El Criticón

Opinión de cine y música

Archivos por Etiqueta: Drama

Detroit


Detroit, 2017, EE.UU.
Género: Drama, histórico.
Duración: 143 min.
Dirección: Kathryn Bigelow.
Guion: Mark Boal.
Actores: John Boyega, Algee Smith, Will Poulter, Jack Reynor, Ben O’Toole, Hannah Murray, Anthony Mackie, Jacob Latimore, Jason Mitchell, Kaitlyn Dever, John Krasinski.
Música: James Newton Howard.

Valoración:
Lo mejor: Buen reparto.
Lo peor: Un retrato superficial y descentrado de unos hechos muy graves y relevantes: tenía potencial para mucho más y resulta una película fría, previsible, sin miga alguna

* * * * * * * * *

Pensaba que Detroit iba a ser una de las preferidas para encabezar la temporada de premios… aunque sí, eso por lo general no garantiza que sea buena película, pero al menos me mantengo al día. También me atraía por su aparente temática de análisis sociopolítico. Y, a pesar de que En tierra hostil fue un tanto floja y La noche más oscura podía haber sido mejor, Kathryn Bigelow me parece buena directora y todavía tengo la esperanza de que encuentre un guion con el que pegue un pelotazo… uno real, porque, de nuevo, las sobrevaloraciones de los Oscar pronto se ponen en su lugar: ¿alguien se acuerda a estas alturas de En tierra hostil, ha influido en el cine, en la sociedad, a pesar de sus churricientos galardones?

Pero para mi sorpresa, a pesar del caché de su autora y el éxito de sus obras, el estudio no la ha apoyado esta vez. Con su limitada distribución y la escasa campaña publicitaria, Detroit ha pasado completamente desapercibida: apenas se habla de ella y ha dejado unos ridículos 16 millones de dólares de recaudación mundial. Sería muy raro que la academia Oscar, que se apoya sobre todo en la presión de los medios y la insistencia de los estudios, la resucite de la nada. ¿La temática de policía racista ha asustado al estudio? Es posible, pues a pesar de los años pasados desde los hechos narrados, en Estados Unidos siguen más o menos igual, dando la sensación de que en cualquier momento podría ocurrir algo parecido otra vez.

Una vez vista, tampoco cumple como ensayo analítico, y aunque esto no debería sorprenderme tanto, algunas esperanzas me había hecho. Es de hecho combinación de La noche más oscura y En tierra hostil. Como la primera, es un resumen de los eventos que intenta ser neutral y acaba resultando frío y superficial, y como la segunda, intenta abarcar distintas etapas de una situación sin ser capaz de hacernos entrar en ella, es decir, resultando caótica y poco emocionante. En la caza de Bin Laden podía perdonarse, porque era una acción militar concreta y se narraba con ritmo y garra, pero hablando de unos disturbios sociales tan grandes no puedes quedarte tan al margen de los condicionantes, los conflictos latentes, las personalidades de los protagonistas, las respuestas y repercusiones…

Me puse con ella sin haber visto ni un solo avance, es decir, sin saber exactamente qué perspectiva del tema iban a abordar, y conforme avanza se observa que van cambiando el ángulo y el tono varias veces, quedando un relato incapaz de ir al grano y de sacar jugo de una situación que permitía muchos rangos de análisis y crítica. Los veinte primeros minutos se dedican a exponer anécdotas y situaciones varias de los disturbios, dando la impresión de que se pretende dibujar un panorama completo del asunto. Pero la frialdad con que los hechos son expuestos me impidió entrar en el ambiente: estaba aburriéndome bastante. De repente saltamos a un estilo completamente distinto: hay que soportar otros treinta minutos siguiendo a una pandilla que busca su oportunidad para triunfar como músicos, y a la vez conocemos a un policía sin preparación y racista. El drama es ahora demasiado localizado e intrascendente (qué cansina la escena de ligoteo), y la construcción de los personajes (en especial el estereotipado agente) no llaman como para interesarse por el esperable momento en que caerán en algún problema relacionado con las revueltas.

Está claro que querían ofrecer una introducción global a la situación y luego presentar a los personajes implicados en el caso que van a abordar, pero ninguno de los dos segmentos funciona, tanto por su poca pegada emocional y su escaso calado como porque son dos secciones demasiado separadas, incapaces de formar un todo superior. Así que se puede decir que la película de verdad tarda cincuenta eternos minutos en empezar. Y cuando lo hace, no ofrece nada arriesgado (por ejemplo, Perros de paja viene pronto a la memoria) ni tampoco provoca la necesaria sensación de desasosiego e imprevisibilidad. Los policías racistas asaltan un hotel lleno de negros y pierden los estribos y el control de la situación, los otros cuerpos de la ley (policía nacional, ejército) se desentienden, y se convierte en una pesadilla para los inocentes ahí atrapados. Es el mejor tramo, porque es más activo y concreto y por extensión entretenido. Pero aun así le falta componente emocional y crítico: seguimos ante una exposición sin sustancia alguna de los hechos, y, por mucho que fuera una situación real, no me he importaba mucho quién muriera.

El cuarto segmento, muy largo también, parece que por fin va a mojarse… pero las consecuencias (investigación, juicio, respuesta del público) siguen sin rascar en las muchas capas y caras de contenido que hay latente, se mantiene la línea entre desganada y gélida. Sinceramente, para esto me veo un documental. No entiendo la necesidad de tanto metraje y tanto detalle y las dosis de siempre de clichés y sensacionalismo si lo único que van a hacer es narrar en imágenes la entrada de la Wikipedia del caso. De hecho, parte de los acontecimientos los exponen en texto en pantalla al inicio y al final de la proyección, quizá porque vieron que faltaba contexto o claridad. Llegamos al desenlace y no ha dejado nada en que pensar, ni tan siquiera puedes hacerte una idea del ambiente social, político y económico que provocó los disturbios, ni si dejó secuelas, si se aprendió algo y se trató de solucionarlo de alguna manera.

Tampoco funciona en el drama: los personajes no han tenido una profundidad y una evolución con la que conectar. El policía era gilipollas entonces y lo es ahora, ni se ha tratado de entender su actitud ni analizar la situación que permite que gente tan descarriada llegue tan lejos y luego se salga con la suya; el negro indeciso y cobarde lo era antes del asalto y lo sigue siendo después, y me da completamente igual la siguiente etapa de su vida, a la que dedican muchos minutos; el resto de la banda me atraen menos, pero no ocupan tanto tiempo… aunque claro, eso significa que son tratados como meros figurantes; el vigilante privado, aunque parece estar triste por el resultado del juicio, no sirve para exponer ninguna reflexión, así que sus esporádicas apariciones no parecen haber servido para nada.

El reparto se lo toma en serio, eso sí, y salva bastante una narración tan poco emocionante. La mayor parte son desconocidos pero cumplen bastante bien con el repertorio de personajes-cliché: los policías dan miedo, los negros pena; John Boyega (el vigilante) es el más destacado, pues aunque su rol es de los menos llamativos deja un par de escenas muy intensas; por cierto, es clavadísimo a Denzel Washington en versión joven. Kathryn Bigelow es buena realizadora, y como tal es capaz de dotar de cierta tensión a los momentos clave del asalto al hotel, pero no hay más enjundia en el guion, así que el resto del metraje parecen minutos tirados en introducciones y epílogos fallidos.

Al final da la impresión de que estamos ante un incidente aislado de tres policías racistas, cuando fallaron la política, todos los cuerpos de la ley, e incluso la sociedad en general. Pero claro, esto no es The Wire, es una obra sin personalidad, sin coraje, sin contenido, con un poco de acción y una pizca drama de amarillista y superficial para que la masa de espectadores se indigne un poco pero no sepa realmente por qué y pueda aplicarlo a un cambio de pensar real, es decir, para que impacte sólo el tiempo suficiente para ganar dinero y premios; y lo gracioso es que, como decía, le han quitado esa posibilidad al no darle apoyo desde la industria; por suerte, no es un caso que lamentar.

En el mismo estilo semidocumental que narra una crisis (el atentado islamista del maratón de Boston) tenemos la reciente Día de patriotas de Peter Berg, que resulta mucho más recomendable: se lo toma como una de acción y aun así es capaz de dar una impresión global de los hechos más compacta y cercana, y sobre todo, es una cinta muy entretenida.

Anuncios

La suerte de los Logan


Logan Lucky, 2017, EE.UU.
Género: Drama, suspense, comedia.
Duración: 118 min.
Dirección: Steven Soderbergh.
Guion: Rebecca Blunt.
Actores: Channing Tatum, Adam Driver, Daniel Craig, Katie Holmes, Riley Keough, David Denman, Jack Quaid, Brian Gleeson, Seth MacFarlane, Katherine Waterston, Hilary Swank.
Música: David Holmes.

Valoración:
Lo mejor: Reparto, dirección.
Lo peor: El guion, enormemente predecible en el drama, sin gracia en la comedia, sin garra en general.

* * * * * * * * *

En el año 2011 Steven Soderbergh dijo a bombo y platillo que dejaba de dirigir cine porque quería dedicarse a su nueva vocación, la pintura. Poco después se topó con el guion de la serie The Knick y lo dejó todo por ella. Luego dijo que seguiría haciendo televisión (Detrás del candelabro) y teatro. Y al final encontró una película que supongo le devolvería la pasión por el cine, porque aquí lo tenemos de nuevo. Eso sí, como en sus últimas obras tras Contagio (Magic Mike -simpática-, Indomable -un buen e infravalorado thriller- y Efectos secundarios -un telefilme vulgar y corriente-), es un título menor, sin ambición ni gran repercusión.

No tenía esperanzas ni ideas de ningún tipo, no había visto tráileres ni leído nada sobre ella, es una cinta a la que me lancé en parte por su reparto (Tatum, Driver, Craig) y en parte por su director, porque aunque Soderbergh no tiene ningún peliculón de los que marcan una época sí posee algo que me llama la atención, un estilo y personalidad propios y afán por probar cosas e innovar. ¿Qué me encontré? Una combinación de drama rural y comedia de atracos poco inspirada y mal combinada.

En su inicio aborda una historia demasiado manida, y no tiene alicientes que la hagan especialmente atractiva. El protagonista divorciado, sus problemas para encontrar trabajo, y desventuras varias en esa vida de miseria y penas en el Estados Unidos rural. El guion va a lo más básico, resultando un drama propio de la televisión si no fuera porque no tiene giros culebronescos pasados de rosca. Pero, de la misma forma, no posee el germen del cine indie, que suele tener una personalidad y profundidad singulares. Por poner el mejor ejemplo reciente, esto no es Comanchería, sino un relato convencional y sin dobles lecturas.

Por suerte, a media que avanza va cambiando el género tornándose en una comedia de atracos, más en la onda de Ocean’s Eleven que de la citada Comanchería. Eso sí, tardé mucho en darme cuenta de que la idea era hacer reír, porque el sentido del humor es pésimo o no hay chistes hasta bien entrados en el meollo, más allá de la absurda pelea en el bar, que no supe muy bien cómo tomarme. Y bueno, ni en el tercer acto, cuando más loca se vuelve, hay momentos desternillantes, pero al menos conforme avanza se hace más imprevisible y alegre, o sea, más entretenida. Pero aun así mantiene más fallos que virtudes, y no termina de exprimir el nuevo potencial.

El primer problema es que no mejora el ritmo y la intensidad. La narrativa va como aletargada, sin sacar toda la gracia posible de las chocantes, a veces delirantes, situaciones. Se ve una comedia con gran potencial latente, quizá incluso sólo con remontarla con más ritmo y vitalidad. De hecho en los pases de prueba los invitados decían que era lenta y larga, así que Soderbergh redujo la duración en 18 minutos. Si el montaje final resulta largo y lento, no quiero saber cómo era entonces.

El otro punto gris es la inverosimilitud. Pasamos de un dramón anodino a un enredo de atracos fantasioso y con demasiado recursos tramposos. El protagonista habla mucho del plan pero en realidad no dice nada, porque los autores no quieren desvelarnos las fases del mismo para sorprendernos. Esta chapucera forma de hacer intriga no da muchos frutos, pues una vez en marcha no es que estemos ante una aventura trepidante e ingeniosa, sino una que apenas cumple por los pelos. Y ni eso a veces, porque los giros rebuscados del final, los típicos flashbacks cutres de las malas películas que pretenden darte una visión distinta de todo lo que hemos ido viendo, echan por tierra lo poco que iban haciendo bien y cierran la proyección dejando un regusto amargo.

Sin llegar a ser mala, me parece tiempo perdido, no ofrece nada llamativo en ninguno de los dos géneros que intenta abarcar con desgana y torpeza. Al final, hasta lo de inofensiva destruyen, porque terminas con la sensación de que te han intentado engañar con trucos muy malos.

La guerra del planeta de los simios


War for the Planet of the Apes, 2017, EE.UU.
Género: Acción, drama.
Duración: 140 min.
Dirección: Matt Reeves.
Guion: Mark Bomback, Matt Reeves.
Actores: Andy Serkis, Woody Harrelson, Steve Zahn, Karin Konoval, Amiah Miller, Terry Notary, Ty Olsson, Michael Adamthwaite.
Música: Michael Giacchino.

Valoración:
Lo mejor: Con la buena labor del director, los actores tras los simios y los efectos especiales, resulta entretenida y consigue incluso emocionar en algunos momentos
Lo peor: El guion es muy simple, sin ambición, sin profundidad, con muchos estereotipos y situaciones predecibles, sobre todo en el pobre tramo final.
La suma: Apocalypse Now + La gran evasión + Los diez mandamientos.

* * * * * * * * *

Cuánto prometía esta saga y qué poco ha dado. Bueno, en realidad ha encandilado a millones de espectadores y la crítica la ha tratado muy bien, como si fuese cine de alta calidad y no una más de acción taquillera. Pero por más vueltas que le he dado, ni a la más que correcta primera parte le he visto grandes valores como para ensalzarla tanto. Esta tercera entrega sigue atascada en la misma simpleza narrativa, los personajes estereotipados, las situaciones previsibles, el drama de telefilme y la acción aparatosa a golpe de talonario pero con poca imaginación. Si funciona es por la profesionalidad de quienes han dado vida al libreto. El buen trabajo de Andy Serkis como Caesar (y eso que está irreconocible), la verosimilitud total de los simios recreados por ordenador y la contundente y vistosa dirección de Matt Reeves le confieren a la cinta un tono de seriedad y un empaque visual que garantizan un entretenimiento digno para pasar el rato. Pero por mucho que algunos se nieguen a verlo, ante cualquier análisis objetivo, por somero que sea, hace aguas: esa seriedad se nota artificial bien pronto, los clichés ahogan un argumento y unos personajes trilladísimos, y el relato termina resultando ruidoso pero superficial.

Caesar es un buen protagonista, llena la pantalla con su presencia, sus dilemas y problemas interesan. Con él enfrentamos momentos descarnados, un poco de lucha interna, pocas alegrías tras mucho sacrificio… pero en el fondo es lo mismo de siempre, y la falta de novedades y sobre todo de inteligencia frenan mucho su alcance: su odisea se ve venir muy de lejos, a veces ni resulta natural, con lo que aunque no dé vergüenza ajena como muchos héroes de acción, tampoco logra dejar huella. ¿Que un protagonista tenga cierta solidez implica alabarlo como un gran logro? El cine contemporáneo, sobre todo el de acción, está mal, pero tanto…

Los tópicos se extienden al grupo que lo acompaña, que no podía ser más facilón: los secundarios duros y fieles, el sabio, el graciosete… Este último, como viene siendo habitual, muestra el poco ingenio de los guiones actuales: el humor es tonto e infantil a más no poder y se mete con calzador para contentar a todo el rango posible de espectadores. En los malos el panorama no mejora: el villano principal no da miedo, es un “soy malo porque sí” al que no consiguen dotar de vida a pesar de que le dedican un par de escenas intentando darle un poso (al menos lo intentan, que por lo general se pasa demasiado de ello), y sus secundarios son más básicos aún: el que duda, el matón, el traidor… todos con sus escenas de rigor.

Pero sobre todo le pesa la carencia de profundidad, la inexistencia de dobles lecturas, de dilemas éticos de alcance, de análisis sociales, religiosos, morales, políticos… En resumen, todo lo que hizo grandiosa a la original El planeta de los simios (1968) aquí está ausente en su mayor parte, y lo que se quiere tratar se queda en su mínima expresión, en retazos poco excitantes. El argumento y los dramas personales se limitan a recalcar la pérdida de la ética en situaciones límite (venganza, violencia) y lo malvada que puede ser la humanidad. La adoración al líder (el coronel) valía para hablar sobre cómo surge un estado tiránico de las cenizas de otro, e incluso de cómo puede darse paso a la religión, pero su recorrido se limita al villano supuestamente chungo, al reto que debe solventar Caesar en el nuevo capítulo.

Los conflictos personales daban para historias más complejas de supervivencia tras un apocalipsis, pero nos quedamos con el dramón barato de separación familiar, reencuentros y tal, todo súper predecible. La chiquilla… desde su aparición pensaba que serviría para ahondar en las semejanzas entre simios y humanos, en lanzar a los protagonistas, sobre todo los malvados, hacia alguna reflexión… pero poco a poco va quedando claro que sólo está ahí para un par de momentos de lágrima fácil y para el giro final, y por supuesto, todo resulta previsible cuando no forzado: ni se dignan en trabajarse el apego con los simios, no hay quien se crea que llore por quienes mataron a su padre.

El lado bélico también permitía jugar con otras muchas situaciones, pero los autores se atascan en un par de estereotipos y se ahogan ahí siendo demasiado explícitos: la alineación moral, esos de tu bando, raza o pueblo que se van con los malos por cobardía y supervivencia, no podía tener un recorrido más manido; los remordimientos de los soldados se insinúan pero no lleva a ninguna parte; el tirano con justificación (como digo, se intenta explicar sus actos) no consigue que deje de parecer un maniquí mal interpretado (Woody Harrelson no da la talla ni por asomo); etc.

La sensación de poca imaginación, de cinta nada novedosa y predecible, explota a lo grande en el tramo final: es descarado cómo beben de Apocalypse Now y La gran evasión, con escenas calcadas sin rubor alguno. Y a todo hemos de sumar los giros extraños, los pequeños agujeros de guion o situaciones forzadas. No sé muy bien qué pretenden con lo del agua inundando los túneles, si no llega a pasar nada: inicialmente parece una excusa para dar más intriga a la fuga (que no llega a aparecer: con qué facilidad se hacen con una llave), y luego resulta que los siguen usando como si no hubiera pasado nada. Y vaya tela la vigilancia del campamento militar. Entran simios y humanos por la puerta y se plantan en medio del patio antes de que los vean, y tampoco se enteran de la fuga en grandes grupos. Para colmo, el desenlace aborda por fin la religión… convirtiendo la odisea en un remedo bíblico sonrojante: derrotan a sus enemigos por intervención divina y, a pesar de que se deduce entonces que ya no tienen que huir, aun así se empeñan en cruzar el desierto en plan Moisés. Pero lo hacen sin provisiones, sin agua, y sin pararse si quiera a curar a los heridos… todo para forzar que Caesar llegue moribundo a la tierra prometida, en el típico y cansino héroe o profeta que se sacrifica por su pueblo.

Así pues, la película iba siendo simple pero al menos entretenida (algo mejor que la segunda, que es demasiado tonta), pero el arco final (desde el inicio de la fuga en adelante) me provocó muchísima vergüenza ajena, lo que vuelve a poner en primer plano la sensación de decepción por el potencial desaprovechado y de incomprensión ante el reconocimiento tan entusiasta en una trilogía tan limitada.

PD: Al menos han encontrado una aceptable justificación para que los hombres no supieran hablar ni parecieran inteligentes en la saga madre: un virus, aparte de erradicar a gran parte de la población, los deja medio lelos, convirtiéndolos en poco más que animales.

Ver también:
El origen del planeta de los simios (2011).
El amanecer del planeta de los simios (2014).

Dunkerque


Dunkirk, 2017, EE.UU.
Género: Bélico, drama.
Duración: 106 min.
Dirección: Christopher Nolan.
Guion: Christopher Nolan.
Actores: Fionn Whitehead, Mark Rylance, Tom Hardy, Cillian Murphy, Barry Keoghan, Jack Lowden, Aneurin Barnard, Kenneth Branagh, James D’Arcy, Harry Styles,
Música: Hans Zimmer.

Valoración:
Lo mejor: Transmite la angustia y desesperación de la guerra y muestra llamativos ejemplos de cómo reacciona el ser humano ante situaciones límite. La narrativa es notable: dirección, fotografía, música y montaje muy bien combinados.
Lo peor: El guion descuida la coherencia más de la cuenta, y la puesta en escena termina cobrando demasiado protagonismo, viéndose las costuras algunas veces.
La frase:
-Prácticamente podemos verlo desde aquí.
-El qué.
-El hogar.

* * * * * * * * *

Alerta de spoilers: Sólo presento el argumento y los personajes.–

Dunkerque es una localidad situada al norte de Francia, ruta esencial durante la Segunda Guerra Mundial al estar en el canal de la Mancha que separa Europa de Reino Unido. Un breve texto en pantalla nos pone en situación: en el verano de 1940 unos cuatrocientos mil soldados británicos, franceses y belgas han quedado aislados en la costa de Dunkerque en espera de evacuación, mientras las tropas y aviación alemanas se acercan. De no sacarlos a tiempo, la catástrofe daría un vuelco brutal a la guerra… Pero los pocos navíos militares que llegan están siendo hostigados por los ataques aéreos, y la huida parece destinada al fracaso.

La narrativa es experimental y un tanto exigente. No me sorprende que haya no pocos espectadores que no se enteren de nada, aunque desde luego sí lo hace el que haya algunos diciendo “es otra de guerra, tiros y tiros hasta aburrir”… cuando precisamente el único que dispara es el piloto de caza, y no tiene escenas muy aparatosas. Dunkerque no ofrece un drama al uso, ni una descripción tradicional de la guerra. El relato se basa en una combinación de lo visual y lo emocional, es decir, la trama se desglosa sin describir a fondo las acciones militares, se pone todo el énfasis en tratar de transmitir cómo se sienten los protagonistas. Más que una película sobre la guerra estamos ante una que analiza cómo el ser humano se comporta en situaciones desesperadas: desde los primeros minutos queda claro que el hilo conductor no es la épica de supervivencia a base de tiros y heroicidades físicas, sino la resistencia mental, la lucha contra la angustia y la impotencia. Con unos pocos personajes desperdigados aquí y allá veremos distintos ejemplos de respuesta ante una situación en la que prácticamente sólo cabe esperar la muerte.

La descripción de estos no se detiene en recesos ni explicaciones tangenciales que apoyen su dibujo, sino que se expone poco a poco mediante sus acciones. Y ahí es cierto que hay que hacer cierto esfuerzo para entrar en el juego. Apenas tienen unas pocas frases, están divididos en tres líneas temporales distintas (la historia de la playa dura una semana, el viaje de los barcos civiles un día, la misión del piloto una hora), sus nombres probablemente no seas capaz de recordarlos, y con los jóvenes poco conocidos puede costarte distinguirlos cuando están hasta arriba de barro y aceite. Pero la recompensa es grata si te gustan los flmes que no lo dan todo mascado y las emociones fuertes. A medida que pasan los minutos nos vamos adentrando a fondo en la mente de estos pocos individuos, y sus sentimientos y objetivos llegan con una claridad e intensidad más que certeras dolorosas, conforme vas conociéndolos e intuyendo cómo intentarán actuar, todo lo que las nuevas dificultades les echan encima va haciéndose cada vez más tangible y trágico.

La primera vez que vemos al joven de infantería (el desconocido Fionn Whitehead) tratar de colarse a un barco parece un pilluelo inmaduro, quizá incluso pienses que se merece un castigo por romper las filas, pero en los siguientes intentos de escapar con vida es imposible no sentir lástima por un niño al que adultos irresponsables han metido en un infierno. Y en sus desventuras conoceremos a otros con una actitud semejante, algunos de peor calaña, como esos que, escondidos en un barco esperando que la marea los lleve, se refugian en el egoísmo inmediato, sacrificar a sus compañeros, para vivir unos minutos más. Otros se quedan en un espectro intermedio, como el rol de Cillian Murphy, que representa otro caso de flaqueza, pero este desde otra perspectiva: los remordimientos de sus acciones lo sumergen en un tormento constante, con lo que es imposible no sentir empatía por él. Y también hay muchos héroes. Mark Rylance interpreta a un civil anciano que manifiesta un talante decidido e implicado que se convierte en una brújula moral para otros: a ella se aferran su hijo (Tom Glynn-Carney) y un amigo de este (Barry Keoghan), que quieren seguir su modelo y hacer algo por el bien común a pesar del rieso. Tom Hardy y Jack Lowden encarnan a los pilotos de caza que no se amilanan ante ninguna dificultad, dispuestos a darlo todo por conseguir unos minutos más para que la evacuación sea un éxito. Los comandantes británico (Kenneth Branagh) y francés (James D’Arcy) tampoco agachan la cabeza, manteniendo la cordura y compostura para que sus hombres tengan una oportunidad más.

Sufriremos envestidas de aviones, naufragios y ahogamientos en cantidad, pero entre medio mil anécdotas irán describiendo un tormento capaz de quitar el aliento en muchos tramos, la mayoría de supervivencia a la desesperada, algunos de acción, como los combates aéreos, otros inesperadamente contenidos y breves pero igualmente demoledores, como el soldado anónimo que se mete en el agua para morir mientras los demás miran sin hacer nada, porque saben que de una forma u otra probablemente acaben como él. Y tenemos también unos pocos detalles geniales, como el soldado que se sorprende de que otro esté mirando salidas y escapatorias del barco de salvamento que acaban de abordar con euforia, dándole en la cara con la realidad: aún no estás a salvo.

La virtuosa fotografía de Hoyte Van Hoytema es capaz de saltar de la playa al mar y al aire sin notarse desequilibrio, y logra un hábil uso de la distancia, con el horizonte siempre presente hasta donde alcanza la vista, lo que remarca muy bien la sensación de indefensión y pequeñez de los protagonistas ante una situación que les viene grande. Esto se disfrutaría más en el formato de pantallas gigantes IMAX con que el rodaron, más cuadrado, es decir, con más visión aún del horizonte. La música de Hans Zimmer parece, en una primera escucha aislada en disco, otra más escupida por sus sintetizadores, lejos del gran esfuerzo que puso en la composición de Interstellar, pero en la película va como anillo al dedo. Apoyándose en unos recursos básicos pero efectivos (ritmos repetitivos y crescendos que no parece explotar nunca) logra rematar muy bien las atmósferas agobiantes. Además, la construcción rítmica de la música y los clímax, sumada a la narrativa con distintas líneas temporales, remarca la obsesión habitual de Christophet Nolan con el tiempo, presente en prácticamente todos sus filmes de una forma u otra.

Esto me lleva a señalar algo obvio: Dunkerque es una cinta muy bien medida, Nolan exprime emociones primarias a base de aturdir con técnicas de eficacia probada. Y desde luego funciona, en lo audiovisual posee cierta belleza y resulta apabullante en sensaciones (opresión, fatalismo, etc.), lo que realza muy bien el drama vivido por los atractivos protagonistas y logra una proyección intensa, sofocante, e incluso sobrecogedora en muchas secuencias. Los ataques de aviones alemanes, con el sonido afilado hasta casi molestar y la música repiqueteando incesantemente en una tétrica cuenta atrás, recuerdan al bombardeo de las aldeas en La tumba de las luciérnagas, donde no ves las bombas venir, pero el silbido hiela los huesos y anuncia la muerte.

Pero esa construcción tan estudiada, tan técnica y milimétrica, aun siendo esencial en el propósito y logre su objetivo con bastante robustez en la mayor parte del metraje, también es el origen de sus problemas o limitaciones. Una vez analizada en frío se ve una cinta un tanto artificial, dejando la sensación de que una película bélica debería ser más natural y visceral. Sí, este estilo se puede justificar con que es una obra de sentimientos más que de desarrollar una historia con detalle, pero Nolan se aferra a la fórmula más de la cuenta. En algunos momentos se nota que fuerza el clímax con la música y el sonido, que en el fondo realmente no estamos ante una escena extraordinaria por sí sola. Y a la larga pesa. Podríamos señalar al menos un par de grandes títulos que abordan el género desde una perspectiva más emocional, como La delgada línea roja y Apocalypse Now, muy filosóficas e introspectivas ambas, pero también es indudable que mostraban el escenario bélico como si estuviéramos allí, sin que la técnica empleada dejara entrever trucos y huecos.

El pasar de puntillas sobre la perspectiva global de la evacuación deja muchas cosas sin explicar, lo que va restando puntos a la experiencia, pues puede llegar un momento en que te cuestiones tanto lo que está ocurriendo que te saque de las imágenes, lo que se ve agravado porque a partir de algún momento los clímax pueden empezar a parecer poco naturales. Así, el tramo final me resultó bastante menos satisfactorio que el enérgico y turbador acto central, ya estaba un poco saturado de tanta secuencia sofocante y esperaba más hechos concretos, más explicaciones y soluciones más claras. De hecho el propio Nolan afirmó que no podía alargar mucho el relato porque se podía romper el hechizo. A mí se me nubló en momentos puntuales aquí y allá, para empezar a disiparse claramente en el tramo final. A pesar de los numerosos planos aéreos de la playa y el entorno no es fácil hacerse una idea del escenario. En ningún momento parece haber ni tan siquiera diez mil personas en la playa, no digamos ya los cuatrocientos mil citados; no queda claro dónde están los alemanes, ni si sólo los franceses están resistiendo en la ciudad mientras los británicos no hacen nada en la playa; apenas vemos un par de aviones solitarios, cuando en realidad atacaron muchos e iban en grupos de bombarderos con escolta; la explicación de por qué no hay más barcos militares se dice de refilón y puede que no te des cuenta y estés toda la película preguntándose los motivos; y salvo un par de planos donde se ve un puñado de barcos civiles no hay sensación de una evacuación desesperada a gran escala, al final dicen que han evacuado a todo el mundo y ya está.

Christopher Nolan, como viene siendo habitual en su llamativa filmografía, exprime y casi reinventa otro género más, ofreciendo una experiencia única y reavivando las esperanzas en que el cine contemporáneo todavía puede sorprender. Dunkerque una obra original, valiente y arriesgada como pocos autores se atreven tan siquiera a plantear hoy en día, una muy necesaria en una industria cada vez más autocomplaciente. De hecho, el estudio fue muy reticente con el proyecto, porque los protagonistas no eran heroicos estadounidenses, el argumento no parecía comercial, requería mucho dinero, etc. Vamos, que si no fuera porque Nolan está bien consagrado y amortizado, esta cinta no habría visto la luz, salvo quizá una versión llena de estereotipos y argumentos trilladísimos. Y el precio a pagar quizá ha sido el restringirla para mayores de trece años, es decir, no hay una gota de sangre, lo que se echa de menos en algunos momentos y contribuye a esa falta de visceralidad.

Pero también es indudable que es una película con fallas y limitaciones, que la fantasmada de considerarla su mejor trabajo y una obra maestra no hay manera de justificarla. Para obra maestra Interstellar. El Caballero Oscuro y Memento son claramente superiores. Y El truco final y Origen están a un nivel semejante, pero a mí en lo personal me gustaron más. Esta recepción desmedida es quizá un efecto secundario de este panorama rebosante de series clónicas y remakes sin alma: un estreno con personalidad pega más fuerte de lo que lo haría con una competencia de más nivel. Y también pienso que estamos chocando de nuevo ante la barrera conservadora de los medios: la ciencia-ficción y la fantasía se tratan como cine de segunda al lado del drama (en este caso bélico), y después de ignorarlo durante tanto tiempo parece que por fin han descubierto a este director. Apuesto a que se llevará multitud de premios después de haber pasado por alto un hito del calibre de Interstellar

En pocas palabras, Dunkerque no habrá dado de lleno en el blanco, pero ha apuntado más alto y ha llegado más lejos que gran parte del cine actual.

La ciudad de las estrellas (La La Land)


La La Land, 2016, EE.UU.
Género: Comedia, drama, musical.
Duración: 128 min.
Dirección: Damien Chazelle.
Guion: Damien Chazelle.
Actores: Ryan Gosling, Emma Stone.
Música: Justin Hurwitz.

Valoración:
Lo mejor: Simpática y entretenida.
Lo peor: A pesar de su asombroso recibimiento no es la panacea en lo visual ni en lo argumental: el romance es muy predecible, el musical muy forzado y pobretón. El director muestra técnica pero no pasión, y los actores no están muy allá.

* * * * * * * * *

En el fondo no esperaba mucho, pero aun así iba con cierta intriga. Una película con un recibimiento tan espléndido de crítica y público tendrá algo llamativo. Incluso hay muchas voces que la proclaman como una obra maestra. Pero, como suponía, me he encontrado un título comercial del montón. La comedia romántica más vieja y facilona posible adornada con ligeros toques de drama y unos pocos videoclips.

Por esto último la han descrito como musical, pero yo no lo veo. En un musical, la música, las canciones y los números coreografiados obviamente tienen una íntima relación con la trama y los personajes, pero son además el principal componente narrativo. Si estos números aparecen puntualmente, muchas veces sin relación clara con lo narrado, y en las que la tiene no se entiende muy bien por qué se usa este recurso, entonces son videoclips insertados en medio de la proyección. Ya desde el prólogo queda claro que se combina con desequilibrio la comedia romántica y el musical: el numerito inicial no pinta nada, no presenta a los personajes (que ni forman parte de la canción) ni se habla sobre algo relevante. Y de ahí en adelante olvídate de grandes despliegues estéticos, de escenarios vistosos y elaboradas coreografías; de hecho, en el caso de haber alguna, los protagonistas no están presentes (el prólogo) o se pasean entre medio sin hacer mucho (el final); y… ¿me lo parece, o las siluetas sobre el espacio en el observatorio son dobles? Tampoco es que canten mucho, por lo general apenas entonan un poco mientras hablan; la única que vez que la chica canta más en serio (en la última audición) no ofrece nada épico o conmovedor, y el turno de él (en el malecón) es tirando a lamentable. No hay ni una letra con garra, ni un baile complejo, ni un escenario deslumbrante. Todos los números obedecen a la técnica de los cansinos videoclips contemporáneos: iluminación artificial (mucha luz de día, mucho foco de noche, mucho neón, mucho amanecer eterno), vestuario excesivamente colorido (parece un anuncio), escenarios intrascendentes y música pegadiza para tratar de epatar sin contenido real, porque los protagonistas sólo se menean un poco delante de la cámara sin que haya una expresión artística concreta.

Sí es un homenaje al musical, eso está claro. Y al cine clásico y a la música en general. Pero la película sólo vive de eso, hasta el punto de ahogarse en las referencias y perder todo rasgo de personalidad propia y parecer un recopilatorio propio de YouTube, no de estrenar en cines. No voy a perder el tiempo citando todas sus fuentes, podéis ver por ejemplo este video, y pensar luego cuándo se pasa de la referencia y el homenaje al plagio. Yo consideraría que es plagio cuando no se aporta nada nuevo, cuando se intenta sacar rédito del trabajo de otros. Este caso lo es, sin duda. Además hasta el ridículo, pues en la obsesión por coger de obras remarcables del género ni cuidan la verosimilitud: atención al vestuario de varias épocas mezclado sin ton ni son, donde los protagonistas en cada escena visten con un traje de una tendencia distinta. ¿Quién tiene un armario así, y más sin dinero?

Es evidente que está todo inventado ya, pero hay muchos ejemplos de que se puede abordar algo clásico con garra y personalidad, como Comanchería con el western crepuscular, por citar una gran cinta del mismo año, e incluso se puede alcanzar la categoría de obra maestra dándole una inesperada vuelta de tuerca a conceptos muy conocidos: ahí están La guerra de las galaxias: Una nueva esperanza y Matrix, por citar solo un par. Es gracioso que un personaje secundario diga que el jazz se muere porque no evoluciona, no se abre a los nuevos tiempos, no deja entrar ideas nuevas… Y este filme es precisamente eso mismo, un refrito de historias muy gastadas que no aporta nada genuino, ni siquiera lo que una vetusta banda de jazz ofrecería, algo de improvisación, pues está todo milimétricamente construido. Es que hasta la música es poco más que una tonada simple y repetitiva; menuda vergüenza el Oscar a banda sonora estando la monumental Rogue One de Michael Giacchino.

Lo que queda es una comedia muy básica, obsesionada también con los estereotipos, con llegar con lo más fácil y directo. Y me temo que esta triste fórmula ha triunfado… otra vez, porque todos los años la industria de Hollywood, con sus medios afines y sus Oscar, avala varios títulos prefabricados como este y hace caja de ello. Él es el guaperas pasota, pero un poco panoli, para que ella pueda moldearlo a su gusto. Ella, guapa, decidida, perfecta, pero tiene un novio de cartón que ni le gusta, para que así pueda anhelar algo más. Los encuentros, todo un cliché cursi detrás de otro. Las coincidencias, los roces y torpezas iniciales, la chispa, la vida en pareja (tan blando es el relato que ni los vemos follar, un beso casto y gracias), los problemas, el cambio de aires obligado por la vida, y fin.

Hay poco que rescatar, si la cinta funciona en sus primeros capítulos aceptablemente bien es porque su ritmo es veloz y los personajes despiertan cierta simpatía. Algunas escenas, como la fiesta ochentera y el paseo siguiente, tienen algo de ingenio y humor. Pero el relato se apoya demasiado en la simplona y predecible dinámica de la pareja, y el desgaste va apareciendo hasta perder toda mi atención en el arco final, donde ya estaba muy claro lo poco que tienen para ofrecer y me lo vi venir todo de lejos. Por ello he echado de menos personajes secundarios. No hay ni uno con presencia suficiente para dejar huella, cuando podrían haber incluido varios para mostrar más perspectivas del mundo de Hollywood y no agotar tan rápido a la pareja protagonista, como hicieron hábilmente en Birdman y La invención de Hugo.

Los actores andan bien en carisma y belleza, pero sus papeles distan de resultar extraordinarios como tanto se ha querido vender. Emma Stone contagia bastante bien el entusiasmo del personaje, de hecho algunas escenas se sostienen únicamente gracias a su presencia, como la del banco… pero es eso, su presencia, la sonrisa y los ojos enormes, la cara tan agradable que tiene, porque su interpretación dista de impresionar. Y sé que puede lograr buenos papeles: en Birdman y Criadas y señoras estaba mejor. A Ryan Gosling lo tuve atragantado durante años (Drive, Los idus de marzo, Brigada de élite), no sé qué veía la gente en otro actor joven y en teoría atractivo sin registro interpretativo alguno, pero me sorprendió en Dos tipos buenos, donde por primera vez lo vi actuar de verdad y de hecho estuvo fantástico. Pero aquí vuelve a la pose de Drive, sin más esfuerzo interpretativo. Tampoco tienen grandes voces, ni ofrecen una esforzada labor física, porque el musical es muy parco en esos aspectos. Sabiendo que son capaces de hacer mucho más, el problema es claramente el director, que no sabe qué sacar de ellos. El resultado es que no veo química, no me creo la supuesta llama de la relación, los momentos tristones no me llegan. ¿Cómo ha entusiasmado tanto una pareja tan limitada?

Quizá habría que agradecer que no tragamos con un desenlace en plan “y fueron felices y comieron perdices”, pero en cambio pretende ser oscuro de forma sensacionalista. Todos tenemos amores pasados, relaciones rotas por trabajo, heridas no cerradas, y rememoramos caminos y decisiones que podríamos haber tomado de otra forma. Si se narrara con algo más de chispa… pero tiene un aura melancólica que me pareció impostada, y se remata con un número musical de cierre que por fin intenta jugar con la escenificación pero resulta más bien caótico y poco vigoroso. Así pues, queda un final incluso más artificial de lo habitual pero incapaz de evitar ser predecible, con lo que me resultó bastante pesado.

Como en ese engendro manipulador de Whiplash, Damien Chazelle demuestra buena técnica y saber rodearse de buenos editores. Hay planos secuencia bastante logrados y el montaje es excelente, sobre todo a la hora de obtener ese ritmo enérgico. Lástima que apuntaran tan poco alto con los números musicales, es decir, que falte pasión, un intento de ir más allá. La fotografía es correcta, pero la iluminación en cambio resulta muy forzada: luces de neón, focos evidentes, abuso de tonos muy básicos (ahora verde, ahora azul; por ejemplo, qué mal queda ese fondo verde hortera de la cena que sale mal). En otras palabras, en lo visual le falta naturalidad por lo general y capacidad de asombrar en los momentos clave, le pesa demasiado el estilo de videoclip.

Teniendo recientes La invención de Hugo y Birdman e incluso la correcta The Artist, La La Land palidece aún más. Esas sí fueron películas que homenajeaban al cine con clase, que se arriesgaban en su narrativa, tenían personajes con aristas y pegada e historias que sorprendían. Al menos, con su simpatía consigue contagiar un poco el amor por la música culta y el cine y teatro… Pero lo cierto es que dudo que los espectadores que salieran con lágrimas en los ojos (porque parece que hubo muchos) corran a ver un musical clásico de calidad o pretendan iniciarse en el jazz. Estamos en la época del consumo rápido, y eso es La La Land, una obra prefabricada en narrativa y sentimientos, ligera, simplona, que entre sin esfuerzo. ¿Esto es cine? No tiene nada original, ni una gota de personalidad, carece de emoción que no sea buscada artificialmente. Esto es al cine lo que Los 40 principales a la música: tendrá éxito, pero es de usar y tirar, no tiene valor real, ni por extensión perdurabilidad. Sólo engañará a quienes se puede conmover con cuatro recursos simples, a quienes no tienen memoria artística y no ven que todo se ha contado ya mil veces, y más aún, que todo lo toma con descaro de otros filmes. Está claro que la masa de espectadores abraza lo comercial, el entretenimiento pasajero que no requiera grandes exigencias intelectuales, pero que la crítica profesional se dejara engañar se me escapa. Tanto bombo, tanto Oscar (14 nominaciones, todas delirantes) y tanto dieces que le han dado, y estoy seguro de que estará totalmente olvidada en un par de años, como suele pasar.

Captain Fantastic


Captain Fantastic, 2016, EE.UU.
Género: Drama, comedia.
Duración: 118 min.
Dirección: Matt Ross.
Guion: Matt Ross.
Actores: Viggo Mortensen, George MacKay, Samantha Isler, Annalise Basso, Nicholas Hamilton, Shree Crooks, Charlie Shotwel, Kathryn Hahn, Steve Zahn, Frank Langella, Ann Dowd.
Música: Alex Somers.

Valoración:
Lo mejor: La propuesta inicial sorprende prometiendo un ensayo inteligente y sensible sobre modos de vida alternativos. El reparto está muy bien, sobre todo teniendo en cuenta que son niños muy jóvenes.
Lo peor: Se desinfla a partir de su ecuador para acabar como un melodrama típico de Hollywood con los mensajitos de siempre.
El título: Sigo sin entender cuál es la normativa o estilo que siguen para traducir unos títulos y otros no, por fáciles que sean.

* * * * * * * * *

Captain Fantastic ha tenido una vida en cines prácticamente inexistente a pesar de conseguir buenas críticas por los innumerables festivales por los que ha pasado (empezando por Sundance y Cannes) y de que los espectadores que la han ido viendo la ponían por las nubes, de hecho tiene más votos y notas que muchas películas comerciales, así de bien ha funcionado por internet y el mercado doméstico con el boca a boca. Un 7.9 con cien mil votos en la IMDb y un 7.5 en Filmaffinity con casi veinte mil no es poca cosa. Por comparar, Moonlight, obtiene cifras semejantes, aunque con menos nota, a pesar de haber sido apoyada por la industria a lo grande, con buena distribución, publicidad y numerosos grandes premios (incluyendo Oscar a mejor película, guion y actor). De hecho, si no fuera porque Moonlight toca un tema muy tabú, hubiera pensado que Captain Fantastic no tuvo el favor del gremio por partir de una temática polémica. Sí, Viggo Mortensen arañó una nominación a mejor actor en los Oscar y los Globos de Oro, pero da la impresión de que es compensatorio, como diciendo “veis, tenemos en cuenta a todas las películas”. Así que no entiendo por qué dejaron tan de lado a una cinta muy vendible de cara el gran público y que en el fondo tiene mucho de lo que gusta en los festivales de premios principales. Resulta entretenida y simpática, tiene un reparto capaz de conmover y, sobre todo, mezcla una idea vistosa con un envoltorio de drama prefabricado, es decir, parece nueva sin salirse del rango intelectual y emocional vigente.

Y ahí está la clave. Con tan buena recepción popular tenía que haber supuesto que no era una propuesta tan inteligente y rompedora como prometía, que la masa de espectadores sólo recibe con tanto entusiasmo obras fáciles de digerir y que les dicen a las claras lo que pensar y sentir. Vamos, que está en la línea de Juno o Little Miss Sunshine y otras tantas que van de subversivas pero en el fondo abordan los mismos argumentos y clichés moralistas de siempre. Es otro amago de mostrar una opción de vida alternativa con inteligencia y sensibilidad que acaba decantándose por el drama fácil y maniqueo (empeñado más en forzar una emoción que en llegar con naturalidad) que en el fondo alaba la vuelta a la normalidad establecida: la familia clásica, la aceptación de la sociedad normalizada, los finales felices improbables.

La premisa es muy jugosa. Unos padres han decidido criar a sus hijos en plena naturaleza, huyendo de la sociedad capitalista que sólo genera esclavos del dinero y adictos a placeres banales. Y no hablamos de mormones o paletos montañeses (hillbillies), lo habitual en Estados Unidos en lo que se refiere a culturas o sectores apartados de la sociedad por iniciativa propia o fruto de la pobreza, sino de una pareja muy culta que va en un plan anarquismo comunista. Educan a sus hijos no sólo para vivir del fruto de su trabajo en la naturaleza, sino para rechazar todos los males del capitalismo; más que críticos son beligerantes, pues parecen preparar a los niños para una revuelta armada si llegan a tratar de impedirles su forma de vida. Pero tampoco descuidan su educación, enseñándoles un amplio rango de materias: ciencias, historia, literatura y política.

Sí, es un poco chocante que quieran vivir al margen de todo y les inculquen tanto sobre el mundo que detestan, y más si no planean volver a integrarse. Y tampoco me convencía que estuvieran todos los chavales siempre tan limpios, y más concretamente que las chicas que están en la adolescencia estuvieran perfectamente depiladas (cejas y piernas, al menos). Pero son pegas menores ante una propuesta inesperada, porque no todos los días se ve una película nacida en EE.UU., aunque sea en el circuito independiente, con alabanzas al pensamiento crítico, al ateísmo (aunque algo de budismo también), a diversas formas de comunismo y, sobre todo, claramente antisistema. Todo se expone a través un discurso que se presenta valiente e inteligente, donde destaca el tono ligero con toques de comedia, que suaviza hábilmente estas posturas para le entren mejor a la masa de espectadores, como señalaba no dada a pensar por cuenta propia y por lo general conservadora.

Conforme surge el punto de conflicto que hace tambalear su mundo llegan los choques culturales, bien exprimidos gracias a una combinación de drama verosímil (todos los problemas externos y los conflictos internos que surgen con el cambio llegan con intensidad), humor ágil (algunas veces un tanto gamberro: demencial el día de Noam Chomsky), de sensibilidad (todos caen bien, entendemos su punto de vista tan radical), y sobre todo por las muchas lecturas que van dejando. Los chicos están mejor preparados que los fracasados que pare el fallido sistema educativo, o más bien la fallida sociedad… pero a la vez son unos inadaptados en convivencia social y relaciones emocionales. La torpe incipiente relación amorosa del adolescente y el contraste con los hijos de la tía que vive una “vida normal”, adictos a los móviles y videojuegos, son situaciones que se ven venir, pero se materializan con mucha naturalidad y hacen pensar y entender y sentir lástima en ambos sentidos. Pero además hay otras muchas anécdotas que van mostrando su vida con ritmo y manteniendo un nivel de interés y simpatía bastante alto.

La dirección es un tanto básica, pero la cámara en mano y la fotografía tan luminosa funcionan muy bien a la hora de transmitir una vitalidad contagiosa. Los actores son esenciales también para establecer una buena conexión emocional: es impresionante cómo los niños, muy jóvenes la mayoría, transmiten tan bien las alegrías, las frustraciones y las penas. Eso sí, nominar a Mortensen a tanto premio me parece excesivo. La puntilla pone la música de Alex Somers y Jónsi, en plan Sigur Rós: etérea, mágica.

Pero a partir de su ecuador toma un rumbo más convencional, y no tarda en romper el hechizo para caer con rapidez en una gran decepción. El giro es tan marcado que parece que ha habido un cambio de guionista para que la película entrara por la fuerza en los cánones de Hollywood. Sé que no es así, porque si hubiera ocurrido habría sido para venderla mejor, pero es la sensación que me dejó, porque empieza prometiendo bastante y acaba como un vulgar drama comercial, con algunos segmentos sacados de un telefilme ñoño y otros tan manipuladores que me provocaron vergüenza ajena. No sé muy bien qué pretendía su autor Matt Ross (al que conocía por su trabajo como actor, sobre todo en multitud de series: Big Love, Silicon Valley…). Por un lado, parece una cinta claramente familiar con mensaje para todos, por el otro, mete desnudos integrales y “joder” y “me cago en Dios”, lo que en EE.UU. garantiza inmediatamente vetar a los menores de dieciocho años. Si quería llegar a todo el mundo, dejar huella, remover conciencias, se podía haber ahorrado esos detalles más bien irrelevantes. No hacía falta tener el pene de Mortensen casi en primer plano para indicar que está desnudo, la lección de que el nudismo no debería ser considerado algo desagradable está clara aunque no se enseñe nada por debajo de la cintura. No puedes pretender concienciar a un espectro de la sociedad si el mensaje que mandas no va a llegar a sus canales de comunicación. Pero si la idea era dirigirse a los adultos, a padres que reflexionen sobre la educación de sus hijos, tampoco se entiende que termine, después de apuntar bastante alto, rebajando el tono intelectual hasta acabar en un típico melodrama familiar.

No puedo entrar en detalle para no revelar nada (me extiendo abajo), pero desde cierta ceremonia crucial, toda la inteligencia, sutileza y detallismo que iba mostrando se dejan de lado y toma partido por la manipulación emocional barata. Situaciones muy manidas, sensacionalistas o incluso retorcidas se acumulan, sobreexplotando una narrativa de postal, forzando escenas y planos supuestamente bonitos y conmovedores que dejan atrás no ya la seriedad y profundidad, sino hasta la misma coherencia y verosimilitud, pues los personajes cambian de formas de ser bruscamente y la credibilidad se tira por tierra para formar cada idílico momento.

Captain Fantastic empieza alabando el pensamiento crítico, entrar en el fondo de las cuestiones sin quedarse en la superficie, rechazar el estereotipo establecido… Pero acaba abrazando con fuerza todo lo contrario tanto en contenido (agacha la cabeza, haz lo que toca, espera que todo se arregle… cosa que ocurre por arte de magia) como en el continente (la puesta en escena forzando cómo debemos sentirnos). Además, ante esta situación me dio por replantearme algunos aspectos de la primera parte. El padre ya no me parece tanto un tipo inteligente pero exigente, sino más bien el líder totalitario de una pequeña secta que está adoctrinando a los chavales. Es decir, lo que me parecía humor a base de hipérboles (como el hijo diciendo que ahora es troskista) o métodos para mantener en forma a los chiquillos y alejarlos de los malos pensamientos (el entrenamiento, la escalada con que evita que sufran un trauma) ahora me vienen a la mente como partes del subtexto conservador: Ross parece decir que sólo se intentan apartar del sistema los que no están bien de la cabeza.

Queda un producto claramente realizado con intenciones comerciales, aunque no tuviera esa suerte en cines. Luminoso, amable, entretenido, con un amago intelectual y algunas buenas reflexiones en algunos momentos, pero su tramo final tan complaciente y almidonado echa por tierra las buenas sensaciones, dejando la película en un espejismo, uno de esos que gustan al público facilón: brillante por fuera, hueco por dentro.

PD: Los actores han posado en muchas fotos de las promociones enseñando el dedo medio. ¡Qué irreverentes! Qué postureo, más bien.

Alerta de spoilers: A partir de aquí describo a fondo todos los males de la parte final.–

El velo cae cuando el abuelo entra en acción. Es un villano de manual, de película Disney clásica. Cada diálogo que escupe es puro estereotipo, cada escena en que aparece es tan trillada y evidente que ya me olí todo lo que iba a pasar en adelante, y me lamenté porque una obra tan prometedora se vendiera con tanto descaro. Y efectivamente, los giros que van moldeando el relato llegan de manera demasiado obvia, inclinándose por remarcar un cliché o forzar el escenario pretendido más que en mantener la espontaneidad y autenticidad inicial. La hermana que tiene el accidente justo en el momento clave para poner las cosas difíciles. El padre que cambia de actitud repentinamente, cuando antes en cada decisión veíamos un proceso claro, y se rinde después de haber luchado tantísimo. Los niños, aunque algunos estaban hartos de esa vida y querían irse con los abuelos, de repente olvidan todos sus problemas y nuevas aspiraciones para seguir al padre otra vez, pero además lo hacen escondidos en un hueco enano del autobús con el que viajaban (pero cómo caben ahí), y para colmo salen justo en el momento en que más cursi podía ser la escena: ¡pero a qué esperaban para emerger, que el padre lleva viajando al menos un día! Y para rematar, después de tantas amenazas del abuelo, este no mueve un dedo ante esta fuga o rapto, porque no sabemos ni qué piensa, pues no vuelve a salir, el villano ya no es necesario, o mejor dicho, molesta en el final bucólico, así que lo omitimos sin disimulo.

En el desenlace entramos en una apoteosis de videoclips o anuncios relamidos hasta resultar horteras. ¿De verdad ha colado esta narrativa tan artificiosa, tan estudiada, tan manipuladora? A tenor de las críticas, evidentemente sí. A la incineración llegué asqueado más que decepcionado, pero acabé riéndome, porque no me lo creía. La canción que se montan alrededor del cuerpo de la madre mientras encienden el fuego, con el cadáver impoluto tras varias semanas enterrado, con el niño tocando la armónica como un auténtico genio (aunque en realidad canta un montón que finge soplar), todos saltando felices mientras el olor a carme quemada de mamá impregna el ambiente… Delirante. La estancia en la granja en teoría señala que han optado por un término medio en vez de irse de un extremo a otro, pero parece un anuncio de leche o cereales, tan bonito, tan falso… Y me dejo en el tintero las numerosas casualidades forzosas, como que los abuelos sean ricos en vez de unos jubilados que apenas tiran con la pensión, o lo improbable que es vivir tantos años en el campo (y más en condiciones tan exigentes) sin que los críos hayan tenido accidentes o enfermedades que hagan saltar las alarmas.

Viendo el panorama no me sorprende que no se cierren los conflictos abiertos ni se aborden los nuevos. Todo lo que ha pasado no ha dejado ninguna repercusión, nadie, ni siquiera el abuelo (¿sigue en sus vidas o no?), ha denunciado a un padre que se llevó por la fuerza a los hijos al bosque durante años, sin escolarización (¿sin vacunas?), sin pagar impuestos… Y el padre pega otro salto enorme sin que haya una evolución clara, aceptando ahora la escolarización tradicional a pesar de que la rechazaba por completo. ¿Pero qué le ha hecho cambiar, cuando precisamente había recuperado otra vez a los niños y la vida hippie que quería? Para creerme el desenlace se requerían escenas de transición mejor trabajadas, no saltar a soluciones visuales tan forzadas.

Trainspotting


Trainspotting, 1996, EE.UU.
Género: Reino Unido.
Duración: 94 min.
Dirección: Danny Boyle.
Guion: John Hodge, Irvine Welsh (novela).
Actores: Ewan McGregor, Robert Carlyle, Jonny Lee Miller, Ewen Bremner, Kevin McKidd, Kelly Macdonald, Peter Mullan, James Cosmo, Shirley Henderson, Eileen Nicholas.

Valoración:
Lo mejor: Es un relato desbordante de personalidad, con personajes, situaciones y reflexiones que dejan huella.
Lo peor: A veces el efectismo inmediato se sobrepone a la coherencia global.
Mejores momentos: La presentación de la forma de vida de los protagonistas. La discoteca. El peor váter de Escocia. Begbie liándola en los bares. La recaída y sobredosis. El bebé.
El título: Es una doble referencia, primero, a la afición de observar trenes (que podría señalar que los personajes ven pasar la vida sin hacer nada), segundo, a las marcas que dejan los pinchazos de heroína.
La frase: Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos. Elige la salud, colesterol bajo y seguros dentales. Elige pagar hipotecas a interés fijo. Elige un piso. Elige a tus amigos. Elige ropa deportiva y maletas a juego. Elige pagar a plazos un traje de marca en una amplia gama de putos tejidos. Elige bricolaje y preguntarte quién coño eres los domingos por la mañana. Elige sentarte en el sofá a ver teleconcursos que embotan la mente y aplastan el espíritu mientras llenas tu boca de puta comida basura. Elige pudrirte de viejo cagándote y meándote encima en un asilo miserable, siendo una carga para los niñatos egoístas y hechos polvo que has engendrado para reemplazarte. Elige tu futuro. Elige la vida… ¿Pero por qué iba yo a querer hacer algo así? Yo elegí no elegir la vida: yo elegí otra cosa. ¿Y las razones? No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?

* * * * * * * * *

Trainspotting trata sobre un grupo de amigos escoceses que observan cómo sus vidas pasan ante sus ojos sin conseguir hacer nada por dirigirlas, pues a su falta de aptitudes (y también de interés) para desenvolverse en la sociedad se le suma que la drogadicción termina de controlar sus destinos. La novela en que se basa logró cierto prestigio, pero esta adaptación pegó bastante fuerte, seguramente porque abordó un drama conocido desde una perspectiva muy original, donde la aventura distendida y la comedia ácida desbordante de vistosos recursos narrativos permiten entrar en un mundo trágico y sórdido con más simpatía y comprensión que rechazo o lástima. Consigue que te impliques con sus personajes, adorables aun dentro de su patetismo, y saques alguna buena reflexión a pesar del tono alocado y el trasfondo dramático. Pero también hay que señalar que el equilibrio dista de ser perfecto, dando la sensación de que se dejan de lado historias más relevantes para potenciar anécdotas intrascendentes, y de que se sobrecarga el envoltorio más de la cuenta.

La trayectoria de algunos personajes tiene huecos enormes. Sí, está claro que Renton es el protagonista principal, pero eso no implica olvidar al resto en momentos clave, olvidar el propósito con el que parecía empezar la película: mostrar varios ejemplos de la miseria en el mundo de la droga. El de Tommy es más llamativo, porque su escasa presencia es inversamente proporcional a la importancia y el atractivo de su trayectoria: es el que evitaba las drogas y tenía una vida más estable pero al final cae ahí por una depresión, y no recibe ayuda para salir, hundiéndose cada vez más; luego te enteras de pasada de que está arruinado, luego dicen de refilón que tiene sida… y así sucesivamente, hasta parecer una mera excusa para cumplir con esos temas. Y es raro, está claro que no es por miedo a mostrar la parte más siniestra, ahí está el pobre bebé descuidado como ejemplo. Mientras pasan de este personaje, con el tontorrón Spud nos tragamos una larga e intrascendente escena de ligoteo que acaba con él cagándose encima en una cama ajena, o con el propio Renton tenemos un proceso de desintoxicación demasiado largo y repetitivo donde al realizador se le va la pinza completamente con los enredos visuales. También cabe pensar qué pinta la chica adolescente aquí. Está claro que se usa para otra anécdota forzada, porque a la hora de la verdad no narran nada con ella a pesar de que parecía que iba a tocar las drogas en la adolescencia, como que se acostaba con adultos para conseguirlas, algo que al final no ocurre; no sabemos por qué sigue esa dinámica, y finalmente no aporta nada tangible. Y luego tenemos la gran pregunta: ¿cómo es que el desastre con el niño no trae problemas legales?

Pero pesar de esas lagunas y excesos, la originalidad y personalidad del conjunto convirtieron a Trainspotting en un éxito en su momento y en una obra de culto con el paso del tiempo. La simpatía que despiertan los protagonistas es innegable, y nos dejan infinidad de grandes momentos para el recuerdo. Renton (Ewan McGregor) es un rol central que dejó bastante huella en la generación que creció con la película. Con su narración mordaz y con sus esfuerzos y fracasos ejemplifica esa sensación de que no podemos controlar nuestras vidas, que los baches que pone la sociedad, nuestro entorno cercano (los amigos lo arrastran) y nosotros mismos con nuestras malas decisiones no hay manera de levantar cabeza por mucho que lo intentemos; pero el giro final abre la puerta a la esperanza con una posible maduración, eso sí, con un tono bastante cabrón. El tonto simpático Spud (Ewen Bremner) es un encanto, el amigo cortito que hay en toda pandilla, que sirve de mofa a veces pero siempre se mantiene fiel. Tommy (Kevin McKidd) es el responsable que mete la pata hasta el fondo por un desencanto gordo de la vida. Sick Boy (Jonny Lee Miller) es la versión opuesta al anterior, el irresponsable que vive el día a día sin una mínima visión de futuro. Y Begbie (Robert Carlyle) es el descentrado y violento que provoca altercados allá por donde va, sea por el placer de la adrenalina o por sus ataques de ira.

Los actores prácticamente se dieron a conocer aquí, aunque solo uno logró catapultarse al éxito. McGregor se marcó papel pero sobre todo mostró gran carisma, y no tardó en labrarse una carrera muy completa. Carlyle estuvo espectacular pero no tuvo tanta suerte, aunque sí nos ha ido dejando notables interpretaciones (como Ravenous), hasta que pegó fuerte con Full Monty, el siguiente pelotazo inglés… y luego se volvió a estancar en títulos y papeles de menor calado. El resto no logró superar los roles secundarios y la televisión, aunque algunos han tenido puntualmente bastante reconocimiento: Kelly Macdonald en Boardwalk Empire, Kevin McKidd en Roma, y Jonny Lee Miller es un rostro que empieza a ser más conocido por el procedimental Elementary. También hay algunos secundarios que se convirtieron en aportes de lujo del cine y televisión inglesa, como James Cosmo y Peter Mullan, pero su presencia aquí es muy breve.

Es obvio que la novela de Irvine Welsh en que se basa aporta mucho del subtexto de análisis social con una inteligente y mordaz vena humorística, pero el guionista John Hodge y el director Danny Boyle supieron explotarlo muy bien con su narrativa trepidante en ritmo e imaginativa en lo visual, aunque también fuera histriónica y sobrecargada en algunos momentos. El humor que oscila entre lo descarnado y lo sutil sin aparente esfuerzo y mediante el cual se aborda la crítica social es magnífico, destacando la mítica escena de la discoteca, la descripción del váter más sucio de Escocia, la dualidad entre el fracasado vago que no sabe hacer nada con su vida y el fracasado que al menos intenta salir adelante (Renton cargando con sus compañeros cuando él tiene trabajo), las salidas de tono de Begbie en los bares… Y la parte dura también se lleva alguna situación memorable, como el lío con el bebé o la sobredosis de un protagonista y el posterior intento de desintoxicación. Para abordar estos excesos fue esencial el surrealismo visual de Boyle, desbordante de recursos variados, soluciones inesperadas, secuencias que oscilan entre lo perturbador (el váter) y lo hilarante (el bebé acosando los sueños febriles), pero siempre con un tono gamberro y una energía que garantizan diversión constante. La frase seleccionada, el discurso de Renton más famoso, describe muy bien por dónde van los tiros: te remueve por dentro con un duro juicio a la sociedad dormida y aborregada, pero a la vez deja clara la patética posición del personaje, que se va al extremo opuesto, al de abandonarse a la evasión total e intenta justificarse diciendo que al menos él es consciente.

El legado cinematográfico que dejó es difícil de medir. ¿Podría considerarse precursora de la narrativa alocada que luego potenció Snatch: Cerdos y diamantes? ¿Influyó en Requiem por un sueño y quizá incluso en El club de la lucha? Lo que está claro es que tuvo cierto impacto social, sobre todo obviamente en Reino Unido, pues redefinió con maestría a toda una generación de gente perdida y desencantada y marcó tendencia audiovisual (la de videoclips musicales que se copiarían). A pesar de que la estética barriobajera de los noventa ha quedado muy obsoleta, pues las modas relativas al aspecto personal cambian rápido, el relato en sí es atemporal y tiene suficiente personalidad como para ser recordado todavía con agrado… tanto que la llegada de una segunda parte, que muestra veinte años después qué fue de los protagonistas, se eperaba con bastante entusiasmo. Pero, como suele ocurrir, el factor sorpresa brilla por ausencia en una secuela que ni parece intentar aportar alguno nuevo, que se basa únicamente en el tirón de sus personajes y olvida todo ese trasfondo tan inteligente. Por ello, el entusiasmo se enfrió bastante pronto y tuvo mucho menos éxito del anticipado… aunque supongo que cada vez que recuperemos Trainspotting o un espectador nuevo llegue a ella, acabaremos viendo la segunda también.

El director Danny Boyle, viendo el buen recibimiento de su alternativa propuesta narrativa, se quedó atascado en su obsesión por sobrecargar el aspecto visual, siendo contraproducente, por excesivo, en algunos títulos (Slumdog Millionaire, 28 días después), totalmente malogrado en otros (Sunshine), y más acertado cuando se centraba un poco (127 horas). Y aun así está claro que sigue gustando, viendo el inexplicable éxito de la pasadísima de rosca Slumdog Millionarie

Ver también:
Trainspotting 2.