El Criticón

Opinión de cine y música

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El juez


The Judge, 2014, EE.UU.
Género: Drama.
Duración: 141 min.
Dirección: David Dobkin.
Guion: Nick Schenk, Bill Dubuque.
Actores: Robert Downey Jr., Robert Duvall, Vera Farmiga, Vincent D’Onofrio, Leighton Meester, Billy Bob Thornton, Denis O’Hare.
Música: Thomas Newman.

Valoración:
Lo mejor: Reparto de impresión.
Lo peor: Telefilme simplón, sensacionalista, manipulador, predecible, exagerado…

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El juez engaña por fuera gracias a su buen reparto y su aspecto de cine de primera división (fotografía de Janusz Kaminski), pero en cuanto el guion empieza a mostrar la trama y a soltar sandeces se ve su naturaleza de telefilme rancio, manipulador, simplón, predecible y aburrido.

El relato de la familia rota que intenta seguir adelante es harto previsible, los estereotipos copan todas las escenas y personajes. Las reuniones con peleas, los pequeños pasos hacia el perdón, las reconciliaciones finales… Todo se ve venir de lejos porque se escupe sin el más mínimo esfuerzo por buscar algo de naturalidad, no digamos ya originalidad. De hecho el esfuerzo se pone en realzar el tono sensiblero, dejando muy atrás lo empalagoso para legar a la más rastrera manipulación emocional. Esos secretos absurdos escondidos de mala manera (la enfermedad), esos giros tramposos (algunos que ni vienen a cuento, como la hija bastarda), esos detalles cutres para empujar al espectador más moldeable (el abogado tontito y su vómito)…

Pero conforme avanza va empeorando la cosa, porque en esta auténtica extorsión sentimental los guionistas llegan a perder el norte: el juicio es un risión. La realidad y verosimilitud se dejan completamente de lado, el proceso legal lo reinventan y olvidan para cebarse en una orgía dramática tan artificial y descarada que produce carcajadas. El interrogatorio convertido en un padre y un hijo teniendo la pelea familiar final, mientras el juez y el fiscal no hacen nada y la cámara se ceba en las caritas de pena del jurado, se convierte en una parodia involuntaria. Como era de esperar con este nivel, las pretensiones morales son dignas del Disney más conservador: el protagonista rico y distante terminará aprendiendo a ser más humano y tradicional, todo ello expuesto sin sutileza alguna.

Lo único rescatable es el sorprendente reparto que han logrado reunir. Desde secundarios de lujo como Vincent D’Onofrio y Verga Farmia (a Billy Bob Thornton no lo cuento, su papel es anecdótico), a estrellas como Robert Downey y veteranos como Robert Duvall. Todos están muy bien, pero Duvall ofrece un recital que casi hace creíble algunas escenas de esas salidas de madre. Casi.

La crítica la puso en su lugar (aunque con más suavidad de la que merece), pero a tenor del pedazo siete y medio que le da el público en la IMDd parece que muchos se han tragado este esperpento.

Dallas Buyers Club


Dallas Buyers Club, 2013, EE.UU.
Género: Drama, biografía.
Duración: 117 min.
Dirección: Jean-Marc Vallée.
Guion: Craig Borten, Melisa Wallack.
Actores: Matthew McConaughey, Jared Leto, Jennifer Garner, Denis O’Hare, Steve Zahn.

Valoración:
Lo mejor: Matthew McConaughey y Jared Leto.
Lo peor: Sensiblera y sobre todo manipuladora hasta resultar un insulto a la inteligencia del espectador (algo que por desgracia no abunda).

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Dallas Buyers Club es una cinta fácil de vender, pues aunque se base en un drama duro lo narran con recursos de eficacia probada a la hora de llamar la atención del espectador y tocarle la fibra sensible. Es una historia de superación personal, de lucha contra el sistema, de aceptación entre personas marginadas y de perdones; el clásico producto de Hollywood que aprovecha el viejo sueño americano de labrarte tu camino, de superar la adversidad, de ganar a todos los demás en una lucha desigual; y por si no fuera suficiente, además está inspirada en un personaje real. Así, es obvio que está preparada para atraer al público más facilón y ganar Óscares, unos premios muy cerrados sobre sí mismos que alaban todos estos clichés.

Ron Woodroof es un paleto conservador de libro: ignorante, drogadicto, putero y lleno de fobias hacia los que son distintos, pues su visión del mundo es la única que vale. En los años ochenta el SIDA era una enfermedad “de maricones degenerados”, y cuando le tocaba a un machote de estos por sus vicios honorables de hombres auténticos, pues se le caía el mundo encima. Woodroof vive el rechazo de sus compatriotas, que lo tildan de mariposón, se encuentra perdido en un mundo que desconoce y tiene que luchar además de contra la enfermedad contra el gobierno y las corporaciones, que son tan malvadas que le ponen trabas a su modo de vida donde no pide cuentas a nadie y hace lo que quiere. Así que se monta clínicas ilegales donde ayuda a todo el que puede, trapicheando con drogas, sorteando los agujeros del sistema, sobreponiéndose a cada golpe del destino. Un héroe hecho a sí mismo. En el proceso también aprenderá a aceptar las diferencias, a respetar las distintas formas de ver la vida: su socio será un travesti con el que hará amistad, situación que le enseñará además que sus viejos amigos no valen nada. El héroe además sabe madurar y ampliar sus miras. ¡Qué potitooooo!

El problema es que este relato se sustenta haciendo malabares y requiebros sobre mentiras, engaños y trampas que se van acumulando y transformando una historia predecible y llena de clichés pero con potencial para resultar simpática en una broma de mal gusto. En otras palabras, su posicionamiento ideológico es tan burdo y manipulador que llega a límites molestos… al menos en el caso de espectadores despiertos que se den cuenta del engaño, porque evidentemente es una cinta para el público moldeable.

Primero, la lucha de Woodroof no es una lucha real, sino puro humo y sensacionalismo. Reniega de los médicos, del hospital y de las farmacéuticas porque es un solitario ignorante y cabezón, no porque tenga razones para ello. Es decir, lo de la lucha del hombre contra el sistema no hay por dónde agarrarlo, es una pataleta de un trastornado, pero los guionistas ni se dan cuenta de las incongruencas con las que están tratando su visión de las cosas. Resulta evidente que si halla una alternativa que parece irle mejor que el agresivo AZT es por pura potra, pues se mete en el cuerpo a ciegas todo lo que se encuentra en su camino. Pero lo peor es que el tipo se monta clínicas ilegales vendiendo de todo sin control médico alguno (dosis, seguimiento, tratamiento de efectos secundarios), y los malos son el gobierno (la FDA, el órgano de control de alimentos y drogas) y los médicos. Vamos, que tuvo la increíble suerte de no matarse a sí mismo (cerca estuvo) ni a cien personas más, pero no lo presentan como un negligente que se aprovechó del miedo e ignorancia de la gente, sino como una lucha contra la injusticia. Telita.

Segundo, la crítica a la precipitada forma de sacar al mercado el AZT es legítima, y de hecho a través de las dudas de los doctores protagonistas queda clara, pero con las acciones de Woodroof lo que se hace es retorcerla demasiado y llevarla a límites que casi me parecen inmorales. Las circunstancias de la época, de puro pánico, llevaron al gobierno a permitir que el AZT se adoptara como tratamiento sin las medidas de seguridad estándares, porque no había valor para esperar los aproximadamente diez años de desarrollo que requiere un medicamento para ser fiable y seguro. El AZT no se impuso por presión de una corporación ávida de dinero, sino porque la gente lo pedía a gritos y porque era el único producto con garantías científicas demostradas, aunque fueran pocas al principio. Es vergonzoso que se señale al gobierno la negligencia de no esperar a que fuera un tratamiento bien comprobado cuando el protagonista precisamente lleva esa acción al límite, cogiendo las drogas que le vende un charlatán sin licencia e improvisando con ellas. Me temo que pocos espectadores verán esta hipocresía.

Prueba de que la lucha del protagonista ni se sustenta ni lleva en realidad a nada es que al final, por más que el diálogo torticero lo intenta disimular descaradamente diciendo que el juez no puede hacer nada a pesar de quiere, resulta evidente (de nuevo, para el espectador que no está cegato) que Woodroof pataleaba sin sentido contra la lógica y las leyes: tras terminar la proyección se indica mediante texto en pantalla que, por muchas chorradas que diga la película, en una rectificación casi en letra pequeña para colar el resto de mentiras (cual anuncio de tv tramposo), el AZT sigue siendo el medicamento más eficaz y más usado contra el SIDA, mejorando a medida que se hallaba una dosis más segura y en combinación con otros medicamentos. Si Woodroof vivió tantos años fue únicamente porque el diagnóstico inicial de un mes de vida fue equivocado, y porque se cuidó más el cuerpo (dejando las drogas agresivas), no porque hallara una milagrosa cura frente a “las mentiras” de la industria. Todo este sinsentido se remata con la ridícula escena de las mariposas paralela a la muerte del colega, donde nada sutilmente te dicen que la medicina alternativa es mejor que la científica; si hombre sí, metiéndote en el cuerpo jugos de orugas porque un charlatán lo diga es más seguro que medicamentos con estudios homologados por la comunidad científica. ¿Qué es lo que se implantó en todo el mundo, lo que tenía estudios científicos detrás o lo que no? Pues el tiempo y la realidad no parece haber transformado la visión de los guionistas sobre el asunto, por lo que se ve.

Dallas Buyers Clubs es una basura ofensiva, una mierda sensiblera y manipuladora como no veía desde John Q. Sus escritores no han perdido una gran oportunidad de narrar con objetividad un capítulo muy llamativo y trágico de la historia reciente, sino que la han esquivado con todo descaro, a sabiendas de que la fábula que te dice cómo debes pensar vende mejor que un relato complejo lleno de claroscuros y que invite a estrujarte el cerebro para ver dónde se falló y dónde se acertó, qué condicionantes sociales, ideológicos y personales dieron pie a los hechos.

Al final lo único bueno son los dos actores principales. Matthew McConaughey (el machote) y Jared Leto (el travesti) están muy bien en sus roles, mostrando con intensidad la trayectoria de los personajes: la caída al abismo, el sufrimiento, la lucha y las pequeñas victorias las hacen tangibles en todo momento. Pero como ocurre con la película en general, los medios han ensalzado estos papeles de forma que casi juega en su contra, porque se espera una interpretación revolucionaria cuando, sin quitarles mérito, no destacan más que otros muchos buenos actores; vamos, que se ven papeles de este buen nivel todos los años. En cuanto a los premios, ya sabemos que la transformación física (adelgazaron unos veinte kilos cada uno, da asquito verlos) es algo que se aplaude más que la transformación psicológica.