El Criticón

Opinión de cine y música

Archivos por Etiqueta: Drama

La delgada línea roja


The Thin Red Line, 1998, EE.UU.
Género: Bélico, drama.
Duración: 170 min.
Dirección: Terrence Malick.
Guion: Terrence Malick, James Jones (novela).
Actores: Jim Caviezel, Sean Penn, Nick Nolte, Ben Chaplin, Elias Koteas, John Cusack, Woody Harrelson, Dash Mihok, John C. Reilly, Adrian Brody, John Travolta, Jared Leto, John Savage, Larry Romano, Arie Verveen, George Clooney.
Música: Hans Zimmer.

Valoración:
Lo mejor: La combinación de drama humano intimista, reflexiones filosóficas y cine bélico de grandes proporciones es hipnótica, tan bella como dura. La puesta en escena de Terrence Malick, la fotografía de John Toll y la música de Hans Zimmer son sublimes. El reparto está muy implicado.
Lo peor: En el último acto pierde un poco el norte, Malick no supo condensar bien las muchas horas de metraje que tenía grabadas.
La adaptación: Es la segunda película que parte de la novela de James Jones, la primera fue El ataque duró siete días (Andrew Marton, 1964).
El gazapo: En una toma se ve claramente una cámara y varios técnicos.
La frase: Esta gran maldad. ¿De dónde viene? ¿Cómo se infiltró en el mundo? ¿De qué semilla, de qué raíz creció? ¿Quién es el autor? ¿Quién nos está matando? Robándonos vida y luz. Burlándose de nosotros con visiones de lo que podríamos haber conocido.

* * * * * * * * *

UN AUTOR DESCONCERTANTE

Tras colaborar en unos pocos guiones, Terrence Malick inició su carrera en solitario como escritor y director con Malas tierras (1973) y Días del cielo (1978). No tuvieron gran repercusión en taquilla, pero el gremio del cine sintió un escalofrío ante un talento insólito. El lirismo desbordante en la puesta en escena y el calado emocional de ambas historias mostraban una sensibilidad única en el drama y una determinación y pasión sin igual en la técnica. Pero entonces desapareció completamente del panorama durante diecisiete años, tiempo durante el cual fue creciendo un aura de reverencia alrededor de su nombre.

Cuando anunció que volvía en 1995, Hollywood entró en modo euforia, numerosos actores famosos colapsaron el proceso de casting, suplicaban trabajar con él, reduciéndose el sueldo si hacía falta, incluso gratis. La situación unos años después, cuando consiguió acabar su nueva película, fue muy distinta, con medio reparto hastiado por el rodaje tan complicado y decepcionado por los cambios en sus papeles, que en algunos casos implicó incluso quedarse fuera del metraje final. Aunque al parecer, también unos pocos siguieron en el set cuando acabaron su parte, sólo por el placer de verlo trabajar.

Malick abordó una episodio bélico, la batalla de Guadalcanal (en las islas Solomon en el Pacífico), de grandes proporciones en cuanto necesidades técnicas y humanas. El rodaje en exteriores (en las islas y sobre todo en Australia) superó los cien días, que no es tan raro en superproducciones, pero se les haría cuesta arriba tanto por las dificultades esperables (enfermedades tropicales, traslados) como por las exigencias artísticas del realizador en cuanto a composición e iluminación de cada plano, lo que implicaba repetir muchas tomas. Y sobre todo, porque en algún momento empezó a improvisar y a dejar de lado el guion original.

Cuando entró en post-producción seguía dándole vueltas a una obra para la que tenía una cantidad ingente de material grabado. El montaje en bruto (la versión preliminar de una película) llevó siete meses y según los rumores era un mastodonte de cuatro o cinco horas, pero no le convenció, cambió de editor, y trabajaron de nuevo en ello durante más de un año. La narración que grabó Billy Bob Thornton abarcando todo el metraje fue desechada y los actores principales aportaron cada uno su parte. El protagonismo pasó de Adrien Brody, que interpretaba al protagonista de la novela pero quedó casi como un extra, a Jim Caviezel; por lo visto se enteró cuando asistió al estreno esperando ser la estrella. George Clooney también tenía bastante presencia y se vio limitado a una aparición breve, aunque su nombre figuró destacado en el póster. Otros muchos se quedaron sin un solo minuto en pantalla: Bill Pullman, Lukas Haas, Mickey Rourke

La cercanía del estreno generó mucha expectación, pero después de todo no causó una repercusión tan grande como se preveía. Inesperadamente tuvo una dura competencia en el género, pues Salvar al soldado Ryan partió con todas las ventajas (el tirón popular de Steven Spielberg, el apoyo de la industria) y público y medios entraron en una de esas olas de sobrevaloración ciega que ocurren a veces, hasta el punto de que se trató de denostar el logro creativo a todas luces superior de cintas como esta o Shakespeare enamorado (John Madden). Pero también su estilo fuera de registros convencionales y de corte introspectivo desconcertó a mucha gente, que no logró asimilar lo que estaba viendo. El tiempo debería haberla puesto en su sitio, si no como obra maestra sí como una de las películas más hermosas y a la vez perturbadoras de la historia del cine, pero parece que se ha quedado en obra de culto, de esas sólo comprendidas y alabadas por una minoría.

EL SINSENTIDO DE LA GUERRA

Un soldado raso, Witt (Jim Caviezel), ha desertado y disfruta de la sencilla vida entre nativos en una paradisíaca isla perdida. Cuando el ejército da con él, el diálogo con el sargento Welsh (Sean Penn), que entiende su rebeldía, independencia y resentimiento con los mandos e intenta que cambie, es sencillo pero con tanto sentido que duele:

-En este mundo, un hombre por sí solo no es nada. Y no hay más mundo que este.
-Ahí te equivocas. Yo he visto otro mundo.

¿Qué sentido tiene la guerra? ¿Por qué perturbar la vida normal? ¿Qué ambiciones absurdas llevan a ella, quiénes las orquestan? En las siguientes escenas vemos precisamente a quienes viven del conflicto bélico, quienes no conocen otro mundo. Dos altos mandos veteranos, un general engreído (John Travolta) y el anciano teniente coronel Tall (Nick Nolte). Este último anhela una gran victoria para poder ascender por fin, pero en la batalla se topa con el capitán Staros (Elias Koteas), que de primeras parece un blandengue, pero quien en realidad pretende defender a sus hombres ante sus despiadadas órdenes.

Las tropas son dispares. Capitanes y sargentos competentes, como Gaff (John Cusack) o Storm (John C. Reilly), otros que se rompen pronto, McCron (John Savage), o se que topan con el injusto caos de la guerra, Keck (Woody Harreslon). Soldados que echan de menos a sus mujeres pero aguantan el tipo como bien pueden, como Bell (Ben Chaplin), o que parecían cobardes pero van superando sus miedos, como Doll (Dash Mihok). Y muchos jóvenes a los que el conflicto endurecerá, quebrará, o llevará a la tumba (Adrien Brody, Jared Leto, Arie Verveen, Nick Stahl, Kirk Acebedo…).

Todos ellos alternan el protagonismo, pasando a primer o segundo plano según el curso de acción. En los roles principales no sólo compartimos sus vivencias, sino que Malick nos introduce de lleno en su mente a través de sus pensamientos, narrados con largas reflexiones o simplemente con recuerdos de una vida mejor. Esta es la característica más llamativa y la que sin duda echa para atrás a espectadores poco abiertos de miras. No es una cinta de acción, sino de introspección con toques filosóficos y poéticos.

Y eso no impide que tenga una atmósfera de tensión y unas escenas bélicas de contar entre las mejores de la historia. Con esas vidas combinadas se va dando forma al impacto psicológico de la guerra, y con la batalla queda patente su capacidad destructora. Ser humano y naturaleza son arrasados sin importar sus orígenes: el inocente pajarillo, el paisaje verde, el nativo ajeno a esas ambiciones políticas, los soldados empujados por banderas y patrias tiñen de marrón y rojo las colinas de Guadalcanal… Aunque como es obvio, las reflexiones valen para cualquier época y lugar.

Malick plasma esta transición de la paz inicial al infierno con una puesta en escena magistral en los diversos campos por donde se mueve. Con apoyo John Toll (Braveheart -1995-, Leyendas de pasión -1996-) en la deslumbrante fotografía y con las impecables labores de montaje y sonido, la cámara sigue las carreras y batallas de los soldados por las lomas en un ballet preciso y fascinante. Nunca escenas de guerra han sido tan nítidas, tan bellas y perturbadoras a la vez. Pero todo se vio realzado a un nivel superior por la inspiradísima composición de Hans Zimmer (La fuerza de uno -1992-, Marea roja -1995-, La roca -1996-, El pacificador -1997-), una obra maestra inclasificable en forma y resultado. El sonido que consigue es único, la progresión dramática escalofriante, la fusión con las imágenes es sublime. No soprende que este estilo haya sido imitado en incontables ocasiones, aunque Zimmer y su escuela también han reutilizado estos motivos más de la cuenta.

El reparto es enorme en número y calidad. Es una de esas ocasiones donde acertadamente prescindieron de estrellas (y eso que, como decía, había decenas deseando participar) y se centraron en buscar talentos no tan conocidos (actores secundarios de probada eficacia) y nuevos nombres que pasen el casting por demostrar valía en vez de por enchufe o fama. Todos están impecables, no hay ninguno que no convenza en su viaje al abismo, enfoque donde enfoque la cámara ves miedo y desconcierto, con algunos momentos puntuales de valentía y furia. Pero sí destacaría la inconmensurable interpretación de Nick Nolte, la facilidad con que Jim Caviezel te gana sin esfuerzo, y la capacidad de Dash Mihok para transmitirlo todo con la mirada.

OBRA MAESTRA IMPERFECTA

Pero Malick no fue capaz de rematar el tramo final al mismo nivel que el resto. La difícil tarea de condensar una película partiendo de tantísimo metraje, parte adaptado de la novela homónima de James Jones, parte (muchos de los pensamientos de los personajes) tomada de otra suya famosa, De aquí a la eternidad (que también tuvo dos adaptaciones al cine), parte improvisado libremente según le venían ideas, fue demasiado como para mantener no ya semejante nivel de brillantez, sino la propia coherencia.

En los últimos cuarenta minutos aproximadamente, tras la exposición de las secuelas de la batalla que sufren las tropas (cambios en el mando, estrés postraumático, remordimientos, malas noticias de casa…), empieza a pesar la sensación de que no hay un rumbo determinado. La toma de la colina mantenía todo bien unido, historia global, dramas personales, ideas filosóficas… pero ahora pasamos de etapas de descanso a escaramuzas varias sin conexión clara, con algún momento confuso, como un repentino bombardeo donde no se sabe qué ha pasado, de manera que la combinación entre las distintas intervenciones de cada protagonista no parecen seguir un orden y no hay una progresión concreta de los hechos.

También tenemos unas pocas escenas sobrantes aquí y allá: alguna de las visiones de la mujer de Bell podría eliminarse, por reiterativas; no sé qué aporta el encuentro de Witt con un soldado herido que espera rescate pacientemente (Thomas Jane); y aunque muy poéticos y en consonancia con la destrucción de la naturaleza, algunos planos a animalitos se estiran demasiado, como la absurda captura de un cocodrilo.

Pero en la cinta en conjunto da la impresión de que, aunque sea un relato coral de protagonismo cambiante, hay roles secundarios que quedan con sus historias a medias por los recortes. Juraría que el soldado que deserta con Witt en el prólogo (Will Wallace) no vuelve a aparecer o al menos no aporta nada más (aparte de que es fácil confundirlo con quien lo acompaña mucho luego, Doll –Dash Mihok-). Cabe pensar que falta falta alguna escena para desarrollar mejor la trayectoria del soldado Dale (Arie Verveen), el que maltrata a los japoneses y luego se arrepiente, pues queda algo descolgado del resto. Y Gaff (Cusack) desaparece tras la batalla a pesar de su relevancia. En otros casos sólo podemos echar en falta más presencia si sabemos que fueron drásticamente reducidos en el montaje estrenado, como Fife (Adrien Brody) y el capitán Bosche (George Clooney).

Con todo, a pesar de la notable dispersión, en el arco final se mantiene muy bien su capacidad para dejarte absorto con las imágenes y enganchado a la descripción tan intimista de la guerra. El problema es que parece inacabada, que con poco podría haber sido más completa y equilibrada. Pero ello hace anhelar una versión extendida que tape los huecos y explore el potencial latente en los roles secundarios que no terminan de ser redondos. Que dure cuatro horas si hace falta, pues como en Lawrence de Arabia (David Lean, 1968), no importa la longitud porque es una experiencia inolvidable. Si el siguiente trabajo de Malick, El nuevo mundo (2005), tuvo ampliación de 37 minutos, todavía podemos soñar con que lleguemos a verla.

Desde mi punto de vista, La delgada línea roja se debe catalogar como obra maestra, aunque sea imperfecta. La inmersión dramática es abrumadora: las aventuras de cada personaje llegan hondo, el clímax creciente de tensión es sobrecogedor, los picos álgidos de la batalla ponen los pelos de punta. Las reflexiones son conmovedoras y te dejan pensando horas después de la proyección. La fuerza y belleza de las imágenes se te clavan en la retina y en el corazón. Y más concretamente, las dos horas que dura la batalla son tan sublimes e incomparables a ninguna otra obra de arte que se podría decir, si me perdonáis el atrevimiento, que es lo mejor que ha dado el cine en toda su historia.

COMPARACIONES Y POLÉMICAS

La única película cercana, por el tono introspectivo y melancólico, podría ser Apocalyspe Now (Francis Ford Coppola, 1979), y quizá se podría mencionar El cazador (Michael Cimino, 1978), por la perspectiva psicológica.

En cuanto a la inevitable mención a Salvar al soldado Ryan y otras importantes del año, está claro que es imposible evitar la polémica, pues el fervor de la masa ha encumbrado a aquella mucho más lejos de lo que merece. Pero con la objetividad por delante, Salvar al soldado Ryan es un notable espectáculo de acción… y ya está. Las labores de dirección de Spielberg y de su equipo técnico (fotografía, montaje, efectos sonoros) son ejemplares, pero sin duda, pese a que les moleste a sus fanáticos seguidores, en esa temporada Shakespeare enamorado y El show de Truman (Peter Weir) fueron superiores en conjunto por la inventiva sin igual de sus brillantes guiones, el acabado tan equilibrado (visualmente también son una gozada, sobre todo la primera) y el sentimiento puesto por sus actores y directores.

Pero si los Óscar y Globos de Oro y otros que bailan a su son se guiaran realmente por la calidad y tuvieran coraje en vez de ser un complaciente escaparate promocional de amiguetes, La delgada línea roja se habría llevado los premios a mejor película y banda sonora del año, y podríamos discutir también sobre mejor dirección, fotografía y actor secundario (Nick Nolte).

Salvar al soldado Ryan


Saving Private Ryan, 1998, EE.UU.
Género: Bélico, drama.
Duración: 169 min.
Dirección: Steven Spielberg.
Guion: Robert Rodat.
Actores: Tom Hanks, Tom Sizemore, Edward Burns, Barry Pepper, Adam Goldberg, Vin Diesel, Giovanni Ribisi, Jeremy Davies, Matt Damon, Paul Giamattie, Ted Danson, Joerg Stadler.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: Fotografía, sonido, montaje, decorados, vestuario y dirección dan pie a una obra bélica asombrosa, tan descarnada como apasionante.
Lo peor: El guion es bastante endeble, el subrayado del drama con recursos narrativos simplones es exasperante y limita su potencial, aunque desde luego ayudó a venderla al gran público. Esta popularidad también implica que se sobrevalora demasiado.
Mejores momentos: El desembarco, el dilema de si ejecutar un prisionero.
La confusión: Hay que aclarar una confusión común dado el parecido de los actores: en la batalla final, el soldado aleman que apuñala a un protagonista y deja indemne al asustado novato no es el mismo soldado cuya vida defendió aquel cuando sus compañeros querían ejecutarlo en una escaramuza anterior; pero este sí reaparece pegando tiros en las últimas escenas en el puente. También es lioso que al poco de presentar al capitán enfocan directamente a sus ojos justo como un rato antes hicieron con el anciano que visita el cementario en el futuro… es decir, parecen decir que son la misma persona, pero al final el anciano resulta ser el soldado Ryan.

* * * * * * * * *

LA GUERRA EN TUS CARNES

El cine bélico más duro, el de corte histórico o simplemente más serio que otras aventuras sencillas ambientadas en épocas de guerra, no es un nicho tan exclusivo como otros (por ejemplo, la ciencia-ficción intelectual), pero aun así su público potencial se ve limitado bastante al sector adulto más cinéfilo y a aficionados a la Historia. Además, en los años noventa no había muchas cintas de este estilo, quizá porque, como con el western, hubo muchas y muy notorias en su momento y se considerada pasado de moda, por lo que invertir tanto esfuerzo y dinero como necesitan estas obras se veía como una temeridad. Pero eso también implica que quien se propone abordar de nuevo el género es porque tiene muchas ganas y las ideas claras.

En 1998 llegaron dos obras ambientadas en la segunda guerra mundial que conmocionaron a medio mundo, cada una por razones prácticamente opuestas. La delgada línea roja de Terrence Malick, aparte de estar ambientada en el Pacífico, ofrece una perspectiva filosófica e intimista, centrada en las emociones y reflexiones de los soldados durante una difícil batalla. Salvar al soldado Ryan de Steven Spielberg, partiendo del desembarco de Nombardía propone en un drama más sencillo pero con una espectacular descripción de la violencia de la guerra.

La introducción que muestra el desembarco dejó en shock a millones espectadores, incluso a muchos directores y otros artistas del gremio, que fliparon con el logro, y a veteranos de la guerra e historiadores, que vieron imágenes muy cercanas a la realidad. La representación de un ejemplo (además uno de los más famosos) de lo que sería un escenario bélico frenético y sangriento no se había realizado nunca antes con semejante verosimilitud y visceralidad, y el despliegue técnico orquestado para rodarlo fue asombroso.

La visión y determinación de Spielberg y su implicado equipo permitieron que este insólito reto llegara a buen puerto. La agitada cámara en mano, de apariencia anárquica pero que en realidad no descuida la narrativa, pues te deja seguir la acción con claridad y además es capaz saltar de un encuadre deslumbrante a otro, te sumerge de lleno en la acción, te hace correr, agacharte, sufrir y asustarte como a los anónimos soldados. En la fotografía del gran Janusz Kaminski, el color apagado, recordando a las imágenes de la guerra que vemos los que no estuvimos en ella, fomenta aún más la sensación de estar en esa época, pero también contribuye a generar un entorno opresivo, sin belleza ni casi vida. El trabajo de ambientación en vestuario, explosiones y amputaciones es muy certero. Y el increíble sonido te envuelve por completo, agobiándote, haciendo que sientas en el pecho cada explosión, en la carne cada impacto de bala (se acabaron los chiuuu cutres, esto es la realidad); sin duda estamos ante uno de los mejores trabajos de efectos sonoros de la historia del cine.

DOS VISIONES ENFRENTADAS

Pero un abrupto cambio de lugar y tono te saca de golpe de la abrumadora inmersión, rompe el hechizo, y te lleva al otro lado del espectro narrativo y emocional. Spielberg y el guionista Robert Rodat se empeñaron en unir dos estilos diametralmente opuestos, y la mezcla estuvo lejos de resultar homogénea. De la contundencia sobrecogedora, de la verosimilitud sin concesiones que te sumerge en la carnicería y el sinsentido de la guerra, pasamos a un drama de construcción demasiado rígida y dirigida, autoimpuesta por el convencimiento de que sólo se puede llenar salas de cine hay con una fórmula melodramática muy básica y estudiada, es decir, complaciente y llena de recursos simplones y muy sobados.

Ya el breve prólogo con el anciano visitando el cementerio parecía demasiado innecesario y endulzado, pero la escena de las cartas resulta vomitiva. Los tonos naranja cálidos para marcar el contraste con las trincheras son demasiado evidentes, las caras de congoja de secretarias y generales demasiado sobreactuadas, los discursos pretendidamente conmovedores casi rastreros, porque la historia de los hermanos de la carta de Lincoln se sabe que es falsa desde hace siglos, había desertores y prisioneros, no murieron todos heroicamente, y tratar de seguir la farsa a estas alturas es ridículo y ofensivo. Y la premisa que se presenta como hilo conductor es débil y poco atractiva: salvar a un pringado para que su mamaíta deje de sufrir.

En resumen, de una visión neutra del conflicto bélico pasamos a un drama de telefilme. Hubiera sido más lógico que siguieran centrándose en la descripción de la guerra y dejar otros dramones paralelos para otra historia que pueda tratarlos con más detenimiento y tacto. La misión podría haber sido simplemente ir al pueblo a defender el puente, como fue el objetivo real del pelotón en que se inspira, y como finalmente acaba ocurriendo después de tanto marearnos con el culebrón de Ryan.

GRAN ESPECTÁCULO, MELODRAMA BÁSICO

Durante el viaje tenemos una correcta variedad de escenarios de compañerismo y guerra, con una combinación de drama, intriga y acción lo suficientemente efectiva como para mantener el interés bastante alto. El periplo por campos y pueblos muestra distintas situaciones del conflicto sin que parezcan malamente justificadas, hay momentos bastante inspirados, como el póquer de fichas identificadoras de muertos, y la relación entre soldados, los miedos y disputas, tienen un buen momento álgido con el asalto a un nido de ametralladoras y el dilema de si ejecutar a un prisionero alemán. Sumando la virtuosa puesta en escena, con infinidad de planos magníficos y en general un ritmo impecable que mantiene bastante bien el ambiente bélico opresivo y realista, la aventura es muy entretenida.

Pero nunca llega a librarse de esa dualidad. La narrativa de ganchos sentimentales fáciles se extiende a la odisea del pelotón que busca al soldado, y aunque por suerte no caemos en la manipulación burda de las escenas en el futuro, sí mantiene ese tono dramático tan básico. Así pues, tenemos una decepcionante simpleza en el tratamiento de una historia que apuntaba a un tono más serio. En La lista de Schindler (1993), por comparar con una de Spielberg cercana en género e intenciones, los personajes eran complejos e iban cambiando con los hechos, aquí los estereotipos no dejan respirar a un grupo con un potencial mayor. Tienen lo suficiente para que cada uno sea identificable y agradable y te intereses por sus desventuras, pero sus descripciones se basan demasiado en un tic o característica que cada uno repite en cada aparición sin llegar a desarrollar una personalidad compleja ni una evolución que logren aportar algo más de atractivo y trascendencia.

Los únicos que ofrecen un poco de movimiento resultan desde luego interesantes, pero ofrecen historias muy tontorronas: el chulito pasota y el novato inocente tendrán su momento de maduración y redención más previsible y conveniente que cabía esperar, y por supuesto, estos llegan de golpe, no hay una transición bien trabajada, y el capitán pasa de frío y distante a algo más cercano también justo cuando se esperaba. Lo alucinante es que al capitán le ponen encima un problema físico que va y viene según quieran dar pena o suspense, cuando precisamente tenían en bandeja un buen arco dramático que parece que les da miedo abordar: la capacidad de mando en una misión de dudosa utilidad y ética solo queda en entredicho en una escena, y no deja secuelas.

De esta forma, cuando muere alguno, muere “el judío”, o “el francotirador”, y por mucho que su final se realce con otros tantos clichés (heroicidades maniqueas, cámaras lentas, etc.), no sientes la pérdida, no son personajes capaces de dejar un vacío. Ni siquiera el porvenir del capitán me inquieta, de hecho, con tanto forzar el drama, su caída acaba siendo empalagosa.

Y para colmo, después de tanto enredo, el soldado Ryan resulta ser un macguffin de baratillo, la excusa para mover la trama, y no se lo trabajan lo más mínimo. Parece que la muerte de sus hermanos le importa bien poco. Cuando sí se requería enfatizar la tragedia para intentar que el encuentro fuera más convincente, los autores no parecen esforzarse, como si quieran despachar el personaje-excusa y centrarse de nuevo en la acción. Aunque sea muy previsible, su decisión de no irse a casa y quedarse a luchar con sus compañeros parece encauzar la cosa… pero al final no llega a hacer nada, no participa activamente, no tiene ninguna escena que justifique y dignifique su presencia.

Sin embargo, esto no pareció molestar al público, y eso que una carambola inesperada generó expectación sobre su aparición. Eligieron al desconocido Matt Damon para potenciar que el soldado a rescatar no motivara una impresión previa en ningún sentido, pero inesperadamente arrasó justo antes con El indomable Will Hunting, que escribió y protagonizó acaparando muchos premios, así que se creó el efecto contrario, se generó mucho interés por su papel.

Con personajes tan simplones y un arco dramático tan limitado, gran parte de su potencial carisma reposaba sobre los hombros de los actores, y sin bien no tenemos un reparto brillante, todos cumplen adecuadamente, empezando por Tom Hanks en un papel contenido, de expresar con miraras y silencios, muy correcto. Cabe destacar que la película sirvió de presentación de varios actores jóvenes: Vin Diesel como el grandote simpático, Giovanni Ribisi como el enfermero preocupado, Jeremy Davis como el novato inocente, Nathan Fillion como el que confunden con Ryan… Y también relanzó o dio más categoría a algunos veteranos: Ted Danson demostró ser algo más que un comediante con su breve aparición, Tom Sizemore tuvo la oportunidad de ser algo más que el típico secundario del cine de acción… aunque por desgracia, sus líos con las drogas volvieron a frenar su carrera. También pienso que debería haber asentado mejor la trayectoria de Edward Burns, el soldado respondón, quien es capaz de dotar de vida a un rol muy trillado, pero parece que no supo aprovecharlo.

Por otro lado, la banda sonora del gran John Williams fue muy justita, y más conociendo sus capacidades. El tono de corte patriótico es bastante empalagoso, con un tema principal muy cargante, y los motivos de acción y suspense están poco inspirados y se ven lastrados por esa fórmula tan subrayada y repetitiva. La cinta funciona mejor cuando Spielberg prescinde de la música y deja que los sonidos de la guerra te arropen y zarandeen.

EL DÉBIL EQUILIBRIO SE VA VINIENDO ABAJO

Es difícil acabar un relato de este tipo, donde el argumento es el viaje y la experiencia y no hay una trama elaborada. Y los autores no atinan del todo, la batalla final se resiente bastante. Primero, pesa aquello de que ahora resulta que Ryan no importa, la misión es proteger el puente, de forma que este último acto parece un anexo improvisado para alargar la película y forzar el clímax heroico-lacrimógeno. Lo dicho: esta misión tendría que haber sido el objetivo, no la chorrada del soldadito. Segundo, la mezcla de estilos se desequilibra demasiado. En lugar de ser conscientes de que una vez expuesta la situación esta resulta muy predecible (el típico sacrificio en una misión suicida recuerda demasiado a cintas como Doce del patíbuloRobert Aldrich, 1967-) e intenten disimularlo yendo al grano y explotando el lado épico, se empeñan en reforzar el melodrama, en abusar de esos recursos obvios.

La crudeza de las escenas bélicas de nuevo realza el conjunto muy por encima de lo que las fallidas intenciones y el flojo guion llegan a alcanzar. El escenario, con el magnífico decorado del pueblo, se aprovecha en imágenes espectaculares, la tensión es palpable, la acción trepidante y por momentos agobiante. Pero poco a poco empieza a pesar su excesiva longitud, sobre todo conforme va dejando de lado la descripción puramente bélica de la batalla para centrarse en la tragedia tan artificial de los protagonistas. Como decía, mueren de típicas formas melodramáticas sin llegar a conmover lo más mínimo, pero además dejan algunos momentos de vergüenza ajena, como el capitán con la pistola disparando al tanque y este explotando de repente… porque han llegado refuerzos. ¿En serio pretendes que funcione este cliché a medio camino de la heroicidad cutre y el chiste estúpido en un clímax pretendidamente serio?

Y si el desenlace iba perdiendo fuelle, el epílogo con el viejo lacrimógeno, el cementario y las banderas termina de romper la conexión, llevándote de nuevo a pensar que hay dos visiones prácticamente opuestas muy mal combinadas. Por lo general no queda claro si querían hacer una representación fiel de la sinrazón y la crueldad de la guerra o si buscaban un drama simplón y patriótico, pero este final tan obvio y remarcado te deja con la visión maniquea y patriótica de la realidad que tienen en los Estados Unidos: las guerras son duras, pero tranquilos, que nosotros nos encargamos de salvar al mundo con nuestra superioridad moral, militar, humana… ¡y pobrecitos que somos, mira lo que sufrimos por esa carga!

PERO COLÓ BIEN COLADO

Salvar al soldado Ryan un espectáculo de primera, no por duro y espeluznante menos gratificante, que envejece bien y se puede ver una y otra vez… si esos momentos melodramáticos y la constante sensación de simplificación en el tratamiento de una historia y unos personajes con mayor potencial no te estropean la experiencia. Sin embargo, ese desequilibrio sí es suficiente colocar al conjunto bastante lejos de esa categoría de obra maestra que se empeñan muchos en darle.

Como suele ocurrir, el éxito popular implica también la adulación y sobrevaloración poco objetiva. El que poco sabe de cine se suma a modas y valora sin tener en cuenta hitos ya superados, cintas del estilo superiores pero que no va a ver porque son antiguas o no se mencionan por su zona de confort. Y si bien la dirección de Spielberg, la fotografía de Kaminski, el montaje y el sonido merecían premios en cantidad, pese a quien le pese, pues en su momento fueron incluso atacadas para realzar esta, Shakespeare enamorado (John Madden), El show de Truman (Peter Weir), Lock & Stock (Guy Ritchie), American History X (Tony Kaye), Bichos (John Lasseter, Andrew Stanton) y sobre todo La delgada línea roja (Terrence Malick) fueron y son mejores películas.

De hecho, con La delgada línea roja la diferencia es brutal. Los protagonistas están magistralmente descritos, entras de lleno en la mente de cada uno, sientes sus temores y esperanzas con gran intensidad. Se logra una inmersión en la guerra y un drama humano bastante superior sin recurrir a tantas florituras técnicas, más allá de la increíble fuerza dramática de la banda sonora de Hans Zimmer. Pero también cabe citar otras muchas aventuras de grupos, sean bélicas o de otros ámbitos, que desarrollan mucho mejor los personajes y la trama: Un puente lejano (Richard Attenborough, 1977), Los violentos de Kelly (Brian G. Hutton, 1970), Los siete samuráis (Akira Kurosawa, 1954) y Los siete magníficos (John Sturges, 1960), Grupo salvaje (Sam Peckinpah, 1969)… Y sin irnos tan lejos, poco después Ridley Scott nos trajo la impecable e impresionante Black Hawk derribado (2001), pero inesperadamente no causó el impacto que merecía. Tampoco puedo dejar de recomendar El último superviviente (Peter Berg, 2013), otra aproximación realista rodada con maestría que tampoco tuvo la repercusión que debería.

Sin embargo, no quiero restarle méritos, sino simplemente traer un poco de cordura y poner las cosas en su sitio. Aparte de ser un gran espectáculo y una aventura muy amena, el logro técnico es inconmensurable y marcó una época. Con 70 millones de dólares de presupuesto muy bien usados logró 480 de recaudación, solo superada ese año por Armaggedon (Michael Bay). En el género fue la más taquillera durante años, hasta las recientes El francotirador (Clint Eastwood, 2014) y Dunkerque (Christopher Nolan, 2017). Y la influencia que ha dejado es indudable y notoria. La cámara en mano como recurso para introducirte en la acción como si estuvieras ahí es algo que desde entonces se ha usado mucho, y pocas veces bien. Multitud de películas imitan sin disimulo su estructura (aunque no fuera nada original, la volvió a popularizar), como Corazones de acero (David Ayer, 2014), con la visión combinada de un joven inexperto y un veterano curtido, las escenas sangrientas mezcladas con dramones básicos, y el final de sacrificio. Y no sé yo si asentó también la idea de empezar con un prólogo de acción de altos vuelos para engancharte. Además, antes de que su influencia saltara a otros ámbitos, el propio Spielberg lo alentó, ideando y produciendo el videojuego Medal of Honor (1999) y la miniserie Hermanos de sangre (2001). Ambas obras fueron de las más revolucionarias e influyentes en sus campos.

Enemigo mío


Enemy Mine, 1985, EE.UU.
Género: Aventuras, drama, ciencia-ficción.
Duración: 118 min.
Dirección: Wolfgang Petersen.
Guion: Edward Khmara, Barry Longyear (novela).
Actores: Dennis Quaid, Louis Gossett Jr., Bumper Robinson, Brion James, Jim Mapp, Richard Marcus, Carolyn McCormick, Lance Kerwin.
Música: Maurice Jarre.

Valoración:
Lo mejor: Las vivencias de los protagonistas llegan con intensidad y tienen algunas buenas sorpresas. Acabado visual espectacular.
Lo peor: Le falta algo de originalidad en cada escenario, va un poco a lo básico.
Lo peor: Los productores forzaron que el final fuera en una mina porque pensaban que el público creería que el título (Enemy Mine) referencia a una.

* * * * * * * * *

Dos razas en guerra, humanos y dracs. Dos pilotos, uno de cada una de ellas, estrellados en un planeta hostil. ¿Se matarán entre ellos o aprenderán a convivir? Partiendo de una premisa tomada descaradamente de Infierno en el Pacífico (1968), dirigida por John Boorman y protagonizada por Lee Marvin y Toshirô Mifune, y quizá también de Fugitivos (1958), de Stanley Kramer con Tony Curtis y Sidney Poitier, esta vez vamos un poco más allá, no por llevar la acción al espacio, sino porque la historia es algo más ambiciosa.

Basándose en la novela homónima de Barry B. Longyear (1979), que arrasó en algunos de los premios principales del gremio (Hugo y Nébula), el guionista Edward Khmara, que ese mismo año nos trajo Lady Halcón, y el director Wolfgang Petersen, que se dio a conocer al mundo con El submarino (Das Boot, 1981) y se asentó en Estados Unidos con La historia interminable (1984), combinan varios géneros, bélico, aventuras, drama y acción, desde una perspectiva intimista en la historia y grandilocuente en la puesta en escena. Dennis Quaid, muy famoso por entonces, es el humano, y el drac lo encarna Louis Gossett Jr., un actor muy reconocible en televisión, aquí oculto tras un elaborado y asombroso maquillaje.

A través de los ojos del humano somos testigos de su pequeña porción del universo. No nos paramos en las complejidades del conflicto político y militar, sino que seguimos sus propias vivencias, observando cómo estas modifican poco a poco su limitada visión, abriéndole el horizonte. Del guerrero fanático al amigo, de ahí al padre adoptivo abnegado, y finalmente dando el paso hacia la lucha contra las injusticias del sistema. La transición está muy bien desarrollada. Tiene partes previsibles al principio, pero conforme avanza encontramos más sorpresas, cambiando la diversión y la emoción de ver como la pareja sale airosa de sus peleíllas y de la supervivencia en un entorno extraño, al suspense y el drama con la aparición de los mercenarios, para en el desenlace volver a dejarte intrigado (qué le deparará la vuelta a la normalidad), pero esta vez con toques de acción (la confrontación final).

Acusa algo de irregularidad, a veces es algo lenta (hoy en día se nota más) y otras precipitada, y al tener los actos tan delimitados, si uno no te convence del todo se puede hacer algo pesado. La sensación constante es la de que no explora todo el potencial latente, y más cuando apuntaron tan alto en la puesta en imágenes. Podrían haber materializado con más detalle la relación entre los dos náufragos, que se hacen amigos muy rápido, y el drac aprende inglés más rápido aún. Podría haber más escenarios de aventuras, más criaturas alienígenas, porque la atmósfera de peligro ante lo desconocido desaparece rápido, destacando lo poco creíble que resulta que esa cabaña de troncos tan cutre pueda aguantar una lluvia de meteoritos. Faltan novedades en el desenlace también, pues aunque el alzamiento drac es conmovedor, la pelea a tortas con el matón de turno resulta muy típica.

Pero los puntos fuertes también son muchos. Se forja con rapidez una férrea conexión ue con los protagonistas, de forma que cada situación llega con intensidad aunque parezcan minucias, pues guionista y director son muy hábiles tanto a la hora de tocar la fibra sensible como soltando sutilmente ideas que parecen crecer solas. El ejemplo más notable es genial: la disputa donde la pareja insulta sus respectivos dioses, con el humano diciendo que el suyo se llama Mickey Mouse, no es sólo un chiste, sino un punto de inflexión crucial en su relación personal y cultural.

A ello hemos de sumar buenas sorpresas que cambian la situación y ponen todo patas arriba. El embarazo, los mercenarios con esclavos drac y el secuestro del niño son bastante impactantes. Y la lectura ética es obvia pero muy efectiva. El conservador cerrado de miras descubre que el universo es más complejo y gris de lo que asumía, mucho más cruel y difícil de asimilar, pero aun así le echa coraje para adaptarse y luchar por un mundo mejor. El carismático Dennis Quaid logra uno de sus mejores papeles, mostrando con gran verosimilitud la transición de soldado impetuoso a hombre con muchas cargas encima.

Manteniendo el punto de vista en el protagonista, en el final vemos sólo lo que está a su alcance, de forma que el progreso de la guerra con el cambio que ha provocado queda abierto a la imaginación. Se puede intuir que ha dejado huella en el discurrir de la historia ya con el alzamiento de los dracs y el que sea aceptada su presentación en el consejo, pero aún te deja con la duda, pensando si su logro es suficiente para plantar cara a la sinrazón y estupidez de las sociedades. Hoy en día te hubieran dado un final feliz bien mascadito.

Aun así, hay un detalle bastante chocante. En el epílogo aparece una extraña voz en off explicando lo que estamos viendo, como si no estuviera claro. Por descarte no puede ser otro que el drac anciano de la mina, pero en el momento confunde un montón. Hasta entonces era el propio protagonista quien contaba su historia (y ya aportaba lo justo), así que no entiendo el cambio ni la necesidad de sobre exponer algo tan evidente.

Sorprende que para un relato sencillo e intimista optaran por un acabado de alto nivel, aunque al estar en una era dorada de la ciencia-ficción se puede entender un poco. Pero el proyecto, que iba a ser medianamente costoso de por sí, se complicó bastante, y el presupuesto inicial de 17 millones (al nivel de Regreso al futuroRobert Zemeckis-) acabó siendo de 40 y pico (hoy en sería sobre 100 millones), comparable al de la entrega de James Bond de ese año, Panorama para matar (John Glen), o por centrarme en el género, igual al derroche un año antes de Dune (de David Lynch, que por cierto casi dirige esta pero prefirió aquella). Así que no sabe con cuánto dinero pudo trabajar Wolfgang Petersen, pues aunque luce muy bien, gran parte se perdió en los decorados y lo que llegó a rodar el director Richard Loncraine, despedido por desavenencias con el estudio, mientras que también se dedicó mucho a la campaña publicitaria para intentar recuperar la inversión.

El resultado es espectacular. Se permitieron unos decorados muy vistosos y variados tanto en exteriores, donde los paisajes volcánicos de las islas Canarias resultan inquietantes a la par que espectaculares, como en interiores (en estudios alemanes), con la cuidada recreación del exótico planeta. La dirección de Petersen explora de maravilla esa naturaleza insólita, y la estupenda y sombría fotografía ayuda a potenciar el entorno extraño. La música corrió a cargo del afamado Maurice Jarre, pero es flojilla, no aprovechó el potencial del género.

Cabría pensar que la fascinación por la ciencia-ficción y la fantasía atraería más gente, que el tono asequible para todos los públicos (quitando un par de muertes muy gore que no sé a qué vienen) y el tirón de Dennis Quaid darían pie a un éxito seguro, pero se la pegó a lo grande en taquilla y la crítica la recibió con tibieza. Al menos no afectó a la trayectoria de Quaid, que lo pilló en la etapa más exitosa de su carrera, entre Elegidos para la gloria (1983) y El chip prodigioso (1987). Probablemente en el mercado doméstico nacional e internacional (alquiler y venta de derechos para televisión) dio mejores resultados, porque con el boca a boca se convirtió pronto en una obra de culto.

Lady Bird


Lady Bird, 2017, EE.UU.
Género: Drama.
Duración: 104 min.
Dirección: Greta Gerwig.
Guion: Greta Gerwig.
Actores: Saoirse Ronan, Laurie Metcalf, Tracy Letts, Lucas Hedges, Timothée Chalament, Beanie Feldstein, Lois Smith, Stephen McKilney Henderson, Odeya Rush.
Música: Jon Brion.

Valoración:
Lo mejor: Historia e intepretaciones muy naturales, sin tapujos ni sensacionalismo. Buen reparto.
Lo peor: No consigue librarse de la sensación de ser el mismo relato de siempre.

* * * * * * * * *

Aunque Greta Gerwig ya había escrito y dirigido un largometraje, Noches y fines de semana (2008), este había pasado bastante desapercibido, y aunque ya había actuado ante la cámara en numerosas ocasiones desde su debut en 2006, no fue hasta su colaboración con Noah Baumbach en Frances Ha (2012) cuando le llegó el reconocimiento internacional por su labor como actriz y guionista. Así, había cierta expectación en la carrera de la joven artista indie, sobre todo en el circuito independiente. Su siguiente colaboración con Baumbach, Misstress America (2015), sorprendentemente pasó sin armar mucho revuelo, pero en 2015 se puso de nuevo ante la cámara en Lady Bird y tuvo un éxito enorme. Pero, como suele pasar, da la impresión de que esta cinta acumuló demasiado aplauso y nominación a premios (película, dirección, guion y actrices) que merecía Frances Ha, pero los Oscar y los Globos de Oro son así de lentos en reaccionar.

Lady Bird es otra historia de la entrada en la edad adulta, género predilecto de la realizadora. También tiene presencia Nueva York, aunque sea como objetivo anhelado por la protagonista. Una adolescente vive en la aburrida Sacramento, California, soñando con crecer e irse a alguna buena universidad, si es posible la de Nueva York, y así dejar atrás una familia aburrida y una madre neurótica, un instituto católico, unos amigos que no parecen estar a su altura, y encontrar unas experiencias vitales que ahí no parecen llegar.

Como en el buen cine indie, estamos ante un relato inteligente y verosímil en oposición al conservadurismo y sensacionalismo demasiado estandarizado en el cine comercial. Los problemas en el instituto y las disputas domésticas no se ahogan en tópicos, sino que respiran realidad, y si hay situaciones comunes están tratadas sin rodeos ni sentimentalismo barato. En el sexo se nota más, pues se habla de ello como lo que es, una fase más, no un tabú: los adolescentes se masturban, pierden la virginidad, tiene bajones emocionales esperables al descubrir cosas nuevas que no cumplen sus expectativas… Y en general, ni juzga ni pretende que pienses o te sientas de una manera. Ni la madre es la mala, ni la protagonista es idiota o víctima, ni la tía buena del instituto una creída, ni la gordita una paria graciosa… Se representa la realidad, con todas sus aristas. Sólo en un momento se permite ser crítica en la estancia en el colegio católico: con el lavado de cerebro anti aborto, y tampoco es que trate de dictar sentencia.

Pero hay demasiados lugares comunes, un halo predecible lastra un relato que no termina de encontrar su propio camino. La adolescente quiere romper con lo conocido, buscar su propia y dar forma a su propia personalidad, tiene experiencias nuevas, aprende, y vuelve a encarrilarse habiendo madurado, mejor capacitada para enfrentar el futuro. Ningún giro sorprende, no hay lecturas complejas o inesperadas.

Frances Ha es una historia original y deslumbrante. Lady Bird va a medio gas. Es bonita, pero no hermosa. Es amena y por momentos entrañable, pero no conmovedora. Es inteligente y no toma por tonto al espectador, pero le falta bastante chispa, tanto originalidad como ingenio. Lo mejor es su naturalidad y la falta tapujos, lo bien que se desenvuelve Saoirse Ronan y el correcto repertorio de actores secundarios.

Casino


Casino, 1995, EE.UU.
Género: Drama, suspense, histórico.
Duración: 178 min.
Dirección: Martin Scorsese.
Guion: Nicholas Pileggi, Martin Scorsese.
Actores: Robert De Niro, Sharon Stone, Joe Pesci, James Woods, Don Rickles, Billy Sherbert, Frank Vincent, Kevin Pollack, Pasquale Cajano.

Valoración:
Lo mejor: Algunos pasajes son lo justo de entretenidos, los protagonistas lo justo de simpáticos, los actores lo justo de carismáticos…
Lo peor: Pero yendo justo no se logra una buena película, y menos esa grandiosa que vende tanta buena crítica. El guion es superficial y torpe, la puesta en escena poco llamativa. Las tres horas que dura se hacen bastante cuesta arriba.

* * * * * * * * *

La conmoción de Uno de los nuestros (1990) todavía coleaba. Y antes de esa, Scorsese nos había deleitado con otros tantos títulos notables sobre criminales. El mundo, tanto crítica como público, estaba abierto de brazos ante un autor que mantenía la expectación en el género por las nubes. Y aún la mantiene, a tenor del entusiasmo con que se esperaba El irlandés (2019). Pero no siempre se acierta, se tiene la inspiración y las ganas. Casino es un bache enorme en su carrera, aún más notable que las irregulares Gangs of New York (2002) y El irlandés. Otra cosa es que el fervor y el favoritismo impidan ver la realidad.

Martin Scorsese y Nicholas Pileggi se unieron de nuevo para adaptar otra historia real de crímenes, pero parece que fue más para revivir el reciente éxito de Uno de los nuestros que por tener verdadera pasión en el relato. En aquella está claro que pusieron mucho más mimo en la escritura, cuidando la forma tanto como el contenido, tratando de lograr algo distintivo, que pegara fuerte. Trabajaron a fondo con los actores en el dibujo de los personajes, analizando cómo habrían de interpretarlos, cuidando el detalle. En el rodaje, el director echó toda la carne en el asador, deslumbrando con infinidad de recursos narrativos.

Aquí da la impresión de que desarrollaron el proyecto con la inercia, optando por lo básico, jugando sobre seguro. La escritura denota dejadez y desequilibrios formales, no es capaz de ofrecer una historia concreta, unos personajes sólidos, un desarrollo de ambos coherente y en general un relato que al menos fuera entretenido. Fuerzan la grandilocuencia por longitud y enredos varios (subtramas, detallismo innecesario), no por apuntalar una trama de gran calado y complejidad, cuidando los aspectos pequeños tanto como la perspectiva global de forma que el todo deslumbre.

La descripción de las mafias no cuaja, no ofrece novedades ni en lo relevante (los capos, el funcionamiento de su entramado criminal) ni en el repertorio de anécdotas (curiosidades de este mundo y vivencias varias de los personajes) con respecto a los obvios referentes, El padrino (Francis Ford Coppola, 1972), Uno de los nuestros y Scarface (Brian De Palma, 1983). La parte más relevante en esta trama, el casino y el protagonista que lo lleva, tampoco apasiona a pesar del glamour del escenario, las fechorías, las fiestas y drogas…

Las motivaciones de los personajes son vagas y la evolución de sus personalidades inconsistentes, en algunos casos dejan huecos enormes. A Sam “Ace” Rothstein (Robert De Niro) le encanta su trabajo en el casino, no conoce otra cosa. Nosotros tampoco conocemos más de él. Por qué se casa con una timadora, por qué si es tan cuidadoso y profesional deja irse tanto las relaciones con los mafiosos, empezando por su amigo Nicky Santoro. Este es un remedo barato del rol que tenía el propio Joe Pesci en Uno de los nuestros. Simpático, alocado, peligroso… impredecible, un comodín para que haya problemas. Y por ello, la rivalidad entre ambos es poco emocionante, muy volátil en el mal sentido: es predecible y repetitiva unas veces, otras se olvida por completo y te preguntas si han arreglado algo fuera de pantalla. Tanto De Niro como Pesci van con el piloto automático puesto, hasta el punto de que llega a ser cargante la poca gana que le ponen y la repetición de sus tics más habituales. Ginger McKenna brilla inicialmente con una Sharon Stone bellísima y enérgica, pero pronto se atasca también en una trayectoria muy mal hilada. Qué piensa, qué anhela, qué le falta, por qué tiene esos prontos y bajones y sigue al paria interpretado por James Woods

No encontramos personajes secundarios con calado y menos con pegada, de hecho, muchos ni se quedan en la memoria, y en los casos en que reaparecen al final para aportar por fin algo en teoría trascendente es difícil acordarse de quiénes son y qué pintan en el conjunto de los hechos. El caso más sangrante es el tipo al que escucha el FBI en su tienda y permite que caiga todo el tinglado de mafias y casinos: ¿quién es, por qué lo siguen? No entendí nada. Algo tan crucial en el desenlace no se puede descuidar tanto.

El único atrevimiento que hay con la narrativa es un disparate descomunal. El protagonista muere en la primera escena de la proyección, lo que representa el final de su historia y el comienzo de la narración al espectador de su vida a modo de flashback. Por lo general la voz en off aporta poco, describe lo obvio y no nos adentra en los pensamientos del personaje. Pero de repente aparecen otros personajes narrando, y entonces todo queda muy raro. No hay una declaración final a las autoridades que justifique tanto palique, es más, como digo, algunos mueren, ¿nos hablan desde el más allá? Así, lo que en principio estaba siendo una voz en off irritante pronto se convierte en un galimatías sin pies ni cabeza. Y para rematar, tres horas después resulta que no, que me has engañado, el personaje en realidad no muere en el atentado y hay más cosas que contar.

Parásitos


Gisaengchung, 2019, Corea del Sur.
Género: Drama, comedia, suspense.
Duración: 132 min.
Dirección: Bong Joon Ho.
Guion: Bong Joon Ho, Jin Won Han.
Actores: Kang-ho Song, Sun-kyun Lee, Yeo-jeong Jo, Woo-sik Choi, So-dam Park, Jeong-eun Lee, Hye-jin Jang, Ji-so Jung, Hyun-jun Jung.
Música: Jaeil Jung.

Valoración:
Lo mejor: Ingeniosa crítica social, con humor ácido y negro y algunos buenos giros. Excelente puesta en escena y buen reparto.
Lo peor: Muy desequilibrada en ritmo e interés, el guion parece sin terminar. El primer tramo es lentísimo, el final caótico y el epílogo totalmente fallido. La campaña mediática encumbrándola como obra maestra se ha ido totalmente de madre.

* * * * * * * * *

Alerta de spoilers: Describo bastante de la premisa, el tono y algunas escenas sueltas, pero creo que no revelo nada crucial. —

Parásitos ofrece un retrato costumbrista verosímil y delicado unas veces, otras lo retuerce con humor negro y giros con mala leche, con lo que consigue mostrar lo mejor y lo peor del panorama, conmovernos, hacernos reír y a la vez dejarnos mal cuerpo.

Los miembros de una familia pobre, los Kim, empalman trabajos de mala muerte (eso cuando los encuentran) para sobrevivir el día a día mientras anhelan salir de la miseria y tener una vida de ensueño. La posibilidad se la encuentran cuando una familia rica, los Park, contrata a uno de ellos para unas clases particulares a su hija, y deciden montarse una serie de engaños para que terminen contratándolos a todos en diversos puestos del servicio.

La descripción de ambas familias, de los estratos sociales tan diferenciados, está muy cuidada, y los personajes son bastante encantadores cada uno a su manera. Dan algo de pena, se ve ligeramente alguno de sus defectos, lo justo para hacerlos humanos y conectar con ellos antes de empezar a desbaratar las cosas. El cruce entre los dos grupos abre la caja de pandora, muestra los vicios, las vilezas, la estrechez de miras, el clasismo… Los pobres se convierten en parásitos de los ricos, chupando de su dinero y lugar acomodado, pero es evidente también que los ricos han sido hasta ahora los parásitos de los pobres, logrando su posición a través de la explotación de estos.

Con gran ingenio el autor va urdiendo los engaños para conseguir los puestos y mantener la posición de rémoras en la casa, pasando poco a poco del drama social a la comedia de enredos. Pero también empieza a aportar inesperadamente un humor negro donde no deja títere con cabeza, pues todos los protagonistas quedan fatal, egoístas, cabrones, irresponsables, y la crítica se torna despiadada y casi surrealista. Y cuando ya te habías hecho al nuevo tono le da un giro insólito hacia el suspense, con un tramo de subidón donde todo se torna muy impredecible, para en el tramo final desbarrar en una orgía esta vez sí surrealista del todo.

Siendo el director Bong Joon Ho el principal artífice del guion (en colaboración con Jin Won Han), tenía muy claro cómo darle forma en imágenes. Esta historia bien podría adaptarse al teatro, pero el realizador no desaprovecha las posibilidades del lenguaje cinematográfico, y aparte de lograr un acabado versátil y por momentos deslumbrante también aporta buenas dosis de inteligencia.

Algunas cosas puede parecer obviedades, como que unos vivan en una zona fea y otros en una bonita, pero lo enriquece con detalles muy bien pensados. Los Kim tienen su morada en un semisótano, como siendo pisados por el resto de la ciudad y casi convertidos en una parte más de las alcantarillas (la gente les mea casi encima, las lluvias los inundan), los Park viven en la parte alta, aislados en una mansión de apariencia impenetrable por fuera pero acogedora por dentro. Hay escenas que lo exprimen muy bien: unos cruzan arcenes de autovías, puentes, callejones… hasta llegar a sus casas, los otros unos van cómodamente en coches de lujo con chófer; la lluvia purifica a los de arriba, y se lleva la mierda hacia los de abajo. La casa de los adinerados, escenario principal, aparte de resultar impresionante en su diseño se aprovecha bien en el acabado visual. El director juega hábilmente con el entorno mediante buena planificación y grandes angulares, obteniendo algunos planos hipnóticos y sin dejar lugar al estancamiento, pues cada habitación y rincón tiene su presencia justa.

El reparto está estupendo, destacando Yeo-jeong Jo como la inocente tirando a boba esposa Park, y el rostro más conocido, Kang-ho Song, colaborador habitual del realizador, que muestra muy bien la evolución del personaje y en general de la historia: la desgana inicial, el entusiasmo cuando las cosas van bien, y la frustración y rabia cuando la realidad explota en sus caras.

Pero la brillantez de los buenos momentos contrasta con unas carencias muy graves. Me faltan por ver Crónica de un asesino en serie (2003), en teoría su mejor trabajo, Ojka (2017) y Mother (2009), pero en The Host (2006) y Rompenieves (2013) yo he encontrado en Bong Joon Ho un autor muy irregular, con potentes ideas que se quedan a medio camino (la del monstruo que asola Seúl) o se estrellan en su ejecución (la torpe distopía en tren). Y aquí siguen muy presente estos problemas.

He de remarcar bien este notable desequilibrio, porque la cinta ha entrado en este juego de adoración ciega que se lleva ahora, donde una serie de factores se acumulan, y de repente algo se convierte en intocable, una irrebatible una obra maestra. Sobre todo pesa la imposición de internet y las redes sociales, donde o estás totalmente a favor de algo o totalmente en contra, no hay términos medios, mesura, razón y objetividad. No sé si os habéis fijado, pero en la red ya no hay críticos serios de arte, casi no quedan blogs de divulgación de cultura y ciencia, son todos youtubers y webs de clicbaits, generadores de tendencia que funcionan sin argumentos sólidos y veraces, sólo con contenido facilón, complaciente, con ganchos y fórmulas de interacción que atrapan a la masa y la mueven en una dirección sin pensar por sí mismos, y todo acaba arrastrando también a supuestos medios serios, que no se juegan las visitas por ir a contracorriente de la moda. Es más, estoy convencido de que mucha gente la ve por la inercia impuesta pero no le gusta… y no se atreve a decirlo.

¿Cuántas obras maestras en cine y series llevamos estos últimos años, según dictan estas fórmulas? Van camino de ser incontables. Pero obras tan sobrevaloradas sin razones objetivas son pronto olvidadas mientras los títulos de mayor calidad que han sido más o menos dejados de lado se asientan y son recordados en la posteridad. Parásitos quizá quede como una rareza o cinta de culto, porque no está nada mal y el toque coreano le da exclusividad, pero otras que se han ensalzado este año, como Joker (Todd Philips), 1917 (Sam Mendes) y El irlandés (Martin Scorsese) se las llevará el viento, mientras Historias de un matrimonio (Noah Baumbach), Jojo Rabbit (Taika Waititi) y sobre todo Los Vengadores: Fin del juego (hermanos Russo) no tengo dudas de que tienen lo que hay que tener para recordarlas durante mucho tiempo.

Primero, tenemos algo obvio y que precisamente en una valoración que pretende ser seria no se debería olvidar: lo pue propone Bong Joon Ho no es nuevo, es un género tan antiguo como el teatro mismo, y si bien aporta algunas novedades llamativas, no tantas como para subvertirlo y reinventarlo del todo, requisito imprescindible para hablar de un hito del cine. No es American Beauty (Sam Mendes, 1999), por poner un referente de crítica social que sí rompió esquemas, ni hace la mitad de gracia que la magnífica La cena de los idiotas (Francis Veber, 1998), a la que recuerda bastante por su fórmula teatral y el clasismo que se sale de madre.

Segundo, su propia fórmula, tan prometedora y que ofrece buenos tramos de diversión y drama inteligente, otras veces hace aguas, lastrando el ritmo, el potencial latente, y dejando la sensación de que el guion está inacabado, de que rodaron partes improvisándolas. Para empezar, hay muchas cosas cogidas por los pelos que te tienes que creer porque sí, como el selfie tan conveniente, que se traguen lo de la enfermedad sin preguntar si quiera ni pedir pruebas médicas, que se escondan debajo de una mesa sin ser vistos (y más cuando al pasar por escalera y tumbarse en el sofá pone la vista a ras del suelo), etc. Hay que hacer demasiados actos de fe para entrar en el juego.

Pero los problemas serios son de ritmo, tono e intenciones. El primer acto es muy disperso, Bong Joon Ho no consigue presentar la situación de los personajes con celeridad y fuerza, tarda demasiado en generar expectación y en entrar en lo importante. Para mostrar los intereses del hijo adolescente y conseguir el primer trabajo tiene que quedar con su amigo y hablar de cosas irrelevantes en la trama durante largo rato hasta conseguir concretar algo útil. Había mil formas mejores de introducir la historia, de mostrar las motivaciones de los protagonistas en menos tiempo, y para colmo, el colega no vuelve a tener presencia alguna.

El acto central concentra demasiado las buenas ideas, sin tiempo a veces para que estas respiren o se aprovechen del todo, aunque no llega a ser grave, el problema es el desequilibrio con los otros segmentos. El tercer acto peca de no saber muy bien por cuál de los diversos caminos posibles debe tirar, y el relato se torna demasiado caótico, un festín de giros y muertes excesivo en violencia y que abandona la crítica dura pero sutil y opta por fuegos artificiales absurdos.

Para terminar de romper el hechizo, tiene una serie de epílogos aburridos y que no aportan nada. Tampoco es capaz de cerrar la trayectoria de los personajes sin torpes transiciones, una repentina voz en off, y largas dosis de información innecesaria. Bastaba con dejar las cosas abiertas (a ser posible tras un desenlace más inspirado), en plan la vida sigue, las diferencias sociales también, pero a la larga se nota que tiene preferencia por unos personajes sobre otros: es un tanto complaciente con los Kim.

Que los pobres sean astutos y cultos y los ricos ingenuos e incultos no convence. Es ley de vida que lo más probable es lo contrario, unos tienen tiempo y recursos para el ocio y la cultura de alto nivel, los otros apenas tienen acceso a la wifi (literal, es una escena de la película). Pero aunque pasemos este detalle por alto no se puede olvidar otro más claro: estira un relato ya terminado para añadir una especie de victoria que no viene a cuento con los Kim, y a la vez se olvida de los Park, que tenían una historia abierta, la del hijo pequeño, donde el fantasma y el morse apuntaban a un encuentro final en el que plantara cara o algo así.

En el acabado también tiene sus irregularidades. La tensión de algunas escenas podría estar mejor trabajada (el escondite debajo de la mesa no funciona), la parte de acción deja de lado la puesta en escena templada y patina en un caos ininteligible, y además se torna gore sin estar nada justificado. También hay algún gazapo muy cantoso: corren sin zapatos hacia la calle… y en ella aparecen con ellos.

Parásitos resulta un buen divertimento. Tiene tanto aciertos gratificantes como fallos que te sacan un poco de la proyección, pero resulta recomendable en general si te gusta la tragicomedia social. Y como es obvio, no hay manera alguna de justificar lo de obra maestra, es decir, tanto ensalzamiento y tanta exposición puede jugar mucho en su contra al predisponerte a esperar algo que no es.

Frances Ha


Frances Ha, 2012, EE.UU.
Género: Comedia, drama.
Duración: 86 min.
Dirección: Noah Baumbach.
Guion: Noah Baumbach, Greta Gerwig.
Actores: Greta Gerwig, Mickey Sumner, Adam Driver, Grace Gummer, Michael Zegen, Michael Esper, Charlotte d’Amboise.

Valoración:
Lo mejor: Guion capaz de tocar la fibra sensible con una encantadora y verosímil descripción de la entrada en la edad adulta. Dirección también muy hábil. El papel de Greta Gerwig ofrece un torrente de emociones.
Lo peor: ¿Qué sentido tiene el rodar en blanco y negro? Entre eso y algunas referencias rebuscadas, se les ve el plumero cultureta o hípster a sus autores.
Mejores momentos: La patética ruptura con el novio, la carrera al cajero, la cena con nuevos amigos, la revelación de dónde sale lo de Ha.

* * * * * * * * *

¿Harto de películas de crecimiento y superación personal prefabricadas, de dramas humanos llenos de clichés y sensacionalismo que intentan obstinadamente decirte cómo debes sentirte, del estilo El libro verde (Peter Farrelly, 2018), Captain Fantastic (Matt Ross, 2016), Dallas Buyers Clubs (Jean-Marc Vallé, 2013), Descifrando enigma (Morten Tyldum, 2014)…? ¿O de otras mejor intencionadas pero que no terminan de alejarse lo más mínimo de todos los tópicos, como An Education (Lone Scherfig, 2009) y Brooklyn (John Crowley, 2015)? ¿O de las que tiran de artificios para fingir que traen novedades, como Boyhood (Richard Linklater, 2014) o Las ventajas de ser un marginado (Stephen Chbosky, 2012)?

Pues te recomiendo a la nueva ola del cine independiente neoyorkino que viene a relevar a Woody Allen con autores jóvenes muy inspirados que nos ofrecen relatos por lo general más originales e ingeniosos, con un trasfondo más culto y versátil, y sobre todo mostrando la realidad de forma más natural y muchas veces también con cierto toque crítico. En la cresta están Noah Baumbach y Greta Gerwig, quienes han conseguido hacerse un hueco en una industria cada vez más restrictiva copando nominaciones y premios y llegando a más público de lo que sus limitadas distribuciones iniciales hubieran permitido, gracias a títulos tan llamativos como Una historia de Brooklyn (2005), Frances Ha (2012), Historia de un matrimonio (2019) y en menor medida Lady Bird (2017).

Frances Ha es una estupenda descripción de la entrada en la edad adulta, pero también un entretenimiento de primera si su fachada hípster no te echa para atrás. Si el cine comercial peca demasiado de intentar complacer, en el indie a veces se nota el intento de demostrar cuánto sabes y lo alternativo que eres. La fotografía en blanco y negro no aporta nada, es más, es contraproducente si quieres mostrar la vida en Nueva York de forma natural. Y la multitud de referencias culturales a veces parece un tanto rebuscada, como si sus autores quisieran demostrar que viven entre una élite selecta; aunque otas veces lo cierto es que se agradece: la selección musical huye de las típicas canciones románticas y emotivas de siempre. A mí este estilo propio tan marcado no me ha molestado, lo considero un desliz menor en una cinta en realidad muy cercana a cualquier tipo de espectador. Por poner un ejemplo bien conocido, no hablamos de la pretenciosidad insultante de Roma de Alfonso Cuarón (2018). Pero cierto es que si quieres vivir de tu cine, que llegue a mucha gente, los aires de grandeza no son una buena idea. Para la masa de espectadores, cada vez menos dada a obras que parezcan mínimamente inteligentes, es poner de repente una barrera muy alta, aunque a la hora de la verdad sea una fachada y el contenido sea no sólo apto para todos los públicos, sino que tiene todas las de calar hondo.

Seguimos la vida de una veinteañera que ve llegar los treinta con unos amigos que pasan a la etapa adulta, con la responsabilidad del trabajo y la familia, y otros que viven felices en la fase de estudiantes con trabajillos fáciles, mientras ella se va quedando en tierra de nadie, sin lograr encajar del todo en una fase que su subconsciente le dice que debería dejar atrás ni superar los miedos para aceptar que tiene que entrar en otra. Amores, familias, amistades y fiestas. Trabajo y esperanzas. Baches emocionales, problemas diversos, contradicciones, miedos. La historia resulta muy cercana e introspectiva, funciona como un verosímil y conmovedor reflejo de la vida real, hasta el punto de que muchos se identificarán a fondo con la protagonista.

La cinta es ingeniosa y divertida en la comedia, con diálogos ágiles, humor sutil y unos toques de mala leche muy bien puestos: el egoísmo de Frances se lleva buenos palos, la indecisión y mentirijillas de algunos amigos otros tantos. Es muy entretenida en las diversas aventuras que tienen sus encantadores protagonistas, con situaciones variadas y por lo general impredecibles o al menos con un toque distintivito. Es emotiva en el drama, sin parecer forzada o guiada en ningún instante. Entre el guion tan inteligente y certero de Baumbagh y Gerwig y la interpretación de la propia Gerwig tan espontánea y enérgica consiguen un personaje deslumbrante. Sus vivencias y las de sus amigos cobran vida ante nuestros ojos con tal naturalidad que a veces quieres abrazarlos, otras te ríes con sus meteduras de pata, otras querrías abofetearlos, y otras te sentirás identificado y reflexionarás sobre tu propia existencia.

También hay que alabar la sobria y efectiva labor de dirección de Baumbagh y la fotografía de Sam Levy. Más allá del enredo del blanco y negro, entre ambos logran dotar de belleza, ritmo y energía a un relato que por naturaleza podría haber resultado muy teatral, incluso televisivo, pues gran parte de las situaciones ocurren en pisos y habitaciones. Cada escena está llena de movimiento, la fotografía juega con habilidad con la profundidad de campo, y hay no pocos instantes muy ingeniosos a la hora de rematar la situación emocional de la protagonista. Dos ejemplos claros: cuando está en el trabajo de informadora en una mesa en la universidad se siente atrapada, y el plano lo potencia al no apartarse del rincón de la mesa; cuando está eufórica corre por las calles, y la cámara la sigue en un ágil ballet.

No tuvo mucha suerte con la distribución y la campaña publicitaria a pesar de que sus autores ya eran conocidos tanto en el circuito independiente como en los certámenes de premios grandes de la industria, pues Una historia de Brooklyn tuvo nominaciones a mejor guion en los Óscar y en los Globos de oro a mejor comedia (siendo mucho más un drama…) y mejores actores principales; solo arañó una nominación de Gerwig a mejor actriz en los Globos de oro, y además tardío, en la ceremonia del 2014, que para mí sin duda merecía llevarse aunque Amy Adams estuviera espectacular también en La gran estafa americana (David O. Russell, 2013). Fue el boca a boca lo que hizo que se ganara poco a poco las alabanzas y el renombre que merece y que se mirara con más respeto a sus autores. Pero, como suele pasar, los Óscar y Globos intentaron enmendar su error más adelante nominando a cantidad de premios a Lady Bird de Gerwig, una cinta menor que no merecía tanta repercusión, y desde entonces, parece que cualquier cosa que hagan ambos es suceptible de ser colmada de nominaciones (este 2019, Mujercitas de Gerwig e Historia de un matriomonio de Baumbagh), aunque luego repartan los premios con su criterio tan absurdo.