El Criticón

Opinión de cine y música

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Los Increíbles 2


The Incredibles 2, 2018, EE.UU.
Género: Aventuras, superhéroes, comedia.
Duración: 118 min.
Dirección: Brad Bird.
Guion: Brad Bird.
Actores: Craig T. Nelson, Holly Hunter, Sarah Vowell, Huck Miller, Catherine Keener, Bob Odenkirk, Samuel L. Jackson.
Música: Michael Giacchino.

Valoración:
Lo mejor: Entretiene. La mejora en la recreación de las ciudades es notable.
Lo peor: Es una repetición paso por paso de la primera parte, con más estereotipos, más giros facilones, más agujeros de guion, y un galimatías ideológico mayor.

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Es alucinante las pocas ganas que han puesto en la secuela, o dicho de otra forma, es descarado que han ido a hacer caja repitiendo lo que dio buenos resultados hace catorce años. Es decir, que es un remake, no una secuela. Y de una cinta que ya iba justa en calidad. Pero al público no le importó entonces y no le ha importado ahora, porque el éxito de esta jugada ha sido extraordinario, recaudando mil doscientos millones de dólares en todo el mundo.

Acabamos la primera entrega con la familia unida y la sociedad a punto de aceptar a los héroes de nuevo. Yo esperaba que hubieran pasado esos catorce años, con los niños crecidos y una nueva historia en un mundo que ha cambiado, pero empezamos en ese punto para de repente deshacer todo lo andado en el prólogo y en adelante repetir la misma historia y el mismo viaje de los personajes casi paso por paso.

Lo único que cambia es la presencia prominente del empresario que los ayuda, pues en el episodio anterior iban más por libre. Pero el enemigo, la confrontación, la unión gradual de la familia y el cambio en la sociedad son calcados. El villano ahora es mujer, pero es la misma figura: una genio con la tecnología resentida porque los héroes no estuvieron ahí para ella de chica, y se monta una intriga de supervillano de James Bond para humillarlos. Los escenarios donde desarrollar la aceptación a sí mismos y reforzar los lazos familiares son prácticamente los mismos. Tan escasa es la imaginación que tenemos otra vez carreras en monorraíl, la guarida del malo, la visita a Edna… Por cierto, en la primera parte se reían del tópico del villano que relata su plan al bueno en vez de aniquilarlo inmediatamente, dándole tiempo así para escapar y una ventaja luego, pero aquí caen en el cliché con todo, sin darles vergüenza alguna.

La animación ha mejorado, obviamente, ofreciendo planos de la ciudad impresionantes, y por el lado contrario, por suerte han mantenido la estética de los personajes, sin actualizar con detalles innecesarios. En cambio, esta vez la música de Michael Giacchino está menos inspirada, le falta pasión.

Sus bazas son de nuevo la simpatía que despierta la familia, a pesar de que cada figura es un estereotipo bien ramplón, y la velocidad con que se desarrollan los acontecimientos. Con ello la cinta resultante es sin duda es entretenida, pero le sigue pesando la forma de parodia poco imaginativa y poco meditada en el contenido (en seguida me extiendo), y ahora se agravan sus carencias con la sensación de que todo está visto y se cuida menos la coherencia y las formas. De esta manera, el desgaste va haciendo mella, y para cuando estalla la confrontación final en el barco estaba bastante desconectado: es la cuarta escena en que tienen que evitar que un vehículo se estrelle (taladradora, monorraíl, avión y barco), y la dejadez se hace patente con una serie de agujeros de guion tan evidentes que me hicieron torcer el gesto: sabiendo de antemano lo de las gafas, ¿de verdad no se le ocurre a los niños quitárselas a sus contrincantes? La chica invisible y el niño híper rápido lo tenían bien fácil, pero incluso con gente derrotada a sus pies no se las quitan, así que pasan de resueltos e inteligentes a estúpidos, todo por alargar el clímax con infinidad de enfrentamientos repetitivos.

Mención aparte merece el subtexto, el mensaje, más marcado y confuso que en la primera parte y que ha dado a un mayor número de análisis y quejas. De primeras parece que pretenden una loa al feminismo, como para estar en la onda actual, y algunos lo han defendido mientras otros critican que sea tan evidente… Pero a mí me resulta muy extraño. O es una chapuza enorme, o han pretendido exactamente lo contrario, un intento de ridiculizar y anular el mensaje.

Lo machacón y lo burdo priman sobre lo sutil. Toda la doctrina feminista se construye a base de reírse de la figura del hombre con tópicos muy rancios: el marido relegado en las misiones porque es un bruto y las mujeres son más delicadas y la patética representación del padre torpe en casa parecen un chiste salido de madre más que una enseñanza bien expuesta. Y conforme avanza la proyección empieza a crecer la sensación de que se busca ridiculizar el feminismo: los diálogos entre las dos mujeres protagonistas resultan tan engreídos que en vez de realzar su inteligencia las convierte en narcisistas e irresponsables, por abrazar el placer inmediado dejando de lado sus obligaciones. Al terminar, al menos para mí, queda claro que no se busca normalizar que ella trabaje fuera y él en casa, pues se reincide en que es un parche temporal, una tediosa y humillante obligación para uno y una forma de escape para la otra hasta que se arregle la situación y puedan volver “a la normalidad”. Pero por si todavía había dudas del tono conservador, se les ve el plumero a lo grande cuando sale a la palestra la defensa del capitalismo ultraliberal, con el empresario millonario que con una moral superior a la de la plebe y al incompetente estado es quien salva el país, mientras que su hermana, moderna y reivindicativa (de pelo corto y con una colega de pelo azul, y atención a sus ojos de fumeta), es una resentida convertida en terrorista que usa los medios como arma de manipulación y quiere derribar el sistema.

Lejos de la nueva obra maestra que se empeñan en ver algunos, Los Increíbles 2 está más bien cerca de resultar un despropósito, y su mensaje, sea por malogrado o por obtuso, resulta chocante.

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Sicario: El día del soldado


Sicario: Day of the Soldad, 2018, EE.UU.
Género: Suspense, acción.
Duración: 122 min.
Dirección: Stefano Sollima.
Guion: Taylor Sheridan.
Actores: Josh Brolin, Benicio del Toro, Isabella Moner, Catherine Keener, Manuel García-Rulfo, Jeffrey Donovan, Shea Whigham, Mathew Modine. Bruno Bichir, David Catañeda.
Música: Hildur Guðnadóttir.

Valoración:
Lo mejor: Más consistente en el argumento y con personajes mejor desarrollados.
Lo peor: Pero algo menos impactante en lo audiovisual. También tira de sensacionalismo más de la cuenta.
Mejores momentos: El tiroteo al convoy.

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Sicario fue una rara avis, un thriller adulto en una época en que estos brillan por su ausencia, pues las majors no se atreven a hacerlos, ya ni para las campañas de premios, que centran en gestas de superación personal y dramas de época prefabricados, y menos en una taquilla que esas mismas compañías han saturado de series clónicas, remakes y adaptaciones en su mayoría sin alma y destinadas para todo el rango de público posible. Pero más raro fue que tuviera éxito (teniendo en cuenta su categoría y presupuesto, fue bastante rentable) y cosechara tan buenas críticas. Porque objetivamente no era para tanto, así que su impacto obedece más a su estilo visual tan potente y a la ausencia de propuestas del estilo.

No tardó en hablarse de una secuela centrada en el personaje de Benicio del Toro, aunque al final también han contado con Josh Brolin como coprotagonista. Aunque el guion corre a cuenta de Taylor Sheridan de nuevo (entre medio escribió la estupenda Comanchería), el director Denis Villeneuve no se interesó por el proyecto y este recayó en el italiano Stefano Sollima, que inicia su andadura internacional en cines tras dejar huella en media Europa con las reconocidas series Roma criminal (2008) y Gomorra (2014). Quien no repite, debido a su inesperado y trágico fallecimiento, es el músico Jóhann Jóhannsson; lo sustituye su colaborador, Hildur Guðnadóttir, con una partitura efectiva pero no impresionante.

El estilo, el escenario, el ambiente son los mismos, y el argumento tiene bastante puntos en común, así que es evidente que no han querido correr riesgos. Pero también se esfuerzan para que no deje la sensación de ser una facilona repetición de la jugada. Tenemos una incursión en caravana a Méjico que acojona y acaba con otro tiroteo sobrecogedor, pero a partir de ahí la historia que viven los personajes principales es más variada. Ya no pueden sorprendernos con un complot de la CIA (que dicho sea de paso, tampoco lo hacía entonces, por previsible), así que lo que hacen es ponernos ante un plan que sale mal, de forma que Alejandro (Del Toro) acaba perdido entre fronteras y cárteles sobreviviendo con una chiquilla secuestrada (Isabela Moner), hija de uno de los narcos, y Matt Graver (Brolin) lidia con una cadena de mando que trata de lavarse las manos del pifostio que se ha montado. También se agradece que profundicen en la personalidad y vida de Alejandro, que en la primera parte aunque intrigante resultaba un personaje un tanto artificial. Pero ya que estaban podían haberlo hecho con Graver también, que es otra figura muy atractiva que podía ser explotada mejor.

Esa incertidumbre por el futuro de los protagonistas te mantiene expectante en todo momento por cómo saldrán adelante y qué nuevos retos enfrentarán. En la primera parte la tensión se mantenía más por la extraordinaria labor de Villeneuve tras las cámaras que por el guion, pues incluso contando con algún giro rebuscado la historia se veía venir de lejos. A cambio, Sollima está un peldaño por debajo a la hora de darle intensidad en algunos tramos (algunas secuencias las estira más de la cuenta), pero eso no significa que haga un mal trabajo. Aparte de mantener la expectación constante logra algunas secuencias que te ponen nervioso y otras espectaculares. Cabe destacar que el tiroteo central es magnífico, la perspectiva del incidente desde la niña nos sumerge de lleno en el caos.

Por otro lado, me temo que el sensacionalismo se mantiene. La propuesta torna un cariz demasiado exagerado a veces. El plan de nuevo es digno de una de acción rebuscada de los ochenta (Stallone, Schwarzenegger) más que de un thriller que pretender ir de serio, y hay situaciones muy pasadas de rosca, como la ejecución. También cabe señalar que en el intento de ampliar miras se han dispersado un poco: toda la subtrama del adolescente que va camino de sicario queda demasiado descolgada, deberían haberla resumido mejor o construido un personaje mucho más llamativo para que no produzca un bajón de interés cada vez que aparece.

Es difícil mantener al espectador enganchado y tenso todo el metraje y conseguir además un buen espectáculo con un thriller tan contenido en ritmo y argumento (no es una intriga densa y trepidante a lo InfiltradosMartin Scorsese, 2006-), y repetir la fórmula tenía todas las de sumar el factor desgaste, pero El día del soldado ha estado a la altura de la primera parte, resultando otro título de intriga y acción más que digno.

Déjame salir


Get Out, 2017, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 104 min.
Dirección: Jordan Peele.
Guion: Jordan Peele.
Actores: Daniel Kaluuya, Allison Williams, Bradley Whitford, Catherine Keener, LilRel Howery, Betty Gabriel, Stephen Root.
Música: Michael Abels.

Valoración:
Lo mejor: Un par de actores secundarios llamativos. Fotografía correcta.
Lo peor: Es ridícula de principio a fin. ¿Cómo ha conseguido tan buena recepción?

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Alerta de spoilers: La destripo a fondo, aunque realmente no hay nada que no se intuya a los cinco minutos…–

Déjame salir (no confundir con Déjame entrar, la sueca que tanto dio que hablar, o su remake) no nació con grandes ambiciones, de hecho su presupuesto era de apenas cinco millones de dólares, pero consiguió una distribución con Universal Pictures de alguna manera, la estrenaron en Sundance de improviso para coger carrerilla, y de ahí poco a poco en el resto del mundo, hasta llegar a España a finales mayo siendo un éxito internacional: lleva unos asombrosos 250 millones recaudados empujada por una crítica que la aclama unánimemente (99% en Rottentomatoes; o puedes verlo en español en el recopilatorio de Filmaffinity) y un público también muy entusiasmado. La señalan como la película indie de la temporada y la mejor de terror de los últimos tiempos, así que me lancé a verla entusiasmado… Pero desde el prólogo empecé a dudar, y poco después me quedaba claro que estaba ante una obra no vulgar, ni del montón, sino realmente mala, infame hasta parecerme ridícula y cargante como pocas que he tenido la desgracia de soportar. Está más en la línea de Tusk, tan mala que resulta un visionado desagradable, una completa pérdida de tiempo, que de cualquiera del género que recientemente haya dejado huella, como Babadook, The Conjuring 1 y 2, La visita, Múltiple o No respires. ¿Me equivoqué de título? ¿Se me ha escapado un subtexto inteligente, una vena original, una técnica innovadora? Por más vueltas que le he dado y análisis que he leído, no le he encontrado valor alguno más allá de que la fotografía es muy profesional y casi me engaña con que estaba ante una cinta de primera división. Voy contando las impresiones que me iba dando mientras la veía…

La primera escena ya apunta bajo. Un plano largo y pausado de alguien caminando por un suburbio estadounidense, en plan Halloween de John Carpenter. Para colmo te revela de qué va a ir todo, pues vemos el secuestro de un negro. ¿Apoyarse con todo descaro en uno de los clichés más viejos del género es original? ¿Incluir un innecesario prólogo innecesariamente revelador es rompedor? Algunos lo llaman homenaje. Yo creo que un homenaje bien dado va donde aporta algo a la trama, donde no desentona que cites tus referentes.

Pasamos a la presentación de personajes. Insípida es poco. De lineal y facilona implanta una sensación de aburrimiento que no se va nunca. Porque siguen apareciendo costuras, o más bien desgarrones, mostrando que Déjame salir se ha escrito y rodado a brochazos partiendo de unos pocos tópicos a pesar de lo que, incomprensiblemente, anuncian en tanta apasionada crítica. Si pretendes hacerme sufrir por los protagonistas, primero estos tienen que ganarme, resultar verosímiles, aumentar el interés con una potencial evolución en su situación, y luego ya puedes sumergirlos en un entorno (a poder ser inesperado) que los pone en peligro. Es decir, hay que saber cuándo empezar a edificar veladamente la intriga, la atmósfera de misterio, y exponer el peligro latente sobre un protagonista que previamente ha sido bien desarrollado.

Aquí nos intentan describir dos chicos monos y simpáticos y consiguen lo contrario, que resulten un tanto repelentes y sus vidas me atraigan bien poco. No hay química ni ofrecen una personalidad concreta, pero además su postura inicial, de marcada, empieza a rechinar, pues expone claves del argumento antes de la cuenta y con torpeza. Que él sospeche sin venir a cuento con que los padres de su novia, blancos como ella, no van a tratarlo bien por ser negro, es demasiado obvio, y más tras el prólogo. Sin haber mostrado una relación idílica con la que hacer contraste ya me estás tratando de remarcar el conflicto, pero además me da la sensación de que me va a costar creérmelo como víctima, porque el racista lo parece él. Y con el tono tan falso de ella me empiezo a oler que algo oculta: si los padres son chungos, ¿por qué iba a llevar al novio? Allison Williams (Girls) no pega como arpía con doble cara, pero también es cierto que el guion es demasiado superficial y el director no consigue sacar más de los personajes y los actores. Daniel Kaluuya (numerosas series inglesas: The Fades, Skins, Black Mirror, y empezó a sonar en EE.UU. con Sicario) se compromete un poco más, logrando un aceptable recorrido de desconcierto y sufrimiento, así que cabe pensar que si el personaje tuviera más enjundia quizá hubiera logrado algo llamativo.

El viaje hacia la finca de los padres sigue añadiendo metraje que parece sacado del manual de primer curso de guionista. Tenemos el típico momento de sobresalto barato metido con calzador, con el golpe al venado y el policía algo pasado de rosca; en realidad, es el director el que fuerza la escena para que parezca así, porque el diálogo no muestra nada amenazador. Pero además la situación se remata con otro patinazo revelador: la llamada al amigo grita el final de la cinta a los cuatro vientos. Es una escena tan gratuita en ese momento, sin aportar nada a la descripción de los personajes ni a la trama, que está claro que únicamente sirve para presentar la pistola de Chéjov: es un personaje-objeto que se recuperará al final para salvar al protagonista en el momento clave. Seguimos con esa narrativa que es completamente opuesta a la singular y rompedora que se empeñan en ver muchos.

Llegamos a la casa. Me autoengaño con que pronto me sumergirán en un buen ambiente de misterio y habrá unos cuantos sustos. ¿Cómo si no iba a tener tantas alabanzas? La presentación de los padres amaga con recuperar el nivel con un par de diálogos ligeros pero con chispa puestos en boca de dos actores secundarios de lujo como son Katherine Keener y Bradley Whitford. Y luego llega el hermano (Caleb Landry Jones), un personajillo en plan psicópata demasiado trillado, pero también con un par de frases que parecen apuntar momentáneamente a algo más serio y trabajado, aunque sea predecible también, porque te dicen demasiado a las claras que no es de fiar.

Pero me temo que ahí se queda el único amago con ver algo decentillo. En adelante, aunque habíamos empezado en un nivel muy bajo, es todo ir cuesta abajo sin frenos. La presentación de los criados, con mirada y música alarmante, me hizo darle al pause y comprobar que no me había equivocado de película. ¿Cómo se puede ser tan poco sutil? El primer supuesto susto (sí que se ha hecho esperar) es vergonzoso, otro cliché demasiado sobado que meten por la fuerza. La criada anda por la casa y pasa por detrás del protagonista… pero claro, esta gilipollez no da miedo, así que suena a todo volumen como si empezara el ensayo de una orquesta. Menudo estruendo, menudo susto de mierda. En el patio, mientras se echa un pitillo para matar el tiempo, aparece el jardinero corriendo. Otra situación tan trivial que no daría miedo si no fuera porque la orquesta ha subido de tono el calentamiento… En fin, ridículo.

El segundo acto parece que se lanza, de una vez por todas, con la sesión de hipnosis, pero a la larga esto no aporta nada novedoso a la historia. Sólo sirve para inmovilizar al protagonista en los momentos requeridos. Cabe pensar que utilizar este recurso en vez de golpes o drogas es lo que ha llevado a muchos a hablar de originalidad, pero me cuesta creerlo.

La fiesta es un quiero y no puedo que se eterniza. Un par de situaciones raras con gente rara, más recalcar que los criados no son quienes dicen ser, o sea, que también son raros. Uuuh, estoy acojonado. Si la extravagancia y las acciones de estas gentes fueran realmente atípicas y amenazadoras… pero son cuatro clichés triviales de ricos y racistas. Bueno, en realidad sí hay un instante que cumple con ello: el bingo. Pero intenta ser humorístico también, y resulta un despropósito. Así que sigue sin aparecer el suspense, no hay ninguna sensación de peligro inminente sobre los protagonistas, y aunque la hubiera, sus vidas me interesan bien poco. Está claro que algo le hacen a los negros, pero es que por ahora es hasta gracioso: el único negro pendiente de ser abducido es el protagonista, y sé que va a salir airoso. ¿Cómo voy a inquietarme entonces? Hay algo peor que una historia predecible, y es una que también es rematadamente lenta, porque se narra todo con una parsimonia desmoralizante.

Cuando, después de tanto esperar, entramos en las revelaciones y el clímax, lo que venía siendo una cinta desganada, facilona, torpe, entra directamente en la comedia involuntaria, y aunque es justo decir que algunos chistes los buscaban a propósito, hacen más gracia por estúpidos y mal ubicados que por ingeniosos. Como estaba claro, los blancos ricos se dedican a secuestrar negros, aunque mediante un plan lento, farragoso y poco efectivo: la chica se los liga y los lleva a casa. Por muy guarra y seductora que sea, al menos un mes de busca y caza habrá. Una vez los atrae, encima les dan de comer, hacen fiestas… ¿Pero no puedes doblegarlos nada más llegar? ¿Para qué tanta tontería, tanto margen de tiempo para que intuyan algo y escapen? ¿Y dónde quedó lo de atrapar gente por la calle que vimos en el prólogo? Pues se lo ventilan con una explicación en una frase: otros de nosotros usan métodos más brutos. Pues vale, pero sigue habiendo mil formas de capturar gente que no implique el engorroso proceso de ligárselo. Eso sí, lo delirante que es tenerlo como invitado durante un tiempo en vez de iniciar al proceso nada más llegar no se explica, que sin ello no habría película. Pocas veces he visto un argumento tan mal justificado.

La escena en que la chica hace como que busca las llaves mientras él se las pide para irse de la finca entra en las grandes escenas del cine cutre del año. Tan idiota él, que ni amaga con irse por la puerta en vez de soportar tanta tontería, tan forzado el suspense (realmente no hay ningún peligro concreto, seguimos anclados en la idea de que son raros, y claramente es más fuerte que los padres y el hermano drogata, pero no parece darse cuenta), tan ridículo el intento de extender el engaño con que la chica es víctima también, con eso de “no encuentro las llaves” ¡cuando acaban de decirnos a las claras que es cómplice! Es que no parece un clímax real, sino una broma. Como toda la película.

Pero tenemos al protagonista retenido, por fin, como se anticipaba desde su primera aparición. Y no tras un buen rato de intriga, sino con una proyección cansina hasta alcanzar el puro agotamiento. Pero sigo aferrándome a la esperanza. Suspense y sustos no ha habido, pero quizá sude un poco con el cómo escapará… Pues debería haber visto venir que con el nivel mostrado esto no iba a remontar de repente por arte de magia… y aun así sorprende para mal con las salidas de tono, de género incluso, por un lado, y lo poco que se mojan en el esfuerzo del protagonista, por el otro. ¡Cuidado, que está inmovilizado en un sofá ante una tele! Qué miedo. Y resulta que se levanta, suelta un par de hostias y ya está corriendo por ahí. Tanto hipnotismo para nada, pues se pone un cacho de sofá en los oídos y ya es inmune. Una vez en pie es evidente que se cargará a quien se le ponga de por medio, no hay ni un amago de tensión por su destino. Nos ponen un poco de sangre a última hora, a ver si así la atmósfera logra poner los pelos de punta un poco, y para rematar todo, la música en plan coros de clímax épico de una demonios y posesiones no pega ni con cola, resaltando la sensación de chapuza, de tópicos empalmados improvisadamente.

Mientras tanto, vemos la odisea del amigo, aquel de la llamada, por encontrar a su colega desaparecido. Sabemos que va a llegar y a rescatarlo, qué menos que tratar de currarse una situación verosímil de forma que así el intento de generar incertidumbre no resulte impostado (qué casualidad que el único negro que aparezca aparte de los criados sea un antiguo conocido). Pero nos vamos al otro lado, a una subtrama completamente nueva que, atención, se inclina por la comedia. Pero para mantener el nivel, por una rematadamente estúpida. De repente estamos en el típico show afroamericano (a lo que se dedicaba su escritor y guionista hasta ahora, de hecho), estas comedias de veinte minutos protagonizadas por un negrata de barrio, histriónico hasta resultar ruidoso y cargante en vez de gracioso, con chistes de barra de bar, o de esquina de drogas, estúpidos y chabacanos. ¿Qué demonios aporta a estas alturas este receso, este cambio de rumbo tan drástico? ¿Eso es lo que llaman originalidad? Tuvimos un gran ejemplo reciente de cómo incluir humor entre sustos con La visita de Shyamalan, donde encajaba de maravilla. Lo de aquí mí me pareció ridículo y el remate en una cinta que termina siendo verdaderamente insoportable.

Y no me olvido de que por fin explican qué hacen con los negros. Pero mejor se lo hubieran ahorrado. Convertirlos en esclavos mediante la hipnosis era lo más lógico, pero se ve que en el género hay que meter un giro final absurdo, así que toma: los ricos que llegan a la vejez trasplantan sus cerebros a los negros jóvenes y de físico superior. Qué racistas más extraños, oye. Pero sobre todo, qué soberana gilipollez: se quedan medio mongolos, de forma que sólo valen como criados en vez de poder seguir con sus vidas normales. Y por si fuera poco, las personalidades originales quedan ahí luchando. ¿Quién en su sano juicio querría extender su existencia en una agonía así? Vale que están locos, pero es tan absurdo… ¿O es que es otro intento de chiste? Los ricos terratenientes acabando como lo que odiaban, los seres inferiores usados como esclavos. Pero lo hacen voluntariamente, así que no es una situación irónica. ¿Es esa la “certera crítica social” que le ven muchos? Termina de hundirse porque los diálogos y escenarios son vergonzosos. Justifican con una frase chorra el que estén explicándole al tipo al que van a joder cómo le van a joder, para luego seguir con una sobre explicación aún más evidente del proceso. Un guionista profesional expone el asunto sin tanta obviedad. De hecho un simple plano al quirófano y al cerebro abierto del receptor da sentido a toda la situación.

Acaba la cosa como estaba claro que iba a acabar: el prota se libra gracias al amigo que llega, por supuesto, justito en el último momento, y a que en uno de los criados (el jardinero-abuelo) se sobrepone la personalidad original justo también antes de disparar. Súper original, inesperado y sobrecogedor todo.

Y así tenemos “una de las películas de terror más terroríficas, originales e inteligentes de los últimos años”…

Sobran las palabras


Enough Said, 2013, EE.UU.
Género: Comedia.
Duración: 93 min.
Dirección: Nicole Holofcener.
Guion: Nicole Holofcener.
Actores: Julia Louis-Dreyfus, James Gandolfini, Catherine Keener, Tony Collette, Ben Falcone,
Música: Marcelo Zarvos.

Valoración:
Lo mejor: Guion inteligente, maduro, lleno de humor y con un notable análisis de las relaciones humanas.
Lo peor: Nada concreto, solamente que le falta algo para ser una película realmente llamativa a pesar de que parece tener los ingredientes para ello.

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Las comedias románticas provenientes de Hollywood me resultan repelentes. La mayor parte son estupideces para niñas tontas, llenas de clichés y mensajes maniqueos y centradas además un rango de edad bajo (desde adolescentes a primeros matrimonios). Raro es encontrar títulos de cierta calidad y con un guion inteligente, y por ello Sobran las palabras es un pequeño oasis digno de visitar. Además para variar se centra en un público que cada vez tiene menos representación en el cine: el cuarentón. Me encuentro todavía lejos de esa edad y de la situación en que se hallan los protagonistas (padres divorciados con hijos adolescentes), pero eso no me ha impedido conectar con unos personajes muy cercanos y una historia humana y emotiva llena de enseñanzas sobre la vida.

El guion es bastante completo y equilibrado. Dibuja unos protagonistas muy realistas y grises, pues todos somos complejos y tenemos vicios y virtudes variados. La evolución de los mismos a lo largo de las vivencias relatadas está muy lograda, jugando también muy bien con el realismo: todos nos adaptamos mejor o peor a las distintas etapas de la vida. La trama mezcla muy bien el romance y la comedia, donde se juega con el humor de ironizar sobre lo cotidiano y el clásico enredo, con la protagonista hundiéndose cada vez más en su metedura de pata de mantener la mentira de que no sabe quién es su nueva clienta, es decir, la ex de su nuevo novio. Los diálogos son largos y bastante rápidos, y desde luego aportan mucha información sobre el personaje. Chistes recurrentes geniales (la amiga de la hija siempre en casa, el lío con la criada torpe), sentencias llenas de ingenio, sutilezas excelentes (los problemas del matrimonio amigo)… Raro es que recurra al golpe de efecto absurdo para hacer sonreír (como el momento del pene), y estos instantes también funcionan.

En la parte romántica tengo que citar de nuevo el tono tan cercano que mantiene. Las situaciones en que se ven envueltos los protagonistas, sea por azar de la vida o por sus propias formas de ser, resultan muy identificables y creíbles. La primera cita es gloriosa, con un sinfín de pequeñas dudas al principio y luego el paulatino hallazgo de intereses en común. El inicio de la relación igual. Y la forma en que se mina esta por las quejas de la ex, lanzando el mensaje de que debes formar tu propia opinión, seguir tu propio corazón, funciona de maravilla (en ese sentido la cena que sale mal es fantástica).

El reparto está formado por actores bastante reconocibles pero ninguno especialmente famoso entre el gran público, al menos en el cine, porque en televisión tienen o han tenido más presencia. Sin embargo, a pesar de su veteranía y grandes papeles, a la pareja protagonista le falta algo de garra. Julia Louis-Dreyfus se mueve muy bien en la comedia, pero en el drama la he visto bastante limitada. Y James Gandolfini, por quien me lancé a ver la película, está correcto sin más, no me ha parecido que se esforzara mucho. Cabe decir también que la película se estrenó un par de meses después de su inesperado fallecimiento, aunque no es su último papel, ese fue en The Drop (en postproducción a la hora de escribir este artículo). De los secundarios (Toni Collette y Catherine Keener a la cabeza) no tengo queja alguna, de hecho, si hubiera sido una película coral es probable que le hubieran comido terreno a los dos protagonistas.

La única pega, de haber alguna más allá de esperar que Gandolfini estuviera sobresaliente, es la sensación de que le ha faltado tan solo una pizca de ingenio y trascendencia para llegar a ser una película de alta calidad.