El Criticón

Opinión de cine y música

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Los siete magníficos


The Magnificent Seven, 2016, EE.UU.
Género: Acción, western.
Duración: 115 min.
Dirección: Antoine Fuqua
Guion: Nic Pizzolatto, Richard Wenk.
Actores: Denzel Washington, Chris Pratt, Ethan Hawke, Vincent D’Onofrio, Byung-hun Lee, Manuel Garcia-Rulfo, Martin Sensmeier, Haley Bennett, Peter Sarsgaard.
Música: Simon Franglen, James Horner.

Valoración:
Lo mejor: Chris Pratt, Ethan Hawk y Vincent D’Onofrio.
Lo peor: Guion sin profundidad ni alma alguna: es un producto prefabricado para la taquilla fácil.
La polémica: La corrección política llega a límites absurdos: no se ve ni un solo caballo muerto por el suelo entre la gran cantidad de gente fallecida.

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No me olía nada bueno, a pesar de algunas críticas que la ponían como una de acción más que decente, pero lo cierto es que incluso con las bajas expectativas he acabado decepcionado.

El primer fallo notable que se ve está en la puesta en escena, con una elección para la fotografía extraña y equivocada. La paleta de colores obsesionada con los tonos azules y naranjas, obedeciendo a una ley del color básica y muy facilona que dice que son tonos cálidos que conectan con más facilidad con el espectador que otras elecciones más artísticas, puede funcionar en entornos urbanos (Transformers es un referente de este estilo), pero en paisajes naturales difícilmente encaje. Así, las escenas de mucho sol (y obviamente abundan) saturan demasiado el naranja, y los actores, que parecen siempre acalorados, en esos momentos se asemejan a muñecos de plástico. Pero los planos que tienen vegetación alcanzan cotas absurdas, con árboles que tienden a un azul verdoso muy irreal.

Antoine Fuqua es un realizador que domina bastante bien el cine de acción de corte más clásico y artesanal, esto es, sin artificios modernos (abuso de efectos especiales, cámara y montaje frenéticos). Lágrimas del Sol, El tirador y Objetivo: La Casa Blanca lucían bien, y la presente está en la misma onda, con escenas de acción bastante correctas, ejecutadas de forma que lleguen al espectador con la complejidad del escenario y la intensidad de la situación más que con una narrativa forzada con técnicas baratas. Por ello sorprende mucho ese colorido excesivo, falso. En El Rey Arturo también lo utilizaba, pero no tan saturado, y en el ambiente frío del norte encajaba mejor (aun así le habría venido bien algo más natural, claro). Bien podría haber salido un bluray mal equilibrado (no sería el primero: con La carretera tienes que elegir con cuidado la región porque una alguna está alterada de mala manera, Espartaco tuvo que tener una nueva restauración porque la primera fue desastrosa, El último mohicano requeriría una nueva también…), pero viendo fotos promocionales del metraje, los tráileres y otras críticas, está claro que es el estilo elegido para la película. Yo tuve que bajar un montón la saturación del reproductor, porque me sacaba completamente de la historia.

Una vez superado o ignorado el choque visual entramos en materia. La película trata sobre la formación de un grupo de gente peculiar y la aventura en que se embarcan, por lo tanto se espera ver personajes carismáticos, una dinámica entre ellos que enganche y divierta, y un viaje que atrape hasta que haga acto de presencia la acción. Pero este remake simplón sólo cumple en lo último… y no del todo, porque llega tras hora y media de sopor y quizá sea tarde para ganarse la conexión con el espectador. Veo que muchos han disfrutado, pero mi interés estaba por los suelos y apenas he conectado con la gran batalla. Fuqua demuestra su pericia con la cámara en una lucha épica alrededor del pueblo, entre sus calles y sus casas, logrando un espectáculo bastante gratificante. Pero los personajes que no me aburrían me provocaban rechazo, y aquí siguen en su tónica: cada vez que aparecen es para cumplir con otro topicazo cargante, y los finales de cada uno, fallezcan o sigan con vida, me han resultado entre intrascendentes y molestos. Esos tontos planos-resumen del protagonista mirando a sus colegas muertos, incluso al que está en el campanario y no puede ver, me dieron vergüenza ajena.

La presentación de cada protagonista trata de ser gradual, pero carece de fluidez y no logra despertar el interés nada más que en un par de ellos. En todos se abusa de estereotipos en algún momento, en varios de hecho en todas sus apariciones. La dinámica entre ellos es poco interesante, con su dibujo monocromático y los diálogos acartonados no hay manera de seducirnos. Obviamente, la falta de ingenio se ve también en el sentido del humor, que resulta infantil, torpe. El único chiste bueno es el tomado del western original, el de “Por ahora bien”, y lo exprimen de mala manera hasta gastarlo.

Voy de menos a más con los protagonistas. Ya se apunta bajo con el prólogo que presenta al villano, un malo malísimo porque sí, irreal y plano hasta aburrir; el competente Peter Sarsgaard se esfuerza, pero no puede evitar que resulte un personajillo ridículo, lo que empeora con su lamentable final. La llegada del indio se come mucho tiempo y no dice nada; yo es que ni la he entendido, se une a la empresa sin razón alguna y no aporta absolutamente nada; y por supuesto tendrá su final esperable, la pelea con el indio enemigo metida con calzador. Con el mejicano tratan de mostrar un tipo chungo pero carismático, pero no me lo creo, y su entrada es también muy repentina, sin dejar ver convicciones y motivaciones concretas que lo empujen a unirse con tanto entusiasmo. El chino de las artes marciales es un cliché andante, y no hace nada más que cumplir con ello, pero al menos tiene algo más de presencia en las dinámica de la banda. El líder, y el protagonista con más tiempo, es Chisolm, a mitad de camino entre agente de la ley y cazarrecompensas; resulta una figura muy clásica donde parece relegarse toda su personalidad a lo que consigan sacar el director y el intérprete; Denzel Washington hace de sí mismo, así que si te cae bien te gustará; a mí me ha resultado un personaje poco carismático para el peso que tiene. El loco es inquietante, impredecible, a ratos da miedo y a ratos divierte, y en gran parte es gracias a la inspirada labor de Vincent D’Onofrio. “Buenas noches” Robicheaux se lleva el mejor papel, con un Ethan Hawke muy entregado, y el mejor recorrido emocional hasta que lo destrozan con un giro final absurdo: de mostrar un poso intrigante, un problema creciente que lo agobia, pasa a ser el típico que huye para volver en el último instante para salvar a sus colegas, pero por el camino es como si faltaran escenas: ¿cómo ha superado su crisis?, ¿para qué ponen tanto énfasis en el dilema interno del personaje si no lo llevan a una conclusión? Faraday es el clásico timador, superviviente y guaperas, pero tiene su gracia y Chris Pratt está estupendo, rebosante de carisma pero también con un punto oscuro bastante logrado.

De roles secundarios con interés olvídate. ¿El pueblo? Sólo lo representa la chica blanca y guapita, el resto de individuos son figurantes. No hay relación directa entre el grupo y estas gentes, no se ven sus vidas, su sufrimiento. Si en la cinta de 1960 daba tiempo a mostrar todo con detalle, aquí también. Es cuestión de saber narrar. Por tener, incluso tenía reflexiones muy interesantes. Se hablaba de las dificultades de la vida en la época, que abría dos caminos, pistolero o granjero, y tenía escenas que trataban muy bien las miserias de cada elección, con momentos de nostalgia (¿y si hubiera tomado la otra dirección, si en vez de perseguir sueños hubiera aceptado la realidad?) que daban más verosimilitud al entorno y a los personajes (incluyendo los forajidos: son supervivientes que no saben hacer otra cosa, no villanos de cómic). Y con el pueblo se hacía un buen retrato de la vida bajo un yugo: la esperanza, el miedo y la lucha por la supervivencia; había gente dispuesta, gente cobarde, traiciones y alzamientos. Aquí no hay trasfondo de ningún tipo. El único intento de conectar pueblo y espectador es… con niñitos sufriendo. ¿Pero por qué demonios tienen a los niños en la aldea y sólo cuando la cosa se pone fea los tratan de esconder en el campo? Se suponía que son mercenarios listos y competentes.

El poco interés que despiertan algunos de los protagonistas más la sobria y contundente puesta en escena de Fuqua (aunque con el lastre del color excesivo) consiguen un entretenimiento pasajero aceptable si se hacemos la vista gorda a la simpleza exasperante de su guion, los estereotipos, las sentencias lastimeras, las escenas tontas que remarcan obviedades. Me temo que esto de perdonar el bajo nivel intelectual es algo que tenemos que hacer mucho en el cine taquillero actual, volviendo a traer a colación la pregunta de si el cine de Hollywood se ha vuelto estúpido o es el público el que se ha vuelto estúpido. La versión de John Sturges era una adaptación de la colosal Los siete samuráis en un modo indudablemente más comercial que la obra de Akira Kurosawa, pero aun así tenía una solidez, una calidad y personalidad que han permitido que se recuerde con agradado hasta nuestros días. ¿Qué necesidad había de rehacerla sin cambiar el escenario o la época, sino únicamente pasándola por la batidora intelectual para convertirla en un producto de usar y tirar? Pero precisamente hay ejemplos de que una revisitación hecha con mimo puede ser agradable: El tren de las 3:10 o Valor de ley, por centrarme en el oeste, fueron bastante buenas. Así que habría que señalar dos tendencias, la ultracomercial y la seria, y empezar a catalogar algunos remakes como merchansiding, no como películas, pues lo único que hacen es aprovecharse del renombre de la obra original para vender.

Aparte, es inevitable hablar también de la banda sonora. Las notas de Elmer Bernstein marcaron el cine del oeste para siempre, y muchos ojos (oídos) estaban puestos en la nueva versión. El gran pero polémico James Horner fue el elegido… ¿Daría un trabajo de los repetitivos o se esforzaría como había hecho recientemente en otros filmes? Por desgracia el compositor falleció dejando la partitura apenas empezada, y tuvo que ser acabada por sus ayudantes. Y sea porque Horner estaba en la línea poco inspirada o porque decidieron acabarla tirando de motivos típicos del compositor, lo que queda es una banda sonora rutinaria y repetitiva, sin personalidad ni garra, lo que termina realzando esas sensaciones en el filme.

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Southpaw


Southpaw, 2015, EE.UU.
Género: Drama.
Duración: 124 min.
Dirección: Antoine Fuqua.
Guion: Kurt Sutter.
Actores: Jake Gyllenhaal, Rachel McAdams, Oona Laurence, Forest Whitaker, Naomie Harris, 50 Cent.
Música: James Horner.

Valoración:
Lo mejor: Emotiva e intensa sin sensiblerías innecesarias. Reparto muy implicado.
Lo peor: No sorprende en ningún momento.

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No empecé el visionado muy entusiasmado, pues el rumbo del relato se presenta tan predecible que no dejaba de preguntarme por qué hay autores empeñados en contar las mismas historias una y otra vez. De nuevo tenemos la odisea de superación deportiva típica yanqui, donde un novato tiene que llegar a lo alto o una estrella caída tiene que recuperar su posición. Además se mezcla con otro clásico, el del padre que está perdiendo a su familia y tiene que recuperarla. Y cómo no, todo apunta a que el éxito deportivo lo convertirá en mejor persona y padre. No basta tener un trabajo, claro, hay que demostrar que con esfuerzo cualquier estadounidense pringado puede llegar a ser el rey del mundo. Nunca vemos relatos de quienes se quedan en el camino, o en un punto medio y tienen que “aceptar” una “vida normal”.

Como decía, encontramos los puntos clave de todas estas historias. La familia rota, el infante que sufre las consecuencias, el padre que sólo puede reconstruir sus vidas si toma una obsesión y la lleva al límite, el mentor que lo ayudará en su ascenso… Este último asusta un montón, pues el topicazo con él es de escándalo: el tipo paciente, buenazo y experimentado que hemos visto mil veces, por ejemplo en Million Dollar Baby… no en vano Forest Whitaker es la versión barata de Morgan Freeman.

Pero sorprendentemente la película funciona muy bien dentro de su limitado rango de acción. No va a superar el escollo de ser un drama de superación que se ve venir de lejos, pero comparado con infinidad de títulos que llegan incluso a arrasar en los Oscar tiene mucho más valor. Lo primero a destacar en el guion de Kurt Sutter (The Shield, Hijos de la anarquía) es su tono natural y crudo, pues, exceptuando que el accidente que desencadena el evento puede ser un tanto exagerado, se opta por un drama realista, capaz de conmover con sus tragedias sin dejar la sensación de manipulación emocional o de sensacionalismo narrativo. Su segundo acierto es que esquiva bastante bien los aspectos más previsibles: se conecta férreamente con los personajes, las anécdotas del día a día son interesantes y la odisea no se atasca en clichés, sino que evoluciona con ritmo y fuerza. Además, el retorno a la competición tiene una conexión directa con el estado emocional del personaje: su fortaleza psicológica va madurando también. No es como esos superficiales cuentos de hadas sobre el sueño americano en los que con ganar la competición todo se arregla (Cinderella Man, El lado bueno de las cosas).

La más que correcta puesta en escena de Antoine Fuqua y el notable reparto realzan muy bien el producto. Jake Gyllenhal (atención al físico que consiguió) está inmenso en un rol que evoluciona a ojos vista: de la felicidad a la desolación, de la desesperación al renacer. Las escenas en que visita a la hija, que la joven Oona Laurence también interpreta muy bien, son demoledoras. Y Forest Whitaker y Rachel McAdams son valores seguros. Con la suma de todos estos factores el drama llega con intensidad, se vive con angustia la caída al abismo del protagonista, vibras con su recuperación paulatina, y en resumen, pasas un buen rato con una cinta emocionante y muy entretenida. Al final, como he dicho muchas veces, después de todo lo importante no es qué cuentes, sino cómo lo cuentes.

Tanto por ser de un género popular como por aportar algo de calidad en el mismo, es verdaderamente incomprensible la pésima distribución que le dieron. Para rematar el despropósito tuvo buenas críticas y sobre todo un director y unos actores de bastante tirón. De hecho fue ridículo no usarla junto a Nightcrawler para lanzar a Gyllenhaal a la campaña por el Oscar, algo que muchos medios daban por seguro, es decir, los todopoderosos hermanos Weinstein, quienes deciden cómo serán la mitad de los Oscar, tenían media campaña hecha. Pero ellos encumbran y ellos hunden. A la hora de escribir esto, en España está sin fecha incluso para dvd. El mismo destino sufrió otra cinta incluso más recomendable, Warrior, donde en Lionsgate no supieron o no quisieron ver su enorme potencial.

The Equalizer (El protector)


The Equalizer, 2014, EE.UU.
Género: Acción, drama.
Duración: 132 min.
Dirección: Antoine Fuqua.
Guion: Richard Wenk, basado en la serie de Michael Sloan y Richard Lindheim.
Actores: Denzel Washington, Marton Csokas, David Harbour, Chloë Grace Moretz.
Música: Harry Gregson-Williams.

Valoración:
Lo mejor: No está mal rodada y los actores son buenos.
Lo peor: Guion de risa y tono manipulador inaguantable.

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El protector parece una parodia involuntaria. Para empezar, el protagonista resulta un superhéroe: ralentiza el tiempo (parece que gracias al reloj mágico), ve el futuro de la escena y lo reproduce fielmente, se mueve más rápido que las explosiones y las ondas expansivas, monta trampas que ni McGyver (ayudado por la supervelocidad)… Vamos, un coladero de incongruencias para ensalzar a un héroe imposible.

La trama tampoco da mucho de sí, es un refrito de todo lo visto en el género de acción más clásico. Tipo solitario, chica desvalida y villanos de cómic con secuaces ineptos que morirán en cantidad cuando el héroe decida ir a por ellos. Además carece de ritmo, porque se empeñan en darle un tratamiento de drama serio cuando es acción, perdiéndose en una larga exposición de personajes y relaciones que no pueden sorprender, con lo que saben a metraje estirado con pompa innecesaria.

Pero lo peor es que es un panfleto vomitivo del sueño americano: salvaje oeste, neoliberalismo y sueños imposibles. Que si tienes un trabajo de mierda es exclusivamente culpa tuya (el final de la prostituta es de risa, del mundo de la piruleta); el protagonista es un americano superior, de esos hechos a sí mismos contra el hombre y el sistema, y para realzarlo, todos a los que ayuda son desechos de la sociedad o inmigrantes (aaah los pobres mejicanitos); los villanos por supuesto son topicazos viciosos sobre extranjeros, que el país no genera gente así, oye; y los mensajes sobre la justicia a base de violencia son demenciales: vigilantes callejeros y vengadores, nada de proceso legal ni hostias, pues tiene pruebas de los delitos y aun así se encarga de aplicar su justicia del ojo por ojo.

Y así hasta el infinito. Si fuera intrascendente, o de cachondeo, como las buenas pelis de acción de los ochenta (a las que emula bastante), o como El fuego de la venganza (Tony Scott, 2004), a la que se parece mucho, pues sería divertida, pero al menos a mí me ha dado la sensación de que va en plan serio (aunque en el clímax final se va de madre), con lo que resulta esperpéntica y un insulto para la inteligencia del espectador. Por suerte para Antoine Fuqua, eso último no abunda, y no está teniendo mala recepción.

Objetivo: la Casa Blanca


Olympus Has Fallen, 2013, EE.UU.
Género: Acción.
Duración: 119 min.
Dirección: Antoine Fuqua.
Guion: Creighton Rothenberger, Katrin Benedikt.
Actores: Gerard Butler, Aaron Eckhart, Morgan Freeman, Dylan McDermott, Rick Yune, Angela Bassett, Melissa Leo, Radha Mitchell.
Música: Trevor Morris.

Valoración:
Lo mejor: Espectacular y entretenida como pocas del género en los últimos años.
Lo peor: No ofrece nada nuevo o llamativo, se ve y se olvida.
Mejores momentos: El asalto al completo.

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Como ocurre muchas veces en Hollywood, dos películas de estilo y argumento muy semejantes llegan más o menos a la vez, tal es la escasez de ideas. Deep Impact y Armaggedon son el ejemplo de que se puede hacer bien, aportando dos puntos de vista distintos (una es seria y realista y la otra de acción y cachondeo gamberro), pero otros títulos lo único que hacen es remarcar esa falta de originalidad. Objetivo: la Casa Blanca (Olympus Has Fallen) y Asalto al poder (White House Down) representan ese lado malo, destacando aún más por lo poco novedosas que resultan en el género. En cuanto a la comparación entre ambas, la victoria es clara. La cinta de Antoine Fuqua, la aquí analizada, es un divertimento agradable, mientras que la de Roland Emmerich resulta un despropósito, un insulto al cine y la inteligencia del espectador.

La trama y los personajes se describen con topicazos bastante descarados, pero los diálogos son correctos y las escenas, aunque sin duda previsibles (ese prólogo que señala una tragedia reciente para dar bagaje al rol central), tienen un sentido claro y efectivo. Hay algún personaje mejorable o que requiere un salto de fe grande, como el traidor imposible (ese que traiciona a su país y amigos porque sí), pero aquí no se cae en el nivel ridículo de Asalto al poder. Los secundarios se definen brevemente y sin exagerar innecesariamente peculiaridades reconocibles, sino dándoles escenas jugosas. Además no son rematadamente estúpidos, y las disputas entre altos mandos no dan vergüenza ajena: el héroe resuelve situaciones porque es el que está en mejor lugar para ello, no porque los de su bando sean gilipollas perdidos y los enemigos patosos increíbles.

El reparto es crucial a la hora de dar algo más de densidad a los protagonistas: Aaron Ekhart, Morgan Freeman, Melissa Leo, Angela Bassett, y Robert Foster se esfuerzan como si esto fuera un drama oscarizable; Aaron Eckhart hace tiempo que merece un papel que lo lance definitivamente al estrellato. La figura central es un héroe clásico, pero de sobras simpático, y aunque sabemos que saldrá siempre airoso las escenas tienen el punto justo de intriga e intensidad para emocionarse con ellas. Con bastante carisma Gerard Butler sostiene medio relato él solo.

En cuanto a la acción, esta resulta de buen nivel. El asalto a la Casa Blanca es espectacular. El plan de los malos, con varias fases, resulta complejo y verosímil. Las escenas del avión disparando, los tiroteos y explosiones y la derrota de los buenos forman una secuencia digna de aplauso, de lo mejorcito del género en muchos años (tampoco es que haya mucho con lo que comparar). Los conflictos a tiros en el interior el edificio del gobierno son escasos pero bien aprovechados, los intentos de recuperar el control dan el tipo, el desenlace es algo facilón pero eficaz… En conjunto, el ritmo es trepidante y carece de bajones llamativos. La dirección de Antoine Fuqua es efectiva en todo momento, logrando logra aparentar más presupuesto del que tiene. Los efectos digitales se notan, pero no molestan porque no se abusa de ellos de forma innecesaria como en la de Emmerich. También se agradece que haya algo de violencia y sangre explícita.

Objetivo: la Casa Blanca funciona sin problemas como lo que es: un entretenimiento sin pretensiones. Conoce a la perfección sus limitaciones y sus bazas, no cae en manías cansinas ni excesos cargantes y divierte sin problema alguno. Es un producto destinado al consumo rápido, pero también una obra de sobra profesional, de hecho, al lado de la mierda ponzoñosa de Emmerich es toda una lección de cine.