El Criticón

Opinión de cine y música

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Aniquilación


Annihilation, 2018, EE.UU.
Género: Suspense, ciencia-ficción.
Duración: 115 min.
Dirección: Alex Garland.
Guion: Alex Garland, Jeff VanderMeer (novela).
Actores: Natalie Portman, Jennifer Jason Leigh, Tessa Thompson, Oscar Isaac, Benedict Wong, Gina Rodriguez, Tuva Novotny.
Música: Geoff Barrow, Ben Salisbury.

Valoración:
Lo mejor: La combinación de interpretación, dirección, fotografía, diseño artístico y música conforman un relato sugerente y a ratos fascinante.
Lo peor: La premisa está muy trillada y tiene muchas lagunas, se sostiene únicamente por el acabado visual.
Mejores momentos: El retorno del novio, el ataque del oso, la llegada a la playa, y todo lo que ocurre en el faro.

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Alerta de spoilers: Apenas presento la premisa. Mucho ojo con buscar información por internet, que hay muchas imágenes que te destripan demasiado.–

Tras algunos títulos de cierto éxito pero escasa calidad, como 28 días después (2002) y Sunshine (2007), ambas dirigidas por Danny Boyle e incomprensiblemente sobrevaloradas, el escritor Alex Garland parecía estancado en la ciencia-ficción de serie b. Pero inesperadamente dio un salto hacia un cine más serio y ambicioso con Ex Machina (2014), hasta el punto de asombrar más de la cuenta, porque distaba de ser una cinta redonda que exprimiera todas sus posibilidades. Pero sí dejó un buen regusto, porque sus ideas eran inteligentes y tenía una ejecución correcta en su primer trabajo como director, así que muchos, en especial los fanáticos de la ciencia-ficción, esperábamos con interés su próxima producción. Nos llevamos un buen susto cuando ninguna distribuidora importante quiso estrenar Aniquilación, pero enseguida pensamos también que quizá era bueno, que podría significar que era una obra aún más intelectual y arriesgada. Netflix se hizo con ella, prometiendo así romper la imagen de canal que recogía la morralla de otros… Pero final no ha sido para tanto y ha tenido una recepción dispar.

Quizá el principal problema es que no tiene un público objetivo claro. Su tono y su acabado formal apuntan a un espectador maduro y exigente, pero por temática parece querer llegar a la masa amante de los títulos de terror comerciales que saturan el mercado, los de muertes rebuscadas en fila y poco más. Y unos espectadores se quedan con las carencias de un lado y otros con las del otro, sin hacer una valoración global más objetiva. Porque a pesar de sus limitaciones argumentales es un experimento bastante llamativo, con pasajes entre asombrosos y fascinantes. El tiempo dirá si con sus virtudes consigue pasar a la memoria como película de culto o si se olvida pronto, pero yo apostaría por lo primero.

La introducción de corte poético, en plan La llegada (Denis Villeneuve, 2016), me ganó rápidamente. Su atmósfera intrigante y la belleza de las imágenes podrían considerarse un tanto impostadas, pero lo cierto es que funcionan en su propósito: antes de desplegar la trama nos van a introducir en el estado emocional de la protagonista, Lena (encarnada por Natalie Portman), haciéndonos partícipes de su vida dirigida por la melancolía, de su incapacidad para encontrar algo por lo que sentirse llena de nuevo. Cuando la historia cae sobre ella estamos muy unidos y sus problemas llegan con intensidad. El amor recuperado para estar a punto de perderlo de nuevo le confiere una determinación renovada, pero también hace aflorar remordimientos por errores recientes. Mientras, la premisa de ciencia-ficción empieza a llegar con cuentagotas y de forma muy sugerente. La combinación apunta a esa obra seria que esperábamos, profunda en el drama, original en la ficción, y quién sabe qué más conforme avance…

Sin embargo, mientras que en La llegada el clímax de suspense va creciendo con rapidez e intensidad hasta resultar absorbente en poco tiempo y está íntimamente ligado con la evolución de los personajes, en Aniquilación una vez entrados en materia las promesas se van desinflando, y a partir de cierto momento se hace evidente que el viaje y el objetivo resultan muy poco originales tras tanta fachada, y si el conjunto funciona es precisamente porque esta es embelesadora e impide que podamos apartar la mirada de las imágenes.

La fotografía está muy cuidada, pero se torna hipnótica cuando entramos en el “resplandor” y Garland despliega el repertorio artístico, con la peculiar iluminación, el diseño de las mutaciones, y unos cuantos escenarios muy llamativos, hasta el punto de resultar algunos sobrecogedores (el oso), otros preciosos (los árboles y hongos, la playa), y el final una mezcla de ambos hasta acabar siendo alucinante. En ese clímax también destaca la música de Geoff Barrow y Ben Salisbury, sutil hasta entonces (salvo por la repetitiva guitarra acústica) y aquí deslumbrante con un par de temas electrónicos notables. Además, el reparto encabezado por Natalie Portman, Jennifer Jason Leigh y Oscar Isaac es muy competente.

Pero a la larga, salvo por esas escenas puntuales más elaboradas puedes acabar desconectado en varios tramos de un relato que se inclina más por el artificio que por ahondar en los personajes y abordar algún concepto filosófico o simplemente desarrollar una trama más compleja, porque desde luego el tono inicial auguraba algo distinto. Una vez se revela auténtico género, el suspense con tintes de terror de un grupo acosado por un ente desconocido, ya no hay más que rascar. Ninguna de las aventuras que vive la protagonista sirven para adentrarnos más en ella y llevarnos a alguna conclusión sobre los sentimientos y problemas presentados. Las secundarias que se unen a la odisea no tienen definición alguna, son la típica carnaza, irán sufriendo y muriendo sin que lleguen a interesarnos sus tribulaciones y destinos. Y el argumento se atasca en un básico ir hacia adelante sorteando peligros.

Que sorprendiera con el desenlace era la única esperanza que quedaba de redondear una cinta algo fallida, o al menos de la que se exigía mucho, pero se queda un poco en tierra de nadie. En lo audiovisual el anunciado encuentro es fascinante a la par que perturbador… pero en lo argumental puede considerarse incluso un engaño, porque resulta demasiado ambiguo y además termina en un giro típico de la ciencia-ficción de invasiones: exagerado y apocalíptico pero insustancial e inconcluso.

También podemos señalar las numerosas vaguedades cuando no agujeros de guion. No parece que el gobierno y los científicos sigan un proceso de investigación muy lógico. Entrar, recoger pruebas de una zona cercana (¡y grabarlo todo!), salir, y en el siguiente viaje ir un poquito más lejos usando los datos recabados. El equipo protagonista mismamente podía haber vuelto sobre sus pasos con las primeras muestras de la cabaña en el lago, que ya eran muy reveladoras. Pero parece que lo único que quieren hacer todas las expediciones es llegar al faro, y pase lo que pase siguen adelante. Además, vale que las misiones estrictamente militares han fallado, pero qué es eso de armar con fusiles de asalto a unas pocas científicas de pacotilla (solo Lena sabe disparar) y soltarlas ahí sin escolta. Es más, ¿cómo la enfermera puede haber pasado cualquier prueba de estrés? También cuesta creer que semejante fenómeno pueda mantenerse en secreto durante meses o años.

Entiendo que se le haya atragantado a muchos. Es una obra muy personal y experimental, más de emociones y sensaciones que de desarrollar una historia compleja. A mí me ha gustado bastante, pero me apena que en lo argumental Garland se hayan esforzado tan poco.

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Ex Machina


Ex Machina, 2015, EE.UU.
Género: Suspense, ciencia-ficción.
Duración: 115 min.
Dirección: Alex Garland.
Guion: Alex Garland.
Actores: Alicia Vikander, Domhnall Gleeson, Oscar Isaac.
Música: Geoff Barrow, Ben Salisbury.

Valoración:
Lo mejor: Temática jugosa bien tratada. Puesta en escena sobria pero efectiva.
Lo peor: La sensación de que con este argumento podrían contar cualquier cosa y no termina de explotar todo el potencial: unas veces se va por las ramas, otras se queda muy corto. Por ello, según lo que imagines y esperes, puede que no te llene, sobre todo en su flojo final.
El Óscar: Premio a mejores efectos especiales… ¿En serio? ¿Ante Mad Max y El despertar de la Fuerza? Si solo tiene un pequeño trucaje con la tira de años de antigüedad; por ejemplo se vio en Inteligencia Artificial en el 2001.
El título: ¿Por qué le han puesto un guion bajo en España: Ex_Machina?

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Un programador que trabaja en la empresa más grande y popular de internet (un trasunto de Google) es seleccionado para pasar una semana en compañía del fundador y presidente de la misma, sobre el que existe una admiración rayana la adoración fanática, como ocurría con Steve Jobs por ejemplo. Pero no serán unas vacaciones al uso, porque este dirigente sigue siendo un visionario y tiene un proyecto revolucionario que requiere una evaluación externa: el elegido deberá relacionarse con la inteligencia artificial que ha creado para estimar si es completa, es decir, consciente y emocional cual persona.

Lo que Ex Machina propone es un ensayo, un análisis de lo que esta situación podría implicar y en lo que podría derivar: cómo se comportaría una IA y cómo reaccionaría el ser humano ante ella, y a la inversa, y qué implicaciones morales y repercusiones sociales tendría. No es una premisa nueva, 2001, una odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968), Blade Runner (Ridley Scott, 1982) y Terminator (James Cameron, 1984) ya lo trataron hace décadas y coinciden en algún punto. Recientemente hemos tenido otras con más semejanzas, Transcendence (Wally Pfister, 2014) y Her (Spike Jonze, 2013), si bien estas dos se quedaron muy cortas, en la superficie de temas que prometían mucho más: la primera fue un intento de cinta comercial que resultó un despropósito, la segunda mostraba potencial pero la obsesión por lo pretencioso también la hundió. Supongo que también podría citarse Inteligencia Artificial (Steven Spielberg, 2001), pero no se parece en nada, amén de que era irregular y demasiado melodramática (parecía un telefilme de alto presupuesto), en contraste con esta, más equilibrada, sutil y natural.

Alex Garland intenta el acercamiento más serio sobre el asunto hasta la fecha, eligiendo el escenario y las primeras implicaciones y reacciones más plausibles y combinando reflexiones éticas, filosóficas y sentimentales primarias. Pero, a pesar del entusiasmo con que la ha recibido mucha gente, lo cierto es que no termina de llegar hasta donde podría. Hay muchas buenas ideas, pero no todas tiene una exposición adecuada, algunas incluso patinan, y hay otras elecciones poco entendibles, por artificiales o ineficaces. Es cierto que el realizador entra en terrenos inexplorados, pues los títulos citados se quedaban en conceptos básicos (IA maligna rebelándose) y más allá las opciones narrativas son casi infinitas… Pero precisamente por ello decepciona que apunte muy alto inicialmente y luego no se atreva a ir a por todas y se quede a medio camino.

Eso sí, se agradece mucho una película inteligente sobre un tema complicado, algo cada vez menos común hoy en día. Apuesta además por un relato sin grandilocuencia visual, sin acción aparatosa o un muestrario de tecnología moderna cobrando vida a través de llamativos efectos especiales, y por un drama intimista que se centre en el objetivo sin salirse por la tangente con historias innecesarias. Inteligencia Artificial de Spielberg se perdía de lleno en esos dos aspectos, por ejemplo.

El prólogo es una estupenda muestra de síntesis narrativa, de introducir al espectador en la trama sin farragosas explicaciones. Los primeros pasos de Caleb (Domhnall Gleeson) en los dominios y la investigación de Nathan (Oscar Isaac) mantienen esa tónica. Diálogos sencillos, mundanos, pero con más contenido del que parece, desgranan poco a poco la historia. La aparición de Ava (Alicia Vikander) es sugerente, y sin rodeos vamos a los pensamientos que se quieren abordar.

En estos Garland haya un buen equilibrio. No se corta a la hora de mencionar conceptos técnicos (el Test de Turing, algunos datos de programación y aprendizaje de máquinas) que otros eludirían torpemente por miedo a que muchos espectadores no entendieran nada, y trata de tocar los temas principales sin sentar cátedra, sino exponiendo cada concepto y dejando que tú pienses en sus ramificaciones. Además ofrece algún apunte poco explorado, como la pulsión sexual como motor del ser humano, sea por amor o por lujuria (bueno, se insinuó en HHerer y en Blade Runner, pero en ambas se desarrollaró como un romance cursi), yendo así más allá de los deseos de vivir y los conflictos cognitivos y sensitivos habituales en las máquinas que toman conciencia.

Los personajes también apuntan maneras. Caleb es experto en su materia pero sencillo en las relaciones humanas (tímido, bueno), con lo que resulta simpático y se sufre un poco cuando se pone la cosa fea. Además, siendo tan neutro funciona como un caparazón en el que introducirnos para ir descubriendo las cosas con nuestra propia perspectiva. Eso sí, todo esto implica también que sea bastante soso, que le falte personalidad y garra y no llegue a ser un personaje principal que deje huella. Nathan es hosco y huraño, rasgos clásicos de genios visionarios, y poco a poco nos adentramos en sus demonios internos. Y Ava es una chiquilla con cerebro privilegiado, e inquieta que no se sabe muy bien por dónde puede salir.

Los actores corren desigual suerte. Alicia Vikander como está estupenda en un papel difícil, el de las reacciones e intenciones veladas. Aunque ya tenía un montón de papeles, sobre todo en Suecia, aquí es donde empezó a sonar su nombre, y luego deslumbró con La chica Danesa (Tom Hooper, 2015). Oscar Isaac (A propósito de Llewyn DavisEthan Coen, Joel Coen, 2013-, El año más violentoJ.C. Chandor, 2014-, Show Me a HeroDavid Simon, 2015-) cumple bien como el genio críptico, pero no como para impresionar. Domhnall Gleeson me parece bastante limitado, le falta registro y nervio. Curiosamente, entre 2014 y 2015 estrenó nada más y nada menos que cinco películas (incluyendo la presente) de bastante éxito y que acapararon numerosas nominaciones a premios, lanzando su nombre en la industria a lo grande: El despertar de la Fuerza (J. J. Abrams, 2015), donde coincidió con Isaac, El renacido (Alejandro G. Iñárritu, 2015), dos cintas donde se lo vio mucho más implicado que aquí, y Brooklyn (John Crowley, 2015) e Invencible (Angelina Jolie, 2014); su agente estuvo bien inspirado.

Uno de los mejores aciertos de la propuesta es que se juega muy bien con el velo, la máscara que nos ponemos, las posturas fingidas para agradar e integrarnos. Los tres protagonistas van analizándose mutuamente, tanteando el terreno, y cada uno tiene sus fallas y sus pensamientos y sentimientos contenidos. Dicho de otra forma, al analizar si Ava es una conciencia real nos terminamos analizando a nosotros mismos. Así, surge una gran pregunta: ¿si no nos entendemos a fondo cómo vamos a construir una IA auténtica?

Otra dificultad bien solventada es que estamos ante un relato muy teatral, con escenario cerrado y pocos personajes hablando, pero Garland consigue mantener el interés mediante una puesta en escena elegante que exprime al máximo cada rincón de la casa. De hecho, el escenario elegido es un acierto, tanto por su belleza como por la comunión de exuberante naturaleza con la frialdad humana, que le va de perlas al argumento. Y cabe señalar algunos recursos efectivos, que parecen sencillos pero quizá a otros no se les habrían ocurrido, como la escena de baile, una situación incómoda que pone una gotita más de inquietud.

De esta forma, en su primera mitad Ex Machina atrapa con fuerza, nos hace pensar bastante, y la intriga va aumentando poco a poco. La figura del genio informático que va pasando de admiración a inquietud, la fascinante IA que empieza a mostrar posibles intenciones ocultas, la dinámica de la relación entre los tres y los secretos que van saliendo a la luz apuntan a que va a haber un conflicto ético y personal jugoso.

Pero por desgracia a Garland se le van agotando las ideas, los escenarios y las soluciones, y empieza a pesar una obsesión: terminar la película con visos de cine comercial. Tras las primeras sesiones con Ava hay un largo receso donde no se sigue explorando los planteamientos iniciados, limitándose a vaguedades o a reincidir en lo ya mostrado (las cenas y desayunos por ejemplo se hacen harto repetitivos), y los siguientes encuentros lo dejan todo de lado para pasar a servir como trucos narrativos muy trillados: sembrar la semilla del misterio de forma forzada (la frasecita de “No es lo que parece” me dio vergüenza ajena) y asentar las bases para el endeble final (el acercamiento, el alcohol, la tarjeta). De hecho, no me convence nada que Nathan sea alcohólico; que se descubra como un inadaptado y un salido es más convincente, sobre todo porque tiene buena relación con la trama, pero no da el perfil de bebedor, es algo que parece muy conveniente para permitir partes del desenlace.

El giro que revela la naturaleza real del experimento, que estupendo y vuelve a traer al frente las cuestiones intelectuales, prometía encauzar las cosas de nuevo, pero a partir de entonces se abandona todo lo andado por un tramo final de suspense básico lleno de clichés más propio de un título menor como Transcendence que de una propuesta que apuntaba más alto. Además, el tempo contemplativo, pausado, también deja de funcionar: debería haber subido el ritmo para darle más intensidad, pero la larga escena de Ava vistiéndose para sentirse más humana rompe del todo el clímax cuando es algo que ya hemos visto antes (se viste ante Caleb) en un momento más adecuado.

Ex Machina no resulta la obra redonda que hay latente en ella, pero es entretenida y deja unos cuantos pensamientos rondando en la cabeza, amén de que destila delicadeza y buen hacer en su mayor parte.

Sunshine


Sunshine, 2007, EE.UU.
Género: Acción, suspense, ciencia-ficción.
Duración: 107 min.
Dirección: Danny Boyle.
Guion: Alex Garland.
Actores: Cliff Curtis, Cillian Murphy, Michelle Yeoh, Rose Byrne, Chris Evans, Chipo Chung, Hiroyuki Sanada, Benedict Wrong, Troy Garity, Mark Strong.
Música: John Murphy, Underworld.

Valoración:
Lo mejor: El primer tramo de la cinta, el más comedido e interesante.
Lo peor: El delirante final. La mediocre puesta en escena de Danny Boyle, el guion lleno de agujeros e incongruencias e incapaz de definir buenos personajes y ofrecer una trama que equilibre las distintas y casi incompatibles líneas narrativas (mezcla poco homogénea de cine de catástrofes, de ciencia-ficción, de terror…).

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Trainspotting (1996) fue notable e influyente, pero desde entonces Danny Boyle no da pie con bola. La playa (2000) y 28 días después (2002) mantienen el éxito pero de calidad andan bien escasas. El caso de Sunshine ha ido por el mismo camino: ha tenido en general críticas decentes, pero el producto final me ha parecido casi desastroso, y en gran medida por culpa del director.

Sunshine es una malograda mezcla de géneros. Comienza como cine de catástrofes, con la poco creíble misión de detonar una bomba en el Sol para reactivarlo, continúa como cinta de ciencia-ficción, con las aburridas aventuras de la tripulación intentando llegar a su objetivo mientras lidian con irrelevantes problemas técnicos, y en el tramo final se decanta sorprendentemente por el terror de zombis (que incluye leves toques de gore). La simbiosis entre estos tres estilos es irregular, ineficaz. La cinta va dando traspiés sin que quede claro de qué va (con la bomba como macguffin chapucero), sin decantarse de una vez por un rumbo y género concreto, con lo que dificulta la atención del espectador, quien tiene que afrontar los cambios de estilo y dirección.

El otro gran problema que su base resulta bastante endeble: los personajes carecen definición, entran y salen aleatoriamente porque su único cometido es morir en uno u otro instante. Se trabajan tan poco desde el guion al casting que ni alcanzan el mínimo exigible en la verosimilitud. No hay quien se crea a estos jóvenes casi imberbes como científicos y astronautas de gran nivel, de hecho, aparte de comportarse como adolescentes inmaduros cada cual es más incompetente y patético; el segundo al mando llega a ser una caricatura vergonzosa.

Se acumulan diálogos vacíos, situaciones poco trabajadas cuando no incongruencias enormes, te asaltan preguntas cada dos por tres… Por ejemplo, ¿qué sentido tiene que el escudo tenga paneles que se abren?, ¿cómo pueden los restos de piel humana de siete tripulantes dejar una capa de polvo de varios centímetros en una nave tan grande?, ¿por qué ese personaje se comporta tan irracional e infantilmente?, ¿por qué justo ahora se olvidan de la radio o de poner el filtro solar?, ¿cómo pueden respetar tan poco la cadena de mando? A veces dan ganas de gritarle ¡estúpido! a los personajes.

Las virtudes del libreto son casi inexistentes, pero es más lamentable que el poco jugo que se le podría sacar Danny Boyle no lo aprovecha. Su puesta en escena carece de originalidad (¿por qué cuando se está en una nave espacial la cámara tiene que girarse?), abusa de primeros planos y enfoques cortados (reflejos, reflejos borrosos, objetos de por medio) que lejos de imprimir el tono de claustrofobia propio de la situación limitan completamente la narración a los rostros de unos personajes muy aburridos, con lo que no se ve nada y se echa a perder aún más la poca intensidad que posee la historia. El abuso de escenas que pasan por encima de la nave o muestran su escudo también resulta cansino, por no hablar de las repetidas e innecesarias visitas a la sala de observación. Pero la cosa va a peor a medida que avanza la función, pues cuando la nave perdida aparece, Boyle pierde el juicio completamente. La absurda y ridícula locura a la que asistimos a partir de entonces comienza con unos flashes repentinos diseminados entre fotogramas. No se acierta a ver qué es, no se comprende su presencia, sólo distrae y hace pensar en un fallo de la proyección. El montaje se acelera, se hace caótico, la fotografía empieza a agitarse descontroladamente… Pero todavía no ha llegado lo peor, pues contra toda lógica Boyle se empeña en emborronar la pantalla ante la presencia del zombi, así que los últimos minutos se limitan a ruido, borrones, personajes corriendo… y uno ya no sabe qué pasa.

Arreglando el tramo final podría haber sido una serie b decentilla; bastante típica y con muchos baches, pero pasable. El conjunto da lástima, y por si fuera poco se acumulan los instantes que recuerdan a producciones clásicas del género, desde 2001, una odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968), Solaris (Andrei Tarkovsky, 1972) y Alien (Ridley Scott, 1979) a cintas menores recientes, como Horizonte Final (Paul W.S. Anderson, 1997), dejando una sensación constante de falta de originalidad, de personalidad.