El Criticón

Opinión de cine y música

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La suerte de los Logan


Logan Lucky, 2017, EE.UU.
Género: Drama, suspense, comedia.
Duración: 118 min.
Dirección: Steven Soderbergh.
Guion: Rebecca Blunt.
Actores: Channing Tatum, Adam Driver, Daniel Craig, Katie Holmes, Riley Keough, David Denman, Jack Quaid, Brian Gleeson, Seth MacFarlane, Katherine Waterston, Hilary Swank.
Música: David Holmes.

Valoración:
Lo mejor: Reparto, dirección.
Lo peor: El guion, enormemente predecible en el drama, sin gracia en la comedia, sin garra en general.

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En el año 2011 Steven Soderbergh dijo a bombo y platillo que dejaba de dirigir cine porque quería dedicarse a su nueva vocación, la pintura. Poco después se topó con el guion de la serie The Knick y lo dejó todo por ella. Luego dijo que seguiría haciendo televisión (Detrás del candelabro) y teatro. Y al final encontró una película que supongo le devolvería la pasión por el cine, porque aquí lo tenemos de nuevo. Eso sí, como en sus últimas obras tras Contagio (Magic Mike -simpática-, Indomable -un buen e infravalorado thriller- y Efectos secundarios -un telefilme vulgar y corriente-), es un título menor, sin ambición ni gran repercusión.

No tenía esperanzas ni ideas de ningún tipo, no había visto tráileres ni leído nada sobre ella, es una cinta a la que me lancé en parte por su reparto (Tatum, Driver, Craig) y en parte por su director, porque aunque Soderbergh no tiene ningún peliculón de los que marcan una época sí posee algo que me llama la atención, un estilo y personalidad propios y afán por probar cosas e innovar. ¿Qué me encontré? Una combinación de drama rural y comedia de atracos poco inspirada y mal combinada.

En su inicio aborda una historia demasiado manida, y no tiene alicientes que la hagan especialmente atractiva. El protagonista divorciado, sus problemas para encontrar trabajo, y desventuras varias en esa vida de miseria y penas en el Estados Unidos rural. El guion va a lo más básico, resultando un drama propio de la televisión si no fuera porque no tiene giros culebronescos pasados de rosca. Pero, de la misma forma, no posee el germen del cine indie, que suele tener una personalidad y profundidad singulares. Por poner el mejor ejemplo reciente, esto no es Comanchería, sino un relato convencional y sin dobles lecturas.

Por suerte, a media que avanza va cambiando el género tornándose en una comedia de atracos, más en la onda de Ocean’s Eleven que de la citada Comanchería. Eso sí, tardé mucho en darme cuenta de que la idea era hacer reír, porque el sentido del humor es pésimo o no hay chistes hasta bien entrados en el meollo, más allá de la absurda pelea en el bar, que no supe muy bien cómo tomarme. Y bueno, ni en el tercer acto, cuando más loca se vuelve, hay momentos desternillantes, pero al menos conforme avanza se hace más imprevisible y alegre, o sea, más entretenida. Pero aun así mantiene más fallos que virtudes, y no termina de exprimir el nuevo potencial.

El primer problema es que no mejora el ritmo y la intensidad. La narrativa va como aletargada, sin sacar toda la gracia posible de las chocantes, a veces delirantes, situaciones. Se ve una comedia con gran potencial latente, quizá incluso sólo con remontarla con más ritmo y vitalidad. De hecho en los pases de prueba los invitados decían que era lenta y larga, así que Soderbergh redujo la duración en 18 minutos. Si el montaje final resulta largo y lento, no quiero saber cómo era entonces.

El otro punto gris es la inverosimilitud. Pasamos de un dramón anodino a un enredo de atracos fantasioso y con demasiado recursos tramposos. El protagonista habla mucho del plan pero en realidad no dice nada, porque los autores no quieren desvelarnos las fases del mismo para sorprendernos. Esta chapucera forma de hacer intriga no da muchos frutos, pues una vez en marcha no es que estemos ante una aventura trepidante e ingeniosa, sino una que apenas cumple por los pelos. Y ni eso a veces, porque los giros rebuscados del final, los típicos flashbacks cutres de las malas películas que pretenden darte una visión distinta de todo lo que hemos ido viendo, echan por tierra lo poco que iban haciendo bien y cierran la proyección dejando un regusto amargo.

Sin llegar a ser mala, me parece tiempo perdido, no ofrece nada llamativo en ninguno de los dos géneros que intenta abarcar con desgana y torpeza. Al final, hasta lo de inofensiva destruyen, porque terminas con la sensación de que te han intentado engañar con trucos muy malos.

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Juerga hasta el fin


This is the End, 2013, EE.UU.
Género: Comedia.
Duración: 107 min.
Dirección: Evan Goldberg, Seth Rogen.
Guion: Evan Goldberg, Seth Rogen.
Actores: Seth Rogen, Jay Baruchel, James Franco, Jonah Hill, Danny McBride, Craig Robinson, Emma Watson, Michael Cera, Rihanna, Channing Tatum, Mindy Kaling, Paul Rudd, Aziz Ansar.
Música: Henry Jackman.

Valoración:
Lo mejor: Ver a los actores famosos riéndose de sí mismos. El tono gamberro y loco.
Lo peor: La falta de ingenio y originalidad.

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Con toda seguridad ver a una pandilla de actores bastante conocidos haciendo de sí mismos en una comedia gamberra va a tener algo de gracia por muy chusquera que sea la película que se monten. Y vaya repertorio tenemos. Prácticamente aparece toda una generación, la mayoría conocidos entre sí por películas en común, todas esas comedias chorras como Superfumados, Supersalidos, Infiltrados en clase y Virgen a los 40: Seth Rogen, Jay Baruchel, James Franco, Jonah Hill, Danny McBride, Craig Robinson, Emma Watson, Michael Cera, Rihanna, Channing Tatum, Mindy Kaling, Paul Rudd, Aziz Ansar… La lista es interminable, y todos se desmelenan y se dejan llevar en esta locura donde los que no mueren bien rápido serán objeto de mofa sin miramientos.

Pero desde el guion (si es que no está todo improvisado a partir de un corto que hicieron previamente) no se esfuerzan en elaborar algo ingenioso ni una parodia original de sus vidas y del factor fama, sino que enlazan chistes guarros, humor a base del conflicto básico (disputas, peleas), y… ya está, para de contar. Lo bueno es que van sin miedo a soltar la burrada más gorda (hablar de violar a Emma Watson, el pollón del demonio, etc.), con lo que como comedia absurda y bruta cumple bastante bien. Lo malo es que esa simpleza del sentido del humor y la ausencia de una trama más llamativa que el aislamiento en la casa limitan mucho el rango de acción. El tramo central, una vez pasado el jaleo que da pie al apocalipsis, pierde mucho fuelle al repetir los mismos chistes una y otra vez. Hasta que empiezan a moverse y salir de la casa no se recupera. Entonces pone un poco más el foco en la evolución de los personajes y ofrece nuevas situaciones con más interés, pero es quizá tarde y tampoco sorprende mucho.

Más o menos a la vez llegó, no sé si por casualidad o qué, la versión inglesa de la banda equivalente de las islas, Edgar Wright, Simong Pegg y demás: Bienvenidos al fin del mundo. La diferencia de calidad es monumental, abrumadora. Y la carrera de ambos grupos también está a años luz de diferencia.

¡Ave, César!


Hail, Caesar! , 2016, EE.UU.
Género: Comedia.
Duración: 106 min.
Dirección: Ethan Coen, Joel Coen.
Guion: Ethan Coen, Joel Coen.
Actores: Josh Brolin, George Clooney, Alden Ehrenreich, Ralph Fiennes, Channing Tatum, Tilda Swinton, Scarlett Johansson.
Música: Carter Burwell.

Valoración:
Lo mejor: Reparto de grandes nombres.
Lo peor: Sin pies ni cabeza, aburrida hasta la desesperación.

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Los hermanos Coen son un valor seguro para espectadores exigentes o cinéfilos, me dije. Sus películas siempre tienen grandes dosis de inteligencia y sutilezas y resultan bastante originales. Como mucho pueden ser algo arrítmicas (O Brother!) o incluso aburridas (El hombre que nunca estuvo allí era para mí la más floja, por ser un coñazo), pero hasta las más tontas, como Ladykillers, tenían su ingenio y gracia. Jamás llegué a pensar que se pudieran darse un batacazo como el de ¡Ave, César!

Las intenciones son claras: homenajear el cine clásico. Se toca la fama, la publicidad y el periodismo: el galán maduro, la joven estrella, el periodismo sensacionalista, las historias construidas por los estudios, los escándalos ocultos. Se abordan cómo no los rodajes: directores y actores con sus virtudes y vicios. Se muestra el mundo tras las cámaras, con los productores, directivos y majors. E incluso se toca el tema político, con el delirio comunista que oscureció el negocio durante algunos años.

Pero todos estos aspectos no forman parte de un relato con coherencia y equilibrio. Más que una película resulta de un programa de humor, de esos de números cómicos con escenificación sencilla, tipo teatro, y si acaso unos pocos exteriores. Vaya semanita sería el mejor ejemplo. Saltamos de una escena a otra sin conexión más allá de compartir algún protagonista (Josh Brolin como el productor) y una subtrama que intenta usarse como nexo, la del secuestro de la estrella (George Clooney). Pero no funciona la cosa, porque ninguna de las dos líneas, ni los propios personajes, mantienen interés más allá de algún buen chiste en el primer acto, cuando la presentación todavía no augura el desastre inminente. A la larga su escasa relevancia, enjundia e interés se diluye en el caótico galimatías, con lo que no hay nada que sostenga las dos horas de historias sueltas, anécdotas breves, recesos incomprensibles, salidas por la tangente y momentos metidos con calzador con los que tratan de exponer aquellos temas.

Creo que nunca he visto personajes más desubicados de los de Scarlett Johansson y Channing Tatum. Qué presentaciones más largas y cansinas para luego no exponer ninguna trama llamativa con ellos, y menos alguna fluida y graciosa. La periodista (Tilda Swinton) es intrascendente. El grupo comunista, incomprensible tras toda esa cháchara absurda, y todo para que al final no ocurra nada digno de mención con ellos. El personaje de Clooney parecía protagonista pero no lleva a ninguna parte, y su interpretación resulta algo forzada. El de Alden Ehrenreich, el joven guaperas que todavía debe aprender a actuar, es el único digno, pero también queda como una aventura forzada y mal unida a las demás. El de Brolin es el que más ocupa pero no ofrece una personalidad ni una trayectoria concreta dignas de mención. Y atención a Jonah Hill, que sale en el póster y sólo tiene una breve e insustancial escena.

El sentido del humor es flojo, a veces cutre (el pañuelo en el proyector), y con esa narrativa torpe y embarullada, la poca gracia inicial se difumina hasta no quedar nada en el tramo final, que de aburrido y cargante resulta insoportable. Por ejemplo, secuencias con potencial, como la peleílla entre el director exigente y el actor incompetente, se echan a perder por la negligente forma de estirar y repetir el chiste hasta destrozarlo y agotar la paciencia del espectador. Como resultado, tenemos un bodrio de los espectaculares, un despiporre sin pies ni cabeza que resulta tan inclasificable como exasperante. En la sesión en la que la vi la gente salía bufando y cabreada por el tiempo perdido.

El destino de Júpiter


Jupiter Ascending, 2015, EE.UU.
Género: Acción, fantasía, space opera.
Duración: 127 min.
Dirección: Las Wachowski.
Guion: Las Wachowski.
Actores: Channing Tatum, Mila Kunis, Eddie Redmayne, Sean Bean, Tuppence Middleton, Douglas Booth, Maria Doyle Kennedy.
Música: Michael Giacchino.

Valoración:
Lo mejor: Puesta en escena deslumbrante, en especial gracias a la dirección artística y los efectos especiales. Banda sonora monumental.
Lo peor: El guion oscila entre lo sonrojante y lo lamentable.

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Los Wachowski se han marcado una La amenaza fantasma. Como tal, es un espectáculo audiovisual donde el dinero y la admirable labor de los artistas contratados lucen a lo grande. Los diseños de las naves (por fuera y dentro) y el vestuario son fantásticos, y los directores los aprovechan bastante bien con una puesta en escena enérgica. Hay planos que resultan fascinantes, en especial en la batalla final, con la base medio derruida. Y la puntilla la pone la vibrante y épica banda sonora de Michael Giacchino, en su mejor trabajo para el cine junto a John Carter. Esa película también es comparable a esta: mucho dinero consigue un lujoso apartado visual… pero de nada sirve si el guion es lastimero cuando no vergonzoso.

El cargante prólogo ya te predispone. Una historia tan ambiciosa no puede empezar con tal simpleza, con tanto tópico y personaje secundario estúpido. Y no se arregla cuando presentan a la protagonista, Jupiter Jones (Mila Kunis), ni con la forma de meterla en la aventura. Estamos ante una cenicienta imposible: guapísima y perfectamente maquillada tras todo un día limpiando inodoros. Además la ponen de tontita, y no parece que con ello busquen un chiste: la moza se topa con unos alienígenas y lo que le preocupa es su vestido. Tampoco da la impresión de que quieran exponer alguna maduración o lanzar algún mensaje con ella, porque acaba más o menos como empezó. Ha vivido aventuras sin igual por el espacio y vuelve a la Tierra a seguir limpiando mierda, pero ahora feliz. Le han venido bien las vacaciones, pero no para pensar en que hay mundo por ver, ni para aspirar o luchar por algo mejor. Sigue tan idiota como empezó. Y la familia… que me expliquen qué cambio ha sufrido (porque no recuerdan nada) como para ahora tratarla mejor y colmarla de regalos. Vamos, un final feliz de cuento conservador: sale de la nada y no se plantea ningún cambio real en el estatus social y personal de los protagonistas.

El resto de personajes no mejoran el panorama. El héroe caído que la rescata, Caine Wise (Channing Tatum), es un cero en carisma, y su trayectoria tampoco ofrece nada llamativo. Busca la redención, recuperar su posición, pero es que te da igual lo que le pase. Su colega Stinger (Sean Bean) no se sabe ni qué pinta aquí. Y ambos tienen una presentación también muy floja. El primero aparece en la larga pelea inicial de navecitas entre rascacielos, donde el ruido acaba saturando porque no se sabe qué nos quieren contar y no hay conexión alguna con los personajes. El segundo llega justo después en un capítulo de transición necesario pero sin garra. Y eso de que las abejas “reconozcan la realeza” de la protagonista es otro momento en que no se sabe si buscaban un chiste.

Por fin salimos al espacio, donde parece que vamos a sumergirnos en una épica al estilo La guerra de las galaxias con la complejidad de Dune. Pero lo que tenemos es un anodino y sempiterno cuento de príncipes tiranos intrigando por conseguir el trono. Hay varios personajes cada cual más estrafalario que persiguen lo mismo, la vida eterna a base del mejunje hecho matando a millones de personas. Cada uno tiene un plan distinto y el choque está garantizado: se rifan a la protagonista, que por arte de magia es heredera de todo el tinglado. Pero lo de rifar es literal. Salta de un lado a otro sin quedar claro cómo llega ahí ni que planea este nuevo loco ambicioso. Los dos héroes masculinos la siguen por toda la galaxia también saltando entre lugares y giros que no tienen un sentido claro.

Me da la sensación de que meten escenas de acción cada rato para intentar agilizar una trama que pensaban que era muy densa, pero el problema es que no lo es, y esa velocidad forzada que le imprimen no ayuda, porque realza el tono superficial cuando lo que se necesitaba era trabajar mejor los personajes y la evolución de la intriga palaciega. Así, hay mucho jaleo pero poco contenido real. Y se empeora porque no consiguen decidirse por el tono y alcance. Unas veces aparenta ser animación para niños, con dinosaurios parlantes y otras criaturas absurdas (atención al piloto elefante) y una trama de cuento simplón, otras quiere ser más adulta, con un villano genocida y una historia supuestamente compleja.

En el sentido del espectáculo andan igual de escasos en cuanto a madurez e impacto emocional. Las peleas son excesivas pero aburridas, porque todo son disparos pero no tenemos nada de argumento ni tampoco esfuerzo y sufrimiento por parte de los personajes. Hay espectaculares naves y escenarios que prometen gran épica… pero todo tira por los topicazos del cine moderno: estilo de videojuego, tonterías imposibles, olvidarse de la conexión del espectador con los protagonistas y poner el foco únicamente en los efectos especiales. La batalla final tiene planos que en lo visual quitan la respiración, pero que en lo argumental inducen a la carcajada. Es como El Hobbit y la segunda trilogía de La guerra de las galaxias en sus peores momentos: escenas sacadas de cualquier videojuego de plataformas. La chica saltando entre andamios, el héroe volando esquivando obstáculos, el malo siendo malote porque sí…

No puedo evitar pensar que Los Wachowski no tenían claro qué estaban rodando. Hay muchas cosas que apuntan a ello: el guion es un quiero y no puedo en trama y tono, el retraso de casi un año del estreno decían que era para terminar los efectos especiales, pero bien podría haber sido para intentar arreglar la cinta en la sala de montaje, y la nefasta dirección de actores genera la impresión de que no sabían qué querían de los personajes. Esto último es el remate de este esperpento: los realizadores no consiguen sacar absolutamente nada de unos intérpretes bastante carismáticos y competentes: Mila Kunis y Channing Tatum están horrendos, y Eddie Redmayne hace lo que puede con un villano tan básico.

Y no sé dónde meter ni cómo catalogar el largo capítulo de tramitación de los papeles para ser heredera, que resulta un receso extrañísimo y completamente fallido. Parece un cortometraje colado en medio, en plan homenaje y parodia de las distopías que tratan el gigantismo estatal, como Brazil… de la que, de hecho, su director Terry Gilliam hace un cameo como el estrafalario administrador.

Qué lástima de derroche de dinero y del talento del equipo artístico.

Foxcatcher


Foxcatcher, 2014, EE.UU.
Género: Drama.
Duración: 134 min.
Dirección: Bennett Miller.
Guion: E. Max Frye, Dan Futterman.
Actores: Steve Carell, Channing Tatum, Mark Ruffalo, Sienna Miller, Vanessa Redgrave.
Música: Rob Simonsen.

Valoración:
Lo mejor: Buen reparto en personajes interesantes. La aventura es atractiva…
Lo peor: … pero no llega a desplegar todo su potencial: es lenta, superficial, poco emocionante.
El detalle: Si notas algo raro en las orejas de los actores, es maquillaje imitando a los personajes en que se basan. Digo esto porque yo anduve descolocado un rato hasta que comprobé qué pasaba.

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Otro drama biográfico de superación personal, del hombre que lucha contra sí mismo, sus iguales y el entorno para llegar a donde sus sueños le guían. Otro más que demuestra la afinidad descarada de los Oscar por patrones narrativos inmovilistas y arcaicos. Y como suele ocurrir, poco tiene que ofrecer a pesar del entusiasmo de la Academia con él.

Mark Schultz es un campeón de lucha libre, de esa versión menos violenta que consiste en poner al contrincante de espaldas contra el suelo. Desde mi punto de vista no es un deporte muy llamativo, ni espectacular ni emocionante, y como suele ocurrir, si esperas que la película te muestre cómo funciona y cuáles son sus atractivos, vas apañado, porque pasa muy por encima de todo ello para centrarse en el drama personal. La vida de Mark es solitaria y no disfruta de grandes lujos, porque no es un deporte exitoso, pero no ceja en su empeño de seguir adelante. No le iba del todo mal entrenando con su hermano, no en vano ya tenía alguna medalla olímpica, pero es evidente que podía aspirar a más. Un millonario aburrido y fan del deporte se encapricha con la idea de patrocinarle, entrenarle y compartir sus sueños y conquistas.

Du Pont es extraño, antisocial, de humor inconstante, y la película no profundiza demasiado en él… por suerte, porque sería improvisar y especular, dado que no se sabe muy bien qué pasaba por su cabeza. El relato se basa en hechos reales, pero si con Mark Schultz se toman libertades hasta el punto de haberlo cabreado de lo lindo (a pesar del contrato de silencio echó pestes del director, diciendo que había deformado toda su vida), pues podrían haber desbarrado mucho con Du Pont en busca de sensacionalismo. Pero apuestan por no montarse una historia muy compleja, tirando por lo básico. Du Pont se siente solo y no realizado a pesar de su posición económica, y la relación con Mark es casi de adopción. La dinámica entre ambos pasa por varias fases, hasta que los celos, profesionales y sentimentales, llevan a un desenlace trágico (puedes leer la Wikipedia si no pretendes ver la película).

La aventura es bastante sencilla y predecible, pero contando con un personaje fuerte y un par de secundarios interesantes no era difícil conseguir un entretenimiento aceptable… Sin embargo, la película desaprovecha el potencial latente y termina aburriendo más de la cuenta. Por una vez debo reprocharle a un guion del género que debería haber apostado un poco más por la carga sentimental y el drama latente, porque pasa de puntillas por muchas cosas, sin mojarse del todo, sin dar relevancia suficiente a los eventos como para que causen impacto en el espectador, sin exprimir personajes con buenas posibilidades. Pero es la puesta en escena el problema más claro. El tempo narrativo es demasiado lento y apático, formando un relato frío, distante y aburrido. Con una dirección que supiera ensalzar los puntos clave y otorgar un ritmo vibrante hubiera resultado mucho más emocionante, pero además de la poco entusiasta labor de Bennett Miller (Moneyball) tenemos una fotografía rutinaria y una música muy floja. Eso no impide que haya tenido nominaciones a los Oscar a mejor guion y mejor dirección, se ve que en la Academia han perdido el juicio por completo definitivamente.

Y con los actores estamos ante el mismo absurdo panorama. Han nominado a Steve Carrel supongo que por su transformación física (anda como un pato y lleva bastante maquillaje) y a Mark Ruffalo no tengo ni idea de por qué (quizá también por andar raro), pero realmente ninguno de los dos muestra un registro interpretativo de gran calado. Y mientras, el que sí está muy convincente es dejado de lado: Channing Tatum usa los detalles físicos (otro que anda extraño, oye) como un complemento en una transformación completa: la mirada, los gestos, las emociones contenidas… se palpa qué siente y cuánto sufre, incluso a pesar de que el guion no profundiza demasiado en su psique. El único reconocimiento que merecía la película es el único que no recibe.

Asalto al poder


White House Down, 2013, EE.UU.
Género: Acción.
Duración: 131 min.
Dirección: Roland Emmerich.
Guion: James Vanderbilt.
Actores: Channing Tatum, Jamie Foxx, Maggie Gyllenhaal, Jason Clarke, Richard Jenkins, Joey King, James Woods.
Música: Harald Kloser, Thomas Wander.

Valoración:
Lo mejor: Channing Tatum.
Lo peor: Todo: el abuso de clichés, el argumento sobadísimo, los personajes y situaciones imposibles, las escenas de acción mediocres, los efectos especiales flojos, la música mala…
El cliché más previsible: El puto reloj que le salva del tiro.
La escena patrihortera: La bandera ondeada por la niña patriótica ante el vuelo de aviones militares, y los pilotos abandonando su misión (¡¡¡salvar al mundo de una tercera guerra mundial!!!) por la lagrimilla que les da la escenita.

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Asalto al poder resulta un gran título del cine cutre, pues por mucho que sea una cinta que no se toma muy en serio, el tono de aventura tontorrona no logra sobreponerse a la cutrez casposa, a la mediocridad risible. El guion parece hecho por un programa de ordenador que recopila todos los guiones del género y los mezcla aleatoriamente. Los clichés más estúpidos, las líneas argumentales más disparatadas, los personajes más estereotipados y las escenas de acción más inverosímiles aparecen en todo su patético esplendor.

La trama es el enésimo remedo barato de La jungla de cristal. Qué digo, es una copia descarada, de hecho, es más fiel a la saga que la quinta parte, La jungla: Un buen día para morir, aunque sea incluso peor. Tiene mucha acción y ritmo, pero no consigue resultar interesante y entretenida porque toda escena, todo plano y diálogo, lo hemos visto mil y una veces y no se hace el más mínimo esfuerzo por buscar una identidad llamativa, una vuelta de tuerca que le dé algo de savia, o incluso algo de dignidad. La única forma de sacar algo del vulgar relato es riéndose a su costa. Ojo, hay muchos momentos de humor, pero estos provocan vergüenza ajena: forzados en los peores momentos posibles, escupidos a través de personajes insoportables (el guía es un catalizador de memeces alucinante), con recursos tan primarios que dan penita. No, si te ríes es por lo cutre y ridículo que resulta todo. Sirva de ejemplo una escena importante: el protagonista lanza un puñado de granadas que provocan una explosión enorme (por supuesto con bola de fuego) que derrumba medio edificio… pero él se salva porque ha dado una voltereta y se ha ocultado tras el atril de madera o plástico desde donde hablan los políticos, que por ser presidencial es también indestructible. Fli-pan-te.

El líder de los malos (que se señala mediante su mirada aviesa y musiquita inquietante, como decía Homer en Los Simpson) era uno de los buenos, pero se ha vendido por completo a lo más extremista del lado oscuro por desavenencias políticas y un trauma familiar. Un tipo que ha trabajado toda su vida para su país de repente lo quiere ver en llamas, aun a costa de matar a sangre fría y personalmente a todos sus allegados; lo más normal del mundo, vamos. Para rematar el absurdo, en su mundo de dolor y rabia el tío es más lúcido y capaz que nunca: logra urdir el plan más imposible y eficaz. Eso sí, por supuesto se rodea de patanes enormes que lo tirarán por tierra. Estos peones se dividen en las dos categorías habituales: los que aparecen para morir de forma estúpida y los tienen líneas de diálogo y lo harán de forma algo más llamativa. Los primeros caen como moscas en los tiroteos, mientras el héroe protagonista corre por cualquier parte entre lluvias de balas sin que le pase nada. Los segundos son descritos con algún detalle sencillo y reconocible, que como suele ocurrir se limita a que están locos de remate y hacen gilipolleces una detrás de otra; además, los pobres actores tienen que poner muecas y gestos de cabreo ante las habilidades del héroe mientras aguantan la risa por la incompetencia infinita de sus roles. Y por supuesto, no falta al final la aparición del bueno traidor, en una escena que grita a los cuatro vientos “eh, que no solo es de acción, tiene también un argumento enrevesado y sorprendente”. Sí hombre, sí.

En el bando de los buenos tenemos la misma mierda. La chica competente que los generales cabezones echan a un lado, porque uno llega a general de no sé cuántas estrellas siendo idiota e inmaduro. Además estos altos mandos son temblorosos e indecisos y dejan todo para el protagonista, porque el héroe debe ser siempre superior a todos aunque eso vaya contra la verosimilitud del relato. El presidente es súper majo y perfecto en un mundo donde todos los demás son los que fallan en algo y tienen la culpa de las cosas malas; eso sí, en un requiebro magnífico, Emmerich nos cuela como presi a un negrata de barrio, con sus zapatillas de baloncesto y todo. Y el plato fuerte es el protagonista. Dejo que adivinéis su vida… Sí, es un buenazo muy resuelto pero con algunas torpezas que lo tienen a punto de quedarse sin trabajo, y por su puesto la aventura lo encumbrará donde merece. Sí, tiene una exmujer y una hija preadolescente con las que no consigue llevarse bien por mucho que lo intente; por suerte, la chiquilla no es el clásico niñato insoportable, cumple sin molestar, y la ex aparece durante tres milisegundos. Como es esperable, resolverá todo con sus superpoderes: esquivar balas, hacer que los malos se cabreen tanto que fallen en sus planes, verse en cada situación en el momento justo, etc. Y todo terminará con la reunión familiar y demás instantes pseudo lacrimógenos.

La puesta en escena de Emmerich es plana y aburrida. No ofrece nada destacable, pone la cámara donde dice el manual y nada más. Pero lo peor es que el nivel de los efectos especiales deja mucho que desear: costó 150 millones y parece un telefilme. Lo poco que hay artesanal no luce: los tiroteos son simples a más no poder, las carreras por los pasillos nada espectaculares, los duelos del protagonista con los villanos son tan previsibles que no emocionan lo más mínimo. Emmerich busca un envoltorio grande y supuestamente impresionante, que para eso es una superproducción, mostrando muchos planos aéreos de la Casa Blanca y una batalla final con helicópteros, pero estos se resuelven con unos efectos digitales horribles. Las pantallas de fondo son de serie barata, se notan mucho y las escenas quedan muy falsas, muy cutres. Los vehículos y extras digitales se ven muy falsos, color, textura y movimientos no convencen en absoluto. ¿Con 150 millones no se podían hacer unos efectos digitales no solo de buen nivel, sino espectaculares? En Los Vengadores y Transformers casi toda la ciudad, durante sus batallas principales, está recreada digitalmente y no se nota en ningún momento, de hecho, resulta alucinante. No es cuestión de dinero ni del tipo de efectos especiales, sino de que hay que tener un buen director/productor que sepa rodearse del equipo adecuado y gestionar bien los recursos… y pensaba que Emmerich lo era: ¿cómo puede Independence Day lucir diez veces mejor que Asalto al poder con casi veinte años de diferencia entre una y otra? Porque la cadena de mando ha fallado, no se ha contratado a la gente adecuada, no se ha invertido bien el dinero, no se ha dirigido bien la producción, etc. Por cierto, los efectos sonoros son flojos también. Los tiroteos suenan todos iguales, no falta el abuso de tics (las pantallitas haciendo pipipi) y aparece un nuevo efecto sonoro de esos sin pies ni cabeza: las granadas con cuenta atrás sonora.

Lo único salvable es el carisma de Channing Tatum, que parece tomarse la película a cachondeo y se le ve bastante resuelto en su papel de clon de John McClane. Por lo demás, Asalto al poder es una abominación de grandes proporciones que vuelve a recordar las eternas preguntas: ¿por qué pocos entienden que el cine de acción debería ser medianamente inteligente también?, ¿por qué estos productos de ínfima calidad llegan a aprobarse?, ¿por qué el espectador no les da la espalda?, ¿por qué no se invierte esa pasta en hacer algo original?, ¿es que no hay guiones de mayor calidad circulando por Hollywood?…

Ver también:
Objetivo: la Casa Blanca (Olympus Has Fallen).

Efectos secundarios


Side Effects, 2013, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 106 min.
Dirección: Steven Soderbergh.
Guin: Scott Z. Burns.
Actores: Rooney Mara, Channing Tatum, Jude Law, Catherine Zeta-Jones.
Música: Thomas Newman.

Valoración:
Lo mejor: El reparto y la puesta en escena realzan la poca calidad del guion.
Lo peor: Es un telefilme con el que rellenas la parrilla de tarde de los fines de semana.

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Me gusta Steven Soderbergh, pero su carrera es bastante extraña. Mezcla cintas muy exitosas (Ocean’s Eleven) con títulos que ganan premios (la excelente Erin Brokovich, la aburrida Traffic) y tiene obras de gran calidad pero muy infravaloradas (Contagio, Indomable, Un romance muy peligroso), pero cada dos por tres le da por hacer películas menores de escasa trascendencia: The Girlfriend Experience, Magic Mike (bastante entretenida, pero no deja huella), Bubble

Esta Efectos secundarios, a pesar de lo que su gran reparto promete, es otro paréntesis extraño, de hecho, es completamente prescindible. Resulta un telefilme del montón, otro más de crímenes rebuscados, falsas apariencias y personajes sufriendo lo indecible. La sólida puesta en escena garantiza un acabado de calidad y los actores son competentes aunque no estén en sus mejores papeles, pero de este guion no hay quien saque algo bueno.

Lo peor es la sensación de engaño. Al principio parecía ser un thriller correcto y con buena carga crítica sobre la labor de los psicólogos, el lado feo de la industria farmacéutica (chanchullos con medicamentos) y la mala praxis médica (errores, timos, etc.), y además se conecta bien con los problemas del personaje de Jude Law, pero conforme se desarrolla la historia esta se va diluyendo y girando hacia ideas absurdas que echan a perder la buena base inicial. Los personajes se convierten en marionetas de una trama que se va por la tangente montando un thriller de crímenes imposibles, y el final desbarra con giros tan rebuscados (lesbianas, jajajaja) y tramposos que terminan por rematar lo poco que quedase de la historia y de la conexión con el espectador.