El Criticón

Opinión de cine y música

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Enemigo mío


Enemy Mine, 1985, EE.UU.
Género: Aventuras, drama, ciencia-ficción.
Duración: 118 min.
Dirección: Wolfgang Petersen.
Guion: Edward Khmara, Barry Longyear (novela).
Actores: Dennis Quaid, Louis Gossett Jr., Bumper Robinson, Brion James, Jim Mapp, Richard Marcus, Carolyn McCormick, Lance Kerwin.
Música: Maurice Jarre.

Valoración:
Lo mejor: Las vivencias de los protagonistas llegan con intensidad y tienen algunas buenas sorpresas. Acabado visual espectacular.
Lo peor: Le falta algo de originalidad en cada escenario, va un poco a lo básico.
Lo peor: Los productores forzaron que el final fuera en una mina porque pensaban que el público creería que el título (Enemy Mine) referencia a una.

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Dos razas en guerra, humanos y dracs. Dos pilotos, uno de cada una de ellas, estrellados en un planeta hostil. ¿Se matarán entre ellos o aprenderán a convivir? Partiendo de una premisa tomada descaradamente de Infierno en el Pacífico (1968), dirigida por John Boorman y protagonizada por Lee Marvin y Toshirô Mifune, y quizá también de Fugitivos (1958), de Stanley Kramer con Tony Curtis y Sidney Poitier, esta vez vamos un poco más allá, no por llevar la acción al espacio, sino porque la historia es algo más ambiciosa.

Basándose en la novela homónima de Barry B. Longyear (1979), que arrasó en algunos de los premios principales del gremio (Hugo y Nébula), el guionista Edward Khmara, que ese mismo año nos trajo Lady Halcón, y el director Wolfgang Petersen, que se dio a conocer al mundo con El submarino (Das Boot, 1981) y se asentó en Estados Unidos con La historia interminable (1984), combinan varios géneros, bélico, aventuras, drama y acción, desde una perspectiva intimista en la historia y grandilocuente en la puesta en escena. Dennis Quaid, muy famoso por entonces, es el humano, y el drac lo encarna Louis Gossett Jr., un actor muy reconocible en televisión, aquí oculto tras un elaborado y asombroso maquillaje.

A través de los ojos del humano somos testigos de su pequeña porción del universo. No nos paramos en las complejidades del conflicto político y militar, sino que seguimos sus propias vivencias, observando cómo estas modifican poco a poco su limitada visión, abriéndole el horizonte. Del guerrero fanático al amigo, de ahí al padre adoptivo abnegado, y finalmente dando el paso hacia la lucha contra las injusticias del sistema. La transición está muy bien desarrollada. Tiene partes previsibles al principio, pero conforme avanza encontramos más sorpresas, cambiando la diversión y la emoción de ver como la pareja sale airosa de sus peleíllas y de la supervivencia en un entorno extraño, al suspense y el drama con la aparición de los mercenarios, para en el desenlace volver a dejarte intrigado (qué le deparará la vuelta a la normalidad), pero esta vez con toques de acción (la confrontación final).

Acusa algo de irregularidad, a veces es algo lenta (hoy en día se nota más) y otras precipitada, y al tener los actos tan delimitados, si uno no te convence del todo se puede hacer algo pesado. La sensación constante es la de que no explora todo el potencial latente, y más cuando apuntaron tan alto en la puesta en imágenes. Podrían haber materializado con más detalle la relación entre los dos náufragos, que se hacen amigos muy rápido, y el drac aprende inglés más rápido aún. Podría haber más escenarios de aventuras, más criaturas alienígenas, porque la atmósfera de peligro ante lo desconocido desaparece rápido, destacando lo poco creíble que resulta que esa cabaña de troncos tan cutre pueda aguantar una lluvia de meteoritos. Faltan novedades en el desenlace también, pues aunque el alzamiento drac es conmovedor, la pelea a tortas con el matón de turno resulta muy típica.

Pero los puntos fuertes también son muchos. Se forja con rapidez una férrea conexión ue con los protagonistas, de forma que cada situación llega con intensidad aunque parezcan minucias, pues guionista y director son muy hábiles tanto a la hora de tocar la fibra sensible como soltando sutilmente ideas que parecen crecer solas. El ejemplo más notable es genial: la disputa donde la pareja insulta sus respectivos dioses, con el humano diciendo que el suyo se llama Mickey Mouse, no es sólo un chiste, sino un punto de inflexión crucial en su relación personal y cultural.

A ello hemos de sumar buenas sorpresas que cambian la situación y ponen todo patas arriba. El embarazo, los mercenarios con esclavos drac y el secuestro del niño son bastante impactantes. Y la lectura ética es obvia pero muy efectiva. El conservador cerrado de miras descubre que el universo es más complejo y gris de lo que asumía, mucho más cruel y difícil de asimilar, pero aun así le echa coraje para adaptarse y luchar por un mundo mejor. El carismático Dennis Quaid logra uno de sus mejores papeles, mostrando con gran verosimilitud la transición de soldado impetuoso a hombre con muchas cargas encima.

Manteniendo el punto de vista en el protagonista, en el final vemos sólo lo que está a su alcance, de forma que el progreso de la guerra con el cambio que ha provocado queda abierto a la imaginación. Se puede intuir que ha dejado huella en el discurrir de la historia ya con el alzamiento de los dracs y el que sea aceptada su presentación en el consejo, pero aún te deja con la duda, pensando si su logro es suficiente para plantar cara a la sinrazón y estupidez de las sociedades. Hoy en día te hubieran dado un final feliz bien mascadito.

Aun así, hay un detalle bastante chocante. En el epílogo aparece una extraña voz en off explicando lo que estamos viendo, como si no estuviera claro. Por descarte no puede ser otro que el drac anciano de la mina, pero en el momento confunde un montón. Hasta entonces era el propio protagonista quien contaba su historia (y ya aportaba lo justo), así que no entiendo el cambio ni la necesidad de sobre exponer algo tan evidente.

Sorprende que para un relato sencillo e intimista optaran por un acabado de alto nivel, aunque al estar en una era dorada de la ciencia-ficción se puede entender un poco. Pero el proyecto, que iba a ser medianamente costoso de por sí, se complicó bastante, y el presupuesto inicial de 17 millones (al nivel de Regreso al futuroRobert Zemeckis-) acabó siendo de 40 y pico (hoy en sería sobre 100 millones), comparable al de la entrega de James Bond de ese año, Panorama para matar (John Glen), o por centrarme en el género, igual al derroche un año antes de Dune (de David Lynch, que por cierto casi dirige esta pero prefirió aquella). Así que no sabe con cuánto dinero pudo trabajar Wolfgang Petersen, pues aunque luce muy bien, gran parte se perdió en los decorados y lo que llegó a rodar el director Richard Loncraine, despedido por desavenencias con el estudio, mientras que también se dedicó mucho a la campaña publicitaria para intentar recuperar la inversión.

El resultado es espectacular. Se permitieron unos decorados muy vistosos y variados tanto en exteriores, donde los paisajes volcánicos de las islas Canarias resultan inquietantes a la par que espectaculares, como en interiores (en estudios alemanes), con la cuidada recreación del exótico planeta. La dirección de Petersen explora de maravilla esa naturaleza insólita, y la estupenda y sombría fotografía ayuda a potenciar el entorno extraño. La música corrió a cargo del afamado Maurice Jarre, pero es flojilla, no aprovechó el potencial del género.

Cabría pensar que la fascinación por la ciencia-ficción y la fantasía atraería más gente, que el tono asequible para todos los públicos (quitando un par de muertes muy gore que no sé a qué vienen) y el tirón de Dennis Quaid darían pie a un éxito seguro, pero se la pegó a lo grande en taquilla y la crítica la recibió con tibieza. Al menos no afectó a la trayectoria de Quaid, que lo pilló en la etapa más exitosa de su carrera, entre Elegidos para la gloria (1983) y El chip prodigioso (1987). Probablemente en el mercado doméstico nacional e internacional (alquiler y venta de derechos para televisión) dio mejores resultados, porque con el boca a boca se convirtió pronto en una obra de culto.

Elegidos para la gloria


The Right Stuff, 1983, EE.UU.
Género: Drama histórico.
Duración: 193 min.
Dirección: Philip Kaufman.
Guion: Philip Kaufman, basado en la novela de Tom Wolfe.
Actores: Sam Shepard, Scott Glenn, Ed Harris, Dennis Quaid, Fred Ward.
Música: Bill Conti.

Valoración:
Lo mejor: Buen reparto y dirección.
Lo peor: Relato inconsistente, sin rumbo ni intenciones claras, con achaques notables como un pésimo sentido del humor. Duración desmedida e injustificable.

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No conocía esta película hasta que me topé con ella por casualidad, y me llamó pronto la atención: muy buenas críticas, reparto potente y temática centrada en la carrera espacial. Pero la decepción ha sido enorme, la cinta arrastra una serie de fallos que frenan casi por completo su potencial.

Enseguida salta a la vista que Philip Kaufman, guionista y director, no tiene claro qué contar, si la historia de unos pilotos militares, los inicios de aviación a propulsión, o el comienzo de la carrera espacial. Todo lo mezcla formando un relato muy inflado, saltando de una historia a otra sin un rumbo claro. En este galimatías no termina de centrarse en ningún arco concreto, con lo que a pesar del enorme metraje (¡tres horas y diez minutos!) no parece que llegue a contar una historia cerrada. Quizá el problema ya estaba en la novela de Tom Wolfe en que se basa, pero no la he leído y me centro en lo que veo en la película.

Pide a gritos recortarle más de una hora y centrarse en lo que parece más relevante, el proyecto Mercury. Hay personajes y secciones enteras a borrar. Tomando la carrera espacial como argumento central lo más evidente es preguntarse qué narices pinta Chuck Yeager chupando tanto tiempo, si su historia es paralela a todo lo demás. Sencillamente a Kaufman le mola el personaje y lo metió a la fuerza. Así, el inicio en la base de aviación experimental no llega a aportar nada. Para decir que algunos astronautas vienen de ahí no hace falta un prólogo eterno que finalmente está claro que no aporta nada esencial al dibujo de esos protagonistas. Igualmente hay recesos que no sé cómo no se quedaron en la sala de montaje, como esa aparición de indígenas australianos que casi destroza por completo el ya de por sí endeble clímax final. En el afán de incluir algunas anécdotas también se le va la mano: toda una larga escena para decir que los astronautas llevan pañales. Es más, esa escenita de marras es muestra también del pésimo sentido del humor del que hace gala. Se ve que pensaba que tenía entre manos algo muy denso, e intenta aligerar el tono metiendo chistes, pero madre del amor hermoso, qué cutres son todos. El remate llega con la pareja de secundarios cómicos, esos parias encargados de seleccionar astronautas, que llegan a rivalizar con Jar Jar Binks y el cejijunto de El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos como los peores personajes que he visto.

Con tanto desvío y achaques al final no consigue narrar bien el programa Mercury. La rivalidad con Rusia y cómo estos vapulearon a Estados Unidos en la carrera espacial apenas se señala, con lo que no queda bien retratado el panorama político que llevó a realizar semejante esfuerzo. Aunque aquí supongo que entra la lectura patriótica: no se atreven a hacer una cinta objetiva y crítica. Solo un detalle interesante se puede encontrar: los astronautas en un inicio apenas pasaban de ser cobayas, como los perros y monos. Tampoco se ofrece la perspectiva de los científicos, que quedan como secundarios mientras sólo se habla de lo que molan los pilotos. Lo que queda son anécdotas enlazadas una detrás de otra, y después de tantas vueltas y minutos no sólo no puedes llegar a hacerte una idea clara de los hechos, sino que tampoco hay mucha evolución de personajes. Hacia el final hay un interesante capítulo sobre el fracaso de uno de los pilotos, y de John Glenn sacan algo de chicha en un par de pasajes, pero teniendo tanto tiempo es imperdonable que no consiguiera que todos los protagonistas fueran complejos y llamativos. Kaufman tira de tópicos y de ahí no se mueve: tenemos el joven vacilón, el veterano frío, el corto de miras y algo bruto, el inteligente y reflexivo…

La única forma de entender las críticas que tiene es porque en EEUU adoran los relatos históricos y patrióticos de superación, pues la película que me he encontrado yo hace aguas por todas partes. No vale como documental, ni como épica de aventuras, ni como gran gesta de la humanidad. Se salva porque como compendio de anécdotas consigue ser digerible aunque dure mucho y no llegue a nada, y sólo algunos tramos se hacen realmente cargantes. Además la puesta en escena es sólida y el reparto también. Con eso consiguen que las tres horas no sean insoportables si haces un par de descansos, pero desde luego queda lejos de ser una buena cinta.