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Spider-Man: Homecoming


Spider-Man: Homecoming, 2017, EE.UU.
Género: Acción, comedia, superhéroes.
Duración: 133 min.
Dirección: Jon Watts.
Guion: Jonathan Goldstein, John Francis Daley, Jon Watts, Christopher Ford, Chris McKenna, Erik Sommers.
Actores: Tom Holland, Jacob Batalon, Michael Keaton, Robert Downey, Jon Fabreau, Laura Harrier, Tony Revolori, Marisa Tomei, Zendaya.
Música: Michael Giacchino.

Valoración:
Lo mejor: Ingeniosa, divertidísima. Capaz de darle la vuelca de tuerca justa para pasar como fresco a un personaje muy exprimido.
Lo peor: Aunque todavía se nota cierta cobardía, y hay pequeños cambios que no serán del agrado de todos. La confrontación final peca de ruidosa pero poco emocionante.
El anuncio: Descarada la promoción de Lego Star Wars…
La frase: Si no eres nada sin el traje, entonces no deberías tenerlo.

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No iba con muchas esperanzas. Empezar la tercera serie de Spider-Man en tan pocos años no auguraba nada bueno. Dolió que no fueran capaces de continuar la etapa dirigida por Sam Raimi (2002-2007), pues a pesar de haber nacido con un capítulo inicial bastante mediocre pegó un subidón enorme en el segundo y tercero, por no decir que contaba ya con una historia y unos personajes ya bien maduros y unos actores muy implicados. Hurgó más en la herida que reiniciaran al arácnido apresuradamente en dos nuevas entregas (encargadas a Marc Webb en 2012 y 2014) en las que los productores no habían aprendido nada de errores ya superados en un género que entraba ese año en su punto álgido con Los Vengadores: las injerencias del estudio en la labor creativa de guionistas y directores, la obsesión por cumplir con todos los clichés del género y el personaje sin buscar una solidez y una personalidad concretas, no planificar la serie a largo plazo y no cuidar la elección de los actores, pues los nuevos rostros resultaron bastante lamentables. Al menos en Sony, poseedores de los derechos del superhéroe, se dieron cuenta por fin de lo mal que lo hicieron y cedieron la parte creativa a Disney/Marvel.

Pero no sirvió para levantarme las expectativas. Las últimas entregas de la saga Marvel destinadas a presentar nuevos personajes fueron un tanto conservadoras. Ant-Man y Doctor Strange cumplían muy justitas, y si funcionaban era porque lograban que el protagonista tuviera bastante tirón. De hecho en Doctor Strange fue decepcionante que se aferraran tanto a la fórmula cuando tenía tantas posibilidades. Pero claro, qué iba a hacer, ¿saltarme un capítulo a estas alturas? Aparte de quedarme al margen en temas de conversación me arriesgo a perder parte de información de la serie. Así que al final caí… Y me ha sorprendido muy gratamente. No será la mejor entrega de Spider-Man, pues Spider-Man 2 dejó el listón muy alto, pero como episodio inicial cumple muy bien a pesar de las dificultades que enfrentaban y abre las puertas a la confianza en que en las secuelas lleguen más lejos.

Lo primero que salta a la vista es la actualización de la historia a los tiempos actuales, teniendo como objetivo además un público incluso más juvenil que el habitual en Marvel, pues el tono y el contenido se dirige claramente a críos de diez años para arriba. Y por ello sorprende que en EE.UU. tenga calificación +13 en vez de PG, donde a partir de los diez años pueden entrar con los padres. Y mientras, Guardianes de la galaxia Vol 2. tiene escenas inquietantes, palabrotas gordas y referencias sexuales y es +13 también. En España Spider-Man se ha considerado para mayores de 7 años y Guardianes de la galaxia +12. Lo único malo de esto es que quizá hay que aguantar demasiadas canciones, aunque aquí me ponen ante una disyuntiva: ¿qué es preferible, escuchar otra vez los temas más sobados de los Ramones y The Rolling Stones, o que hubieran metido Justin Biever y “requetón”?

Las generaciones de preadolescentes y adolescentes actuales están muy bien representadas y el mensaje clásico del cómic se maneja con inteligencia. Peter Parker juega a ser youtuber, se obsesiona con imitar a los famosos (Los Vengadores), deja de lado sus responsabilidades por seguir los deseos inmediatos, y espera que todo se arregle solo mientras no se preocupa de lo que tiene delante. Bajo la batuta de Iron Man y los encontronazos de la vida deberá ir madurando y aceptando la responsabilidad. Por ello resulta realmente ridículo que haya críticas diciendo que esto no es Spider-Man porque “no se habla sobre responsabilidad”. Toda la película lo hace, todas las situaciones en que se ve metido el protagonista lo empujan hacia la maduración: enfrenta dilemas, mete la pata, se lleva no pocas lecciones, y crece poco a poco. Y el eslogan ineludible, “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”, se incluye con tacto después del ridículo que hicieron en The Amazing Spider-Man con que si lo decían o no: “Si no eres nada sin el traje, entonces no deberías tenerlo”.

El conflicto interno de Peter queda muy bien materializado, la relación con Tony Stark y Happy y con los demás chavales se trata con naturalidad y sin cursiladas, con lo que estamos ante una anomalía muy de agradecer, una cinta juvenil, una de institutos, sin tonterías ni estereotipos vulgares. El drama es sencillo y obviamente centrado en la acción de superhéroes, con lo que es inevitable imaginar por dónde irá la aventura. Pero con el tirón de los personajes engancha muy bien, y el ritmo enérgico y el sentido del humor ingenioso e inagotable terminan de perfilar una película muy divertida.

Se despacha rápido el origen. Parker dice “Me picó una araña”, y a otra cosa, que ya lo conocemos bien. El tío Ben no nos tortura con su drama, sacrilegio para unos, una liberación para otros por no atarse a lo mismo de nuevo. Pero estamos hablando de un capítulo en la vida de Peter donde es crucial. O dices a las claras que en esta adaptación no existe el tío, o lo muestras de pasada (un diálogo, una foto) para que sepamos que sí, porque como es de esperar no indicar nada está confundiendo y decepcionando a muchos. Igualmente, la queja de que Tony Stark le hace el traje la entiendo, pero esta no me parece una transgresión grave, lo raro sería que Stark lo coja como pupilo y no le ofrezca nada de ayuda; y mientras, Peter se hace las telas de araña y se describe bien como un genio.

En cuanto a la presencia de Iron Man, pues sí, se la podían haber ahorrado, se nota el miedo a que no funcionara y que lo han usado para darle un empujón a la confianza del público. Pero una vez vista sólo puedo ponerle pegas al innecesario epílogo dedicado a Tony sin venir a cuento, mientras que en el resto de la cinta su presencia es concisa, destinada por completo a servir en la maduración de Peter sin robarle protagonismo alguno. Además, da a la película una entidad como capítulo que no han tenido otras, donde se unían con escenas postcréditos fugaces. Por ejemplo, era inevitable preguntarse por qué Los Vengadores no aparecieron en Thor: El mundo oscuro, cuando una nave amenaza Reino Unido, y se los echó de menos cuando el envite de Ego en Guardianes de la Galaxia Vol. 2 alcanza a la Tierra. Por otro lado, hilando fino se podría señalar una falta de continuidad con la aparición de Spider-Man en Capitán América: Guerra Civil. Allí parecía un luchador entrenado, resuelto, sin miedo… aquí vemos que es bastante patán, que está en sus primeros intentos de implicarse en luchas más grandes; pero supongo que también se puede justificar con que allí fue muy entusiasmado y no había civiles en peligro que lo pusieran nervioso.

El trabajo de los actores es excelente. Con la elección de Tom Holland (quien se dio a conocer en Lo imposible) han acertado de lleno, muestra espontaneidad y recursos de sobras para cumplir en la inocencia juvenil, en el drama y en el romance (por fin escenas de ligoteos torpes que resultan verosímiles… todavía recuerdo la vergüenza ajena que dieron las de The Amazing Spider-Man). Los demás compañeros tienen también la simpatía y carisma necesarios, aunque es justo decir que el guion hace gran parte del trabajo describiendo con realismo el entorno del instituto. La tía May sale muy poco, pero lo suficiente para que quede claro que han fichado a una actriz más joven y sexy de lo que requiere el papel, la todavía muy atractiva Marisa Tomei, para atraer más público. Otro pequeño cambio sin necesidad, pero una vez superado el shock, pues cumple en sus breves apariciones y ya está: Veremos cuando le den más protagonismo qué tal resulta. Jon Fabreau (Happy) y Robert Downey (Tony) han demostrado de sobras su valía, y se emplean como buenos profesionales, sin dar la sensación de estar por obligación. Y Michael Keaton como el Buitre compone un villano bastante completo, en parte también porque el guion le ha dado cierto margen, pero es indudable que está muy efectivo en la creciente frustración y desesperación del personaje.

En la banda sonora tenemos al pluriempleado Michael Giacchino, que ha pasado por todas las sagas exitosas del momento: Star Trek, La guerra de las galaxias, El planeta de los simios, Parque Jurásico, Misión Imposible y varias películas de Pixar. Y el tío no muestra cansancio o desgaste. Nos ofrece otra partitura vibrante y orquestada con maestría a la que sólo le falta un poco de garra personalidad y recordabilidad, algo común en la serie Marvel, donde apenas Alan Silvestri ha conseguido algún tema que cale y al que los productores le hayan dado algo de proyección entre los distintos capítulos.

El director Jon Watts apenas era conocido, su único trabajo destacable es Coche policía, un thriller protagonizado por Kevin Bacon, así que sorprende que confiaran tanto en él para una superproducción. Pero se desenvuelve con soltura , combinando adecuadamente los momentos intimistas con la acción aparatosa. Destaca para bien el ritmo impecable, lo bien que capta la vitalidad del guion. Y en lo malo, la confrontación final es poco vistosa: entre la oscuridad, el caos y la falta de imaginación, no luce como otras peleas de la propia película y de la serie. Lo que queda por saber es si ese escenario es imposición de los productores o fue idea suya. Sea como sea, señala el único problema de una cinta que iba apuntando bastante alto: al final sí acaba un poco encorsetada por algunos clichés del género que no son capaces de quitarse de encima.

Al contrario de lo visto con el héroe, no han logrado darle una nueva perspectiva al villano y al consabido enfrentamiento. Pero ojo, que no hablamos de un desastre, de hecho el problema se nota más de la cuenta por lo bien que iban andando el camino. A lo largo de las vivencias de Peter Parker colocan unas pocas pero efectivas escenas donde presentan al villano trabajándose bien su situación y su personalidad, y cómo los cambios en la primera influyen en la segunda, y a la hora de hacerlo chocar con Spider-Man incluso tenemos un giro inesperado que maneja bien la sorpresa y la tensión. Por todo ello decepciona que al final deshagan lo construido y se apoyen por completo en una batalla de efectos especiales. ¿Nadie es capaz de ofrecer desenlaces más originales? En Doctor Strange al menos lo intentaron. Así pues, mientras todas las aventurillas de Parker (incluso las más pasadas de rosca, como el aprendizaje sobre la marcha de las opciones del traje) mantienen una buena conexión con el espectador, pues es fácil sentir empatía por el joven y sus amigos, cuando llega el momento cumbre la emoción se disipa bastante. A la larga incluso acabé un saturado de tanta hostia en el avión, sabiendo de sobras cómo iba a acabar, y para colmo, el paso final en la maduración de Spider-Man es un poco confuso: Stark ahora lo aplaude, cuando ha hecho lo mismo que por lo que antes le riñó en el ferry, ir en solitario y liarla parda (abajo en spoilers me extiendo).

Otro ligero lastre es que tampoco saben darle un buen cierre. Las escenas de rigor para terminar de posicionar cada personaje son obviedades que no tienen mucha garra, sólo destacan por un par de chistes (como el último de tía May). Pero sobre todo le pesa que se salen por la tangente dándole toda una escena a Tony Star que por primera vez le quita protagonismo a Peter Parker. No parece necesaria y añade minutos inútiles.

Alerta de spoilers: Ahondo en los detalles finales.–
Como digo, Spider-Man, tras la traca final, es bien considerado por Tony a pesar de que la única diferencia respecto al lío del ferry es que lo ha hecho sin el traje súper avanzado que le dio y que esta vez ha capturado al malo, pero en el fondo es la misma situación, ha ido solo, sin avistar a nadie (algo que le criticó Tony en aquel entonces), y el desastre en que podía haber acabado su implicación es bien patente, pues esquiva la ciudad por los pelos. Es decir, al final, tras tanto hablar de maduración, parecen encauzarlo más de la cuenta hacia su habilidad como superhéroe. Se recupera un poco con el rechazo de Peter de plantarse ante los periodistas, es decir, con que su ego está aplacado.

También tenemos una decisión de adaptación, con sorpresa final incluida, un poco extraña. Igual que con lo de omitir al tío Ben, ¿por qué ese empeño en poner una chica nueva como objetivo sentimental de Peter? ¿Qué problema había con empezar cimentando la relación con MJ, y más cuando está claro que abordarán este acercamiento en siguientes entregas? Han perdido un tiempo precioso sin razones que lo justifiquen. No queda nada mal, la película funciona bien así, pero estás adaptando una obra que sigue mucha gente, no tiene sentido dejarlos de lado sin necesidad.

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La ciudad de las estrellas (La La Land)


La La Land, 2016, EE.UU.
Género: Comedia, drama, musical.
Duración: 128 min.
Dirección: Damien Chazelle.
Guion: Damien Chazelle.
Actores: Ryan Gosling, Emma Stone.
Música: Justin Hurwitz.

Valoración:
Lo mejor: Simpática y entretenida.
Lo peor: A pesar de su asombroso recibimiento no es la panacea en lo visual ni en lo argumental: el romance es muy predecible, el musical muy forzado y pobretón. El director muestra técnica pero no pasión, y los actores no están muy allá.

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En el fondo no esperaba mucho, pero aun así iba con cierta intriga. Una película con un recibimiento tan espléndido de crítica y público tendrá algo llamativo. Incluso hay muchas voces que la proclaman como una obra maestra. Pero, como suponía, me he encontrado un título comercial del montón. La comedia romántica más vieja y facilona posible adornada con ligeros toques de drama y unos pocos videoclips.

Por esto último la han descrito como musical, pero yo no lo veo. En un musical, la música, las canciones y los números coreografiados obviamente tienen una íntima relación con la trama y los personajes, pero son además el principal componente narrativo. Si estos números aparecen puntualmente, muchas veces sin relación clara con lo narrado, y en las que la tiene no se entiende muy bien por qué se usa este recurso, entonces son videoclips insertados en medio de la proyección. Ya desde el prólogo queda claro que se combina con desequilibrio la comedia romántica y el musical: el numerito inicial no pinta nada, no presenta a los personajes (que ni forman parte de la canción) ni se habla sobre algo relevante. Y de ahí en adelante olvídate de grandes despliegues estéticos, de escenarios vistosos y elaboradas coreografías; de hecho, en el caso de haber alguna, los protagonistas no están presentes (el prólogo) o se pasean entre medio sin hacer mucho (el final); y… ¿me lo parece, o las siluetas sobre el espacio en el observatorio son dobles? Tampoco es que canten mucho, por lo general apenas entonan un poco mientras hablan; la única que vez que la chica canta más en serio (en la última audición) no ofrece nada épico o conmovedor, y el turno de él (en el malecón) es tirando a lamentable. No hay ni una letra con garra, ni un baile complejo, ni un escenario deslumbrante. Todos los números obedecen a la técnica de los cansinos videoclips contemporáneos: iluminación artificial (mucha luz de día, mucho foco de noche, mucho neón, mucho amanecer eterno), vestuario excesivamente colorido (parece un anuncio), escenarios intrascendentes y música pegadiza para tratar de epatar sin contenido real, porque los protagonistas sólo se menean un poco delante de la cámara sin que haya una expresión artística concreta.

Sí es un homenaje al musical, eso está claro. Y al cine clásico y a la música en general. Pero la película sólo vive de eso, hasta el punto de ahogarse en las referencias y perder todo rasgo de personalidad propia y parecer un recopilatorio propio de YouTube, no de estrenar en cines. No voy a perder el tiempo citando todas sus fuentes, podéis ver por ejemplo este video, y pensar luego cuándo se pasa de la referencia y el homenaje al plagio. Yo consideraría que es plagio cuando no se aporta nada nuevo, cuando se intenta sacar rédito del trabajo de otros. Este caso lo es, sin duda. Además hasta el ridículo, pues en la obsesión por coger de obras remarcables del género ni cuidan la verosimilitud: atención al vestuario de distintas épocas mezclado sin ton ni son, donde los protagonistas en cada escena visten con un traje de una época distinta. ¿Quién tiene un armario así, y más sin dinero?

Es evidente que está todo inventado ya, pero hay muchos ejemplos de que se puede abordar algo clásico con garra y personalidad, como Comanchería con el western crepuscular, por citar una gran cinta del mismo año, e incluso se puede alcanzar la categoría de obra maestra dándole una inesperada vuelta de tuerca a conceptos muy conocidos: ahí están La guerra de las galaxias: Una nueva esperanza y Matrix, por citar solo un par. Es gracioso que un personaje secundario diga que el jazz se muere porque no evoluciona, no se abre a los nuevos tiempos, no deja entrar ideas nuevas… Y este filme es precisamente eso mismo, un refrito de historias muy gastadas que no aporta nada genuino, ni siquiera lo que una vetusta banda de jazz ofrecería, algo de improvisación, pues está todo milimétricamente construido. Es que hasta la música es poco más que una tonada simple y repetitiva; menuda vergüenza el Oscar a banda sonora estando la monumental Rogue One de Michael Giacchino.

Lo que queda es una comedia muy básica, obsesionada también con los estereotipos, con llegar con lo más fácil y directo. Y me temo que esta triste fórmula ha triunfado… otra vez, porque todos los años la industria de Hollywood, con sus medios afines y sus Oscar, avala varios títulos prefabricados como este y hace caja de ello. Él es el guaperas pasota, pero un poco panoli, para que ella pueda moldearlo a su gusto. Ella, guapa, decidida, perfecta, pero tiene un novio de cartón que ni le gusta, para que así pueda anhelar algo más. Los encuentros, todo un cliché cursi detrás de otro. Las coincidencias, los roces y torpezas iniciales, la chispa, la vida en pareja (tan blando es el relato que ni los vemos follar, un beso casto y gracias), los problemas, el cambio de aires obligado por la vida, y fin.

Hay poco que rescatar, si la cinta funciona en sus primeros capítulos aceptablemente bien es porque su ritmo es veloz y los personajes despiertan cierta simpatía. Algunas escenas, como la fiesta ochentera y el paseo siguiente, tienen algo de ingenio y humor. Pero el relato se apoya demasiado en la simplona y predecible dinámica de la pareja, y el desgaste va apareciendo hasta perder toda mi atención en el arco final, donde ya estaba muy claro lo poco que tienen para ofrecer y me lo vi venir todo de lejos. Por ello he echado de menos personajes secundarios. No hay ni uno con presencia suficiente para dejar huella, cuando podrían haber incluido varios para mostrar más perspectivas del mundo de Hollywood y no agotar tan rápido a la pareja protagonista, como hicieron hábilmente en Birdman y La invención de Hugo.

Los actores andan bien en carisma y belleza, pero sus papeles distan de resultar extraordinarios como tanto se ha querido vender. Emma Stone contagia bastante bien el entusiasmo del personaje, de hecho algunas escenas se sostienen únicamente gracias a su presencia, como la del banco… pero es eso, su presencia, la sonrisa y los ojos enormes, la cara tan agradable que tiene, porque su interpretación dista de impresionar. Y sé que puede lograr buenos papeles: en Birdman y Criadas y señoras estaba mejor. A Ryan Gosling lo tuve atragantado durante años (Drive, Los idus de marzo, Brigada de élite), no sé qué veía la gente en otro actor joven y en teoría atractivo sin registro interpretativo alguno, pero me sorprendió en Dos tipos buenos, donde por primera vez lo vi actuar de verdad y de hecho estuvo fantástico. Pero aquí vuelve a la pose de Drive, sin más esfuerzo interpretativo. Tampoco tienen grandes voces, ni ofrecen una esforzada labor física, porque el musical es muy parco en esos aspectos. Sabiendo que son capaces de hacer mucho más, el problema es claramente el director, que no sabe qué sacar de ellos. El resultado es que no veo química, no me creo la supuesta llama de la relación, los momentos tristones no me llegan. ¿Cómo ha entusiasmado tanto una pareja tan limitada?

Quizá habría que agradecer que no tragamos con un desenlace en plan “y fueron felices y comieron perdices”, pero en cambio pretende ser oscuro de forma sensacionalista. Todos tenemos amores pasados, relaciones rotas por trabajo, heridas no cerradas, y rememoramos caminos y decisiones que podríamos haber tomado de otra forma. Si se narrara con algo más de chispa… pero tiene un aura melancólica que me pareció impostada, y se remata con un número musical de cierre que por fin intenta jugar con la escenificación pero resulta más bien caótico y poco vigoroso. Así pues, queda un final incluso más artificial de lo habitual pero incapaz de evitar ser predecible, con lo que me resultó bastante pesado.

Como en ese engendro manipulador de Whiplash, Damien Chazelle demuestra buena técnica y saber rodearse de buenos editores. Hay planos secuencia bastante logrados y el montaje es excelente, sobre todo a la hora de obtener ese ritmo enérgico. Lástima que apuntaran tan poco alto con los números musicales, es decir, que falte pasión, un intento de ir más allá. La fotografía es correcta, pero la iluminación en cambio resulta muy forzada: luces de neón, focos evidentes, abuso de tonos muy básicos (ahora verde, ahora azul; por ejemplo, qué mal queda ese fondo verde hortera de la cena que sale mal). En otras palabras, en lo visual le falta naturalidad por lo general y capacidad de asombrar en los momentos clave, le pesa demasiado el estilo de videoclip.

Teniendo recientes La invención de Hugo y Birdman e incluso la correcta The Artist, La La Land palidece aún más. Esas sí fueron películas que homenajeaban al cine con clase, que se arriesgaban en su narrativa, tenían personajes con aristas y pegada e historias que sorprendían. Al menos, con su simpatía consigue contagiar un poco el amor por la música culta y el cine y teatro… Pero lo cierto es que dudo que los espectadores que salieran con lágrimas en los ojos (porque parece que hubo muchos) corran a ver un musical clásico de calidad o pretendan iniciarse en el jazz. Estamos en la época del consumo rápido, y eso es La La Land, una obra prefabricada en narrativa y sentimientos, ligera, simplona, que entre sin esfuerzo. ¿Esto es cine? No tiene nada original, ni una gota de personalidad, carece de emoción que no sea buscada artificialmente. Esto es al cine lo que Los 40 principales a la música: tendrá éxito, pero es de usar y tirar, no tiene valor real, ni por extensión perdurabilidad. Sólo engañará a quienes se puede conmover con cuatro recursos simples, a quienes no tienen memoria artística y no ven que todo se ha contado ya mil veces, y más aún, que todo lo toma con descaro de otros filmes. Está claro que la masa de espectadores abraza lo comercial, el entretenimiento pasajero que no requiera grandes exigencias intelectuales, pero que la crítica profesional se dejara engañar se me escapa. Tanto bombo, tanto Oscar (14 nominaciones, todas delirantes) y tanto dieces que le han dado, y estoy seguro de que estará totalmente olvidada en un par de años, como suele pasar.

Captain Fantastic


Captain Fantastic, 2016, EE.UU.
Género: Drama, comedia.
Duración: 118 min.
Dirección: Matt Ross.
Guion: Matt Ross.
Actores: Viggo Mortensen, George MacKay, Samantha Isler, Annalise Basso, Nicholas Hamilton, Shree Crooks, Charlie Shotwel, Kathryn Hahn, Steve Zahn, Frank Langella, Ann Dowd.
Música: Alex Somers.

Valoración:
Lo mejor: La propuesta inicial sorprende prometiendo un ensayo inteligente y sensible sobre modos de vida alternativos. El reparto está muy bien, sobre todo teniendo en cuenta que son niños muy jóvenes.
Lo peor: Se desinfla a partir de su ecuador para acabar como un melodrama típico de Hollywood con los mensajitos de siempre.
El título: Sigo sin entender cuál es la normativa o estilo que siguen para traducir unos títulos y otros no, por fáciles que sean.

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Captain Fantastic ha tenido una vida en cines prácticamente inexistente a pesar de conseguir buenas críticas por los innumerables festivales por los que ha pasado (empezando por Sundance y Cannes) y de que los espectadores que la han ido viendo la ponían por las nubes, de hecho tiene más votos y notas que muchas películas comerciales, así de bien ha funcionado por internet y el mercado doméstico con el boca a boca. Un 7.9 con cien mil votos en la IMDb y un 7.5 en Filmaffinity con casi veinte mil no es poca cosa. Por comparar, Moonlight, obtiene cifras semejantes, aunque con menos nota, a pesar de haber sido apoyada por la industria a lo grande, con buena distribución, publicidad y numerosos grandes premios (incluyendo Oscar a mejor película, guion y actor). De hecho, si no fuera porque Moonlight toca un tema muy tabú, hubiera pensado que Captain Fantastic no tuvo el favor del gremio por partir de una temática polémica. Sí, Viggo Mortensen arañó una nominación a mejor actor en los Oscar y los Globos de Oro, pero da la impresión de que es compensatorio, como diciendo “veis, tenemos en cuenta a todas las películas”. Así que no entiendo por qué dejaron tan de lado a una cinta muy vendible de cara el gran público y que en el fondo tiene mucho de lo que gusta en los festivales de premios principales. Resulta entretenida y simpática, tiene un reparto capaz de conmover y, sobre todo, mezcla una idea vistosa con un envoltorio de drama prefabricado, es decir, parece nueva sin salirse del rango intelectual y emocional vigente.

Y ahí está la clave. Con tan buena recepción popular tenía que haber supuesto que no era una propuesta tan inteligente y rompedora como prometía, que la masa de espectadores sólo recibe con tanto entusiasmo obras fáciles de digerir y que les dicen a las claras lo que pensar y sentir. Vamos, que está en la línea de Juno o Little Miss Sunshine y otras tantas que van de subversivas pero en el fondo abordan los mismos argumentos y clichés moralistas de siempre. Es otro amago de mostrar una opción de vida alternativa con inteligencia y sensibilidad que acaba decantándose por el drama fácil y maniqueo (empeñado más en forzar una emoción que en llegar con naturalidad) que en el fondo alaba la vuelta a la normalidad establecida: la familia clásica, la aceptación de la sociedad normalizada, los finales felices improbables.

La premisa es muy jugosa. Unos padres han decidido criar a sus hijos en plena naturaleza, huyendo de la sociedad capitalista que sólo genera esclavos del dinero y adictos a placeres banales. Y no hablamos de mormones o paletos montañeses (hillbillies), lo habitual en Estados Unidos en lo que se refiere a culturas o sectores apartados de la sociedad por iniciativa propia o fruto de la pobreza, sino de una pareja muy culta que va en un plan anarquismo comunista. Educan a sus hijos no sólo para vivir del fruto de su trabajo en la naturaleza, sino para rechazar todos los males del capitalismo; más que críticos son beligerantes, pues parecen preparar a los niños para una revuelta armada si llegan a tratar de impedirles su forma de vida. Pero tampoco descuidan su educación, enseñándoles un amplio rango de materias: ciencias, historia, literatura y política.

Sí, es un poco chocante que quieran vivir al margen de todo y les inculquen tanto sobre el mundo que detestan, y más si no planean volver a integrarse. Y tampoco me convencía que estuvieran todos los chavales siempre tan limpios, y más concretamente que las chicas que están en la adolescencia estuvieran perfectamente depiladas (cejas y piernas, al menos). Pero son pegas menores ante una propuesta inesperada, porque no todos los días se ve una película nacida en EE.UU., aunque sea en el circuito independiente, con alabanzas al pensamiento crítico, al ateísmo (aunque algo de budismo también), a diversas formas de comunismo y, sobre todo, claramente antisistema. Todo se expone a través un discurso que se presenta valiente e inteligente, donde destaca el tono ligero con toques de comedia, que suaviza hábilmente estas posturas para le entren mejor a la masa de espectadores, como señalaba no dada a pensar por cuenta propia y por lo general conservadora.

Conforme surge el punto de conflicto que hace tambalear su mundo llegan los choques culturales, bien exprimidos gracias a una combinación de drama verosímil (todos los problemas externos y los conflictos internos que surgen con el cambio llegan con intensidad), humor ágil (algunas veces un tanto gamberro: demencial el día de Noam Chomsky), de sensibilidad (todos caen bien, entendemos su punto de vista tan radical), y sobre todo por las muchas lecturas que van dejando. Los chicos están mejor preparados que los fracasados que pare el fallido sistema educativo, o más bien la fallida sociedad… pero a la vez son unos inadaptados en convivencia social y relaciones emocionales. La torpe incipiente relación amorosa del adolescente y el contraste con los hijos de la tía que vive una “vida normal”, adictos a los móviles y videojuegos, son situaciones que se ven venir, pero se materializan con mucha naturalidad y hacen pensar y entender y sentir lástima en ambos sentidos. Pero además hay otras muchas anécdotas que van mostrando su vida con ritmo y manteniendo un nivel de interés y simpatía bastante alto.

La dirección es un tanto básica, pero la cámara en mano y la fotografía tan luminosa funcionan muy bien a la hora de transmitir una vitalidad contagiosa. Los actores son esenciales también para establecer una buena conexión emocional: es impresionante cómo los niños, muy jóvenes la mayoría, transmiten tan bien las alegrías, las frustraciones y las penas. Eso sí, nominar a Mortensen a tanto premio me parece excesivo. La puntilla pone la música de Alex Somers y Jónsi, en plan Sigur Rós: etérea, mágica.

Pero a partir de su ecuador toma un rumbo más convencional, y no tarda en romper el hechizo para caer con rapidez en una gran decepción. El giro es tan marcado que parece que ha habido un cambio de guionista para que la película entrara por la fuerza en los cánones de Hollywood. Sé que no es así, porque si hubiera ocurrido habría sido para venderla mejor, pero es la sensación que me dejó, porque empieza prometiendo bastante y acaba como un vulgar drama comercial, con algunos segmentos sacados de un telefilme ñoño y otros tan manipuladores que me provocaron vergüenza ajena. No sé muy bien qué pretendía su autor Matt Ross (al que conocía por su trabajo como actor, sobre todo en multitud de series: Big Love, Silicon Valley…). Por un lado, parece una cinta claramente familiar con mensaje para todos, por el otro, mete desnudos integrales y “joder” y “me cago en Dios”, lo que en EE.UU. garantiza inmediatamente vetar a los menores de dieciocho años. Si quería llegar a todo el mundo, dejar huella, remover conciencias, se podía haber ahorrado esos detalles más bien irrelevantes. No hacía falta tener el pene de Mortensen casi en primer plano para indicar que está desnudo, la lección de que el nudismo no debería ser considerado algo desagradable está clara aunque no se enseñe nada por debajo de la cintura. No puedes pretender concienciar a un espectro de la sociedad si el mensaje que mandas no va a llegar a sus canales de comunicación. Pero si la idea era dirigirse a los adultos, a padres que reflexionen sobre la educación de sus hijos, tampoco se entiende que termine, después de apuntar bastante alto, rebajando el tono intelectual hasta acabar en un típico melodrama familiar.

No puedo entrar en detalle para no revelar nada (me extiendo abajo), pero desde cierta ceremonia crucial, toda la inteligencia, sutileza y detallismo que iba mostrando se dejan de lado y toma partido por la manipulación emocional barata. Situaciones muy manidas, sensacionalistas o incluso retorcidas se acumulan, sobreexplotando una narrativa de postal, forzando escenas y planos supuestamente bonitos y conmovedores que dejan atrás no ya la seriedad y profundidad, sino hasta la misma coherencia y verosimilitud, pues los personajes cambian de formas de ser bruscamente y la credibilidad se tira por tierra para formar cada idílico momento.

Captain Fantastic empieza alabando el pensamiento crítico, entrar en el fondo de las cuestiones sin quedarse en la superficie, rechazar el estereotipo establecido… Pero acaba abrazando con fuerza todo lo contrario tanto en contenido (agacha la cabeza, haz lo que toca, espera que todo se arregle… cosa que ocurre por arte de magia) como en el continente (la puesta en escena forzando cómo debemos sentirnos). Además, ante esta situación me dio por replantearme algunos aspectos de la primera parte. El padre ya no me parece tanto un tipo inteligente pero exigente, sino más bien el líder totalitario de una pequeña secta que está adoctrinando a los chavales. Es decir, lo que me parecía humor a base de hipérboles (como el hijo diciendo que ahora es troskista) o métodos para mantener en forma a los chiquillos y alejarlos de los malos pensamientos (el entrenamiento, la escalada con que evita que sufran un trauma) ahora me vienen a la mente como partes del subtexto conservador: Ross parece decir que sólo se intentan apartar del sistema los que no están bien de la cabeza.

Queda un producto claramente realizado con intenciones comerciales, aunque no tuviera esa suerte en cines. Luminoso, amable, entretenido, con un amago intelectual y algunas buenas reflexiones en algunos momentos, pero su tramo final tan complaciente y almidonado echa por tierra las buenas sensaciones, dejando la película en un espejismo, uno de esos que gustan al público facilón: brillante por fuera, hueco por dentro.

PD: Los actores han posado en muchas fotos de las promociones enseñando el dedo medio. ¡Qué irreverentes! Qué postureo, más bien.

Alerta de spoilers: A partir de aquí describo a fondo todos los males de la parte final.–

El velo cae cuando el abuelo entra en acción. Es un villano de manual, de película Disney clásica. Cada diálogo que escupe es puro estereotipo, cada escena en que aparece es tan trillada y evidente que ya me olí todo lo que iba a pasar en adelante, y me lamenté porque una obra tan prometedora se vendiera con tanto descaro. Y efectivamente, los giros que van moldeando el relato llegan de manera demasiado obvia, inclinándose por remarcar un cliché o forzar el escenario pretendido más que en mantener la espontaneidad y autenticidad inicial. La hermana que tiene el accidente justo en el momento clave para poner las cosas difíciles. El padre que cambia de actitud repentinamente, cuando antes en cada decisión veíamos un proceso claro, y se rinde después de haber luchado tantísimo. Los niños, aunque algunos estaban hartos de esa vida y querían irse con los abuelos, de repente olvidan todos sus problemas y nuevas aspiraciones para seguir al padre otra vez, pero además lo hacen escondidos en un hueco enano del autobús con el que viajaban (pero cómo caben ahí), y para colmo salen justo en el momento en que más cursi podía ser la escena: ¡pero a qué esperaban para emerger, que el padre lleva viajando al menos un día! Y para rematar, después de tantas amenazas del abuelo, este no mueve un dedo ante esta fuga o rapto, porque no sabemos ni qué piensa, pues no vuelve a salir, el villano ya no es necesario, o mejor dicho, molesta en el final bucólico, así que lo omitimos sin disimulo.

En el desenlace entramos en una apoteosis de videoclips o anuncios relamidos hasta resultar horteras. ¿De verdad ha colado esta narrativa tan artificiosa, tan estudiada, tan manipuladora? A tenor de las críticas, evidentemente sí. A la incineración llegué asqueado más que decepcionado, pero acabé riéndome, porque no me lo creía. La canción que se montan alrededor del cuerpo de la madre mientras encienden el fuego, con el cadáver impoluto tras varias semanas enterrado, con el niño tocando la armónica como un auténtico genio (aunque en realidad canta un montón que finge soplar), todos saltando felices mientras el olor a carme quemada de mamá impregna el ambiente… Delirante. La estancia en la granja en teoría señala que han optado por un término medio en vez de irse de un extremo a otro, pero parece un anuncio de leche o cereales, tan bonito, tan falso… Y me dejo en el tintero las numerosas casualidades forzosas, como que los abuelos sean ricos en vez de unos jubilados que apenas tiran con la pensión, o lo improbable que es vivir tantos años en el campo (y más en condiciones tan exigentes) sin que los críos hayan tenido accidentes o enfermedades que hagan saltar las alarmas.

Viendo el panorama no me sorprende que no se cierren los conflictos abiertos ni se aborden los nuevos. Todo lo que ha pasado no ha dejado ninguna repercusión, nadie, ni siquiera el abuelo (¿sigue en sus vidas o no?), ha denunciado a un padre que se llevó por la fuerza a los hijos al bosque durante años, sin escolarización (¿sin vacunas?), sin pagar impuestos… Y el padre pega otro salto enorme sin que haya una evolución clara, aceptando ahora la escolarización tradicional a pesar de que la rechazaba por completo. ¿Pero qué le ha hecho cambiar, cuando precisamente había recuperado otra vez a los niños y la vida hippie que quería? Para creerme el desenlace se requerían escenas de transición mejor trabajadas, no saltar a soluciones visuales tan forzadas.

Trainspotting 2


T2: Trainspotting, 2017, Reino Unido.
Género: Drama, comedia.
Duración: 117 min.
Dirección: Danny Boyle.
Guion: John Hodge, Irvine Welsh (novela).
Actores: Ewan McGregor, Robert Carlyle, Jonny Lee Miller, Ewen Bremner, Kevin McKidd, Kelly Macdonald, James Cosmo, Shirley Henderson.

Valoración:
Lo mejor: El tirón de sus protagonistas, algunos momentos muy emotivos.
Lo peor: Es muy predecible y carece del subtexto ingenioso de la primera parte.
Mejores momentos: Los reencuentros de Renton: con su familia, con Sick Boy, con Begbie. Begbie dándose cuenta de lo mal que ha tratado a su familia.
La frase:
1) Es la nostalgia. Por eso estás aquí. Eres un turista en tu propia juventud.
2) Elige la vida. Elige ropa interior cara con la esperanza de revivir una relación muerta. Elige bolsos. Elige zapatos de tacón alto. Lana de cachemira y seda para sentir cómo se supone que se es feliz. Elige un iPhone hecho en China por una mujer que saltó por una ventana y métetelo en tu chaqueta hecha de una fábrica asiática a punto de incendiarse. Elige Facebook, Twitter, Snapchat, Instagram y miles de otras maneras de echarle bilis a gente desconocida. Elige actualizar tu perfil. Dile al mundo lo que desayunaste esperando que a alguien le importe. Busca ex parejas, porque crees que estás mejor que ellos. Elige bloguear en directo desde tu primera masturbacón hasta tu muerte. La interacción humana reducida a mera información. Elige diez cosas que no sabías sobre celebridades operadas. Elige gritar sobre el aborto. Elige chistes de violación, porno de venganza y misoginia deprimente. Elige pensar que 11S nunca pasó, y que si pasó, fueron los judíos. Elige un contrato de cero horas y un viaje de dos horas al trabajo y elige lo mismo para tus hijos, pero peor. Y quizá piensa que lo mejor hubiera sido nunca hubieran nacido. Y luego relájate y ahoga el dolor con una dosis desconocida de una droga desconocida hecha en una cocina de un desconocido. Elige promesas no cumplidas y arrepentirte de todo. Elige nunca aprender de tus errores. Elige ver la historia repetirse. Elige resignarte lentamente a lo que puedes obtener en vez de aquello con lo que soñabas. Confórmate con menos, y con buena cara. Elige la desilusión y elige perder a seres queridos. Y al ir desapareciendo, un pedazo de ti muere con ellos. Hasta que ves que en el futuro, pedazo por pedazo, todos desaparecerán. Y no quedara nada de ti que no puedas llamar vivo o muerto. Elige tu futuro. Elige la vida.

* * * * * * * * *

Sin ser ni por asomo una mala película, Trainspotting 2 sí decepciona bastante. Como no la he leído, no puedo hablar de cuánto ha tomado de bueno y de malo de la novela en que se basa, Porno, ni de si esta mantuvo el tipo respecto a su predecesora, pero en cuanto a este segundo largometraje, era difícil cumplir con las expectativas de una obra que lleva veinte años siendo recordada con bastante entusiasmo, que dejó un legado de personajes, reflexiones y escenas memorables. Pero el problema es que da la impresión de que ni lo intentan, de que sus autores (mismo guionista y director: John Hodge y Danny Boyle) se apoyan en un mínimo seguro sin interés en ir más allá.

Ese mínimo es el factor nostalgia. ¿Qué harían nuestros queridos personajes veinte años después? Conocemos sus miserias actuales, donde siguen siendo incapaces de levantar cabeza, y enfrentamos el esperado retorno de Renton. ¿Habrá peleas, cómo se llegará a los más que probables perdones? El conocerlos tan bien de antemano permite entrar de lleno en la conexión emocional. El reencuentro de Renton y Simon (Sick Boy) es muy intenso y pasa por fases muy logradas. Sacan más partido de Spud que antaño, de hecho su idea de escribir relatos de sus vidas es muy hábil, pues aparte de bonita sirve para enlazar con historias del pasado. No desaprovechan tampoco el reencuentro casual entre Renton y Begbie, épico y delirante. Ni se olvidan de la adolescente misteriosa, ahora abogada de éxito, en una escena mucho mejor justificada que su aparición anterior. Hay unos cuantos momentos emotivos muy logrados, como la llegada de Renton a casa proyectando una sombra contra la pared que recuerda a su madre fallecida, la entrada en su habitación, los altibajos en la relación entre Renton y Sick Boy (atención al análisis que les hace la novia extranjera de este último en su idioma), y el caótico acercamiento de Begbie a su familia. Como hilo central tenemos una trama poco trascendental pero que al menos da sensación de dirección, el desarrollo del plan del burdel; también deja algún buen instante: genial Renton intuyéndose que quieren camelárselo, y la parte en que buscan dinero en una fiesta es divertida, aunque terminara alargándose demasiado.

Además el trabajo actoral es muy bueno. Todos apuntaban maneras hace veinte años, y ahora tienen gran experiencia detrás. El estupendo lado dramático de Ewan McGregor, el tono sombrío y fracasado de Johnny Lee Miller, la humanización que logra Robert Carlyle de un rol pasado de rosca, y la simpatía trágica que consigue Ewen Bremner, realzan de maravilla unos personajes muy humanos.

Pero no es suficiente para cumplir con las altas expectativas. Primero, la mayor parte de las situaciones se ven venir. Si el conjunto funciona es por el cariño que le tenemos a los personajes, porque está claro que sin factor sorpresa el ritmo se resiente, pues no ofrece una aventura tan vibrante como lo fue la primera entrega. Y segundo, parecen olvidar el otro factor clave para el éxito y la capacidad de dejar huella de aquella: la ingeniosa perspectiva social. Lo único a rescatar es un necesario y correcto tratamiento de la crisis de los cuarenta. Los protagonistas se replantean su vida y piensan en qué ha podido salir mal, pero se retrotraen a la adolescencia precisamente para sumergirse en los buenos recuerdos y sobrevivir con la melancolía, en vez de enfrentar el presente aprendiendo de los errores pasados. Pero estamos lejos del nivel de ingenio y chispa que con el que nos deslumbraron en los noventa, de las lecturas cínicas donde daban tan en el blanco que te reías medio atragantado.

Boyle y Hodge tienen la oportunidad de hablar de varios temas jugosos, como hicieron con la droga y la dualidad ciudadano aborregado contra inmaduro engreído, pero parecen esquivarlos a propósito para centrarse únicamente en sacar rédito de los personajes. Tenemos en bandeja tratar el fracaso de las instituciones penitenciarias para reconducir a los ciudadanos, pues no sólo caer en la cárcel es un paso habitual en la drogadicción, sino que el propio Begbie empieza esta historia en la prisión, algo que se trata únicamente como una anécdota más. Podrían haber ironizado mejor con que Renton, como decía en su gran discurso hace dos décadas, encontró una vida vacía en la estabilidad que exige la sociedad. Y sobre todo, quizá deberían haber hablado del problema social más relevante en estos años: la inmigración, tanto por las penurias de quienes se ven empujados a ella como los problemas de las sociedades que no logran absorberlas sin que surjan mil conflictos de discriminación, pobreza y por extensión delincuencia. Parecían amagar con esto último con la presencia de la novia de Sick Boy, Veronika (Anjela Nedyalkova), pero este rol queda como un comodín de la trama, da para un par de situaciones graciosas y el forzado giro final.

Alerta de spoilers: Destripo el final, salta al siguiente párrafo si no quieres conocerlo.–
Para colmo este desenlace no me satisfizo nada. Primero, porque que deja completamente colgado el acercamiento entre Veronika y Renton, dando la impresión de que ha sido tiempo perdido; segundo, porque a partir de cierto momento se hace demasiado evidente; y tercero, por extensión, parece un remedo del original, resultando muy soso.

La sensación constante es que no llegan a contar nada relevante, ni con el ingenio y la ironía descarnada de la primera entrega. Se sostiene porque los personajes siguen siendo ellos mismos y dan algunos pasos bastante interesantes, pero a la hora de rematarlo no dejan un final que nos permita recordar sus historias con la pasión con que recordamos las vividas en el primer filme. Eso sí, me sorprende para bien que Danny Boyle no haya intentado sobrecargar lo visual para disimular la falta de contenido, algo que se veía venir dada su trayectoria; de hecho es bastante contenida en ese aspecto, aunque como es obvio tenga numerosos enredos visuales para mantener el estilo.

Trainspotting 2 resluta entretenida y simpática, pero nada más, y dado de donde viene, se le exije más.

Ver también:
Trainspotting.

Trainspotting


Trainspotting, 1996, EE.UU.
Género: Reino Unido.
Duración: 94 min.
Dirección: Danny Boyle.
Guion: John Hodge, Irvine Welsh (novela).
Actores: Ewan McGregor, Robert Carlyle, Jonny Lee Miller, Ewen Bremner, Kevin McKidd, Kelly Macdonald, Peter Mullan, James Cosmo, Shirley Henderson, Eileen Nicholas.

Valoración:
Lo mejor: Es un relato desbordante de personalidad, con personajes, situaciones y reflexiones que dejan huella.
Lo peor: A veces el efectismo inmediato se sobrepone a la coherencia global.
Mejores momentos: La presentación de la forma de vida de los protagonistas. La discoteca. El peor váter de Escocia. Begbie liándola en los bares. La recaída y sobredosis. El bebé.
El título: Es una doble referencia, primero, a la afición de observar trenes (que podría señalar que los personajes ven pasar la vida sin hacer nada), segundo, a las marcas que dejan los pinchazos de heroína.
La frase: Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos. Elige la salud, colesterol bajo y seguros dentales. Elige pagar hipotecas a interés fijo. Elige un piso. Elige a tus amigos. Elige ropa deportiva y maletas a juego. Elige pagar a plazos un traje de marca en una amplia gama de putos tejidos. Elige bricolaje y preguntarte quién coño eres los domingos por la mañana. Elige sentarte en el sofá a ver teleconcursos que embotan la mente y aplastan el espíritu mientras llenas tu boca de puta comida basura. Elige pudrirte de viejo cagándote y meándote encima en un asilo miserable, siendo una carga para los niñatos egoístas y hechos polvo que has engendrado para reemplazarte. Elige tu futuro. Elige la vida… ¿Pero por qué iba yo a querer hacer algo así? Yo elegí no elegir la vida: yo elegí otra cosa. ¿Y las razones? No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?

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Trainspotting trata sobre un grupo de amigos escoceses que observan cómo sus vidas pasan ante sus ojos sin conseguir hacer nada por dirigirlas, pues a su falta de aptitudes (y también de interés) para desenvolverse en la sociedad se le suma que la drogadicción termina de controlar sus destinos. La novela en que se basa logró cierto prestigio, pero esta adaptación pegó bastante fuerte, seguramente porque abordó un drama conocido desde una perspectiva muy original, donde la aventura distendida y la comedia ácida desbordante de vistosos recursos narrativos permiten entrar en un mundo trágico y sórdido con más simpatía y comprensión que rechazo o lástima. Consigue que te impliques con sus personajes, adorables aun dentro de su patetismo, y saques alguna buena reflexión a pesar del tono alocado y el trasfondo dramático. Pero también hay que señalar que el equilibrio dista de ser perfecto, dando la sensación de que se dejan de lado historias más relevantes para potenciar anécdotas intrascendentes, y de que se sobrecarga el envoltorio más de la cuenta.

La trayectoria de algunos personajes tiene huecos enormes. Sí, está claro que Renton es el protagonista principal, pero eso no implica olvidar al resto en momentos clave, olvidar el propósito con el que parecía empezar la película: mostrar varios ejemplos de la miseria en el mundo de la droga. El de Tommy es más llamativo, porque su escasa presencia es inversamente proporcional a la importancia y el atractivo de su trayectoria: es el que evitaba las drogas y tenía una vida más estable pero al final cae ahí por una depresión, y no recibe ayuda para salir, hundiéndose cada vez más; luego te enteras de pasada de que está arruinado, luego dicen de refilón que tiene sida… y así sucesivamente, hasta parecer una mera excusa para cumplir con esos temas. Y es raro, está claro que no es por miedo a mostrar la parte más siniestra, ahí está el pobre bebé descuidado como ejemplo. Mientras pasan de este personaje, con el tontorrón Spud nos tragamos una larga e intrascendente escena de ligoteo que acaba con él cagándose encima en una cama ajena, o con el propio Renton tenemos un proceso de desintoxicación demasiado largo y repetitivo donde al realizador se le va la pinza completamente con los enredos visuales. También cabe pensar qué pinta la chica adolescente aquí. Está claro que se usa para otra anécdota forzada, porque a la hora de la verdad no narran nada con ella a pesar de que parecía que iba a tocar las drogas en la adolescencia, como que se acostaba con adultos para conseguirlas, algo que al final no ocurre; no sabemos por qué sigue esa dinámica, y finalmente no aporta nada tangible. Y luego tenemos la gran pregunta: ¿cómo es que el desastre con el niño no trae problemas legales?

Pero pesar de esas lagunas y excesos, la originalidad y personalidad del conjunto convirtieron a Trainspotting en un éxito en su momento y en una obra de culto con el paso del tiempo. La simpatía que despiertan los protagonistas es innegable, y nos dejan infinidad de grandes momentos para el recuerdo. Renton (Ewan McGregor) es un rol central que dejó bastante huella en la generación que creció con la película. Con su narración mordaz y con sus esfuerzos y fracasos ejemplifica esa sensación de que no podemos controlar nuestras vidas, que los baches que pone la sociedad, nuestro entorno cercano (los amigos lo arrastran) y nosotros mismos con nuestras malas decisiones no hay manera de levantar cabeza por mucho que lo intentemos; pero el giro final abre la puerta a la esperanza con una posible maduración, eso sí, con un tono bastante cabrón. El tonto simpático Spud (Ewen Bremner) es un encanto, el amigo cortito que hay en toda pandilla, que sirve de mofa a veces pero siempre se mantiene fiel. Tommy (Kevin McKidd) es el responsable que mete la pata hasta el fondo por un desencanto gordo de la vida. Sick Boy (Jonny Lee Miller) es la versión opuesta al anterior, el irresponsable que vive el día a día sin una mínima visión de futuro. Y Begbie (Robert Carlyle) es el descentrado y violento que provoca altercados allá por donde va, sea por el placer de la adrenalina o por sus ataques de ira.

Los actores prácticamente se dieron a conocer aquí, aunque solo uno logró catapultarse al éxito. McGregor se marcó papel pero sobre todo mostró gran carisma, y no tardó en labrarse una carrera muy completa. Carlyle estuvo espectacular pero no tuvo tanta suerte, aunque sí nos ha ido dejando notables interpretaciones (como Ravenous), hasta que pegó fuerte con Full Monty, el siguiente pelotazo inglés… y luego se volvió a estancar en títulos y papeles de menor calado. El resto no logró superar los roles secundarios y la televisión, aunque algunos han tenido puntualmente bastante reconocimiento: Kelly Macdonald en Boardwalk Empire, Kevin McKidd en Roma, y Jonny Lee Miller es un rostro que empieza a ser más conocido por el procedimental Elementary. También hay algunos secundarios que se convirtieron en aportes de lujo del cine y televisión inglesa, como James Cosmo y Peter Mullan, pero su presencia aquí es muy breve.

Es obvio que la novela de Irvine Welsh en que se basa aporta mucho del subtexto de análisis social con una inteligente y mordaz vena humorística, pero el guionista John Hodge y el director Danny Boyle supieron explotarlo muy bien con su narrativa trepidante en ritmo e imaginativa en lo visual, aunque también fuera histriónica y sobrecargada en algunos momentos. El humor que oscila entre lo descarnado y lo sutil sin aparente esfuerzo y mediante el cual se aborda la crítica social es magnífico, destacando la mítica escena de la discoteca, la descripción del váter más sucio de Escocia, la dualidad entre el fracasado vago que no sabe hacer nada con su vida y el fracasado que al menos intenta salir adelante (Renton cargando con sus compañeros cuando él tiene trabajo), las salidas de tono de Begbie en los bares… Y la parte dura también se lleva alguna situación memorable, como el lío con el bebé o la sobredosis de un protagonista y el posterior intento de desintoxicación. Para abordar estos excesos fue esencial el surrealismo visual de Boyle, desbordante de recursos variados, soluciones inesperadas, secuencias que oscilan entre lo perturbador (el váter) y lo hilarante (el bebé acosando los sueños febriles), pero siempre con un tono gamberro y una energía que garantizan diversión constante. La frase seleccionada, el discurso de Renton más famoso, describe muy bien por dónde van los tiros: te remueve por dentro con un duro juicio a la sociedad dormida y aborregada, pero a la vez deja clara la patética posición del personaje, que se va al extremo opuesto, al de abandonarse a la evasión total e intenta justificarse diciendo que al menos él es consciente.

El legado cinematográfico que dejó es difícil de medir. ¿Podría considerarse precursora de la narrativa alocada que luego potenció Snatch: Cerdos y diamantes? ¿Influyó en Requiem por un sueño y quizá incluso en El club de la lucha? Lo que está claro es que tuvo cierto impacto social, sobre todo obviamente en Reino Unido, pues redefinió con maestría a toda una generación de gente perdida y desencantada y marcó tendencia audiovisual (la de videoclips musicales que se copiarían). A pesar de que la estética barriobajera de los noventa ha quedado muy obsoleta, pues las modas relativas al aspecto personal cambian rápido, el relato en sí es atemporal y tiene suficiente personalidad como para ser recordado todavía con agrado… tanto que la llegada de una segunda parte, que muestra veinte años después qué fue de los protagonistas, se eperaba con bastante entusiasmo. Pero, como suele ocurrir, el factor sorpresa brilla por ausencia en una secuela que ni parece intentar aportar alguno nuevo, que se basa únicamente en el tirón de sus personajes y olvida todo ese trasfondo tan inteligente. Por ello, el entusiasmo se enfrió bastante pronto y tuvo mucho menos éxito del anticipado… aunque supongo que cada vez que recuperemos Trainspotting o un espectador nuevo llegue a ella, acabaremos viendo la segunda también.

El director Danny Boyle, viendo el buen recibimiento de su alternativa propuesta narrativa, se quedó atascado en su obsesión por sobrecargar el aspecto visual, siendo contraproducente, por excesivo, en algunos títulos (Slumdog Millionaire, 28 días después), totalmente malogrado en otros (Sunshine), y más acertado cuando se centraba un poco (127 horas). Y aun así está claro que sigue gustando, viendo el inexplicable éxito de la pasadísima de rosca Slumdog Millionarie

Ver también:
Trainspotting 2.

Elvis y Nixon


Elvis & Nixon, 2016, EE.UU.
Género: Comedia.
Duración: 86 min.
Dirección: Liza Johnson.
Guion: Joey Sagal, Hanala Sagal , Cary Elwes.
Actores: Michael Shannon, Kevin Spacey, Alex Pettyfer, Johnny Knoxville, Colin Hanks, Evan Peters.
Música: Ed Shearmur.

Valoración:
Lo mejor: El reparto está convincente.
Lo peor: No saca nada de gracia de un relato con mucho potencial.

* * * * * * * * *

Elvis y Nixon se queda en un quiero y no puedo. Se ven las intenciones de construir una comedia basada en situaciones surrealistas, personajes estrafalarios, momentos incómodos y absurdos. El extraño capítulo histórico en que se basa lo pide a gritos: Elvis, a las puertas de su decadencia, tiene la ocurrencia de convertirse en un agente de la ley para combatir la inmoralidad de la sociedad. Ver a esta figura, referente de excesos y modas estéticas y que además falleció por abuso de narcóticos, hablando de que los hippies (encabezados por The Beatles) traen la decadencia, ya es bastante cómico, pero el delirio explota del todo cuando se empeña en ver al presidente Nixon para obtener su placa de oficial especial de manos de la máxima autoridad. Eso sí, este acercamiento no es el primero, hay otra película que trató los hechos, Elvis y Nixon: ¡vaya dúo! (1997), pero no sé si mejorará a la presente. Y encuanto a fidelidad tampoco sé cómo andará; por lo pronto, parece que en realidad quería una medalla por sus supuestos esfuerzos patrióticos, no una placa para actuar como agente.

Pero el potencial no llega a exprimirse prácticamente nada, pues al guion le falta ingenio y la directora no imprime el tono adecuado. Parece un drama desganado, un telefilme con un protagonista poco carismático que busca un propósito nuevo que lo mantenga vivo, todo ello mostrado en un viaje sin garra ni ritmo. El poco humor emerge automáticamente de lo descabellado de cada situación, porque la sátira y la locura subyacente no se exploran lo más mínimo. Sólo los diálogos del esperado encuentro tienen algo de enjundia y definen un poco más a los personajes, pero tampoco son para echar cohetes, porque no saben ir al grano con determinación e inteligencia. Tampoco se saca mucho partido del drama y la crítica latente: la relación entre los personajes (amistad, maduración, familia) y la fama (la imagen, la responsabilidad) se queda también en la superficie, cuando parecía que iba a abordar esos temas con la esperada agilidad e ironía.

El interés inicial que despierta la historia se disipa a marchas forzadas, y sólo mantiene un mínimo por el buen hacer de los intérpretes (aunque Michael Shannon tiene un físico demasiado agresivo que no pega mucho como Elvis) y algún segmento algo más sólido o divertido (la pastelería, el encuentro final). Por ello no llega a ser un desastre, pero se ve y se olvida enseguida.

Langosta


The Lobster, 2015, Grecia, Irlanda, Países Bajos, Reino Unido, Francia.
Género: Comedia, drama.
Duración: 119 min.
Dirección: Yorgos Lanthimos.
Guion: Yorgos Lanthimos, Efthymis Filippou.
Actores: Colin Farrell, Rachel Weisz, Jessica Barden, Olivia Colman, Ashley Jensen, Ariane Labed, Angeliki Papoulia, John C. Reilly, Léa Seydoux, Michael Smiley, Ben Whishaw, Roger Ashton-Griffiths.

Valoración:
Lo mejor: Original, reflexiva, divertida. Los personajes llegan hondo.
Lo peor: Le falta ritmo y gracia. A veces puede resultar un poco rebuscada.

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En plan distopía a medio camino entre el surrealismo y la sátira, Langosta hace una deconstrucción de las bases de las relaciones humanas, en especial la amistad y el amor. Diversas convenciones sociales, limitaciones personales y otros clichés son desmenuzados y caricaturizados, supongo que con la esperanza de que reflexionemos sobre vicios, errores y costumbres muy generalizados que obstruyen vínculos que deberían fluir de forma más natural, sensata y honesta.

El tono es irónico rayano la humillación, porque como te sientas identificado con alguno de sus ejemplos te hará trizas. Me gustó mucho lo descarado que es con las falsas amistades y los intentos de afianzar las parejas con gustos (¡y dolencias!) fingidos, pero este ensayo tiene numerosos escenarios y situaciones que oscilan entre lo simpático, lo descabellado y lo inquietante. En el hotel destacan los primeros pasos para formar lazos, llenos de inseguridades y mentirijillas, la dinámica con la chica que sangra por la nariz y los altibajos entre los amigos que hace el protagonista. En la ciudad entramos en la parte más oscura: la visita a los padres de otra protagonista, en plan pareja simulada, llega a resultar un tanto incómoda. En cambio el otro escenario esencial no me convence del todo: esa obsesión con aislarse en el bosque no he pillado a qué podría apuntar (si es que había alguna intención oculta), y el viaje de los personajes se estanca un tanto, así que ese tramo se me hizo un poco pesado.

El estilo de cine experimental, con un toque absurdo demencial, se le atragantará a muchos, pero es que no es una cinta para el gran público, sino para quien busque algo distinto y que haga pensar. Me recordó, por la idea de usar referencias poéticas e imaginativas para referirse a distintos sentimientos humanos, a Perfect Sense, aunque por lo demás no se parecen en nada, empezando porque la presente apuesta por la comedia. Eso sí, ahí se queda un poco corta. Es divertida, pero no de las de reírse a carcajada limpia. Si funciona es por su originalidad, que te mantiene siempre en alerta por la nueva ocurrencia que pueda llegar, por su mensaje tratado con un estilo único que te conmueve e irrita por igual, y en especial gracias a sus encantadores personajes, que enganchan rápido y ayudan a que incluso en los momentos más rebuscados tengas una conexión férrea con sus vivencias y las extrañas ideas del griego Yorgos Lanthimos no se te atraganten.

El reparto está repleto de actores de primera, aunque la mayoría sin el reconocimiento merecido. Destaca Colin Farrell como el protagonista afligido y empanado que desespera porque está a punto de convertirse en un paria (o sea, no tener pareja), pero John C. Reilly, Ben Whishaw y Rachel Weisz también captan muy bien el tono: a la vez tienen que hacer reír, dar pena y resultar extravagantes pero sin caer en lo estúpido.