El Criticón

Opinión de cine y música

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Rey Arturo: La leyenda de Excálibur


King Arthur: Legend of the Sword, 2017, EE.UU.
Género: Acción, fantasía.
Duración: 126 min.
Dirección: Guy Ritchie.
Guion: Guy Ritchie, Lionel Wigram, Joby Harold, David Dobkin.
Actores: Charlie Hunnam, Astrid Bergès-Frisbey, Jude Law, Djimon Hounsoy, Aidan Gillen, Freddie Fox, Neil Maskell, Annabelle Wallis, Kingsley Ben-Adir, Craig McGinlay, Eric Bana.
Música: Daniel Pemberton.

Valoración:
Lo mejor: El dinero luce: vestuario, decorados y escenarios digitales impresionantes.
Lo peor: El guion es un torpe recopilatorio de los clichés del género. El director imprime mucho frenesí pero poca coherencia.
Mejores momentos: El intento de asesinato y la posterior persecución.

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Si las leyendas sobre el Rey Arturo no estaban lo suficientemente vistas, no digamos lo predecible y aburrida que puede resultar si volvemos a llea pero dejándola sólo en el armazón, una historia fundacional de la fantasía que ha sido exprimida durante años y años. El príncipe perdido pero con un destino que lo traerá de vuelta a la acción, el villano malvado porque sí y sus secuaces oscuros, el grupo de amigotes supuestamente simpáticos, el viaje, los objetos mágicos, la aceptación del destino, la guarida del enemigo, la lucha final. Desde el año 2000, con la explosión de las nuevas tecnologías, el género fantástico ha proliferado como setas, sobre todo tras los éxitos de El Señor de los Anillos y Harry Potter. Obras rescatables más bien pocas: La Comunidad del Anillo, pues en adelante esa saga patinó a lo grande, y quizá un par de capítulos del niño mago (tercero y cuarto: El prisionero de Azkaban y El cáliz de fuego). En la línea mediocre de este nuevo Rey Arturo, un montón, las más recientes y parecidas, La leyenda del samurái: 47 Ronin, John Carter y Warcraft, aunque podría citar también El destino de Júpiter, que lleva el escenario al espacio pero cumple con todos los estereotipos.

El Guy Ritchie tan original y virtuoso de Lock & Stock, Snatch: Cerdos y diamantes y RocknRolla parece estar diluyéndose en la deriva comercial de su carrera iniciada con Sherlock Holmes. Ese episodio inicial de otra historia muy reutilizada se sostenía aceptablemente bien por su enérgico aspecto visual, pero en el segundo el desgaste ya era bien patente. En Operación U.N.C.L.E. su vitalidad realzaba aceptablemente bien un guion también muy pobre y trillado, pero se seguía notando una deriva, menos pasión y recursos que antes. En Rey Arturo entramos ya en una triste debacle de la que espero que se recupere.

Da la sensación de que Ritchie sabía que el libreto que tenía entre manos no valía un pimiento, así que no se corta a la hora de intentar darle un giro con su narrativa de estilo diferente, atrevido. Pero sin la mágica conexión entre la puesta en escena excéntrica y el desarrollo de la trama y los personajes que mostraba en sus primeros trabajos, un guion de escasa calidad y calado puesto en imágenes en plan loco tiene todas las de resultar un desastre. No logra una cohesión y personalidad suficientes para conseguir una película sólida y vistosa, de hecho ocurre lo contrario, salvo unos pocos enredos aceptables lo que queda es un experimento hiperactivo, descentrado, incapaz de disimular las carencias de base y que añade más problemas.

El caos se apropia de un relato en principio simple pero que termina siendo incluso confuso. Esas explicaciones que reserva para exponer en algún flashback supuestamente molón, como por qué acaba la espada en la piedra, lastran capítulos que requerían ese conocimiento para resultar inteligibles, para no desconcertar arrastrando preguntas. Los recursos modernos quedan anacrónicos en la mayor parte de las situaciones, alguno incluso resulta delirante, como esos planos de los edificios que parecen dibujados por un arquitecto técnico, y sobre los que no hay forma de creerse que los protagonistas, todos del pueblo llano, pudieran entenderlos. Y para rematar, preparan las distintas fases del plan hablando de minutos. Que usen pólvora como si fuera habitual en esos tiempos, tengan unas armaduras alucinantes y muchos vistan como moteros (cuero negro, botas de impresión) se puede justificar con que es fantasía, pero los más puristas se quejarán con razón de que podían haber representado mejor la época. Se macera todo con música percusiva machacona, con ritmos rock pero sin ser rock: por suerte al menos no se han atrevido a meter guitarras metaleras en primer plano, un riesgo que tiene todas las de salir mal.

Hasta los recursos que funcionan aceptablemente bien son cuestionables. El resumen de la juventud de Arturo parece de primeras que ahorra muchos minutos… pero una vez pensado en frío resulta muy obvio: no hacía falta tanto enredo para decir que ha crecido aprendiendo a sobrevivir en las calles, bastaba con demostrarlo con su comportamiento, con las relaciones con sus amigos y enemigos y con sus recursos. Lo mismo le ocurre al viaje por el otro mundo para mostrar su valía: incluso resumido en plan veloz resulta poco emocionante y muy trillado.

Cuando mejor resulta la cinta es precisamente cuando Ritchie se contiene un poco y piensa mejor en qué recursos son necesarios. La larga persecución posterior al intento de asesinato es la mejor parte de acción: grandes panorámicas y carreras por las calles exprimen el presupuesto a lo grande, y el realizador imprime ritmo y energía sin pasarse de rosca con los enredos visuales. Pero sólo este acto central funciona. El inicial es demasiado previsible, no engancha con fuerza. Y conforme nos lanzamos al desenlace vuelve ese tono predecible sobrecargado de excesos, la fantasía explota en un videojuego vergonzoso. Arturo matando gente a toda velocidad con la espada, en plan “le he dado al botón de hacer magia”, y el enfrentamiento final tan artificial pero inerte, con Vortigern transformándose en el monstruo de final de fase, carecen de la más mínima emoción y en lo visual resultan esperpénticos.

La falta de carisma de Arturo es otro gran lastre. El intento de mostrar sus penurias y que se ha hecho fuerte a base de los palos que da la vida no llega a funcionar, a eliminar la sensación de que es el mismo personaje de siempre, sobre todo porque una vez el destino lo alcanza todos los clichés explotan en fila sin trabajar lo más mínimo su psique. Estamos ante otro personaje que dice que no reiteradamente pero al final se apunta a todo. No quiere saber nada de la rebelión, no le importa el mundo más allá de su supervivencia, pero termina aceptando porque tiene pesadillas, y en cuanto dice que sí, de repente le importa todo eso y se hace amigo instantáneamente de los que lo han secuestrado. Y cómo no, de ahí en adelante todo le cae encima sin que se plantee mucho las cosas, y todo se resuelve con magia. Finalmente, me temo que mi apreciado Charlie Hunnam, al que sigo desde que lo conocí en su gran papel en Hijos de la anarquía, es parte del problema, aunque Ritchie tendrá también bastante culpa al no dirigirlo bien: no parece poner esfuerzo en la composición del personaje, se limita a repetir el papel del motero criminal, un chulo pasota con gestos de matón de barrio; sólo le ha faltado la cadena colgando del pantalón. Los secundarios están en manos de buenos actores ingleses la mayoría, pero los personajes no tienen valor alguno, cada uno cumple el estereotipo de rigor: en el grupo de amigos tenemos al tipo ingenioso, al duro, al simpático… ni falta el de las artes marciales metido con calzador; en los villanos encontramos los típicos generales sin alma y un líder que es malo porque sí; este último lo interpreta Jude Law con cierto esfuerzo por poner caras de demente, pero no hay donde rascar y termina resultando caricaturesco.

En cierta manera es una cinta entretenida, pero sólo si te ríes por sus clichés tan tontos y su estilo sin mesura. Entiendo que quienes fueron esperando una película seria (porque fantasía no tiene por qué significar gilipollez infantil) salieran defraudados. Lo peor es lo decepcionante que resulta que para una vez que intentan darle una vuelta de tuerca a la misma historia de siempre no lo hagan nada bien y el resultado sea el mismo: Rey Arturo: La leyenda de Excálibur es otra más de acción y fantasía del montón. Con los pésimos resultados de crítica y taquilla (dejará bastante pérdidas) con toda seguridad nos hemos librado de tener otra serie mediocre copando las carteleras.

La momia


The Mummy, 2017, EE.UU.
Género: Acción, suspense, fantasía.
Duración: 110 min.
Dirección: Alex Kurtzman
Guion: David Koepp, Christopher McQuarrie, Dylan Kussman, Jon Spaihts, Alex Kurtzman.
Actores: Tom Cruise, Annabelle Wallis, Russel Crowe, Sofia Boutella, Jake Johnson.
Música: Brian Tyler.

Valoración:
Lo mejor: Muy entretenida: va al grano, tiene un personaje central potente, buenos diálogos, y está bien hecha.
Lo peor: Resulta muy predecible. Annabelle Wallis ofrece un papel pésimo.

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Vaya varapalo se ha llevado este nuevo reinicio de La momia (que además nace como capítulo inicial de una serie con los monstruos clásicos), puesto a parir como si fuera la peor película de los últimos años, como si los autores debieran pedir perdón por haber mancillado el género. No lo entiendo, está en la media del cine de acción y fantasía revienta taquillas, con la excepción de la serie Marvel y las nuevas de La guerra de las galaxias, que se mantienen bastante por encima. Y por las críticas, tanto los medios como los espectadores la están poniendo al nivel de La gran muralla, y como que no. De hecho incluso tiene algunas virtudes que se echan de menos, más que nada porque tiene autoconsciencia de que es un entretenimiento, lo que se traduce en menos pretensiones y más simpatía. Ha pasado como con Dioses de Egipto: conocía sus limitaciones e iba al grano, a divertir y entretener, pero por alguna razón se machacó sin miramientos.

Esa falta de grandilocuencia propia del cine de acción contemporáneo realza sus puntos fuertes. Lo normal hoy en día habría sido hacer una cinta de dos horas y media con subtramas anexas empalmadas de mala manera y acción avasalladora sin límites. Aquí sus autores se esmeran en exprimir su argumento y las pocas bazas que deja de margen apostar por algo tan trillado, porque al fin y al cabo, se enfrentan a una serie comercial, con requisitos y restricciones muy concretos. Sumergen a los protagonistas en una pesadilla que pone a prueba sus límites intelectuales y físicos, pero también morales. Hay mucha acción, pero es más de correr y sobrevivir a duras penas que de ver ciudades destruyéndose y monstruos o superhéroes pegándose. Y tiene un toque adulto y oscuro muy de agradecer en esta época de cine blando, sin violencia ni drama.

El protagonista es ambiguo, amoral, y evoluciona aceptablemente bien, lejos de los cánones del género de héroes impolutos que no sabemos qué piensan ni qué esperan del mundo y de los demás personajes pero se apuntan a todos los jaleos porque sí. Nick Morton vive para sí mismo, sólo piensa en sus ganancias, y no pocas veces trata de escapar de una situación que lo perjudica y le viene grande. Poco a poco va viendo que no queda más opción que implicarse, y en pequeñas dosis observamos cómo su pose de pasota se va tambaleando. Así, a la decisión heroica final llegamos con una trayectoria coherente y tangible, no sucede sin más porque hay que cumplir con ello. Para rematar, como buen antihéroe tiene numerosas frases socarronas, irónicas o cabronas muy efectivas. “Gracias por salvarme dándome el paracaídas”, le dice ella. “Pensaba que había más”, responde él con sinceridad. Tom Cruise está como siempre: se toma muy en serio su trabajo, tanto físico como interpretativo, pero no ha vuelto a lograr un papel como el de Magnolia, parece que siempre hace del mismo personaje, con lo que siempre ves a Tom Cruise. Y aquí hay que señalar lo obvio: La momia parece una entrega de Misión Imposible con un Ethan un tanto asqueado del mundo, en plan “me jubilé para vivir la vida y he caído en otra puñetera misión”. No en vano, el equipo de guionistas es el mismo que el de las últimas entregas de la serie: Koepp, Kurzman, McQuarrie

La chica, Jenny Halsey, no se enamora sin más de un tipo perfecto, sino que se forma una relación de atracción-odio no sorprendente pero sí muy interesante, alejada de los simplones romances actuales. Ve a un tipo con recursos y capacidades, pero con un espectro moral retorcido, así que no sabe si hostiarlo o acercarse a él, generándose buenos momentos de conflicto. La pena es que relación se atasca un poco, no llega a explorarse a fondo, principalmente porque el dibujo de esta arqueóloga es, en contraste con el atractivo mercenario y saqueador, demasiado simplón. Casi termina pareciendo la excusa para explicar cosas de la trama: esa es el arma mágica, no hagas esto que te contagias la maldición, somos el grupo que lucha contra el mal, etc. Y lo peor, Annabelle Wallis está muy, muy floja. También se puede señalar que no hay personajes secundarios de peso. El Dr. Henry Jekyll es interesante, misterioso, pero la descripción de sus personalidades y cualidades se sueltan demasiado deprisa, sin que lleguen a calar, y Russell Crowe no parece muy motivado. No hay más roles que destacar; al prota lo acompaña el típico secundario simpático que te da igual lo que le pase, y ella, a pesar de la importancia de su misión y los peligros con los que podría encontrarse, no lleva acompañamiento ni escolta de ningún tipo.

La figura de la momia funciona por ese tono más sombrío, pues no intentan ir más allá del enemigo poderoso de rigor. Las películas clásicas del género siempre tenían un aura melancólica, los monstruos eran fruto de infortunios y más que malvados chocaban con el miedo de la gente. Pero en los tiempos que corren se llevan más los entes sin motivaciones que buscan el caos y la destrucción. Así que todo el prólogo que expone traiciones familiares y demás no se entiende, no justifica nada del viaje de la momia por el mundo. Sofia Boutella se limita a prestar su físico, porque el rol no da para más. Al menos, eso de que sea más una joven guapa que un cadáver momificado se justifica, porque en los avances en los que apareciera con la melena al viento provocaron algunas carcajadas y dudas. Esta villana se salva porque es una contrincante dura que hace sufrir a los protagonistas. Las peleas son encarnizadas, las hostias que se llevan se ven realistas, casi se sienten, de hecho me asombró el nivel de violencia. Las momias-zombi que va creando son amenazadoras y asquerosas. Nos ofrecen algunas escenas muy tétricas (aunque no terroríficas), otras inquietantes (la momia a punto de violar al protagonista), y en general se logra una correcta sensación de peligro inminente y fatalismo: los protagonistas están siempre al borde de la muerte, la momia los encuentra y alcanza constantemente, no se ve una salida fácil. Y aunque en el clímax final a tortas pierde bastante intensidad, porque ya es evidente todo lo que va a pasar, tiene un giro también siniestro bastante acertado.

El productor y guionista Alex Kurtzman inicia aquí su andadura como director de superproducciones (porque antes hizo una comedia sencilla, Así somos), y lo cierto es que cumple sin problemas. Supongo que esa idea de buscar una obra más contenida y oscura es de todo el equipo de productores, pero está claro que él sabe aprovecharlo. La fotografía capta muy bien los numerosos pasajes de noche o en catacumbas. La banda sonora de Brian Tyler es épica. Los efectos especiales son un fin y no un protagonista forzado, y si bien hay alguna digitalización mejorable (el avión, el plano de la tormenta engullendo Londres), las momias, usaran la tecnología que usaran, son impecables. La cinta resultante es tenebrosa, tiene un ritmo trepidante y escenas de acción breves y sencillas pero enérgicas. La secuencia del avión es espectacular, la pelea en la iglesia brutal, la huida en ambulancia por el camino del bosque es muy intensa…

Así pues, La momia tiene un poco de cada virtud que espero de una buena superproducción de acción: tener claro que es un entretenimiento pero sin caer en la vergüenza ajena, contención y seriedad sobre el artificio vacuo, un poco de esfuerzo en el guion que busque personajes con algo de vida y diálogos decentes, y un acabado sólido. No termina de ser redonda, pues se queda un poco a medias en todos los elementos (sobre todo en cuanto a personajes) y también anda muy falta de novedades, pero ya tiene más que muchos títulos que en cambio el público recibe con bastante más entusiasmo. Dinero ha hecho suficiente, pero queda por ver si, por las malas críticas, en el resto de la serie optan por un estilo más simplón y luminoso, que es lo que el público parece querer ahora.

Dioses de Egipto


Gods of Egypt, 2016, EE.UU.
Género: Aventuras, fantasía.
Duración: 126 min.
Dirección: Alex Proyas.
Guion: Matt Sazama, Burk Sharpless.
Actores: Brenton Thwaites, Nikolaj Coster-Waldau, Gerard Butler, Elodie Yung, Courtney Eaton, Bryan Brown, Rufus Sewell, Geoffrey Rush.
Música: Marco Beltrami.

Valoración:
Lo mejor: Tono alegre y humorístico bastante efectivo, aspecto visual muy correcto: es entretenida y divertida.
Lo peor: Pero el guion es en general tan pobre que bordea la vergüenza ajena, y como no la cojas de buenas se te puede atragantar.
La frase:
-Pues creo que debemos correr.
-¿Correr?
-¡Los mortales lo hacen todo el tiempo!

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Dioses de Egipto no sorprende, ni para bien ni creo yo que para mal. Da lo que ofrecían sus avances, una más de acción y fantasía poco trabajada en el guion, pensando que cuatro tópicos y un buen presupuesto bastan para llenar las salas. Y de tanto abusar te las juegas a las modas: en su estreno tocó pasar un poco del género por saturación, y no se comió un rosco, y si da dinero será por el mercado doméstico (dvd/bluray y venta de derechos a televisión). ¿Por qué la mierda unas veces se recibe bien y otras no? Si la comparo con cómo degeneró El Señor de los Anillos, acabando con ese desastre de El retorno del rey o lo cutre que fue en general El Hobbit, viendo lo igual de rápido que Piratas del Caribe se hundió, o el infame tramo final de Harry Potter, o en general las mil y una entregas de cine basura que se reciben mejor, el varapalo de críticas que se llevó me parece excesivo. Igual de incomprensible me resultan las acusaciones de racismo y de poca fidelidad a la historia de Egipto que se llevó. ¿Pero qué demonios? ¡Que es fantasía! Lo más triste es que el estudio y el director tuvieron que pedir disculpas por el casting, y no por la calidad de la obra…

Estamos ante la misma plantilla vaga, superficial y llena de clichés de siempre. Tenemos al don nadie que acaba, sin comerlo ni beberlo, metido en una aventura de la que depende el destino del mundo, aunque a él le importa bien poco, pues generalmente estos personajes no muestran motivaciones claras (los cansinos Aragorn, Frodo, Harry Potter, John Carter… ¿qué demonios empuja a esta gente para sacrificarse tanto?) o, cuando las tienen, son pueriles. El aquí protagonista, Bek, quiere follarse a una joven atractiva (sobre todo gracias al invento egipcio del “wonder bra”…). Y para ello remueve cielo e infierno sin perder la sonrisa en ningún momento, supongo que porque está majara perdido. Lo acompaña otro rol-pasota de cuidado, el dios caído en desgracia que tiene que volver a encontrar algo por lo que vivir y abrazar la responsabilidad, en plan Disney total, incluyendo el giro final donde por fin ve la luz. El villano quiere caos y destrucción, porque… porque es un villano. Las mujeres son floreros, aunque una de ellas de vez en cuando mete mano en la historia; no se sabe muy bien por qué, resulta que tiene un brazalente-comodín que resuelve un par de escenarios. La aventura sigue el mismo esquema de siempre también. Un viaje lleno de magia, monstruos y acción que llegan en fila sin una cohesión clara (al estilo Furia de titanes e Ira de titanes), simplemente por el hecho de poner ante nuestros ojos secuencias supuestamente atractivas.

Pero de lo simplón a lo repelente hay, aunque sea, un paso, y Dioses de Egipto, aunque bordea la vergüenza ajena, para mí se salva por el simple hecho de que es consciente de ello, es honesta, al contrario que muchas de las citadas, que van de grandes épicas de aventuras y acaban haciendo el ridículo. Ya sea porque el guion coge bien el punto de aventura distendida sin relevancia o porque el director vio que esto sólo podía funcionar si se no se lo tomaba en serio, el desparpajo y la alegría con que se narra funciona a la hora de sobrevivir a sus nulas ambiciones.

Hay cantidad de diálogos cómicos, sencillos y tontorrones muchos, pero otros ingeniosos o al menos bien colocados, que salvan escenas que podían haber sido muy pobretonas y permiten que los flojos protagonistas tiren más hacia lo divertido que hacia lo cargante. La relación entre el humano de baja clase social y el dios que fue de los más poderosos se libra de caer demasiado en los clichés con un dinámica bastante graciosa. Secuencias que abrazan sin disimulo la comedia loca, como cuando van a pedirle al dios inteligente que los ayude a resolver el acertijo, reviven situaciones que parecían destinadas a ahogarse y arrastrarnos con ellas. Y el carisma de Nikolaj Coster-Waldau (Horus, el dios que acaba siendo bueno) y Gerard Butler (Set, el malo) también da un empujón extra a sus roles; el joven Brenton Thwaites como Bek en cambio no da la talla: una cosa es que la película no sea muy seria, otra que el prota parezca estar de fiesta. Con todo, gracias a esos diálogos chispeantes no resulta molesto a pesar de ser otro personaje principal hueco y olvidable que sumar al género.

Pero, sobre todo, la cinta se salva porque tiene un ritmo trepidante y un aspecto visual imponente que no dejan que aparezca el aburrimiento. El presupesto, sin ser estratosférico (140 millones contra los 200-250 habituales en estos tiempos en superproducciones), está bien exprimido en un trabajo que exige mucho del apartado de diseño artístico y efectos especiales. Toda escena está cargada de trucajes y digitalizaciones, y la combinación es bastante buena en general, con picos excelentes (los paisajes falsos, las armaduras); sólo se nota alguna limitación en alguna escena en la ciudad (algún edificio o pantalla de fondo se nota un poco), pero nada grave, y desde luego no como para echar pestes como han echado en muchas críticas. ¿Pero qué película han visto? ¿Y esta misma gente alababa la escasa calidad de los efectos especiales de obras con más presupuesto, como El Hobbit? Las luchas contra diversos monstruos o dioses ofrecen escenas de acción más que decentes, y más sabiendo lo saturados que estamos de este tipo de cine. Alex Proyas huye de trucos baratos, como meter lluvia y oscuridad y agitar la cámara, y logra momentos bastante épicos, como la pelea contra las serpientes gigantes. Para rematar, la banda sonora de Marco Beltrami en plan Jerry Goldsmith es bastante potente.

Así pues, Dioses de Egipto, dentro de la fantasía y acción de usar y tirar, me ha parecido más digna que muchos títulos que incomprensiblemente alcanzan más éxito. Eso sí, también cabe preguntarse de nuevo por qué ese empeño en que un entretenimiento ligero tiene que partir del guion más básico y tonto que encuentres.

Kong: La Isla Calavera


Kong: Skull Island, 2017, EE.UU.
Género: Acción, fantasía.
Duración: 118 min.
Dirección: Jordan Vogt-Roberts.
Guion: Dan Gilroy, Max Borenstein, Derek Connolly, John Gatins.
Actores: Tom Hiddleston, Samuel L. Jackson, Brie Larson, John C. Reilly, John Goodman, Corey Hawkins, Jason Mitchell, Shea Whigham, Toby Kebbell, Eugene Cordero, Thomas Mann.
Música: Henry Jackman.

Valoración:
Lo mejor: Es una obra con personalidad, tiene consciencia de que es un entretenimiento, una factura impecable y unos personajes carismáticos.
Lo peor: En la pelea principal de los helicópteros contra King Kong la verosimilitud cae por los suelos, y al menos a mí me fastidió la experiencia. El prólogo es completamente innecesario.
Mejores momentos: No sé por qué le han quitado el King. Por eso andará tan cabreado el mono.
La frase: Reconozco a un enemigo en cuanto lo veo -Coronel Packard.

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Godzilla me resultó bastante entretenida, aunque se atascaba un poco en los clichés típicos del género, pero lo cierto es que esta nueva versión de King Kong, destinada a formar una serie con ese otro monstruo, no me llamaba mucho, ni siquiera contando con que los avances prometían al menos un aspecto visual potente. Pero como suele pasar, he acabado viéndola… y me ha sorprendido gratamente, he encontrado una superproducción que define a la perfección lo que debería ser el cine de acción comercial: con personalidad, consciencia de que es un entretenimiento, factura impecable y actores carismáticos en unos protagonistas más que decentes. Un par de semanas antes vi La gran muralla… y no hay color.

La introducción del misterio de la isla y los personajes que quieren resolverlo, más la unión del resto del equipo, la despachan rápido, que ya conocemos la historia y para colmo en los tráileres para variar nos han reventado más de la cuenta. Y aun así no sabe a precipitado, de hecho consiguen concretar las características de cada rol sin dejar la sensación de que cumplen con desgana con los estereotipos. Llegamos a la isla en un visto y no visto y entramos en materia sin rodeos innecesarios. Muchas películas hubieran perdido el tiempo posicionando personajes y relaciones, pero esta ha caído en manos de unos guionistas más hábiles, y las van desgranando poco a poco incluso entre las escenas de acción.

El grupo no es deslumbrante pero sí la mar de interesante. Reconoces quién es quién, más o menos intuyes cómo reaccionará cada uno, y siempre sabes dónde se encuentran, a pesar de estar muchas veces separados. Es cierto que su recorrido emocional es tirando a nulo, pero tampoco hacía falta que vivan un proceso de aprendizaje o que superen un drama psicológico, algo a lo que se aferran sin justificación clara en demasiadas cintas de acción. Como mucho se puede criticar que de algunos podrían haber sacado un poco más, en plan que sufrieran y se esforzaran más, pues a veces parece que tiran para adelante sin sudar mucho. Pero con el carisma logrado con la combinación de unos diálogos muy inspirados, llenos de humor, y unos actores de calidad, se perdona bastante.

Queda claro que el explorador (un estupendo Tom Hiddleston) está bien curtido en su trabajo y sin él se aburre, igual que el militar (Samuel L. Jackson), que además arrastra la obsesión con una guerra no acabada. Es evidente que el antibelicismo mueve a la fotógrafa, y esto resulta esencial en algún momento, aunque se podría decir que con un talento como Brie Larson podrían haber reforzado un poco más la parte dramática. El tesón y entusiasmo de los que dirigen la investigación (John Goodman, Corey Hawkins) es palpable, y Goodman como siempre se come la pantalla, aunque su destino es un tanto extraño. Hasta los secundarios tienen una personalidad tangible, no son maniquíes destinados a morir… Bueno, en realidad con estos hay dos excepciones, dos individuos que no aportan nada: la cuota-asiática encarnada por Tian Jing (vista recientemente también en La gran muralla) y la cuota de empresario cargante a la que da vida John Ortiz; por suerte su presencia es anecdótica y no molestan. Pero el que termina resultando más interesante es el menos esperado, el náufrago encarnado con entusiasmo por John C. Reilly, cuyo punto de locura, sin excesos tontos como cabría esperar en el cine comercial contemporáneo, es tronchante y no impide que resulte una figura muy humana.

Debo matizar que la entrada en la isla tropieza un poco, pues la primera gran escena es bastante espectacular pero lo cierto es que me dejó frío. La aparición de King Kong derribando helicópteros es imponente en lo visual, con una orgía de destrucción bastante intensa, pero en la verosimilitud hace agua por todas partes. Para empezar, tenemos los helicópteros que se multiplican (se cuentan seis despegando del barco, pero en el aire se materializan trece), luego te tiras un rato preguntándote para qué llevan tantos… Al final está claro que es para usar como carnaza para tratar de lograr una secuencia de proporciones épicas, pero podían haber disimulado un poco, que no hay personajes y currantes del proyecto para llenar tantos. Y, sobre todo, no hay quien se crea tanta incompetencia en unos militares veteranos, cuya estrategia de ataque es acercarse en línea recta al simio y disparar, lo cual hacen sucesivamente a pesar de que ven a sus compañeros caer uno detrás de otro.

Por suerte, a partir de ahí no hay ningún momento que rechine, sino todo lo contrario, se saca gran partido del escenario incluso teniendo en cuenta que hay bastantes situaciones nada novedosas, pues ya hemos visto muchos filmes de monstruos. El director Jordan Vogt-Roberts obtiene un espectáculo de primer nivel, y todo ello sin abusar del efecto especial en una película que, por narices, los tiene en casi cada plano. La puesta en escena deja ver muy bien los golpes y la reacción de los personajes, y a la vez transmite la sensación de caos y destrucción, todo ello sin borrones, sin agitar la cámara más de la cuenta, y como digo sin abusar de las digitalizaciones o logrando que estas no se noten. Cualquier otro en estas circunstancias habría volado con la cámara sin ton ni son por todas partes, pero este realizador sabe siempre dónde poner el objetivo para transmitir la impresión de que estamos viendo una situación real incluso cuando sólo los colosos se zurran. Pero además tiene tiempo de esforzarse buscando la belleza, y de paso también el homenaje, pues Apocalypse Now viene a la mente en varias ocasiones. Sí, hay algún plano-vacile descarado (esos protagonistas posando con el horizonte al fondo), pero en general, para ser una cinta de acción, resulta asombrosamente delicada y hermosa en su fotografía.

No sé cómo Vogt-Roberts llamó la atención del estudio para encabezar un proyecto de este tamaño, pues en su haber no tiene ninguna obra de gran calibre, sólo unas pocas series desconocidas. Pero el acierto ha sido muy llamativo. Como Gareth Edwards con Godzilla, ha deslumbrado como hacedor de grandes espectáculos, y su carrera habrá que seguirla con atención.

Por supuesto, hay que alabar también el titánico esfuerzo del equipo técnico. Los efectos digitales son abrumadores, estamos en la liga que sólo unas pocas series con enorme apoyo detrás (presupuestario y empresarial) alcanzan, como Los Vengadores, Transformers y las nuevas entregas Las guerra de las galaxias. Impecable es decir poco. Seguro que hay infinidad de planos de la isla que son falsos, pero no se nota nada. Los animales son impresionantes, parecerían reales si no fuera porque su diseño fantasioso los delata. Los momentos más difíciles, como la batalla de Kong con algún otro monstruo en zonas de agua, son alucinantes, la conjunción de paisajes, actores, agua y criaturas es perfecta. Vuelvo a comparar con el otro taquillazo de la temporada: qué cutre resultaron los efectos especiales de La gran muralla y qué mal estuvo su director aunque tenía muchísima experiencia.

Eso sí, le faltan algunas puntadas para el notable. Se echa de menos algún escenario más original y sacar más provecho de unos personajes con potencial, y se podían haber resuelto mejor algunas partes. El prólogo sobra por completo, es anticlimático y evidente. Encontrarse al piloto sin más hubiera sido una buena sorpresa (o no, viendo que en los avances te cuentan todo hoy en día). La batalla principal con los helicópteros ya la he mencionado: podría haber sido mejor sin forzar tanto la cosa. Por otro lado, la selección musical está muy trillada, y aunque funcione porque son buenas canciones, podían esmerarse en sorprender un poco; aparte, hay demasiadas, un par de numeritos musicales sobran. En cuanto a la banda sonora original, tampoco se han esforzado mucho, al contrario de lo visto en Godzilla, donde eligieron a uno de los mejores compositores del momento, Alexandre Desplat, y dejaron que trabajara a gusto. La labor de Henry Jackman es bastante básica, rudimentaria, cumple con lo que le piden y ya está.

En resumen, Kong: La Isla Calavera tiene personalidad, estilo y calidad suficientes para considerarla una buena película, algo que en el cine comercial actual, lleno de títulos mediocres, es bastante sorprendente. Sin embargo, creo que su tono de aventura desenfadada está siendo tomado por algunos espectadores como “es tonta y cutre”. Eso se le puede aplicar a La gran muralla, que resultaba irrisoria por la cantidad de estulticia que emanaba de su guion y la puesta en escena fallida, pero no aquí, donde son conscientes de la fantasía excesiva que tienen entre manos y exprimen el factor entretenimiento con sabiduría. Quizá es que han sido demasiado sutiles. Por ejemplo, el rol de Samuel L. Jackson es criticado como acartonado, simple o estúpido, cuando a mí me parece evidente que buscan una hipérbole, una vuelta de tuerca al estereotipo: es tan exagerado como toda la aventura, y su decisión final deja claro que lo sabían y se están riendo de ello.

Ver también:
Godzilla.

Logan


2017, EE.UU.
Género: Acción, drama, fantasía.
Duración: 137 min.
Dirección: James Mangold.
Guion: James Mangold, Scott Frank, Michael Green.
Actores: Hugh Jackman, Patrick Stewart, Dafne Keen, Boyd Holbrook, Stephen Merchan, Richard E. Grant, Elizabeth Rodriguez, Eriq La Salle.
Música: Marco Beltrami.

Valoración:
Lo mejor: El tono adulto, descarnado y trágico. Los actores. La puesta en escena.
Lo peor: Altibajos en el ritmo, villanos pobretones. Había potencial para más.
Mejores momentos: Las primeras escenas de la niña en el escondite de Logan. La escapatoria. El giro en la granja.
La frase:
1) ¿Pero qué cojones? -Logan.
2) -Xavier: Necesitan nuestra ayuda.
-Logan: Alguien vendrá.
-Xavier: Alguien ha venido ya.

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Alerta de spoilers: Presento la premisa, que supongo sale en los tráileres, y sólo menciono un detalle concreto: revelo el contrincante que se guarda en la manga el villano, pero no me parece especialmente relevante ni revelador.–

Después del éxito de Deadpool, que se atrevió en los tiempos que corren a ser una película comercial medio adulta, decidieron darle un tratamiento semejante a la siguiente entrega de Lobezno, a ver si así conseguían atraer más al público después de los dos flojos intentos anteriores. ¿Trabajarse el guion y la continuidad de la serie? Noooo, mejor tirar de una triquiñuela comercial. Pero está claro que funciona, porque la expectación creada, a pesar de los bandazos de la saga (el último con la aburrida X-Men: Apocalipsis) y de la baja calidad de los capítulos centrados en este personaje (X-Men Orígenes: Lobezno y Lobezno: Inmortal), todo el mundo se ha vuelto a dejar llevar por la expectación y las esperanzas. Pero mira tú por donde, esta vez ha habido sorpresa, y bastante grande.

Para empezar, el tratamiento adulto ya no es a medias. En Deadpool cumplían con cuatro tacos y cuatro tiros con algo de sangre, no había más violencia ni asomaba una trama especialmente seria y dura. En Logan recuperamos por fin la esencia del cine de acción y ciencia-ficción de los ochenta: las historias de peleas, tiros y supervivencia al límite requieren visceralidad y un drama impactante, no la simplificación que obliga la restricción autoimpuesta en estos tiempos debido a que la franja de público de 13 a 18 años es muy golosa. Logan es un relato sucio, agresivo, trágico e incluso obsceno, hasta el punto de llegar a ser desagradable en algunos momentos. Y no en el sentido de quejarse por ello, sino en el positivo: te remueve por dentro, estás casi toda la proyección sumido en una tensión angustiosa, te recuerda que el cine puede transmitir emociones muy intensas más allá de la diversión pasajera. Aparte, el despliegue de palabrotas y maldiciones aporta un humor bruto que también se echaba de menos (hoy en día encontramos rarísimas excepciones, como la obra de Quentin Tarantino, en especial Los odiosos ocho).

El ambiente inicial es melancólico. Se siente la pérdida de los amigos, de una vida mejor, y además se logra mediante un trasfondo sugerente, no se da todo mascado como suele ser habitual (me cansan esos típicos prólogos ñoños y flashbacks reiterativos). El pasado más o menos reciente de Logan y Xavier se señala sutilmente, sin llegar de hecho a concretar del todo. No hace falta más para exponer su pesadumbre y remordimientos. Y la llegada de problemas nos regala muchos tramos donde se sufre mucho con ellos y con la niña, Laura: te duele cada herida física y psicológica. Así, la intriga por su porvenir, el interés por ver si escapan de su miseria y tormento, te mantiene absorto y con el corazón en un puño.

Más que el guion, es la puesta en escena la que consigue esta excelente aura malsana y aciaga. Las luchas cuerpo a cuerpo recuperan esa intensidad y violencia ochentera a lo grande, todo golpe es contundente y deja marca, las heridas sangrientas reflejan la desagradable realidad, de forma que cada pelea resulta más impredecible y amenazadora: esta podría ser la última. Corramos un tupido velo sobre los ejércitos de peleles que caen como moscas mientras aplaudimos los efectos especiales. Aquí sudas, te encoges, y respiras de alivio. Y esto último no siempre, porque anunciaban el capítulo final en la historia de Logan, y aunque sabemos que siempre pueden hacer más entregas yendo al pasado, por más que los intérpretes de Xavier y Lobezno digan que aquí terminan sus participaciones, el fatalismo, la sensación constante de tragedia inminente, está muy logrado.

James Mangold no se prodiga mucho pero tiene algunos títulos muy interesantes donde muestra un buen talante como director, como Copland o El tren de las 3:10. Lo que me sorprende es que optaran por él a pesar de la tibia recepción de su aportación a esta serie, Lobezno: Inmortal. Quizá es porque, como señalé en su crítica, la sobriedad de su puesta en escena es lo poco que salvaba a la película. El resultado es digno de alabar, desde las intenciones de huir de un apartado visual con un despliegue de fantasiosos efectos especiales, al pulso que le imprime a la acción terrenal (peleas cuerpo a cuerpo y persecuciones). Pero sobre todo sobresale el tempo contenido (serio, sin artificios) a la hora dar forma al resto de la cinta, una combinación de western moderno (referencia a Raíces profundas incluida) y road movie estupenda. Cabe mencionar el inteligente uso de los escenarios: empezamos en los desiertos sureños, rodeados de la miseria y soledad de la zona, pero conforme avanzamos va apareciendo la naturaleza y la conexión humana (el capítulo de la familia granjera). El propio Xavier lo matiza innecesariamente, porque la bonita escena de la cena lo estaba dejando bien clarito: así tenía que ser la vida, no la mierda que vivimos. Hay bajones de ritmo, pero vienen del guion y eran difícilmente evitables. Unas veces no lo logra, como el receso explicativo del móvil y la pausa en el hotel, y otras sí sortea el problema: el clímax final se ve venir de lejos, pero lo exprime al máximo y logra gran fuerza dramática.

La música de Marco Beltrami potencia la idea del western, matizando muy bien la melancolía y puntualmente la rudeza de los momentos de acción. Y en estos últimos no se vende al estilo esperable de coros y orquesta que trata de saturar los sentidos con supuesta épica, sino que es fiel a la línea moderada y sombría, con un tono roquero muy acertado. Los efectos especiales destacan precisamente por no destacar: aunque como señalaba no sea una obra de elaboradas situaciones fantasiosas, sí hay bastante trabajo con lo digital, en especial a la hora de poner los rostros de los actores sobre dobles de acción. La perfección del truco está en que no se nota nada, de hecho he visto algún reportaje (mismo aviso de spoilers que he aplicado aquí) y sorprenden la de ocasiones en que recurren a ello sin que te des cuenta; recordemos los torpes inicios (por abuso innecesario cuando estaba claro lo mal que quedaba) de esta técnica en El Señor de los Anillos y las precuelas de La guerra de las galaxias. Sólo en un momento noté efectos digitales: en un par de planos del coche enganchado a la valla.

El trabajo actoral de los tres protagonistas principales es de primer orden. Patrick Stewart está estupendo como anciano desvalido y con la cabeza medio ida pero que se aferra a la esperanza. Hugh Jackman da todo de sí en una interpretación muy completa, pues combina lo físico y la contención: su sufrimiento interno se hace muy tangible. Y la chiquilla, Dafne Keen, es un portento de cuidado. Sólo tenía un papel en su currículo, una serie coproducida entre Espala y Reino Unido, Refugiados. Quizá con ella llamó la atención de alguien relacionado con la película, o quizá su agente estuvo atento y la envió al casting. El caso es que hay que celebrar que llegara a tener esta oportunidad… y la aprovechara tan bien. Igual que Jackman, tiene un papel exigente en el que se ha implicado con entusiasmo, y ofrece un registro asombroso, sobre todo a la hora de transmitir emociones únicamente a través de la mirada. Pero los secundarios no están tan efectivos. Boyd Holbrook (Narcos) no me parece mal actor, pero no pega en el rol de líder mercenario, es demasiado joven y guapo, y por más que se esfuerce no logra imprimir el talante cruel y temible necesario; si es que parece el becario del grupo. Stephen Merchant (Extras, Life’s Too Short, como guionista y actor) está bien como compañero de fatigas y secundario destinado a ser simpático, pero no logra impresionar, seguramente porque se podría haber sacado más del personaje. Y prácticamente no hay más, porque Richard E. Grant como el doctor misterioso cumple, pero su rol es puramente un objeto de la trama.

Y así llego a los problemas de la propuesta. En el factor emocional han logrado un peliculón y una rara avis en el género muy de agradecer, pero una vez analizada en frío se le ven algunas mejoras evidentes que le impiden alcanzar notas más altas y sin duda lastrarán un poco los revisionados. Hay ratos donde la férrea conexión se pierde, tramos donde el ritmo decae bastante o aparecen lagunas narrativas dignas de mención.

El argumento de que Logan pasa de todo y le cae esto encima es una clásica historia de aceptación, maduración y redención. Como siempre en estos casos, sabemos de sobras que acabará tomando partido y luchando, así que lo esperable es que el viaje sorprenda y el personaje llegue hondo. En esta ocasión han acertado de lleno, casi de sobresaliente, con la fuerza que desprenden los buenos, pero la conspiración y los villanos se quedan bastante atrás. En ninguno de los dos casos hablo de estar ante un guion mediocre, sino de cumplir con lo justo en una obra que funciona tan bien en otros aspectos que sabe a ligera decepción, deja la sensación de que había mucho más potencial que explorar. Se podría justificar con que no se puede tener todo, supongo, pero no lo comparto, ha habido películas de sobra que cuentan con villanos y/o monstruos enemigos que dejan huella en la memoria, y eso incluso teniendo muchos más protagonistas. Mad Max es el mejor ejemplo en estos tiempos. Si vamos a centrarnos en momentos clave de la vida del héroe, qué menos que ponerle una réplica de su nivel. Pero el militar privado o mercenario que va tras él no da el tipo, es un cliché que parece sacado de El equipo A: aparece en todas partes, molesta un poco, y lo reservamos para el siguiente capítulo de la cinta; el doctor que lidera el proyecto es otro un cliché, pero este más insustancial, sólo justifica la trama; y el monstruo final funciona porque las escenas de acción son imponentes, pero es también un objeto inanimado e intrascendente. Además, este último parece indicar que los realizadores saben que no llegan con el rival, sea porque han pasado de currárselo o porque no han sido capaces, y optan por un recurso muy facilón, el de usar un clon de Lobezno para que transmita una sensación de familiaridad y de tensión simple y directa: como conocemos sus poderes, sabemos que el Lobezno real, viejo, herido y agotado, se ve superado. Se podría decir que su entrada en escena provoca un buen shock, pero también que es sensacionalismo barato, y que en general hubiera funcionado mil veces mejor unos enemigos mejor dibujados, cuya personalidad resultara a la vez irresistible e inquietante.

En cuanto a la trama, la conspiración va con la serie, que siempre ha tratado la manipulación de facciones y gobiernos sobre la población (aparte de otros temas, como la integración y demás), así que le puedo perdonar inicialmente que mantenga un nexo en común aunque sea algo muy trillado. El problema es que a pesar de ser un pilar fundamental no da mucho de sí, primero, porque sus líderes son estereotipos muy vistos, segundo, porque se desarrolla con menos pegada de lo deseable. De nuevo, si la aventura versa sobre Xavier, Logan y Laura tratando de sobrevivir a estas gentes y este complot, qué menos que lograr una conexión más sólida. Pero resulta que cumplen con la intriga con desgana, acordándose de ella sólo cuando necesitan un motor que empuje el viaje de los protagonistas. Algunos recursos narrativos un tanto torpes magnifican esa impresión, como ese móvil que explica el asunto poco a poco y con el vergonzoso el momento en que se agota la batería para forzar la intriga y cambiar de registro para no aburrir. ¿De verdad no había mejor forma de explicar los orígenes de los chavales y de justificar la historia de supervivencia que un relato tan sobado y de tan escasa profundidad?

Por suerte, esas carencias no son extremadamente graves, y en su equilibrio global sus virtudes deslumbran tanto que Logan no es sólo una gran experiencia, sino una película que hacía mucha falta y que con suerte reescribirá un poco tendencia del cine comercial actual.

PD: Los temas de continuidad, después del desastre que se ha ido generando y explotó del todo con Días del futuro pasado, como el cómo recupera las garras de adamantium después de Lobezno: Inmortal y las discrepancias de edades (Caliban aparece en los años ochenta –Apocalipsis– y aquí sin envejecer), mejor pasarlos por alto.

Ver también:
X-Men.
X-Men 2.
X-Men: La decisión final.
X-Men Orígenes: Lobezno.
Lobezno: Inmortal.
X-Men: Primera generación.
X-Men: Días del futuro pasado.
Deadpool.
X-Men: Apocalipsis.

La gran muralla


The Great Wall, 2017, EE.UU., China.
Género: Aventuras, fantasía, cine cutre.
Duración: 103 min.
Dirección: Yimou Zhang.
Guion: Carlo Bernard, Doug Miro, Tony Gilroy, Edward Zwick, Max Brooks.
Actores: Matt Damon, Pedro Pascal, Tian Jing, Andy Lau, Hanyu Zhang, Willem Dafoe, Lu Han, Kenny Lin, Eddie Peng.
Música: Ramin Djawadi.

Valoración:
Lo mejor: El vestuario es alucinante. El carisma de Pedro Pascal.
Lo peor: El guion es vergonzoso, la puesta en escena horrenda, los actores se encuentran evidentemente incómodos, excepto el recién citado.
“Mejores momentos”: El tipo trabajando en la cocina con la armadura puesta. El protagonista que no quiere saltar desde las alturas… y salta desde las alturas.
La traducción: Se pasan toda la película diciendo “pólvora negra”, y me da que lo correcto sería “polvo negro”.

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Alerta de spoilers: Supongo que hay spoilers, pero es que, como indico en la crítica, en cuanto se expone cada elemento sabes cómo se va a desarrollar todo.–

Ni con las expectativas al mínimo esperaba algo tan espantoso. Iba con la idea de ver una de acción tonta pero divertida, deseando que estuviera más en la onda de Independence Day (1 y 2), Hércules o Furia de titanes, es decir, un entretenimiento consciente de sus limitaciones y que va al grano explotando el divertimento, que en la de cagadas como El destino de Júpiter, Warcraft o John Carter, desastrosas por su narrativa caótica y torpe y lastradas un poco más por su obtusas pretensiones. Hasta obras hipertrofiadas e infumables como algunas entregas de El Señor de los Anillos, El hobbit y Piratas del Caribe (aunque sigo intentando entender su éxito entre el público), como El retorno del rey, Un viaje inesperado, La batalla de los cinco ejércitos y En el fin del mundo, casi parecen buenas épicas de aventuras al lado de esta. Sólo En mareas misteriosas se le acerca, y por aburrida y plana más que por ser ridícula; tengo que remontarme hasta Eragon para encontrar un nivel de vergüenza ajena semejante en el cine comercial de alto presupuesto, y sólo aberraciones como 10.000 la superan. Lo único bueno que puedo decir es que me han entrado ganas de recuperar El guerrero nº 13 y Master and Commander, las últimas grandes películas de aventuras.

En La gran muralla no parecen haber rodado con un guion detrás… pero tampoco con un director. Da la impresión de que a los pobres currantes les han contado el argumento y los han dejado a su aire para grabar como pudieran las escenas que encajaban en él; que hay que comer, oye. Sólo así me puedo explicar la chapuza narrativa, la nula progresión dramática, la trama sencilla pero destartalada y los personajes totalmente huecos. Sólo así se entiende que el repertorio de clichés y estereotipos, incluso en una época de escasez de originalidad e intelecto, sea tan abrumador, y en el mal sentido, porque acabé hastiado de tanta necedad en sólo un par de escenas.

Y mira que si comprobamos los créditos vemos escritores conocidos: Edward Zwick (El último samurái, Resistencia), Carlo Bernard y Doug Miro (Narcos… aunque también Prince of Persia), y Tony Gilroy (serie Bourne, Rogue One). Pero el panorama ante el que nos encontramos es desolador. Es como si hubieran pasado los Tauntaun, no perdón, los Taotie, y hubiera dejado solo los restos de una película y no hubiera sido posible recomponerla entera, quedando sólo un endeble armazón, un resumen tosco. La historia del héroe que se encuentra ante un pueblo oprimido y decide ayudar es un relato primigenio en la imaginación del hombre. La lógica dice que, si vas a tomar un argumento tan trillado, aportes algo distintivo o al menos hagas un esfuerzo para que el conjunto resulte lo suficientemente sólido como para aguantar el tipo. Usar a los monstruos como azote de estas gentes no es especialmente novedoso, pero con el tema de la muralla y la compleja organización del ejército y sus métodos de lucha desde luego parecía haber una margen para más. Pero, como digo, se limitan a lo más básico y lo empalman todo de mala manera. Apenas hay coherencia en un conjunto en precario equilibrio sobre unos pocos tópicos, y desde luego no hallamos ni una pizca de identidad propia o personalidad, de inteligencia y originalidad en toda la aventura, sus habitantes y sus diálogos. La simplificación y banalización de cada elemento llega a niveles inclasificables.

Tenemos el héroe responsable y el colega simpático y alocado más predecibles que puedas imaginarte. Soportamos a generales serios y rígidos… en el sentido de que son puro aburrimiento. Nos dicen que debemos enamorarnos de la chica dulce y atractiva… y aunque por suerte la ponen luchando, no siendo objeto de la misión del hombre, es insustancial también. Y aparece Willem Dafoe como recurso de la historia de la fuga, porque ni llega para denominarlo personaje. Si su definición y posición inicial es realmente vulgar, no esperes que vayan a remontar. Con todos sabes lo que va a ocurrir, lo que van a hacer, en cuanto empieza su nueva escena o nuevo tramo de la historia. Cuando el protagonista dice “Yo llevaré el imán”, ya intuí todo lo que iba a pasar.

Cada situación llega de sopetón, todo se desarrolla a trompicones, con explicaciones metidas con calzador. Ahora toca un ataque para exponer algo sobre la muralla o la naturaleza de los bichos, ahora un receso para romanticismo, ahora otro ataque sin sentido para que la heroína ocupe su lugar, ahora otra pausa para que el héroe se integre, ahora otro ataque para que el colega intente escaparse… Pero por todos los demonios, ¿es que no sois capaces de narrar algo que no sea de forma lineal, no sois capaces de unir dos capítulos mediante una transición tangible y atractiva? Y que conste que dejo de lado asuntos como por qué no usan las cuchillas de la muralla desde el principio en vez de descolgar gente que sólo sirve para carnaza, porque bueno, es efectismo barato sin más, una nimiedad comparada con el resto.

Esta catástrofe de estructura narrativa llega a límites inauditos con el cachondeo que hay con el héroe: en cada episodio enfrenta el dilema de si unirse a la lucha o no, y en cada uno de ellos pasa de rehuir de todo a unirse a ciegas sin más, para en el siguiente habérsele olvidado por completo su determinación. Aunque lo lógico es que el protagonista decida o madure al final, tras una evolución escalonada, una transformación según los eventos calen en él, todo ello expuesto con más o menos acierto (en el cine contemporáneo prima lo segundo), aquí estamos hablando de un nivel tan bajo de calidad que el estereotipo es lo único que tienen para ofrecer, y el pobre Matt Damon enfrenta el dilema como siete veces, en algunos casos con una dejadez vergonzosa, como cuando se enfrenta a la persecución y batalla final (al montar en el globo), donde se da la vuelta porque no quiere ir, pero entrecierra los ojos por la razón que sea y… zas, ve la luz y decide participar, o cuando, tras decir claramente que no va a saltar la muralla para luchar porque no confía en nadie, lo hace en modo suicida sin plan alguno y, atención, esperando que los demás respondan a sus acciones con plena confianza.

Los diálogos son entre sonrojantes y delirantes. Para empezar… ¿Que los distintos idiomas nos molestan porque tendríamos que trabajar un poco más en el guion y el rodaje? Pues hacemos que todos hablen inglés con todo el descaro del mundo. Y a partir de ahí el repertorio de sentencias cortas tan superficiales y evidentes como anodinas es asombroso, como si estuviera hecho a propósito para dar risa.

-¡Ahí está la reina!
-¡Ella los dirige!

Ovación en la sala.

Estoy convencido de que los tres o cuatro chistes medianamente graciosos que salen de boca de Pedro Pascal son improvisados, porque están a un nivel muy superior al resto de sandeces que vomitan los demás actores sin creérselo. En esto empezamos por Matt Damon, inerte, inexpresivo, aburrido, como si no estuviera a gusto; es engullido por Pascal de principio a fin, y eso que en la campaña publicitaria no parece existir. Los chinos, ninguno con carisma, en especial la chica, que para variar no pega en el personaje: demasiado joven, bella y limpia para ser verosímil en un escuadrón de élite de un ejército.

Para rematar, me temo que en lo visual no está a la altura tampoco. Salvo por el extraordinario vestuario, con unas armaduras y armas deslumbrantes, nada luce como se espera en una superproducción de 150 millones de dólares. Los decorados son muy parcos, un escueto cacho de muralla, un par de habitaciones y un salón; el único escenario destacable llega al final con la sala del emperador en el palacio, pero aparece brevemente, así que no sé para qué gastan el dinero donde no deben. Los efectos digitales son de serie b: la muralla y los ejércitos de monstruos cantan un montón; las criaturas vistas desde cerca son bastante mejores, pero tampoco impresionan. Y no lo entiendo, había recursos de sobra, estaba implicada la veterana ILM (Industrial Light & Magic), y la industria del cine china no es novata en grandes despliegues de decorados. Por ello, el contraste con el sobresaliente vestuario es muy llamativo (y por cierto, no podía dejar de pensar en una adaptación a imagen real de Los caballeros del zodíaco). En cuanto a la música, Ramin Djawadi ofrece una partitura en su línea: ritmos simples y repetitivos que parecen sacados de una lista de temas pregrabados; quizá no da más de sí… aunque viendo el estado musical del cine comercial, me da que es lo que le piden, y es otro que se gana su jornal y ya está.

Resulta que al final sí había un director tras las cámaras: Yimou Zhang. Por todos lados vendían que era un gran realizador, un destacado artesano a la hora de lograr películas épicas y hermosas. Desde luego, Hero, La casa de las dagas voladoras, La linterna roja y otras tantas de su currículo tienen mucha fama. Pero se largaría antes de empezar a rodar, digo yo. Lo que se ve aquí es torpeza, nula visión de conjunto, mala escenificación, fallida relación entre lo manual y lo digital, y pésimo trabajo en postproducción. De hecho el montaje es de lo peor que he visto en el gremio, así que las batallas, hipertrofiadas y absurdas fantasías (atención a las cuerdas elásticas), resultan un galimatías de planos mal cortados y unidos. El director no sabe dónde poner la cámara, las escenas son todas iguales, y cuando hay jaleo se pierde por completo. Si el grueso de la aventura se va a desarrollar en una parte de la muralla, qué menos que recrearla bien… Pero el decorado es pequeñísimo y se combina fatal con lo digital; cuando salimos de un limitadísimo plano fijo de frente parece que estamos ante un videojuego. En serio, ¿a dónde fue el presupuesto? ¿A pagar el centenar de traductores que tuvieron que mantener para llevar el día a día del equipo mixto de chinos y estadounidenses (no me invento la cifra)?

Hablando de dinero, las primeras estimaciones del estreno daban 75 millones de dólares en pérdidas, aunque por suerte repartidos entre varias productoras. Esto supone un gran varapalo para las intenciones de unir los mercados estadounidense y chino, aunque claro, si esas intenciones implicaban únicamente películas de este tipo, pues más bien hay que alegrarse.

Rogue One


Rogue One, 2016, EE.UU.
Género: Acción, aventuras, fantasía.
Duración: 133 min.
Dirección: Gareth Edwards.
Guion: Chris Weitz, Tony Gilroy, John Knoll, Gary Whitta.
Actores: Felicty Jones, Diego Luna, Ben Mendelsohn, Donnie Yen, Wen Jiang, Guy Henry, Alan Tudyk, Riz Ahmed, Forest Whitaker, Mads Mikkelsen, Genevieve O’Reilly, Alistair Petrie.
Música: Michael Giacchino.

Valoración:
Lo mejor: Apartado visual inconmensurable. Banda sonora magnífica. Historia muy atractiva con infinidad de grandes momentos.
Lo peor: Algún estereotipo cargante con personajes secundarios. Unas pocas frases explicativas innecesarias.
Mejores momentos: La gran batalla. El épico y trágico final que enlaza con Una nueva esperanza.
El plano: La Estrella de la Muerte apareciendo tras un destructor. La silueta de la Estrella de la Muerte sobre el horizonte.
El título: ¿Qué costaba llamarla “Rebelde Uno”? Además para variar llega a España con una coletilla: Rogue One: Una historia de Star Wars. Por no decir que ahora se empeñan en que sea Star Wars en vez de La guerra de las galaxias
La traducción: “Stardust” lo traducen como “Estrellita”, que resulta demasiado obvio. Pero hay que decir que tampoco era fácil: “Polvo de estrellas” como que no; “Lucero” quizá hubiera sido mejor, pero también suena un poco raro.
Las frases:
1) -Gerrera: ¿Puedes soportar ver la bandera imperial reinar por toda la galaxia?
-Jyn: No es un problema si no miras hacia arriba.
2) He colocado una debilidad, bien dentro del sistema. Una falla tan pequeña y poderosa que nunca la encontrarán. -Galen.

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Alerta de spoilers: Intento no dar datos concretos y ser ambiguo, pero al hablar a fondo de la temática y la narrativa termino describiendo partes del argumento, así que si quieres verla completamente en blanco quizá sea mejor no leerme.–

Rogue One es una cinta bastante completa, toca varios géneros (aventuras, bélica, comandos…) y aborda diversas temáticas (guerra, dictadura, rebelión, terrorismo, ideales, redención…), y todo ello sin agobiarse con las restricciones impuestas (ser fiel a la serie -estilo e historias-, ser taquillera), de hecho es asombroso que nos ofrezcan una obra relativamente oscura y adulta, algo difícil de ver en estos tiempos donde se quiere abarcar todo el grupo de espectadores posibles, y más aún si tenemos en cuenta que estamos en manos de Disney, y los jóvenes e incluso niños son primordiales en su estrategia comercial. Rogue One rivaliza con El Imperio contraataca a la hora de describir un ambiente opresivo, fatalista, con calamidades inminentes a la vista. De hecho, guionistas y director idearon inicialmente un final feliz, convencidos de que no les iban a dejar reflejar el desenlace dramático que el relato exigía, tanto por argumento como por continuidad.

Comienza como una película de grupo, un concepto narrativo básico pero difícil de evitar, pues la propia realidad se mueve muchas veces por la unión de personas dispares con un objetivo común. El pionero en ver su potencial en una época en que los protagonistas solían ser héroes solitarios fue el gran Akira Kurosawa, con Los siete samuráis (1954). Recordemos que Lucas también se inspiró en su legado para Una nueva esperanza (en concreto en La fortaleza escondida, 1958), así que no es un referente nuevo en la saga. Pero más que de la estela potenciada luego por Los siete magníficos (1960), la presente bebe de la rama centrada en conflictos bélicos, como Doce del patíbulo (1967) y Los violentos de Kelly (1970): convictos, renegados o desertores embarcados, en medio de una guerra, en una misión con un futuro muy negro.

Poco a poco vamos conociendo a cada integrante de esta banda que, en tiempos más estables, tendrían vidas muy diferentes y separadas. En principio temía que Jyn se pareciera demasiado a Rey, la protagonista de El despertar de la Fuerza. Pero ni es la protagonista absoluta ni resulta un carácter simple, como tampoco lo fue Rey, pero sobre todo no se parece en nada a ella en personalidad y recorrido aunque su odisea parta de una separación violenta. Esa tragedia en la infancia forjó en Jyn Erso una personalidad huidiza, vive improvisando día a día su supervivencia y libertad, huyendo del dolor que significaría pararse a pensar y luchar. El resto del universo le importa un bledo, no cree en nadie ni en nada. Pero las circunstancias actuales la llevan hacia un camino donde debe replantearse sus miedos, convicciones e ideales. Felicity Jones había demostrado talento de sobras (La teoría del todo) además de experiencia (su carrera es bien larga), y expone bien esa personalidad derrotista que va ganando fuerza. Eso sí, en la comparación con Daisy Ridley (Rey), se queda bastante lejos de su arrebatadora interpretación.

En el otro lado del espectro está Cassian Andor, que en su primera escena es definido en un instante brillante como un veterano de la parte más dura de la rebelión: las misiones de infiltración, sabotaje, asesinatos… Su dilema interno se va exponiendo con una sutileza que ya querría George Lucas haber mostrado en las precuelas (o mejor: ya querríamos nosotros). Las nuevas órdenes le pesan cada vez más debido a la relación incipiente con sus compañeros, y los acontecimientos lo van dirigiendo hacia un punto de inflexión en el que tendrá elegir entre lo que se espera de él y lo que le susurra su conciencia. La única pega de una figura tan atractiva es que el actor Diego Luna no tiene el carisma y el registro necesarios, o el director no sabe guiarlo, para llegar a dar el personaje memorable que hay latente. A este lo acompaña el robot de turno, introducido sin duda porque hay que mantener el tono de la serie: un androide entre gracioso y pesimista, en la línea de C-3PO pero sin ser un clon descarado. Sin embargo, esta onda de chistes casi infantiles desentona un poco en el conjunto, y pocos me hicieron reír. Les ha faltado ingenio en sus diálogos, pero al menos dista de ser molesto como C-3PO y R2-D2 en las precuelas.

La introducción de los miembros secundarios del comando es también muy certera. En seguida sabes cuál el entorno en el que se movían y cómo este se ha visto afectado por el Imperio. Vuelvo a una comparación que hago mucho: ¿cuántas veces en el cine reciente hemos visto películas corales que sepan presentar a sus protagonistas adecuadamente? Mad Max: Furia en la carretera, Guardianes de la galaxia y para de contar. Hasta la versión nueva de Los siete magníficos, partiendo de las obras fundacionales del género, hizo bastante el ridículo (y no hablemos del desastre de Escuadrón suicida…). En Rogue One estamos rozando el cielo. La escena en que conocemos a Chirrut (el ciego) y Baze (el del arma gorda) vale su peso en oro: un diálogo de Cassian, un plano que los muestra al fondo en una pose muy descriptiva (sin nada que hacer, abatidos), más lo poco que conocemos de Jedha (la represión del Imperio), basta para conocer en un instante su situación. Y en la siguiente aparición ya los tenemos expuestos por completo y con un pie en la banda.

Pero me temo que lo de “por completo” es literal: ya no dan más de sí. El cielo no se alcanza, pues la historia personal de ambos no va más allá, se estanca demasiado en estereotipos un tanto vulgares. El tipo grandote y simpático con un arma tocha puede pasar porque tiene carisma aunque no aporte nada más, pero el asiático ciego experto en artes marciales está demasiado visto y parece fuera de lugar, hasta el punto de acabar siendo muy molesto. Además obedece demasiado a “la cuota China”, eso de meter subtramas de corte asiático (el actor además es famoso en el género de las artes marciales) para vender la cinta en aquel país. En seguida aparece también el piloto que busca redención por los remordimientos de haber servido al Imperio, pero su recorrido psicológico también es muy limitado, tiene un par aportes al grupo y ya está, quedando como un simple nexo de unión entre personajes y partes de la historia.

La trama global se va configurando de manera bastante dinámica. Los saltos entre planetas y ciudades exponen con celeridad y claridad el entorno, sus habitantes, y la pieza correspondiente del argumento. El más destacable, Jedha, tiene muchísima personalidad, con una historia y una vida tangibles como se espera en la saga. Como señalaba, este lugar y sus habitantes se retroalimentan: la dominación del Imperio, la cultura medio destruida, las gentes perdidas, la resistencia en plan terrorismo liderada por Saw Gerrera… Algunos espectadores se quejan de que esta figura aparece muy poco, de hecho parece ser que Forest Whitaker vio reducido su protagonismo. Pero para mí cumple su función de sobras. Es el mentor de la protagonista, el que la educa en sus primeros pasos y luego su ausencia la libera de ataduras, permitiéndole desplegar su potencial. Si hubieran remarcado más ese rol hubiera resultado con bastante seguridad otro estereotipo muy claro y muy repetido en capítulos previos. Pero muestran lo justo de ese aspecto y abordan otro que le otorga un aire renovado: es un terrorista, no un héroe, abordando así una cara menos idílica de la resistencia.

Esa descripción ambigua de la moral de la rebelión es lo mejor del filme. Lejos de la luminosidad con que nos la describía Lucas (hasta las naves eran de un blanco reluciente), aquí conocemos las distintas facetas que tiene una lucha armada. Aparte de ideales loables, de políticos inquebrantables y héroes que admirar, también hay generales curtidos que no dudan en doblar la ética en la búsqueda de la victoria, secciones que abordan directamente el terrorismo, fanáticos, gente quemada, políticos cobardes, ciudadanos que miran para otro lado… Y a pesar de este llamativo crisol la trama política se expone con inteligencia: la posición de cada grupo (ubicación, planes, recursos) queda bien determinada en todo momento, superando la falta de definición que lastraba el Episodio VII y el poco partido que Lucas sacaba en las precuelas a pesar de tener mucho más protagonismo.

La parte del Imperio también tiene su miga. El villano principal, Krennic, deja muy buena impresión, en gran parte por el entusiasta papel de Ben Mendelsohn. Este actor lleva en el mundillo desde los ochenta, pero hasta hace pocos años no empezó a hacerse notar en algún rol secundario que le permitía explotar su potencial: Mátalos suavemente, El Caballero Oscuro, la leyenda renace y, sobre todo, Slow West, donde estaba espléndido como bandido. Tiene entre manos un tirano clásico pero al que da vida con gran intensidad: la falta escrúpulos y la ambición desmedida lo convierten en una figura a temer. Pero esto es el Imperio, y hay más como él que le pondrán las cosas difíciles en la guerra sucia entre altos mandos. En cuanto a su relación con los buenos, es más bien tangencial (más de resultado de las acciones de ambos bandos que de choque directo), y los momentos en que se cruzan son desiguales. La relación con Galen es inquietante, pues como buen invasor fuerza una amistad que en realidad es una jaula. Pero el encuentro final con nuestros protagonistas es demasiado clásico, facilón, se hubiera agradecido algo más original e impactante.

Con tanto salto de escenario, algunos se han quejado de que el primer segmento de la cinta va a trompicones, pero no lo comparto, pues enseguida se observa que nada está puesto al azar, que no hay minutos desperdiciados sino que, como decía, todo se va presentando e hilando con cuidado. Es más, en un segundo visionado incluso me gustó más este tramo inicial, porque vi desde el principio el trasfondo de guerra y desesperación que está ahí latente hasta el gran clímax. Hay que sentar unas bases argumentales y generar una atmósfera emocional concreta, y aquí lo hacen bastante bien. Sí, podía ser mejor, sin ir más lejos El despertar de la Fuerza me absorbió por completo desde el mismo prólogo. Pero en líneas generales el primer acto cumple de sobras. Es el acto central, el nudo, el que no da la talla.

A la salida de Jedha se estanca un poco la narrativa, en la larga escena en Eadu el ritmo pierde fuerza y se torna a la vez caótico. Los autores nos llevan a un escenario que, por conjunción de acontecimientos, resulta previsible, y no logran conferirle un interés extra en los eventos ni en el desarrollo de caracteres que aproveche el receso y lance mejor la entrada del tramo final. Unos van muy despacio (los protagonistas enredando en la nave y andando por ahí) y otros demasiado rápido (el escuadrón de refuerzo llega instantáneamente, y de forma muy forzada quedan incomunicados para que la situación explote). Y sobre todo, la escenas de disensión en el grupo y la catarsis crucial que viven Cassian y Jyn carecen de la emoción y fuerza necesarias.

Por suerte, en cuanto entramos en el largo tercer acto el subidón es espectacular. La reunión de la rebelión para rehacer sus planes, o más bien toda su organización, es magnífica, expone un sinfín de elecciones y visiones del mundo, y los miedos que amenazan con deshacer la endeble unión quedan muy bien reflejados. Recordemos que en El despertar de la Fuerza había una reunión semejante y se saldaba precipitadamente. Con este buen nivel, la evolución y la toma de decisiones finales de los protagonistas, aunque inevitablemente predecibles, resultan también verosímiles. Y de ahí, a la memorable batalla final. Sin las salidas de tono infantiles de las precuelas, ni su puesta en escena saturada de colores y muñequitos digitales, sino con un sentido del espectáculo encomiable.

La dirección de Gareth Edwards no está exenta de polémica, pues hubo semanas adicionales de rodaje y el realizador Tony Gilroy tuvo una participación que no sabemos hasta qué punto llega (acabó acreditado como co-guionista) ni cuánto se relegó a Edwards. ¿Ha afectado al resultado final el mal endémico de las grandes productoras de Hollywood, o sea, meter mano y coartar la libertad de los autores, o han salvado los trastes? Es probable nunca lo sepamos con exactitud, pero la verdad es que de haber problemas dudo que fueran por la labor de Edwards, que demostró con Godzilla ser un director de primera en cuanto a superproducciones, sino con toda probabilidad del guion, en plan de seguir reescribiéndolo incluso durante el rodaje. Y desde luego este impecable acabado visual recuerda a Edwards y su habilidad para componer planos que combinan elementos de muy distinto tamaño, además del tono intenso y claro que imprime a los momentos de acción, lejos del estilo vago actual de cámaras en mano excesivas y borrones digitales. En un momento estamos hundidos el barro en la playa, en otro levantamos la cabeza para ver la amenaza gigantesca de los AT-AT, a continuación volamos entre ellos con el escuadrón de cazas; entre medio pasamos al frío y mortal espacio, donde la amenaza enemiga llueve por todos lados mientras la flota se esmera por hacer mella en las defensas; ahora saltamos a una incursión a la base improvisada desde la desesperación…

Sólo un detalle reincidente pone una tibia sombra sobre este gran clímax, y precisamente viene de parte del guion: las frases explicativas que sueltan los personajes son demasiado evidentes, antinaturales, secas. ¿De verdad había que matizar tanto las cosas? Que la trama no es complicada. Ese almirante que se explica como si fuéramos niños tontos, mirando además para abajo (al planeta) para que quede más claro aún con quién habla, ese general que casi mira a la cámara para recalcar que “hay que matar al objetivo”, como si no estuviera claro, la descripción repetida del lío de la antena, etc. Por lo general los diálogos son bastante correctos (aunque de ahí a la genialidad hay un buen trecho, claro), pero en ocasiones puntuales meten estos patinazos que pueden afearte un poco la conexión con los acontecimientos.

Quien pensara que por ser una entrega paralela iba a ser una película más pequeña se llevará un sorpresón al encontrarse tanto escenario recreado con una magnitud y un detallismo espectacular, más una batalla colosal, a la altura de El retorno del Jedi. El titánico esfuerzo del equipo artístico da resultados extraordinarios, destacando el realismo de Jedha o el impresionante resultado de la compleja batalla. Un diez redondo para vestuario, decorados y efectos especiales en sus distintas técnicas (sobre todo los digitales, y más en los personajes hechos por ordenador).

Y un notable alto para Michael Giacchino, que tuvo la difícil labor de sustituir tanto a John Williams (la avanzada edad le impide realizar estos esfuerzos), el gran maestro, autor del sello más reconocible de la serie, como a Alexandre Desplat. El francés era la primera elección para cualquiera, por ser sin lugar a dudas el compositor más dotado y versátil del momento, pero no pudo adecuarse al calendario cambiante y precipitado que rige el mundo de la música de cine. Giacchino era la segunda elección también para casi todo el mundo, dada la clarísima influencia de Williams en sus trabajos, aunque yo pondría en liza también a James Newton Howard. El caso es que se ha enfrentado a dos autores con un renombre y un currículo intimidantes, y además tuvo que componer, orquestar y editar a toda prisa. Si con esas nos ha regalado un trabajo excelente, qué hubiera hecho con más tiempo. Nos ofrece una versión de la marcha imperial soberbia, revisitaciones y reinvenciones estupendas de los temas de la rebelión y la esperanza, y un sinfín de inspiradísimos motivos de acción.

A lo largo del relato habíamos visto cantidad de referencias a la serie muy bien ubicadas (algunas incluso aparentemente innecesarias pero muy agradecidas, como la fugaz visión de la pareja del tipo deforme y el alien con aspecto de foca que Obi-Wan se carga en la cantina de Tatooine en Una nueva esperanza), pero el repertorio final es glorioso. Tenemos algunas muy escondidas (muere el piloto Rojo 5, el puesto que luego tomará Luke, y además hay apariciones de otros pilotos del Episodio IV, tomadas de metraje descartado del mismo), otras más claras (como es obvio se mantiene un entorno común: desde el robot negro que parece un coche teledirigido y hace un ruido muy característico, a los AT-AT), y como colofón final tenemos unas escenas que enlazan de forma inesperada y férrea con Una nueva esperanza, unas escenas que ponen los pelos de punta y cierran la película con ganas de aplaudir.

Hay que agradecer la genialidad que supone dar sentido a los dos únicos pero claros agujeros de guion que tenía Una nueva esperanza: la falta de una flota que diera guerra a la Estrella de la Muerte, y su punto débil tan inverosímil. Pero sobre todo hay que admirar la solución de continuidad tan cohesionada que han logrado, al contrario que Lucas, quien acabó La venganza de los Sith, a pesar de que tuvo un montón de años para pensar cómo unir las trilogías, con agujeros e incongruencias en cantidad. La única queja podría ser que hay demasiada mención a la Fuerza y los Jedi, en comparación con el aura de lejanía y misticismo que se les da en el Episodio IV. Pero esto más bien fue problema del propio Lucas, al hablar ellos como si hubieran desaparecido hace doscientos años y no veinte. Aun así es cierto que podrían haber tratado mejor el tema, pues parece que están empeñados en repetir cada dos por tres que es una entrega de La guerra de las galaxias. Por no decir que el amago de Jedi que hacen con Chirrut es confuso y mucha gente terminará pensando en que es un aprendiz de Jedi, o incluso que los poderes se pueden adquirir con fe y entrenamiento.

En cuanto al doblaje, este sale bastante bien parado en los actores principales y en la voz de Vader, donde el sustituto de Constantino Romero casi no se nota (y mira que yo soy muy quejica con estas cosas). Pero en algunos secundarios rechina demasiado: la voz de Chirrut y su acento marcado no convencen, pero es que la del piloto es muy histriónica, parece un doblaje de comedia.

En resumen, Rogue One, como película de grupo, se queda sin explorar todo el potencial que guardaba, pero en su trasfondo se iba exponiendo una obra bélica mucho más inteligente, una que en el tramo final explota a lo grande. Hay partes en las que el contraste entre ambas líneas se nota bastante. Conforme la trama bélica gran protagonismo conocemos a otros muchos personajes secundarios (generales, políticos, pilotos, soldados), unos con presencia breve, otros con más tiempo, pero los autores son capaces de dotar de cierta entidad a casi todos en pocos segundos y conseguir que nos interesemos por sus esfuerzos y, en el caso de haberlos, sus trágicos finales. Casi me apena más la muerte del líder del escuadrón que defiende al grupo de asalto desde el aire que la caída de varios del comando, con sus escenas largas tan típicas y artificiosas. Por ello pienso que le habría venido muy bien prescindir un poco del tono de aventura de grupo para embarcarse de lleno en una cinta bélica con numerosos individuos esparcidos por todas partes, en plan Un puente lejano. Un par de escenas menos para el asiático fanático, el robot tonto, el grandote y el piloto hiperactivo a la vez que se potencia a todos esos habitantes tan atractivos, se me antoja muy jugoso. Por supuesto, todo esto es especular sobre posibles cambios y mejoras, de forma bastante subjetiva además, y huelga decir que un guion mejor también nos vale para exprimir al máximo la opción del grupo reducido. En otras palabras, hablar de lo que habríamos hecho o deseado no lleva a nada. La película resultante es la que tenemos ante nuestros ojos, o la disfrutamos como tal o no, y pienso que tiene calidad de sobra como para que sus limitaciones no echen por tierra una gran experiencia.

Ver también:
La guerra de las galaxias, de George Lucas.