El Criticón

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Parásitos


Gisaengchung, 2019, Corea del Sur.
Género: Drama, comedia, suspense.
Duración: 132 min.
Dirección: Bong Joon Ho.
Guion: Bong Joon Ho, Jin Won Han.
Actores: Kang-ho Song, Sun-kyun Lee, Yeo-jeong Jo, Woo-sik Choi, So-dam Park, Jeong-eun Lee, Hye-jin Jang, Ji-so Jung, Hyun-jun Jung.
Música: Jaeil Jung.

Valoración:
Lo mejor: Ingeniosa crítica social, con humor ácido y negro y algunos buenos giros. Excelente puesta en escena y buen reparto.
Lo peor: Muy desequilibrada en ritmo e interés, el guion parece sin terminar. El primer tramo es lentísimo, el final caótico y el epílogo totalmente fallido. La campaña mediática encumbrándola como obra maestra se ha ido totalmente de madre.

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Alerta de spoilers: Describo bastante de la premisa, el tono y algunas escenas sueltas, pero creo que no revelo nada crucial. —

Parásitos ofrece un retrato costumbrista verosímil y delicado unas veces, otras lo retuerce con humor negro y giros con mala leche, con lo que consigue mostrar lo mejor y lo peor del panorama, conmovernos, hacernos reír y a la vez dejarnos mal cuerpo.

Los miembros de una familia pobre, los Kim, empalman trabajos de mala muerte (eso cuando los encuentran) para sobrevivir el día a día mientras anhelan salir de la miseria y tener una vida de ensueño. La posibilidad se la encuentran cuando una familia rica, los Park, contrata a uno de ellos para unas clases particulares a su hija, y deciden montarse una serie de engaños para que terminen contratándolos a todos en diversos puestos del servicio.

La descripción de ambas familias, de los estratos sociales tan diferenciados, está muy cuidada, y los personajes son bastante encantadores cada uno a su manera. Dan algo de pena, se ve ligeramente alguno de sus defectos, lo justo para hacerlos humanos y conectar con ellos antes de empezar a desbaratar las cosas. El cruce entre los dos grupos abre la caja de pandora, muestra los vicios, las vilezas, la estrechez de miras, el clasismo… Los pobres se convierten en parásitos de los ricos, chupando de su dinero y lugar acomodado, pero es evidente también que los ricos han sido hasta ahora los parásitos de los pobres, logrando su posición a través de la explotación de estos.

Con gran ingenio el autor va urdiendo los engaños para conseguir los puestos y mantener la posición de rémoras en la casa, pasando poco a poco del drama social a la comedia de enredos. Pero también empieza a aportar inesperadamente un humor negro donde no deja títere con cabeza, pues todos los protagonistas quedan fatal, egoístas, cabrones, irresponsables, y la crítica se torna despiadada y casi surrealista. Y cuando ya te habías hecho al nuevo tono le da un giro insólito hacia el suspense, con un tramo de subidón donde todo se torna muy impredecible, para en el tramo final desbarrar en una orgía esta vez sí surrealista del todo.

Siendo el director Bong Joon Ho el principal artífice del guion (en colaboración con Jin Won Han), tenía muy claro cómo darle forma en imágenes. Esta historia bien podría adaptarse al teatro, pero el realizador no desaprovecha las posibilidades del lenguaje cinematográfico, y aparte de lograr un acabado versátil y por momentos deslumbrante también aporta buenas dosis de inteligencia.

Algunas cosas puede parecer obviedades, como que unos vivan en una zona fea y otros en una bonita, pero lo enriquece con detalles muy bien pensados. Los Kim tienen su morada en un semisótano, como siendo pisados por el resto de la ciudad y casi convertidos en una parte más de las alcantarillas (la gente les mea casi encima, las lluvias los inundan), los Park viven en la parte alta, aislados en una mansión de apariencia impenetrable por fuera pero acogedora por dentro. Hay escenas que lo exprimen muy bien: unos cruzan arcenes de autovías, puentes, callejones… hasta llegar a sus casas, los otros unos van cómodamente en coches de lujo con chófer; la lluvia purifica a los de arriba, y se lleva la mierda hacia los de abajo. La casa de los adinerados, escenario principal, aparte de resultar impresionante en su diseño se aprovecha bien en el acabado visual. El director juega hábilmente con el entorno mediante buena planificación y grandes angulares, obteniendo algunos planos hipnóticos y sin dejar lugar al estancamiento, pues cada habitación y rincón tiene su presencia justa.

El reparto está estupendo, destacando Yeo-jeong Jo como la inocente tirando a boba esposa Park, y el rostro más conocido, Kang-ho Song, colaborador habitual del realizador, que muestra muy bien la evolución del personaje y en general de la historia: la desgana inicial, el entusiasmo cuando las cosas van bien, y la frustración y rabia cuando la realidad explota en sus caras.

Pero la brillantez de los buenos momentos contrasta con unas carencias muy graves. Me faltan por ver Crónica de un asesino en serie (2003), en teoría su mejor trabajo, Ojka (207) y Mother (2009), pero en The Host (2006) y Rompenieves (2013) yo he encontrado en Bong Joon Ho un autor muy irregular, con potentes ideas que se quedan a medio camino (la del monstruo que asola Seúl) o se estrellan en su ejecución (la torpe distopía en tren). Y aquí siguen muy presente estos problemas.

He de remarcar bien en este notable desequilibrio, porque la cinta ha entrado en este juego de adoración ciega que se lleva ahora, donde una serie de factores se acumulan, y de repente algo se convierte en intocable, irrebatible, o en este caso en una obra maestra. Sobre todo pesa la imposición de internet y las redes sociales, donde o estás totalmente a favor de algo o totalmente en contra, no hay términos medios, mesura, razón y objetividad. No sé si os habéis fijado, pero en la red ya no hay críticos serios de arte, casi no quedan blogs de divulgación de cultura y ciencia, son todos youtubers y webs de clicbaits, generadores de tendencia que funcionan sin argumentos sólidos y veraces, sólo con contenido facilón, complaciente, con ganchos y fórmulas de interacción que atrapan a la masa y la mueven en una dirección sin pensar por sí mismos, y todo acaba arrastrando también a supuestos medios serios, que no se juegan las visitas por ir a contracorriente de la moda. Es más, estoy convencido de que mucha gente la ve por la inercia impuesta pero no le gusta… y no se atreve a decirlo.

¿Cuántas obras maestras en cine y series llevamos estos últimos años, según dictan estas fórmulas? Van camino de ser incontables. Pero obras tan sobrevaloradas sin razones objetivas son pronto olvidadas mientras los títulos de mayor calidad que han sido más o menos dejados de lado se asientan y son recordados en la posteridad. Parásitos quizá quede como una rareza o cinta de culto, porque no está nada mal y el toque coreano le da exclusividad, pero otras que se han ensalzado este año, como Joker (Todd Philips), 1917 (Sam Mendes) y El irlandés (Martin Scorsese) se las llevará el viento, mientras Historias de un matrimonio (Noah Baumbach), Jojo Rabbit (Taika Waititi) y sobre todo Los Vengadores: Fin del juego (hermanos Russo) no tengo dudas de que tienen lo que hay que tener para recordarlas durante mucho tiempo.

Primero, tenemos algo obvio y que precisamente en una valoración que pretende ser seria no se debería olvidar: lo pue propone Bong Joon Ho no es nuevo, es un género tan antiguo como el teatro mismo, y si bien aporta algunas novedades llamativas, no tantas como para subvertirlo y reinventarlo del todo, requisito imprescindible para hablar de un hito del cine. No es American Beauty (Sam Mendes, 1999), por poner un referente de crítica social que sí rompió esquemas, ni hace la mitad de gracia que la magnífica La cena de los idiotas (Francis Veber, 1998), a la que recuerda bastante por su fórmula teatral y el clasismo que se sale de madre.

Segundo, su propia fórmula, tan prometedora y que ofrece buenos tramos de diversión y drama inteligente, otras veces hace aguas, lastrando el ritmo, el potencial latente, y dejando la sensación de que el guion está inacabado, de que rodaron partes improvisándolas. Para empezar, hay muchas cosas cogidas por los pelos que te tienes que creer porque sí, como el selfie tan conveniente, que se traguen lo de la enfermedad sin preguntar si quiera ni pedir pruebas médicas, que se escondan debajo de una mesa sin ser vistos (y más cuando al pasar por escalera y tumbarse en el sofá pone la vista a ras del suelo), etc. Hay que hacer demasiados actos de fe para entrar en el juego.

Pero los problemas graves son de ritmo, tono e intenciones. El primer acto es muy disperso, Bong Joon Ho no consigue presentar la situación de los personajes con celeridad y fuerza, tarda demasiado en generar interés y en entrar en lo importante. Para mostrar los intereses del hijo adolescente y conseguir el primer trabajo tiene que quedar con su amigo y hablar de cosas irrelevantes en la trama durante largo rato hasta conseguir concretar algo útil. Había mil formas mejores de introducir la historia, de mostrar las motivaciones de los protagonistas en menos tiempo, y para colmo, el colega no vuelva a tener presencia alguna.

El acto central concentra demasiado las buenas ideas, sin tiempo a veces para que estas respiren o se aprovechen del todo, aunque no llega a ser grave, el problema es el desequilibrio con los otros segmentos. El tercer acto peca de no saber muy bien por cuál de los diversos caminos posibles debe tirar, y el relato se torna demasiado caótico, un festín de giros y muertes excesivo en violencia y que abandona la crítica dura pero sutil y opta por fuegos artificiales absurdos.

Para terminar de romper el hechizo, tiene una serie de epílogos aburridos y que no aportan nada. Tampoco es capaz de cerrar la trayectoria de los personajes sin torpes transiciones, una repentina voz en off, y largas dosis de información innecesaria. Bastaba con dejar las cosas abiertas (a ser posible tras un desenlace más inspirado), en plan la vida sigue, las diferencias sociales también, pero a la larga se nota que tiene preferencia por unos personajes sobre otros: es un tanto complaciente con los Kim.

Que los pobres sean astutos y cultos y los ricos ingenuos e incultos no convence. Es ley de vida, unos tienen tiempo y recursos para el ocio y la cultura de alto nivel, los otros apenas tienen acceso a la wifi (literal, es una escena de la película). Pero aunque pasemos este detalle por alto no se puede olvidar otro más claro: estira un relato ya terminado para añadir una especie de victoria que no viene a cuento con los Kim, y a la vez se olvida de los Park, que tenían una historia abierta, la del hijo pequeño, donde el fantasma y el morse apuntaban a un encuentro final en el que plantara cara o algo así.

En el acabado también tiene sus irregularidades. La tensión de algunas escenas podría estar mejor trabajada (el escondite debajo de la mesa no funciona), la parte de acción deja de lado la puesta en escena templada y patina en un caos ininteligible, y además se torna gore sin estar plenamente justificado. También hay algún gazapo muy cantoso: corren sin zapatos hacia la calle… y en ella aparecen con ellos.

Parásitos resulta un buen divertimento. Tiene tanto aciertos gratificantes como fallos que te sacan un poco de la proyección, pero resulta recomendable en general si te gusta la tragicomedia social. Y como es obvio, no hay manera alguna de justificar lo de obra maestra, es decir, tanto ensalzamiento y tanta exposición puede jugar mucho en su contra al predisponerte a esperar algo que no es.

Frances Ha


Frances Ha, 2012, EE.UU.
Género: Comedia, drama.
Duración: 86 min.
Dirección: Noah Baumbach.
Guion: Noah Baumbach, Greta Gerwig.
Actores: Greta Gerwig, Mickey Sumner, Adam Driver, Grace Gummer, Michael Zegen, Michael Esper, Charlotte d’Amboise.

Valoración:
Lo mejor: Guion capaz de tocar la fibra sensible con una encantadora y verosímil descripción de la entrada en la edad adulta. Dirección también muy hábil. El papel de Greta Gerwig ofrece un torrente de emociones.
Lo peor: ¿Qué sentido tiene el rodar en blanco y negro? Entre eso y algunas referencias rebuscadas, se les ve el plumero cultureta o hípster a sus autores.
Mejores momentos: La patética ruptura con el novio, la carrera al cajero, la cena con nuevos amigos, la revelación de dónde sale lo de Ha.

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¿Harto de películas de crecimiento y superación personal prefabricadas, de dramas humanos llenos de clichés y sensacionalismo que intentan obstinadamente decirte cómo debes sentirte, del estilo El libro verde (Peter Farrelly, 2018), Captain Fantastic (Matt Ross, 2016), Dallas Buyers Clubs (Jean-Marc Vallé, 2013), Descifrando enigma (Morten Tyldum, 2014)…? ¿O de otras mejor intencionadas pero que no terminan de alejarse lo más mínimo de todos los tópicos, como An Education (Lone Scherfig, 2009) y Brooklyn (John Crowley, 2015)? ¿O de las que tiran de artificios para fingir que traen novedades, como Boyhood (Richard Linklater, 2014) o Las ventajas de ser un marginado (Stephen Chbosky, 2012)?

Pues te recomiendo a la nueva ola del cine independiente neoyorkino que viene a relevar a Woody Allen con autores jóvenes muy inspirados que nos ofrecen relatos por lo general más originales e ingeniosos, con un trasfondo más culto y versátil, y sobre todo mostrando la realidad de forma más natural y muchas veces también con cierto toque crítico. En la cresta están Noah Baumbach y Greta Gerwig, quienes han conseguido hacerse un hueco en una industria cada vez más restrictiva copando nominaciones y premios y llegando a más público de lo que sus limitadas distribuciones iniciales hubieran permitido, gracias a títulos tan llamativos como Una historia de Brooklyn (2005), Frances Ha (2012), Lady Bird (2017) e Historia de un matrimonio (2019).

Frances Ha es una estupenda descripción de la entrada en la edad adulta, pero también un entretenimiento de primera si su fachada hípster no te echa para atrás. Si el cine comercial peca demasiado de intentar complacer, en el indie a veces se nota el intento de demostrar cuánto sabes y lo alternativo que eres. La fotografía en blanco y negro no aporta nada, es más, es contraproducente si quieres mostrar la vida en Nueva York de forma natural. Y la multitud de referencias culturales a veces parece un tanto rebuscada, como si sus autores quisieran demostrar que viven entre una élite selecta; aunque otas veces lo cierto es que se agradece: la selección musical huye de las típicas canciones románticas y emotivas de siempre. A mí este estilo propio tan marcado no me ha molestado, lo considero un desliz menor en una cinta en realidad muy cercana a cualquier tipo de espectador. Por poner un ejemplo bien conocido, no hablamos de la pretenciosidad insultante de Roma de Alfonso Cuarón (2018). Pero cierto es que si quieres vivir de tu cine, que llegue a mucha gente, los aires de grandeza no son una buena idea. Para la masa de espectadores, cada vez menos dada a obras que parezcan mínimamente inteligentes, es poner de repente una barrera muy alta, aunque a la hora de la verdad sea una fachada y el contenido sea no sólo apto para todos los públicos, sino que tiene todas las de calar hondo.

Seguimos la vida de una veinteañera que ve llegar los treinta con unos amigos que pasan a la etapa adulta, con la responsabilidad del trabajo y la familia, y otros que viven felices en la fase de estudiantes con trabajillos fáciles, mientras ella se va quedando en tierra de nadie, sin lograr encajar del todo en una fase que su subconsciente le dice que debería dejar atrás ni superar los miedos para aceptar que tiene que entrar en otra. Amores, familias, amistades y fiestas. Trabajo y esperanzas. Baches emocionales, problemas diversos, contradicciones, miedos. La historia resulta muy cercana introspectiva, funciona como un verosímil y conmovedor reflejo de la vida real, hasta el punto de que muchos se identificarán a fondo con la protagonista.

La cinta es ingeniosa y divertida en la comedia, con diálogos ágiles, humor sutil y unos toques de mala leche muy bien puestos: el egoísmo de Frances se lleva buenos palos, la indecisión y mentirijillas de algunos amigos otros tantos. Es muy entretenida en las diversas aventuras que tienen sus encantadores protagonistas, con situaciones variadas y por lo general impredecibles o al menos con un toque distintivito. Es emotiva en el drama, sin parecer forzada o guiada en ningún instante. Entre el guion tan inteligente y certero de Baumbagh y Gerwig y la interpretación de la propia Gerwig tan espontánea y enérgica consiguen un personaje deslumbrante. Sus vivencias y las de sus amigos cobran vida ante nuestros ojos con tal naturalidad que a veces quieres abrazarlos, otras te ríes con sus meteduras de pata, otras querrías abofetearlos, y otras te sentirás identificado y reflexionarás sobre tu propia existencia.

También hay que alabar la sobria y efectiva labor de dirección de Baumbagh y la fotografía de Sam Levy. Más allá del enredo del blanco y negro, entre ambos logran dotar de belleza, ritmo y energía a un relato que por naturaleza podría haber resultado muy teatral, incluso televisivo, pues gran parte de las situaciones ocurren en pisos y habitaciones. Cada escena está llena de movimiento, la fotografía juega con habilidad con la profundidad de campo, y hay no pocos instantes muy ingeniosos a la hora de rematar la situación emocional de la protagonista. Dos ejemplos claros: cuando está en el trabajo de informadora en una mesa en la universidad se siente atrapada, y el plano lo potencia al no apartarse del rincón de la mesa; cuando está eufórica corre por las calles y la cámara la sigue en un ágil ballet.

No tuvo mucha suerte con la distribución y la campaña publicitaria a pesar de que sus autores ya eran conocidos tanto en el circuito independiente como en los certámenes de premios grandes de la industria, pues Una historia de Brooklyn tuvo nominaciones a mejor guion en los Oscar y en los Globos de oro a mejor comedia (siendo mucho más un drama…) y mejores actores principales; solo arañó una nominación de Gerwig a mejor actriz en los Globos de oro, y además tardío, en la ceremonia del 2014, que para mí sin duda merecía ganar aunque Amy Adams estuviera espectacular también en La gran estafa americana (David O. Russell, 2013). Fue el boca a boca lo que hizo que se ganara poco a poco las alabanzas y el renombre que merece y que se mirara con más respeto a sus autores. Pero, como suele pasar, los Oscar y Globos intentaron enmendar su error más adelante nominando a cantidad de premios a Lady Bird de Gerwig, una cinta mucho menor que no merecía tanta repercusión, y desde entonces, parece que cualquier cosa que hagan ambos es suceptible de ser colmada de nominaciones (este 2019, Mujercitas de Gerwig e Historia de un matriomonio de Baumbagh), aunque luego repartan los premios con su criterio tan absurdo.

El irlandés


The Irishman, 2019, EE.UU.
Género: Drama, suspense, histórico.
Duración: 209 min.
Dirección: Martin Scorsese.
Guion: Steven Zaillian, Charles Brandt (novela).
Actores: Robert De Niro, Al Pacino, Joe Pesci, Harvey Keitel, Ray Romano, Stephen Graham, Bobby Cannavale, Kathrine Narducci, Anna Paquin, Stephanie Kurtzuba.

Valoración:
Lo mejor: El colosal trío de actores principales: Robert de Niro, Al Pacino, Joe Pesci. El tono crepuscular le otorga un toque novedoso.
Lo peor: Metraje desmedido, historia sin rumbo, pasajes anodinos, personajes secundarios sin interés… Lejos de la épica de mafias que defienden muchos, es más bien una miniserie televisiva de escasa calidad y profundidad.

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En Estados Unidos siempre ha existido predilección por figuras fuera de la ley. Tanto el prototipo de forajido del oeste como gente famosa como Bonnie y Clyde se han llevado numerosas películas que idealizaban sus andanzas. Sin embargo, la llegada de El padrino (Francis Ford Coppola, 1972) dio un nuevo giro a esta tendencia, aumentando la complejidad y verosimilitud del mundo del crimen representado pero también su halo mitificador, lo que lejos de resultar anacrónico encandiló a medio mundo. Y en televisión, Los Soprano (David Chase, 1999) revivió muy bien ese estilo al llegar el nuevo milenio, aportando un toque de humor negro genial. Volviendo a la gran pantalla, Martin Scorsese se puede considerar el máximo exponente de esta línea, con Malas calles (1973), Taxi Driver (1976), Uno de los nuestros (1990), Casino (1995), Gangs of New York (2002), Infiltrados (2006), El lobo de Wall Street (2013)… todas historias donde los criminales resultan más o menos entrañables y sus aventuras embriagadoras en vez de parecernos vidas deleznables y crímenes grotescos; incluso en los casos en que sí quería señalar la violencia, lo hacía con cierto humor negro.

Precisamente este favoritismo por un género, por no decir abuso, propició que sus declaraciones a finales del año 2019 afirmando que el cine contemporáneo estaba engullido por la saga Marvel, a la que no considera ni cine, le hicieran quedar como un carcamal y un idiota de cuidado, más aún teniendo El irlandés a punto de estrenar. ¿Cómo se puede ser cineasta, haber estado décadas saturando con un género y luego despreciar otro en su época de esplendor, que ha dado numerosos títulos notables e incluso sobresalientes y que haciendo cuentas realmente no pasa de tres o cuatro estrenos al año entre más de un centenar de obras diferentes? Entró en el debate de géneros y autores rechazados por las grandes distribuidoras como elefante en una cristalería, equivocando de objetivo su crítica y sin ver que las virtudes de las nuevas tecnologías y los nuevos modelos de negocio le han permitido llevar a todo el mundo una cinta obviamente difícil de colar en salas. Pero, como siempre digo, hay que separar la persona del autor, y vamos a centrarnos en la película.

El irlandés rompe la tendencia al ofrecer una de gángsteres y mafias con un tono crepuscular, como en el cine del oeste cuando autores como John Ford y Sam Peckimpah, hartos de la línea dominante tan idealista y blanda, optaron por perseguir historias más realistas y crudas.

Para empezar, el protagonista es un don nadie y acaba más o menos igual, no es un gran capo o un tipo hábil que va ascendiendo. Jefes varios lo usan como matón y guardaespaldas por su falta de escrúpulos, pero de recursos intelectuales y ambición anda muy escaso. Esta vida deja secuelas en la familia y amistades, y garantiza soledad para quienes sobreviven a años de violencia.

Basándose en general en hechos reales seguimos la historia de Frank Sheeran (Robert de Niro), un conductor de camiones que empezó con trapicheos de contrabando y acabó siendo sicario de mafiosos varios (algunos inventados por los autores, como el rol de Joe Pesci, Russell Bufalino, otros reales) y finalmente guardaespaldas de Jimmy Hoffa (Al Pacino), el sindicalista más famoso de la época, muy conectado con el mundo del crimen.

El reparto es excepcional y recupera varias estrellas en una larga decadencia. Dos pesos pesados de los años setenta, ochenta y noventa como fueron De Niro y Pacino llevan veinte años (¡veinte!) enlazando trabajos que les dan de comer sin esfuerzo, películas más o menos mediocres y papeles donde o pasan de todo o sobreactúan sin mesura. Desde Ronin (1998), De Niro sólo pareció esmerarse un poco en El lado bueno de las cosas (2012), y Pacino, desde El dilema (1999) e Insomnio (2002) y un poco también en la miniserie Ángeles en América (2003), anduvo el mismo camino. Pesci por el contrario no ha sido de los de aparecer en dos o tres películas por año, y desde el 2000 andaba medio retirado, con sólo dos papeles, El buen pastor (2006) y Love Ranch (2010).

En El irlandés están al nivel de los mejores años de sus carreras. La contención fría, rígida, de De Niro es inquietante, se ve a un asesino sin escrúpulos… pero también a una persona sencilla. Al Pacino tiene entre manos a un embaucador de nivel, pero sorprende al limitar bastante la gesticulación de sus peores momentos y aun así conseguir un personaje que te atrapa en su órbita gracias a su arrolladora personalidad. En Pesci se nota más aún la contención, dado sus papeles cómicos aun dentro del género (en Uno de los nuestros era un loco de cuidado). Incluso ante estos dos colosos destaca con una interpretación tan verosímil como entrañable, un mafioso que está por encima de todo, cuya veteranía y convicción le hacen ir por la vida con una tranquilidad pasmosa. En cuanto a secundarios, hay muchos habituales en cine o televisión, pero con apariciones bastante breves, así que aunque cumplan como buenos profesionales ninguno logra dejar huella: Harvey Keitel, Anna Paquin, Bobby Cannavale, Stephen Graham y otros tantos.

Sin embargo, hay un aspecto polémico. El anunciado rejuvenecimiento facial de actores que sobrepasan los setenta pero interpretarían a personajes en distintas épocas, empezando por la treintena o menos, se iba a mirar con lupa, pues aunque ya se había visto en algunos episodios de Los Vengadores con resultados magníficos, destacando Capitana Marvel, ya se sabe que la ciencia-ficción y fantasía muchos no las cuentan como cine de verdad, así que hasta ahora no había realmente gran expectación por ver los resultados; para aumentar el sinsentido, los efectos especiales los hacen los mismos, Industria Light and Magic

El trabajo con los rostros es como en los ejemplos citados impecable, superando con creces a aparatosos maquillajes. No limita la interpretación de los actores, no canta a efecto digital… Pero en este caso hay dos puntos de choque que confunden e incluso molestan y terminan empañando el logro. El primero es que De Niro lleva lentillas o trabajo con ordenador también para ponerle los ojos tan claros que tenía la figura en que se basan, y resulta tan raro que te puede costar bastante rato acostumbrarse, porque te saca bastante del personaje, estás todo el rato pensando que algo no cuadra. Lo segundo es que siguen teniendo setenta años en sus movimientos, y en las escenas más activas se nota mucho, pero cuando entran en juego los dobles de cuerpo (peleas y caídas) la diferencia provoca carcajadas. Así que, al final cabe preguntarse si no es mejor el simple y efectivo recurso de contratar a distintos actores para distintas edades, o al menos haber seleccionado a unos cuarentones y usar la técnica para envejecer también. Por otro lado, hay otro caso extraño que resulta aún más desconcertante: coger a un actor relativamente joven y en forma como Domenick Lombardozzi (el detective tontorrón Herc de The Wire -2002-) y meterlo en un disfraz de gordo y anciano produce unos resultados ridículos.

Dejando estos detalles aparte, los problemas de la cinta son otros más importantes. No hay más virtudes destacables en ella aparte del excelso reparto, y sí una gran acumulación de peros y fallos desde el concepto a la ejecución. Scorsese cree haber conseguido una gran épica de género, compleja, larga, desbordante de contenido y emociones, al estilo El padrino (la segunda parte, sobre todo) y Uno de los nuestros… pero está más bien en la onda de Sergio Leone con su lenta, caótica, no lineal y semionírica Érase una vez en América (1984), que entusiasmó a sus seguidores acérrimos pero confundió y aburrió a muchos otros, cinéfilos y espectadores casuales, y estos, ante tan abrumadora recepción, prefieren callar antes de que se les trate de incultos. Pues yo voy a decirlo claramente y sin miedo: El irlandés no es una buena película, y llamarla obra maestra es una barrabasada insostenible.

Es demasiado larga e irregular, no se centra, no ofrece un rumbo y un contenido claros y consistentes. Ni siquiera me vale decir que con tres horas y media se puede considerar miniserie y ver por partes. Le sobra prácticamente la mitad, una ingente cantidad de material inane que lo que logra es rebajar su categoría de gran epopeya cinematográfica a miniserie televisiva de escaso calado y calidad.

Al menos Netflix ha tenido suerte con su éxito y la multitud de nominaciones a premios, lo que le permitirá atraer a más autores de este calibre. Es más, que Scorsese haya tenido un patinazo (o dos, contando la insustancial y tediosa Silencio -2016-) no significa que no vuelva a ofrecernos otro gran título.

El repertorio de anécdotas y curiosidades funcionó a las mil maravillas en Uno de los nuestros y no resultó nada mal en El lobo del Wall Street, dos historias generosas en metraje y años abarcados pero que gozaban de un ritmo trepidante, un hilo conductor claro y unos personajes que evolucionaban a ojos vista. Aquí, entre anécdota y anécdota puede haber quince minutos de vacío, y hasta llegar a un tramo interesante quizá hay que soportar media hora de vaguedades y vueltas en círculos. De hecho, la historia realmente tarda cuarenta minutos en empezar, pues hasta la aparición de Jimmy Hoffa prácticamente no ha pasado nada. Una presentación del protagonista, diréis. Pero lo que cuenta cabía en diez minutos más o menos. Mostrar a Frank iniciando sus trapicheos, entrando en contacto con Bufalino y empezando a matar para la mafia no necesitaba una exposición tan extendida y superficial. Scorsese tira de una narración no lineal para aumentar el tono melancólico (en el viaje en coche los ancianos recuerdan cómo se conocieron, qué fechorías hacían…), pero da rodeos mil cada cual menos trascendental y más aburrido.

La entrada de Hoffa levanta el interés bastante, pero sigue sin centrarse la cosa. Aparecen de golpe secundarios varios… y de repente desaparecen durante otro largo periodo mientras nos perdemos en otras subtramas vulgares, relatos de crímenes varios, rencillas con otros mafiosos, fiestas que no aportan nada… La peleilla con un rival (el encarnado por Graham) es de las partes más entretenidas, pero a la larga, como todo lo demás, no da la sensación de que aporte nada sustancioso al desarrollo global.

Para cuando encuentra un rumbo más claro ya es tarde y tampoco tiene el nivel exigible. La etapa de decadencia, donde Frank se vuelve consciente de que llega a la vejez sin nexos emocionales y familiares, pues los ha descuidado durante su vida, no funciona como debiera, porque todo esto se ha desarrollado en unas pocas anécdotas sueltas que metieron con calzador entre otras historias. Es decir, no puede ser que pasadas tres horas de metraje intentes que congeniemos con hijas que ni has presentado debidamente, que la versión adulta de una de ellas, encarnada por Paquin, deje huella con dos frases, y que de la otra y la mujer te acuerdes a estas alturas de dónde andan después de la poca presencia que han tenido. Además, el supuesto conflicto interno se sustenta sólo en la parte familiar, ni las misiones en teoría más difíciles que hizo parecen dejar secuelas, sean peligros que pueden volver a acechar o remordimientos serios.

Por hacer la comparación más obvia, en Uno de los nuestros teníamos a la familia presentada en los cinco primeros minutos y entendíamos rápido y con claridad la posición del protagonista, el entorno y sus motivaciones, y en adelante era todo exponer cómo funcionaba el mundo del crimen con cada hecho calando en él y su mujer de distintas formas.

Ni la puesta en escena resulta llamativa. Scorsese, sea porque intenta ofrecer una narrativa sobria acorde al tono nostálgico y decadente, va con la inercia puesta, no ofrece un aspecto visual expresivo y virtuoso, sino más bien uno apagado, casi televisivo, y cuando intenta florituras queda mal porque tira de recursos que ha usado mucho durante su carrera y aquí parecen enredos repentinos que desentonan: harto he acabado del tráveling que sortea un caos de gente para llegar al protagonista, sobre todo en vistas y juicios. Además, la recreación de la época es muy parca, no hay ambición alguna en el acabado de una película que trata de representar décadas de historia. Me temo que gran parte de los estratosféricos 160 millones de presupuesto se gastaron en la puja de derechos de autor y de distribución, que se fueron de madre cosa mala, pero la inversión real en el rodaje no tiene pinta de sobrepasar los 50-60 (lo que costó por ejemplo Emboscada final, por citar una reciente del estilo). No creo que en el rejuvenecimiento digital costara tanto; si es así, quizá no sea tanta mejora respecto al maquillaje o al uso de actores de distintas edades.

Acaba la eterna proyección y te quedas preguntándote qué ha intentado contarte Scorsese, si la historia de la mafia sindical, la vida completa de un sicario, o un anecdotario de crímenes en general. No tiene garra como recreación histórica, no conmueve el drama de las pocas vidas mostradas, no apasiona en las diversas aventuras de gángsteres. El tramo final en el asilo apenas vale para dejar un recuerdo digno en un relato cercano al desastre, salvado por algún tramo entretenido y sobre todo por la colosal interpretación de grandes y admirados veteranos.

Érase una vez… en Hollydood


Once Upon a Time… in Hollywood, 2019, EE.UU.
Género: Drama, suspense.
Duración: 161 min.
Dirección: Quentin Tarantino.
Guion: Quentin Tarantino.
Actores: Leonardo DiCaprio, Brad Pitt, Margot Robbie, Kurt Russell, Al Pacino, Emile Hirsch, Timothy Olyphant, Margaret Qualley.

Valoración:
Lo mejor: La pareja protagonista engancha con su relación. Los magníficos actores Leonardo DiCaprio, Brad Pitt y Margot Robbie. La dirección de Quentin Tarantino vuelve a mostrar su talento.
Lo peor: La falta de rumbo, el metraje desmedido y las salidas de tono ponen de manifiesto también de nuevo que Tarantino no tiene mesura ni hay productores que se atrevan a decírselo y a exigir un montaje más coherente y equilibrado.

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Quentin Tarantino siempre ha demostrado gran amor por el cine, dotando a sus cintas de numerosas referencias a títulos que le han marcado, recuperando técnicas y estilos en desuso, y sobre todo, mostrando un nivel técnico propio al alcance de muy pocos realizadores. Pero el estar tan enamorado del cine se convierte en un lastre también, porque termina demasiado embelesado con lo que está haciendo y no es capaz de centrarse, de coger un rumbo y seguirlo con determinación, de dar forma a una historia sin patinar en salidas de tono y detalles innecesarios, de ver lo que sobra. También pesa en sus películas que el poder alcanzado tras el éxito de Pulp Fiction (1994) le ha garantizado algo poco común, una libertad monetaria, creativa y de distribución total. Es decir, no hay productores que se atrevan a decirle que el montaje final necesita un buen repaso.

Érase una vez… en Hollydood también arrastra esos problemas. Las escenas alargadas sólo porque está encariñado con lo que cuenta y no es capaz de cortar cuando debe y los rellenos más o menos curiosos pero que añaden minutos prescindibles se empiezan a acumular pronto, lastrando el ritmo y la sensación de dirección, y acabando con la paciencia de muchos espectadores. Otros se habrán quedados prendados de la enorme química entre los dos protagonistas y sus intérpretes, de la fuerza de muchas escenas, y podrán pasar por alto bastantes de esos fallos… Pero dependiendo de la resistencia de cada uno habrá un punto de ruptura. En mi caso fueron los eternos viajes en coche de Brad Pitt, los paseos de Margot Robbie por tiendas (todo un plano para ver cómo cruza un paso de peatones), y finalmente el eterno rodaje del episodio piloto de Leonardo DiCaprio. Una vez rota la conexión, en adelante ya nada cuaja lo suficiente como mantener el interés constante. Demasiada exposición intrascendente, demasiada música y enredos visuales para dar vitalidad a una narrativa que hace aguas, demasiada salida por la tangente…

Desde el descarado grito wilhelm del principio queda claro que esta vez Tarantino no se va a quedar en unas cuantas referencias, sino que pretende un homenaje completo al cine, aunque su predilección por el western y la serie b es bien conocida y tendrán más presencia. El protagonista, Rick Dalton (DiCaprio), es un actor de seriales del oeste al que acompaña un fiel amigo, su doble de acción y chico para todo Cliff Booth (Pitt). Son dos figuras imaginarias, al contrario que casi todo el repertorio de secundarios, y le servirán al realizador para reunir los homenajes pretendidos. Historias sobre la fama, el fracaso, los géneros y formas de hacer cine, las fiestas y amistades, y las referencias a numerosos actores, películas y series, escenas y detalles se agolpan una tras otra, en ocasiones deslumbrando, en otras saturando innecesariamente, se mezclan con las vidas de los personajes ora con naturalidad, ora de forma muy forzada.

A veces el galimatías es enorme, confunde, abruma, desvía la atención. El rodaje del episodio piloto se alarga demasiado, sobrepasando la necesidad (la crisis de Rick Dalton) para irse por las ramas con personajes que ya han dicho lo que tenían que decir pero siguen ahí porque no es capaz desprenderse de ellos o que sólo están para añadir más curiosidades. Por ejemplo, la presencia de James Stacy (encarnado por Timothy Olyphant) no tiene relevancia real, parece obedecer sólo al morbo: aparece con la moto que lo llevaría unos años después a un accidente del que se salva de milagro, y más adelante intentó suicidarse tras descubrirse que abusó de niños, caso por el que pasó el resto de su vida en la cárcel; hasta la aparición de Bruce Lee (Mike Moh) es anecódtica: aunque divierte, no aporta sustancia al argumento ni a los personajes; y otros por suerte se quedaron en la sala de montaje, como Michael Madsen; pero ya se anuncia una versión extendida que incluirá más morralla, como hicieron con Los odiosos ocho (2015). También tenemos apariciones breves de otros grandes actores, como Al Pacino o Bruce Dern, que no que aportan nada llamativo; si Tarantino quería decir algo con ellos, se me escapa. Y cabe señalar que fue el último papel de Luke Perry antes de fallecer.

Lo peor es que está claro que los Manson y los Tate y sus amigos sobran por completo. A pesar de la eficaz escena de intriga en la visita de Cliff Booth a la comuna y de la desbordante elegancia y simpatía de Margot Robbie, nos encontramos ante dos películas en una sin conexión alguna, tan separadas que el realizador tiene que recurrir a una torpe voz en off para unirlas. Pero por si fuera poco, remata la cinta con un final absurdo, un revisionismo histórico surrealista completamente salido de tono. En Malditos bastardos (2009) la parodia era evidente y se veía venir lo de Hitler, aquí va de serio y de repente te engaña con una locura ridícula.

A veces la cosa fluye bastante bien en el detallismo, tanto en cosas evidentes para cualquier cinéfilo como en lo sutil para los más cultos, e incluso también tiene guiños muy rebuscados bien colocados (el breve enfoque a la partitura de The Mamas and The Papas en el piano de los Tate lo reconocí por casualidad porque acababa de leer sobre el tema). Pero sobre todo destaca el ambiente en general. El trabajo tras las cámaras y la vida de los actores resulta muy interesante, incluso teniendo en cuenta con que muchas cosas las hemos visto bastantes veces los personajes atrapan con intensidad y sus vivencias resultan más o menos emocionantes.

Los tres actores principales están espectaculares, Pitt y DiCaprio superan los irreglares papeles de Malditos bastardos y Django desencadenado respectivamente, deslumbrando con algunas de las mejores interpretaciones de sus carreras. Y Robbie, sin apenas diálogos, despliega un torrente de emociones contagioso. La dirección de Tarantino y los aspectos técnicos son brillantes y reconstruyen la época a la perfección. Si bien no ofrece el expresionismo de Los odiosos ocho y el sentido del espectáculo de Django desencadenado, vuelve a regalarnos una película impecable en lo visual. Pero si no se usa ese portento de acabado con sabiduría a la hora de de forma a un relato coherente y atractivo, ¿de qué sirve? Por muy bonita que sea la fachada, Érase una vez… en Hollywood da tumbos sin rumbo y su rocambolesco final te deja con mal recuerdo.

¿En qué nivel la pongo en comparación con otras cintas de Tarantino? Pues yo diría que desde Pulp Fiction no da pie con bola y todas están en la misma línea más o menos, pareciéndome la elección más bien subjetiva: ¿qué grupo de personajes te cae mejor y qué género y escenario te llega más? En mi caso sería Los odiosos ocho. Su tono de comedia más que gamberra hijaputa permitió que las carencias de siempre me resultaran mejor disimuladas. Luego pondría Jackie Brown (1997), con personajes estupendos y un estilo de historias cruzadas a lo Pulp Fiction muy interesante. Y en Malditos bastardos su peculiar banda salvaba por los pelos otra cinta caótica. Pero las demás me parecen demasiado irregulares como para que sus puntos fuertes levanten la media. La pareja de actores de la presente me ha caído muy bien, pero el desastre narrativo es enorme. La pondría justo por encima de Django desencadenado (2012) y Kill Bill (2003, 2004), cuyos protagonistas e historias no me llegan tanto.

Joker


Joker, 2019, EE.UU.
Género: Drama, superhéroes.
Duración: 122 min.
Dirección: Todd Phillips.
Guion: Todd Phillips, Scott Silver. Bob Kane, Bill Finger y Jerry Robinson (cómic).
Actores: Joaquin Phoenix, Robert De Niro, Zazie Beetz, Frances Conroy, Brett Cullen.
Música: Hildur Guðnadóttir.

Valoración:
Lo mejor: Arthur es un personaje con el que conectas con intensidad y Joaquin Phoenix le pone mucho sentimiento.
Lo peor: Nada tiene que ver con Joker y Batman, versa sobre un loco cualquiera. El potencial del personaje se desaprovecha porque el conjunto es un telefilme con un desarrollo vulgar, abusa de las clásicas fórmulas de estos para forzar el melodrama, copia la mayor parte de películas mucho mejores, y la historia no lleva a nada.
Mejores momentos: Poniendo buena cara mientras el jefe le echa la bronca.
La pregunta: ¿Por qué Arthur escribe su diario en castellano y entrega tarjetas en el mismo idioma? El sinsentido de sustituir el idoma de textos como parte del doblaje parece estar imponiéndose, me temo. Es más, si me compro el bluray para verla en VOS… ¿me encontraré esta aberración?

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Alerta de spoilers: Describo bastante de la historia, pero es tan predecible que se ve venir todo.–

WARNER BROS. SIGUE DANDO PALOS DE CIEGO

En Warner Bros. tiraron la toalla con la serie de superhéroes unidos de DC Comics, La liga de la justicia, tras varios fracasos artísticos sonados y algunos resultados de taquilla no malos pero que no cumplían sus expectativas, y han optado por hacer películas sueltas de distinto tipo y con autores diferentes a ver si así encarrilan la cosa. Aunque claro, es de esperar que en cuanto crean haber atinado con un tono o personaje lo exprimirán al máximo… Y Joker ha sido un pelotazo instantáneo, así que sin duda tendremos más títulos en esta línea.

Pero el éxito de taquilla y el aplauso de la masa de espectadores es una cosa y la calidad y el legado artístico otra. El tiempo suele poner las cosas en su sitio, y no creo que pase mucho hasta que la insólita ola de adoración que ha elevado a Joker tan por encima de sus méritos se diluya y la realidad vaya asentándose. Se agradece el intento de aportar novedades, de ir por otros caminos en un género saturado de estrenos, pero para lograr algo rompedor hay que tener unas ideas y una determinación por encima de la media. En esta nueva aproximación al universo de Gotham y su villano más famoso apuntan alto, pero no hay talento suficiente y se han vuelto a estrellar. El Batman de Christopher Nolan (2005, 2008, 2012) continúa imbatible y su Joker interpretado por Heath Ledger sigue sin ser superado.

JOAQUIN PHOENIX POR ENCIMA DE TODO

El dibujo Arthur Fleck es sencillo, con unas bases poco originales, pero como punto de partida debería ser suficiente. El relato de su vida promete, desde luego. El pobre lo tiene todo en su contra, resultando un paria entre entrañable y grotesco, una hábil combinación para que sientas simpatía por él y repulsa por como es dejado de lado o incluso maltratado. Es un tipo con claras disfunciones mentales que le impiden desenvolverse en la sociedad sin ayuda, pero esa sociedad falla estrepitosamente desde el ciudadano, que va de indiferente a abusón, al estado, en crisis económica y política y cuya corrupción implica proteger a los más favorecidos y abandonar o incluso pisotear al resto. El humor que surge de sus desventuras es negrísimo y bastante efectivo: tienes que reírte de tanta miseria.

De primeras se observa que el director y principal guionista Todd Phillips trata de cuidar tanto la perspectiva global como el detalle. Me gusta como describe la situación de degradación de la ciudad mediante las noticias que se oyen de fondo hablando de huelgas de basura y con las sirenas sonando constantemente para reflejar el caos y la violencia en las calles, todo muy al estilo de Paul Verhoeven en Robocop (1987) y Desafío total (1990). De esta forma, tenemos el foco en un Arthur distante e incapaz de integrarse, pero aun así el mundo en que vive cobra vida e influye en su desarrollo como persona. Él no lo ve, a veces incluso cree que él mismo no existe, pero todo termina afectándolo.

La arrolladora presencia de Joaquin Phoenix termina de construir un personaje que llama mucho la atención y está a punto de resultar conmovedor, aunque como explicaré en breve, su desarrollo emocional se queda muy lejos de lo que prometía. Phoenix, quien ya demostrara su grandeza en títulos como Gladiator (2000), Señales (2002) y La noche es nuestra (2007), se sumerge por completo en su forma de ser, se mimetiza hasta desaparecer el intérprete y quedar un maltrecho desecho de la sociedad que deambula sin levantar cabeza hasta que explota. Hay algunos momentos muy potentes, como cuando pone buena cara mientras recibe la bronca de su jefe, o la mirada de “ya está, ya la he liado gorda” cuando da el paso final en el programa de televisión.

En cuanto a los otros pocos actores con algo de presencia, Robert De Niro cumple sin esforzarse en su breve aparición, como lleva años haciendo, así que no entiendo por qué se lleva tantas alabanzas, y Frances Conroy tampoco convence, pero será cosa del director, porque es una actriz de gran nivel (A dos metros bajo tierra -2001- a la cabeza): no transmite la más mínima emoción en un rol que las necesita, ni pena cuando sufre ni rabia cuando falla a su hijo.

NUEVOS AIRES… QUE HUELEN A RANCIO

Sin embargo, a pesar del buen punto de partida con el protagonista y el esfuerzo por construir el entorno adecuado, el potencial latente nunca llega a despegar y la historia a la que debería dar forma su vida no llega a materializarse. Se esperaba una película de gran inteligencia y calado, pero se queda en unas pocas ideas bastante buenas en un envoltorio fallido, porque falta inteligencia y experiencia para explorarlo todo como es debido. Da la sensación de que no termina de arrancar nunca, de que es un primer acto interminable, de que Phillips no sabe qué contar una vez está todo en marcha, y se empiezan a acumular simplificaciones excesivas, reiteración (¿pero cuántas veces va a hacer el bailecito?), obviedades y el constante apoyo en otros autores. La mayor parte de la cinta es una combinación nada disimulada de Taxi Driver (1976) y El rey de la comedia (1982) de Martin Scorsese: el antisocial buscando su lugar en el mundo e intentando ser cómico, la cuidad convertida en un estercolero, la campaña del político, la incapacidad para ligar con la chica que le gusta, la rabia acumulada… Y varios de estos elementos los comparte también con Un día de furia (Joel Schumacher, 1993).

La evolución de Arthur se torna pronto muy previsible y se estira más de la cuenta (da tumbos, se atasca, retrocede), y sus vivencias no terminan de servir como el ensayo sobre el ser humano que Phillips parecía buscar, sobre cómo podemos rompernos como personas y como sociedad. Se queda en un boceto de psicología básica: mala infancia, poca ayuda, locura emergiendo. No ofrece giros inesperados, no aporta matices y anécdotas ingeniosas y originales que vayan perfilando la trayectoria de Arthur, que la aparten de lo más predecible y facilón. Tenemos paliza, bronca, desilusión, repetir el bucle, y así hasta el despertar o caída, resultando un camino demasiado dirigido, con lo que el personaje va perdiendo la naturalidad y la escasa complejidad con que era presentado.

El desequilibrio es tal que de una escena a otra pasa de un tono serio y sutil a uno demasiado tontorrón y obvio; el ejemplo más claro y que más me ha molestado es que en la intrusión a la casa de la vecina todo queda claro con la frase “Eres el que vive al final del pasillo, ¿verdad?” (cito de memoria), no hacía falta una serie de flashbacks recalcando algo tan jodidamente evidente. Encontramos transiciones entre lugares y tiempos sin imaginación alguna, o sea, que no mantienen el interés, partes alargadas sin rumbo ni intenciones claras, y escenas de relleno sin más motivo que postergar el renacimiento o darle un toque más exótico (como el asesinato en su piso). Algunas secuencias se caen a pedazos, como la visita al psiquiátrico: entra sin más, pide información privada y se la dan, corre como un loco por los pasillos… y no hay personal de seguridad y administrativo que se cuestione nada. Un par de buenos momentos en el arco final (en el programa de televisión) apenas salvan un desenlace que llega ya sin ilusión por esperar algo innovador e impactante como anunciaban tantas buenas críticas, sino que consigue decepcionar un poco más, porque el clímax es artificial pero hueco y enlaza un par de epílogos anodinos.

¿JOKER? ¿QUÉ JOKER?

Para añadir más problemas al flojo conjunto, acabas el visionado y te quedas con cara de que te han timado, que esto no es una cinta sobre Joker, sino sobre un loco cualquiera, o sea, es una treta comercial insultante. Meten el origen de Batman de refilón con calzador, pero no encaja lo más mínimo, y por mucho que mencionen el nombre de Gotham no hay nada que te haga ver una ciudad imaginaria con su idiosincrasia propia, se ve New York y sus gentes en todo momento. El realizador parece querer decir que Joker provoca el nacimiento del hombre murciélago, pero a Arthur le cae todo encima, no hace nada, su primer crimen es casual y la gente lo toma como detonante como podría haber usado cualquier otro evento, y en el final ni incita ni planea el asesinato de los padres de Bruce Wayne.

Así, no vemos la gestación de un villano, la evolución de un desequilibrado mental hasta convertirse en un maestro del mal, sino que es un loco del montón que deambula sin enterarse de casi nada ni planificar nada, más allá de ir al programa de televisión con ganas de matarse o matar. Se puede intuir que Phillips trata de decir que la malograda y podrida sociedad es la que siembra el germen que da lugar a Joker y Batman y posteriormente alimentará su existencia, pero al quitar toda capacidad de decisión a los personajes les hace perder muchísima fuerza e interés, y el conjunto no brilla tampoco como una historia sobre la decadencia de la sociedad, especialmente por su falta de originalidad y rumbo.

TAMPOCO DESTACA EN EL ASPECTO VISUAL

Si fuera una película cualquiera habría despachado el apartado de puesta en escena sin buscarle las cosquillas. Phillips y su equipo tiran de recursos básicos pero son suficientes para cumplir con lo justo en el objetivo de mostrar un ambiente lúgubre y centrar el foco en un único personaje. Pero la cadena de adoración que se ha montado a su alrededor exige algo más de detallismo y sobre todo objetividad que ponga las cosas en su sitio. Para hablar de hito del cine o incluso de obra maestra hay que hacerlo con conocimiento e imparcialidad. ¿Ha inventado algo Todd Phillips, ha deslumbrado con un portento visual digno de Fritz Lang, Akira Kurosawa, David Lean o Alfred Hitchcock? O por comparar con realizadores actuales, ¿posee la inventiva de David Fincher, Christopher Nolan, Steven Soderbergh y los hermanos Coen, la técnica impecable de Dennis Villeneuve, Ridley Scott y Martin Scorsese? No me hagáis reír, por favor.

Philips viene de algunas de las comedias más exitosas de los últimos tiempos. Recuerdo haber visto las de Resacón en Las Vegas (2009, 2011, 2013) y Salidos de cuentas (2010), haberme reído algo más de la media de lo habitual con las comedias de Hollywood, pero no encontrar suficiente calidad como para que calaran en mi memoria, así que no sé si su labor como director realzó guiones (la mayor parte suyos) mejorables o si estos taparon carencias en la dirección. En su salto al drama desde luego no ha mostrado tener el nivel necesario para un título que ambicionaba tanto.

El mimo inicial puesto en describir la vida de Arthur y el cuidado al detalle es un espejismo, muy convincente, pero que igualmente termina desapareciendo, y no tarda en hacerlo. Es entendible que al centrarse en un solo personaje, y más tratando de adentrarnos en su mente, la dirección se base bastante en primeros planos, pero es un estilo que necesita virtuosismo para no aburrir y dejar que el relato respire. Philips se atasca en unos pocos recursos, ninguno original ni mucho menos deslumbrante, repite situaciones, escenas y planos por doquier sin objetivos ni resultados claros.

Pero, sobre todo, se nota mucho que bebe de artistas con más visión. Igual que en lo argumental, en lo visual el ambiente de la ciudad y los delirios de Arthur en su casa (gestos del personaje y maneras de enfocar sus pensamientos) traen a la memoria en demasiadas ocasiones a la citada Taxi Driver. Y lo más alucinante, los ecos de El Caballero Oscuro resuenan en muchos instantes: los andares del Joker, sobre todo enfocado de espaldas, y los planos laterales a través de una ventanilla recuerdan demasiado a Nolan y Ledger. Es como si Phillips dijera “veis, es Joker y es una ciudad muy chunga”, pero con miedo y falta de aptitudes, apoyándose en el trabajo de otros para lograr llegar a donde quiere. Una cosa es un homenaje bien hilado, y otra beber con descaro de una fuente muy superior.

La fotografía de Lawrence Sher se basa en un clásico juego de luces y sombras, efectivo sin duda, pero toda puñetera escena tiene la misma composición, los focos difuminados de fondo, ángulo inclinado o angular desde un rincón de forma que el escenario adquiere una dimensión extraña, perturbadora, y abusa de de la gama azul-verde, una forma muy facilona de transmitir un ambiente melancólico y resaltar los colores de payaso cuando Arthur se va transformando en Joker. Hacía falta algo menos evidente y más versátil. Con la música de Hildur Guðnadóttir lo mismo. Hay demasiada para realzar sensaciones y generar la atmósfera que no se obtiene por la falta de fuerza de las imágenes. Se abusa tanto del volumen en varios momentos que termina opacando toda la narrativa y queda sólo la música: sí, me estoy sintiendo mal, pero es porque el ruido me molesta.

Como le ocurre a su propio personaje, Joker no termina de encontrar su propia personalidad y levantar cabeza. A pesar del interés que despierta el protagonista se hace larga y pesada, sus pretensiones no llegan a cuajar, y la proyección finaliza dejando un regusto amargo, el de oportunidad desaprovechada y sobre todo de engaño: han usado nombres conocidos para vendernos un telefilme de dramones y crímenes.

EL MUNDO SE HA VUELTO LOCO

Aun con todo ello, su estreno ha provocado una conmoción espectacular y tiene toda la pinta de convertirse en el fenómeno de la temporada… Un fenómeno con todas las de ser efímero, como otros muchos productos artísticos (series, películas, cine, música) en estos tiempos. Vivimos en una época extraña en que obras de escasa calidad alcanzan una trascendencia insólita, se consideran la última revolución y obra maestra de su ámbito… y este reconocimiento muere tan rápido como surgió y no deja huella real en la historia. Mi impresión es que hay tanto que asimilar que el público se deja llevar e influenciar, y se aferra la moda del momento para tener algo de lo que hablar, y claro, eso implica un seguimiento ciego, porque si criticas negativamente quedas fuera de la conversación.

El caso de Joker es un ejemplo que me sirve para enlazarlo con otros. Uno es Chernobyl (Craig Mazin, 2019), un ejemplo reciente pero en forma de serie. Si no decías que es la última obra maestra de la televisión, a pesar de ser una serie normalucha, te quedabas fuera de juego. Con la música de ambas producciones, que es de la misma autora, Hildur Guðnadóttir, ha ocurrido igual, un ensalzamiento obsesivo sin argumentos objetivos detrás. Y en este caso me molesta más, porque llevo al menos una década siguiendo con pasión la corriente de minimalismo experimental, mitad sinfónico mitad electrónico, que ha ido surgiendo por los países nórdicos, años indagando por nuevos discos y recomendando músicos, y apenas unos pocos apasionados a la música parecían apreciar este movimiento: Max Richter, Jóhann Jóhannsson, Colin Stetson, Nils Frahm, Ólafur Arnalds

Y de repente llega una segundona (ayudante de Jóhannsson, de hecho), pasa por suerte por esa serie de éxito desmedido, y pega un pelotazo y todo el mundo que no ha escuchado géneros parecidos en su vida alaba ahora su música y se las da de haber descubierto nuevas tendencias. Y la realidad es que el talento de Guðnadóttir, de tener alguno destacable latente en ella, está por madurar todavía. Hasta ahora no ha destacado con algún álbum llamativo como sí han hecho los artistas referenciados, y este Joker podría cambiarlo por varios de ellos y pocos lo notarían (enlazo a temas en YouTube): Mount A (2006), Pan Tone (2007), Without Sinking (2009), Chernobyl (2019)… Joker. A pesar de las típicas declaraciones publicitarias que cuentan milongas varias vendiendo maravillas, es un remedo de sus composiciones anteriores, un susurro minimalista poco inspirado y sin progresión dramática (utiliza el volumen para cambiar el tono emocional) que además el director sobre utiliza sin control.

Pero, como decía, estoy convencido de que el tiempo, y no necesariamente mucho, pondrá las cosas en su sitio. Las redes de internet fomentan burbujas de gustos y corrientes y estas hacen tanto ruido que parecen reflejar una tendencia global, pero en realidad son minorías con gran exposición mediática. Por cada diez de nota que un espectador emocionado por el éxtasis del momento pone en IMDb.com o Filmaffinity.com hay miles que han salido decepcionados, aburridos o medio dormidos del cine.

La misma premisa de la película sirve para explicar un poco toda esta absurda situación. Es un caso claro de exaltación de lo mediocre. En vez de destacar por el ingenio, el esfuerzo y resultados de alta calidad, se destaca por abajo, lo fácil, lo raro (por exótico y risible, no por innovador), lo que no requiere conocimientos técnicos e históricos del arte ni un esfuerzo intelectual y emocional para conectar y entenderlo a fondo, sino lo que da para aportar unas anécdotas a conversaciones vacías hasta que llegue un nuevo evento que lo sustituya.

Ad astra


Ad Astra, 2019, EE.UU.
Género: Drama, ciencia-ficción.
Duración: 123 min.
Dirección: James Gray.
Guion: James Gray, Ethan Gross.
Actores: Brad Pitt, Tommy Lee Jones, Ruth Negga, Donnie Keshawarz, John Ortiz, Loren Dean.
Música: Varios.

Valoración:
Lo mejor: Por decir algo, ver a la gente salir del cine tan dormida y cabreada como tú, compartiendo así la sensación de engaño.
Lo peor: Hecha a trozos de otras películas. Pretenciosa pero informe y fallida hasta el ridículo. Aburrida hasta la desesperación. Ni cumple en el acabado a pesar del abultado presupuesto.

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Conocí al guionista y director James Gray por La noche es nuestra (2007), un thriller de policía y mafias estupendo que no tuvo la recepción que merecía y pasó muy desapercibido. No me llamaron sus siguientes trabajos, los dramas románticos Dos amantes (2008) y El sueño de Ellis (2013), pero volví a él cuando encaró un género que me resulta más atractivo, el cine de aventuras. Pero Z, la ciudad perdida (2016) fue una gran decepción, no vi en ella ninguna de las cualidades que mostró en aquella. No fue capaz de hacer que conectara con tanta intensidad con los personajes, que la historia cobrara vida con garra y los giros y finales impactaran, sino que fue un título vulgar, superficial, plomizo, y sin pegada en lo visual a pesar del potencial del escenario. Aun con esas malas impresiones no he podido evitar ver Ad astra, pues la ciencia-ficción me llama aún más. Pero Grey sigue en la misma deriva, construyendo otra película torpe y soporífera, y esta vez se estrella más al apuntar mucho más alto.

Inexplicablemente, la crítica se ha volcado con la obra, con lo denostada que suele estar la ciencia-ficción, pero el recibimiento del público es más tibio, no tanto como yo esperaba, pero hay muchos espectadores que salen medio dormidos del cine y con cara de haber sido timados, porque los tráileres anuncian un drama con acción y aventuras pero lo que nos ofrece es un pretencioso pero fallido intento de relato introspectivo y reflexivo en la onda de 2001, una odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968), Solaris (Andrei Tarkovsky -1972-, Steven Soderbergh -2002-), Interstellar (Christopher Nolan, 2014) y, saliendo del género, Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979). Y también bebe más o menos descaradamente de Horizonte final (Paul W. S. Anderson, 1997), Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017), Mad Max (George Miller, 2015), Gravity (Alfonso Cuarón, 2013)… Pero Grey está tan poco inspirado que los referentes en los que se apoya resultan demasiado evidentes, de forma que Ad astra resulta un burdo conglomerado de ideas de otros mezcladas con sus propias y vagas ambiciones.

Alerta de spoilers: A partir de aquí debo entrar bastante a fondo para sacar todas sus carencias a relucir.–

En estilo pega saltos sin ton ni son, sin tener claro hacia dónde se dirige, y lo que es peor, mareándote con promesas que no llevan a nada. El prólogo y partes del final tienen acción que parecen tomas descartadas de Gravity, tan exageradas que no encajan en una historia pausada e intimista. El viaje en busca de un familiar y héroe cuyo destino se desconoce recuerda demasiado a Interstellar y Apocalypse Now, y aunque hay que señalar que la fórmula del viaje del héroe no la inventan esas cintas, la falta total de aportes propios pesa mucho. El protagonista (encarnado por Brad Pitt) serio, frío y desubicado que busca respuestas se parece bastante a Blade Runner 2049, sobre todo cuando pasea con la misma seriedad que Ryan Gosling por escenarios demasiado semejantes. El dibujo del héroe abnegado y deshumanizado también me recordó a El primer hombre (Damian Chazelle, 2018), que ya era bastante floja de por sí. En la luna hace pensar en Mad Max, con una persecución de forajidos que sería efectiva si la película siguiera por ese camino, pero es un relleno sin justificación. Igual resulta el mono rabioso, un receso de suspense a lo Alien (Ridley Scott, 1979) totalmente salido de madre que pone más misterios en la mesa que luego no vuelven a tratarse. También me acordé de Desafío total (Paul Verhoueven, 1990) en el segmento de la Luna, por eso de tener información constante de fondo que va describiendo el entorno (aunque luego no sirve para nada concreto). Los típicos y cansinos flashbacks de la mujer en casa, en plan ensoñación etérea a lo Terence Malick, intentan aportar romance y drama, pero es un toque demasiado artificial que sólo consigue generar distanciamiento. Las constantes menciones a la búsqueda de vida inteligente fuera del sistema solar apuntan a que en cualquier momento se convertirá en Contact (Robert Zemeckis, 1997) o La llegada (Denis Villeneuve, 2016), o que tendrá un final a lo Abyss (James Cameron, 1989) o Misión a Marte (Brian De Palma, 2000)… pero son todo vaciles y engaños insultantes o una torpeza insólita.

En resumen, te tiras toda la proyección creyendo que van a pasar cosas en un sentido u otro, que por fin está tomando rumbo, y de repente abandona esa dirección para irse por otros caminos y otras fórmulas narrativas empalmadas de mala manera.

Por extensión, no sorprende que haya numerosos giros según le convenga hacer avanzar la historia y realzar al héroe, lo que aumenta la sensación de que la progresión de los hechos no es nada natural, sino forzada e inverosímil. El general que lo acompaña un rato está para dar explicaciones, luego se lo quitan de en medio porque se pone malito el pobre. Los diversos extras para las partes de acción mueren con una facilidad pasmosa justo antes de saltar al siguiente escenario. Si Grey se mete en un callejón de salida se saca de la manga otro personaje que resuelve el entuerto, como la marciana, figura que además genera una de muchas incongruencias: afecta al protagonista, que en el planeta rojo queda un poco como un patán sin coraje después de tanto esfuerzo en ponerlo como un superhéroe. Algunas soluciones son delirantes, como esa tapa de alcantarilla en Marte que da a un lago y este tiene una cuerda sumergida para cruzarlo buceando y salir justo al sitio “seguro” donde despega el cohete de la mega corporación más poderosa del sistema solar; que se pueda abrir la escotilla en pleno lanzamiento es una minucia a lado de esto, de hecho, es creíble que un alto rango militar en una misión secreta tenga un código de anulación de protocolos varios. En cuanto al ejército, queda como un organismo bastante débil: apenas consiguen defenderse de los piratas, sus misiles tienen un alcance cortísimo, no son capaces de montar una misión secreta con naves propias…

En contenido es dispersa y vaga y a la vez repetitiva. No se centra durante un rato, y al siguiente se atasca en bucles de los que parece que no va a salir, con diálogos entre personajes o voz en off recalcando lo obvio, lo que estamos viendo. Por extensión, los diálogos explicativos son sonrojantes, casi en plan “vamos a ir en cohete a Marte, porque para llegar allí hay que ir en cohete”. La introspección la convierte en vacío narrativo. El protagonista susurra infinitos pensamientos supuestamente serios y conmovedores, pero en realidad mundanos y aburridos: debo distanciarme de mi esposa para no mostrar debilidad en el trabajo (¡no te hubieras casado!), sufro porque papá no está, etc. Lo sutil se le atraganta sobremanera al realizador, construyendo situaciones con unas obviedades que provocan vergüenza ajena; por ejemplo, el segundo al mando de la nave que transporta al protagonista queda como un inútil y un gilipollas imposible de creer, todo para ensalzarlo a aquel. Pretende ser seria y con rigor científico y da unos bandazos espectaculares, destacando ese salto espacial imposible con un escudo que al chocar con el polvo y los pequeños asteroides del anillo de Neptuno hace que estos exploten y el personaje parezca acelerar en vez de frenar y desviarse de su ya de por sí increíble trayectoria; y no se queda atrás lo de usar la explosión nuclear de una nave para coger impulso con otra, como si a esta la onda expansiva no la afectase.

Lo único que amaga con concretar algo inteligible e inteligente es con los temas sobre la corrupción del ser humano, el capitalismo esclavizando al ciudadano incluso en la conquista del sistema solar. Pero al final salta al otro espectro y suelta un mensaje que se me antoja profundamente anti científico, anti superación de la humanidad. No vayamos al espacio, no exploremos, no busquemos conocimiento, y rehuyamos de la ciencia, que sólo traen problemas. Quédate en casa y forma una familia, que es la única forma que tiene el ser humano para realizarse y encontrar la felicidad. No puedo evitar pensar en la delicadeza y maestría con que Interstellar combinaba pensamientos de esta índole.

Si al menos tuviera un aspecto visual potente, hipnótico, que engañara los sentidos y te impidiera ver que no te están contando nada sólido o útil, como 2001 en gran parte del metraje (en otras partes el delirio era tal que también se hacía insoportable), Gravity, que con una historia sencilla ofrecía una de acción memorable, Interstellar, que hacía de las numerosas transiciones y explicaciones algo que admirar y no se resentía en su abultado metraje… Pero la labor de Gray es muy pobre y la dirección artística tirando a mala, algo incomprensible teniendo un presupuesto de casi 90 millones de dólares.

Hay un par interiores de naves bastante detallados, pero no les saca provecho con una puesta en escena muy básica, ahogada más de la cuenta en primeros planos; acabarás harto del careto de Brad Pitt. Pero fuera de eso no ofrece nada de nada. Las estaciones espaciales parecen rodadas en aparcamientos subterráneos, todo columnas de hormigón. Llegas a Marte esperando que te deslumbren con la colonia… y es lo más feo e inerte que puedas imaginar… y cutre, porque ponen iluminación roja en esos bastos interiores para decirte que estamos en Marte. Entonces es también cuando más recuerda a Blade Runner 2049, con los tonos anaranjados, los juegos de luces y sombras, los edificios extraños… pero todo parece una imitación barata. Las escenas del espacio, nada originales, como he indicado, pero tampoco hermosas e inquietantes como se espera. Las situaciones donde el personaje reflexiona sobre sí mismo y su entorno carecen de imaginación en la composición del plano, con lo que resultan aún más anodinas y aburridas: soportamos innumerables planos del tipo flotando en la nave, sentado mirando pantallas, el eterno paseo por el lago…

Brad Pitt, prácticamente la única figura relevante, tiene un papel difícil en el que no se lo ve cómodo, así que no conmueve. No creo que sea cosa del actor, al que no le falta talento y experiencia, sino del director, que anda muy perdido. La banda sonora, que cuenta con temas de Max Ritcher y Nils Frahm, dos de los compositores más destacados en cuanto a minimalismo se trata, tampoco da la talla, es un susurro continuo incapaz de transmitir las emociones necesarias, pero apuesto también a que es el director el que no ha sabido qué pedirles y cómo usar la música.

Con tanto cambio de tono y rumbo pesa cada vez más la sensación de que te están timando una y otra vez. Es imposible conectar con un relato que aspira a tanto pero tropieza continuamente, para que al final obtengas unas reflexiones tan pobres sobre padres e hijos y un cierre tan fallido, con la muerte más estúpida que recuerdo fuera del cine cutre. Y es imposible conectar con un personaje tan frío, tan irreal y forzado, cuyo destino no llega a importante y cuyo cambio final parece sacado de un panfleto conservador.

Ad astra es un desastre de proporciones épicas en el que sólo queda ver si se salva del fracaso en taquilla gracias al tirón de Brad Pitt, la notoria campaña publicitaria, y el asombroso tirón que ha obtenido en los medios.

It: Capitulo 2


It Chapter 2, 2019, EE.UU.
Género: Suspense, terror, drama.
Duración: 169 min.
Dirección: Andy Muschietti.
Guion: Gary Dauberman, Stephen King (novela).
Actores: Jessica Chastain, James McAvoy, Bill Hader, James Ransone, Isaiah Mustafa, Jay Ryan, Andy Bean, Bill Skarsgård,
Jaeden Martell, Sophia Lillis, Wyat Oleff, Finn Wolfhard, Jeremy Ray Taylor, Jack Dylan Grazer, Chosen Jacobs, Teach Grant, Stephen Bogaert.
Música: Benjamin Wallfisch.

Valoración:
Lo mejor: Muy buena en la técnica, con partes inquietantes, algunas terroríficas, y otras épicas.
Lo peor: Abusa de dicha técnica mientras descuida el lado creativo y emocional. Demasiado acomodada, demasiado metraje, demasiado susto sonoro y efecto especial, y en cambio deja un poco de lado la búsqueda de escenas más originales, trabajadas y sutiles, y no profundiza del todo en los personajes adultos.
Mejores momentos: La anciana y el té. El sótano de la farmacia.

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La pasión por el cine de terror resucita de vez en cuando y los estudios la exprimen con infinidad de producciones baratas de escasa o nula calidad hasta que explota la burbuja y entra en letargo unos años. Pero de vez en cuando hay gratas sorpresas, una chispa de inspiración que rompe esquemas (Shyamalan es el mejor referente) o una aproximación clásica tan bien hecha que consigue dejar huella, como The Conjuring (James Wan, 2013). En ese último rango entró It (Andy Muschietti, 2017), nueva versión de la novela de Stephen King empujada también por la ola de nostalgia ochentera. Su recibimiento fue abrumador, teniendo críticas estupendas y una taquilla de 700 millones de dólares mundiales contra 35 de presupuesto.

El segundo capítulo estaba pendiente de su éxito… y me temo que este ha afectado a su calidad. Con tantas buenas críticas y el esperable subidón de presupuesto (esta ha costado 80 millones), sus principales artífices, el guionista Gary Dauberman y el director Andy Muschietti, no se han esforzado tanto. El acomodamiento de partir sobre un valor seguro, unido al temor a perder el favor del público si se salen mínimamente de la fórmula, los ha llevado a tomar caminos y métodos más facilones y menos trabajados que en la primera parte. En otras palabras, han basado la secuela en el cansino mantra de “más grande es mejor”. Sobra metraje (¡169 minutos!), sobran ruido y efectos especiales, le pesa el ir con la inercia repitiendo situaciones más de la cuenta, y la pareja de actores famosos parece elegida porque tenían dinero, no porque fuera la más adecuada para sus personajes. Falta la dedicación y el amor que pusieron en aquel episodio, el cuidado en usar técnicas clásicas sin abusar de ellas, sino con inteligencia y contención, el mimo a los personajes y a la conexión emocional con el espectador.

En la balanza queda una cinta de terror comercial más que correcta en general y con partes muy conseguidas, pero al no cumplir con lo que se esperaba y exigía de ella es entendible que esté decepcionando a muchos. Ha sido una oportunidad perdida de mejorar un título notable y acabar teniendo una serie digna de citar en los anales del género.

Al menos sobra media hora sobra, y probablemente más. Sin dudar un instante deberían haber eliminado del metraje el vulgar y largo prólogo, al matón de Henry Bowers de adulto, pues para lo poco que hace consume demasiado tiempo, algunas escenas reiterativas de sustos, partes del clímax final (la aparatosa huida mientras todo se viene abajo es la más evidente), y los repetitivos epílogos (sólo la visita a la cantera es útil y emotiva). Si la primera entrega, yendo despacito y con buena letra, uniendo los personajes poco a poco y elaborando los escenarios de miedo con esmero, duró dos horas y cuarto, esta, yendo más deprisa, casi como de una cinta de acción se tratase, y profundizando algo menos en lo dramático, desde luego no necesitaba extenderse tanto. Por el buen ritmo no se hace pesada, pero es evidente que tiene bajones, que sin estirar el chicle hubiera sido mejor y atraería más para revisionarla de vez en cuando.

Este ritmo se consigue a base de abrumar al espectador con una lluvia de manfestaciones del payaso, efectos especiales, y sobre todo efectos sonoros y música constantes subidos un par de tonos más de lo necesario. Y no funciona mal, la proyección está siempre activa, con varios tramos de gran intensidad, unos más pausados (la anciana y el té), otros épicos (la larga batalla final). Pero queda un espectáculo visual a lo Poltergeist (Tobe Hooper, 1982) mientras pierde en el ámbito de terror puro, aunque todavía le quedan tramos con bastante suspense y algún gran susto. También se abusa de un humor ligero, efectivo unas pocas veces pero que en muchas más resulta inadecuado, le resta seriedad y rompe la tensión negligentemente. Por poner los ejemplos más notorios, el chiste del perrito tras la puerta es vergonzoso, y la cena en el restaurante chino acaba siendo un pequeño desastre de gore humorístico.

En el lado dramático ocurre igual. Funciona en líneas generales, pero de manera irregular, un peldaño por debajo de lo esperado. Los recesos más intimistas, como los flashbacks a los niños, son bonitos, pero alguno reincide sobre lo mismo más de la cuenta. El despertar gradual de los adultos y la reunión del grupo se lleva su tiempo y tiene buenos momentos, pero no se consigue generar la misma conexión emocional que en el episodio precedente. Primero, porque se repiten algunos escenarios sin aportar novedades: al final cansa tanta aparición de Pennywise en distintas formas físicas pegando sustos sonoros cada dos por tres; como señalaba, hacía falta novedades y mantener la construcción metódica de escenarios, no tirar por lo fácil. Segundo, porque los personajes, aunque correctos, de hecho son superiores a la media de un género ahogado en estereotipos cansinos, quedan un poco desdibujados después del encantador grupo con el que disfrutamos en la primera película, y para rematar, el casting no es tan certero.

Jessica Chastain hace de sí misma, no se adapta al rol, sólo te acuerdas de que es Beverly Marsh cuando mencionan los maltratos. ¿Qué fue de la chica enérgica que ponía buena cara ante todo y que junto a Ben era la que dirigía el grupo? Si no fuera porque se lleva la mejor secuencia de la película, la de la anciana inquietante, hubiera pasado sin dejar huella. Es imposible no seguir pensando lo mismo que cuando se anunció el reparto: que Amy Adams se ajustaba más al papel, más parecida físicamente y una actriz más versátil; aunque claro, como digo, es problema de guion también. Con Bill Denbrough estamos en las mismas. Mucho tirar de actor famoso, pero aunque tenga un innegable talento James McAvoy en ningún momento parece ajustarse al personaje, y este además no tiene gran recorrido. Le aplico lo mismo: si no fuera por otro estupendo momento, aquel en la que se acerca a la alcantarilla donde desapareció su hermano y entra en contacto con otro niño que podría ser víctima del payaso, daría la sensación de que no está en la película.

Mike Hanlon tiene más presencia que en la primera parte, donde quedaba muy relegado, pero el resultado es el mismo, pues es un macguffin explicativo de la trama, no se trabaja lo más mínimo su personalidad. Además, todo el rollo indio y el conjuro sólo aporta confusión, la forma de luchar contra Pennywise está expuesta desde el primer episodio y aquí también termina aplicándose después de tanto enredo. Y este quita protagonismo a Ben Hanscom, que era el que investigó el asunto y el cerebro del grupo por aquel entonces, y aquí queda como el cliché de guaperas para mantener el triángulo amoroso, lo cual empeora porque no hay química alguna entre Jay Ryan, el peor intérprete, y Chastain.

Curiosamente, son los dos más secundarios de entonces los que mejor parados salen en el presente. Eddie Kaspbrak, el neurótico, y Richie Tozier, el bocazas, tienen mayor recorrido y más interacción útil con el payaso. Eso sí, me temo que a Richie le falta una buena escena central de terror y tiene un aspecto de su historia un tanto forzado: el susto con la estatua del leñador es más bien lastimero, y su supuesto secreto íntimo al final no tiene mucha relevancia, y además en la anterior entrega no se dio ni una pista, es muy postizo (ni estaba en el libro, al parecer). Pero Eddie tiene una estupenda, la del sótano de la farmacia, que juega bien a marearte con cuándo llegará el susto obvio y pone en marcha la evolución del personaje. Los actores James Ransone y Bill Hader respectivamente son también los que más llaman la atención, sobre todo el primero, que además tiene un parecido asombroso con su versión joven.

Ver también:
It (2017)
-> It: Capítulo 2 (2019)