El Criticón

Opinión de cine y música

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The Imitation Game (Descifrando Enigma)


The Imitation Game, 2014, EE.UU.
Género: Drama.
Duración: 114 min.
Dirección: Morten Tyldum.
Guion: Graham Moore, Andrew Hodges (novela).
Actores: Benedict Cumberbatch, Keira Knightley, Matthew Goode, Charles Dance, Mark Strong, Rory Kinnear.
Música: Alexandre Desplat.

Valoración:
Lo mejor: Algunos buenos actores. La magnífica banda sonora.
Lo peor: Falsea completamente la realidad para componer un trillado y manipulador relato de superación personal.
El título: Otra traducción absurda: poner el título original y al lado una traducción que no tiene nada que ver.

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Alan Turing (1912-1954) es uno de esos grandes genios de la ciencia bastante desconocidos por el público en detrimento de otros que se llevan todo el protagonismo. ¿Por qué Einstein, Newton y otros han contado siempre con tanta fama mientras los Tesla y Turing, igual de cruciales para la ciencia y el mundo moderno, y sin duda muchísimo más para el día a día del ciudadano, no cuentan con el reconocimiento merecido? La combinación de sesgo cultural, dominancia ideológica, medios poco implicados (antes también había revistas de divulgación y ciencia, ¿por qué no intentaban cambiar las cosas?) y programas escolares que no han corregido esas desviaciones han mantenido en la sombra a estas eminentes figuras. De hecho la imposición cultural occidental en algunos casos ha llegado a límites vergonzosos, como el endiosamiento de Thomas Edison (empresario que representa el ideal capitalista) a costa de ningunear a Nikola Tesla hasta el punto de atribuirle al primero inventos del segundo y de otros verdaderos científicos, como la electricidad apta para hogares, la bombilla… incluso la radio se le “robó” a Tesla durante décadas, con el cuento de Marconi. Hasta entrado el nuevo milenio, con Internet rompiendo todas las barreras del conocimiento, no se ha ido poniendo a cada uno en su lugar… pero me temo que la cosa va a trompicones y con pasos hacia atrás, como muestra esta fallida (o más bien retorcida) representación de la vida de Turing a modo de producto de consumo rápido dirigido a la masa descerebrada de espectadores. Al menos Internet está ahí para rebatir las mentiras y llegar a quienes quieren informarse mejor. Si es que por inventar se inventan hasta el nombre de la máquina.

Alan Turing es probablemente la figura más relevante en el nacimiento de las ciencias de la computación. Su genialidad con las matemáticas y la criptografía y sus tendencias filosóficas lo llevaron no sólo a crear los principios de la informática (algoritmos, máquinas precursoras de los ordenadores), sino también a predecir los ordenadores modernos y definir lo que sería la inteligencia artificial. Por si su lado científico no daba para una llamativa historia de genios y ciencia, su implicación en la Segunda Guerra Mundial como criptoanalista en el equipo que tuvo la difícil tarea de desentrañar la máquina Enigma de los alemanes ponía en bandeja la fascinante odisea de un héroe en un capítulo crucial de la guerra, un capítulo además secreto hasta hace poco, lo que le proporciona más intriga. Para rematar, sufrió la persecución homófoba de la época, teniendo un final de carrera y vida trágicos que podrían completar el relato analizando en qué fallamos a veces como sociedad y cómo podemos destruir la vida de ciudadanos de gran valor por prejuicios y modas culturales.

Pero en cambio dejan de lado la atractiva realidad, la vida Turing y otros individuos relacionados, y se montan una clásica historia de superación personal tal y como se entienden en Hollywood, es decir, de un bicho raro contra la adversidad, contra el hombre y contra el sistema. ¿Para qué demonios tomas un ejemplo real y lo deformas? Invéntate un personaje cualquiera, no mancilles el recuerdo y la Historia con tanta mentira. Resulta que Turing ya no es el gran trabajador en equipo y la persona simpática y amable que todas las biografías y artículos sobre él reconocen que era. Según Hollywood, un genio científico debe ser un tipo raro, solitario, arisco, con taras y tics, sean físicas o como en este caso mentales: lo convierten casi en autista o asperger. El militar que lidera el proyecto es reinventado también a villano de película infantil. De ser un experto en el campo investigado y quien puso a Turing inmediatamente a dirigir debido a su talento, se transforma en una mente cerrada que se obsesiona con ningunear a la versión ficticia de Turing en una relación de matón-pardillo de manual. Poner a cargo de un vital proyecto a alguien que no entiende lo que se hace y además es un patán… la incongruencia es monumental, pero qué más da, aquí se trata de llegar al espectador más tonto con los clichés más simplones.

Es tan bajo el nivel al que aspira la película que hay paridas demenciales, como ese compañero que pregunta varias veces qué hace la máquina que está ayudando a construir, en una burda excusa para explicar al espectador conceptos simples de forma directa. ¡Tú sabrás, que eres un experto y llevas meses configurando el chisme! Pero para colmo, a pesar de esos paréntesis cutres realmente no se explica casi nada de lo que están haciendo, sólo cosas superficiales: la máquina parece ser crucial, pero sólo sabemos que tiene muchos cables y ruedecitas. ¿Cómo funciona? Parece que por arte de magia: configuran tres conectores por detrás y resuelve los mensajes cifrados por Enigma así sin más. ¿No hay que meterle el propio mensaje cifrado ni nada? ¿Lo lee a distancia en la mesa donde está el papel con el texto? No falta tampoco esa otra manía persistente en Hollywood de que los hallazgos científicos no llegan por esfuerzo y tesón, sino por algo que te cae del cielo: el cansino momento eureka.

La aventura reúne todos los topicazos del género, pero se ve claramente que como referente principal usan Una mente maravillosa, a la que copian hasta escenas enteras (como el ligoteo). Tenemos el ya citado científico loco, un tipo huraño que como es esperable irá ganándose el respecto de sus colegas (risible el momento “Yo soy Espartaco”) a la vez que adquiere algo de humanidad, y cuyo genio derrotará a los intransigentes. Pasamos por el manido romance, que se presenta menos intenso que nunca porque el rol de Keira Knightley es totalmente hueco, pues al ser un simple complemento del protagonista no tiene entidad propia. Tragamos algunos mensajes trillados, como las chorradas obvias de trabajar en equipo, respetar a los diferentes, etc., pero se lleva la palma meter machismo donde no había: en el proyecto trabajaron cantidad de mujeres en tareas complejas de matemáticas y cifrado… lo machista es no reconocerlas y usar un rol femenino tan limitado para decir las tonterías de siempre. Soportamos el drama de postín con el sensacionalista sufrimiento del protagonista (atención a los flashbacks a la infancia) y con las imágenes de guerra metidas con calzador que supuestamente son desoladoras y lacrimógenas pero resultan manipulación emocional barata, cosa que empeora por su aspecto de videojuego.

Abusan tanto de recursos clásicos que llegan a caer en la más flagrante negligencia, como hacer que la historia sea narrada desde un punto del futuro del protagonista: queda ridículo ver a Turing contarle todos los secretos a un detective del tres al cuarto. A los autores ni les importa que el filme sea completamente inverosímil con tal de cumplir con los clichés. En esas escenas es imposible no pensar: “pues hijo, te has librado de la acusación de espía, pero te vas a comer la de alta traición”.

Pero también podemos hablar de cobardía. Ni una escena de Turing con un hombre, ni un simple beso. Le dan más relevancia al matrimonio de conveniencia, al romance con una fémina, para seguir cumpliendo con los clichés de Hollywood y el matrimonio tradicional de mujer fiel que lo cuide y complete, que a los intereses reales del personaje. ¿No es realmente hipócrita pretender narrar la caída en desgracia de Turing sin mostrar realmente a qué debe renunciar ni tan siquiera criticar la ignominia cometida con él?

Pensaba que este año no podía ver una película más torticera, artificiosa y manipuladora que Whiplash y El juez, pero me equivocaba. Sólo se puede rescatar el buen papel de Benedict Cumberbatch, ya consagrado como un valor seguro, aunque por el lado contrario se han desaprovechado un buen número de secundarios de calidad (Matthew Goode, Mark Strong, Charles Dance) en personajes arquetipos. Pero lo mejor es que sí deja algo para el recuerdo: otra espléndida banda sonora de Alexandre Desplat.

El hobbit: La desolación de Smaug


The Hobbit: The Desolation of Smaug, 2013, EE.UU.
Género: Aventuras, fantasía.
Duración: 161 min.
Dirección: Peter Jackson.
Guion: Peter Jackson, Fran Walsh, Philippa Boyens, J. R. R. Tolkien (novela).
Actores: Martin Freeman, Ian McKellen, Richard Armitage, Ken Stott, Luke Evans, Evangeline Lilly, Orlando Bloom, Lee Pace, Stephen Fry, Benedict Cumberbatch, Sylvester McCoy, Graham McTavish, William Kircher, James Nesbitt, Stephen Hunter, Dean O’Gorman, Aidan Turner, John Callen, Peter Hambleton, Jed Brophy, Mark Hadlow, Adam Browm.
Música: Howard Shore.

Valoración:
Lo mejor: Mejoras respecto a la anterior en ritmo y calidad. Buenos personajes. Algunos tramos llamativos. Todo el largo capítulo con Smaug.
Lo peor: Las salidas de tono de costumbre: recesos y subtramas intrascendentes y aburridas, escenas de acción ridículas.
Peores momentos: La aparición de los elfos. El romance. Los barriles por el río. Las pelas de elfos y orcos en Ciudad Lago.
Mejores momentos: El ataque de las arañas. Bardo. El duelo intelectual entre Smaug y Bilbo.
El plano: Smaug mirando el enano gigante de oro.
La frase:
1) Bueno… ladrón. Te huelo. Oigo tu respiración. Siento tu aire. ¿Dónde estás? -Smaug
2) ¿Venganza? ¿Venganza? ¡Yo te mostraré venganza! -Smaug.

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La segunda entrega de El hobbit mejora considerablemente el despropósito visto en la primera, Un viaje inesperado. No era difícil, se podría pensar, pero no olvidemos que esto es como una película larga partida en tres partes, todo viene del mismo guion y del mismo rodaje. ¿Entonces cómo es posible que haya tanta diferencia de calidad? Pues a estas alturas no sorprende, ya vimos en El Señor de los Anillos los altibajos que puede ofrecer Peter Jackson, fruto de sus pobres dotes como director y guionista y los cambios respecto al original.

La sorpresa que sí me he llevado es que el público y sobre todo la crítica muestran cierto cansancio en lo que llevamos de esta trilogía, empiezan a acusar la fórmula de Jackson y sus colaboradoras Fran Walsh y Philippa Boyens de estirar y dar rodeos innecesarios y no de saber narrar nada coherente. A mí la verdad es que me resulta incomprensible: no ha mejorado ni empeorado, sigue ofreciendo lo mismo que en El Señor de los Anillos, pero la trama y los personajes son lo suficientemente novedosos como para no saber a repetición descarada. No es objetivo decir ahora de repente son películas algo flojas, porque vienen siéndolo desde Las dos torres. Simple y llanamente, la moda está pasando.

En La desolación de Smaug volvemos a tener un guion superficial e incapaz de ir al grano, pero al contrario que en el capítulo precedente el ritmo es más fluido y el interés de la trama gana fuerza. Mostrar el objetivo del viaje al alcance de la mano es una buena ventaja, pero la mejora se debe sobre todo a que el camino ofrece aventuras con mayor cohesión y atractivo y los personajes principales son bastante sólidos. No nos libramos de recesos innecesarios, subtramas irrelevantes que ocupan mucho metraje y protagonismo mal repartido, pero las dos horas y cuarenta minutos ya no son insoportables, sólo excesivas: es inevitable pensar en lo que ganaría eliminando al menos cuarenta minutos y algunos secundarios cansinos. Y en lo innecesaria que será una versión extendida.

Bilbo gana enteros al no abusarse de sus vaivenes con el grupo, al no estirarse su indecisión (tiene dudas y problemas, pero son consecuentes y no forzados) y mostrarse bien la maduración a través de su determinación y coraje (atención al enfrentamiento dialéctico con el dragón). Los efectos del anillo también se materializan correctamente, casi mejor que con Frodo de hecho. Pero seguimos con el problema de que Martin Freeman a veces sobreactúa más de la cuenta, rompiendo en ocasiones la buena conexión que establece con el espectador gracias a su simpatía y carisma. No sé si es porque el director lo exige o porque no sabe frenarlo, pero el gesto de vacilación o asombro acompañado de los cansinos tics con las manos se repite demasiado. Con Richard Armitage como Thorin no tengo quejas, está inmenso. Entre su interpretación y el sólido dibujo del personaje (esta vez no hay salidas de tono chocantes) tenemos un protagonista oscuro y caótico muy atractivo. Los momentos en que la tensión e impaciencia empujan sus acciones contrastan muy bien (y sin perder credibilidad) con los instantes donde muestra sus dotes de liderazgo. Recordad mis quejas con Aragorn: ¿por qué se apuntaba a todas las aventuras, si incluso decía varias veces que no quería estar ahí? ¡Ojalá hubiera tenido la mitad de carisma que Thorin! En cuanto a los secundarios, hablo ellos en el resto del análisis, pero resumo diciendo que hay algunos grandes aciertos y algunos deslices notables. Por los primeros en conjunción con los dos excelentes protagonistas, desde mi punto de vista La desolación de Smaug se alza como la película con mejores personajes desde La Comunidad del Anillo.

El diseño artístico, los decorados, el vestuario, el maquillaje y la música (mejor que en la primera parte) están como siempre en un nivel entre notable y extraordinario. Los efectos especiales vuelven a deslumbrar tras resultar algo flojos en Un viaje inesperado (las panorámicas de las ciudades y el dragón son alucinantes), pero arrastran todavía algunas deficiencias. El problema viene siendo el habitual: la irregularidad de Peter Jackson como director. ¿Por qué la recreación digital de Smaug es más que impecable, resultando de hecho sobrecogedora, y los orcos digitales son flojos aun estando escondidos siempre en la oscuridad? Porque improvisó sobre la marcha, eliminando orcos que eran actores disfrazadas y poniendo en el último momento unos creados por ordenador, y con las prisas no pueden acabarse con el cuidado esperable. Así, seguimos viendo que con este clásico enemigo hemos retrocedido en vez de avanzar: con lo bien recreados que estaban en la trilogía de los anillos, y aquí dejan bastante que desear, sobre todo en las peleas. Me temo que en éstas sólo los primeros planos son rodados con actores (y eso cuando los hay, claro), y en cuanto la cámara se aleja un poco todo se convierte en digital, y el cambio es horrible, texturas y movimientos no pasan por reales.

Además, como se veía venir en el primer episodio, aparecen otras limitaciones si comparamos con El Señor de los Anillos. La extraña decisión de rodar algunas escenas de parajes naturales en decorados contrasta muy para mal con los excelentes paisajes elegidos. Por ejemplo, la escena que sigue al prólogo, con el grupo huyendo de los orcos, parece rodada en una cochera con cartón piedra y fondos falsos, resultando demasiado cutre. Y un nuevo tic explota por completo en esta entrega: el abuso de filigranas con la cámara para vacilar con el 3D aparece sólo en la recreación de algunos entornos (en Dol Guldur se ceba de lo lindo), pero en el resto del metraje parece que se olvida de que conoce esa técnica.

Fiel a su idea de tener un prólogo en cada película (todos efectivos menos el de Gollum en El retorno del rey), Jackson introduce la Piedra del Arca, que es esencial en los objetivos de los enanos, dando más peso e interés al viaje del grupo. Lo que no entiendo muy bien es el tema de Thrain, padre de Thorin: si está realmente vivo, si está actuando, o si se encuentra escondido acobardado. Si no explican más de este asunto en la tercera parte, quedará como un dato innecesario y confuso. Pero lo que sobra sin duda es el cameo de turno del dichoso director, que se empeña en aparecer en todas sus películas de forma que veas claramente que es él. ¿Tanto ego arrastra?

Tras la persecución de los orcos con la que acababa Un viaje inesperado enlazamos con Beorn. Mantener este personaje totalmente innecesario sirve como excusa para librarse de la cacería, pero pensando en ello te das cuenta de que esta escena de acción fue sólo una excusa para acabar la anterior película con un clímax. ¿No había suficiente con los trasgos de las cuevas y la salida por los pelos? Así, se van veinte minutos en la más absoluta nada. Resumir, sintetizar, ir al grano… para qué, si la idea es precisamente hacer una película innecesariamente larga. Al menos, dentro de lo que cabe, este tramo no sale tan mal parado. Eso sí, tiene sus tonterías: Beorn es capaz de sobrevivir como el último de su especie pero es tan inútil que no logra quitarse un grillete de la muñeca después de tantos años. Más bien es que Jackson se empeña en recalcar visualmente algo obvio, cayendo en una inverosimilitud.

Llegamos al Bosque Negro, y aunque la cosa empieza mal con esa llamada telepática entre Gandalf y Galadriel, esta tenebrosa sección resulta bastante interesante. El ritmo es bueno, la atmósfera de suspense y agobio se logra sin problemas, la sensación de que están perdidos y sin salida es palpable, la escena de Bilbo asomándose por la cresta de los árboles es bonita y la lucha con las arañas resulta bastante espectacular y no abusa de gilipolleces exageradas. Pero llegan los elfos y lo estropean todo. Entonces volvemos a presenciar un videojuego, no una película. Piruetas ridículas, movimientos imposibles, exageración absurda sin límites… La falta de credibilidad y comedimiento echa por tierra toda la escena, hasta parecer una comedia estúpida.

La elfa Tauriel resulta de primeras una protagonista secundaria interesante que presenta una historia prometedora, pues describe un conflicto entre los elfos abiertos al mundo y los conservadores, como el rey Thranduil, algo que es de suponer que en el tercer capítulo se desarrollará más, hasta que el monarca decida actuar ayudando a hombres y enanos. Pero su dibujo abusa de viejos clichés: ooh, te gusta Legolas, pero no puedes estar con él porque es el príncipe, ¡qué original y profundo!. Y la actriz Evangeline Lilly está bastante sobreactuada, realzando los gestos y reacciones de forma que queda todo vergonzosamente obvio. Y termina de hundirse cuando nos muestra la otra cara de su historia, una parida sin nombre donde no logro discernir si se trata de humor malogrado o Jackson iba en serio: el romance con el enano Kili. ¿Esto es zoofilia o pederastia? Esta subtrama lastimera, con diálogos sonrojantes y excesivamente larga, lastra la película entera: luego se va a buscarlo a Ciudad Lago, lo cura, se pelea por él con los orcos… Y promete torturarnos más en la siguiente entrega.

Y para colmo no viene sola, pues va acompañada por Legolas, al que también le ponen su ración de escenas innecesarias con las eternas y rebuscadas luchas con los orcos, incluido un anodino pique personal. ¿Para qué sirve todo esto? ¿Qué aporta a la película? Minutos y minutos desperdiciados. Otra gran pregunta es relativa al nuevo superpoder de Legolas: tiene ojos refulgentes, brillantes o fluorescentes, aunque no parecen tener utilidad y es algo que por lo visto pierde de aquí a los eventos de El Señor de los Anillos. También me pregunto cómo puede haber un destacamento de orcos corriendo y luchando por la ciudad y que nadie se entere.

La presentación del rey elfo tiene otra escenita surrealista: ese primerísimo plano a sus horribles cejas negras… ¿pero esto es serio o no? Y que me aspen si entiendo lo que le pasa en la cara. ¿El dragón le quemó y se lo oculta con un maquillaje holográfico? ¡Pobrecito, tiene heridas que nadie salvo él ve! Otra cuestión intrigante es por qué los elfos viven en una gran cueva, como los orcos y los enanos. Además, el diseño pretenderá ser espectacular, pero no parece muy útil: muchas pasarelas y columnas… ¿pero hay zonas habitables?

Por suerte, en el cautiverio de los enanos por parte de los elfos los protagonistas mantienen el tipo. Bilbo actúa con determinación, una palabra que Jackson parecía desconocer, y la disputa entre Thorin y Thranduil describe dos roles ariscos, obstinados, cabezones e irreconciliables bastante interesantes. Balin vuelve a ser el único secundario del grupo con atractivo: su posición de viejo sabio es predecible pero efectiva. Resulta estupendo el gesto de lamentación cuando ve cómo Thorin echa por tierra las esperanzas de negociar con los elfos. Pero me temo que en seguida dejamos de lado los personajes para irnos en pos de otro aborto visual y narrativo. La escena de los barriles es del nivel de las andanzas por las cuevas de los trasgos. Inverosímil, exagerada, absurda, estúpida, larguísima… Esos barriles que flotan en una posición imposible, esas peleas con coreografías infantiles y dignas de un videojuego malo (el triple hit combo del enano gordo es de un ridículo que espanta), esas tonterías ilógicas (usar el arco como arma de corta distancia)… Toda la eterna escena resulta in-fu-ma-ble.

Menos mal que tras ese dislate enlazamos con otra buena sección. Bardo es una gran sorpresa, y la estancia en Ciudad Lago está muy lograda. El casting ha acertado de lleno con un actor tremendamente carismático, pues Luke Evans está impecable en todo momento. Y el guion no anda mal encaminado en su dibujo. Rebelde, luchador, inteligente… todo eso se ve en cada una de sus acciones. No falla tampoco la aparición del Señor de la ciudad, un dirigente alejado del pueblo, pagado de sí mismo y cegado por la ambición que quizá no sorprenda pero que está bien construido. Su lugarteniente, una versión de Lengua de Serpiente, tampoco está mal: es un secundario cliché, el típico tío baboso que sólo sirve para poner en apuros a los protagonistas, pero no cae a límites vergonzosos. Así, este segmento central se sostiene bien en un grupo de caracteres sencillos pero sólidos y con atractivo suficiente para mantener la expectación. Le dan una somanta de palos al indeciso y hueco de Theoden, su comparación más obvia, quien tantos minutos ocupaba sin transmitir absolutamente nada.

La introducción a la historia de la lucha contra el dragón es efectiva, se entiende qué ocurrió y queda clara la influencia de esos hechos hasta llegar a la historia personal de Bardo. La salida de los enanos del lugar está bien trabajada: las disputas entre el Señor, Thorin y Bardo tienen diálogos de calidad impropios de Peter Jackson. Se enlaza rápido con la montaña, aunque la entrada a la misma podría haberse resumido un poco, que de tanto estirar la intriga termina perdiendo fuelle. También cabe señalar que hay un momento bastante fallido, uno de esos instantes forzados para dar protagonismo a algún personaje por encima de los demás, que como ya he comentado, este realizador sólo sabe conseguirlo denigrando a otros protagonistas. Bilbo encuentra el acceso a la puerta. “Tiene una vista aguda, señor Bolsón”, le felicitan. Resulta que nadie más ha sido capaz de ver el enano de piedra de cincuenta metros que tenían delante hasta que él lo ha señalado. Penoso.

Pero antes de meternos con el dragón no hay que olvidar a Gandalf. No me parece mal incluir el tema del Nigromante, era la mejor forma de alargar la historia, porque a fin de cuentas también fue escrito por Tolkien, aunque fuese como anexo a la novela. El problema es que, aun sin ser una sección fallida, le falta algo de garra y definición. El mago se va no se sabe dónde a buscar pruebas del retorno de conocidos seres malvados. Empieza por el Rey Brujo, el líder de los Nueve Jinetes Negros que conocimos en El Señor de los Anillos, fieles sirvientes de Sauron. Como no está en su tumba deduce que ha sido llamado por su Señor. Aquí surgen preguntas obvias: dónde, cómo y por qué estaba enterrado, si sabían que no estaba muerto o podía resucitar, cómo ocurre y quién lo hace… Luego se va a Dol Guldur… Por qué no ha ido directamente si todas las sospechas apuntaban en esa dirección, cabe preguntarse también. Allí ve orcos y lucha contra el Nigromante, y este se revela como Sauron en una escena que tampoco se entiende muy bien qué pretende decir. Está claro que Jackson estaba atado con su estúpido “no tiene forma pero tiene forma de Ojo”, pozo que se cavó él solito en la trilogía de los anillos. Ahora tiene que salir un Nigromante, pero sale un humo… no, un ojo, no, Sauron… Bueno, todo a la vez. Da igual, el público no se cuestiona nada hoy en día. Y no es la única incongruencia de esta sección: Gandalf envía a Radagast y su nido con un mensaje para Galadriel. ¿Y por qué no se comunica telepáticamente como ha hecho antes en esta y la anterior películas? Porque Jackson tiene que incluir a Radagast pero a la vez quiere que Gandalf entre solo… Vamos, que se lía y lo apaña como puede. Finalmente, Gandalf queda preso del enemigo, algo que no causa mucha desazón porque sabemos que saldrá airoso. Después de tantos minutos, esta sección apenas deja huella, aunque que tampoco da asquito. Sólo espero que haya servido para sentar las bases de una buena trama de cara al último capítulo.

Por fin entramos a la Montaña Solitaria, y este tramo es lo mejor que ha dado la saga desde La Comunidad del Anillo. Aunque por desgracia cuenta con los fallos y excesos habituales, claro. La primera escena es para enmarcar. Los enanos ven su objetivo al alcance la mano, pero el miedo y la tensión están a flor de piel. Los gestos y diálogos, en especial los de Thorin y Balin al ver las inscripciones y el pasillo de entrada… Ufff, pone los pelos de punta ver tanta emoción contenida. No sé si es porque un material tan potente como el que tiene entre manos ha sido capaz cobrar vida y resistir e incluso superar la incompetencia habitual del realizador o porque es bipolar, pero el caso es que la escena es puro Tolkien. ¡Cuántos minutos y horas de películas sin que recordara a su obra! Cuando conocemos a Smaug tenemos a esos dos Peter Jackson en cruenta lucha por ver cuál emerge. A primera vista destaca el megalómano empeñado en poner montañas imposibles de monedas en un plano que se va abriendo hasta provocar carcajadas, el que desbarra con más pasarelas y columnas absurdamente grandes y disfruta derribándolas en una concepción desmedida e ilógica de las escenas de acción, abusando del estilo de videojuego de plataformas hasta provocar vergüenza ajena, rematándolo todo con tonterías inverosímiles (Thorin navegando por un río de oro sobre una carretilla) e incongruencias cantosas (el dragón que se hunde en una zona donde acabamos de ver que apenas le cubre una garra).

Pero también aparece el Jackson inesperadamente fiel a Tolkien e inspirado. Asistimos a un estupendo clímax que se ha trabajado con esmero desde el guion a través de diálogos, posicionamiento de personajes y paciencia para encontrar el tempo narrativo correcto, donde se mantiene la intriga y expectación sin recurrir a trucos visuales baratos y exagerados. En resumen, Smaug es una maravilla. El duelo intelectual con Bilbo está lleno de ingenio y grandes frases, la narración fluye con calma y seguridad, forjando una tensión e intensidad crecientes. Entran los enanos en acción, con Thorin casi cegado de ansias y deseos, y todo explota en una montaña rusa de acción donde el megalómano sigue obsesionado con forzar las cosas, pero donde todavía quedan retazos de sabiduría. La estrategia de reactivar la forja es excelente, y deja ver el plan de los enanos sin que por una ver el director remarque todo como si pensara que somos tan cortitos que no lo vamos a entender. La lucha pasa por diversas fases, y sí, algunas de videojuego, pero otras de gran espectacularidad. El enano de oro aparece ante Smaug regalando un plano fantástico con una pizca de humor genial: el careto del dragón es impagable. También está hábil Jackson encontrando una buena excusa para que el dragón salga a pagar su rabia con Ciudad Lago. La película acaba con un subidón de infarto y un desenlace abierto muy emocionante.

Esas grandes escenas sueltas, esos personajes con destellos de calidad y cierta profundidad y ese dragón inmejorable muestran que había en La desolación de Smaug una base más que suficiente para lograr una notable película de aventuras. Pero estamos en manos de Peter Jackson, y no sorprende que todo sea desvirtuado, desaprovechado, deformado en una narración tosca llena de memeces incomprensibles. Después de las nefastas El retorno del rey y Un viaje inesperado sólo podía echar pestes sobre su obra y fingir que no existía, pero esta entrega vuelve a recordarme las maravillas que podríamos haber visto en manos de un artífice inteligente, comedido, profesional, inspirado…

EL SEÑOR DE LOS ANILLOS
La Comunidad del Anillo (2001)
Las dos torres (2002)
El retorno del rey (2003)
EL HOBBIT
Un viaje inesperado (2012)
-> La desolación de Smaug (2013)
La batalla de los cinco ejércitos (2014)

12 años de esclavitud


12 Years a Slave, 2013, EE.UU.
Género: Drama, histórico.
Duración: 134 min.
Dirección: Steve McQueen.
Guion: John Ridley.
Actores: Chiwetel Ejiofor, Michael Fassbender, Lupita Nyong’o, Benedict Cumberbatch, Paul Dano, Paul Giamatti, Bradd Pitt.
Música: Hans Zimmer.

Valoración:
Lo mejor: Una aventura bastante variada, con buen ritmo, buena ambientación y buenos actores.
Lo peor: Nunca es realmente intensa, rompedora o excelente como para merecer tantas alabanzas.

* * * * * * * * *

En el funesto capítulo de la esclavitud no conocía el caso narrado en la película: negros viviendo libres en ciudades progresistas que eran secuestrados y llevados al sur por los miserables racistas que abundan en la sociedad. Pero es un punto de partida que no conduce a nada nuevo, pues aunque es cierto que con un tema tan antiguo no se puede ser realmente original, lo que el guion de John Ridley propone parece más un compendio de anécdotas que un relato que busque ser distintivo. A través del viaje del protagonista se resumen distintas formas de esclavitud: el amo bondadoso pero que no mueve un dedo por cambiar la situación (Benedict Cumberbatch), el tirano podrido por dentro que paga su frustración con los esclavos (Michael Fassbender), y finalmente el que sí se arriesga a luchar contra las injusticias, aunque sea tímidamente (Brad Pitt). Entre medio se sueltan detalles de diversa índole pero ninguno novedoso: ahorcamientos, la dificultad de las fugas, violaciones, detalles sobre el trabajo (unos pocos eficaces, como el de la cantidad de algodón recogida, otros rutinarios y aburridos) y personajes secundarios que no logran transmitir mucho.

Tampoco esperéis algo como La lista de Schindler, una obra contundente que te desgarra por dentro por su realismo y crudeza. Aquí se opta más por las clásicas fórmulas de Hollywood, como el héroe contra un mundo de injusticias, el melodrama sencillo que conmueva a los de lágrima fácil pero sin llegar a perturbar a nadie, los mensajes machacados continuamente… Un inciso debo hacer aquí, antes de que alguien se asombre: no digo que la película sea blanda, pero ni aun teniendo un par de escenas duras se puede llegar al extremo que venden los medios de “dos horas de tormento”. La mayor parte de la odisea es poco intensa y no transmite peligro real sobre la integridad física o incluso la vida del protagonista, el relato es más una aventura que un drama trágico de grandes proporciones.

Por suerte no llega a ser maniquea y manipuladora como otras estrenadas recientemente que también tuvieron el beneplácito de la crítica, como Dallas Buyers Club o El mayordomo. 12 años de esclavitud, aun sin llegar nunca a deslumbrar, ofrece una odisea más creíble. El repaso a la historia no por superficial es menos efectivo. El ritmo es bueno, pues pasa de una aventura a otra a toda velocidad, y aunque no saque partido de muchas de ellas no da tiempo a pararse a pensar en ello hasta que termina la proyección y te das cuenta de que no recuerdas nada realmente impactante. También podría señalar que, aun resultando simpático, el personaje central, Solomon, no es de altos vuelos. Apenas hace algo de mención, se tira doce años resignado, con poca evolución, escasa lucha interna y ninguna escena épica que deje un personaje para el recuerdo, tipo el rol de Steve McQueen (el actor, no el director de esta cinta) en La gran evasión.

La puesta en escena resulta correcta pero tampoco tan maravillosa como anuncian: Steve McQueen (esta vez sí hablo del realizador) a veces fuerza demasiado algunos encuadres, como si vacilara (aunque está más comedido que en Shame), pero también captura bastante bien la naturaleza y la vida del sur de EE.UU. El reparto convence, pero no como para las alabanzas que también se ha llevado. Fassbender presenta un personajillo inquietante, pero no destaca comparado con el resto de sus papeles anteriores, y Chiwetel Ejiofor está bastante resuelto, pero nada más. La chica que copa los medios, Lupita Nyong’o… pues vuelvo al comentario anterior: mientras escribo esto apenas recuerdo su personaje e interpretación, simplemente cumplió sin más. ¿Darle el Oscar? Menuda broma.

Los medios y la dichosa Academia se han flipado de lo lindo con esta película. Siempre la misma tontería: no merecía ni siquiera las nominaciones, salvo la de vestuario. El año que viene nadie hablará ya de ella, como ocurrió con Una mente maravillosa, Argo, En tierra hostil y otras tantas cintas mediáticas pero de calidad menor e impacto a largo plazo escaso.

Por culpa de tratar de frenar tantas alabanzas desmedidas casi me sale una crítica negativa. No es mi intención. La película es buena en todos sus elementos y el conjunto final da para un visionado satisfactorio, pero tanto empeño por llamarla obra maestra juega mucho en su contra, porque verla y encontrarse con que dista muchíiiiiiisimo de serlo puede decepcionar aunque no lo merezca.

Por cierto, lamentable que para una vez en muchos años que Hans Zimmer se curra un banda sonora que se sale de su rutina y se adapta muy bien a las imágenes no la saquen a la venta pero sí nos cuelen un disco que recopila canciones que no tienen que ver con la cinta pero se vende con el nombre de la misma.

Star Trek: En la oscuridad


Star Trek: Into Darkness, 2013, EE.UU.
Género: Acción, ciencia-ficción.
Duración: 132 min.
Dirección: J. J. Abrams.
Guion: Roberto Orci, Alex Kurtzman, Damon Lindelof.
Actores: Chris Pine, Zachary Quinto, Zoe Saldana, Karl Urban, Simon Pegg, John Cho, Benedict Cumberbatch, Anton Yelchin, Bruce Greenwood, Peter Weller, Alice Eve.
Música: Michael Giacchino.

Valoración:
Lo mejor: Cierto esfuerzo con los personajes y la trama, amén de recuperar algo de la esencia de la saga.
Lo peor: El tramo final deja de lado el guion y resulta un desastre.

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Quitando un prólogo demasiado aparatoso, la película empieza y avanza francamente bien. El dibujo de los personajes ha ganado enteros respecto al primer episodio, y algunos resultan bastante interesantes. Aunque Kirk sigue siendo un niñato chulo e impresentable poco creíble para lo alto que llega, al menos sus motivaciones se exponen mejor. Spock y sus relaciones con Kirk, Uhura y el entorno (sociedad y situaciones) ofrecen conflictos bastante atractivos. Con la aparición del villano principal se redondea la cosa: un enemigo de altos vuelos, atractivo, temible, que ofrece correctos enfrentamientos con los protagonistas y alrededor del que gira una historia algo llamativa y con suficiente consistencia. Además, se puede hallar algo de lo que carecía la primera entrega: el alma de la saga Star Trek. Tenemos varios dilemas morales y de responsabilidad clásicos (los límites de la Federación y la rigidez de las normas son puestos a prueba, se analiza cómo abordar situaciones desconocidas para la humanidad sin dejar de ser humanos), y el trío mítico (Spock-Kirk-McCoy) ya son mínimamente reconocibles como tales, aunque al segundo le falte todavía mucho nivel.

Aun manteniendo algunos tics (destellos, lucecitas, cámaras inclinadas), J. J. Abrams ha madurado un poco, ganando en equilibrio narrativo: la proyección resulta trepidante, a veces incluso emocionante (algo cada vez menos común en el cine de acción), y hasta las escenas más aparatosas resultan inteligibles. Además, los efectos especiales son impecables y los decorados han mejorado: por fin vemos algo más que el puente de la Enterprise, y la recreación de la Tierra convence. La banda sonora es rutinaria pero efectiva, aunque vuelvo a decir que de Michael Giacchino y del género (la ciencia-ficción permite dar rienda suelta a la imaginación) esperaba otra vez mucho más: no está a la altura del resto de la saga, ni es una gran composición de acción. Los actores, de nuevo irregulares, pero viendo algunas trayectorias cabe pensar que fallan por culpa del tono de relato. Scotty y Chekov son paridas insoportables y sus intérpretes (Simon Pegg y Anton Yelchin respectivamente) sobreactúan como piden los personajes. Chris Pine (Kirk) queda por ver si podría sacar más un rol más jugoso. Zachary Quinto (Spock) es difícil de catalogar, porque debe resultar inexpresivo, y el actor ha dado papeles horribles (Heroes) y sorprendentes (American Horror Story). Karl Urban (McCoy) está estupendo allá por donde va. Zoe Saldana (Uhura) está muy intensa en sus pocas pero cruciales apariciones. Y Benedict Cumberbatch está muy bien: carisma, porte y voz vienen de serie, pero cuando debe mostrar emociones acierta de lleno, pues el personaje resulta creíble como terrorista inteligente pero lleno de ira contenida.

En principio estamos ante una aventura que tiene ritmo, resulta entretenida y vistosa y muestra personajes sencillos pero con la suficiente solidez y atractivo, no como en el primer episodio, donde no había absolutamente nada de guion tras las imágenes y el resultado era un videoclip sin contenido ni sentido, un galimatías de escena de acción estúpida tras otra. Por desgracia, cuando la narración se lanza hacia su desenlace todo lo que había medio bueno desaparece por completo y volvemos a esos fatídicos errores. El guion se deja de lado, sólo queda un inconexo batiburrillo de escenas ruidosas donde la consistencia, verosimilitud e interés se diluyen para dar paso a una parida que se queda a poca distancia de resultar ridícula. Las incongruencias, inverosimilitudes, agujeros de guion y fantasmadas absurdas se agolpan una detrás de otra hasta dejar irreconocible lo que veníamos viendo. Es difícil nombrar todos los elementos del desastre, pero allá van algunos:

Pelean al lado de la Tierra… y nadie se entera, nadie los detecta, no llegan naves en auxilio de los implicados y en defensa del planeta. Scotty se cuela en un base secreta por la entrada principal y llega a la sala de máquinas y la sabotea sin que nadie se percate de su presencia (tampoco aquí funcionan los sistemas de detección de naves, por lo que parece: ¿cómo podrían evitar un ataque entonces?). El Enterprise, sin energía, de repente cae hacia la Tierra, aunque no parece estar tan cerca como para que adquiera tanta velocidad; pero lo absurdo de esto último es que a pesar de estar en caída libre y con la gravedad artificial fallando, los tripulantes caen y son lanzados hacia diversos sitios (de forma aleatoria según convenga a la forzada y falsa espectacularidad de la escena) en vez de flotar libremente. Convertir al Enterprise en una nave con capacidad atmosférica ¡e incluso submarina! es otro error salido de buscar escenitas sensacionalistas: no resulta verosímil ni lógico (joder, toda la cubierta resultan ser motores para poder sostenerla en el aire… aunque no dicen cómo navega bajo el agua). La salida al espacio por la exclusa, con una aceleración totalmente irreal, de imposible resulta sencillamente intragable. Resolver el duelo contra el villano como si de un juego de plataformas se tratase, emulando los peores momentos de las precuelas Star Wars (ya sabemos por qué han elegido a J. J. para estirar el legado de George Lucas), es un cierre penoso. Khan resulta un buen enemigo, pero el almirante traidor es de risa, un arquetipo tan endeble que termina de afear la poca trama que queda.

Nada salvable hay en el tramo final de la película, y recuerda otra vez (una por cada producción en la que se embarca: Alias, Perdidos, Monstruoso, Super 8…) que J. J. es un gran amigo de los fuegos artificiales pero incapaz de rematar bien una historia, de poner el guion por encima del sensacionalismo visual. Mal porvenir hay para Star Wars, porque Star Trek ya es insalvable salvo que otros autores retomen las series clásicas con su espíritu, personajes y calidad intactos.

Star Trek (2009):
Star Trek (2009)
-> Star Trek: En la oscuridad (2013)
Star Trek: Más allá (2016)