El Criticón

Opinión de cine y música

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It


It, 2017, EE.UU.
Género: Drama, terror.
Duración: 135 min.
Dirección: Andy Muschietti.
Guion: Chase Palmer, Cary Fukunaga, Gary Dauberman. Stephen King (novela).
Actores: Jaeden Martell, Finn Wolfhard, Sophia Lillis, Jack Dylan Grazer, Wyat Oleff, Chosen Jacobs, Bill Skarsgård, Nicholas Hamilton.
Música: Benjamin Wallfisch.

Valoración:
Lo mejor: El entusiasmo puesto por todos sus implicados da sus frutos. Es emotiva en el drama, siendo una magnífica obra sobre la entrada en la adolescencia con personajes encantadores. Es acojonante en el terror a pesar de no aportar novedades, sobre todo porque la puesta en escena es impecable.
Lo peor: Por decir algo, como suele pasar en el terror, la experiencia en los revisionados pierde un poco en el factor miedo.

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Cuando un libro vende mucho es muy probable que Hollywood no tarde en hacer una película. Si eres autor de varios superventas las adaptaciones están en marcha incluso antes de publicar la siguiente obra, y quizá hasta puedas darte el lujo de escribir algún guion por ti mismo. Pero si llegas a la categoría de Stephen King tendrás hasta varias adaptaciones de cada novela, relato y escupitajo que sueltes. Eso sí, otra cosa es la calidad de las mismas, que en su mayor parte es escasa. Carrie, Los chicos del maíz, La niebla, El resplandor, El misterio de Salem Lot y quizá más que se me pasen han tenido diversas versiones (y algunas con varias secuelas inventadas) en cine, televisión y series. Y ahora estamos en la edad de oro de los remakes y adaptaciones, con predominancia de sagas de fantasía y de terror y nostalgia por los años ochenta, así que King ha vuelto a primer plano.

Por citar los casos recientes más destacables, tuvimos que sufrir el desastre de La torre oscura (Nikolaj Arcel, 2017), muy esperada por sus fans y bien enterrada como si no hubiera existido, pero ahora lo intentarán de nuevo en forma de serie. En ese formato fracasó también La niebla (Christian Torpe, 2017), después del peliculón que nos dejó Frank Darabont (2007). Así que no sorprende que volvieron a mirar a It, que ya tuvo una versión televisiva con bastante notoriedad en 1990 de la mano de Tommy Lee Wallace. Sin embargo, este ha sido uno de esos casos en que recuperas la fe en el cine, porque ha salido una cinta notable. Claro que su éxito ha avivado aún más el frenesí, y pronto nos han traído otra versión de Cementerio de animales (Kevin Kölsch, Dennis Widmyer, 2019) que tampoco ha tenido buenas críticas.

Quizá entre los productores había alguien con visión, quizá han sido los típicos que dicen “hagamos una peli de esto que está de moda y fijo que sacamos pasta”, pero sea como sea, el equipo elegido para llevarla a cabo ha sido muy acertado. El director Andy Muschietti sólo tenía en su haber el corto y luego el largometraje Mama (2008, 2013), que tuvo una recepción aceptable pero no como para dejar huella. En los guionistas tenemos tres autores bastante distintos. Gary Dauberman, con cierta experiencia en el género pero poco llamativa, pues no tiene nada con críticas decentes, aunque algunas tuvieran cierto éxito por haber nacido en la estela de The Conjuring (James Wan, 2013): Annabelle (2014) y La monja (2018). Chase Palmer, con sólo dos cortos escritos y dirigidos en su haber, y además hace una década. Y el más conocido, Cary Joji Fukunaga, quien deslumbró a todo el mundo dirigiendo la primera temporada de True Detective (2014), pero como guionista sólo destacan dos cintas independientes que se llevaron buenas críticas en varios festivales, Sin nombre (2009) y Beast of No Nation (2015); esta última me pareció muy poca cosa. Lo que no sabemos es cuánto del guion suyo queda en el final, si lo han acreditado por imperativo legal, pues si bien fue el principal guionista y candidato a dirigir, quería alejarse mucho de la obra de King y el estudio no se lo permitió, tomando entonces las riendas Muschietti y los otros escritores.

Prescinden de la morralla infinita que llena las mil y pico páginas de la novela y hacen un lógico cambio de época (de los cincuenta a los ochenta), pero también dividen acertadamente el marco temporal, un capítulo para los jóvenes y otro para los adultos en vez de ir alternando por escenas. Supongo que el segundo estaba supeditado al éxito del primero, pero como fue impresionante se puso en marcha pronto y llegará en septiembre de 2019. Recalco lo del éxito, porque con unos alucinantes 700 millones de dólares de recaudación mundial (costó 35) se ha convertido en la película de terror más taquillera de todos los tiempos, salvo que ajustemos por la inflación, donde El exorcista (William Friedkin, 1973) sigue imbatible, y en una de las diez Rated R (menores acompañados) más rentables, a la altura de Matrix (Las hermanas Wachowski, 1999) y Deadpool (Tim Miller, 2016).

La dirección, la fotografía y la música siguen un metódico clasicismo formal, recurriendo sólo en ocasiones a clichés del género, cuando inevitablemente son necesarios. Por ejemplo, tenemos algunos típicos planos cenitales de las habitaciones y trávellings hacia pasillos y zonas oscuras, pero en vez de parecer un tópico llegan para culminar una escena muy bien planificada. Sabes que saldrá algo del desagüe de la chica y no sorprende el plano hacia la oscuridad de la tubería, pero aun así estás con los nervios a flor de piel, y la habitación que acaba de rojo hasta el techo tampoco es original, pero tiene una belleza estremecedora. En la música, Benjamin Wallfisch (otro que no había destacado hasta ahora) tira de los pianos, voces infantiles, cuerdas afiladas y estruendos habituales, pero la composición es muy versátil, resultando vital en todo momento. Sí, hay que decir que hay algún susto sonoro, pero son pocos y por lo general bien justificados.

Son capaces de construir cada nueva secuencia de terror en pocas escenas, sin necesidad de largos previos que vayan moldeando la atmósfera. En la presentación de cada chaval tenemos un escenario completamente distinto, algunos tan poco pavorosos como una biblioteca bastante moderna, y en todos logran poner los pelos de punta y varios sustos de los de saltar en el asiento. Así, aunque una fórmula tan clásica no parecía que pudiera sorprender a estas alturas, el resultado es digno de alabanza: el desconcierto y la inquietud te acompaña casi todo el metraje, no sabes cuándo aparecerá el dichoso payaso ni en qué tipo de reencarnación, y los subidones más terroríficos son de apartar la mirada temblando. Sólo pierde un poco de fuelle justo antes de lanzar el final, porque una vez los niños plantan cara se ve venir un poco lo que va a ir ocurriendo, pero el esfuerzo y entusiasmo puestos levantan muchísimo un desenlace que otros se habrían tomado como un mero trámite a cumplir.

Pero si It resulta tan perturbadora no es sólo por su impecable acabado, sino por la inmersión emocional: consigue llevarnos de vuelta a la infancia. Como drama sobre la adolescencia es de lo mejor que recuerdo haber visto, y tengo que ir precisamente a obras de los años ochenta que fueron muy certeras en este campo, como El club de los cinco (John Hughes, 1985), Los Goonies (Richard Donner, 1985), E.T. (Steven Spielberg, 1982)… La nostalgia desde luego ayuda a que el público congenie con la historia y los protagonistas, pero hay que decir que el grupo de amigos refleja muy bien a cualquier pandilla de cualquier época sin atascarse en los estereotipos iniciales (el gordito, el pedante, el locuelo, la chica). Los autores dedican bastante tiempo a la presentación de cada uno y a la unión gradual, sin miedo a atascarse en ñoñerías y que el espectador olvide al payaso. La escena de la cantera es muy bonita, por ejemplo. Y esto me lleva a decir que me sorprende encontrarme con una cinta sobre la entrada en la adolescencia tan natural viniendo de un país que se autocensura tanto en estos temas: abordan el despertar sexual sin tapujo alguno.

Conforme vamos pasando por todos los traumas de padres ausentes, maltratadores y sobreprotectores, pandilla de matones, incapacidad para integrarse en lo considerado normal, etc., estás cada vez más metido en la pandilla como si fueras uno de ellos. Ni en las situaciones que podemos señalar como más forzadas (la madre neurótica) parecen pasarse de rosca, porque en todo momento consiguen que entremos de lleno en la suspensión de la realidad pretendida: es una pesadilla muy plausible y el payaso no es sino una hipérbole que la hace más espeluznante. Si esto no te ha pasado a ti, sí otra cosa parecida, o le ha ocurrido a algún conocido, y sea como sea, lo vives como si pudiera pasarte.

Es incuestionable que el reparto ha tenido mucho que ver en el fantástico resultado. Es asombroso como han logrado reunir a actores bastante jóvenes no sólo muy competentes, sino que se adaptaron con rapidez a sus personajes, haciéndolos tan suyos que hay escenas que apostaría a que salieron medio improvisadas. No sé qué tal estará el doblaje, ni quiero saberlo.

Un poco de la mejor nostalgia, de lo mejor del cine terror, y también un drama estupendo y bastante valiente han permitido que It cale bien hondo en todo el mundo. ¿Servirá para que en Hollywood se pongan las pilas buscando talento y calidad, o por el contrario azuzará la llegada de más títulos prefabricados sobre ideas y obras muy vistas?

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Un lugar tranquilo


A Quiet Place, 2018, EE.UU.
Género: Suspense, drama.
Duración: 90 min.
Dirección: John Krasinski.
Guion: Bryan Woods, Scott Beck, John Krasinski.
Actores: Emily Blunt, John Krasinski, Millicent Simmonds, Noah Jupe.
Música: Marco Beltrami.

Valoración:
Lo mejor: Va al grano sin rodeos. Premisa clásica pero con buenos momentos. Estupendo reparto.
Lo peor: Demasiado susto sonoro, traicionando a la premisa del silencio. Demasiados lugares comunes con el género y por tanto demasiado previsible. Demasiados pequeños agujeros de guion que rompen la conexión más de la cuenta. Demasiado sobrevalorada, mientras otras del género más redondas pasan injustamente desapercibidas.
El título: Muchísima mejor traducción sería Un hogar en silencio. Se lo han tomado demasiado literal.

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Alerta de spoilers: Comento algunos detalles del argumento. No creo que destripe nada, pero es mejor verla en blanco.–

Como suele pasar, la idea y el guion de Un lugar tranquilo dio bastantes vueltas por los estudios hasta que tomó la forma final. Propuestas iniciales eran más extremas (una versión era completamente muda, aquí hay bastantes diálogos), y otras absurdas, como la idea del típico productor imbécil, que quería formara parte de la pseudo serie Cloverfield. John Krasinski, quien se dio a conocer en The Office (2005) como un gran actor y empezó a hacer sus pinitos como director, tampoco era el primer candidato, ni quería hacer una de terror, pero entre que tenía tiempo libre antes de meterse en la serie Jack Ryan (que es una pérdida de su talento), vio que el guion trataba más sobre la familia, y su mujer Emily Blunt, que la protagoniza, lo presionó, la acabó dirigiendo e interpretando y teniendo tanto éxito que podrá hacer las secuelas como quiera, aunque inicialmente también andaba diciendo que no participaría.

La premisa es muy clásica pero muestra potencial. Entramos en el relato ganando rápidamente interés por la familia e inquietándonos por el ambiente de peligros constantes en que viven. Los problemas del día a día en un mundo postapocalíptico tocan cosas sencillas, pero lo hacen con un cariño que se contagia. El amor entre los miembros de la familia, los baches y remordimientos debidos a tragedias, la pena por la pérdida, el esfuerzo por superar la adversidad… Con poco consiguen atrapar lo suficiente para seguir sus aventuras.

Los actores jóvenes cumplen y los adultos están estupendos: Krasinski y Blunt componen un retrato hermoso y a la vez doloroso de lo que supone formar una familia en momentos adversos. Está bien dirigida, con buen uso de los puntos de vista de cada personaje, de forma que en todo momento sabemos qué sienten y sufren sin que tengan que hablar, y un sabio manejo de los silencios, las pausas tensas, las carreras desesperadas…

El problema es que guionistas y director se atascan en una idea que creen más novedosa de lo que es, y pronto empiezan a apoyarse en ideas y soluciones muy usadas en el género y a descuidar las formas. El concepto de unas criaturas que oyen todo y tienes que vivir en silencio va como anillo al dedo para crear una historia de terror distintiva en contenido y narrativa, y aunque parece apuntar a ello en su primer acto, en adelante en vez de explorar a fondo las opciones los autores acumulan escenas muy vistas y por tanto predecibles y pequeños agujeros de guion que terminan de echar por tierra sus posibilidades. La cinta se va diluyendo tanto en el drama como en el suspense hasta desembocar en un tramo final muy convencional, y sólo en algunas situaciones la dirección y los actores levantan el nivel.

La historia familiar no crece, se queda en lo básico sin avanzar hacia algo más trascendental y emocionante. En el subidón final de acción la falta de calado pesa mucho, las anécdotas que iban perfilando sus vidas parecen nimiedades ante la gravedad de la realidad, y el desequilibrio hace que te cuestiones cosas hasta el punto de que termina chirriando el desenlace de los dos arcos principales de los personajes.

Primero, es un suicidio de tener un bebé en esas condiciones, no resulta verosímil que estén tan felices por ello en vez de asustados. Esta parte se salva por las buenas escenas angustiosas, como el clavo, el parto, el sótano… pero también por los pelos, porque tienen demasiados agujeros de guion y no son nada originales. Segundo, comentaba en A ciegas (Susanne Bier, 2018) que este género sufre mucho el abuso de traumas artificiales para intentar que los personajes enganchen, en vez de contar con ellos algo que enganche, y este caso roza esa categoría. Como se centran en la supervivencia de la familia, los detalles del día a día eran enriquecedores, pero al no aportar en la parte final algo más pierde mucha fuerza. Sabemos de sobras que el padre se desvive en todo momento por su hija, que la quiere muchísimo aunque haya cierto distanciamiento desde la tragedia. En otras condiciones (antes del clímax, en un epílogo donde hayan superado la crisis externa) no hubiera molestado que cerraran ese conflicto personal, pero basar toda la pelea final con las criaturas en ello no funciona, el contraste entre la relevancia de una situación y la de la otra es muy grande y resulta forzadísimo. La cutre y tonta reconciliación, con giros absurdos (para qué sueltas el hacha, idiota), hunde el interés por los suelos, y ya había perdido bastante.

También pesa que se va descuidando cada vez más la coherencia, y eso que de primeras ya había cosas forzadas. Por qué la niña va siempre con el aparato si este no funciona… es decir, lo presentas de forma evidente como “el arma de Chéjov”, así que en las primeras escenas ya me has contado el final. Y sorprendido leo que hay espectadores no sólo sorprendidos, sino que no lo han entendido bien. Tienen electricidad, aunque no he visto placas solares, y se montan un buen sistema de vigilancia por cámaras, pero no se les ocurre poner altavoces para espantar a los bichos con interruptores colocados en lugares estratégicos. Es más, porqué no ponen lejos trampas con sonido, algo tan simple como una jaula que se cierre al entrar la criatura. Se ven otras hogueras de otros supervivientes: ¿por qué no se ayudan? Qué hace un clavo enorme clavado de abajo arriba en la parte del escalón que tienen pintada para pisar porque es supuestamente seguro y no hace ruido. En el silo de maíz te hundes unas veces sí y otras no. Y en ocasiones no son ni agujeros de guion, sino burdas trampas para dar forma a la escena como quieren. El bebé está encerrado en un baúl insonorizado y con una máscara con oxígeno para que no llore… pero aparece abierto y sin máscara, para ponerlo en peligro ante una criatura que ha entrado no se sabe cómo en el sótano que también está cerrado y aislado.

En la dirección también flojea la cosa después de sentar unas bases tan llamativas. Sea porque Krasinski patina o porque el estudio lo obliga, se empeñan en convertir el suspense con sobresaltos en terror de acojonarse, pero lo hacen abusando de sustos sonoros por todas partes, y vaya cagada inclinarse por esa fórmula en una película que empieza apuntando a todo lo contrario. Que aparece un anciano sospechoso de fondo, buuum golpe sonoro a todo volumen; que el papá agarra al niño en el último momento, buum; que pasa una criatura lejos y los personajes aguantan la respiración para no hacer ruido, buuum, atronador golpe sonoro… Y así todo el rato. Acaba siendo molesto, porque los respingos que puedas dar por sorpresas y temores crecientes se rompen, cambiados por la molestia del subidón incómodo. La pena es que la banda sonora de Marco Beltrami es bastante buena, pero la sobreutilizan sin mesura. En ocasiones también la construcción de la escena es demasiado evidente; por ejemplo, enfocar al cristal del coche ya me revela que la criatura golpeará por ahí. Al final, tanta publicidad y entusiasmo por su estilo, y hay otra reciente que maneja bastante mejor los silencios y las pausas tensas: No respires (Fede Álvarez, 2016). Es más, ¿tengo que recordarle al mundo la existencia del episodio Hush de la cuarta temporada de Buffy, la Cazavampiros (Joss Whedon, 1997), con casi veinte años a cuestas ya?

Y siguiendo con las comparativas, el guion es tan poco original que ni con Krasinski dando lo mejor de sí se salvan escenas cogidas directamente de clásicos del género, es decir, es una cinta que se ve venir en cuanto presenta la trama, que te intuyes cada escena en cuanto se pone en marcha.

Lo alucinante y triste es que la gente se ha vuelto loca, como si estuviera ante algo único y novedoso, cuando no es así. No voy a recriminarle que se pueda pensar en Alien (Ridley Scott, 1979) y La noche de los muertos vivientes (George A. Romero, 1968), porque es inevitable, ya que son el nacimiento de muchos subgéneros que impliquen enfrentarse a monstruos en lugares aislados, sino que tome tanto del cine y la literatura del género, sobre todo clásicos de los años cincuenta y alrededores. Vienen pronto a la mente demasiadas semejanzas con Soy leyenda (Richard Matheson, 1954) y sus adaptaciones (El último hombre… vivoBoris Sagal, 1971-, Soy leyendaFrancis Lawrence, 2007-), hay mucho también de La guerra de los mundos (Herbert George Wells, 1898), al menos de sus versiones en pantalla grande (Byron Haskin, 1953, Steven Spielberg, 2005). Pero no hay que irse tan lejos. La memoria de la masa de espectadores es muy, muy corta, porque también toma con descaro de clásicos modernos. La escena del coche está sacada de Parque Jurásico (Steven Spielberg, 1953), y la del maizal y el sótano de Señales (M. Night Shyamalan, 2002).

Esta última me lleva decir que se puede realizar una escena, o incluso una película entera, como homenaje a otras, y ser respetuoso a la vez que aportas tu propia historia y estilo. En Señales, Shymalan lo hizo de maravilla, pero aunque tuvo muy buena taquilla por el efecto arrastre de El sexto sentido (1999) la gente no la entendió e incluso se metió con su final, considerado estúpido (luego se aceptan sin problemas tonterías de fantasmas con cosas pendientes y asesinos en serie que parecen inmortales). En cambio, Un lugar tranquilo copia aportando poco y con torpeza de su cosecha, destacando el final, y arrasa y se aprecia como si hubiera inventado algo nuevo.

Y por seguir con las injusticias, hay películas mejores a las que les cuesta no ya alcanzar su abrumador éxito de taquilla (400 millones de dólares mundiales contra 17 de presupuesto), sino una recepción tan entusiasta. Otras de Shymalan como El bosque (2004) y La visita (2015) (El incidente -2008- también se parece, pero fue muy floja), Hereditary (Ari Aster, 2018), The Descent (Neil Marshall, 2005), La carretera (John Hillcoat, 2009)… Y la comparación más obvia, por fecha y semejanzas, A ciegas, que ofrece una historia más sólida e impredecible pero no ha tenido tan buenas críticas.

A ciegas (Bird Box)


Bird Box, 2018, EE.UU.
Género: Suspense, drama.
Duración: 124 min.
Dirección: Susanne Bier.
Guion: Eric Heisserer, Josh Malerman (novela).
Actores: Sandra Bullock, Trevante Rhodes, John Malkovich, Sarah Paulson, Jacki Weaver, Rosa Salazar, Danielle MacDonald, Tom Hollander, Lil Rel Howey, BD Wong.
Música: Trent Reznor, Atticus Ross.

Valoración:
Lo mejor: Es capaz de cumplir de sobras en un género y estilo muy gastados. La solidez de sus personajes. Clásica pero efectiva puesta en escena.
Lo peor: La narración fragmentada me parece contraproducente. Quizá falta algo en la parte de supervivencia en el exterior.
El título: La traducción fiel es Pajarera. A ciegas pega, pero si los autores querían el otro, más original y sutil, por qué lo cambias.

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Cuántas películas de suspense o terror hemos visto con personajes planos y aburridos a los que les colocan de mala manera un drama impostado para intentar que conectemos con ellos. Que si un divorcio en ciernes, una pelea entre familiares o amigos, y al final vuelven a unirse; que si un trauma reciente (el abuso de hijos muertos es penoso) a superar con un par de escenas llenas de clichés al final; etc. Cuántas hemos soportado con tramas encasilladas en los mismos escenarios, desarrollo y soluciones. Espacios aislados, locos asesinos o monstruos acosando, los secundarios estereotipados muriendo de forma previsibles, y giros finales rebuscados para intentar sorprender. A ciegas tiene un poco de todo eso… pero todo con la vuelca de tuerca y la inteligencia justas para que te olvides en seguida de los lugares comunes y acabes embaucado por el misterio y sintiendo empatía por los personajes.

La presentación nos pone ante dos hermanas con una vida normal y unos conflictos verosímiles. Puede que la obsesión de la protagonista principal con el embarazo no parezca especialmente trascendental, pero en nada que empieza la acción pasa a formar parte de su adaptación y evolución, para en el tramo final ir cobrando importancia con escenas muy efectivas, algunas sutiles, otras muy bien conectadas con los nuevos eventos que enfrenta. Así, el arco dramático resulta muy interesante, crucial para el personaje y emocionante para el espectador. Los niños llamado Niño y Niña por temor a coger demasiado apego, las dudas sobre cuál debe correr un riesgo enorme para que puedan salvarse otros y otros instantes resultan bastante duros e inquietantes.

La llegada del fin del mundo pone todo patas arriba con buenas dosis de intriga y una pizca de acción agobiante. No se ve mucho, sólo que todo se ha ido al infierno por la presencia de criaturas misteriosas, lo que fuerza a unos pocos desconocidos a sobrevivir improvisadamente encerrados en una casa. Como en las buenas obras de géneros afines, lo importante es el cómo se enfrenta la humanidad a situaciones extremas, no el dinero que se hayan gastado en la recreación del bicho de turno ni los sustos forzados. Hay momentos que beben de La noche de los muertos vivientes (George A. Romero, 1968) y El amanecer de los muertos (ídem, 1978), otros de La niebla (Frank Darabont, 2007) y otras tantas parecidas, pero sus autores se centran en lo mismo que hizo destacar a esas obras: construir personajes con suficiente profundidad como para que cuando se tuercen las cosas, y lo hacen a menudo, no parezcan carnaza que irá muriendo en fila sin que te importen un bledo sus destinos.

Para el tercer acto tenemos un cambio de lugar inesperado, es decir, salimos de la casa y enfrentamos lo desconocido. Mantiene la incertidumbre por cómo sobrevivirán los pocos que quedan, y el giro final es también ingenioso y efectivo, al contrario de las chapuzas que suelen verse. Pero aquí termina de hacerse notar el único fallo notable de la película, una narración no lineal que juega en contra de las posibilidades latentes. A lo largo del relato nos han ido soltando pequeñas escenas a modo de adelanto, sin duda con la intención de hilar paralelismos que enfaticen la evolución de la protagonista, pero no parece necesario, ya estaba yendo bien la cosa en ese sentido, y a cambio se resiente el factor intriga. Estoy convencido de que enfrentar cada nueva dificultad y huida por los pelos sin saber qué viene hubiera resultado más emocionante. E incluso ya puestos, podrían haber ofrecido un par de aventuras más antes de entrar en el río, para enriquecer la parte de supervivencia.

En lo visual en cambio evitan por completo artificios demasiado habituales en el género y que también suelen fallar: las puestas en escena rebuscadas para intentar sorprender y disimular las carencias del guion, como en Cloverfield, (Matt Reeves, 2008), 28 días después (Danny Boyle, 2002) y muchas más. La directora Susanne Bier (dada a conocer con la aclamada El infiltrado, 2016) apuesta por un acabado formal muy clásico y sobrio, y funciona muy bien, salvo por un par de planos en el río donde cantan las pantallas de fondo y por la ausencia de una banda sonora de calidad que realzara mejor cada situación. El reparto también está bastante bien, destacando a Sandra Bullock, que muestra con intensidad la constante desesperación y el agobio que viven, y los siempre competentes John Malkovich y Tom Hollander; sólo Trevante Rhodes queda un poco por debajo del resto.

A ciegas no llega a resultar tan impactante y original como para marcar un hito en el género, pero no hace falta más para tener un buen entretenimiento, como ha demostrado también otro estreno del mismo año bastante parecido en concepto, Un lugar tranquilo (John Krasinski). Según los pocos datos que da Netflix, ha sido su película más exitosa hasta la fecha.

Alerta de spoilers: Destripo el final a fondo, no leas más si piensas verla.–

La ubicación de la salvación final da la impresión de estar en medio bosque inaccesible. Para que no parezca exagerado bastaba con señalar que hay una ciudad cerca y debido al caos era mejor ir por el río. Lo que no trago es que aparezca la doctora de maternidad ahí tan campante; no hacía falta para remarcar el desenlace feliz. Me alegro de que no enseñen al monstruo. No era necesario, el temor a que hay algo es suficiente. Además, si la idea es que te salvas no mirando, no tiene sentido que lo veamos a no sea que la protagonista lo hiciera.

El vicio del poder


Vice, 2018, EE.UU.
Género: Drama, comedia, histórico.
Duración: 132 min.
Dirección: Adam McKay.
Guion: Adam McKay.
Actores: Christian Bale, Amy Adams, Steve Carell, Sam Rockwell, Alison Pill, Eddie Marsan, Jesse Plemons.
Música: Nicholas Britell.

Valoración:
Lo mejor: Hay que agradecer tanto el tocar un tema que pocos se atreven como el ofrecernos una buena visión global y crítica de hechos muy complejos.
Lo peor: Irregular, sin garra. El personaje principal es superficial y no engancha.

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Al guionista y director Adam McKay le salió una jugada bastante buena con La gran apuesta (2015), que tuvo bastante éxito y acaparó bastante nominaciones y premios. No fue una cinta redonda pero sí bastante valiente, por tocar un tema muy complicado, la crisis económica mundial de 2008, y, lo más importante para triunfar, muy entretenida, sobre todo gracias a un reparto estupendo.

El vicio del poder aborda otra historia de gran envergadura con la misma fórmula, buscando un ritmo ágil a través de numerosos recursos narrativos: voz en off, flashbacks, recesos explicativos cómicos, anécdotas que pulen detalles, mezcla de escenas variadas que construyen una idea en conjunto… Es descarado intenta exprimir los réditos de La gran apuesta, pero si en aquella no terminaba de deslumbrar, en esta se queda aún más corto. Aun así, el realizador ya estaba en la órbita de los Óscar y los Globos de Oro, y ya se sabe que si caes bien en este gremio vas a estar mimado unos cuantos años más aunque hagas basuras, y se llevó incluso más nominaciones que su anterior trabajo. Pero en general la crítica y el público la recibieron con tibieza.

El empeño en repetir lo que fue útil en otro caso impide que la historia respire con vida propia, y queda una cinta bastante desequilibrada que desaprovecha un gran potencial. El individuo que explica cosas, sea interrumpiendo con una aparición o mediante voz en off, funcionó en La gran apuesta porque era un protagonista, sabíamos qué pintaba en el relato. Aquí es completamente ajeno a él, a pesar del intento de sorpresa final de relacionarlo con la historia, que encima es demagogia barata. El humor no tiene tanto ingenio, a veces entorpece más que ayuda, sobre todo en los momentos surrealistas, de romper la cuarta pared: llegan de sopetón y no terminan de encajar. El ritmo no es tan enérgico, y aunque la perspectiva global se sigue bien y hay partes impactantes, hay muchos tramos de poca trascendencia e interés por la dispersión y la poca garra de una narrativa más caótica que inteligente. ¿Es una biografía seria, una comedia alocada, un documental?

Y, lo más importante, no hay personajes que te enganchen e inviten a seguir con interés lo narrado. A pesar de estar centrado en una sola figura, al contrario del reparto coral de La gran apuesta, no consigue un rol central complejo, humano, con el que conectar. El político ultraconservador Dick Cheney, que llegó a ser el videpresidente más poderoso de la historia de EE.UU., copa el foco del relato… pero nunca sabemos qué lo mueve. McKay da unos cuantos brochazos sobre su vida que no son suficientes para hacerse una idea de su mentalidad, esperanzas y ambiciones. Parece que intenta mantener cierta distancia para no abandonar la neutralidad, algo que no lo entiendo muy bien, pues es una cinta muy crítica. Si esa era su idea, debería haber optado por tener otro punto de vista (como un periodista o un político reconstruyendo su trayectoria), o por inclinarse totalmente por el documental. Si el protagonista es este, debemos empatizar, seguir su vida con pasión o, lo que iría mejor en este caso, con resquemor e incluso odio, en vez de que nos resulte un ente vacío y a ratos cargante. A veces parece un inútil empujado por una esposa que quiere un marido con un buen trabajo (la escena de la riña me dio vergüenza ajena), otras un hábil jugador político, otras que le cae todo encima y sobrevive improvisando… Pero nunca llegamos a saber si lo que busca es ascender en el curro, o poder por sentirse superior, o transformar el mundo a su visión fascista. Ni en los momentos clave, como los problemas con la hija, quedan claras sus posturas.

Los secundarios tampoco aportan gran cosa, siendo recordables sólo por las buenas imitaciones de Steve Carell, Sam Rockwell y Amy Adams de sus respectivas figuras reales, Donald Rumsfeld, George Bush y Lynne Cheney. Christian Bale como Cheney también se mimetiza de forma impresionante, pero la verdad, tiene menos valor una imitación que construir un personaje original.

Con todo, McKay obtiene un híbrido entre documental y película instructivo, que te hace pensar y probablemente informarte mejor sobre los temas tratados, y aunque no sea un visionado muy emocionante, sí entretiene y tiene tramos que consiguen sacudirte un poco. La historia política reciente de EEUU queda bien resumida, viéndose con facilidad el panorama global de décadas de cambios y sus consecuencias. El domino de los conservadores sobre los medios de información, su habilidad para deformar la opinión pública y manejar la maraña de leyes sobre política para imponer su visión ultraconservadora, antisocial, belicista… llega a ser escalofriante. Por desgracia, este es un tipo de cine que ni con éxito llega a la gran masa de espectadores como para provocar algún cambio digno de mención, y en este caso desde luego no ha dejado huella alguna.

El libro verde (Green Book)


Green Book, 2018, EE.UU.
Género: Drama, comedia.
Duración: 130 min.
Dirección: Peter Farrelly.
Guion: Nick Vallelonga, Brian Hayes Currie, Peter Farrelly.
Actores: Viggo Mortensen, Mahershala Ali, Linda Cardellini, Sebastian Maniscalco, Dimiter D. Marinov.
Música: Kris Bowers.

Valoración:
Lo mejor: El carisma de los protagonistas y los temas sobre amistad, visión de la vida, familia…
Lo peor: Usa unas fórmulas narrativas enormemente previsibles y manipuladoras, se empeña en recalcar los sentimientos que pretende transmitir aunque sean obvios.
El título: El oficial va sin traducir. A ver si se deciden de una vez: o se traducen todos o ninguno.
La frase: El mundo está lleno de gente solitaria que teme dar el primer paso.

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Es indudable que una película tiene que ofrecer un relato concreto y coherente, pero también transmitir algo en el lado emocional. Una buena película tendrá muchas capas y lecturas y producirá muchas sensaciones. En el caso que nos atañe, es evidente que no va sólo de unos músicos que hacen una gira. Pero, dependiendo de las intenciones y habilidades de los autores, la narración puede tomar muchas formas. Puede ser directa y contundente, velada y profunda, simplona y previsible, o machacona y manipuladora.

El libro verde olía desde lejos a que iba a estar en el rango de las últimas opciones. Es una cinta confeccionada con el manual de encandilar al público y ganar premios, todo en ella está construido milimétricamente para transmitir tal o cual emoción y moraleja, resultando exasperante en vez de emotiva en demasiadas ocasiones.

El primer problema de esta fórmula narrativa es que de tanto forzar las situaciones termina siendo previsible en cuanto muestra sus intenciones. Tenemos demasiados lugares comunes y estereotipos, sobre todo en los insufribles personajes secundarios. Sabrás perfectamente cuándo viene una pelea entre la pareja, o un lío racial, o un momento de revelación y maduración, cuál es la función del nuevo personajillo tonto que acaba de aparecer, y si eres un espectador medio avispado, hasta te olerás los trucos más hábiles, como el de la piedra de jade.

El otro problema es que todo está demasiado subrayado, resultando un relato maniqueo, pasteloso, melodramático en exceso. Por ejemplo, la asistencia a la fiesta al final… ¿de verdad había que alargarlo, amagar y engañar de esa manera tan burda, cuando bastaba que se bajaran juntos del coche? Se van acumulando escenas remarcadas por musiquita insistente y planos que se ceban en lo que ya está bien claro, conversaciones mascaditas, redenciones y reconciliaciones de lo más facilonas… Los momentos bochornosos son incontables, como la llamada telefónica a la comisaría, o la escena con el policía que los para al final, y no pocos son también muy tramposos: resulta que sí lleva pistola todo el tiempo, ¿es que la policía no lo cacheó cuando lo detuvieron?

Por suerte, la falta de naturalidad se disimula bastante bien con la simpatía de la pareja protagonista, cuya relación y vivencias tocan muchos palos con cierto encanto cuando no se patina con el endulzamiento. De hecho, mi impresión es que el desequilibrio es tal que parece haber una lucha constante entre dos visiones de la historia, como si los varios autores (guionistas y productores) quisieran cosas distintas. Por ejemplo, la escena del protagonista mirando con asco sus vasos cuando beben de ellos los fontaneros negros, que define en un plano su racismo, es demasiado inteligente comparada con el resto. También cabe señalar que el director Peter Farrelly, fuera de esos momentos tan guiados, mantiene una impronta muy elegante en la puesta en escena.

Aunque la road movie con pareja de opuestos no es algo nuevo, funciona aceptablemente bien. El italiano paleto y el negro culto chocan en su perspectiva de las cosas, tanteándose, conociéndose el uno al otro y aprendiendo del mundo y de sí mismos con estas nuevas vivencias. La amistad, la familia, la cultura, las esperanzas, cómo enfrentamos los problemas… se toca de todo un poco con la suficiente simpatía como para perdonar algunos de los momentos más forzados. Se sabe de sobras que uno llegará a casa con una visión más abierta y menos racista, y el otro se hará más sociable y bajará de su pedestal, pero la transición es bastante verosímil y amena. Viggo Mortensen como el bonachón bruto y Mahershala Ali como el estirado antisocial convencen muy bien. Por otro lado, la esposa es una mujer florero, y me apena que no saquen partido alguno de los otros dos componentes del trío, más cuando se supone que están haciendo el viaje juntos.

Con ellos se hace también un retrato de una época muy tratada en títulos muy superiores, como el clásico En el calor de la noche (Norman Jewison, 1967), o la más reciente Criadas y señoras (Tate Taylor, 2011), muchísimo más inteligente y original que la presente y con un grupo de personajes mucho mejor trabajado. Pero también hay que decir que son unos tiempos que no conviene olvidar, y aunque sea con demasiado maniqueísmo, El libro verde pone varios buenos ejemplos de aquellas injusticias raciales.

La pareja nos ofrece un sinfín de escenarios, anécdotas y lecciones divertidas y emotivas, y por lo general el viaje lleva buen ritmo a pesar de su estructura por capítulos, así que se si no se te atraganta el tono, es una cinta bastante entretenida. Eso sí, de ahí a considerarla entre las diez mejores del año hay un trecho insalvable con la objetividad en la mano… y ya sabemos que eso en los Óscar y los Globos de Oro no existe y por el contrario tienden a ensalzar estas producciones maniqueas, así que sus numerosos premios no me sorprenden.

El atlas de las nubes


Cloud Atlas, 2012, EE.UU.
Género: Drama, ciencia-ficción.
Duración: 172 min.
Dirección: Tom Tykwer, Lana Wachowski, Lilly Wachowski.
Guion: Tom Tykwer, Lana Wachowski, Lilly Wachowski, David Mitchell (novela).
Actores: Tom Hanks, Halle Berry, Jim Broadbent, Doona Bae, Ben Whisawh, Hugo Weaving, Jim Sturges, Keith David, James D’Arcy, David Gyasi, Susan Sarandon, Hugh Grant.
Música: Tom Tykwer, Reinhold Heil, Johnny Klimek.

Valoración:
Lo mejor: La puesta en escena es muy buena: dirección, efectos especiales, música y actores ofrecen un acabado llamativo y buen ritmo.
Lo peor: Un guion ambicioso pero fallido. Las historias ni conectan entre sí ni narran algo llamativo por sí solas, siendo más bien simplonas.

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Basándose en la novela homónima de David Mitchell (2004), la hermanas Wachowski y Tom Tykwer (dado a conocer con Corre, Lola, Corre -1998-) iniciaron la adaptación a pesar de que nadie creía que un libro tan largo y complicado pudiera trasladarse a la gran pantalla. Las Wachowski venían del batacazo de Speed Racer (2008), donde esperando repetir la buena racha de la trilogía de Matrix (1999, 2003) el estudio les dio libertad creativa y un montón enorme de dinero que dejó un buen agujero en sus arcas. Con ese panorama, el ambicioso proyecto que presentaron esta vez no fue aceptado por ninguna major, y acabaron mendigando de varias productoras europeas pequeñas, subvenciones del gobierno alemán y, cuando se acabaron los fondos, poniendo de su propio bolsillo. Se estima que costó 100 millones de dólares, aunque algunas fuentes lo elevan a 130, o sea, una buena superproducción. Recaudó en cines precisamente 130 millones, lo que significa que dio bastantes pérdidas, pues hay que contar distribución, publicidad, la ganancia de los cines… se estima que una película debe recaudar el doble de lo que cuesta para empezar a dar dinero.

Cabe pensar que la fama de las Wachowski (aunque por aquel entonces sólo Lana había salido del armario) y la publicidad gratis que se llevó por ser un filme tan peculiar movilizó a más gente de la que lo haría en condiciones normales: tres horas de ciencia-ficción rara no es algo muy vendible. La recepción crítica fue dispar, con gente amándola y odiándola a partes iguales. Pero, viendo el resultado, me sorprende que no se estrellara con contundencia y aún tenga firmes defensores. Su simpleza es exasperante después de tanto que alardea de ser algo grande y único, y su longitud desmedida. Como cinéfilo, no tengo problemas con que una obra sea lenta, rebuscada y tarde en cobrar sentido. Pero tras una hora de metraje y con otras dos por delante empiezas a dudar seriamente de que tanta exposición de vivencias personales sin un nexo común vaya a alguna parte. Si seguí adelante fue por su imponente aspecto visual.

Aparte de escribir el guion, las Wachowski y Tykwer se repartieron las labores de dirección. No es un hecho insólito, pues es habitual que en superproducciones haya varios equipos en marcha, pero por lo general a “la segunda unidad” se la infravalora, se le otorga a un don nadie como director, normalmente al encargado de planificar las escenas de acción, y no se le da mucho crédito. Pero aquí estaban los tres realizadores al mismo nivel. Habiendo seis historias parece fácil repartirse el trabajo, pero en realidad es lo contrario. Hay muchos factores en juego para mantener el mismo estilo narrativo, y más teniendo en cuenta las distintas épocas y ambientaciones. Y el lío en la sala de montaje tuvo que ser arduo también. Pero parece que la dificultad más grande fue la financiación, que estuvo a punto de dejar la película a medias en varias ocasiones. También costaría colar la duración de 170 minutos a las distribuidoras, teniendo en cuenta que implica reducir las sesiones en los cines.

El resultado es digno de elogio, pues la puesta en escena es notable y el ritmo ágil. Las historias entran muy bien por los ojos y se siguen sin que pierdas el hilo (aunque su falta de complejidad desde luego ayuda), a pesar de los saltos entre épocas, de las numerosas escenas muy breves, de las partes de acción interrumpidas para ir a otras más introspectivas…

La fotografía, repartida entre el gran John Toll (Braveheart -1995-, La delgada línea roja -1998-, El último samurai -2003-) y el alemán Frank Griebe, se adapta a cada entorno permitiendo al espectador una inmersión total en cada ambiente, y nos regalan algunos planos bastante bellos, sobre todo en los espectaculares escenarios naturales. Los efectos especiales son de primer orden. El vestuario y el maquillaje son magníficos, con mención especial para los actores que encarnan individuos de distintas razas de forma muy verosímil (de anglosajón a asiático, de afroamericano a anglosajón…). El entusiasmo del notorio repertorio de actores elegidos es contagioso, y muy meritorio, porque interpretan a distintos roles en cada línea temporal. Y la banda sonora de Tom Tykwer y sus colaboradores habituales, Reinhold Heil y Johnny Klimek, es muy versátil y con temas muy hermosos. Sí, el director también suele ser compositor en sus películas, por ejemplo, El perfume, historia de un asesino; se hacen llamar Pale 3.

Pero a mitad de la proyección creo que ya es momento de asumir que estamos ante una tomadora de pelo o un experimento fallido. Aunque sean relatos más o menos amenos por sí solos, su trascendencia y profundidad son nulas y la conexión entre ellos inexistente, así que estás viendo varias películas simplonas mezcladas en una. Sólo queda desear que si se combinan hacia el final adquieran nuevos significados, pero desde luego no apunta a ello.

En los años setenta, un complot trata de hacer que una central nuclear falle; la intriga carece garra de los thrillers de la época, ni remonta cuando meten con calzador escenas de acción. En el presente (2012), un anciano editor con problemas de dinero acaba metido por la fuerza en un asilo y tiene unas aventuras tragicómicas totalmente irrelevantes pero aliñadas con una voz en off cansina. Una distopía futurista (en 2144 en Neo Seúl) definida a cuatro brochazos pasa por todos los clichés del género sin ahondar en nada. Un músico no consigue triunfar en 1936, y encima es homosexual, así que el pobre lo pasa mal. Un terrateniente estadounidense en 1849 viaja en barco, topándose con un esclavo fugado mientras un doctor hace más mal que bien cuando se pone enfermo. En un mundo postapocalíptico (2321) unos humanos sobreviven de la tierra y otros, escondidos con los restos de la antigua tecnología, pero tendrán que aprender a convivir juntos.

No he leído la novela, pero por lo que se comenta, la conexión entre las historias es más fluida y sustanciosa y se supone que sí generan en su conjunto un plano narrativo superior. Al parecer, cada relato va influyendo en los protagonistas del siguiente, y los finales se retroalimentan cobrando un sentido global. En la cinta no hay conexión sólida, sólo detalles menores sin significado detrás (algún recuerdo fugaz que comparten distintos personajes, destacando la música del compositor) y cada sección acaba a su manera sin tener interacción alguna. Lo único en común es un tono de buen rollo y amor a lo new age, que resulta demasiado mascadito y cursi y no deja lugar a la reflexión, salvo un poco en la distopía, y no es que sea original.

Viendo la trayectoria de sus autores y sus intenciones, descarto la idea de tomadura de pelo y El atlas de las nubes queda como un experimento fallido. Pero aun con el sabor a decepción tengo que agradecer la valentía y el esfuerzo por haberlo intentado. Si no fuera por esa actitud nos habríamos perdidos muchas obras maestras, empezando por la propia Matrix. Es más, sin duda esta aventura inspiró a las Wachowski para la serie Sense8 (2015), otra obra de concepción revolucionaria que no acabó bien, aunque en su primera temporada se vio hasta dónde podía llegar su enorme potencial.

Alerta de spoilers: Describo y analizo a fondo cada final.–

Como señalaba, la fallida lucha contra el sistema opresor de la sección de Neo Seúl es la única con algo de enjundia: acaba mal para la protagonista pero se amaga con que ha sembrado la semilla para el cambio. Pero la historia en sí es tan pobre y artificial (mucho efecto especial pero poco contenido) que no me convenció. La única que me gusta realmente es la del músico, la mejor desarrollada en cuanto a trasfondo histórico y evolución del personaje, con lo que consigue ser la más natural y emotiva. El resto es un quiero y no puedo, en alguna acercándose peligrosamente hacia la vergüenza ajena. El abuelete escapando de un asilo y reencontrándose con un amor de la juventud resulta un final bien tontorrón para un relato sin pies ni cabeza. El noble estadounidense se pasa al lado del abolicionismo de la esclavitud tras su experiencia, pero resulta todo tan superficial que no impacta lo más mínimo, siendo una parte por momentos aburrida. El thriller setentero acaba de la forma más predecible tras un par de tiroteos donde ni siquiera parecen tomárselo del todo en serio, con ese chiste salido de madre con el perro. El colmo es la del futuro apocalíptico, donde en el desenlace los protagonistas envían una señal de auxilio y esperan que los salven unos supuestos humanos que se fueron al espacio, con lo que todo queda igual que como se había presentado esta sección, vivir rezando y esperando una salvación milagrosa; por otro lado, no llega a explicarse la naturaleza de ese ridículo personajillo que interpreta Hugo Weaving en esta parte.

Día de patriotas


Patriots Day, 2016, EE.UU.
Género: Drama, suspense, acción.
Duración: 133 min.
Dirección: Peter Berg.
Guion: Peter Berg.
Actores: Mark Wahlberg, Michelle Monaghan, John Goodman, Kevin Bacon, Rachel Brosnahan, J. K. Simmons, Christopher O’Shea, Jimmy O. Yang, Alex Wolff, Themo Melikidze, Michael Beach.
Música: Trent Reznor, Atticus Ross.

Valoración:
Lo mejor: Excelente en lo audiovisual, correcta en el drama, neutral en los hechos, con tramos tensos y espectaculares.
Lo peor: Por decir algo, quizá había potencial para más.
Mejores momentos: La entrada del FBI. Las discusiones sobre si publicar información en los medios. El tiroteo contra el todoterreno.

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El maratón de Boston es la carrera más antigua y popular de Estados Unidos, y se da todos los años en abril en el festivo Día del Patriota. En 2013 sufrió un atentado que provocó por suerte sólo tres muertos, pues fue bastante aparatoso: dos atacantes con dos ollas con explosivos y metralla dejaron casi trescientos heridos y la cuidad se sumió en el terror durante días hasta que la amenaza fue neutralizada.

Peter Berg por entonces era un guionista y director (y a veces actor) que aparte de la atípica obra de culto Very Bad Things (1998) no daba muy buenas sensaciones. La sombra del reino (2007), Hancock (2008) y Battleship (2012) eran bastante flojas, y las series en que participó también. Pero la cosa ha cambiado desde entonces. Con El único superviviente (2013) y esta Día de patriotas se ha alzado como uno de los referentes de la acción con tintes dramáticos e históricos del momento, mostrando una madurez que bien le podía haber garantizado más reconocimiento y premios de los ha obtenido. Pero su estilo huye de la sensiblería y el ensalzamiento patriótico estándares de los Oscar y Globos de Oro, que sí cumplió por ejempelo una cinta menor pero multipremiada como En tierra hostil (2008).

Hay que recalcar que es todo un logro que Día de patriotas sea tan objetiva y neutral, porque la idea era hacer un homenaje a las víctimas y a la ciudad, y porque Estados Unidos es muy egocéntrico por lo general y esa herida caló hondo en la sociedad, así que cabría esperar un tono más lacrimógeno y a la vez vengativo, y por extensión sesgado. Pero Berg trata de mostrar qué ocurrió, quién lo sufrió y cómo la ciudad sobrepuso a la desgracia sin tomar partido emocional excesivo (sólo encontramos esto en los créditos finales, con las entrevistas a los implicados) ni meterse en berenjenales ideológicos. Así, no entra en la cuestión de cómo nace un terrorista, cómo se les pasó a las agencias de seguridad (uno de ellos estaba en las listas de distintas agencias y gobiernos como más que posible terrorista), de cómo la ciudad estuvo de facto bajo la ley marcial, algo impensable por ejemplo en Detroit con mucho más asesinatos al año, o cuando un supremacista blanco la lía parda, que ocurre muchas más veces de las que hay atentados de radicales islamistas y ni siquiera lo llaman terrorismo.

El único apunte crítico que hay emerge inevitablemente del relato de los hechos. Con tantas agencias trabajando juntas se provoca algún roce y retraso en toma de decisiones, mientras que por el lado contrario los medios hacen su agosto señalando incluso falsos culpables con las prisas. Sin embargo, no se para a ahondar y criticar esa problemática de las excesivas agencias con agendas propias y muchas fallas, que es bien patente desde el 11-S y el Katrina, ni que ningún medio de información pagó por la terrible injusticia de señalar a un ciudadano cualquiera como terrorista sin pruebas tangibles, sólo para vender más. Lo menciona porque ocurrió y pasa a otra cosa.

También es inevitable que haya algo de cursilería (las parejitas y sus frasecitas románticas, el intento de ligar del chino…), porque no hay mucho margen de maniobra al mostrar el día a día de gente corriente sin salirse por la tangente contando cosas más rebuscadas. Pero quizá el propio Berg lo sabía y desarrolla un personaje central ficticio que dirija mejor la historia y conecte mejor con el espectador que esas anécdotas. El personaje es muy sólido, funciona como nexo de toda la historia, centraliza y visibiliza el esfuerzo de la policía local, y Mark Wahlberg está más esforzado que de costumbre… pero aun así se llevó algunas críticas por no ser real; está claro que no llueve al gusto de todos.

El reparto es llamativo, pero con tanto personaje y salto de escenario pocos tienen tiempo para lucirse. Aparte del correcto Wahlberg el que más destaca es un sombrío e imponente Kevin Bacon como agente especial del FBI: con su mirada ya deja claro que está al mando.

Pero el nombre a recordar es Peter Berg, que construye este complejo, caótico y trágico evento como si fuera fácil. El ritmo es ágil en las partes menos intensas, los cambios de escenario no hacen que pierdas el hilo, y sintetiza bien incluso cuando se encuentra ante alguna dificultad importante: hay individuos cruciales en la parte final de los hechos, como el agente encarnado por J. K. Simmons y el estudiante chino en manos de Jimmy O. Yang, pero el realizador los presenta poco a poco sin dar la sensación de que rompen el flujo de acontecimientos.

Para la parte final nos trae un colofón de infarto. El intento de los terroristas de viajar a Nueva York pega un subidón en el factor suspense, y aunque conozcas más o menos el final de los acontecimientos sufres por los implicados y la tensión en el ambiente es palpable. El tiroteo que acaba con la vida de uno es memorable, de lo mejor en acción realista que se ha visto probablemente desde Heat (Michael Mann, 1995), pero cuando el hermano superviviente huye no hay sensación de bajón, sigue manteniendo la expectación.

Atención también al sorprendente y magnífico trabajo con efectos digitales. No se rodó en la calle, sino en un decorado con pantallas verdes que luego fueron sustituidas con ordenador por los bloques de edificios. No me di cuenta hasta que vi por casualidad una fotografía del rodaje.

Día de patriotas se puede disfrutar de varias maneras. Como homenaje, como drama, como thriller, como cinta de acción, y en todos los ámbitos cumple sin problemas cuando no impresiona.