El Criticón

Opinión de cine y música

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Elegidos para la gloria


The Right Stuff, 1983, EE.UU.
Género: Drama histórico.
Duración: 193 min.
Dirección: Philip Kaufman.
Guion: Philip Kaufman, basado en la novela de Tom Wolfe.
Actores: Sam Shepard, Scott Glenn, Ed Harris, Dennis Quaid, Fred Ward.
Música: Bill Conti.

Valoración:
Lo mejor: Buen reparto y dirección.
Lo peor: Relato inconsistente, sin rumbo ni intenciones claras, con achaques notables como un pésimo sentido del humor. Duración desmedida e injustificable.

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No conocía esta película hasta que me topé con ella por casualidad, y me llamó pronto la atención: muy buenas críticas, reparto potente y temática centrada en la carrera espacial. Pero la decepción ha sido enorme, la cinta arrastra una serie de fallos que frenan casi por completo su potencial.

Enseguida salta a la vista que Philip Kaufman, guionista y director, no tiene claro qué contar, si la historia de unos pilotos militares, los inicios de aviación a propulsión, o el comienzo de la carrera espacial. Todo lo mezcla formando un relato muy inflado, saltando de una historia a otra sin un rumbo claro. En este galimatías no termina de centrarse en ningún arco concreto, con lo que a pesar del enorme metraje (¡tres horas y diez minutos!) no parece que llegue a contar una historia cerrada. Quizá el problema ya estaba en la novela de Tom Wolfe en que se basa, pero no la he leído y me centro en lo que veo en la película.

Pide a gritos recortarle más de una hora y centrarse en lo que parece más relevante, el proyecto Mercury. Hay personajes y secciones enteras a borrar. Tomando la carrera espacial como argumento central lo más evidente es preguntarse qué narices pinta Chuck Yeager chupando tanto tiempo, si su historia es paralela a todo lo demás. Sencillamente a Kaufman le mola el personaje y lo metió a la fuerza. Así, el inicio en la base de aviación experimental no llega a aportar nada. Para decir que algunos astronautas vienen de ahí no hace falta un prólogo eterno que finalmente está claro que no aporta nada esencial al dibujo de esos protagonistas. Igualmente hay recesos que no sé cómo no se quedaron en la sala de montaje, como esa aparición de indígenas australianos que casi destroza por completo el ya de por sí endeble clímax final. En el afán de incluir algunas anécdotas también se le va la mano: toda una larga escena para decir que los astronautas llevan pañales. Es más, esa escenita de marras es muestra también del pésimo sentido del humor del que hace gala. Se ve que pensaba que tenía entre manos algo muy denso, e intenta aligerar el tono metiendo chistes, pero madre del amor hermoso, qué cutres son todos. El remate llega con la pareja de secundarios cómicos, esos parias encargados de seleccionar astronautas, que llegan a rivalizar con Jar Jar Binks y el cejijunto de El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos como los peores personajes que he visto.

Con tanto desvío y achaques al final no consigue narrar bien el programa Mercury. La rivalidad con Rusia y cómo estos vapulearon a Estados Unidos en la carrera espacial apenas se señala, con lo que no queda bien retratado el panorama político que llevó a realizar semejante esfuerzo. Aunque aquí supongo que entra la lectura patriótica: no se atreven a hacer una cinta objetiva y crítica. Solo un detalle interesante se puede encontrar: los astronautas en un inicio apenas pasaban de ser cobayas, como los perros y monos. Tampoco se ofrece la perspectiva de los científicos, que quedan como secundarios mientras sólo se habla de lo que molan los pilotos. Lo que queda son anécdotas enlazadas una detrás de otra, y después de tantas vueltas y minutos no sólo no puedes llegar a hacerte una idea clara de los hechos, sino que tampoco hay mucha evolución de personajes. Hacia el final hay un interesante capítulo sobre el fracaso de uno de los pilotos, y de John Glenn sacan algo de chicha en un par de pasajes, pero teniendo tanto tiempo es imperdonable que no consiguiera que todos los protagonistas fueran complejos y llamativos. Kaufman tira de tópicos y de ahí no se mueve: tenemos el joven vacilón, el veterano frío, el corto de miras y algo bruto, el inteligente y reflexivo…

La única forma de entender las críticas que tiene es porque en EEUU adoran los relatos históricos y patrióticos de superación, pues la película que me he encontrado yo hace aguas por todas partes. No vale como documental, ni como épica de aventuras, ni como gran gesta de la humanidad. Se salva porque como compendio de anécdotas consigue ser digerible aunque dure mucho y no llegue a nada, y sólo algunos tramos se hacen realmente cargantes. Además la puesta en escena es sólida y el reparto también. Con eso consiguen que las tres horas no sean insoportables si haces un par de descansos, pero desde luego queda lejos de ser una buena cinta.

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Gravity


Gravity, 2013, EE.UU.
Género: Acción, ciencia-ficción.
Duración: 91 min.
Dirección: Alfonso Cuarón.
Guion: Alfonso y Jonás Cuarón.
Actores: Sandra Bullock, George Clooney, Ed Harris.
Música: Steven Price.

Valoración:
Lo mejor: La narrativa visionaria y extraordinaria de Alfonso Cuarón ofrece un espectáculo inigualable y muy emocionante. Efectos sonoros y especiales fantásticos, música excelente.
Lo peor: Algunos tics e inconsistencias molestan un poco, en especial un tono machista mosqueante.

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Gravity apareció prácticamente de la nada, porque no era un rodaje que levantara expectación, y arrasó de manera impresionante, alcanzando los 700 millones de dólares en la taquilla y obteniendo una estupenda recepción crítica en los medios. Ese tirón mediático la llevó inesperadamente a los Oscar, donde es obvio que no se mide la calidad sino la afinidad con la Academia, y aun así se llevó unos cuantos premios. No el de película, aunque era de largo la mejor de todas las nominadas, pero qué más da, nunca han optado por la objetividad, por mucho que todavía haya gente que no se haya dado cuenta. Sin ir más lejos, la obra cumbre de Cuarón hasta la fecha, Hijos de los hombres, no fue tan bien recibida.

Gravity no tiene una trama compleja, sin rodeos nos sumerge en una aventura de acción y supervivencia rebosante de adrenalina. Eso sí, hay que poner en su lugar esa parida que usan algunos para atacarla, “el guion cabe en una servilleta”, como si la sencillez o falta de profundidad fuera un aspecto negativo, o como si el guion fueran sólo los diálogos, cuando la realidad es que describe todo lo que hay en la escena, tanto las imágenes como los sentimientos que el autor quiere transmitir, y este en concreto al ser una narración tan visual (incluyendo unas pocas metáforas, como el plano que recuerda a un feto) necesita largas descripciones. Podéis verlo aquí para haceros una idea.

Sin duda era un proyecto difícil de llevar a cabo dadas las metas que se marcó Cuarón, empeñado en rodar una serie de filigranas que requerían mucha imaginación y gran dominio de la técnica. Pero el resultado es un auténtico prodigio de narración audiovisual. Los estupendos efectos sonoros y especiales, la magistral banda sonora del desconocido Steven Price y la buena interpretación que consigue de Sandra Bullock (a pesar de los chutes de bótox que lleva) son imprescindibles también, pero lo realmente vital es la asombrosa forma en que Cuarón domina técnicas complejas e incluso visionarias sin perder en el esfuerzo el pulso narrativo, es decir, el ritmo del relato, la conexión emocional, los puntos álgidos de tensión e inquietud. Y además sabe captar la crudeza de la supervivencia al límite en un entorno bastante ficticio, de manera que te crees las situaciones de riesgo sin problema alguno. El plano secuencia inicial te deja boquiabierto y no vuelves a cerrar la boca hasta el final de la película, no hay descanso ni bajón en una proyección fascinante en lo visual, trepidante en el desarrollo de acontecimientos y emocionante en todo momento, hasta el punto de hacerte sudar y de agobiarte con la odisea de la protagonista. El viaje es corto pero de una intensidad que pocas películas logran alcanzar. Estás hora y media absorto, conteniendo la respiración, deslumbrado y sobrecogido prácticamente en cada instante. Nunca la expresión “esta película es una montaña rusa” se ha utilizado mejor.

Pero sí es cierto que acusa algunas deficiencias, unas fruto de forzar ligeramente su argumento, otras por ser apuntes de guion algo malogrados. La cinta es tan impresionante que de primeras puede que no se noten, pero en sucesivos visionados, aunque el espectáculo aguanta sin problemas, esos puntos oscuros se hacen bastante evidentes. Y también, a pesar del esfuerzo inicial por buscar realismo, incurren en mala ciencia cuando les conviene para realzar el drama.

Lo primero que salta a la vista es que hay demasiadas casualidades y agarres de último momento. La protagonista siempre se salva justo en el último instante u oportunidad, siempre por los pelos, dando la sensación de que se abusa del recurso más de la cuenta. Pero también tenemos un caso contrario: en una escena se le está agotando el oxígeno, está a punto de desfallecer, y se queda parada hablando con el otro astronauta (George Clooney) en vez de ir a toda leche hacia la escotilla para salvarse. El segundo aspecto criticable son los ramalazos machistas. Ella sufre muchísimo pero él ni se inmuta, como si el hombre fuera superior, algo que se remata porque es este hombre protector quien la guía y anima para que pueda salvarse en todos los momentos cruciales… ¡incluso hasta en sueños! Y cuando él no está debe aprender a valerse por sí misma, como si las mujeres llegaran a astronauta por sorteo. Para colmo resulta que su mayor logro como mujer es haber tenido una hija, y por cómo lo narran el ir al espacio no parece ser nada en comparación.

En cuanto a ciencia, se han trabajado mucho la recreación de cómo sería una situación semejante: los decorados y efectos especiales, los movimientos e inercias en el espacio, la transmisión del sonido… Pero es un poco mosqueante que el realizador se curre tanto detalles así (por ejemplo el lanzamiento del extintor para crear un momento de fuerza en sentido contrario) pero en otros se venda con todo descaro al lenguaje cinematográfico más básico: cuando Clooney acaba en deriva queda fatal, porque tras haber sido parado por la cuerda de repente se nos dice que sigue alejándose a pesar de que todavía está agarrado, como si algo tirara de él, y encima a un ritmo que dé tiempo a una despedida lacrimógena.

De la misma forma, hay conceptos básicos de la mecánica orbital que se omiten para poder mantener la trama deseada. Acelerar o frenar en órbita significa aumentar o disminuir la órbita (la distancia respecto a la Tierra), no acercarse más rápidamente a otro objeto en la misma, algo que requiere muchos cálculos y fuerzas. Y desde luego una mochila propulsora difícilmente pueda hacer tantas maniobras, ni siquiera la Soyuz y el Transbordador tienen la potencia y combustible necesarios para hacer algo más que llegar a su órbita (y eso lanzados con los tanques externos) y luego frenar para volver a la Tierra gracias a la atracción gravitatoria. Para simplificarlo todo se inventan que todas las estaciones implicadas están en la misma órbita, y omiten los cálculos y el enorme gasto de combustible que requiere cualquier desplazamiento. Con estos conceptos presentes, la simple lógica anula la premisa de que los escombros te alcanzan varias veces, porque si van a distinta velocidad, sencillamente no están en tu órbita. Otra cosa es que la cantidad de escombros aumentara en todas direcciones, pero no se indica eso. De hecho, incluso si omitimos el concepto de órbita, la lógica más básica tumba hasta lo de los noventa minutos: si te desplazas cientos de kilómetros, ¿cómo van a seguir tardando lo mismo en alcanzarte? Tardarán más o menos según la dirección que hayas tomado. Y por cierto, hay un gazapo evidente: Control indica una velocidad y luego Clooney los cita diciendo otra muy distinta.

Así que, después de todo Gravity no es la película científicamente hiperrealista que anunciaban, pero de todas formas se agradece que hagan ciencia-ficción más seria, y que demuestren que esta puede vender muchas entradas. De hecho, ese tratamiento serio permite que los amantes de la ciencia discutamos sobre fallos, aciertos y lo razonable o no de las decisiones que tomaron los autores.

Lo que sí está claro es que aun con sus excesos y leves inclinaciones comerciales, Gravity es toda una lección al cine de acción, rebosante de títulos realizados únicamente con efectos especiales pero sin esfuerzo alguno en la narrativa y la consecución de emociones intensas. Es una propuesta original y enormemente arriesgada resuelta con maestría, pero sobre todo es un viaje de sensaciones inolvidable.

Rompenieves


Snowpiercer, 2013, EE.UU., Francia, Corea del Sur, República Checa.
Género: Ciencia-ficción, distopía, drama.
Duración: 115 min.
Dirección: Joon-ho Bong.
Guion: Joon-ho Bong, Kelly Masterson, basados en la novela gráfica de Jacques Lob, Benjamin Legrand y Jean-Marc Rochette.
Actores: Chris Evans, Jamie Bell, Tilda Swinton, John Hurt, Ed Harris, Octavia Spencer, Kang-ho Song, Alison Pill, Ah-sung Ko.
Música: Marco Beltrami.

Valoración:
Lo mejor: Reparto, decorados.
Lo peor: Todo lo demás: refrito inconsistente de todos los clichés del género.

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Alerta de spoilers: Hay ligeros spoilers sobre el argumento, no recomiendo leer si quieres verla sin saber nada.–

El director surcoreano Bong Joon-ho pegó el pelotazo de forma internacional con The Host, aunque no fuera una gran película (ya se sabe que las modas son impredecibles), lo que le ha permitido dar el paso a crear una co-producción rodada en Europa con reparto anglosajón para venderla directamente al mundo entero. Pero lo sorprendente es que en vez de ofrecer una cinta comercial se ha empeñado en hacer una obra de ciencia-ficción rarita, de esas que los cuatro fans del género esperamos con entusiasmo pero el resto del planeta pone poco interés o quizá ni se entera de que existe, porque las distribuidoras se asustan y no la estrenan como es debido. Vamos, que ha vacilado a todo el mundo.

Rompenieves se basa en la novela gráfica francesa Le Transperceneige, y trata sobre un mundo postapocalíptico donde por culpa de un fallido experimento contra el cambio climático nos hemos sumergido en una edad de hielo. La población humana casi se ha extinguido, solo sobreviven los pasajeros de un tren que circula sin cesar, en plan arca. Pero estos pasajeros están divididos en dos estratos sociales, los ricos y los pobres, y la pugna constante pone en peligro la supervivencia del hombre.

No sé qué tal resulta la propuesta en el cómic originario, pero la traslación de Joon-ho es un desastre impresionante. La catástrofe es fruto de una mezcolanza sin cohesión ni equilibrio de ideas, géneros, estilos, referencias… Es inevitable citar un ejemplo con el que guarda bastantes similitudes: Matrix. Aquélla sí supo reunir ideas clásicas y bastante vistas de forma que el relato en su conjunto brillase como algo rematadamente original. Rompenieves hace agua por todas partes: las referencias cantan a imitación barata, las ideas y pensamientos que puede dar el género se disipan por la ineficaz narrativa, la puesta en escena no logra aprovechar el prometedor entorno.

El relato parte de una idea bastante antigua, la clase obrera contra la clase dirigente, tratada en plan distopía, es decir, ciencia-ficción de corte social y filosófico como las clásicas novelas Un mundo feliz, Fahrenheit 451, 1984 o la menos conocida pero igual de fascinante Este día perfecto. En cine no hay muchas obras realmente destacables más allá de Metrópolis y Matrix, pero el fan recordará también las recientes V de Vendetta (basada en otra novela gráfica, y siendo una cinta asombrosamente sobrevalorada) o la prometedora pero fallida Equilibrium. Pero se aferra a las bases del género demasiado, de forma que cada elemento resulta enormemente predecible. Los personajes son monocromáticos clichés andantes: tenemos el anciano sabio, el héroe que atacará el sistema, el amigo fiel y el villano todopoderoso (en plan arquitecto de Matrix o líder de Este día perfecto de forma nada disimulada). De la misma forma la aventura da los pasos más previsibles sin esforzarse lo más mínimo por distanciarse de ellos o aportar algo distintivo: despertar, conocimiento, lucha, revelación, cambio de juego. El final está en la misma onda: lo hemos visto mil veces, y los cutres intentos de sorprender empeoran las cosas. En los detalles del entorno, en lo visual y en momentos puntuales aquí y allá recuerda demasiado a todas esas obras citadas, pero también trae a la memoria varios videojuegos representativos de los últimos años: Portal, Bioshock, Metro… Por ejemplo, los videos en plan retro con los que lavan el cerebro al ciudadano son calcados a los de los dos primeros títulos.

Por si fuera poco, ya desde la premisa la escasa credibilidad de la propuesta es enorme, con lo que el salto de fe que hay que hacer para conectar con el universo presentado es difícil de superar. ¿Casi veinte años encerrados en un tren? Es realmente dudoso en cuestión de supervivencia, en que el equilibrio social se mantenga tanto tiempo, y sobre todo que con la catástrofe planetaria nada lo haya hecho descarrilar o frenarse. Además las inverosimilitudes, las cosas imposibles o mal explicadas (la escuela para niños está pasando la discoteca donde la gente está drogada hasta las cejas, algo realmente absurdo), se acumulan y acumulan, de forma que se acrecienta la sensación de que el guion es un refrito poco meditado.

El intento de darle la vuelta a todo, de aportar algo nuevo, llega tarde y mal. Una vez se ha presentado el argumento, el entorno, los protagonistas y se ha iniciado la revolución de turno de la forma más predecible, lineal y monótona posible, la película intenta tirar por el surrealismo a lo Jean-Pierre Jeunet (Delicatessen, La ciudad de los niños perdidos), por forzar en cada capítulo de la aventura un pequeño cambio de juego y estilo. Pero el intento fracasa estrepitosamente. Ahora es seria, ahora absurda, ahora surrealista, ahora alegórica, ahora psicológica, ahora de acción tonta, ahora de ciencia-ficción… Cuando es seria peca de inverosímil y anodina a la vez, cuando tira hacia el absurdo se adentra en el cine cutre, con el surrealismo no logra un tono que provoque emociones y haga pensar en vez de parecer diarrea narrativa, la parte intelectual es de postín y superficial a pesar de su pretenciosidad, la ciencia-ficción no aporta nada sustancioso, y menos original, y la acción es rebuscada hasta resultar a veces ridícula.

El cambio de tono en cada capítulo solo se logra en los decorados, todos magníficos, porque la puesta en escena no está a la altura. Cuando Joon-ho busca acción intensa la cámara en mano la maneja muy mal: la pelea principal en el ecuador del relato (al pasar sobre el puente) es un esperpento. Cuando aborda la acción desde la coreografía y el intento de forjar un aura embelesadora (habitual en el cine asiático) el cambio de ritmo es fatídico: la parte de las saunas no está mal fotografiada, pero el tempo hace aguas, porque frena el segmento más intenso para meter un par de innecesarias florituras visuales.

Aparte de los impresionantes decorados el reparto es lo único rescatable. Chris Evans como el héroe está irreconocible, tanto por la barba como por su interpretación oscura y con cambios de estado de ánimo bien mostrados (de desmoralizado a heroico). Ed Harris, Tilda Swinton y John Hurt son valores seguros. Secundarios de nivel hay unos pocos. Y el director se trae a la estrella coreana Song Kang-ho… Lo que no sé es si no se ha esforzado por aprender inglés o solo habla coreano como homenaje al país.

Rompenieves no consigue, a pesar de tanto enredo, quitarse el sabor a distopía predecible y mal narrada. Tiene un pie en el cine cutre, de ese que es tan malo que te ríes, pero el otro está en el cine horrible, con lo que se hace pesada más que divertida. Un despropósito.

Dolor y dinero


Pain and Gain, 2013, EE.UU.
Género: Acción, comedia.
Duración: 129 min.
Dirección: Michael Bay.
Guion: Christopher Markus, Stephen McFeely.
Actores: Mark Walhberg, Dwayne Johnson, Anthony Mackie, Tony Shalhoub, Ed Harris.
Música: Steve Jablonsky.

Valoración:
Lo mejor: Guion excelente, lleno de escenas geniales rebosantes de locuras y humor. Personajes magníficos y actores muy competentes.
Lo peor: Que no haya tenido el éxito que merece.
Mejores momentos: La confusión de coche, la reunión vecinal, la motosierra, la parrilla, el juicio resumido a través de chistes enormes…

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A pesar de su mala fama me parece indudable que Michael Bay tiene bastante talento como director de acción. El problema es que no termina de centrarse y dejarlo salir por completo, no es capaz de dejar atrás algunas limitaciones importantes. La principal y de la que derivan todos sus fallos y manías es que tiene una visión del mundo muy inmadura. Por ello elige guiones de escasa inteligencia y llenos de tonterías, y rueda ensalzando aspectos bastante criticables: clichés adolescentes, machismo, patriotismo exacerbado, grandilocuencia descontrolada… Así pare títulos tan irregulares como Transformers 3, máximo exponente de sus errores y aciertos: es terriblemente estúpida, pero cuando se centra en la acción logra algunas de las mejores escenas de la historia del género (la parte del edificio… sin palabras).

A mediados de su carrera se ve que intentó crecer con un par de producciones más serias: con Pearl Harbor emuló descaradamente el éxito de Titanic como drama emocional de grandes proporciones, y con La isla pretendió una de acción inteligente. Pero se estrelló estrepitosamente por culpa de los mismos puntos de vista y errores: asombrosamente ridículo fue el guion que aceptó para la primera, y la otra no ofreció nada llamativo. Desde entonces en vez de aprender algo se dedicó a potenciar esa vena más que juvenil inmadura, porque tristemente hay que admitir que su estilo y películas triunfan, fomentando así el círculo vicioso. Es decir, no va a replantearse nada mientras lo que haga se acepte en la taquilla, por mucho que luego lo pongamos a parir.

Viendo el panorama nada esperaba ya de él, pero de repente sorprende con Dolor y dinero, un título menor (no independiente, pero casi) de escasísimo presupuesto (20 millones, diez veces menos que en sus últimas producciones) que con un guion excelente y una puesta en escena que lo aprovecha muy bien debería abrir los ojos a cualquier detractor, pues aun siendo una comedia alocada demuestra que Bay puede rodar cine serio, es decir, inteligente y de calidad. Y digo debería porque no ha causado mucho impacto: a pesar de haber tenido buena distribución y publicidad no la ha visto casi nadie (85 millones de recaudación mundial), algo que no logro entender dado el tirón del director, capaz de triunfar con basuras como Dos policías rebeldes, mientras que la recepción crítica ha sido correcta pero no llamativa. Por ello me parece una película a reivindicar, una que creo ganará con el boca a boca y el tiempo. Pero me temo que si enlazo con lo dicho en el párrafo anterior aparece una mala lectura de todo esto: si con esta película que se sale de su onda no ha tenido éxito, se aferrará aún más a su tónica habitual… De hecho se rumorea un Dos policías rebeles III.

Los guionistas Christopher Markus y Stephen McFeely (ambos trabajan siempre juntos, teniendo títulos como la trilogía de Las Crónicas de Narnia, Capitán América o Thor 2) se basan en la historia real de un grupo de perdedores que, obsesionados con el sueño americano de triunfar, optan por agarrar ese sueño en vez de ganárselo: se plantean el secuestro de un tipo con dinero para extorsionarlo. Como patanes que son, todo les sale fatal, y se sumergen en una espiral de calamidades que los lleva directo al abismo, con asesinatos incluidos.

El delirio está garantizado en este trepidante, original y divertidísimo relato, alzándose como una de las mejores comedias gamberras que recuerdo desde Very Bad Things (aunque sin un humor negro tan excesivo). La gracia emerge de las situaciones absurdas, casi irreales a veces, de las meteduras de pata (cuando se equivocan de coche…), de las excentricidades y tics de los protagonistas (Victor y su palabrería incesante, Paul el buenazo…), de los excesos cometidos (Paul derrochando el dinero en droga)… Toda secuencia es un despiporre, y hay escenas descojonantes cada dos por tres. La policía sin creerse el relato de Victor, la devolución de la motosierra con restos de sangre, la reunión vecinal de seguridad, las paridas que le suelta Daniel a los niños que entrena… Llega un punto en que muy acertadamente nos recuerdan, mediante texto en pantalla, que estamos ante una historia real, consiguiendo realzar lo absurdo de los hechos mientras se logra otro chiste genial.

La narrativa es más que vivaz, es impresionante: de principio a fin es un no parar, con cada tramo bien medido en el tiempo y el ritmo, pues aunque se notan capítulos bien diferenciados (la presentación de personajes, la preparación del crimen, el desastre, las secuelas, la persecución del detective) todos duran lo necesario, se enlazan con habilidad y fluyen de maravilla. Bay saca lo mejor de sí con sus travellings constantes, su fotografía llena de colorido y los numerosos recursos de los que hace gala en las escenas más exigentes. Además capta a la primera el tono irreverente y casi auto paródico y lo aprovecha muy bien, formando un aura de fábula sobre el fracaso que potencia el tono lastimero pero humorístico de los acontecimientos. ¿Se ven algunos de sus cansinos tics?, os preguntaréis. Pues en cierta manera están ahí: las mujeres tienen un papel de mero objeto, la patria se ensalza bastante… Pero también forman parte de la parodia: la chica es tonta porque los protagonistas lo son también y no pueden aspirar a más, y como decía las señas clásicas de Estados Unidos son objeto de burla (hasta algunas cosas secundarias, como las reuniones sobre superación personal y empresarial, se ridiculizan sabiamente). Lo cierto es que sorprende que un tipo que hace un cine tan conservador tenga tanto sentido de autocrítica.

La descripción de los personajes es certera, cada uno tiene su forma de ser, sus manías y limitaciones, y los actores los interpretan muy bien. Mark Walbergh acierta de lleno a la hora de mostrar un tontaina ambicioso, y Dwayne Johnson sorprende enormemente (nunca mejor dicho) con su panoli perdido de la vida al principio y que evoluciona muy bien hacia la desesperación. Anthony Mackie tiene menos presencia pero está correcto. Tony Shalhoub y Ed Harris son valores seguros, y ambos están en su salsa: el primero puede dar rienda a su vena histriónica, pues el personajillo que tiene entre manos es repelente y consigue que dé grima y pena a la vez, y Harris como serio agente retirado flipando por el caso cumple de sobras.

Dolor y dinero es una de las mejores comedias de los últimos años, tan carismática y divertida que no entiendo cómo no ha pegado un pelotazo como el de otras locuras consideradas de culto, como Snatch, porque desde luego lo merecería. Y es la prueba de que Michael Bay, si elige bien el guión, puede hacer buen cine.