El Criticón

Opinión de cine y música

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The Disaster Artist


The Disaster Artist, 2017, EE.UU.
Género: Drama, comedia, biografía.
Duración: 104 min.
Dirección: James Franco.
Guion: Scott Neustadter, Michael H. Weber. Greg Sestero, Tom Bissell (novela).
Actores: James Franco, Dave Franco, Ari Graynor, Seth Rogen, Alison Brie, Jacki Weaver, Zac Efron, Josh Hutcherson.
Música: Dave Porter.

Valoración:
Lo mejor: Reparto, simpatía que despiertan los protagonistas en sus tristes vidas.
Lo peor: No tiene la suficiente pegada en el drama, no funciona como descripción del mundo de Hollywood, y como comedia se queda cortísima.
El título: ¿Pero por qué no lo traducen?

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The Disaster Artist se ha llevado por lo general buenas críticas, pero a mí me ha parecido un título que se queda en tierra de nadie, en el olvido nada más acabar el visionado. Despierta cierta simpatía con unos protagonistas peculiares y que suponen un buen ejemplo de problemas básicos del ser humano, como la torpeza con las relaciones y los sentimiento, la adaptación a una vida considerada normal, pero es incapaz de desarrollar a fondo los muchos frentes que pone en bandeja el retrato biográfico del extravagante Tommy Wiseau.

El drama es correcto pero un tanto superficial. Había margen para profundizar bastante más en los conflictos internos y sociales de los protagonistas. No hay sensación de dirección, de que están contando algo concreto, y ninguno de los escenarios y aventuras tiene enjundia como para calar hondo y dejar huella. Por ello algunas partes en apariencia más relevantes y con potencial (como el juego con la pelota hacia el final, intentando recuperar la dinámica rota) parecen llegar tarde y estar desaprovechadas.

El humor emerge casi sin querer de lo absurdo de la situación, pero el guion es incapaz de explotarlo como es debido. Hay latente una gran comedia de que explore tanto el demencial rodaje como la vergüenza ajena que provocan sus personajes, en la onda de The Office de Ricky Gervais (2001) y todas las que vinieron después, destacando sobre todo su gloriosa versión estadounidense (Greg Daniels, 2005). También da la sensación de que se desperdicia una buena oportunidad para parodiar el mundo Hollywood, como El séquito (2004) pero en una línea más descabellada.

Da la impresión de que el director James Franco y los guionistas pecan de blandos y cobardes, que han ido con miedo a no respetar y agradar a las personas reales implicadas en esta surrealista odisea. Por ejemplo, me niego a creer que no se pueda saber de dónde sacó Wiseau todo el dinero que tenía, con una pequeña investigación se podría averiguar. Pero pretenden formar un halo de misterio un tanto burdo antes que ahondar en los hechos. De todas formas, ese es un detalle menor, el problema es que en general había espacio para desarrollar un drama más elaborado, una crítica más ácida y una comedia más ingeniosa, pero se queda a medio camino de todo.

El reparto es lo único que puede hacer que te acuerdes de la película días después. James Franco está inmerso completamente en la enigmática figura de Tommy Wiseau, mimetizado hasta resultan indistinguible si pones al lado las escenas reales. Y su hermano Dave Franco no está nada mal como un joven un poco torpe pero no hasta el punto de ser antisocial.

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Todo el dinero del mundo


All the Money in the World, 2017, EE.UU.
Género: Suspense, drama.
Duración: 132 min.
Dirección: Ridley Scott.
Guion: David Scarpa, John Pearson (novela).
Actores: Michelle Williams, Christopher Plummer, Mark Wahlberg, Romain Duris, Charlie Plummer, Andrew Buchan.
Música: Daniel Pemberton.

Valoración:
Lo mejor: Es bastante entretenida.
Lo peor: Irregular, no se decanta por un género concreto. Un tanto pagada de sí misma para lo poco que ofrece: nada destaca, nada deja huella. Abandona a veces la fidelidad a los hechos pero sin terminar de aportar algo llamativo con los cambios.
El dato: Empieza la narración afirmando que fue el más rico de la historia, lo cual es falso. Ni entre los diez primeros entraría.

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La historia real es bastante peculiar e impactante, teniendo material de sobras para lograr una película muy jugosa ya se inclinara por la crítica social (ricos y pobres, ambición y fracaso), por la comedia (todo fue bastante salido de madre), por el suspense (la investigación del secuestro) o por el drama (la tragedia familiar), o incluso por una combinación de un par de ellos, porque una mezcla más amplia garantiza casi seguro un resultado caótico o todo lo contrario, no llegar a nada de lo que se pretende. Esto último es lo que le ha pasado a esta adaptación de David Scarpa y Ridley Scott. No se deciden a elegir un género y explotarlo al máximo, quedándose en tierra de nadie, en un entretenimiento pasajero sin mucha pegada ni una personalidad concreta.

En su primer acto apunta maneras, pero las buenas sensaciones no duran mucho. Tiene un punto de humor negro bastante correcto, ironizando con la situación sin parodiarla ni criticarla en un sentido concreto, sino simplemente jugando con su extrañeza. De hecho, se agradece la perspectiva neutral, que no toma partido por un personaje u otro. Lo fácil hubiera sido mostrar a la mujer de víctima y al viejo de villano. Pero desde el primer momento quedan claras las motivaciones, el estilo de vida de cada uno, con una naturalidad muy certera. El anciano se ha cerrado sobre sí mismo sin confiar en nadie, encontrando consuelo en lo material, el arte, porque las relaciones humanas directas requieren mucho esfuerzo y solo traen vaivenes emocionales. Con ello logran que empaticemos con su soledad y comprendamos sus decisiones. La protagonista, nuera de aquel, no quiere vivir a la sombra de otros, pero en este mundo, sea por machismo o por otras dificultades de la vida, acaba siempre necesitando ayuda, y su odisea siempre tiene algo nuevo que echarle encima. El principal secuestrador es un maleante de tres al cuarto, pero honorable, no un psicópata, y pronto resulta simpático aunque la relación con el secuestrado no ofrezca ninguna novedad.

Pero el repertorio de protagonistas con enjundia acaba aquí, desaprovechando el potencial que había para explorar otras personalidades muy dispares y su implicación en la maraña de acontecimientos. El hijo secuestrado es un pelele sin profundidad, no nos interesamos nunca por su porvenir. El padre queda más infrautilizado aún, cuando se implicó en realidad bastante más. Y el jefe de seguridad, a pesar de su amplia presencia, no transmite nada, ni si quiera termina de quedar claro qué aporta al desarrollo de la historia.

La desgana que se pone en estos personajes se termina contagiando al relato, que no logra adentrarse en ninguno de los muchos ámbitos que toca. No causa intriga en el thriller (la trama detectivesca es insulsa), el drama no cala hondo ni tiene sorpresas, la comedia negra parece emerger por su cuenta a pesar de las trabas que le ponen. Funciona aceptablemente bien como entretenimiento porque siempre va hacia adelante saltando con velocidad de una situación a otra y los personajes principales despiertan cierta simpatía, pero al no perseguir un estilo concreto y con fuerza se va viendo cada vez más su armazón, de forma que el tercer acto resulta muy predecible, tanto en los hechos como en la narrativa que imprime Scott, un tanto encorsetada y blanda: se ve a la legua cuándo va a intentar un momento dramático, cuándo uno de tensión, cuándo un personaje hará tal cosa o sufrirá algo. La música en concreto es especialmente cargante, tan empeñada en remarcar las emociones de cada escena.

Da la sensación de que el guionista, el director o ambos pensaban que el desenlace no era muy cinematográfico y deciden apartarse de los hechos reales para buscar algo más potente, pero acaban incluyendo una persecución artificial y un final feliz muy falso que no consiguen levantar el interés. En realidad el joven secuestrado acabó hecho polvo y volcado en las drogas con graves secuelas, el viejo murió años después, no a la vez que acaba esta tragedia abrumado por sus decisiones, y no hubo una caótica persecución.

El reparto es irregular. Christopher Plummer está bien pero no destaca como para merecer tantas alabanzas. Michelle Williams sobreactúa un tanto, no me creo su tragedia; es una actriz que puede conseguir mucho más. Mark Wahlberg está perdidísimo, a años luz de resultar verosímil como un mercenario curtido y sin alma que poco a poco va despertando; que se siga centrando en la acción y la comedia, que le van mejor. Al final, el más destacado es el más ninguneado, el francés Romain Duris que encarna al secuestrador italiano (¿no encontraron intérpretes italianos?): su papel es el más complejo y certero.

Cabe mencionar también el cambio de actores en el último momento: Kevin Spacey por Plummer. No lo entiendo de ninguna manera. Que cogieran a Spacey y lo maquillaran de viejo, habiendo actores con la edad adecuada de sobras. Que lo despidan por acusaciones verbales, sin juicio ni nada, y como si hubiera que censurar el trabajo de alguien por un presunto crimen que no tiene que ver con el mismo. También es lamentable lo de, en el rodaje de escenas adicionales, pagarle mucho menos a Williams que a Wahlberg, lo cual remarca el machismo y la hipocresía imperantes en Hollywood: apartan a Spacey para esquivar polémicas y se meten ellos solitos en otra igual. En cuanto al resultado, han tenido suerte de que es una película fácil, de gente sentada hablando en escenarios cerrados, y pudieron volver a rodar sin mucho jaleo. Sólo un plano de exteriores en el desierto (nada más empezar la proyección) da el cante, porque ahí metieron a Plummer en postproducción.

En estas mismas fechas se ha estrenado una serie de la HBO de diez capítulos. Sin haberla visto, parece inclinarse directamente por un tono más alocado y cómico.

Coco

 


Coco, 2017, EE.UU.
Género: Animación, drama, comedia.
Duración: 115 min.
Dirección: Lee Unkrich, Adrian Molina
Guion: Lee Unkrich, Adrian Molina, Jason Katz, Matthew Aldrich.
Actores: Anthony González, Gael García Bernal, Bejamin Bratt, Alanna Ubach, Renee Victor, Jaime Camil, Alfonso Arau, Sofía Espinosa.
Música: Michael Giacchino.

Valoración:
Lo mejor: El tramo final, con buen ritmo, algunos giros bien logrados y cierta emoción
Lo peor: Premisa muy vista, moraleja también. Sin garra, sin profundidad ni originalidad en gran parte del metraje, incluyendo en lo visual, que no impresiona nada.

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Quizá es porque con el tiempo aparece el inevitable desgaste, o quizá porque la compra por parte de Disney (en 2006) ha dejado huella en Pixar por mucho que digan que ambas empresas están separadas en cuanto a funcionamiento interno y creatividad. El caso es que antes un bajón como Cars (2006) era una excepción, pero ahora se van multiplicando las películas menores, las que claramente se crean como productos de merchandising, y las secuelas, y aunque en estas últimas hayan salido más buenas que malas (Monsters University -2013-, Toy Story 2 -1999- y 3 -2010- y Buscando a Dory -2016- contra las de Cars), en general la sensación es que empiezan a faltar ideas y a primar la obligación de tener un estreno cada año para hacer caja. Sí, cuando se ponen serios paren genialidades únicas, pero desde la adquisición voy a cada nueva película con dudas: ¿será una Pixar genuina (Wall-E -2008-, Up -2009-, Del revés -2015-), una poco inspirada (Los increíbles -2004-, Ratatouille -2007-), o directamente una cursilada Disney (Brave -2012-, El viaje de Arlo -2015-)?

Coco entra de lleno en la última categoría. El hecho de abordar una cultura latinoamericana señalaba una apertura de miras impropia del etnocentrista Estados Unidos. El tema central más aún, pues abordar la pérdida y muerte de familiares anunciaba un título que se mojaría en un tema tabú con la delicadeza e imaginación habitual de la compañía. Y el envoltorio sobre muertos y más allá permitiría dejar volar la imaginación en la recreación visual. Pero no exploran nada de este potencial…

Está claro que la odisea del héroe fuera de su entorno, donde madurará a través de aventuras varias, es un relato primigenio en la cultura humana, pero una cosa es tomar el concepto como punto de partida más o menos inevitable y desde ahí construir una historia con personalidad propia, como las magníficas Buscando a Nemo (2003), Monsters S.A. (2001), o El rey León (1994), por seguir centrándome en la animación, y otra usar este argumento porque se sabe que funciona y no esforzarse nada.

En Coco estamos ante la misma película de siempre. Limitándome a las aproximaciones más recientes, es otra vez ¡Rompe Ralph! (2012), El viaje de Arlo, Brave, Frozen (2013) y Moana (2016). Distintos nombres y lugares, pero la misma premisa, protagonistas muy semejantes y secundarios más aún, un recorrido muy parecido y un subtexto clónico. El chico tiene aptitudes, lo que en su entorno ultraconservador se traduce en que es un inmaduro y un rebelde que traiciona a la familia y a la tradición. Romperá con todo más por mala suerte que por determinación propia, se encontrará en un viaje fantástico, aprenderá (a perseguir sus sueños, a respetar a otros, etc.), y volverá al redil más maduro y provocará algún cambio. Los diálogos son bastante flojos, sin savia ni gracia en la parte más ligera, sin profundidad en la más dramática. Los personajes son poco llamativos, un cliché detrás de otro, incluyendo el protagonista, que es intercambiable con los de los títulos citados y muchos más. Las situaciones resultan poco imaginativas, no hay escenarios que sorprendan. Cada rabieta, cada rebeldía, cada palo que se lleva y los giros en que va creciendo se intuyen de antemano y no logran ofrecer ni una pizca de ingenio que disimule sus poca imaginación.

Además, en lo visual tampoco cumple la más mínima expectativa. Abordar el mundo de los muertos, y más en una cultura tan rica en tradiciones y leyendas, abría un abanico de posibilidades infinitas donde dejar llevar la imaginación a límites nunca vistos… Pero lo que nos ofrecen es una simplona evolución de los pueblos mejicanos engalanados para las fiestas, poniendo casas en vertical y adornos por todas partes. El puente de paso es de lo poco vistoso que hay, pero no asombra nada; y la inclusión de una especie de dragones no se sabe muy bien a qué viene y no aporta nada sustancioso a la trama. Ojo, no exijo que todas las películas ofrezcan mundos únicos e inclasificables como Monsters S.A. o Del revés, pero si tienes un argumento tan sobado y limitado qué menos que cuidar la impronta visual. A pesar del potencial del más allá, toda la acción transcurre en una estación, unos despachos y un escenario de conciertos, nada con imaginación suficiente (hay momentos muy BitelchúsTim Burton, 1988-) como para realzar una historia tan predecible. Tratan de abrumar los sentidos a base de colorido, pero sin un diseño artístico destacable detrás resulta un tanto artificial. Por otro lado, también sorprende para mal que tras tanto anunciarse una película sobre la música, esta despierte tan poca pasión, pues no encontramos una banda sonora, ni canciones, ni numeritos que dejen huella.

Me parecía muy justita incluso como pasatiempo intrascendente, salvándose únicamente porque no cae en la vergüenza ajena de otros muchos engendros comerciales. Desde que el entramos en el más allá y quedan claras sus pocas bazas estaba deseando que acabara… Pero inesperadamente el tramo final recuperó bastante mi interés. Los guionistas consiguen un clímax movidito y un par de giros bien trabajados y bastante inteligentes, rompiendo con la monotonía y llevándonos hacia sorpresas muy efectivas (la relación entre los músicos), y además hilando muy bien con la idiosincrasia latina (no solo mejicana) de la estructura familiar y el amor por los culebrones.

Más sorprendente aún es que logran un desenlace bastante emotivo, donde las escenas de reunión familiar aportan una perspectiva algo más progresista, aunque sea tristísimo decir a estas alturas que esto es progresista y no una obviedad: dejar (y apoyar) al niño con sus “extrañas” aficiones en vez de coartar sus libertades en pro de las inmovilistas tradiciones. Tras los conservadores finales de Brave (la aventura no sirve para nada, todo vuelve al statu quo) y Los increíbles (qué penoso ver a los chavales rebajar sus cualidades y expectativas para encajar) y el nulo calado emocional de El viaje de Arlo (una versión lastimera de El rey león), es muy de agradecer esta visión más madura.

Pero esas mejoras llegan tarde y no son suficientes para salvar a Coco del limbo de la intrascendencia. Eso sí, no ha impedido que tenga un recibimiento muy entusiasta por parte de la crítica y el público (¡en Filmaffinity y en IMDb es la más votada de la compañía!), pero creo que el tiempo la pondrá en su lugar, esto es, en el olvido.

El caso Sloane


Miss Sloan, 2016, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 132 min.
Dirección: John Madden.
Guion: Jonathan Perera.
Actores: Jessica Chastain, Mark Strong, Gugu Mbatha-Raw, Michael Stuhlbarg, Alison Pill, Sam Waterston, Jake Lacy, John Lithgow, Jake Lacy, David Wilson Barnes.
Música: Max Richter.

Valoración:
Lo mejor: Buen reparto, efectiva banda sonora.
Lo peor: Puesta en escena mediocre, caótica, resultando una cinta agobiante y fea en lo visual. Guion pretencioso, rebuscado, tramposo y aburrido, que para rematar desemboca en un final delirante.

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Por las notables críticas que ha recibido esperaba un buen título de un género cada vez menos habitual, el thriller adulto. Anunciaban un estilo a lo Aaron Sorkin (El Ala Oeste de la Casa Blanca -1999-, La red social -2010-), es decir, guion extremadamente denso e inteligente pero adictivo y fascinante. El reparto es de buen nivel y el director bastante llamativo, así que más alicientes tenía. Pero al poco de empezar ya se ve el desastre en ciernes, y no mejora al avanzar, es de esos casos en que el esfuerzo de llegar hasta el final me ha supuesto un cabreo y la sensación de dos horas perdidas.

Estamos ante una versión comercial y barata del género, una que para aumentar mi disgusto ha tenido bastante éxito. Está en la onda de Whiplash (Damien Chazelle, 2015) o House of Cards (Beau Willimon, 2013) más que en la de cualquier trabajo de Sorkin o de cualquier buen thriller reciente (la obra de David Fincher a la cabeza: Seven, Zodiac, Millennium), y sobre todo queda lejos del punto álgido en los años setenta, con clásicos como Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula, 1976). Es presuntuosa pero anda muy escasa de inteligencia, profundidad y verosimilitud. Abusa de un pobre repertorio de fuegos artificiales que provea espectáculo poco exigente, resultando aparatosa pero hueca, pues te taladra con mucha información inútil y juegos narrativos sintéticos que se derrumban ante cualquier lectura objetiva. Al contrario que el estimulante entretenimiento que han encontrado muchos espectadores, a mí la acumulación de enredos y tretas de baja calidad me adormeció los sentidos bien pronto, resultándome un visonado muy pesado y al final incluso incómodo: tanta falsedad y efectismo me resulta un tanto ofensivo, pues no me gusta que me intenten manipular y engañar.

La premisa es muy exagerada, aunque se podría aceptar, que esto es ficción, si el tratamiento tuviera un mínimo de coherencia y calado. Los diálogos van de sorkinianos, o sea, veloces, densos e ingeniosos, pero en realidad amontonan poca savia y muchos clichés apenas escondidos tras una aparatosa verborrea inane. El dibujo de personajes es inexistente, todos son objetos de la trama, es decir, bisagras y cepos para los giros y farsas. En la protagonista se junta todo, no se muestra de ella nada más que lo justo para despistar y engañar, así que es imposible encontrarle una dimensón humana, con lo que me resultó una figura con la que es imposible conectar. A pesar de tanto supuesto dramón y la buena labor interpretativa de Jessica Chastain, no sabemos por qué actúa, sufre y se lamenta, porque será un talento de actriz, pero sin un rol bien definido no hay manera de que sus lágrimas, rabietas y demás expresiones tan bien logradas transmitan algo concreto. La revelación final explica al menos sus acciones, su plan, después de mucho marear la perdiz, pero no es suficiente y llega tarde, y desde luego no convence al ser una fantasmada surrealista donde pasa de superheroína del modelo capitalista capaz de manipular su entorno cercano, a diosa que prevee el fluir de todo un estado al dedillo (en todo ámbito: medios, política, sociedad) y planifica una jugada monumental. Y todo ello con algunas salidas de tono ridículas, como la cucaracha espía.

Las pocas promesas del argumento pronto se diluyen en una fantasía que no hay por dónde coger. Se nota en seguida que la idea no es buscar un thriller con tintes dramáticos que nos absorba con su solidez narrativa, un misterio excitante y su fuerza emocional, sino uno que impacte con inmediatez a base de trucos fáciles, directos. Así, guionista y director no trabajan para conseguir una trama intrigante que se va desgranando poco a poco ante nuestros ojos, sino que se esmeran más en construir atmósferas y sensaciones inmediatas por la fuerza, y las sorpresas se basan en soluciones y giros rebuscadísimos de los que ninguno llega a funcionar, sea por tramposos, por artificales, por inverosímiles o una combinación.

Un buen thriller va espaciando pistas coherentes en una narración sugerente, y algunos incluso te plantan la solución en la cara, pero siempre de forma que dudes hasta el final o te falte una sola pieza para reconstruir el puzzle. Un buen thriller nos hace sudar codo con codo con los protagonistas, haciéndonos a ambos partífices del misterio, esto es, el personaje con el que seguimos la historia no guarda secretos relacionados con la misma, sino que va descubriendo las cosas a la par que nosotros. Un buen thriller sólo recurre a flashbacks y saltos temporales si es necesario (por ejemplo, para mostrar visualmente el relato de algún interrogado), no para tratar de realzar el misterio central y potenciar el drama de los personajes anunciándonos peligros próximos y dosificando burdamente la trama.

En El caso Sloan la protagonista principal está trabajando a todas horas del día con el equipo, pero aun así tiene tiempo para montarse un par de intrigas paralelas de altos vuelos, que no vemos porque así lo quieren los autores, pues no saben sorprender de otra manera. El caso es puro humo, con puntuales clímax de relleno para recuperar la atención, y se resuelve con una parida demencial que no hay manera de creerse, ese plan supremo que ya quisiera para sí un villano de James Bond. Es cierto que la pista inicial, soltada a lo bruto sin ton ni son nada más empezar la película y repetida en varias ocasiones, apuntaba a un ardid en la resolución, pero ni aun así podía intuirse semejante disparate, y mira que la premisa ya era de por sí bastante absurda. Los puntos álgidos metidos con calzador y los flashbacks que anuncian la inminente derrota de la protagonista son el colmo de la chapuza y la vagancia. Finalmente, como todo lo que se busca es espectáculo barato y el argumento se limita al juego del engaño chapucero, el potente contenido se deja de lado: los lobbies y políticos corruptos, la industria armamentística y varios conflictos ideológicos de EE.UU. latentes se usan como golpes de efecto, no hay una lectura de ningún tipo con estos temas, más allá de la obviedad de la corrupción moral inherente al capitalismo extremo.

En estas condiciones no sorprende que el ambiente de intriga se deje casi por entero a la puesta en escena. Y me temo que tampoco funciona. John Madden (conocido por Shakespeare enamorado -1998-, y que recientemente tiene una más que decente de suspense, La deuda -2010-) y su equipo (fotografía, montaje) van con la ida de aturullar, de avasallar con información, velocidad y los citados puntos álgidos nada naturales aquí y allá. El montaje trata de ser frenético pero resulta un despropósito, los personajes se quedan con palabras y reacciones en el aire para pasar a planos de otros, o a planos generales que no aportan información a la escena sino confusión. Por extensión, jugar con objetos por medio, deslumbres y demás enredos acentúa ese acabado tan mal planteado. Como resultado, el aspecto visual es informe, más bien desagradable.

Lo único que mantiene medio unido este desastre es la efectiva música de Max Richter y el buen trabajo actoral. Si no fuera por Mark Strong y Gugu Mbatha-Raw sería como si la protagonista no tuviera compañeros, porque el resto son peleles intercambiables. Los arquetípicos villanos, te acuerdas de ellos porque los encarnan unos veteranos de nivel como son John Lithgow, Sam Waterston y Michael Stuhlbarg. Y, sobre todo, si no fuera porque Jessica Chastain llena la pantalla, su irrisorio personaje sería incapaz de despertar el más mínimo interés.

Detroit


Detroit, 2017, EE.UU.
Género: Drama, histórico.
Duración: 143 min.
Dirección: Kathryn Bigelow.
Guion: Mark Boal.
Actores: John Boyega, Algee Smith, Will Poulter, Jack Reynor, Ben O’Toole, Hannah Murray, Anthony Mackie, Jacob Latimore, Jason Mitchell, Kaitlyn Dever, John Krasinski.
Música: James Newton Howard.

Valoración:
Lo mejor: Buen reparto.
Lo peor: Un retrato superficial y descentrado de unos hechos muy graves y relevantes: tenía potencial para mucho más y resulta una película fría, previsible, sin miga alguna

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Pensaba que Detroit iba a ser una de las preferidas para encabezar la temporada de premios… aunque sí, eso por lo general no garantiza que sea buena película, pero al menos me mantengo al día. También me atraía por su aparente temática de análisis sociopolítico. Y, a pesar de que En tierra hostil fue un tanto floja y La noche más oscura podía haber sido mejor, Kathryn Bigelow me parece buena directora y todavía tengo la esperanza de que encuentre un guion con el que pegue un pelotazo… uno real, porque, de nuevo, las sobrevaloraciones de los Oscar pronto se ponen en su lugar: ¿alguien se acuerda a estas alturas de En tierra hostil, ha influido en el cine, en la sociedad, a pesar de sus churricientos galardones?

Pero para mi sorpresa, a pesar del caché de su autora y el éxito de sus obras, el estudio no la ha apoyado esta vez. Con su limitada distribución y la escasa campaña publicitaria, Detroit ha pasado completamente desapercibida: apenas se habla de ella y ha dejado unos ridículos 16 millones de dólares de recaudación mundial. Sería muy raro que la academia Oscar, que se apoya sobre todo en la presión de los medios y la insistencia de los estudios, la resucite de la nada. ¿La temática de policía racista ha asustado al estudio? Es posible, pues a pesar de los años pasados desde los hechos narrados, en Estados Unidos siguen más o menos igual, dando la sensación de que en cualquier momento podría ocurrir algo parecido otra vez.

Una vez vista, tampoco cumple como ensayo analítico, y aunque esto no debería sorprenderme tanto, algunas esperanzas me había hecho. Es de hecho combinación de La noche más oscura y En tierra hostil. Como la primera cinta, es un resumen de los eventos que intenta ser neutral y acaba resultando fría y superficial, y como la segunda, intenta abarcar distintas etapas de una situación sin ser capaz de hacernos entrar en ella, es decir, resultando caótica y poco emocionante. En la caza de Bin Laden podía perdonarse, porque era una acción militar concreta y se narraba con ritmo y garra, pero hablando de unos disturbios sociales tan grandes no puedes quedarte tan al margen de los condicionantes, los conflictos latentes, las personalidades de los protagonistas, las respuestas y repercusiones…

Me puse con ella sin haber visto ni un solo avance, es decir, sin saber exactamente qué perspectiva del tema iban a abordar, y conforme avanza se observa que van cambiando el ángulo y el tono varias veces, quedando un relato incapaz de ir al grano y de sacar jugo de una situación que permitía muchos rangos de análisis y crítica. Los veinte primeros minutos se dedican a exponer anécdotas y situaciones varias de los disturbios, dando la impresión de que se pretende dibujar un panorama completo del asunto. Pero la frialdad con que los hechos son expuestos me impidió entrar en el ambiente: estaba aburriéndome bastante. De repente saltamos a un estilo completamente distinto: hay que soportar otros treinta minutos siguiendo a una pandilla que busca su oportunidad para triunfar como músicos, y a la vez conocemos a un policía sin preparación y racista. El drama es ahora demasiado localizado e intrascendente (qué cansina la escena de ligoteo), y la construcción de los personajes (en especial el estereotipado agente) no llama como para interesarse por el esperable momento en que caerán en algún problema relacionado con las revueltas.

Está claro que querían ofrecer una introducción global a la situación y luego presentar a los personajes implicados en el caso que van a abordar, pero ninguno de los dos segmentos funciona, tanto por su poca pegada emocional y su escaso calado como porque son dos secciones demasiado separadas, incapaces de formar un todo superior. Así que se puede decir que la película de verdad tarda cincuenta eternos minutos en empezar. Y cuando lo hace, no ofrece nada arriesgado (por ejemplo, Perros de paja viene pronto a la memoria) ni tampoco provoca la necesaria sensación de desasosiego e imprevisibilidad. Los policías racistas asaltan un hotel lleno de negros y pierden los estribos y el control de la situación, los otros cuerpos de la ley (policía nacional, ejército) se desentienden, y se convierte en una pesadilla para los inocentes ahí atrapados. Es el mejor tramo, porque es más activo y concreto y por extensión entretenido. Pero aun así le falta componente emocional y crítico: seguimos ante una exposición sin sustancia alguna de los hechos, y, por mucho que fuera una situación real, no me he importaba mucho quién muriera.

El cuarto segmento, muy largo también, parece que por fin va a mojarse… pero las consecuencias (investigación, juicio, respuesta del público) siguen sin rascar en las muchas capas y caras de contenido que hay latente, se mantiene la línea entre desganada y gélida. Sinceramente, para esto me veo un documental. No entiendo la necesidad de tanto metraje y tanto detalle y las dosis de siempre de clichés y sensacionalismo si lo único que van a hacer es narrar en imágenes la entrada de la Wikipedia del caso. De hecho, parte de los acontecimientos los exponen en texto en pantalla al inicio y al final de la proyección, quizá porque vieron que faltaba contexto o claridad. Llegamos al desenlace y no ha dejado nada en que pensar, ni tan siquiera puedes hacerte una idea del ambiente social, político y económico que provocó los disturbios, ni si dejó secuelas, si se aprendió algo y se trató de solucionarlo de alguna manera.

Tampoco funciona en el drama: los personajes no han tenido una profundidad y una evolución con la que conectar. El policía era gilipollas entonces y lo es ahora, ni se ha tratado de entender su actitud ni analizar la situación que permite que gente tan descarriada llegue tan lejos y luego se salga con la suya; el negro indeciso y cobarde lo era antes del asalto y lo sigue siendo después, y me da completamente igual la siguiente etapa de su vida, a la que dedican muchos minutos; el resto de la banda me atraen menos, pero no ocupan tanto tiempo… aunque claro, eso significa que son tratados como meros figurantes; el vigilante privado, aunque parece estar triste por el resultado del juicio, no sirve para exponer ninguna reflexión, así que sus esporádicas apariciones no parecen haber servido para nada.

El reparto se lo toma en serio, eso sí, y salva bastante una narración tan poco emocionante. La mayor parte son desconocidos pero cumplen bastante bien con el repertorio de personajes-cliché: los policías dan miedo, los negros pena; John Boyega (el vigilante) es el más destacado, pues aunque su rol es de los menos llamativos deja un par de escenas muy intensas; por cierto, es clavadísimo a Denzel Washington en versión joven. Kathryn Bigelow es buena realizadora, y como tal es capaz de dotar de cierta tensión a los momentos clave del asalto al hotel, pero no hay más enjundia en el guion, así que el resto del metraje parecen minutos tirados en introducciones y epílogos fallidos.

Al final da la impresión de que estamos ante un incidente aislado de tres policías racistas, cuando fallaron la política, todos los cuerpos de la ley, e incluso la sociedad en general. Pero claro, esto no es The Wire, es una obra sin personalidad, sin coraje, sin contenido, con un poco de acción y una pizca drama de amarillista y superficial para que la masa de espectadores se indigne un poco pero no sepa realmente por qué y pueda aplicarlo a un cambio de pensar real, es decir, para que impacte sólo el tiempo suficiente para ganar dinero y premios; y lo gracioso es que, como decía, le han quitado esa posibilidad al no darle apoyo desde la industria; por suerte, no es un caso que lamentar.

En el mismo estilo semidocumental que narra una crisis (el atentado islamista del maratón de Boston) tenemos la reciente Día de patriotas de Peter Berg, que resulta mucho más recomendable: se lo toma como una de acción y aun así es capaz de dar una impresión global de los hechos más compacta y cercana, y sobre todo, es una cinta muy entretenida.

La suerte de los Logan


Logan Lucky, 2017, EE.UU.
Género: Drama, suspense, comedia.
Duración: 118 min.
Dirección: Steven Soderbergh.
Guion: Rebecca Blunt.
Actores: Channing Tatum, Adam Driver, Daniel Craig, Katie Holmes, Riley Keough, David Denman, Jack Quaid, Brian Gleeson, Seth MacFarlane, Katherine Waterston, Hilary Swank.
Música: David Holmes.

Valoración:
Lo mejor: Reparto, dirección.
Lo peor: El guion, enormemente predecible en el drama, sin gracia en la comedia, sin garra en general.

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En el año 2011 Steven Soderbergh dijo a bombo y platillo que dejaba de dirigir cine porque quería dedicarse a su nueva vocación, la pintura. Poco después se topó con el guion de la serie The Knick y lo dejó todo por ella. Luego dijo que seguiría haciendo televisión (Detrás del candelabro) y teatro. Y al final encontró una película que supongo le devolvería la pasión por el cine, porque aquí lo tenemos de nuevo. Eso sí, como en sus últimas obras tras Contagio (Magic Mike -simpática-, Indomable -un buen e infravalorado thriller- y Efectos secundarios -un telefilme vulgar y corriente-), es un título menor, sin ambición ni gran repercusión.

No tenía esperanzas ni ideas de ningún tipo, no había visto tráileres ni leído nada sobre ella, es una cinta a la que me lancé en parte por su reparto (Tatum, Driver, Craig) y en parte por su director, porque aunque Soderbergh no tiene ningún peliculón de los que marcan una época sí posee algo que me llama la atención, un estilo y personalidad propios y afán por probar cosas e innovar. ¿Qué me encontré? Una combinación de drama rural y comedia de atracos poco inspirada y mal combinada.

En su inicio aborda una historia demasiado manida, y no tiene alicientes que la hagan especialmente atractiva. El protagonista divorciado, sus problemas para encontrar trabajo, y desventuras varias en esa vida de miseria y penas en el Estados Unidos rural. El guion va a lo más básico, resultando un drama propio de la televisión si no fuera porque no tiene giros culebronescos pasados de rosca. Pero, de la misma forma, no posee el germen del cine indie, que suele tener una personalidad y profundidad singulares. Por poner el mejor ejemplo reciente, esto no es Comanchería, sino un relato convencional y sin dobles lecturas.

Por suerte, a media que avanza va cambiando el género tornándose en una comedia de atracos, más en la onda de Ocean’s Eleven que de la citada Comanchería. Eso sí, tardé mucho en darme cuenta de que la idea era hacer reír, porque el sentido del humor es pésimo o no hay chistes hasta bien entrados en el meollo, más allá de la absurda pelea en el bar, que no supe muy bien cómo tomarme. Y bueno, ni en el tercer acto, cuando más loca se vuelve, hay momentos desternillantes, pero al menos conforme avanza se hace más imprevisible y alegre, o sea, más entretenida. Pero aun así mantiene más fallos que virtudes, y no termina de exprimir el nuevo potencial.

El primer problema es que no mejora el ritmo y la intensidad. La narrativa va como aletargada, sin sacar toda la gracia posible de las chocantes, a veces delirantes, situaciones. Se ve una comedia con gran potencial latente, quizá incluso sólo con remontarla con más ritmo y vitalidad. De hecho en los pases de prueba los invitados decían que era lenta y larga, así que Soderbergh redujo la duración en 18 minutos. Si el montaje final resulta largo y lento, no quiero saber cómo era entonces.

El otro punto gris es la inverosimilitud. Pasamos de un dramón anodino a un enredo de atracos fantasioso y con demasiado recursos tramposos. El protagonista habla mucho del plan pero en realidad no dice nada, porque los autores no quieren desvelarnos las fases del mismo para sorprendernos. Esta chapucera forma de hacer intriga no da muchos frutos, pues una vez en marcha no es que estemos ante una aventura trepidante e ingeniosa, sino una que apenas cumple por los pelos. Y ni eso a veces, porque los giros rebuscados del final, los típicos flashbacks cutres de las malas películas que pretenden darte una visión distinta de todo lo que hemos ido viendo, echan por tierra lo poco que iban haciendo bien y cierran la proyección dejando un regusto amargo.

Sin llegar a ser mala, me parece tiempo perdido, no ofrece nada llamativo en ninguno de los dos géneros que intenta abarcar con desgana y torpeza. Al final, hasta lo de inofensiva destruyen, porque terminas con la sensación de que te han intentado engañar con trucos muy malos.

La guerra del planeta de los simios


War for the Planet of the Apes, 2017, EE.UU.
Género: Acción, drama.
Duración: 140 min.
Dirección: Matt Reeves.
Guion: Mark Bomback, Matt Reeves.
Actores: Andy Serkis, Woody Harrelson, Steve Zahn, Karin Konoval, Amiah Miller, Terry Notary, Ty Olsson, Michael Adamthwaite.
Música: Michael Giacchino.

Valoración:
Lo mejor: Con la buena labor del director, los actores tras los simios y los efectos especiales, resulta entretenida y consigue incluso emocionar en algunos momentos
Lo peor: El guion es muy simple, sin ambición, sin profundidad, con muchos estereotipos y situaciones predecibles, sobre todo en el pobre tramo final.
La suma: Apocalypse Now + La gran evasión + Los diez mandamientos.

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Cuánto prometía esta saga y qué poco ha dado. Bueno, en realidad ha encandilado a millones de espectadores y la crítica la ha tratado muy bien, como si fuese cine de alta calidad y no una más de acción taquillera. Pero por más vueltas que le he dado, ni a la más que correcta primera parte le he visto grandes valores como para ensalzarla tanto. Esta tercera entrega sigue atascada en la misma simpleza narrativa, los personajes estereotipados, las situaciones previsibles, el drama de telefilme y la acción aparatosa a golpe de talonario pero con poca imaginación. Si funciona es por la profesionalidad de quienes han dado vida al libreto. El buen trabajo de Andy Serkis como Caesar (y eso que está irreconocible), la verosimilitud total de los simios recreados por ordenador y la contundente y vistosa dirección de Matt Reeves le confieren a la cinta un tono de seriedad y un empaque visual que garantizan un entretenimiento digno para pasar el rato. Pero por mucho que algunos se nieguen a verlo, ante cualquier análisis objetivo, por somero que sea, hace aguas: esa seriedad se nota artificial bien pronto, los clichés ahogan un argumento y unos personajes trilladísimos, y el relato termina resultando ruidoso pero superficial.

Caesar es un buen protagonista, llena la pantalla con su presencia, sus dilemas y problemas interesan. Con él enfrentamos momentos descarnados, un poco de lucha interna, pocas alegrías tras mucho sacrificio… pero en el fondo es lo mismo de siempre, y la falta de novedades y sobre todo de inteligencia frenan mucho su alcance: su odisea se ve venir muy de lejos, a veces ni resulta natural, con lo que aunque no dé vergüenza ajena como muchos héroes de acción, tampoco logra dejar huella. ¿Que un protagonista tenga cierta solidez implica alabarlo como un gran logro? El cine contemporáneo, sobre todo el de acción, está mal, pero tanto…

Los tópicos se extienden al grupo que lo acompaña, que no podía ser más facilón: los secundarios duros y fieles, el sabio, el graciosete… Este último, como viene siendo habitual, muestra el poco ingenio de los guiones actuales: el humor es tonto e infantil a más no poder y se mete con calzador para contentar a todo el rango posible de espectadores. En los malos el panorama no mejora: el villano principal no da miedo, es un “soy malo porque sí” al que no consiguen dotar de vida a pesar de que le dedican un par de escenas intentando darle un poso (al menos lo intentan, que por lo general se pasa demasiado de ello), y sus secundarios son más básicos aún: el que duda, el matón, el traidor… todos con sus escenas de rigor.

Pero sobre todo le pesa la carencia de profundidad, la inexistencia de dobles lecturas, de dilemas éticos de alcance, de análisis sociales, religiosos, morales, políticos… En resumen, todo lo que hizo grandiosa a la original El planeta de los simios (1968) aquí está ausente en su mayor parte, y lo que se quiere tratar se queda en su mínima expresión, en retazos poco excitantes. El argumento y los dramas personales se limitan a recalcar la pérdida de la ética en situaciones límite (venganza, violencia) y lo malvada que puede ser la humanidad. La adoración al líder (el coronel) valía para hablar sobre cómo surge un estado tiránico de las cenizas de otro, e incluso de cómo puede darse paso a la religión, pero su recorrido se limita al villano supuestamente chungo, al reto que debe solventar Caesar en el nuevo capítulo.

Los conflictos personales daban para historias más complejas de supervivencia tras un apocalipsis, pero nos quedamos con el dramón barato de separación familiar, reencuentros y tal, todo súper predecible. La chiquilla… desde su aparición pensaba que serviría para ahondar en las semejanzas entre simios y humanos, en lanzar a los protagonistas, sobre todo los malvados, hacia alguna reflexión… pero poco a poco va quedando claro que sólo está ahí para un par de momentos de lágrima fácil y para el giro final, y por supuesto, todo resulta previsible cuando no forzado: ni se dignan en trabajarse el apego con los simios, no hay quien se crea que llore por quienes mataron a su padre.

El lado bélico también permitía jugar con otras muchas situaciones, pero los autores se atascan en un par de estereotipos y se ahogan ahí siendo demasiado explícitos: la alineación moral, esos de tu bando, raza o pueblo que se van con los malos por cobardía y supervivencia, no podía tener un recorrido más manido; los remordimientos de los soldados se insinúan pero no lleva a ninguna parte; el tirano con justificación (como digo, se intenta explicar sus actos) no consigue que deje de parecer un maniquí mal interpretado (Woody Harrelson no da la talla ni por asomo); etc.

La sensación de poca imaginación, de cinta nada novedosa y predecible, explota a lo grande en el tramo final: es descarado cómo beben de Apocalypse Now y La gran evasión, con escenas calcadas sin rubor alguno. Y a todo hemos de sumar los giros extraños, los pequeños agujeros de guion o situaciones forzadas. No sé muy bien qué pretenden con lo del agua inundando los túneles, si no llega a pasar nada: inicialmente parece una excusa para dar más intriga a la fuga (que no llega a aparecer: con qué facilidad se hacen con una llave), y luego resulta que los siguen usando como si no hubiera pasado nada. Y vaya tela la vigilancia del campamento militar. Entran simios y humanos por la puerta y se plantan en medio del patio antes de que los vean, y tampoco se enteran de la fuga en grandes grupos. Para colmo, el desenlace aborda por fin la religión… convirtiendo la odisea en un remedo bíblico sonrojante: derrotan a sus enemigos por intervención divina y, a pesar de que se deduce entonces que ya no tienen que huir, aun así se empeñan en cruzar el desierto en plan Moisés. Pero lo hacen sin provisiones, sin agua, y sin pararse si quiera a curar a los heridos… todo para forzar que Caesar llegue moribundo a la tierra prometida, en el típico y cansino héroe o profeta que se sacrifica por su pueblo.

Así pues, la película iba siendo simple pero al menos entretenida (algo mejor que la segunda, que es demasiado tonta), pero el arco final (desde el inicio de la fuga en adelante) me provocó muchísima vergüenza ajena, lo que vuelve a poner en primer plano la sensación de decepción por el potencial desaprovechado y de incomprensión ante el reconocimiento tan entusiasta en una trilogía tan limitada.

PD: Al menos han encontrado una aceptable justificación para que los hombres no supieran hablar ni parecieran inteligentes en la saga madre: un virus, aparte de erradicar a gran parte de la población, los deja medio lelos, convirtiéndolos en poco más que animales.

Ver también:
El origen del planeta de los simios (2011)
El amanecer del planeta de los simios (2014)
-> La guerra del planeta de los simios (2017)