El Criticón

Opinión de cine y música

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Shakespeare enamorado


Shakespeare in Love, 1998, EE.UU., Reino Unido.
Género: Romance, comedia.
Duración: 123 min.
Dirección: John Madden.
Guion: Marc Norman, Tom Stoppard.
Actores: Gwyneth Paltrow, Joseph Fiennes, Geoffrey Rush, Tom Wilkinson, Colin Firth, Imelda Staunton, Judi Dench, Simon Callow, Jim Carter, Martin Culnes, Ben Affleck.
Música: Stephen Warbeck.

Valoración:
Lo mejor: Deslumbrante combinación de talento e inspiración en guion, dirección, interpretaciones, diseño artístico y música.
Lo peor: Excepto Joseph Fiennes, quien va algo justo. El final, tras un clímax glorioso, no funciona del todo. La incomprensible campaña de odio que todavía arrastra.
La frase: Yo he de tener poesía en mi vida… y aventura… y amor. Amor por sobre todo. (…) No las artificiosas posturas del amor, sino el amor que avasalla la vida. Indisciplinado, ingobernable, como un motín en el corazón, que nada puede detener, ni la ruina ni el éxtasis. Amor como el que nunca ha existido en una obra.

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EL PROYECTO Y LA POLÉMICA

El primer guion fue desarrollado por un autor poco conocido, Marc Norman, a finales de los ochenta, y estuvo a punto de ver la luz en 1991 de la mano de Edward Zwick, quien había adquirido bastante fama con Tiempos de gloria (1989). Este pidió una reescritura al prestigioso Tom Stoppard (Brazil -1985-, El imperio del Sol -1987-, La casa Rusia -1990-…) mientras se empezaban a construir los decorados y a preparar el vestuario. Pero la actriz protagonista elegida, Julia Roberts, se empeñó en compartir cartel con Daniel Day Lewis, y cuando este pasó del tema ella no quiso seguir, y la producción quedó en suspenso porque los estudios también se desinteresaron.

En el 98 entraron el todopoderoso estudio Miramax de Harvey Weinstein y el proyecto se movió con gran rapidez, encontrando pocos baches en el camino (sólo la dificultad de hallar un final llamativo). El realizador elegido, John Madden, venía de unas pocas series de televisión en Reino Unido y apenas se acababa de dar a conocer en Hollywood con un drama histórico sencillo, Su majestad Mrs. Brown (1997).

El estreno fue un gran éxito de taquilla, entusiasmó a la crítica, obtuvo premios por doquier y el reconocimiento de la industria, manteniéndose desde entonces presente en cada actualización que hace la WGA, el gremio de guionistas, de su lista de los 101 mejores guiones de la historia.

Pero a pesar del entusiasmo inicial con que el público recibió otra cinta romántica conmovedora tras las cercanas El paciente inglés (Anthony Minghella, 1996) y Titanic (James Cameron, 1997), un ruidoso sector, fanático de Salvar al soldado Ryan de Steven Spielberg, fue haciéndose notar más de la cuenta hasta que la burbuja explotó con los Óscar y los Globos de Oro y lograron tomar el control del relato. No importa que Shakespeare enamorado destile ingenio y elegancia en un guion brillante y un acabado sublime, que Salvar al soldado Ryan sea una historia llena de estereotipos y sensacionalismo que sólo destaque por su efectivo pero hipertrofiado acabado visual, estos iluminados consideran que la primera es una obra cursi que no merece tanto halago y la segunda no sólo un buen drama, sino una de las mejores películas de la historia…

Lo cierto es que ese año hubo una competencia espectacular donde es bastante difícil elegir, quedando claro únicamente que todas ellas son superiores a la cinta de Spielberg: La delgada línea roja (Terrence Malick), El show de Truman (Peter Weir), Lock & Stock (Guy Ritchie), American History X (Tony Kaye), Bichos (John Lasseter, Andrew Stanton)… Pero esa oleada consiguió tanta influencia que todavía hay gente (internet mantiene vivos estos movimientos absurdos) diciendo que no fueron justos y denostando Shakespeare enamorado probablemente sin haberla visto siquiera. De hecho, el tumulto que armaron fue tal que también da la impresión de que, si a lo largo de su historia estos premios no tenían mucho criterio y acertaban poco, desde entonces empezaron a mirar más las tendencias sociales y mediáticas, como intentando complacer y huir de polémicas, perdiendo así más credibilidad todavía.

TALENTO E INSPIRACIÓN SIN IGUAL

Shakespeare enamorado es una conjunción de astros, suerte, destino o como queráis llamarlo. La combinación de inspiración y talento dio una obra singular, hermosa e inolvidable. El brillante guion ofrece capas y más capas de ideas, géneros, estilos, personajes y tramas hasta formar un todo superior sin resquicio alguno, tan perfecto y asombroso que sin duda hay que considerarlo como uno de los mejores de la historia. Los deslumbrantes apartados técnicos garantizan un deleite audiovisual sin igual, y la dirección es muy compleja y virtuosa, pero el conjunto resulta tan equilibrado que se siente como una obra ligera y cercana. Te lleva por una montaña rusa de emociones: es divertida, entrañable, bellísima. Se puede disfrutar desde muchas perspectivas: como retrato histórico del mundo del teatro en una época apasionante, como comedia inteligente como no se veía desde hacía décadas, como un romance de cuento de los que tocan la fibra sensible, como una de aventuras, con personajes sobreviviendo el día a día en las calles del Londres del siglo XVI…

La ambientación en la época está muy cuidada en todos los niveles. Que sea una recreación ficticia de la vida de William Shakespeare no llega a molestar, o al menos yo no creo que incomode ni siquiera a eruditos del autor y la época, en parte por lo poco que se sabe su vida, pero sobre todo por el fantástico retrato que hace del gremio, de la figura y su entorno. Se muestran las rivalidades entre artistas, los problemas sociales, políticos y económicos, y los temas habituales de las obras de teatro se incorporan a la propia trama con gran naturalidad (la reaparición de personajes muertos, los disfraces, las peleas a espada…). En el detalle está llena de guiños y referencias, donde no importa si algunas sólo pueden pillarlas los más puestos en historia y literatura, porque se hilan muy bien con el desarrollo de personajes, destacando que se juega con la teoría de Christopher Marlowe como autor de las obras de Shakespeare y se bromea con otros artistas (alucinante el chiste recurrente con el niño de la rata, John Webster). En la historia principal se maneja de maravilla la premisa de explorar la posible creación de Romeo y Julieta con experiencias propias del escritor. El amor imposible, la diferencia de clases, momentos clave como la escena del balcón… y en general los citados giros clásicos del género se funden con la aventura romántica, con la nueva obra que escribe ahora que vuelve a estar inspirado, con los líos en el teatro para intentar sacar adelante el proyecto y con los conflictos con otros personajes.

La odisea romántica es cautivadora, desbordante de personajes entrañables y aventuras embelesadoras. Todos los implicados saben que están ante una fábula, una historia idealizada y arquetípica, empezando por los guionistas, y se esfuerzan por dotarla de vida, de energía y encanto. De esta forma, aunque pase por muchos lugares comunes de este ámbito fluye con naturalidad, transmitiendo con intensidad un gran repertorio de sentimientos. Tenemos infinidad de situaciones ingeniosas, hermosas, dramáticas… y muchas que lo combinan todo: la conversación en la barca cuando se descubre que Thomas es Viola, el lío del balcón, la escena en que se desnudan quitándole a ella el disfraz, los besos entre bambalinas, la huida de la carreta dejando plantado al esposo forzado para ir al teatro…

El único punto débil es Joseph Fiennes. Su cara de panoli superado por las circunstancias ayuda a disimular un tanto las carencias dramáticas del intérprete, pero da la sensación de que con un actor más resuelto hubiera sido una cinta aún más extraordinaria, algo que se nota más al lado del colosal torrente de emociones que ofrece su compañera Gwyneth Paltrow, donde aunque la química entre ambos no falla, podría haber tenido mucha más chispa. Además de su belleza y simpatía, Paltrow pone gran pasión en la tormentosa vida de Viola: de afligida por la apatía de una vida que no controla y asustada cuando le imponen el matrimonio, a risueña y resuelta cuando el amor le infiere coraje.

El noble del enlace obligado, Lord Wessex, tiene la difícil tarea de ser el típico villano de cuento y no parecer demasiado encorsetado o una mala parodia, pero los escritores y el certero papel de Colin Firth logran hallar el equilibrio perfecto. Es desagradable sin resultar grotesco, se pueden entender sus motivaciones y frustración, de forma que resulta verosímil, y tiene momentos geniales, como la memorable escena en que cree estar ante el fantasma de Shakespeare.

El repertorio de tramas y personajes secundarios es modélico, hasta el rol en apariencia más irrelevante consigue dejar huella, como el bruto disfrazado de mujer, el presentador tartamudo… Tenemos empresarios, escritores, actores, nobles… todos roles muy bien definidos que hacen desbordar cada escena con su carisma y chistes recurrentes tan rápidos e ingeniosos que si parpadeas te los puedes perder. Destacan con luz propia Geoffrey Rush y su talante esperanzador tronchante: (“Todo saldrá bien.” “¿Cómo?”, “No sé, es un misterio.”) y Tom Wilkinson como el usurero distante que acaba implicado (“¡Un perro!”). La veterana Imelda Staunton está estupenda como la criada personal de Viola; mítica es la escena en que hace ruido con la butaca para disimular los sonidos de la alcoba. Judi Dench está inmensa como reina, imponente y temible en sus pocas apariciones, callando así a los bocazas que decían que con tan pocos minutos no merecía nominaciones a premios. Demonios, hasta Ben Affleck deja buenas impresiones.

El guion desde luego allanó el camino, y los recursos técnicos deslumbraron a pesar de no ser una gran superproducción, pero la dirección de John Madden unió todo dando forma a un portento narrativo asombroso. La cámara vuela con trávelings enérgicos o se apoya en un montaje impecable para transmitir la sensación de estar en las calles y escenarios de la época y lograr un ritmo enérgico que te mantiene pegado a la butaca. Decorados, vestuario y maquillaje, aparte de espectaculares, mantienen una fidelidad enorme, logrando una inmersión plena en aquellos tiempos. Destaca para bien un aspecto que se suele descuidar, la mala higiene de las gentes y de las ciudades y calles de aquellos tiempos. Aunque también hay un aspecto negativo, y es que mantiene el miedo atroz generalizado en Hollywood a mostrar el calzado medieval real, zapatos bajos de cuero basto y burdamente cosido en el pueblo llano y mallas de diversas lanas con sencillos zapatos de puntas alargadas en los nobles, y se opta casi siempre por usar grandes y vistosas botas de cuero bien tratado; el calzado realista sólo se ve en algunos extras de fondo, en los protagonistas, hasta el casi indigente Shakespeare calza como un motero moderno.

Y para rematarlo todo, llegó el desconocido músico Stephen Warbeck y nos regaló una banda sonora de las que hacen época, versátil y exquisita, capaz de realzar la sensibilidad de las imágenes hasta límites indescriptibles.

Aparte de la falta de empaque de Joseph Fiennes, sólo se le puede poner la pega de que no encontraron un buen final a pesar de que probaron varios en pases de prueba con público. Tras el magnífico colofón en el teatro había que abrir más que cerrar historias, porque no cabe un final feliz que ate todos los cabos sin faltar a la Historia. Hicieron lo más lógico, despedidas varias y que Shakespeare siguiera escribiendo, pero la ruptura de la pareja no llega con tanta intensidad como el resto de la relación, el varapalo a Lord Wessex es un tanto predecible y simplón, las escenas con la reina serán necesarias, pero resultan anticlimáticas, y la narración tan larga sobre la nueva obra y las imágenes mostrándola sin venir a cuento despistan un poco, es como desviar el tema.

Con un final redondo que te dejara conmocionado, flotando entre las nubes durante un buen rato, probablemente hablaríamos de una obra maestra, pero tal y como está, Shakespeare enamorado es una maravilla digna de estudiarse en escuelas de cine.

1917


1917, 2019, EE.UU., Reino Unido.
Género: Bélico.
Duración: 119 min.
Dirección: Sam Mendes.
Guion: Krysty Wilson-Cairns, Sam Mendes.
Actores: Dean-Charles Chapman, George MacKay, Colin Firth, Mark Strong, Benedict Cumberbatch, Richard Madden, Andrew Scott.
Música: Thomas Newman.

Valoración:
Lo mejor: Algunos instantes espectaculares gracias a la fotografía, los escenarios y la dirección.
Lo peor: Relato predecible, superficial y sensacionalista, asfixiado por los enredos técnicos.
Mejores momentos: El derrumbe, las ruinas.

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Alerta de spoilers: Comento algunos detalles menores, nada importante. —

Anunciada como un plano secuencia de dos horas, avalada por críticas que la ponen de obra maestra, multitud de nominaciones y galardones en todos los premios habidos y por haber, y por ahora con una entusiasta recepción del público, llega 1917… otra obra llevada a los altares por un incomprensible furor mediático que no representa su calidad real.

Unas pocas veces la fórmula narrativa de Sam Mendes ofrece una experiencia apasionante, pero en muchas otras resulta su principal limitación. Quizá con un guion más cuidado no se notaría, pero cuando te obsesionas por un único aspecto sueles descuidar los demás y perder la visión de conjunto. Un argumento predecible y simplón se desarrolla con torpeza porque el esfuerzo está centrado en otra parte. Además, en una donde Mendes no ha ido a por todas, porque evidentemente hay cortes en el plano cada quince o veinte minutos, lo cual no sería un problema (en otras del estilo no lo fue, como Birdman) si no tomara cada plano secuencia real como un episodio cerrado, lo que limita la progresión dramática, o sea, el ritmo y el calado emocional.

Una vez queda claro el poco alcance de la historia, que es bien pronto, cada capítulo se ve venir entero en cuanto comienza, y muchas veces puedes intuir el siguiente. A partir de cierto momento incluso sabía perfectamente cómo iba a actuar cada personaje secundario… antes de que estos aparecieran, porque Mendes va poniendo ante el protagonista los desafíos y conflictos más típicos y gastados del género.

Es una oda al héroe bastante pobretona, sin épica ni emoción. Los protagonistas van de A a B siendo héroes en todo momento, a pesar de sus puntuales dudas humanas no cometen fallos, son factores externos y gente malvada los que causan sus problemas. En otras palabras, dos jóvenes íntegros y capaces luchan imbatibles contra lo peor de la condición humana y la naturaleza y en el proceso no cambian ni un ápice porque ya nacieron perfectos; bueno, no tanto, porque uno de ellos corre varias veces en línea recta mientras le disparan, pero como es el héroe no lo alcanzan. Las anécdotas, acciones y contratiempos no dejan secuelas, lo que ocurre en un segmento no se extiende a otro. La mano herida parece que va a dar guerra, pero se olvida; el francotirador se ha superado, ya no vuelven a aparecer otros en todo el pueblo; el pelotón que ayuda en un capítulo se marcha al acabar sin que ningún mando ofrezca refuerzos, para que en la siguiente aventura se mantenga todo como antes; etc.

Como consecuencia, no sorprende que algunos episodios sean totalmente gratuitos, pues la idea es cumplir cupos. Así, tenemos el francotirador, la mujer solitaria (al menos no nos cuelan la escena de sexo de turno), los roces con los mandos (todos muy parcos y nada emocionantes) y otros momentos metidos con calzador, mientras que el resto de situaciones tampoco es que deslumbren: las carreras por trincheras lucen por el acabado visual, no porque narren algo impactante. Una vez visto el tono, tampoco coge desprevenido que abunde el sensacionalismo, pues a falta de contenido original y complejo Mendes trata de tirar de sentimientos muy mascaditos y golpes de efecto que rara vez funcionan (como el susto con el primer disparo del francotirador). Por extensión, se acumula demasiado giro y salto muy conveniente, las transiciones entre algunas partes están muy poco trabajadas. Y como consecuencia, tampoco extraña la presencia de numerosos agujeros.

La zona de conflicto es un revoltijo que cuesta creer aunque la lucha de trincheras fuera metro a metro. De una zona dominada por ingleses pasamos a otra en manos de alemanes, en la siguiente hay un grupo de ingleses sentados escuchando a un compañero cantar sin que haya vigilancia alguna, y a dos pasos está la trinchera en pleno combate cuyos disparos y bombas no se oyen hasta que toca entrar en ese episodio. Tienen una misión prioritaria y de pasar sin ser vistos y se entretienen yendo de frente a todo escenario que encuentran y curioseando por todas partes. Y por qué envían una sola batida de dos míseros soldados con un mensaje tan importante y no varias… o mejor, palomas mensajeras y aviones.

La efectiva inmersión en algunas escenas es puramente técnica, de forma que en ocasiones atrapa con bastante fuerza (el derrumbe, los peligros entre las ruinas del pueblo), pero en otras no logra su objetivo, y por acumulación de falta de contenido a la larga las primeras empiezan a perder verosimilitud en tu cabeza: era todo fuegos artificiales que no llevan a nada, en la siguiente fase está todo olvidado y vuelven a intentar otra artimaña del estilo. La música, también aclamada sin mesura, es un triste efecto sonoro, Thomas Newman (American Beauty -1999-, ¿Conoces a Joe Black? -1998-) vale para mucho más. La fotografía de Roger Deakins es muy buena, aunque no al nivel de otros trabajos suyos (Blade Runner 2049 -2017-, Skyfall -2012-). Vestuario, localizaciones y decorados cumplen bien.

Los actores principales no están a la altura del reto y desentonan mucho ante la veteranía y buen hacer de los pocos y breves secundarios. Las caras de pena y sufrimiento de Dean-Charles Chapman (Captain Fantastic, 2016) y George MacKay (Juego de tronos, 2011) no conmueven. Si es que Mark Strong con una sola escena se pone muy por encima, y Colin Firth y Benedict Cumberbatch también imponen bastante.

En conjunto resulta una película a ratos forzada, artificial y tediosa, y si bien en otros sin duda es espectacular y emocionante, con tanto desequilibrio no llama para revisionarla, y desde luego no hay manera objetiva de ponerla como obra maestra. Debería haberse tomado como lo que es, un experimento, una curiosidad para echar el rato, pero se ha encumbrado con la locura febril y volátil que se ve demasiadas veces estos tiempos.

En lo bélico, no hace ni la más mínima sombra a cualquiera representativa del género, sea en la onda introspectiva de La delgada línea roja (Terence Malick, 1998) o la histórica de Un puente lejano (Richard Attenborough, 1977), está más en la línea ultra comercial de Salvar al soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998) y Corazones de acero (David Ayer, 2014). De hecho, con esta última guarda muchos parecidos en recursos básicos: un protagonista joven y silencioso, sin gran personalidad, para que puedas meterte en su piel, y aventuras varias facilitas y con trucos sentimentales baratos. En cuanto a epopeya de aventuras con pocos personajes, recuerda bastante a El renacido (Alejandro González Iñárritu, 2015), pero está por debajo en el dibujo de personajes y el factor entretenimiento y espectáculo. En lo experimental, la gente se ha flipado como si estuviéramos ante algo único, pero obras con grandes planos secuencias, o incluso que los empalman hasta hacer uno virtual durante todo su metraje, hay bastantes. Por comparar con algunos referentes conocidos, se queda lejos de la ingeniosa y encantadora Birdman (Alejandro González Iñárritu, 2014) y de la intrigante La soga (Alfred Hitchcock, 1948), e incluso El renacido, con planos secuencia puntuales, le da una buena tunda en riesgo y complejidad visual. En un año estará completamente olvidada.

Kingsman: Servicio secreto


Kingsman: The Secret Service, 2014, Reino Unido.
Género: Acción, comedia.
Duración: 129 min.
Dirección: Matthew Vaughn.
Guion: Matthew Vaughn, Jane Goldman; basados en el cómic de Mark Millar y Dave Gibbons.
Actores: Colin Firth, Taron Egerton, Samuel L. Jackson, Michael Caine, Sofia Boutella¸ Mark Strong.
Música: Henry Jackman.

Valoración:
Lo mejor: Reparto.
Lo peor: Sin gracia ni originalidad, de ritmo irregular a pesar del abuso de fuegos artificiales.

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Vince Vaughn dejó pasar X-Men: Días del futuro pasado para embarcarse en este proyecto personal, la adaptación de un cómic que parodia el género de espías en su vertiente inglesa: los inicios de James Bond, series como Los Vengadores (1961), El prisionero (1967), El agente CIPOL (1964) y otras tantas. Le fue bastante bien en la crítica, sobre todo la del público (¡un 8 en imdb!), y llegó a recaudar unos impresionantes 400 millones a pesar de ser para mayores de 18 años, pero a mí me ha parecido una película muy básica, poco o nada inspirada en la parodia, sin savia en su trama y personajes, y con un ritmo bastante flojo.

Para que una parodia destaque ha de tener gracia obviamente, pero también un mínimo de estilo e inteligencia. El estilo en cierta manera lo consigue, pero porque emula a un género que tiene uno muy marcado. Los chistes sobre cachivaches y vestuario, sobre organizaciones secretas, villanos ruidosos y héroes silenciosos, etc., tienen un sello característico… pero se capta muy superficialmente, resulta una imitación sin alma donde no se consigue una vuelta de tuerca que le otorgue la suficiente chispa y frescura como para no parecer una serie de clichés tontorrones y chistes poco esforzados. Lo peor es la falta de ingenio y sutilezas, el humor carece de la inteligencia que le permita causar una mínima impresión, dejar huella más allá de sacar alguna sonrisa puntualmente: no hay ironía, transgresión ni dobles lecturas.

Así pues, Vaughn se acerca más a la caricatura estúpida tipo Austin Powers, con un humor más que básico burdo y cutre, que a la agudeza de otros títulos a los que a veces recuerda, como Stnach y Locke and Stock (esta última la produjo él mismo) o, más en el género, Mentiras arriesgadas (con la que no comparte el toque inglés, pero sí la grandilocuencia visual). Esos son los mejores ejemplos de cómo hacer una parodia original e impactante por su hábil mezcla de humor refinado con humor gamberro con los que se retuercen las bases del género mientras además se aportan ideas novedosas. Si se hubiera marcado un Top Secret, que maneja bien lo sencillo llevándolo a un nivel de absurdez muy conseguido, pues al menos hubiera tenido gracia, pero únicamente se limita a reunir tres o cuatro chistes de los de contar en la barra de un bar y trata de montarse dos horas de película con ellos. Para rematar, la cinta tiene un tono muy extraño, un desequilibrio incomprensible: es simplona hasta parecer para niños, pero está llena de violencia y sangre innecesarias.

Los personajes tienen potencial, en especial por los grandes actores que los interpretan (incluido el joven protagonista, todo un descubrimiento), pero no van a ninguna parte, su viaje está tan trillado que no consiguen despertar interés alguno. La trama es inconsistente, aparece y desaparece y la mitad de las veces no se sabe de qué va realmente, con lo que el ritmo es poco intenso, lo que se empeora porque por buscar la parodia meten con calzador largas secuencias referenciando alguna cosa (por ejemplo, una de las visitas al sastre se eterniza), y no funcionan porque parecen vueltas en círculos que estiran ese sentido del humor tan limitado.

Siguiendo con los desequilibrios, la puesta en escena es todo lo contrario al conservador y pobre guion. Vaughn apuesta por un fiestón de histrionismo que termina saturando. Las peleas mostradas a toda velocidad con coreografías salidas de madre, la música insistente (y bastante floja), el abuso de efectos especiales (que cantan bastante), la grandilocuencia desmedida… Todo el ruido y éxtasis visual no llevan a nada. En concreto, las peleas parecen imitar el estilo sobrecargado de Edgar Wright (Hot Fuzz, Bienvenidos al fin del mundo), pero aquí Vaughn se queda lejos del domino narrativo que imprime Wright, que dentro de su exageración parece verosímil y no se le ven los trucos, mientras que Vaughn se monta un cómic cutrón y lleno de lagunas: la cámara acelerada resulta muy forzada, el montaje es regulero y deja ver la falsedad de muchos golpes.

Si apruebo a Kingsman es por los pelos. Lo único bueno es que no llegó a parecerme tiempo perdido: se ve, sonríes un par de veces, te contagias un poco del entusiasmo de sus actores, y empiezas a olvidarla antes de que sus carencias se hagan muy evidentes.

Magia a la luz de la Luna


Magic in the Moonlight , 2014, EE.UU.
Género: Comedia, romance.
Duración: 97 min.
Dirección: Woody Allen.
Guion: Woody Allen.
Actores: Colin Firth, Emma Stone, Marcia Gay Harden, Eileen Atkins, Hamish Linklater, Simon McBurney,

Valoración:
Lo mejor: Los personajes son interesantes, la trama sencilla pero amena.
Lo peor: Le falta garra, ritmo y resulta muy predecible además de algo forzada.

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Un mago, escéptico hasta la médula, es llamado por un amigo para comprobar juntos si una chica que dice ser vidente podría ser la prueba que derrumbe su concepción del universo.

El punto de partida promete una comedia de enredo donde además poco a poco aparece el romance, y el dibujo inicial de los personajes es también atractivo, sobre todo el del protagonista (Colin Firth). Pero esa gran comedia que parece guardar el planteamiento no llega a madurar nunca. Hay varios factores que se unen para frenar sus posibilidades. La historia carece de originalidad, sigue un camino muy predecible y además se la ve como encorsetada, anclada en una dinámica muy limitada. Es decir, se repiten el mismo tipo de escenas una y otra vez (cansinos paseos en coche), se fuerzan tópicos (la lluvia los aísla y acerca), e incluso se incluyen giros que parecen metidos con calzador para forzar tal o cual cambio en el personaje en el momento exacto (el accidente y la visita al hospital es muy artificial).

La relación amorosa, como extensión de esas limitaciones, no termina de funcionar. Los diálogos tienen la huella de ingenio de Woody Allen y ofrecen divertidos juegos de ataque y defensa entre la pareja, pero no basta, porque no hay química (los actores tienen parte de culpa: ni Firth ni Emma Stone terminan de congeniar) y la evolución es muy facilona, incapaz de sorprender y emocionar. La intriga por ver cómo desvelarán la farsa o descubrirán la auténtica magia lleva mejor ritmo… pero tampoco tiene giros genuinos, y por extensión el final se huele a distancia.

Lo mejor es que el trasfondo buscado por Allen no se diluye en la simpleza del guion. Los mensajes sobre las esperanzas, el amor, lo que necesitan creer los humanos para seguir viviendo, etc., se intuyen sin problemas. El protagonista más que escéptico es cabezón irracional hasta el punto de que ni cree en el amor, pero la situación le hará comprender tanto las debilidades de las personas, esas que las llevan a creer en fantasías, como las suyas propias: reconocer que los sentimientos no se pueden medir con el rigor científico que pretende. Y por ello es una pena que la maduración del personaje no consiga engrandecer la pobretona historia de amor.

Nunca llega a decaer hasta el aburrimiento, tiene cierto encanto (personajes simpáticos, escenario vistoso y puesta en escena colorida) y entretiene sin problemas, pero resulta intrascendente y se olvida en cuanto termina la proyección.