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Blade Runner (Final Cut)


Blade Runner, 1982, 2007 (Final Cut), EE.UU.
Género: Ciencia-ficción, policíaco.
Duración: 117 min.
Dirección: Ridley Scott.
Guion: Hampton Fancher, David Webb Peoples. Philip K. Dick (novela).
Actores: Harrison Ford, Rutger Hauer, Sean Young, Daryl Hannah, William Sanderson, Joe Turkel, Edward James Olmos, Brion James.
Música: Vangelis.

Valoración:
Lo mejor: Aspecto audiovisual arrebatador. Temática sugerente con reflexiones muy bien planteadas. El papel de Rugter Hauer.
Lo peor: La trama policíaca es muy endeble, el romance más, y Deckard un personaje bastante soso. Y todo ello eclipsa más de la cuenta la parte filosófica y ralentiza demasiado el ritmo.
Los planos: El inicial, con la ciudad hasta donde abarca la vista. El coche volador pasando al lado del anuncio. El edificio Tyrell.
Mejores momentos: Roy conociendo a su creador.
Versiones: Entre cambios obligados por el estudio, cambios que fueron sufriendo las versiones en vhs y dvd, acabó habiendo siete versiones distintas de la película. La más recomendada es la Final Cut de 2007, que fue la única controlada por Ridley Scott con total libertad.
La frase: La luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo. Y tú has brillado con mucha intensidad, Roy.

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Alerta de spoilers: Doy por hecho que se conoce a fondo.–

Blade Runner tuvo críticas desiguales en su estreno en 1982. Aquí hay un artículo que habla de ello, por ejemplo. Podríamos argumentar que con la ciencia-ficción de corte intelectual suele ocurrir que los conservadores no la entienden en su momento, pero también señalaban puntos grises evidentes, así que algo de razón tenían. Sin embargo, no tardó mucho en convertirse en una película de culto, es decir, una no del todo popular (generalmente por ser de una temática no atractiva para todos los públicos), imperfecta o incluso regulera, pero que consigue un grupo de fieles seguidores que alaban algún acierto destacable. Pero esa bola fue creciendo con los años y no tardó en considerarse una obra maestra incluso por los gremios más inmovilistas de la crítica cinematográfica, que pasaron del rechazo a la adoración ciega. Y con esa reputación ha acabado convirtiéndose en una de esas cintas en las que se ha olvidado todo fallo o limitación y es imperdonable no decir que es perfecta e irrepetible. Pero yo me voy a mantener firme. Blade Runner es una película de culto, pero dista mucho de ser una obra maestra del cine.

El primer aspecto digno de citar no se puede considerar un gran fallo, pero a mi modo de ver desluce un poco: el texto en pantalla que nos introduce en la historia. Un relato que necesita un resumen explicativo para empezar, que muestra ese miedo a no ser capaz de ser inteligible por sí mismo, no augura nada bueno, sus autores no parecen tener muy claro cómo contar las cosas. Además, la versión estrenada en su momento contaba con voz en off para ir aclarando aún más la historia, aunque es justo aclarar que esto fue imposición de los productores. La verdad es que queda todo bien claro en los primeros minutos con la entrevista al primer replicante y la presentación de Deckard y su misión. Hacía años que el cine y la televisión dejaron atrás la ingenuidad del cine clásico (había buenas excepciones, claro está), sobre todo en la ciencia-ficción y fantasía: 2001 sí era realmente difícil de entender, y Alien, Star Trek y La guerra de las galaxias habían abierto las puertas a imaginar cualquier cosa posible; además, ese año llegaron también E.T. y La cosa. Así que Blade Runner no me parece complicada, ni poniéndome en la época, como para necesitar esa introducción cutre.

Una vez entrados en materia es indudable que la proyección cautiva al instante con su arrebatador aspecto audiovisual, que además soporta el paso de los años con una solidez extraordinaria. Los temas principales de Vangelis (sobre todo el inicial y el de los créditos finales) ponen los pelos de punta. Incluso en los años ochenta, con el auge de la electrónica, suenan como de otro mundo, son potentes y hermosos. La visión de un futurista Los Ángeles impresiona: una ciudad inmensa, llena de grandes edificios y polución. Y pronto ponemos los pies en el suelo y la conocemos más a fondo: sobrepoblación de distintas culturas, calles abarrotadas de gente y suciedad, y avances tecnológicos de todo tipo, incluyendo los llamativos anuncios publicitarios. Nos ponen ante un futuro con un realismo y cercanía tangibles, ante un porvenir tan apasionante como inquietante.

Los guionistas Hampton Fancher y David Webb Peoples se inspiraron en Philip K. Dick, más concretamente en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), y Ridley Scott y el equipo técnico dieron vida al libreto con un resultado memorable. La combinación de escenarios, maquetas y matte paintings no por complicada frenó la imaginación de todos los implicados, que dio frutos dejando anonadados incluso a los que se les atragantó el argumento. Y aunque ya habíamos visto grandes ciudades futuras en Metrópolis y en cierta manera en La guerra de las galaxias (la Estrella de la Muerte), y la literatura nos dejara alguna otra (La fundación de Asimov a la cabeza), su capacidad para asombrar no se vio limitada gracias a esa visión pesimista y la calidad del acabado en todos los ámbitos. Sólo los matte paintings de algunos fondos se notan hoy en día, pero las maquetas, el bullicio de las calles, los coches voladores… siguen resultando verosímiles y espectaculares.

Pero no todo son alabanzas, porque llega un momento en que da la impresión de que Scott se obsesiona con exprimir los efectos especiales y remarcar el tono de la película, como forzando el factor asombro. Hay demasiado planos contemplativos de los edificios, con demasiada musiquita pretendidamente conmovedora, y mucho enredo con la iluminación, que termina sobrecargando multitud de escenas con focos, sombras y oscuridad que en varias ocasiones resultan antinaturales, como en el piso de Deckard.

En el relato entramos con fuerza también. La entrevista al replicante Leon, como señalaba, nos pone muy bien en situación. Unos androides tienen problemas de comportamiento, dando pie a la eterna pregunta de qué nos hace humanos: los detectan comprobando sus reacciones ante preguntas que mezclan lógica y sentimientos. La aparición de Rachel, un modelo más avanzado, sube el nivel, porque añade a la ecuación los falsos recuerdos, haciendo más difusa la frontera entre humanos y máquinas. Roy y Pris aportan el otro pensamiento fundamental a la hora de distinguir entre seres sintientes e inteligencias artificiales: la percepción de la muerte, la necesidad de identidad y de conocer de dónde venimos y qué nos puede deparar el futuro. Este grupo de replicantes busca entender por qué su creador los hizo, eludir la muerte inminente (tienen fecha de caducidad), e intentar que los humanos no los cacen como a tostadoras rebeladas, porque se sienten vivos. El encuentro de Roy y Pris con sus creadores, primero con el ingeniero rarito, J. F. Sebastian, y luego con el ideólogo principal, Tyrell, es intenso, hermoso, y provocador: un anhelo primario del hombre es encontrarse con su hacedor (quien crea en esos conceptos, claro), exponerle las preguntas citadas, hallar respuestas a su existencia. Aparte de la fuerza del momento, queda también una sensación melancólica: como Roy, somos conscientes de que la vida es efímera, podemos preguntarnos si merece la pena gastarla en perseguir cuestiones sin respuesta o con unas que puedan no llenar nuestro vacío, etc. Por todo ello, acabamos este clímax de lado de quienes se habían presentado como los villanos: estos seres atormentados se merecen una segunda oportunidad.

Pero en un análisis en frío hay que decir que debemos hacer un salto de fe inicial para aceptar la premisa. Qué sentido tiene crear androides de servicio tan parecidos a los hombres, cuando queda claro que sólo traen complicaciones. Con robots sexuales obviamente se justifica el parecido, pero sólo en el físico, darles tanto libre albedrío es absurdo; y el resto se supone que son para trabajar en condiciones extremas, así que no convence.

Dejando de lado ese pequeño punto oscuro perfectamente perdonable, los problemas de Blade Runner son otros más claros y que, al menos a mí, me resultan imposibles de perdonar. Y es que este argumento tan jugoso se ve bastante limitado por la otra línea narrativa, el policíaco de corte futurista, neo noir o ciberpunk, que no da la talla y lastra la cinta con una serie de bajones de contenido e interés bastante importantes.

La odisea de Deckard no me entusiasma mucho, el ritmo peca de aletargado y el drama personal es muy básico, su fuerza reside únicamente en el aspecto visual. Es decir, no aporta ninguna perspectiva novedosa al género más allá del entorno futurista. Los pocos policías que lo secundan son irrelevantes: el jefe sólo sirve para darle el trabajo, el mejicano con vestuario extravagante no aporta nada, parece que le quieren dar una relevancia que no llega a tener, pues termina quedando como un simple recadero. Y el romance cumple con todos los clichés del noir paso por paso sin que parezcan ponerle mucho esfuerzo. La chica afligida que se encuentra en medio de todo sin control de nada, el agente rudo, el flechazo instantáneo, la fuga juntos… Pero la falta de novedades y de emoción impiden que me crea la relación. La escena del primer beso se alarga mucho y acaba siendo artificial, los encuentros aquí y allá son demasiado facilones y no cimentan la relación como para creerme la pasión y la decisión final de huir, y eso que los personajes dejan clara la necesidad de romper con sus vidas actuales.

Para empeorar las cosas, la investigación policial es poco o nada sustanciosa. Primero, no se entiende por qué Deckard acepta el trabajo si inicialmente pone tanto empeño en decir que no. No hay una amenaza clara a su estado actual como para resignarse. Y el caso da muy poco de sí. Hurgar en el hotel del replicante, analizar un par de pistas ahí encontradas, y ya está. Para colmo, algunas de estas ofrecen resoluciones muy rebuscadas: el análisis de la foto es ridículo, con esas ampliaciones y giros imposibles; y qué poco profesional eso de disparar entre la multitud a una mujer (aunque sea replicante) que corre desarmada, amén de que la escena se estira demasiado con un aura de trascendencia un tanto impostada. El único trabajo policial real y atractivo que realiza es seguir la pista de la escama, y tampoco es deslumbrante. Por lo demás, se sienta a esperar hasta que le cae encima la posible ubicación de los replicantes en la casa de Sebastian, una escena que debió parecerles demasiado corta, porque la alargan metiendo un relleno intrascendente: el coche patrulla que le da aviso de estar en zona restringida.

Así que Deckard es un personaje principal bastante rutinario, sin pegada, llegando a resultarme incluso aburrido. Si es que hay un momento en que tanto primer plano en silencio sin motivos claros me saca de quicio: la llegada al edificio Tyrell, con plano al edificio, plano a Deckard incesantemente sin venir a cuento, es buena muestra de esa sobreexposición innecesaria que señalaba. Sólo el carisma de Harrison Ford consigue que recuerde su presencia, pero me es inevitable pensar que cada minuto perdido con Deckard podía haberse utilizado para explorar más a fondo la trama de los replicantes. Siguiendo con los actores, Rutger Hauer es el único que me conmueve, y por extensión Roy es el único personaje que me llega con intensidad. Sean Young (Rachel) se limita a poner caras de pena, y William Sanderson (Sebastian), Daryl Hannah (Pris) y Joe Turkell (Tyrell) cumplen bien en sus contadas apariciones.

El problema se agrava porque en el tercer acto la combinación de ambas secciones es prácticamente inexistente. Se espera que se unan en un desenlace que motive cambios en ambos grupos de protagonistas, que culmine en una revelación capaz de dejar huella en ellos y en el espectador. Pero en cambio dejamos de lado toda la parte filosófica y nos lanzamos de lleno al noir, además en una línea muy facilona y predecible, pues es la misma película de acción policíaca de siempre, algo que se criticó bastante en su momento. El poli tras el criminal, el escenario final habitual donde se producirá un duelo que pretende ser intrigante pero se hace bastante predecible y largo, y los agujeros de guion de siempre: por qué Deckard va sin refuerzos, y que el otro agente llegue justito cuando se ha solucionado todo.

Para mí, la historia de Roy termina con su encuentro con Tyrell. Hubiera sido más poético que se suicidara tras eliminar a su creador, ya no tiene motivos para vivir, ha llegado al término de su viaje, ha obtenido algunas respuestas clave y conocido las limitaciones de su existencia. Hubiera sido también bonito que Pris acabara sus días con Sebastian en su pequeño paraíso ilusorio. Pero esa media hora extra de vulgar persecución termina de afear un filme que apuntaba mucho más alto. Y aquí incluyo el discurso de Roy: es puro humo, cháchara pretenciosa. Había formas más sutiles de recalcar que ha aceptado que ha tenido una vida fulgurante y llega su final. Y mientras, en Deckard no veo ninguna revelación que indique lo que parece querer indicarse: que ahora considera humanos a los replicantes. Estaba claro que se iba a ir con Rachel desde hace tiempo, y que perseguía a los otros por ser criminales en busca y captura, pero en ningún momento se exponen pensamientos más concretos sobre sobre todo el asunto de los replicantes.

Para terminar, es inevitable tratar la incógnita que trae de cabeza a los admiradores desde su estreno: ¿es Deckard un replicante? El sueño con el unicornio (aunque esta escena fue eliminada hasta que se recuperó en el Final Cut), el que el otro agente parezca conocer ese sueño, la pregunta de Rachel “¿Te han hecho el test a ti?” que queda en el aire… Todo parece apuntar que sí. Pero entonces se genera un agujero de guion importante: si es un replicante que han activado para atrapar a los otros, pues vaya mierda de modelo, no tiene habilidades llamativas, ni fuerza, es un patán que se deja atrapar cada dos por tres. Si fuese un modelo viejo que tenían por ahí, tampoco tendría mucho sentido usarlo a él en vez de a policías más hábiles.

Curiosamente, los mismos problemas que le achaco a Blade Runner los tuvo otro título que abordó temáticas semejantes, Ghost in the Shell: se atascaba en el ritmo, sobre todo porque el caso no se desarrollaba con mucho entusiasmo. También podría mencionar el tenue intento de Ridley Scott de volver a estas preguntas en las fallidas secuelas de Alien, Prometheus y Covenant, donde repite los dilemas de Roy y demás replicantes a través del androide David, de hecho las escenas de David con Wayland y este con el ingeniero son muy parecidas al encuentro de Roy y Tyrell.

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Life (Vida)


Life, 2017, EE.UU.
Género: Suspense, acción, ciencia-ficción.
Duración: 104 min.
Dirección: Daniel Espinosa.
Guion: Rhett Reese, Paul Wernick.
Actores: Jake Gyllenhaal, Rebecca Ferguson, Ryan Reynolds, Hiroyuki Sanada, Olga Dihovichnaya, Ariyon Bakare.
Música: Jon Ekstrand.

Valoración:
Lo mejor: Realizadores y actores muy comprometidos. Buen ritmo y muchas emociones.
Lo peor: Los malditos tráileres te cuentan la película entera, ¡entera! Su falta de pretensiones significa apuntar muy bajo: todo se ve venir muy de lejos, los personajes carecen de la más mínima arista, son carne del bicho.
El título: En serio, qué demonios les pasa a las distribuidoras con los títulos.

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En parte es gracioso y en parte vale para una reflexión el hecho de que Vida llegue casi a la vez que Alien: Covenant. Ambas nacen a la estela de la obra maestra que Ridley Scott regaló al mundo en el primer Alien allá en lejano 1979. Vida no es el primer título que más que verse influenciado directamente vive de las rentas de otro, ni será el último. De hecho también bebe mucho de Gravity. Ni siquiera intenta disimularlo, ni tampoco disimula sus escasas ambiciones más allá de hacer pasar un buen un rato. Juega sobre seguro con honestidad, y no sale mal parado, porque no llega a caer nunca en la vergüenza ajena. Está claro que es un producto industrial, de consumir y tirar. Por el otro lado llega el propio Scott con un intento… no, un segundo intento, tras el fiasco de Prometheus, de revivir una saga agonizante artísticamente. Y lo hace con unas pretensiones intelectuales y narrativas bastante altas, pues persigue una temática más trascendental y darle a la historia nuevos aires. Pero resulta que Covenant se estrella en sus intenciones y acaba siendo un producto más simple y repetitivo de lo que anunciaban, llegando a ahogarse por completo en una pobre imitación de Alien salpicada de torpes adornos que no llevan a nada. Así que los fans de la ciencia-ficción y de la saga Alien nos encontramos en la absurda tesitura de acabar defendiendo a un hijo bastardo que apenas llega a la media para conseguir beca contra el primogénito mimado que ha entrado por la puerta principal con muchos títulos y enchufes pero que luego demuestra ser un patán…

En el guion de Paul Wernick y Rhett Reese (Zombieland, Deadpool) no hallamos intenciones de distanciarse de una premisa tan antigua y gastada, ni de mirar por una profundidad que le permitiera al menos intentar entrar en el cine de calidad, que, en pocas palabras, sería el que se recuerda años después. Pero es evidente que tanto ellos como el resto del equipo, destacando director e intérpretes, sabían dónde se metían y se esforzaron por realizar un trabajo serio que pueda alejar la impresión de producto de segunda o incuso un engaño para llenar salas sin mucho esfuerzo. No me voy a parar a citar las innumerables películas comerciales con cuatro veces su presupuesto que resultan mediocres y estúpidas, baste decir que Vida funciona mejor que muchísimas de ellas. Tiene alma de serie b, de cinta echa con cierto cariño, consciente de sus limitaciones y que sólo busca entretener. Y lo consigue francamente bien.

Uno de sus puntos fuertes es que no empezamos con una farragosa introducción donde intentan describir a los protagonistas a bases de tópicos cansinos. Si está claro que no hay intención (ni necesidad) de darles mucha dimensión, los adornos sobran. Empezamos entrando de lleno en el argumento: una sonda trae pruebas de vida en Marte, y esta se descontrolará a bordo de la Estación Espacial Internacional (ISS). La intriga de cómo y cuándo se irá todo al traste podría haberse trabajado mejor, pero también se agradece que no se dilate más de la cuenta. Y mientras, con cuatro retazos nos presenan a cada miembro de la tripulación: el biólogo, el doctor, la encargada de la seguridad biológica, los ingenieros de vuelo y sistemas… Porque lo único que importa aquí es su trabajo, donde sufren una crisis extraordinaria. Apenas hay algún detalle humanizador, como mencionar que uno de ellos acaba de tener una hija, que no cobra protagonismo innecesario ni subraya el drama de forma facilona. La parte de sus personalidades que importa es su capacidad para reaccionar a esta crisis, y ahí tenemos un buen rango de situaciones. Los actores hacen el resto, pues, como señalaba, se lo toman muy en serio. Los principales y más conocidos, Ryan Reynolds, Rebecca Ferguson y Jake Gyllenhaal, se desviven como si estuvieran en un gran drama, transmitiendo muy bien el sufrimiento y la lucha constante.

El director sueco de origen chileno Daniel Espinosa (El invitado, El niño 44) confecciona un producto muy sólido en un escenario complicado, tanto por la limitación física (la estación) como la artística (el guion tan básico). No hay más que comparar con aquel engendro de Europa One (Europa Report en inglés, en otra de esas traducciones absurdísimas), por citar la más parecida que se me ocurre en los últimos años. Como se suele decir, se presenta como un “artesano de acción” de los que escasean (y eso que en El niño 44 desde luego no apuntaba maneras), ofreciendo una narración absorbente e impactante sin artificios modernos, eso de rodar con pantalla verde sin más esfuerzo por la atmósfera y que el ordenador y la postproducción aporten el factor emocional. Maneja la cámara que da gusto verlo, exprimiendo al máximo un decorado bien trabajado, produciendo adecuadamente el efecto de que flotamos en ingravidez (muy logrado también el trucaje de cuerdas con que se mueven los actores, algo nada fácil de conseguir) y, cuando la cosa se pone fea, sumergiéndonos en un entorno angustioso a la par que vibrante.

A cada fase de la pesadilla le saca el máximo partido. El laboratorio, el exterior, los distintos módulos… No hay sensación de repetición, de escenarios poco excitantes, aunque tenía todas la de resultar así, sino que atrapa con cierta intensidad incluso aunque te intuyas el resultado general, manteniendo un ritmo trepidante con algún segmento desasosegante. Lo más destacable es que las muertes no se precipitan, ni se resuelven con algún cliché tontorrón, algo muy habitual en el género, sino que hacen sufrir a cada personaje durante largo rato, mientras los otros buscan a la desesperada soluciones. Además, con el buen partido que saca de los intérpretes, los distintos clímax ganan puntos extra: en algunos momentos me descubrí algo inquieto por el destino de unos personajes que en principio me importaban bien poco. Los intentos de ubicar y exterminar al ente por toda la estación también funcionan, poniendo ante nuestros ojos planteamientos simples (tapar agujeros y accesos son los retos principales) pero muy bien ejecutados.

La recreación digital del alienígena cumple aceptablemente bien, que esto no es una superproducción, aunque también es cierto que teniendo la tecnología informática tan avanzada es inevitable pensar que podía haber quedado mejor. Pero en cuanto a ente hostil es bastante efectivo: una especie de pulpo escurridizo, inteligente, voraz, incansable… En resumen, como en todo elemento del filme, no sorprende pero funciona correctamente.

Si nos ponemos finos se podría señalar algún aspecto mejorable, como justificaciones algo cogidas por los pelos, como que se haya estropeado la radio justo ahora y haya que salir a arreglarla, pero la única de la que me quejaría es el clásico de los personajes haciendo alguna estupidez. Sí, el ser humano es muy falible, pero se puede exponer en situaciones verosímiles o de forma lastimera. Eso de que el biólogo juegue a través de un simple guante con un ente desconocido que crece a ojos vista… Y tampoco hay esclusa de descontaminación, entran y salen del módulo por una puerta normal. Pero al menos no estamos ante el caso de Prometheus y Covenant, donde todos los tripulantes son gilipollas perdidos durante todo el metraje y no hay ni un solo protocolo científico creíble.

El problema más notable es que no hay margen para la sorpresa, y menos con esos avances que te destripaban todo. No entiendo esa moda actual de contártelo todo, de mostrarte los momentos álgidos de las películas. Así no me ganan para el cine, sino todo lo contrario. La he visto en bluray porque soy un fanático de la ciencia-ficción y me lo trago casi todo, pero interés tenía poco. Incluso pienso que ha tenido poco tirón en taquilla porque era claramente más de lo mismo. Con unos avances intrigantes podían habernos engañado, y viendo lo amena que es, quizá no nos hubiéramos quejado.

Así pues, entre que la premisa está muy trillada y me la han destripado de antemano, conocía de sobras el desarrollo de la película. Incluso el intento de sorpresa final se ve venir muy de lejos. Pero no tiene más fallas, y aunque no se queda en la memoria da para dos horas de emociones fuertes.

Alien: Covenant


Alien: Covenant, 2017, EE.UU.
Género: Suspense, ciencia-ficción.
Duración: 122 min.
Dirección: Ridley Scott.
Guion: John Logan, Dante Harper, Michael Green, Jack Paglen.
Actores: Michael Fassbender, Katherine Waterston, Billy Crudup, Danny McBride, Amy Seimetz, Callie Hernandez, Jussie Smollett, Carmen Ejogo, Guy Pearce.
Música: Jed Kurzel.

Valoración:
Lo mejor: La parte de los androides y el papel de Michael Fassbender. El póster con la cabeza del alien, más inquietante que toda la película.
Lo peor: El guion es un desastre… ¡más grande que el de Prometheus! El ritmo es negligente, los personajes dan vergüenza ajena, excepto los robots, la trama es insustancial y previsible salvo por un par de segmentos, y deja la sensación de que se traiciona demasiado a la serie, de que las nuevas ideas terminan desbarrando en sinsentidos o en soluciones poco emocionantes. El reparto, excepto el citado, no impresiona lo más mínimo. Ridley Scott dirige con desgana. De nuevo los tráileres destripan más de la cuenta.

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Alerta de spoilers: Hasta el próximo aviso no contiene ningún dato revelador más allá de una descripción del argumento.–

El desarrollo de la saga Alien ha sido un caos muy grande y ha traído más disgustos que alegrías a sus seguidores. Desde el éxito de la primera película estuvo claro que era rentable hacer más, que el atractivo del alienígena y del potente personaje principal, Ripley, eran un valor seguro. Bueno, siendo realistas, en cada nueva entrega ha habido unas pocas reticencias por ser ciencia-ficción adulta, que no es tan vendible como otros géneros, pero también era evidente que contaba con bastante fidelidad asegurada y un gran potencial para atraer a nuevos espectadores. Esto queda demostrado con que tras casi cuarenta años siguen pariendo nuevas secuelas, a pesar de que los productores la han liado bastante, improvisando cada proyecto de mala manera de forma que el milagro de Aliens fue un caso aislado y en los siguientes capítulos la desorganización y los egos propiciaron una caída de calidad notable.

Cada película supone una traición más o menos importante a la anterior, y sólo Aliens ofreció giros satisfactorios. Allí pasamos del terror puro a lo bélico, pero sin perder la esencia original: daba miedo y era claustrofóbica como su predecesora, y todas las nuevas ideas que aportaba fueron muy acertadas. En Alien 3, después de marear la perdiz con guiones de todo pelaje, sacrificaron lo andado, sin vergüenza alguna además, pues se cargaron a dos protagonistas muy queridos, Hicks y Newt, para dejar a Ripley sola otra vez y así intentar volver a los orígenes a pesar de que nadie lo pedía. Pero resultó una imitación bastante aburrida e incapaz de provocar pavor. En Alien Resurrection la situación también se descontroló, y acabó siendo una aventura más ligera, con toques de comedia incluso, dejando de lado la premisa de suspense y terror sin disimulo alguno. Al menos es muy entretenida, eso sí.

Prometheus devuelve la saga a manos de Ridley Scott, uno de sus principales artífices. En realidad Alien fue ideada y escrita por Dan O’Bannon, pero hay que contar a Scott y también a H. R. Giger, el diseñador artístico, como los otros pilares fundamentales. Scott ha afirmado estar asqueado, como todos, de la deriva de la saga, y quiere recuperarla con una nueva perspectiva. En este retorno pretende ir a los orígenes del ente alienígena tan misterioso, pero entre las imposiciones del estudio (otra vez con cambios de ideas y de guionistas) y que no estuvo muy atinado, nos trajo explicaciones insuficientes e inclinaciones filosóficas de baratillo en una cinta bastante floja.

Finalmente llegamos a Covenant, que promete, en un segundo intento, abordar la mitología del ser, poner orden en el desbarajuste de la trama y levantar el nivel cualitativo. El que hayan contado entre los guionistas con un peso pesado como es John Logan (Gladiator, El último samurái, El aviador, La invención de Hugo, Skyfall…) parecía indicar que se han tomado el proyecto más en serio. Pero me temo que el resultado ofrece un desastre aún mayor, es la peor entrega, y la más desatinada en cuanto a historia. Aunque se suponía que iba a narrar las andanzas de Shaw y David (tanto que se llamaba Prometheus 2), la sensación que dejó Prometheus en el ambiente fue bastante mala a pesar de su correcto recorrido en la taquilla y en el mercado doméstico, así que el proceso tomó otra vez el rumbo de la improvisación. Es difícil deducir, a la hora de escribir este artículo, cuánto fueron alterándose los planes iniciales (no se han filtrado versiones previas del guion ni hay declaraciones que den pistas, como sí ha ido pasando con Prometheus con los años), pero sí está claro que el estudio obligó a sacar el clásico alienígena de aquella para iniciar una serie distinta, pero ahora lo quiere de vuelta, y Scott ha rodado de nuevo cambiando de ideas sobre la marcha, como si no encontrara el rumbo, anunciando cada poco tiempo que se estaba alejando cada vez más de lo visto en el capítulo inivial de esta nueva línea, dando la impresión de que iba a dejar colgado todo lo que allí se propuso, a hacer la vista gorda.

Pero una vez estrenada Convenant nos encontramos con que la película es en el fondo una repetición apenas disimulada de Prometheus, que cuenta con el mismo esquema narrativo y aborda las mismas ideas aunque sea con otros protagonistas y pequeñas diferencias en los hechos. Es decir, es otra vez llegar a un planeta e ir muriendo de uno en uno en una poco inspirada aventura de suspense y acción, mientras de fondo se desarrolla un burdo ensayo sobre la fe y el creacionismo puesto en boca de personajes mediocres cuando no ridículos. Y para colmo, el intento de avanzar hacia alguna parte, cuando llega, no funciona, ofrece nuevas y absurdas traiciones a la serie, haciendo la historia cada vez menos atractiva y con más agujeros.

Que Scott diera un giro más reflexivo y espiritual a una saga que se aferraba a una combinación del terror alienígena con el humano (la corporación Weyland siempre fue la que nos llevaba a caer en las garras del bicho, en un clásico pero efectivo “el hombre es el peor enemigo del hombre”) no tenía por qué ser malo, pues la ciencia-ficción permite ir por infinidad de caminos, e incluso se podría decir que una renovación de ideas era bastante necesaria. Pero, como en Prometheus, no se sabe en ningún momento a dónde quiere llevarnos, las cuestiones que plantea son banales, quedándose en conceptos muy primarios (“¿hemos sido creados?”, “yo tengo fe a ciegas”), sin profundizar lo más mínimo en ninguna ramificación y desde luego sin dar respuestas convincentes a los pocos y obtusos pensamientos planteados. Y como es de esperar, el dibujo de los personajes se topa con esa visión tan inmadura, superficial. ¿Cómo pretendes sumergirte en la espiritualidad y creencias del ser humano con una descripción tan frívola, tan pueril, del mismo? Los conflictos de creencias son delirantes, pero lo mismo se aplica al resto de dilemas, decisiones y acciones que enfrentan: no guardan lógica ni seriedad alguna. Los científicos elegidos para liderar una misión de gran importancia son memos sin formación que no respetan la cadena de mando, que se toman todo como un juego, que no entienden realmente de ciencia (ni un protocolo de seguridad e investigación decente, es todo más disparatado que en Prometheus), que se mueven por impulsos inmaduros, poniendo en peligro a sus compañeros y la misión (¡2.000 colonos criogenizados!) por el capricho de turno, sea que uno quiere hablar con la novia (abundan los romances de corte adolescente) o cualquier otra sandez.

Así pues, nos volvemos a encontrar con que los protagonistas son muy aburridos, rematadamente estúpidos y por extensión inverosímiles, resultando cargantes desde sus primeras apariciones. Sólo se salvan los dos androides, Walter y David, encarnados ambos por Michael Fassbender. Son los únicos con una pizca de personalidad y unas motivaciones llamativas, con una evolución digna. Muestran el potencial que había y tanto se desaprovecha. La interpretación de Fassbender es de las difíciles, de las de mostrar intenciones y pensamientos ocultos con sutileza, y encima en dos personajes distintos, y está fantástico. La protagonista, Daniels, es un cero absoluto en carisma, en parte por el pobre papel de Katherine Waterson, pero sobre todo porque no presenta ninguna forma de ser concreta, ni anhelos ni metas. Su única aportación medianamente intelectual es una simplona discusión con el capitán, y el único interés que le conocemos en esta gran aventura es hacerse una cabaña en el nuevo mundo. Luego simplemente se dedica a copar todos los planos sin que sepamos qué piensa, cuánto sufre, qué quiere y qué podría hacer. En Prometheus, Noomi Rapace era capaz de levantar un personaje central inicialmente bastante tonto, pero Waterson no da la talla en ningún momento. El nuevo capitán tampoco pasa el corte menos exigente, es un panoli sin determinación ni dotes de liderazgo, otra descripción que no encaja en un tipo que ha alcanzado un puesto tan exigente, y Billy Crudup tampoco deja huella. El resto de la tripulación son peleles a los que no se les confiere identidad, y menos aún cuando empiezan a caer en los agujeros del guion. En Prometheus, aunque fueran malos personajes y acabaran haciendo el gilipollas, al menos te hacías una idea de quién era quién y a qué se dedicaba, aquí sólo he sido capaz de identificar a varios pilotos, y por supuesto no me importaba lo más mínimo lo que les pasara a ninguno de ellos, así que el resto ni te cuento.

Como es obvio, sin protagonistas con tirón es difícil enganchar, y para empeorar las cosas la aventura es rematadamente insulsa, mucho más lenta y aburrida que Alien 3, y la más previsible de toda la saga. El primer acto se hace eterno. Los líos en la nave son intrascendentes, no resultan excitantes ni sirven para exponer como es debido a los protagonistas. La llegada al planeta de turno se hace de rogar, llega sin forjar una atmósfera de intriga, sino con una parsimonia cansina, y una vez allí empieza la fiesta. Pero en el mal sentido, porque en el arco central se acumulan las tonterías hasta convertir la película en una comedia involuntaria, y garantiza risas en cantidad. Los detalles, aunque todo es predecible hasta el hartazgo, los considero reveladores, así que los dejo para luego. Pero aquí también hay un pequeño giro que salva de la más absoluta ignominia a la proyección: la trama toma una nueva perspectiva bastante prometedora cuando los dos androides se enfrascan en un duelo moral e interpretativo. Deja un par de escenas muy sugerentes y promete encaminarnos por fin hacia algo mejor…

Pero el envoltorio hace aguas por todas partes, con esas situaciones rocambolescas que tiran por tierra no sólo la consistencia global, sino cualquier intención de generar intriga o incluso terror, y finalmente esa nueva línea no termina de despegar, la cinta vuelve a decaer bastante en su tercer acto. De repente Scott se obsesiona por la acción aparatosa, cambiando el género de supuesto suspense por prácticamente una de superhéroes. Los personajes que quedan, de inútiles y pasmaos pasan a ser valerosos y resolutivos en un visto y no visto, pero además en una línea exageradísima, como si estuviéramos en un capítulo de Los Vengadores de Marvel. Pero, de nuevo, sin conexión con los protagonistas no hay manera de emocionarse, y para rematar, las secuencias de acción son tan hipertrofiadas que me sacaron por completo de una narrativa que antes era opuesta, fría, apática.

Scott se queda un poco corto donde siempre suele brillar: el aspecto audiovisual no cautiva. El acabado no es tan impactante como el de Prometheus, que conseguía ser entretenida e incluso bastante intensa en algunos tramos a pesar de sus deficiencias, ni tampoco aguanta el tipo comparada con Alien 3 y Resurrection, bastante efectivas a su manera en lo visual aunque no cogieran el punto a la esencia de la saga. Aparte de que Scott no consigue sacar nada del atroz guion, también se hacen evidentes otros motivos: se nota la falta de confianza del estudio, que le dio sesenta millones menos de presupuesto que a Prometheus, los escenarios principales carecen de originalidad y capacidad para sobrecoger (gran parte de la aventura transcurre en parajes naturales), y las partes más importantes se plantearon, supongo que por buscar algo más comercial, como de acción básica, no de atmósferas trabajadas. La recreación de la nave Covenant es bastante buena, pero en cambio el escenario nuevo que debe sorprender lo hace más bien para mal, porque no parece muy verosímil ni se aprovecha en esta narrativa tan poco estimulante. Es que el poco nivel arrastra hasta a la banda sonora, que en disco suena vibrante, a ratos espeluznante, pero en la película no cala lo más mínimo; solo el tema central de Prometheus, al que recurren un par de veces, se hace notar. Scott es bien conocido por destrozar la labor de los músicos.

Después de la leve remontada del segmento central, el tercer acto se me hizo larguísimo y el aparatoso clímax no recuperó mi atención, estaba totalmente desconectado en esas secuencias de acción desmedidas pero huecas. Y el final no mejora las impresiones. La idea de dejarlo abierto a nuevas secuelas no funciona, es un desenlace insustancial, predecible y nada atractivo de cara al futuro. Nos han engañado dos veces, pero no deberían engañarnos una tercera… ¿O no?

Sorprendentemente, las críticas profesionales son bastante correctas, poniéndola incluso por encima de Prometheus. El público es más duro, pero aun así, desde mi punto de vista, le han llovido pocos palos, porque es pésima hasta dejar atrás la serie b y caer de lleno en el cine cutre, es decir, el que hace gracia por estúpido. Hasta las de Alien vs. Predator tenían algo de dignidad: sabían a lo que iban, la saga les importaba bien poco y en general carecían de pretensiones más allá de ganar algo de dinero.

Alerta de spoilers: A partir de aquí destripo a fondo con todo detalle.–

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Ghost in the Shell: El alma de la máquina


Ghost in the Shell, 2016, EE.UU.
Género: Acción, ciencia-ficción.
Duración: 107 min.
Dirección: Rupert Sanders.
Guion: Jamie Moss, William Wheeler, Ehren Kruger.
Actores: Scarlett Johansson, Pilou Asbæk, Juliette Binoche, Takeshi Kitano, Michael Pitt, Chin Han, Anamaria Marinca, Peter Ferdinando.
Música: Lorne Balfe, Clint Mansell.

Valoración:
Lo mejor: Dirección artística. El papel de Scarlett Johansson.
Lo peor: Refrito sin alma ni profundidad de las dos películas originales.
El origen: Es una versión de los dos animes de Mamoru Oshii (Ghost in the Shell, 1995, Ghost in the Shell 2: Innocence, 2004), no del manga original de Masamune Shirow (1989).
El título: En latinoamérica la han llamado… Vigilante del futuro/La vigilante del futuro.

* * * * * * * * *

Alerta de spoilers: Hay ligeros spoilers de la premisa, pero nada que no se deduzca de los avances. En un párrafo bien señalado comento más detalles.–

Ghost in the Shell es una saga que habla sobre la distinción entre máquina y ser humano a través del alma o espíritu, o sea, de los sentimientos, anhelos y esperanzas que nos distinguen del frío cálculo de una inteligencia artificial… Y por ello es bastante gracioso que en esta nueva versión estemos ante un gélido producto comercial, una copia sin alma ni personalidad propia, pues es un refrito de las dos películas originales como es habitual pasado por esta expresión a la que me he aficionado: la batidora intelectual. Carece de reflexiones complejas que analicen el porvenir de la humanidad, no nos ponen ante la visión de una sociedad futura tangible, verosímil, que nos conmueva y haga pensar. El relato se apoya únicamente en el clásico viaje dramático del protagonista, que quiere averiguar quién es, de dónde viene. Lo de que sea una cíborg que lucha contra crímenes cibernéticos casi es irrelevante, es un adorno sobre el clásico rollo de trauma a superar y búsqueda del pasado.

Por extensión, el entorno futurista parece un envoltorio artificial, en plan “hay que cumplir con el género, así que meted tecnología por todas partes”. La infinidad de planos de la ciudad llena de modernidad y hologramas-anuncio no logra funcionar del todo, y no porque la ambientación no sea buena, que lo es, sino porque no ofrece novedad alguna, pero sobre todo porque carece de profundidad, no se crea una conexión férrea entre la descripcón de la sociedad y la trama y los personajes. Las menciones sobre que la gente se “evoluciona” el cuerpo con tecnología no aportan nada a los protagonistas ni sirven para abordar algún tema existencialista, y los diálogos al respecto son bastante cutres, no consiguen la naturalidad necesaria. La Mayor es la única a través de la cual se habla en algún momento del yo versus la creación artificial (como cuando se busca una prostituta y tantea qué nos hace humanos: el físico, los sentimientos…), pero son recesos puntuales en una progresión dramática como digo ahogada en dilemas terrenales muy vistos. El individuo al que persiguen termina inclinándose también por el mismo, exactamente el mismo, camino: su búsqueda de identidad, la percepción que tiene del mundo y el hombre, la anunciada transformación en algo nuevo, se dejan muy de lado por una simplona obsesión por vengarse de sus creadores y esclarecer su pasado.

Así pues, la temática sobre la frontera entre máquina y ser humano no da nada de sí en las pocas ocasiones en que parece emerger a través de un guion que se empeña en relegarla. El manga, las películas y las series nos llevaban a un futuro donde hombre y máquina se fusionan en simbiosis y dependencia, donde cada situación ofrece ejemplos y dilemas sobre las distintas repercusiones. La definición de inteligencia artificial y seres humanos, la manipulación de recuerdos y la percepción, la pérdida de identidad propia y social… Nada de eso se ve aquí más allá de unos pocos apuntes superficiales. Y para colmo, el único aspecto que parecen seguir con cierta determinación (el quién soy) acaba con filosofía barata (me extiendo en el párrafo de spoilers más abajo).

Y sinceramente, creo que no era tan difícil superar a las dos películas previas, porque tenían unos problemas narrativos serios (ritmo moroso, sensación de desequilibrio entre la línea filosófica y la trama policíaca) que en nada que los arreglaran con una puesta en escena más vibrante y un caso un poco mejor cuidado podía haber dado un título más redondo. Pero claro, hablamos de Hollywood, y han descartado lo que las hacía buenas: la inteligencia y sensibilidad a la hora de abordar temas trascendentales complejos. Así pues, tenemos otra de acción sin más relevancia ni calado, otro remake innecesario; para hacer esto mejor reestrena aquellas en cines. Me ha recordado bastante a Desafío total. Funciona aceptablemente bien como entretenimiento, pero está a años luz del ingenio y carácter del original. Ni siquiera se han esforzado en aplicarle una pequeña actualización para que sorprenda un poco y encaje mejor en nuestros tiempos, como hicieron con Robocop (con la que guarda muchísima similitud en cuanto a trama).

La odisea de la Mayor Mira Killian por encontrar respuestas no cala hondo pero tampoco cae en la indiferencia, y Scarlett Johansson se toma el papel bastante en serio, con lo que sustenta bien el viaje. Su pose derrotista, sus miradas apesadumbradas… Se ve un halo sombrío sobre ella, un ansia por hallar razones por las que sentirse viva y parte de este mundo, y ha decidido no parar hasta encontrarse a ella misma, es decir, conocer su pasado y aclarar su sentimientos. La pena es, como digo, que su recorrido emocional se estanque en algo tan visto y que desprecia las pobilidades de las obras en que se basa. Batou es un compañero simpático, y la química entre ellos es aceptable; no deslumbra ni tiene mucho recorrido, pero no está mal. El resto del equipo sin embargo no da la talla, ni si quiera Aramaki el jefe, interpretado por un apático Takeshi Kitano (por cierto, parece que tiene por contrato salir en todas sus películas en un contrapicado apuntando con un arma). Y los villanos son más pobres aún, están enquistados en los clichés: el empresario es un caso grave de “soy malo porque sí”, y el misterioso hacker es un simple objeto para empujar a la protagonista, queda a años luz del sugerente Titiritero.

El ritmo es correcto, no tiene bajones graves más allá de un final mejorable. El problema es que de ahí a impactar hay un buen salto. El diseño artístico y la fotografía son lo que mejor funciona, de hecho realzan bastante una dirección y una banda sonora un tanto limitadas, incapaces de exprimir el potencial del género y el argumento. Las calles y la fauna de la ciudad están muy cuidadas, cada escenario es bastante vistoso gracias al esmero en llenarlo de información, detalles y colorido y al buen trabajo de decorados, vestuario y maquillaje, aunque el ordenador se queda bastante atrás, pues los planos lejanos de edificios y coches cantan mucho. Pero a la larga también da la sensación de que el escenario está sobrecargado en lo audiovisual: mucho arte y efecto especial, mucha música, mucho sonidito, pero tenemos un nivel muy justo en el acabado global porque el guion no llega y la dirección (Rupert SandersBlancanieves y la leyenda del cazador-) cumple sin más. En resumen, otro filme hecho únicamente con dinero y en postproducción. Y también entra de nuevo en juego la inevitable comparación. Si no conoces la obra original y no has visto las escenas de acción y otros momentos que se empeñan en imitar con desgana, le sacarás más partido. Si no, queda poca cosa por disfrutar en un relato que va hacia adelante sin tropezarse pero también sin despertar pasiones.

El asalto inicial a una reunión y la persecución por el canal son efectivas, pero a estas alturas no impresionan, y menos con Matrix de por medio, que exprimió a lo grande las peleas de cámaras lentas y planos elaborados. Poniendo una cutre musiquita de campanillas, como para tratar de enfatizar la magia del momento, no se arregla la cosa, hay que buscar una atmósfera más efectiva que te vaya atrapando para que cuando llegue un momento cumbre este, aunque no sea revolucionario, impacte con contundencia. Así, la mejor parte de la cinta es el arco central, con menos acción pero más contenido y emoción: la Mayor tratando de entenderse y encontrarse a sí misma (la relación con la doctora o ingeniera que la cuida, la búsqueda de experiencias humanas -la prostituta- y otros momentos -la visita a una mujer-), la agradable relación con Batou (la escena de los perros, la del buceo), así como el complot que afecta a la Sección 9, donde parece que los secundarios van a cobrar relevancia por fin, mantienen correctamente el interés.

Por desgracia, esto último, los problemas globales de la Sección 9, o sea, de sus compañeros, se queda en poca cosa, pues lo dejan de lado para aferrarse de nuevo a la imitación innecesaria. Precisamente el desenlace es el momento en que más deberían diferenciarse, para poder sorprender y dejar buen recuerdo… Pero se empeñan en meter el tanque araña, el tiroteo y otros planos míticos de la primera película. Y no queda nada bien. No tiene la mitad de pegada visual, pues lo localización es poco atractiva y la secuencia en sí no tiene savia, y en general todo parece ocurrir porque hay que cumplir con ello. Así que resulta un final anticlimático, forzado y poco llamativo. Las revelaciones sobre ella se veían venir muy de lejos, el lío del hacker también, y el villano empresario tiene el destino que sabíamos que iba a tener desde su primera aparición con mirada aviesa y música intrigante que lo señaló como el malo de la función. El tanque aparece de la nada sin vergüenza ni lógica alguna. El complot contra la Sección se deja de lado por completo, no sabes dónde han ido los demás agentes y de repente aparecen de nuevo en todo el jaleo, por supuesto en el momento justo: la escena del francotirador es ridícula.

A lo largo del relato tenemos unos cuantos agujeros de guion, o al menos unos saltos poco fluidos, algo que también pesaba en las originales, dicho sea de paso.
Alerta de spoilers: Comento muchos detalles concretos. Pasa al siguiente párrafo si quieres evitarlos.–
¿Por qué van al bar de la yakuza? Tras conectarse la Mayor a la geisha, despierta diciendo sin más Sé dónde hay que ir, y juraría que tampoco se explica qué relación tiene el local y la mafia con el hacker. En el encuentro con él más tarde, ¿por qué nadie lo persigue a pesar de haber cantidad de agentes a pocos metros? ¿Y se habían perdido? Que se ha tirado como quince minutos de cháchara con la Mayor sin que aparecieran. Pero esto de que el equipo llegue tarde pero justo a tiempo para salvar la situación también ocurre en el citado final, y también en el prólogo: ella está en posición desde hace rato antes de entrar en acción, pero ellos están a tomar por culo no se sabe por qué. Vaya inútiles. Pero hay más cuestiones. ¿Ella vuela? Se deja caer desde las azoteas y luego aparece entrando por las ventanas sin cuerdas ni nada. No sé por qué el tanque explota al forzar la puerta. Ni por qué Kuze, un experimento malogrado, se convierte por arte de magia en un hacker sin igual. Y telita con la celda donde conectar a los interrogados, que permite suicidios tan fáciles mientras todos miran sin hacer nada. En cuanto a la temática filosófica que comentaba al inicio, hay poco que rescatar, la cinta llega a unas conclusiones lastimeras. Uno se define por sus actos, no por sus recuerdos. Menuda sandez. Todo lo contrario, uno se define por todo lo que ha vivido, experimentado y aprendido, y sin ello sus actos no son humanos, sin recuerdos, sin memoria y aprendizaje, uno es un vegetal, un cascarón vacío. Y el Yo sé quién soy con el que acaba la Mayor, cuando lo único que ha encontrado es un recuerdo concreto… el resto de su vida, y sus sentimientos respecto a sí misma y al resto de gente que la rodea, ¿se arreglan sin más con saber qué hacía de joven?

Tampoco me gusta lo de Japón sin ser Japón. Parece que estamos allí, pero el único que habla japonés es el jefe, y el equipo está compuesto por más gente extranjera que locales, lo cual sorprende en una organización de seguridad nacional. Se justifica de mala manera que la protagonista no sea japonesa (es un cíborg), pero el resto no. Si estás haciendo una versión occidental, no te andes con medias tintas absurdas. Los estudios quieren una versión occidental para venderla en todo el mundo pero que a la vez recuerde mucho a la japonesa, y una versión simplificada pero con sus mejores momentos, que hay que llegar a los viejos fans aparte de atraer a nuevos espectadores en masa. Y se hacen la picha un lío, y el lío se agrava conforme van añadiendo más ideas y cambiando de guionistas, y se agrava a medida que van metiendo escenas para atraer a distintos rangos de público a la vez. No tengo en principio nada en contra de nuevas versiones y adaptaciones, pero con la tendencia habitual de Hollywood es normal que haya recelos. Y Ghost in the Shell ha resultado otro gran ejemplo de este mal hacer, a pesar de ser una saga que podía extenderse, ampliarse y renovarse con facilidad, dado su género tan abierto y los avances tecnológicos que ha habido desde el manga y el primer anime, que permiten nuevas relecturas del tema. Cualquier capítulo de la serie (Ghost in the Shell, Stand Alone Complex, 2002) ofrece ideas más originales y planteamientos más trabajados en los veinte minutos que duran.

En la taquilla no parece responder a pesar de la insistente campaña publicitaria, y desde el estudio ya están diciendo que es culpa del casting blanco en personajes originales japoneses y del varapalo de la crítica (lo mismito pasó en Dioses de Egipto). Toma, pues claro: haces una película poco respetuosa en fidelidad y mediocre en calidad… ¿qué respuesta esperabas? Visto lo visto es una suerte, quizá así nos libramos de remakes insípidos de otros títulos que llevan años planeando, como Akira y Cobwoy Bebop, o, mejor aún, de hacerlos quizá se los tomen más en serio.

Ver también:
Ghost in the Shell.
Ghost in the Shell 2: Innocence.

Ghost in the Shell 2: Innocence


Innocence , 2004, Japón.
Género: Ciencia-ficción, anime.
Duración: 83 min.
Dirección: Mamoru Oshii.
Guion: Mamoru Oshii, Masamune Shirow (manga).
Actores: Akio Ôtsuka, Kôichi Yamadera, Tamio Ôki, Yutaka Nakano, Atsuko Tanaka.
Música: Kenji Kawai.

Valoración:
Lo mejor: Sugerentes reflexiones, atractiva visión del futuro.
Lo peor: No innova nada y tiene algunos problemas narrativos.
Mejores momentos: Las visitas a la ciberforense, el lío en la tienda, el asalto final, el origen de los ginoides.
El dato: El poco habitual término “ginoide” puede ser desconocido para muchos. Son los androides de características femeninas.
La traducción: En la primera parte traducían firewall como barrera, pero aquí lo dejan en inglés, pues el término se fue imponiendo en la sociedad a pesar de tener una traducción clara.

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El gran éxito mundial que el primer largometraje de Ghost in the Shell fue consiguiendo con el boca a boca permitió que el manga tuviera adaptaciones más ambiciosas, es decir, con presupuestos y técnicas superiores a lo estandarizado. Mientras se desarrollaban dos series (o dos temporadas, pero el distinto nombre confunde), Ghost in the Shell: Stand Alone Complex (2002) y Ghost in the Shell: Stand Alone Complex 2nd GIG (2004), llegaba también otra película, Ghost in the Shell 2: Innocence (2004). No es necesario ver las series, que tienen su propia cronología, pero sí la primera cinta, pues la presente continúa poco después de aquellos eventos.

La historia no cuenta con diferencias sustanciales. Teniendo un universo imaginario con tantas posibilidades se podría criticar que las bases de la trama sean prácticamente las mismas a la del capítulo previo, que se arriesguen tan poco por ir más allá, que parezca que han puesto más énfasis en el aspecto visual, enriquecido con más dinero y más trucaje digital, que en ofrecer una aventura más novedosa. Tenemos otra figura misteriosa que altera el comportamiento de los androides, un nuevo complot de una organización poderosa (en este ocasión una empresa privada), y otra investigación policial que avanza según su autor (esta vez Mamoru Oshii escribe aparte de dirigir) quiere exponer un planteamiento filosófico u otro. También encontramos situaciones que oscilan entre la repetición y el homenaje, y cada uno decidirá si le sobran o le parecen bien incluidas, como la escena de buceo o la de la Kusanagi tirando hasta desgarrase los brazos.

Pero también es cierto que la clásica idea de hacer la secuela “más grande y mejor” no funciona mal a la hora de la verdad, más allá de la decepción que supone que no se atrevieran a innovar. Nunca da la impresión de ser una repetición facilona o una simple renovación visual. La investigación policial es más elaborada, se saca buen partido de los personajes, el ritmo es más intenso en líneas generales, y las reflexiones existencialistas aportan nuevas líneas de pensamiento. Ahora bien, siguen existiendo altibajos y la sensación de que se dejan algunos hilos importantes sin aclarar del todo.

Cabe destacar el mimo puesto en los protagonistas. Conocemos más de sus vidas, la relación entre los detectives protagonistas, Batou y Togusa, es muy interesante (encantador el lío con el perro), e incluso manejan con más tino a los secundarios, incluyendo los que menos presencia tienen. Por ejemplo, me encanta la escena del policía cabreado pegando una patada a la papelera, o la entrada de equipo forense en el escenario de un tipo descuartizado: le dan un toque de humanidad a la fauna que pulula por las comisarías, algo de lo que carecía su predecesora. Pero también resulta más tangible su conexión con el caso, tanto porque hay más trabajo real (analizan escenarios, buscan pistas con más ahínco) como porque la situación los afecta directamente.

Por estas mejoras evidentes sorprenden algunos errores no subsanados y algunos agujeros de guion realmente notables. De nuevo el caso avanza en algunos momentos clave por cosas poco consistentes. En esta ocasión no les caen del cielo, pero también llegan a alcanzar algunas conclusiones por factores que parecen demasiados externos a la investigación. Básicamente van hacia la matriz de la empresa sospechosa sin tener pistas claras ni un plan concreto, y resulta que Batou utiliza un par de contactos salidos de la nada que terminan de resolverlo todo. Pero es que además parece que se encuentra a uno de ellos por la calle por casualidad. ¿Lo estaba buscando? No se indica que sea así. Y el otro es demasiado conveniente, un hacker que todo lo sabe y que supone un deus ex machina bastante baratucho, y además genera algunas preguntas e incongruencias: ¿no podía haber buscado su ayuda antes?, y si este es tan poderoso, entonces Kusanagi podría haber solucionado las cosas en un abrir y cerrar de ojos. Pero en su caso también resulta muy conveniente su gradual participación, pues su nivel de acceso a la guarida de los malos se adapta al clímax de acción: sólo controla una muñeca, sólo se puede enchufar cuando ha habido una buena pelea…

Y para colmo, el villano al final no toma forma, no existe. Aunque dicen que han resuelto el caso en realidad dejan partes clave sin explicar. ¿La empresa no tiene un cuerpo directivo? No detienen a nadie. Tampoco se esclarece bien la implicación de aquel hacker en todo el asunto: ¿es un peón o formaba parte activa de la intriga? En el interrogatorio, entre tanta cháchara no queda claro qué averiguan, pero al final dicen no tener suficientes pruebas y pretenden atacar a lo bestia… y encima, a pesar del largo plano que nos presentaba la sede de Locus Solus como una gran catedral, asaltan un barco. ¿Esto lo ha sacado Batou del hacker? Pues podían haberlo comentado, que te lanzan al desenlace sin que sepas por qué. Tampoco se llega a explicar por qué intentaron desacreditar a Batou en vez de eliminarlo. Si se llega a aclarar alguna de estas dudas, desde luego se me ha pasado por alto en dos visionados y un análisis por escenas buscando respuestas (por ejemplo, hasta que me puse el final otra vez para intentar entender algo, creía que el robot que dirige la seguridad del barco era el objetivo).

El equilibrio narrativo, pese a la mejora general, también tiene sus achaques. Volvemos a encontrarnos con algún numerito musical metido con calzador que baja mucho el interés, por muy espectacular que sea (como el desfile incomprensible en aquella misteriosa ciudad), más una secuencia de acción aparatosa, el asalto a la guarida yakuza, que no aporta mucho. Y una escena importante previa al desenlace, el encuentro con el hacker, termina haciéndose eterna, no porque jueguen a repetir la situación en un engaño virtual para los protagonistas, pues ello permite otra reflexión jugosa en cuanto a la relación humanos y tecnología, sino por la parsimonia con que se hace: aquí sí da la sensación de que ponen más esfuerzo en lo audiovisual que en darle vidilla desde el guion, y más teniendo en cuenta que a estas alturas del metraje se requería algo más directo y contundente. ¿Es que Batou no podía haber empezado por enchufarse a su nuca nada más llegar?

Pero, como en la primera entrega, sus virtudes disimulan bastante sus carencias. Tenemos una descripción de un futuro más o menos cercano tan fascinante como inquietante. La recreación visual es excelente, y aunque se empeñaron en usar ordenador más de la cuenta y hay momentos en que no ha envejecido bien, por lo general resulta hipnótica. La banda sonora es parca en temas pero estos funcionan a las mil maravillas: el principal más que hermoso resulta sobrecogedor, el juego de realidad virtual en la mansión del hacker es muy certero, y la suite de acción en el tramo final es fantástica. Aunque la cinta es veinte minutos más larga y tiene sus bajones, también goza de un ritmo más intenso, destacando un clímax sencillo (es pegar tiros y avanzar) pero muy bien ejecutado que se cierra con una efectiva y trágica sorpresa respecto al origen de los ginoides. Y, sobre todo, tenemos otra serie de reflexiones existencialistas que te mantienen absorto (si no se te atraganta el pensar en una película) tratando de entender lo que dicen, aplicarlo al mundo real, asustarte por lo que podría hacerse realidad en pocos años… Los robots sexuales, la clonación de personalidades, los problemas derivados de la conectividad del cuerpo con redes globales (destacando la alteración de nuestra percepción de la realidad y el abuso de las grandes corporaciones), los problemas éticos que irían emergiendo con la frontera cada vez más difusa entre humanos y máquinas, y también los sentimentales (soledad, desarraigo). De nuevo, las citas y referencias a filósofos y pensadores son abundantes, para que quien sienta curiosidad pueda ir más allá.

Innocence es, como su predecesora, una obra subyugante, a ratos hermosa, a ratos perturbadora, que es capaz de hacernos pensar y dejar huella, pero también arrastra bastante el efecto decepción porque una obra tan cautivadora esté tan constreñida por una narrativa un tanto torpe. Y por si fuera poco, algunos de sus errores vienen de la primera parte, así que cuesta más perdonarlos.

Ver también:
Ghost in the Shell

Ghost in the Shell


Kōkaku Kidōtai, 1995, Japón.
Género: Ciencia-ficción, anime.
Duración: 100 min.
Dirección: Mamoru Oshii.
Guion: Kazunori Itô, Masamune Shirow (manga).
Actores: Atsuko Tanaka, Akio Ôtsuka, Tamio Ôki, Kôichi Yamadera, Yutaka Nakano, Tesshô Genda, Iemasa Kayumi,
Música: Kenji Kawai.

Valoración:
Lo mejor: Premisa muy potente: el universo y las ideas planteadas dejan huella, invitan a la reflexión. El acabado visual y sonoro tiene mucha pegada y ofrece algunos tramos espectaculares.
Lo peor: No se logra el ritmo adecuado, tiene pasajes de relleno y exceso de diálogo (con algo de pedantería) que terminan haciéndola pesada.
Mejores momentos: El prólogo, la persecución, la lucha contra el tanque.
El plano: El árbol evolutivo destruido por una máquina.
El detalle: Los protagonistas beben cerveza San Miguel, pues en realidad es originaria de Filipinas y tenía cierto éxito en Asia antes de que la trajeran a España.
La pregunta: ¿Cómo funciona el camuflage de Kusanagi? Parece que se pone un velo para cubrir su cara, que por alguna razón no se camufla sola… pero el pelo, el arma que lleva al muslo, los guantes y medias sí se vuelven invisibles.
El título: “Ghost in the shell” es el alma o espíritu de la máquina, el rastro de humanidad que las distingue de las inteligencias artificiales.
El autor: Masamune Shirow es en realidad un pseudónimo de Masanori Ota, a quien le gusta el anonimato y se sabe bien poco de su vida.
La frase: Si el hombre ve que la tecnología está a su alcance, la aprovecha. Es algo instintivo.

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La Sección 9 persigue los crímenes cibernéticos que atañen a la seguridad nacional. Su principal activo es la Mayor Motoko Kusanagi, una mujer con un cuerpo completo de cíborg, y su fiel Batou, también bastante alterado, entre otros detectives, como Togusa, quien no cuenta con añadidos tecnológicos. Su misión actual es ir tras un hacker misterioso y peligroso al que llaman el Titiritero. El guion de Kazunori Itô se basa en el manga creado por Masamune Shirow en 1989, aunque con una historia propia, menos centrada en las aventuras policiales de la sección y más en el aspecto existencialista derivado de la combinación de humanos, máquinas y redes de información.

Siempre me ha costado enfrentarme a esta película y a su análisis posterior, tanto a finales de los noventa, cuando empezó a conocerse por España, como al recuperarla años más tarde, pensando que con la madurez le sacaría más partido, como ahora que me he puesto en serio con la saga gracias al empuje de la esperada versión en imagen real. Podría resumir la experiencia de la siguiente manera: es un experimento digno de destacar e incluso alabar por su originalidad y sus profundas reflexiones, pero su plasmación en imágenes arrastra serios problemas de equilibrio en el ritmo y en sus pretensiones.

El problema principal es que la sobreexposición dialogada resulta cargante y confusa. No logran el tono más adecuado en el desarrollo de la intriga política y la investigación policial. De un tramo farragoso donde cuesta entender algo pasamos a un diálogo explicativo sonrojante (No olvides que nosotros somos la Sección 9 (…) ¿Qué trae al jefe de la Sección 9 a…? ¿Pero quién habla así?). Nos embarcamos en una maraña ininteligible de organizaciones y nombres de personajes que apenas han tenido unos segundos en pantalla, dando la sensación de que se potencia demasiado una intriga política que debería estar de trasfondo pero a la hora de la verdad eclipsa un tanto a unos protagonistas que no realizan un trabajo tangible en el caso. De hecho este avanza en sus momentos clave por situaciones que les caen encima. Por ejemplo, la figura inquietante que buscan, el Titiritero, acaba en sus manos por pura suerte, con lo que no llegamos a ver un desarrollo complejo de la investigación; de hecho la gran escena de persecución a un simple peón (la del recogedor de basura que acaba a tortas en un canal) a la postre parece puro efectismo: ¿por qué no reservarla para ir tras el enemigo real? Y al final es un agente secundario, Ishikawa (uno que apenas sale de refilón en algún momento y probablemente ni te fijes en él), quien resuelve también la conspiración, en esa escena en que los llama y explica todo. Es cierto que hay alguna situación donde se los ve trabajar, como la de Togusa analizando la llegada del comité de la Sección 6 a su edificio (comprobando las cámaras de seguridad y el peso de los coches), pero no parece esencial comparado con el resto. Y hablando de momentos innecesarios, se nota mucho que inflan el metraje con numeritos musicales de relleno porque no llegaban a una duración estándar de largometraje.

Así pues, aunque se presentaba inicialmente como un thriller policíaco, esta línea narrativa no llega a ofrecer nada especialmente llamativo más allá de la atmósfera tan efectiva de ciencia-ficción de corte ciberpunk. Se puede argumentar que el verdadero argumento resulta ser otro, el análisis sobre qué nos hace robots y qué humanos, la frontera difusa que plantea nuestro inmediato futuro. Pero precisamente por ello puede mosquear que te pases buena parte del metraje esforzándote en una trama que es cháchara de adorno, y en siguientes visionados, cuando sabes que no es tan relevante, deja la sensación de que la trama avanza exclusivamente para permitir una nueva reflexión en el momento en que se les antoja al guionista.

En cuanto la línea existencialista, hay bastante más enjundia, pero tampoco alcanza una armonía perfecta. Las reflexiones filosóficas resultan algunas veces un tanto pretenciosas, rebuscadas. ¿De verdad no había forma más clara y fluida de exponerlas? Así, la proyección, ya de por si lenta y difícil, se torna un tanto más farragosa, resultando sólo apta para quienes tienen paciencia y se abren por completo a propuestas atípicas y exigentes. Porque lo cierto es que al final, a pesar de sus limitaciones, es innegable el atractivo que posee, hasta el punto de que despertó admiración entre los espectadores que la fueron viendo poco a poco con el paso de los años gracias al boca a boca, convirtiéndola en una obra de culto. La originalidad del planteamiento, el sorprendente microuniverso que ponen ante nuestros ojos, lleno de tecnología, personajes e ideas que oscilan entre lo sugerente y lo fascinante, tienen el potencial de seducir e incluso conmover a los que no se atraganten con su ritmo pesado y su pedantería descarada.

A pesar de estar ya rozando el nuevo milenio, apenas unos pocos adeptos de estos géneros y ciencias dominábamos las nuevas tecnologías y podíamos intuir vagamente su impacto futuro, sobre todo gracias a que seguíamos a algunos escritores muy inspirados que atinaban a imaginar situaciones que nacían en la ciencia-ficción pero años después parecían más reales o incluso se han ido dando de manera aproximada. Desde Isaac Asimov y Arthur C. Clarke a William Gibson y Dan Simmons, el imaginario de estos talentos ha cimentado las bases de lo que explotaría Masamune Shirow en el manga Ghost in the Shell y Mamoru Oshii en su adaptación a pantalla grande. A los que llegaron a verla sin conocer los conceptos planteados por estos autores tuvo que dejarlos verdaderamente anonadados. Los más curtidos pudieron disfrutar igualmente de una actualización muy certera de esas ideas, pues aunque el guion no sea perfecto, el factor asombro y la huella que deja son notables.

El avance de las redes de información y las tecnologías y la conexión de la sociedad con ellas (destacando el trabajo de las fuerzas de la ley), más un aspecto visual arrebatador, nos trasladan muy bien a este particular universo. La visión del futuro atrapa desde el impactante prólogo y la posterior persecución, gracias a la combinación de diseño artístico (en parte obviamente deudor del manga), animación de gran calidad y una banda sonora hipnótica. Las secuencias más importantes, como la lucha cuerpo a cuerpo en el canal y la batalla final contra el tanque, resultan entre espectaculares y sobrecogedoras.

A través de este cuidado escenario futurista y de unos protagonistas crípticos e intrigantes pero bastante carismáticos nos introducen en un ensayo sobre la mismísima definición del ser humano, del yo, de la percepción, y cómo se transformará todo con la llegada de las inteligencias artificiales, las redes de información globales, las mejoras biotecnológicas, etc. ¿Cuándo dejamos de considerarnos un ser humano? Si alteramos los recuerdos y experiencias, ¿ya no somos la misma persona? ¿Y si modificamos el cerebro y la percepción? ¿Y si volcamos nuestro cerebro en una red informática sin cuerpo? Y finalmente, ¿una inteligencia artificial consciente podría considerarse un ser humano? Pero las ramificaciones éticas no se quedan atrás, con los dilemas sobre cómo una sociedad enfrentaría la gradual desaparición de la frontera entre robots y humanos. La moral, las leyes y las desigualdades sociales enfrentarán nuevos paradigmas. Además, todas estas disertaciones contienen innumerables citas y referencias a filósofos conocidos, con lo que quien quiera estudiar más el tema puede buscarlas y seguirlas.

No mucho después se dejó ver algo su influencia en algunos elementos de Matrix, como algunos recursos visuales (las letras verdes, las columnas destrozadas, las máquinas con forma de insectos) y las conexiones entre humanos y redes de información a través de la nuca. Pero lo cierto es que la obra de las hermanas Wachowski fue mucho más allá, logrando en un filme mucho más sólido y sobre todo entretenido, y por ello también su impacto fue mayor. Curiosamente, el legado de estas y otras del género (como Blade Runner), a pesar de su éxito, por lo general se limita a la reutilización de las técnicas de efectos especiales, mientras que la temática de ciencia-ficción con ciberpunk y tintes distópicos y/o apocalípticos no termina de adquirir la popularidad de otros géneros, ya sea porque se sigue considerando un gueto para frikis o porque no hay muchos escritores que se arriesguen con universos complicados que, si no salen bien, pueden caer en lo cutre con mucha facilidad.

Con el éxito del manga y de la primera película no tardaron en realizar nuevas adaptaciones, hasta el punto de que resulta un caos para el que llega virgen. Mi recomendación es ver las dos películas (tienen cierta continuación entre sí) y luego lanzarse a las dos series originales si tienes ganas de más. Películas: Ghost in the Shell (1995), Ghost in the Shell 2: Innocence (2004). Series: Ghost in the Shell: Stand Alone Complex (2002), Ghost in the Shell: S.A.C. 2nd GIG (2004), más un capítulo largo extra, Solid State Society (2006). El resto es rizar el rizo y no me resulta atractivo, no sé si habrá algo rescatable: Arise (2013-2014) es una nueva adaptación del manga con varias entregas, algunas remezclando capítulos (Alternative Architecture, 2015), aunque la última parte llegó a cines japoneses (The Rising, 2015). Para más información mira la Wikipedia.

Finalmente, tras años de rumores se ha realizado una versión occidental en imagen real, dirigida por Rupert Sanders (Blancanieves y la leyenda del cazador es lo único que ha hecho antes) y protagonizada por Scarlett Johansson, con lo que la saga sigue muy viva y llega cada vez a más espectadores. De tener éxito sin duda resucitarán otro proyecto que deambula desde hace años por Hollywood: Akira.

Passengers


Passengers, 2016, EE.UU.
Género: Acción, romance, ciencia-ficción.
Duración: 116 min.
Dirección: Morten Tyldum.
Guion: Jon Spaihts.
Actores: Jennifer Lawrence, Chris Pratt, Michael Sheen.
Música: Thomas Newman.

Valoración:
Lo mejor: En lo visual y lo interpretativo cumple de sobras.
Lo peor: Todos los estilos y argumentos que trata se quedan a medias, el potencial de la temática y su alcance (reflexiones morales y humanistas) no se exploran. Recuerda demasiado a filmes recientes. Los tráileres, otra vez jodiéndote la película entera.
El título: Otro título fácil que llega sin traducir por razones que se me escapan.

* * * * * * * * *

Alerta de spoilers: Si quieres verla en blanco, quizá revelo demasiado del argumento.–

En los primeros avances presentaban lo justo de la historia (en el tráiler final la revientan entera sin miramientos, así que evítalos) y ya se intuía que lo de ciencia-ficción iba a ser más trasfondo que argumento principal y que la cosa apuntaba a cinta romántica. Quedaba por ver el tono: comedia, aventuras, drama… Por las flojas críticas me esperaba una comedia romántica más tontorrona, pero ese estilo no es excesivo y funciona aceptablemente bien, y, sobre todo, también tiene un poco de otros géneros: la aventura de supervivencia ocupa bastante tiempo, la ciencia-ficción tiene más presencia de la que preveía, e incluso se plantea algún dilema ético muy interesante. El problema es que la mezcla no tiene el equilibrio necesario: ni se termina de abordar todo el potencial de cada sección ni la combinación funciona con el ritmo y coherencia necesarios. El resultado, un entretenimiento pasajero digno pero que deja con la sensación de que han pasado otro guion prometedor por la batidora intelectual.

El tramo inicial es El último hombre en la Tierra, pero en una nave espacial. El protagonista hace lo que haría cualquiera en esa situación: tratar de divertirse para sobrellevar las miserias de la supervivencia en solitario. Pero no hay ni una escena que sorprenda, desaprovechan demasiado un entorno que permitía imaginar casi cualquier cosa, y por ello la proyección no termina de coger fuerza. Hasta que llega la toma de una decisión importante no hay mucho que rascar, el personaje es simple, la historia también. Cuando nos embarcamos en el romance se levanta un poco el interés. En realidad también cumple con lo básico sin mojarse, pero aunque sea previsible tiene la emoción y simpatía justa y lleva buen ritmo. Pero sobre todo se salva por la fuerza visual (el realizador exprime bien el generoso presupuesto) y el buen hacer de los tres únicos intérpretes. Porque estamos en uno de esos casos en que personajes con un dibujo superficial son levantados por los actores. Chris Pratt como el técnico pardillo enamorado y Jennifer Lawrence como la joven decidida y enérgica son capaces de mantener en pie esta odisea sin esforzarse mucho; incluso Michael Sheen como el camarero robot cumple muy bien.

En todo este trayecto se ven latentes una serie de pensamientos sobre la moral y el ser humano muy prometedores, pero no los exploran como se podría. La soledad y la supervivencia como catalizadores de decisiones éticas cuestionables, el amor capaz de hacerte sobrellevar cualquier tragedia, el dominio de la tecnología sobre el trabajo manual y las relaciones, la persecución de sueños y las migraciones forzadas… Había tanto donde sumergirse, y pasan de puntilla sobre todo, mojándose apenas un poco con un solo aspecto, la decisión del personaje que sostiene sobre una mentira monumental el romance. Y a esto le dan el cierre más predecible posible, una redención que se ve venir muy de lejos y aun así resulta un tanto forzada. Al menos ha servido para dar algo de enjundia al tramo central, eso sí.

Para el tercer acto llega la acción con una trama de supervivencia también muy ramplona, de hecho es incluso más pobre que el resto: en vez del esperable subidón me pareció que estiraban demasiado la cosa. Las escenas que no se intuyen de antemano parecen improvisadas (ahora un nuevo problema técnico seguido de una solución de ciencimagia sacada de la manga), con lo que falla un poco la conexión emocional: no siento el peligro, no me llega el esfuerzo de los personajes. Entretiene, pero no impacta. Además no ayuda que aquí se vean más todavía las semejanzas o inspiraciones en películas recientes. Escenas sacadas de Gravity hay unas cuantas, pero también otras que recuerdan a Guardianes de la galaxia. Aunque la primera cinta que viene a la mente en una comparación general es Pandorum: el argumento inicial e incluso parecido exterior de la nave es enorme. Aquella en cambio, en un registro muy distinto, eso sí (misterio y terror), tiene bastante más personalidad y pegada y un cierre con giros más trabajados.

Passengers se queda en un quiero y no puedo. Sus achaques no son graves, pero tampoco ofrece nada digno de recordar. Para ciencia-ficción imaginativa, reflexiva y hermosa tenemos aún reciente La llegada.