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Wonder Woman 1984


Wonder Woman 1984, 2020, EE.UU.
Género: Fantasía, acción.
Duración: 151 min.
Dirección: Patty Jenkins.
Guion: Patty Jenkins, Dave Callaham, Geoff Johns, William Moulton Marston (cómic).
Actores: Gal Gadot, Pedro Pascal, Chris Pine, Kristen Wiig, Robin Wright, Connie Nielsen, Amr Waked, Lucian Perez.
Música: Hans Zimmer.

Valoración:
Lo mejor: Pedro Pascal está inmenso, Kristin Wiig bastante bien. Gal Gadot y Chris Pine tienen química. De alguna forma, consigue ser medianamente entretenida, aunque a veces te rías por lo cutre que es.
Lo peor: Muy limitada en historia, desarrollo de personajes, moralejas y escenas de acción, que deslucen otro poco porque en lo visual es horrible, con efectos especiales pésimos. No tiene sustancia, es ingenua, anticuada y demasiado larga.
La frase: La vida es buena. ¡Pero puede ser mejor! -Maxwell Lord.

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DC SIGUE SIN DAR PIE CON BOLA…

Después del fracaso artístico de los episodios centrados en los héroes principales de DC Comics, Superman y Batman, y no cumplir del todo con lo esperado en la recaudación, Wonder Woman y Aquaman recibieron aceptables críticas y dieron mejores resultados económicos, así que el estudio decidió potenciar esa tendencia menos pretenciosa, más centrada en aventuras sencillas. Por ello, muchas eran las esperanzas puestas en Wonder Woman 1984, destinada en este caos de serie a terminar de asentar la nueva línea. Pero conforme la pandemia de coronavirus dejaba al cine en coma, Tenet (Christopher Nolan, 2020) le pasó el testigo de la ingrata tarea de darle nueva vida al séptimo arte, sobre todo porque es la primera cinta importante en estrenarse simultáneamente en cines e internet, con Warner Bros. usando su filial HBO para tratar de salvar las cuentas. Que haya hecho falta una crisis global de este calibre para que los grandes estudios vean que los canales de streaming son un aliado y no un enemigo…

Pero no dan pie con bola en esta saga, por mucho que cambiaran de productores principales y de rumbo tras los continuos batacazos del artífice principal, Zack Snyder. Por un lado, la improvisación sigue presente, con torpes intentos de reconducir personajes secundarios (Aves de presa de Cathy Yan, otro desastre). Por el otro, se aferran a autores que no han mostrado talento alguno. La segunda entrega de la heroína recae de nuevo en manos de Patty Jenkins, y se ha estrellado en taquilla, perdonable dada las circunstancias, pero también en calidad, arrastrando un boca a boca nefasto, lo que limitará su proyección en los hogares y sigue minando la imagen DC.

Y EL PÚBLICO ES VOLÁTIL

Eso sí, este nuevo fracaso no desalienta a los fanáticos. El anuncio de una versión extendida de La liga de la justicia firmada por Snyder (que se emitirá en HBO en exclusiva) ha vuelto a avivar la chispa de la esperanza, Snyder se ha convertido en un mesías que retorna para salvar… lo que él mismo hundió. La realidad estaba clara ya desde Batman vs. Superman: aquí no hay nada que salvar. Sólo el virtuoso James Gunn podría conseguir un buen título con su versión de Escuadrón suicida, pero de ser así, a estas alturas resultaría una anécdota entre un sinfín de desatinos.

También hay que señalar lo volatil que es el público. A Wonder Woman se la consideró una cinta de notable (7.4 en IMDb, 6,3 en Filmaffinity) a pesar de sus notorias carencias, y la presente tiene los mismos problemas pero ahora la gente los considera graves, incluso una traición a la serie, llevándose un aprobado por los pelos (5,5 y 5 respectivamente). Pasó lo mismo con El Señor de los Anillos y El Hobbit, y con Harry Potter y Animales fantásticos, por citar los casos más destacables. La gente se une a las modas sin mostrar criterio propio, y lo que un día es bueno al siguiente es malo o viceversa.

FALLIDA MIRADA A LOS OCHENTA

Da igual que en los episodios precedentes de la saga nos indicaran que Diana, tras la segunda guerra mundial (Wonder Woman), decidió aislarse del mundo y sólo vuelve a dar la cara en el presente para ayudar a Batman y Superman contra el trol raro aquel (Batman vs. Superman). Da igual que la nostalgia con los años ochenta a estas alturas resulte cargante, la gente empiece a estar hartita de tanta mirada al pasado. Patty Jenkins se ha empeñado en revivir esa época, en homenajear al género en su nacimiento cinematográfico (Superman de Richard Donner -1978-, Batman de Tim Burton -1989-), y el estudio, otrora muy de meter mano por doquier, ahora ha dado carta blanca sin más. La autora se obsesiona tanto con ello que se olvida de que su historia y personajes tengan vida propia, se atasca en la repetición de los argumentos, escenarios y clichés más trillados y obsoletos. Si ya la primera entrega acusaba la falta de originalidad, seguía demasiado a rajatabla los estereotipos, ¿en qué cabeza cabe pensar que emular aún más al género va a dar mejores resultados?

El prólogo en el centro comercial nos introduce en ese ambiente de homenaje… y deja claro el fallido tono. En vez de emocionar, de llevarnos a revivir esa época dorada de la fantasía que marcó la infancia de un gran sector del público, se ve muy forzado. Toda la situación resulta un tanto esperpéntica, una serie de referencias y chistes metidos a martillazos, apilados hasta desbordar, hasta hacerte torcer el gesto: nada encaja, nada hace reír, por momentos provoca vergüenza ajena. Y ello le sumamos la falta de verosimilitud: Diana ha sido grabada (tardar en romper las cámaras) y vista por todos, no parece tomarse muy en serio lo de esconderse, y aun así la sociedad parece no percatarse de su presencia. Y bueno, también cabe preguntarse por qué se entretiene en perseguir a unos ladronzuelos, con todos los males que habrá en el mundo ocurriendo en ese momento.

El estilo relajado se mantiene en el resto del relato. En la primera entrega saltamos de la línea oscura y presuntuosa de Snyder a una mucho más ligera, estilo Superman de Donner, y ahora se inclina hacia una vena cómica en la onda de Batman de Burton. Con esta fórmula, la presentación de cada personaje secundario resulta demasiado previsible y por momentos hilarante, manteniendo una mezcla de no sé si me hace gracia por simpática o por cutre. Las versiones de Catwoman encarnada por Barbara Minerva y de Lex Luthor en manos de Maxwell Lord resultan tan añejas y simplonas que a veces provocan rechazo, otras la familiaridad y el tono absurdo transmiten cierto encanto.

Así, Jenkins se queda más cerca de la imitación burda que del homenaje, y se inclina peligrosamente hacia el cine cutre más que hacia la parodia ágil. Habrá quien choque frontalmente con su tono ingenuo y caótico, y quien se divierta con esta versión desenfadada del género. Salvando ese barrera, el mayor problema que se presenta es que en todo momento sabes qué escena vendrá a continuación, cómo se desarrollará la transición hacia villanos y cuando llegará la confrontación. Los anhelos, los traumas, las justificaciones con escenas tan manidas como la pelea con el hijo y el choque con el borracho machista, van mostrando tan poca imaginación que no hay manera de encontrar motivos hay para engancharte a sus aventuras con fuerza. Y si encima tenemos momentos grotescos, como cuando Barbara convierte su jersey feo en un traje con minifalda ajustada muy erótico con un solo estirón, pues más difícil lo pone.

Al menos cuentan con dos buenos actores que suavizan un poco la situación. Una competente Kristen Wiig es capaz de limitar un poco el factor vergüenza ajena, y el enorme Pedro Pascal llena la pantalla con su carisma y versatilidad, redimiendo magistralmente a un personaje muy limitado y resultando lo único destacable y recordable de la película.

SIN NOVEDAD NI MADURACIÓN ALGUNA

Diana Prince no viene a enriquecer el conjunto, porque no hay evolución alguna en ella y en la trama, tenemos prácticamente en la misma situación que en la primera película. Su simpatía apenas mantiene el interés.

No entiendo el largo y tontorrón prólogo en Themyscira, cuando ya tuvimos flashbacks en el episodio precedente para mostrar sus orígenes. Se puede decir que con ello se matiza que era una niña ingenua que ha madurado en el mundo real, pero precisamente de eso iba aquella entrega, y aquí se reincide otra vez sin añadir ningún nuevo matiz a su personalidad ni a la historia de su pueblo.

Themyscira y estas mujeres maravillosas vuelven a dejar mil preguntas. De dónde salen sus poderes, cómo se reproducen, si crecen y envejecen más lentamente o dejan de envejecer al llegar a adultas… En la primera entrega me quejaba de que no se explicaban claramente las habilidades de Wonder Woman, dando la impresión de que es más ágil y fuerte que el ser humano y ya está, no es nivel Superman, de hecho, parecía temer a las balas, se cuidaba mucho de pararlas con su armadura. Pero aquí de repente tienes que asumir que era inmune a las balas, porque al perder poderes estas la hieren (y qué casualidad que ahora sí la alcancen). Pero no queda ahí la cosa, porque ahora tiene la capacidad de generar una burbuja de invisibilidad a su alrededor, que bueno, sabemos que sus compañeras podían hacerlo, pero explica algo en vez de perder el tiempo en el prólogo en cosas reiterativas. Y luego también, después de vivir miles de años, le da por probar si vuela, y vaya que si lo hace, porque sí, porque mola. En la próxima entrega, sin justificación alguna, se teletransportará o alguna chorrada así.

Trevor aporta aún menos al conjunto. Su presencia es mitad receso cómico y mitad cliché romántico. El choque cultural con los años ochenta tiene alguna escena bastante graciosa, pero es una subtrana que no tiene relevancia alguna. Cuando desaparece, realmente ni lo echas de menos ni te acuerdas de que estuvo aquí.

Gal Gadot y Chris Pine me parecen algo más resueltos por separado que en el episodio inicial, y juntos mantienen la química, así que aunque la mitad de sus encuentros sean poco trascendentales, algunos resultan bastante agradables, como la prueba de ropa, mientras que otros no hay manera de salvarlos, como el cansino vuelo en avión. Pero en momentos cumbre todavía se ven enormes limitaciones en Gadot: en la confrontación y los dilemas finales está bastante mal, su expresión de dramatismo forzado vale para todo y no convence nunca.

El grueso de la historia no parece arrancar nunca. Ya la misma premisa del artefacto que concede deseos es bastante infantil, pero lo poco que da si en el drama y el humor, la manera en que Jenkins se atasca en situaciones y escenarios primarios y da vueltas en círculos, va minando la poca energía del relato, habiendo tramos en que desconectas.

Cuando por fin se encamina hacia la confrontación, como se esperaba, no hay una remontada, continúa con la misma pasividad y ahogado en tópicos. La vulgar imitación a Superman y Batman va engullendo prácticamente todas las escenas, y la sensación de déjà vu con Wonder Woman es constante. Si es que hasta el final es el mismo y genera la misma incongruencia: de repente todo el mundo se vuelve bueno y se perdonan entre todos… Entonces, ¿porqué entre ese año y el presente vuelve a haber guerras y ambiciones desmedidas?

Lo peor de la cinta es el exceso de ese pseudo feminismo que se lleva ahora, que es más bien odio hacia el hombre. Diana se queja de que atrae moscones y babosos… pero a la vez va de diva luciéndose por todas las fiestas, y peor aún, da la impresión de que entre las escenas de acción se para a maquillarse, como si le sobrara tiempo. Barbara llora porque no le no le hacen caso, y la única forma que tiene de conseguirlo es convirtiéndose en un putón. Realización laboral, inteligencia, capacidades varias… nada de eso se tiene en cuenta, sólo el físico vale para Jenkins, incluyendo el repartir hostias: cada hombre de la película se lleva su varapalo cuando no paliza con saña. Todos menos Trevor, que es el príncipe azul, el sueño imposible, inalcanzable.

Por extensión, las moralejas son simplonas, ingenuas. Quitando esos delirantes excesos con el feminismo violento, todo es blando, cursi. Aceptarse a uno mismo, amar al prójimo, la familia por encima de la codicia, paz entre los pueblos… Con esto último, expuesto a través del típico enfrentamiento entre árabes y rusos contra occidente, se hace bastante el ridículo.

También podríamos dedicar varios párrafos a las vaguedades cuando no agujeros de guion, aunque me limitaré a dos muy chocantes. Un piloto los años treinta maneja sin más un caza de última generación de los ochenta, que además tiene combustible para cruzar el charco un par de veces. Por lo visto, Roma y otras grandes civilizaciones cayeron por luchas de egos internas exclusivamente, no por cambios migratorios, sociales, económicos, climáticos…

PUESTA EN ESCENA MEDIOCRE

La floja puesta en escena empeora la situación. Es otro campo donde Jenkins andaba muy justa en el episodio inicial, y en vez de encontrar maduración observamos desgana, vicios crecientes, y para rematar, unos aspectos técnicos horrendos. No es admisible que una gran superproducción actual de 200 millones de dólares parezca no una obra barata, sino una de hace treinta o cuarenta años. ¿Es que en pos del homenaje ochentero han rodado con técnicas y recursos de aquella época?

Si el ritmo en los escenarios pausados (dramáticos o cómicos) es moroso, al menos que las escenas de acción levanten el nivel, te dejen asombrado… Pero ocurre lo contrario, la monotonía se extiende a ellas, todas se ruedan con una parsimonia desesperante. Con las torpes labores de dirección y montaje quedan unas peleas cuerpo a cuerpo o a tiros caóticas, donde no hay sensación de peligro y premura sino desconcierto. Diana y Barbara parecen ir cansadas en cada ataque, despacio, con saltos en los que más que ímpetu dan la impresión de flotar. Y eso cuando no hay absurdas cámaras lentas.

La batalla central entre camiones militares carece de originalidad y el acabado visual termina de minar su escaso sentido del espectáculo. Las pantallas de fondo cantan un montón, y lo intentan tapar haciendo que los elementos en primer plano (actores principalmente) estén borrosos o semitransparentes para que no se note tanto; lo dicho, técnicas de los años ochenta. El combate final aburre desde su concepción (un mero trámite a cumplir: la pelea de heroínas y hacer entrar en razón al villano), pero en la ejecución empeora: ambientada de noche y casi sin ver nada, para que no cante horrores la chapucera versión animal digital de Barbara, y ya sin inspiración alguna en la pelea, es todo colgarse de los cables y lanzarse de acá para allá. Pero hay un momento peor, tan penoso que no sabía si reír o llevarme las manos a la cabeza: la escena de vuelo es indescriptible, propia de un serial como Lois y Clark (Jerry Siegel, Joe Shuster, 1993), que ya era ramplón en sus tiempos; hay momentos en que ni el pelo se agita en opisición a la dirección del viento.

Eso sí, la fotografía sigue un estilo actual… uno deleznable, la obsesión por los colores cálidos para conseguir un resultado fácil sin esfuerzo, pues se supone el contraste entre naranjas y azules es agradable para el espectador. Pero el abuso de este recurso da pie a muchas películas saturadísimas, con cielos más verdes que azules y naranjas muy cargados por todas partes, de hecho, los personajes parecen acalorados en todo momento.

En tierra de nadie queda la banda sonora de Hans Zimmer. Dijo en 2016 que dejaba el mundo de los superhéroes, y aquí sigue, dando la paliza en varias sagas. Está en su línea comercial, ofreciendo un trabajo con poca personalidad, confeccionado mayormente con bibliotecas sonoras y pregrabados. Es impersonal, suena a visto. Cumple con su cometido, apoyar la narrativa, con lo justo pero sin dejar huella. Eso sí, el tema de principal de Wonder Woman, ese con guitarras horteras tan disonante que le encasquetó a Junkie XL en Batman vs. Superman y con el que tuvo que cargar Rupert Gregson-Williams en Wonder Woman, aquí lo ha cambiado por completo para adecuarlo a la sinfónica electrónica; a buenas horas se da cuenta de que estaba fuera de lugar. Esta partitura se podría intercambiar con X-Men: Fénix oscura (2019) y nadie se daría cuenta. Algo más esforzado, pero no mucho tampoco, estuvo en El hombre de acero y Batman de Christopher Nolan.

Wonder Woman 1984 roza muy de cerca el cine cutre. Si vas a lo básico del género, al menos añade giros inteligentes y originales, y un buen espectáculo. Pero queda claro que Patty Jenkins no tiene imaginación, visión, ni apenas talento. En vez de maduración respecto a la floja primera parte se observa algo de estancamiento. Como aquella, dentro de su ingenuidad y torpeza consigue ser mínimamente entretenida, incluso a pesar de su duración excesiva, pero la fala de calado de muchas escenas y su abultada longitud pesan bastante. Es otra muestra de la falta de rumbo y calidad de la saga DC.

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Serie La liga de la justicia:
El hombre de acero (2013)
Batman vs. Superman: El amanecer de la justicia (2016)
Escuadrón suicida (2016)
Wonder Woman (2017)
La liga de la justicia (2017)
Aquaman (2018)
-> Wonder Woman 1984 (2020)

The Town: Ciudad de ladrones


The Town, 2010, EE.UU.
Género: Suspense, drama, acción.
Duración: 125 min.
Dirección: Ben Affleck
Guion: Ben Affleck, Aaron Stockard, Peter Craig, Chuck Hogan (novela).
Actores: Ben Affleck, Rebecca Hall, Jon Hamm, Jeremy Renner, Blake Lively, Titus Welliver, Pete Postlethwaite.
Música:

Valoración:
Lo mejor: Algunas escenas de tensión y acción bastante potentes. Protagonistas simpáticos.
Lo peor: Los personajes no terminan de desplegar su potencial, la narrativa es bastante caótica, y la trama está hecha a trozos de obras mejores del género.
Mejores momentos: El atraco disfrazados de monjas. El policía haciendo la vista gorda. El asalto al estadio al completo.

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Había muchos ojos puestos en la faceta de Ben Affleck como director después de marcarse una gran presentación con Adiós pequeña, adiós (2007), aunque recordemos que que ya se dio a conocer tiempo atrás como escritor con el aclamado guion de El indomable Will Hunting (1997). The Town: Ciudad de ladrones acabó en tierra de nadie en cuanto a calidad, pero el éxito de la anterior y la sobre exposición mediática la encumbró bastante más de lo que merecía. Eso sí, a pesar de la presión, en los premios más famosos repitió el mismo camino, se tuvo que conformar con la típica nominación de consolación en los Globos de Oro y los Óscar a un actor secundario (a Jeremy Renner, totalmente injustificada). Aunque claro, mejor eso que colmar a Affleck de premios ahora por haber fallado en su momento… cosa que harían luego en Argo (2012), que tampoco es para tanto.

Se puede decir que estamos antes uno de esos casos en que parece que se echan de menos obras de suspense y acción clásicas y adultas por la abrumadora falta de estas, y se recibe con entusiasmo cualquiera que ofrezca algo decente. Porque The Town trata de abarcar todo el rango del cine de atracos, pero se queda a medio gas en casi todos los elementos.

Tenemos la banda de atracadores más básica y con la trayectoria más predecible posible. El líder inteligente y cauto (Ben Affleck) que quiere salirse de este mundo (incluyendo dejar atrás a su ex novia yonqui, Blake Lively), el matón psicópata (Jeremy Renner) que arrastra a todos… y bueno, casi que ya está, porque los otros dos, el conductor (que cumple el tópico del gordo simpático) y el manitas con la tecnología (al menos no es un friki hortera), son meros figurantes. Cómo no, este líder se enamora de una joven dulce (Rebecca Hall) y ajena a este mundo de inmundicia, y ahora sí se tomará más en serio su destino: un atraco más y me voy. Y ya sabemos cómo acaba eso en toda película tan falta de originalidad como esta. Por el otro lado, seguimos las andanzas del detective curtido (Jon Hamm) que va incansablemente tras la pista de los atracadores.

El parecido con la obra maestra Heat (Michael Mann, 1992), un título tardío pero que se puede considerar la cumbre del género, es demasiado evidente. Toma con descaro personajes, relaciones, estilo (atracos espectaculares, recesos introspectivos pausados) y calca algunas escenas (la novia indicando veladamente que no se acerque, que la han pillado). Pero está muy lejos de su guion y dirección impecables y absorbentes, de sus complejos y fascinantes personajes. La narrativa es caótica, pasamos del romance a atracos con cambios de ritmo y tono muy bruscos, sin terminar de asentar la trama, a veces incluso sin explicar cosas necesarias. Por ejemplo, la aparición en el acto final del capo de la floristería (Pete Postlethwaite) es confusa: ahora resulta que trabajan para otro, y además un tipo supuestamente peligroso… aunque bueno, esto es un decir, porque no hay quien se crea que semejante personajillo impone miedo y controla todo. También hay algunos agujeros de guion importantes. En una escena, el FBI dice que no pueden pinchar las comunicaciones de la banda, porque no hay justificación suficiente (“No son terroristas”), en otra, intuyen que la chica está en el ajo, y sin prueba alguna ni antecedentes le intervienen los teléfonos de su casa.

Affleck intenta que el entorno, un barrio pobre de Boston que sólo genera atracadores y miseria, transmita realismo, que se deje sentir su influencia en los protagonistas, pero la falta de profundidad y calado emocional del guion no termina de conformar un ambiente que se sienta con vida propia. Se agradece el intento, porque lo habitual es tener cintas de acción huecas y con personajes arquetípicos, pero se queda a medio camino del thriller de acción y el drama social, de forma que el ritmo se resiente, sobre todo con la inclusión de dramas secundarios que no convencen (la ex es un pegote que entra y sale sin orden ni concierto). Pero queda lo suficiente para que entendamos por qué estos individuos se dedican a esto y nos interesemos por su futuro, para que deseemos que se centren, que salgan del bache. No hay una evolución marcada, ni giros que sorprendan, con lo que decepciona que prometan más de lo que llegan a ofrecer, pero menos es nada.

La buena labor de algunos actores da puntos extra. Renner y Hamm están muy convincentes y aportan gran carisma. Hall, sin deslumbrar, resulta encantadora. Lively sorprende con un papel muy inmersivo: en cada mirada parece una joven perdida por completo, sin salida; si había un premio merecido, era para ella. Pero en el rol principal encontramos lo contrario, un gran laste. La interpretación de Affleck es de las que hacen época, pero por pésima. Está tan limitado que resulta cargante, sobre todo cuando fuerza sentimientos que se queda lejos de conseguir mostrar. Así, aunque Hall resulta enamoradiza y podamos entender que alguno de los personajes cayera prendado, la falta de emociones y química que muestra Affleck impide que la relación resulte verosímil y cale.

En la dirección tampoco va muy atinado en los momentos más intimistas, donde otorga un acabado casi de telefilme, con algunas escenas un tanto torpes (la disputa en el baño tiene un montaje chapucero, parece inacabada). Con la predecible y desganada unión de drama social, romance y thriller, parece que la película se va desilachando poco a poco…

Pero de vez en cuando despierta del letargo y se lanza a alguno de los atracos, donde la dirección de Affleck se torna bastante solvente, logrando ritmo, intriga y espectáculo en buenas dosis. El largo tramo final con el asalto al estadio te mantiene en vilo, y acabas la proyección olvidando momentáneamente sus notables carencias. Sin embargo, estas se hace bien patentes en sucesivos visionados, donde se constata que los fuegos artificiales causaron buena impresión en su momento pero es una obra que no ofrece nada para aguantar el paso de los años.

Kiss Kiss Bang Bang


Kiss Kiss Bang Bang, 2005, EE.UU.
Género: Acción, suspense, comedia.
Duración: 103 min.
Dirección: Shane Black.
Guion: Shane Black, Brett Halliday (novela).
Actores: Robert Downey Jr., Val Kilmer, Michelle Monaghan, Corbin Bernsen, Dash Mihok, Larry Miller, Shannin Sossamon, Angela Lindvall.
Música: John Ottman.

Valoración:
Lo mejor: Reparto muy carismático. Mezcla de comedia, acción y cine negro ingeniosa y alocada.
Lo peor: De alocada acaba siendo descentrada, pierde ritmo, coherencia y verosimilitud en muchos momentos.

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Shane Black entró pegando fuerte en el cine de acción con toques de comedia con los guiones de la serie Arma letal (1987), El ultimo boy scout (1991), El último gran héroe (1993) y Memoria letal (1996), aunque en algunas también ejerció de productor. Tocó techo en cuanto a éxito escribiendo y dirigiendo en 2013 Iron Man 3 (porque en calidad fue una de las menos valoradas de la saga) y luego se estrelló a lo grande con The Predator (2018), remake de la cinta de John McTiernan de 1987 (en esta última además tuvo una de sus escasas apariciones como actor).

Pero su estreno tras las cámaras fue antes de pasar por Marvel, en 2005, con Kiss Kiss Bang Bang. Black apuntó a un sector del público que ya por entonces parecía estar muy desaparecido, relegado por ese círculo vicioso donde los estudios cada vez estaban haciendo más cine de fantasía y superhéroes y el público que también parecía seguir sólo ese tipo de producciones, dejándose así cada vez más de lado el cine que apunta más al sector adulto y géneros como el thriller. Pero además se montó una mezcla insólita, tan original, enrevesada e inteligente como exigente y caótica. El estudio no supo cómo venderla incluso a pesar de tener buena recepción en Cannes, los actores no tenían tirón por aquel entonces. En su limitado estreno pasó muy desapercibida entre el público, y aunque tuvo buenas críticas por lo general, también hubo muchos periodistas que se estamparon contra su estilo sobrecargado. Por suerte costó poco y no parece que generara pérdidas, y el boca a boca posterior no tardó en otorgarle un estado de culto, de manera que en el mercado doméstico habrá dado muy buenos resultados.

La unión de géneros es muy variada, por momentos efectiva, pero otras veces más bien confusa. Tenemos una obra de cine negro en la mejor tradición del género, con investigadores carismáticos pero con muchos puntos grises en su personalidad y sobrepasados por un caso que pone intriga sobre intriga hasta que cuesta entender qué ocurre. Pero el suspense está sumergido también en una delirante comedia que mezcla humor negro, parodia del género y del cine en general, salidas de tono surrealistas y rupturas absurdas de la cuarta pared (el personaje habla hacia el espectador y hace chistes con su complicidad).

La entrada en se hace un poco cuesta arriba, pues muestra cómo la mezcla de ideas de Black no cuaja del todo. Se presenta al protagonista como un ladronzuelo de poca monta, algo que no vuelve a tener relevancia, pues por una carambola acaba metido en el mundo de Hollywood como posible actor… algo que tampoco tiene recorrido, porque en adelante se hace detective amateur. El chiste en que acaba clavando la audición donde se esconde de la policía tras un robo frustrado es genial, pero completamente prescindible, y la voz en off fuerza las gracias y las explicaciones del argumento de forma atropellada, con lo que no entiendes la mitad de lo que está pasando. El relato y la introducción al personaje debería haber empezado diciendo que tras probar muchos trabajos (alguno de seguridad privada, que explicara lo bien que dispara) se acaba de meter a investigador privado de famosos, y nos habríamos ahorrado varias escenas iniciales que no dan pie con bola.

Pero poco a poco se va centrando y mostrando sus bazas: el desfile de situaciones disparatadas e inesperadas deja algunos momentos y chistes muy ingeniosos y divertidos, de forma que el potencial de la premisa tan demencial llama mucho la atención. Además, la simpatía de Robert Downey Jr. te engancha con fuerza. El actor ya había mostrado su talento y carisma brevemente en Jóvenes prodigiosos (2000) y Ally McBeal (1997), y este papel ayudó a remontar su carrera tras numerosos problemas con las drogas y la ley.

Cuando se va cimentando la trama y asentando el ritmo y el estilo, mejora sustancialmente. La relación romántica en tensión es muy realista y emotiva, y Michelle Monaghan está pletórica con su encanto y belleza. La dinámica con el detective veterano es muy agradable, en gran parte también por el estupendo papel de Val Kilmer y la química con Downey Jr.. Sus investigaciones enfilan infinidad de giros sorprendentes, personajes peculiares y situaciones entrelazados de formas insólitas. Y el sentido del humor es tan variado como inagotable, con momentos brillantes, como cuando el protagonista mea encima de un cadáver por accidente y no es capaz de explicar a otros semejante situación, la ruleta rusa que sale mal, y un largo etc.

Pero no termina de centrarse, de unir todos sus inspirados elementos e ideas y conformar en un todo superior. El noir falla en la parte del suspense: el caso es tan poco llamativo y por momentos liante que no consigue implicarte, sólo sigues la proyección por la inercia de ver en qué nuevo entuerto se van a meter los protagonistas. Por extensión, hay tramos que no aportan mucha sustancia o resultan algo repetitivos, y otros quedan bastante descuidados, con soluciones muy convenientes (tras una sola noche loca en bares y un hotel, los dos amantes saben dónde vive el otro). Y a Black se le va la mano con el sentido del humor, que acaba siendo excesivo, unas veces por saturación, otras por inverosímil. La escena donde un personaje cuelga del ataúd que cuelga de un cartel y desde ahí se lía a tiros es ridícula; la narración resulta muchas veces un tanto cargante, con chistes y explicaciones muy forzados; y los múltiples finales no se salvan ni aunque hagan un chiste sobre los diecisiete finales de El Señor de los Anillos: El retorno del rey (Peter Jackson, 2001).

Clave a la hora de rodear las lagunas del guion es el buen trabajo tras las cámaras. Es una cinta que necesita una precisión milimétrica en ritmo, montaje, tono y saber qué sacar de cada actor para que todo cuaje, y en esta primera incursión como director Black hace alarde de gran dominio narrativo.

Kiss Kiss Bang Bang resulta muy entretenida, por momentos desternillante, y en general digna de alabar por su valentía, aunque las pretensiones del realizador no cuajaran del todo. Una década después volvió a este estilo en Dos tipos buenos (2016), y esta le salió redonda, mostró muy bien su madurez.

Minority Report


Minority Report, 2002, EE.UU.
Género: Acción, suspense, ciencia-ficción.
Duración: 145 min.
Dirección: Steven Spielberg.
Guion: Scott Frank, Philip K. Dick (relato).
Actores: Tom Cruise, Colin Farrell, Samantha Morton, Max von Sydow, Tim Blake Nelson, Kathryn Morris, Peter Stormare, Steve Harris, Neal McDonough, Patrick Kilpatrick, Meredith Monroe.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: Muy entretenida. Buen misterio, con giros sorprendentes. Buen ritmo, con escenas espectaculares. Correctos pesonajes y certero reparto.
Lo peor: En el fondo es un thriller muy básico, lo que se hace evidente en el flojo desenlace y los fallidos villanos.
Mejores momentos: La introducción de los precogs, la policía voladora, las arañas, la huída con Agatha.

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Como ocurre muchas veces, el proyecto dio vueltas durante años y sufrió muchos cambios hasta que logró ver la luz. El productor y guionista Gary Goldman se hizo en 1992 con los derechos del relato El informe de la minoría de Philip K. Dick (1956). Trabajó con otros escritores en una dirección bastante sorprendente: iba a ser una secuela de Desafío total (Paul Verhoeven, 1990), que también se inspiró en Dick, con Arnold Schwarzenegger repitiendo protagonismo, la acción trasladada a Marte, y los precogs siendo los mutantes que allí habitaban. Estuvo a punto de dirigirla Jan de Bont (Speed -1994-, Twister -1996-) a finales de la década. Pero finalmente cayó en manos de Tom Cruise y Steven Spielberg, y la versión de estos escrita por Scott Frank, quien venía de pegar fuerte con Un romance muy peligroso (1998, dirigida por Steve Soderbergh), fue la que tuvimos.

La ciencia-ficción seria es un género arriesgado, porque cuesta más dinero cuanto más ambiciones, de hecho, Spielberg y Cruise tuvieron que recortar sus salarios (a cambio de un pico de la taquilla, eso sí), y también es difícil de vender al gran público si ofreces una historia muy compleja. Pero encontraron un buen término medio, combinando el thriller de acción comercial con una visión del futuro sugerente pero no demasiado complicada, y fue un éxito de taquilla y tuvo buenas críticas. Un año antes, Spielberg causó menos impacto con una obra más pretenciosa y muy publicitada, A.I., Inteligencia Artificial, pero se marcó un buen 2002 con la presente y otro thriller muy llamativo, Atrápame si puedes.

El tirón de Cruise y la marca Spielberg desde luego ayudaron mucho, pero su buen hacer también queda patente. Cruise mantiene su carisma nato y lo cierto es que se esfuerza y convence lo suficiente en un personaje, John Anderton, sencillo pero efectivo. Como en un buen título de cine negro, no tenemos un héroe impoluto e inquebrantable arquetípico, sino que estamos ante un policía bastante capaz pero con traumas serios y que se ve superado por un complot inesperado, de forma que cada paso que da es una lucha constante contra sus problemas personales y los que le caen encima. Cabe destacar que en algunas situaciones sale adelante por ayuda de otros, consiguiendo así giros bastante imprevisibles: un médico que perdió la licencia cuando lo detuvo y la ex esposa que no quería saber nada de él lo salvan en momentos cruciales. Y las dudas de cuánto margen le darán sus colegas del cuerpo generan buenos momentos de incertidumbre.

El misterio central es muy atractivo. Ya resultaba fascinante la premisa de los precogs, esos humanos, mutantes esclavizados, capaces de predecir crímenes capitales, pero la sorpresa de que el propio protagonista aparezca matando a alguien que ni conoce te deja anonadado. El destino incierto se torna inquietante cuando sale por los pelos una y otra vez de cada persecución y huída. Las secuencias con los policías voladores, las arañas y la carrera con Agatha son espectaculares. El esperado encuentro con ese tipo enigmático ofrece un subidón de aupa después de las ya de por sí frenéticas aventuras, y para rematar, te lanza otra gran sorpresa a la cara: era todo parte de la intriga y todavía quedan cosas por resolver.

Spielberg imprime un buen ritmo, sacando gran partido de los momentos cumbre de acción y tensión, y como es habitual nos deleita con algunos planos estupendos. Rodar la pelea con policías voladores tuvo que ser un quebradero de cabeza enorme, pero el resultado es impresionante. La de las arañas parece prescindible en el fondo, pero con los travellings por encima del escenario mostrando todo lo que ocurre se marca un vacile muy efectivo.

El reparto de secundarios está muy bien elegido. Max von Sydow (recientemente fallecido), Colin Farrell y Neal McDonough son valores seguros, la por entonces desconocida Samantha Morton dejó buena impresión ese año con esta cinta y la hermosa En américa (Jim Sheridan), y atención a la surrealista aparición de Peter Stormare. Quien no estuvo tan atinado fue el gran John Williams. Quizá porque trabajó con muchas prisas por problemas de agenda, ofrece un tema central interesante pero del que abusa demasiado, siendo incapaz de aportar el toque de suspense necesario.

Pero esas virtudes, destacando los giros sorprendentes y las partes tan bien trabajadas, se echan en falta en otros instantes clave, y una vez resuelto el caso miras atrás y empiezas a notar bastantes agujeros. Siempre me pasa lo mismo cuando la veo. Las dos horas y veinte que dura se pasan volando, termino con las buenas impresiones de haber disfrutado de un grato espectáculo… pero reposándola empiezan a salir a la luz carencias importantes, y termina pesando la sensación de que desaprovecharon un potencial mucho mayor.

Quizá con un final más elaborado que nos hubiera dejado absortos no te haría replantearte cosas, pero el desenlace supone un bajón que te hace pensar qué ha podido fallar, y la cadena de errores te lleva hacia atrás. Después de ponerte ante un futuro muy sugerente y tener el momento álgido de si el crimen vaticinado se cumple o no, el tramo final tira por clichés muy sobados de los thriller, con el traidor desenmascarado en unas situaciones muy predecibles.

Spielberg es un narrador bastante inspirado por lo general, pero en ocasiones se empeña en remarcar demasiado algunas cosas, a veces acertando de lleno (E.T. tiene escenas dramáticas un tanto forzadas, pero sin duda llegan hondo) y otras resultando demasiado manipulador (Salvar al soldado Ryan es toda ella un melodrama insoportable, y sus últimos trabajos demasiado pretenciosos). En este caso el efecto es contraproducente, porque realza las debilidades del guion de Scott Frank. En vez de mantener neutralidad con los personajes, de forma que sea más difícil intuir quién será el traidor y que una vez aparecido entre los pocos candidatos no parezca facilón, Spielberg y Frank intentan engañarnos. El rol de Colin Farrell, Witwer, entra en acción siendo un falso villano con el que distraerte, mientras que el director del proyecto Precrimen (Sydow) es un vejete entrañable. Y patinan bastante con ello, Witwer resula un trepa chulesco muy pasado de rosca, masticando el chicle con la boca abierta y todo, para que luego, cuando acaba la farsa, intenten de repente ponerlo de competente, serio y amigable, de forma que sintamos pena por su destino… Pero más bien resulta mosqueanto el ardid y su cutre final, porque si era tan capaz, cómo resulta a la vez tan idiota como para reunirse con el superior contra el que estaba trabajando y contarle todo lo que sabe, justo además cuando se presenta como el sospechoso más obvio.

Pero hay muchos más agujeros y deslices. El principal es que ni tan siquiera intentan tapar la paradoja tan importante que da pie a la trama y que requería una explicación para que la película no parezca al final una farsa o cagada bastante grande. Los precogs perciben la planificación de un crimen o la inmediatez de uno si es pasional… pero el asesinato que “cometerá” el protagonista se pone en marcha únicamente por la visión de estos, es decir, los precogs se lo imaginan por arte de magia, pues no había crimen en marcha, de forma que si no es por ellos el personaje no hubiera entrado en ese juego, no hubiera conocido al tipo al que podría asesinar. Los autores se habrían ahorrado este bucle absurdo haciendo que entrara en contacto con el individuo de otra forma, con una pista casual o un chivatazo de un posible sospechoso en la zona, o que el director interfiriera en la visión para lanzar la conspiración. En el relato de Dick se resuelve con ingenio y lógica: la primera visión condicionaría a Anderton en sus siguientes acciones (al ver el furuto él tiene la opción de elegir), así que las dos siguientes son versiones de lo que haría una vez sabido, pero al ser dos de ellas bastante parecidas a simple vista se genera el informe de la mayoría que lo pone como sospechoso.

Siguiendo la comparativa con el original, el complot es algo más complejo, un golpe de estado militar, aunque en el fondo es lo mismo, un viejo aferrándose al cargo, y la esposa no es una mujer florero, sino una agente más que además pone en duda su lealtad. Eso sí, dicho relato me parece bastante flojo y también desaprovecha mucho el potencial que guardaba.

Otro aspecto decepcionante es que no se resuelva la desaparición del hijo del protagonista. Tan crucial como parecía en su historia y en la propia intriga, al final se destapa como un cliché melodramático para forzar el final feliz, la reconciciliación con la esposa; si la historia es sobre el complot, no me cueles cursiladas innecesarias. Y hay otros momentos que rechinan bastante. La pelea en la fábrica de coches es demasiado rebuscada y descabellada. Podían habernos dado alguna indicación de adónde quiere ir Anderton cuando se ve obligado a huir, porque se tira un buen tramo de la cinta corriendo para aparecer en la casa de la creadora de los precogs, de la que nada sabíamos y quien le da pistas clave sin que tenga que hacer un trabajo de investigación real, algo que se echa de menos; aunque eso sí, la mujer le da información después de marear la perdiz con diálogos más enredados de la cuenta, hasta el punto de parecer la oráculo de Matrix (hermanas Wachowski, 1999); y esto te lleva a preguntarte que si ella está tan preocupada por qué no ha hecho nada hasta ahora. Parece que falta una escena antes de encontrarse con el cirujano clandestino, cabe pensar que precisamente una donde el tipo sin ojos que le vendía droga los pone en contacto; quizá la eliminaron porque obviamente es predecible y ya había un metraje muy abultado, pero se nota un hueco, de estar sin saber qué hacer pasa a tener la solución en marcha, así que deberían haberla incluido. Pero lo más llamativo es una situación muy conveniente para agilizar las cosas: que a pesar de ser Anderton el fugitivo más buscado pueda volver a entrar en la comisaría con su ojo en la mano y no salten las alarmas ni hayan bloqueado su acceso no hay por dónde cogerlo.

Que dejen de lado el potencial que pone en bandeja el universo imaginado también le resta bastantes puntos. Los dilemas éticos subyacentes con el uso de los precogs, como el determinismo versus la capacidad de elección propia y el conflicto legal y ético con la falibilidad de las leyes y la severidad del castigo, no llegan a explorarse lo más mínimo. La mala imagen que da el caso tumba el proyecto, y aquí no ha pasado nada. Sólo deja una digna reflexión, la de que los ciudadanos estemos fichados en todo momento, sacrificando libertad e intimidad por comodidades (pagar el metro) y seguridad. Otros detalles en los que se pone bastante énfasis no funcionan en el lado argumental, son únicamente enredos visuales, como las autovías, o cosas muy vistas, como las realidades virtuales recreativas.

Por extensión, la recreación del futuro planteado es bastante impresionante en las escenas cumbre, pero siento que se queda corta en otros muchos momentos. Casi todos los escenarios son en sitios muy cerrados, incluso cuando estamos en una calle o parque se empeñan en enfocar un entorno mínimo y el horizonte queda como un fondo indeterminado por los filtros al color. El director de fotografía Janusz Kamiński trató el negativo en exceso, quedando un tono muy saturado y brillante con el que Spielberg estuvo de acuerdo. No fue un efecto que sorprendiera en su momento, si bien tampoco molestó, pero el paso de los años no le hace bien, parece una película más vieja de lo que es; y probablemente esto complique las cosas a la hora de hacer una remasterización. En resumen, no me parece que luzca como una superproducción de 100 millones de dólares (a principios de la década del 2000, hoy equivaldría a más de 150), sino como una de presupuesto medio, de 50 ó 60.

Con todos los pros y contras puestos en la balanza, Minority Report resulta una buena película, con elementos distintivos suficientes para estar por encima de la media y aguantar bien los revisionados, pero encuentro que el equilibrio al final no resulta tan efectivo como prometía, los autores sacrifican demasiado el tono de thriller de ciencia-ficción sólido y con calado por buscar una de acción comercial mediante tretas emocionales y argumentales básicas, de forma que le falta ese toque de grandeza como para poder dejar una huella imborrable.

Por comparar con otras del estilo, con mucho menos dinero y menos enredos visuales Días estraños (Kathryn Bigelow, 1995) te sumergue muchísimo mejor en el ambiente del futuro planteado y deja reflexiones muy potentes, pero no supieron venderla bien y acabó siendo una cinta de culto, conocida pocos pocos, y Desafío total mostró una inventiva sin igual en lo argumental tanto como en lo visual, teniendo gran éxito comercial y marcando un hito inolvidable en el cine.

The Gentlemen


The Gentlemen, 2020, Reino Unido.
Género: Acción, suspense, comedia.
Duración: 113 min.
Dirección: Guy Ritchie
Guion: Ivan Atkinson, Marn Davies, Guy Ritchie.
Actores: Matthew McConaughey, Charlie Hunnam, Hugh Grant, Colin Farrell, Michelle Dockery, Jeremy Strong, Henry Golding, Tom Wu, Eddie Marsan.
Música: Christopher Benstead.

Valoración:
Lo mejor: Reparto. El humor negro, rebuscado e ingenioso de Guy Ritchie.
Lo peor: Los bandazos que da, al exceso de voz en off, sobre todo en el primer tercio, bastante aburrido.
El doblaje: Qué molesto resulta en la versión en castellano que Colin Farrell hable como Brad Pitt en vez de con la voz habitual que le suelen poner. Y el título llega como es demasiado habitual con una coletillla (Los señores de la mafia); o traduces o no, pero no hagas cosas a medias.

* * * * * * * * *

Guy Ritchie deslumbró en 1998 y 2000 con Locke & Stock y Snatch, dos cintas de suspense, acción y humor negro muy alocadas y originales. Pero luego patinó a lo grande con una romántica hecha a medida de Madonna, su novia por entonces: Barridos por la marea (2002). A esta le siguió Revólver (2005), más en su línea aunque tampoco logró deslumbrar, pero en Rockanrolla (2008) volvió a mostrar su talento para el thriller gamberro. Tras ella dio un giro comercial a su carrera. En principio esta nueva línea prometía bastante, tanto por traer novedades a su filmografía como por aportarlas también a un ámbito, el cine de acción y aventuras de estudio, poco imaginativo. Sherlock Holmes (2009) fue muy interesante y un gran éxito, pero su secuela, Juego de sombras (2011), aun contando con el beneplácito del público en la taquilla, anduvo muy justa de calidad y desinfló demasiado rápido el entusiasmo en la imagen de marca recién creada.

Sin embargo, el estudio Warner Bros. mantuvo la confianza en Ritchie durante dos títulos más. Operación U.N.C.L.E. (2015) estuvo a medio camino de las dos tendencias, la de altas miras comerciales y la independiente, contando con actores en alza y una buena campaña publicitaria, y siendo un thriller desinhibido aunque no fuera en la onda pasada de rosca del realizador. Sin ser mala, no tenía mucha garra y la taquilla fue muy justa, probablemente provocó pérdidas. Pero Rey Arturo (2017) sí fue una debacle total. Aun con los flojos resultados de la anterior y de otras del género (Warcraft -2016-), por alguna razón misteriosa le dieron carta blanca y un presupuesto enorme. El batacazo fue de aúpa. Ni Ritchie supo combinar la fantasía histórica con su vena extravagante, ni el púbico, por lo general muy receptivo con el género, tragó esta vez.

Pero donde otros habrían visto truncada su carrera indefinidamente, Ritchie tuvo mucha suerte. Disney decidió contratar a un guionista y director con talento en otro de sus estúpidos remakes, Aladdin (2019), como es habitual poniéndole coto artístico, es decir, usando solo su capacidad técnica y experiencia, pero anulando su creatividad. Y cómo decir que no. Cheque en mano y puertas abiertas en el negocio otra vez. Su siguiente producción no ha tardado ni un año en llegar, y no se la ha jugado, ha optado por regresar a lo que conocía y mejores resultados le ha proporcionado.

The Gentlemen tiene su sello, su esencia, por todas partes. Suspense y acción ambientado en su Reino Unido natal, una enmarañada intriga criminal llena de personajes estrafalarios, situaciones variadas que mezclan acción y humor negro, una puesta en escena detallista y sobrecargada, y un reparto de lujo. Esta vez los protagonistas son mafiosos adinerados, unos caballeros en toda regla como dice el título, y no patanes varios (que también los hay), pero el relato es del estilo, una serie de caóticas y catastróficas meteduras de pata y giros inesperados llevan a los personajes de acá para allá, y a saber cómo de mal acabará la cosa.

Algunos encuentros entre mafiosos, sean tiroteos o disputas intelectuales, son espectaculares. Cuando se empiezan a torcer las cosas se acumulan escenarios inesperados y giros loquísimos. El humor combina brutalidad e ingenio, dejándote a veces tan asombrado que tardas unos segundos en empezar a reír. Y muchos de los actores hacen suyos a los personajes con entusiasmo. Matthew McConaughey es desde hace tiempo un valor seguro. Charlie Hunnam está más cómodo que en los papeles raros que eligió recientemente (Pacific Rim -2013-, Rey Arturo). Colin Farrell vuelve a dejarnos anonadados con su mimetismo. Hugh Grant está bastante resuelto, merecería tener mejor suerte de la que arrastra desde hace tiempo.

Pero el conjunto no termina de cuajar, Ritchie no encuentra la inspiración de sus mejores obras. El primer tercio deambula demasiado con la insistente y repetitiva voz en off del rol de Grant, se hace incluso pesado. No sé si quería jugar con la intriga, aportar algo que no había probado antes, pero no funciona. Para introducirnos en la historia criminal y el evento que desencadena todo habría sido mejor mostrarlo con hechos fluidos y conectados, no contarlo saturándote de diálogos confusos y flashes visuales sueltos que tienes que unir en tu cabeza. Una vez logra colocar todas las piezas en el tablero y lanzar el embrollo mejora muchísimo, pero ha tardado demasiado y todavía tiene algunos bajones. La falta de originalidad y ritmo pesa en algunos tramos con más enredos y artificios que diálogos virtuosos y situaciones sorprendentes.

En el reparto también hay carencias importantes. La mujer del mafioso protagonista, encarnada por Michelle Dockery (Downton Abbey -2010-), no funciona como personaje ni la actriz convence, y los enemigos asiáticos parecen estar por añadir más dificultades, no imponen ni hacen gracia. En el final hay momentos un tanto forzados aun tratándose de una historia poco seria: la amenaza del congelador y la libra de carne, donde además otro supuesto gran mafioso se convierte de golpe en un panoli, y el tiroteo a un coche, no hay por dónde cogerlos.

Ritchie ha vuelto a su terreno, pero no muestra el vigor de la juventud, parece que buscaba estar cómodo, sin correr riesgos que lo han tenido dando bandazos durante algunos años. De cara al espectador esto se traduce también en volver a un ambiente conocido y por tanto confortable, pero la falta de nervio y los bajones son importantes. Queda un título con personalidad y gracia que bien vale para echar el rato, pero no llena del todo ni llama para revisonarlo de vez en cuando como sus trabajos más emblemáticos.

Uno de los nuestros


Goodfellas, 1990, EE.UU.
Género: Suspense, acción, histórico.
Duración: 146 min.
Dirección: Martin Scorsese
Guion: Martin Scorsese, Nicholas Pileggi.
Actores: Robert De Niro, Ray Liotta, Joe Pesci, Lorraine Braco, Paul Sorvino, Frank Sivero, Frank Vincent, Chuck Low, Gina Mastrogiacomo, Debi Mazar, Tony Darrow.

Valoración:
Lo mejor: Guion y dirección desbordantes de imaginación y recursos geniales. Reparto implicadísimo.
Lo peor: Algunos excesos terminan pesando, aunque sea ligeramente. En general está bastante sobrevalorada: es una gran película, pero no una obra maestra y mucho menos una de las diez o incluso de las cien mejores de la historia.
La frase: Desde que tuve uso de razón siempre quise ser un gángster.

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El libro Wiseguy (la forma en que se llamaban a sí mismos los mafiosos, los “tipos sabios” o los “buenos chicos”, según la traducción que prefieras) del periodista Nicholas Pileggi editado en 1985 tuvo estupendas críticas, se consideró el retrato más realista sobre las mafias de Estados Unidos. Martin Scorsese, enamorado del género, no tardó en quedar prendado de él y contactó con Pileggi para adaptarlo, quien estuvo entusiasmado también.

Desde el principio el realizador tenía claro que quería un relato frenético, que saltara de detalle en detalle e historia en historia, incluso yendo adelante y atrás en el tiempo, hasta componer un cuadro completo de la mafia liderada por Paul Vario desde los años cincuenta hasta casi los ochenta. El punto de vista sería el de Henry Hill, un joven cautivado por este mundo hasta que de adulto la violencia y los excesos lo traen a la realidad y acaba colaborando con el FBI para salvar su pellejo.

La pasión de Scorsese en el proyecto se nota en el acabado, pero si se indaga en el proceso creativo se hace aún más evidente. Es normal en el mundo del cine que los rodajes se retrasen o queden en suspenso en espera de financiación y mientras tanto hagan otras películas, pero no tanto que mientras rodaba La última tentación de Cristo (1988) siguiera dando vueltas al concepto, al libreto que escribía mano a mano con Pileggi, a los detalles, hasta el punto de que tenía casi todas las canciones usadas en la banda sonora ya en mente años antes. También se cuidó de tener un reparto cohesionado y comprometido, no se dedicó a reunir colaboradores habituales sin más. El primer elegido, Robert De Niro, no se limitó a cumplir, sino que mostró gran interés en el papel, indagando sobre el personaje, taladrando a Pileggi con preguntas sobre sus gestos y comportamientos. El director fomentó esa implicación haciendo que los demás actores también analizaran a fondo sus personajes, y durante el rodaje permitió bastante improvisación para que adaptaran sus formas de ser a las suyas propias, tomaba nota de todo y retocaba el guion para terminar de pulirlos.

En la puesta en escena estuvo pletórico. Tras varios títulos donde mostraba un excelente dominio de la técnica pero sobre todo lo que te hace destacar, gran inventiva y personalidad, Scorsese fue más allá, dejó clara su maduración y valentía, unió todos sus conocimientos, estilos, tics… y deslumbró con un despliegue de recursos y creatividad asombrosos. El ritmo frenético que no te deja respirar emerge de un guion denso pero ágil y de un montaje soberbio de Thelma Schoonmaker, una figura esencial en su carrera. Los largos e inmersivos trávelings, tan complicados como espectaculares, harían sudar al director de fotografía Michael Ballhaus, otro habitual en sus cintas, fallecido en 2017. La estructura no lineal desgrana cada evento y consecuencia con cuidado, o sea, que no es un artificio. La brillante dirección de actores sacó lo mejor de intérpretes ya consagrados y permitió que otros no tan conocidos dejaran huella. La extensa y cuidada selección musical es muy pegadiza, pero también supuso que la banda sonora fuera una de las más caras jamás producidas. La recreación histórica fue muy adecuada (el mayor presupuesto que tuvo hasta entonces), y ayuda junto a la música a establecer con facilidad el marco temporal de cada segmento.

Con la asombrosa mezcla de géneros (comedia negra, drama satírico, epopeya criminal) y el despliegue de recursos narrativos Uno de los nuestros resulta un relato histórico y costumbrista tan retorcido y violento como apasionante. Desde la presentación del protagonista conocemos instantáneamente su entorno, sus motivaciones y esperanzas, de manera que su vida y el mundo al que aspira captan toda nuestra atención. Henry Hill (Christopher Serrone en la adolescencia) es un joven de barrio obrero con una familia numerosa y pobre que anhela las facilidades del grupo que manda en la zona por encima incluso de la policía. De adulto (Ray Liotta) vivirá a lo grande explotando todas esas ventajas… hasta que se asoma al precipicio. Paul Cicero (basado en Paul Vario, interpretado por Paul Sorvino… “Todas las italianas se llaman Marie y todos los italianos Paul”), es el padre que no puede ser su padre: afable y que todo lo da. Jimmy Conway (adaptación de Jimmy Burke, en manos de Robert De Niro) es el hermano mayor o mentor idealizado, quien todo le enseña y cuyos pasos quiere seguir. Tommy DeVito (inspirado en Tommy DeSimone, dado a la vida por Joe Pesci) es el amigo loco con quien te lo pasas en grande… pero al que tienes que perdonarle sus excesos. Y Karen Hill (Lorraine Braco) es la novia de Henry, que acaba atrapada también en este mundo de ostentación.

Henry es un joven encantador que lo ha conseguido todo con facilidad y da con facilidad. Su vida es una fiesta constante, drogas, putas y trabajos estimulantes. Los únicos problemas que parece tener son guardar las apariencias de familia tradicional mientras comete sus fechorías; e incluso ahí, llega un momento en que su mujer acaba pasando del rol de ama de casa y entrando en el juego también. Pero el mundo en que vive, el que proporciona la mafia, está fuera de la realidad, es una fachada que esconde mucha podredumbre. Los problemas se resuelven con violencia, el poder y el dinero se ganan aplastando a otros, las únicas leyes que tienen son estrictas y crueles, y al final se le caerá la venda incluso con sus amigos.

La transformación emocional que muestran tanto Ray Liotta como Lorraine Braco es de impresión. De la ilusión inicial pasan a los excesos y problemas, y de ahí a un abismo donde no ven salida. El tormento en la etapa final, con ambos puestos de cocaína huyendo de todo y todos, se contagia al espectador, te pone de los nervios. Jimmy es una figura afable cuando las cosas van bien, pero se torna despiadado y desapegado cuando sale su lado asesino, y De Niro capta la vena psicópata con una facilidad pasmosa, cada gesto y mirada produce escalofríos. La faceta dura de Cicero es inquietante, potenciada muy bien por un inmenso Sorvino. Y Pesci está incluso un escalón por encima de todos, su tormentoso, volátil y demente rol marcó una época.

Lo sorprendente es que a pesar de la buena recepción de la cinta y las loas al reparto muchos actores no supieron aprovechar el éxito para relanzar sus carreras. Liotta arrastró papeles de poca monta hasta que volvió a conseguir un buen personaje en Copland (1997) y ahora más recientemente en Historias de un matrimonio (2019). Pesci tampoco se prodigó mucho, repitiendo en Casino (1995) un pobre remedo de este personaje, y no volvió a dar una gran interpretación hasta El irlandés (2019). Braco no logró nuevos éxitos hasta que pudo volver a demostrar su enorme talento en Los Soprano (1999). Y siguiendo con esta serie, al menos veinte actores secundarios vistos aquí repitieron en aquella con papeles más importantes; Scorsese dio trabajo a la mitad de la comunidad italoamericana dedicada al cine; hasta sus padres tienen una aparición.

Escenas míticas tenemos por doquier. La presentación que mezcla la infancia con un asesinato que le abre los ojos al protagonista, los trávelings que nos pasean entre las fiestas atestadas, las peleas de DeVito con el veterano recién salido de la cárcel y con el joven en la partida de póquer, la mujer de Henry apuntándolo con un arma, y finalmente la memorable paranoia con el helicóptero.

Pegas también tiene algunas, y aunque no resultan graves es indudable que aportan minutos prescindibles o dejan pequeños huecos. A veces la narración se acelera demasiado o se desvía en cosas que no parecen especialmente relevantes. La estancia en la cárcel resulta un poco forzada, como para cumplir con todas las vivencias habituales de estos criminales. Solo se habla de comida, y aunque esto incluye el soborno a los guardias y expone el poder que tienen, supone un receso poco útil, no cuenta nada concreto. Algún personaje secundario queda descolgado, como metido con calzador, como el de Samuel L. Jackson, pues su relación con el gran robo no aporta problemas llamativos y que DeVito mata a cualquiera lo sabemos de sobra; o el pesado que les pide dinero, Morris (Chuck Low), que entra y sale de escena aleatoriamente. El matrimonio de los protagonistas principales pasa por muchas etapas, con bajones acuciados, como suele ocurrir en la vida misma, pero en ocasiones da la sensación de que saltamos de una fase a otra sin que parezca haber una transición adecuada. Y para ser una obra pretendidamente histórica no sé a qué viene la salida de tono con las pistolas con silenciador: no, en la realidad no existen esos silenciadores mágicos que hacen que los disparos suenen como un débil “pufff”.

Aunque Scarface (El precio del poder, Brian De Palma, 1983) ya había jugado a distorsionar el glamour y la idealización de las historias de gángsteres hacia un registro más alocado, que añadiera acción y visceralidad en contraposición con la seriedad y magnificencia impuesta por la saga El padrino (Francis Ford Coppola, 1972), Uno de los nuestros fue mucho más allá, perfeccionando el estilo sin perder un ápice de la visión histórica ni la dramática, ni abandonar la seducción por el mundo del crimen. Creó escuela, arrasó en críticas y premios, y envejece muy bien, más si la comparamos con otros intentos de Scorsese de repetir sus buenos resultados, como Casino y El irlandés. No es de mis favoritas de su filmografía, pero me parece su mejor película hasta la llegada de Infiltrados (2009).

Pero, como suele pasar con algunos fenómenos, la pasión de su recibimiento se llevó demasiado lejos. Objetivamente dista de ser una las diez o veinte mejores películas de la historia como tantos se empeñan en defender. Con toda seguridad ni sería justo contarla entre las cien, donde la incluye la AFI, tan poco de fiar como los Óscar y Globos de Oro. Ese mismo año compitió con pesos pesados como Desafío total (James Cameron), El padrino III (Francis Ford Coppola) y Bailando con lobos (Kevin Costner). El año siguiente tuvimos Terminator 2 (James Cameron), esa sí, una obra maestra de arriba abajo, y el anterior fue el de Indiana Jones y la última cruzada (Steven Spielberg), que se queda muy cerca de serlo. Es decir, sólo en esos tres años se pueden citar cinco películas iguales o superiores… y si nos ponemos serios, en 1988 tuvimos dos obras maestras completamente únicas, Akira (Katsuhiro Ôtomo) y La tumba de las luciérnagas (Isao Takahata), y maravillas como Mi vecino Totoro (Hayao Miyazaki) y La jungla de cristal (John McTiernan), pero claro la animación, la ciencia-ficción y la acción “no son cine de verdad”. En resumen, Uno de los nuestros tiene gran valor por sí misma, no hace falta empequeñecer decenas de obras maestras para disfrutarla y alabarla.

Terminator: Destino oscuro


Terminator: Dark Fate, 2019, EE.UU.
Género: Acción, ciencia-ficción.
Duración: 128 min.
Dirección: Tim Miller.
Guion: David S. Goyer, Justin Rhoders, Billy Ray, Charles H. Eglee, Josh Friedman, James Cameron.
Actores: Linda Hamilton, Mackenzie Davis, Natalia Reyes, Arnold Schwarzenegger, Gabriel Luna, Diego Boneta.
Música: Tom Holkenborg.

Valoración:
Lo mejor: Buen reparto, sobre todo comparado con Terminator: Génesis.
Lo peor: Simple, predecible y aburrida hasta la desesperación. Acabado visual muy pobre, indigno de una superproducción. Se carga la continuidad sin respeto alguno por el fan de la saga. Que James Cameron firme y avale de nuevo semejante traición a sus seguidores. Los tráileres te destripan toda la película.

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VOLVER A UNA SAGA AGONIZANTE…

Una secuela de una serie debe mantener la esencia, su espíritu, indistintamente de cuanto se aleje o no en argumento y estilo. Terminator 2: El juicio final (James Cameron, 1991) muestra que se puede repetir la fórmula sin parecer una mala copia, y el mejor ejemplo de que se puede cambiar bastante sin perder ni una pizca del alma de la obra original lo tenemos en la aportación del propio Cameron a otra serie famosa, Aliens (1986). En ambas sagas los siguientes autores no supierion mantener el nivel.

Terminator 3: La rebelión de las máquinas (Jonathan Mostow, 2003) cumplía por la mínima, lo que en una serie tan apreciada y de tan alta calidad no es garantía de éxito, y no se recibió con mucho entusiasmo. Viendo que volver a repetir el esquema tenía todas las de fracasar en un nuevo episodio, los productores decidieron echarle agallas y optar por un cambio de rumbo en Terminator: Salvation (McG, 2009). La recepción fue tibia por parte del público, pocos seguidores la apreciamos en su momento, pero el tiempo la va asentando. A pesar de su desganado final, por fin teníamos una cinta que miraba hacia adelante, buscando historias de John Connor y la guerra contra las máquinas en el futuro, con escenarios absorbentes tanto por el gran sentido del espectáculo como por ofrecer novedades, intriga y sorpresas con una trama y unos protagonistas muy bien trabajados.

Por ahí tenían que haber seguido. Ganarse nuevos espectadores y recuperar a los antiguos poco a poco con nuevas aventuras, en vez de rapiñar como buitres del factor nostalgia. Pero en Terminator: Génesis (Alan Taylor, 2015) hicieron algo peor, algo muy común en el cine actual para tratar de dar nueva vida a éxitos pasados, sobre todo de los ochenta: el remake disfrazado de actualización. Rizaron el rizo de mala manera con la historia y los personajes, para a la hora de la verdad aportar bien poco salvo agujeros enormes, desconcertando al espectador casual e insultando al fan de toda la vida, y para colmo el proyecto arrastró fallos catastróficos, como el nefasto casting. Y todo venía avalado por James Cameron, con lo que la traición dolía más.

Pero a pesar de ir muy justa en taquilla y críticas y del cabreo de los fans con tamaña afrenta, tratan de colarnos con todo descaro un nuevo remedo con Terminator: Destino oscuro. Cameron vuelve a poner su nombre, nos la venden otra vez como la secuela verdadera, omitiendo las tres anteriores (y todo el tiempo y dinero invertidas en ellas por los fans), y ale, a ver si esta vez engañamos al público.

Lo peor es que claramente han tratado de rehacer Génesis en vez de aceptar que toda ella fue un error grave y buscar otro camino. Si no, ¿por qué toman el rediseño del esqueleto del terminator de aquella (ese con cara de loco en vez de temible), así como gran parte de su argumento? La premisa, las actualizaciones forzadas y las meteduras de pata son las mismas, solamente parece que han sido conscientes del galimatías que fue aquella e intentan simplificarlo todo… Tanto que el relato se queda en un armazón muy simple que pasa por los puntos clave de la saga sin lograr despertar interés alguno, y en vez de muchos fallos dispersos tenemos unos pocos concentrados que acaban siendo demasiado llamativos. Seis escritores acreditados, más probablemente otros tantos que no, han parido un despropósito de los que hacen época.

…PARA REMATARLA DE FORMA VERGONZOSA E INSULTANTE

Alerta de spoilers: No puedo analizarla sin entrar a fondo.–

Empezamos fuerte, con la última y más grande traición: en el prólogo matan a John Connor y resucitan a su madre, que se supone que murió de cáncer, reescribiendo la línea argumental de la saga, eliminando los episodios La rebelión de las máquinas y Salvation de un plumazo (a Génesis ni lo cuento, también reescribía todo de mala manera). Pronto se intuyen los motivos ocultos tras tan torpe y ofensiva decisión: la moda de las actualizaciones incluye otra moda horrible, el feminismo. Para los adalides de la corrección política (y por lo que se ve, ahora entra también Cameron, pues aprobó todo este sinsentido) ya no queda bien que un hombre salve a la humanidad, así que demolemos los pilares de una serie pionera en personajes femeninos fuertes para meter con calzador personajes femeninos fuertes pero a costa de denigrar a los hombres. ¿Alguien entiende algo? Yo no, sólo que me están faltando al respeto a lo grande en varios sentidos nada más empezar la proyección.

En las anteriores entregas, incluyendo la fallida Génesis, se hablaba de líderes y héroes a secas, y veíamos a varios en acción sin importar su género. Además, eran individuos realistas, la mayor parte empezaban siendo unos don nadie, como Sarah Connor y Kate Brewster, mujeres normales, John Connor, un niño cualquiera, Kyle Reese, un superviviente huidizo, todos convertidos en luchadores y héroes por las dificultades de la vida. Ahora andan diciendo a las claras que lo de las películas anteriores está equivocado: se señala que el hombre es malo e incompetente por naturaleza e incapaz de llegar a nada (la protagonista tiene que cuidar a su padre y hermano, el Terminator sólo se acepta como hombre válido cuando cambia pañales), se repite varias veces que todos asumen por deformación machista que la protagonista sólo servirá para dar a luz al hombre que salve a la humanidad, para al final dejar claro que ni embarazo ni hombre: sólo la mujer es capaz de liderar, de tomar buenas decisiones, de mantener la ética por encima de consideraciones egoístas…

La versión femenina de John Connor, Daniela Ramos, roza el cero absoluto en carisma e interés. La actriz Natalia Reyes parece competente, el problema es de un guion insustancial que da palos de ciego sin concretar nada: está en casi todas las escenas pero no parece una protagonista, sino un objeto, una excusa para justificar la trama. Se vislumbra la misma idea que con los personajes citados, empezar desde abajo y madurar, pero no hay una transición fluida, una evolución hacia heroína que enganche y emocione. Se tira toda la aventura siendo una chica cualquiera, capaz en una vida normal pero sobrepasada cuando empiezan los tiros, y de repente se acuerdan de que tiene que acabar siendo una líder, así que te plantan una escena en que dicen que ha cambiado y suelta un discurso acorde… pero en el acto final vuelve a olvidarse todo ello hasta el punto de que si la eliminamos de cada plano no cambiaría nada. ¿Tanta traición para esto? ¿Te ciscas en las bases de la saga y en sus seguidores para no aportar nada más que el sello de haber cumplido con la corrección política? Entre su nulo calado y que su existencia se debe a un panfleto ideológico, desde el principio resulta un personaje bastante molesto y prescindible.

Sarah Connor y Grace tienen un mínimo de trasfondo, lo justo para darles algo de vida y donde pueden apoyarse Linda Hamilton y Mackenzie Davis para lograr unas correctas interpretaciones, pero no es suficiente para que sus odiseas atrapen con fuerza, y menos cuando las escenas de acción no las ponen en peligros que nos creamos. No sorprende que tengamos nuevas versiones de los robots, pero al menos al incluir una humana mejorada, Grace, parece que abrían la puerta a tener algo más que una fría máquina. Sin embargo, su historia y la relación con Dani en el presente y el futuro es tan poco original y aporta tan poco a su desarrollo dramático en los eventos actuales que te deja frío, indiferente. Y Sarah a la hora de la verdad tampoco ofrece gran cosa, sólo deja un par de escenas dignas sobre su pérdida de humanidad entre mucho chascarrillo de tipa dura. Por cierto, qué casualidad que la salvadora del mundo esté en Méjico, justo donde Sarah se ha refugiado porque la buscan en Estados Unidos, y qué conveniente que a pesar de ser una de las personas más buscadas un comandante del ejército, supuestamente amigo suyo no se sabe por qué, le da hasta aviones sin rechistar.

El nuevo terminator, cuyo nombre no hay manera de entender y recordar (con lo pegadizos que eran los originales), no impresiona nada en diseño y efectos especiales, salvo para mal en algunos casos: los dobles digitales son horribles, y al verlo en acción en el futuro parecen escenas sacadas del videojuego Crysis. El actor Gabriel Luna pasa sin pena ni gloria, siendo incapaz de hacer sombra a Arnold Schwarzenegger y a Robert Patrick. Siguiendo con el enemigo, como en Génesis, no se entiende que le cambien el nombre a Skynet, algo completamente gratuito; al menos no tenemos una aparición estúpida de la nueva IA como en aquella.

El terminator clásico, el T-800, sigue el camino de degradación iniciado en La rebelión de las máquinas y la reinvención de Génesis: es un secundario cómico y un comodín para justificar la trama sin que los escritores tengan que esforzarse mucho, y sus apariciones encadenan una serie de despropósitos delirantes. En Terminator 2 el enviado para salvar a John estaba reprogramado para ser sociable y aprender del hombre, pero este no, es una máquina de infiltración y ejecución sin más directrices… y resulta que se aburre, forma una familia y se humaniza. Sí que estaría defectuoso, porque ni siquiera trata de matar a Sarah en el prólogo a pesar de tenerla a tiro y ser un claro cabo suelto y posible amenaza. Y todo esto lo rematamos con los chistes sobre cortinas y pañales y las cervezas que se echan en el porche tranquilamente a pesar de enfrentar la muerte y el fin del mundo.

Volvemos a la gastada premisa de un terminator viajando al pasado para matar humanos que serán relevantes en el futuro, pero en vez de trabajarse el ambiente adecuado en cada escenario, mostrar un hilo conductor claro y atractivo, buscar situaciones originales o al menos impactantes, y aportar alguna lectura intelectual que le dé algo de enjundia, se limitan al terrible estilo manteniendo por Génesis y otras muchas obras en el cine moderno, donde las cosas (revelaciones, caminos a seguir, soluciones) les caen a los personajes encima y estas sólo sirven para justificar las secuencias de acción. En Génesis, al protagonista, Reese, le llegaban flashes de información por arte de magia, por una supuesta falla en el tiempo o algo así, que le indicaban a dónde ir, y una vez allí resulta que el terminator llamado Abuelo había resuelto todo fuera de pantalla y sólo tenían que pegar tiros hasta pasar a la siguiente fase. Aquí, el T-800 del pasado, Carl, es quien ve esos flashes (o eso dice él, porque nosotros no) y manda mensajes a Sarah. Ese es todo el misterio de la trama y todo el esfuerzo de los personajes por hacer algo: ir allá, pegar tiros, ir a otro lado. Hay un amago con planear una trampa para el enemigo… pero al final es todo improvisado.

Las reflexiones sobre el destino (esperar que pase algo o tomar las riendas de tu vida y luchar) y la dependencia de las máquinas están muy vistas, pero las citan de mala gana como para cumplir, aportan actualizaciones muy facilonas (ooh, una máquina le va a quitar el trabajo al hermano de Dani, ooh, compañías y gobiernos controlan nuestros movimientos a través de los móviles…) y tratan de incluir novedades que se sienten muy forzadas: la crítica a la gestión de la crisis de inmigración resulta muy ajena tanto a la saga como a este episodio, y ya he comentado la penosa imposición feminista.

Así pues, no hay contenido alguno, sentido de dirección, progresión dramática, ni tan siquiera secuencias con una atmósfera que transmita alguna sensación concreta. Y pensar que público y fans rechazaron la elaborada y efectiva trama de Salvation

En el acabado muestra una incomprensible falta de talento a la hora de conseguir al menos una cinta de acción llamativa. Ni el realizador Tim Miller ni el equipo técnico están a la altura del mínimo exigible hoy en día. Ha costado 185 millones de dólares, con lo cual debería lucir a nivel de las grandes del género (Mad Max, Los Vengadores, Transformers…), pero más bien parece una serie b de los años ochenta, de esas de 20 millones o menos que salían directamente a video, y que ahora debería haber ido a alguna plataforma online.

Las escenas de acción son simples y están rodadas con la destreza justa para no parecer cine cutre, aunque desde luego en algunos momentos de pésimos efectos especiales se quedan cerca. Las persecuciones son repetitivas y carecen de imaginación, algo donde cumplían bastante bien la tercera y cuarta partes. En el clímax en un avión en pleno vuelo no se ve nada claro, y en el cansino enfrentamiento bajo el agua menos aún. El final en la presa es tan vulgar como los demás tiroteos y encuentros cuerpo a cuerpo: un terminator que se supone que es una máquina de matar, con fuerza superior al hombre y con capacidad para crear armas de filo, no es capaz de acabar con sus víctimas al primer golpe, sólo de lanzarlas más allá, dándoles más oportunidades de huir o defenderse. La música es un machaque constante con un ruido informe, el buen trabajo de Tom Holkenborg en Mad Max (2016) parece que fue una casualidad irrepetible.

Da la sensación de que el éxito de Deadpool (2016) le ha dado una categoría al director Tim Miller que en ningún momento se ha ganado realmente, porque esa cinta destacó por el ingenioso guion y el carisma del protagonista, no por deslumbrar con el acabado visual. El mismo James Cameron metió mano en postproducción, disgustado por el trabajo de Miller, pero de qué iba a servir, pues el problema principal es el guion al que él mismo dio el visto bueno. Entre sus avales a estas dos últimas Terminator y al truño de Alita: Ángel de combate (Robert Rodríguez, 2019), la confianza en Cameron está por los suelos.

En estas condiciones, sumado a que en los tráileres nos han destripado todo, el sentido del espectáculo brilla por su ausencia y el escenario de persecución agobiante y muerte inminente exigible en la serie ni hace amago con asomar. Hay un par de momentos en que parece que los personajes tienen algo que contar, pero se diluye en una aventura sin rumbo ni garra. Desde el principio te atrapa el desinterés, y el aburrimiento empieza a hacer mella pronto. Para cuando llega la parte del avión estaba ya totalmente desconectado, deseando que acabara el suplicio, y no hay un tramo final apoteósico que la redima aunque sea un poco en el lado del entretenimiento, que era lo único que salvaba a Génesis: el galimatías de ruido y tortas se extiende sin llegar a nada durante más y más minutos, hasta terminar con cara de haber perdido dos horas de vida.

No puedo dejar de preguntarme: ¿los productores y autores implicados quieren hacer una película de Terminator o no? Llevan dos entregas en que ponen más esmero en hacer malabares para justificar cambios que en mantener la esencia de la saga. Para eso inventa otra historia que nada tenga que ver con ella, inventa una nueva serie. Pero claro, sólo con el título se garantizan una buena publicidad. Es decir, nos toman por estúpidos, por billetes andantes. Pero salvo sorpresa inesperada, Terminator: Destino oscuro les ha explotado por fin en la cara, dando pérdidas colosales y dejando la imagen de la serie y de los productores por los suelos, y mira que en Génesis habían caído muy bajo.

¿Queda algo que salvar de la saga, queda algo de esperanzas entre los seguidores como para volver a aceptar otro intento de resucitarla? La única salida posible para mí es retomar la estela de Salvation, pero aunque cada vez somos más los que la defendemos parece que no es suficiente para los obtusos productores. Aunque queda por ver si podrían hacerlo si quisieran, pues cada película ha estado en manos distintas, y a lo mejor los productores actuales no tiene los derechos de los personajes de aquella. Y tampoco las buenas intenciones iniciales garantizan que contraten equipos con talento y no metan mano durante el rodaje. En resumen, las posibilidades de que esta saga remonte son muy, muy escasas.

Saga Terminator:
Terminator (1984)
Terminator 2: El día del juicio final (1991)
Terminator 3: La rebelión de las máquinas (2003)
Terminator: Salvation (2009)
Reinvenciones/remakes:
Terminator: Génesis (2015)
-> Terminator: Destino oscuro (2019)