El Criticón

Opinión de cine y música

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12 valientes


12 Strong, 2018, EE.UU.
Género: Acción, bélico.
Duración: 130 min.
Dirección: Nicolai Fuglsig,
Guion: Ted Tally, Peter Craig, Doug Stanton (novela).
Actores: Chris Hemsworth, Michael Shannon, Michael Peña, William Fichtner, Navid Negahban.
Música: Lorne Balfe.

Valoración:
Lo mejor: Unos pocos secundarios de nivel, el carisma de Chris Hemsworth.
Lo peor: Puesta en escena limitada, no da el espectáculo que se espera. Guion mediocre, lleno de clichés, diálogos cutres y propaganda “made in USA”.

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Con este tipo de películas te la juegas a que sea un típico panfleto yanqui, pero es difícil no caer cuando el género bélico te resulta atractivo, y más si, como en mi caso, se tiene fresca en la memoria la magnífica El único superviviente (Peter Berg, 2013). Así que alguna expectativa tenía, al menos con que fuera un buen espectáculo. Pero 12 valientes no llega ni a la correcta 13 horas: Los soldados secretos de Bengasi (Michael Bay, 2016); hasta El francotirador (Clint Eastwood, 2014), de la que me quejé bastante por su sesgo, tenía una consistencia dramática y un nivel visual suficiente como para entretener bastante. Aquí estamos ante un ejemplo de lo peor que puede dar la propaganda ideológica, un título que por su escaso calado y calidad debería haber ido directamente al videoclub y la televisión. Pero de alguna forma consiguieron reunir un reparto de rostros conocidos con el que probar suerte en cines… aunque finalmente el boca a boca dejó su recaudación bajo mínimos: 67 millones de dólares mundiales apenas cubrirá el presupuesto (35 millones) más la distribución y publicidad.

Cabe preguntarse cómo un actor con la vida resuelta como Chris Hemsworth elige una obra con potencial de polémica o como poco con una ideología tan forzada. Tened en cuenta que nació en Australia con ascendencia europea y que el grueso de su carrera se basa en sagas de fantasía, así que me extraña que se meta en un trabajo que podría dar mala imagen fuera de EE.UU. Allí en cambio este retrato de héroes y de la historia del país tan manipulador se suele recibir muy bien, aunque en esta ocasión inesperadamente ha pasado sin pena ni gloria.

La cinta es un descarado anuncio de las fuerzas armadas, una reescritura de la política internacional, del intervencionismo y las guerras que va montando Estados Unidos por todas partes. No cabía esperar una elaborada visión global del conflicto con el terrorismo islámico, ni autocrítica, pero de ahí a la simplificación y exaltación que hacen hay un trecho muy grande.

El protagonista es un héroe hecho a sí mismo por arte de magia, la enésima representación infantil que tienen muchos estadounidenses de sí mismos. Sin experiencia real ni esfuerzo visible es un ser perfecto que logra todo sin despeinarse y sin dudar en el apartado ético. Su entereza y capacidades sacan lo mejor de sus compañeros, gente corriente, incluso algo tonta, pone en su sitio a generales ligeramente obtusos si hablamos del ejército norteamericano y paletos e incompetentes cuando se retrata a los aliados, y resuelve él solito la guerra (prácticamente eso dice la película) masacrando a las hordas de terroristas.

Si ya producía algo de recelo que este don nadie respondón dé lecciones a sus superiores con cuatro frases estúpidas, lo del general afgano alcanza cotas de vergüenza ajena e incluso de insulto a la inteligencia del espectador. El veterano que lleva décadas en guerra contra los talibanes, que se conoce el país y sus gentes al dedillo, es representado como un paleto descerebrado al que nuestro flamante héroe salva y rescata en los primeros combates y va educando con sus estrategias superiores y su moral intachable.

Pero claro, qué se puede esperar de un panfleto manipulador que expone la misión del comando como la liberación de Afganistán y la victoria en la guerra. El que EE.UU. armara a los afganos y a otros tantos en los años setenta para fastidiar a la URSS y que ese conflicto y esas armas hayan propiciado el alzamiento de Al Qaeda ni se menciona. Obviamente, tampoco se va a señalar que el ataque contra Afganistán fue una represalia, una invasión en toda regla sin garantías de que estuvieran ahí los altos mandos de Al Qaeda, y que fue justificada luego de mala manera con las mentiras de las armas de destrucción masiva. Tampoco se va a señalar que la farsa ha durado años dejando un reguero de muertos incontable, incluyendo miles de soldados propios (imágenes que se cuidan de ocultar), ni que estas acciones sumadas a las retenciones y torturas de cualquiera que señalaran como terrorista ha creado nuevos enemigos (el ISIS) y azuzado las guerras en la zona, que ahora está más desestabilizada que nunca y ha provocado un aumento brutal de atentados en occidente. Hay que ensalzar al héroe y al país, y para eso no se puede contar la verdad. Sin ir más lejos, la misión real del comando era básicamente de infiltrarse y localizar blancos en el terreno para los bombardeos, pero eso no es suficientemente épico, así que casualmente el avión se queda sin combustible o los aliados afganos tienen rencillas entre ellos para que nuestros héroes lideren las batallas contra miles de enemigos.

Si la descripción de personajes es superficial y la de los hechos deliberadamente limitada, los diálogos no se quedan atrás. Infinidad de clichés, frases legendarias forzadas y sandeces pseudo heroicas salpican cada escena, convirtiendo la proyección en algunos momentos en una comedia involuntaria. El lema “No seas un soldado, sé un guerrero”, me sacó una carcajada bien grande.

El acabado es mejorable, pero al menos cumple sin muchas carencias. Rodando en Méjico y añadiendo unos pocos efectos digitales (montañas, pueblos) consiguen un Afganistán realista y vistoso, pero al final la promesa de tener una buena aventura en esos parajes (la misión de infiltración del personaje de Michael Peña por la parte más dura del desierto ni la vemos) y de tener una gesta militar de impresión no da tanto como se podría exigir. El desconocido director Nicolai Fuglsig llega con lo justo para conseguir un producto decente, con un ritmo correcto y unas escenas de acción entretenidas, pero de ahí a impresionar hay un gran trecho. Se limita a cuatro planos de cada bando disparando sin más escenificación, y muchas veces, a pesar de luchar frente a frente, no sabes dónde está cada grupo y protagonista, en qué dificultades se encuentra y qué salidas tiene.

Lo único bueno de la propuesta son algunos actores. El carisma de Chris Hemsworth, la valía de Michael Shannon (Boardwalk EmpireTerence Winter, 2010-) y la simpatía de Michael Peña (aunque sea encarnando al eterno latino gracioso) son capaces de levantar sus pésimos personajes y dar un aspecto de seriedad. Pero con el poco esfuerzo que ponen los guionistas, el resto del grupo queda limitado a extras sin nombre, así que poco puedes interesarte por su odisea.

12 valientes sólo logra entretener si eres capaz de hacer caso omiso a su tono propagandístico, y aun así no causa mucha impresión. Así que no puedo dejar de volver a recomendar El único superviviente. Esa sí que es correcta en el guion (sencillo pero más neutral) y deslumbrante en la gesta militar.

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Dunkerque


Dunkirk, 2017, EE.UU.
Género: Bélico, drama.
Duración: 106 min.
Dirección: Christopher Nolan.
Guion: Christopher Nolan.
Actores: Fionn Whitehead, Mark Rylance, Tom Hardy, Cillian Murphy, Barry Keoghan, Jack Lowden, Aneurin Barnard, Kenneth Branagh, James D’Arcy, Harry Styles,
Música: Hans Zimmer.

Valoración:
Lo mejor: Transmite la angustia y desesperación de la guerra y muestra llamativos ejemplos de cómo reacciona el ser humano ante situaciones límite. La narrativa es notable: dirección, fotografía, música y montaje muy bien combinados.
Lo peor: El guion descuida la coherencia más de la cuenta, y la puesta en escena termina cobrando demasiado protagonismo, viéndose las costuras algunas veces.
La frase:
-Prácticamente podemos verlo desde aquí.
-El qué.
-El hogar.

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Alerta de spoilers: Sólo presento el argumento y los personajes.–

Dunkerque es una localidad situada al norte de Francia, ruta esencial durante la Segunda Guerra Mundial al estar en el canal de la Mancha que separa Europa de Reino Unido. Un breve texto en pantalla nos pone en situación: en el verano de 1940 unos cuatrocientos mil soldados británicos, franceses y belgas han quedado aislados en la costa de Dunkerque en espera de evacuación, mientras las tropas y aviación alemanas se acercan. De no sacarlos a tiempo, la catástrofe daría un vuelco brutal a la guerra… Pero los pocos navíos militares que llegan están siendo hostigados por los ataques aéreos, y la huida parece destinada al fracaso.

La narrativa es experimental y un tanto exigente. No me sorprende que haya no pocos espectadores que no se enteren de nada, aunque desde luego sí lo hace el que haya algunos diciendo “es otra de guerra, tiros y tiros hasta aburrir”… cuando precisamente el único que dispara es el piloto de caza, y no tiene escenas muy aparatosas. Dunkerque no ofrece un drama al uso, ni una descripción tradicional de la guerra. El relato se basa en una combinación de lo visual y lo emocional, es decir, la trama se desglosa sin describir a fondo las acciones militares, se pone todo el énfasis en tratar de transmitir cómo se sienten los protagonistas. Más que una película sobre la guerra estamos ante una que analiza cómo el ser humano se comporta en situaciones desesperadas: desde los primeros minutos queda claro que el hilo conductor no es la épica de supervivencia a base de tiros y heroicidades físicas, sino la resistencia mental, la lucha contra la angustia y la impotencia. Con unos pocos personajes desperdigados aquí y allá veremos distintos ejemplos de respuesta ante una situación en la que prácticamente sólo cabe esperar la muerte.

La descripción de estos no se detiene en recesos ni explicaciones tangenciales que apoyen su dibujo, sino que se expone poco a poco mediante sus acciones. Y ahí es cierto que hay que hacer cierto esfuerzo para entrar en el juego. Apenas tienen unas pocas frases, están divididos en tres líneas temporales distintas (la historia de la playa dura una semana, el viaje de los barcos civiles un día, la misión del piloto una hora), sus nombres probablemente no seas capaz de recordarlos, y con los jóvenes poco conocidos puede costarte distinguirlos cuando están hasta arriba de barro y aceite. Pero la recompensa es grata si te gustan los flmes que no lo dan todo mascado y las emociones fuertes. A medida que pasan los minutos nos vamos adentrando a fondo en la mente de estos pocos individuos, y sus sentimientos y objetivos llegan con una claridad e intensidad más que certeras dolorosas, conforme vas conociéndolos e intuyendo cómo intentarán actuar, todo lo que las nuevas dificultades les echan encima va haciéndose cada vez más tangible y trágico.

La primera vez que vemos al joven de infantería (el desconocido Fionn Whitehead) tratar de colarse a un barco parece un pilluelo inmaduro, quizá incluso pienses que se merece un castigo por romper las filas, pero en los siguientes intentos de escapar con vida es imposible no sentir lástima por un niño al que adultos irresponsables han metido en un infierno. Y en sus desventuras conoceremos a otros con una actitud semejante, algunos de peor calaña, como esos que, escondidos en un barco esperando que la marea los lleve, se refugian en el egoísmo inmediato, sacrificar a sus compañeros, para vivir unos minutos más. Otros se quedan en un espectro intermedio, como el rol de Cillian Murphy, que representa otro caso de flaqueza, pero este desde otra perspectiva: los remordimientos de sus acciones lo sumergen en un tormento constante, con lo que es imposible no sentir empatía por él. Y también hay muchos héroes. Mark Rylance interpreta a un civil anciano que manifiesta un talante decidido e implicado que se convierte en una brújula moral para otros: a ella se aferran su hijo (Tom Glynn-Carney) y un amigo de este (Barry Keoghan), que quieren seguir su modelo y hacer algo por el bien común a pesar del riesgo. Tom Hardy y Jack Lowden encarnan a los pilotos de caza que no se amilanan ante ninguna dificultad, dispuestos a darlo todo por conseguir unos minutos más para que la evacuación sea un éxito. Los comandantes británico (Kenneth Branagh) y francés (James D’Arcy) tampoco agachan la cabeza, manteniendo la cordura y compostura para que sus hombres tengan una oportunidad más.

Sufriremos envestidas de aviones, naufragios y ahogamientos en cantidad, pero entre medio mil anécdotas irán describiendo un tormento capaz de quitar el aliento en muchos tramos, la mayoría de supervivencia a la desesperada, algunos de acción, como los combates aéreos, otros inesperadamente contenidos y breves pero igualmente demoledores, como el soldado anónimo que se mete en el agua para morir mientras los demás miran sin hacer nada, porque saben que de una forma u otra probablemente acaben como él. Y tenemos también unos pocos detalles geniales, como el soldado que se sorprende de que otro esté mirando salidas y escapatorias del barco de salvamento que acaban de abordar con euforia, dándole en la cara con la realidad: aún no estás a salvo.

La virtuosa fotografía de Hoyte Van Hoytema es capaz de saltar de la playa al mar y al aire sin notarse desequilibrio, y logra un hábil uso de la distancia, con el horizonte siempre presente hasta donde alcanza la vista, lo que remarca muy bien la sensación de indefensión y pequeñez de los protagonistas ante una situación que les viene grande. Esto se disfrutaría más en el formato de pantallas gigantes IMAX con que el rodaron, más cuadrado, es decir, con más visión aún del horizonte. La música de Hans Zimmer parece, en una primera escucha aislada en disco, otra más escupida por sus sintetizadores, lejos del gran esfuerzo que puso en la composición de Interstellar, pero en la película va como anillo al dedo. Apoyándose en unos recursos básicos pero efectivos (ritmos repetitivos y crescendos que no parece explotar nunca) logra rematar muy bien las atmósferas agobiantes. La construcción rítmica de la música y los clímax, sumada a la narrativa con distintas líneas temporales, remarca la obsesión habitual de Christophet Nolan con el tiempo, presente en prácticamente todos sus filmes de una forma u otra.

Esto me lleva a señalar algo obvio: Dunkerque es una cinta muy bien medida, Nolan exprime emociones primarias a base de aturdir con técnicas de eficacia probada. Y desde luego funciona, en lo audiovisual posee cierta belleza y resulta apabullante en sensaciones (opresión, fatalismo, etc.), lo que realza muy bien el drama vivido por los atractivos protagonistas y logra una proyección intensa, sofocante, e incluso sobrecogedora en muchas secuencias. Los ataques de aviones alemanes, con el sonido afilado hasta casi molestar y la música repiqueteando incesantemente en una tétrica cuenta atrás, recuerdan al bombardeo de las aldeas en La tumba de las luciérnagas (Isao Takahata, 1988), donde no ves las bombas venir, pero el silbido hiela los huesos y anuncia la muerte.

Pero esa construcción tan estudiada, tan técnica y milimétrica, aun siendo esencial en el propósito y logre su objetivo con bastante robustez en la mayor parte del metraje, también es el origen de sus problemas o limitaciones. Una vez analizada en frío se ve una cinta un tanto artificial, dejando la sensación de que una película bélica debería ser más natural y visceral. Sí, este estilo se puede justificar con que es una obra de sentimientos más que de desarrollar una historia con detalle, pero Nolan se aferra a la fórmula más de la cuenta. En algunos momentos se nota que fuerza el clímax con la música y el sonido, que en el fondo realmente no estamos ante una escena extraordinaria por sí sola. Y a la larga pesa. Podríamos señalar al menos un par de grandes títulos que abordan el género desde una perspectiva más emocional, como La delgada línea roja (Terrence Malick, 1998) y Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979), muy filosóficas e introspectivas ambas, pero también es indudable que mostraban el escenario bélico como si estuviéramos allí, sin que la técnica empleada dejara entrever trucos y huecos.

El pasar de puntillas sobre la perspectiva global de la evacuación deja muchas cosas sin explicar, lo que va restando puntos a la experiencia, pues puede llegar un momento en que te cuestiones tanto lo que está ocurriendo que te saque de las imágenes, lo que se ve agravado porque a partir de algún momento los clímax pueden empezar a parecer poco naturales. Así, el tramo final me resultó bastante menos satisfactorio que el enérgico y turbador acto central, ya estaba un poco saturado de tanta secuencia sofocante y esperaba más hechos concretos, más explicaciones y soluciones más claras. De hecho, el propio Nolan afirmó que no podía alargar mucho el relato porque se podía romper el hechizo. A mí se me nubló en momentos puntuales aquí y allá, para empezar a disiparse claramente en el tramo final. A pesar de los numerosos planos aéreos de la playa y el entorno no es fácil hacerse una idea del escenario. En ningún momento parece haber ni tan siquiera diez mil personas en la playa, no digamos ya los cuatrocientos mil citados; no queda claro dónde están los alemanes, ni si sólo los franceses están resistiendo en la ciudad mientras los británicos no hacen nada en la playa; apenas vemos un par de aviones solitarios, cuando en realidad atacaron muchos e iban en grupos de bombarderos con escolta; la explicación de por qué no hay más barcos militares se dice de refilón y puede que no te des cuenta y estés toda la película preguntándote los motivos; y salvo un par de planos donde se ve un puñado de barcos civiles no hay sensación de una evacuación desesperada a gran escala, al final dicen que han evacuado a todo el mundo y ya está.

Christopher Nolan, como viene siendo habitual en su llamativa filmografía, exprime y casi reinventa otro género más, ofreciendo una experiencia única y reavivando las esperanzas en que el cine contemporáneo todavía puede sorprender. Dunkerque una obra original, valiente y arriesgada como pocos autores se atreven tan siquiera a plantear hoy en día, una muy necesaria en una industria cada vez más autocomplaciente. De hecho, el estudio fue muy reticente con el proyecto, porque los protagonistas no eran heroicos estadounidenses, el argumento no parecía comercial, requería mucho dinero, etc. Vamos, que si no fuera porque Nolan está bien consagrado y amortizado, esta cinta no habría visto la luz, salvo quizá una versión llena de estereotipos y argumentos trilladísimos. Y el precio a pagar quizá ha sido el restringirla para mayores de trece años, es decir, no hay una gota de sangre, lo que se echa de menos en algunos momentos y contribuye a esa falta de visceralidad.

Pero también es indudable que es una película con fallas y limitaciones, que la fantasmada de considerarla su mejor trabajo y una obra maestra no hay manera de justificarla. Para obra maestra Interstellar. El Caballero Oscuro y Memento son claramente superiores. Y El truco final y Origen están a un nivel semejante, pero a mí en lo personal me gustaron más. Esta recepción desmedida es quizá un efecto secundario de este panorama rebosante de series clónicas y remakes sin alma: un estreno con personalidad pega más fuerte de lo que lo haría con una competencia de más nivel. Y también pienso que estamos chocando de nuevo ante la barrera conservadora de los medios: la ciencia-ficción y la fantasía se tratan como cine de segunda al lado del drama (en este caso bélico), y después de ignorarlo durante tanto tiempo parece que por fin han descubierto a este director. Apuesto a que se llevará multitud de premios después de haber pasado por alto un hito del calibre de Interstellar

En pocas palabras, Dunkerque no habrá dado de lleno en el blanco, pero ha apuntado más alto y ha llegado más lejos que gran parte del cine actual.

Hasta el último hombre


Hacksaw Ridge, 2016, EE.UU.
Género: Drama, bélico.
Duración: 139 min.
Dirección: Mel Gibson
Guion: Robert Schenkkan, Andrew Knight.
Actores: Andrew Garfield, Sam Worthington, Hugo Weaving, Vince Vaughn, Teresa Palmer.
Música: Rupert Gregson-Williams.

Valoración:
Lo mejor: La parte bélica es impresionante. Buenos actores secundarios.
Lo peor: Es un panfleto yanki descarado. Resulta simple, manipuladora y predecible.

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Soy de los que prefieren separar la obra de un artista de su vida privada. Más que nada, porque te puedes llevar muchas malas sorpresas al descubrir cómo piensan algunos a pesar de que sus trabajos te hayan gustado mucho. Si su labor tiene un sesgo muy marcado, pues paso de ella y ya está. No voy a irme al lado opuesto y montar campañas para prohibirlas como hacen algunos, porque es lo mismo, fanatismo. Pero a veces es difícil hacer la vista gorda, porque alguna de sus mamarrachadas puede ser tan grave que provoque gran rechazo, o peor, directamente afecte a la vida de mucha gente. Mel Gibson de hecho la lio tanto que prácticamente acabó vetado en Hollywood. Es un ultraconservador, homófobo y antisemita de cuidado, y tuvo algunas salidas de tono muy gordas paralelas a una recaída en su alcoholismo, más una condena por conducir borracho (sin cárcel pero con libertad condicional muy vigilada), con lo que su carrera, muy pública y dependiente del apoyo del gremio, quedó truncada.

Tras aparecer como actor en algunos títulos menores y olvidados parece que consiguió la confianza suficiente para tener financiación y distribución de su próxima cinta como director. Y en este retorno ha tenido claro su objetivo: un título de los que gustan en Hollywood, que dé premios (tres nominaciones gordas a los Globos de Oro por lo pronto), y de paso que ensalce también su ideología, pues a pesar del desprestigio que le dio el berrinche también sabe que mucho de lo que defiende está en la onda del pensamiento general de Estados Unidos.

Así, Hasta el último hombre es el clásico relato del hombre contra el sistema, la fe que todo lo puede, y la loa patriótica, donde se habla de lo dura que es la guerra… pero para ensalzar al país como salvador del mundo, el único que tiene entereza moral y héroes dispuestos a sacrificarlo todo por los demás. Y como tal, es un filme de mirada estrecha y tendencia manipuladora, y por extensión no hay ni un solo momento en que no sea harto predecible. Cada personaje cumple un rol: el protagonista capaz e inquebrantable pero que es tomado por tonto por todos por ser diferente, la chica dócil y guapísima que acepta a ese hazmerreír, el sargento malvado y el matón que luego verán el valor del héroe, la pandilla definida con cuatro estereotipos… Tenemos la familia difícil, el romance fácil (en dos frases la conquista) tan pasteloso y forzado como el de Pearl Harbour, las escenas de rigor de rechazo en el ejército, la obvia lucha incansable que pone a prueba el sistema, el momento decisivo, y los perdones y adulaciones esperables.

Lo triste es que está basada en hechos reales, pero no hacen ni un amago de ofrecer un relato menos idealizado y maniqueo, un ensayo que abordara de forma más realista la situación de la época, la formación de personalidades según los entornos, el nacimiento de sentimientos religiosos y el fanatismo, las distintas posturas sobre la guerra, etc. Para la película las cosas son como son y punto, no hay un trasfondo complejo, y obviamente no hay análisis ni crítica.

Se hace una mitificación del héroe demasiado idílica. Incluso a pesar del tiempo que ocupa, el personaje carece de aristas, de evolución, de escenas que describan cómo llegó a ser quién es. La única visión a su pasado es para ensalzar sus virtudes: el padre era malo malísimo pero él supo sobreponerse. La chica y la boda no pintan nada en el relato, bastaba cumplir con algún flashback a modo de resumen si querían mencionar que estaba casado, porque al personaje y su historia no le aportan nada. Los incluye porque hay que cumplir con el estereotipo: el héroe patriota ha de ser completo, o sea, también padre de familia; por lo menos no cuelan niñitos monos. Es demasiado obvio el contraste entre la vida en el pueblo y la guerra: el ambiente en casa es agradable, luminoso, sacado directamente de un cuento (salvo por el padre borracho), la guerra es oscura, caótica, terrorífica, y con la muerte acechando en todo momento. Por supuesto, los japoneses son un ente indefinido, un mal a extirpar, mientras que el ejército yanqui está lleno de grandes líderes que ponen en forma a los jóvenes inmaduros pero prometedores, y una vez en guerra estos mueren como héroes o salen airosos por su superioridad ética y religiosa, en esa combinación ultraconservadora que casi parece decir “ganamos porque nuestro dios es el real”.

Y vamos a decirlo claramente: si hacemos caso a lo que nos han mostrado aquí, el protagonista era un fanático con un trastorno de la adolescencia (odia las armas por una pelea con su padre), y si acabó siendo un héroe fue por una conjunción de acontecimientos muy improbables. No quiero matar, pero me apunto a una guerra donde mis compañeros matan a decenas de personas y me voy a la batalla sin armas, poniendo en peligro a todo el pelotón al ser un lastre inútil. Si quería contribuir al país, pero no en el lado bélico, podía haber trabajado en fábricas que ayudaran en la crisis que dejó la guerra en casa: industria textil, alimenticia, automovilística… o, por hilar con la enfermería, el cuidado de los soldados que vuelven heridos. Ciertamente acaba metido a enfermero, pero ni siquiera nos muestran que estudie algo de enfermería en el entrenamiento. Es decir, con lo visto aquí me resulta un personaje tan irreal (sin profundidad ni motivaciones, casi una máquina) que no me lo creo. Hacía falta un relato más inteligente, profundo y sobre todo objetivo, es decir, con los pies en la tierra, para dar forma a una historia tan atípica e inesperada. Pero está claro que han cogido “el milagro” para vender ciertos ideales, y lo demás no importa.

La cinta se salva porque los autores ponen mucha pasión en lo que están contando y además Mel Gibson es un narrador de primer nivel y parece que su exilio no le ha afectado. El esfuerzo se agradece mucho en el mimo al detalle. Los diálogos son sorprendentemente ingeniosos para un guion tan superficial y previsible, y se nota mucho la mano de Gibson en la dirección de actores y el manejo de emociones a transmitir al público, con lo que logran dotar de algo de entidad a unos personajes en el fondo sin historia ni rumbo, o sea, puestos al servicio de la narración, y sacan algo de partido, aunque sea poco, hasta de las escenas más ñoñas. Así, la vida en el pueblo es demasiado de color de rosa, pero el protagonista cae bien sin muchos problemas y se sobrelleva mejor. El sargento está sacado con todo descaro de La chaqueta metálica, pero tiene pegada, y el pelotón está definido a base de clichés y anécdotas irrelevantes y superficiales, pero pasa el corte. En los actores destacan los excelentes papeles de Hugo Weaving (en un rol demasiado limitado consigue resultar verosímil) y Vince Vaughn (fantástico como el sargento cabrón), más el entusiasmo de Andrew Garfield, aunque anda todavía falto de experiencia y carisma.

Pero más que nada destaca la pericia del director con la acción, que se explaya a gusto cuando la guerra hace acto de presencia. Apoyado en unos efectos de sonido y un montaje extraordinarios Gibson hace gala de un dominio narrativo de quitarse el sombrero. La batalla es una auténtica pesadilla, te ves envuelto una carnicería que resulta un espectáculo muy gratificante para los amantes del género, pero también un drama capaz de ponerte los pelos de punta. Lo único malo del acabado es la banda sonora de Rupert Gregson-Williams, pues básicamente coge composiciones previas y las pega aquí y allá una y otra vez sin mucho tacto, con lo que no hay una buena simbiosis entre música e imágenes y termina siendo molesta.

En resumen, tengo sensaciones encontradas. Por un lado, es un entretenimiento simpático en su tramo inicial, y se torna impresionante y acongojante cuando se pone serio. Por el otro, le pesa demasiado la sensación de que están metiéndote a la fuerza un mensaje y unos sentimientos concretos. Esto último no parece pesar en las críticas y el público, todo sea dicho; no hay más que ver cómo muchos se han creído que es una obra sobre el pacifismo, cuando es precisamente lo contrario: qué grande es nuestro país que hasta un pacifista puede ser un héroe militar que ayuda a la cruzada para salvar el mundo e imponer nuestro fantástico modelo de vida. Mel Gibson la ha colado pero bien.

13 horas: Los soldados secretos de Bengasi


13 Hours: The Secret Soldiers of Benghazi, 2016, EE.UU.
Género: Acción, bélico, drama.
Duración: 144 min.
Dirección: Michael Bay.
Guion: Chuck Hogan, Mitchell Zuckoff (novela).
Actores: John Krasinski, James Badge Dale, Pablo Schreiber, David Denman, Dominic Fumusa, Max Martini, David Costabile, Alexia Barlier, Peyman Moaadi, Toby Stephens.
Música: Lorne Balfe.

Valoración:
Lo mejor: Muestra a un Michael Bay sorprendetemente maduro y crítico. El presupuesto luce como si fuera el doble en notables escenas de acción.
Lo peor: No rasca mucho en un material más prometedor. Ritmo irregular, con tramos aburridos.
Mejores momentos: La persecución al coche blindado.

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13 horas no es una gran película, pero permite hacer un interesante análisis sobre la trayectoria de Michael Bay, denostado por unos por su inmadurez intelectual y admirado por otros por su habilidad para rodar escenas de acción colosales.

Con Dolor y dinero me dio una grata sorpresa, pues demostró que teniendo un buen guion y dejando atrás (aunque sea en parte) sus manías, podía hacer muy buen cine. De hecho empezaba a mostrar cierta madurez: era una ácida parodia del sueño americano, algo inesperado en quien hasta entonces rodaba con un tono conservador rayano al fanatismo. Por la apariencia, 13 horas parecía seguir ese buen camino, y su estreno confirma ese proceso de madurez y el riesgo por huir de los tópicos que lo llevaron al éxito. Vemos a un Bay muy cambiado, más reflexivo y crítico. Su amada patria ya no es impoluta e inquebrantable. El ejército no está compuesto por superhéroes infalibles. El machismo y la xenofobia se diluyen bastante.

Lo primero que salta a la vista es un desencanto con su gobierno y su adorado ejército. El realizador ha abierto los ojos, viendo la complejidad y fallas de su país y también del mundo en general. Así, desde el inicio de este drama basado en hechos reales la administración es puesta a parir sin muchos miramientos. El jefe de la delegación de la CIA en Bengasi es un oficinista inútil y los embajadores se meten en un berenjenal que no entienden. La cadena de mando, hasta llegar al Presidente, es inefectiva y una de las causas principales por las que los protagonistas quedan aislados al borde de la muerte. Y estos no son héroes arquetípicos como de costumbre, sino que trata de definir seres humanos con aristas en su personalidad, con miedos, con familias que echan de menos… Por supuesto, como los buenos de la función, son superiores moral y físicamente a los demás, pero no hasta deshacer los pasos bien dados: ni siquiera el torpe jefe de la CIA acaba como un malote tontorrón a su lado, sino que tiene bastante que decir. Además incluye una mujer que no es un florero, sino que forma parte de los acontecimientos y evoluciona con ellos. También intenta construir un entorno realista y enmarañado. Libia es un desastre, EE.UU. no pinta nada ahí, y los soldados no saben quiénes de los locales son aliados y quiénes hostiles.

Pero que Michael Bay haya dejado atrás la adolescencia (ya iba siendo hora) no implica que directamente estemos ante una gran película. Es sólo un hecho interesante a constatar en su carrera y en el cine de acción actual, en el que es un destacado representante. Que algunas las obras del género más taquilleras fueran engendros intelectuales como Transformers es una lástima. Pero si sigue creciendo podría ofrecer cosas muy interesantes. Ahora bien, acertó de lleno con Dolor y dinero pero 13 horas es un intento algo fallido: ni tiene un guion tan redondo ni le imprime un ritmo tan eficaz. Se queda bastante corta ante los títulos recientes más destacables, como Black Hawk Derribado, La noche más oscura o El único superviviente, manteniéndose en la onda de otros muchos que quedaron en tierra de nadie: Corazones de acero, En tierra hostil (sigue pareciéndome inexplicable su tirón mediático), El francotirador

El ritmo es el peor problema. Se atasca mucho a pesar de tener numerosas escenas de acción. La presentación se alarga más de la cuenta, los clímax de tensión no siempre funcionan, y en definitiva, le falta garra a un relato con mucho más potencial. Y es curioso, porque visualmente luce como si tuviera 100 y no 50 millones de presupuesto, con tiroteos y explosiones en cantidad muy bien rodados en colaboración con un gran experto en fotografía nocturna, Dion Beebe (Collateral, Corrupción en Miami). Pero ni ese buen sentido del espectáculo, ni unos personajes simpáticos con actores competentes, ni la sencilla pero correcta crítica, bastan para hacer una buena película. Porque aunque Bay lo haya intentado, en todo anda muy justo.

Qué cansina se hace la escena de los soldados hablando con las familias antes del meollo, sobre todo porque reincide en cosas ya vistas, con lo que el pretendido suspense en el inicio del conflicto se diluye más de la cuenta; la horrible banda sonora de Lorne Balfe (uno de los más recientes y peores compositores paridos por la factoría Zimmer) tampoco ayuda a matizar la tensión en los momentos clave; en las batallas más intensas cuesta distinguir con quién y dónde estamos, a pesar de que el escenario no es tan amplio como el de Black Hawk derribado, quedando claro que una cosa es grandilocuencia y espectáculo y otra saber narrar escenas más exigentes; el conflicto de hecho termina siendo muy repetitivo: una vez pasados los buenos momentos (la salida a la desesperada de la casa, la persecución al coche blindado) se limita a ofrecer varias oleadas de ataques al complejo, todas muy parecidas y que en vez de mantener una progresión creciente de intriga y desazón van dirigiéndose hacia el previsible desenlace con aparentemente cada vez más desgana: las muertes de varios protagonistas me resultaron poco o nada impactantes, de lo lejos que se ven venir; es decir, le falta una buena atmósfera a la narración más allá de ofrecer escenas de acción bien rodadas, no se termina de aprovechar eso de que el enemigo puede ser cualquiera y aparecer por cualquier parte; el análisis de Libia es superficial, después de todo, y las motivaciones del enemigo ni se contemplan; los intentos de filosofar (con una cita de una novela que repiten varias veces) son flojetes; y alguna salida cutre sigue habiendo, como ese “Arreglad vuestro país” que dicen los protagonistas al irse, zanjando de forma lastimera el tema político, o el absurdo “Estoy dispuesto a morir por mi país, ¿y tú?” que suelta otro yanqui ante un control de fanáticos armados, cuando la situación real es obviamente a la inversa.

El francotirador


American Sniper, 2014, EE.UU.
Género: Drama, bélico.
Duración: 132 min.
Dirección: Clint Eastwood.
Guion: Jason Hall, Chris Kyle (novela).
Actores: Bradley Cooper, Sienna Miller, Mido Hamada, Sam Jaeger.

Valoración:
Lo mejor: Bastante entretenida. Correcta en todos sus elementos…
Lo peor: …pero de forma muy justita, dejando un conjunto nada vistoso por fuera y rutinario y predecible por dentro. El horrible doblaje (atención a uno de los traductores). Y como siempre, lo que sobrevaloran estas cintas las nominaciones a los Oscar.
El detalle: Espantoso el muñeco que representa al bebé.

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El personaje en que se basa es muy controvertido, y la visión simple y arquetípica de él que construyen el guionista Jason Hall y el director Clint Eastwdood omite toda polémica. Se habla de que se inventó la mitad de lo que afirmaba, de que estaba realmente como una cabra, no tuvo una curación final feliz como aquí se señala, y su muerte (a manos de otro veterano loco) está llena de interrogantes pero aquí se esquivan con todo descaro en un final que no sabían por dónde coger, así que lo dejan en el aire, señalándolo brevemente a través de texto en pantalla.

Para acercarnos a la mente del personaje tiran de clichés, dando la sensación de que no se esfuerzan por aportar un mínimo de complejidad y frescura. Que sí, que los soldados se casan y los matrimonios sufren por la distancia y las secuelas de la guerra. Lo sabemos de sobras, lo hemos visto mil veces. Por ejemplo, es clavadita a En tierra hostil. ¿No hay forma de ser más sutil con esas bases, de mostrarlo con menos estereotipos y más naturalidad? Tampoco la trayectoria psicológica es destacable. Se alista con entusiasmo, tiene valor y cualidades que le hacen ascender y ganarse respeto en su trabajo. Allí sufre la presión de la guerra, y las heridas se notan sobre todo en los viajes a casa. Tensión, estrés, violencia, mente en otra parte, dependencia de la adrenalina de la guerra y el deber patriótico… Todo funciona, pero no deslumbra, pues sigue un sendero muy trillado y no se logra un personaje que cause impresión, que deje huella. Con todo, dista de ser malo y sustenta bastante bien un relato que tampoco es brillante. La interpretación de Bradley Cooper es muy convincente, aunque no tan lograda como sus trabajos previos (El lado bueno de las cosas, La gran estafa americana).

En cuanto a la aventura, al entorno donde se sumerge el protagonista, no hay mucho que destacar. Para empezar, no hay personajes secundarios de nivel. La esposa es un cliché de cartón y… para de contar. El resto no tienen presencia ni definición suficiente como para pasar de figurantes. Esto es habitual en el cine contemporáneo, pero que venga de un autor clásico como Clint Eastwood decepciona. De esta forma me da igual quién muere, no sé quién es, con lo que el drama humano del conflicto queda muy deslavazado. La trama se limita a enlazar anécdotas, algunas intrascendentes, la mayoría poco sustanciosas. Prácticamente nos limitamos a avanzar por calles iraquíes sin quedar realmente claro qué están haciendo. Cuando por fin parece haber una misión llamativa (buscar un alto mando de Bin Laden), tampoco resulta digna de recordar ni parece haber aportado algo esencial al personaje, simplemente parece un relleno más trabajado para dar peso al tramo central. Las escenas de acción no dan la talla, ni en lo emocional ni en el sentido del espectáculo. Casi parece que lo sabían, porque se buscan un enemigo más tangible con el que tratar de levantar algo de expectación por la odisea del francotirador: le ponen un contrincante de su talla. Otro cliché manido, por ejemplo recuerda demasiado a Enemigo a las puertas.

En lo visual estamos en las mismas: la puesta en escena es profesional pero no deslumbra lo más mínimo. Es comparar con Black Hawk derribado, y palidece. En ella (aparte de personajes numerosos y de cierta calidad) el espectáculo era glorioso y no se olvidaba de ser inteligible: en todo momento sabías dónde estaban los protagonistas y cuánto sufrían. Aquí nada causa impresión. Escenario muy visto, batallas simplonas y como indicaba con nula conexión emocional… y ello a pesar de que meten con calzador al protagonista en algunas: el tío se aburre, deja su puesto y prácticamente toma el mando de un pelotón, algo que no hay quien se lo crea. La escena en que diezman al grupo y el malo se carga un niño mientras el rival francotirador lo acosa es la única que causa algo de desazón. Pero el resto de momentos clave no tienen pegada. La batalla final en una azotea es insípida y la fuga demasiado inverosímil: llega la tormenta de arena justo a tiempo para cegar a los malos… pero los buenos ven de puta madre y no fallan ni una.

El francotirador termina siendo otro drama de superación muy básico y esquemático, de esos simplones y directos que gustan en Hollywood y que entran bien al público poco exigente. Pero aunque sus vicios son claros, no acusa negligencia ni tampoco se excede con el sentimentalismo, y todos sus elementos tienen la suficiente solidez como para dar un entretenimiento intrascendente más que digno. Desde luego no es una película de las de recordar entre las diez mejores del año, como se empeñan en vendernos la Academia de los Oscar. Por cierto, es con diferencia la película más taquillera de la carrera de Clint Eastwood. Se ha sumado un poco de todo: tema ya no tabú que resulta atractivo, sobre todo gracias al empujón de éxitos recientes (En tierra hostil -más por crítica que por taquilla- y La noche más oscura); actor de moda; la polémica subyacente le ha dado mucha visibilidad; las nominaciones.

A día de hoy, sigo pensando que el mejor acercamiento a la guerra de Iraq fue la excelente pero cancelada serie Over There, que mezclaba muy bien lo bélico con los problemas en casa, sin tirar de clichés, con naturalidad y protagonistas de calidad.

Aparte del comentario de la película podemos entrar también en su polémica. No es lo que se dice propagandística, porque no muestra una versión idealizada de la guerra y el ejército (todo lo contrario, de hecho), pero sí resulta bastante patriotera. Sin embargo, pienso que no ensalza unos valores patriotas ni lanza un mensaje pro-Estados Unidos con descaro, sino que termina resultando así porque retrata una sociedad de esas características. Aun así, algún apunte de guion sí señala claramente el tono maniqueo y conservador que imprime Eastwood: los iraquíes son convertidos en El Mal, así sin más, deshumanizando por completo un pueblo y una cultura, poniéndolos a todos en el mismo saco de terroristas sin alma. Así, resulta vergonzoso ver cómo se justifica el asesinato de niños que no hacen otra cosa sino defender lo poco que les queda ante el avance del invasor. Pero repito que más que a la película hay que criticar a los propios Estados Unidos: ellos crean sus enemigos, ellos inventan guerras, ellos invaden países bajo pretextos enormemente discutibles, ellos alaban a esos “héroes” que matan a gente que hace lo que puede por sobrevivir ante quienes los están sacando a la fuerza de sus hogares; la cinta sólo muestra lo que hay. Los títulos de crédito exponen muy bien esta cultura belicista: el ostentoso funeral, con carreteras llenas de gente llorando al héroe caído, da ganas de vomitar, porque este soldado es realmente un terrorista más: igual que un talibán, deja su vida tras sufrir el shock de ver a los suyos morir por un ataque de odio, y se embarca en una odisea de odio y muerte igual de ciega.

El único superviviente


Lone Survivor, 2013, EE.UU.
Género: Acción, bélico.
Duración: 121 min.
Dirección: Peter Berg.
Guion: Peter Berg, Marcus Luttrell y Patrick Robinson (novela).
Actores: Mark Wahlberg, Taylor Kitsch, Emile Hirsch, Eric Bana, Ben Foster, Ali Suliman, Alexander Ludwig, Jerry Ferrara.
Música: Explosions in the Sky, Steve Jablonsky.

Valoración:
Lo mejor: Dominio absoluto de la técnica (dirección, fotografía, montaje, sonido…) que ofrece escenas de acción incomparables.
Lo peor: Por las peculiaridades del género y el argumento no es un visionado que deje huella.

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El único superviviente es la consagración de Peter Berg como director después de presentarse de forma muy prometedora con la macabra Very Bad Things y pasar a segundo plano dando muchos tumbos con producciones de escaso nivel. Friday Night Lights era aburrida y su puesta en escena excesiva y malograda, el tono simplón de Hancock y La sombra del reino no parecían señalar hacia el talento y la maduración sino hacia el acomodamiento, y finalmente Battleship, hecha como imitación a lo pobre de Michael Bay, apuntaba realmente bajo. Pero la aquí tratada recupera al realizador arriesgado y hábil que domina la narrativa sin vacilar lo más mínimo, deslumbrando con un aspecto visual realmente difícil de obtener sin la visión y técnica de la que hace gala.

La premisa, basada en hechos reales (en la novela del superviviente), es bastante básica: unos soldados destinados en Afganistán quedan incomunicados al abortar una misión y salen por patas porque una buena tropa de talibanes los persiguen a tiros. Solo uno sobrevivirá, y a duras penas. El guion como es esperable apuesta por lo sencillo y directo. Los personajes se definen tirando de alguna descripción trivial pero lo suficientemente sólida como para darles algo de profundidad, así como a través de los problemas que van surgiendo, donde se muestra bien cómo piensa y actúa cada uno. En este último estilo entra el dilema de si matar o no a los pastores que los descubren, donde discuten sobre las ramificaciones políticas y éticas de las acciones a tomar. Es un momento muy intenso donde se expone bien que en una guerra no siempre se pueden aplicar las normas a rajatabla, y donde se saca buen partido de los personajes, pues hasta entonces tenían cierto carisma pero esa escena los humaniza mucho antes de lanzar el grueso de la acción.

Antes de entrar en materia el ritmo es correcto aunque no haya un contenido especialmente llamativo. Los primeros pasos de la misión enganchan porque vamos conociendo cómo se ejecuta una tarea de ese tipo, y en los momentos de calma chicha se maneja bien la tensión. Pero a partir del punto de inflexión comienza la acción y Berg tiene claro que los pilares del relato son básicamente disparar y tratar de salvarse y por ello se esfuerza por sacarle el máximo partido a la puesta en escena. A partir de entonces la cinta resulta trepidante, sobrecogedora por momentos, pero no se basa en fuegos artificiales, sino que mantiene el foco en el tono bélico documental, resultando tanto espectacular como verosímil en la acción e intensa en el drama que viven los personajes. En todo momento se pueden ubicar los enemigos y los protagonistas, en qué situación se encuentran y qué heridas tiene cada uno: cada golpe, arañazo y balazo se ve con claridad y sabes quién se lo ha llevado. Carreras entre los árboles, caídas por barrancos (las hostias que se pegan te llegan a doler), tiroteos con estrategia, tiroteos a la desesperada… Te sumerges por completo en la odisea del grupo por salir con vida.

La luminosa fotografía con excelente uso de cámara en mano, el impecable montaje y los sobresalientes efectos sonoros (¿cuándo has escuchado silenciadores reales en una película?) son exprimidos por un Peter Berg inspirado, perfeccionista y paciente. ¿Cuánto costaría planificar, rodar y editar cada minuto de metraje? El resultado es excepcional, no se han visto escenas de acción bélica tan impresionantes, nítidas y verosímiles desde Black Hawk derribado (con la que por cierto guarda algunas semejanzas puntuales, como la escena del helicóptero abatido). Lo que se dice fallos o problemas no tiene ninguno, lo único que se puede señalar es que le falta algo para lograr ser una película que deje huella. Algún elemento que la hiciera distintiva dentro del género (tanto acción como bélico), una historia con más épica y pegada, y algo de trascendencia que permitiera recordarla más allá de ser un entretenimiento le hubiera venido bien, pero lo mismo ni lo buscaban, y además era muy difícil con un argumento de este tipo. Esto implica también que resulta un ejemplo notable de lo que debe ser un buen título de acción de ver y olvidar: el guion es sencillo pero no estúpido y visualmente resulta enormemente impactante sin tirar de acción hipertrofiada ni efectos digitales. Menos Transformers y más obras de este tipo, por favor.

Ahora bien, como producción de Hollywood es casi inevitable ver cierto tono patriótico, y no hubiera sorprendido tampoco que fuera un panfleto descarado. Hay algo de sensacionalismo barato, como esas muertes de los protagonistas reincidiendo en su heroicidad más de la cuenta (hasta resultar empalagoso en algún caso), y algo de exaltación patriótica, como eso de que sean los yanquis quienes salven al pueblo del avance talibán cuando en realidad no hubo tal batalla, pero nada llega a extremos que te hagan llevarte las manos a la cabeza. Se hubiera agradecido más neutralidad, pero sabiendo que es el retrato de unos héroes nacionales tampoco cabría esperar otra cosa.

Monuments Men


The Monuments Men, 2014, EE.UU.
Género: Bélico, aventuras.
Duración: 118 min.
Dirección: George Clooney
Guion: George Clooney, Grant Heslov. Novela de Robert M. Edsel y Bret Witter.
Actores: George Clooney, Matt Damon, Cate Blanchett, Bill Murray, John Goodman, Jean Dujardin, Hugh Boneville, Bob Balaban.
Música: Alexandre Desplat.

Valoración:
Lo mejor: Buen reparto, fotografía y ambientación.
Lo peor: Hecha a trozos sin conexión entre sí, es un galimatías y un rollazo.
El título: Estamos ante una de esos extraños casos en que para la versión española simplemente le quitan el “The” al título, como The Matrix, The Terminator o The Abyss. Y si en esos casos no tenía sentido, en este menos todavía.

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Qué pena que un argumento tan potente, que una perspectiva alternativa tan original y atractiva de la Segunda Guerra Mundial, que un tipo de filme con base para ofrecer una aventura como las de antaño (con la referencia de Los violentos de Kelly a la cabeza) se quedara en tan poca cosa, prácticamente en nada. George Clooney y Grant Heslov (su colaborador habitual) no han sabido adaptar bien la novela en que se basan, confeccionando un guion superficial, desestructurado y disperso incapaz de dotar de vida a los protagonistas y de dar ritmo y objetivo a una trama compuesta de capítulos anecdóticos casi sin conexión entre ellos. Son errores que se veían en otros de sus títulos en común, las sobrevaloradas Buenas noches, y buena suerte (tediosa y caótica como la aquí comentada) o Los idus de marzo (telefilme sin garra), pero aquí se ven maximizados porque la sensación de potencial desaprovechado es enorme.

A primera vista la labor de dirección de Clooney es correcta en la composición de escenas sueltas, pero sin una trama con proyección trabajada y creciente es difícil saber si la poca intensidad de la narración es fruto del guion o de falta de visión en conjunto como director. Todas las escenas tienen el mismo tempo, no hay tensión o intriga en aumento ni la elaboración de algún clímax en momentos clave. Como resultado la película es un inestable conglomerado de escenas sueltas cuyo hilo conductor (buscar y recuperar las obras de arte robadas por los nazis) no basta como nexo en común, como centro de gravedad sobre el que hacer girar los acontecimientos de manera que haya una progresión narrativa en la que sumergirse con interés y emoción.

Con los protagonistas ocurre lo mismo. Los personajes aparecen en pantalla sin más, no se expone bien quién es quién a pesar de que se nos presentan de uno en uno. De ahí nos vamos al frente, donde todo el rato están nombrando ciudades pero finalmente no tenemos ni idea de dónde estamos y cuál es la misión actual. Cuando se separan en grupos todo se viene abajo definitivamente, saltamos entre ellos sin que haya motivos claros solo para soportar anécdotas triviales y aburridas que no aportan nada al argumento: ahora fumamos, ahora un chiste, ahora echamos de menos el hogar aunque realmente no da esa sensación, ahora la escena de francotirador de turno, ahora la de “he pisado una mina”… Los intentos de humor que deberían mostrar camaradería son un desastre, pues las escenas se fuerzan demasiado para meter la gracia. La muerte de algún protagonista no impacta lo más mínimo. Los discursos narrados que aparecen de vez en cuando cansan y son otra muestra de que no sabían cómo enlazar las historias entre sí. La única línea con algo de continuidad es la relación entre Matt Damon y Cate Blanchett, pero es muy simple y no impresiona lo más mínimo.

En estas condiciones es difícil interesarse por el porvenir de los protagonistas y el desarrollo de sus aventuras. No hay sensación de esfuerzo, de trabajo, de peligro, de que se muevan realmente hacia algo, solamente saltamos entre un caso y otro. Y ninguna de estas aventuras tiene fuerza suficiente por sí sola para dejar huella, salvo los hallazgos finales, y por la importancia de estos, no porque la película impacte: el nivel de hijoputismo de los nazis fue tan grande que resulta difícil de creer todo lo que estaban haciendo.

La ambientación está bien lograda, hay buenos paisajes y escenarios pequeños pero efectivos de la guerra. Pero eso no es nada que no se consiga con dinero. El reparto es lo único llamativo, pero solo destacan por carisma, porque con los diálogos acartonados y el escaso calado emocional de los personajes ninguno puede conseguir una buena interpretación. También destaca para mal el habitual tono patriotero paternalista que se traen los estadounidenses. Ellos salvan el mundo, la cultura y la forma de vida occidental, que además es la única que vale. Hasta la música realza ese patriotismo de forma demasiado evidente y cargante, decepcionándome Alexander Desplat por primera vez.

Monuments Men es un asombroso desastre narrativo que además muestra que la carrera de George Clooney como realizador va hacia abajo en vez de hacia arriba: le falta bastante para entender los conceptos más básicos del lenguaje cinematográfico.