El Criticón

Opinión de cine y música

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Mortal Engines


Mortal Engines, 2018, EE.UU., Nueva Zelanda.
Género: Aventuras, fantasía.
Duración: 128 min.
Dirección: Christian Rivers.
Guion: Fran Walsh, Philippa Boyens, Peter Jackson, Philip Reeve (novela).
Actores: Hera Hilmar, Robert Sheehan, Hugo Weaving, Ronan Raftery, Jihae, Leila George, Patrick Malahide, Stephen Lang.
Música: Junkie XL.

Valoración:
Lo mejor: Diseño artístico asombroso y efectos especiales a veces espectacualres. El reparto es muy competente, y los personajes algo mejor trabajados de lo habitual.
Lo peor: El potencial inicial se diluye rápido, y acaba siendo predecible y teniendo algunos bajones de interés y acabado importantes.

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Es asombroso como, en la maraña de títulos comerciales de fantasía y acción, el público y a veces los medios son capaces de encumbrar el enésimo clon cansino y estúpido y al mes siguiente hundir otro de igual características y calidad. Mortal Engines apenas ha recaudado 80 millones de dólares mundiales y la han puesto a parir, mientras que sus hermanas espirituales Ready Player One (Steven Spielberg, 2018) y Alita: Ángel de combate (Robert Rodríguez, 2019) han rondado los 500 y conseguido críticas más que decentes. Sin duda no es una buena película, pero tampoco resulta un engendro anodino y por momentos vergonzoso e insultante como aquellas. Al menos Peter Jackson y sus compañeras intentan aportar algo y cuentan con talentos varios entre sus artífices que logran sumar unas décimas aquí y allá. Esto me sorprende bastante, dado lo poco que se han venido esforzando desde el éxito de El Señor de los Anillos.

En cierta manera es otra vez el sempiterno viaje del héroe, el despertar ante un sistema opresor y la confrontación contra el villano a través de varios de los pasos típicos, pero aprovechando el tono de distopía literaria consiguen alejarse de los clichés más rancios y conferir a la historia un tono más oscuro. Supongo que ese extra de complejidad estará en la novela, pero también podían haberlo simplificado y destrozado como se ha venido haciendo desde El Señor de los Anillos a Alita en incontables ocasiones.

La situación de los protagonistas y la sociedad engañada por los poderes es del estilo de Un mundo feliz (Aldous Huxley, 1932), Fahrenheit 451 (Ray Bradbury, 1953) y otras. Quienes luchan y traen el cambio no están representados por los héroes impolutos y decididos de siempre, son dos personas con su propia agenda y que por casualidad acaban en el ojo de la tormenta y ahí terminan siendo relevantes en el cambio global. Hester Shaw (Hera Hilmar) sólo busca venganza, no le importaba nada hasta que poco a poco empieza a sentir algo por su inesperado compañero de aventuras. Tom Natsworthy (Robert Sheehan) cree que algo va mal en la sociedad, pero hasta que es expulsado de ella no encuentra la determinación para cambiar las cosas. En otro giro inesperado, los productores han optado por buscar actores poco conocidos en vez de estrellas con tirón pero de poca calidad. Tanto Hilmar como Sheehan tienen encanto y buen hacer de sobras como para que te intereses por su odisea rápidamente. Temo que el fracaso de la cinta puede haber frenado sus carreras.

Más ambigüedad encontramos en el mundo presentado. No tenemos una clara y facilona distinción entre el bando bueno y el malo, la luz y la oscuridad, sino que el sistema político y social es más complejo. Cada pueblo y grupo hace lo que conoce y lo que necesita para sobrevivir, sin plantearse alternativas más éticas, como en la vida misma. El villano principal no es una etérea y fantasiosa representación del mal, sino un iluminado con motivaciones medio trabajadas. Desde luego no puede sorprender, pero al menos no es un cliché insoportable y se realza con la intensa interpretación de Hugo Weaving, de las mejores que ha dado.

Sin embargo, esas virtudes iniciales no se extienden al resto de personajes y al desarrollo de la historia, tras un prometedor primer acto el relato empieza a agotar su poco combustible y para el tramo final ha perdido mucho fuelle.

Da la impresión de que han incluido a varios roles secundarios porque estaban en la novela, pero terminan aportando bien poco. La rubia estirada (Leila George) no hace nada tangible a pesar de ser la hija del malo, y el pijo que parecía rival del protagonista (Ronan Raftery) aparece de vez en cuando y cuesta acordarse de quién era, y finalmente tampoco hace mucho. Aparte está la criatura asesina que meten a media película a soltar hostias sin venir a cuento, con la que intentan forjar una conexión emocional a través de la protagonista, pero que desde luego no funciona, queda como un pegote absurdo que consume demasiado tiempo. La pena es que su diseño es alucinante. Además, es imposible no pensar que el tiempo perdido con el monstruito podían haberlo dedicado a los personajes que se van juntando hacia el final para luchar, incluyendo los asiáticos, que quedan como como atontados mientras los protagonistas manejan la ciudad a su antojo; por ejemplo, la que lleva la aeronave, Anna Fang (Jihae), se limita a soltar cuatro frases grandiolocuentes tan forzadas que resulta cargante, y del resto del grupo te importan bien poco sus destinos.

La trama abandona sus promesas y acaba bastante encorsetada en lo más básico de ambos géneros, fantasía y distopía. Unos cuantos giros de esos en que les caen las revelaciones y soluciones encima a los personajes (la escalera que los lleva sin esfuerzo al lugar inaccesible, la reunión con el grupo de rebeldes, la previsible clave final) lanzan una batalla que no tiene sustancia, satura con mucho fuego artificial pero sin una gota épica ni drama. Y por supuesto, no tiene un desenlace definitivo, porque querían hacer secuelas.

El diseño artístico de la recreación de universo planteado es impresionante, y mira que a estas alturas es difícil sorprender. Es cierto que al resultar un mundo tan fantasioso puede costar entrar, pero los primeros planos de las ciudades móviles quitan la respiración con la combinación de decorados, efectos digitales y vestuario. Sin embargo, en otras muchas situaciones los distintos métodos no se terminan de integrar del todo, y termina pareciendo un videojuego. Las escenas en la naturaleza en la huida de la pareja protagonista deberían haberse realizado en exteriores, se notan mucho los decorados de cartón piedra y las pantallas de fondo, y en el primer ataque del zombi los fondos cantan aún más.

Pero lo que realmente frena su potencial como superproducción de las dejarte anonadado es la falta de experiencia del director Christian Rivers, o la mala experiencia y vicios adquiridos trabajando para Peter Jackson, pues viene de su equipo artístico. La repetición de tics y errores (el mismo tráveling para presentar cada nuevo escenario, demasiado plano aéreo, poca visión global en las partes más complejas, que mezclan planos de distinto estilo sin ton ni son) se traducen en una dirección torpe y caótica, lejos de referentes recientes del género como Mad Max: Furia en la carretera (George Miller, 2015). Y termina de venirse abajo por la falta novedades en guion y soluciones visuales de la pelea final; hay instantes calcados de El señor de los Anillos, La guerra de las galaxias (George Lucas, 1977) y Matrix Revolutions (hermanas Wachowski, 2003). Tampoco ayuda la ruidosa banda sonora de Tom Holkenborg (o Junkie XL, como se hace llamar); parece que la notable Mad Max: Furia en la carretera fue un caso aislado en su floja discografía.

También cabe comentar un detalle mosqueante. Se empeñan en señalar un trauma en la protagonista, pero encaja tan poco que no te lo crees de ninguna manera. Se tiran media película diciendo que es fea y deforme, cuando es un bellezón de cuidado y ahí todo el mundo tiene heridas y cicatrices por la dura vida que llevan. En Ready Player One teníamos un caso igual de absurdo.

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