El Criticón

Opinión de cine y música

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Infiltrado en el KKKlan

Terence Blanchard.


BlacKkKlansman, 2018, EE.UU.
Género: Comedia.
Duración: 135 min.
Dirección: Spike Lee.
Guion: Charlie Wachtel, David Rabinowitz, Kevin Willmott, Spike Lee. Ron Stallworth (libro).
Actores: John David Washington, Adam Driver, Laura Harrier, Topher Grace, Robert John Burke, Frederick Weller, Jasper Pääkkönen, Ashlie Atkinson.
Música: Terence Blanchard.

Valoración:
Lo mejor: Notable reparto y unos personajes simpáticos.
Lo peor: No hace gracia, es lenta y aburrida. Desprovecha un gran potencial.

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Infiltrado en el KKKlan es un quiero y no puedo que termina casi desesperando de aburrimiento. Sólo con la premisa me llamaba la atención, y por los avances y las buenas críticas esperaba una comedia ingeniosa, irreverente, alocada… Pero en el visionado las expectativas se hunden rápido y no remontan a pesar del potencial latente.

Aunque sin ofrecer una perspectiva original y ácida como prometía, consigue una correcta representación del tema: las asociaciones de blancos racistas, lideradas por empresarios y politicos con poder y contactos que les permiten obrar con manga ancha, los seguidores paletos que engañan con cuatro lemas tontos, la lucha negra, con los Panteras Negras, los líderes intelectuales, la gente de a pie sufriendo el racismo…

Entre medio, los guionistas enquistan de mala manera una propuesta llamativa pero que nunca llega a nada: un detective negro dirige una fuerza especial para investigar la organización criminal Ku Klux Klan. La ironía y el absurdo de la situación no da mucho de sí. El ingenio brilla por ausencia en un sentido del humor pobre, adormecido, de forma que las escenas y diálogos se alargan y pierden en obviedades en vez de ser tronchantes. El lío que se va gestando no llega a dar la comedia de enredo esperable, sino que es previsible y se desarrolla con demasiada parsimonia. Y el director Spike Lee no es capaz de otorgar el ritmo enérgio y la mala baba que exige el relato, yéndose de madre con la longitud. Se basan en un libro que narra los hechos reales, pero o no es gran cosa o se han quedado muy cortos en la adaptación.

La cinta se puede salvar por los pelos porque un estupendo reparto da vida a los personajes con mucha verosimilitud y la evolución de sus relaciones tiene algo de garra. El negro que quiere ser policía en un pueblo pequeño y enfrenta mil trabas pero no se rinde cae bien desde sus primeros choques con los superiores. Con los pocos blancos decentes que hay a su alrededor forma una pandilla encantadora. El romance con la activista no está mal. Y los miembros del KKK representan bien los dos niveles, los “rednecks” y los ricos con aires de grandeza.

Pero no es suficiente para lograr un conjunto que entretenga y deje algún poso que te haga reflexionar, algo que sin duda es lo que el director pretendía. Al final, incluso parece como si creyera que no ha sido capaz de exponer bien la inmundicia del racismo y lo enquistado que está todavía en la sociedad estadounidense, porque mete con calzador un torpe y demagógico epílogo en plan documental sobre crímenes actuales. Ni la forma ni el tono son adecuados. Si pretendías hacer reflexionar a través de la risa, no termines convirtiendo la película en un burdo panfleto político, y menos con escenas tan violentas.

Lo único que me hizo reír y me descolocó fue algo ajeno a la película, el chiste sobre The Wire (David Simon, 2002) que cuelan sin venir a cuento: Isiah Whitlock, que interpretó en la serie al corrupto senador que estaba siempre con la coletilla “Shiiiiiiit” (“Mieeeerda”), la suelta, y otro personaje lo interrumpe como diciendo que eso no es de aquí.

PD: Esta tontería se llevó el Óscar a mejor guion adaptado, y nominaciones en estos y los Globo de Oro a mejor película y director… Pero mejor no intento analizarlo, porque cada vez tienen menos sentido y su decadencia es mayor.

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El vicio del poder


Vice, 2018, EE.UU.
Género: Drama, comedia, histórico.
Duración: 132 min.
Dirección: Adam McKay.
Guion: Adam McKay.
Actores: Christian Bale, Amy Adams, Steve Carell, Sam Rockwell, Alison Pill, Eddie Marsan, Jesse Plemons.
Música: Nicholas Britell.

Valoración:
Lo mejor: Hay que agradecer tanto el tocar un tema que pocos se atreven como el ofrecernos una buena visión global y crítica de hechos muy complejos.
Lo peor: Irregular, sin garra. El personaje principal es superficial y no engancha.

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Al guionista y director Adam McKay le salió una jugada bastante buena La gran apuesta (2015), que tuvo bastante éxito y acaparó bastante nominaciones y premios. No fue una cinta redonda pero sí bastante valiente, por tocar un tema muy complicado, la crisis económica mundial de 2008, y, lo más importante para triunfar, muy entretenida, sobre todo gracias a un reparto estupendo.

El vicio del poder aborda otra historia de gran envergadura con la misma fórmula, buscando un ritmo ágil a través de numerosos recursos narrativos: voz en off, flashbacks, recesos explicativos cómicos, anécdotas que pulen detalles, mezcla de escenas variadas que construyen una idea en conjunto… Es descarado intenta exprimir los réditos de La gran apuesta, pero si en aquella no terminaba de deslumbrar, en esta se queda aún más corto. Aun así, el realizador ya estaba en la órbita de los Óscar y los Globos de Oro, y ya se sabe que si caes bien en este gremio vas a estar mimado unos cuantos años más aunque hagas basuras, y se llevó incluso más nominaciones que su anterior trabajo. Pero en general la crítica y el público la recibieron con tibieza.

El empeño en repetir lo que fue útil en otro caso impide que la historia respire con vida propia, y queda una cinta bastante desequilibrada que desaprovecha un gran potencial. El individuo que explica cosas, sea interrumpiendo con una aparición o mediante voz en off, funcionó en La gran apuesta porque era un protagonista, sabíamos qué pintaba en el relato. Aquí es completamente ajeno a él, a pesar del intento de sorpresa final de relacionarlo con la historia, que encima es demagogia barata. El humor no tiene tanto ingenio, a veces entorpece más que ayuda, sobre todo en los momentos surrealistas, de romper la cuarta pared: llegan de sopetón y no terminan de encajar. El ritmo no es tan ágil, y aunque la perspectiva global se sigue bien y hay partes impactantes, hay muchos tramos de poca trascendencia e interés por la dispersión y la poca garra de una narrativa más caótica que inteligente. ¿Es una biografía seria, una comedia alocada, un documental?

Y, lo más importante, no hay personajes que te enganchen e inviten a seguir con interés lo narrado. A pesar de estar centrado en una sola figura, al contrario del reparto coral de La gran apuesta, no consigue un rol central complejo, humano, con el que conectar.

El político ultraconservador Dick Cheney, que llegó a ser el videpresidente más poderoso de la historia de EE.UU., copa el foco del relato… pero nunca sabemos qué lo mueve. McKay da unos cuantos brochazos sobre su vida que no son suficientes para hacerse una idea de su mentalidad, esperanzas y ambiciones. Parece que intenta mantener cierta distancia para no abandonar la neutralidad, algo que no lo entiendo muy bien, pues es una cinta muy crítica. Si esa era su idea, debería haber optado por tener otro punto de vista (como un periodista o un político reconstruyendo su trayectoria), o por inclinarse totalmente por el documental. Si el protagonista es este, debemos empatizar, seguir su vida con pasión o, lo que iría mejor en este caso, con resquemor e incluso odio, en vez de que nos resulte un ente vacío y a ratos cargante. A veces parece un inútil empujado por una esposa que quiere un marido con un buen trabajo (la escena de la riña me dio vergüenza ajena), otras un hábil jugador político, otras que le cae todo encima y sobrevive improvisando… Pero nunca llegamos a saber si lo que busca es ascender en el curro, o poder por sentirse superior, o transformar el mundo a su visión fascista. Ni en los momentos clave, como los problemas con la hija, quedan claras sus posturas.

Los secundarios tampoco aportan gran cosa, siendo recordables sólo por las buenas imitaciones de Steve Carell, Sam Rockwell y Amy Adams de sus respectivas figuras reales, Donald Rumsfeld, George Bush y Lynne Cheney. Christian Bale como Cheney también se mimetiza de forma impresionante, pero la verdad, tiene menos valor una imitación que construir un personaje original.

Con todo, McKay obtiene un híbrido entre documental y película instructivo, que te hace pensar y probablemente informarte mejor sobre los temas tratados, y aunque no sea un visionado muy emocionante, sí entretiene y tiene tramos que consiguen sacudirte un poco. La historia política reciente de EEUU queda bien resumida, viéndose con facilidad el panorama global de décadas de cambios y sus consecuencias. El domino de los conservadores sobre los medios de información, su habilidad para deformar la opinión pública y manejar la maraña de leyes sobre política para imponer su visión ultraconservadora, antisocial, belicista… llega a ser escalofriante. Por desgracia, este es un tipo de cine que ni con éxito llega a la gran masa de espectadores como para provocar algún cambio digno de mención, y en este caso desde luego no ha dejado huella alguna.

El libro verde (Green Book)


Green Book, 2018, EE.UU.
Género: Drama, comedia.
Duración: 130 min.
Dirección: Peter Farrelly.
Guion: Nick Vallelonga, Brian Hayes Currie, Peter Farrelly.
Actores: Viggo Mortensen, Mahershala Ali, Linda Cardellini, Sebastian Maniscalco, Dimiter D. Marinov.
Música: Kris Bowers.

Valoración:
Lo mejor: El carisma de los protagonistas y los temas sobre amistad, visión de la vida, familia…
Lo peor: Usa unas fórmulas narrativas enormemente previsibles y manipuladoras, se empeña en recalcar los sentimientos que pretende transmitir aunque sean obvios.
El título: El oficial va sin traducir. A ver si se deciden de una vez: o se traducen todos o ninguno.
La frase: El mundo está lleno de gente solitaria que teme dar el primer paso.

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Es indudable que una película tiene que transmitir algo, si no, qué valor puede tener. El relato desarrollado ha de poseer sentido por sí sólo y también ha de contagiar alguna emoción. Una buena película tendrá muchas capas y lecturas y producirá muchas sensaciones. En el caso que nos atañe, es evidente que no va sólo de unos músicos que hacen una gira. Pero, dependiendo de las intenciones y habilidades de los autores, la narración puede tomar muchas formas. Puede ser directa y contundente, velada y profunda, simplona y previsible, o machacona y manipuladora.

El libro verde olía desde lejos a que iba a estar en el rango de las últimas opciones. Es una cinta confeccionada con el manual de encandilar al público y ganar premios, todo en ella está construido milimétricamente para transmitir tal o cual emoción y moraleja, resultando exasperante en demasiadas ocasiones.

Una cosa son soluciones o detalles sencillos y útiles, como la piedra de jade, que forma parte de la evolución de la relación entre los personajes, o el protagonista mirando con asco sus vasos cuando beben de ellos los fontaneros negros, que define en un plano su racismo, pero otra muy distinta es abusar de recursos poco honestos. Tenemos demasiados lugares comunes y clichés, sobre todo en los insufribles personajes secundarios, todos estereotipos cutres; se puede señalar la ingorancia y racismo de la plebe de forma más sutil, digo yo: lo del vaso es buen ejemplo. Se van acumulando escenas remarcadas por musiquita insistente y planos que insisten en lo que ya está bien claro, conversaciones mascaditas, redenciones y reconciliaciones de lo más predecible y edulcorado que puedas imaginar, haciendo que el relato resulte demasiado encorsetado, forzado.

Es decir, sabes perfectamente cuándo viene una pelea entre la pareja, o un lío racial, o un momento de revelación y maduración, y para colmo, cuando llegan, están demasiado subrayados. Hay veces que es tan obvio que en vez de emocionantes me resultaron muy cargantes. Por ejemplo, la asistencia a la fiesta al final… ¿de verdad había que alargarlo, amagar y engañar de esa manera tan burda, cuando bastaba que se bajaran juntos del coche? Pero lo peor es que encontramos demasiados momentos bochornosos, como la llamada telefónica a la comisaría, o la escena con el policía que los para al final, y también otros muy tramposos: resulta que sí lleva pistola todo el tiempo, ¿es que la policía no lo cacheó cuando lo detuvieron?

Por suerte, la falta de naturalidad se disimula bastante bien con la simpatía de la pareja protagonista, cuya relación y vivencias tocan muchos palos con bastante encanto cuando no se patina con el endulzamiento. De hecho, mi impresión es que el desequilibrio es tal que parece haber una lucha constante entre dos visiones de la historia, como si los varios autores (guionistas y productores) quisieran cosas distintas. También cabe señalar que el director Peter Farrelly, fuera de esos momentos tan guiados, mantiene una impronta muy elegante en la puesta en escena.

Aunque la road movie con pareja de opuestos no es algo nuevo, como digo, funciona aceptablemente bien. El italiano paleto y el negro culto chocan en su perspectiva de las cosas, tanteándose, conociéndose el uno al otro y aprendiendo del mundo y de sí mismos con estas nuevas vivencias. La amistad, la familia, la cultura, las esperanzas, cómo enfrentamos los problemas… se toca de todo un poco con la suficiente simpatía como para perdonar algunos de los momentos más forzados. Se sabe de sobras que uno llegará a casa con una visión más abierta y menos racista, y el otro se hará más sociable y bajará de su pedestal, pero la transición es bastante verosímil y amena. Viggo Mortensen como el bonachón bruto y Mahershala Ali como el estirado antisocial convencen muy bien. Por otro lado, la esposa es una mujer florero, y me apena que no saquen partido alguno de los otros dos componentes del trío, más cuando se supone que están haciendo el viaje juntos.

Con ellos se hace también un retrato de una época muy tratada en títulos muy superiores, como el clásico En el calor de la noche (Norman Jewison, 1967), o la más reciente Criadas y señoras (Tate Taylor, 2011), muchísimo más inteligente y original que la presente y con un grupo de personajes mucho mejor trabajado. Pero también hay que decir que son unos tiempos que no conviene olvidar, y aunque sea con demasiado maniqueísmo, El libro verde pone varios buenos ejemplos de aquellas injusticias raciales.

La pareja nos ofrece un sinfín de escenarios, anécdotas y lecciones divertidas y emotivas, y por lo general el viaje lleva buen ritmo a pesar de su estructura por capítulos, así que se si no se te atraganta el tono, es una cinta bastante entretenida. Eso sí, de ahí a considerarla entre las diez mejores del año hay un trecho insalvable con la objetividad en la mano… y ya sabemos que eso en los Óscar y los Globos de Oro no existe, así que sus premios no me sorprenden.

The Predator


The Predator, 2018, EE.UU.
Género: Acción, comedia, ciencia-ficción.
Duración: 107 min.
Dirección: Shane Black.
Guion: Shane Black.
Actores: Boyd Holbrook, Olivia Munn, Trevante Rhodes, Jacob Tremblay, Keegan-Michael Key, Sterling K. Brown, Thomas Jane, Augusto Aguilera, Alfie Allen, Yvonne Strahovski.
Música: Henry Jackman.

Valoración:
Lo mejor: Reparto carismático. Sabía lo que iba a ver y me lo he tomado con humor.
Lo peor: Es un desastre en todos los ámbitos, ni puedo considerarlo una película acabada.
La curiosidad: El guionista y director interpretó a uno de los soldados musculosos en la primera entrega, Hawkins (el de las gafas).

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No olía nada bien la nueva entrega de la saga Depredador, rematada a conciencia sin respeto alguno ya desde la primera Alien vs. Predator (Paul W. S. Anderson, 2004) y que no fueron capaces de resucitar con el intento de volver a un cine de corte más serio en Predators (Nimród Antal, 2010). Cuando el productor principal de la serie, John Davis, puso en marcha este proyecto anunciando que quería buscar un camino diferente era difícil no pensar en que venían más traiciones a la saga, y terminó por confirmarse durante el rodaje, pues mientras el guionista y director Shane Black afirmaba que sería la más terrorífica de todas, las declaraciones que iban saliendo de actores y equipo técnico señalaban que estaba rodando una comedia. Para rematar, llegaron las temidas imposiciones a última hora del estudio: el estreno en marzo de 2018 se fue retrasando en varias ocasiones hasta septiembre debido a que obligaron a alterar todo el tercer acto por las tibias reacciones en pases de prueba.

Sólo quedaba un resquicio de esperanza, y es que Black había demostrado hasta entonces ser un buen guionista y director. Toda producción que ha escrito y a veces dirigido (estas las señalo con asterisco) es llamativa cuando no una obra de culto en la acción o el thriller: Arma letal (1987) y Arma letal 2 (1989), El último boy scout (1991), Kiss Kiss Bang Bang* (2005) y la estupenda Dos tipos buenos* (2016); incluso cintas menores como Iron Man 3* y Memoria letal (1996) son la mar de entretenidas. Además, siempre hace gala de un sentido del humor entre ingenioso y negro muy efectivo. Así que me he puesto a verla queriendo exculpar a Black por el anunciado despropósito, queriendo creer que le quitaron el montaje final de las manos o no fue capaz construir algo coherente con los cambios exigidos.

No es que quede una película mala, sino más bien una de cine cutre, tan mala que te puedes reír de ella. Pero también parece sin terminar, como apañada con prisas a partir de escenas incompletas. Se notan demasiados huecos, no se trabajada ningún tipo de atmósfera (intriga, asombro, inquietud por el porvenir de los protagonistas…), casi no se entiende lo que está ocurriendo o se trata tan por encima que no logra deja la más mínima huella. No se llega a vislumbrar un relato cohesionado y con un mínimo de atractivo, queda un endeble armazón con lo más básico de cada escenario y diálogo, hasta el punto de parecer un resumen, una tráiler o muestra de una película que está por llegar. Además, tal simpleza garantiza que ves venir todo de lejos, resultando una de las cintas más predecibles y facilonas de los últimos años. Lo único bueno es que el ir al grano sin rodeos también implica avanzar a toda leche, con lo que se puede ver sin atragantarte demasiado.

Los actores se lo toman en serio y algunos como Boyd Holbrook (Narcos -2015-, Logan -2017-), Olivia Munn (The Newsroom -2012-, Magic Mike -2012-) y Keegan-Michael Key (Key and Peele, 2012) están muy bien, mientras que el resto se sostiene con su carisma, salvo alguno que queda tan recortado que ni te das cuenta de que está ahí, como Alfie Allen (Juego de tronos, 2011), o que directamente se eliminó con los cambios, como Edward James Olmos (Battlestar Galactica, 2003). Se adivina un esfuerzo con los personajes, pero la profundidad que pudieran tener en el guion original se pierde por completo en la caótica sucesión de imágenes que ha llegado a las salas. Están expuestos a brochazos mal dados, de forma no hay quien congenie con ellos, algunos quedan tan limitados a un detalle concreto que parecen caricaturas estúpidas, y otros ni resultan verosímiles, como la doctora tan capaz en todo ámbito sin que se explique por qué (atención a cuando sale arma en mano tras el bicho haciendo parkour mientras los militares no se enteran de nada o mueren como peleles inútiles).

La conversión hacia la acción gamberra se podría aceptar si fuera bruta y con humor negro. De hecho, las dos primeras entregas tenían bastante mala baba e incluso daba la sensación de que sus autores no se lo tomaban en serio, sino como un divertimento violento y macabro, por mucho suspense y momentos espeluznantes que hubiera; por ejemplo, en el comienzo de la primera parte, el asalto al poblado se puede tomar como una parodia del cine de acción de los años ochenta. Si de verdad el guion de Black apuntaba a ese camino desde luego ha tenido que perder mucho el foco durante el rodaje y las posteriores modificaciones. Ciertamente, en principio me dio la impresión de que con la tosquedad del montaje hay situaciones y chistes que quedan en su mínima expresión, en una frase soltada de mala manera, sin lograr el factor rudeza o la incomodidad que hubieran tenido en un relato más oscuro y consistente. Pero en líneas generales terminan predominando diálogos burdos cuando no infantiles y soluciones argumentales lastimeras, así que al final hay que admitir que Black realmente no encontró el tono ni la inspiración en ningún momento.

Sin ir más lejos, las bases del argumento dan más asco que pena: el depredador más grande como nuevo enemigo muestra la poca inspiración y esfuerzo, las improvisaciones en la ampliación del universo del depredador no convencen, el niño autista con tanta habilidad y tan sociable y su destino tan rebuscado dan vergüenza ajena, y cuando pensabas que no podían caer más bajo llega el epílogo de videojuego con la armadura “molona” con el que el productor John Davis anuncia sus intenciones de hacer una trilogía.

Es inevitable comprobar si otros sellos característicos de la serie mantienen el nivel: la cantidad de vísceras y violencia, el diseño del depredador y la música. Hay algunos destripamientos y sangre en cantidad (mucha de ella parece que digital, aunque no canta como para molestar), pero las escenas tienen tan poca emoción que no importa, no se consigue una atmósfera de asombro y desagrado efectiva. Los efectos especiales y el disfraz del depredador (o lo digital, si hay escenas así) mantienen el tipo, pero estamos en las mismas, el bicho no acojona, y como señalaba, agrandar su tamaño parece un recurso demasiado facilón. La banda sonora de Henry Jackman es un refrito cansino de la portentosa partitura de Alan Silvestri; querría creer también que es debido a las exigencias y prisas de la productora, pero desde luego podía haberse esmerado más en aportar unas mínimas variaciones.

Con un montaje tan desastroso es difícil catalogar adecuadamente el trabajo de Black tras las cámaras, pero la impresión es también que no apuntaba maneras. Demasiado primer plano, escenarios de acción nada inspirados y en los que no puedes ver dónde está cada personaje ni el progreso de la situación, y un sentido del espectáculo inmaduro y poco acorde a la serie es lo que encontramos, lo cual difícilmente pudiera mejorarse en postproducción. Parece un capítulo del Equipo A (Stephen J. Cannell, Frank Lupo, 1983) o una cinta de terror y comedia adolescente en vez de la épica sobrecogedora que se espera de la saga.

El galimatías que queda no se puede entender cómo ha sido estrenado. Puestos a retrasar, retrasa unos cuantos meses más, contrata a un nuevo equipo de guionista, director y montador, y que le peguen un repaso a ver si son capaces de recuperar algo decente. Pero ha primado la imagen mediática del momento (más retrasos es igual a pérdida de confianza) y el ahorro de cuatro perras a la visión a largo plazo: ¿de verdad no pensaron que este bodrio daría un resultado desastroso en taquilla, sería peor para la imagen de la serie y de los implicados, y hundiría durante años cualquier intento de recuperar la saga? Sin embargo, han tenido la inmensa suerte de que el horrible boca a boca del público y las malas críticas de los medios no la han hundido del todo, pues costando unos noventa millones de dólares ha recaudado casi ciento sesenta, con lo que de haber dado pérdidas no habrán sido estratosféricas.

The Predator parece la versión de The Asylum, esa empresa de dudosa moral que se dedica a hacer plagios baratos de películas taquilleras, en vez de la auténtica superproducción que anunciaban. Hasta Alien vs. Predator tenía cierta dignidad, sabían que estaban rodando una serie b comercial sin más ambición.

Los Increíbles 2


The Incredibles 2, 2018, EE.UU.
Género: Aventuras, superhéroes, comedia.
Duración: 118 min.
Dirección: Brad Bird.
Guion: Brad Bird.
Actores: Craig T. Nelson, Holly Hunter, Sarah Vowell, Huck Miller, Catherine Keener, Bob Odenkirk, Samuel L. Jackson.
Música: Michael Giacchino.

Valoración:
Lo mejor: Entretiene. La mejora en la recreación de las ciudades es notable.
Lo peor: Es una repetición paso por paso de la primera parte, con más estereotipos, más giros facilones, más agujeros de guion, y un galimatías ideológico mayor.

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Es alucinante las pocas ganas que han puesto en la secuela, o dicho de otra forma, es descarado que han ido a hacer caja repitiendo lo que dio buenos resultados hace catorce años. Es decir, que es un remake, no una secuela. Y de una cinta que ya iba justa en calidad. Pero al público no le importó entonces y no le ha importado ahora, porque el éxito de esta jugada ha sido extraordinario, recaudando mil doscientos millones de dólares en todo el mundo.

Acabamos la primera entrega con la familia unida y la sociedad a punto de aceptar a los héroes de nuevo. Yo esperaba que hubieran pasado esos catorce años, con los niños crecidos y una nueva historia en un mundo que ha cambiado, pero empezamos en ese punto para de repente deshacer todo lo andado en el prólogo y en adelante repetir la misma historia y el mismo viaje de los personajes casi paso por paso.

Lo único que cambia es la presencia prominente del empresario que los ayuda, pues en el episodio anterior iban más por libre. Pero el enemigo, la confrontación, la unión gradual de la familia y el cambio en la sociedad son calcados. El villano ahora es mujer, pero es la misma figura: una genio con la tecnología resentida porque los héroes no estuvieron ahí para ella de chica, y se monta una intriga de supervillano de James Bond para humillarlos. Los escenarios donde desarrollar la aceptación a sí mismos y reforzar los lazos familiares son prácticamente los mismos. Tan escasa es la imaginación que tenemos otra vez carreras en monorraíl, la guarida del malo, la visita a Edna… Por cierto, en la primera parte se reían del tópico del villano que relata su plan al bueno en vez de aniquilarlo inmediatamente, dándole tiempo así para escapar y una ventaja luego, pero aquí caen en el cliché con todo, sin darles vergüenza alguna.

La animación ha mejorado, obviamente, ofreciendo planos de la ciudad impresionantes, y por el lado contrario, por suerte han mantenido la estética de los personajes, sin actualizar con detalles innecesarios. En cambio, esta vez la música de Michael Giacchino está menos inspirada, le falta pasión.

Sus bazas son de nuevo la simpatía que despierta la familia, a pesar de que cada figura es un estereotipo bien ramplón, y la velocidad con que se desarrollan los acontecimientos. Con ello la cinta resultante es sin duda es entretenida, pero le sigue pesando la forma de parodia poco imaginativa y poco meditada en el contenido (en seguida me extiendo), y ahora se agravan sus carencias con la sensación de que todo está visto y se cuida menos la coherencia y las formas. De esta manera, el desgaste va haciendo mella, y para cuando estalla la confrontación final en el barco estaba bastante desconectado: es la cuarta escena en que tienen que evitar que un vehículo se estrelle (taladradora, monorraíl, avión y barco), y la dejadez se hace patente con una serie de agujeros de guion tan evidentes que me hicieron torcer el gesto: sabiendo de antemano lo de las gafas, ¿de verdad no se le ocurre a los niños quitárselas a sus contrincantes? La chica invisible y el niño híper rápido lo tenían bien fácil, pero incluso con gente derrotada a sus pies no se las quitan, así que pasan de resueltos e inteligentes a estúpidos, todo por alargar el clímax con infinidad de enfrentamientos repetitivos.

Mención aparte merece el subtexto, el mensaje, más marcado y confuso que en la primera parte y que ha dado a un mayor número de análisis y quejas. De primeras parece que pretenden una loa al feminismo, como para estar en la onda actual, y algunos lo han defendido mientras otros critican que sea tan evidente… Pero a mí me resulta muy extraño. O es una chapuza enorme, o han pretendido exactamente lo contrario, un intento de ridiculizar y anular el mensaje.

Lo machacón y lo burdo priman sobre lo sutil. Toda la doctrina feminista se construye a base de reírse de la figura del hombre con tópicos muy rancios: el marido relegado en las misiones porque es un bruto y las mujeres son más delicadas y la patética representación del padre torpe en casa parecen un chiste salido de madre más que una enseñanza bien expuesta. Y conforme avanza la proyección empieza a crecer la sensación de que se busca ridiculizar el feminismo: los diálogos entre las dos mujeres protagonistas resultan tan engreídos que en vez de realzar su inteligencia las convierte en narcisistas e irresponsables, por abrazar el placer inmediado dejando de lado sus obligaciones. Al terminar, al menos para mí, queda claro que no se busca normalizar que ella trabaje fuera y él en casa, pues se reincide en que es un parche temporal, una tediosa y humillante obligación para uno y una forma de escape para la otra hasta que se arregle la situación y puedan volver “a la normalidad”. Pero por si todavía había dudas del tono conservador, se les ve el plumero a lo grande cuando sale a la palestra la defensa del capitalismo ultraliberal, con el empresario millonario que con una moral superior a la de la plebe y al incompetente estado es quien salva el país, mientras que su hermana, moderna y reivindicativa (de pelo corto y con una colega de pelo azul, y atención a sus ojos de fumeta), es una resentida convertida en terrorista que usa los medios como arma de manipulación y quiere derribar el sistema.

Lejos de la nueva obra maestra que se empeñan en ver algunos, Los Increíbles 2 está más bien cerca de resultar un despropósito, y su mensaje, sea por malogrado o por obtuso, resulta chocante.

Los Increíbles


The Incredibles, 2004, EE.UU.
Género: Aventuras, fantasía.
Duración: 115 min.
Dirección: Brad Bird.
Guion: Brad Bird.
Actores: Craig T. Nelson, Samuel L. Jackson, Holly Hunter, Samuel L. Jackson, Jason Lee, Spencer Fox, Sarah Vowell.
Música: Michael Giacchino.

Valoración:
Lo mejor: Trepidante y divertida.
Lo peor: Muy simplona y predecible, y a veces no parece para niños.

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Brad Bird llevaba desde Cuentos asombrosos (1985) escribiendo y dirigiendo, sin terminar de tener éxito ni tan siquiera una carrera estable, hasta que dirigió El gigante de hierro (1999) y llamó la atención de la industria. En Walt Disney y Pixar lo seleccionaron para que encabezara su próximo proyecto, Los Increíbles (2004), y luego repitieron con Ratatouille (2007) y la secuela de la anterior (2018). En imagen real ha corrido desigual suerte, pues Misión imposible: Procotolo fantasma (2011) funcionó pero Tomorroland (2015) fue un sonado fracaso.

Después del despliegue de imaginación de todas las producciones nacidas en Pixar hasta el momento (Toy Story -1995-, Bichos -1998-, Toy Story 2 -1999-, Monsters S.A. -2001- y Buscando a Nemo -2003-), Los Increíbles fue un gran paso atrás, y luego además dieron otro más con la insulsa Cars (2006). Quiero creer que se debió a la cada vez mayor implicación de Walt Disney en la producción, que terminó con la absorción de la compañía de la lámpara en 2006.

Estamos ante una parodia de los superhéroes y de James Bond, dos géneros que se asemejan mucho (supervillanos, superguaridas). La familia protagonista y su amigo Ozono beben evidentemente de Los 4 Fantásticos (Stan Lee, Jack Kirby, 1961), pero se juega con todo el género, combinando chistes y caricaturas básicas (las inútiles capas de los trajes) con un trasfondo que parece más trabajado. La responsabilidad con la sociedad y los líos legales chocando con las obligaciones en casa como punto de partida es atractivo, tanto que parece una premisa demasiado adulta, sobre todo con la de chistes sobre el matrimonio que vemos.

Sin embargo, se decanta rápido por derroteros más sencillos, por una fábula familiar de toda la vida. Todo se basa en trillados conflictos paterno filiales y de responsabilidad, pero nos ahogamos en chistes tontos, sin que hallemos giros ingeniosos que aporten algo de novedades. En la parodia de género donde se sumerge la odisea ocurre lo mismo, se ve cada vez más limitada en gracia e inteligencia. Una vez llegamos a la isla no hay más que rascar: el villano, la guarida, la unión de la familia y la confrontación final de vuelta en la ciudad dejan la sensación de que productores y guionista se han esforzado muy poco.

Pero dejando de lado la falta de ambición, funciona bien como entretenimiento. La familia resulta muy simpática, el humor y la acción danzan a la par en una aventura muy movidita que entra bien aunque se vea venir de lejos. Destaca a lo grande Michael Giacchino, cuya espectacular partitura realza hasta el escenario menos llamativo. La animación es buena, pero un poco irregular y menos espectacular que en los títulos anteriores: hay planos muy parcos en la ciudad en contraposición con el buen trabajo en la selva.

Por otro lado, en rango de edad queda una obra un tanto ambigua. Creo que querían llegar por igual a adultos que a niños, pero una cosa es que los críos no pillen todas las referencias a la cultura pop y otra que por momentos resulte asombrosamente macabra (armas de fuego, muertes en cantidad) o extrañamente erótica (los citados chistes del matrimonio se pasan mucho de rosca).

También se criticó en su momento que parece vender una perspectiva demasiado conservadora de la familia, la sociedad y la política. De hecho, fue elegida en 2009 como la segunda mejor película conservadora de los últimos 25 años por la revista National Review, dedicada a promocionar dichos valores. Encontramos que, tras luchar contra el trabajo monótono y corrupto del padre y el aburrimiento en el hogar de la madre, lo que aprenden es a quererse y a ser felices como familia, y así se supone que todo queda resuelto. ¿Ha encontrado otro trabajo el padre, por qué ella ahora está bien si sigue atada en casa? Ah, que pueden desquitarse saliendo a ajusticiar malvados, porque han vencido al estado y ahora gozan de privilegios que los pringados de abajo no. Que conste que todo esto me parecía hilar muy fino, pero después del segundo episodio lo veo con otros ojos, porque en él es muy evidente. Así que, al contrario que las producciones previas de Pixar, todas con gran sensibilidad a la hora de tratar temas medianamente serios (destacando Buscando a Nemo, que versa sobre un niño sin madre que acaba perdido en un mundo hostil y un padre desesperado por encontrarlo), Los Increíbles acaba resultando un tanto malograda en contenido y mensajes.

No arrasó como su predecesora, Buscando a Nemo, que rozó los mil millones de dólares mundiales, pero alcanzó la nada desdeñosa cifra de seiscientos millones, y la crítica y el público la valoraron con un entusiasmo desmedido. Algunos sostenían que era la mejor de Pixar hasta el momento, es decir, ¡superior a Toy Story 1 y 2, Bichos, Monsters S.A. y Buscando a Nemo! No sé que virus contagió a todo el mundo, pero me temo que se ha extendido prácticamente a cada estreno posterior de Pixar, devaluando el término “obra maestra” para ensalzar cualquier película indistintamente de su calidad real. Querría pensar que el tiempo la estaba poniendo en su lugar, o sea, en el olvido hasta que la pillas en la tele y la ves porque es agradable, pero el estreno de la segunda parte causó de nuevo sensación y superó su taquilla con creces, así que es otra de esas veces en que no entiendo cómo funciona el ser humano.

Ant-Man y la Avispa


Ant-Man and the Wasp, 2018, EE.UU.
Género: Superhéroes, comedia.
Duración: 118 min.
Dirección: Peyton Reed.
Guion: Chris McKenna, Erik Sommers, Andrew Barrer, Gabriel Ferrari, Paul Rudd.
Actores: Paul Rudd, Evangeline Lilly, Michael Douglas, Michael Peña, Laurence Fishburne, Walton Goggins, Michelle Pfeiffer, Bobby Cannavale, Judy Greer, T. I., David Dastmalchian, Hannah John-Kamen, Abby Ryder Fortson, Randall Park.
Música: Christophe Beck.

Valoración:
Lo mejor: La mar de entretenida. Buena en la comedia, correcta en el drama familiar, protagonistas carismáticos.
Lo peor: Incapaz de profundizar en los temas latentes. Tramas dispersas, villanos flojos, falta de rumbo y nada impresionante en lo visual. El grupo de secundarios graciosos se sobreutiliza demasiado.
El título: Ale, otro traducido a medias, menudo ridículo.
Mejores momentos: Cogiendo un camión como si fuera un monopatín. La visita al colegio.

* * * * * * * * *

Como en la primera entrega, los autores esquivan temáticas de gran calado (el thriller político de Capitán América: El Soldado de Invierno), épicas gestas de dioses (Thor: El mundo oscuro, Thor: Ragnarok), dilemas éticos de altos vuelos (Los Vengadores: La era de Ultrón), lo místico y paranormal (Doctor Strange), etc., para buscar un divertimento sencillo, un héroe pequeño, con sus problemas personales y familiares e historias de superación más mundanas. Pero, como en la primera parte, se pasan un poco de frenada, porque todo ello no significa que no se pudiera ahondar algo más en reflexiones como la alienación moral del individuo, las elecciones propias y los condicionantes externos que te llevan por un camino u otro, las responsabilidad, la redención, etc., todos latentes con los problemas con la ley de Scott Lang y los Pym (agravados por los eventos de la Guerra Civil) y con los villanos elegidos, Fantasma y su cuidador.

Lo cierto es que inicialmente apunta maneras. La relación de padre e hija versus la necesidad de aventuras y el tira y afloja con la ley generan situaciones variadas y divertidas. La responsabilidad del héroe aparece pronto, con la disyuntiva de elegir ayudar a los Pym saltándose las normas o centrarse en los suyos y complacer al sistema. La dinámica entre Scott, Hank y Hope es mejor aún, se materializan otras relaciones normales y corrientes pero atractivas con las que es fácil conectar y a veces sentirse reflejado. La aparición de Fantasma pone más dificultades en su misión y un buen toque de intriga. Cuando conocemos su situación se presentan otros conflictos morales interesantes: no es un villano acartonado, sino un ser humano que ha sido empujado al mal camino y la desesperación lo lleva a cometer actos con consecuencias poco meditadas.

Pero el relato entra en una dinámica de vueltas en círculos con todos estos frentes abiertos sin avanzar con determinación en una dirección clara. El drama pasa poco a poco de simpático a previsible, y la aventura no le confiere nuevos giros y lecturas que lo realcen. No se llega a explorar el potencial de los temas jugosos que hay latentes, pues termina inclinándose del todo por la comedia y la acción. Fantasma y el científico pasan sin dejar huella alguna, sin abordar los discursos éticos que ponían en bandeja. Con Scott y los Pym igual, los escritores se obsesionan con el reto de rescatar a la madre y dejan de lado las reflexiones que había latentes, de hecho, tan si quiera llega a materializarse ningún cambio notable en sus formas de ser. Así que la cinta no logra adquirir la trascendencia necesaria para que te impliques de lleno con la historia y te mantengas al lado de los personajes, pues se va perdiendo la conexión cuando las cosas se tuercen y para el tramo final te ves venir todo y no sufres con sus problemas ni temes por sus destinos. Ser una comedia no obliga a dejar de lado la profundidad y el drama, como bien han demostrado Guardianes de la galaxia Vol. 1 y Vol. 2 y Thor: Ragnarok.

También pesa el fallido mafioso, que queda como ajeno a la película, un enemigo de cartón piedra sin interés alguno que únicamente aparece aquí y allá para poner las cosas más difíciles cuando los guionistas quieren una nueva pieza de acción. Walton Goggins se ganó merecidamente con sus grandes interpretaciones y personajes en The Shield (Shawn Ryan, 2002) y Justified (Graham Yost, 2010) el ser considerado para cualquier papel de villano o tipo de dudosas tendencias, pero una cosa es tener un rol bien escrito, como aquellas o ya en cine Los odiosos ocho (Quentin Tarantino, 2015), y otra monocromáticos y sin carisma como el de Tomb Raider (Roar Uthaug, 2017) o el presente. Así que, con sus dientes postizos tan llamativos (tuvo un par de accidentes donde perdió los naturales), el pelo largo tan feo, los trajes estrafalarios y la nula personalidad que le confiere el guion, su personajillo da más bien pena, nunca supone un peligro real. A media película también cobran protagonismo los amigos de Scott, un grupo de secundarios cómicos efectivo en pequeñas dosis, pero a los que se empeñan de nuevo en sacar demasiado y únicamente como chistes andantes. Poca empatía puedes sentir por ellos con tan corto desarrollo, y también acaban lastrando algunas escenas.

Por suerte, pasan tantas cosas que mantiene un ritmo trepidante, el sentido del humor es variado y bastante efectivo, los protagonistas principales resultan muy simpáticos y las escenas de acción son sencillas pero con la combinación de todo funcionan correctamente. Hay que destacar como comedia es bastante buena, tiene infinidad de chistes locos, diálogos chispeantes y situaciones caóticas que mantienen el nivel en casi todo momento, sólo algunos excesos con los amigos de Scott parecen pasados de rosca. Momentos como el camión usado como monopatín o la entrada en el colegio pueden hacerte llorar de risa, y en toda la proyección mantienes la sonrisa.

En el sentido del espectáculo tampoco son capaces de lanzarse a por todas. La historia de la búsqueda de la mujer de Pym en el mundo cuántico podía haberse desarrollado de muchas formas, pero al final queda como un macguffin simplón, el reto objetivo mientras tienen otras aventuras, y no llega a producir tensión real, sabes perfectamente cómo acabará. Por ello mismo tenían que habérselo trabajado más, tanto buscando problemas más elaborados durante el viaje por el mundo cuántico como sobre todo en el aspecto visual, de forma que la situación asombrara, ofreciera un escenario único y un acabado deslumbrante. Pero a pesar de las posibilidades infinitas pasa lo mismo que en Doctor Strange pero agravado: no ponen mucho esfuerzo, recurren a unos pocos enredos visuales básicos y ya está. Peyton Reed dirige con el piloto automático puesto, repitiendo encogimientos y agrandamientos sin aportar soluciones narrativas y visuales novedosas. La persecución en coche termina haciéndole un poco larga y el clímax en el puerto cumple por los pelos. Entrando en el mundo cuántico es donde más se echa de menos algo más imaginativo, todo se limita a lucecitas y enredos digitales que a veces ni se entienden (dónde flotan esos tardígrados, dónde están los átomos, qué son esos bulbos lleno de colorines del destino final), hasta el punto de dejar cuestiones importantes sin resolver: ¿de qué ha vivido Janet durante treinta años, cómo se ha hecho ropas y armas, qué poderes ha adquirido?

Ant-Man y la Avispa es una película bastante disfrutable si no se espera de ella nada más que divertirse, pero si se desea que Marvel dé un giro y explore otras opciones, pues a estas alturas se puede exigir más ambición, o que tan siquiera ahonde un poco más en un potencial mayor, puede decepcionar más de la cuenta.