo mejor: El colosal trío de actores principales: Robert de Niro, Al Pacino, Joe Pesci. El tono crepuscular le otorga un toque novedoso.
Lo peor: Metraje desmedido, historia sin rumbo, pasajes anodinos, personajes secundarios sin interés… Lejos de la épica de mafias que defienden muchos, es más bien una miniserie televisiva de escasa calidad y profundidad.

* * * * * * * * *

En Estados Unidos siempre ha existido predilección por figuras fuera de la ley. Tanto el prototipo de forajido del oeste como gente famosa como Bonnie y Clyde se han llevado numerosas películas que idealizaban sus andanzas. Sin embargo, la llegada de El padrino (Francis Ford Coppola, 1972) dio un nuevo giro a esta tendencia, aumentando la complejidad y verosimilitud del mundo del crimen representado pero también su halo mitificador, lo que lejos de resultar anacrónico encandiló a medio mundo. Y en televisión, Los Soprano (David Chase, 1999) revivió muy bien ese estilo al llegar el nuevo milenio, aportando un toque de humor negro genial. Volviendo a la gran pantalla, Martin Scorsese se puede considerar el máximo exponente de esta línea, con Malas calles (1973), Taxi Driver (1976), Uno de los nuestros (1990), Casino (1995), Gangs of New York (2002), Infiltrados (2006), El lobo de Wall Street (2013)… todas historias donde los criminales resultan más o menos entrañables y sus aventuras embriagadoras en vez de parecernos vidas deleznables y crímenes grotescos; incluso en los casos en que sí quería señalar la violencia, lo hacía con cierto humor negro.

Precisamente este favoritismo por un género, por no decir abuso, propició que sus declaraciones a finales del año 2019 afirmando que el cine contemporáneo estaba engullido por la saga Marvel, a la que no considera ni cine, le hicieran quedar como un carcamal y un idiota de cuidado, más aún teniendo El irlandés a punto de estrenar. ¿Cómo se puede ser cineasta, haber estado décadas saturando con un género y luego despreciar otro en su época de esplendor, que ha dado numerosos títulos notables e incluso sobresalientes y que haciendo cuentas realmente no pasa de tres o cuatro estrenos al año entre más de un centenar de obras diferentes? Entró en el debate de géneros y autores rechazados por las grandes distribuidoras como elefante en una cristalería, equivocando de objetivo su crítica y sin ver que las virtudes de las nuevas tecnologías y los nuevos modelos de negocio le han permitido llevar a todo el mundo una cinta obviamente difícil de colar en salas. Pero, como siempre digo, hay que separar la persona del autor, y vamos a centrarnos en la película.

El irlandés rompe la tendencia al ofrecer una de gángsteres y mafias con un tono crepuscular, como en el cine del oeste cuando autores como John Ford y Sam Peckimpah, hartos de la línea dominante tan idealista y blanda, optaron por perseguir historias más realistas y crudas.

Para empezar, el protagonista es un don nadie y acaba más o menos igual, no es un gran capo o un tipo hábil que va ascendiendo. Jefes varios lo usan como matón y guardaespaldas por su falta de escrúpulos, pero de recursos intelectuales y ambición anda muy escaso. Esta vida deja secuelas en la familia y amistades, y garantiza soledad para quienes sobreviven a años de violencia.

Basándose en general en hechos reales seguimos la historia de Frank Sheeran (Robert de Niro), un conductor de camiones que empezó con trapicheos de contrabando y acabó siendo sicario de mafiosos varios (algunos inventados por los autores, como el rol de Joe Pesci, Russell Bufalino, otros reales) y finalmente guardaespaldas de Jimmy Hoffa (Al Pacino), el sindicalista más famoso de la época, muy conectado con el mundo del crimen.

El reparto es excepcional y recupera varias estrellas en una larga decadencia. Dos pesos pesados de los años setenta, ochenta y noventa como fueron De Niro y Pacino llevan veinte años (¡veinte!) enlazando trabajos que les dan de comer sin esfuerzo, películas más o menos mediocres y papeles donde o pasan de todo o sobreactúan sin mesura. Desde Ronin (1998), De Niro sólo pareció esmerarse un poco en El lado bueno de las cosas (2012), y Pacino, desde El dilema (1999) e Insomnio (2002) y un poco también en la miniserie Ángeles en América (2003), anduvo el mismo camino. Pesci por el contrario no ha sido de los de aparecer en dos o tres películas por año, y desde el 2000 andaba medio retirado, con sólo dos papeles, El buen pastor (2006) y Love Ranch (2010).

En El irlandés están al nivel de los mejores años de sus carreras. La contención fría, rígida, de De Niro es inquietante, se ve a un asesino sin escrúpulos… pero también a una persona sencilla. Al Pacino tiene entre manos a un embaucador de nivel, pero sorprende al limitar bastante la gesticulación de sus peores momentos y aun así conseguir un personaje que te atrapa en su órbita gracias a su arrolladora personalidad. En Pesci se nota más aún la contención, dado sus papeles cómicos aun dentro del género (en Uno de los nuestros era un loco de cuidado). Incluso ante estos dos colosos destaca con una interpretación tan verosímil como entrañable, un mafioso que está por encima de todo, cuya veteranía y convicción le hacen ir por la vida con una tranquilidad pasmosa. En cuanto a secundarios, hay muchos habituales en cine o televisión, pero con apariciones bastante breves, así que aunque cumplan como buenos profesionales ninguno logra dejar huella: Harvey Keitel, Anna Paquin, Bobby Cannavale, Stephen Graham y otros tantos.

Sin embargo, hay un aspecto polémico. El anunciado rejuvenecimiento facial de actores que sobrepasan los setenta pero interpretarían a personajes en distintas épocas, empezando por la treintena o menos, se iba a mirar con lupa, pues aunque ya se había visto en algunos episodios de Los Vengadores con resultados magníficos, destacando Capitana Marvel, ya se sabe que la ciencia-ficción y fantasía muchos no las cuentan como cine de verdad, así que hasta ahora no había realmente gran expectación por ver los resultados; para aumentar el sinsentido, los efectos especiales los hacen los mismos, Industria Light and Magic

El trabajo con los rostros es como en los ejemplos citados impecable, superando con creces a aparatosos maquillajes. No limita la interpretación de los actores, no canta a efecto digital… Pero en este caso hay dos puntos de choque que confunden e incluso molestan y terminan empañando el logro. El primero es que De Niro lleva lentillas o trabajo con ordenador también para ponerle los ojos tan claros que tenía la figura en que se basan, y resulta tan raro que te puede costar bastante rato acostumbrarse, porque te saca bastante del personaje, estás todo el rato pensando que algo no cuadra. Lo segundo es que siguen teniendo setenta años en sus movimientos, y en las escenas más activas se nota mucho, pero cuando entran en juego los dobles de cuerpo (peleas y caídas) la diferencia provoca carcajadas. Así que, al final cabe preguntarse si no es mejor el simple y efectivo recurso de contratar a distintos actores para distintas edades, o al menos haber seleccionado a unos cuarentones y usar la técnica para envejecer también. Por otro lado, hay otro caso extraño que resulta aún más desconcertante: coger a un actor relativamente joven y en forma como Domenick Lombardozzi (el detective tontorrón Herc de The Wire -2002-) y meterlo en un disfraz de gordo y anciano produce unos resultados ridículos.

Dejando estos detalles aparte, los problemas de la cinta son otros más importantes. No hay más virtudes destacables en ella aparte del excelso reparto, y sí una gran acumulación de peros y fallos desde el concepto a la ejecución. Scorsese cree haber conseguido una gran épica de género, compleja, larga, desbordante de contenido y emociones, al estilo El padrino (la segunda parte, sobre todo) y Uno de los nuestros… pero está más bien en la onda de Sergio Leone con su lenta, caótica, no lineal y semionírica Érase una vez en América (1984), que entusiasmó a sus seguidores acérrimos pero confundió y aburrió a muchos otros, cinéfilos y espectadores casuales, y estos, ante tan abrumadora recepción, prefieren callar antes de que se les trate de incultos. Pues yo voy a decirlo claramente y sin miedo: El irlandés no es una buena película, y llamarla obra maestra es una barrabasada insostenible.

Es demasiado larga e irregular, no se centra, no ofrece un rumbo y un contenido claros y consistentes. Ni siquiera me vale decir que con tres horas y media se puede considerar miniserie y ver por partes. Le sobra prácticamente la mitad, una ingente cantidad de material inane que lo que logra es rebajar su categoría de gran epopeya cinematográfica a miniserie televisiva de escaso calado y calidad.

Al menos Netflix ha tenido suerte con su éxito y la multitud de nominaciones a premios, lo que le permitirá atraer a más autores de este calibre. Es más, que Scorsese haya tenido un patinazo (o dos, contando la insustancial y tediosa Silencio -2016-) no significa que no vuelva a ofrecernos otro gran título.

El repertorio de anécdotas y curiosidades funcionó a las mil maravillas en Uno de los nuestros y no resultó nada mal en El lobo del Wall Street, dos historias generosas en metraje y años abarcados pero que gozaban de un ritmo trepidante, un hilo conductor claro y unos personajes que evolucionaban a ojos vista. Aquí, entre anécdota y anécdota puede haber quince minutos de vacío, y hasta llegar a un tramo interesante quizá hay que soportar media hora de vaguedades y vueltas en círculos. De hecho, la historia realmente tarda cuarenta minutos en empezar, pues hasta la aparición de Jimmy Hoffa prácticamente no ha pasado nada. Una presentación del protagonista, diréis. Pero lo que cuenta cabía en diez minutos más o menos. Mostrar a Frank iniciando sus trapicheos, entrando en contacto con Bufalino y empezando a matar para la mafia no necesitaba una exposición tan extendida y superficial. Scorsese tira de una narración no lineal para aumentar el tono melancólico (en el viaje en coche los ancianos recuerdan cómo se conocieron, qué fechorías hacían…), pero da rodeos mil cada cual menos trascendental y más aburrido.

La entrada de Hoffa levanta el interés bastante, pero sigue sin centrarse la cosa. Aparecen de golpe secundarios varios… y de repente desaparecen durante otro largo periodo mientras nos perdemos en otras subtramas vulgares, relatos de crímenes varios, rencillas con otros mafiosos, fiestas que no aportan nada… La peleilla con un rival (el encarnado por Graham) es de las partes más entretenidas, pero a la larga, como todo lo demás, no da la sensación de que aporte nada sustancioso al desarrollo global.

Para cuando encuentra un rumbo más claro ya es tarde y tampoco tiene el nivel exigible. La etapa de decadencia, donde Frank se vuelve consciente de que llega a la vejez sin nexos emocionales y familiares, pues los ha descuidado durante su vida, no funciona como debiera, porque todo esto se ha desarrollado en unas pocas anécdotas sueltas que metieron con calzador entre otras historias. Es decir, no puede ser que pasadas tres horas de metraje intentes que congeniemos con hijas que ni has presentado debidamente, que la versión adulta de una de ellas, encarnada por Paquin, deje huella con dos frases, y que de la otra y la mujer te acuerdes a estas alturas de dónde andan después de la poca presencia que han tenido. Además, el supuesto conflicto interno se sustenta sólo en la parte familiar, ni las misiones en teoría más difíciles que hizo parecen dejar secuelas, sean peligros que pueden volver a acechar o remordimientos serios.

Por hacer la comparación más obvia, en Uno de los nuestros teníamos a la familia presentada en los cinco primeros minutos y entendíamos rápido y con claridad la posición del protagonista, el entorno y sus motivaciones, y en adelante era todo exponer cómo funcionaba el mundo del crimen con cada hecho calando en él y su mujer de distintas formas.

Ni la puesta en escena resulta llamativa. Scorsese, sea porque intenta ofrecer una narrativa sobria acorde al tono nostálgico y decadente, va con la inercia puesta, no ofrece un aspecto visual expresivo y virtuoso, sino más bien uno apagado, casi televisivo, y cuando intenta florituras queda mal porque tira de recursos que ha usado mucho durante su carrera y aquí parecen enredos repentinos que desentonan: harto he acabado del tráveling que sortea un caos de gente para llegar al protagonista, sobre todo en vistas y juicios. Además, la recreación de la época es muy parca, no hay ambición alguna en el acabado de una película que trata de representar décadas de historia. Me temo que gran parte de los estratosféricos 160 millones de presupuesto se gastaron en la puja de derechos de autor y de distribución, que se fueron de madre cosa mala, pero la inversión real en el rodaje no tiene pinta de sobrepasar los 50-60 (lo que costó por ejemplo Emboscada final, por citar una reciente del estilo). No creo que en el rejuvenecimiento digital costara tanto; si es así, quizá no sea tanta mejora respecto al maquillaje o al uso de actores de distintas edades.

Acaba la eterna proyección y te quedas preguntándote qué ha intentado contarte Scorsese, si la historia de la mafia sindical, la vida completa de un sicario, o un anecdotario de crímenes en general. No tiene garra como recreación histórica, no conmueve el drama de las pocas vidas mostradas, no apasiona en las diversas aventuras de gángsteres. El tramo final en el asilo apenas vale para dejar un recuerdo digno en un relato cercano al desastre, salvado por algún tramo entretenido y sobre todo por la colosal interpretación de grandes y admirados veteranos.

Érase una vez… en Hollydood


Once Upon a Time… in Hollywood, 2019, EE.UU.
Género: Drama, suspense.
Duración: 161 min.
Dirección: Quentin Tarantino.
Guion: Quentin Tarantino.
Actores: Leonardo DiCaprio, Brad Pitt, Margot Robbie, Kurt Russell, Al Pacino, Emile Hirsch, Timothy Olyphant, Margaret Qualley.

Valoración:
Lo mejor: La pareja protagonista engancha con su relación. Los magníficos actores Leonardo DiCaprio, Brad Pitt y Margot Robbie. La dirección de Quentin Tarantino vuelve a mostrar su talento.
Lo peor: La falta de rumbo, el metraje desmedido y las salidas de tono ponen de manifiesto también de nuevo que Tarantino no tiene mesura ni hay productores que se atrevan a decírselo y a exigir un montaje más coherente y equilibrado.

* * * * * * * * *

Quentin Tarantino siempre ha demostrado gran amor por el cine, dotando a sus cintas de numerosas referencias a títulos que le han marcado, recuperando técnicas y estilos en desuso, y sobre todo, mostrando un nivel técnico propio al alcance de muy pocos realizadores. Pero el estar tan enamorado del cine se convierte en un lastre también, porque termina demasiado embelesado con lo que está haciendo y no es capaz de centrarse, de coger un rumbo y seguirlo con determinación, de dar forma a una historia sin patinar en salidas de tono y detalles innecesarios, de ver lo que sobra. También pesa en sus películas que el poder alcanzado tras el éxito de Pulp Fiction (1994) le ha garantizado algo poco común, una libertad monetaria, creativa y de distribución total. Es decir, no hay productores que se atrevan a decirle que el montaje final necesita un buen repaso.

Érase una vez… en Hollydood también arrastra esos problemas. Las escenas alargadas sólo porque está encariñado con lo que cuenta y no es capaz de cortar cuando debe y los rellenos más o menos curiosos pero que añaden minutos prescindibles se empiezan a acumular pronto, lastrando el ritmo y la sensación de dirección, y acabando con la paciencia de muchos espectadores. Otros se habrán quedados prendados de la enorme química entre los dos protagonistas y sus intérpretes, de la fuerza de muchas escenas, y podrán pasar por alto bastantes de esos fallos… Pero dependiendo de la resistencia de cada uno habrá un punto de ruptura. En mi caso fueron los eternos viajes en coche de Brad Pitt, los paseos de Margot Robbie por tiendas (todo un plano para ver cómo cruza un paso de peatones), y finalmente el eterno rodaje del episodio piloto de Leonardo DiCaprio. Una vez rota la conexión, en adelante ya nada cuaja lo suficiente como mantener el interés constante. Demasiada exposición intrascendente, demasiada música y enredos visuales para dar vitalidad a una narrativa que hace aguas, demasiada salida por la tangente…

Desde el descarado grito wilhelm del principio queda claro que esta vez Tarantino no se va a quedar en unas cuantas referencias, sino que pretende un homenaje completo al cine, aunque su predilección por el western y la serie b es bien conocida y tendrán más presencia. El protagonista, Rick Dalton (DiCaprio), es un actor de seriales del oeste al que acompaña un fiel amigo, su doble de acción y chico para todo Cliff Booth (Pitt). Son dos figuras imaginarias, al contrario que casi todo el repertorio de secundarios, y le servirán al realizador para reunir los homenajes pretendidos. Historias sobre la fama, el fracaso, los géneros y formas de hacer cine, las fiestas y amistades, y las referencias a numerosos actores, películas y series, escenas y detalles se agolpan una tras otra, en ocasiones deslumbrando, en otras saturando innecesariamente, se mezclan con las vidas de los personajes ora con naturalidad, ora de forma muy forzada.

A veces el galimatías es enorme, confunde, abruma, desvía la atención. El rodaje del episodio piloto se alarga demasiado, sobrepasando la necesidad (la crisis de Rick Dalton) para irse por las ramas con personajes que ya han dicho lo que tenían que decir pero siguen ahí porque no es capaz desprenderse de ellos o que sólo están para añadir más curiosidades. Por ejemplo, la presencia de James Stacy (encarnado por Timothy Olyphant) no tiene relevancia real, parece obedecer sólo al morbo: aparece con la moto que lo llevaría unos años después a un accidente del que se salva de milagro, y más adelante intentó suicidarse tras descubrirse que abusó de niños, caso por el que pasó el resto de su vida en la cárcel; hasta la aparición de Bruce Lee (Mike Moh) es anecódtica: aunque divierte, no aporta sustancia al argumento ni a los personajes; y otros por suerte se quedaron en la sala de montaje, como Michael Madsen; pero ya se anuncia una versión extendida que incluirá más morralla, como hicieron con Los odiosos ocho (2015). También tenemos apariciones breves de otros grandes actores, como Al Pacino o Bruce Dern, que no que aportan nada llamativo; si Tarantino quería decir algo con ellos, se me escapa. Y cabe señalar que fue el último papel de Luke Perry antes de fallecer.

Lo peor es que está claro que los Manson y los Tate y sus amigos sobran por completo. A pesar de la eficaz escena de intriga en la visita de Cliff Booth a la comuna y de la desbordante elegancia y simpatía de Margot Robbie, nos encontramos ante dos películas en una sin conexión alguna, tan separadas que el realizador tiene que recurrir a una torpe voz en off para unirlas. Pero por si fuera poco, remata la cinta con un final absurdo, un revisionismo histórico surrealista completamente salido de tono. En Malditos bastardos (2009) la parodia era evidente y se veía venir lo de Hitler, aquí va de serio y de repente te engaña con una locura ridícula.

A veces la cosa fluye bastante bien en el detallismo, tanto en cosas evidentes para cualquier cinéfilo como en lo sutil para los más cultos, e incluso también tiene guiños muy rebuscados bien colocados (el breve enfoque a la partitura de The Mamas and The Papas en el piano de los Tate lo reconocí por casualidad porque acababa de leer sobre el tema). Pero sobre todo destaca el ambiente en general. El trabajo tras las cámaras y la vida de los actores resulta muy interesante, incluso teniendo en cuenta con que muchas cosas las hemos visto bastantes veces los personajes atrapan con intensidad y sus vivencias resultan más o menos emocionantes.

Los tres actores principales están espectaculares, Pitt y DiCaprio superan los irreglares papeles de Malditos bastardos y Django desencadenado respectivamente, deslumbrando con algunas de las mejores interpretaciones de sus carreras. Y Robbie, sin apenas diálogos, despliega un torrente de emociones contagioso. La dirección de Tarantino y los aspectos técnicos son brillantes y reconstruyen la época a la perfección. Si bien no ofrece el expresionismo de Los odiosos ocho y el sentido del espectáculo de Django desencadenado, vuelve a regalarnos una película impecable en lo visual. Pero si no se usa ese portento de acabado con sabiduría a la hora de de forma a un relato coherente y atractivo, ¿de qué sirve? Por muy bonita que sea la fachada, Érase una vez… en Hollywood da tumbos sin rumbo y su rocambolesco final te deja con mal recuerdo.

¿En qué nivel la pongo en comparación con otras cintas de Tarantino? Pues yo diría que desde Pulp Fiction no da pie con bola y todas están en la misma línea más o menos, pareciéndome la elección más bien subjetiva: ¿qué grupo de personajes te cae mejor y qué género y escenario te llega más? En mi caso sería Los odiosos ocho. Su tono de comedia más que gamberra hijaputa permitió que las carencias de siempre me resultaran mejor disimuladas. Luego pondría Jackie Brown (1997), con personajes estupendos y un estilo de historias cruzadas a lo Pulp Fiction muy interesante. Y en Malditos bastardos su peculiar banda salvaba por los pelos otra cinta caótica. Pero las demás me parecen demasiado irregulares como para que sus puntos fuertes levanten la media. La pareja de actores de la presente me ha caído muy bien, pero el desastre narrativo es enorme. La pondría justo por encima de Django desencadenado (2012) y Kill Bill (2003, 2004), cuyos protagonistas e historias no me llegan tanto.

Terminator: Destino oscuro


Terminator: Dark Fate, 2019, EE.UU.
Género: Acción, ciencia-ficción.
Duración: 128 min.
Dirección: Tim Miller.
Guion: David S. Goyer, Justin Rhoders, Billy Ray, Charles H. Eglee, Josh Friedman, James Cameron.
Actores: Linda Hamilton, Mackenzie Davis, Natalia Reyes, Arnold Schwarzenegger, Gabriel Luna, Diego Boneta.
Música: Tom Holkenborg.

Valoración:
Lo mejor: Buen reparto, sobre todo comparado con Terminator: Génesis.
Lo peor: Simple, predecible y aburrida hasta la desesperación. Acabado visual muy pobre, indigno de una superproducción. Se carga la continuidad sin respeto alguno por el fan de la saga. Que James Cameron firme y avale de nuevo semejante traición a sus seguidores. Los tráileres te destripan toda la película.

* * * * * * * * *

VOLVER A UNA SAGA AGONIZANTE…

Una secuela de una serie debe mantener la esencia, su espíritu, indistintamente de cuanto se aleje o no en argumento y estilo. Terminator 2: El juicio final (James Cameron, 1991) muestra que se puede repetir la fórmula sin parecer una mala copia, y el mejor ejemplo de que se puede cambiar bastante sin perder ni una pizca del alma de la obra original lo tenemos en la aportación del propio Cameron a otra serie famosa, Aliens (1986). En ambas sagas los siguientes autores no supierion mantener el nivel.

Terminator 3: La rebelión de las máquinas (Jonathan Mostow, 2003) cumplía por la mínima, lo que en una serie tan apreciada y de tan alta calidad no es garantía de éxito, y no se recibió con mucho entusiasmo. Viendo que volver a repetir el esquema tenía todas las de fracasar en un nuevo episodio, los productores decidieron echarle agallas y optar por un cambio de rumbo en Terminator: Salvation (McG, 2009). La recepción fue tibia por parte del público, pocos seguidores la apreciamos en su momento, pero el tiempo la va asentando. A pesar de su desganado final, por fin teníamos una cinta que miraba hacia adelante, buscando historias de John Connor y la guerra contra las máquinas en el futuro, con escenarios absorbentes tanto por el gran sentido del espectáculo como por ofrecer novedades, intriga y sorpresas con una trama y unos protagonistas muy bien trabajados.

Por ahí tenían que haber seguido. Ganarse nuevos espectadores y recuperar a los antiguos poco a poco con nuevas aventuras, en vez de rapiñar como buitres del factor nostalgia. Pero en Terminator: Génesis (Alan Taylor, 2015) hicieron algo peor, algo muy común en el cine actual para tratar de dar nueva vida a éxitos pasados, sobre todo de los ochenta: el remake disfrazado de actualización. Rizaron el rizo de mala manera con la historia y los personajes, para a la hora de la verdad aportar bien poco salvo agujeros enormes, desconcertando al espectador casual e insultando al fan de toda la vida, y para colmo el proyecto arrastró fallos catastróficos, como el nefasto casting. Y todo venía avalado por James Cameron, con lo que la traición dolía más.

Pero a pesar de ir muy justa en taquilla y críticas y del cabreo de los fans con tamaña afrenta, tratan de colarnos con todo descaro un nuevo remedo con Terminator: Destino oscuro. Cameron vuelve a poner su nombre, nos la venden otra vez como la secuela verdadera, omitiendo las tres anteriores (y todo el tiempo y dinero invertidas en ellas por los fans), y ale, a ver si esta vez engañamos al público.

Lo peor es que claramente han tratado de rehacer Génesis en vez de aceptar que toda ella fue un error grave y buscar otro camino. Si no, ¿por qué toman el rediseño del esqueleto del terminator de aquella (ese con cara de loco en vez de temible), así como gran parte de su argumento? La premisa, las actualizaciones forzadas y las meteduras de pata son las mismas, solamente parece que han sido conscientes del galimatías que fue aquella e intentan simplificarlo todo… Tanto que el relato se queda en un armazón muy simple que pasa por los puntos clave de la saga sin lograr despertar interés alguno, y en vez de muchos fallos dispersos tenemos unos pocos concentrados que acaban siendo demasiado llamativos. Seis escritores acreditados, más probablemente otros tantos que no, han parido un despropósito de los que hacen época.

…PARA REMATARLA DE FORMA VERGONZOSA E INSULTANTE

Alerta de spoilers: No puedo analizarla sin entrar a fondo.–

Empezamos fuerte, con la última y más grande traición: en el prólogo matan a John Connor y resucitan a su madre, que se supone que murió de cáncer, reescribiendo la línea argumental de la saga, eliminando los episodios La rebelión de las máquinas y Salvation de un plumazo (a Génesis ni lo cuento, también reescribía todo de mala manera). Pronto se intuyen los motivos ocultos tras tan torpe y ofensiva decisión: la moda de las actualizaciones incluye otra moda horrible, el feminismo. Para los adalides de la corrección política (y por lo que se ve, ahora entra también Cameron, pues aprobó todo este sinsentido) ya no queda bien que un hombre salve a la humanidad, así que demolemos los pilares de una serie pionera en personajes femeninos fuertes para meter con calzador personajes femeninos fuertes pero a costa de denigrar a los hombres. ¿Alguien entiende algo? Yo no, sólo que me están faltando al respeto a lo grande en varios sentidos nada más empezar la proyección.

En las anteriores entregas, incluyendo la fallida Génesis, se hablaba de líderes y héroes a secas, y veíamos a varios en acción sin importar su género. Además, eran individuos realistas, la mayor parte empezaban siendo unos don nadie, como Sarah Connor y Kate Brewster, mujeres normales, John Connor, un niño cualquiera, Kyle Reese, un superviviente huidizo, todos convertidos en luchadores y héroes por las dificultades de la vida. Ahora andan diciendo a las claras que lo de las películas anteriores está equivocado: se señala que el hombre es malo e incompetente por naturaleza e incapaz de llegar a nada (la protagonista tiene que cuidar a su padre y hermano, el Terminator sólo se acepta como hombre válido cuando cambia pañales), se repite varias veces que todos asumen por deformación machista que la protagonista sólo servirá para dar a luz al hombre que salve a la humanidad, para al final dejar claro que ni embarazo ni hombre: sólo la mujer es capaz de liderar, de tomar buenas decisiones, de mantener la ética por encima de consideraciones egoístas…

La versión femenina de John Connor, Daniela Ramos, roza el cero absoluto en carisma e interés. La actriz Natalia Reyes parece competente, el problema es de un guion insustancial que da palos de ciego sin concretar nada: está en casi todas las escenas pero no parece una protagonista, sino un objeto, una excusa para justificar la trama. Se vislumbra la misma idea que con los personajes citados, empezar desde abajo y madurar, pero no hay una transición fluida, una evolución hacia heroína que enganche y emocione. Se tira toda la aventura siendo una chica cualquiera, capaz en una vida normal pero sobrepasada cuando empiezan los tiros, y de repente se acuerdan de que tiene que acabar siendo una líder, así que te plantan una escena en que dicen que ha cambiado y suelta un discurso acorde… pero en el acto final vuelve a olvidarse todo ello hasta el punto de que si la eliminamos de cada plano no cambiaría nada. ¿Tanta traición para esto? ¿Te ciscas en las bases de la saga y en sus seguidores para no aportar nada más que el sello de haber cumplido con la corrección política? Entre su nulo calado y que su existencia se debe a un panfleto ideológico, desde el principio resulta un personaje bastante molesto y prescindible.

Sarah Connor y Grace tienen un mínimo de trasfondo, lo justo para darles algo de vida y donde pueden apoyarse Linda Hamilton y Mackenzie Davis para lograr unas correctas interpretaciones, pero no es suficiente para que sus odiseas atrapen con fuerza, y menos cuando las escenas de acción no las ponen en peligros que nos creamos. No sorprende que tengamos nuevas versiones de los robots, pero al menos al incluir una humana mejorada, Grace, parece que abrían la puerta a tener algo más que una fría máquina. Sin embargo, su historia y la relación con Dani en el presente y el futuro es tan poco original y aporta tan poco a su desarrollo dramático en los eventos actuales que te deja frío, indiferente. Y Sarah a la hora de la verdad tampoco ofrece gran cosa, sólo deja un par de escenas dignas sobre su pérdida de humanidad entre mucho chascarrillo de tipa dura. Por cierto, qué casualidad que la salvadora del mundo esté en Méjico, justo donde Sarah se ha refugiado porque la buscan en Estados Unidos, y qué conveniente que a pesar de ser una de las personas más buscadas un comandante del ejército, supuestamente amigo suyo no se sabe por qué, le da hasta aviones sin rechistar.

El nuevo terminator, cuyo nombre no hay manera de entender y recordar (con lo pegadizos que eran los originales), no impresiona nada en diseño y efectos especiales, salvo para mal en algunos casos: los dobles digitales son horribles, y al verlo en acción en el futuro parecen escenas sacadas del videojuego Crysis. El actor Gabriel Luna pasa sin pena ni gloria, siendo incapaz de hacer sombra a Arnold Schwarzenegger y a Robert Patrick. Siguiendo con el enemigo, como en Génesis, no se entiende que le cambien el nombre a Skynet, algo completamente gratuito; al menos no tenemos una aparición estúpida de la nueva IA como en aquella.

El terminator clásico, el T-800, sigue el camino de degradación iniciado en La rebelión de las máquinas y la reinvención de Génesis: es un secundario cómico y un comodín para justificar la trama sin que los escritores tengan que esforzarse mucho, y sus apariciones encadenan una serie de despropósitos delirantes. En Terminator 2 el enviado para salvar a John estaba reprogramado para ser sociable y aprender del hombre, pero este no, es una máquina de infiltración y ejecución sin más directrices… y resulta que se aburre, forma una familia y se humaniza. Sí que estaría defectuoso, porque ni siquiera trata de matar a Sarah en el prólogo a pesar de tenerla a tiro y ser un claro cabo suelto y posible amenaza. Y todo esto lo rematamos con los chistes sobre cortinas y pañales y las cervezas que se echan en el porche tranquilamente a pesar de enfrentar la muerte y el fin del mundo.

Volvemos a la gastada premisa de un terminator viajando al pasado para matar humanos que serán relevantes en el futuro, pero en vez de trabajarse el ambiente adecuado en cada escenario, mostrar un hilo conductor claro y atractivo, buscar situaciones originales o al menos impactantes, y aportar alguna lectura intelectual que le dé algo de enjundia, se limitan al terrible estilo manteniendo por Génesis y otras muchas obras en el cine moderno, donde las cosas (revelaciones, caminos a seguir, soluciones) les caen a los personajes encima y estas sólo sirven para justificar las secuencias de acción. En Génesis, al protagonista, Reese, le llegaban flashes de información por arte de magia, por una supuesta falla en el tiempo o algo así, que le indicaban a dónde ir, y una vez allí resulta que el terminator llamado Abuelo había resuelto todo fuera de pantalla y sólo tenían que pegar tiros hasta pasar a la siguiente fase. Aquí, el T-800 del pasado, Carl, es quien ve esos flashes (o eso dice él, porque nosotros no) y manda mensajes a Sarah. Ese es todo el misterio de la trama y todo el esfuerzo de los personajes por hacer algo: ir allá, pegar tiros, ir a otro lado. Hay un amago con planear una trampa para el enemigo… pero al final es todo improvisado.

Las reflexiones sobre el destino (esperar que pase algo o tomar las riendas de tu vida y luchar) y la dependencia de las máquinas están muy vistas, pero las citan de mala gana como para cumplir, aportan actualizaciones muy facilonas (ooh, una máquina le va a quitar el trabajo al hermano de Dani, ooh, compañías y gobiernos controlan nuestros movimientos a través de los móviles…) y tratan de incluir novedades que se sienten muy forzadas: la crítica a la gestión de la crisis de inmigración resulta muy ajena tanto a la saga como a este episodio, y ya he comentado la penosa imposición feminista.

Así pues, no hay contenido alguno, sentido de dirección, progresión dramática, ni tan siquiera secuencias con una atmósfera que transmita alguna sensación concreta. Y pensar que público y fans rechazaron la elaborada y efectiva trama de Salvation

En el acabado muestra una incomprensible falta de talento a la hora de conseguir al menos una cinta de acción llamativa. Ni el realizador Tim Miller ni el equipo técnico están a la altura del mínimo exigible hoy en día. Ha costado 185 millones de dólares, con lo cual debería lucir a nivel de las grandes del género (Mad Max, Los Vengadores, Transformers…), pero más bien parece una serie b de los años ochenta, de esas de 20 millones o menos que salían directamente a video, y que ahora debería haber ido a alguna plataforma online.

Las escenas de acción son simples y están rodadas con la destreza justa para no parecer cine cutre, aunque desde luego en algunos momentos de pésimos efectos especiales se quedan cerca. Las persecuciones son repetitivas y carecen de imaginación, algo donde cumplían bastante bien la tercera y cuarta partes. En el clímax en un avión en pleno vuelo no se ve nada claro, y en el cansino enfrentamiento bajo el agua menos aún. El final en la presa es tan vulgar como los demás tiroteos y encuentros cuerpo a cuerpo: un terminator que se supone que es una máquina de matar, con fuerza superior al hombre y con capacidad para crear armas de filo, no es capaz de acabar con sus víctimas al primer golpe, sólo de lanzarlas más allá, dándoles más oportunidades de huir o defenderse. La música es un machaque constante con un ruido informe, el buen trabajo de Tom Holkenborg en Mad Max (2016) parece que fue una casualidad irrepetible.

Da la sensación de que el éxito de Deadpool (2016) le ha dado una categoría al director Tim Miller que en ningún momento se ha ganado realmente, porque esa cinta destacó por el ingenioso guion y el carisma del protagonista, no por deslumbrar con el acabado visual. El mismo James Cameron metió mano en postproducción, disgustado por el trabajo de Miller, pero de qué iba a servir, pues el problema principal es el guion al que él mismo dio el visto bueno. Entre sus avales a estas dos últimas Terminator y al truño de Alita: Ángel de combate (Robert Rodríguez, 2019), la confianza en Cameron está por los suelos.

En estas condiciones, sumado a que en los tráileres nos han destripado todo, el sentido del espectáculo brilla por su ausencia y el escenario de persecución agobiante y muerte inminente exigible en la serie ni hace amago con asomar. Hay un par de momentos en que parece que los personajes tienen algo que contar, pero se diluye en una aventura sin rumbo ni garra. Desde el principio te atrapa el desinterés, y el aburrimiento empieza a hacer mella pronto. Para cuando llega la parte del avión estaba ya totalmente desconectado, deseando que acabara el suplicio, y no hay un tramo final apoteósico que la redima aunque sea un poco en el lado del entretenimiento, que era lo único que salvaba a Génesis: el galimatías de ruido y tortas se extiende sin llegar a nada durante más y más minutos, hasta terminar con cara de haber perdido dos horas de vida.

No puedo dejar de preguntarme: ¿los productores y autores implicados quieren hacer una película de Terminator o no? Llevan dos entregas en que ponen más esmero en hacer malabares para justificar cambios que en mantener la esencia de la saga. Para eso inventa otra historia que nada tenga que ver con ella, inventa una nueva serie. Pero claro, sólo con el título se garantizan una buena publicidad. Es decir, nos toman por estúpidos, por billetes andantes. Pero salvo sorpresa inesperada, Terminator: Destino oscuro les ha explotado por fin en la cara, dando pérdidas colosales y dejando la imagen de la serie y de los productores por los suelos, y mira que en Génesis habían caído muy bajo.

¿Queda algo que salvar de la saga, queda algo de esperanzas entre los seguidores como para volver a aceptar otro intento de resucitarla? La única salida posible para mí es retomar la estela de Salvation, pero aunque cada vez somos más los que la defendemos parece que no es suficiente para los obtusos productores. Aunque queda por ver si podrían hacerlo si quisieran, pues cada película ha estado en manos distintas, y a lo mejor los productores actuales no tiene los derechos de los personajes de aquella. Y tampoco las buenas intenciones iniciales garantizan que contraten equipos con talento y no metan mano durante el rodaje. En resumen, las posibilidades de que esta saga remonte son muy, muy escasas.

Saga Terminator:
Terminator (1984)
Terminator 2: El día del juicio final (1991)
Terminator 3: La rebelión de las máquinas (2003)
Terminator: Salvation (2009)
Reinvenciones/remakes:
Terminator: Génesis (2015)
-> Terminator: Destino oscuro (2019)