El Criticón

Opinión de cine y música

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The Town: Ciudad de ladrones


The Town, 2010, EE.UU.
Género: Suspense, drama, acción.
Duración: 125 min.
Dirección: Ben Affleck
Guion: Ben Affleck, Aaron Stockard, Peter Craig, Chuck Hogan (novela).
Actores: Ben Affleck, Rebecca Hall, Jon Hamm, Jeremy Renner, Blake Lively, Titus Welliver, Pete Postlethwaite.
Música:

Valoración:
Lo mejor: Algunas escenas de tensión y acción bastante potentes. Protagonistas simpáticos.
Lo peor: Los personajes no terminan de desplegar su potencial, la narrativa es bastante caótica, y la trama está hecha a trozos de obras mejores del género.
Mejores momentos: El atraco disfrazados de monjas. El policía haciendo la vista gorda. El asalto al estadio al completo.

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Había muchos ojos puestos en la faceta de Ben Affleck como director después de marcarse una gran presentación con Adiós pequeña, adiós (2007), aunque recordemos que que ya se dio a conocer tiempo atrás como escritor con el aclamado guion de El indomable Will Hunting (1997). The Town: Ciudad de ladrones acabó en tierra de nadie en cuanto a calidad, pero el éxito de la anterior y la sobre exposición mediática la encumbró bastante más de lo que merecía. Eso sí, a pesar de la presión, en los premios más famosos repitió el mismo camino, se tuvo que conformar con la típica nominación de consolación en los Globos de Oro y los Óscar a un actor secundario (a Jeremy Renner, totalmente injustificada). Aunque claro, mejor eso que colmar a Affleck de premios ahora por haber fallado en su momento… cosa que harían luego en Argo (2012), que tampoco es para tanto.

Se puede decir que estamos antes uno de esos casos en que parece que se echan de menos obras de suspense y acción clásicas y adultas por la abrumadora falta de estas, y se recibe con entusiasmo cualquiera que ofrezca algo decente. Porque The Town trata de abarcar todo el rango del cine de atracos, pero se queda a medio gas en casi todos los elementos.

Tenemos la banda de atracadores más básica y con la trayectoria más predecible posible. El líder inteligente y cauto (Ben Affleck) que quiere salirse de este mundo (incluyendo dejar atrás a su ex novia yonqui, Blake Lively), el matón psicópata (Jeremy Renner) que arrastra a todos… y bueno, casi que ya está, porque los otros dos, el conductor (que cumple el tópico del gordo simpático) y el manitas con la tecnología (al menos no es un friki hortera), son meros figurantes. Cómo no, este líder se enamora de una joven dulce (Rebecca Hall) y ajena a este mundo de inmundicia, y ahora sí se tomará más en serio su destino: un atraco más y me voy. Y ya sabemos cómo acaba eso en toda película tan falta de originalidad como esta. Por el otro lado, seguimos las andanzas del detective curtido (Jon Hamm) que va incansablemente tras la pista de los atracadores.

El parecido con la obra maestra Heat (Michael Mann, 1992), un título tardío pero que se puede considerar la cumbre del género, es demasiado evidente. Toma con descaro personajes, relaciones, estilo (atracos espectaculares, recesos introspectivos pausados) y calca algunas escenas (la novia indicando veladamente que no se acerque, que la han pillado). Pero está muy lejos de su guion y dirección impecables y absorbentes, de sus complejos y fascinantes personajes. La narrativa es caótica, pasamos del romance a atracos con cambios de ritmo y tono muy bruscos, sin terminar de asentar la trama, a veces incluso sin explicar cosas necesarias. Por ejemplo, la aparición en el acto final del capo de la floristería (Pete Postlethwaite) es confusa: ahora resulta que trabajan para otro, y además un tipo supuestamente peligroso… aunque bueno, esto es un decir, porque no hay quien se crea que semejante personajillo impone miedo y controla todo. También hay algunos agujeros de guion importantes. En una escena, el FBI dice que no pueden pinchar las comunicaciones de la banda, porque no hay justificación suficiente (“No son terroristas”), en otra, intuyen que la chica está en el ajo, y sin prueba alguna ni antecedentes le intervienen los teléfonos de su casa.

Affleck intenta que el entorno, un barrio pobre de Boston que sólo genera atracadores y miseria, transmita realismo, que se deje sentir su influencia en los protagonistas, pero la falta de profundidad y calado emocional del guion no termina de conformar un ambiente que se sienta con vida propia. Se agradece el intento, porque lo habitual es tener cintas de acción huecas y con personajes arquetípicos, pero se queda a medio camino del thriller de acción y el drama social, de forma que el ritmo se resiente, sobre todo con la inclusión de dramas secundarios que no convencen (la ex es un pegote que entra y sale sin orden ni concierto). Pero queda lo suficiente para que entendamos por qué estos individuos se dedican a esto y nos interesemos por su futuro, para que deseemos que se centren, que salgan del bache. No hay una evolución marcada, ni giros que sorprendan, con lo que decepciona que prometan más de lo que llegan a ofrecer, pero menos es nada.

La buena labor de algunos actores da puntos extra. Renner y Hamm están muy convincentes y aportan gran carisma. Hall, sin deslumbrar, resulta encantadora. Lively sorprende con un papel muy inmersivo: en cada mirada parece una joven perdida por completo, sin salida; si había un premio merecido, era para ella. Pero en el rol principal encontramos lo contrario, un gran laste. La interpretación de Affleck es de las que hacen época, pero por pésima. Está tan limitado que resulta cargante, sobre todo cuando fuerza sentimientos que se queda lejos de conseguir mostrar. Así, aunque Hall resulta enamoradiza y podamos entender que alguno de los personajes cayera prendado, la falta de emociones y química que muestra Affleck impide que la relación resulte verosímil y cale.

En la dirección tampoco va muy atinado en los momentos más intimistas, donde otorga un acabado casi de telefilme, con algunas escenas un tanto torpes (la disputa en el baño tiene un montaje chapucero, parece inacabada). Con la predecible y desganada unión de drama social, romance y thriller, parece que la película se va desilachando poco a poco…

Pero de vez en cuando despierta del letargo y se lanza a alguno de los atracos, donde la dirección de Affleck se torna bastante solvente, logrando ritmo, intriga y espectáculo en buenas dosis. El largo tramo final con el asalto al estadio te mantiene en vilo, y acabas la proyección olvidando momentáneamente sus notables carencias. Sin embargo, estas se hace bien patentes en sucesivos visionados, donde se constata que los fuegos artificiales causaron buena impresión en su momento pero es una obra que no ofrece nada para aguantar el paso de los años.

Wind River


Wind River, 2017, EE.UU.
Género: Suspense, drama
Duración: 107 min.
Dirección: Taylor Sheridan.
Guion: Taylor Sheridan.
Actores: Jeremy Renner, Elizabeth Olsen, Graham Greene, Gil Birmingham, Jon Bernthal, Hugh Dillon.
Música: Nick Cave, Warren Ellis.

Valoración:
Lo mejor: Buena combinación de drama social y suspense. Buena dirección, con espectaculares paisajes. Reparto entregado.
Lo peor: Un poco obstinada en remarcar el lado trágico. No termina de sorprender en ningún momento.
Mejores momentos: El tiroteo, breve, contundente, espectacular.
La frase: Los lobos no matan a ciervos con mala suerte. Matan a los débiles. Luchaste por tu vida. Y como recompensa, puedes seguir viviéndola.

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Taylor Sheridan lleva en la interpretación desde 2008, con papeles secundarios en numerosas series y películas (el jefe de policía de Hijos de la anarquía -2008-, por ejemplo). Debutó en la dirección en 2011 con Vile, una serie b (con pintas de cine cutre) de suspense y gore en la línea de Saw (James Wan, 2004). Pero el éxito y el reconocimiento le ha llegado cuando se ha pasado a escribir. Sicario (2015) y Sicario: El día de soldado (2018) son guiones bastante parcos pero con suficiente personalidad para que directores con talento los exprimieran bien, de forma que su nombre resonó bastante. En Comanchería (2016) tocó el cielo, acaparando alabanzas y nominaciones a premios con un trabajo notable. Incluso en televisión no le está yendo mal con Yellowstone, protagonizada por Kevin Costner. Así pues, cuando se puso al frente de la dirección en una producción ya de primera categoría, el interés estaba bastante alto entre los que veíamos un talento emergente.

Wind River no es tan redonda como Comanchería, pero es otro título muy de agradecer en un género muy olvidado, el suspense para adultos, por culpa de la obsesión de los estudios por los dramones oscarizables y la acción y fantasía comercial. Lo que no entiendo es que con el éxito de las anteriores y la buena recepción en festivales el estudio no le diera más publicidad y mejor distribución. No me di cuenta de su existencia hasta que ha llegado a Amazon España.

En parajes desolados del estado de Wyoming, un posible asesinato pone en alerta a un pueblecito donde nunca pasa nada. El FBI envía una agente (Elizabeth Olsen) a ayudar al viejo y cansado sheriff local (Graham Greene) y al más espabilado cazador y rastreador (Jeremy Renner) al que recurren cuando animales salvajes atacan el ganado y en esta situación se hace imprescindible.

Como Comanchería, no es especialmente original, el argumento es el mismo de siempre y hay muchos lugares en común con el género. Pero Sheridan de nuevo se esfuerza por dotar de realismo al entorno y los personajes, atrapando desde las primeras escenas con sus vivencias más que con el suspense del crimen. El desenlace del caso se ve venir de lejos, pero no resulta un problema porque estás inmerso en el conflicto emocional y el reto por sacar sus vidas y la investigación adelante. La calidad del reparto estaba garantizada con ver sus nombres, y no defraudan.

Lo de parajes desolados tiene doble significado, el geográfico y el social. El clima extremo obliga a vidas extremas. Las gentes sobreviven con lo mínimo enfrentando una economía eternamente moribunda e inviernos siempre terribles, y la nueva tragedia no hace sino poner un clavo más en el ataúd. La llegada una forastera metiendo las narices en sus asuntos provoca roces, pero, de nuevo, el autor es metódico e inteligente, y esquiva los tópicos hábilmente. La situación vale tanto para exponer el modo de vida del lugar y el contraste con las grandes ciudades como para generar encontronazos laborales y personales amenos. A lo largo de la historia cada personaje va cambiando gradualmente, todo ello sin tópicos como el romance cursi y previsible que tenemos que soportar muchas veces. En cuanto al caso, su poca enjundia se olvida bastante con un par de tiroteos hiperrealistas, crudos y espectaculares.

En el lado malo, Sheridan parece consciente de que la resolución se puede deducir con facilidad y hace un feo intento esconder o postergar el giro clave. Hubiera sido mejor introducir los villanos no mediante ese largo flashback sino mucho antes, para que, a sabiendas de que es evidente que son ellos, hubiera espacio para desarrollar sus personalidades, reconstruir los hechos poco a poco, y jugar mejor con la confrontación con los buenos. También intenta reforzar el drama y acaba resultando un poco empalagoso y lastrando el ritmo en unas pocas escenas, sobre todo en los largos epílogos.

Tras las cámaras encontramos a un autor convencido de que lo clásico y bien hecho es mejor que los artificios innecesarios. La puesta en escena es comedida, el ritmo templado. Deja espacio para los personajes antes que perseguir florituras innecesarias. Es más, para qué las querría si los paisajes resultan espectaculares por sí solos.

No dejes rastro


Leave No Trace, 2018, EE.UU.
Género: Drama.
Duración: 109 min.
Dirección: Debra Granik.
Guion: Debra Granik, Anne Rosellini, Peter Rock (novela).
Actores: Thomasin McKenzie, Ben Foster, Dana Millican, Jeff Kober, Dale Dickey, Dale Dickey.
Música: Dickon Hinchliffe.

Valoración:
Lo mejor: Como buen cine independiente, ofrece un realista retrato del grupo social marginal representado, sin los dramones prefabricados del cine de Hollywood. Reparto y dirección muy sólidos.
Lo peor: No termina de ir a por todas, le falta algo de garra y de giros imprevisibles.

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La escritora y directora Debra Granik empezó su carrera como directora de fotografía y rodando algún corto, y se estrenó en el cine independiente con Down to the Bone (2004), protagonizada por Vera Farmiga. Esta no causó impacto alguno, pero no tardó mucho en darse a conocer en el género y saltar a lo grande al reconocimiento mundial porque su siguiente cinta, Winter’s Bone (2010), arrasó en los festivales independientes copando elogios, y con el tirón que le dieron los increíbles papelones de Jennifer Lawrence y John Hawkes acabó llegando a los Oscar y los Globos de Oro. Allí compitió con pesos pesados como El discurso del rey (Tom Hooper), Cisne negro (Darren Aronofsky) y La red social (David Fincher) y quedó un tanto eclipsada, y además la taquilla fue muy floja, pues las distribuidoras no supieron aprovechar el éxito mediático dándole más publicidad y alcance. Pero tampoco se puede pedir todo para una obra que a lo sumo esperaría llegar a Sundance.

La crudeza y el realismo en la representación de las clases pobres del centro de estados Unidos (Kentucky, Missouri, Wyoming…) es una obsesión del cine independiente, y no una mala, porque no abunda este tratamiento serio y sí el contrario, la versión edulcorada cuando no manipuladora del cine mayoritario, el de Hollywood. Aunque a veces hay autores que se venden a esa fórmula para triunfar (Little Miss SunshineJonathan Dayton, Valerie Faris, 2006-, Captain FantasicMatt Ross, 2016-), lo habitual es tener cintas sombrías como Winter’s Bone o esta No dejes rastro. Sin embargo, si la primera se convirtió en un referente del género en todo el globo, la segunda ha tenido una acogida muy buena en el circuito habitual del cine independiente pero no ha sido capaz de salir de él.

Basándose en la novela Mi abandono (2009) de Peter Rock, seguimos la vida de un veterano de guerra que vive en la mendicidad con su hija de trece años, con lo que tienen a las autoridades encima cada dos por tres.

Se habla obviamente de la pobreza, de cómo puedes caer fuera del sistema y no levantar cabeza. Pero ya se han visto muchas historias de veteranos de guerra con traumas que acaban en la calle, y por suerte aquí se busca otra perspectiva. El protagonista prefiere vivir en los bosques, huyendo de sus problemas y de las dificultades de la vida en la ciudad. No quiere formar parte del sistema por muchas razones: porque fue ese sistema el que rompió su vida, porque exige obediencia ciega (leyes, papeleos, conductas sociales), porque causa demasiado estrés. La niña, como es esperable, sigue ciegamente a su mentor, hasta que nuevos problemas le harán ir madurando y enfrentar la situación con otros ojos.

Las vivencias de la pequeña familia son variadas y emocionantes, de entrañables a trágicas. Los actores Ben Foster y Thomasin McKenzie han demostrado su valía (ella deslumbró en Jojo Rabbit -2019-, él tiene grandes papeles como los de El tren de las 3:10 -2007- y Comanchería -2016-) y están estupendos. Y como buen cine independiente, destaca el mimo que se pone en la verosimilitud del entorno y los protagonistas. Por todo ello, conectas férreamente con sus vidas, te mantienes toda la proyección entre la sonrisa, la complicidad, la tensión y el miedo por su futuro.

Sin embargo, le pesan dos factores. En el intento de diferenciarse de lo de siempre y también en el de no regodearse en lado trágico, sino en hallar un equilibrio entre drama duro y aventura simpática, se notan algunos agujeros. Primero, una vez entrados en la dinámica (huir del sistema, aprender algo nuevo), se ve venir bastante de lejos cómo será el tercer acto y el desenlace. Y segundo, hay cosas que cuesta aceptar, que resultan demasiado convenientes. Algunas son detalles (la historia de la bolsa de comida colgada para tener un toque esperanzador al final), otras cantan más: cuesta creer que un veterano con la cabeza y la vida hechas polvo no esté enganchado a ninguna droga, lo que elimina descaradamente los conflictos más graves que podría enfrentar la familia; de hecho, en general las disputas que tienen y el desenlace se resuelven con demasiada facilidad.

No son grandes problemas, pero da la sensación de que la autora quiere acercarse a la fórmula más blanda, en la onda de Captain Fantastic, con la que guarda bastante parecido en temática, y si bien no abandona la contención y la seriedad, sí se le podría exigir más variedad de problemas y más contundencia con los mismos.

El ritmo es bueno, dosifica bien el proceso de cambio y aprendizaje, y sumado a los fastuosos paisajes naturales, entra bastante bien por los ojos aunque costara cuatro duros.

No rompe esquemas, pero es un drama bastante sólido.

La delgada línea roja


The Thin Red Line, 1998, EE.UU.
Género: Bélico, drama.
Duración: 170 min.
Dirección: Terrence Malick.
Guion: Terrence Malick, James Jones (novela).
Actores: Jim Caviezel, Sean Penn, Nick Nolte, Ben Chaplin, Elias Koteas, John Cusack, Woody Harrelson, Dash Mihok, John C. Reilly, Adrian Brody, John Travolta, Jared Leto, John Savage, Larry Romano, Arie Verveen, George Clooney.
Música: Hans Zimmer.

Valoración:
Lo mejor: La combinación de drama humano intimista, reflexiones filosóficas y cine bélico de grandes proporciones es hipnótica, tan bella como dura. La puesta en escena de Terrence Malick, la fotografía de John Toll y la música de Hans Zimmer son sublimes. El reparto está muy implicado.
Lo peor: En el último acto pierde un poco el norte, Malick no supo condensar bien las muchas horas de metraje que tenía grabadas.
La adaptación: Es la segunda película que parte de la novela de James Jones, la primera fue El ataque duró siete días (Andrew Marton, 1964).
El gazapo: En una toma se ve claramente una cámara y varios técnicos.
La frase: Esta gran maldad. ¿De dónde viene? ¿Cómo se infiltró en el mundo? ¿De qué semilla, de qué raíz creció? ¿Quién es el autor? ¿Quién nos está matando? Robándonos vida y luz. Burlándose de nosotros con visiones de lo que podríamos haber conocido.

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UN AUTOR DESCONCERTANTE

Tras colaborar en unos pocos guiones, Terrence Malick inició su carrera en solitario como escritor y director con Malas tierras (1973) y Días del cielo (1978). No tuvieron gran repercusión en taquilla, pero el gremio del cine sintió un escalofrío ante un talento insólito. El lirismo desbordante en la puesta en escena y el calado emocional de ambas historias mostraban una sensibilidad única en el drama y una determinación y pasión sin igual en la técnica. Pero entonces desapareció completamente del panorama durante diecisiete años, tiempo durante el cual fue creciendo un aura de reverencia alrededor de su nombre.

Cuando anunció que volvía en 1995, Hollywood entró en modo euforia, numerosos actores famosos colapsaron el proceso de casting, suplicaban trabajar con él, reduciéndose el sueldo si hacía falta, incluso gratis. La situación unos años después, cuando consiguió acabar su nueva película, fue muy distinta, con medio reparto hastiado por el rodaje tan complicado y decepcionado por los cambios en sus papeles, que en algunos casos implicó incluso quedarse fuera del metraje final. Aunque al parecer, también unos pocos siguieron en el set cuando acabaron su parte, sólo por el placer de verlo trabajar.

Malick abordó una episodio bélico, la batalla de Guadalcanal (en las islas Solomon en el Pacífico), de grandes proporciones en cuanto necesidades técnicas y humanas. El rodaje en exteriores (en las islas y sobre todo en Australia) superó los cien días, que no es tan raro en superproducciones, pero se les haría cuesta arriba tanto por las dificultades esperables (enfermedades tropicales, traslados) como por las exigencias artísticas del realizador en cuanto a composición e iluminación de cada plano, lo que implicaba repetir muchas tomas. Y sobre todo, porque en algún momento empezó a improvisar y a dejar de lado el guion original.

Cuando entró en post-producción seguía dándole vueltas a una obra para la que tenía una cantidad ingente de material grabado. El montaje en bruto (la versión preliminar de una película) llevó siete meses y según los rumores era un mastodonte de cuatro o cinco horas, pero no le convenció, cambió de editor, y trabajaron de nuevo en ello durante más de un año. La narración que grabó Billy Bob Thornton abarcando todo el metraje fue desechada y los actores principales aportaron cada uno su parte. El protagonismo pasó de Adrien Brody, que interpretaba al protagonista de la novela pero quedó casi como un extra, a Jim Caviezel; por lo visto se enteró cuando asistió al estreno esperando ser la estrella. George Clooney también tenía bastante presencia y se vio limitado a una aparición breve, aunque su nombre figuró destacado en el póster. Otros muchos se quedaron sin un solo minuto en pantalla: Bill Pullman, Lukas Haas, Mickey Rourke

La cercanía del estreno generó mucha expectación, pero después de todo no causó una repercusión tan grande como se preveía. Inesperadamente tuvo una dura competencia en el género, pues Salvar al soldado Ryan partió con todas las ventajas (el tirón popular de Steven Spielberg, el apoyo de la industria) y público y medios entraron en una de esas olas de sobrevaloración ciega que ocurren a veces, hasta el punto de que se trató de denostar el logro creativo a todas luces superior de cintas como esta o Shakespeare enamorado (John Madden). Pero también su estilo fuera de registros convencionales y de corte introspectivo desconcertó a mucha gente, que no logró asimilar lo que estaba viendo. El tiempo debería haberla puesto en su sitio, si no como obra maestra sí como una de las películas más hermosas y a la vez perturbadoras de la historia del cine, pero parece que se ha quedado en obra de culto, de esas sólo comprendidas y alabadas por una minoría.

EL SINSENTIDO DE LA GUERRA

Un soldado raso, Witt (Jim Caviezel), ha desertado y disfruta de la sencilla vida entre nativos en una paradisíaca isla perdida. Cuando el ejército da con él, el diálogo con el sargento Welsh (Sean Penn), que entiende su rebeldía, independencia y resentimiento con los mandos e intenta que cambie, es sencillo pero con tanto sentido que duele:

-En este mundo, un hombre por sí solo no es nada. Y no hay más mundo que este.
-Ahí te equivocas. Yo he visto otro mundo.

¿Qué sentido tiene la guerra? ¿Por qué perturbar la vida normal? ¿Qué ambiciones absurdas llevan a ella, quiénes las orquestan? En las siguientes escenas vemos precisamente a quienes viven del conflicto bélico, quienes no conocen otro mundo. Dos altos mandos veteranos, un general engreído (John Travolta) y el anciano teniente coronel Tall (Nick Nolte). Este último anhela una gran victoria para poder ascender por fin, pero en la batalla se topa con el capitán Staros (Elias Koteas), que de primeras parece un blandengue, pero quien en realidad pretende defender a sus hombres ante sus despiadadas órdenes.

Las tropas son dispares. Capitanes y sargentos competentes, como Gaff (John Cusack) o Storm (John C. Reilly), otros que se rompen pronto, McCron (John Savage), o se que topan con el injusto caos de la guerra, Keck (Woody Harreslon). Soldados que echan de menos a sus mujeres pero aguantan el tipo como bien pueden, como Bell (Ben Chaplin), o que parecían cobardes pero van superando sus miedos, como Doll (Dash Mihok). Y muchos jóvenes a los que el conflicto endurecerá, quebrará, o llevará a la tumba (Adrien Brody, Jared Leto, Arie Verveen, Nick Stahl, Kirk Acebedo…).

Todos ellos alternan el protagonismo, pasando a primer o segundo plano según el curso de acción. En los roles principales no sólo compartimos sus vivencias, sino que Malick nos introduce de lleno en su mente a través de sus pensamientos, narrados con largas reflexiones o simplemente con recuerdos de una vida mejor. Esta es la característica más llamativa y la que sin duda echa para atrás a espectadores poco abiertos de miras. No es una cinta de acción, sino de introspección con toques filosóficos y poéticos.

Y eso no impide que tenga una atmósfera de tensión y unas escenas bélicas de contar entre las mejores de la historia. Con esas vidas combinadas se va dando forma al impacto psicológico de la guerra, y con la batalla queda patente su capacidad destructora. Ser humano y naturaleza son arrasados sin importar sus orígenes: el inocente pajarillo, el paisaje verde, el nativo ajeno a esas ambiciones políticas, los soldados empujados por banderas y patrias tiñen de marrón y rojo las colinas de Guadalcanal… Aunque como es obvio, las reflexiones valen para cualquier época y lugar.

Malick plasma esta transición de la paz inicial al infierno con una puesta en escena magistral en los diversos campos por donde se mueve. Con apoyo John Toll (Braveheart -1995-, Leyendas de pasión -1996-) en la deslumbrante fotografía y con las impecables labores de montaje y sonido, la cámara sigue las carreras y batallas de los soldados por las lomas en un ballet preciso y fascinante. Nunca escenas de guerra han sido tan nítidas, tan bellas y perturbadoras a la vez. Pero todo se vio realzado a un nivel superior por la inspiradísima composición de Hans Zimmer (La fuerza de uno -1992-, Marea roja -1995-, La roca -1996-, El pacificador -1997-), una obra maestra inclasificable en forma y resultado. El sonido que consigue es único, la progresión dramática escalofriante, la fusión con las imágenes es sublime. No soprende que este estilo haya sido imitado en incontables ocasiones, aunque Zimmer y su escuela también han reutilizado estos motivos más de la cuenta.

El reparto es enorme en número y calidad. Es una de esas ocasiones donde acertadamente prescindieron de estrellas (y eso que, como decía, había decenas deseando participar) y se centraron en buscar talentos no tan conocidos (actores secundarios de probada eficacia) y nuevos nombres que pasen el casting por demostrar valía en vez de por enchufe o fama. Todos están impecables, no hay ninguno que no convenza en su viaje al abismo, enfoque donde enfoque la cámara ves miedo y desconcierto, con algunos momentos puntuales de valentía y furia. Pero sí destacaría la inconmensurable interpretación de Nick Nolte, la facilidad con que Jim Caviezel te gana sin esfuerzo, y la capacidad de Dash Mihok para transmitirlo todo con la mirada.

OBRA MAESTRA IMPERFECTA

Pero Malick no fue capaz de rematar el tramo final al mismo nivel que el resto. La difícil tarea de condensar una película partiendo de tantísimo metraje, parte adaptado de la novela homónima de James Jones, parte (muchos de los pensamientos de los personajes) tomada de otra suya famosa, De aquí a la eternidad (que también tuvo dos adaptaciones al cine), parte improvisado libremente según le venían ideas, fue demasiado como para mantener no ya semejante nivel de brillantez, sino la propia coherencia.

En los últimos cuarenta minutos aproximadamente, tras la exposición de las secuelas de la batalla que sufren las tropas (cambios en el mando, estrés postraumático, remordimientos, malas noticias de casa…), empieza a pesar la sensación de que no hay un rumbo determinado. La toma de la colina mantenía todo bien unido, historia global, dramas personales, ideas filosóficas… pero ahora pasamos de etapas de descanso a escaramuzas varias sin conexión clara, con algún momento confuso, como un repentino bombardeo donde no se sabe qué ha pasado, de manera que la combinación entre las distintas intervenciones de cada protagonista no parecen seguir un orden y no hay una progresión concreta de los hechos.

También tenemos unas pocas escenas sobrantes aquí y allá: alguna de las visiones de la mujer de Bell podría eliminarse, por reiterativas; no sé qué aporta el encuentro de Witt con un soldado herido que espera rescate pacientemente (Thomas Jane); y aunque muy poéticos y en consonancia con la destrucción de la naturaleza, algunos planos a animalitos se estiran demasiado, como la absurda captura de un cocodrilo.

Pero en la cinta en conjunto da la impresión de que, aunque sea un relato coral de protagonismo cambiante, hay roles secundarios que quedan con sus historias a medias por los recortes. Juraría que el soldado que deserta con Witt en el prólogo (Will Wallace) no vuelve a aparecer o al menos no aporta nada más (aparte de que es fácil confundirlo con quien lo acompaña mucho luego, Doll –Dash Mihok-). Cabe pensar que falta falta alguna escena para desarrollar mejor la trayectoria del soldado Dale (Arie Verveen), el que maltrata a los japoneses y luego se arrepiente, pues queda algo descolgado del resto. Y Gaff (Cusack) desaparece tras la batalla a pesar de su relevancia. En otros casos sólo podemos echar en falta más presencia si sabemos que fueron drásticamente reducidos en el montaje estrenado, como Fife (Adrien Brody) y el capitán Bosche (George Clooney).

Con todo, a pesar de la notable dispersión, en el arco final se mantiene muy bien su capacidad para dejarte absorto con las imágenes y enganchado a la descripción tan intimista de la guerra. El problema es que parece inacabada, que con poco podría haber sido más completa y equilibrada. Pero ello hace anhelar una versión extendida que tape los huecos y explore el potencial latente en los roles secundarios que no terminan de ser redondos. Que dure cuatro horas si hace falta, pues como en Lawrence de Arabia (David Lean, 1968), no importa la longitud porque es una experiencia inolvidable. Si el siguiente trabajo de Malick, El nuevo mundo (2005), tuvo ampliación de 37 minutos, todavía podemos soñar con que lleguemos a verla.

Desde mi punto de vista, La delgada línea roja se debe catalogar como obra maestra, aunque sea imperfecta. La inmersión dramática es abrumadora: las aventuras de cada personaje llegan hondo, el clímax creciente de tensión es sobrecogedor, los picos álgidos de la batalla ponen los pelos de punta. Las reflexiones son conmovedoras y te dejan pensando horas después de la proyección. La fuerza y belleza de las imágenes se te clavan en la retina y en el corazón. Y más concretamente, las dos horas que dura la batalla son tan sublimes e incomparables a ninguna otra obra de arte que se podría decir, si me perdonáis el atrevimiento, que es lo mejor que ha dado el cine en toda su historia.

COMPARACIONES Y POLÉMICAS

La única película cercana, por el tono introspectivo y melancólico, podría ser Apocalyspe Now (Francis Ford Coppola, 1979), y quizá se podría mencionar El cazador (Michael Cimino, 1978), por la perspectiva psicológica.

En cuanto a la inevitable mención a Salvar al soldado Ryan y otras importantes del año, está claro que es imposible evitar la polémica, pues el fervor de la masa ha encumbrado a aquella mucho más lejos de lo que merece. Pero con la objetividad por delante, Salvar al soldado Ryan es un notable espectáculo de acción… y ya está. Las labores de dirección de Spielberg y de su equipo técnico (fotografía, montaje, efectos sonoros) son ejemplares, pero sin duda, pese a que les moleste a sus fanáticos seguidores, en esa temporada Shakespeare enamorado y El show de Truman (Peter Weir) fueron superiores en conjunto por la inventiva sin igual de sus brillantes guiones, el acabado tan equilibrado (visualmente también son una gozada, sobre todo la primera) y el sentimiento puesto por sus actores y directores.

Pero si los Óscar y Globos de Oro y otros que bailan a su son se guiaran realmente por la calidad y tuvieran coraje en vez de ser un complaciente escaparate promocional de amiguetes, La delgada línea roja se habría llevado los premios a mejor película y banda sonora del año, y podríamos discutir también sobre mejor dirección, fotografía y actor secundario (Nick Nolte).

Salvar al soldado Ryan


Saving Private Ryan, 1998, EE.UU.
Género: Bélico, drama.
Duración: 169 min.
Dirección: Steven Spielberg.
Guion: Robert Rodat.
Actores: Tom Hanks, Tom Sizemore, Edward Burns, Barry Pepper, Adam Goldberg, Vin Diesel, Giovanni Ribisi, Jeremy Davies, Matt Damon, Paul Giamattie, Ted Danson, Joerg Stadler.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: Fotografía, sonido, montaje, decorados, vestuario y dirección dan pie a una obra bélica asombrosa, tan descarnada como apasionante.
Lo peor: El guion es bastante endeble, el subrayado del drama con recursos narrativos simplones es exasperante y limita su potencial, aunque desde luego ayudó a venderla al gran público. Esta popularidad también implica que se sobrevalora demasiado.
Mejores momentos: El desembarco, el dilema de si ejecutar un prisionero.
La confusión: Hay que aclarar una confusión común dado el parecido de los actores: en la batalla final, el soldado aleman que apuñala a un protagonista y deja indemne al asustado novato no es el mismo soldado cuya vida defendió aquel cuando sus compañeros querían ejecutarlo en una escaramuza anterior; pero este sí reaparece pegando tiros en las últimas escenas en el puente. También es lioso que al poco de presentar al capitán enfocan directamente a sus ojos justo como un rato antes hicieron con el anciano que visita el cementario en el futuro… es decir, parecen decir que son la misma persona, pero al final el anciano resulta ser el soldado Ryan.

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LA GUERRA EN TUS CARNES

El cine bélico más duro, el de corte histórico o simplemente más serio que otras aventuras sencillas ambientadas en épocas de guerra, no es un nicho tan exclusivo como otros (por ejemplo, la ciencia-ficción intelectual), pero aun así su público potencial se ve limitado bastante al sector adulto más cinéfilo y a aficionados a la Historia. Además, en los años noventa no había muchas cintas de este estilo, quizá porque, como con el western, hubo muchas y muy notorias en su momento y se considerada pasado de moda, por lo que invertir tanto esfuerzo y dinero como necesitan estas obras se veía como una temeridad. Pero eso también implica que quien se propone abordar de nuevo el género es porque tiene muchas ganas y las ideas claras.

En 1998 llegaron dos obras ambientadas en la segunda guerra mundial que conmocionaron a medio mundo, cada una por razones prácticamente opuestas. La delgada línea roja de Terrence Malick, aparte de estar ambientada en el Pacífico, ofrece una perspectiva filosófica e intimista, centrada en las emociones y reflexiones de los soldados durante una difícil batalla. Salvar al soldado Ryan de Steven Spielberg, partiendo del desembarco de Nombardía propone en un drama más sencillo pero con una espectacular descripción de la violencia de la guerra.

La introducción que muestra el desembarco dejó en shock a millones espectadores, incluso a muchos directores y otros artistas del gremio, que fliparon con el logro, y a veteranos de la guerra e historiadores, que vieron imágenes muy cercanas a la realidad. La representación de un ejemplo (además uno de los más famosos) de lo que sería un escenario bélico frenético y sangriento no se había realizado nunca antes con semejante verosimilitud y visceralidad, y el despliegue técnico orquestado para rodarlo fue asombroso.

La visión y determinación de Spielberg y su implicado equipo permitieron que este insólito reto llegara a buen puerto. La agitada cámara en mano, de apariencia anárquica pero que en realidad no descuida la narrativa, pues te deja seguir la acción con claridad y además es capaz saltar de un encuadre deslumbrante a otro, te sumerge de lleno en la acción, te hace correr, agacharte, sufrir y asustarte como a los anónimos soldados. En la fotografía del gran Janusz Kaminski, el color apagado, recordando a las imágenes de la guerra que vemos los que no estuvimos en ella, fomenta aún más la sensación de estar en esa época, pero también contribuye a generar un entorno opresivo, sin belleza ni casi vida. El trabajo de ambientación en vestuario, explosiones y amputaciones es muy certero. Y el increíble sonido te envuelve por completo, agobiándote, haciendo que sientas en el pecho cada explosión, en la carne cada impacto de bala (se acabaron los chiuuu cutres, esto es la realidad); sin duda estamos ante uno de los mejores trabajos de efectos sonoros de la historia del cine.

DOS VISIONES ENFRENTADAS

Pero un abrupto cambio de lugar y tono te saca de golpe de la abrumadora inmersión, rompe el hechizo, y te lleva al otro lado del espectro narrativo y emocional. Spielberg y el guionista Robert Rodat se empeñaron en unir dos estilos diametralmente opuestos, y la mezcla estuvo lejos de resultar homogénea. De la contundencia sobrecogedora, de la verosimilitud sin concesiones que te sumerge en la carnicería y el sinsentido de la guerra, pasamos a un drama de construcción demasiado rígida y dirigida, autoimpuesta por el convencimiento de que sólo se puede llenar salas de cine hay con una fórmula melodramática muy básica y estudiada, es decir, complaciente y llena de recursos simplones y muy sobados.

Ya el breve prólogo con el anciano visitando el cementerio parecía demasiado innecesario y endulzado, pero la escena de las cartas resulta vomitiva. Los tonos naranja cálidos para marcar el contraste con las trincheras son demasiado evidentes, las caras de congoja de secretarias y generales demasiado sobreactuadas, los discursos pretendidamente conmovedores casi rastreros, porque la historia de los hermanos de la carta de Lincoln se sabe que es falsa desde hace siglos, había desertores y prisioneros, no murieron todos heroicamente, y tratar de seguir la farsa a estas alturas es ridículo y ofensivo. Y la premisa que se presenta como hilo conductor es débil y poco atractiva: salvar a un pringado para que su mamaíta deje de sufrir.

En resumen, de una visión neutra del conflicto bélico pasamos a un drama de telefilme. Hubiera sido más lógico que siguieran centrándose en la descripción de la guerra y dejar otros dramones paralelos para otra historia que pueda tratarlos con más detenimiento y tacto. La misión podría haber sido simplemente ir al pueblo a defender el puente, como fue el objetivo real del pelotón en que se inspira, y como finalmente acaba ocurriendo después de tanto marearnos con el culebrón de Ryan.

GRAN ESPECTÁCULO, MELODRAMA BÁSICO

Durante el viaje tenemos una correcta variedad de escenarios de compañerismo y guerra, con una combinación de drama, intriga y acción lo suficientemente efectiva como para mantener el interés bastante alto. El periplo por campos y pueblos muestra distintas situaciones del conflicto sin que parezcan malamente justificadas, hay momentos bastante inspirados, como el póquer de fichas identificadoras de muertos, y la relación entre soldados, los miedos y disputas, tienen un buen momento álgido con el asalto a un nido de ametralladoras y el dilema de si ejecutar a un prisionero alemán. Sumando la virtuosa puesta en escena, con infinidad de planos magníficos y en general un ritmo impecable que mantiene bastante bien el ambiente bélico opresivo y realista, la aventura es muy entretenida.

Pero nunca llega a librarse de esa dualidad. La narrativa de ganchos sentimentales fáciles se extiende a la odisea del pelotón que busca al soldado, y aunque por suerte no caemos en la manipulación burda de las escenas en el futuro, sí mantiene ese tono dramático tan básico. Así pues, tenemos una decepcionante simpleza en el tratamiento de una historia que apuntaba a un tono más serio. En La lista de Schindler (1993), por comparar con una de Spielberg cercana en género e intenciones, los personajes eran complejos e iban cambiando con los hechos, aquí los estereotipos no dejan respirar a un grupo con un potencial mayor. Tienen lo suficiente para que cada uno sea identificable y agradable y te intereses por sus desventuras, pero sus descripciones se basan demasiado en un tic o característica que cada uno repite en cada aparición sin llegar a desarrollar una personalidad compleja ni una evolución que logren aportar algo más de atractivo y trascendencia.

Los únicos que ofrecen un poco de movimiento resultan desde luego interesantes, pero ofrecen historias muy tontorronas: el chulito pasota y el novato inocente tendrán su momento de maduración y redención más previsible y conveniente que cabía esperar, y por supuesto, estos llegan de golpe, no hay una transición bien trabajada, y el capitán pasa de frío y distante a algo más cercano también justo cuando se esperaba. Lo alucinante es que al capitán le ponen encima un problema físico que va y viene según quieran dar pena o suspense, cuando precisamente tenían en bandeja un buen arco dramático que parece que les da miedo abordar: la capacidad de mando en una misión de dudosa utilidad y ética solo queda en entredicho en una escena, y no deja secuelas.

De esta forma, cuando muere alguno, muere “el judío”, o “el francotirador”, y por mucho que su final se realce con otros tantos clichés (heroicidades maniqueas, cámaras lentas, etc.), no sientes la pérdida, no son personajes capaces de dejar un vacío. Ni siquiera el porvenir del capitán me inquieta, de hecho, con tanto forzar el drama, su caída acaba siendo empalagosa.

Y para colmo, después de tanto enredo, el soldado Ryan resulta ser un macguffin de baratillo, la excusa para mover la trama, y no se lo trabajan lo más mínimo. Parece que la muerte de sus hermanos le importa bien poco. Cuando sí se requería enfatizar la tragedia para intentar que el encuentro fuera más convincente, los autores no parecen esforzarse, como si quieran despachar el personaje-excusa y centrarse de nuevo en la acción. Aunque sea muy previsible, su decisión de no irse a casa y quedarse a luchar con sus compañeros parece encauzar la cosa… pero al final no llega a hacer nada, no participa activamente, no tiene ninguna escena que justifique y dignifique su presencia.

Sin embargo, esto no pareció molestar al público, y eso que una carambola inesperada generó expectación sobre su aparición. Eligieron al desconocido Matt Damon para potenciar que el soldado a rescatar no motivara una impresión previa en ningún sentido, pero inesperadamente arrasó justo antes con El indomable Will Hunting, que escribió y protagonizó acaparando muchos premios, así que se creó el efecto contrario, se generó mucho interés por su papel.

Con personajes tan simplones y un arco dramático tan limitado, gran parte de su potencial carisma reposaba sobre los hombros de los actores, y sin bien no tenemos un reparto brillante, todos cumplen adecuadamente, empezando por Tom Hanks en un papel contenido, de expresar con miraras y silencios, muy correcto. Cabe destacar que la película sirvió de presentación de varios actores jóvenes: Vin Diesel como el grandote simpático, Giovanni Ribisi como el enfermero preocupado, Jeremy Davis como el novato inocente, Nathan Fillion como el que confunden con Ryan… Y también relanzó o dio más categoría a algunos veteranos: Ted Danson demostró ser algo más que un comediante con su breve aparición, Tom Sizemore tuvo la oportunidad de ser algo más que el típico secundario del cine de acción… aunque por desgracia, sus líos con las drogas volvieron a frenar su carrera. También pienso que debería haber asentado mejor la trayectoria de Edward Burns, el soldado respondón, quien es capaz de dotar de vida a un rol muy trillado, pero parece que no supo aprovecharlo.

Por otro lado, la banda sonora del gran John Williams fue muy justita, y más conociendo sus capacidades. El tono de corte patriótico es bastante empalagoso, con un tema principal muy cargante, y los motivos de acción y suspense están poco inspirados y se ven lastrados por esa fórmula tan subrayada y repetitiva. La cinta funciona mejor cuando Spielberg prescinde de la música y deja que los sonidos de la guerra te arropen y zarandeen.

EL DÉBIL EQUILIBRIO SE VA VINIENDO ABAJO

Es difícil acabar un relato de este tipo, donde el argumento es el viaje y la experiencia y no hay una trama elaborada. Y los autores no atinan del todo, la batalla final se resiente bastante. Primero, pesa aquello de que ahora resulta que Ryan no importa, la misión es proteger el puente, de forma que este último acto parece un anexo improvisado para alargar la película y forzar el clímax heroico-lacrimógeno. Lo dicho: esta misión tendría que haber sido el objetivo, no la chorrada del soldadito. Segundo, la mezcla de estilos se desequilibra demasiado. En lugar de ser conscientes de que una vez expuesta la situación esta resulta muy predecible (el típico sacrificio en una misión suicida recuerda demasiado a cintas como Doce del patíbuloRobert Aldrich, 1967-) e intenten disimularlo yendo al grano y explotando el lado épico, se empeñan en reforzar el melodrama, en abusar de esos recursos obvios.

La crudeza de las escenas bélicas de nuevo realza el conjunto muy por encima de lo que las fallidas intenciones y el flojo guion llegan a alcanzar. El escenario, con el magnífico decorado del pueblo, se aprovecha en imágenes espectaculares, la tensión es palpable, la acción trepidante y por momentos agobiante. Pero poco a poco empieza a pesar su excesiva longitud, sobre todo conforme va dejando de lado la descripción puramente bélica de la batalla para centrarse en la tragedia tan artificial de los protagonistas. Como decía, mueren de típicas formas melodramáticas sin llegar a conmover lo más mínimo, pero además dejan algunos momentos de vergüenza ajena, como el capitán con la pistola disparando al tanque y este explotando de repente… porque han llegado refuerzos. ¿En serio pretendes que funcione este cliché a medio camino de la heroicidad cutre y el chiste estúpido en un clímax pretendidamente serio?

Y si el desenlace iba perdiendo fuelle, el epílogo con el viejo lacrimógeno, el cementario y las banderas termina de romper la conexión, llevándote de nuevo a pensar que hay dos visiones prácticamente opuestas muy mal combinadas. Por lo general no queda claro si querían hacer una representación fiel de la sinrazón y la crueldad de la guerra o si buscaban un drama simplón y patriótico, pero este final tan obvio y remarcado te deja con la visión maniquea y patriótica de la realidad que tienen en los Estados Unidos: las guerras son duras, pero tranquilos, que nosotros nos encargamos de salvar al mundo con nuestra superioridad moral, militar, humana… ¡y pobrecitos que somos, mira lo que sufrimos por esa carga!

PERO COLÓ BIEN COLADO

Salvar al soldado Ryan un espectáculo de primera, no por duro y espeluznante menos gratificante, que envejece bien y se puede ver una y otra vez… si esos momentos melodramáticos y la constante sensación de simplificación en el tratamiento de una historia y unos personajes con mayor potencial no te estropean la experiencia. Sin embargo, ese desequilibrio sí es suficiente colocar al conjunto bastante lejos de esa categoría de obra maestra que se empeñan muchos en darle.

Como suele ocurrir, el éxito popular implica también la adulación y sobrevaloración poco objetiva. El que poco sabe de cine se suma a modas y valora sin tener en cuenta hitos ya superados, cintas del estilo superiores pero que no va a ver porque son antiguas o no se mencionan por su zona de confort. Y si bien la dirección de Spielberg, la fotografía de Kaminski, el montaje y el sonido merecían premios en cantidad, pese a quien le pese, pues en su momento fueron incluso atacadas para realzar esta, Shakespeare enamorado (John Madden), El show de Truman (Peter Weir), Lock & Stock (Guy Ritchie), American History X (Tony Kaye), Bichos (John Lasseter, Andrew Stanton) y sobre todo La delgada línea roja (Terrence Malick) fueron y son mejores películas.

De hecho, con La delgada línea roja la diferencia es brutal. Los protagonistas están magistralmente descritos, entras de lleno en la mente de cada uno, sientes sus temores y esperanzas con gran intensidad. Se logra una inmersión en la guerra y un drama humano bastante superior sin recurrir a tantas florituras técnicas, más allá de la increíble fuerza dramática de la banda sonora de Hans Zimmer. Pero también cabe citar otras muchas aventuras de grupos, sean bélicas o de otros ámbitos, que desarrollan mucho mejor los personajes y la trama: Un puente lejano (Richard Attenborough, 1977), Los violentos de Kelly (Brian G. Hutton, 1970), Los siete samuráis (Akira Kurosawa, 1954) y Los siete magníficos (John Sturges, 1960), Grupo salvaje (Sam Peckinpah, 1969)… Y sin irnos tan lejos, poco después Ridley Scott nos trajo la impecable e impresionante Black Hawk derribado (2001), pero inesperadamente no causó el impacto que merecía. Tampoco puedo dejar de recomendar El último superviviente (Peter Berg, 2013), otra aproximación realista rodada con maestría que tampoco tuvo la repercusión que debería.

Sin embargo, no quiero restarle méritos, sino simplemente traer un poco de cordura y poner las cosas en su sitio. Aparte de ser un gran espectáculo y una aventura muy amena, el logro técnico es inconmensurable y marcó una época. Con 70 millones de dólares de presupuesto muy bien usados logró 480 de recaudación, solo superada ese año por Armaggedon (Michael Bay). En el género fue la más taquillera durante años, hasta las recientes El francotirador (Clint Eastwood, 2014) y Dunkerque (Christopher Nolan, 2017). Y la influencia que ha dejado es indudable y notoria. La cámara en mano como recurso para introducirte en la acción como si estuvieras ahí es algo que desde entonces se ha usado mucho, y pocas veces bien. Multitud de películas imitan sin disimulo su estructura (aunque no fuera nada original, la volvió a popularizar), como Corazones de acero (David Ayer, 2014), con la visión combinada de un joven inexperto y un veterano curtido, las escenas sangrientas mezcladas con dramones básicos, y el final de sacrificio. Y no sé yo si asentó también la idea de empezar con un prólogo de acción de altos vuelos para engancharte. Además, antes de que su influencia saltara a otros ámbitos, el propio Spielberg lo alentó, ideando y produciendo el videojuego Medal of Honor (1999) y la miniserie Hermanos de sangre (2001). Ambas obras fueron de las más revolucionarias e influyentes en sus campos.

Enemigo mío


Enemy Mine, 1985, EE.UU.
Género: Aventuras, drama, ciencia-ficción.
Duración: 118 min.
Dirección: Wolfgang Petersen.
Guion: Edward Khmara, Barry Longyear (novela).
Actores: Dennis Quaid, Louis Gossett Jr., Bumper Robinson, Brion James, Jim Mapp, Richard Marcus, Carolyn McCormick, Lance Kerwin.
Música: Maurice Jarre.

Valoración:
Lo mejor: Las vivencias de los protagonistas llegan con intensidad y tienen algunas buenas sorpresas. Acabado visual espectacular.
Lo peor: Le falta algo de originalidad en cada escenario, va un poco a lo básico.
Lo peor: Los productores forzaron que el final fuera en una mina porque pensaban que el público creería que el título (Enemy Mine) referencia a una.

* * * * * * * * *

Dos razas en guerra, humanos y dracs. Dos pilotos, uno de cada una de ellas, estrellados en un planeta hostil. ¿Se matarán entre ellos o aprenderán a convivir? Partiendo de una premisa tomada descaradamente de Infierno en el Pacífico (1968), dirigida por John Boorman y protagonizada por Lee Marvin y Toshirô Mifune, y quizá también de Fugitivos (1958), de Stanley Kramer con Tony Curtis y Sidney Poitier, esta vez vamos un poco más allá, no por llevar la acción al espacio, sino porque la historia es algo más ambiciosa.

Basándose en la novela homónima de Barry B. Longyear (1979), que arrasó en algunos de los premios principales del gremio (Hugo y Nébula), el guionista Edward Khmara, que ese mismo año nos trajo Lady Halcón, y el director Wolfgang Petersen, que se dio a conocer al mundo con El submarino (Das Boot, 1981) y se asentó en Estados Unidos con La historia interminable (1984), combinan varios géneros, bélico, aventuras, drama y acción, desde una perspectiva intimista en la historia y grandilocuente en la puesta en escena. Dennis Quaid, muy famoso por entonces, es el humano, y el drac lo encarna Louis Gossett Jr., un actor muy reconocible en televisión, aquí oculto tras un elaborado y asombroso maquillaje.

A través de los ojos del humano somos testigos de su pequeña porción del universo. No nos paramos en las complejidades del conflicto político y militar, sino que seguimos sus propias vivencias, observando cómo estas modifican poco a poco su limitada visión, abriéndole el horizonte. Del guerrero fanático al amigo, de ahí al padre adoptivo abnegado, y finalmente dando el paso hacia la lucha contra las injusticias del sistema. La transición está muy bien desarrollada. Tiene partes previsibles al principio, pero conforme avanza encontramos más sorpresas, cambiando la diversión y la emoción de ver como la pareja sale airosa de sus peleíllas y de la supervivencia en un entorno extraño, al suspense y el drama con la aparición de los mercenarios, para en el desenlace volver a dejarte intrigado (qué le deparará la vuelta a la normalidad), pero esta vez con toques de acción (la confrontación final).

Acusa algo de irregularidad, a veces es algo lenta (hoy en día se nota más) y otras precipitada, y al tener los actos tan delimitados, si uno no te convence del todo se puede hacer algo pesado. La sensación constante es la de que no explora todo el potencial latente, y más cuando apuntaron tan alto en la puesta en imágenes. Podrían haber materializado con más detalle la relación entre los dos náufragos, que se hacen amigos muy rápido, y el drac aprende inglés más rápido aún. Podría haber más escenarios de aventuras, más criaturas alienígenas, porque la atmósfera de peligro ante lo desconocido desaparece rápido, destacando lo poco creíble que resulta que esa cabaña de troncos tan cutre pueda aguantar una lluvia de meteoritos. Faltan novedades en el desenlace también, pues aunque el alzamiento drac es conmovedor, la pelea a tortas con el matón de turno resulta muy típica.

Pero los puntos fuertes también son muchos. Se forja con rapidez una férrea conexión ue con los protagonistas, de forma que cada situación llega con intensidad aunque parezcan minucias, pues guionista y director son muy hábiles tanto a la hora de tocar la fibra sensible como soltando sutilmente ideas que parecen crecer solas. El ejemplo más notable es genial: la disputa donde la pareja insulta sus respectivos dioses, con el humano diciendo que el suyo se llama Mickey Mouse, no es sólo un chiste, sino un punto de inflexión crucial en su relación personal y cultural.

A ello hemos de sumar buenas sorpresas que cambian la situación y ponen todo patas arriba. El embarazo, los mercenarios con esclavos drac y el secuestro del niño son bastante impactantes. Y la lectura ética es obvia pero muy efectiva. El conservador cerrado de miras descubre que el universo es más complejo y gris de lo que asumía, mucho más cruel y difícil de asimilar, pero aun así le echa coraje para adaptarse y luchar por un mundo mejor. El carismático Dennis Quaid logra uno de sus mejores papeles, mostrando con gran verosimilitud la transición de soldado impetuoso a hombre con muchas cargas encima.

Manteniendo el punto de vista en el protagonista, en el final vemos sólo lo que está a su alcance, de forma que el progreso de la guerra con el cambio que ha provocado queda abierto a la imaginación. Se puede intuir que ha dejado huella en el discurrir de la historia ya con el alzamiento de los dracs y el que sea aceptada su presentación en el consejo, pero aún te deja con la duda, pensando si su logro es suficiente para plantar cara a la sinrazón y estupidez de las sociedades. Hoy en día te hubieran dado un final feliz bien mascadito.

Aun así, hay un detalle bastante chocante. En el epílogo aparece una extraña voz en off explicando lo que estamos viendo, como si no estuviera claro. Por descarte no puede ser otro que el drac anciano de la mina, pero en el momento confunde un montón. Hasta entonces era el propio protagonista quien contaba su historia (y ya aportaba lo justo), así que no entiendo el cambio ni la necesidad de sobre exponer algo tan evidente.

Sorprende que para un relato sencillo e intimista optaran por un acabado de alto nivel, aunque al estar en una era dorada de la ciencia-ficción se puede entender un poco. Pero el proyecto, que iba a ser medianamente costoso de por sí, se complicó bastante, y el presupuesto inicial de 17 millones (al nivel de Regreso al futuroRobert Zemeckis-) acabó siendo de 40 y pico (hoy en sería sobre 100 millones), comparable al de la entrega de James Bond de ese año, Panorama para matar (John Glen), o por centrarme en el género, igual al derroche un año antes de Dune (de David Lynch, que por cierto casi dirige esta pero prefirió aquella). Así que no sabe con cuánto dinero pudo trabajar Wolfgang Petersen, pues aunque luce muy bien, gran parte se perdió en los decorados y lo que llegó a rodar el director Richard Loncraine, despedido por desavenencias con el estudio, mientras que también se dedicó mucho a la campaña publicitaria para intentar recuperar la inversión.

El resultado es espectacular. Se permitieron unos decorados muy vistosos y variados tanto en exteriores, donde los paisajes volcánicos de las islas Canarias resultan inquietantes a la par que espectaculares, como en interiores (en estudios alemanes), con la cuidada recreación del exótico planeta. La dirección de Petersen explora de maravilla esa naturaleza insólita, y la estupenda y sombría fotografía ayuda a potenciar el entorno extraño. La música corrió a cargo del afamado Maurice Jarre, pero es flojilla, no aprovechó el potencial del género.

Cabría pensar que la fascinación por la ciencia-ficción y la fantasía atraería más gente, que el tono asequible para todos los públicos (quitando un par de muertes muy gore que no sé a qué vienen) y el tirón de Dennis Quaid darían pie a un éxito seguro, pero se la pegó a lo grande en taquilla y la crítica la recibió con tibieza. Al menos no afectó a la trayectoria de Quaid, que lo pilló en la etapa más exitosa de su carrera, entre Elegidos para la gloria (1983) y El chip prodigioso (1987). Probablemente en el mercado doméstico nacional e internacional (alquiler y venta de derechos para televisión) dio mejores resultados, porque con el boca a boca se convirtió pronto en una obra de culto.

Lady Bird


Lady Bird, 2017, EE.UU.
Género: Drama.
Duración: 104 min.
Dirección: Greta Gerwig.
Guion: Greta Gerwig.
Actores: Saoirse Ronan, Laurie Metcalf, Tracy Letts, Lucas Hedges, Timothée Chalament, Beanie Feldstein, Lois Smith, Stephen McKilney Henderson, Odeya Rush.
Música: Jon Brion.

Valoración:
Lo mejor: Historia e intepretaciones muy naturales, sin tapujos ni sensacionalismo. Buen reparto.
Lo peor: No consigue librarse de la sensación de ser el mismo relato de siempre.

* * * * * * * * *

Aunque Greta Gerwig ya había escrito y dirigido un largometraje, Noches y fines de semana (2008), este había pasado bastante desapercibido, y aunque ya había actuado ante la cámara en numerosas ocasiones desde su debut en 2006, no fue hasta su colaboración con Noah Baumbach en Frances Ha (2012) cuando le llegó el reconocimiento internacional por su labor como actriz y guionista. Así, había cierta expectación en la carrera de la joven artista indie, sobre todo en el circuito independiente. Su siguiente colaboración con Baumbach, Misstress America (2015), sorprendentemente pasó sin armar mucho revuelo, pero en 2015 se puso de nuevo ante la cámara en Lady Bird y tuvo un éxito enorme. Pero, como suele pasar, da la impresión de que esta cinta acumuló demasiado aplauso y nominación a premios (película, dirección, guion y actrices) que merecía Frances Ha, pero los Oscar y los Globos de Oro son así de lentos en reaccionar.

Lady Bird es otra historia de la entrada en la edad adulta, género predilecto de la realizadora. También tiene presencia Nueva York, aunque sea como objetivo anhelado por la protagonista. Una adolescente vive en la aburrida Sacramento, California, soñando con crecer e irse a alguna buena universidad, si es posible la de Nueva York, y así dejar atrás una familia aburrida y una madre neurótica, un instituto católico, unos amigos que no parecen estar a su altura, y encontrar unas experiencias vitales que ahí no parecen llegar.

Como en el buen cine indie, estamos ante un relato inteligente y verosímil en oposición al conservadurismo y sensacionalismo demasiado estandarizado en el cine comercial. Los problemas en el instituto y las disputas domésticas no se ahogan en tópicos, sino que respiran realidad, y si hay situaciones comunes están tratadas sin rodeos ni sentimentalismo barato. En el sexo se nota más, pues se habla de ello como lo que es, una fase más, no un tabú: los adolescentes se masturban, pierden la virginidad, tiene bajones emocionales esperables al descubrir cosas nuevas que no cumplen sus expectativas… Y en general, ni juzga ni pretende que pienses o te sientas de una manera. Ni la madre es la mala, ni la protagonista es idiota o víctima, ni la tía buena del instituto una creída, ni la gordita una paria graciosa… Se representa la realidad, con todas sus aristas. Sólo en un momento se permite ser crítica en la estancia en el colegio católico: con el lavado de cerebro anti aborto, y tampoco es que trate de dictar sentencia.

Pero hay demasiados lugares comunes, un halo predecible lastra un relato que no termina de encontrar su propio camino. La adolescente quiere romper con lo conocido, buscar su propia y dar forma a su propia personalidad, tiene experiencias nuevas, aprende, y vuelve a encarrilarse habiendo madurado, mejor capacitada para enfrentar el futuro. Ningún giro sorprende, no hay lecturas complejas o inesperadas.

Frances Ha es una historia original y deslumbrante. Lady Bird va a medio gas. Es bonita, pero no hermosa. Es amena y por momentos entrañable, pero no conmovedora. Es inteligente y no toma por tonto al espectador, pero le falta bastante chispa, tanto originalidad como ingenio. Lo mejor es su naturalidad y la falta tapujos, lo bien que se desenvuelve Saoirse Ronan y el correcto repertorio de actores secundarios.