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Ghost in the Shell 2: Innocence


Innocence , 2004, Japón.
Género: Ciencia-ficción, anime.
Duración: 83 min.
Dirección: Mamoru Oshii.
Guion: Mamoru Oshii, Masamune Shirow (manga).
Actores: Akio Ôtsuka, Kôichi Yamadera, Tamio Ôki, Yutaka Nakano, Atsuko Tanaka.
Música: Kenji Kawai.

Valoración:
Lo mejor: Sugerentes reflexiones, atractiva visión del futuro.
Lo peor: No innova nada y tiene algunos problemas narrativos.
Mejores momentos: Las visitas a la ciberforense, el lío en la tienda, el asalto final, el origen de los ginoides.
El dato: El poco habitual término “ginoide” puede ser desconocido para muchos. Son los androides de características femeninas.
La traducción: En la primera parte traducían firewall como barrera, pero aquí lo dejan en inglés, pues el término se fue imponiendo en la sociedad a pesar de tener una traducción clara.

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El gran éxito mundial que el primer largometraje de Ghost in the Shell fue consiguiendo con el boca a boca permitió que el manga tuviera adaptaciones más ambiciosas, es decir, con presupuestos y técnicas superiores a lo estandarizado. Mientras se desarrollaban dos series (o dos temporadas, pero el distinto nombre confunde), Ghost in the Shell: Stand Alone Complex (2002) y Ghost in the Shell: Stand Alone Complex 2nd GIG (2004), llegaba también otra película, Ghost in the Shell 2: Innocence (2004). No es necesario ver las series, que tienen su propia cronología, pero sí la primera cinta, pues la presente continúa poco después de aquellos eventos.

La historia no cuenta con diferencias sustanciales. Teniendo un universo imaginario con tantas posibilidades se podría criticar que las bases de la trama sean prácticamente las mismas a la del capítulo previo, que se arriesguen tan poco por ir más allá, que parezca que han puesto más énfasis en el aspecto visual, enriquecido con más dinero y más trucaje digital, que en ofrecer una aventura más novedosa. Tenemos otra figura misteriosa que altera el comportamiento de los androides, un nuevo complot de una organización poderosa (en este ocasión una empresa privada), y otra investigación policial que avanza según su autor (esta vez Mamoru Oshii escribe aparte de dirigir) quiere exponer un planteamiento filosófico u otro. También encontramos situaciones que oscilan entre la repetición y el homenaje, y cada uno decidirá si le sobran o le parecen bien incluidas, como la escena de buceo o la de la Kusanagi tirando hasta desgarrase los brazos.

Pero también es cierto que la clásica idea de hacer la secuela “más grande y mejor” no funciona mal a la hora de la verdad, más allá de la decepción que supone que no se atrevieran a innovar. Nunca da la impresión de ser una repetición facilona o una simple renovación visual. La investigación policial es más elaborada, se saca buen partido de los personajes, el ritmo es más intenso en líneas generales, y las reflexiones existencialistas aportan nuevas líneas de pensamiento. Ahora bien, siguen existiendo altibajos y la sensación de que se dejan algunos hilos importantes sin aclarar del todo.

Cabe destacar el mimo puesto en los protagonistas. Conocemos más de sus vidas, la relación entre los detectives protagonistas, Batou y Togusa, es muy interesante (encantador el lío con el perro), e incluso manejan con más tino a los secundarios, incluyendo los que menos presencia tienen. Por ejemplo, me encanta la escena del policía cabreado pegando una patada a la papelera, o la entrada de equipo forense en el escenario de un tipo descuartizado: le dan un toque de humanidad a la fauna que pulula por las comisarías, algo de lo que carecía su predecesora. Pero también resulta más tangible su conexión con el caso, tanto porque hay más trabajo real (analizan escenarios, buscan pistas con más ahínco) como porque la situación los afecta directamente.

Por estas mejoras evidentes sorprenden algunos errores no subsanados y algunos agujeros de guion realmente notables. De nuevo el caso avanza en algunos momentos clave por cosas poco consistentes. En esta ocasión no les caen del cielo, pero también llegan a alcanzar algunas conclusiones por factores que parecen demasiados externos a la investigación. Básicamente van hacia la matriz de la empresa sospechosa sin tener pistas claras ni un plan concreto, y resulta que Batou utiliza un par de contactos salidos de la nada que terminan de resolverlo todo. Pero es que además parece que se encuentra a uno de ellos por la calle por casualidad. ¿Lo estaba buscando? No se indica que sea así. Y el otro es demasiado conveniente, un hacker que todo lo sabe y que supone un deus ex machina bastante baratucho, y además genera algunas preguntas e incongruencias: ¿no podía haber buscado su ayuda antes?, y si este es tan poderoso, entonces Kusanagi podría haber solucionado las cosas en un abrir y cerrar de ojos. Pero en su caso también resulta muy conveniente su gradual participación, pues su nivel de acceso a la guarida de los malos se adapta al clímax de acción: sólo controla una muñeca, sólo se puede enchufar cuando ha habido una buena pelea…

Y para colmo, el villano al final no toma forma, no existe. Aunque dicen que han resuelto el caso en realidad dejan partes clave sin explicar. ¿La empresa no tiene un cuerpo directivo? No detienen a nadie. Tampoco se esclarece bien la implicación de aquel hacker en todo el asunto: ¿es un peón o formaba parte activa de la intriga? En el interrogatorio, entre tanta cháchara no queda claro qué averiguan, pero al final dicen no tener suficientes pruebas y pretenden atacar a lo bestia… y encima, a pesar del largo plano que nos presentaba la sede de Locus Solus como una gran catedral, asaltan un barco. ¿Esto lo ha sacado Batou del hacker? Pues podían haberlo comentado, que te lanzan al desenlace sin que sepas por qué. Tampoco se llega a explicar por qué intentaron desacreditar a Batou en vez de eliminarlo. Si se llega a aclarar alguna de estas dudas, desde luego se me ha pasado por alto en dos visionados y un análisis por escenas buscando respuestas (por ejemplo, hasta que me puse el final otra vez para intentar entender algo, creía que el robot que dirige la seguridad del barco era el objetivo).

El equilibrio narrativo, pese a la mejora general, también tiene sus achaques. Volvemos a encontrarnos con algún numerito musical metido con calzador que baja mucho el interés, por muy espectacular que sea (como el desfile incomprensible en aquella misteriosa ciudad), más una secuencia de acción aparatosa, el asalto a la guarida yakuza, que no aporta mucho. Y una escena importante previa al desenlace, el encuentro con el hacker, termina haciéndose eterna, no porque jueguen a repetir la situación en un engaño virtual para los protagonistas, pues ello permite otra reflexión jugosa en cuanto a la relación humanos y tecnología, sino por la parsimonia con que se hace: aquí sí da la sensación de que ponen más esfuerzo en lo audiovisual que en darle vidilla desde el guion, y más teniendo en cuenta que a estas alturas del metraje se requería algo más directo y contundente. ¿Es que Batou no podía haber empezado por enchufarse a su nuca nada más llegar?

Pero, como en la primera entrega, sus virtudes disimulan bastante sus carencias. Tenemos una descripción de un futuro más o menos cercano tan fascinante como inquietante. La recreación visual es excelente, y aunque se empeñaron en usar ordenador más de la cuenta y hay momentos en que no ha envejecido bien, por lo general resulta hipnótica. La banda sonora es parca en temas pero estos funcionan a las mil maravillas: el principal más que hermoso resulta sobrecogedor, el juego de realidad virtual en la mansión del hacker es muy certero, y la suite de acción en el tramo final es fantástica. Aunque la cinta es veinte minutos más larga y tiene sus bajones, también goza de un ritmo más intenso, destacando un clímax sencillo (es pegar tiros y avanzar) pero muy bien ejecutado que se cierra con una efectiva y trágica sorpresa respecto al origen de los ginoides. Y, sobre todo, tenemos otra serie de reflexiones existencialistas que te mantienen absorto (si no se te atraganta el pensar en una película) tratando de entender lo que dicen, aplicarlo al mundo real, asustarte por lo que podría hacerse realidad en pocos años… Los robots sexuales, la clonación de personalidades, los problemas derivados de la conectividad del cuerpo con redes globales (destacando la alteración de nuestra percepción de la realidad y el abuso de las grandes corporaciones), los problemas éticos que irían emergiendo con la frontera cada vez más difusa entre humanos y máquinas, y también los sentimentales (soledad, desarraigo). De nuevo, las citas y referencias a filósofos y pensadores son abundantes, para que quien sienta curiosidad pueda ir más allá.

Innocence es, como su predecesora, una obra subyugante, a ratos hermosa, a ratos perturbadora, que es capaz de hacernos pensar y dejar huella, pero también arrastra bastante el efecto decepción porque una obra tan cautivadora esté tan constreñida por una narrativa un tanto torpe. Y por si fuera poco, algunos de sus errores vienen de la primera parte, así que cuesta más perdonarlos.

Ver también:
Ghost in the Shell

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Ghost in the Shell


Kōkaku Kidōtai, 1995, Japón.
Género: Ciencia-ficción, anime.
Duración: 100 min.
Dirección: Mamoru Oshii.
Guion: Kazunori Itô, Masamune Shirow (manga).
Actores: Atsuko Tanaka, Akio Ôtsuka, Tamio Ôki, Kôichi Yamadera, Yutaka Nakano, Tesshô Genda, Iemasa Kayumi,
Música: Kenji Kawai.

Valoración:
Lo mejor: Premisa muy potente: el universo y las ideas planteadas dejan huella, invitan a la reflexión. El acabado visual y sonoro tiene mucha pegada y ofrece algunos tramos espectaculares.
Lo peor: No se logra el ritmo adecuado, tiene pasajes de relleno y exceso de diálogo (con algo de pedantería) que terminan haciéndola pesada.
Mejores momentos: El prólogo, la persecución, la lucha contra el tanque.
El plano: El árbol evolutivo destruido por una máquina.
El detalle: Los protagonistas beben cerveza San Miguel, pues en realidad es originaria de Filipinas y tenía cierto éxito en Asia antes de que la trajeran a España.
La pregunta: ¿Cómo funciona el camuflage de Kusanagi? Parece que se pone un velo para cubrir su cara, que por alguna razón no se camufla sola… pero el pelo, el arma que lleva al muslo, los guantes y medias sí se vuelven invisibles.
El título: “Ghost in the shell” es el alma o espíritu de la máquina, el rastro de humanidad que las distingue de las inteligencias artificiales.
El autor: Masamune Shirow es en realidad un pseudónimo de Masanori Ota, a quien le gusta el anonimato y se sabe bien poco de su vida.
La frase: Si el hombre ve que la tecnología está a su alcance, la aprovecha. Es algo instintivo.

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La Sección 9 persigue los crímenes cibernéticos que atañen a la seguridad nacional. Su principal activo es la Mayor Motoko Kusanagi, una mujer con un cuerpo completo de cíborg, y su fiel Batou, también bastante alterado, entre otros detectives, como Togusa, quien no cuenta con añadidos tecnológicos. Su misión actual es ir tras un hacker misterioso y peligroso al que llaman el Titiritero. El guion de Kazunori Itô se basa en el manga creado por Masamune Shirow en 1989, aunque con una historia propia, menos centrada en las aventuras policiales de la sección y más en el aspecto existencialista derivado de la combinación de humanos, máquinas y redes de información.

Siempre me ha costado enfrentarme a esta película y a su análisis posterior, tanto a finales de los noventa, cuando empezó a conocerse por España, como al recuperarla años más tarde, pensando que con la madurez le sacaría más partido, como ahora que me he puesto en serio con la saga gracias al empuje de la esperada versión en imagen real. Podría resumir la experiencia de la siguiente manera: es un experimento digno de destacar e incluso alabar por su originalidad y sus profundas reflexiones, pero su plasmación en imágenes arrastra serios problemas de equilibrio en el ritmo y en sus pretensiones.

El problema principal es que la sobreexposición dialogada resulta cargante y confusa. No logran el tono más adecuado en el desarrollo de la intriga política y la investigación policial. De un tramo farragoso donde cuesta entender algo pasamos a un diálogo explicativo sonrojante (No olvides que nosotros somos la Sección 9 (…) ¿Qué trae al jefe de la Sección 9 a…? ¿Pero quién habla así?). Nos embarcamos en una maraña ininteligible de organizaciones y nombres de personajes que apenas han tenido unos segundos en pantalla, dando la sensación de que se potencia demasiado una intriga política que debería estar de trasfondo pero a la hora de la verdad eclipsa un tanto a unos protagonistas que no realizan un trabajo tangible en el caso. De hecho este avanza en sus momentos clave por situaciones que les caen encima. Por ejemplo, la figura inquietante que buscan, el Titiritero, acaba en sus manos por pura suerte, con lo que no llegamos a ver un desarrollo complejo de la investigación; de hecho la gran escena de persecución a un simple peón (la del recogedor de basura que acaba a tortas en un canal) a la postre parece puro efectismo: ¿por qué no reservarla para ir tras el enemigo real? Y al final es un agente secundario, Ishikawa (uno que apenas sale de refilón en algún momento y probablemente ni te fijes en él), quien resuelve también la conspiración, en esa escena en que los llama y explica todo. Es cierto que hay alguna situación donde se los ve trabajar, como la de Togusa analizando la llegada del comité de la Sección 6 a su edificio (comprobando las cámaras de seguridad y el peso de los coches), pero no parece esencial comparado con el resto. Y hablando de momentos innecesarios, se nota mucho que inflan el metraje con numeritos musicales de relleno porque no llegaban a una duración estándar de largometraje.

Así pues, aunque se presentaba inicialmente como un thriller policíaco, esta línea narrativa no llega a ofrecer nada especialmente llamativo más allá de la atmósfera tan efectiva de ciencia-ficción de corte ciberpunk. Se puede argumentar que el verdadero argumento resulta ser otro, el análisis sobre qué nos hace robots y qué humanos, la frontera difusa que plantea nuestro inmediato futuro. Pero precisamente por ello puede mosquear que te pases buena parte del metraje esforzándote en una trama que es cháchara de adorno, y en siguientes visionados, cuando sabes que no es tan relevante, deja la sensación de que la trama avanza exclusivamente para permitir una nueva reflexión en el momento en que se les antoja al guionista.

En cuanto la línea existencialista, hay bastante más enjundia, pero tampoco alcanza una armonía perfecta. Las reflexiones filosóficas resultan algunas veces un tanto pretenciosas, rebuscadas. ¿De verdad no había forma más clara y fluida de exponerlas? Así, la proyección, ya de por si lenta y difícil, se torna un tanto más farragosa, resultando sólo apta para quienes tienen paciencia y se abren por completo a propuestas atípicas y exigentes. Porque lo cierto es que al final, a pesar de sus limitaciones, es innegable el atractivo que posee, hasta el punto de que despertó admiración entre los espectadores que la fueron viendo poco a poco con el paso de los años gracias al boca a boca, convirtiéndola en una obra de culto. La originalidad del planteamiento, el sorprendente microuniverso que ponen ante nuestros ojos, lleno de tecnología, personajes e ideas que oscilan entre lo sugerente y lo fascinante, tienen el potencial de seducir e incluso conmover a los que no se atraganten con su ritmo pesado y su pedantería descarada.

A pesar de estar ya rozando el nuevo milenio, apenas unos pocos adeptos de estos géneros y ciencias dominábamos las nuevas tecnologías y podíamos intuir vagamente su impacto futuro, sobre todo gracias a que seguíamos a algunos escritores muy inspirados que atinaban a imaginar situaciones que nacían en la ciencia-ficción pero años después parecían más reales o incluso se han ido dando de manera aproximada. Desde Isaac Asimov y Arthur C. Clarke a William Gibson y Dan Simmons, el imaginario de estos talentos ha cimentado las bases de lo que explotaría Masamune Shirow en el manga Ghost in the Shell y Mamoru Oshii en su adaptación a pantalla grande. A los que llegaron a verla sin conocer los conceptos planteados por estos autores tuvo que dejarlos verdaderamente anonadados. Los más curtidos pudieron disfrutar igualmente de una actualización muy certera de esas ideas, pues aunque el guion no sea perfecto, el factor asombro y la huella que deja son notables.

El avance de las redes de información y las tecnologías y la conexión de la sociedad con ellas (destacando el trabajo de las fuerzas de la ley), más un aspecto visual arrebatador, nos trasladan muy bien a este particular universo. La visión del futuro atrapa desde el impactante prólogo y la posterior persecución, gracias a la combinación de diseño artístico (en parte obviamente deudor del manga), animación de gran calidad y una banda sonora hipnótica. Las secuencias más importantes, como la lucha cuerpo a cuerpo en el canal y la batalla final contra el tanque, resultan entre espectaculares y sobrecogedoras.

A través de este cuidado escenario futurista y de unos protagonistas crípticos e intrigantes pero bastante carismáticos nos introducen en un ensayo sobre la mismísima definición del ser humano, del yo, de la percepción, y cómo se transformará todo con la llegada de las inteligencias artificiales, las redes de información globales, las mejoras biotecnológicas, etc. ¿Cuándo dejamos de considerarnos un ser humano? Si alteramos los recuerdos y experiencias, ¿ya no somos la misma persona? ¿Y si modificamos el cerebro y la percepción? ¿Y si volcamos nuestro cerebro en una red informática sin cuerpo? Y finalmente, ¿una inteligencia artificial consciente podría considerarse un ser humano? Pero las ramificaciones éticas no se quedan atrás, con los dilemas sobre cómo una sociedad enfrentaría la gradual desaparición de la frontera entre robots y humanos. La moral, las leyes y las desigualdades sociales enfrentarán nuevos paradigmas. Además, todas estas disertaciones contienen innumerables citas y referencias a filósofos conocidos, con lo que quien quiera estudiar más el tema puede buscarlas y seguirlas.

No mucho después se dejó ver algo su influencia en algunos elementos de Matrix, como algunos recursos visuales (las letras verdes, las columnas destrozadas, las máquinas con forma de insectos) y las conexiones entre humanos y redes de información a través de la nuca. Pero lo cierto es que la obra de las hermanas Wachowski fue mucho más allá, logrando en un filme mucho más sólido y sobre todo entretenido, y por ello también su impacto fue mayor. Curiosamente, el legado de estas y otras del género (como Blade Runner), a pesar de su éxito, por lo general se limita a la reutilización de las técnicas de efectos especiales, mientras que la temática de ciencia-ficción con ciberpunk y tintes distópicos y/o apocalípticos no termina de adquirir la popularidad de otros géneros, ya sea porque se sigue considerando un gueto para frikis o porque no hay muchos escritores que se arriesguen con universos complicados que, si no salen bien, pueden caer en lo cutre con mucha facilidad.

Con el éxito del manga y de la primera película no tardaron en realizar nuevas adaptaciones, hasta el punto de que resulta un caos para el que llega virgen. Mi recomendación es ver las dos películas (tienen cierta continuación entre sí) y luego lanzarse a las dos series originales si tienes ganas de más. Películas: Ghost in the Shell (1995), Ghost in the Shell 2: Innocence (2004). Series: Ghost in the Shell: Stand Alone Complex (2002), Ghost in the Shell: S.A.C. 2nd GIG (2004), más un capítulo largo extra, Solid State Society (2006). El resto es rizar el rizo y no me resulta atractivo, no sé si habrá algo rescatable: Arise (2013-2014) es una nueva adaptación del manga con varias entregas, algunas remezclando capítulos (Alternative Architecture, 2015), aunque la última parte llegó a cines japoneses (The Rising, 2015). Para más información mira la Wikipedia.

Finalmente, tras años de rumores se ha realizado una versión occidental en imagen real, dirigida por Rupert Sanders (Blancanieves y la leyenda del cazador es lo único que ha hecho antes) y protagonizada por Scarlett Johansson, con lo que la saga sigue muy viva y llega cada vez a más espectadores. De tener éxito sin duda resucitarán otro proyecto que deambula desde hace años por Hollywood: Akira.

Passengers


Passengers, 2016, EE.UU.
Género: Acción, romance, ciencia-ficción.
Duración: 116 min.
Dirección: Morten Tyldum.
Guion: Jon Spaihts.
Actores: Jennifer Lawrence, Chris Pratt, Michael Sheen.
Música: Thomas Newman.

Valoración:
Lo mejor: En lo visual y lo interpretativo cumple de sobras.
Lo peor: Todos los estilos y argumentos que trata se quedan a medias, el potencial de la temática y su alcance (reflexiones morales y humanistas) no se exploran. Recuerda demasiado a filmes recientes. Los tráileres, otra vez jodiéndote la película entera.
El título: Otro título fácil que llega sin traducir por razones que se me escapan.

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Alerta de spoilers: Si quieres verla en blanco, quizá revelo demasiado del argumento.–

En los primeros avances presentaban lo justo de la historia (en el tráiler final la revientan entera sin miramientos, así que evítalos) y ya se intuía que lo de ciencia-ficción iba a ser más trasfondo que argumento principal y que la cosa apuntaba a cinta romántica. Quedaba por ver el tono: comedia, aventuras, drama… Por las flojas críticas me esperaba una comedia romántica más tontorrona, pero ese estilo no es excesivo y funciona aceptablemente bien, y, sobre todo, también tiene un poco de otros géneros: la aventura de supervivencia ocupa bastante tiempo, la ciencia-ficción tiene más presencia de la que preveía, e incluso se plantea algún dilema ético muy interesante. El problema es que la mezcla no tiene el equilibrio necesario: ni se termina de abordar todo el potencial de cada sección ni la combinación funciona con el ritmo y coherencia necesarios. El resultado, un entretenimiento pasajero digno pero que deja con la sensación de que han pasado otro guion prometedor por la batidora intelectual.

El tramo inicial es El último hombre en la Tierra, pero en una nave espacial. El protagonista hace lo que haría cualquiera en esa situación: tratar de divertirse para sobrellevar las miserias de la supervivencia en solitario. Pero no hay ni una escena que sorprenda, desaprovechan demasiado un entorno que permitía imaginar casi cualquier cosa, y por ello la proyección no termina de coger fuerza. Hasta que llega la toma de una decisión importante no hay mucho que rascar, el personaje es simple, la historia también. Cuando nos embarcamos en el romance se levanta un poco el interés. En realidad también cumple con lo básico sin mojarse, pero aunque sea previsible tiene la emoción y simpatía justa y lleva buen ritmo. Pero sobre todo se salva por la fuerza visual (el realizador exprime bien el generoso presupuesto) y el buen hacer de los tres únicos intérpretes. Porque estamos en uno de esos casos en que personajes con un dibujo superficial son levantados por los actores. Chris Pratt como el técnico pardillo enamorado y Jennifer Lawrence como la joven decidida y enérgica son capaces de mantener en pie esta odisea sin esforzarse mucho; incluso Michael Sheen como el camarero robot cumple muy bien.

En todo este trayecto se ven latentes una serie de pensamientos sobre la moral y el ser humano muy prometedores, pero no los exploran como se podría. La soledad y la supervivencia como catalizadores de decisiones éticas cuestionables, el amor capaz de hacerte sobrellevar cualquier tragedia, el dominio de la tecnología sobre el trabajo manual y las relaciones, la persecución de sueños y las migraciones forzadas… Había tanto donde sumergirse, y pasan de puntilla sobre todo, mojándose apenas un poco con un solo aspecto, la decisión del personaje que sostiene sobre una mentira monumental el romance. Y a esto le dan el cierre más predecible posible, una redención que se ve venir muy de lejos y aun así resulta un tanto forzada. Al menos ha servido para dar algo de enjundia al tramo central, eso sí.

Para el tercer acto llega la acción con una trama de supervivencia también muy ramplona, de hecho es incluso más pobre que el resto: en vez del esperable subidón me pareció que estiraban demasiado la cosa. Las escenas que no se intuyen de antemano parecen improvisadas (ahora un nuevo problema técnico seguido de una solución de ciencimagia sacada de la manga), con lo que falla un poco la conexión emocional: no siento el peligro, no me llega el esfuerzo de los personajes. Entretiene, pero no impacta. Además no ayuda que aquí se vean más todavía las semejanzas o inspiraciones en películas recientes. Escenas sacadas de Gravity hay unas cuantas, pero también otras que recuerdan a Guardianes de la galaxia. Aunque la primera cinta que viene a la mente en una comparación general es Pandorum: el argumento inicial e incluso parecido exterior de la nave es enorme. Aquella en cambio, en un registro muy distinto, eso sí (misterio y terror), tiene bastante más personalidad y pegada y un cierre con giros más trabajados.

Passengers se queda en un quiero y no puedo. Sus achaques no son graves, pero tampoco ofrece nada digno de recordar. Para ciencia-ficción imaginativa, reflexiva y hermosa tenemos aún reciente La llegada.

Independence Day: Contraataque


Independence Day: Resurgence, 2016, EE.UU.
Género: Acción, catástrofes, ciencia-ficción.
Duración: 120 min.
Dirección: Roland Emmerich.
Guion: Roland Emmerich, Dean Devlin, varios.
Actores: Jeff Goldblum, Bill Pullman, Williams Fichtner, Sela Ward, Liam Hemsworth, Judd Hirstch, Maika Monroe, Jessie T. Usher, Brent Spiner, Charlotte Gainsbourg, Deobia Oparei, Travis Tope.
Música: Harald Kloser y Thomas Wanker.

Valoración:
Lo mejor: Espectáculo y entretenimiento garantizados.
Lo peor: El tono estúpido no se ha eliminado.
Mejores momentos: La batalla final.
La pregunta: ¿Cómo han tardado veinte años en hacer la secuela a pesar de la cantidad de dinero que amasó la primera?
La frase:
-¿Por qué gritan?
-No, no gritan. Celebran.

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No entiendo el varapalo que se ha llevado en la opinión del público. En la IMDb le dan la misma nota que a la infame Godzilla, y apenas ha llegado a 400 millones de dólares de recaudación, lo mínimo esperable hoy en día para una superproducción, a pesar de la publicidad y del interés aparente que había y de que la primera parte rompió esquemas con 800 millones a mediados de los años noventa. Bueno, en realidad supongo que el problema ha sido el factor nostalgia. La anterior está sobrevalorada en los corazones de los espectadores y se le perdonan fallos que a esta no. Es lo mismo que pasó con Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, por ejemplo. Parece que han olvidado los estereotipos cansinos en la trama y en los personajes y las salidas de tono excesivas. Vamos, el envoltorio inmaduro y por momentos bobo que echaba a perder unas ideas que parecían apuntar a algo más serio y grande. Con eso en mente, Independence Day: Contraataque es tan entretenida y espectacular… y tan estúpida, claro… como la anterior, y bastante mejor que los bodrios que lleva pariendo Roland Emmerich desde entonces (sólo merece salvar El patriota).

El único cambio notable es lógico y muy aceptable. No hay una larga introducción en plan intriga. No es necesario, conocemos el argumento. Pero no se abandona del todo, sino que el misterio se disemina aquí y allá, con la nave esférica y su sugerente contenido. Sí, cualquiera con dos dedos de frente intuirá de qué va la cosa (en cuanto ocurre lo de la Luna lo vi venir), pero tampoco pido una trama compleja o rebuscada, me conformo con que se desarrolle bien, con que no tomen al espectador por tonto. Y la historia funciona, dando la vuelta de tuerca necesaria al nuevo ataque del despiadado enemigo para que no sepa a repetición sin más. Pero también hay sorpresas. El tramo final no me lo esperaba y arregla un gran fallo del primer episodio: el desenlace esta vez no tiene sandeces patriotas, no es predecible hasta perder mucho interés, sino todo lo contrario, se realza un clímax épico con un giro muy bien exprimido.

El conjunto cumple de sobras como superproducción de acción. El ritmo es fantástico, se combinan muy bien los recesos informativos, las transiciones entre escenarios y personajes (otra cosa es que sobre algún rol, como indicaré luego) y las secuencias de acción. El nivel visual es impresionante a pesar de las reticencias iniciales porque todo sería digital. Los tiempos cambian, y desde hace años la recreación de ciudades por ordenador da resultados magníficos, así que no hay queja alguna. El espectáculo audiovisual está garantizado con un sinfín de situaciones catastróficas y batallas bastante variadas, impidiendo que aparezca la sensación de desgaste.

Pero claro, hay que hacer varios saltos de fe para disfrutar, porque como analicemos a fondo el guion… La llegada de la nave gigantesca está muy bien recreada con los efectos especiales, pero desde luego no es verosímil. Su entrada en la atmósfera directamente destruiría a la humanidad al generar una tormenta global o incluso desplazar hacia el espacio la mitad de la propia atmósfera. Arquímides, señores guionistas. ¿Qué costaba mostrar naves de tamaño más creíble y bien armadas, en plan “han enviado sus destructores”? Nooo, aplican la ley de “más grande = mejor”. También canta un montón cómo se “olvidan” de los escudos para incluir una escena de pelea dentro de la nave. Dicen que “enviarán unos drones para desactivar los escudos”, algo que no vemos, algo que no vuelven a emplear. Además, si el enemigo está ahora desprotegido, por qué no atacas con todo el arsenal nuclear desde lejos, qué es eso de exponerte acercándote tanto. También hay agujeros de guion propiciados por no saber narrar bien, como el tipo que dice que sintonicen tal canal de la radio para hablar cuando ya están hablando, en un burdo intento de justificar que sigan comunicados cuando están separados. Y hay otros producidos por las cansinas escenas de tensión forzada, como engañarnos con que la nave de los compañeros no ha salido del hangar cuando es obvio que sí lo hará (si iban pegaditos, ¿dónde se mete?), o la chapucera cuenta atrás, donde señalan que quedan “cuatro minutos” cuando está claro que la batalla es bastante larga.

Pero los problemas serios de escritura están en el dibujo tan pobre de los protagonistas, el estilo pueril que se busca. Esta vez el patriotismo hortera no existe (de hecho se habla de unión global, no de EE.UU.), pero no nos libramos de un grupo de personajes anclado en estereotipos vulgares. En realidad hay dos conjuntos de protagonistas, con un notable contraste entre ellos. El de adultos que trabajan duramente contra la amenaza, donde se ofrece una línea más seria, y el de jóvenes idiotas y despreocupados que acaban metidos en todo el embrollo pero nada parece importarles más allá de sus rencillas, amoríos y ganas de fornicar. Para rematar nos meten “la cuota China”, algo ya inevitable en las cintas destinadas a reventar la taquilla, porque ese mercado puede dar como cien millones más. Pero no se esfuerzan por integrar los caracteres de esta sección, sino que los meten en escenas forzadas y con aún más clichés. El familiar (aunque era tío, no padre, creo recordar) duro y exigente, la joven guapa tratando de hacerse un hueco en un mundo de hombres, el sacrificio heroico… En fin, minutos tirados a la basura. Pero bueno, también parecen tiempo perdido los otros adolescentes (aunque son treintañeros con supuesta experiencia se comportan como quinceañeros). El negro es un cero en interés y el actor (el desconocido Jessie T. Usher) empeora la cosa, de hecho el protagonista es otro; vamos, que no sé qué pinta aquí el personaje, más allá de que tomaron como obligación que había que meter un hijo del personaje de Will Smith. A la hora de la verdad el único destacable del grupo es el blanquito chuletas (un lastimero Liam Hemsworth) al que le resbala todo y hace lo que le sale de los cojones, y aun así todo le va sobre ruedas. Por supuesto tampoco falta el secundario cómico, el tontorrón que se supone que es simpático pero resulta cargante de narices. Finalmente tenemos a la chica guapa, decidida y experta en todo lo que hace (piloto, asistente político… sólo le ha faltado dar órdenes junto a los generales); Maika Monroe (dada a conocer en It Follows) tampoco hace un gran papel, pero no da tanta pena como el resto.

Entre los adultos la cosa mejora, pero no tanto como para conseguir un buen repertorio. David, el científico que descubrió el plan en la primera entrega (Jeff Goldblum), sigue teniendo una personalidad clara y simpática. El número de generales se ha reducido y se potencia en uno solo, Adams, interpretado por uno de esos secundarios de gran calibre, William Fichtner; no dejo de pensar que este podría ser el personaje pensado inicialmente para Will Smith, aunque seguramente con más escenas de acción al final. El expresidente (Bill Pullman) y la nueva presidenta (Sela Ward) tienen la presencia e interés justos. Y varios de ellos son acompañados por secundarios que no parecen vitales pero dan más vidilla al conjunto: el funcionario es graciosete sin resultar excesivo, el líder tribal y su postura tan marcada tampoco se pasa mucho de la raya (y la parte de la tribu es interesante, aporta un poco de historia entre ambos capítulos). Pero ya van inclinándose demasiado hacia lo exagerado y absurdo, espectro que vuelven a copar el científico loco (Brent Spiner) y su novio, con el despertar del coma tras veinte años sin ninguna limitación física, el histrionismo y el humor de payasos infantiles. Pero como decía, también tenemos algunos personajes innecesarios. Reaparecen unos cuantos roles que aquí no pintan nada, del estilo los de la caravana del capítulo previo: el padre de David y los niños no aportan mucho; ¿querían mostrar con ellos los problemas del pueblo llano? Entiendo la necesidad de dar homenajes varios, pero una cosa es la escena del discurso, donde aparece un viejo general, y otra la gilipollez del hospital, donde el piloto “hijo” de Will Smith deja el escuadrón que debe salvar al mundo para buscar a su mamá, escena tan forzada pero a la vez intrascendente que la borras de la memoria enseguida. Aunque para mí el más inconexo es la científica que va con David (Charlotte Gainsbourg), que no me dice nada.

Gracias al conjunto de adultos se sobrelleva mejor tanta estulticia con los chavales, así que es inevitable pensar que eliminando a estos niñatos la película ganaría bastante. O, dicho de otra forma, tomándola como un drama más serio podría haber sido mucho mejor, pero desde el éxito de la primera entrega Emmerich y también gran parte de Hollywood están convencidos de que es al revés, de que llenando las películas de estupideces es como más éxito tienen.

En el epílogo prácticamente anuncian una tercera parte. Yo espero que se haga, el cambio de escenario es muy prometedor.

Ver también:
Independence Day.

Star Trek: Más allá


Star Trek Beyond, 2016, EE.UU.
Género: Acción, ciencia-ficción.
Duración: 115 min.
Dirección: Justin Lin.
Guion: Simon Pegg, Doug Jung.
Actores: Chris Pine, Zachary Quinto, Karl Urban, Simon Pegg, Zoe Saldana, John Cho, Anton Yelchin, Idris Elba, Sofia Boutella, Joe Taslim, Lydia Wilson.
Música: Michael Giacchino.

Valoración:
Lo mejor: Ligera mejora en el dibujo de los personajes y el desarrollo de la trama. Un acabado visual (dirección, efectos especiales) inconmensurable.
Lo peor: Agujeros de guion y estupideces incontables frenan su seriedad, coherencia y potencial.
Mejores momentos: El ataque al Enterprise y los primeros pasos por el planeta.
El plano: El platillo cayendo por la atmósfera.
El idioma: Tengo que agradecer por fin que no todas las malditas especies del universo hablen inglés, como ocurría en la series.
La duda: ¿El brindis en una de las primeras escenas es por el padre de Kirk o una forma de meter el homenaje al fallecido Anton Yelchin (Chekov)? Porque parece lo segundo pero el actor está presente en toda la película. Leonard Nimoy tiene su propio homenaje.

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Tercera entrega de la reinvención comercial de la saga Star Trek. Es la única digna de las tres (I y II), aunque deja la sensación de que con pocas mejoras podría haber realmente una buena película. Y eso que todas las entregas repiten el mismo esquema: tipo chungo amenaza a la Federación, sólo el Enterprise parece estar ahí para oponérsele, y los personajes siguen más o menos el mismo patrón. En los filmes de la tripulación original y la nueva generación cada historia era completamente distinta, y en general hasta los títulos más flojos tenían al menos personalidad. Pero sí, en la presente casi se ven personajes de calidad, casi se recupera la esencia de la serie, casi tenemos una superproducción que poder recordar con agrado en el futuro. Pero hay una pugna constante entre el buen hacer y la decepcionante concepción del cine de acción contemporáneo que siguen con tanto empeño en Hollywood: los personajes han de ser esbozos superficiales y reconocibles únicamente por estereotipos, el humor mejor infantil y directo, la trama debe desarrollarse de la forma más básica posible y tirando de clichés de supuesta eficacia comprobada, y todo estos elementos han de estar supeditados a los fuegos artificiales. El resultado, una obra bastante prometedora pero lastrada por exageraciones visuales innecesarias y por infinidad de fisuras o directamente agujeros monumentales en su escritura. Una caótica montaña rusa que pasa de lo intenso y espectacular a lo frío y estúpido en un abrir y cerrar de ojos.

Aunque no tuvieran una evolución concreta en los dos capítulos previos, de hecho ni ofrecían una personalidad a la que aferrarse, aquí nos presentan a los personajes en un punto de inflexión de sus vidas: han sufrido mucho en la misión de exploración de cinco años y quieren cambiar de aires. A buenas horas van a darles algo dimensión, y encima llegando a un punto clave sin una transición adecuada, pero bueno, aceptamos el repentino cambio si eso va a ofrecer algo de profundidad y recorrido emocional. A la larga no se materializa en unos caracteres atractivos que enganchen con fuerza, de hecho la maduración final es muy predecible, pero al menos durante la situación actual tenemos algo con lo que conectar, algo que explique por qué hacen determinadas cosas, y no que ocurran estas sin más, como suele darse demasiado en esta cansina visión simplificada del género. Recordemos cómo en la primera parte todo iba cayéndoles encima sin orden ni concierto, y avanzaban sin mostrar unas intenciones y esfuerzos concretos.

Spock busca a Uhura por amor, y el pasado y presente de su pueblo pesa en sus decisiones. Scotty no se amilana ante nada. Bones refunfuña pero hace su trabajo como debe. Kirk va dejando de lado su independencia e inmadurez y abrazando los valores de la Federación. Y tanto sus personas como este sistema político y social son puestos a prueba con las motivaciones y planes del villano, simples pero al menos con sentido. De esta manera, en combinación con un apartado visual de notable alto, el segmento central, con la batalla que deja a los tripulantes varados y separados unos de otros y los esfuerzos por sobrevivir y reencontrarse, ofrece una aventura que te mantiene agarrado a la butaca, disfrutando de unas odisea excitante pero también algo interesado por el porvenir de los protagonistas. Si es que incluso hay algunos diálogos con una pizca de ingenio, sobre todo por parte de Bones.

Pero no es suficiente, en general sigue sabiendo a poco, tanto porque no terminan de explotar del todo a los roles principales (Kirk continúa quedándose un tanto por debajo de Bones, Scotty y Spock) como porque no logran un grupo de secundarios con una mínima dimensión e interés. Qué difícil es hoy en día ver películas con muchos personajes carismáticos, en la línea de la magistral Mad Max: Furia en la carretera. Chekov y Sulu no tienen personalidades concretas. Uhura obedece a la tendencia del momento, el feminismo forzado: hoy en día hay que tener una mujer independiente y capaz, y esto lo entienden muchos como que debe soltar hostias como panes, así que vemos una oficial de comunicaciones que parece una soldado experta en el cuerpo a cuerpo. Otros estereotipos, estos más viejos, aparecen con las tres nuevas secundarias, pues se sabe exactamente cuál es su posición en el relato desde el primer momento: quién será la traidora, cuál la que morirá pronto, y cuál la que busca venganza. Por extensión, se ve venir de lejos cuándo veremos el enfrentamiento a puños de turno, tanto la venganza de aquella con el malo de segundo nivel como la lucha final entre Kirk y el malo principal. Este villano además recuerda demasiado al pseudo Khan del capítulo anterior, aunque sea más interesante. Y finalmente, la maduración final de las figuras principales es como decía muy previsible después de los prometedores pasos iniciales. ¿De verdad el conflicto interno no podía terminar de una forma más inteligente o al menos sutil? También tenemos alguna explicación tonta para espectadores tontos, como decir qué está haciendo el malo al lanzarse con los cristales, cuando es obvio, o traducir las conversaciones supuestamente complicadas con sentencias cortas que además están salpicadas de fallidos toques de humor.

Estas limitaciones se van disimulando aceptablemente bien porque el acabado visual sí da la talla y realza mucho la fuerza del relato. Y es que esta entrega es realmente deslumbrante, ofreciendo un título taquillero digno de ver. Como indicaba, el punto álgido, el combate espacial, corta la respiración con secuencias impresionantes, algunos planos épicos y otros incluso con cierta bella (la caída del platillo), pero el resto del metraje mantiene el ritmo entre intenso y trepidante muy bien. En el primer capítulo se quedaban cortos en la recreación del Enterprise a pesar de tener tanta relevancia; en el segundo mejoraban ese aspecto y seguían subiendo el listón con los mundos y ciudades; pero aquí alcanzan un nivel sobresaliente, rivalizando codo con codo con las sagas reinas de los despliegues de efectos especiales y destrucciones de ciudades y mundos, Transformers y Los Vengadores. Ahora sí que vemos la nave en todo su esplendor: saltamos entre pasillos y cubiertas recreados con una indudablemente difícil combinación de decorados enormes y detallados, maquinaria imponente (donde exprimen la técnica de girar pasillos de Origen; los “cómo se hizo” son dignos de ver) y efectos por ordenador de primer orden. A esto hay que sumar el excelente trabajo realizado también con los mundos imaginarios y la gran base espacial (aunque se pueden localizar edificios conocidos, supongo que por ahorrar esfuerzo y costes), donde se ve que quedaron tan contentos con el resultado que se permiten unos cuantos planos para vacilar, de los que no me voy a quejar.

Justin Lin (serie A todo gas/Fast and Furious) maneja esta colosal superproducción con una habilidad y determinación encomiables, hasta el punto de que su labor resulta más madura y efectiva que la de J. J. Abrams. Con una visión más seria y sólida, sin efectos de lucecitas innecesarios (lens flare los llamaban), con menos ajetreo de cámara y aun así con un ritmo más vibrante. Viendo El despertar de la Fuerza quedó claro que Abrams es capaz de mucho más, pero en la presente saga le dio por experimentar y no le salió bien. Cabe destacar también que la banda sonora de Michael Giacchino tiene más pegada y más sentimiento que sus trabajos previos, que me resultaron algo apagados en el drama y repetitivos en la acción. Los actores, como es esperable con el paso del tiempo, están más cómodos en sus papeles, aunque los únicos que destacan como buenos intérpretes son Karl Urban de nuevo y ahora que tiene un rol menos bobo e histriónico también Simon Pegg.

En pocas palabras, se ve la semilla de una buena película de acción y ciencia-ficción… Pero como decía, en aras de abrazar esa obsesión con simplificar, idiotizar, llenar de clichés y abusar de lo visual, poco a poco se van abriendo grietas, apareciendo muchos agujeros de guion, situaciones inverosímiles o poco trabajadas que van frenando su potencial. Algún desliz o falta de esfuerzo se podría pasar por alto si el conjunto tuviera más coherencia, pero son tantos, y algunos de ellos bastante graves, que te pueden estropear el disfrute de una cinta que apuntaba algo más alto pero se queda en un entretenimiento irregular.

Alerta de spoilers: A partir de aquí revelo todo detalladamente, incluyendo el final.–

-La continuidad les importa bien poco con tal de lucir el dinero. Kirk y otros llegan al planeta con lo puesto pero repentinamente aparecen con unos trajes muy vistosos.
-Por qué lo llaman nebulosa si es un planeta rodeado de asteroides, que como es habitual en el cine están imposiblemente pegaditos cuando en realidad los separarían cientos de miles de kilómetros.
-¿Me tengo que creer que un ascensor está preparado para resistir en el espacio?
-¿Cómo expulsan Bones y Spock a los tripulantes de los cazas sin salir despedidos también y sin asfixiarse ni sufrir descompresión?
-¿Con todas las brechas que abren los enemigos en el Enterprise no hay más situaciones de descompresión (sólo se ven un par)? Qué bien se encajan las naves al embestir, oye.
-En el platillo estrellado Chekov tarda como cinco segundos en escuchar la llamada de la traidora, rastrearla, encontrar el lugar de difícil acceso donde la está liando y salvar a Kirk.
-Qué casualidad que el humo que se solidifica les cubra todo a Kirk y Chekov menos la cara, para que así puedan seguir respirando.
-Hablan de una tal Kalara en cierto momento… Es la traidora, pero se olvidan de presentar su nombre antes, así que tienes que hacer malabares para adivinar a quién se refieren.
-¿Pero cómo tiene la nave obsoleta (el Franklin) datos sobre la estación nueva, y cómo ponen un mapa de ella en pantalla en menos de un segundo?
-¿Por qué las naves el enjambre estallan cuando tienen problemas de comunicación? ¡Y estallan todas menos las que pilotan los protagonistas! La música es mala, pero no para tanto.
-¿Cómo sabe Bones de qué plaza le habla Kirk, y cómo calculan el tiempo para llegar todos justo en el momento clave?
-No se explica por qué Krall tiene ese careto alienígena. Es una excusa muy tramposa para forzar la pseudo sorpresa final, porque estaba claro quién era desde la mitad de la película.

En cuanto a la manía de ir a lo más exagerado, toda escena se lleva al límite, las cosas se resuelven en el último momento tras un esfuerzo y una dificultad imposibles. Esto genera muchos momentos en los que la lógica e incluso la coherencia interna se dejan de lado, lo que al fin y al cabo son también agujeros de guion:
-Otra vez tenemos la gravedad cambiante de la nave. No puedes pasarte por el forro las propias reglas expuestas para este universo sólo porque ahora quieres una escena molona. Si nos dices que el Enterprise puede pegarse unas aceleraciones increíbles (la salida del puerto espacial) sin afectar a la tripulación, luego no me puedo creer que en un par de giros en el combate la tripulación salga despedida por todas partes. Así, las escenas de gente corriendo tambaleándose o por las paredes pierden bastante verosimilitud. Para colmo, resulta que después de todo, cuando están en caída libre hacia el planeta no flotan, ¡todos andan sin problemas!
-Pero hay más lío con las fuerzas absurdas: “Tenemos que estar en velocidad terminal para que los impulsores funcionen”. ¿Perdona? ¿Quieres activar los impulsores cuando más fuerza en sentido contrario tendrán? Muy lógico sí. Y no se queda ahí la cosa, porque mientras están en caída libre los tripulantes no se pegan al asiento, ¡sino que otra fuerza misteriosa los empuja hacia adelante!
-Scotty y el barranco… ¿No era suficiente con la escapa por los pelos del abordaje, la caída aparatosa entre rocas y el estrellarse?
-¿De verdad hacía falta el salto de Kirk con la moto para atrapar a la muchacha de chiripa? La propia secuencia al completo es demasiado exagerada, y además es el único momento donde la puesta en escena no da la talla, pues el plano de la moto corriendo entre riscos canta un montón.
-El despegue del Franklin… ¿De verdad hay que forzar tanto la cosa? Ya he comentado la malaciencia de la caída suicida, pero no les bastaba, necesitaban algo más desmedido todavía: la nave rozándose con todas las montañas sin sufrir daños, el cutre amago con que se han estampado en el suelo… Pero es que hasta rompen la realidad que acaban de exponer: no es una nave hecha para volar en la atmósfera, dicen… ¡y luego encienden un montón motores de despegue! En fin, un despropósito que sólo obedece a la manía de buscar espectáculo porque sí.
-Para qué quiere el malo un arma potente pero tan difícil de encontrar cuando tiene una fenomenal en sus manos, un enjambre de por lo menos un millón de naves súper destructivas y el doble de soldados (¿de dónde los ha sacado, pero cuánta gente se ha estrellado ahí?). Sólo con esas podía haber dañado bien a la Federación si no hubiera superhéroes como Kirk de por medio, a tenor de su efectividad. Pero noooo, tiene que ir dentro, a un sitio remoto y donde oooh, llegue únicamente Kirk, porque nadie más se dirige hacia allí para detener una amenaza tan grande. Querían un malo con un plan muy concreto pero también un ejército asombroso, y acabar en el típico encuentro a tortas entre él y el prota. ¿Que no hay manera de que encaje todo junto? Da igual, el espectador de hoy en día no piensa ni se queja ante carencias narrativos descaradas.

De esta manera en el tercer acto, como ocurrió con En la oscuridad, la cinta se derrumba por completo. Las buenas formas, ya heridas, se rematan con un inane desfile de efectos especiales. Hay que hacer demasiados saltos de fe para aceptar lo que se ve. El problema más destacable de hecho supone un agujero de guion demencial, de los más grandes, absurdos e imperdonables que he visto en una película. ¿Pero por qué demonios la Federación envía como nave de rescate una base civil, es que no tiene más navíos? Vaya forma injustificada de poner en peligros desconocidos a una población civil numerosa, población a la que no sé cómo se les ocurre vivir ahí sabiendo lo que les espera. Pero si esa parida no te echa para atrás, el resto no da mucho más de sí, todo clichés y tonterías. La peleílla final a tortas en plan videojuego ya la hemos visto en entregas previas, que luzca más visualmente es lo de menos si se abandona todo intento de conexión emocional e incluso de argumento digno, pues en vez de buscar eso se inclinan por tonterías alucinantes: Scotty tomando los mandos de la estación, las palanquitas que se enganchan en el momento justo y se desenganchan igual, los protas llegando y siendo salvados también en el ultimísimo momento. Y que me expliquen qué es esa habitación acristalada y ese colector espacial gigante. ¿Cómo voy a implicarme si cada nueva escena tiene elementos sacados de la manga repentinamente?

Entre tanta sandez y las innecesariamente ostentosas escenas de acción queda un desenlace muy frío a pesar del acoso constante de ruido e imágenes. Comparemos por ejemplo con el desarrollo del tramo central: las acciones de los personajes son las que mueven la narración, y la combinación de todas sus capacidades e ideas es lo que resuelve la situación. En el final meten la tecnojerga surrealista (que también abundaba en las series, eso sí) que resuelve todo en un giro facilón: la estulta escenita de la música que mágicamente hace explotar las naves enemigas. Y no, no me vale que cada personaje diga una frase de la solución en plan teatrero, como si esa parida implicara que han trabajado todos juntos. Aparte, el epílogo cumple con lo justo sin aportar nada que no fuera predecible, nada ingenioso, pero hay que decir que el time lapse de la construcción de la nueva Enterprise es muy bonito. Eso sí, no sé cómo le siguen dando naves a Kirk si en cada misión acaban destruidas.

Ver también:
Star Trek (2009).
Star Trek: En la oscuridad.

Ex Machina


Ex Machina, 2015, EE.UU.
Género: Suspense, ciencia-ficción.
Duración: 115 min.
Dirección: Alex Garland.
Guion: Alex Garland.
Actores: Alicia Vikander, Domhnall Gleeson, Oscar Isaac.
Música: Geoff Barrow, Ben Salisbury.

Valoración:
Lo mejor: Temática jugosa bien tratada. Puesta en escena sobria pero efectiva.
Lo peor: La sensación de que con este argumento podrían contar cualquier cosa y no termina de explotar todo el potencial: unas veces se va por las ramas, otras se queda muy corto. Por ello, según lo que imagines y esperes, puede que no te llene, sobre todo en su flojo final.
El Óscar: Premio a mejores efectos especiales… ¿En serio? ¿Ante Mad Max y El despertar de la Fuerza? Si solo tiene un pequeño trucaje con la tira de años de antigüedad; por ejemplo se vio en Inteligencia Artificial en el 2001.
El título: ¿Por qué le han puesto un guion bajo en España: Ex_Machina?

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Un programador que trabaja en la empresa más grande y popular de internet (un trasunto de Google) es seleccionado para pasar una semana en compañía del fundador y presidente de la misma, sobre el que existe una admiración rayana la adoración fanática, como ocurría con Steve Jobs por ejemplo. Pero no serán unas vacaciones al uso, porque este dirigente sigue siendo un visionario y tiene un proyecto revolucionario que requiere una evaluación externa: el elegido deberá relacionarse con la inteligencia artificial que ha creado para estimar si es completa, es decir, consciente y emocional cual persona.

Lo que Ex Machina propone es un ensayo, un análisis de lo que esta situación podría implicar y en lo que podría derivar: cómo se comportaría una IA y cómo reaccionaría el ser humano ante ella, y a la inversa, y qué implicaciones morales y repercusiones sociales tendría. No es una premisa nueva, 2001, una odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968), Blade Runner (Ridley Scott, 1982) y Terminator (James Cameron, 1984) ya lo trataron hace décadas y coinciden en algún punto. Recientemente hemos tenido otras con más semejanzas, Transcendence (Wally Pfister, 2014) y Her (Spike Jonze, 2013), si bien estas dos se quedaron muy cortas, en la superficie de temas que prometían mucho más: la primera fue un intento de cinta comercial que resultó un despropósito, la segunda mostraba potencial pero la obsesión por lo pretencioso también la hundió. Supongo que también podría citarse Inteligencia Artificial (Steven Spielberg, 2001), pero no se parece en nada, amén de que era irregular y demasiado melodramática (parecía un telefilme de alto presupuesto), en contraste con esta, más equilibrada, sutil y natural.

Alex Garland intenta el acercamiento más serio sobre el asunto hasta la fecha, eligiendo el escenario y las primeras implicaciones y reacciones más plausibles y combinando reflexiones éticas, filosóficas y sentimentales primarias. Pero, a pesar del entusiasmo con que la ha recibido mucha gente, lo cierto es que no termina de llegar hasta donde podría. Hay muchas buenas ideas, pero no todas tiene una exposición adecuada, algunas incluso patinan, y hay otras elecciones poco entendibles, por artificiales o ineficaces. Es cierto que el realizador entra en terrenos inexplorados, pues los títulos citados se quedaban en conceptos básicos (IA maligna rebelándose) y más allá las opciones narrativas son casi infinitas… Pero precisamente por ello decepciona que apunte muy alto inicialmente y luego no se atreva a ir a por todas y se quede a medio camino.

Eso sí, se agradece mucho una película inteligente sobre un tema complicado, algo cada vez menos común hoy en día. Apuesta además por un relato sin grandilocuencia visual, sin acción aparatosa o un muestrario de tecnología moderna cobrando vida a través de llamativos efectos especiales, y por un drama intimista que se centre en el objetivo sin salirse por la tangente con historias innecesarias. Inteligencia Artificial de Spielberg se perdía de lleno en esos dos aspectos, por ejemplo.

El prólogo es una estupenda muestra de síntesis narrativa, de introducir al espectador en la trama sin farragosas explicaciones. Los primeros pasos de Caleb (Domhnall Gleeson) en los dominios y la investigación de Nathan (Oscar Isaac) mantienen esa tónica. Diálogos sencillos, mundanos, pero con más contenido del que parece, desgranan poco a poco la historia. La aparición de Ava (Alicia Vikander) es sugerente, y sin rodeos vamos a los pensamientos que se quieren abordar.

En estos Garland haya un buen equilibrio. No se corta a la hora de mencionar conceptos técnicos (el Test de Turing, algunos datos de programación y aprendizaje de máquinas) que otros eludirían torpemente por miedo a que muchos espectadores no entendieran nada, y trata de tocar los temas principales sin sentar cátedra, sino exponiendo cada concepto y dejando que tú pienses en sus ramificaciones. Además ofrece algún apunte poco explorado, como la pulsión sexual como motor del ser humano, sea por amor o por lujuria (bueno, se insinuó en HHerer y en Blade Runner, pero en ambas se desarrollaró como un romance cursi), yendo así más allá de los deseos de vivir y los conflictos cognitivos y sensitivos habituales en las máquinas que toman conciencia.

Los personajes también apuntan maneras. Caleb es experto en su materia pero sencillo en las relaciones humanas (tímido, bueno), con lo que resulta simpático y se sufre un poco cuando se pone la cosa fea. Además, siendo tan neutro funciona como un caparazón en el que introducirnos para ir descubriendo las cosas con nuestra propia perspectiva. Eso sí, todo esto implica también que sea bastante soso, que le falte personalidad y garra y no llegue a ser un personaje principal que deje huella. Nathan es hosco y huraño, rasgos clásicos de genios visionarios, y poco a poco nos adentramos en sus demonios internos. Y Ava es una chiquilla con cerebro privilegiado, e inquieta que no se sabe muy bien por dónde puede salir.

Los actores corren desigual suerte. Alicia Vikander como está estupenda en un papel difícil, el de las reacciones e intenciones veladas. Aunque ya tenía un montón de papeles, sobre todo en Suecia, aquí es donde empezó a sonar su nombre, y luego deslumbró con La chica Danesa (Tom Hooper, 2015). Oscar Isaac (A propósito de Llewyn DavisEthan Coen, Joel Coen, 2013-, El año más violentoJ.C. Chandor, 2014-, Show Me a HeroDavid Simon, 2015-) cumple bien como el genio críptico, pero no como para impresionar. Domhnall Gleeson me parece bastante limitado, le falta registro y nervio. Curiosamente, entre 2014 y 2015 estrenó nada más y nada menos que cinco películas (incluyendo la presente) de bastante éxito y que acapararon numerosas nominaciones a premios, lanzando su nombre en la industria a lo grande: El despertar de la Fuerza (J. J. Abrams, 2015), donde coincidió con Isaac, El renacido (Alejandro G. Iñárritu, 2015), dos cintas donde se lo vio mucho más implicado que aquí, y Brooklyn (John Crowley, 2015) e Invencible (Angelina Jolie, 2014); su agente estuvo bien inspirado.

Uno de los mejores aciertos de la propuesta es que se juega muy bien con el velo, la máscara que nos ponemos, las posturas fingidas para agradar e integrarnos. Los tres protagonistas van analizándose mutuamente, tanteando el terreno, y cada uno tiene sus fallas y sus pensamientos y sentimientos contenidos. Dicho de otra forma, al analizar si Ava es una conciencia real nos terminamos analizando a nosotros mismos. Así, surge una gran pregunta: ¿si no nos entendemos a fondo cómo vamos a construir una IA auténtica?

Otra dificultad bien solventada es que estamos ante un relato muy teatral, con escenario cerrado y pocos personajes hablando, pero Garland consigue mantener el interés mediante una puesta en escena elegante que exprime al máximo cada rincón de la casa. De hecho, el escenario elegido es un acierto, tanto por su belleza como por la comunión de exuberante naturaleza con la frialdad humana, que le va de perlas al argumento. Y cabe señalar algunos recursos efectivos, que parecen sencillos pero quizá a otros no se les habrían ocurrido, como la escena de baile, una situación incómoda que pone una gotita más de inquietud.

De esta forma, en su primera mitad Ex Machina atrapa con fuerza, nos hace pensar bastante, y la intriga va aumentando poco a poco. La figura del genio informático que va pasando de admiración a inquietud, la fascinante IA que empieza a mostrar posibles intenciones ocultas, la dinámica de la relación entre los tres y los secretos que van saliendo a la luz apuntan a que va a haber un conflicto ético y personal jugoso.

Pero por desgracia a Garland se le van agotando las ideas, los escenarios y las soluciones, y empieza a pesar una obsesión: terminar la película con visos de cine comercial. Tras las primeras sesiones con Ava hay un largo receso donde no se sigue explorando los planteamientos iniciados, limitándose a vaguedades o a reincidir en lo ya mostrado (las cenas y desayunos por ejemplo se hacen harto repetitivos), y los siguientes encuentros lo dejan todo de lado para pasar a servir como trucos narrativos muy trillados: sembrar la semilla del misterio de forma forzada (la frasecita de “No es lo que parece” me dio vergüenza ajena) y asentar las bases para el endeble final (el acercamiento, el alcohol, la tarjeta). De hecho, no me convence nada que Nathan sea alcohólico; que se descubra como un inadaptado y un salido es más convincente, sobre todo porque tiene buena relación con la trama, pero no da el perfil de bebedor, es algo que parece muy conveniente para permitir partes del desenlace.

El giro que revela la naturaleza real del experimento, que estupendo y vuelve a traer al frente las cuestiones intelectuales, prometía encauzar las cosas de nuevo, pero a partir de entonces se abandona todo lo andado por un tramo final de suspense básico lleno de clichés más propio de un título menor como Transcendence que de una propuesta que apuntaba más alto. Además, el tempo contemplativo, pausado, también deja de funcionar: debería haber subido el ritmo para darle más intensidad, pero la larga escena de Ava vistiéndose para sentirse más humana rompe del todo el clímax cuando es algo que ya hemos visto antes (se viste ante Caleb) en un momento más adecuado.

Ex Machina no resulta la obra redonda que hay latente en ella, pero es entretenida y deja unos cuantos pensamientos rondando en la cabeza, amén de que destila delicadeza y buen hacer en su mayor parte.

Independence Day


Independence Day, 1996, EE.UU.
Género: Acción, catástrofes, ciencia-ficción.
Duración: 145/153 min.
Dirección: Roland Emmerich.
Guion: Dean Devlin, Roland Emmerich.
Actores: Bill Pullman, Jeff Goldblum, Margaret Colin, Will Smith, Judd Hirsch, Robert Loggia, Randy Quaid, Vivica A. Fox, Mary McDonnell, Adam Baldwin, Brent Spiner.
Música: David Arnold.

Valoración:
Lo mejor: El espectáculo quita la respiración. Tiene los pilares de buen cine de catástrofes…
Lo peor: …pero se ve muy limitada por lo que en Hollywood entienden por entretenimiento: nivel intelectual bajo, estereotipos, humor cutre.
Mejores momentos: La entrada de las naves en la atmósfera, la destrucción de las ciudades, el personaje de Will Smith dando la bienvenida a un alien a la Tierra.
La versión: Existe una versión extendida con ocho minutos más, pero no parece cambiar nada relevante.
La frase: Bienvenido a la Tierra. Eso es lo que se llama un contacto.

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Independence Day fue uno de los mayores taquillazos de los noventa y uno de los grandes referentes de la acción descerebrada. De hecho en su año, 1996, fue el estreno más taquillero a pesar de competir con otros títulos de la misma categoría y renombre, Twister y La Roca, aunque también andaba por ahí la más seria Misión imposible. Pero lo suyo en la taquilla fue una goleada de impresión: las citadas hicieron 500 millones de dólares mundiales, asombrosos números para la época, pero esta llegó a 800. Y si seguimos mirando las comparativas de Boxofficemojo.com se puede citar como la segunda más taquillera en el cine de desastres, sólo superada por la inalcanzable Titanic. La posterior Armageddon, la única comparable en nivel de espectacularidad y éxito, tampoco logró alcanzarla. Así pues, sorprende mucho que tardaran tanto en parir una secuela. Hasta hace pocos años no se pusieron en serio, pero no lograron dar el paso final hasta que asumieron que Will Smith pasaba del tema, pues parece que les costó darse cuenta de que aquí la estrella son los aliens y la destrucción. Y sin duda el éxito de Jurassic World forzó las cosas, porque soñarán con que sea un éxito parecido.

Tanto la crítica como la opinión del público está muy polarizada entre los que ven un producto comercial bobo y los que hallan un entretenimiento bastante llamativo, pero es evidente que algo tuvo como para que el boca a boca la catapultara tan lejos y, sobre todo, para que aguantara en la memoria colectiva durante veinte años. Sus puntos fuertes son obviamente el grandilocuente y memorable sentido del espectáculo, pero es imprescindible también el buen tono de las partes con menos movimiento, donde se utiliza con habilidad el factor sorpresa y la intriga. Tenemos dos horas y cuarto (algo más en la extendida) que mantienen el interés muy bien con la combinación de estilos, sensaciones y personajes. El tramo inicial juega con el temor a lo desconocido, mostrando tanto distintos niveles de respuesta del público como del gobierno. Mientras, se van dibujando unos personajes sencillos pero atractivos, aunque alguno ya empieza a parecer pasado de rosca, como el piloto alcohólico o el científico homosexual en plan locaza. Roland Emmerich tarda cincuenta minutos en empezar el ataque, pero hasta entonces ha puesto el nivel expectación bastante alto. ¿Eres capaz de citar una cinta del género actual que tenga un prólogo tan bien trabajado, que no empiece con acción metida con calzador para tratar de llamar la atención del espectador de forma rápida y directa?

Habíamos visto muchas invasiones que vienen a destruir la Tierra por razones más o menos irrelevantes. El gran referente obvio es La guerra de los mundos de H. G. Wells en sus diversas versiones, pero destacaría mejor V, los visitantes, por su complejidad y paralelismos claros (el diseño de las naves, las intenciones de expropiar y esquilmar el planeta por la fuerza). Catástrofes y monstruos destructores hay innumerables, aunque puestos a citar, lo más parecido fue el conato de destrucción del mundo en las visiones de la protagonista de Terminator 2. Pero en realidad ningún antecedente nos preparó para el nivel visual de Independence Day: asombroso hasta dejarte sin aliento. La entrada de las naves en la atmósfera y la aniquilación de las grandes ciudades impresionan incluso hoy en día. El magnífico trabajo con maquetas es una de las mejores muestras de su efectividad y perdurabilidad ante el ordenador, que hasta hace pocos años no alcanzó un realismo casi total (y eso con cantidades ingentes de dinero) pero muchos se empeñaban en abusar de él. Desde su estreno sólo se me ocurren tres del estilo que hayan sido tan efectivas en lo visual, Armageddon, Los Vengadores y Transformers, aunque La guerra de los mundos de Steven Spielberg también tenía unas pocas escenas potentes.

De aquí vamos a lo clásico del cine de catástrofes: distintos grupos o personajes en solitario tratando de sobrevivir y reencontrándose milagrosamente o muriendo en el intento. El ritmo e intensidad no se ven mermados porque los protagonistas logran el justo interés en sus andanzas (atención a la bienvenida que la da Will Smith al alienígena, o cuando sale a recoger el periódico y empieza a notar que pasa algo raro), pero también porque la aventura es bastante completa. Destaca de nuevo la intriga, esta vez por conocer cómo tratará de sobrevivir y contraatacar la humanidad, pero también hay que señalar que Emmerich mete de pasada algunas ideas y mensajes, acertados unos y maniqueos otros, que dan algo de enjundia al relato. Lo mismo le salió sin querer, pero me gusta como muestra a los ignorantes y crédulos muriendo en masa (entre muchos inocentes, eso sí) mientras los que sobreviven son los científicos y quienes se esfuerzan por entender qué está pasando y tratan de hallar respuestas en vez de ponerse a huir sin más o a celebrar como pasmados algo que no entienden (los locos de las azoteas). También ironiza con la idea de que en la adversidad todos somos iguales: la primera dama acaba al lado de la bailarina de striptease, los generales tienen que pedir ayuda a rangos bajos desvergonzados y civiles. Y tampoco se corta a la hora de mostrar la inoperancia del ejército y las cagadas de los asesores del presidente. Pero por desgracia, como digo también se va al extremo de la más pura estulticia…

El tercer acto es el más endeble y donde más se nota el estilo bipolar de la narración, que pretende ser épica y sombría pero a la vez sencilla y divertida, y en vez de encontrar un equilibrio lo va perdiendo, lastrando bastante las pocas virtudes que venía mostrando. La llegada al Área 51 tiene su gracia inicialmente, y apunta a que la solución del conflicto saldrá de ahí, pero nada funciona al mismo nivel de intensidad e inmersión que antes. El receso para el reencuentro de protagonistas rompe bastante el ritmo al no ofrecer nada original. Los tópicos que asomaban por aquí y por allá terminan explotando y dirigen a partir de ahora toda la proyección, y me temo que son tan simplones que provocan vergüenza ajena: los momentos de redención y reunión (padre e hijo aceptándose, las distintas religiones dándose la mano, la boda…), rancios clichés como el científico loco y horteradas como el patriotismo más salido de madre… Este último de hecho es surrealista, con la combinación del borracho y el presidente liderando la gran batalla como héroes militares, uno en plan sacrificio por la patria y el otro como líder utópico según los cánones del país. Así, la batalla final se ahoga entre todas las tonterías y pierde mucha fuerza. Sólo la entrada en la nave nodriza aguanta el tipo gracias al efecto asombro, pero el vuelo repleto de chistes tontos rompe la atmósfera de tensión por completo (aunque el objetivo era probablemente mostrar un ambiente enrarecido, con los personajes en plan “intentemos suavizar la situación para no perder la cabeza”), y la solución del virus que es compatible con los sistemas de hardware y software de una especie alienígena resulta realmente ridícula.

Por suerte el conjunto no se tropieza del todo a pesar de sus muchas meteduras de pata, y tiene la suficiente simpatía y pegada como para ofrecer un visionado muy agradable si te gusta el género. Los protagonistas, aunque algo ramplones, tienen cierto encanto… salvo ese insoportable grupo de la caravana, que eliminado del metraje nadie echaría de menos. Los actores se toman esto bastante en serio, destacando a Bill Pullman y Jeff Goldblum. Como épica de catástrofes, aunque no llegue a exprimir todo el potencial latente, como he indicado mantiene bien el tipo y se apoya en una puesta en escena sobrecogedora. Y este acabado visual aguanta el paso del tiempo sin problema alguno, resultando una superproducción muy entretenida y espectacular incluso a veinte años de su estreno. Pero también es indudable que no llega explotar todo su potencial por culpa de esa obsesión que tienen en la industria de Hollywood con que un entretenimiento destinado al gran público tiene que ser sencillo y graciosete, y ellos entienden esto como simple y con humor barato.

¿Qué problema hay con que sea un poco más seria? Un drama no lacrimógeno entretiene igual y puede emocionar con mayor intensidad que una parida descerebrada; un tono superficial y distendido no tiene por qué ser estúpido. ¿Y es que piensan que la gente no disfrutará un estreno comercial si no está rebosando estereotipos de toda condición? Pero sobre todo, ¿por qué ese rechazo a un humor más ingenioso y elaborado? Hoy en día, a pesar de que la serie Los Vengadores de Marvel es buena muestra de que se puede hacer acción amable y con buenas dosis de humor sin echar a perder las partes más serias y sin asfixiar a los personajes en clichés, seguimos tragando infinidad de producciones que prácticamente parecen clonar a Independence Day y otras obras comerciales. San Andrés sin ir más lejos es una clara representante del bajo nivel que suele darse en la actualidad, y Jurassic World un gran ejemplo de cómo una con cierto potencial se echa a perder por aferrarse a este estilo. Pero es que el propio Emmerich ha apuntado muy bajo en sus siguientes trabajos, a sabiendas de que, después de todo, el público los ve aunque se queje mucho: todo el mundo puso a parir a Godzilla, y con razón, pero hizo mucho dinero, y El día del mañana y 2012 también eran bastante flojas pero igualmente triunfaron en taquilla. Sólo en 10.000 el boca a boca hizo mella en la recaudación, pero es que ahí se pasó de la línea de “película tontorrona” para hacer cine cutre de primer nivel.