El Criticón

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Alita: Ángel de combate


Alita: Battle Angel, 2019, EE.UU.
Género: Acción, ciencia-ficción.
Duración: 122 min.
Dirección: Robert Rodriguez.
Guion: Laeta Kalogridis, Yukito Kishiro (manga).
Actores: Rosa Salazar, Christoph Waltz, Ed Skrein, Mahershala Ali, Keean Johnson, Jennifer Connelly, Jorge Lendeborg, Idara Victor.
Música: Junkie XL.

Valoración:
Lo mejor: Dirección artística y fectos especiales bastante buenos.
Lo peor: El guion es tan simple y malo que resulta insultante para la inteligencia del espectador… pero está claro que esta escasea. El acabado visual prometía pero termina desbarrando en un videojuego sin alma.

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El manga creado por Yukito Kishiro en 1991 tuvo poco después una adaptación truncada en anime, en parte por el poco entusiasmo puesto por sus creadores, en parte por el poco entusiasmo que despertó en el púbico, que criticó principalmente la simplificación que hacían de una obra original según se dice bastante compleja, aunque no sea en los niveles de Akira (Katsuhiro Otomo, 1980). Pero entonces llega Hollywood con una versión pasada por su batidora intelectual y ofrece un producto desalmado, simplificado hasta convertirlo en otra anodina versión del eterno viaje del héroe, y tiene un éxito notable (400 millones de dólares mundiales) y críticas bastante buenas. Lo peor es la sensación de que habrán tomado nota de lo que vende, lo más trillado y tontorrón, y la adaptación de Akira, que se ha puesto en marcha otra vez, casi con toda seguridad debido al éxito de la presente después de que el fracaso de Ghost in the Shell (Rupert Sanders, 2017) la volviera a dejar en el limbo, se inclinará hacia esta fórmula.

No entiendo que pueda tener una sola crítica positiva. Qué aporta en cuestiones de historia, personajes y espectáculo que no hayan tratado con igual desgana en infinidad de títulos recientes, la mayor parte también mediocres: Harry Potter, John Carter, Los Juegos del Hambre, El corredor del laberinto, Ready Player One, Divergente y demás morralla clónica. Versiones del mito o viaje del héroe que destacar hay muy pocas, a la cabeza la obra maestra Interstellar (Christopher Nolan, 2014). Eso es darle una vuelta de tuerca con inteligencia y sensibilidad.

Duele además que esta Alita venga avalada por James Cameron, quien entre esto y que antes nos engañó vendiendo Terminator Génesis (Alan Taylor, 2015) como la secuela digna y ahora trata de hacer lo mismo con la siguiente, Terminator: Destino oscuro (Tim Miller, 2019) a pesar de su aspecto igual de cutre, ha traicionado a lo grande a sus seguidores.

Cameron puso en marcha la adaptación hace casi veinte años ya, pero por falta de ganas y determinación no llegó a lanzase al rodaje, porque tiempo ha tenido como para hacer diez películas entre Titanic (1997) y Avatar (2009) y sus secuelas que sigue retrasando más y más. Se supone que escribió un guion bien grande (180 páginas) y una biblia (historia y datos del mundo planteado) aún más grande (600 páginas), pero si en ello había algo de la grandeza, profundidad y valentía de su mejor época (Abyss, Terminator 1 y 2, Aliens, e incluiría Días extraños), desde luego se evapora por completo en la versión final. O quizá el genio ha perdido su toque, porque Titanic y Avatar están a años luz de la complejidad y trascendencia de aquellas a pesar de su potente acabado.

El guion fue terminado por el director Robert Rodríguez y la escritora Laeta Kalogridis. Rodríguez es un autor dado a experimentar pero que sólo consiguió destacar con la curiosa Sin City (2005), que causó furor por su estilo visual pero en contenido andaba justa y no envejece nada bien. Kalogridis es capaz de lo mejor (Shutter Island, 2010), de no terminar de aprovechar el potencial de la fuente (Altered Cabron -2018-, Alejandro Magno -2004-), y de lo peor (Terminator Génesis, El guía del desfiladero -2007-).

Alita: Battle Angel presenta una trama muy pobre y un universo caótico en la onda de John Carter (Andrew Stanton, 2012). Hay mucha cháchara sobre historias pasadas y nombres de personajes y tecnología que no llegan a entretejer un mundo con vida propia, con una cohesión y atractivo que te permitan conectar con la situación y anhelar que los protagonistas logren poner en marcha el cambio. Si llega a vislumbrarse una sociedad imaginaria concreta es porque a base de billetes logran una buena recreación visual.

El relato pasa de puntillas, sin ganas de buscar un desarrollo más trabajado ni tratar de aportar algo de savia propia, por todos los pasos del género. El despertar del héroe, el mentor, el amigo y amante, el villano secundario, el pueblo oprimido, el tirano supremo en su guarida inalcanzable… Todo llega en su mínima expresión, con cada presentación, explicación, desenlace y secuelas más simplonas y predecibles.

Los protagonistas son las peores representaciones de los estereotipos más básicos. Alita es perfecta sin mas: moral inquebrantable y físico superior. Si sufre un par de traspiés es porque el avance de la historia lo necesita, no porque haya un proceso de maduración elaborado. Algunos de estos cambios son tan convenientes que he alucinado por la falta de esfuerzo que ponen los realizadores: la nave militar que no ha sido saqueada en trescientos años a pesar de ser una cultura que vive de la chatarra, el enfrentamiento donde de repente dejar de ser invencible para tener la excusa de cambiarle el cuerpo, etc.

No sé qué tal estará Rosa Salazar, porque con la absurda digitalización se cargan su papel. No logro entender por qué cogen a una actriz joven, guapa y con ojos enormes, perfecta para el papel… y le pasan un filtro digital para hacerla aún más delgada y con ojos aún más grandes. Para eso pon un extra sin nombre. No solo me molesta por lo innecesario que resulta y porque es tirar por tierra el trabajo de la actriz, sino que me resulta inquietante, porque no puedo dejar de pensar que es la llegada al cine del trucaje con Photoshop de las revistas, una forma de fomentar aspectos físicos imposibles. Espero que no cree escuela.

El puesto de mentor y comodín explicativo con cuentagotas según los caprichos de los guionistas se lo reparten el doctor Ido, quien la encuentra y arregla, y el joven Hugo, con quien inicia una relación amistosa y luego amorosa. El primero relata la historia reciente y señala los peligros actuales, el segundo la introduce en la sociedad. Los dos aburren cosa mala por lo mismo: todo lo que hacen resulta tan poco orgánico, tan forzado y visto que no hay manera de conectar. Christoph Waltz aporta algo de candidez y simpatía, pero no consigue quitarse de encima la sensación de que es el mismo personaje de siempre. Al menos, aquí no muere para lanzar por fin a la protagonista hacia su destino, pero da igual, este tópico lo cumple el amante. Keean Johnson (Nashville -2012-) está tan mal que querrías que hubiera palmado mucho antes junto a sus insoportables amiguitos.

La tal Chiren, en manos de una apática Jennifer Connelly, no sé qué pinta en todo esto, no aporta nada tangible. Vector es el malo secundario con quien Alita chocará en su proceso de aceptación de que debe luchar contra el sistema. Mahershala Ali parece querer encasillarse en papeles de tipo serio y distante (Luke Cage -2016-, El libro verde -2018-, True Detective -2019-), lo cual es un desperdicio de su talento. Hay otros peleles y matones cada cual más estrafalario en aspecto pero ninguno capaz de impresionar lo más mínimo, como el ridículo cazarrecompensas interpretado por Ed Skrein (Deadpool -2016-). Todos estos son introducidos como malos mediante miradas chungas y musiquita inquietante, no por contar con ellos algo digno, así de vagos son los autores. Pero que lo hagan también con el villano principal es el colmo. A este lo mencionan muchas veces (Nova, se llama) y tenemos esa gilipollez de que habla metiéndose en el cuerpo de otros, de forma que no llega a aparecer hasta el final, en el último y lastimero plano de “mira, este es malote”. Cuesta creer que Edward Norton se rebaje de esta forma.

Por todo ello, es la película más predecible y estúpida que he visto en años. No hay un solo segundo genuino, inesperado y que no tome al espectador por un panoli que debe ser complacido con las emociones más básicas y la trama más simple. Todo llega en fila de la manera más facilona y conveniente, sin fluidez ni naturalidad, sin profundidad ni tan siquiera una pizca de inteligencia. Puedes prever no sólo el desarrollo de cada escena, sino casi todo diálogo y gesto.

Sin interés por el mundo planteado, sin sorpresa alguna en el camino, con unos personajes tan monótonos y por momentos cargantes, y con tanta estulticia, cliché y falta de trascendencia, pocas esperanzas había en el desenlace… Pero el tramo final es capaz de sorprender para mal perdiendo aún más intensidad e interés. La desgana se convierte en tedio en los soporíferos últimos cuarenta minutos, y para rematar, no tiene final, es como el episodio piloto de una serie. Es decir, toda la película apunta hacia una conclusión que no llegar a verse.

En lo visual cumple bien hasta que se impone la narrativa de videojuego, y entonces se viene todo abajo y acaba siendo un galimatías de borrones y ruido como Ready Player One (Steven Spielberg, 2018), las últimas de Harry Potter y otras. La introducción y los primeros pasos de Alita funcionan: la dirección artística y los efectos especiales son impresionantes (aguantan a plena luz del día sin problemas), mientras que Robert Rodríguez apuntala la dirección con un tono que prometía sobriedad y calidad. Opta por seguir el punto de vista de la protagonista, intentando que formemos parte de su despertar. El guion se queda lejos de conseguirlo, pero al menos tenemos una puesta en escena que fluye bien, sin histrionismos ni siquiera en las primeras secuencias de acción, que son ágiles pero nítidas y contundentes.

Pero conforme el metraje avanza el guion sigue estancado y el director pierde fuelle a marchas forzadas, y a partir de su ecuador se va imponiendo la brocha gorda y el abuso del trabajo en postproducción, sobre todo a base de ordenador, con el estilo del que se abusa en el cine de acción actual: agitación y borrones, fuegos artificiales que tratan de disimular la falta de esfuerzo y talento. La cámara de Rodríguez se torna frenética y finalmente caótica, la inspiración desaparece en coreografías repetitivitas (todas las peleas iguales: disparar cadenas, giro en el aire, patinete a toda velocidad), y los escenarios pierden verosimilitud y se ven saturados de efectos digitales, de forma que la cinta acaba convertida en un vulgar y ruidoso videojuego. La banda sonora de Junkie XL es muy floja, pero por suerte no abusan de ella y no molesta.

Entre su pésima calidad, el tono tan rematadamente estúpido, y que no es una película completa, la sensación de engaño, de timo y de insulto es enorme. Me asombra muchísimo no encontrar masas de espectadores enfurecidos por ello y ver lo contrario, que la recepción es bastante buena. Pues yo estoy harto de cine prefabricado, y Alita: Ángel de combate es el máximo exponente de esta cadena de aberraciones.

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I Am Mother


I Am Mother, 2019, Australia.
Género: Suspense, ciencia-ficción.
Duración: 115 min.
Dirección: Grant Sputore.
Guion: Michael Lloyd Green, Grant Sputore.
Actores: Clara Rugaard, Hilary Swank, Rose Byrne.
Música: Dan Luscombe, Antony Partos.

Valoración:
Lo mejor: Bien dirigida e interpretada, y con un guion que conoce sus limitaciones y se sobrepone a ellas sin pretensiones ni enredos innecesarios habituales en el género. Es decir, es seria y sólida.
Lo peor: En nada que has leído y visto bastante ciencia-ficción intuirás rápido cómo se desarrollarán las cosas tras cada giro. El tráiler te revienta toda la película.

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Netflix nos ofrece en I Am Mother (Soy madre) una serie b la mar de entretenida y con sabor a posible cinta de culto. Es decir, no ambiciona demasiado (de hecho, el presupuesto habrá sido minúsculo) pero sus autores le han puesto cariño y talento y ha resultado una cinta muy sólida.

Tras un evento de extinción masiva, en un búnker creado para la supervivencia de la humanidad un robot (voz de Rose Byrne) cría a una niña humana con el fin de repoblar el mundo. Pero cuando la chica llega a la adolescencia empieza a hacerse preguntas, y algunos giros inesperados sacan a la luz grandes mentiras, con lo que su pequeño mundo se vendrá abajo.

La mayor parte de títulos de esta índole (se inclinen por más la ciencia-ficción o el suspense y terror) se basan demasiado en golpes de efecto y florituras innecesarias, de forma que muchas veces parecen incluso tratar de tonto al espectador, pero aquí se toman las cosas en serio, sin tratar de abarcar más de lo necesario, sin engañar con trucos baratos. Tenemos una combinación de numerosos conceptos ya vistos en esos géneros, pero unidos con sabiduría.

El guionista y director Grant Sputore, cuyo currículo cuenta únicamente con varios episodios de una serie australiana (país donde también se ha producido la presente), consigue recrear un mundo ficticio muy atractivo y con muchas aristas y posibilidades desde un escenario minúsculo y apenas dos personajes. La trama encapsulada en un espacio cerrado maneja con habilidad los cambios de tono de cada tramo. En la presentación se establece una buena conexión con la atípica pero entrañable pareja, de forma que las primeras dificultades que le caen encima a la joven llegan con intensidad. Cuando enfrenta el cambio en su vida la narración adquiere mayor profundidad, tocando temas sobre distopías y postapocalipsis, con cuestiones éticas interesantes y moralejas sobre familia y maduración básicas pero que con el giro hacia el suspense adquieren una perspectiva inquietante. Todas las ideas planteadas bullen en tu cabeza, compartiendo el desasosiego que vive la protagonista: demasiado que asimilar, ¿qué vendrá ahora? Con esos cambios de tono y los apuntes más complejos el relato mantiene adecuadamente la expectación, teniendo buenos tramos de tensión y partes donde durante un rato no sabes hacia qué camino se inclinará.

Pero lo cierto es que si has leído y visto bastante ciencia-ficción, una vez toma una dirección concreta podrás intuir escenas enteras y también algunas conclusiones. Sin embargo, en el tramo final se juntan tantas cosas que no da tiempo a que la sensación de “esto y aquello ya lo he visto” te saque de la narración, y los problemas de la chiquilla ante una situación que le viene muy grande te mantienen siempre alerta. Con todo, le habría venido de perlas un giro final más original e impactante para recordarla días después del visionado. También se puede decir que, al ser una historia con muchas posibles ramificaciones, si deseas que tome una concreta y no lo hace, malinterpretando lo que quiere contar el autor, puede provocar una injusta sensación de decepción.

La desconocida protagonista, Clara Rugaard, está estupenda, aparte de que aunque tuviera casi veinte años durante el rodaje da el pego como adolescente sin problemas. Han tenido suerte de encontrar una actriz tan competente, porque estas películas baratas tienen todas las de acabar con actores con poca o ninguna experiencia. Nacida en Dinamarca, no le ha hecho ascos a probar suerte por Europa (Irlanda, Reino Unido), hasta que empezó a hacerse notar con una coproducción entre Reino Unido y Estados Unidos, Alcanzando tu sueño (2018), donde compartía cartel con la más famosa Elle Fanning. Ahora ha acabado en Australia con esta cinta menor pero con la que, dada la proyección internacional de Netflix y su papelón, seguramente vea lanzada su carrera. No se amilana ante una cámara que está siempre encima de ella, y ofrece un torrente de emociones contagioso. La joven dócil y dulce del tramo inicial contrasta de forma espectacular con la agobiada y asustada que vemos cuando las cosas se tuercen.

Otro buen aliciente es que el acabado visual es también muy sólido. Salvo algún matte painting cantoso en la parte final, la más exigente, tiene un aspecto de película de primera división. El decorado del búnker es muy detallado y el robot está muy bien hecho (no parece un extra disfrazado), y el realizador saca gran partido del entorno a través de las estupendas labores de fotografía e iluminación y una banda sonora simplona pero lo justo de efectiva. Los tempos de cada situación, y las hay muy variadas, los mide con gran cuidado. No hay sensación de precipitar cosas ni de pérdida de interés cuando hay un cambio de estilo, ni encontramos cansinos clichés como sustos sonoros y escenas de huidas y acción predecibles y artificiales. Es más de dejarte intuir que las cosas se van a torcer.

I Am Mother resulta muy recomendable tanto para los amantes de la ciencia-ficción como del suspense. Quizá no deje huella, pero da para un rato emocionante y para volver a demostrar que se consiguen mejores resultados con talento y ganas que soltando billetes a lo loco.

Alerta de spoilers: En adelante destripo a fondo. —

Las referencias a obras conocidas son obvias, resultando una suma de Yo, robot + Terminator + Calle Cloverfield, 10 + Moon, y con toques de Oblivion y Alien. Es inevitable pensar en Skynet con el robot y en Sarah Connor con la intrusa; toma la idea de Yo, robot (relatos de Asimov, 1950, adaptación de Alex Proyas, 2004) de una IA que ve en los seres humanos la perdición del planeta, etc. En concreto, la parte relacionada con Moon (Duncan Jones, 2009), los clones descartados a gusto por la IA, me resultó facilona, pero lo cierto es que la escena de la chica buscando restos en la incineradora es potente. En cuanto a Alien, son más momentos puntuales y estética: la protagonista que vuelve a rescatar al bebé a pesar del peligro, girando pasillos con temor mientras suenan alarmas, recuerda a los clímax finales con Ripley en las dos primeras entregas.

En cuanto al final, durante unos segundos me pareció anticlimático y cogido por los pelos, pero pronto deduje que en realidad la Inteligencia Artificial ha encontrado a la madre para la humanidad que buscaba, así que se hace a un lado. El problema es que en vez de una aceptación por parte de la IA parece una victoria de su hija por la fuerza: la escena debería haber tenido mejores diálogos y una situación más trabajada que esa tontería de engancharse la pierna en la puerta para dar tiempo a la niña a reaccionar. Por otro lado, es obvio que Hilary Swank en realidad es uno de los primeros clones, que llegó a salir fuera pero no adquirió la determinación necesaria, así que me sorprende que haya análisis y críticas que lo comenten como si hubieran descubierto algo oculto con pistas muy sutiles.

El atlas de las nubes


Cloud Atlas, 2012, EE.UU.
Género: Drama, ciencia-ficción.
Duración: 172 min.
Dirección: Tom Tykwer, Lana Wachowski, Lilly Wachowski.
Guion: Tom Tykwer, Lana Wachowski, Lilly Wachowski, David Mitchell (novela).
Actores: Tom Hanks, Halle Berry, Jim Broadbent, Doona Bae, Ben Whisawh, Hugo Weaving, Jim Sturges, Keith David, James D’Arcy, David Gyasi, Susan Sarandon, Hugh Grant.
Música: Tom Tykwer, Reinhold Heil, Johnny Klimek.

Valoración:
Lo mejor: La puesta en escena es muy buena: dirección, efectos especiales, música y actores ofrecen un acabado llamativo y buen ritmo.
Lo peor: Un guion ambicioso pero fallido. Las historias ni conectan entre sí ni narran algo llamativo por sí solas, siendo más bien simplonas.

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Basándose en la novela homónima de David Mitchell (2004), la hermanas Wachowski y Tom Tykwer (dado a conocer con Corre, Lola, Corre -1998-) iniciaron la adaptación a pesar de que nadie creía que un libro tan largo y complicado pudiera trasladarse a la gran pantalla. Las Wachowski venían del batacazo de Speed Racer (2008), donde esperando repetir la buena racha de la trilogía de Matrix (1999, 2003) el estudio les dio libertad creativa y un montón enorme de dinero que dejó un buen agujero en sus arcas. Con ese panorama, el ambicioso proyecto que presentaron esta vez no fue aceptado por ninguna major, y acabaron mendigando de varias productoras europeas pequeñas, subvenciones del gobierno alemán y, cuando se acabaron los fondos, poniendo de su propio bolsillo. Se estima que costó 100 millones de dólares, aunque algunas fuentes lo elevan a 130, o sea, una buena superproducción. Recaudó en cines precisamente 130 millones, lo que significa que dio bastantes pérdidas, pues hay que contar distribución, publicidad, la ganancia de los cines… se estima que una película debe recaudar el doble de lo que cuesta para empezar a dar dinero.

Cabe pensar que la fama de las Wachowski (aunque por aquel entonces sólo Lana había salido del armario) y la publicidad gratis que se llevó por ser un filme tan peculiar movilizó a más gente de la que lo haría en condiciones normales: tres horas de ciencia-ficción rara no es algo muy vendible. La recepción crítica fue dispar, con gente amándola y odiándola a partes iguales. Pero, viendo el resultado, me sorprende que no se estrellara con contundencia y aún tenga firmes defensores. Su simpleza es exasperante después de tanto que alardea de ser algo grande y único, y su longitud desmedida. Como cinéfilo, no tengo problemas con que una obra sea lenta, rebuscada y tarde en cobrar sentido. Pero tras una hora de metraje y con otras dos por delante empiezas a dudar seriamente de que tanta exposición de vivencias personales sin un nexo común vaya a alguna parte. Si seguí adelante fue por su imponente aspecto visual.

Aparte de escribir el guion, las Wachowski y Tykwer se repartieron las labores de dirección. No es un hecho insólito, pues es habitual que en superproducciones haya varios equipos en marcha, pero por lo general a “la segunda unidad” se la infravalora, se le otorga a un don nadie como director, normalmente al encargado de planificar las escenas de acción, y no se le da mucho crédito. Pero aquí estaban los tres realizadores al mismo nivel. Habiendo seis historias parece fácil repartirse el trabajo, pero en realidad es lo contrario. Hay muchos factores en juego para mantener el mismo estilo narrativo, y más teniendo en cuenta las distintas épocas y ambientaciones. Y el lío en la sala de montaje tuvo que ser arduo también. Pero parece que la dificultad más grande fue la financiación, que estuvo a punto de dejar la película a medias en varias ocasiones. También costaría colar la duración de 170 minutos a las distribuidoras, teniendo en cuenta que implica reducir las sesiones en los cines.

El resultado es digno de elogio, pues la puesta en escena es notable y el ritmo ágil. Las historias entran muy bien por los ojos y se siguen sin que pierdas el hilo (aunque su falta de complejidad desde luego ayuda), a pesar de los saltos entre épocas, de las numerosas escenas muy breves, de las partes de acción interrumpidas para ir a otras más introspectivas…

La fotografía, repartida entre el gran John Toll (Braveheart -1995-, La delgada línea roja -1998-, El último samurai -2003-) y el alemán Frank Griebe, se adapta a cada entorno permitiendo al espectador una inmersión total en cada ambiente, y nos regalan algunos planos bastante bellos, sobre todo en los espectaculares escenarios naturales. Los efectos especiales son de primer orden. El vestuario y el maquillaje son magníficos, con mención especial para los actores que encarnan individuos de distintas razas de forma muy verosímil (de anglosajón a asiático, de afroamericano a anglosajón…). El entusiasmo del notorio repertorio de actores elegidos es contagioso, y muy meritorio, porque interpretan a distintos roles en cada línea temporal. Y la banda sonora de Tom Tykwer y sus colaboradores habituales, Reinhold Heil y Johnny Klimek, es muy versátil y con temas muy hermosos. Sí, el director también suele ser compositor en sus películas, por ejemplo, El perfume, historia de un asesino; se hacen llamar Pale 3.

Pero a mitad de la proyección creo que ya es momento de asumir que estamos ante una tomadora de pelo o un experimento fallido. Aunque sean relatos más o menos amenos por sí solos, su trascendencia y profundidad son nulas y la conexión entre ellos inexistente, así que estás viendo varias películas simplonas mezcladas en una. Sólo queda desear que si se combinan hacia el final adquieran nuevos significados, pero desde luego no apunta a ello.

En los años setenta, un complot trata de hacer que una central nuclear falle; la intriga carece garra de los thrillers de la época, ni remonta cuando meten con calzador escenas de acción. En el presente (2012), un anciano editor con problemas de dinero acaba metido por la fuerza en un asilo y tiene unas aventuras tragicómicas totalmente irrelevantes pero aliñadas con una voz en off cansina. Una distopía futurista (en 2144 en Neo Seúl) definida a cuatro brochazos pasa por todos los clichés del género sin ahondar en nada. Un músico no consigue triunfar en 1936, y encima es homosexual, así que el pobre lo pasa mal. Un terrateniente estadounidense en 1849 viaja en barco, topándose con un esclavo fugado mientras un doctor hace más mal que bien cuando se pone enfermo. En un mundo postapocalíptico (2321) unos humanos sobreviven de la tierra y otros, escondidos con los restos de la antigua tecnología, pero tendrán que aprender a convivir juntos.

No he leído la novela, pero por lo que se comenta, la conexión entre las historias es más fluida y sustanciosa y se supone que sí generan en su conjunto un plano narrativo superior. Al parecer, cada relato va influyendo en los protagonistas del siguiente, y los finales se retroalimentan cobrando un sentido global. En la cinta no hay conexión sólida, sólo detalles menores sin significado detrás (algún recuerdo fugaz que comparten distintos personajes, destacando la música del compositor) y cada sección acaba a su manera sin tener interacción alguna. Lo único en común es un tono de buen rollo y amor a lo new age, que resulta demasiado mascadito y cursi y no deja lugar a la reflexión, salvo un poco en la distopía, y no es que sea original.

Viendo la trayectoria de sus autores y sus intenciones, descarto la idea de tomadura de pelo y El atlas de las nubes queda como un experimento fallido. Pero aun con el sabor a decepción tengo que agradecer la valentía y el esfuerzo por haberlo intentado. Si no fuera por esa actitud nos habríamos perdidos muchas obras maestras, empezando por la propia Matrix. Es más, sin duda esta aventura inspiró a las Wachowski para la serie Sense8 (2015), otra obra de concepción revolucionaria que no acabó bien, aunque en su primera temporada se vio hasta dónde podía llegar su enorme potencial.

Alerta de spoilers: Describo y analizo a fondo cada final.–

Como señalaba, la fallida lucha contra el sistema opresor de la sección de Neo Seúl es la única con algo de enjundia: acaba mal para la protagonista pero se amaga con que ha sembrado la semilla para el cambio. Pero la historia en sí es tan pobre y artificial (mucho efecto especial pero poco contenido) que no me convenció. La única que me gusta realmente es la del músico, la mejor desarrollada en cuanto a trasfondo histórico y evolución del personaje, con lo que consigue ser la más natural y emotiva. El resto es un quiero y no puedo, en alguna acercándose peligrosamente hacia la vergüenza ajena. El abuelete escapando de un asilo y reencontrándose con un amor de la juventud resulta un final bien tontorrón para un relato sin pies ni cabeza. El noble estadounidense se pasa al lado del abolicionismo de la esclavitud tras su experiencia, pero resulta todo tan superficial que no impacta lo más mínimo, siendo una parte por momentos aburrida. El thriller setentero acaba de la forma más predecible tras un par de tiroteos donde ni siquiera parecen tomárselo del todo en serio, con ese chiste salido de madre con el perro. El colmo es la del futuro apocalíptico, donde en el desenlace los protagonistas envían una señal de auxilio y esperan que los salven unos supuestos humanos que se fueron al espacio, con lo que todo queda igual que como se había presentado esta sección, vivir rezando y esperando una salvación milagrosa; por otro lado, no llega a explicarse la naturaleza de ese ridículo personajillo que interpreta Hugo Weaving en esta parte.

Días extraños


Strange Days, 1995, EE.UU.
Género: Suspense, ciencia-ficción.
Duración: 145 min.
Dirección: Kathryn Bigelow.
Guion: James Cameron, Jay Cocks.
Actores: Ralph Fiennes, Angela Bassett, Juliette Lewis, Tom Sizemore, Michael Wincott, Vincent D’Onofrio, William Fichtner, Josef Sommer.
Música: Graeme Revell.

Valoración:
Lo mejor: La combinación de cine negro con ciencia-ficción de corte cyberpunk. El tono adulto sin tapujos que explora los vicios del ser humano en un futuro plausible. El enérgico papel de Angela Bassett.
Lo peor: Un poco larga, un poco pagada de sí misma, para que a la hora de la verdad el thriller sea muy clásico y la resolución del complot un tanto rebuscada. El resto del reparto no está a la altura.
La fecha: La fiebre del cambio de milenio al acabar 1999 y entrar el año 2000 fue realmente absurda, porque el milenio empezó el día 1 de 2001.
El gazapo: Se ve claramente el cable que sujeta a un personaje que cae por un balcón.
La frase: Supones que tienes una vida, cuando en realidad traficas con las vidas de otras personas.

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Entre Mentiras arriesgadas (1994) y Titanic (1997) el titán James Cameron se puso a desarrollar una premisa que tenía en mente desde hacía mucho tiempo. Pero no quiso dirigirla, supongo que porque ya estaba inmerso, literalmente, en la recreación del famoso naufragio. Así que fue dejando paso a Kathryn Bigelow, quien fuera su esposa durante menos de tres años a finales de los ochenta. Entre ambos dieron forma a una historia muy del destilo de Cameron. Compleja, realista, con personajes muy humanos aunque la trama esté anclada en un universo de ciencia-ficción. Un tercer colaborador, Jay Cocks, que venía de trabajar con éxito con Martin Scorsese en La edad de la inocencia (1993), adaptó esta premisa al guion final. Bigelow no se llevó crédito como escritora, ni tan siquiera como productora, pero sí se encargó de dirigirla, sin que esté claro cuánto se implicó Cameron durante el rodaje. Tenía ya algunos títulos de acción a cuestas, destacando Lo llaman Bodhi (1991), aunque la fama no le llegó hasta que arrasó en los Oscar con una obra menor pero muy del gusto de la academia, En tierra hostil (2009), y luego con una superior pero tampoco brillante, La noche más oscura (2012). Su mejor cinta por ahora sigue siendo esta Días extraños.

Sin buscarlo, el proyecto llegaba tres años después de los graves líos raciales surgidos en Los Ángeles con el caso Rodney King y se rodó con el juicio de O. J. Simpson en marcha, así que el reflejo social que propone no podía ser más atinado. Corrupción de la policía y de las estrellas, conflicto racial, todo espoleado por la crisis económica, es el ambiente caótico, desesperado y a punto de explotar en el Los Ángeles del fin del milenio que nos presentan. Para evadirse, la nueva droga de moda no es un producto químico, sino una tecnología de realidad virtual que, conectada al cerebro, permite vivir las experiencias grabadas por otros como si fueras ellos. Lenny Nero, un policía venido a menos y expulsado del cuerpo, malvive trapicheando con estos videos, manteniendo una red clientelar según él exquisita. El único objetivo que lo mueve es recuperar a su antigua novia, ahora encaprichada de un agente de artistas que lleva al rapero más famoso del momento.

Como en una buena obra de cine negro, Nero se encontrará sin querer con un complot que le queda grande, jugando con la intriga de si entre toda la confusión conseguirá salir adelante. Me gusta mucho que el protagonista no sea el típico héroe, ya sea porque es presentado así o porque se sobrepone a sus limitaciones iniciales y termina venciendo a los malos (generalmente a tiros), sino que es un pringado obsesionado con sus vicios (ropa pija, clientes, la ex) e incapaz de ver la realidad, y cuando las cosas se joden da tumbos y recibe hostias por todos lados. Sólo consigue empezar a levantarse por la ayuda de sus amigos, otro ex policía, Max Peltier (el mítico secundario Tom Sizemore), la chófer y guardaespaldas Lornette Mason (Angela Bassett), y algún contacto de sus negocios. Esto le da al relato ese toque de realismo propio de Cameron y muy de agradecer en un cine obsesionado con villanos y héroes de cómic.

Los autores se toman las cosas con calma, a sabiendas de que hay que presentar un entorno verosímil y numerosos personajes entrelazados. El primer acto tiene algo del estilo de Paul Verhoeven en Robocop (1987), con información crucial (la historia del rapero) soltada en televisiones y el trasfondo de las escenas. Seguimos a Nero en un día normal, mostrándonos la vida en la ciudad, cómo funciona la tecnología, y conociendo a algunos personajes secundarios relevantes. Es un tramo entretenido, pero puede dar la sensación de que no se termina de concretar nada y quizá alguna parte podría haberse aligerado. Por ejemplo, el viaje con el cliente asiático de Lornette y la pelea de esta con Nero es un relleno innecesario, pues ya había quedado claro la relación entre ambos y ese personaje extra no aporta nada. Eso sí, cuando empieza a torcerse la cosa muchos detalles y otros individuos que han aparecido fugazmente cobran sentido.

Conforme Nero se ve hasta el cuello la también ciudad se degrada. Esa hábil combinación que realza la sensación de desconcierto y peligro además termina siendo crucial, porque el complot amenaza con terminar de hacer saltar todo por los aires. Los protagonistas corren a la desesperada, intentando encontrar alguna respuesta y salida, dando forma a un thriller magnífico que te atrapa y te zarandea tanto como a los personajes.

Pero le falta algo para resultar una obra perfecta. Lo cierto es que termina destacando más por el trasfondo de cyberpunk tan bien trabajado que por la calidad de la intriga criminal. Con el tono de ciencia-ficción y el detallismo en la reconstrucción de los problemas sociales cabe esperar que el noir se aparte también de lo ordinario, pero acaba más o menos como muchas del género. La pareja de policías que representan la corrupción del cuerpo (Vincent D’Onofrio y William Fichtner) no se trabaja tanto como otros personajes, aparecen y desaparecen quizá demasiado a conveniencia de la historia. Cuando enfocan en la fiesta del final a un secundario presentado tiempo atrás, se intuye rápidamente cómo resolverán el caso. El traidor de turno es forzado e inverosímil, lo que puede decepcionar después de tantos aires de grandeza con que han ido narrando el misterio. Ya he citado cierto exceso de metraje. Y también me sobran algunos flashbacks fugaces que aclaran las deducciones de los protagonista, como si tuvieran miedo de que no se entendiera la trama a pesar de apuntar claramente a un público adulto.

Pero no son problemas graves, sino pequeñas limitaciones que frenan un potencial mayor. La única carencia que me parece más destacable es que salvo Angela Bassett, que está espectacular, dura cuando debe serlo y agobiada cuando las cosas se desmadran, el reparto deja bastante que desear. Michael Wincott (Alien Resurrection, 1997) no transmite nada como cabrón desalmado, Sizemore no muestra el buen hacer y carisma de otros muchos papeles (Heat -1995-, por ejemplo), Juliette Lewis como la niñata que va en brazos de quien más la mime cumple en el morbo físico, pero como actriz da más bien lástima. El más importante, Ralph Fiennes, quien dejara muy buenas sensaciones en La lista de Schindler (1993), no convence con un registro muy limitado, es incapaz de mostrar ninguna de las muchas emociones que lo embargan, y si medio funciona es precisamente porque así cumple como panoli.

Bigelow levanta un thriller monumental con aspecto de superproducción a pesar de que el presupuesto fueron unos escasos 40 millones de dólares. Para las escenas del aparato de realidad virtual, con sus planos subjetivos, tuvieron que desarrollar una nueva cámara, pues no había con calidad cinematográfica (35mm) tan pequeñas en esa época. En la parte final se montaron una fiesta de verdad en plena plaza, cobrando entradas para amortizar un poco los gastos, con músicos como Aphex Twin y reservando un hotel entero.

Ese escenario grandilocuente disimula un poco los breves patinazos del guion en el desenlace. La celebración que representa el fin del milenio es espectacular, y la directora saca mucha tensión de las peleas, sobre todo la que ocurre en plena plaza con los policías corruptos. Su pulso enérgico y la buena fotografía sólo se ven empañados por un montaje precipitado en algunos momentos. Quizá quería dar ritmo a una película densa y larga, pero resulta un poco agobiante a veces. La música original tampoco es destacable, pero hay buenas canciones amenizando los ambientes de clubes y fiestas.

A pesar de su calidad, Días extraños fue un fracaso sonado y dejó el limbo la carrera de Bigelow, que tuvo que pasar por televisión (la serie Homicidio -1993-) para poder volver a recuperar la confianza de los estudios… que fueron en parte culpable del poco éxito: no sabían qué tenían entre manos y no le dieron publicidad. Parece otro caso de miedo a la ciencia-ficción, y más si es oscura y adulta, y eso a pesar de la carrera y fama de James Cameron, cuyo nombre encabezando los anuncios sin duda habría llenado las salas.

The Predator


The Predator, 2018, EE.UU.
Género: Acción, comedia, ciencia-ficción.
Duración: 107 min.
Dirección: Shane Black.
Guion: Shane Black.
Actores: Boyd Holbrook, Olivia Munn, Trevante Rhodes, Jacob Tremblay, Keegan-Michael Key, Sterling K. Brown, Thomas Jane, Augusto Aguilera, Alfie Allen, Yvonne Strahovski.
Música: Henry Jackman.

Valoración:
Lo mejor: Reparto carismático. Sabía lo que iba a ver y me lo he tomado con humor.
Lo peor: Es un desastre en todos los ámbitos, ni puedo considerarlo una película acabada.
La curiosidad: El guionista y director interpretó a uno de los soldados musculosos en la primera entrega, Hawkins (el de las gafas).

* * * * * * * * *

No olía nada bien la nueva entrega de la saga Depredador, rematada a conciencia sin respeto alguno ya desde la primera Alien vs. Predator (Paul W. S. Anderson, 2004) y que no fueron capaces de resucitar con el intento de volver a un cine de corte más serio en Predators (Nimród Antal, 2010). Cuando el productor principal de la serie, John Davis, puso en marcha este proyecto anunciando que quería buscar un camino diferente era difícil no pensar en que venían más traiciones a la saga, y terminó por confirmarse durante el rodaje, pues mientras el guionista y director Shane Black afirmaba que sería la más terrorífica de todas, las declaraciones que iban saliendo de actores y equipo técnico señalaban que estaba rodando una comedia. Para rematar, llegaron las temidas imposiciones a última hora del estudio: el estreno en marzo de 2018 se fue retrasando en varias ocasiones hasta septiembre debido a que obligaron a alterar todo el tercer acto por las tibias reacciones en pases de prueba.

Sólo quedaba un resquicio de esperanza, y es que Black había demostrado hasta entonces ser un buen guionista y director. Toda producción que ha escrito y a veces dirigido (estas las señalo con asterisco) es llamativa cuando no una obra de culto en la acción o el thriller: Arma letal (1987) y Arma letal 2 (1989), El último boy scout (1991), Kiss Kiss Bang Bang* (2005) y la estupenda Dos tipos buenos* (2016); incluso cintas menores como Iron Man 3* y Memoria letal (1996) son la mar de entretenidas. Además, siempre hace gala de un sentido del humor entre ingenioso y negro muy efectivo. Así que me he puesto a verla queriendo exculpar a Black por el anunciado despropósito, queriendo creer que le quitaron el montaje final de las manos o no fue capaz construir algo coherente con los cambios exigidos.

No es que quede una película mala, sino más bien una de cine cutre, tan mala que te puedes reír de ella. Pero también parece sin terminar, como apañada con prisas a partir de escenas incompletas. Se notan demasiados huecos, no se trabajada ningún tipo de atmósfera (intriga, asombro, inquietud por el porvenir de los protagonistas…), casi no se entiende lo que está ocurriendo o se trata tan por encima que no logra deja la más mínima huella. No se llega a vislumbrar un relato cohesionado y con un mínimo de atractivo, queda un endeble armazón con lo más básico de cada escenario y diálogo, hasta el punto de parecer un resumen, una tráiler o muestra de una película que está por llegar. Además, tal simpleza garantiza que ves venir todo de lejos, resultando una de las cintas más predecibles y facilonas de los últimos años. Lo único bueno es que el ir al grano sin rodeos también implica avanzar a toda leche, con lo que se puede ver sin atragantarte demasiado.

Los actores se lo toman en serio y algunos como Boyd Holbrook (Narcos -2015-, Logan -2017-), Olivia Munn (The Newsroom -2012-, Magic Mike -2012-) y Keegan-Michael Key (Key and Peele, 2012) están muy bien, mientras que el resto se sostiene con su carisma, salvo alguno que queda tan recortado que ni te das cuenta de que está ahí, como Alfie Allen (Juego de tronos, 2011), o que directamente se eliminó con los cambios, como Edward James Olmos (Battlestar Galactica, 2003). Se adivina un esfuerzo con los personajes, pero la profundidad que pudieran tener en el guion original se pierde por completo en la caótica sucesión de imágenes que ha llegado a las salas. Están expuestos a brochazos mal dados, de forma no hay quien congenie con ellos, algunos quedan tan limitados a un detalle concreto que parecen caricaturas estúpidas, y otros ni resultan verosímiles, como la doctora tan capaz en todo ámbito sin que se explique por qué (atención a cuando sale arma en mano tras el bicho haciendo parkour mientras los militares no se enteran de nada o mueren como peleles inútiles).

La conversión hacia la acción gamberra se podría aceptar si fuera bruta y con humor negro. De hecho, las dos primeras entregas tenían bastante mala baba e incluso daba la sensación de que sus autores no se lo tomaban en serio, sino como un divertimento violento y macabro, por mucho suspense y momentos espeluznantes que hubiera; por ejemplo, en el comienzo de la primera parte, el asalto al poblado se puede tomar como una parodia del cine de acción de los años ochenta. Si de verdad el guion de Black apuntaba a ese camino desde luego ha tenido que perder mucho el foco durante el rodaje y las posteriores modificaciones. Ciertamente, en principio me dio la impresión de que con la tosquedad del montaje hay situaciones y chistes que quedan en su mínima expresión, en una frase soltada de mala manera, sin lograr el factor rudeza o la incomodidad que hubieran tenido en un relato más oscuro y consistente. Pero en líneas generales terminan predominando diálogos burdos cuando no infantiles y soluciones argumentales lastimeras, así que al final hay que admitir que Black realmente no encontró el tono ni la inspiración en ningún momento.

Sin ir más lejos, las bases del argumento dan más asco que pena: el depredador más grande como nuevo enemigo muestra la poca inspiración y esfuerzo, las improvisaciones en la ampliación del universo del depredador no convencen, el niño autista con tanta habilidad y tan sociable y su destino tan rebuscado dan vergüenza ajena, y cuando pensabas que no podían caer más bajo llega el epílogo de videojuego con la armadura “molona” con el que el productor John Davis anuncia sus intenciones de hacer una trilogía.

Es inevitable comprobar si otros sellos característicos de la serie mantienen el nivel: la cantidad de vísceras y violencia, el diseño del depredador y la música. Hay algunos destripamientos y sangre en cantidad (mucha de ella parece que digital, aunque no canta como para molestar), pero las escenas tienen tan poca emoción que no importa, no se consigue una atmósfera de asombro y desagrado efectiva. Los efectos especiales y el disfraz del depredador (o lo digital, si hay escenas así) mantienen el tipo, pero estamos en las mismas, el bicho no acojona, y como señalaba, agrandar su tamaño parece un recurso demasiado facilón. La banda sonora de Henry Jackman es un refrito cansino de la portentosa partitura de Alan Silvestri; querría creer también que es debido a las exigencias y prisas de la productora, pero desde luego podía haberse esmerado más en aportar unas mínimas variaciones.

Con un montaje tan desastroso es difícil catalogar adecuadamente el trabajo de Black tras las cámaras, pero la impresión es también que no apuntaba maneras. Demasiado primer plano, escenarios de acción nada inspirados y en los que no puedes ver dónde está cada personaje ni el progreso de la situación, y un sentido del espectáculo inmaduro y poco acorde a la serie es lo que encontramos, lo cual difícilmente pudiera mejorarse en postproducción. Parece un capítulo del Equipo A (Stephen J. Cannell, Frank Lupo, 1983) o una cinta de terror y comedia adolescente en vez de la épica sobrecogedora que se espera de la saga.

El galimatías que queda no se puede entender cómo ha sido estrenado. Puestos a retrasar, retrasa unos cuantos meses más, contrata a un nuevo equipo de guionista, director y montador, y que le peguen un repaso a ver si son capaces de recuperar algo decente. Pero ha primado la imagen mediática del momento (más retrasos es igual a pérdida de confianza) y el ahorro de cuatro perras a la visión a largo plazo: ¿de verdad no pensaron que este bodrio daría un resultado desastroso en taquilla, sería peor para la imagen de la serie y de los implicados, y hundiría durante años cualquier intento de recuperar la saga? Sin embargo, han tenido la inmensa suerte de que el horrible boca a boca del público y las malas críticas de los medios no la han hundido del todo, pues costando unos noventa millones de dólares ha recaudado casi ciento sesenta, con lo que de haber dado pérdidas no habrán sido estratosféricas.

The Predator parece la versión de The Asylum, esa empresa de dudosa moral que se dedica a hacer plagios baratos de películas taquilleras, en vez de la auténtica superproducción que anunciaban. Hasta Alien vs. Predator tenía cierta dignidad, sabían que estaban rodando una serie b comercial sin más ambición.

Ready Player One


Ready Player One, 2018, EE.UU.
Género: Aventuras, ciencia-ficción.
Duración: 140 min.
Dirección: Steven Spielberg.
Guion: Zak Penn, Ernest Cline (también autor de la novela).
Actores: Tye Sheridan, Olivia Cooke, Ben Mendelsohn, Mark Rylance, T. J. Miller, Win Morisaki, Philip Zhao, Lena Waithe.
Música: Alan Silvestri.

Valoración:
Lo mejor: Alegrarte por reconocer alguna referencia a la cultura popular. La chica resulta simpática y la actriz Olivia Cooke competente. Ben Mendelsohn es capaz de deslumbrar incluso en una basura de personaje.
Lo peor: Historia muy vista y tontorrona, personajes planos tirando a cargantes (en especial el protagonista tan mal interpretado por Tye Sheridan), aburrida en lo visual a pesar del potencial.

* * * * * * * * *

Es evidente que el Steven Spielberg de los años ochenta y principios de los noventa hace mucho que quedó atrás, que su talento no ha madurado y envejecido tan bien como desearíamos y se observa desgaste, falta de pasión o inspiración, y un giro conservador. Sus últimas obras que pueden considerarse realmente originales y vibrantes serían Atrápame si puedes y Minority Report (2002 ambas), el resto queda más bien en tierra de nadie o rozando la mediocridad. Cabe destacar el intento de revivir éxitos pasados con Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (2008), que sí bien a mí me pareció notable se llevó tal varapalo que frenó durante una década cualquier otro acercamiento a su mejor época y prefirió migrar hacia los clichés conservadores del lado más rancio del gremio, el modelo de cine de la academia de los Oscar, en busca de un reconocimiento que el público ya no le daba. Pero con Ready Player One inesperadamente vuelve a mirar atrás, y muchos de los que crecieron con Tiburón (1975), E.T. (1982), Indiana Jones (1981), Parque Jurásico (1993) y otras que no dirigió pero produjo con mucha implicación, como Los Gremlins (1984), Los Goonies (1985) y Regreso al futuro (1985), vieron revividas sus esperanzas de encontrar esa magia que nos llevó a lugares nunca vistos. Pero estos olvidan que el realizador no está en sus mejores momentos y nada apuntaba a remontada, y sobre todo que ya no somos niños y que en el cine está todo inventado y es muy difícil sorprender.

Menos mal que yo no he ido con esperanzas de ningún tipo. Sólo así no me he llevado las manos a la cabeza ante una cinta tan floja, tontorrona, desganada, muy propia de nuestros tiempos (estereotipos y artificios y nada más), que si no supiera que firma Spielberg hubiera achacado a cualquier don nadie trabajando por encargo sobre la enésima adaptación de novelas para adolescentes con la que el estudio de turno trata de sacar tajada con poco esfuerzo. Estamos ante otra aproximación al eterno viaje del héroe, en plan La guerra de las galaxias (1977), pero en su versión moderna y comercial en la onda de Harry Potter (2001) y decenas del estilo que la siguieron. Todos los tópicos de este tipo de aventuras están puestos en orden sin que parezca que intenten disimularlos. El dibujo de los personajes no podía ser más simplón, la historia es predecible hasta provocar rechazo y se apoya demasiado en enredos visuales sin alma que saturan bien pronto.

Tenemos al chico resuelto pero solitario, la chica madura y comprometida, los amigos de adorno y para cumplir cupos (la negra graciosa, el asiático -esta vez por partida doble- para vender en China y Japón), el genio reservado que sirve de guía y el villano que es malo porque sí. Un protagonista tan facilón tiene todas las de aburrir, pero con una interpretación tan sosa como la de Tye Sheridan resulta incluso cargante: no me importa nada su vida y lo que pueda pasarle. La compañera es mucho más simpática y Olivia Cooke una actriz más competente, de hecho es prácticamente lo único que salvo de la película, pero cabe preguntarse a qué viene esa gilipollez de la mancha en la cara. Parece que quieren ponerle encima un problema, pero una vez mencionado ya no se vuelve a tener en cuenta, ella es guapa y decicida como siempre, y parece que incluso la mancha se va aclarando, así que este recurso queda un tanto hipócrita. Y hablando de conflictos, los dos viven tragedias recientes (la de él de hace horas) que se supone dirigen sus vidas, pero no muestran dolor alguno. Aparte, él parece rondar los treinta años (aunque tiene veintiuno), y ella no está muy lejos tampoco, con lo que el romance de corte tan adolescente resulta un tanto ridículo.

Los otros miembros del grupo son tan intrascendentes que a dos días del visionado no recuerdo nada de lo que han hecho. ¿Dónde quedaron esos secundarios brillantes que había en casi cualquier película de los años ochenta, por qué ahora los reducen a chistes andantes y cuotas de corrección política, incluso en esta, que trata de rememorar aquella época? El villano que dirige una corporación todopoderosa de soldados de cartón no podía ser un estereotipo más manido, si no fuera por el colosal Ben Mendelson podría haber dado vergüenza ajena; la escena en que tienta sutilmente al protagonista es el único amago de llegar a tener un personaje sólido y verosímil, en el resto del metraje se queda en el psicópata de siempre, tan cabezón y estúpido que no te crees que pueda haber llegado tan lejos ni provoca miedo. Por último, el tipo sabio, el maestro que señala el camino a los jóvenes rebeldes, es anodino también, no se dibuja una figura atractiva cuyos secretos vayan redefiniendo lo que sabemos de él. Y Mark Rylance empieza a cansar. Parecía un gran descubrimiento cuando viró del teatro al cine (El puente de los espías, 2015) y la televisión (Wolf Hall, 2015), pero hace siempre el mismo papel de tipo serio y reservado, y aquí no funciona, no transmite la timidez y ansiedad necesarias, por no decir que disfrazarlo de joven provoca risa.

El citado viaje del héroe no podía estar más trillado, cumple todos los preceptos del género. Despertar, salida forzosa de su mundo, formación del grupo, confrontación contra el todopoderoso enemigo, maduración personal y cambio en la sociedad. Y por alguna razón, a pesar de que la historia es simple y evidente, se empeñan en sobre explicarla una y otra vez con voz en off. Falla principalmente el factor intriga, y no sólo porque resulte tan predecible que a los pocos minutos ya me la imaginé entera y desconecté. El chaval es una enciclopedia andante, así que cabe preguntarse cómo no resuelve las cosas antes… Supongo que lo hacen así para justificar que necesite el consabido empujón de la chica, pero el resultado es que no hay tensión por cómo saldrán las cosas, ni puedes implicarte pensando en posibles soluciones, pues desde el principio queda claro que se las sacarán de la manga cuando más convenga. Por no desarrollar, no se describe ni el escenario planteado adecuadamente. ¿El dinero del juego vale para el mundo real? Porque nadie parece trabajar, más allá de los que ficha la compañía, y tampoco se sabe cómo esta saca dinero con ellos.

No hay un solo atisbo de que sus realizadores traten de darle una vuelta de tuerca que disimule la falta de ambición e inteligencia del guion, y parece que Spielberg se lanzó al rodaje como esperando que el festín de referencias y efectos especiales le otorgaran al relato una personalidad llamativa, porque la falta de pasión que mostraba en sus últimas cintas se ve acrecentada aquí. Incluso en ellas, a pesar del tono conservador y maniqueo con que buscaba a toda costa un melodrama oscarizable, se veía profesionalidad, experiencia. En Ready Player One, cuando precisamente puede soltarse e imaginar cualquier cosa, le pasa como en Las aventuras de Tintín: El secreto del unicornio (2011), se deja llevar por el ordenador y pare una amalgama con los peores vicios del cine contemporáneo. Mucho movimiento de cámara y un montaje precipitado, todo aderezado con música aparatosa, efectos especiales y sonoros en cantidad, pero sin planificar y desarrollar secuencias que narren algo más tangible y logren transmitir emociones más allá del hastío creciente que tanto caos puede provocar. Sin duda es algo difícil ya de por sí con la pobre trama y los insulsos personajes, pero si algo se podía decir de Spielberg es que era un narrador muy emocional, capaz de conmover con un par de planos y buena música. Por ejemplo, en Minority Report había bastante acción, pero se esforzaba en elaborar escenarios originales que sorprendieran y en que el sufrimiento del protagonista resultara creíble, manteniendo así la expectación. Aquí son todo son tortas exageradas pero sin garra, y en el mundo real incluso bastante inverosímiles: los niños son capaces de tumbar a una abogada-asesina (literal) bien entrenada.

Con este panorama, sólo en tramos más tranquilos y en algunos homenajes puede lucirse Alan Silvestri, un compositor que apuntaba a dominar la música de cine de tú a tú con John Williams tras deslumbrar con partituras tan memorables como Regreso al futuro (1985), Depredador (1987) y Abyss (1989), pero por alguna razón no logró contratos que lo mantuvieran en primera línea. Para rematar, los efectos especiales son normalitos, no traen novedades ni nada que pueda causar el más mínimo impacto. En el juego virtual, cada lugar imaginario y cada batalla sólo llaman la atención por pillar qué referencia hay de fondo, y en el mundo real apenas vemos cuatro callejones, sólo la torre donde vive el protagonista es más elaborada, pero nada original.

Acabamos la larguísima proyección (he tenido que verla en tres intentos) con un bajón bien grave en la ruidosa pero inane batalla final y el desenlace anticlimático con el creador del juego, que lo único que deja es un simplón y demasiado subrayado mensaje de que debes salir al mundo real y no encerrarte en casa y en ti mismo… y ni eso, porque lo dejan a medias, de lo blanda y cobarde que es la cinta. La decepción por la falta de calado se agrava al pensar que el futuro que vemos daba para explorar muchos temas, pero aparte de las obviedades sobre el capitalismo extremo no se mojan con nada.

Por mucho Steven Spielberg que lleve en el cartel, Ready Player One es otro ejemplo de algunas las peores modas que inundan el cine actual, el intento de sacar tajada de adataciones prefabricadas de novelas juveniles exitosas, y la obsesión con vivir de réditos antiguos, de atraer al espectador con miradas al pasado en vez de buscar nuevas historias y poner cariño en ellas. Lo triste es que esta tontería se ha llevado buenas críticas y casi seiscientos millones de dólares de recaudación mundial, así que sigue diciendo a los estudios que este tipo de cine es rentable.

Aniquilación


Annihilation, 2018, EE.UU.
Género: Suspense, ciencia-ficción.
Duración: 115 min.
Dirección: Alex Garland.
Guion: Alex Garland, Jeff VanderMeer (novela).
Actores: Natalie Portman, Jennifer Jason Leigh, Tessa Thompson, Oscar Isaac, Benedict Wong, Gina Rodriguez, Tuva Novotny.
Música: Geoff Barrow, Ben Salisbury.

Valoración:
Lo mejor: La combinación de interpretación, dirección, fotografía, diseño artístico y música conforman un relato sugerente y a ratos fascinante.
Lo peor: La premisa está muy trillada y tiene muchas lagunas, se sostiene únicamente por el acabado visual.
Mejores momentos: El retorno del novio, el ataque del oso, la llegada a la playa, y todo lo que ocurre en el faro.

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Alerta de spoilers: Apenas presento la premisa. Mucho ojo con buscar información por internet, que hay muchas imágenes que te destripan demasiado.–

Tras algunos títulos de cierto éxito pero escasa calidad, como 28 días después (2002) y Sunshine (2007), ambas dirigidas por Danny Boyle e incomprensiblemente sobrevaloradas, el escritor Alex Garland parecía estancado en la ciencia-ficción de serie b. Pero inesperadamente dio un salto hacia un cine más serio y ambicioso con Ex Machina (2014), hasta el punto de asombrar más de la cuenta, porque distaba de ser una cinta redonda que exprimiera todas sus posibilidades. Pero sí dejó un buen regusto, porque sus ideas eran inteligentes y tenía una ejecución correcta en su primer trabajo como director, así que muchos, en especial los fanáticos de la ciencia-ficción, esperábamos con interés su próxima producción. Nos llevamos un buen susto cuando ninguna distribuidora importante quiso estrenar Aniquilación, pero enseguida pensamos también que quizá era bueno, que podría significar que era una obra aún más intelectual y arriesgada. Netflix se hizo con ella, prometiendo así romper la imagen de canal que recogía la morralla de otros… Pero final no ha sido para tanto y ha tenido una recepción dispar.

Quizá el principal problema es que no tiene un público objetivo claro. Su tono y su acabado formal apuntan a un espectador maduro y exigente, pero por temática parece querer llegar a la masa amante de los títulos de terror comerciales que saturan el mercado, los de muertes rebuscadas en fila y poco más. Y unos espectadores se quedan con las carencias de un lado y otros con las del otro, sin hacer una valoración global más objetiva. Porque a pesar de sus limitaciones argumentales es un experimento bastante llamativo, con pasajes entre asombrosos y fascinantes. El tiempo dirá si con sus virtudes consigue pasar a la memoria como película de culto o si se olvida pronto, pero yo apostaría por lo primero.

La introducción de corte poético, en plan La llegada (Denis Villeneuve, 2016), me ganó rápidamente. Su atmósfera intrigante y la belleza de las imágenes podrían considerarse un tanto impostadas, pero lo cierto es que funcionan en su propósito: antes de desplegar la trama nos van a introducir en el estado emocional de la protagonista, Lena (encarnada por Natalie Portman), haciéndonos partícipes de su vida dirigida por la melancolía, de su incapacidad para encontrar algo por lo que sentirse llena de nuevo. Cuando la historia cae sobre ella estamos muy unidos y sus problemas llegan con intensidad. El amor recuperado para estar a punto de perderlo de nuevo le confiere una determinación renovada, pero también hace aflorar remordimientos por errores recientes. Mientras, la premisa de ciencia-ficción empieza a llegar con cuentagotas y de forma muy sugerente. La combinación apunta a esa obra seria que esperábamos, profunda en el drama, original en la ficción, y quién sabe qué más conforme avance…

Sin embargo, mientras que en La llegada el clímax de suspense va creciendo con rapidez e intensidad hasta resultar absorbente en poco tiempo y está íntimamente ligado con la evolución de los personajes, en Aniquilación una vez entrados en materia las promesas se van desinflando, y a partir de cierto momento se hace evidente que el viaje y el objetivo resultan muy poco originales tras tanta fachada, y si el conjunto funciona es precisamente porque esta es embelesadora e impide que podamos apartar la mirada de las imágenes.

La fotografía está muy cuidada, pero se torna hipnótica cuando entramos en el “resplandor” y Garland despliega el repertorio artístico, con la peculiar iluminación, el diseño de las mutaciones, y unos cuantos escenarios muy llamativos, hasta el punto de resultar algunos sobrecogedores (el oso), otros preciosos (los árboles y hongos, la playa), y el final una mezcla de ambos hasta acabar siendo alucinante. En ese clímax también destaca la música de Geoff Barrow y Ben Salisbury, sutil hasta entonces (salvo por la repetitiva guitarra acústica) y aquí deslumbrante con un par de temas electrónicos notables. Además, el reparto encabezado por Natalie Portman, Jennifer Jason Leigh y Oscar Isaac es muy competente.

Pero a la larga, salvo por esas escenas puntuales más elaboradas puedes acabar desconectado en varios tramos de un relato que se inclina más por el artificio que por ahondar en los personajes y abordar algún concepto filosófico o simplemente desarrollar una trama más compleja, porque desde luego el tono inicial auguraba algo distinto. Una vez se revela auténtico género, el suspense con tintes de terror de un grupo acosado por un ente desconocido, ya no hay más que rascar. Ninguna de las aventuras que vive la protagonista sirven para adentrarnos más en ella y llevarnos a alguna conclusión sobre los sentimientos y problemas presentados. Las secundarias que se unen a la odisea no tienen definición alguna, son la típica carnaza, irán sufriendo y muriendo sin que lleguen a interesarnos sus tribulaciones y destinos. Y el argumento se atasca en un básico ir hacia adelante sorteando peligros.

Que sorprendiera con el desenlace era la única esperanza que quedaba de redondear una cinta algo fallida, o al menos de la que se exigía mucho, pero se queda un poco en tierra de nadie. En lo audiovisual el anunciado encuentro es fascinante a la par que perturbador… pero en lo argumental puede considerarse incluso un engaño, porque resulta demasiado ambiguo y además termina en un giro típico de la ciencia-ficción de invasiones: exagerado y apocalíptico pero insustancial e inconcluso.

También podemos señalar las numerosas vaguedades cuando no agujeros de guion. No parece que el gobierno y los científicos sigan un proceso de investigación muy lógico. Entrar, recoger pruebas de una zona cercana (¡y grabarlo todo!), salir, y en el siguiente viaje ir un poquito más lejos usando los datos recabados. El equipo protagonista mismamente podía haber vuelto sobre sus pasos con las primeras muestras de la cabaña en el lago, que ya eran muy reveladoras. Pero parece que lo único que quieren hacer todas las expediciones es llegar al faro, y pase lo que pase siguen adelante. Además, vale que las misiones estrictamente militares han fallado, pero qué es eso de armar con fusiles de asalto a unas pocas científicas de pacotilla (solo Lena sabe disparar) y soltarlas ahí sin escolta. Es más, ¿cómo la enfermera puede haber pasado cualquier prueba de estrés? También cuesta creer que semejante fenómeno pueda mantenerse en secreto durante meses o años.

Entiendo que se le haya atragantado a muchos. Es una obra muy personal y experimental, más de emociones y sensaciones que de desarrollar una historia compleja. A mí me ha gustado bastante, pero me apena que en lo argumental Garland se hayan esforzado tan poco.