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La guerra de las galaxias: Episodio VIII – Los últimos Jedi


Star Wars: Episode VIII – The Last Jedi, 2017, EE.UU.
Género: Aventuras, fantasía.
Duración: 152 min.
Dirección: Rian Johnson.
Guion: Rian Johnson.
Actores: Daisy Ridley, Adam Driver, John Boyega, Oscar Isaac, Mark Hamill, Carrie Fisher, Domhnall Gleeson, Andy Serkis, Kelly Marie Tran, Laura Dern, Benicio del Toro, Gwendoline Christie, Anthony Daniels, Frank Oz, Lupita Nyong’o, Frank Oz, Joonas Suotamo, Jimmy Vee.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: Personajes excelentes y actores muy implicados. Algunos tramos muy intensos y emotivos: los centrados en Luke, Rey y Kylo. Aspecto visual como siempre impecable.
Lo peor: Un tramo central sin trascendencia ni garra, agravado por las intromisiones del estudio a modo de anuncios de muñecos y de panfletos ideológicos. Cierta falta de épica y fuerza dramática en global: quiere ser El Imperio contraataca y El retorno del Jedi y se queda más cerca de La venganza de los Sith: mucho potencial desaprovechado.
Mejores momentos: Poe distrayendo a Hux. Rey y Kylo Ren conectando sus mentes en varias ocasiones. La relación de Luke y Rey. Kylo abrazando su destino. La decisión de Luke, y el desenlace de la situación.
El plano: Un héroe solitario ante las máquinas de asedio. Los dos soles.
Las frases: El mejor profesor, el fracaso es -Yoda.

* * * * * * * * *

Alerta de spoilers: Destripo a fondo.–

EL FANÁTICO: MUCHAS ESPERANZAS Y POCA OBJETIVIDAD

Llega el Episodio VIII – Los últimos Jedi con demasiados ojos puestos en él, demasiadas esperanzas y sentimientos a flor de piel, porque es una saga muy querida por millones y millones de seguidores. Y su confección deja entrever demasiada industria detrás, lo que genera también miedo. En las precuelas nos quejábamos de que George Lucas fuera el único artífice de las películas, sin relegar ni pedir consejo como hizo en la trilogía original. Ahora nos hemos ido al otro extremo. Hay demasiadas personas implicadas, directivos, productores, encargados de márketing incluso, y autores varios saliendo y entrando según desavenencias con los anteriores, con lo que si no se dirige bien el proyecto la posibilidad de que una de esas manos implicadas no acierte con su visión se hace mayor.

Por todo ello, vi casi como un milagro que El despertar de la Fuerza saliera tan redonda, aunque fuera evidente que dieron el primer paso yendo a lo básico, a recuperar a los fans perdidos con las más o menos fallidas precuelas, y que Rogue One apuntara tan alto y fuera tan arriesgada. Pero en esta última ya se iba mostrando durante su creación más abiertamente la lucha de egos y los cambios de última hora. Y ahora mismo, el rodaje de la entrega sobre la juventud de Han Solo está siendo otro caos inquietante. Así que no sorprende que este Episodio VIII empiece a mostrar en su narrativa los efectos inherentes a esta forma de producir la serie. Se aglutinan varias películas en una: la Disney sección merchandising, la división cinematográfica, productores varios, destacando a Kathleen Kennedy como directora de orquesta con poder de veto, y el director y guionista de turno. Y con este último no sé si es una bendición que haya conectado bien con los productores, porque eso nos ahorra cambios e improvisaciones de última hora, pero también parece señalar que para agradar se bajó los pantalones, como se suele decir. Ahí están como prueba los anuncios de muñequitos insertados con todo descaro en medio del metraje. Así que da la sensación de que Los últimos Jedi podía haber sido mucho más pero choca con demasiadas barreras, y se va haciendo cada vez más grande también la sensación de que esta serie puede descarrilar en cualquier momento.

Para muchos lo hace en cada nuevo capítulo que se estrena, porque, como decía, es una serie muy arraigada en el corazón y de la que se ansía mucho. Así se está viendo de nuevo la pugna entre el fan que tiene montada su propia obra maestra en su cabeza y chocará con prácticamente cualquier cosa que vea, y el fan dispuesto a abrir su mente y darle una oportunidad. Entre los primeros hay dos extremos igual de equivocados: unos se llevan las manos a la cabeza ante cualquier innovación, considerándola sacrilegio, otros critican cualquier lugar en común como falta de ideas. “¡El final es lo mismo que Hoth, el planeta de hielo, en El Imperio contraataca!”, señalan los segundos. “¡Pero de dónde saca Luke esos poderes, esto no es La guerra de las galaxias!”, dicen los otros. Hay que intentar ir sin ideas preconcebidas ni prejuicios y quedarse en una posición más neutral y objetiva. El escenario del ejemplo es espectacular y tiene elementos de la serie bien usados (los nuevos AT-AT son imponentes), ofrece nuevos giros y, sobre todo, los personajes son muy distintos. En cuanto a la mayor polémica, la sorpresa con la proyección de Luke, resulta una evolución muy acertada de nuestro conocimiento de la Fuerza, una idea bien sembrada a lo largo de la película (Kylo se moja al conectar con Rey), y un desenlace épico y hermoso.

Dice el propio Mark Hamill que se ha sentido defraudado por el camino que ha tomado el escritor y director Rian Johnson, por cómo ha desarrollado a Luke Skywalker. Como muchos fans, esperaba lo más simple y facilón, un retorno del Jedi en plan maestro avezado, soltando espadazos y salvando la situación como un héroe impoluto, y siente como una ofensa que otros hagan versiones distintas a la que ha soñado. A los espectadores que van con esta actitud, si cualquier cosa los descoloca se aferran a ello para tratar de hundir toda la proyección, sin esforzarse lo más mínimo en dar un paso atrás para ver la perspectiva global, para comprobar si un supuesto error puede ser perdonado por la suma de sus virtudes, o incluso para cerciorase de que a lo mejor no es tan grave, o quizá de hecho sea una gilipollez. Con Luke son son incapaces de ver los enriquecedores y profundos giros que han planteado con el personaje, pero es que también señalan minucias como si fueran grandes transgresiones. Sirva el ejemplo más sangrante: ¿Pero cómo puede haber gente asombrada y cabreada porque Leia haga uso de la Fuerza? ¿Tan inconcebible es que en treinta años no haya entrenado un poco? ¿Por qué ese inmovilismo, esa idea de mantenerla como princesita que debe ser rescatada? ¿Qué tiene de malo esa escena, si es impresionante y dramática como otras tantas de la serie?

Asumir que Los últimos Jedi quizá no es un gran capítulo de la saga, que no es una obra maestra al nivel de la trilogía original, no implica darle un suspenso estrepitoso y aderezarlo con aspavientos y llantos. ¿Es que hemos olvidado la infame La amenaza fantasma? ¿Y el mal recibimiento inicial de El ataque de los clones y La venganza de los Sith? Y ahí están estas dos últimas (el Episodio I mejor hacemos como que no existe), siendo cada vez más reivindicadas, recordadas ahora con agrado mientras se minimizan sus muchos fallos, revisionadas infinitas veces con pasión. Diantres, la propia El Imperio contraataca se llevó en su estreno un buen puñado de críticas negativas de medios y fans, tardó en asentarse. Si con el tiempo y la reflexión pudimos perdonar los puntos grises y las cagadas de los episodios II y III, que las hubo bien gordas, como los Yoda y Dooku saltimbanquis o el patético Hayden Christensen, ¿cómo vamos a tumbar tan rápido y tan tajantemente un nuevo episodio que esconde otros tantos buenos aciertos? Estoy convencido de que con Los últimos Jedi pasará lo mismo: se calmará la tormenta y se irá recibiendo mejor, creciendo con el paso de los años.

LA PELÍCULA: IRREGULAR PERO MUY DIGNA

El primer acto es el mejor. Centrado en desarrollar a Rey, Kylo, Luke, la relación entre ellos y la Fuerza, y recuperando el misticismo de esta, Rian Johnson logra el tramo más sugerente y emocionante sin necesidad de vistosos escenarios y acción aparatosa. Yendo despacito y con buena letra desglosa los encuentros, los posicionamientos, los sentimientos de cada personaje en su justa medida, permitiendo que el espectador los entienda a fondo y conecte plenamente con sus tribulaciones y se inquiete por sus porvenires. No se ven prisas, miedo a perder a los espectadores impacientes, ni a los niños incluso, porque el ambiente es melancólico, lóbrego. Luke está abatido, derrotado por su fracaso con Ben Solo. Rey está un tanto perdida y acumula sentimientos sin la necesaria contención, y Luke ve que puede patinar hacia el Lado Oscuro o simplemente tomar malas decisiones. Kylo Ren, el alter ego de Ben, ambiciona mucho y siente demasiado dolor.

Los saltos a la situación actual de la resistencia están bien colocados y sientan unas bases muy prometedoras. Nos encontramos ante una retirada abrupta y desorganizada con más enjundia que de costumbre, alejada de la clara dicotomía entre el bien y el mal de la trilogía original. Hay angustia, cobardes, héroes militares sin visión política que entran en conflicto con unos pocos líderes al borde del desfallecimiento pero obstinados con seguir adelante un día más, porque la esperanza nunca se debe perder. Finn quiere salir por patas de una vida que le sigue viniendo grande, y encontrar a Rey, la única luz que alumbra su existencia. Poe sólo ve la victoria del día, mientras Leia y otros generales trabajan mirando a largo plazo. La sensación de que todo se puede desmoronar y de que no sabes cómo podrán salir adelante esta muy lograda, y tenemos un punto álgido imponente: Kylo evitando disparar en el último momento y Leia siendo lanzada al espacio.

Pero conforme llegamos al nudo de esta sección, este no se tensa con la destreza necesaria y comienza a deshilacharse. Inesperadamente, la caótica huída pierde fuelle a marchas forzadas, diluyéndose el efecto de desasosiego y de impotencia ante una muerte inminente. Nos estancamos en un bucle con un tono de serie de mala calidad, donde nos vamos a otros capítulos mientras se trata de postergar el desenlace estirando los recursos de mala manera. Llega un punto en que se roza el bochorno, con las naves explotando y explotando sin acabarse nunca, para dar tiempo a que se junten todas las líneas narrativas. Y aun así estas no se unen adecuadamente, pues Rey aparece en la batalla final de sopetón: ¿nadie opone resistencia a su fuga, ni siquiera Kylo?

La causa de este bajón tiene un origen claro: por alguna razón han pensado que Finn necesitaba un arco propio por separado. Su odisea por el planeta de los millonarios (con el casino a lo James Bond, referencia cómica muy mal hilada) supone minutos tirados en una subtrama muy larga, poco trascendente, y que para colmo se desvía en aspectos que no pintan nada aquí. La encarcelación, el encuentro con el ladrón, la fuga (muy seguro conectar las cloacas de la prisión con las de los establos, sí señor) y las carreritas con animales resultan escenas de transición y acción sin sustancia ni un rumbo claro, recordando a los patinazos de Lucas en las precuelas.

La clave para el plan de infiltrarse en el destructor de Snoke es palabrería, ciencimagia, bien podía haberles dado la solución Maz Kanata en su videoconferencia directamente, sin mandarlos lejos. El rol de Benicio del Toro es muy conveniente y artificial, no resulta creíble; parece que tenía enchufe o alguien lo quería en la película. Así que da la impresión de que todo esto es tiempo perdido. ¿No hubiera mejor mantener a Finn a bordo del crucero y reforzar el escenario de la persecución con todos los personajes trabajando en distintos ángulos y chocando en intereses? La relación de Finn y Rose resulta bastante simpática, y el apunte sobre los vendedores de armas que negocian con la Primera Orden y la rebelión por igual apuntala bien el tono más adulto que están imprimiendo a la serie, pero son lo único que sostiene este desvío tan fallido.

Aquí es imposible no pensar en que los distintos egos implicados han metido mano. Algún productor querría acción ligera en el ecuador de la cinta, porque le parecería demasiado oscura y pausada, y la Disney deja ver la ideología del país de piruleta de la compañía y la obsesión con el merchandising. Los mensajitos con sobredosis de corrección política (con patrocinio de alguna asociación animalista) y los anuncios publicitarios provocan unos cuantos momentos de pura vergüenza ajena: los estúpidos pajaritos-peluche con que topa Chewbacca y los pseudocaballos con cara triste son para vomitar. Nos quejamos del humor infantil de Lucas, pero al menos era inocente, aquí nos taladran con un panfleto adoctrinante. Y en este tramo se hace bastante evidente también el estudiado tono feminista: sólo las mujueres tienen la brújula moral intacta y toman buenas decisiones, los hombres son unos patanes que estropean todo.

No ayuda en este segmento que con Poe también patinen un poco. Su carisma y determinación se mantienen bien, pero la aventura en que lo sumergen es un tanto endeble. Su disputa con la vicealmirante Estorbo, perdón, Holdo, apunta maneras, pero necesita a gritos un desarrollo más verosímil, porque acaba resultando una trama postiza y previsible. ¿Pero qué le costaba a ella decir que tiene un plan, de verdad esperan que nos creamos que un buen comandante deja en el limbo a sus mandos más cercanos? Su respuesta ante las preguntas de Poe es pasar de él con mala leche, así que, ¿cómo no iba a montarse un motín? Muy forzado también que Leia y Holdo lo tengan en buena estima, cuando desobedeciéndolas casi apaga el último rescoldo de la resistencia.

Por suerte, la evolución de Kylo y Rey en el acto central aguanta muy bien el tipo, salvo que afilemos mucho las uñas con los puntos en común con El retorno del Jedi, con Rey metiéndose en la boca del lobo para intentar salvar a Kylo como hizo Luke con Vader. Es entendible que, dadas las características de la saga, haya una limitación en cuando a los arcos argumentales posibles, de la misma manera que para mantener la esencia ha de haber una continuidad y coherencia en argumento y personajes, pero entiendo si alguno se queja de que se nota demasiado la mirada al pasado. Pero en el lado emocional funciona muy bien, y dentro de la idea central de este episodio, el relevo generacional, es también admisible construir un escenario semejante desde el que mostrar las diferencias. Los encuentros mentales entre Rey y Kylo han sido intensos y nos han puesto en una situación muy atractiva con diferentes posibles resultados. La reunión con Snoke mantiene un tono tétrico y anuncia un futuro poco halagüeño para cualquiera de los dos jóvenes. Y la lucha entre los tres es vibrante y bastante espectacular, aunque como es obvio es difícil innovar con los duelos a espada a estas alturas. Para rematar, Johnson es capaz de sorprender con los giros finales, y no una, sino dos veces: los destinos Snoke y de Kylo.

Eso sí, me temo que dejan algunas cuestiones importantes en el aire, y no parece muy lógico que las resuelvan en otros episodios, es aquí cuando había que darles respuesta, para que tuvieran mayor capacidad de impacto. Nos quedamos sin conocer quién es Snoke y sus orígenes, y qué ha pasado con los Caballeros de Ren, si son Jedis que Luke entrenaba o solamente acólitos de algún tipo, y qué ha sido de ellos, pues a pesar de su aparente importancia (unirse a Kylo y acabar con la nueva orden Jedi que estaba levantando Luke) no se los vuelve a mencionar. Siguiendo con otras faltas dignas de mención, igual que en El despertar de la Fuerza se echa de menos un poco más de desarrollo de la situación política de la galaxia. No queda nada claro cómo surge la Primera Orden con tanto poder y la resistencia aparece tan disminuida después de la gran derrota del Imperio. Hemos pasado de demasiada política en las precuelas a que haga falta exponer unas bases mínimas.

La batalla final remonta considerablemente el nivel de la sección de la resistencia desde la brutal embestida de Holdo contra el acorazado de Snoke, y aunque diría que no hasta alcanzar las cotas que los fans soñamos, como iba diciendo, eso no puede cegarnos ante lo que tenemos delante, y el clímax sin duda es bastante efectivo. Todos los personajes tienen su hueco, su conflicto, sea interno o con los demás, está muy bien desarrollado, y encontramos unos cuantos momentos asombrosos y épicos como se espera de la serie: la aparición de Luke y su redención es memorable, con algunos planos sobrecogedores (los AT-AT, los dos soles), y el renacimiento de la resistencia resulta bastante bonito, tanto por la maduración de cada protagonista y la reunión final, como por la semilla de nueva esperanza a lo largo de la galaxia.

LO MEJOR: GRANDES PERSONAJES Y ACTORES

Los cuatro protagonistas principales irradian un magnetismo irresistible, como los de la trilogía original, como se esperaba en las precuelas pero apenas se vio en Palpatine y en unos instantes poco aprovechados con Anakin. Ellos y la calidad de sus intérpretes realzan Los últimos Jedi por encima de sus carencias y problemas. Se conecta con intensidad con sus tragedias, con los miedos de Finn, el fuego descontrolado de Poe, la pasión y dolor de Rey y la tempestad interna de Kylo. Sus trayectorias se desgranan con inteligencia y llegan a sus puntos de inflexión adecuadamente, sin manidos clichés de última hora, y eso a pesar de que algunas de las etapas del argumento en que se ven metidos no son muy efectivas. Poe, carismático y capaz pero pendenciero e irreflexivo, va aprendiendo a analizar la visión global y pensar en el futuro. Finn, cobarde y egoísta, encuentra razones para luchar por otros dándolo todo, e incluso ahí descubre que no puede ir a ciegas en cada situación. Rey y Kylo van tanteándose mutuamente, explorando sus puntos en común y sus diferencias mientras intentan crecer en un mundo muy complejo dominado por los poderosos adultos.

Hay que destacar que Kylo Ren termina aún más alto del gran personaje que presentaron en El despertar de la Fuerza, haciendo recordar con lástima lo mal que expuso George Lucas la deseada presentación del joven Anakin Skywalker y su transformación paulatina en Darth Vader. ¡Kylo es el villano que nos merecíamos entonces! Pero mejor tarde que nunca, claro.

A ellos debemos sumar el retorno de Luke. Como a Hamill, duele verlo derrotado, huidizo, pero, como decía, esta perspectiva aporta un dramatismo muy certero, alejado de lo predecible que hubiera sido tenerlo en plena forma sin más dilemas. Su presentación no puede ser más elocuente: tirando el sable láser de malas maneras. (Por cierto, es una escena con un humor muy cabrón que contrasta con la ridícula cena de Chewbacca con los pajaritos de las narices, señalando muy bien los altibajos, la sensación de que hay demasiados autores metidos en la película). Luke no ha tenido un entrenamiento en condiciones, así que por mucho que lloren algunos, no cabía encontrarse un Maestro Jedi sin más. La única sabiduría que ha adquirido es la que enseña a Rey: deja claro que no hay más Jedi, que la arrogancia de la orden se acaba, y que ella es una niña egoísta como lo fue él. Que tenga una redención de último momento se podía intuir, pero la forma en que surge no se veía venir y supone un cierre para el personaje épico y dramático a partes iguales. También cabe señalar la fantástica aparición de Yoda, emotiva, divertida y con grandes dosis de sabiduría.

Leia queda un poco más en segundo plano, pero como faro de la rebelión brilla con luz propia. La pena es que nos quedaremos sin tener el Episodio IX centrado en ella como se planeaba, debido al inesperado fallecimiento de Carrie Fisher en diciembre de 2016, justo al terminar el rodaje. Queda por ver cómo apañan una despedida digna para el personaje que no parezca precipitada.

Los caracteres más secundarios no pasan desapercibidos. Rose es una chica sencilla en un puesto olvidado, la típica en la que nadie se fija, pero en cuanto la conoces se hace querer y su presencia parece indispensable; eso sí, si nos la presentaron siendo una mecánica, no pinta mucho pilotando una nave al final: convertirla en una heroína de acción es como desandar lo andado, despreciar el mensaje inicial de que todos cuentan. Con el General Hux consiguen que deje huella, a pesar de la aparente simpleza de su dibujo: un trepa psicópata, un perro rabioso pero fiel, como dice Snoke. Genial el momento “El Líder ha muerto. ¡Larga vida al Líder!”

Los actores están espléndidos, mostrando todos un entusiasmo y pasión que el director aprovecha al máximo. Imposible destacar a alguno entre John Boyega, Daisy Ridley y Adam Driver, todos bordan sus papeles, pero Mark Hamill merece una mención especial, por ser un regreso muy anhelado y que salda con maestría aun con las reticencias iniciales con su rol. Muestra todo el dolor que lo ahoga como si fuera un actor de primera, no uno de tercera que vive de las rentas de un éxito pasado. También hay que alabar a Domhnall Gleeson, capaz de conseguir un general temible a pesar de su juventud y cara de bueno.

Si El despertar de la Fuerza fue una introducción a los nuevos personajes, Los últimos Jedi lo es al conflicto global, abordándolo con una idea muy concreta: llega el fin de una época y el nacimiento de otra. Luke, aparte de evadirse por sus sentimientos de fracaso y remordimientos, empieza a ver que la Fuerza no es un asunto exclusivo de los Jedi, que el equilibrio entre luz y oscuridad se mantiene de forma natural y fueron unos egoístas al creerse el centro de todo lo relativo a esta energía. Por extensión, cree que ni los Jedi ni él pintan nada en un mundo que están construyendo los jóvenes. Kylo Ren está hastiado del control que ejercen sobre él los adultos, y se los quiere quitar de en medio para labrarse un camino en total libertad. Rey ofrece la otra cara de la moneda: el anhelo de unos padres y guías adultos le impide ver su propia fuerza. Con Leia, inicialmente se nota que estarían perdidos sin líderes como ella, lo que la abruma, aunque no por eso se rinda; y poco a poco ve la madurez de los jóvenes destinados a reemplazarla, encontrando esa nueva esperanza tan esperada.

De cara a extender la serie también se aporta savia nueva, llevando el legado Jedi más allá de unas pocas familias de sangre pura. Que Rey venga de la nada y nazcan otros Jedi sin más ha cabreado a algunos fans, pero yo lo veo una actualización lógica y muy bien aprovechada que enriquece el universo de La guerra de las galaxias. Los únicos puntos oscuros serían los citados más arriba sobre los orígenes de Snoke y los Caballeros de Ren.

ASPECTO AUDIOVISUAL CASI IMPECABLE

Rian Johnson, quien se dio a conocer con Looper, ha cumplido muy bien como director, sobre todo teniendo en cuenta las dificultades a la que se enfrentaba. Están las exigencias de los productores, las limitaciones argumentales, que esto es una serie con parámetros concretos, y las presiones de los seguidores, que no son pocas. Y con todo ello a cuestas debe lidiar con un rodaje de superproducción de alto nivel. El resultado es notable, sobresaliente en cuanto a dirección de actores, con los que logra algunas escenas memorables, como los encuentros entre Rey y Kylo, unos complicados por su contención y otros porque el espectáculo y las semejanzas con los capítulos antiguos podían minar su fuerza. Sólo podría criticársele que no viera que el guion en el tramo central no estaba a la altura y lo redujera en la mesa de edición para que no hiciera tanta mella. Con veinte o treinta minutos menos saldría una película muy superior.

En los aspectos técnicos sorprendería a estas alturas que fallaran, como mucho podríamos encontrarnos con un capítulo que por argumento no permitiera mostrar tantos lugares imaginativos. Y el presente precisamente tiene un poco ese problema: el casino no llama mucho la atención, es un lugar muy humano, mundano, cuando podían haber ideado cualquier cosa; a la nave de Snoke le falta imaginación y personalidad, que es un triángulo más grande y punto; incluir otra vez al Halcón Milenario volando por lugares estrechos mientras los persiguen los cazas enemigos ya cansa. Por lo demás, dirección artística, vestuario, decorados y efectos especiales son impecables y espectaculares.

La única limitación destacable, y esta sí es muy inesperada, viene de la banda sonora. La experiencia y maestría de John Williams se nota en cada nota, en su capacidad para llevar a un nuevo nivel las imágenes y dejar extasiado al espectador, pero al contrario que el magnífico Episodio VII, donde sorprendía con un trabajo mucho más sutil que el acostumbrado tono épico, aquí anda muy falto de inspiración. La partitura es una reutilización constante de todos los motivos ya conocidos, no hay renovación, expansión y adaptación a las nuevas situaciones. El ejemplo más evidente es que el conflicto creciente de Rey y Kylo y sus sentimientos en común eran caldo de cultivo para explorar versiones más dramáticas y oscuras de sus fantásticos temas, pero Williams no parece tan siquiera intentarlo.

CONCLUSIÓN

Analizada la cinta en conjunto, da la impresión de que sus autores tenían bien planeado el arco de cada protagonista, pero no los escenarios donde desarrollarlos. Y en esos falta imaginación y vitalidad, sobra algo de autocomplacencia (mirar demasiado al pasado) y sobre todo pesa la lucha por el control entre los productores de la serie. Anhela demasiado ser El Imperio contraataca y El retorno del Jedi y se queda más cerca de El ataque de los clones y La venganza de los Sith: es otro episodio más largo y descentrado de la cuenta, con mucho potencial desaprovechado. Pero, como esas entregas, resulta también un espectáculo vibrante, deslumbrante en numerosas ocasiones, pero además tiene algunas mejoras, como la gran calidad de sus personajes y, aun teniendo todavía alguna salida absurda, el estilo más serio y adulto.

DETALLES VARIOS

Listo aquí unos cuantos apuntes y detalles que no me cabían en el ya de por sí largo texto:

-El doblaje de El despertar de la Fuerza me sorprendió para bien con voces para los actores jóvenes poco conocidas y muy bien adaptadas. Pero aquí hay una cuestión chocante: Mark Hamill habla como Harrison Ford, porque comparten un actor de doblaje habitual. No me vale decir que fue la voz que tuvo Luke de joven, porque no se parece en nada a la de entonces. Teniendo en cuenta la de dobladores que hay, y que a estos actores los han doblado distintas voces a lo largo del tiempo, ¿por qué tenemos que encontrarnos con que Luke habla como Indiana Jones? Me sacó un montón de sus escenas. Menos mal que una vez pasado el mal trago de tener que verla doblada en el cine la revisiono siempre en VOSE.
-R2D2 y C3PO están muy olvidados, como si quisieran cumplir con ellos y ya está. Hemos pasado de sobreexplotación infantil en las precuelas a esto, y no me gusta. Al menos, el reencuentro de R2 con Luke es conmovedor.
-La visión de Rey en el pozo del Lado Oscuro es sugerente pero no da mucho de sí, cuando la de Luke en El Imperio contrataca era tenebrosa y se remataba señalando que podría convertirse en Vader.
-Vale que es fantasía, pero cagadas como el viento que hay en el espacio en el prólogo de La venganza de los Sith y la de las bombas de aquí, que caen en el espacio como en la atmósfera, son fácilmente evitables, que quedan fatal. Que no haya descompresión en la nave (abren las compuertas sin más) me lo puedo tomar como que tiene un campo de fuerza.
-Qué conveniente que desaparezca todo el ejército que rodea a Finn y Rose. ¿Y de dónde viene ahora Phasma, si estaba al lado? Bastaba con poner a aquellos dos corriendo entre el caos, no era tan complicado.
-Con Phasma al final no han sabido qué hacer. Iba para villana secundaria llamativa y aquí se la quitan de encima de mala manera con una pelea final cutre metida con calzador. Pero luego resulta que sí tenía un final digno pero fue recortado, con un duelo verbal con Finn la mar de efectivo, aunque luego el tiroteo se saliera de madre también (le da tiempo a disparar a todos menos al prota). Lo podéis ver aquí. Con menos caballitos tontos hubiera habido tiempo para desarrollar a estos secundarios tan interesantes…
-Se destruye el puente de mando cuando Leia sale despedida, pero luego trabajan desde otro puente perfectamente equipado sin explicar de dónde sale. Se supone que el hangar ha sido destruido, pero Finn y Rose despegan sin problemas con una nave.
-Según un fugaz plano en el epílogo, Rey ha cogido los vetustos libros Jedi, esos que se conservan de puta madre en un entorno de gran humedad. ¿Los toma para estudiar? Me cuesta creer que ella los coja sin preguntar. Además, si el mensaje es olvidar un pasado obtuso y caduco y abrazar los nuevos tiempos, ¿por qué esa escena?

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Valérian y la ciudad de los mil planetas


Valerian and the City of a Thousand Planets, 2017, EE.UU., Francia, China, Bélgica…
Género: Aventuras, fantasía.
Duración: 137 min.
Dirección: Luc Besson.
Guion: Luc Besson. Cómic por Pierre Christin, Jean-Claude Mézières, y Évelyne Tranlé.
Actores: Dane DeHaan, Cara Delevingne, Clive Owen, Sam Spruell, Rihanna, Ethan Hawke, Herbie Hancock.
Música: Alexandre Desplat.

Valoración:
Lo mejor: Dirección artística, decorados, vestuario y efectos especiales magníficos.
Lo peor: Luc Besson se pierde en un frenesí demencial, ridículo, inclasificable. ¿Dónde quedó el inspirado autor de la inolvidable El quinto elemento? Los actores principales dan grima.

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Valérian: agente espacio-temporal, o Valérian y Laureline, como es más conocido, es un cómic francés de finales de los años sesenta que, si bien no alcanzó gran popularidad global, gracias a su asombrosa imaginación sirvió de inspiración para muchos autores de género posteriores. De hecho, es uno de los referentes menos conocidos de La guerra de las galaxias (George Lucas, 1977): numerosas viñetas aparecen calcadas en la trilogía original. Aquí tenéis un artículo que habla de ello, por poner uno de los muchos que surgieron con la llegada de la película.

Que de la adaptación se ocupara Luc Besson, artífice de esa joya memorable que es El quinto elemento, fue toda una alegría para sus fans, pues con el potente material de origen y lo que se veía en los avances prometía una maravilla semejante. Esas impresiones también eliminaban un poco “el efecto John Carter“, eso de que pudiera perder la frescura que tuvo la obra en su momento al adaptarla tan tarde, cuando el género está tan sobado y ha habido tantas referencias a la misma que ya nos es conocida aunque ni siquiera conociéramos su nombre. Es decir, si mantenía el estilo imaginativo y vibrante de El quinto elemento (1997) no importaría que la premisa pareciera simple o anticuada.

Pero me temo que el resultado está precisamente en la onda del desastre de John Carter (Andrew Stanton, 2012) o de otro hostión monumental reciente, El destino de Júpiter (las hermanas Wachowski, 2015). La originalidad deslumbrante, el ritmo excelente, las situaciones rocambolescas tan emocionantes y los personajes carismáticos de El quinto elemento brillan por su ausencia. El galimatías que tenemos aquí apenas deja entrever unos pocos estereotipos que ahogan a los pobres personajes, y el prometedor universo se presenta con torpeza en capítulos caóticos y mal hilvanados incapaces de conmover lo más mínimo.

El nivel es tan bajo que provoca mucha vergüenza ajena y supone una enorme decepción, no ya porque Besson esté perdiendo el norte (recordemos la parida de Lucy… ¡que tendrá secuela!), sino porque se haya desaprovechado un material tan atractivo y tantos recursos monetarios y artísticos en tal bazofia. A pesar de que estamos en una época en que cualquier historia imaginable es factible de cobrar vida en imágenes con suficiente credibilidad, resulta que apenas hay guionistas y directores con talento e imaginación como para lograr buenas películas. Por cada Denis Villeneuve (La llegada -2016-, Blade Runner 2046 -2017-) y Christopher Nolan (Memento -2000-, Origen -2010-, El truco final -2006-, Interstellar -2014-) tenemos infinidad de morralla y productos prefabricados, pero también algunos batacazos de autores otrora admirados, como este caso o el de las hermanas Wachowski con El destino de Júpiter.

La pareja protagonista es lo más grotesco en cuanto a personajes que ha dado el cine reciente, y mira que podemos poner ejemplos lamentables en cantidad, la quinta de Transformers (Michael Bay, -2017-) a la cabeza. Para empezar, los intérpretes están horribles, parecen escupir sus diálogos como si su compañero no estuviera a su lado. Su elección no sé cómo ha podido salir de un casting serio, vaya par de críos sin carisma, ni química, ni porte; son poco o nada agradables de ver, por decirlo suavemente… ¿se supone que ella es modelo? Lo sorprendente es que Dane DeHaan (Valérian) estuvo muy bien en la serie En terapia (Rodrigo Garcia, 2008) en un papel exigente; de Cara Delevigne (Laureline) sólo conocía su papel secundario en Escuadrón suicida (David Ayer, 2016), donde apuntaba pocas maneras, pero tampoco es que fuera un personaje que permitiera mucho. En su defensa se puede decir que no ayuda que sus roles sean estereotipos cutres sin una sola arista a la que aferrarse, pero también es evidente no tienen el carisma necesario para salvarlos y el director no es capaz de sacarles la más mínima química. Sus personalidades están tan poco cuidadas que incluso resultan inverosímiles en el universo y la historia propuestos. ¿Cómo estos niñatos inmaduros y sin experiencia visible en ningún campo pueden haber llegado a ser espías o mercenarios de tal fama que el gobierno los tiene los primeros en su lista? Él, el típico quinceañero salidorro, y ella, la chica que va de madura y respetable pero es igual de idiota (“yo no me lío con niñitos”, aunque babea por él en todo momento). Como resultado, tenemos unos protagonistas principales que oscilan entre la aburrida indiferencia inicial y una creciente sensación de rechazo: acabas la proyección harto de ellos, de sus tonterías y de los penosos actores. Los fans de los cómics señalan que se parecen bien poco a los magnéticos personajes originales, así que la pena con lo que han hecho es mayor.

La trama… ¿Qué trama? Un doble prólogo intenta meternos en situación, pero si ya se hacen largos mientras los ves, el poco poso que dejan en la materialización del universo y la historia remarca la sensación de innecesarios. El primero narra el nacimiento de la ciudad de los mil planetas, algo que se podría resumir sin ocupar tantos minutos redundantes; ni la preciosa Space Oddity de David Bowie lo salva, me temo que está muy sobada ya. La segunda introducción resulta instantáneamente cursi y pesada, y se alarga hasta la desesperación para señalar un argumento muy simple: una raza alienígena muy especial está en peligro, y aunque parezca increíble no es porque pasen hambre (la película parace una oda a la anorexia). La hora siguiente la perdemos en aventuras caóticas con la parejita insoportable sin que se llegue a concretar nada. En El quinto elemento, aunque la premisa era tremendamente simple (vencer a un ente maligno sin definición), todo escenario mantenía la misión como objetivo, el efecto especial no se sobreponía a la aventura (la búsqueda de respuestas y la unión de los implicados), y los personajes tenían una presencia que levantaba cualquier situación. Aquí nos encontramos ante una exposición destartalada de una lluvia de ideas delirante vivida a través de dos individuos difíciles de querer.

El mercadillo en varias dimensiones, la especie retrógrada que secuestra a la chica, el trío de patos gilipollas, la pesca submarina con criaturas metidas con calzador en plan La amenaza fantasma (George Lucas, 1999), el numerito musical de Beyoncé… Todos los capítulos resultan largos, anodinos e inconexos, nunca hay sensación de que nos dirigimos hacia alguna parte, de que los personajes van cambiando. Para cuando Besson se decide a recuperar la trama principal ya es tarde, ha perdido la poca trascendencia e interés que pudiera tener. Los irritantes protagonistas y su descentrada odisea me han desesperado tanto que he tenido que ver la película repartida en varios días. Y todo para que al final apenas aborde otros pocos clichés cansinos: el militar genocida y sus secundarios peleles, la forzada maduración del prota, la penita que supuestamente debe darnos la raza desfavorecida, y la batallita final de rigor ponen un cierre sin garra alguna para un conjunto infame.

La pena es que en el aspecto audiovisual han derrochado a lo grande. Para una vez que tenemos una banda sonora de acción ajena a la factoría Hans Zimmer (clones sin alma), en manos del virtuoso Alexandre Desplat, esta pasa desapercibida entre tanto ruido. La labor de dirección artística es encomiable y se traslada a imágenes de forma deslumbrante gracias a un abultado presupuesto (180 millones de dólares). El universo es rico y vistoso hasta abrumar, pero, por culpa del penoso guion, en el mal sentido: no hay coherencia y verosimilitud como para que el bombardeo de imágenes cale hondo, todo queda infrautilizado como artificios vacuos. En El quinto elemento sentías que los personajes vivían en ese futuro imaginario, y los distintos escenarios cobraban vida propia. Aquí hay mucha lucecita, criatura, navecita y planeta exótico pero nada logra transmitir alguna emoción concreta más allá de una breve “molonidad” visual.

Lo peor de todo es que no llega a caer en el cine cutre. Si pudieras reírte de lo estúpida y chapucera que es al menos sacarías algo. Pero es aburrida y cargante hasta límites inclasificables. Corramos un tupido velo y hagamos como que no ha existido…

Piratas del Caribe: La venganza de Salazar


Pirates of the Caribbean: Dead Men Tell No Tales, 2017, EE.UU.
Género: Aventuras, fantasía.
Duración: 129 min.
Dirección: Joachim Rønning, Espen Sandberg.
Guion: Jeff Nathanson, Terry Rossio.
Actores: Brenton Thwaites, Kaya Scodelario, Johnny Depp, Geoffrey Rush, Javier Bardem, Kevin McNally, David Wenham, Stephen Graham, Martin Klebba.
Música: Geoff Zanelli.

Valoración:
Lo mejor: Buen aspecto visual. Algunos buenos actores.
Lo peor: Guion trilladísimo y poco esforzado. Entretiene por los pelos.
El título: En prácticamente todo el mundo se han empeñado en pasar del original Los muertos no cuentan historias.

* * * * * * * * *

Me apena lo poco que ha dado de sí esta saga. La primera entrega era evidentemente un producto comercial, con limitaciones intelectuales y artísticas (empezando por tomar demasiado de El temible burlón), pero desbordaba simpatía, tanto por el potente protagonista central como por las divertidas aventuras que se realzaban tan bien con el vistoso aspecto visual que lograron Gore Verbinski y el equipo de efectos especiales, vestuario y decorados. Además dejaba en el aire la sensación de que podía animar al cine de aventuras y fantasía a recuperar un tono menos artificial, pues dejaba un poco de lado de la acción sobresaturada de efectos digitales y perseguía un tono más clásico modernizado sólo ligeramente con bastante acierto.

Las dos siguientes entregas se rodaron juntas con la intención de hacer algo grande ahorrando un poco de dinero, y aun así el presupuesto fue descomunal… y prácticamente lo único que lució. Conforme avanzaban en su abultadísimo metraje se veía una deriva importante en el trabajo con los personajes y la trama, y también en las sensaciones, porque se apoyaron demasiado en el ordenador. El gran Sparrow empezó a mostrar síntomas de agotamiento, sus compañeros principales (Orlando, Keyra) no dieron más de sí, en especial por sus limitadísimos actores, y sólo la fauna de secundarios extravagantes y las potentes secuencias de acción (aunque a veces pecaban de grandilocuencia) consiguieron que resultaran entretenimientos aceptables, y en la tercera solo a ratos, porque entera resulta un galimatías interminable.

La cuarta parte se hizo esperar cuatro años pesar del dinero que amasaron las anteriores. Problemas con el calendario supongo, que es muy complicado levantar un proyecto tan grande, sobre todo cuando sus principales activos tienen las agendas muy apretadas. Al final se hizo sin Verbinski tras las cámaras, y quedó claro que fue su toque el que mantuvo los capítulos segundo y tercero medio a flote, porque en el guion no había mucha diferencia. A pesar de que el realizador elegido, Rob Marshall, tenía cierto prestigio por Memorias de una Geisha y Chicago, ofreció una película sin atractivo visual, un relato sin vida ahogado en clichés y personajes vacíos. Aun así logró alcanzar el hito de recaudación de las dos anteriores: mil millones de dólares. Así que estaba claro que tendríamos más…

Y llegamos a la quinta en la misma situación. Años después, y con un director distinto (un dúo en esta ocasión). ¿Estarán las expectativas del público animadas todavía, o el tiempo y el desgaste habrían hecho olvidar una serie que evidentemente ha triunfado por moda más que por calidad? ¿Recuperarán los nuevos realizadores el nivel de Verbinski? No sé si quedarse en ochocientos millones se puede considerar pérdida de interés, pero en lo artístico volvemos al tono de la segunda y tercera entregas: un espectáculo vistoso y simpático pero prácticamente vacío, donde de nuevo da la sensación de que desaprovechan un potencial mayor, y todo porque se aferran a lo más básico sin atreverse a explorar caminos más originales y sobre todo inteligentes.

Los diálogos son graciosetes sin provocar vergüenza ajena, y los personajes son simplones pero resultan agradables, sobre todo los que tienen actores que saben exprimir sus peculiaridades, destacando a Sparrow (Johnny Depp) y Barbossa (Geoffrey Rush). El problema es que Sparrow cada vez entusiasma menos, ya no parece un personaje original y carismático a su manera, sino un chiste con patas que sólo sirve para canalizar las tramas. Los jóvenes que lo acompañan son desiguales. El chaval va con la gracia justa, y aunque Brenton Thwaites (Dioses de Egipto) es mejor actor que Orlando Bloom, le falta mucho para dejar huella. Kaya Scodelario (Skins, El corredor del laberinto) en cambio es un gran paso adelante. ¿Qué costaba cuidar los casting desde el principio? Su interpretación llena la pantalla de vida, expresa distintos sentimientos en cada nueva situación. Así que es una pena que el personaje tuviera un recorrido tan limitado, tan predecible. Y el nuevo villano queda como la excusa de la aventura, el macguffin, no muestra una personalidad elaborada y Javier Bardem se limita a poner su físico para que diseñen un fantasmita molón.

En cuanto a la trama, como digo, los productores no han querido arriesgarse y han pedido a los guionistas lo mínimo. No pierden el tiempo ideando ingeniosas situaciones donde se pueda aprovechar un poco más a los personajes, ni buscan una historia más arriesgada y compleja que permita la posibilidad de sorprender y emocionar un poco. De hecho resulta cargante que la premisa sea tan simple pero reincidan tanto en recordarte y explicarte todo cada dos por tres. Con los quince minutos de prólogos ya tienen toda la película contada, el resto es buscar la solución… pero nada, nos vamos a recesos y rellenos a cada rato. Así que, como en las anteriores, la historia avanza entre aparatosas secuencias de acción cuya justificación es endeble y una caótica sobreexposición de maldiciones, objetos mágicos, búsqueda de personajes clave y resoluciones de enigmas poco o nadas llamativos. De nuevo todo se deja al dinero, a lo que dé de sí la capacidad del equipo técnico y del director.

Por suerte, al contrario que con el sosísimo cuarto episodio, la cinta luce bastante espectacular en manos del tándem Joachim Rønning y Espen Sandberg (Bandidas, Marco Polo), con lo que, tal y como ocurrió con el segundo y tercero, como entretenimiento tiene un pase si de dejas el cerebro fuera de la sala. Los decorados de pueblos y navíos son asombrosos, las recreaciones de fantasmas muy logradas, las secuencias de acción desmedidas… Tanto que alguna resulta demasiado larga y aparatosa para lo poco que llega a contar: la carrera con la casa a cuestas se me hizo eterna, y al clímax final le falta algo de imaginación y tensión. Mucho mejor funciona el resto: la búsqueda de Sparrow y la unión del grupo tiene ritmo, incluso los saltos a la vida actual de Barbossa son interesantes, y las escenas de acción más terrenales resultan más excitantes, como el rescate a los que están a punto de ser ejecutados.

Ver también:
La maldición de la Perla Negra (2003).
El cofre del hombre muerto (2006).
En el fin del mundo (2007).
En mareas misteriosas (2011).

Transformers: El último caballero


Transformers: The Last Knight, 2017, EE.UU.
Género: Acción, fantasía.
Duración: 149 min.
Dirección: Michael Bay.
Guion: Art Marcum, Matt Holloway, Ken Nolan, Akiva Godlsman.
Actores: Mark Wahlberg, Anthony Hopkins, Laura Haddock, Isabela Moner, Josh Duhamel, Santiago Cabrera, John Goodman, Ken Watanabe, Frank Welker, Peter Cullen, Jim Carter.
Música: Steve Jablonsky.

Valoración:
Lo mejor: Parece que cada vez cogen actores más competentes.
Lo peor: El guion es incluso peor que en las anteriores. La puesta en escena muestra desgana. La parte del submarino, ridícula e infumable en una cinta ya de por sí penosa.

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Las dos primeras entregas tuvieron su aquel porque eran locas y espectaculares, aunque el exceso de idioteces y los tics de Michael Bay lastraban más de la cuenta entretenimientos que podían haber salido mejor parados. La tercera pecó de repetir la fórmula otra vez y con la simple idea de maximizarlo todo, resultando una cinta demasiado irregular y larga, aunque en el tramo final la más asombrosa de todas. La cuarta era otra vez lo mismo, pero ya no tenía nada con lo que emocionar, no digamos impactar, y resultó soporífera. Esta quinta es más de lo mismo, pero el desgaste se agrava, y su visionado resulta incluso insoportable.

La taquilla por fin empieza a resentirse. Han hecho falta cinco películas clónicas y estúpidas para agotar a la masa de espectadores. Ha recaudado unos potentes 600 millones de dólares en todo el mundo… pero es que eso es la mitad que las anteriores. Pero por ahora no hay señal de que este aviso haya llegado a Michael Bay, que sigue anunciando muchas secuelas más: al menos tres están prácticamente confirmadas, incluyendo una centrada en Bumblebee. Eso sí, parece que empezará a relegar las labores de dirección. No sé qué opinar respecto a eso último: Bay era el mejor aliciente y a la vez un gran lastre… Pero el mayor problema siempre ha sido el guion, y dudo que cambien el estilo a estas alturas, como mucho quizá se atrevan por fin a contar cosas distintas, y ya veremos si es suficiente para recuperar al público.

El último caballero desde luego no aporta nada nuevo. Lo de meter al Rey Arturo es anecdótico, sólo sirve para canalizar la misma historia de siempre: robots malos vienen a destruir la Tierra porque les apetece y alguien guarda el secreto de un arma que los puede frenar. Un paria acaba metido en todo el meollo, una chica atractiva se ve arrastrada con él, tenemos unas pocas apariciones anecdóticas de militares y de algún secundario tonto, y todo se desarrolla con el caos y las subtramas irrelevantes de siempre que retrasan y enmarañan una trama simplísima, hasta el punto de que parece que estamos ante varias películas mal mezcladas y resumidas. Demasiada sobre explicación de las mismas cosas, demasiado intento de fingir investigación cuando no están haciendo nada llamativo (el mayor esfuerzo es registrar una habitación), transiciones entre escenarios malamente justificadas, decepticons que aparecen aleatoriamente para reforzar las escenas de acción de relleno, y agujeros de guion en cantidad (que ella aparezca con distinta ropa cada rato es lo de menos), a lo que hay que añadir el tono rancio de siempre: machismo cutre y mensajes anti-ciencia; al menos ya no hay ramalazos xenófobos.

La definición de los protagonistas sigue anclada en estereotipos, con mucho diálogo y chiste vulgar y esas subtramas absurdas que todavía Bay no se entera que debería ahorrarse. Se recupera levemente porque la chica, aparte de ser un clon de Megan Fox, esta vez es una mujer capaz, inteligente, y la actriz, Laura Haddock, muy competente. Pero claro, como es de esperar acaba en la aventura por casualidad y la conexión con la trama es una parida, sólo sirve para lucir cuerpo y correr. Eso sí, su contrapartida masculina igual. De nuevo tenemos a Mark Wahlberg como el paquete que no quiere ser un héroe pero acaba metido en todo y lo resuelve todo porque sí. Y el romance forzado entre ambos sorprende para mal a pesar del bajo nivel que ha mostrado la serie: la de chistes adolescentes y escenas estultas que tenemos que soportar. La cena en el submarino (y bueno, todo lo de alrededor) llega a un nivel alucinante.

El único esfuerzo que se notó en los últimos capítulos fue mejorar el nivel de los personajes secundarios, reduciendo los payasetes supuestamente cómicos y tratando de otorgarles más personalidad. La presencia de Anthony Hopkins, aunque sorprenda ver a semejante actor en esta mierda, es enriquecedora, y Bay le intenta dar todo el protagonismo que puede, aunque la mitad de las veces no pinte mucho más allá de ser un comodín para explicar las cosas. Hopkins se come la pantalla y saca buen partido de los únicos chistes y situaciones graciosetes de la cinta: la dinámica absurda con su empleado robótico, a quien le pone voz el estirado jefe de mayordomos de Downton Abbey, Jim Carter, lo que es un gran chiste en sí mismo. Pero, como siempre, Bay lo estira tanto que termina agotando. También mantiene a unos pocos robots con el suficiente carisma como para que puedas acordarte de ellos (intenta citar alguno de los primeros capítulos aparte de los tres protagonistas…), el veterano guerrillero Hound (John Goodman) y el ninja (Ken Watanabe), a los que se suman otros pocos que cumplen en su cometido de pulular por el fondo siendo medio identificables.

Pero esto no es suficiente, porque sigue pesando la sensación de que se desaprovechan otros muchos personajes que se presentaban cruciales en las tramas pero acaban siendo meros objetos de las mismas. Megatron y Optimus siempre han sido unos sosos de cuidado, lo que aquí se lleva al extremo, porque apenas tienen presencia y la justificación de sus motivaciones es lastimera. Después de cinco episodios seguimos sin conocer la personalidad del militar, Lennox (Josh Duhamel), que aparece porque sí de nuevo. Pero para incomprensible la reaparición del agente Simmons (John Turturro), que no estuvo en el anterior y aquí sólo suelta unos pocos intentos de chiste por teléfono. Aunque el peor de todos te da en la cara bien pronto: Merlín (Stanley Tucci) representado como un patán borracho puede acabar con la paciencia de cualquiera nada más empezar la película. Viendo el panorama, es de agradecer que la presencia de los caballeros de la mesa redonda sea tan breve.

En un mundo aparte está la adolescente. No sé por qué Bay no repitió con la hija del protagonista, encarnada por Nicola Peltz, pero, siguiendo la escala decreciente de edad, esta vez es incluso menor: Isabela Moner tendría quince años durante el rodaje. En la historia pinta menos que todos los demás, pero ahí está, metida en casi todo sin venir a cuento, luciendo palmito. Aunque es justo decir que como actriz muestra maneras, es obvio que no está aquí por sus dotes interpretativas, sino para enganchar a la generación más joven; el robot infantil que la acompaña es buena prueba de ello.

En cuanto a la puesta en escena, a la falta de novedades también se le añade la sensación de cansancio, de que Michael Bay va con el piloto automático puesto. Los efectos especiales dan la talla, hay unas cuantas buenas explosiones, ofrece espectaculares panorámicas… pero en general la dirección se muestra ahogada en unos pocos recursos muy básicos y en una asombrosa falta de ambición. La fotografía tira de nuevo de la penosa regla del naranja, eso de saturar la imagen al verde y al naranja, colores cálidos que se supone resultan agradables y engañan al espectador con que está viendo algo bonito cuando es un efecto barato. Pero sobre todo abusa del movimiento constante con objetos de por medio, para dar la sensación de ritmo y de profundidad (sobre todo de cara al 3D), y del montaje rápido que potencie aún más el ritmo. Sin trabajo real detrás, sin planificar y componer escenas con un sentido global, sin pensar en que de un tráveling hacia la izquierda no podemos pasar de golpe a otro hacia la derecha, pues te deja descolocado, la narrativa resulta caótica, se hace cargante a los pocos minutos.

Y las secuencias de acción son todas iguales. Vale, en las anteriores no eran el colmo de la novedad, pues repetía con la destrucción de grandes ciudades, pero se trabajaba cada escenario a fondo, recorriendo calles y edificios de distinta manera, mostrando una guerra de grandes proporciones como pocos directores son capaces; de hecho en la tercera entrega dejó momentos memorables. Pero aquí apenas tenemos unas par de persecuciones en coche y unos monótonos escenarios bélicos, incluyendo el final, pues aunque sea en el aire, en plan un pedazo de tierra enorme arrancado como en Los Vengadores: La era de Ultrón, en su desarrollo no sorprende lo más mínimo. Las persecuciones van a cachos, parecen resúmenes en plan videoclip acelerado. Las batallas son tremendamente monótonas, un plano amplio del escenario y añadir las explosiones y efectos digitales de rigor, para luego pasar a los personajes y sus diálogos llenos de chistes primarios y explicaciones redundantes.

Como resultado, El último caballero es el peor episodio en una serie que ya agonizaba, un título de acción infame que trae lo peor de Michael Bay, un autor al que he defendido a veces por su capacidad de lograr grandes cintas de acción cuando tiene un guion de más calidad (La roca, Dolor y dinero). La película es mareante, pero a la vez no es capaz de impedir que el sopor te abrace pronto. He tenido que verla en dos partes para acabarla. Sí, seré un masoquista, pero qué queréis que os diga, me gusta la acción, la ciencia-ficción y la fantasía, y termino dándole una oportunidad a casi todo. La curiosidad me puede.

Serie Transformers:
Transformers (2007)
Transformers: La venganza de los caídos (2009)
Transformers: El lado osucro de la Luna (2011)
Transformers: La era de la extinción (2014)
-> Transformers: El último caballero (2017)

Rey Arturo: La leyenda de Excálibur


King Arthur: Legend of the Sword, 2017, EE.UU.
Género: Acción, fantasía.
Duración: 126 min.
Dirección: Guy Ritchie.
Guion: Guy Ritchie, Lionel Wigram, Joby Harold, David Dobkin.
Actores: Charlie Hunnam, Astrid Bergès-Frisbey, Jude Law, Djimon Hounsoy, Aidan Gillen, Freddie Fox, Neil Maskell, Annabelle Wallis, Kingsley Ben-Adir, Craig McGinlay, Eric Bana.
Música: Daniel Pemberton.

Valoración:
Lo mejor: El dinero luce: vestuario, decorados y escenarios digitales impresionantes.
Lo peor: El guion es un torpe recopilatorio de los clichés del género. El director imprime mucho frenesí pero poca coherencia.
Mejores momentos: El intento de asesinato y la posterior persecución.

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Si las leyendas sobre el Rey Arturo no estaban lo suficientemente vistas, no digamos lo predecible y aburrida que puede resultar si volvemos a ella pero dejándola sólo en el armazón, una historia fundacional de la fantasía que ha sido exprimida durante años y años. El príncipe perdido pero con un destino que lo traerá de vuelta a la acción, el villano malvado porque sí y sus secuaces oscuros, el grupo de amigotes supuestamente simpáticos, el viaje, los objetos mágicos, la aceptación del destino, la guarida del enemigo, la lucha final. Desde el año 2000, con la explosión de las nuevas tecnologías, el género fantástico ha proliferado como setas, sobre todo tras los éxitos de El Señor de los Anillos (2001) y Harry Potter (2001). Obras rescatables más bien pocas: La Comunidad del Anillo (2001), pues en adelante esa saga patinó a lo grande, y quizá un par de capítulos del niño mago (tercero y cuarto: El prisionero de Azkaban -2004- y El cáliz de fuego -2005-). En la línea mediocre de este nuevo Rey Arturo, un montón, las más recientes y parecidas, La leyenda del samurái: 47 Ronin (2013), John Carter (2012) y Warcraft (2016), aunque podría citar también El destino de Júpiter (2015), que lleva el escenario al espacio pero cumple con todos los estereotipos.

El Guy Ritchie tan original y virtuoso de Lock & Stock (1998), Snatch: Cerdos y diamantes (2000) y RocknRolla (2008) parece estar diluyéndose en la deriva comercial de su carrera iniciada con Sherlock Holmes (2009). Ese episodio inicial de otra historia muy reutilizada se sostenía aceptablemente bien por su enérgico aspecto visual, pero en el segundo el desgaste ya era bien patente. En Operación U.N.C.L.E. (2015) su vitalidad realzaba bien un guion también muy pobre y anticuado, pero se seguía notando una deriva, menos pasión e ingenio que antes. En Rey Arturo entramos ya en una triste debacle de la que espero que se recupere.

Da la sensación de que Ritchie sabía que el libreto que tenía entre manos no valía un pimiento, así que no se corta a la hora de intentar darle un giro con su narrativa de estilo diferente, atrevido. Pero sin la mágica conexión entre la puesta en escena excéntrica y el desarrollo de la trama y los personajes que mostraba en sus primeros trabajos, un guion de escasa calidad y calado puesto en imágenes en plan loco tiene todas las de resultar un desastre. No logra una cohesión y personalidad suficientes para conseguir una película sólida y vistosa, de hecho ocurre lo contrario, salvo unos pocos enredos que se pueden considerar útiles lo que queda es un experimento hiperactivo, descentrado, incapaz de disimular las carencias de base y que añade más problemas.

El caos se apropia de un relato en principio simple pero que termina siendo incluso confuso. Esas explicaciones que reserva para exponer en algún flashback supuestamente molón, como por qué acaba la espada en la piedra, lastran capítulos que requerían ese conocimiento para resultar inteligibles, para no desconcertar arrastrando preguntas. Los recursos modernos quedan anacrónicos en la mayor parte de las situaciones, alguno incluso resulta delirante, como esos planos de los edificios que parecen dibujados por un arquitecto técnico, y sobre los que no hay forma de creerse que los protagonistas, todos del pueblo llano, pudieran entenderlos. Y para rematar, preparan las distintas fases del plan hablando de minutos. Que usen pólvora como si fuera habitual en esos tiempos, tengan unas armaduras alucinantes y muchos vistan como moteros (cuero negro, botas de impresión) se puede justificar con que es fantasía, pero los más puristas se quejarán con razón de que podían haber representado mejor la época. Se macera todo con música percusiva machacona, con ritmos rock pero sin ser rock; por suerte al menos no se han atrevido a meter guitarras metaleras en primer plano, un riesgo que tiene todas las de salir mal.

Hasta las técnicas que funcionan medio bien son cuestionables. El resumen de la juventud de Arturo parece de primeras que ahorra muchos minutos… pero una vez pensado en frío resulta muy obvio: no hacía falta tanto enredo para decir que ha crecido aprendiendo a sobrevivir en las calles, bastaba con demostrarlo con su comportamiento, con las relaciones con sus amigos y enemigos y con sus habilidades. Lo mismo le ocurre al viaje por el otro mundo para mostrar su valía: incluso resumido en plan veloz resulta poco emocionante y muy trillado.

Cuando mejor resulta la cinta es precisamente cuando Ritchie se contiene un poco y piensa mejor en qué recursos son necesarios. La larga persecución posterior al intento de asesinato es la mejor parte de acción: grandes panorámicas y carreras por las calles exprimen el presupuesto a lo grande, y el realizador imprime ritmo y energía sin pasarse de rosca con los enredos visuales. Pero sólo este acto central funciona. El inicial es demasiado previsible, no engancha con fuerza. Y conforme nos lanzamos al desenlace vuelve ese tono predecible sobrecargado de excesos y la fantasía explota en un videojuego vergonzoso. Arturo matando gente a toda velocidad con la espada, en plan “le he dado al botón de hacer magia”, y el enfrentamiento final tan artificial pero inerte, con Vortigern transformándose en el monstruo de final de fase, carecen de la más mínima emoción y en lo visual resultan esperpénticos.

La falta de carisma de Arturo es otro gran lastre. El intento de mostrar sus penurias y que se ha hecho fuerte a base de los palos que da la vida no llega a funcionar, a eliminar la sensación de que es el mismo personaje de siempre, sobre todo porque una vez el destino lo alcanza todos los clichés explotan en fila sin trabajar lo más mínimo su psique. Estamos ante otro personaje que dice que no reiteradamente pero al final se apunta a todo. No quiere saber nada de la rebelión, no le importa el mundo más allá de su supervivencia, pero termina aceptando porque tiene pesadillas, y en cuanto dice que sí, de repente le importa todo eso y se hace amigo instantáneamente de los que lo han secuestrado. Y cómo no, de ahí en adelante todo le cae encima sin que se plantee mucho las cosas, y todo se resuelve con magia. Finalmente, me temo que mi apreciado Charlie Hunnam, al que sigo desde que lo conocí en su gran papel en Hijos de la anarquía (2008), es parte del problema, aunque Ritchie tendrá también bastante culpa al no dirigirlo bien: no parece poner esfuerzo en la composición del personaje, se limita a repetir el papel del motero criminal, un chulo pasota con gestos de matón de barrio; sólo le ha faltado la cadena colgando del pantalón. Los secundarios están en manos de buenos actores ingleses la mayoría, pero los personajes no tienen valor alguno, cada uno cumple el estereotipo de rigor: en el grupo de amigos tenemos al tipo ingenioso, al duro, al simpático… ni falta el de las artes marciales metido con calzador; en los villanos encontramos los típicos generales sin alma y un líder que es malo porque sí; este último lo interpreta Jude Law con cierto esfuerzo por poner caras de demente, pero no hay donde rascar y termina resultando caricaturesco.

En cierta manera es una cinta entretenida, pero sólo si te ríes por sus clichés tan tontos y su estilo sin mesura. Entiendo que quienes fueron esperando una película seria (porque fantasía no tiene por qué significar gilipollez infantil) salieran defraudados. Lo peor es lo decepcionante que resulta que para una vez que intentan darle una vuelta de tuerca a la misma historia de siempre no lo hagan nada bien y el resultado sea el mismo: Rey Arturo: La leyenda de Excálibur es otra más de acción y fantasía del montón. Con los pésimos resultados de crítica y taquilla (dejará bastante pérdidas) con toda seguridad nos hemos librado de tener otra serie mediocre copando las carteleras.

La momia


The Mummy, 2017, EE.UU.
Género: Acción, suspense, fantasía.
Duración: 110 min.
Dirección: Alex Kurtzman
Guion: David Koepp, Christopher McQuarrie, Dylan Kussman, Jon Spaihts, Alex Kurtzman.
Actores: Tom Cruise, Annabelle Wallis, Russel Crowe, Sofia Boutella, Jake Johnson.
Música: Brian Tyler.

Valoración:
Lo mejor: Muy entretenida: va al grano, tiene un personaje central potente, buenos diálogos, y está bien hecha.
Lo peor: Resulta muy predecible. Annabelle Wallis ofrece un papel pésimo.

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Vaya varapalo se ha llevado este nuevo reinicio de La momia (que además nace como capítulo inicial de una serie con los monstruos clásicos), puesto a parir como si fuera la peor película de los últimos años, como si los autores debieran pedir perdón por haber mancillado el género. No lo entiendo, está en la media del cine de acción y fantasía revienta taquillas, con la excepción de la serie Marvel y las nuevas de La guerra de las galaxias, que se mantienen bastante por encima. Y por las críticas, tanto los medios como los espectadores la están poniendo al nivel de La gran muralla, y como que no. De hecho incluso tiene algunas virtudes que se echan de menos, más que nada porque tiene autoconsciencia de que es un entretenimiento, lo que se traduce en menos pretensiones y más simpatía. Ha pasado como con Dioses de Egipto: conocía sus limitaciones e iba al grano, a divertir y entretener, pero por alguna razón se machacó sin miramientos.

Esa falta de grandilocuencia propia del cine de acción contemporáneo realza sus puntos fuertes. Lo normal hoy en día habría sido hacer una cinta de dos horas y media con subtramas anexas empalmadas de mala manera y acción avasalladora sin límites. Aquí sus autores se esmeran en exprimir su argumento y las pocas bazas que deja de margen apostar por algo tan trillado, porque al fin y al cabo, se enfrentan a una serie comercial, con requisitos y restricciones muy concretos. Sumergen a los protagonistas en una pesadilla que pone a prueba sus límites intelectuales y físicos, pero también morales. Hay mucha acción, pero es más de correr y sobrevivir a duras penas que de ver ciudades destruyéndose y monstruos o superhéroes pegándose. Y tiene un toque adulto y oscuro muy de agradecer en esta época de cine blando, sin violencia ni drama.

El protagonista es ambiguo, amoral, y evoluciona aceptablemente bien, lejos de los cánones del género de héroes impolutos que no sabemos qué piensan ni qué esperan del mundo y de los demás personajes pero se apuntan a todos los jaleos porque sí. Nick Morton vive para sí mismo, sólo piensa en sus ganancias, y no pocas veces trata de escapar de una situación que lo perjudica y le viene grande. Poco a poco va viendo que no queda más opción que implicarse, y en pequeñas dosis observamos cómo su pose de pasota se va tambaleando. Así, a la decisión heroica final llegamos con una trayectoria coherente y tangible, no sucede sin más porque hay que cumplir con ello. Para rematar, como buen antihéroe tiene numerosas frases socarronas, irónicas o cabronas muy efectivas. “Gracias por salvarme dándome el paracaídas”, le dice ella. “Pensaba que había más”, responde él con sinceridad. Tom Cruise está como siempre: se toma muy en serio su trabajo, tanto físico como interpretativo, pero no ha vuelto a lograr un papel como el de Magnolia, parece que siempre hace del mismo personaje, con lo que siempre ves a Tom Cruise. Y aquí hay que señalar lo obvio: La momia parece una entrega de Misión Imposible con un Ethan un tanto asqueado del mundo, en plan “me jubilé para vivir la vida y he caído en otra puñetera misión”. No en vano, el equipo de guionistas es el mismo que el de las últimas entregas de la serie: Koepp, Kurzman, McQuarrie

La chica, Jenny Halsey, no se enamora sin más de un tipo perfecto, sino que se forma una relación de atracción-odio no sorprendente pero sí muy interesante, alejada de los simplones romances actuales. Ve a un tipo con recursos y capacidades, pero con un espectro moral retorcido, así que no sabe si hostiarlo o acercarse a él, generándose buenos momentos de conflicto. La pena es que relación se atasca un poco, no llega a explorarse a fondo, principalmente porque el dibujo de esta arqueóloga es, en contraste con el atractivo mercenario y saqueador, demasiado simplón. Casi termina pareciendo la excusa para explicar cosas de la trama: esa es el arma mágica, no hagas esto que te contagias la maldición, somos el grupo que lucha contra el mal, etc. Y lo peor, Annabelle Wallis está muy, muy floja. También se puede señalar que no hay personajes secundarios de peso. El Dr. Henry Jekyll es interesante, misterioso, pero la descripción de sus personalidades y cualidades se sueltan demasiado deprisa, sin que lleguen a calar, y Russell Crowe no parece muy motivado. No hay más roles que destacar; al prota lo acompaña el típico secundario simpático que te da igual lo que le pase, y ella, a pesar de la importancia de su misión y los peligros con los que podría encontrarse, no lleva acompañamiento ni escolta de ningún tipo.

La figura de la momia funciona por ese tono más sombrío, pues no intentan ir más allá del enemigo poderoso de rigor. Las películas clásicas del género siempre tenían un aura melancólica, los monstruos eran fruto de infortunios y más que malvados chocaban con el miedo de la gente. Pero en los tiempos que corren se llevan más los entes sin motivaciones que buscan el caos y la destrucción. Así que todo el prólogo que expone traiciones familiares y demás no se entiende, no justifica nada del viaje de la momia por el mundo. Sofia Boutella se limita a prestar su físico, porque el rol no da para más. Al menos, eso de que sea más una joven guapa que un cadáver momificado se justifica, porque en los avances en los que apareciera con la melena al viento provocaron algunas carcajadas y dudas. Esta villana se salva porque es una contrincante dura que hace sufrir a los protagonistas. Las peleas son encarnizadas, las hostias que se llevan se ven realistas, casi se sienten, de hecho me asombró el nivel de violencia. Las momias-zombi que va creando son amenazadoras y asquerosas. Nos ofrecen algunas escenas muy tétricas (aunque no terroríficas), otras inquietantes (la momia a punto de violar al protagonista), y en general se logra una correcta sensación de peligro inminente y fatalismo: los protagonistas están siempre al borde de la muerte, la momia los encuentra y alcanza constantemente, no se ve una salida fácil. Y aunque en el clímax final a tortas pierde bastante intensidad, porque ya es evidente todo lo que va a pasar, tiene un giro también siniestro bastante acertado.

El productor y guionista Alex Kurtzman inicia aquí su andadura como director de superproducciones (porque antes hizo una comedia sencilla, Así somos), y lo cierto es que cumple sin problemas. Supongo que esa idea de buscar una obra más contenida y oscura es de todo el equipo de productores, pero está claro que él sabe aprovecharlo. La fotografía capta muy bien los numerosos pasajes de noche o en catacumbas. La banda sonora de Brian Tyler es épica. Los efectos especiales son un fin y no un protagonista forzado, y si bien hay alguna digitalización mejorable (el avión, el plano de la tormenta engullendo Londres), las momias, usaran la tecnología que usaran, son impecables. La cinta resultante es tenebrosa, tiene un ritmo trepidante y escenas de acción breves y sencillas pero enérgicas. La secuencia del avión es espectacular, la pelea en la iglesia brutal, la huida en ambulancia por el camino del bosque es muy intensa…

Así pues, La momia tiene un poco de cada virtud que espero de una buena superproducción de acción: tener claro que es un entretenimiento pero sin caer en la vergüenza ajena, contención y seriedad sobre el artificio vacuo, un poco de esfuerzo en el guion que busque personajes con algo de vida y diálogos decentes, y un acabado sólido. No termina de ser redonda, pues se queda un poco a medias en todos los elementos (sobre todo en cuanto a personajes) y también anda muy falta de novedades, pero ya tiene más que muchos títulos que en cambio el público recibe con bastante más entusiasmo. Dinero ha hecho suficiente, pero queda por ver si, por las malas críticas, en el resto de la serie optan por un estilo más simplón y luminoso, que es lo que el público parece querer ahora.

Dioses de Egipto


Gods of Egypt, 2016, EE.UU.
Género: Aventuras, fantasía.
Duración: 126 min.
Dirección: Alex Proyas.
Guion: Matt Sazama, Burk Sharpless.
Actores: Brenton Thwaites, Nikolaj Coster-Waldau, Gerard Butler, Elodie Yung, Courtney Eaton, Bryan Brown, Rufus Sewell, Geoffrey Rush.
Música: Marco Beltrami.

Valoración:
Lo mejor: Tono alegre y humorístico bastante efectivo, aspecto visual muy correcto: es entretenida y divertida.
Lo peor: Pero el guion es en general tan pobre que bordea la vergüenza ajena, y como no la cojas de buenas se te puede atragantar.
La frase:
-Pues creo que debemos correr.
-¿Correr?
-¡Los mortales lo hacen todo el tiempo!

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Dioses de Egipto no sorprende, ni para bien ni creo yo que para mal. Da lo que ofrecían sus avances, una más de acción y fantasía poco trabajada en el guion, pensando que cuatro tópicos y un buen presupuesto bastan para llenar las salas. Y de tanto abusar te las juegas a las modas: en su estreno tocó pasar un poco del género por saturación, y no se comió un rosco, y si da dinero será por el mercado doméstico (dvd/bluray y venta de derechos a televisión). ¿Por qué la mierda unas veces se recibe bien y otras no? Si la comparo con cómo degeneró El Señor de los Anillos, acabando con ese desastre de El retorno del rey o lo cutre que fue en general El Hobbit, viendo lo igual de rápido que Piratas del Caribe se hundió, o el infame tramo final de Harry Potter, o en general las mil y una entregas de cine basura que se reciben mejor, el varapalo de críticas que se llevó me parece excesivo. Igual de incomprensible me resultan las acusaciones de racismo y de poca fidelidad a la historia de Egipto que se llevó. ¿Pero qué demonios? ¡Que es fantasía! Lo más triste es que el estudio y el director tuvieron que pedir disculpas por el casting, y no por la calidad de la obra…

Estamos ante la misma plantilla vaga, superficial y llena de clichés de siempre. Tenemos al don nadie que acaba, sin comerlo ni beberlo, metido en una aventura de la que depende el destino del mundo, aunque a él le importa bien poco, pues generalmente estos personajes no muestran motivaciones claras (los cansinos Aragorn, Frodo, Harry Potter, John Carter… ¿qué demonios empuja a esta gente para sacrificarse tanto?) o, cuando las tienen, son pueriles. El aquí protagonista, Bek, quiere follarse a una joven atractiva (sobre todo gracias al invento egipcio del “wonder bra”…). Y para ello remueve cielo e infierno sin perder la sonrisa en ningún momento, supongo que porque está majara perdido. Lo acompaña otro rol-pasota de cuidado, el dios caído en desgracia que tiene que volver a encontrar algo por lo que vivir y abrazar la responsabilidad, en plan Disney total, incluyendo el giro final donde por fin ve la luz. El villano quiere caos y destrucción, porque… porque es un villano. Las mujeres son floreros, aunque una de ellas de vez en cuando mete mano en la historia; no se sabe muy bien por qué, resulta que tiene un brazalente-comodín que resuelve un par de escenarios. La aventura sigue el mismo esquema de siempre también. Un viaje lleno de magia, monstruos y acción que llegan en fila sin una cohesión clara (al estilo Furia de titanes e Ira de titanes), simplemente por el hecho de poner ante nuestros ojos secuencias supuestamente atractivas.

Pero de lo simplón a lo repelente hay, aunque sea, un paso, y Dioses de Egipto, aunque bordea la vergüenza ajena, para mí se salva por el simple hecho de que es consciente de ello, es honesta, al contrario que muchas de las citadas, que van de grandes épicas de aventuras y acaban haciendo el ridículo. Ya sea porque el guion coge bien el punto de aventura distendida sin relevancia o porque el director vio que esto sólo podía funcionar si se no se lo tomaba en serio, el desparpajo y la alegría con que se narra funciona a la hora de sobrevivir a sus nulas ambiciones.

Hay cantidad de diálogos cómicos, sencillos y tontorrones muchos, pero otros ingeniosos o al menos bien colocados, que salvan escenas que podían haber sido muy pobretonas y permiten que los flojos protagonistas tiren más hacia lo divertido que hacia lo cargante. La relación entre el humano de baja clase social y el dios que fue de los más poderosos se libra de caer demasiado en los clichés con un dinámica bastante graciosa. Secuencias que abrazan sin disimulo la comedia loca, como cuando van a pedirle al dios inteligente que los ayude a resolver el acertijo, reviven situaciones que parecían destinadas a ahogarse y arrastrarnos con ellas. Y el carisma de Nikolaj Coster-Waldau (Horus, el dios que acaba siendo bueno) y Gerard Butler (Set, el malo) también da un empujón extra a sus roles; el joven Brenton Thwaites como Bek en cambio no da la talla: una cosa es que la película no sea muy seria, otra que el prota parezca estar de fiesta. Con todo, gracias a esos diálogos chispeantes no resulta molesto a pesar de ser otro personaje principal hueco y olvidable que sumar al género.

Pero, sobre todo, la cinta se salva porque tiene un ritmo trepidante y un aspecto visual imponente que no dejan que aparezca el aburrimiento. El presupesto, sin ser estratosférico (140 millones contra los 200-250 habituales en estos tiempos en superproducciones), está bien exprimido en un trabajo que exige mucho del apartado de diseño artístico y efectos especiales. Toda escena está cargada de trucajes y digitalizaciones, y la combinación es bastante buena en general, con picos excelentes (los paisajes falsos, las armaduras); sólo se nota alguna limitación en alguna escena en la ciudad (algún edificio o pantalla de fondo se nota un poco), pero nada grave, y desde luego no como para echar pestes como han echado en muchas críticas. ¿Pero qué película han visto? ¿Y esta misma gente alababa la escasa calidad de los efectos especiales de obras con más presupuesto, como El Hobbit? Las luchas contra diversos monstruos o dioses ofrecen escenas de acción más que decentes, y más sabiendo lo saturados que estamos de este tipo de cine. Alex Proyas huye de trucos baratos, como meter lluvia y oscuridad y agitar la cámara, y logra momentos bastante épicos, como la pelea contra las serpientes gigantes. Para rematar, la banda sonora de Marco Beltrami en plan Jerry Goldsmith es bastante potente.

Así pues, Dioses de Egipto, dentro de la fantasía y acción de usar y tirar, me ha parecido más digna que muchos títulos que incomprensiblemente alcanzan más éxito. Eso sí, también cabe preguntarse de nuevo por qué ese empeño en que un entretenimiento ligero tiene que partir del guion más básico y tonto que encuentres.