El Criticón

Opinión de cine y música

Archivos por Etiqueta: Bélico

La delgada línea roja


The Thin Red Line, 1998, EE.UU.
Género: Bélico, drama.
Duración: 170 min.
Dirección: Terrence Malick.
Guion: Terrence Malick, James Jones (novela).
Actores: Jim Caviezel, Sean Penn, Nick Nolte, Ben Chaplin, Elias Koteas, John Cusack, Woody Harrelson, Dash Mihok, John C. Reilly, Adrian Brody, John Travolta, Jared Leto, John Savage, Larry Romano, Arie Verveen, George Clooney.
Música: Hans Zimmer.

Valoración:
Lo mejor: La combinación de drama humano intimista, reflexiones filosóficas y cine bélico de grandes proporciones es hipnótica, tan bella como dura. La puesta en escena de Terrence Malick, la fotografía de John Toll y la música de Hans Zimmer son sublimes. El reparto está muy implicado.
Lo peor: En el último acto pierde un poco el norte, Malick no supo condensar bien las muchas horas de metraje que tenía grabadas.
La adaptación: Es la segunda película que parte de la novela de James Jones, la primera fue El ataque duró siete días (Andrew Marton, 1964).
El gazapo: En una toma se ve claramente una cámara y varios técnicos.
La frase: Esta gran maldad. ¿De dónde viene? ¿Cómo se infiltró en el mundo? ¿De qué semilla, de qué raíz creció? ¿Quién es el autor? ¿Quién nos está matando? Robándonos vida y luz. Burlándose de nosotros con visiones de lo que podríamos haber conocido.

* * * * * * * * *

UN AUTOR DESCONCERTANTE

Tras colaborar en unos pocos guiones, Terrence Malick inició su carrera en solitario como escritor y director con Malas tierras (1973) y Días del cielo (1978). No tuvieron gran repercusión en taquilla, pero el gremio del cine sintió un escalofrío ante un talento insólito. El lirismo desbordante en la puesta en escena y el calado emocional de ambas historias mostraban una sensibilidad única en el drama y una determinación y pasión sin igual en la técnica. Pero entonces desapareció completamente del panorama durante diecisiete años, tiempo durante el cual fue creciendo un aura de reverencia alrededor de su nombre.

Cuando anunció que volvía en 1995, Hollywood entró en modo euforia, numerosos actores famosos colapsaron el proceso de casting, suplicaban trabajar con él, reduciéndose el sueldo si hacía falta, incluso gratis. La situación unos años después, cuando consiguió acabar su nueva película, fue muy distinta, con medio reparto hastiado por el rodaje tan complicado y decepcionado por los cambios en sus papeles, que en algunos casos implicó incluso quedarse fuera del metraje final. Aunque al parecer, también unos pocos siguieron en el set cuando acabaron su parte, sólo por el placer de verlo trabajar.

Malick abordó una episodio bélico, la batalla de Guadalcanal (en las islas Solomon en el Pacífico), de grandes proporciones en cuanto necesidades técnicas y humanas. El rodaje en exteriores (en las islas y sobre todo en Australia) superó los cien días, que no es tan raro en superproducciones, pero se les haría cuesta arriba tanto por las dificultades esperables (enfermedades tropicales, traslados) como por las exigencias artísticas del realizador en cuanto a composición e iluminación de cada plano, lo que implicaba repetir muchas tomas. Y sobre todo, porque en algún momento empezó a improvisar y a dejar de lado el guion original.

Cuando entró en post-producción seguía dándole vueltas a una obra para la que tenía una cantidad ingente de material grabado. El montaje en bruto (la versión preliminar de una película) llevó siete meses y según los rumores era un mastodonte de cuatro o cinco horas, pero no le convenció, cambió de editor, y trabajaron de nuevo en ello durante más de un año. La narración que grabó Billy Bob Thornton abarcando todo el metraje fue desechada y los actores principales aportaron cada uno su parte. El protagonismo pasó de Adrien Brody, que interpretaba al protagonista de la novela pero quedó casi como un extra, a Jim Caviezel; por lo visto se enteró cuando asistió al estreno esperando ser la estrella. George Clooney también tenía bastante presencia y se vio limitado a una aparición breve, aunque su nombre figuró destacado en el póster. Otros muchos se quedaron sin un solo minuto en pantalla: Bill Pullman, Lukas Haas, Mickey Rourke

La cercanía del estreno generó mucha expectación, pero después de todo no causó una repercusión tan grande como se preveía. Inesperadamente tuvo una dura competencia en el género, pues Salvar al soldado Ryan partió con todas las ventajas (el tirón popular de Steven Spielberg, el apoyo de la industria) y público y medios entraron en una de esas olas de sobrevaloración ciega que ocurren a veces, hasta el punto de que se trató de denostar el logro creativo a todas luces superior de cintas como esta o Shakespeare enamorado (John Madden). Pero también su estilo fuera de registros convencionales y de corte introspectivo desconcertó a mucha gente, que no logró asimilar lo que estaba viendo. El tiempo debería haberla puesto en su sitio, si no como obra maestra sí como una de las películas más hermosas y a la vez perturbadoras de la historia del cine, pero parece que se ha quedado en obra de culto, de esas sólo comprendidas y alabadas por una minoría.

EL SINSENTIDO DE LA GUERRA

Un soldado raso, Witt (Jim Caviezel), ha desertado y disfruta de la sencilla vida entre nativos en una paradisíaca isla perdida. Cuando el ejército da con él, el diálogo con el sargento Welsh (Sean Penn), que entiende su rebeldía, independencia y resentimiento con los mandos e intenta que cambie, es sencillo pero con tanto sentido que duele:

-En este mundo, un hombre por sí solo no es nada. Y no hay más mundo que este.
-Ahí te equivocas. Yo he visto otro mundo.

¿Qué sentido tiene la guerra? ¿Por qué perturbar la vida normal? ¿Qué ambiciones absurdas llevan a ella, quiénes las orquestan? En las siguientes escenas vemos precisamente a quienes viven del conflicto bélico, quienes no conocen otro mundo. Dos altos mandos veteranos, un general engreído (John Travolta) y el anciano teniente coronel Tall (Nick Nolte). Este último anhela una gran victoria para poder ascender por fin, pero en la batalla se topa con el capitán Staros (Elias Koteas), que de primeras parece un blandengue, pero quien en realidad pretende defender a sus hombres ante sus despiadadas órdenes.

Las tropas son dispares. Capitanes y sargentos competentes, como Gaff (John Cusack) o Storm (John C. Reilly), otros que se rompen pronto, McCron (John Savage), o se que topan con el injusto caos de la guerra, Keck (Woody Harreslon). Soldados que echan de menos a sus mujeres pero aguantan el tipo como bien pueden, como Bell (Ben Chaplin), o que parecían cobardes pero van superando sus miedos, como Doll (Dash Mihok). Y muchos jóvenes a los que el conflicto endurecerá, quebrará, o llevará a la tumba (Adrien Brody, Jared Leto, Arie Verveen, Nick Stahl, Kirk Acebedo…).

Todos ellos alternan el protagonismo, pasando a primer o segundo plano según el curso de acción. En los roles principales no sólo compartimos sus vivencias, sino que Malick nos introduce de lleno en su mente a través de sus pensamientos, narrados con largas reflexiones o simplemente con recuerdos de una vida mejor. Esta es la característica más llamativa y la que sin duda echa para atrás a espectadores poco abiertos de miras. No es una cinta de acción, sino de introspección con toques filosóficos y poéticos.

Y eso no impide que tenga una atmósfera de tensión y unas escenas bélicas de contar entre las mejores de la historia. Con esas vidas combinadas se va dando forma al impacto psicológico de la guerra, y con la batalla queda patente su capacidad destructora. Ser humano y naturaleza son arrasados sin importar sus orígenes: el inocente pajarillo, el paisaje verde, el nativo ajeno a esas ambiciones políticas, los soldados empujados por banderas y patrias tiñen de marrón y rojo las colinas de Guadalcanal… Aunque como es obvio, las reflexiones valen para cualquier época y lugar.

Malick plasma esta transición de la paz inicial al infierno con una puesta en escena magistral en los diversos campos por donde se mueve. Con apoyo John Toll (Braveheart -1995-, Leyendas de pasión -1996-) en la deslumbrante fotografía y con las impecables labores de montaje y sonido, la cámara sigue las carreras y batallas de los soldados por las lomas en un ballet preciso y fascinante. Nunca escenas de guerra han sido tan nítidas, tan bellas y perturbadoras a la vez. Pero todo se vio realzado a un nivel superior por la inspiradísima composición de Hans Zimmer (La fuerza de uno -1992-, Marea roja -1995-, La roca -1996-, El pacificador -1997-), una obra maestra inclasificable en forma y resultado. El sonido que consigue es único, la progresión dramática escalofriante, la fusión con las imágenes es sublime. No soprende que este estilo haya sido imitado en incontables ocasiones, aunque Zimmer y su escuela también han reutilizado estos motivos más de la cuenta.

El reparto es enorme en número y calidad. Es una de esas ocasiones donde acertadamente prescindieron de estrellas (y eso que, como decía, había decenas deseando participar) y se centraron en buscar talentos no tan conocidos (actores secundarios de probada eficacia) y nuevos nombres que pasen el casting por demostrar valía en vez de por enchufe o fama. Todos están impecables, no hay ninguno que no convenza en su viaje al abismo, enfoque donde enfoque la cámara ves miedo y desconcierto, con algunos momentos puntuales de valentía y furia. Pero sí destacaría la inconmensurable interpretación de Nick Nolte, la facilidad con que Jim Caviezel te gana sin esfuerzo, y la capacidad de Dash Mihok para transmitirlo todo con la mirada.

OBRA MAESTRA IMPERFECTA

Pero Malick no fue capaz de rematar el tramo final al mismo nivel que el resto. La difícil tarea de condensar una película partiendo de tantísimo metraje, parte adaptado de la novela homónima de James Jones, parte (muchos de los pensamientos de los personajes) tomada de otra suya famosa, De aquí a la eternidad (que también tuvo dos adaptaciones al cine), parte improvisado libremente según le venían ideas, fue demasiado como para mantener no ya semejante nivel de brillantez, sino la propia coherencia.

En los últimos cuarenta minutos aproximadamente, tras la exposición de las secuelas de la batalla que sufren las tropas (cambios en el mando, estrés postraumático, remordimientos, malas noticias de casa…), empieza a pesar la sensación de que no hay un rumbo determinado. La toma de la colina mantenía todo bien unido, historia global, dramas personales, ideas filosóficas… pero ahora pasamos de etapas de descanso a escaramuzas varias sin conexión clara, con algún momento confuso, como un repentino bombardeo donde no se sabe qué ha pasado, de manera que la combinación entre las distintas intervenciones de cada protagonista no parecen seguir un orden y no hay una progresión concreta de los hechos.

También tenemos unas pocas escenas sobrantes aquí y allá: alguna de las visiones de la mujer de Bell podría eliminarse, por reiterativas; no sé qué aporta el encuentro de Witt con un soldado herido que espera rescate pacientemente (Thomas Jane); y aunque muy poéticos y en consonancia con la destrucción de la naturaleza, algunos planos a animalitos se estiran demasiado, como la absurda captura de un cocodrilo.

Pero en la cinta en conjunto da la impresión de que, aunque sea un relato coral de protagonismo cambiante, hay roles secundarios que quedan con sus historias a medias por los recortes. Juraría que el soldado que deserta con Witt en el prólogo (Will Wallace) no vuelve a aparecer o al menos no aporta nada más (aparte de que es fácil confundirlo con quien lo acompaña mucho luego, Doll –Dash Mihok-). Cabe pensar que falta falta alguna escena para desarrollar mejor la trayectoria del soldado Dale (Arie Verveen), el que maltrata a los japoneses y luego se arrepiente, pues queda algo descolgado del resto. Y Gaff (Cusack) desaparece tras la batalla a pesar de su relevancia. En otros casos sólo podemos echar en falta más presencia si sabemos que fueron drásticamente reducidos en el montaje estrenado, como Fife (Adrien Brody) y el capitán Bosche (George Clooney).

Con todo, a pesar de la notable dispersión, en el arco final se mantiene muy bien su capacidad para dejarte absorto con las imágenes y enganchado a la descripción tan intimista de la guerra. El problema es que parece inacabada, que con poco podría haber sido más completa y equilibrada. Pero ello hace anhelar una versión extendida que tape los huecos y explore el potencial latente en los roles secundarios que no terminan de ser redondos. Que dure cuatro horas si hace falta, pues como en Lawrence de Arabia (David Lean, 1968), no importa la longitud porque es una experiencia inolvidable. Si el siguiente trabajo de Malick, El nuevo mundo (2005), tuvo ampliación de 37 minutos, todavía podemos soñar con que lleguemos a verla.

Desde mi punto de vista, La delgada línea roja se debe catalogar como obra maestra, aunque sea imperfecta. La inmersión dramática es abrumadora: las aventuras de cada personaje llegan hondo, el clímax creciente de tensión es sobrecogedor, los picos álgidos de la batalla ponen los pelos de punta. Las reflexiones son conmovedoras y te dejan pensando horas después de la proyección. La fuerza y belleza de las imágenes se te clavan en la retina y en el corazón. Y más concretamente, las dos horas que dura la batalla son tan sublimes e incomparables a ninguna otra obra de arte que se podría decir, si me perdonáis el atrevimiento, que es lo mejor que ha dado el cine en toda su historia.

COMPARACIONES Y POLÉMICAS

La única película cercana, por el tono introspectivo y melancólico, podría ser Apocalyspe Now (Francis Ford Coppola, 1979), y quizá se podría mencionar El cazador (Michael Cimino, 1978), por la perspectiva psicológica.

En cuanto a la inevitable mención a Salvar al soldado Ryan y otras importantes del año, está claro que es imposible evitar la polémica, pues el fervor de la masa ha encumbrado a aquella mucho más lejos de lo que merece. Pero con la objetividad por delante, Salvar al soldado Ryan es un notable espectáculo de acción… y ya está. Las labores de dirección de Spielberg y de su equipo técnico (fotografía, montaje, efectos sonoros) son ejemplares, pero sin duda, pese a que les moleste a sus fanáticos seguidores, en esa temporada Shakespeare enamorado y El show de Truman (Peter Weir) fueron superiores en conjunto por la inventiva sin igual de sus brillantes guiones, el acabado tan equilibrado (visualmente también son una gozada, sobre todo la primera) y el sentimiento puesto por sus actores y directores.

Pero si los Óscar y Globos de Oro y otros que bailan a su son se guiaran realmente por la calidad y tuvieran coraje en vez de ser un complaciente escaparate promocional de amiguetes, La delgada línea roja se habría llevado los premios a mejor película y banda sonora del año, y podríamos discutir también sobre mejor dirección, fotografía y actor secundario (Nick Nolte).

Black Hawk derribado


Black Hawk Down, 2001, EE.UU.
Género: Bélico.
Duración: 144/152 min.
Dirección: Ridley Scott.
Guion: Ken Nolan, Mark Bowden (libro).
Actores: Josh Hartnett, Ewan McGregor, Eric Bana, Tom Sizemore, William Fichtner, Ewen Bremner, Sam Shepard, Jason Isaacs, Zeljki Ivanek, Glenn Morshower, Kim Coates, Ron Eldard, Tom Hardy, Gabriel Casseus, Hugh Dancy, Danny Hoch, Nikolaj Coster-Waldau.
Música: Hans Zimmer.

Valoración:
Lo mejor: Dirección, montaje, sonido, fotografía, actores, música. El ritmo frenético garantiza un espectáculo memorable, y el gran realismo hará las delicias de los aficionados al género.
Lo peor: Es muy difícil quedarse con los nombres de muchos personajes. No tuvo el éxito de público, crítica y premios que merecía.
Mejores momentos: Tantos… las caídas de sendos helicópteros, los vehículos siendo masacrados por las calles, el ataque final realizado al amparo de la noche…
La frase: La cita inicial de Platón realmente no la dijo él, es una leyenda urbana, un dicho mal atribuido.
El doblaje: Hay un fallo muy notable y ciertamente molesto: utilizan máquina en vez de ametralladora (machine gun), un falso amigo típico.
La frase: Se ha editado una versión con ocho minutos más con escenas muy breves que añaden pequeños detalles no especialmente relevantes. Al menos en dvd en la edición que yo tengo, lamentablemente no se han doblado y sólo se ha subtitulado la película al completo, no hay subtítulo únicamente para esas parte. No sé si existe en bluray y si se ha arreglado. Netflix tiene la versión de cines.

* * * * * * * * *

En una de esas intervenciones bélicas donde la ONU aplica su buenismo insuficiente y los EE.UU. justifican el uso de su desmedido presupuesto bélico, las cosas se torcieron y lo que se suponía una misión de colaboración internacional para ayudar a los civiles dio un vuelco con una batalla aparatosa. Por suerte, sólo murieron 20 soldados estadounidenses, pero la ciudad somalí de Mogadiscio sufrió un escenario bélico demencial donde la ya de por sí jodida población se encontró con más muerte y destrucción, todo para que al final no cambiara nada ahí ni en otros sitios semejantes, porque sigue habiendo caudillos, corrupción política, explotación del tercer mundo, campañas militares para salvar la imagen de occidente, y campañas mediáticas por parte de EE.UU. cuando meten la pata y dejan un reguero de muertos.

El director Ridley Scott y el guionista Ken Nolan se basan en el libro de Mark Bowden, que al parecer relató los hechos con gran detalle, tanto que tuvieron que reducir drásticamente el numero de personajes y maquinaria bélica implicados. Y aun así queda una película algo complicada de seguir de primeras. Hay decenas de protagonistas cuyos nombres no serás capaz de recordar, y si bien los autores hacen un trabajo magnífico a la hora de mostrar la situación, ubicándote muy bien en cada momento y lugar, el estilo resultante está claro que no es apto para todos los públicos.

Quien busque un melodrama facilón, de esos que ofrecen una historia simplona llena de tópicos y que te dicen cómo debes sentirte, se puede llevar un buen chasco. Scott no es el Steven Spielberg de Salvar al soldado Ryan (1998) ni el Clint Eastwood de El francotirador (2014), no ha intentado conmover con estereotipos ni un ensalzamiento patriótico insultante. Ofrece una versión de los hechos sin implicaciones políticas, mostrando el escenario bélico con un tono de documental, y no se va por las ramas con dramones personales, sino que se centra únicamente en la misión. El homenaje a los soldados caídos es un breve texto listando los nombres en los créditos finales.

Eso sí, aunque quisieran mantener un enfoque neutral, la simple exposición de este evento deja clara la peligrosa situación que ofrecen los países inmersos en conflicto eterno así como lo lejos que estamos de poder solucionar nada metiendo militares de por medio sin más, y también es inevitable mostrar que la mayor parte de los soldados son niños que no saben nada del mundo y creen que serán héroes.

Lo que pretendía ser la captura de un alto mando de las guerrillas somalíes acabó en una imprecedible batalla por toda la ciudad. Conocemos la operación a fondo con todo lujo de detalles, desde que los planes son mostrados a las tropas hasta que el caos es dejado atrás (porque resolver no se resuelve nada). Vemos en acción a toda la cadena de mando, desde el soldado raso hasta el general al mando de la base. Observamos como trabaja el ejército, los problemas que conllevan despliegues humanos y materiales tan complejo. Entendemos cómo se tuerce todo y qué dificultades van surgiendo: la difícil respuesta a eventos inesperados, las órdenes que tardan en llegar, la falta de coordinación… La presentación de los numerosos personajes es somera pero certera. En las primeras escenas saltamos de uno a otro sin perder el tiempo más de lo debido con tópicos ni historias personales innecesarias, el día a día en la base y unas cuantas anécdotas bastan para mostrar que son seres humanos, y el desarrollo de la acción irá mostrando sus cualidades en lo único que importa aquí, el trabajo militar. Mediante el cuidado guion y la inmejorable puesta en escena viviremos la situación como si fuéramos un soldado más, sintiendo el frenesí de la guerra, sufriendo la cercanía de la muerte, y también contagiándonos del compañerismo y el afán de supervivencia.

El reparto está muy bien elegido, todos con capaces de dotar de vida a personajes que no tienen detrás una historia elaborada. Hay pocas figuras populares pero casi todos son secundarios de lujo que hasta el espectador menos curtido habrá visto aquí y allá, de forma que aunque no sepas sus nombres ni el de sus personajes puedes identificar rostros sin problemas. Cabe destacar que fue el primer papel de Tom Hardy y la curiosidad de que Tom Sizemore prácticamente hace lo mismo que en Salvar al soldado Ryan.

Desde Gladiator (2000), Ridley Scott le cogió el gusto a superproducciones de gran complejidad (luego vinieron El reino de los cielos -2005-, Robin Hood -2010-, Prometheus -2012-…), y si ya era un director notable, en todas ellas demostró una visión y un talento asombrosos, ofreciendo un acabado al alcance de muy, muy pocos.

Prácticamente cada minuto de Black Hawk derribado te deja anonadado por el trabajo técnico y humano que hay detrás de cada plano. La aportación del ejército prestando helicópteros y otros vehículos, las localizaciones en Marruecos que tan bien dan el pego, la estupenda fotografía, el magistral montaje, que tuvo que ser complicadísimo pero resultó impecable, la inspirada banda sonora de Hans Zimmer, que vuelve a sus orígenes tribales e incluye grandes canciones de otros artistas (como de Lisa Gerrard y Denez Prigent)… El acabado más que espectacular resulta abrumador, durante dos horas y veinte minutos estás pegado al asiento, tenso, agobiado, fascinado, disfrutando la intensidad de uno de los espectáculos más grandes que ha dado el cine. Toda la ciudad es un escenario bélico de gigantes proporciones, los tiroteos son constantes, y cuando creías que era imposible ver algo más épico y realista, llega la batalla nocturna, con secuencias colosales como el helicóptero arrasando una azotea.

Con este descomunal y memorable trabajo, Ridley Scott se marcó una cinta bélica única y memorable, un hito cinematográfico asombroso… que pasó generando más bien indiferencia. La taquilla fue muy justa (por los pelos no perdió dinero), y en la crítica no tuvo el consenso que merecía. Pero lo más destacable es que, como siempre, la cobardía de los Óscar y Globos de Oro se tradujo en unas pocas nominaciones por cumplir, pero estaba claro que apoyarían obras más fáciles y comerciales, que premiarían a la niña popular, Una mente maravillosa (Ron Howard), aunque fuera más bien un telefilme con un gran reparto, en un año precisamente repleto de grandes títulos, sobre todo en cuanto a originalidad: Amelie (Jean-Pierre Jeunet), Monsters S.A. (Pete Docter), La Comunidad del Anillo (Peter Jackson), El viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki), Donnie Darko (Richard Kelly), Gosford Park (Robert Altman)…

Salvar al soldado Ryan


Saving Private Ryan, 1998, EE.UU.
Género: Bélico, drama.
Duración: 169 min.
Dirección: Steven Spielberg.
Guion: Robert Rodat.
Actores: Tom Hanks, Tom Sizemore, Edward Burns, Barry Pepper, Adam Goldberg, Vin Diesel, Giovanni Ribisi, Jeremy Davies, Matt Damon, Paul Giamattie, Ted Danson, Joerg Stadler.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: Fotografía, sonido, montaje, decorados, vestuario y dirección dan pie a una obra bélica asombrosa, tan descarnada como apasionante.
Lo peor: El guion es bastante endeble, el subrayado del drama con recursos narrativos simplones es exasperante y limita su potencial, aunque desde luego ayudó a venderla al gran público. Esta popularidad también implica que se sobrevalora demasiado.
Mejores momentos: El desembarco, el dilema de si ejecutar un prisionero.
La confusión: Hay que aclarar una confusión común dado el parecido de los actores: en la batalla final, el soldado aleman que apuñala a un protagonista y deja indemne al asustado novato no es el mismo soldado cuya vida defendió aquel cuando sus compañeros querían ejecutarlo en una escaramuza anterior; pero este sí reaparece pegando tiros en las últimas escenas en el puente. También es lioso que al poco de presentar al capitán enfocan directamente a sus ojos justo como un rato antes hicieron con el anciano que visita el cementario en el futuro… es decir, parecen decir que son la misma persona, pero al final el anciano resulta ser el soldado Ryan.

* * * * * * * * *

LA GUERRA EN TUS CARNES

El cine bélico más duro, el de corte histórico o simplemente más serio que otras aventuras sencillas ambientadas en épocas de guerra, no es un nicho tan exclusivo como otros (por ejemplo, la ciencia-ficción intelectual), pero aun así su público potencial se ve limitado bastante al sector adulto más cinéfilo y a aficionados a la Historia. Además, en los años noventa no había muchas cintas de este estilo, quizá porque, como con el western, hubo muchas y muy notorias en su momento y se considerada pasado de moda, por lo que invertir tanto esfuerzo y dinero como necesitan estas obras se veía como una temeridad. Pero eso también implica que quien se propone abordar de nuevo el género es porque tiene muchas ganas y las ideas claras.

En 1998 llegaron dos obras ambientadas en la segunda guerra mundial que conmocionaron a medio mundo, cada una por razones prácticamente opuestas. La delgada línea roja de Terrence Malick, aparte de estar ambientada en el Pacífico, ofrece una perspectiva filosófica e intimista, centrada en las emociones y reflexiones de los soldados durante una difícil batalla. Salvar al soldado Ryan de Steven Spielberg, partiendo del desembarco de Nombardía propone en un drama más sencillo pero con una espectacular descripción de la violencia de la guerra.

La introducción que muestra el desembarco dejó en shock a millones espectadores, incluso a muchos directores y otros artistas del gremio, que fliparon con el logro, y a veteranos de la guerra e historiadores, que vieron imágenes muy cercanas a la realidad. La representación de un ejemplo (además uno de los más famosos) de lo que sería un escenario bélico frenético y sangriento no se había realizado nunca antes con semejante verosimilitud y visceralidad, y el despliegue técnico orquestado para rodarlo fue asombroso.

La visión y determinación de Spielberg y su implicado equipo permitieron que este insólito reto llegara a buen puerto. La agitada cámara en mano, de apariencia anárquica pero que en realidad no descuida la narrativa, pues te deja seguir la acción con claridad y además es capaz saltar de un encuadre deslumbrante a otro, te sumerge de lleno en la acción, te hace correr, agacharte, sufrir y asustarte como a los anónimos soldados. En la fotografía del gran Janusz Kaminski, el color apagado, recordando a las imágenes de la guerra que vemos los que no estuvimos en ella, fomenta aún más la sensación de estar en esa época, pero también contribuye a generar un entorno opresivo, sin belleza ni casi vida. El trabajo de ambientación en vestuario, explosiones y amputaciones es muy certero. Y el increíble sonido te envuelve por completo, agobiándote, haciendo que sientas en el pecho cada explosión, en la carne cada impacto de bala (se acabaron los chiuuu cutres, esto es la realidad); sin duda estamos ante uno de los mejores trabajos de efectos sonoros de la historia del cine.

DOS VISIONES ENFRENTADAS

Pero un abrupto cambio de lugar y tono te saca de golpe de la abrumadora inmersión, rompe el hechizo, y te lleva al otro lado del espectro narrativo y emocional. Spielberg y el guionista Robert Rodat se empeñaron en unir dos estilos diametralmente opuestos, y la mezcla estuvo lejos de resultar homogénea. De la contundencia sobrecogedora, de la verosimilitud sin concesiones que te sumerge en la carnicería y el sinsentido de la guerra, pasamos a un drama de construcción demasiado rígida y dirigida, autoimpuesta por el convencimiento de que sólo se puede llenar salas de cine hay con una fórmula melodramática muy básica y estudiada, es decir, complaciente y llena de recursos simplones y muy sobados.

Ya el breve prólogo con el anciano visitando el cementerio parecía demasiado innecesario y endulzado, pero la escena de las cartas resulta vomitiva. Los tonos naranja cálidos para marcar el contraste con las trincheras son demasiado evidentes, las caras de congoja de secretarias y generales demasiado sobreactuadas, los discursos pretendidamente conmovedores casi rastreros, porque la historia de los hermanos de la carta de Lincoln se sabe que es falsa desde hace siglos, había desertores y prisioneros, no murieron todos heroicamente, y tratar de seguir la farsa a estas alturas es ridículo y ofensivo. Y la premisa que se presenta como hilo conductor es débil y poco atractiva: salvar a un pringado para que su mamaíta deje de sufrir.

En resumen, de una visión neutra del conflicto bélico pasamos a un drama de telefilme. Hubiera sido más lógico que siguieran centrándose en la descripción de la guerra y dejar otros dramones paralelos para otra historia que pueda tratarlos con más detenimiento y tacto. La misión podría haber sido simplemente ir al pueblo a defender el puente, como fue el objetivo real del pelotón en que se inspira, y como finalmente acaba ocurriendo después de tanto marearnos con el culebrón de Ryan.

GRAN ESPECTÁCULO, MELODRAMA BÁSICO

Durante el viaje tenemos una correcta variedad de escenarios de compañerismo y guerra, con una combinación de drama, intriga y acción lo suficientemente efectiva como para mantener el interés bastante alto. El periplo por campos y pueblos muestra distintas situaciones del conflicto sin que parezcan malamente justificadas, hay momentos bastante inspirados, como el póquer de fichas identificadoras de muertos, y la relación entre soldados, los miedos y disputas, tienen un buen momento álgido con el asalto a un nido de ametralladoras y el dilema de si ejecutar a un prisionero alemán. Sumando la virtuosa puesta en escena, con infinidad de planos magníficos y en general un ritmo impecable que mantiene bastante bien el ambiente bélico opresivo y realista, la aventura es muy entretenida.

Pero nunca llega a librarse de esa dualidad. La narrativa de ganchos sentimentales fáciles se extiende a la odisea del pelotón que busca al soldado, y aunque por suerte no caemos en la manipulación burda de las escenas en el futuro, sí mantiene ese tono dramático tan básico. Así pues, tenemos una decepcionante simpleza en el tratamiento de una historia que apuntaba a un tono más serio. En La lista de Schindler (1993), por comparar con una de Spielberg cercana en género e intenciones, los personajes eran complejos e iban cambiando con los hechos, aquí los estereotipos no dejan respirar a un grupo con un potencial mayor. Tienen lo suficiente para que cada uno sea identificable y agradable y te intereses por sus desventuras, pero sus descripciones se basan demasiado en un tic o característica que cada uno repite en cada aparición sin llegar a desarrollar una personalidad compleja ni una evolución que logren aportar algo más de atractivo y trascendencia.

Los únicos que ofrecen un poco de movimiento resultan desde luego interesantes, pero ofrecen historias muy tontorronas: el chulito pasota y el novato inocente tendrán su momento de maduración y redención más previsible y conveniente que cabía esperar, y por supuesto, estos llegan de golpe, no hay una transición bien trabajada, y el capitán pasa de frío y distante a algo más cercano también justo cuando se esperaba. Lo alucinante es que al capitán le ponen encima un problema físico que va y viene según quieran dar pena o suspense, cuando precisamente tenían en bandeja un buen arco dramático que parece que les da miedo abordar: la capacidad de mando en una misión de dudosa utilidad y ética solo queda en entredicho en una escena, y no deja secuelas.

De esta forma, cuando muere alguno, muere “el judío”, o “el francotirador”, y por mucho que su final se realce con otros tantos clichés (heroicidades maniqueas, cámaras lentas, etc.), no sientes la pérdida, no son personajes capaces de dejar un vacío. Ni siquiera el porvenir del capitán me inquieta, de hecho, con tanto forzar el drama, su caída acaba siendo empalagosa.

Y para colmo, después de tanto enredo, el soldado Ryan resulta ser un macguffin de baratillo, la excusa para mover la trama, y no se lo trabajan lo más mínimo. Parece que la muerte de sus hermanos le importa bien poco. Cuando sí se requería enfatizar la tragedia para intentar que el encuentro fuera más convincente, los autores no parecen esforzarse, como si quieran despachar el personaje-excusa y centrarse de nuevo en la acción. Aunque sea muy previsible, su decisión de no irse a casa y quedarse a luchar con sus compañeros parece encauzar la cosa… pero al final no llega a hacer nada, no participa activamente, no tiene ninguna escena que justifique y dignifique su presencia.

Sin embargo, esto no pareció molestar al público, y eso que una carambola inesperada generó expectación sobre su aparición. Eligieron al desconocido Matt Damon para potenciar que el soldado a rescatar no motivara una impresión previa en ningún sentido, pero inesperadamente arrasó justo antes con El indomable Will Hunting, que escribió y protagonizó acaparando muchos premios, así que se creó el efecto contrario, se generó mucho interés por su papel.

Con personajes tan simplones y un arco dramático tan limitado, gran parte de su potencial carisma reposaba sobre los hombros de los actores, y sin bien no tenemos un reparto brillante, todos cumplen adecuadamente, empezando por Tom Hanks en un papel contenido, de expresar con miraras y silencios, muy correcto. Cabe destacar que la película sirvió de presentación de varios actores jóvenes: Vin Diesel como el grandote simpático, Giovanni Ribisi como el enfermero preocupado, Jeremy Davis como el novato inocente, Nathan Fillion como el que confunden con Ryan… Y también relanzó o dio más categoría a algunos veteranos: Ted Danson demostró ser algo más que un comediante con su breve aparición, Tom Sizemore tuvo la oportunidad de ser algo más que el típico secundario del cine de acción… aunque por desgracia, sus líos con las drogas volvieron a frenar su carrera. También pienso que debería haber asentado mejor la trayectoria de Edward Burns, el soldado respondón, quien es capaz de dotar de vida a un rol muy trillado, pero parece que no supo aprovecharlo.

Por otro lado, la banda sonora del gran John Williams fue muy justita, y más conociendo sus capacidades. El tono de corte patriótico es bastante empalagoso, con un tema principal muy cargante, y los motivos de acción y suspense están poco inspirados y se ven lastrados por esa fórmula tan subrayada y repetitiva. La cinta funciona mejor cuando Spielberg prescinde de la música y deja que los sonidos de la guerra te arropen y zarandeen.

EL DÉBIL EQUILIBRIO SE VA VINIENDO ABAJO

Es difícil acabar un relato de este tipo, donde el argumento es el viaje y la experiencia y no hay una trama elaborada. Y los autores no atinan del todo, la batalla final se resiente bastante. Primero, pesa aquello de que ahora resulta que Ryan no importa, la misión es proteger el puente, de forma que este último acto parece un anexo improvisado para alargar la película y forzar el clímax heroico-lacrimógeno. Lo dicho: esta misión tendría que haber sido el objetivo, no la chorrada del soldadito. Segundo, la mezcla de estilos se desequilibra demasiado. En lugar de ser conscientes de que una vez expuesta la situación esta resulta muy predecible (el típico sacrificio en una misión suicida recuerda demasiado a cintas como Doce del patíbuloRobert Aldrich, 1967-) e intenten disimularlo yendo al grano y explotando el lado épico, se empeñan en reforzar el melodrama, en abusar de esos recursos obvios.

La crudeza de las escenas bélicas de nuevo realza el conjunto muy por encima de lo que las fallidas intenciones y el flojo guion llegan a alcanzar. El escenario, con el magnífico decorado del pueblo, se aprovecha en imágenes espectaculares, la tensión es palpable, la acción trepidante y por momentos agobiante. Pero poco a poco empieza a pesar su excesiva longitud, sobre todo conforme va dejando de lado la descripción puramente bélica de la batalla para centrarse en la tragedia tan artificial de los protagonistas. Como decía, mueren de típicas formas melodramáticas sin llegar a conmover lo más mínimo, pero además dejan algunos momentos de vergüenza ajena, como el capitán con la pistola disparando al tanque y este explotando de repente… porque han llegado refuerzos. ¿En serio pretendes que funcione este cliché a medio camino de la heroicidad cutre y el chiste estúpido en un clímax pretendidamente serio?

Y si el desenlace iba perdiendo fuelle, el epílogo con el viejo lacrimógeno, el cementario y las banderas termina de romper la conexión, llevándote de nuevo a pensar que hay dos visiones prácticamente opuestas muy mal combinadas. Por lo general no queda claro si querían hacer una representación fiel de la sinrazón y la crueldad de la guerra o si buscaban un drama simplón y patriótico, pero este final tan obvio y remarcado te deja con la visión maniquea y patriótica de la realidad que tienen en los Estados Unidos: las guerras son duras, pero tranquilos, que nosotros nos encargamos de salvar al mundo con nuestra superioridad moral, militar, humana… ¡y pobrecitos que somos, mira lo que sufrimos por esa carga!

PERO COLÓ BIEN COLADO

Salvar al soldado Ryan un espectáculo de primera, no por duro y espeluznante menos gratificante, que envejece bien y se puede ver una y otra vez… si esos momentos melodramáticos y la constante sensación de simplificación en el tratamiento de una historia y unos personajes con mayor potencial no te estropean la experiencia. Sin embargo, ese desequilibrio sí es suficiente colocar al conjunto bastante lejos de esa categoría de obra maestra que se empeñan muchos en darle.

Como suele ocurrir, el éxito popular implica también la adulación y sobrevaloración poco objetiva. El que poco sabe de cine se suma a modas y valora sin tener en cuenta hitos ya superados, cintas del estilo superiores pero que no va a ver porque son antiguas o no se mencionan por su zona de confort. Y si bien la dirección de Spielberg, la fotografía de Kaminski, el montaje y el sonido merecían premios en cantidad, pese a quien le pese, pues en su momento fueron incluso atacadas para realzar esta, Shakespeare enamorado (John Madden), El show de Truman (Peter Weir), Lock & Stock (Guy Ritchie), American History X (Tony Kaye), Bichos (John Lasseter, Andrew Stanton) y sobre todo La delgada línea roja (Terrence Malick) fueron y son mejores películas.

De hecho, con La delgada línea roja la diferencia es brutal. Los protagonistas están magistralmente descritos, entras de lleno en la mente de cada uno, sientes sus temores y esperanzas con gran intensidad. Se logra una inmersión en la guerra y un drama humano bastante superior sin recurrir a tantas florituras técnicas, más allá de la increíble fuerza dramática de la banda sonora de Hans Zimmer. Pero también cabe citar otras muchas aventuras de grupos, sean bélicas o de otros ámbitos, que desarrollan mucho mejor los personajes y la trama: Un puente lejano (Richard Attenborough, 1977), Los violentos de Kelly (Brian G. Hutton, 1970), Los siete samuráis (Akira Kurosawa, 1954) y Los siete magníficos (John Sturges, 1960), Grupo salvaje (Sam Peckinpah, 1969)… Y sin irnos tan lejos, poco después Ridley Scott nos trajo la impecable e impresionante Black Hawk derribado (2001), pero inesperadamente no causó el impacto que merecía. Tampoco puedo dejar de recomendar El último superviviente (Peter Berg, 2013), otra aproximación realista rodada con maestría que tampoco tuvo la repercusión que debería.

Sin embargo, no quiero restarle méritos, sino simplemente traer un poco de cordura y poner las cosas en su sitio. Aparte de ser un gran espectáculo y una aventura muy amena, el logro técnico es inconmensurable y marcó una época. Con 70 millones de dólares de presupuesto muy bien usados logró 480 de recaudación, solo superada ese año por Armaggedon (Michael Bay). En el género fue la más taquillera durante años, hasta las recientes El francotirador (Clint Eastwood, 2014) y Dunkerque (Christopher Nolan, 2017). Y la influencia que ha dejado es indudable y notoria. La cámara en mano como recurso para introducirte en la acción como si estuvieras ahí es algo que desde entonces se ha usado mucho, y pocas veces bien. Multitud de películas imitan sin disimulo su estructura (aunque no fuera nada original, la volvió a popularizar), como Corazones de acero (David Ayer, 2014), con la visión combinada de un joven inexperto y un veterano curtido, las escenas sangrientas mezcladas con dramones básicos, y el final de sacrificio. Y no sé yo si asentó también la idea de empezar con un prólogo de acción de altos vuelos para engancharte. Además, antes de que su influencia saltara a otros ámbitos, el propio Spielberg lo alentó, ideando y produciendo el videojuego Medal of Honor (1999) y la miniserie Hermanos de sangre (2001). Ambas obras fueron de las más revolucionarias e influyentes en sus campos.

1917


1917, 2019, EE.UU., Reino Unido.
Género: Bélico.
Duración: 119 min.
Dirección: Sam Mendes.
Guion: Krysty Wilson-Cairns, Sam Mendes.
Actores: Dean-Charles Chapman, George MacKay, Colin Firth, Mark Strong, Benedict Cumberbatch, Richard Madden, Andrew Scott.
Música: Thomas Newman.

Valoración:
Lo mejor: Algunos instantes espectaculares gracias a la fotografía, los escenarios y la dirección.
Lo peor: Relato predecible, superficial y sensacionalista, asfixiado por los enredos técnicos.
Mejores momentos: El derrumbe, las ruinas.

* * * * * * * * *

Alerta de spoilers: Comento algunos detalles menores, nada importante. —

Anunciada como un plano secuencia de dos horas, avalada por críticas que la ponen de obra maestra, multitud de nominaciones y galardones en todos los premios habidos y por haber, y por ahora con una entusiasta recepción del público, llega 1917… otra obra llevada a los altares por un incomprensible furor mediático que no representa su calidad real.

Unas pocas veces la fórmula narrativa de Sam Mendes ofrece una experiencia apasionante, pero en muchas otras resulta su principal limitación. Quizá con un guion más cuidado no se notaría, pero cuando te obsesionas por un único aspecto sueles descuidar los demás y perder la visión de conjunto. Un argumento predecible y simplón se desarrolla con torpeza porque el esfuerzo está centrado en otra parte. Además, en una donde Mendes no ha ido a por todas, porque evidentemente hay cortes en el plano cada quince o veinte minutos, lo cual no sería un problema (en otras del estilo no lo fue, como Birdman) si no tomara cada plano secuencia real como un episodio cerrado, lo que limita la progresión dramática, o sea, el ritmo y el calado emocional.

Una vez queda claro el poco alcance de la historia, que es bien pronto, cada capítulo se ve venir entero en cuanto comienza, y muchas veces puedes intuir el siguiente. A partir de cierto momento incluso sabía perfectamente cómo iba a actuar cada personaje secundario… antes de que estos aparecieran, porque Mendes va poniendo ante el protagonista los desafíos y conflictos más típicos y gastados del género.

Es una oda al héroe bastante pobretona, sin épica ni emoción. Los protagonistas van de A a B siendo héroes en todo momento, a pesar de sus puntuales dudas humanas no cometen fallos, son factores externos y gente malvada los que causan sus problemas. En otras palabras, dos jóvenes íntegros y capaces luchan imbatibles contra lo peor de la condición humana y la naturaleza y en el proceso no cambian ni un ápice porque ya nacieron perfectos; bueno, no tanto, porque uno de ellos corre varias veces en línea recta mientras le disparan, pero como es el héroe no lo alcanzan. Las anécdotas, acciones y contratiempos no dejan secuelas, lo que ocurre en un segmento no se extiende a otro. La mano herida parece que va a dar guerra, pero se olvida; el francotirador se ha superado, ya no vuelven a aparecer otros en todo el pueblo; el pelotón que ayuda en un capítulo se marcha al acabar sin que ningún mando ofrezca refuerzos, para que en la siguiente aventura se mantenga todo como antes; etc.

Como consecuencia, no sorprende que algunos episodios sean totalmente gratuitos, pues la idea es cumplir cupos. Así, tenemos el francotirador, la mujer solitaria (al menos no nos cuelan la escena de sexo de turno), los roces con los mandos (todos muy parcos y nada emocionantes) y otros momentos metidos con calzador, mientras que el resto de situaciones tampoco es que deslumbren: las carreras por trincheras lucen por el acabado visual, no porque narren algo impactante. Una vez visto el tono, tampoco coge desprevenido que abunde el sensacionalismo, pues a falta de contenido original y complejo Mendes trata de tirar de sentimientos muy mascaditos y golpes de efecto que rara vez funcionan (como el susto con el primer disparo del francotirador). Por extensión, se acumula demasiado giro y salto muy conveniente, las transiciones entre algunas partes están muy poco trabajadas. Y como consecuencia, tampoco extraña la presencia de numerosos agujeros.

La zona de conflicto es un revoltijo que cuesta creer aunque la lucha de trincheras fuera metro a metro. De una zona dominada por ingleses pasamos a otra en manos de alemanes, en la siguiente hay un grupo de ingleses sentados escuchando a un compañero cantar sin que haya vigilancia alguna, y a dos pasos está la trinchera en pleno combate cuyos disparos y bombas no se oyen hasta que toca entrar en ese episodio. Tienen una misión prioritaria y de pasar sin ser vistos y se entretienen yendo de frente a todo escenario que encuentran y curioseando por todas partes. Y por qué envían una sola batida de dos míseros soldados con un mensaje tan importante y no varias… o mejor, palomas mensajeras y aviones.

La efectiva inmersión en algunas escenas es puramente técnica, de forma que en ocasiones atrapa con bastante fuerza (el derrumbe, los peligros entre las ruinas del pueblo), pero en otras no logra su objetivo, y por acumulación de falta de contenido a la larga las primeras empiezan a perder verosimilitud en tu cabeza: era todo fuegos artificiales que no llevan a nada, en la siguiente fase está todo olvidado y vuelven a intentar otra artimaña del estilo. La música, también aclamada sin mesura, es un triste efecto sonoro, Thomas Newman (American Beauty -1999-, ¿Conoces a Joe Black? -1998-) vale para mucho más. La fotografía de Roger Deakins es muy buena, aunque no al nivel de otros trabajos suyos (Blade Runner 2049 -2017-, Skyfall -2012-). Vestuario, localizaciones y decorados cumplen bien.

Los actores principales no están a la altura del reto y desentonan mucho ante la veteranía y buen hacer de los pocos y breves secundarios. Las caras de pena y sufrimiento de Dean-Charles Chapman (Captain Fantastic, 2016) y George MacKay (Juego de tronos, 2011) no conmueven. Si es que Mark Strong con una sola escena se pone muy por encima, y Colin Firth y Benedict Cumberbatch también imponen bastante.

En conjunto resulta una película a ratos forzada, artificial y tediosa, y si bien en otros sin duda es espectacular y emocionante, con tanto desequilibrio no llama para revisionarla, y desde luego no hay manera objetiva de ponerla como obra maestra. Debería haberse tomado como lo que es, un experimento, una curiosidad para echar el rato, pero se ha encumbrado con la locura febril y volátil que se ve demasiadas veces estos tiempos.

En lo bélico, no hace ni la más mínima sombra a cualquiera representativa del género, sea en la onda introspectiva de La delgada línea roja (Terence Malick, 1998) o la histórica de Un puente lejano (Richard Attenborough, 1977), está más en la línea ultra comercial de Salvar al soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998) y Corazones de acero (David Ayer, 2014). De hecho, con esta última guarda muchos parecidos en recursos básicos: un protagonista joven y silencioso, sin gran personalidad, para que puedas meterte en su piel, y aventuras varias facilitas y con trucos sentimentales baratos. En cuanto a epopeya de aventuras con pocos personajes, recuerda bastante a El renacido (Alejandro González Iñárritu, 2015), pero está por debajo en el dibujo de personajes y el factor entretenimiento y espectáculo. En lo experimental, la gente se ha flipado como si estuviéramos ante algo único, pero obras con grandes planos secuencias, o incluso que los empalman hasta hacer uno virtual durante todo su metraje, hay bastantes. Por comparar con algunos referentes conocidos, se queda lejos de la ingeniosa y encantadora Birdman (Alejandro González Iñárritu, 2014) y de la intrigante La soga (Alfred Hitchcock, 1948), e incluso El renacido, con planos secuencia puntuales, le da una buena tunda en riesgo y complejidad visual. En un año estará completamente olvidada.

12 valientes


12 Strong, 2018, EE.UU.
Género: Acción, bélico.
Duración: 130 min.
Dirección: Nicolai Fuglsig,
Guion: Ted Tally, Peter Craig, Doug Stanton (novela).
Actores: Chris Hemsworth, Michael Shannon, Michael Peña, William Fichtner, Navid Negahban.
Música: Lorne Balfe.

Valoración:
Lo mejor: Unos pocos secundarios de nivel, el carisma de Chris Hemsworth.
Lo peor: Puesta en escena limitada, no da el espectáculo que se espera. Guion mediocre, lleno de clichés, diálogos cutres y propaganda “made in USA”.

* * * * * * * * *

Con este tipo de películas te la juegas a que sea un típico panfleto yanqui, pero es difícil no caer cuando el género bélico te resulta atractivo, y más si, como en mi caso, se tiene fresca en la memoria la magnífica El único superviviente (Peter Berg, 2013). Así que alguna expectativa tenía, al menos con que fuera un buen espectáculo. Pero 12 valientes no llega ni a la correcta 13 horas: Los soldados secretos de Bengasi (Michael Bay, 2016); hasta El francotirador (Clint Eastwood, 2014), de la que me quejé bastante por su sesgo, tenía una consistencia dramática y un nivel visual suficiente como para entretener bastante. Aquí estamos ante un ejemplo de lo peor que puede dar la propaganda ideológica, un título que por su escaso calado y calidad debería haber ido directamente al videoclub y la televisión. Pero de alguna forma consiguieron reunir un reparto de rostros conocidos con el que probar suerte en cines… aunque finalmente el boca a boca dejó su recaudación bajo mínimos: 67 millones de dólares mundiales apenas cubrirá el presupuesto (35 millones) más la distribución y publicidad.

Cabe preguntarse cómo un actor con la vida resuelta como Chris Hemsworth elige una obra con potencial de polémica o como poco con una ideología tan forzada. Tened en cuenta que nació en Australia con ascendencia europea y que el grueso de su carrera se basa en sagas de fantasía, así que me extraña que se meta en un trabajo que podría dar mala imagen fuera de EE.UU. Allí en cambio este retrato de héroes y de la historia del país tan manipulador se suele recibir muy bien, aunque en esta ocasión inesperadamente ha pasado sin pena ni gloria.

La cinta es un descarado anuncio de las fuerzas armadas, una reescritura de la política internacional, del intervencionismo y las guerras que va montando Estados Unidos por todas partes. No cabía esperar una elaborada visión global del conflicto con el terrorismo islámico, ni autocrítica, pero de ahí a la simplificación y exaltación que hacen hay un trecho muy grande.

El protagonista es un héroe hecho a sí mismo por arte de magia, la enésima representación infantil que tienen muchos estadounidenses de sí mismos. Sin experiencia real ni esfuerzo visible es un ser perfecto que logra todo sin despeinarse y sin dudar en el apartado ético. Su entereza y capacidades sacan lo mejor de sus compañeros, gente corriente, incluso algo tonta, pone en su sitio a generales ligeramente obtusos si hablamos del ejército norteamericano y paletos e incompetentes cuando se retrata a los aliados, y resuelve él solito la guerra (prácticamente eso dice la película) masacrando a las hordas de terroristas.

Si ya producía algo de recelo que este don nadie respondón dé lecciones a sus superiores con cuatro frases estúpidas, lo del general afgano alcanza cotas de vergüenza ajena e incluso de insulto a la inteligencia del espectador. El veterano que lleva décadas en guerra contra los talibanes, que se conoce el país y sus gentes al dedillo, es representado como un paleto descerebrado al que nuestro flamante héroe salva y rescata en los primeros combates y va educando con sus estrategias superiores y su moral intachable.

Pero claro, qué se puede esperar de un panfleto manipulador que expone la misión del comando como la liberación de Afganistán y la victoria en la guerra. El que EE.UU. armara a los afganos y a otros tantos en los años setenta para fastidiar a la URSS y que ese conflicto y esas armas hayan propiciado el alzamiento de Al Qaeda ni se menciona. Obviamente, tampoco se va a señalar que el ataque contra Afganistán fue una represalia, una invasión en toda regla sin garantías de que estuvieran ahí los altos mandos de Al Qaeda, y que fue justificada luego de mala manera con las mentiras de las armas de destrucción masiva. Tampoco se va a señalar que la farsa ha durado años dejando un reguero de muertos incontable, incluyendo miles de soldados propios (imágenes que se cuidan de ocultar), ni que estas acciones sumadas a las retenciones y torturas de cualquiera que señalaran como terrorista ha creado nuevos enemigos (el ISIS) y azuzado las guerras en la zona, que ahora está más desestabilizada que nunca y ha provocado un aumento brutal de atentados en occidente. Hay que ensalzar al héroe y al país, y para eso no se puede contar la verdad. Sin ir más lejos, la misión real del comando era básicamente de infiltrarse y localizar blancos en el terreno para los bombardeos, pero eso no es suficientemente épico, así que casualmente el avión se queda sin combustible o los aliados afganos tienen rencillas entre ellos para que nuestros héroes lideren las batallas contra miles de enemigos.

Si la descripción de personajes es superficial y la de los hechos deliberadamente limitada, los diálogos no se quedan atrás. Infinidad de clichés, frases legendarias forzadas y sandeces pseudo heroicas salpican cada escena, convirtiendo la proyección en algunos momentos en una comedia involuntaria. El lema “No seas un soldado, sé un guerrero”, me sacó una carcajada bien grande.

El acabado es mejorable, pero al menos cumple sin muchas carencias. Rodando en Méjico y añadiendo unos pocos efectos digitales (montañas, pueblos) consiguen un Afganistán realista y vistoso, pero al final la promesa de tener una buena aventura en esos parajes (la misión de infiltración del personaje de Michael Peña por la parte más dura del desierto ni la vemos) y de tener una gesta militar de impresión no da tanto como se podría exigir. El desconocido director Nicolai Fuglsig llega con lo justo para conseguir un producto decente, con un ritmo correcto y unas escenas de acción entretenidas, pero de ahí a impresionar hay un gran trecho. Se limita a cuatro planos de cada bando disparando sin más escenificación, y muchas veces, a pesar de luchar frente a frente, no sabes dónde está cada grupo y protagonista, en qué dificultades se encuentra y qué salidas tiene.

Lo único bueno de la propuesta son algunos actores. El carisma de Chris Hemsworth, la valía de Michael Shannon (Boardwalk EmpireTerence Winter, 2010-) y la simpatía de Michael Peña (aunque sea encarnando al eterno latino gracioso) son capaces de levantar sus pésimos personajes y dar un aspecto de seriedad. Pero con el poco esfuerzo que ponen los guionistas, el resto del grupo queda limitado a extras sin nombre, así que poco puedes interesarte por su odisea.

12 valientes sólo logra entretener si eres capaz de hacer caso omiso a su tono propagandístico, y aun así no causa mucha impresión. Así que no puedo dejar de volver a recomendar El único superviviente. Esa sí que es correcta en el guion (sencillo pero más neutral) y deslumbrante en la gesta militar.

Dunkerque


Dunkirk, 2017, EE.UU.
Género: Bélico, drama.
Duración: 106 min.
Dirección: Christopher Nolan.
Guion: Christopher Nolan.
Actores: Fionn Whitehead, Mark Rylance, Tom Hardy, Cillian Murphy, Barry Keoghan, Jack Lowden, Aneurin Barnard, Kenneth Branagh, James D’Arcy, Harry Styles,
Música: Hans Zimmer.

Valoración:
Lo mejor: Transmite la angustia y desesperación de la guerra y muestra llamativos ejemplos de cómo reacciona el ser humano ante situaciones límite. La narrativa es notable: dirección, fotografía, música y montaje muy bien combinados.
Lo peor: El guion descuida la coherencia más de la cuenta, y la puesta en escena termina cobrando demasiado protagonismo, viéndose las costuras algunas veces.
La frase:
-Prácticamente podemos verlo desde aquí.
-El qué.
-El hogar.

* * * * * * * * *

Alerta de spoilers: Sólo presento el argumento y los personajes.–

Dunkerque es una localidad situada al norte de Francia, ruta esencial durante la Segunda Guerra Mundial al estar en el canal de la Mancha que separa Europa de Reino Unido. Un breve texto en pantalla nos pone en situación: en el verano de 1940 unos cuatrocientos mil soldados británicos, franceses y belgas han quedado aislados en la costa de Dunkerque en espera de evacuación, mientras las tropas y aviación alemanas se acercan. De no sacarlos a tiempo, la catástrofe daría un vuelco brutal a la guerra… Pero los pocos navíos militares que llegan están siendo hostigados por los ataques aéreos, y la huida parece destinada al fracaso.

La narrativa es experimental y un tanto exigente. No me sorprende que haya no pocos espectadores que no se enteren de nada, aunque desde luego sí lo hace el que haya algunos diciendo “es otra de guerra, tiros y tiros hasta aburrir”… cuando precisamente el único que dispara es el piloto de caza, y no tiene escenas muy aparatosas. Dunkerque no ofrece un drama al uso, ni una descripción tradicional de la guerra. El relato se basa en una combinación de lo visual y lo emocional, es decir, la trama se desglosa sin describir a fondo las acciones militares, se pone todo el énfasis en tratar de transmitir cómo se sienten los protagonistas. Más que una película sobre la guerra estamos ante una que analiza cómo el ser humano se comporta en situaciones desesperadas: desde los primeros minutos queda claro que el hilo conductor no es la épica de supervivencia a base de tiros y heroicidades físicas, sino la resistencia mental, la lucha contra la angustia y la impotencia. Con unos pocos personajes desperdigados aquí y allá veremos distintos ejemplos de respuesta ante una situación en la que prácticamente sólo cabe esperar la muerte.

La descripción de estos no se detiene en recesos ni explicaciones tangenciales que apoyen su dibujo, sino que se expone poco a poco mediante sus acciones. Y ahí es cierto que hay que hacer algo de esfuerzo para entrar en el juego. Apenas tienen unas pocas frases, están divididos en tres líneas temporales distintas (la historia de la playa dura una semana, el viaje de los barcos civiles un día, la misión del piloto una hora), sus nombres probablemente no seas capaz de recordarlos, y con los jóvenes poco conocidos puede costarte distinguirlos cuando están hasta arriba de barro y aceite. Pero la recompensa es grata si te gustan los flmes que no lo dan todo mascado y las emociones fuertes. A medida que pasan los minutos nos vamos adentrando a fondo en la mente de estos pocos individuos, y sus sentimientos y objetivos llegan con una claridad e intensidad más que certeras dolorosas, conforme vas conociéndolos e intuyendo cómo intentarán actuar, todo lo que las nuevas dificultades les echan encima va haciéndose cada vez más tangible y trágico.

La primera vez que vemos al joven de infantería (el desconocido Fionn Whitehead) tratar de colarse a un barco parece un pilluelo inmaduro, quizá incluso pienses que se merece un castigo por romper las filas, pero en los siguientes intentos de escapar con vida es imposible no sentir lástima por un niño al que adultos irresponsables han metido en un infierno. Y en sus desventuras conoceremos a otros con una actitud semejante, algunos de peor calaña, como esos que, escondidos en un barco esperando que la marea los lleve, se refugian en el egoísmo inmediato, sacrificar a sus compañeros, para vivir unos minutos más. Otros se quedan en un espectro intermedio, como el rol de Cillian Murphy, que representa otro caso de flaqueza, pero este desde otra perspectiva: los remordimientos de sus acciones lo sumergen en un tormento constante, con lo que es imposible no sentir empatía por él. Y también hay muchos héroes. Mark Rylance interpreta a un civil anciano que manifiesta un talante decidido e implicado y se convierte en una brújula moral para otros. A ella se aferran su hijo (Tom Glynn-Carney) y un amigo de este (Barry Keoghan), quienes quieren seguir su modelo y hacer algo por el bien común a pesar del riesgo. Tom Hardy y Jack Lowden encarnan a los pilotos de caza que no se amilanan ante ninguna dificultad, dispuestos a darlo todo por conseguir unos minutos más para que la evacuación sea un éxito. Los comandantes británico (Kenneth Branagh) y francés (James D’Arcy) tampoco agachan la cabeza, manteniendo la cordura y compostura para que sus hombres tengan una oportunidad más.

Sufriremos envestidas de aviones, naufragios y ahogamientos en cantidad, pero entre medio mil anécdotas irán describiendo un tormento capaz de quitar el aliento en muchos tramos, la mayoría de supervivencia a la desesperada, algunos de acción, como los combates aéreos, otros inesperadamente contenidos y breves pero igualmente demoledores, como el soldado anónimo que se mete en el agua para morir mientras los demás miran sin hacer nada, porque saben que de una forma u otra probablemente acaben como él. Y tenemos también unos pocos detalles geniales, como el soldado sorprendiéndose porque otro esté mirando salidas y escapatorias en el barco de salvamento que acaban de abordar con euforia, recordándole que aún no está a salvo.

La virtuosa fotografía de Hoyte Van Hoytema es capaz de saltar de la playa al mar y al aire sin notarse desequilibrio, y logra un hábil uso de la distancia, con el horizonte siempre presente hasta donde alcanza la vista, lo que remarca muy bien la sensación de indefensión y pequeñez de los protagonistas ante una situación que les viene grande. Esto se disfrutaría más en el formato de pantallas gigantes IMAX con que el rodaron, más cuadrado, es decir, con más visión aún del horizonte. La música de Hans Zimmer parece, en una primera escucha aislada en disco, otra más escupida por sus sintetizadores, lejos del gran esfuerzo que puso en la composición de Interstellar, pero en la película va como anillo al dedo. Apoyándose en unos recursos básicos pero efectivos (ritmos repetitivos y crescendos que no parece explotar nunca) logra rematar muy bien las atmósferas agobiantes. La construcción rítmica de la música y los clímax, sumada a la narrativa con distintas líneas temporales, remarca la obsesión habitual de Christophet Nolan con el tiempo, presente en prácticamente todos sus filmes de una forma u otra.

Esto me lleva a señalar algo obvio: Dunkerque es una cinta muy bien medida, Nolan exprime emociones primarias a base de aturdir con técnicas de eficacia probada. Y desde luego funciona, en lo audiovisual posee cierta belleza y resulta apabullante en sensaciones (opresión, fatalismo, etc.), lo que realza muy bien el drama vivido por los atractivos protagonistas y logra una proyección intensa, sofocante, e incluso sobrecogedora en muchas secuencias. Los ataques de aviones alemanes, con el sonido afilado hasta casi molestar y la música repiqueteando incesantemente en una tétrica cuenta atrás, recuerdan al bombardeo de las aldeas en La tumba de las luciérnagas (Isao Takahata, 1988), donde no ves las bombas venir, pero el silbido hiela los huesos y anuncia la muerte.

Pero esa construcción tan estudiada, tan técnica y milimétrica, aun siendo esencial en el propósito y logre su objetivo con bastante robustez en la mayor parte del metraje, también es el origen de sus problemas o limitaciones. Una vez analizada en frío se ve una cinta un tanto artificial, dejando la sensación de que una película bélica debería ser más natural y visceral. Sí, este estilo se puede justificar con que es una obra de sentimientos más que de desarrollar una historia con detalle, pero Nolan se aferra a la fórmula más de la cuenta. En algunos momentos se nota que fuerza el clímax con la música y el sonido, que en el fondo realmente no estamos ante una escena extraordinaria por sí sola. Y a la larga pesa. Podríamos señalar al menos un par de grandes títulos que abordan el género desde una perspectiva más emocional, como La delgada línea roja (Terrence Malick, 1998) y Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979), muy filosóficas e introspectivas ambas, pero también es indudable que mostraban el escenario bélico como si estuviéramos allí, sin que la técnica empleada dejara entrever trucos y huecos.

El pasar de puntillas sobre la perspectiva global de la evacuación deja muchas cosas sin explicar, lo que va restando puntos a la experiencia, pues puede llegar un momento en que te cuestiones tanto lo que está ocurriendo que te saque de las imágenes, lo que se ve agravado porque a partir de algún momento los clímax pueden empezar a parecer poco naturales. Así, el tramo final me resultó bastante menos satisfactorio que el enérgico y turbador acto central, ya estaba un poco saturado de tanta secuencia sofocante y esperaba más hechos concretos, más explicaciones y soluciones más claras. De hecho, el propio Nolan afirmó que no podía alargar mucho el relato porque se podía romper el hechizo. A mí se me nubló en momentos puntuales aquí y allá, para empezar a disiparse claramente en el último acto. A pesar de los numerosos planos aéreos de la playa y el entorno no es fácil hacerse una idea del escenario. En ningún momento parece haber ni tan siquiera diez mil personas en la playa, no digamos ya los cuatrocientos mil citados; no queda claro dónde están los alemanes, ni si sólo los franceses están resistiendo en la ciudad mientras los británicos no hacen nada en la playa; apenas vemos un par de aviones solitarios, cuando en realidad atacaron muchos e iban en grupos de bombarderos con escolta; la explicación de por qué no hay más barcos militares se dice de refilón y puede que no te des cuenta y estés toda la película preguntándote los motivos; y salvo un par de planos donde se ve un puñado de barcos civiles no hay sensación de una evacuación desesperada a gran escala, al final dicen que han evacuado a todo el mundo y ya está.

Christopher Nolan, como viene siendo habitual en su llamativa filmografía, exprime y casi reinventa otro género más, ofreciendo una experiencia única y reavivando las esperanzas en que el cine contemporáneo todavía puede sorprender. Dunkerque una obra original, valiente y arriesgada como pocos autores se atreven tan siquiera a plantear hoy en día, una muy necesaria en una industria cada vez más autocomplaciente. De hecho, el estudio fue muy reticente con el proyecto, porque los protagonistas no eran heroicos estadounidenses, el argumento no parecía comercial, requería mucho dinero, etc. Vamos, que si no fuera porque Nolan está bien consagrado y amortizado, esta cinta no habría visto la luz, salvo quizá una versión llena de estereotipos y argumentos trilladísimos. Y el precio a pagar quizá ha sido el restringirla para mayores de trece años, es decir, no hay una gota de sangre, algo que se echa de menos en algunos momentos y contribuye a esa falta de visceralidad.

Pero también es indudable que es una película con fallas y limitaciones, que la fantasmada de considerarla su mejor trabajo y una obra maestra no hay manera de justificarla. Para obra maestra Interstellar. El Caballero Oscuro y Memento son claramente superiores. Y El truco final y Origen están a un nivel semejante, pero a mí en lo personal me gustaron más. Esta recepción desmedida es quizá un efecto secundario de este panorama rebosante de series clónicas y remakes sin alma: un estreno con personalidad pega más fuerte de lo que lo haría con una competencia de más nivel. Y también pienso que estamos chocando de nuevo ante la barrera conservadora de los medios: la ciencia-ficción y la fantasía se tratan como cine de segunda al lado del drama (en este caso bélico), y después de ignorarlo durante tanto tiempo parece que por fin han descubierto a este director. Apuesto a que se llevará multitud de premios después de haber pasado por alto un hito del calibre de Interstellar

En pocas palabras, Dunkerque no habrá dado de lleno en el blanco, pero ha apuntado más alto y ha llegado más lejos que gran parte del cine actual.

Hasta el último hombre


Hacksaw Ridge, 2016, EE.UU.
Género: Drama, bélico.
Duración: 139 min.
Dirección: Mel Gibson
Guion: Robert Schenkkan, Andrew Knight.
Actores: Andrew Garfield, Sam Worthington, Hugo Weaving, Vince Vaughn, Teresa Palmer.
Música: Rupert Gregson-Williams.

Valoración:
Lo mejor: La parte bélica es impresionante. Buenos actores secundarios.
Lo peor: Es un panfleto yanki descarado. Resulta simple, manipuladora y predecible.

* * * * * * * * *

Soy de los que prefieren separar la obra de un artista de su vida privada. Más que nada, porque te puedes llevar muchas malas sorpresas al descubrir cómo piensan algunos a pesar de que sus trabajos te hayan gustado mucho. Si su labor tiene un sesgo muy marcado, pues paso de ella y ya está. No voy a irme al lado opuesto y montar campañas para prohibirlas como hacen algunos, porque es lo mismo, fanatismo. Pero a veces es difícil hacer la vista gorda, porque alguna de sus mamarrachadas puede ser tan grave que provoque gran rechazo, o peor, directamente afecte a la vida de mucha gente. Mel Gibson de hecho la lio tanto que prácticamente acabó vetado en Hollywood. Es un ultraconservador, homófobo y antisemita de cuidado, y tuvo algunas salidas de tono muy gordas paralelas a una recaída en su alcoholismo, más una condena por conducir borracho (sin cárcel pero con libertad condicional muy vigilada), con lo que su carrera, muy pública y dependiente del apoyo del gremio, quedó truncada.

Tras un tiempo conveniente empezó a volver poco a poco, apareciendo como actor en algunos títulos menores y olvidados, y al final consiguió la confianza suficiente para tener financiación y distribución de una cinta dirigida por él. Y en este retorno ha tenido claro su objetivo: un título de los que gustan en Hollywood, que dé premios (tres nominaciones gordas a los Globos de Oro por lo pronto), y de paso que ensalce también su ideología, pues a pesar del desprestigio que le dio el berrinche también sabe que mucho de lo que defiende está en la onda del pensamiento general de Estados Unidos.

Así, Hasta el último hombre es el clásico relato del hombre contra el sistema, la fe que todo lo puede, y la loa patriótica, donde se habla de lo dura que es la guerra… pero para ensalzar al país como salvador del mundo, el único que tiene entereza moral y héroes dispuestos a sacrificarlo todo por los demás. Y como tal, es un filme de mirada estrecha y tendencia manipuladora, y por extensión no hay ni un solo momento en que no sea harto predecible. Cada personaje cumple un rol: el protagonista capaz e inquebrantable pero que es tomado por tonto por todos por ser diferente, la chica dócil y guapísima que acepta a ese hazmerreír, el sargento malvado y el matón que luego verán el valor del héroe, la pandilla definida con cuatro estereotipos… Tenemos la familia difícil, el romance fácil (en dos frases la conquista) tan pasteloso y forzado como el de Pearl Harbour, las escenas de rigor de rechazo en el ejército, la obvia lucha incansable que pone a prueba el sistema, el momento decisivo, y los perdones y adulaciones esperables.

Lo triste es que está basada en hechos reales, pero no hacen ni un amago de ofrecer un relato menos idealizado y maniqueo, un ensayo que abordara de forma más realista la situación de la época, la formación de personalidades según los entornos, el nacimiento de sentimientos religiosos y el fanatismo, las distintas posturas sobre la guerra, etc. Para la película las cosas son como son y punto, no hay un trasfondo complejo, y obviamente no hay análisis ni crítica.

Se hace una mitificación del héroe demasiado idílica. Incluso a pesar del tiempo que ocupa, el personaje carece de aristas, de evolución, de escenas que describan cómo llegó a ser quien es. La única visión a su pasado es para ensalzar sus virtudes: el padre era malo malísimo pero él supo sobreponerse. La chica y la boda no pintan nada en el relato, bastaba cumplir con algún flashback a modo de resumen si querían mencionar que estaba casado, porque al personaje y su historia no le aportan nada. Los incluye porque hay que cumplir con el estereotipo: el héroe patriota ha de ser completo, o sea, también padre de familia; por lo menos no cuelan niñitos monos. Es demasiado obvio el contraste entre la vida en el pueblo y la guerra: el ambiente en casa es agradable, luminoso, sacado directamente de un cuento (salvo por el padre borracho), la guerra es oscura, caótica, terrorífica, y con la muerte acechando en todo momento. Por supuesto, los japoneses son un ente indefinido, un mal a extirpar, mientras que el ejército yanqui está lleno de grandes líderes que ponen en forma a los jóvenes inmaduros pero prometedores, y una vez en guerra estos mueren como héroes o salen airosos por su superioridad ética y religiosa, en esa combinación ultraconservadora que casi parece decir “ganamos porque nuestro dios es el real”.

Y vamos a decirlo claramente: si hacemos caso a lo que nos han mostrado aquí, el protagonista era un fanático con un trastorno de la adolescencia (odia las armas por una pelea con su padre), y si acabó siendo un héroe fue por una conjunción de acontecimientos muy improbables. No quiero matar, pero me apunto a una guerra donde mis compañeros matan a decenas de personas y me voy a la batalla sin armas, poniendo en peligro a todo el pelotón al ser un lastre inútil. Si quería contribuir al país, pero no en el lado bélico, podía haber trabajado en fábricas que ayudaran en la crisis que dejó la guerra en casa: industria textil, alimenticia, automovilística… o, por hilar con la enfermería, el cuidado de los soldados que vuelven heridos. Ciertamente acaba metido a enfermero, pero ni siquiera nos muestran que estudie algo de enfermería en el entrenamiento. Es decir, con lo visto aquí me resulta un personaje tan irreal (sin profundidad ni motivaciones, casi una máquina) que no me lo creo. Hacía falta un relato más inteligente, profundo y sobre todo objetivo, es decir, con los pies en la tierra, para dar forma a una historia tan atípica e inesperada. Pero está claro que han cogido “el milagro” para vender ciertos ideales, y lo demás no importa.

La cinta se salva porque los autores ponen mucha pasión en lo que están contando y además Mel Gibson es un narrador de primer nivel y parece que su exilio no le ha afectado. El esfuerzo se agradece mucho en el mimo al detalle. Los diálogos son sorprendentemente ingeniosos para un guion tan superficial y previsible, y se nota mucho la mano de Gibson en la dirección de actores y el manejo de emociones a transmitir al público, con lo que se dota de algo de entidad a unos personajes en el fondo sin historia ni rumbo, o sea, puestos al servicio de la narración, y se saca algo de partido, aunque sea poco, hasta de las escenas más ñoñas. Así, la vida en el pueblo es demasiado de color de rosa, pero el protagonista cae bien sin muchos problemas y se sobrelleva mejor. El sargento está sacado con todo descaro de La chaqueta metálica (Stanley Kubrick, 1987), pero tiene pegada, y el pelotón está definido a base de clichés y anécdotas irrelevantes y superficiales, pero pasa el corte. En los actores destacan los excelentes papeles de Hugo Weaving (en un rol demasiado limitado consigue resultar verosímil) y Vince Vaughn (fantástico como el sargento cabrón), más el entusiasmo de Andrew Garfield, aunque anda todavía falto de experiencia y carisma.

Pero más que nada destaca la pericia del director con la acción. Apoyado en unos efectos de sonido y un montaje extraordinarios Gibson hace gala de un dominio narrativo de quitarse el sombrero. La batalla es una auténtica pesadilla, te ves envuelto una carnicería que resulta un espectáculo muy gratificante para los amantes del género, pero también un drama capaz de ponerte los pelos de punta. Lo único malo del acabado es la banda sonora de Rupert Gregson-Williams, pues básicamente coge composiciones previas y las pega aquí y allá una y otra vez sin mucho tacto, con lo que no hay una buena simbiosis entre música e imágenes y termina siendo molesta.

En resumen, tengo sensaciones encontradas. Por un lado, es un entretenimiento simpático en su tramo inicial, y se torna impresionante y acongojante cuando se pone serio. Por el otro, le pesa demasiado la sensación de que están metiéndote a la fuerza un mensaje y unos sentimientos concretos. Esto último no parece pesar en las críticas y el público, todo sea dicho; no hay más que ver cómo muchos se han creído que es una obra sobre el pacifismo, cuando es precisamente lo contrario: qué grande es nuestro país que hasta un pacifista puede ser un héroe militar que ayuda a la cruzada para salvar el mundo e imponer nuestro fantástico modelo de vida. Mel Gibson la ha colado pero bien.